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2.XXX. X-X de mes de 2010

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¿POR QUÉ LA IGLESIA AT IL MAGNAM FUGA. MISIONERA? PA ES VELIA VOLESTEM MAGNAM FIRMA Cargo

LIC. HUGO ENRIQUE HERNÁNDEZ RENTERÍA Departamento de Investigación y Apoyo OMPE México

La ObraPit Misional la Propagación de la Fe tiene un volorepPontificia udipsanisdequunt dipsam asitatqui medio muy concreto de favorecer la vitempo cooperación misionera en inctum velic toreperi accum sanimil el Pueblo de Dios: la Jornada Mundial de las Misiones, conocida ipsum qui voluptis en América Latina como Domingo Mundial de las Misiones o DOMUND, que se celebra desde hace 87 años el penúltimo domingo de octubre de cada año. Este 2013 será el 20 de octubre.

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Las misiones enseñan senderos Este plan es un proyecto de amor, de vida y de plenitud, que busca que los hombres se reconozcan hermanos y convivan en relaciones de justicia y armonía

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n nuestra realidad actual, la Iglesia parece ser como una más de entre muchas voces que apelan a la interioridad del hombre, a la ética y a la vivencia de valores. Aún en algunas de las comunidades cristianas la pertenencia a la Iglesia suele ser reducida solamente a vivir, en lo posible, algunas de las enseñanzas de Jesús. Sin embargo, la Iglesia tiene un fin mucho más amplio y trascendente que el proponer valores a la humanidad. La Iglesia se reconoce a sí misma como sacramento de salvación, es decir, como el instrumento de Dios para que todas las personas, todos los pueblos y culturas, conozcan la Buena Noticia de Dios y lleguen a vivir como una gran familia en el amor y el servicio. Ésa es precisamente la misión de la Iglesia. Para realizar este anuncio, todos los bautizados están llamados a participar, como misioneros, dentro y fuera de sus comunidades; celebrando los sacramentos, con la oración en común, y con la cooperación misionera. Las Obras Misionales Pontificias son un medio para promover en los miembros de la Iglesia, el llamado que hace Dios de anunciar su palabra de salvación a todos los hombres.

DOCTRINA MISIONERA Ecclesia peregrinans natura sua missionaria est. La Iglesia es misionera por naturaleza. Ésta es una afirmación que se acuñó en el Concilio Vaticano II, específicamente en número 2 del Decreto Ad gentes. Sin embargo, desde el principio la Iglesia ha identificado su “ser” con su “quehacer”, es decir, se ha dado cuenta que su identidad es igual a su actividad; en otras palabras,

la Iglesia existe por y para la misión. La Iglesia existe por la misión porque en principio no es su misión, sino la misión de Dios. El Dios Uno y Trino, creador de todo lo que existe, ha tenido desde siempre un “designio”, es decir, un plan para la creación, especialmente para la humanidad. Este plan es un proyecto de amor, de vida y de plenitud, que busca que los hombres se reconozcan hermanos y convivan en relaciones de justicia y armonía. La realización de este proyecto de Dios inicia con la creación, pero ha estado presente en la humanidad en los hombres que han verificado en su propia vida este designio de amor. Un pueblo en específico descubrió a Dios en medio de situaciones dolorosas: de vivir en la esclavitud en Egipto, Israel experimentó la liberación como una invitación divina para formar un pueblo diferente a los demás, en el que la justicia y la compasión fueran la señal de fidelidad a ese Dios de la vida y la libertad. El destino del pueblo de Israel era convertirse en un signo de lo que Dios quería para la humanidad, de tal forma que los demás pueblos se acercaran a él para aprender a vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. El profeta Isaías anunciaba que los demás pueblos

dirían: “Venid, subamos al monte de Yahvé, a la Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos” (Is 2, 3) Zacarías también decía algo parecido acerca del deseo de los paganos de pertenecer a Israel: “Queremos ir con vosotros, porque hemos oído decir que Dios está con vosotros” (Za 8, 23). Sin embargo, Israel no siempre se mantuvo fiel al proyecto divino, por eso Dios suscitó y envío a los profetas, para que recordaran al pueblo su misión original: vivir de acuerdo con la voluntad de Dios y ser luz para los demás pueblos. Con Jesús, la misión de Dios llega a su plenitud; ya no envía mensajeros como los profetas, sino a su mismo Hijo, para comunicar su voluntad a los hombres. La forma de comunicar de Jesús fue doble: con su palabra anunciaba la bondad y misericordia de Dios y lo mostraba con sus acciones bondadosas y de compasión. Así se llega a cumplir lo anunciado por los profetas, el evangelio de Juan nos cuenta: “había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Éstos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: ‘Señor, queremos ver a Jesús’” (Jn 12, 20-22). La metodología de Jesús fue sencilla pero muy eficaz, formó un grupo de discípulos para que estuvieran con él, y conociéndolo conocieran al Padre. De esta manera, los discípulos descubrieron en Jesús el cumplimiento de las promesas del Dios de Israel; el

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mismo Dios que entra en la historia de los hombres para transformar sus vidas estaba presente en Jesús de Nazaret. Con su muerte en cruz y su resurrección descubrieron que el llamado de Dios está dirigido no sólo a Israel sino a todos los hombres, ya que todos están sometidos al pecado y a la muerte, y por eso mismo están todos llamados a la nueva vida que Dios ofrece. Decíamos al principio que la Iglesia existe por la misión, pero que también existe para la misión. Jesús resucitado

hace 2 cosas trascendentales para la Iglesia: 1) Les da un mandato a sus discípulos, el mandato misionero: “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 29-20). Es decir, los envía a formar, a su vez, a otros como discípulos de Jesús; 2) Envía al Espíritu Santo en Pentecostés. El envío del Espíritu a los discípulos es el principio de la Iglesia y de su misión. Con el Espíritu se elimina la antigua confusión de lenguas narrada en el Génesis de la “Torre de Babel” (Cf. Gn 11, 1-9); así en la lectura de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hech 2, 1-13) el Espíritu que desciende a los discípulos les permite hablar y ser entendidos por los hombres de todo pueblo y cultura. Así se eliminan las

barreras que impiden a los hombres entenderse y relacionarse. Aparecen, además, en los Hechos de los Apóstoles tres personajes trascendentes para entender la misión de la Iglesia a todas las naciones: Felipe, Pedro y Pablo. Felipe es llevado por un ángel a explicar las escrituras y bautizar a un eunuco etíope, funcionario de la reina Candace (Cf. Hech 8, 26-40). Anuncia el Evangelio de Jesús y le ofrece el ingreso a la comunidad cristiana por medio del bautismo a un extranjero. Pedro, recibirá en la fe a Cornelio, centurión romano de Cesarea, y el Espíritu Santo descenderá sobre Cornelio y sus acompañantes (Cf. Hech 10). Allí Pedro descubre que Dios no hace acepción de personas y que todos los hombres, sin importar su origen, están llamados a “temer a Dios y practicar la justicia” (Cf. Hech 10, 35). Pablo será el “Apóstol de los gentiles” ya que al ser rechazado, junto con Bernabé, por la sinagoga de Antioquía de Pisidia, dirige su predicación del Evangelio a los gentiles (Cf. Hech 13, 4452), abriendo así a todos los pueblos la “puerta de la fe” (Hech 14, 27). La comunidad cristiana primitiva tuvo que discernir sobre la misión dirigida a otros pueblos, ya que hasta ese momento la apertura a las naciones era dirigida a los judíos o prosélitos residentes en otras naciones. Así, en el llamado Concilio de Jerusalén, Pablo, Pedro y Santiago, con la comunidad cristiana, se decidió no imponer la cultura y religión judía a los nuevos cristianos procedentes de otras naciones (Cf. Hech 15, 1-29). Por eso el nombre de Iglesia, del griego ekklesía, que es la asamblea del pueblo, será el que identifique a los

“Hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” 23

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PLIEGO discípulos de Jesús, ellos reciben el ekklesiádsein, es decir la invitación, son convocados a la asamblea. Todos en la Iglesia han sido llamados, no se reúnen por propia iniciativa sino por la invitación de Dios. El Dios misionero invita y los discípulos responden a su invitación. Por eso también una de las “notas esenciales” de la Iglesia es la catolicidad, la cual, junto con la unidad, la santidad y la apostolicidad, formulan la identidad que la comunidad de creyentes proclama los domingos en el Credo. La palabra katholicós en griego quiere decir universal, es decir, abierto a todos, a todo pueblo, lenguaje o cultura. Así, la Iglesia se reconoce a sí misma como apertura, como invitación a todos los hombres. En el año 110 San Ignacio de Antioquía usará el término por primera vez aplicado a la Iglesia: “Que donde aparece el obispo esté la comunidad, de la misma manera que donde está Cristo Jesús está la Iglesia católica.” El Cardenal Yves Congar, un teólogo más contemporáneo describe así la identidad que los creyentes asumieron al reconocerse como Iglesia Católica: “Desde el principio, los cristianos, aun cuando no fueron más que pequeños grupos dispersos, tuvieron el sentimiento de pertenecer a un cuerpo único de extensión universal; había hermanos en todo el universo y con ellos se formaba un mismo pueblo, una misma familia. Desde que la fe se diseminó de hecho prácticamente por todas partes, tuvieron los cristianos el sentimiento vivo de la maravilla que significaba una Iglesia que llegaba a los confines del mundo, conservando su unidad en los pueblos más diversos” (Mysterium Salutis, Tomo IV/ 1, Cristiandad, p. 494)

LA PRAXIS En un principio, los misioneros fueron todos los creyentes. Recordemos que las estructuras del Imperio Romano permitían tanto la movilidad comercial y política, como los intercambios culturales de las naciones que estaban bajo el dominio romano. Aunque en los inicios de la evangelización la predicación se

Todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes realizaba en torno a las sinagogas de cada ciudad, las comunidades cristianas no eran estáticas sino que se expandían desde la sinagoga a los diferentes espacios situados alrededor. Por eso, gran parte de la misión fue realizada entre familiares, pequeños comerciantes, artesanos, emigrantes, soldados y esclavos. Ellos, más allá de una predicación de argumentación elocuente, presentaron el testimonio de una nueva forma de vivir, en la que el amor, la compasión y la ayuda mutua eran los signos más brillantes. Los Hechos de los Apóstoles nos narran, de una forma un tanto idealizada pero no por eso menos real, la vida de las primeras comunidades. “Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones… Todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían diariamente al Templo con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando de la simpatía de todo el pueblo” (Hech 2, 42-47). Esta forma de vida, que no es común ni siquiera en nuestros días, debió ser muy atractiva para los hombres de su tiempo. Además, la fe firme de los creyentes, llevada en muchos casos hasta el martirio, fue un estímulo para lograr conversiones a esta nueva forma de vivir sin temor a la muerte. Surgieron, además, grandes misioneros que, con su predicación y testimonio de vida, lograron convertir pueblos enteros a la fe cristiana. En los primeros 1 000 años del cristianismo podemos destacar entre muchos otros misioneros a San Ireneo de Lyon, nacido en Esmirna, Asia menor y enviado a las Galias (hoy Francia); San Panteno, que

llegó a evangelizar el sur de Oriente, la India y Arabia; San Gregorio el Iluminador, fue el fundador y santo patrón de la Iglesia Apostólica Armenia; Frumencio, un griego sirio-fenicio nacido en Tiro, en Líbano, primer obispo de Axum, y se le atribuye la conversión al cristianismo del reino de Aksum, en la actual Etiopía; Filastro, viajó por casi todo el mundo romano, predicando contra los paganos, judíos y herejes, especialmente contra los arrianos; San Patricio de Irlanda, nacido en Escocia, y habiendo sido capturado y esclavizado por piratas irlandeses, huyó y se convirtió en misionero allí, logrando establecer varias comunidades y un clero local; San Gregorio Magno, quien envía a Agustín y 40 monjes benedictinos a la evangelización de Inglaterra; San Columba, monje misionero entre los Pictos, en Escocia; Alopen, obispo persa y misionero cristiano, de confesión nestoriana, que evangeliza China, funda comunidades cristianas que desaparecen con las persecuciones, pero de las que aún quedan vestigios en ruinas, como la

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estela de Xi’an; San Willibrord de Utrecht, “el apóstol de Frisia y los Países Bajos históricos”; San Bonifacio, monje benedictino “el apóstol de los germanos”, evangeliza Baviera y funda Salzburgo, Ratisbona, Freising y Nassau, la abadía de Fulda y el obispado de Büraburg Würzburg y Erfurt; San Oscar, santo patrono de Escandinavia, mandado por Ludovico Pío a ayudar al rey Harald Klak a cristianizar Dinamarca y con el rey Björn på Håga para convertir al cristianismo a Suecia; los santos Cirilo y Metodio, “apóstoles de los eslavos”, provenientes de Tesalónica, que se convirtieron en misioneros primero en Crimea y después en el Imperio de la Gran Moravia; y finalmente San Francisco de Asís, fundador de la Orden Franciscana y de las Hermanas Clarisas, quien se embarcó hacia el oriente, pasando por Chipre, San Juan de Acre y Damieta en el delta del Nilo, en Egipto, intentó la conversión de los musulmanes al cristianismo, predicando al sultán, Al-Malik al-Kamil, y tiempo después obtuvo de su hermano el sultán AlMu’azzam de Damasco, permiso para visitar Siria y Tierra Santa. Como podemos ver, en los primeros años del cristianismo la Misión de la Iglesia se mantuvo entre los pueblos sometidos al imperio, pero al caer éste, la misión no se detuvo. Posteriormente fueron las Órdenes misioneras las que retomaron la tarea misionera entre los pueblos extranjeros. En la época de los descubrimientos y la colonización de América, Asia y África, los franciscanos, dominicos, luego jesuitas y agustinos, entre muchos otros, fueron quienes se encargaron de la evangelización de las naciones. En el caso particular de

América los reyes de España y Portugal tuvieron en sus manos el encargo del Papa de evangelizar a los pueblos que estuvieran en sus territorios con la figura jurídica del patronato. Hasta el día de hoy la tarea misionera en los pueblos que no conocen el Evangelio está en gran parte atendida por Institutos Religiosos con un carisma misionero particular. Sin embargo, ellos mismos son sostenidos y animados por todo el Pueblo de Dios, el cual está comprometido con la Misión de una forma específica llamada cooperación misionera.

LA COOPERACIÓN Y LAS OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS (OMP) ¿Qué es la cooperación misionera? Al principio vimos que la misión de la Iglesia es la misma misión de Dios. De esta manera todos los creyentes están llamados a colaborar con el proyecto de Dios para la humanidad, sea convirtiéndose ellos mismos en evangelizadores, sea apoyando a los misioneros. La Congregación para la Evangelización de los Pueblos

(antes llamada De Propaganda fide), presidida actualmente por el Cardenal Fernando Filoni, es el organismo de la Iglesia que se dedica en específico a dirigir y coordinar la misión y la cooperación misionera. Entre los objetivos de la Congregación está “asegurar una adecuada distribución de los misioneros; cuidar la formación del clero secular y de los catequistas; confiar a institutos, sociedades religiosas o iglesias particulares, la evangelización de los territorios de misión” (Ad gentes, 29). Es por eso que las Iglesias en tierra de misión, llamadas circunscripciones eclesiásticas, 2966 en total, entre arquidiócesis, diócesis, abadías territoriales, vicariatos apostólicos, prefecturas apostólicas, administraciones apostólicas, misiones sui juris, y ordinariatos militares, quedan bajo su competencia; así como también 2,057 estaciones misioneras con sacerdote residente y 133,682 estaciones misioneras sin sacerdote residente, además de todas las demás acciones de cooperación misionera. Para esta última tarea, presentó en 1998 un documento llamado Cooperatio misionalis (CM), en el que ordena y propone las formas adecuadas de integrar los organismos que favorecen la misión Ad Gentes. En este documento, en el número 2, define cooperación misionera: “La participación de las

El papa Francisco y el Cardenal Fernando Filoni 25

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La cooperación es el primer fruto de la animación misionera comunidades eclesiales y de cada fiel en la realización de este plan divino recibe el nombre de “cooperación misionera” y se realiza de diversas maneras: con la oración, el testimonio, el sacrificio, el ofrecimiento de su trabajo y sus ayudas”. El documento también remarca otro concepto muy importante, la animación misionera, “La cooperación es el primer fruto de la animación misionera, entendida como un espíritu y una vitalidad que impulsa a los fieles, las instituciones y las comunidades a una responsabilidad universal, formando una conciencia y una mentalidad misionera dirigida “ad gentes”. La animación misionera tiene una finalidad muy concreta: “formar al pueblo de Dios para la misión universal “específica, suscitar buenas y numerosas vocaciones misioneras y promover cualquier forma de cooperación en la evangelización” (CM, 2). ¿De dónde surgen estos conceptos de animación y cooperación misionera?

Tenemos que remontarnos un poco atrás, a los tiempos posteriores a la Revolución Francesa, en el que el Espíritu suscitó en diferentes personas, 3 laicos, un obispo y un misionero, la fundación de las cuatro Obras Misionales Pontificias. La Obra Misional Pontificia de la Propagación de la Fe es fundada en

Lyon, en 1822, por un grupo de laicos, con María Paulina Jaricot como figura central. Este grupo tomarían la iniciativa de recaudar fondos a favor de las misiones y de orar diariamente por la conversión de los no-cristianos, por la perseverancia en la fe de parte de los católicos y por la prosperidad de las comunidades cristianas en los territorios extranjeros de misión. La Obra, con el favor de los Papas, se difundió en las diócesis de Francia y poco después en las de otros países de Europa y más tarde aun en las de América. A partir de 1928 la fueron erigiendo progresivamente las Iglesias de los territorios de misión. Actualmente existe en más de 147 países. La Obra recibió el estatuto pontificio el 03 de mayo de 1922. Su sede central fue transferida de Lyon a Roma. La Obra pasó a ser de este modo el órgano oficial de la Iglesia para la cooperación misionera. Su finalidad es “suscitar el interés por la evangelización universal en todos los sectores del pueblo de Dios y promover en las Iglesias locales la ayuda, tanto espiritual como material, y el intercambio de personal apostólico” (CM, 4). Actualmente en México, la Propagación de la Fe, coordina la Jornada DOMUND, de la que hablaremos más adelante, y la formación y animación misionera de los jóvenes mediante la Liga Misional Juvenil (LMJ), la cual con su lema “Por la salvación de todo el mundo” busca favorecer, especialmente en los jóvenes, la

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educación en la justicia a través de la información y el conocimiento de la doctrina social de la Iglesia, a fin de estimular a la ayuda, y llevar a cabo una sensibilización misionera que los lleve al ofrecimiento de sí mismo a las misiones: para ello la POFP dispone de un servicio misionero para los jóvenes. Es en 1952, surge en México la Liga Misional de Estudiantes, fundada por monseñor Alonso Escalante, rector del Seminario de Misiones Extranjeras en México. Posteriormente, en el año de 1980, monseñor Enrique Mejía Razura, primer Director Nacional de las OMPE, convirtió la Liga Misional de Estudiantes en la Liga Misional Juvenil, siendo aprobada por el Episcopado Mexicano. También se cuenta con la revista Ad Gentes para informar al pueblo de Dios lo más relevante de la animación misionera en México y la situación de los misioneros en el mundo. En cuanto a la Obra Misional Pontificia de San Pedro Apóstol que tiene sus raíces en Caen, Francia, en el año 1889 por Estefanía y Juana Bigard (madre e hija) las cuales echaron los fundamentos de esta Obra. Favorecida con el apoyo de la Santa Sede, se difundió en la mayor parte de las diócesis de Europa y de América. La sede central fue transferida a Roma en 1920. El 03 de mayo de 1922, la Obra de San Pedro Apóstol recibió el título oficial de “Pontificia”. Es necesario tener en cuenta que esta obra pasa por serios problemas legales y de organización en la segunda década de 1900 lo que

condujo en un primer momento a que la obra estuviera en manos de las Religiosas Misioneras Franciscanas o Misioneras de María (1904-1920), quienes para organizarla y desarrollarla tenían como modelo a la obra de la Propagación de la Fe. Es hasta el 26 de abril de 1920, que Propaganda, decide poner la obra bajo su dependencia directa, aprobando de momento los primeros estatutos generales. Otro dato importante para entender el vínculo de éstas 2 es el siguiente: hacia 1929 el Papa Pío XI, por el Motu Proprio “Vix ad Summi” reorganiza de modo definitivo, dándole constituciones que fueron fijadas en conformidad con las de la obra de la Propagación de la Fe, de ahí, que la Santa Sede hiciera una auxiliar. Su finalidad es “sensibilizar al pueblo cristiano sobre la importancia del clero local en los territorios de misión e invitarlo a colaborar espiritual y materialmente en la formación de los

candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada” (CM, 4). En México la Obra de San Pedro Apóstol, celebra la Jornada del Clero Nativo el 3er domingo de agosto de cada

Monseñor Enrique Mejía

En 1952, es cuando surge en México la Liga Misional de Estudiantes, fundada por Alonso Escalante 27

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En la ESAM se forman catequistas, padres de familia y jóvenes de los grupos parroquiales

año, en el que se busca concientizar a las comunidades cristianas de la necesidad de apoyar a los seminarios en tierras de misión que forman el clero nativo. Además, durante el año busca becas y apoyos de todo tipo, para los seminaristas y sacerdotes nativos de las tierras de misión. La Obra Misional Pontificia de la Santa Infancia, ahora conocida en México como Infancia y Adolescencia Misionera (IAM), nace en Francia en 1843, fundada por monseñor Carlos Augusto Forbin-Janson, quien fuera obispo de Nancy, el cual, conmovido por la situación de miseria y abandono

de los niños en China, decide crear la IAM con lineamientos parecidos a los que tenían la Obra de la Propagación de la Fe. Como dato curioso, en un primer momento es conocida como “Obra de los niños chinos” y posteriormente como la “Santa Infancia”. Su finalidad es “ayudar a los educadores a despertar poco a poco en los niños la conciencia misionera; para animarlos a compartir su fe y sus bienes materiales con sus coetáneos de las regiones y de las Iglesias más necesitadas; y para promover las vocaciones misioneras desde la más tierna edad” (CM, 4). Entre otras actividades se tiene la Escuela de Animación Misionera (ESAM) en la que se forma a catequistas, padres de familia y jóvenes responsables de los grupos parroquiales y diocesanos de la IAM. Además cada 2 años celebra el Congreso Nacional de la Infancia y Adolescencia Misionera (CONIAM), este 2014 se celebrará el 16 CONIAM en la Diócesis de Toluca, del 30 de enero al 2 de febrero. Además cuenta con la revista Sembradores, la cual es un espacio de información y formación misionera para

los niños y adolescentes de México. La Pontificia Unión Misional fue fundada en Italia por el P. Paolo Manna en 1916, y desde el principio recibió la aprobación de la Santa Sede. Su finalidad propia era fundamentalmente de carácter espiritual y doctrinal, y por eso su tarea se dirigió a promover el espíritu y las vocaciones misioneras. La unión se extendió muy rápidamente a la mayor parte de las diócesis del mundo. Su finalidad es “la formación y sensibilización misionera de los sacerdotes, de los seminaristas, de los miembros de los institutos masculinos y femeninos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica, y de sus candidatos, así como de los misioneros laicos directamente comprometidos en la misión universal. Esta unión es como el alma de las otras Obras, porque los que la componen están especialmente capacitados para suscitar en las comunidades cristianas el espíritu misionero y para incrementar la cooperación” (CM, 4). En México la Pontificia Unión Misional tiene, entre otros encargos, la responsabilidad de convocar a las fuerzas misioneras consagradas y lo realiza en varias

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actividades como el encuentro de Misioneros Laicos Ad gentes (MILAG), el Encuentro de Misioneros Extranjeros, el Taller vocacional para Laicos, etcetéra. Además coordina la Unión de Enfermos Misioneros (UEM), la cual busca la formación de visitadores de enfermos enfocados en la oración a favor de la Misión Ad gentes, además organiza el Congreso Nacional Misionero (CONAMI) del que hablaremos más adelante. Actualmente en México las actividades de las Obras Misionales Pontificias se realizan en íntima comunión con el Episcopado Mexicano, por lo que el mismo nombre de las Obras en México incluye esta identidad: Obras Misionales Pontificio Episcopales de México (OMPE), de tal manera que el Director Nacional de las Obras -el Padre Guillermo Alberto Morales Martínez-, es al mismo tiempo el Secretario de la

Dimensión Episcopal de Misiones (DEM) -que preside monseñor Fabio Martínez Castilla, Arzobispo de Tuxtla Gutiérrez-, y la cual depende de la Comisión Episcopal de Pastoral Profética (CEPP) -presidida por monseñor Juan Manuel Mancilla Sánchez, obispo de Texcoco-, una de las Comisiones de la Conferencia Episcopal Mexicana (CEM). Es por esto que las 4 obras Misionales Pontificio Episcopales de México están al servicio de las provincias eclesiásticas y diócesis del país, ofreciendo cursos, talleres de formación, retiros, subsidios por medios escritos y audiovisuales, etc. que favorezcan la animación y cooperación misionera de todos los miembros de la Iglesia. ¿De qué forma podemos cooperar con las misiones? En primer lugar profundizando en nuestra fe, ya que una fe madura es siempre misionera, lo podemos hacer aprovechando la formación ofrecida desde las obras

Monseñor Juan Manuel Mancilla

Misionales Pontificias; ofrecer la oración personal y comunitaria por los países de misión y por los misioneros siempre da buenos frutos, especialmente al ofrecer nuestros esfuerzos y sufrimientos; también con la generosa ayuda económica que es un signo de comunión y amor entre las Iglesias locales.

CONGRESOS EN MÉXICO Y AMÉRICA Uno de las actividades que más y mejores frutos han brindado a la Misión Ad gentes en México y América, han sido los congresos misioneros. Ellos son un medio eficaz para la animación misionera de los miembros de la Iglesia, allí participan obispos, clero diocesano, seminarios, institutos misioneros, institutos religiosos y laicos, para que asuman un real y efectivo compromiso de misión. Estos congresos son medios que incitan a ir más allá de las propias

Monseñor Fabio Martínez 29

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El deseo evangélico abrió las puertas a los episcopados de Canadá y EU

Padre Guillermo Morales

fronteras y compartir la fe. El origen de los congresos es el I Congreso Nacional Misionero (I CONAMI) celebrado en Guadalajara, Jalisco del 11 al 15 noviembre de 1942 con el lema: “Id y enseñad a todas las naciones de la tierra”. A partir de allí se han celebrado -en la mayoría de los casos cada 5 años-, 14 congresos nacionales en México. De estos congresos nacionales ha surgido también el Congreso Misionero Latinoamericano (COMLA). En el VII CONAMI celebrado en 1977 en la diócesis de Torreón, con el lema “Salvación universal, compromiso de México” se invitó a todos los países de Latinoamérica y del mundo, por lo que se convirtió en el I COMLA.

Los congresos latinoamericanos de misiones se convirtieron en un árbol con buenos frutos desde el principio, ya que se dio la aprobación para fundar el Primer Centro Latinoamericano de Animación y Espiritualidad Misioneras, que inicialmente estaba proyectado realizarse en El Salvador bajo la conducción de Oscar Arnulfo Romero. La difícil situación socio-política de ese país provocó que monseñor Romero se dispensara y que se buscara otro lugar para desarrollar tal proyecto. Las faldas del cerro donde estaba erigida la Basílica de nuestra Señora de Guadalupe, emperatriz de América, en la ciudad de México, pareció la mejor opción, y hasta la fecha se han realizado allí 35 Cursos Latinoamericanos de Animación y Espiritualidad Misionera (CLAEM), en los cuales, en 3 veranos se imparten cursos intensivos de misionología con excelentes catedráticos. Hay que decir que los cursos están reconocidos por la Pontificia Universidad Urbaniana, la cual a su vez, depende de la

Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Después de que el 21 de octubre de 1979, Domingo Mundial de las Misiones, el Delegado Apostólico Girolamo Prigione bendijera la primera piedra, la construcción del edificio del Centro Latinoamericano de Animación y Espiritualidad Misioneras “Cardenal Rossi” se inició en forma el mes de diciembre de 1980. Otro de los frutos de este congreso fue la determinación de realizar los congresos misioneros latinoamericanos cada 5 años. Aunque la identidad compartida de los pueblos latinoamericanos brindaron grandes frutos, la Iglesia es universal y siempre abierta a todos, por lo que tomando el deseo evangélico de unidad protagonizado por del Santo Padre Juan Pablo II, se abrieron las puertas con alegría a los episcopados de Canadá y Estados Unidos de América para extender este esfuerzo de comunión para la misión a todo el continente Americano, transformando los Congresos Misioneros Latinoamericanos (COMLA´s) en Congresos Americanos Misioneros (CAM´s). En este año 2013 se celebrará el CAM4 - COMLA9 en Venezuela, con el lema: “América misionera, comparte tu fe”.

DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES La Obra Misional Pontificia de la Propagación de la Fe tiene un medio muy concreto de favorecer la cooperación misionera en el Pueblo de Dios: la Jornada Mundial de las Misiones, conocida en América Latina como Domingo Mundial de las Misiones o DOMUND, la cual se celebra el penúltimo domingo de octubre de cada año, que en este 2013 30

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será el 20 de octubre. La Jornada DOMUND tiene 87 años de celebrarse ininterrumpidamente, desde su acta fundacional contenida en un breve rescripto de la Sagrada Congregación de Ritos, firmada por el Prefecto Cardenal Vicco, en el pontificado del Papa Pío XI, con fecha 14 de abril de 1926. La finalidad de la Jornada DOMUND es: 1) Promover la oración ferviente al Señor para acelerar su reinado en el mundo; 2) Hacer comprender a todos los fieles el formidable problema misionero; 3) Estimular el fervor misionero de los sacerdotes y de los fieles; 4) Dar a conocer mejor la Obra de la Propagación de la Fe; y 5) Solicitar la ayuda económica en favor de las misiones. Para esto, se sugiere que ese domingo, en todos los templos, se celebre la misa por la evangelización de los pueblos y que la predicación verse sobre la misión de la Iglesia y las formas de cooperación del Pueblo de Dios. Es el Santo Padre quién cada año envía un mensaje especial con motivo de esta Jornada -desde 1963, año en

que el Papa Pablo VI inauguró su pontificado-, en el cual, se recuerda al pueblo de Dios el compromiso misionero que tienen todos los bautizados, se señala la labor de las Obras Misionales Pontificias y se recuerda la necesidad de los misioneros y sus comunidades. Este año 2013 el Papa Francisco, en el marco del Año de la Fe, nos ha recordado que la fe “es un don que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido. Si queremos guardarlo sólo para nosotros mismos, nos convertiremos en cristianos aislados, estériles y enfermos”. El padre Joaquín María Goiburu ha dicho a propósito de los Mensajes de los Papas para el DOMUND que “Es incalculable el bien inmenso que han ocasionado los mensajes de los Pontífices que han sucedido a Pío XI, con motivo de la celebración de esta jornada. Con razón pudo llamar a este día el Prefecto de Propaganda Fide, Cardenal Van Rossum, el Gran día de la Catolicidad”. Una forma muy concreta de ayuda en el DOMUND es la cooperación económica que se realiza en todas las parroquias a favor de las misiones. La colecta reunida en ese día está destinada específicamente al fondo universal de solidaridad que apoya al sostenimiento de las misiones Ad Gentes y de los misioneros. Los estatutos de las Obras Misionales Pontificias lo expresan así: “Mediante un fondo de solidaridad, las Obras Misionales Pontificias apoyan de modo prioritario a las Iglesias que

atraviesan por situaciones difíciles y de mayor necesidad, ayudándoles, con el respeto debido, a hacer frente a sus fundamentales necesidades pastorales y misioneras, con vistas a su progresiva autonomía, y para ponerlas en condiciones de corresponder, a su vez, a las necesidades de otras Iglesias”. En México las OMPE realizan una campaña intensiva como preparación al DOMUND llamada “Octubre Misionero” en la que se invita a las Diócesis y Parroquias del país a reflexionar sobre su compromiso misionero por medio de la oración, especialmente ante el Santísimo Sacramento y el rezo del Rosario; la formación, mediante el Libro de Trabajo del DOMUND, el que

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PLIEGO contiene el mensaje del Papa para el DOMUND, temas de estudio, propuestas de celebraciones litúrgicas y de piedad con espíritu misionero, etc. Este año en particular la Jornada DOMUND tiene como lema: “La verdadera riqueza está en el servicio” y se presentó en un formato adaptado a las nuevas necesidades de comunicación, con una mayor presencia a en las redes sociales más utilizadas, en Facebook se puede encontrar como DOMUND México; en Twitter con la cuenta de @ompemexico; en You Tube por el canal OMPE TVMEXICO; Instagram a través de ompemexico y en Flickr ompemexico. Se ha llevado a cabo una campaña articulada, teniendoo contemplados pósters y promocionales de televisión y de radio, los cuales han sido difundidos a través de diferentes medios católicos de televisión y varias publicaciones, siendo una campaña que tendrá una cobertura en diferentes medios de comunicación.

AMPLIACIÓN DE LOS LÍMITES DE LA FE Esta campaña se realizó en 3 etapas: la primera ha sido llamada “Preventiva”, la cual tiene como objetivo alentar a todo el Pueblo de Dios, para que -a partir de ciertas problemáticas sociales- se conozca la importancia y la necesidad del anuncio del Evangelio en el mundo. Ésta se llevó a cabo en el mes de agosto, dos meses previos a la celebración del octubre Misionero. La segunda etapa, denominada “Informativa” tiene como objetivo dar a

En comunidad, trabajando en la misión

límites de nuestra fe” ¿Cuáles son esos límites? Es todo lo que marca el “más allá”. Desde el punto de vista geográfico, el más allá es lo que está fuera de mi país o de mi región. Además de las fronteras territoriales es necesario hablar de fronteras culturales, ya que en un mismo territorio coexisten grupos humanos con diferentes formas de pensar, incluso con diferente idioma y tradiciones. En este caso la Misión consistiría en salir hacia aquel o aquellos que no pertenecen a nuestra cultura a pesar de estar cerca: indígenas, migrantes, turistas, trabajadores y estudiantes.

HOY EL HOMBRE EXIGE RESPUESTAS PARA SU ENTORNO

conocer el trabajo de los misioneros que se encuentran inmersos en diferentes culturas, y quienes dan respuesta a las principales problemáticas que aquejan a la sociedad. Se realizó en el mes de septiembre. En octubre, se realizará la tercera etapa “Recaudatoria” la cual consiste en hacer la invitación a todos los mexicanos a colaborar espiritualmente y económicamente por los misioneros, para que continúen y logren desempeñar la gran labor evangelizadora y misionera que realizan en los diferentes lugares donde se encuentran. Este año en específico, el Santo Padre Francisco nos llama a “ampliar los

También se habla de los límites de la fe en los individuos. A diferencia de muchas de las misiones en la antigüedad, en donde se lograban conversiones masivas, de pueblos enteros, ahora estamos en panoramas diferentes; el hombre actual es, en general, muy celoso de su individualidad y exige respuestas que afecten a su propia persona y su entorno. Realmente esto debiera ser lo más cotidiano: la conversión lograda no únicamente por misioneros “de oficio” sino por todo el pueblo de Dios, todos anunciando el Evangelio con palabras y testimonio de vida, aprovechando los momentos cotidianos para mostrar a Cristo a todos aquellos con los que nos encontremos. Gracias a la cooperación del DOMUND y a muchas otras iniciativas de las OMP y del Pueblo de Dios se logra el sostenimiento de los misioneros y de muchas comunidades en tierras de misión. Ojalá que las palabras del Papa Francisco resuenen en los corazones de todos los fieles para renovar juntos nuestro compromiso con la misión en México y todas las latitudes: “Bendigo de corazón a los misioneros y misioneras y a todos los que acompañan y apoyan este compromiso fundamental de la Iglesia para que el anuncio del Evangelio pueda resonar en todos los rincones de la tierra, y nosotros, ministros del Evangelio y misioneros, experimentaremos la dulce y confortadora alegría de evangelizar”.

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Vida Nueva México 46 - Pliego  

Las Obras Misionales Pontificio Episcopales de México presentan un recorrido histórico y pastoral de la misión evangelizadora desde esta ins...

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