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▶IGLESIA EN MÉXICO

Donativos aún no llegan a urgencias de damnificados

© AFP

Piden pobladores programas afectivos para reactivar zonas afectadas por las tormentas

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an pasado casi seis meses de que la tormenta tropical Manuel azotara al estado de Guerrero y aún hay comunidades que no han podido superar la emergencia, particularmente las que están enclavadas en la Montaña. A decir del padre Mario Campos, coordinador de la Pastoral Social en la diócesis de Tlapa, la región padece “un atraso sistemático de muchos años; son comunidades que han sido víctimas del olvido y falta de compromiso por parte de las autoridades”. En las últimas semanas el descontento de las comunidades de la montaña ha ido en aumento ya que los apoyos prometidos por las autoridades no han llegado. Más aún: hay denuncias documentadas de que la ayuda que enviaron diversos organismos humanitarios sigue almacenada en bodegas de algunos ayuntamientos, mientras los damnificados siguen pasando penurias. En ese sentido, el Centro de Derechos Humanos de la Montaña “Tlachinollan”, con sede en Tlapa, señala que ha sido ampliamente denunciado en la opinión pública el acaparamiento de víveres por

parte de autoridades estatales y de los propios ayuntamientos; y pugna porque se establezca “una especie de contraloría comunitaria para denunciar a todos los funcionarios que estén incurriendo en estas prácticas de corrupción”.

¿Y la ayuda que envió en Papa?

A pocos días de declararse la emergencia en México por las tormentas Manuel e Ingrid, el papa Francisco, hondamente preocupado por las dramáticas consecuencias del paso de los meteoros, además de dirigir un mensaje de consuelo y solidaridad, envió 100 000 dólares a través del Pontificio Consejo Cor Unum para ayudar a los damnificados. La ayuda, según la Tesorería General de la CEM, se distribuyó a las diócesis de Acapulco, Altamirano, Tlapa, Chilpancingo-Chilapa, Tampico, Papantla, Huejutla y Huajuapan, sin precisar cuánto se destinó a cada una. El padre Campos comenta que en Tlapa lo recibido se canalizó, en el primer momento, a la compra de víveres y otros artículos básicos, como medicamentos,

además de procurar su traslado: “El reto mayor fue cómo hacer llegar lo recibido a las comunidades más alejadas, particularmente las de la montaña, debido a la incomunicación por los malos caminos”. Otra parte de la aportación económica se ha dedicado a la creación de pequeños y discretos proyectos de producción comunitaria, como una forma de enfrentar el rezago histórico que padece esta región, que vive “una contingencia permanente, con zonas que están catalogadas entre las más pobres del país”, sostiene el padre Campos. Y añade que esta es una región de “empobrecidos” no como producto de los desastres naturales “sino de las políticas públicas que no han sabido atender las necesidades de la gente”. Además asevera que la ayuda que viene de fuera anima a los pobladores, “pero estamos conscientes de que eso no resuelve sus problemas, aunque es una motivación para seguir trabajando”. Mario Campos subraya la importancia que han tenido los valores cristianos como la solidaridad, la compasión y el compromiso por su mismo pueblo en la ardua labor de la reconstrucción. El sacerdote comenta que otra parte de la ayuda recibida ha servido para echar a andar talleres de reflexión que están ayudando a tomar conciencia de la situación vivida, de tal manera que se puedan enfrentar nuevos eventos con mayor organización: “Son pequeños grupos con representantes de algunas parroquias con los que se busca levantar proyectos. Son pasos pequeños, discretos, pero ahí van. Sabemos que con estos trabajos no se van a solucionar de un día para otro todos los problemas”. El padre Campos señala que aún hay muchas necesidades apremiantes: “salud, apoyo médico, medicamentos, especialistas”, pero sobre todo urge reactivar la producción de la región: “el campo está muy abandonado, los campesinos sólo siembran para sobrevivir, es una economía de sobrevivencia. Acá hay gente esperando, no en pasividad, porque se mueven, saben buscar, y si sobreviven es porque hacen la lucha”. No duda en catalogar esta situación como “el flagelo de Jesús en su pueblo, que se puede mitigar asumiendo una economía solidaria, con acompañamiento y cercanía de parte de la Iglesia” GILBERTO HERNÁNDEZ GARCÍA

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