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SĂ­ntesis del Concilio Vaticano II (1962-1965)

Claudio Delpero

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Presentación

Conozco al autor de esta síntesis sobre los documentos conciliares desde nuestros estudios teológicos en Roma, durante la celebración del Vaticano II, y me alegro de que haya sabido resumir en este denso trabajo lo mejor de su experiencia teológica y pastoral, madurada por 50 años de constante trabajo, la mitad de ellos, en países latinoamericanos y, sobre todo, en nuestra Universidad Pontificia de México. Gracias a Dios, esta recopilación esencial del Vaticano II aparece ahora también en castellano, luego de la exitosa edición en italiano de la Editorial Vaticana, con miras a la celebración ya próxima del Año de la Fe, auspiciado por S. S. Benedicto XVI. Además de la traducción hecha por el mismo autor, esta edición ha sido preparada para una difusión capilar en toda Latinoamérica por la Editorial PPC de México, a la que profeso mi más profunda gratitud. Dios quiera que, gracias también a esta interacción entre nobles esfuerzos, los documentos del Vaticano II sean más y mejor conocidos, debatidos y llevados a la práctica, para que contribuyan a rejuvenecer el rostro de la Iglesia, como el Beato Juan XXIII deseaba hace 50 años. El postconcilio ha comprobado que la aplicación del Vaticano II no es una tarea fácil y que la fidelidad a su espíritu es un reto continuamente renovado. Como sucede con la Sagrada Escritura, a la interpretación literal se le reserva el primer lugar, sin dejar de lado la espiritual, que a menudo queda como la meta más apropiada, a condición de que no contradiga a la primera. Probablemente llegó la hora para que América Latina demuestre con los hechos aquella vocación, que hace veinte años, en Santo Domingo, Juan Pablo II le reconocía: representar un futuro de esperanza para toda la Iglesia. Irapuato , Gto., 15 de agosto de 2012 + José de Jesús Martínez Zepeda I Obispo de Irapuato 3

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Prefacio

El 11 de octubre de 2012, conmemoramos los 50 años del comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II, y a pesar de su indudable importancia, son pocos los que hoy día recuerdan este solemne acontecimiento eclesial como parte de su vida personal. La diócesis de Brescia (Italia) ha querido difundir para la ocasión una síntesis de los 16 documentos conciliares que fueron publicados en esos años, para que todos tengamos la oportunidad de reflexionar sobre las reformas desde entonces introducidas en la vida eclesial. Pienso que la idea pueda resultar útil también en otras partes del mundo católico, sobre todo en ambas orillas del Atlántico y especialmente allá donde la Providencia me ha llamado a trabajar en los pasados decenios, como pastor y profesor de teología (Italia, Colombia, Uruguay y México). Dedico este trabajo a las tantas personas que he encontrado en estos 50 años, que he iniciado con los estudios en Roma y que me han permitido tener un profundo contacto con el mundo latinoamericano: será una gran satisfacción recíproca poder intercambiar con ellas algún parecer sobre el contenido de esta pequeña obra que el obispo de Brescia, Mons. Luciano Monari, amablemente me ha encargado. Brescia, octubre 11 de 2011 Mons. Delpero don Claudio

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LOS DOCUMENTOS DEL VATICANO II “A LA BREVE” Hace poco, durante la catequesis semanal a un grupo de profesionales que por un año han intentado releer los documentos conciliares del Vaticano II, 47-49 años aproximadamente después de su publicación, he notado que con mucho esfuerzo recordaban su número definitivo (dieciséis en total) y, sobre todo, sus títulos respectivos (aún con más dificultad, el género que les corresponde: 4 Constituciones, 9 Decretos, 3 Declaraciones). Muy a menudo, el título de alguna constitución recordaba a los participantes tan sólo unas encíclicas papales. Esto comprueba que nos estamos olvidando del Concilio y nos impone buscar el remedio adecuado: ¿Cómo es que podemos hallarle un remedio eficaz a este peligro? La primera dificultad a evitar es la de perderse en el sinnúmero de documentos ejecutivos y comentarios aparecidos sobre los diferentes temas conciliares en los decenios posteriores al Concilio, comenzando por los XII Sínodos que los actualizan de manera oficial y llegando a los tantos autores que se han dedicado a los mismos temas (constituyen un número realmente impresionante de obras y artículos). Lo de concentrar nuestra atención sobre el núcleo esencial de los documentos conciliares indudablemente aventajará sea a los encargados de cualquier catequesis conciliar, sea a los simplemente interesados en la misma: para todos resulta muy útil la capacidad de expresar con pocas y claras palabras el contenido de las enseñanzas conciliares. La segunda dificultad es consiguiente a la intención de concentrarse en lo esencial, pues este esfuerzo lleva inconscientemente a una interpretación arbitraria y personal del Concilio: hay que colocar este riesgo entre los “males necesarios” del presente trabajo. En todo caso, es preciso tener bien presentes y evitar las dos desviaciones postconciliares opuestas, conocidas por todos: la de derecha, que se propone con el respeto de la tradición una vuelta al Vaticano I y a Trento, representada por Mons. Marcel Lefèvre y su movimiento polifacético; y la de izquierda,

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que se propone con una lectura “espiritual” de los textos llegar a un supuesto Vaticano III, que de plano no ha existido, representada por el Prof. Hans Küng y la Escuela de Bolonia. Estas deformaciones hermenéuticas resultan inconciliables con la lectura objetiva de los textos conciliares. Nuestra presentación de los documentos se concentra principalmente en las cuatro Constituciones; al comentarlas mencionaremos de paso los nueve Decretos y las tres Declaraciones, muy útiles como objeto de consideración directa en los casos específicos. De hecho, los 4 primeros documentos representan la “Carta constitucional” del Concilio y desarrollan sus opciones fundamentales: en otras palabras, pertenecen a la esencia del mensaje conciliar. Sin embargo, otra razón subraya su importancia: cada una de ellas representa el punto de llegada de los grandes movimientos que han caracterizado al mundo católico desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, y por eso hay que mencionarlos brevemente: El movimiento litúrgico, comenzado primero en el área franco-flamenco-alemana y de aquí extendido al resto del mundo católico con el Motu proprio Tra le sollecitudini (1903) de Pío X, ha podido ver reconocidas sus mejores instancias en la Sacrosanctum Concilium (1963). El movimiento ecuménico ha nacido primero en el mundo anglicano y protestante (1908): gradualmente aceptado y transformado por el mundo católico, ha contribuido notablemente para la eclesiología de la Lumen gentium (1964). El movimiento bíblico-patrístico-neoescolástico ha pedido la recuperación de las auténticas fuentes de la fe cristiana, estrenada por el Humanismo de la época moderna y oficializada por dos importantes encíclicas de León XIII (Aeterni Patris, 1879, y Providentissimus Deus, 1893), confluyendo al final en los principios de la Dei Verbum en 1965. El movimiento cristiano social, oficializado por la encíclica Rerum novarum de León XIII (1891) y por las encíclicas sociales siguientes, ha llevado el Concilio a encarar la compleja problemática en la Gaudium et spes (1965).

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LOS DOCUMENTOS DEL VATICANO II “A LA BREVE”

Para la convocación del Concilio ha sido determinante la decisión madurada por el papa Juan XXIII en los comienzos de su pontificado, pero hay que admitir que han llevado a la misma varios factores que estaban actuando en la Iglesia desde hacía un siglo. Por lo que concierne el orden a seguir en nuestra exposición, adoptamos el de la sucesión cronológica de las cuatro Constituciones, que no ha sido casual, porque refleja el juicio de los padres conciliares sobre el respectivo nivel de urgencia pastoral. Sin embargo, un orden más lógico y teológico de los temas podría sugerir una diferente sucesión de las mismas: en este caso, habría que arrancar con la Palabra de Dios (DV), para considerar a renglón seguido cómo el Cuerpo de Cristo la celebra (SC), y en sucesión cómo el mismo se estructura en su interior (LG) y al final, cómo organiza su actividad en el mundo exterior (GS). En todo caso, cada uno queda libre de optar por una lectura que responda a su realidad concreta, personal y comunitaria.

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1. Sacrosanctum Concilium (SC) “Sobre la Sagrada Liturgia”. 2. Lumen gentium (LG) “Sobre la Iglesia”. 3. Dei Verbum (DV) “Sobre la Divina Revelación”. 4. Gaudium et spes (GS) “Sobre la Iglesia en el mundo actual”.

Constituciones Constitución: documento que posee un valor doctrinal fundamental.

Concilio Vaticano II (1962-1965)

1. Inter mirifica (IM) “Sobre los Medios de Comuncicación”. 2. Orientalium Ecclesiarum (OE) “Sobre las Iglesias Orientales Católicas”. 3. Unitatis redintegratio (UR) “Sobre el ecumenismo”. 4. Christus Dominus (CD) “Sobre la función pastoral de los Obispos”. 5. Perfectae Caritatis (PC) “Sobre la adecuada renovación de la Vida Religiosa”. 6. Optatam totius “Sobre la formación sacerdotal”. 7. Apostolicam actuositatem (AA) “Sobre el apostolado de los laicos”. 8. Ad gentes (AG) “Sobre la actividad misionera de la Iglesia”. 9. Presbyterum Ordinis (PO) “Sobre al ministerio y la vida de los presbíteros”.

Decretos Decreto: es una decisión o un conjunto de decisiones respecto a los miembros, actividades u otros aspectos de la vida eclesial.

1. Gravissimum educationis (GE) “Sobre la educación cristiana”. 2. Dignitatis humanae (DH) “Sobre la libertad religiosa”. 3. Nostra aetate (NAe) “Sobre las relaciones de la Iglesia católica con las religiones no cristianas”.

Declaraciones Declaración: es la expresión de la Iglesia en torno a un tema determinado. 8

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1. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia SACROSANCTUM CONCILIUM (SC)

Sacrosanctum Concilium “Sobre la Sagrada Liturgia”

Principios

General

Sacramental

Litúrgico

Visión cristocéntrica.

Centralidad de los sacramentos, en especial la Eucaristía.

Santificación del tiempo. Valoración del año litúrgico y del arte sacro.

Aplicaciones

Hacer de la liturgia fuente y cumbre del actuar cristiano.

Ser creativos en las celebraciones, evitando abusos.

Buscar sobriedad y belleza en las celebraciones.

Tener una participación: Plena, consciente y activa. 9

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Diversidad en el estilo de la SC

La SC representa el primer documento conciliar publicado: apareció durante el segundo de los cuatro “períodos” en los cuales el Concilio fue celebrado (cada uno de ellos corresponde más o menos al otoño de los años 1962-65). En ese entonces, todavía no se había aclarado la índole precisa de los documentos a publicar, por lo cual este documento tiene la forma de una constitución al comienzo de cada uno de sus siete capítulos, mientras que en el resto de los mismos asume los rasgos de la aplicación práctica, o sea, de un decreto. Este carácter “anfibio” conlleva claras diferencias de contenido, y esto nos lleva a subdividir en dos partes nuestra exposición: una, que resume los principios fundamentales de la reforma litúrgica, y otra, que junta las varias disposiciones prácticas, indispensables para la aplicación concreta.

a) Los principios teológicos de la SC Los principios de la Constitución litúrgica pueden repartirse en tres géneros diferentes, y es necesario considerarlos de esta manera, puesto que el Vaticano II los enuncia en tres diferentes niveles, que vamos a resumir según un orden decreciente de importancia: general, pues explican el espíritu profundo de la liturgia a reformar; sacramental, porque conciernen el corazón mismo de las celebraciones litúrgicas, o sea, los siete sacramentos; litúrgico en sentido amplio, pues conciernen realidades que influyen de modo directo, próximo y remoto, sobre la acción litúrgica. El Proemio (1-4) enuncia la finalidad fundamental de la Constitución, idea que será repetida por una veintena de veces en el curso de la misma (nn. 11.14.19.21.26.27.30.33.42.48. 54-56.79.100.113-114.118.121.124): se trata de llevar a los fieles a una plena, consciente y activa participación en las celebraciones litúrgicas. Es éste un verdadero lema de toda la Constitución y refleja las intenciones del extenso movimiento litúrgico que ha precedido por dos o tres generaciones trabajo conciliar. Aquí se presuponen muchas de las varias novedades eclesiológicas y ecuménicas que en los dos años siguientes tomarán forma en los varios documentos conciliares, especialmente en las Constituciones. La SC las anticipa con estilo profético y las resume, como si representaran los presupuestos básicos de todo el documento. 10

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1. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia. SACROSANCTUM CONCILIUM (SC)

El comienzo del primer capítulo (5-13) enuncia y comprueba la visión cristocéntrica de la Iglesia celebrante, en conformidad con toda la tradición católica, que comienza con los Padres y llega hasta nosotros, teniendo como vértices insuperados a San Juan Damasceno y a Santo Tomás de Aquino: la Humanidad de Cristo, asumida por el Verbo en la Encarnación, ha llegado a ser el “instrumento conjunto” de la salvación humana. Nuestra redención ha ocurrido con el misterio pascual de Cristo, pues “del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia” (5). Esta hermosa cita de San Agustín lleva en seguida a la noción de la liturgia eclesial como “culto público integral,... obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo” (6-7). De esto se concluye que la liturgia es “la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (10), aunque la acción eclesial implique también su presencia en otros aspectos de la vida. De aquí podemos reconocer el alto aprecio con el cual se considera la Liturgia en el Concilio.

Liturgia: cumbre y fuente de la acción eclesial

El comienzo de los capítulos segundo (47-9) y tercero (59-61) enuncia los presupuestos esenciales de teología sacramentaria con respecto a la Eucaristía ante todo, y luego, a los demás sacramentos. El misterio eucarístico representa el modelo por excelencia de los sacramentos, que consiste en la re-presentación del misterio de ofrecimiento e inmolación vivido por Cristo, y por lo tanto exige que aquellos que participan, desde el ministro celebrante hasta los fieles, asuman en sí la postura de Cristo Mediador.

Centralidad del misterio eucarístico

Sólo de esta manera la participación se vuelve “consciente, piadosa y activa” y el sacrificio de la misa alcanza su plena eficacia pastoral bajo la forma ritual. Lo mismo vale para los demás sacramentos de la fe, que confieren la gracia por la explícita intervención divina y llevan fruto en proporción a la efectiva participación eclesial. Sobre esta última, y sobre su institución de parte de la Iglesia, se fundamentan los sacramentales, que contribuyen mucho para “santificar las varias circunstancias de la vida”. La triple finalidad de los Sacramentos (santificación de los hombres, edificación del Cuerpo de Cristo y culto a Dios: 59) tiene valor no solamente como principio teológico, sino también como verificación para la autenticidad de toda la reforma, propuesta en estos capítulos.

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Santificación del tiempo y año litúrgico

Arte y música sacra

Celebración eucarística y participación de la asamblea

La parte inicial de los capítulos cuarto (83-86) y quinto (102-105) explica el sentido del Oficio divino y del Año litúrgico, que se proponen la santificación del tiempo, del día como de la noche, o de las temporadas del año. Todo arranca de la Encarnación de Cristo, que ha introducido en la tierra el himno cantado a Dios en el cielo y que la Iglesia desde los tiempos apostólicos eleva a Dios, “volviéndose la voz de la esposa que le habla al esposo”: “el Oficio divino es la voz de la Iglesia, o sea de todo el Cuerpo místico que alaba públicamente a Dios” (99). Análogamente con la Pascua semanal del domingo y con la repartición en el curso del año de todo el Misterio de Cristo (Encarnación-PascuaPentecostés), con las fiestas de la Virgen y de los Santos, poco a poco la Iglesia ha logrado santificar las dimensiones plenamente humanas el espacio y del tiempo. Finalmente, se concluye con el discurso sobre las artes que sirven para crear el contexto sagrado en la celebración de los ritos. Al sector de “inestimable valor” de la música sagrada se dedica el capítulo sexto, puesto que “el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria e integral de la liturgia solemne”; sin embargo, se exige terminantemente que la música sagrada se mantenga fiel a su cometido “ministerial”, que es “la gloria de Dios y la santificación de los fieles” (112-3). El discurso se extiende luego en el capítulo séptimo al arte y a los objetos sagrados: en el transcurso de los siglos la Iglesia ha escrito páginas maravillosas, promoviendo a menudo estupendas creaciones del ingenio humano. Aunque no esté condicionada por algún estilo particular, la Iglesia vigila para promover la “noble belleza” y alejar de los lugares sagrados “las obras de arte contrarias a la fe, a las costumbres y a la piedad cristiana” (122-3). La finalidad de estas cinco series de principios es muy simple: lograr que la celebración del culto cristiano no sea más considerada como asunto privado del sacerdote, sino que recupere la dimensión popular de la asamblea santa: el solo hecho de que en el Misal reformado se recurra una treintena de veces el término “pueblo”, en contra de su total ausencia en el Misal postridentino, demuestra que se ha llevado a cabo un cambio importante. Es propiamente en este contexto que hay que insertar la definición de Iglesia Sacramento (de unidad o de salvación), que aparece en varios escritos conciliares, pero que halla su fundamen12

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1. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia. SACROSANCTUM CONCILIUM (SC)

to en SC 26: “Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es sacramento de unidad, esto es, pueblo santo, reunido y ordenado bajo la dirección de los obispos”. Para comprender esta definición, es preciso explicar el triple sentido del “sacramento”. Un primer sentido, más bien extendido hasta lo sumo, ha sido empleado por los Padres y es compartido por todo el Oriente cristiano hasta el día de hoy: es el sentido mistérico y se halla claramente enunciado en Efesios 1, donde se describe a la Iglesia como la tercera etapa de la revelación del misterio divino de la salvación. El segundo sentido es el más estricto, y ha sido logrado por los Escolásticos del siglo XII: luego ha sido aceptado por el Concilio de Trento, y equivale al signo eficaz de la salvación: la Iglesia lo cumple en cuanto “signo de Cristo Resucitado”, con una sacramentalidad genérica, que fundamenta a los siete sacramentos. El tercer sentido, el más profundo de todos, porque simboliza la compenetración entre valores naturales y sobrenaturales, coincide con lo que la Iglesia logra entre los pueblos que la aceptan en cuanto “redención de la sociedad humana”, purificando sus aspectos negativos y promoviendo sus nobles posibilidades.

Iglesiasacramento. Tres sentidos.

b) Las aplicaciones concretas de la Constitución sobre la Liturgia Es oportuno en esta parte segunda, que prevé la exposición de las normas prácticas para la reforma litúrgica, seguir el mismo esquema de la primera, de tal manera que sea posible averiguar hasta dónde y cómo se pasa de la enunciación de los principios a su actuación práctica, teniendo presente que en todo esto los puntos de referencia postconciliares han sido principalmente cuatro: la Sagrada Congregación Romana para el Culto Divino, las Conferencias Episcopales nacionales, las Comisiones diocesanas y las Parroquias. Por lo que concierne a la finalidad principal de la Constitución (la participación consciente, plena y activa de parte del pueblo cristiano), mucho es lo que se ha logrado, aunque bastante quede todavía por alcanzar, sobre todo para superar cierta superficialidad, ligada por lo general a los intereses subjetivos de las personas. Lo que acabamos de

Superar la superficialidad en la participación

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documentar en cuanto a la consistencia de las asambleas litúrgicas constituye un dato admitido por todos. Evitar el subjetivismo

La limitación subjetivista que acabamos de mencionar se revela más en la escasa percepción de parte de las asambleas cristianas concretas de la persona de Cristo como verdadero celebrante en las liturgias de su Cuerpo eclesial. Las tres series de normas generales del capítulo primero constituyen un examen de conciencia permanente para todos también hoy en día: para la formación de los pastores (14-20), para los criterios generales de la comunión jerárquica que rigen nuestras celebraciones desde lo más alto (21-40) hasta los que se discuten a nivel diocesano y parroquial, en donde hay que instaurar múltiples conexiones entre la dimensión litúrgica y las más variadas dimensiones pastorales concretas (41-6).

Cuidar el decoro en el desarrollo de las celebraciones

En cuanto a las reformas introducidas en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos, a menudo aparece el deseo de una mayor disciplina de parte de los responsables, puesto que con facilidad algunos se han permitido una excesiva libertad, fruto de su propio gusto personal. En verdad, las normas introducidas para la celebración de la Misa (50-8), de los Sacramentos y de los Sacramentales (62-82), junto con otras normas postconciliares, precisan de una constante averiguación a la luz de sus tres finalidades principales: la santificación de los hombres, la edificación del Cuerpo de Cristo y la alabanza divina (59). Nuestras celebraciones mantienen un nivel digno, aún si sólo estos tres criterios se vuelven efectivos.

Fortalecer la vivencia del Año litúrgico

El Oficio divino recibe menor “recepción” de parte de la gente común que las fiestas del Año litúrgico, pues ha nacido y se ha desarrollado en las comunidades religiosas; a pesar de su revisión según las normas del capítulo cuarto (87-101), interesa solamente a una parte reducida del pueblo cristiano. En cambio, las diversas celebraciones del Año litúrgico, reformado según las normas del capítulo quinto (105-111), y sobre todo algunas fiestas como las “patronales”, hallan una mejor acogida por parte del pueblo cristiano. Es preciso seguir esta veta positiva, que, con una predicación apropiada, puede hallarle el remedio a la grave crisis postconciliar de la catequesis y de las asociaciones católicas.

Revalorar el Canto gregoriano y el arte sacro

Como veíamos en la primera parte, a la Música sagrada se le ha reservado una particular y exclusiva atención en el capítulo sexto con respecto 14

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1. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia. SACROSANCTUM CONCILIUM (SC)

a las demás artes, tratadas en el capítulo siguiente. Las normas enunciadas al respecto (113-121) han logrado solamente una actuación parcial, especialmente en lo que concierne al Canto gregoriano, reconocido como “propio de la liturgia romana”. Puesto que el canto sagrado es apto para solemnizar la liturgia, merece una atención mayor que la que le hemos otorgado hasta ahora. También las Bellas Artes concurren a las celebraciones litúrgicas y, por ende, constituyen el Arte sagrada, para la cual se siguen normas oportunas (124-130), que se resumen todas en la búsqueda de una sobria y noble belleza, más que de una mera suntuosidad. Concluye el documento un apéndice sobre la posibilidad de la Pascua en un domingo fijo y del Calendario perpetuo, que respete la estructura de la semana y el Domingo como día dedicado al Señor Resucitado. El conjunto de todas esta normas puede constituir de por sí una valiosa reflexión, si se consideran como actuaciones de la reforma litúrgica promovida por el Vaticano II: no se trata de normas arbitrarias, sino de disposiciones fundadas en la teología y en la bimilenaria experiencia cultural cristiana, que en su larga historia ha surtido de las sensibilidades culturales más diferentes, comenzando por el culto judío en el Templo y en las sinagogas, y llegando hasta la principales liturgias de la Antigüedad y de la Edad Media. Si la adecuación a las instancias “modernas” llevara a sacrificar todo lo bueno que heredamos de una herencia tan rica y variada, tendrían toda la razón los hermanos Orientales, precalcedonenses o bizantinos, que han preferido fosilizarse en las liturgias de hace un milenio y medio de años (después de todo, hacen lo mismo con la teología), ahorrándose ciertos “desastres litúrgicos”, que algunos católicos han querido experimentar a toda costa, llegando hasta a valerse del Vaticano II para justificar sus arbitrariedades.

TRABAJO PERSONAL

TRABAJO EN GRUPOS

¿Cómo es mi participación en la liturgia: Activa, pasiva, consciente? ¿Encuentro en la liturgia la fuente y cumbre de mi actuar cristiano?

¿Cuáles son las principales fortalezas y debilidades en nuestras celebraciones litúrgicas? ¿Qué podemos hacer, como comunidad, para hacer más dignas nuestras celebraciones? 15

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