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PRELUDIO 14 Relatos Ilustrados

TERROR


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El staff de Preludio 14 quiere agradecer a todos aquellos que participaron e hicieron posibles esta segunda edición de «Tu relato Ilustrado».


Índice Sonrisa Alida V. Pereyra V/Diego Peralta Bocadillo nocturno Alida V. Pereyra V /Barney Inmersión Rocio Avena /Tatiana Pollero Un largo día de noche María Julieta Escayola/Diego Frachia El que trae la luz M. Josefina Conde /Damián Garay Casa de bestias Agustín Salomón Martínez/Anto Cónsoli Transformación German Aloi/Memé Candia Oscuridad Rodrigo Maximiliano Neira /Tamara Lopez Deseo Bax Baxter/ Alejandro Machado Lo que oculta el pasillo Gabriel M. Tejada/Carlos Olivera La cosecha Bax Baxter/ Jalil Rabaj El dintel de su puerta Carlos Moya/ Tano Damico La voz Bax Baxter/ Jonathan Godoy La fe en el anillo Daiana Piscitelli Delvitto/ Sara Niett Seda Alida V. Pereyra V/ Sabina Libertad Palillos chinos María Belén Luque/ Matias Giamportone


Sonrisa (Alida V. Pereyra V) Ilustrador/ Diego Peralta - ¡No me gusta mamá! Da miedo… - Es lindo cariño. Es un payasito. Te hará reír. - No me parece gracioso… - No seas malagradecida. La niña sujeta el payaso de juguete y lo aleja de su rostro. Mira enojada hacia arriba y le agradece al hombre que le sonríe afable. Él le acaricia la cabeza. La madre se disculpa sonrojada y coqueta. Los tres se sientan a degustar la cena recién servida, y el payaso ocupa una cuarta silla, en un rincón. El vino de las copas se entrechoca tantas veces como bostezos da la niña. Finalmente, la madre decide llevarla a la cama. El hombre las acompaña galante y carga al juguete consigo. Lo arropan y acomodan entre las manitos inocentes. La pequeña entreabre los ojos mientras su madre le roza la mejilla con la punta de los dedos. - No quiero dormir con él mami. - No te preocupes cariño. Tendrás sueños divertidos y despertarás con una sonrisa. Un beso en la frente. Otra caricia. La luz del velador se apaga y la puerta se cierra. Unos cuchicheos amorosos se diluyen en la distancia del pasillo. La niña quiere alejar el muñeco de sus brazos, pero el sueño es superior a su voluntad y ya no logra despertar. En la mañana, la mujer prepara el desayuno entre besos y abrazos del hombre enamorado. Se oye un llamado cariñoso a la niña. Se sirven los platos, se vierte el café. Otro dulce llamado. Se enfría la leche y las tostadas endurecen. La madre, contrariada, se dirige con pasos firmes hacia la habitación de su hija. La puerta se abre, y la mujer expulsa un grito desgarrador. El hombre acude corriendo y cae de espaldas ante el horroroso espectáculo. El rojo de la sangre tiñe la pequeña cama. El payaso yace en el suelo con una sonrisa triunfante y la mirada fija en ellos. La misma sonrisa está dibujada a tajos en el rostro de la niña. La misma mirada está en sus ojos sin párpados. Al costado del muñeco, el cuchillo aún conserva retazos de piel. La mujer se desmaya y el hombre vomita. La niña sonríe por siempre.


Bocadillo nocturno (Alida V. Pereyra V) Ilustrador/ Barney “¿Qué es ese aroma?”, me pregunto. La suave acidez de la carne recién cortada se entremezcla con las notas metálicas de la sangre que casi puedo saborear. La noche es larga y mi estómago bien podría apreciar una comida digna, aún si tenga que rogar por ella. Sigo el rastro delicioso hasta una casa aburrida y gastada donde viven unos viejos afables. “¡Bingo!”, me digo, “seguro no podrán resistirse a mis encantos”. Me acerco un poco más confiado, y descubro que sólo la luz de la cocina está encendida. Relamiéndome, me encamino hacia allí, imaginando que alguien se prepara un tentempié nocturno. Un bocadillo rápido, un plato servido. “Carmelo morirá de envidia” pienso al recordar a mi amigo y su lentitud para atrapar buenas presas. Largo un bufido de superación y de un salto caigo en el borde de la ventana abierta, listo para desplegar mis mejores ronroneos encantadores. Precavido inspecciono, y me sorprendo ante una cocina vacía. Desconfío, pero sigilosamente entro mi pata derecha para acercarme al festín de carne cruda desplegado sobre la mesada. Fresco, jugoso, recién cortado. Me relamo victorioso. La ausencia de humanos trasforma mi plan de mendigo, en hurto. Fácil y rápido… ¿Quizás demasiado? Sí. Demasiado, tarde. Antes que termine de crisparme y mis patas logren contraerse para mi salto de escape, unas fuertes manos me sujetan desde el cuerpo y estrujan mis pulmones entre mis costillas. No logro gritar. Apenas si puedo retorcerme y sacar mis garras antes de ver la cabeza de Carmelo dentro del lavaplatos. Horrorizado, forcejeo e intento largar zarpazos al aire, pero al parecer mi cuerpo ya no funciona… El frío me invade y lo último que creo ver es una criatura horripilante, de fauces enormes, vestida con bata de viejita.


Inmersión (Rocio Avena) Ilustrador/ Tatiana Pollero Palabra tras palabra: noche, bosque, lago, pinos, niebla, frío, oscuridad...el ambiente se creaba; y el sonido de grillos, ranas, viento susurrante, ramas quebradas, pasos por las sombras, algo que se arrastra… apenas se oía, opacado por el corazón que palpitaba en sus oídos. Todo lo que leía, su cuerpo lo reflejaba como si a él mismo le pasara. Pero en el fondo, cuando la figura pálida de ojos rasgados y labios cosidos se manifestaba entre dos pinos tras el muchacho acorralado, listo para arrancarle los ojos, él podía sentir el calor del alivio en su pecho porque sabía que a diferencia del muchacho, él sí estaba a salvo. Sonrió nervioso y despreocupado mientras leía que el muchacho estaba demasiado ocupado para escapar. A su espalda, los pasos se sentían con una nueva intensidad, pero algo ocupaba su atención como para escucharlos. Sonrió confiado cuando la pérfida criatura alcanzó al protagonista por los hombros. Los protagonistas nunca mueren, pensó. La humedad fría de las manos estaba tan bien descripta que casi podía sentirla presionando en su propio cuello. Le faltaba el aire, la escena era impecable. Ansioso y confundido siguió leyendo, algo no andaba bien con ese libro, pero no lo podía soltar. Ahora la criatura estiraba unos sierpes dedos hacia sus ojos… ¿Pero qué le pasa a este muchacho? ¡¡Reaccioná!! Gritó aterrado, su voz salió ronca y asfixiada, y antes de que pudiese darse cuenta de la realidad, dio vuelta la última página y vio negro el final.


Un largo día de noche (María Julieta Escayola ) Ilustrador/ Diego Frachia Siempre fui escéptico en estas cuestiones de fantasmas y espíritus. Sólo estaba la ciencia y yo. Hasta que vi el rostro de aquel hombre muerto en la ruta. Unas lindas vacaciones no estarían mal, pensé un día. Es por eso que sin reflexionar mucho hice las valijas y me fui en mi auto por caminos serpenteantes. Pero cuando se hizo de noche la ruta se balanceó. Cansado ya, sólo esperaba encontrar algún hospedaje que me albergara y me sacara la modorra impertinente. Me desperté con el ruido seco del accidente. Sobre el pavimento y a pocos metros de mí, estaba él. Lo había atropellado. Me acerqué con el pavor más grande de mi vida y vi sus ojos inmensos reclamando mi mala acción. A partir de aquel encuentro me vi rodeado por un montón de otros cuerpos. De otras almas. La mirada vacía. El murmullo de la noche. El alarido silencioso. La sangre y las tripas de ellos eran las mías ahora. Y fue así que,entre la multitud maloliente, emergió la Dama del viajero errante. Conocía esa desagradable leyenda. Fue caminando lentamente hacia mí. Vestida de desamparo. Tambaleante. El pelo desgreñado y las cejas para arriba. Los pómulos rojos y enardecidos. La boca violeta. Los dientes largos y brillantes. Me tomó del cuello y me hizo suyo para siempre. Hoy soy un alma errante, que camina esos lugares asustando desprevenidos que se han atrevido a insultar al sitio donde ella habita. Soy sólo un simple fantasma que los negadores se atreven a desdeñar. Encarcelado en la naturaleza, deambulo desde la medianoche en busca de mi víctima.


El que trae la luz (M. Josefina Conde) Ilustrador/ Damián Garay Cuando una historia comienza con “¡Te juro que es verdad! Le pasó a mi primo…”, es exactamente el momento en el que tenés que replantearte cuánto querés y creés a esa persona. Pero con un amigo es más fácil… sencillamente los querés. Y si bien podés llegar a no creer todo lo que digan, ciertamente los vas a escuchar. Aunque después te arrepientas. Mi amiga juraba y estaba convencidísima que lo que había pasado era verdad. -… es que… mi primo vive en Buenos Aires ¿viste? Ahí todo puede suceder… Pero dejáme que termine la historia, así no vale. -Dale Martina, no tengo ganas de escucharte ya. -Bueno, pasa que un día, mi primo, el lindo, de diecisiete años que te presenté en Navidad el año pasado. Bueno, resulta que una noche se juntaron con sus amigos a jugar a la Ouija. -Cliché -Callate tarada. Resulta que se les aparece un fantasma y les empieza a responder preguntas ¿Cómo estaba vestido? Con un chaleco y un sombrero, ¿Cómo había muerto? Nunca murió, nunca nació ¿Cómo se llamaba?...- Martina se quedó callada intentando aumentar el suspenso. -¿Y? -Lucifer, se llamaba Lucifer ¡Cómo el diablo! -Estás en pedo -¡Le pidieron reunirse! Y les dijo que los esperaba a las 3 en la esquina de un barrio por ahí cerca. -Ajá… -Y fueron. Y estuvieron esperando un rato largo, pero apenas eran las 2 y media así que se pusieron a fumar y… viste cómo es ¿no? Se relajaron, bajaron la guardia. En un momento se asustaron porque se les acercó una viejita y los retó por andar en la calle a esas horas y de paso les preguntó qué hora era. “Las tres” dijeron. Y ella, dejándoles en el suelo un gorrito de lana mientras caminaba les dijo “¿Vieron que soy puntual?”


Casa de Bestias (Agustín Salomón Martínez ) Ilustrador/ Anto Cónsoli Podía decirse que la fiesta era un éxito. La tarde se desvanecía acentuando la luz dorada de las lamparillas. En el gran salón de la casa, con sus portales bien abiertos hacia el jardín, se había dispuesto una gran mesa sobre la que se ofrecían platos de todo tipo. La señora M. estaba más que satisfecha con su ocurrencia. Grandes cornamentas y abultadas melenas atravesaban la sala en busca de un poco de pavo o de pernil, garras terribles sostenían un vaso de whisky y entre las pezuñas de cabra se consumía un cigarro. En un rincón un hombre-gorila, una mujer-halcón y minotauro danzaban en rondas proyectando sobre las paredes sombras fantásticas que, al cruzarse, sugerían los acoplamientos más aberrantes. Ni siquiera los criados estaban exentos de cumplir la ley absoluta de la noche, la cual pendía sobre el dintelcon caracteres rojos: “aquel que pase por esta puerta pierda toda templanza”. Y así salían de la cocina seres híbridos transportando platos fríos con toda la dignidad y el perfil de dioses egipcios. La señora M. se divertía, yendo de sector en sector, adivinando cuáles de sus invitados se escondían (devorados, pensaba ella) dentro de los salvajes simulacros. Fue así como llegó a Niní -“mi amiga del alma”-, quien combinaba un kimono rojo y faja verde bajo una gran cabeza de gato. Ni los guantes había olvidado Niní. Ésta, a pesar de su naturaleza felina, comía como un cerdo y daba las claras señales de la ebriedad. No podía responder, siquiera, las interrogaciones de su amiga. Entonces la señora M. derrochaba carcajadas sobre el estado de su invitada cuando Niní la tomó distraídamente de la mano llevándola a un rincón de la sala y la estrechó en un gran abrazo. Abrazo al que la anfitriona respondió con afecto, abrazo que empieza a subir y bajar por las espaldas y que culmina con un lengüetazo de gato en el cuello blanco. Absolutamente desconcertada, la señora M. aparta a Niní a empellones y estira una tremenda bofetada que decapita a la mujer-gato y hace visible la cabeza de un hombre grueso, calvo y sudoroso, a quien no ha visto en su vida, y cuyo estrabismomanifiesta una absoluta estolidez. A la señora M. se le ahoga un grito en la garganta y el hombre, despavorido como una bestia, se precipita fuera de la casa derribando la mesa fecunda en manjares y dando un chillido espantoso e inhumano;perdiéndose en el fondo de las sombras e interrumpiendo las conversaciones de los animales.


Transfomación (German Aloi ) Ilustrador/ Memé Candia Aprovechando que no había más luz que la de su dormitorio, miró a través de las rejas de su ventana, recibiendo el viento fresco que traía el inicio del otoño. Todavía quedaban algunas estrellas en el cielo, pero su negrura era ya casi plena, casi como la remera y el pantalón que llevaba puesto. Si alguien hubiera estado viendo esa escena, si alguien hubiera estado viendo desde el otro lado de la ventana, hubiera notado que sus ojos celestes y fríos, de pronto se tornaban hacia el amarillo, pasando por el verde y por mezclas cromáticas desagradables. Y si alguien hubiera estado observando, se hubiera percatado de que los ruidos de la noche se apagaban, cesaban, a medida que esos ojos cambiaban, que el cielo se ponía negro. Y si ese alguien hubiera visto como a esos ojos, le seguían las deformaciones de las extremidades, de un cuerpo tan joven e insensato, crujiendo, recubriéndose de un brillante pelaje negro, se hubiera dado cuenta de las perturbaciones que puede provocar el amor enfermo y el poder que posee el mismísimo diablo cuando ofrece uno de sus pactos. Una manera de caminar por las calles y asomarse sigilosamente por su ventana sin ser descubierto. De llamar sin palabras, para ser acariciado y tratado mejor que a una persona, tomado como un visitante inesperado pero deseado, con la espesa noche haciendo resaltar sus ojos llenos de amor y deseo oculto, mezclado con el amarillo mágico del mal. ¿Cuál fue el precio? Algún día, ella también entregaría su alma, cuando lo amara. El día que la abrieran, encontrarían su corazón lleno de pelos.


Ocuridad (Rodrigo Maximiliano Neira) Ilustrador/ Tamara Lopez A medida que me internaba en esa vieja casona todo se hacía cada vez más y más oscuro. Tenía una linterna para iluminar mi camino pero su luz provocaba que todo alrededor se viera más sombrío y tenebroso. Las formas que se proyectaban y mi activa imaginación no eran de ayuda, por lo que decidí apagarla y caminar a ciegas. Me sentí observado en varias ocasiones, miradas fijas en mi espalda que erizaban los vellos de mi cuello y me provocaban escalofríos en todo el cuerpo. No me inquietó demasiado, sabía que solo era mi imaginación afectada por la oscuridad. Seguí recorriendo la casa y subí la escalera de madera hasta el primer piso, a cada paso que daba esta crujía bajo mis pies. Giré a la derecha por la galería y proseguí mi camino en la penumbra. Sentí una opresión en el pecho, mi corazón y respiración se aceleraron. Seguí caminando pero tuve que detenerme, ya no podía continuar. A pesar de estar en total oscuridad pude distinguir siluetas sombrías que se movían de un lado a otro y susurraban a mí alrededor. Estaba perdiendo la cabeza, necesitaba luz. Encendí la linterna nuevamente pero su luz fue devorada por las tinieblas. Los susurros se hicieron más fuertes. Cubrí mis oídos y corrí hacia la escalera, pero tropecé y caí rodando. Sentí su presencia muy cerca, estaba rodeado. Mi corazón latía descontrolado, mi respiración se había convertido en un jadeo. Empezaron a reír… cubrí de nuevo mis oídos y comencé a gritar… rog ando que se detuvieran… Pero mis gritos fueron enmudecidos por sus siniestras carcajadas… Una de ellas se me acercó… pude sentir su fría, etérea y negra mano sobre mi pecho… se aferró a mi corazón... y lo detuvo.


Deseo (Bax Baxter ) Ilustrador/ Alejandro Machado Intento escribir, pero el sonido que hace mi hija jugando con sus juguetes me desconcentra. Ya le dije que no grite tanto, pero no me escucha. Estos tres meses fueron muy difíciles para mí. Mi esposa ya no está a mi lado, me dejó. La carga es enorme. Tengo que concentrarme. Si no termino este reporte para mañana el jefe me va a sacar a patadas de la oficina. Me sirvo una copa de vino para calmarme, tengo que escribir. Mi hija comienza a reírse, está viendo la TV. Grito más fuerte para que me escuche por sobre el alto volumen de aparato. Se hace silencio. Me siento culpable. Subo las escaleras para llegar a su habitación. Abro la puerta y me siento en su cama. Trato de hablarle, pero no sé cómo, las palabras no me salen. En el frío y vacío ambiente pido un deseo… deseo que el accidente no hubiese pasado… deseo que mi pequeña pudiese seguir viva.


Paisaje Lo que oculta (Lucía Marimón el pasillo) (Gabriel M. Tejada) Ilustrador/ Carlos Diego Frachia Olivera Losprenden Se pasillos las de luces su barrio siempre fueron aterradores y claustrofóbicos, pero el agudizando temor era algo los ajeno sentidos. a su entendimiento. Mientras que sus vecinos preferían El mundovarias caminar se posa calles sobre antes el paladar, que atravesar aquel estrecho callejón, ella lo recosaboreando rría a diario,los pues miles su casa de gustos. y la estación del tren se hallaban conectadas por éste. Entonces alguien canta, lo acompaña la música meditando Las parpadeantes y ejecutando luces amarillas hermosas demelodías. los barrios bajos teñían de un tono lúgubre Losnoche. la lugares Aunque que invitan el sol apenas a la danza acabara de la de vida. esconderse, esa zona siempre se enEl viaje junto contraba deshabitada, al camino,siendo la pequeña muchacha en uniforme de colegio la los pies única alma cansados que lo deambulaba. pero gustosos de andar la experiencia. El mar Pero esa y arriba noche laalgo Luna, era distinto. El silencio cotidiano del barrio estaba compostal que Afrodita pletamente interrumpido regala por a loselenamorados ladrido malicioso de los canes. Paso a paso su fundidos cuerpo comenzó en un beso. a sentir una tensión indescriptible. Sus manos sudorosas sentían un frío glaciar, mientras que sus piernas temblaban a medida que avanzaIrrumpiendo ba en aquel, cada la monotonía vez más oscuro del ticpasadizo. tac. Adormeciendo al tiempo, De volviéndolo repente laplástico. noche cayo completamente sobre ella, no fue solo como un corte Moldeadosipor eléctrico, no la que artesanía hasta la personal luna parecía del ser. dejar de iluminar. Una ansiedad absurAparecen da inundolos sucolores, cuerpo, el y con océano lágrimas interior en los ojos comenzó a correr. Aullido tras al que debemos aullido los perros conocer parecían y respetar. morir. Sus gritos, casi humanos, parecían sofocarIncluso los. Era una en los sinfonía días deque olasanunciaba bravas, una masacre. dejándose bailar con el viento. Sipunto A mirasde bien llegar y rompes al otrolas lado cadenas del eterno corredor, a metros de su casa, su pálida verásfue cara el amor iluminada infinito por unos ojos bestiales. Y comprendió, en su último aliento, que estáesadentro porque que losyhumanos afuera. le temen a la oscuridad. Con forma de pájaro, árbol, flor, montaña, cielo. De pronto llega silenciosa una palabra


La cochera (Bax Baxter ) Ilustrador/ Jalil Rabaj Siempre hace frio acá abajo. La cochera es un espacio enorme lleno de autos, pero a la vez uno se siente encerrado. Como enterrado bajo tierra. Hoy estaba particularmente silenciosa. Este lugar no me gusta, nunca me gustó. Intento sacar la moto lo más rápido posible y salir de acá. Me sobresalto cuando una sombra pasa por mi visión periférica. Volteo con rapidez, pero no hay nada. Con nerviosismo intento sacar mi vehículo, pero la torpeza me invade y la moto se cae de lado. Al agacharme siento un aliento frio en la nuca. Quiero voltear pero estoy paralizado por el miedo. ¿Es mi imaginación? No. Se siente muy real… Dios… ¿Qué es esto? Algo se acerca a mi cuello. Puedo distinguir que son dientes. Dientes disparejos y desalineados que se posan con firmeza fuera de mi rango de visión. El frio se expande por todo mi cuerpo, la temperatura de mi entorno se reduce muchísimo y comienzo a temblar. No puedo moverme, transpiro frio en un remolino de pánico. Sea lo que sea, no permite que me mueva. Lo último que recuerdo, es sentir los dientes hundiéndose en mi carme. Y gritar… gritar mucho… para luego desvanecerme en las sombras.


El dintel de su puerta (Carlos Moya ) Ilustrador/ Tano Damico Extendí mis alas y me desprendí del árbol, ya no era seguro, la tormenta enmohecía el inquieto cielo nocturno. Deslicé mis negras plumas en la correntada, planeé por sobre el lago y en el instante que dura un pestañeo, fui atravesado por un tridente de luz, el rayo maldito de un dios furioso sobre las angustiadas aguas. Mi cuerpo ya no respondía, le pertenecía ahora a la gravedad, al agua y la parca. Caí como flecha hasta zambullirme en la pared acuática, y seguí cayendo. Caí hasta la profundidad del abismo lacustre en cuyo fondo, navegando por un río submarino, había una pequeña barcaza. El agua finalmente comenzaba a frenar mi caída y como una lenta hoja otoñal me estrellé contra el bote. Cerca de su proa, una hermosa mujer humana contemplaba, pasiva, el horizonte del inframundo. Al escuchar mi posar sobre las maderas, me alzó entre sus manos frías y sedosas como un manto de nieve, acercó mi oído a su boca, susurró sus palabras y me arrojó por sobre la barcaza. Instintivamente comencé a batir mis alas y volar dentro del agua hasta la superficie. Y seguí volando producto de un influjo en dirección al pueblo, a la casa que alguna vez habitara mi salvadora. Toc, golpee con mi pico en la puerta una vez. Y nadie abrió. Toc, picoteé esta vez desde la ventana, y un hombre que conjuraba, entre gritos, su interminable lamento, abrió su hogar a la nebulosa noche. Volé hasta un busto de Palas, y sobre el dintel de su puerta me posé. Así, desde esa plutónica noche até el susurro [Y su alma a la sombra que desde el techo proyecté. Entre estruendos recité el murmullo el mensaje de Eleonor, su amada. Ese que desde entonces hasta hoy condenaba [Nunca más.


La voz (Bax Baxter) Ilustrador/ Jonathan Godoy Todo lo que veo es oscuridad. Mientras arrastro mi cuerpo por el suelo frio, recuerdo las palabras de esa… “cosa”. —No me podés dejar. Al menos ya no… Somos lo mismo y lo sabés. Sin poder contenerme, vomito una sustancia negra. Mi pánico llega a nuevas escalas. La voz sigue susurrando, clavándose en mi cabeza como un clavo ardiente. Al levantar la vista puedo ver una puerta. ¿Acaso es la salida de esta pesadilla? Está a solo siete metros de mí. No sé como llegué a esta situación y ya no me importa, quiero salir. —No te preocupes… ahora es cuando más cerca estamos. Es el momento de aceptar, así va a ser más fácil para vos—Las palabras hicieron eco, proyectando una malicia que pude experimentar con todos los sentidos. —Siempre estuve ahí, esperándote. Me cultivaste todos estos años y quiero mostrarte lo agradecido que estoy… quiero salir. Ya casi estoy frente a la puerta. Puedo sentir que la sustancia negra gotea de mi nariz y comienza a salir nuevamente de mi boca. Me cubro con la mano para evitar el derrame. Ya casi llego. Trepo hasta el picaporte con una sola mano. —Podés culpar a la sociedad, a tus padres, a quien quieras… Pero vos y yo tenemos las cosas claras. Me ignoraste con una dulce inocencia, y ahora vas a hacerte cargo de ese error. Voy a salir— escuchaba desesperado las horribles palabras mientras me esforzaba por abrir la puerta. Un sonido metálico dejó claro que esta ya estaba abierta, y sin pensarlo dos veces salté hacia el otro lado. —Ya puedo olerlo, es el mundo del que tanto me ocultaste… todo está al alcance de mis manos—sonó la voz lejana mientras yo caía inconsciente a un oscuro abismo sin retorno.


La fe en el anillo (Daiana Piscitelli Delvitto ) Ilustrador/ Sara Niett Nunca imaginé que una tonta historia se nos pudiera meter tan adentro teniendo ya 14 años. A veces todavía me causa un poco de escalofríos pensar en aquellas interminables noches en las que pasé rezando y teniendo una infinita devoción a un ridículo anillo. Éramos divertidos, nos gustaba hacer bromas y burlarnos de todo, hace poco que habían empezado las clases así que ya no nos juntábamos tanto con nuestros amigos porque el viaje demoraba más de una hora y llegábamos casi de noche a casa. Uno de esos días volvimos de la escuela muertos de hambre pero mi abuela no nos dejó merendar porque dijo que estaba preparando la cena. Realmente la considerábamos una vieja siniestra y a ella a nosotros unos mal criados. Creo que fue por una apuesta o algún reto de mi hermano que mientras esperábamos le robé el anillo que ella siempre guardaba bajo su almohada. A media noche me despertó contándome que había perdido el anillo de nuestro abuelo difunto y que algo muy malo ocurriría en nuestras vidas -“No quiero tener que contarte como fallecieron verdaderamente tus padres”- susurró la muy maldita al cerrar la puerta. Le tomé mucha bronca, pero no creí nada de eso hasta que pasado un mes mi hermano enfermó, llevaba días con fiebre y mi abuela no podía bajársela. Preocupado le pregunté qué hacer a lo que perversamente contestó “Busca el anillo y rézale”. Y fue lo que ignorantemente hice. Al poco tiempo mi hermano se recuperó, creí que con mis rezos lo había salvado. La fiebre ya se le había ido por completo, pero quedó en nosotros algo peor: una enfermedad latente de creer que el anillo le había perdonado la vida y que debíamos adorarlo para que la muerte no volviera por nosotros.


Seda (Alida V. Pereyra V) Ilustrador/ Sabina libertad Un vuelo de rutina se convierte en una trampa mortal. Me maldigo por no haber sido más precavido y me desprecio por no haber prestado atención a mis instintos. Debí alejarme, debí seguir a mis compañeros. Debí estar más atento. Tarde para lamentarse. Lo importante es primero liberar las alas atascadas, luego podré maniobrar con el resto. Forcejeo, tiro, me agito; pero nada. Comienzo a exasperarme y los nervios sólo logran que me enrede más. Por fin, decido relajarme y hacer un movimiento por vez. Comienzo por concentrarme, por decirme que soy valiente y autoconvencerme que voy a salir de esto… Pero me interrumpo al vislumbrar un bulto extraño a lo lejos. Aguzo la vista y me horrorizo al ver el cadáver de un colega. Giro la cabeza por instinto y descubro otro cuerpo a sólo unos metros. Miro hacia arriba, completamente en pánico, y me encuentro con las ocho patas inmensas que sostienen en alto el esbelto cuerpo de mi captora. Ya sin poder pensar, agito mis alas a toda velocidad, liberándome poco a poco en mi frenesí. Casi me siento victorioso, pero mi pata izquierda se atora. Tiro con todas mis fuerzas y recién allí percibo que mientras más agito la telaraña, más rápido se acerca la muerte. Giro la cabeza, aleteo frenético y por unos segundos me libero. Sólo unos segundos. Los instantes suficientes para respirar el último bocado de libertad antes de ver seis patas cerrándome el camino. Antes de tener mis alas inmovilizadas por más telaraña. Antes de sentir que algo filoso me atraviesa el pecho y que pierdo el conocimiento en la blanca marea de la pegajosa seda.


Palillos chinos (María Belén Luque) Ilustrador/ Matias Giamportone Eran las 3 de la mañana y Betina seguía practicando su última lección de piano. Traté de no enfadarme una vez más. Le pedí en voz alta, pero sin gritarle, que por favor tuviera clemencia, que debía trabajar en unas horas. Si por lo menos fuera algo tranquilo, pero “Palillos Chinos” una y otra vez me estaba volviendo loco. El piso de abajo resonaba en sus altos techos y cada vez perdía más la paciencia. Respiré profundo y me tapé la cabeza con la almohada. Siempre entendí que era una niña y que requería mucho esfuerzo alcanzar ductilidad para interpretarlo. Pretendo apoyarla en su empeño, aunque no creo que con esos rígidos dedos pueda lograrlo, y menos con tantos días fríos desde su funeral.


Terror  

PRELUDIO 14 Relatos Ilustrados II- Terror

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