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Palabras del Presidente José Mujica en su audición en M24, el 11 de julio de 2013 Un gusto, amigos, saludarlos por este espacio con el que procuramos una relación conceptual con una audiencia que en parte hace mucho que nos acompaña. Sacando cuentas, amigos, nosotros que nos consideramos algo así como viejos jóvenes, viejos de los huesos, de la carne, bastante jóvenes en la cabeza, hemos cumplido largamente 65 años de militancia, 65 años tras la utopía, tras el sueño de que es posible crear una igualdad básica entre los semejantes y posible entre los hombres. Han sido muchas décadas haciéndonos muchachos, hombres y viejos. Equivocando caminos y rumbos, rectificando y volviendo a empezar, continuamente levantándonos y volviendo a empezar. Muchas veces, tantas que se pierden a lo largo de las décadas. Podemos resumir que hemos vivido para luchar con pasión, al punto que toda nuestra vida, globalmente, es una vuelta militante, por lo menos para los que soñamos, para los que pensamos. Pero naturalmente el peso de las décadas y de la vida, siguiendo un rumbo definido muy viejo, nos presenta acertijos, caminos y desafíos nuevos, y como dice alguien con mucha experiencia, viviendo y aprendiendo. Hace muchas décadas, no es de hoy, optamos por vivir a conciencia, como vive la inmensa mayoría de nuestra gente, no necesariamente por conciencia sino por necesidad, por imposición de los hechos. Este camino y esta definición nos ha llevado deliberadamente a ser sobrios y muy livianos de equipaje en las cosas materiales. ¿Para qué? Para poder transcurrir este viaje de la vida con la mayor libertad posible, definiendo la libertad como tener la mayor cantidad de tiempo para dedicárselo a las cosas que nos motivan. Todavía mucha gente de nuestro pueblo está sumida en carencias de cosas que son elementales y gran parte del sentido de la lucha es ayudar a superar esas carencias y este es un escalón básico para nuestra sociedad. Después


vendrán otros escalones en el camino interminable de la mejora de la vida de un pueblo. Hay que recordar lo elemental: luchar también es compartir y vivir como se piensa en función y para lo que se piensa. No alcanza para nosotros el mundo de los programas, de los conceptos, por eso nos hemos detenido desde el principio de nuestra presencia en el Parlamento, hace muchos años, levantamos con otros compañeros la imprescindible necesidad de aportes sociales con nuestro sueldo. Creamos lo que llamamos el Fondo Raúl Sendic con el cometido de poder hacer pequeños préstamos a la gente humilde que trataba de inventarse un trabajo, es decir, prestar un capital de arranque para la gente que perseguía inventarse un trabajo. Nos pareció que esta era parte de una ética solidaria, había que pelear en lo grande, en lo que seguimos luchando, porque con gestos de un puñado no se cambia la realidad. Hay que vivir —pensamos— para ser progresistas acorde y en la forma con lo que pensamos. También luchamos y levantamos un fondo social, que vive hasta hoy, de ayuda para aquellos compañeros que caen en problemas muy graves de salud. Este es un costo inevitable que en todo núcleo social existe. Algún día tendremos que entender entre todos que en una sociedad así, como aportamos a la jubilación, tendremos que aportar porque alguien tiene que atender los viejos, porque hay una cuota de gente que inevitablemente tiene dificultades biológicas y hay que atenderlos y ayudarlos. Estas cosas primero hay que sentirlas. Sabemos que con ayuda no se cambia el mundo, eso es obvio, pero no acompañamos la prescindencia absoluta de no compartir lo que nos toca en suerte hoy. Es posible y necesario luchar para mejorar el todo, la suerte general de todo lo carenciado, pero nosotros no compartimos el criterio de quedarnos conforme con plataformas radicales llenas de solidaridad declamatoria, pero no pasa nada por el bolsillo de quienes proclaman ese radicalismo.


Pedir o tratar de imponer costos a otros en nombre de causas solidarias sin que pongamos lo nuestro nunca nos pareció muy progresista o muy coherente. Para ganarnos el derecho a luchar por imponer conductas solidarias a otros es básico comprometernos con hechos mucho antes que con letreros. La condición humana es muy variada y hay que reconocer que en el mundo progresista existe gente cuyo órgano más sensible sigue siendo el bolsillo. No es lo grave, lo grave es que suelen ser agrios en la demanda social, y hasta injuriosos. Nunca pueden ayudar a nada ni a nadie en lo concreto, no comparten las vicisitudes de la gente y es cierto que en el campo de los que reciben solidaridad hay vivos y avivados, es inevitable, pero esto no justifica la razón de los señores y señoras de buen pasar que en el mundo progresista la pasan bien y jamás se acuerdan de aportar a lo social. Son impolutos, declamatorios, independientes, demandan pero dan menos jugo que un cascote. Por eso en todos los órdenes hay que luchar por el reparto, por la equidad, por atender la urgencia social, pero es muy necesario ser coherentes. Por eso nosotros hemos practicado la dura política con varios compañeros cuando fundamos una organización de descuentos vigorosos, fuertes, para hacer frente a esa actitud de forma disciplinaria y a lo largo de los años. No cambiamos la realidad global pero le damos sentido a nuestra lucha, compartimos en lo pequeño y, hasta donde llegamos, hacemos algo concreto en el mismo sentido de lo que pensamos, en los grandes rumbos. Según fuimos aprendiendo, lo que iniciamos como cultivo concreto de la práctica de la solidaridad terminó siendo para nosotros una profundización de un modo particular de ver la vida. En realidad esta práctica sistemática de pequeños gestos, de despojarnos para compartir, nos fue llevando a ver distinto en el fondo las cosas del acontecer de la política, de la vida y de la sociedad. La práctica de la solidaridad no


determinó que diéramos, hemos recibido, nos hemos encontrado con lo mejor de nosotros mismos. Pero claro no todo es tan hermoso. La condición humana suele enfermarse de la “cultura” de nuestro tiempo. No se nos ocurre a nosotros que la sociedad corriente aplique o pueda aplicar en nuestros criterios de vida, pero sí para aquellos que nos acompañan políticamente muy cerca, siempre hemos exigido colaboración y compromiso directo hoy, no para algún día, no para la utopía inalcanzable, para la atención social de problemas concretos de hoy. Paradojalmente, esta necesidad de contribución colectiva nos ha costado dolores de cabeza y hasta fracturas. Repetimos: el bolsillo suele ser el órgano más sensible que tienen los seres humanos, aun en el mundo que se define como progresista. Comienzan a aparecer discrepancias ideológicas por aquí, por allá porque los hombres no queremos mirarnos en el espejo. En el fondo los líos arrancan en los descuentos. El bolsillo nos autoengaña. Esta es también una actitud de gente que pierde un cargo, no es que estuvieran en la lucha por interés de un cargo, pero a veces reaccionan en ese sentido. No somos dioses, no somos perfectos, pero tengo que señalar que me siento enriquecido enormemente por la falange enorme de compañeros que ponen su suerte, su militancia, sus desvelos. Sé que esto no alcanza pero, ¿cuánto se podría hacer directamente si comprendiéramos que en la vida llegamos desnudos y nos vamos desnudos? ¿Cuánto mejor y más justa sería la sociedad si aprendiéramos que las palabras compartir y solidaridad son componentes determinantes para la vida humana y que no hay solidaridad mejor que aquella que está organizada y que es sistemática como la gota de agua que cae permanentemente y es capaz de horadar la roca. Tal vez no alcanza con las luchas programáticas, hay que sumar el compromiso de nuestra vida, de nuestra entrega, pero no es el hacer o multiplicar sacrificio, por el contrario es el escalón más alto de gozar la libertad.



Desgrabación de audición del Presidente por M24 del 11 de julio de 2013