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Sinopsis Susurros celosos. Viejas rivalidades. Nuevas traiciones. Dos meses después del dramático regreso a Manhattan desde Holanda, Elizabeth espera con impaciencia su vuelta al pináculo de sociedad. Cuando Elizabeth rechaza volver junto al lado de su hermana Diana, aquellos que miran a la familia favorita de Nueva York comienzan a sospechar que todo no es como parece detrás de las majestuosas puertas del Nº 17 de Gramercy Park South. Más lejos en el exterior, Henry y Penelope Schoonmaker son la pareja más famosa de la ciudad. Pero a pesar del anillo de diamantes en el dedo de Penelope, los recién casados comparten un poco más que el desprecio de el uno por el otro. Y mientras los periódicos llaman a la mejor amiga trepadora social de Penelope, Carolina Broad, una heredera, su fortuna - y su fama - es nada segura, sobre todo ahora que uno de los queridos de la sociedad resbala cuentos a la prensa impaciente.


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Prologo Traducido por: Alishea

PARA CIERTA CLASE DE CHICA DE NUEVA YORK, TODO debe estar siempre en su lugar. Ella guarda sus joyas en su joyero y sus bordados en su cajón de encaje. Si camina, viste con su traje de paseo; si va al teatro, lleva su sombrero de teatro. Por la tarde, cuando visita a esa amiga que ella quiere especialmente ver, sabrá en qué hora precisa encontrarla sola y más receptiva a confesiones. Y después, cuando hace la parada obligatoria en la casa de la amiga, no tiene voluntad para recurrir a ella, por supuesto, llegaría el momento cuando esa señora supiera todo. Tal chica no sería vista en la calle sin un sombrero ni con personas de ambos sexos sin guantes. Así que quizás habría sido una sorpresa para cualquier gorrioncillo, revoloteando alrededor en el aire claro en el primer día primaveral de 1900, ver que ninguna de estas damas estaban donde verdaderamente se suponía que tenían que estar. Fue al principio de marzo, y aunque la nieve se había adherido a la acera tan recientemente como ayer, la tarde tenia la promesa lejana de que una temporada tibia estaba por venir. Cuando nuestro pajarillo se decidió por el saliente de piedra de estilo italiano de cierto edificio de la Quinta Avenida, su diminuto corazón comenzó a revolotear bajo el pecho blanco emplumado. Para esa señora -casada recientemente dentro de una de las grandes familias de Nueva York desenganchando su corsé en la compañía de un hombre que no se parecía en nada a su marido. Sus mejillas estaban sonrojadas del champán que había bebido en la cena, y porque no estaba acostumbrada a quitarse la ropa sin la ayuda de su criada, se encontró en repetidas ocasiones con ataques de risas y carcajadas. Finalmente su compañero cruzó hacia ella y empezó a deshacer lentamente las cintas.


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Pero para entonces el pajarillo estaba apagado, sus alas moteadas que esparcía para agarrar la brisa de la noche ya que navegó al sur por encima de la avenida. Se elevó por delante de las puertas brillantemente iluminadas de millonarios y sobre las cabezas de sus cocheros en la acera con su permanente actitud de espera. Cuándo sus garras próximas a bajar, estuvieron en la barandilla de hierro fuera de los cristales emplomados de una de esas nuevas casas con estilo para los ricos. La luz de la calle reflejada en el cristal, pero las figuras de dentro estaban suficientemente claras. La chica era conocida por la reputación de su familia y por la dirección de su familia y por un compromiso muy grande. El edificio de apartamentos estaba al norte más lejano en la pequeña isla de Manhattan donde su gente jamás había vivido antes; el hombre que la llama lejos de su lugar por el fuego no era en absoluto como el anillo que ella una vez había llevado. Pero los ojos oscuros del gorrión ya vagaban, y antes de que algo más pueda ser vislumbrado, el pájaro había abatido abajo y se alejó. Desde allí hizo un bucle hacia el sureste, su cabeza redonda giró hacia las imágenes enmarcadas en las ventanas de la gente cortés. No era la heredera cuya riqueza no hizo nada para impedir que un hombre de quien nadie jamás había oído hablar cambiara sus medidas en su compañía. Había sido el hijo favorecido de la clase alta de Nueva York, que no sorprendió hace mucho tiempo a todos terminando su soltería, mirando el reflejo de la ciudad que retrocede en el Río Hudson. Allí estaba su esposa, cuyo guardarropa de primavera aún no había llegado de París y todavía estaba vestida de terciopelo de invierno, sin una pareja de baile en una sala muy buena. Quién podría culpar a nuestro pajarillo, entonces, por bajar finalmente en el alféizar de una de esas familias pasadas de moda para quién el decoro todavía significaba algo. Pero cuando él escogió el alféizar del nº 17 de Gramercy Park, bien, eso no era todavía garantía de vidas permaneciendo dentro. Y todavía, en esta particular velada, Diana Holland quizás podría haber


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sido la única chica de su conjunto que en realidad era donde debía estar. Porque ella se sentó en su propio cuarto, sola, sus rizos brillantes y revoltosos cepillándose y cayéndose alrededor del cuello. La piel rosácea de sus mejillas había sido restregada con cuidado, y ella estudió el espejo elaboradamente tallado y oscuramente manchado donde ella tan a menudo se había preparado para tardes alegres fuera. No había nada alegre acerca de su apariencia ahora. Los ojos castaños generalmente cubiertos de rocío y profundos habían llorado secándose y su pequeña boca redonda estaba torcida en la desesperación. Ella parpadeó y parpadeó en su reflejo, pero ella no se atrevía a querer gustarle lo que vio. Ella no aprobó a la chica que miraba fijamente tras ella, y supo que a pesar de las muchas tragedias que en su corta vida había sufrido, nunca había sido tan bajo como esto. Le dolía lo que había hecho, y cuanto más tiempo se sentó sola, peor era el daño que se hacía. Entonces relajó los hombros y levantó su pequeño y definido mentón. Parpadeó otra vez, y la resolución se estableció en sus rasgos. Su mirada no vaciló en el espejo cuando su mano sentía a través de la mesa para coger un par de tijeras chapadas en oro. Una vez que sus dedos curvados estaban alrededor del mango no hubo ni un segundo de vacilación. Las trajo a sus rizos y comenzó a cortar. Había tal volumen de pelo que necesitó varios minutos jadeantes para cortarlo todo. Fue sólo después de que estuviera hecho, cuándo montones de marrones brillantes estaban amontonados a sus pies, que empujó su silla y se separó de su propio reflejo. Lo único que quedaba eran las raíces de color marrón oscuro, mechones sobre las orejas y en la nuca de su cuello. Más tarde, cuando los primeros toques pálidos de la mañana eran sólo una promesa en las orillas del cielo, nuestro gorrión, todavía descansaba en el alero de la casa Holland mirando como su más joven habitante salía por la puerta principal. Su abrigo viejo estaba dibujado apretado protegiéndola del frío, y el sombrero estaba parado sobre sus orejas. Era demasiado tarde, o


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demasiado temprano, para que cualquier ser humano notara la determinación absoluta en su paso, pero los ojos amoratados del gorrión la seguían cuando ella desapareció en la marca de un nuevo día.


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Capítulo 1 Traducido por Paola_p

SR. LELAND BOUCHARD SOLICITA EL PLACER DE SU COMPAÑÍA EN EL BAILE OTORGADO EN HONOR DE LOS MIEMBROS DEL CLUB AUTOMOVILÍSTICO DE NUEVA YORK LA NOCHE DEL SÁBADO 8 DE FEBRERO, 1900, A LAS NUEVE EN PUNTO CALLE 18 ESTE 63RD "POR SUPUESTO UNA CHICA TAN ADORABLE COMO TU, UNA CHICA QUE PERSONIFICA el encanto por si misma, no debería ocultarse en una noche como esta, una noche donde todos quieren ver una fina figura y ojos brillantes, y donde los tuyos son los mas brillantes de todos." Diana Holland levanto la vista inocentemente desde el sofá de seda en la biblioteca y se encontró con los ojos de su amigo, que estaba apoyado en el marco de la puerta de lustrosa caoba, utilizando característicamente dos o las palabras que fueran estrictamente necesarias. Su nombre era Davis Barnard, y aunque solo escribía una columna de cotilleos bajo un pseudónimo, era el único escritor famoso que Diana conocía. Diana miro a su izquierda, donde la mascara de pestañas de su acompañante, Tía Edith, estaba justo tocando los altos huesos de las mejillas de la dama. En la cara de Edith, Diana podía ver el futuro de sus propias facciones; la pequeña, redondeada boca, la delicada nariz y los oscuros ojos perfectamente separados bajo una generosa frente que tanto le gustaba, incluso con los finos grabados de la edad. Edith tragó un bostezo, aguantando la respiración y


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entonce Diana miro otra vez hacia Barnard. Bajo el esmoquin que cubría sus hombros estaban los trinantes sonidos y luces eléctricas del baile de Bouchard. "Me halagas demasiado," dijo ella mientras se ponía de pie, añadiendo un guiño de ojos para enfatizar. Ella era terriblemente conciente de esos días. La larga falda negra de gasa de su vestido se arrastraba tras ella mientras se acercaba a la entrada, y bateaba a su admirador abriendo modestamente la cobertura de su rostro. Siempre hacia esto cuando Bernard la escoltaba, porque ellos discutían todo en detalle, y por eso era prudente oscurecer la vista de su boca de la oportunidad de cualquiera que pudiera leer los labios. Su cabello estaba recogido en un moño hacia atrás, y sus rizos descendían en diagonal por ambos lados de su frente hasta sus orejas. Un negro cinturón de cuero marcaba la estrechez de su pecho, y en el centro de su escote de princesa había una flor hecha de pétalos de encaje de marfil. El vestido era nuevo y se lo había pagado ella misma. Miro hacia atrás una vez para asegurarse de que nadie se había dado cuenta de que ella se había escabullido de su acompañante, y permitirse ser dirigida a través del piso de mármol crema del entresuelo del segundo piso. "Absolutamente una demostración," Bernard remarcaba mientras ellos cruzaban por el ricamente reluciente suelo de parquet de la sala de música de Leland Bouchard. Había sido construida pensando en la acústica, aunque la sala de música raramente se usaba para su propósito titular. Las salas de música eran para la gente que soportaba los musicales, y Leland Bouchard, quien había construido la casa él mismo en los años veinte, con el dinero que había ganado de sus inversiones, era conocido por nunca estarse sentado quieto. Los paneles estaban revestidos con murales y una gigante palmera Kentia Festonad con las diminutas luces esparcidas por los veinticinco pies de techo. Su visión se paseo por toda la rectangular habitación que era alta, con techo de bóveda y se encontró con la mirada de Isaac Phillips Buck, que rápidamente miro para otro sitio, aunque el hubiera estado observándola. El era grande de cada manera que uno podría imaginarse, y la suave carne de su cara hacia que su edad fuera imposible de determinar. El era el lacayo de Penélope


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Hayes, Diana realmente lo sabia, pero podía imaginarse porque el tendría algún interés en ella. A continuación, la mirada de Diana cayó sobre la antigua amiga de su hermana, Agnes Jones, que estaba descansando en los brazos de un caballero bien aseado. Intento hacer que sus ojos se abrieran de un modo cordial, aunque aun tenia problemas para aparentar que le gustaban ciertas personas, cuando no era así. Lo que Bernard había amonestado como una desafortunada característica en ambas, en una dama de la sociedad y en una vendedora de secretos. "Todos están aquí," Barnard siguió adelante mientras miraban a Teddy Cutting cruzar la habitación con Gemma Newbold, que llevaba una tiara de diamantes recostada en sus rojos rizos y era bien conocida por ser la elección de la Sra. Cutting para la habitación de su hijo. Hubo un tiempo en el que todos habían pensado que Teddy se casaría con Elizabeth Holland, pero eso fue antes de que ella hubiera publicado su compromiso con su mejor amigo y se hubiera casado en privado con su verdadero amor. Como su madre, ella había enviudado; ambas damas estaban en casa juntas esta noche. Esa fue la última de las razones por las que su hermana menor intentaba ser vista en su lugar tanto como fuera posible, incluso aunque fuera difícil porque Buck la espiaba. "Nadie que ame a Leland," ella respondió, sacudiéndose la sensación de los ojos canallas de Buck encima de ella. "Sería difícil no hacerlo." Barnard se detuvo para aceptar una copa de champagne de un camarero que pasaba. "Aunque debo confesar que tengo un misterioso dolor de cabeza cada vez que estoy en su compañía por mucho rato. Habla demasiado rápido, y siempre esta entusiasmada con todo. Yo, nunca estoy entusiasmado por nada entre las horas que me levanto y las 5 en punto." Diana sonrío levemente ente esto, ya que sabia lo que significaban las cinco en punto para su amigo; por supuesto, ella también sabia que el ponía whisky en el café horas decididamente tempranas.


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"Eleonor Wtmore lleva un vestido muy llamativo", Diana observo, fijando su vista en el array de habituales vestidos y las caras pintadas detrás de ellos. Barnard se detuvo y miro. "En efecto." "Me imagino que ella esta buscando un marido, ahora que su hermana menor se ha comprometido con Reginald Newbold. Debe de ser una herida para ella, tener veintiséis años y ser una doncella en lugar de una dama de honor en la boda. Supongo que necesita llamar la atención de cualquier modo." "Eso seria una bonita noticia." Bernard acabo su champagne y dejo su copa en la magnifica repisa de madera tallada de la chimenea, que había sido transportada desde una gran casa Florentine, como Barnard había escrito en su "Juegos Galantes" columna. "¿Por que no lo escribes?" Este casual ofrecimiento inundo a Diana con una nerviosa anticipación; ella sonrío detrás de su admirador. "De acuerdo", dijo ella después de un rato, para no aparentar que estaba muy ansiosa. "No intentes ocultar tus sonrisas de mi, Señorita Diana Holland." Barnard se giro lentamente lejos de ella mientras hablaba e hizo señas a un camarero par que le trajera otra bebida. "Espero, por mi propio bien, que el día en que te des cuenta de que fuiste hecha para cosas mejores sea mas tarde que pronto." Alcanzaron las enormes, clásicamente proporcionadas ventanas que miraban hacia el norte de la calle, y Diana se desprendió del brazo de su amigo durante un momento para ver como caía la nieve reflejada en las calientes luces de arriba. Detrás de ellos, la voz de Leland Bouchard podía ser oída, yendo en éxtasis por la reciente adquisición de un carruaje sin caballos, un Exley, que era exhibido en el vestíbulo del primer piso para que los invitados pudieran, una vez que llegaban, mirar esta reluciente modernidad con codiciosa curiosidad. Su anfitrión era alto, con una frente excepcionalmente ancha y un cabello color trigueño que siempre parecía estar crecido de mas. "Puede recorrer


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veinticuatro millas en una hora, sin un excesivo esfuerzo," le estaba diciendo al Sr. Gore. "El es un inversor en la Exley Motor Carriage Company," remarco Barnard, sotto voce 1, a su protege 2. Aunque Diana debería haber escuchado para obtener más información, ella centro su atención vagando por las calles bajo cero. La flor de encaje de su vestido rosado y la bajada de su pecho y una delicada sensación se poso en su pecho. La multitud detrás de ella, que estaba llena de historias que los protagonistas preferirían no contar y también de pequeñas decepciones que ciertamente entretienen al público lector, empañado por ellas. Hasta hace un momento ella se sentía como la más hábil jugadora en el juego que obsesiona a toda la habitación, pero ahora estaba siendo superada por el fuerte impulso de esconderse y ocultar el descarado sonido de su famosa risa. Mas abajo, Henry Schoonmaker había bajado de su carruaje y estaba encendiendo un cigarrillo mientras se detenía ante el portal de hierro de la cerca de la mansión Bouchard. Era un hombre que había provocado el afecto de Diana la temporada anterior, y luego la había machacado. Había mucha historia entre ellos dos, pero mientras Diana le observaba, allí de pie, con el codo del brazo que sostenía el cigarrillo apoyado en la muñeca, en una extensa, pensativa postura, ella se recordó a si misma que ya no tenia ningún sentimiento por el. Y cuando la esposa de Henrry, Penélope de la nueva gran familia Hayes llego al lado de su esposo, con sus feroces ojos azules mirando directamente hacia ella, Diana recordó que Henrry había elegido casarse apenas unas semanas después de que ella perdiera la virginidad con él. "Me gustaría saber que sucede en su habitación." Barnard sonrío con satisfacción. "Los Schoonmakers son la envidia de todas la parejas jóvenes de la ciudad," respondió Diana mecánicamente, mientras de todas formas se repetía a si misma alguna lecciones aprendidas por rote.


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Barnard tomo dos copas de champagne de una bandeja que pasaba y le dio una a Diana. Ella cerro los ojos y tomo un largo sorbo que no hizo nada para calmar sus indulgentes nervios. En un momento, Henrry Schoonmaker estaría llegando por la puerta. El podría no verla. Incluso aunque Diana intentase llenarse del papel de hermana, actuando como parte de la buena hija de los Holland en el mundo salvaje, ella tenía que evitar escrupulosamente que Henrry captara apenas una mirada de ella. Del mismo modo, había quemado cuidadosamente todas sus cartas que habían llegado diariamente desde la boda en la víspera de año nuevo con Penélope sin abrirlas, y limado cualquier tipo de sentimientos que la visión de su rostro habían iluminado en ella. Una vez había pensado, no hacia mucho, que ellos estaban destinados a compartir una historia de novela romántica. Pera era otro tipo de chica completamente distinta había tenido el corazón roto y todos su naveté había desparadcido. Nada de lo que Henrry dijera podría hacer que volviera a ser como entonces, y ciertamente no si esto viene con tanta sangre fría como una carta. "¿Estas bien?" pregunto Barnard, retorciendo la flauta de pálido oro en sus largas manos. "Solo un poco cansada." Diana sonrió débilmente mientras le devolvía un copa llena. "Debería marcharme, pero prometí que aprendería todo lo que conocido sobre las ambiciones matrimoniales de Eleanor Wetmore del Sunday a mas tardar." Su voz alcanzaba con valentía las últimas palabras. Extendió la mano para que su amigo la besara, y luego el se movió cuidadosamente entre la multitud, siempre manteniendo la palma central entre ella y la entrada. Pero ella había vacilado demasiado, por lo que tan pronto se aventuro hacia adelante, los Schoonmaker aparecieron y bloquearon el marco de la puerta. Diana soltó un pequeño gemido y retrocedió, para que las grandiosas hojas verdes cubrieran su figura. Aunque aun podía ver lo suficiente. Penélope iba


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vestida con un tajo rojo que podría haber comprado al carnicero, donde no hacen este tipo de precioso material. La nueva Sr. Schoonmaker hizo un gesto amistoso a través de la habitación a la más mayor Sra. Scoonmaker, la madrastra de Henrry, que solo tenía veintiséis años y llevaba un vestido bastante atrevido. Entonces Adelaide Wetmore adelantó a Henrry y su esposa, y los distrajo lo suficiente como para que Diana pudiera moverse. Tiró de su falda y se apresuro a través de la muchedumbre hacia la biblioteca, donde podría despertar a su tía y coger su abrigo. Afuera hacía frío, y ellos estaban a mas de cuarenta manzanas de su propia, un tanto anticuada dirección. Un escalofrío, que a Diana le hubiera gustado pensar que era por entumecimiento, se apoderó de ella. Aun así, le costo un gran esfuerzo no mirar atrás, mientras dejaba la fiesta a sus espaldas.


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Capítulo 2 Traducido por: Cloudss

La sociedad es siempre particularmente receptiva a la sangre nueva en el invierno. Siempre ha sido así, como lo es ahora, y la Sra. Carolina Broad es solo la última en beneficiarse de este hecho de la naturaleza. Su ascenso ha sido precipitado, ya que en Noviembre nadie alguna vez había oído hablar de ella, y para finales de Diciembre, su nombre estaba en todos los periódicos como una de las damas de honor de la Sra. Penélope Schoonmaker. Oímos que vive en un hotel de Nueva Holanda, bajo el ala casta del Sr. Carey Lewis Longhorn, y ella es sin duda alguna algo para ver. -Desde la ―Lúdica Galante‖ en la columna de Nueva York Imperial, Jueves, 8 de Febrero de 1900 La música de piano vertiginosa del piso principal del Restaurante de Sherry, en la quinta avenida y la calle cuarenta y cinco, podría ser oída en el salón de damas, y quizás aún incluso se podría decir que haber infectado a las mujeres allí. Ya que ellos trepaban hacia delante, en aquel espacio atractivo de tono, hacia el espejo, el cual fue grabado con arabescos metálicos y cubierto en redes blancas desde arriba, como por nubes celestiales. Era grande, pero no lo suficientemente grande como para todas aquellas bellezas con sus mejillas rosadas en sus sedas y encajes, como cuando ellas se inclinaron para ennegrecer sus pestañas y perfumar su escote. Habían cenado en faisán Inglés y espárragos de invernáculo, y habían dejado crecer su somnolencia hasta que el café llego.


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Ahora estaban ansiosos por el próximo capítulo de su noche, y quizás ninguno de ellos tanto como Carolina Broad, quien estaba en el centro pellizcando sus mejillas pecosas para traer algún caliente color allí, en un vestido de un pálido pero inconfundible oro. El vestido fue un regalo de Carey Lewis Longhorn, el hombre a menudo mencionado en los periódicos como el hombre de mayor estado de soltería en Nueva York. Esto recalcó la longitud y la esbeltez de su medio, mientras que disfrazaba sus grandes, huesudos hombros con ráfagas de oro, con bordes de encaje, y su casi poco femenina clavícula

con cinco hilos de longitud de

gargantilla de perlas que brillan. Su pelo negro estaba adornado con hilos de pequeñas perlas, y sus ojos coloreados de liquen se establecieron recientemente en virtud de en forma de las cejas. El orgullo de su cara, sus labios picados por abejas, estaban pintados de rojo brillante. Cualquiera de las mujeres que la rodeaban habían sido impresionadas al oír que ella había sido alguna vez una criada que servía a la clase de chica que ahora pretendía ser, o que había sido hasta hace poco conocida por el nombre que suena Lina Broud. Ese era un hecho inconveniente del cual Longhorn estaba perfectamente consciente, y que su joven amigo hizo lo posible para olvidar. Era fácil de olvidar ahora, mientras ella barría su falda, enaguas de encaje de espuma hacia arriba como una ola crestería, de vuelta a la mesa de la vanidad y se dirigió hacia la sala central. Ella caminó muy bien, de una manera casi indistinguible de la forma en que lo había hecho sólo hace unos meses, y así fue en esta marcha que llegó a través de la serie de pequeñas antecámaras con poca luz y se metió en los márgenes del comedor principal de la habitación de Sherry. Su figura era la sombra de un balcón del segundo piso, pero tenía una excelente vista de la amplia sala, con sus columnas y postes, sus manteles blancos y arreglos florales elaborados, sus camareros empujantes y debutantes mimados. Longhorn sentado en una mesa prominente en el medio de la habitación donde la luz moteada de la araña de luces central brilló. Cuando él había


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cenado solo él había preferido las esquinas, pero una vez que Carolina comenzó a acompañarlo ella había insistido que esto era su tiempo para ser visto, y él había aceptado con una risa fácil. Vestía su habitual chaqueta de terciopelo rojo y un cuello pasado de moda que rechazó en su altura, en sus esquinas blanco y estaba atado por debajo de la barbilla con un botón visible. Su pelo había encanecido, aunque aún había mucho de él, y a pesar del desgaste de una vida de beber, lo cual se evidencio en la nariz hinchada, se podían ver las buenos características que lo habían hecho tan deseado como un joven. En su hombro estaba su hombre, Robert – rondando constantemente, la presencia de barbacon sus capas. Carolina sintió una oleada de anticipación aireada cuando ella comprendió esto, ya que ella conocía lo que esas capas significaban. Era hora de irse. No era que ella no apreciara la porcelana china o los cócteles de champán o el elaborado servicio de el restauran favorito de su patrón. Ella había disfrutado de sus muchos cursos (quizás con un poco de demasiado gusto, ella se había dado cuenta cuando Robert la miraba desde su cargo), y siendo observada por todos los otros comensales, quienes últimamente se habían puesto tan curiosos sobre ella como ella una vez lo estuvo sobre ellos. Pero su tarde entera hasta el momento había sido la construcción de su segundo acto, en el cual Longhorn la llevo a una fiesta en la casa de Leland Bouchard, cuyo nombre ahora ocupaba un lugar en sus pensamientos una vez reservados para él de Will Keller. Will había sido su primer amor, pero ella lo había conocido cuando era un niño, y le pareció un accesorio muy infantil ahora. De todos modos, Will había muerto, y al mismo tiempo que era un hecho crudamente horrible, había que seguir adelante, y cuando uno lo hizo descubre cada vez más cosas nuevas y maravillosas. ¿Por allí alguna vez había estado un nombre con un anillo más bonito que "Leland Bouchard"? Parecía que fuera hecho de dinero y el encanto, que seguramente era. Ella lo había conocido en una fiesta, en Navidad, y él la


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había pedido bailar una y otra vez. Sus manos sobre su cintura y muñeca no habían sido ni cortés ni lascivas. Él se había apoderado de su seriedad como ellos hablaron de muchas cosas. Ella nunca se había sentido tan bella o ligera antes o después de esa noche, y a menudo llenaba su mente de recuerdos de ello cuando apoyó la cabeza sobre la almohada en la noche. Pues aunque ella había hecho todo lo posible para estar cerca de él otra vez, ella no había podido verlo. O más bien ella lo había visto una vez, desde el transporte de Longhorn, como se apresuró a lo largo de la calle, su corazón palpitaba a la idea de que el podría darse vuelta en el momento justo, y una segunda vez en un baile donde ella había sido demasiado patética para acercársele, pero él no la había visto. Esta noche él era el anfitrión, y ella estaba buscando lo mejor de él, sería imposible para él no invitarla a bailar. Su amiga Penélope se había comprometido a presentarlos de nuevo si él no lo hiciera-y luego él la llevaría a un vals que la dibujaría a través del piso y en su corazón siempre. Fue con esta atractiva fantasía que ella dio un paso adelante en la habitación principal de Sherry, lista para una noche que estaba convencida de que vendría a anunciar nuevos comienzo para muchos. Ella habría cruzado directamente a Longhorn, y llegado a la puerta de entrada sin necesidad de un debate, pero se estancó por el susurro de los dedos en la espalda. Se dio media vuelta, con un semi-indiferente sonrisa en su rostro, cuando reconoció a la persona que la había tocado, todos sus pensamientos agradables desapareció. "Miss generales!" Era con esta fantasía encantador que ella dio un paso adelante en el espacio(cuarto) principal del Jerez, listo para una tarde que ella fue convencida vendría para anunciar tantos nuevos principios. Ella se habría cruzado directamente a Longhorn, y llegado a la entrada delantera sin ninguna necesidad de debate, pero ella fue parada por el susurro de dedos sobre su espalda. Se dio media vuelta, con una semi-indiferente sonrisa sobre su cara;


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cuando reconoció a la persona que la había tocado, todos sus pensamientos agradables desaparecieron. "¡Señorita Broad!" La voz era jocosa, pero cuando devolvió el saludo a su propietario, ella descubrió que no podía coincidir con su tono. "Oh." Su mirada se desplazo sobre las mesas repletas hasta Longhorn, quien todavía no se había fijado en ella en las sombras. "Hola, Tristán." Tristán Wrigley era alto, con cabello claro y ojos color avellana tenue el color de una puesta de sol reflejada en aguas turbias. Aunque su relación era todavía nueva, ya la había herido y ayudado de muchas maneras. Era un vendedor de tienda por departamentos y un estafador, y fue el primer y único hombre que la había besado. Ella había estado evitándolo, pero si esto le hirió él no lo demostró. Estaba sonriente, y una mujer tetona, que llevaba una cantidad chillona de plumas rojas y altas de pie en su pelo, estaba colgando de su brazo y sonreía todo demasiado para el ajuste. "Esta es la señora Portia Tilt", prosiguió él, fijando una constante e intensa mirada en Carolina. "Ella y su esposo se acaban de mudar desde el oeste. Carolina es del oeste, también. Ella es la heredera de una fortuna de fundición de cobre, ya sabes, y ella-" "Estoy segura que tu amiga no requiere toda mi autobiografía," Carolina interrumpió fríamente. En un momento, ella había conjeturado la situación entera. La Sra. Tilt, teniendo más dinero que clase, había creído que la implicación de Tristán podría ayudarla con entrar en la sociedad, y él, por lo tanto seguro de su credulidad, había seguido por el dinero y chucherías y comidas gratis de todo tipo. La Sra. Tilt aprendería con el tiempo, aunque no pareciera particularmente rápido en el momento-que uno no entra en la


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sociedad por andar caminando del brazo de un Lord y el dependiente de Taylor alrededor de uno de los mejores restaurantes de Manhattan, Carolina no era tal idiota, y ella no tenía la intención de cometer el mismo error. "Adiós", concluyó ella, con una sonrisa brillante, pero sin ninguna explicación. "Adiós,‖ la Sra. Tilt respondió alegremente, demasiado estúpida para darse cuenta de que había sido cortada, y luego empujada hacia delante. Tristán-todavía unido a ella por el hueco de su brazo, fue arrastrado, pero tuvo tiempo para mirar atrás y fijar en Carolina una mirada tan concentrada que ella lo sintió abajo en los dedos de los pies. Fue una suerte que la Sra. Tilt comenzó a reírse a carcajadas fuertemente después de eso, y todas las miradas giraron en la dirección en la que ella se dirigía, lo cual le permitió a Carolina volver a su asiento sin que nadie lo notara. "Ah, ahí estás, querida." Longhorn le sonrió apreciativamente, como quien sonríe a su nieto favorito que se ha comido todo el caramelo que uno le ha dado y poco después pide más. Entonces ella sintió el peso de su abrigo sobre los hombros y se permitió ser escoltada a través de muchas habitaciones hasta la entrada delantera. Hacia fuera la noche era de un profundo color púrpura, y la luz de las lámparas cayó a fondos amarillentos. Hacía frío, demasiado frío para moverse, y los cocheros que se paseaban junto a la acera se inclinaron, inmóviles, sobre las copas de sidra caliente. Los caballos estaban cubiertos con mantas gruesas, y el aliento a fluir de sus narices era visible en el aire helado. Carolina se había recuperado a sí misma después de su encuentro con Tristan, y se volvió a Longhorn ahora con una mirada de gratitud. Longhorn sabía lo que ella fue, pero no sabía acerca de su participación vergonzosa con el vendedor, o que había sido idea de Tristán por ella para acercarse a el viejo solterón para beneficio de ambos. El pensaba en ella como algo más inocente que todo eso, y


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no le había dado ninguna oportunidad de corregir la impresión. Fue un acto de bondad que se sentía profundamente en ese momento. Dado que la sugerencia inicial de Tristán, que había crecido verdaderamente aficionado al hombre mayor. Ella disfrutó de su salinidad y observar cuidadosamente la confianza y la indiferencia de la opinión de los demás con los que se acercó al mundo más amplio. Y a él le gustaba lo que él llamó su "sinceridad", en verdad, este no era más que una falta de conocimiento y la voluntad de tonto para admitir que ella tenía mucho que aprender. Pero hicieron un buen par, y su tiempo juntos fue siempre de alta calidad. Desde la sugerencia inicial de Tristan, ella se había puesto realmente cariñosa hacia el viejo hombre. Ella disfrutó de su salinidad y con cuidado observó la confianza y la indiferencia a la opinión de otros con la cual él se acercó al más amplio mundo. Y le gustó lo que él llamó su "sinceridad" - de verdad, esto no era nada más que una carencia de conocimiento y una buena voluntad muda de admitir que ella tenía mucho para aprender. Pero ellos hicieron un buen par, y su tiempo juntos era siempre de alta calidad. "Qué hermosa noche está resultando ser," dijo ella dulcemente, metiendo su labio inferior bajo sus dientes. Su pesada capa estaba forrada de piel blanca, que enmarcaba su cara, y bordado con hilos de oro a lo largo de su longitud de barrido completo. Longhorn le sonrió, y un guiño – o tal vez la luz del restaurante detrás de ellos- pasó en su ojo. Entonces, Robert reapareció, conduciendo a los caballos que tiraron del coche por detrás de él. El abrió la puerta del coche y ayudó a Carolina. Hizo una pausa para extender una manta de lana sobre su regazo, y luego bajó a la calle. Él y Longhorn intercambiaron algunas palabras y, a continuación Longhorn entró y ocupó el asiento a su lado, la pequeña puerta se cerró con un clic detrás de él.


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"Ha sido una noche encantadora." El caballo tiró en marcha, y Carolina sintió que su cuerpo era estirado hacia delante como las palabras de Longhorn se evaporaban en el aire. Había algo en su tono que no le gustaba. "Encantadora. Pero me temo que he tenido un poco demasiado de aquella salsa pesada, y que he estado quedándome fuera muy tarde demasiado a menudo contigo, querida. ¿No te importa sólo por esta vez si nos vamos a casa temprano? Podemos tener un vaso de Madeira en mi habitación.... " El corazón de Carolina comenzó a hundirse. De repente la casa de Leland Bouchard sobre el Este 63-ella había pasado la dirección varias veces, alegando que ella quería admirar la arquitectura de ese bloque, parecía el único lugar en la ciudad entera que contuvo la vida. Su amiga Penélope Schoonmaker estaba allí, sin duda, siendo admirada por todos los jóvenes, aunque ella tenía ojos sólo para su marido gallardo, el aumento de burbujas en el champán, las frases ingeniosas demasiado frecuentes para que la risa alguna vez no cesara durante mucho tiempo. Carolina se sintió desesperada, y quiso agarrarse de cualquier posibilidad, pero ella no podía reunir la voluntad para decir algo contrario. El cochero ya había recibido sus instrucciones, y él los estaba tirando inexorablemente al mismo hotel donde, de repente le pareció, ellos gastarían todas sus noches en un ciclo ininterrumpido de Madeira y de la monotonía. Su labio inferior temblaba con pesar, pero su compañero, cuyos ojos ya había cerrado, estaba demasiado cansado para notarlo.


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Capitulo 3 Traducido por: linetas Una mujer joven, recién casada, puede encontrarse en la encantadora posición de no querer hacer nada sin la compañía de su querido esposo. Ella puede descubrir que de hecho se pasa todas las horas de vigilia con su compañero excluyendo a toda otra amiga o miembro de la familia. Esto es comprensible, pero totalmente inaceptable para la sociedad. -SRA. HAMILTON W. BREEDFELT, RECAUDO PILARES CRIANDO JOVENES DAMAS DE CARÁCTER, 1899 SRA. DE HENRY SHOONMAKER, NACIDA PENELOPE Hayes, había llegado lejos en sus dieciocho años. Mientras pasaba rápidamente más allá del vestíbulo de Leland Bouchard, donde se exhibía un automóvil negro brillante, no pudo dejar de meditar cómo ella, al igual el carruaje sin caballos, era un emblema de cera del futuro. Desde que era una niña se había dicho que ella no conocería el otro lado de los veinte años sin un anillo de bodas muy llamativo en su dedo, y aquí ella había logrado su propia meta por dos años y en el proceso se unió a una de las familias más estimadas de Nueva York. Había quienes todavía recuerdan cómo su nombre de soltera había sido rápidamente rescatado del odioso apellido Hazmat hace varias décadas, pero tampoco aparecía en su tarjeta en estos días. Ahora, subiendo por la brillante escalera curva de mármol hacia el sonido de una fiesta que ya estaba en pleno apogeo, no podía dejar de prever la alegría de entrar en una habitación del brazo de su muy atractivo marido.


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Era uno de los grandes placeres de su vida, Enrique era alto y delgado y tenía los pómulos de un jefe y un aire desenfadado que hacía que todas las miradas se dirigieran a él. Como debutante, Penélope se había acostumbrado a ser mirada, pero la intensidad de la envidia de las miradas que se encontró ese jueves por la noche al entrar al salón de música del segundo piso, que estaba lleno de dinero viejo y de buenas conexiones, fue incluso superior a lo que ella estaba acostumbrada. Llevaba una orgullosa sonrisa, sus lujosos labios torcidos hacia arriba a la derecha no más de lo necesario, y un vestido de seda de color rojo carmín que mil elegantes dardos acercaban a su delgado cuerpo. Su pelo oscuro estaba recogido en un elaborado moño, y una línea de mechones cortos dividía su frente alta y orgullosa. Penélope lanzo una evaluadora mirada a los murales de los paneles, realizados por uno de los destacados talentos de Europa, y la pulida repisa de la chimenea que había sido transportada en piezas desde Florencia. Ella sabía esto y mucho más acerca del hogar de Leland Bouchard porque quería que Henry construyera una casa para ellos y había acumulado recortes de prensa sobre esta y otras similares. él todavía no le había dado ninguna indicación de que así lo haría, pero, como todo lo que Penélope quería, era sólo cuestión de tiempo y tal vez un poco de su inculta marca propia de persuasión antes de que fuera de ella. Por encima del suave estruendo de distinguidas voces y tintineo de vasos, Penélope oyó su nombre siendo pronunciado con todas sus galas más recientes y gloriosas. "La señora de Henry Schoonmaker!" Fue un sonido hermoso, y Penélope se volteo. Mientras lo hacía, la cola de pez de su falda arrasó el parqué de Versailles. De inmediato tomó nota de la aproximación de Adelaida Wetmore, que llevaba un vestido de tejido de peltre. Sus ojos estaban húmedos con autoestima, por su compromiso con Reginald Newbold que apenas había sido anunciado, y ella estaba luciendo gratamente inestable con todas las felicitaciones.


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Ella podría haber sido bonita, Penélope reflejaba caridad, si no por su boca desproporcionada, y la forma en que esta mostraba llamativamente sus grandes dientes. "Por qué, Adelaida." Penélope extendió su mano enguantada de blanco de modo que el brazalete de diamantes que llevaba cayó de su muñeca y capturo la luz. "Felicidades". "Gracias", la otra chica emitió. Tomó la mano de Penélope, e hizo un movimiento de inmersión, casi como si fuera a una reverencia. "Todas estábamos tan inspiradas por tu boda", añadió con dolorosa humillación. "que celebración del amor fue". Penélope comunicó su gratitud con unos cuantos parpadeos de sus negras pestañas, y dedujo de la forma en que Adelaida estaba mirando a la pareja de cuyo amor ella decía estar inspirada por la mirada de Enrique que había vagado, y que él estaba ejerciendo exactamente sin energía para tratar de parecer interesado en los hechos matrimoniales de sus compañeros. Penélope le sonrió en despedida, y entonces ella y su marido-quien ella estaba ahora dándose cuenta de que olía a almizcle, excepto aún más fuerte que el coñacempujado más allá al interior de la habitación. Fue entonces cuando Henry tropezó casi imperceptiblemente, se agarro a sí mismo de su brazo, y Penélope sintió que su confianza en sí misma señalizaba un poco por encima del repentino miedo de que alguien podría notar la embriaguez de Henry y empezar a sacar sus propias conclusiones. Cuando se movía entre la multitud, bajo el elevado brillo de la bóveda, trató de asegurar su control sobre Henry. No fue fácil, pero entonces, por supuesto, nunca lo había sido. Ella dio a conocer unas pocas cabeceadas en dirección de alguna de las más jóvenes señoras Vanderbilt, reunidas cercas de la gran palma central en el medio de la habitación, y no se atrevieron a mirar en dirección al hombre que ella estaba casi tirando a la fuerza junto con ella. Ella le


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creyó a él que era de ella, una y otra vez, pero ella no podía quedarse la sensación de que él podría en cualquier momento escabullirse por sus dedos. Esto había iniciado entre ellos el verano anterior, cuando su mejor amiga, Elizabeth Holland, había estado en el extranjero, y ella y Enrique habían empezado a reunirse amorosamente en los oscuros rincones de sus casas. Pero entonces, Elizabeth había regresado en el otoño y, con una preciada poca razón, se convirtió en la novia de Enrique. Por supuesto, esto había sido de acuerdo a los deseos de sus padres, y Penélope había salvado a ambos de un matrimonio infeliz, ayudando a Elizabeth a fingir su muerte. Cuando ella sintió que Enrique se inclino ligeramente, considero lo mal que sus esfuerzos habían sido devueltos, por no mucho tiempo después de la ―muerte‖ de Elizabeth, Enrique había adoptado a su hermana pequeña, Diana. Ese giro de los acontecimientos no había sido del todo malo, desde el hecho de que la prostitución de menores en Holanda fue la pieza de información que Penélope había utilizado para convencer a Henry para casarse con ella. Todo lo que ella alguna vez había querido era ser la señora de Schoonmaker, y ninguno de ellos quería una escena desastrosa. Penélope tenía el temple de una dama de una sociedad diez años mayor, y había evidente empeño en sus más mínimos movimientos. Pero incluso como la señora Schoonmaker, Penélope estaba enfadosamente sorprendida de descubrir que su capacidad de controlar el Sr. Schoonmaker se quedaba un poco corta. Ellos se deslizaban entre los invitados, y cuando un camarero apareció con flautas de champaña, esto era lo único que ella podía hacer para evitar que Henry embistiera por una. "¿No te sientes ya bastante borracho?" Ella advirtió. Su sonrisa nunca vaciló, y llevó su labio superior atrás apenas lo suficiente para revelar la perfecta blancura de sus dientes.


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"He tenido mucho", respondió lentamente, sin su particular veneno, aunque la bebida, posiblemente, podría haber estado alterando su modulación. "Pero no lo suficiente como para querer pasar la noche contigo, mi querida". Penélope brevemente cerró los párpados de sus grandes ojos y ahogo cualquier sentimiento que su comentario podría haber despertado. Luego, parpadeo sus oscuras pestañas con rímel y dejó que sus iris azul océano rodaran a de derecha e izquierda. Nadie había oído, ella determino con una pequeña soltura de sus hombros, excepto tal vez el camarero, que no habría soñado con mirarla a los ojos. Cuando ella volvió a hablar, fue con mayor esfuerzo y una copa de champán en la mano: "Cuando lo pones de esa manera, supongo que debo tener una también." Los miembros del Club automovilístico estaban haciendo declaraciones grandilocuentes sobre las próximas carreras, y las damas que querían estar cerca de ellos sonreían pacientes sonrisas y asumían posturas de ansiosas oyentes. "¡Ah, los Schoonmakers!" Penélope contorsionó la longitud de su cuello blanco, para que el pleno resplandor de su sonrisa pudiera ser apreciado por su anfitrión. "Sr. Bouchard‖ronroneó, cuando él inclinó su largo torso y poso sus labios en su guante gris. La calidez en su voz era estudiada y convincente, era un tono que reservaba a los hombres como Leland, quien era el heredero de la fortuna bancaria de Bouchard y, además de que eso universalmente gustaba. Él era ese inusual aristócrata Neoyorkino, que de alguna manera u otra había logrado hacer más amigos que enemigos, y era muy amigo de su hermano, Grayson. Como los hombres más jóvenes ellos habían vivido en habitaciones contiguas en St. Paul. Penélope, siempre vigilante, observó la presencia de Grayson por la ventana, donde estaba refugiado en una conversación con su suegra, la anciana


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Sra. Thelma, cuyo vestido de opalescentes hileras de seda hacia poco para quitar la atención de ella. "Espero

que

ambos

estén

pasándola

bien",

continuó

Leland

encarecidamente mientras tomaba la mano de Henry. Sus ojos azules muy abiertos bajo su amplia frente, como si su disfrute fuera realmente una cuestión crucial para él y por todo lo que Penélope sabía así era. "¿Has visto el automóvil en el piso de abajo?" "No podría no haberlo visto", respondió Henry con entusiasmo, arrastrando las dos últimas palabras. Penélope le dio un codazo a la vez que mantiene su firme, brillante la mirada. "tan hermoso objeto, Leland." "Gracias." los ojos de Leland fueron a la deriva y su pecho se levantó, y por un momento él estaba en otro lugar. -Hablando de bellezas,-prosiguió-, su atención regresando a Penélope, y esta vez con un toque de simpatía, "¿cómo está tu querida amiga Elizabeth? Fue terrible lo que ocurrió, y no verla afuera nos ha hecho a todos preocuparnos. ― Hasta ese momento, Penélope había mantenido una fuerte postura sonriente, y había permanecido sin amedrentarse por el mal comportamiento de Henry o cualquier mirada con recelo desde cualquiera de las señoritas en la sala adulándose a sí mismas imaginando que eran los rivales de la antigua Señorita Hayes. Pero ahora su boca apretada y ella se oyó tragar saliva. Leland siguió mirándola con esa expresión preocupada. El peso de Henry sobre su brazo se balanceo un momento y luego se hizo más pesado. Ella solo esperaba que su rostro no delatara la inseguridad que esta interrogación causo, por supuesto Elizabeth era su querido amiga sólo por posición. Penélope apenas la había visto desde su regreso inesperado de lo que


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se suponía había sido un largo exilio en un estado del oeste- la verdad, ¿que había que decir? "Ella está muy bien." Penélope comenzó a recuperar su compostura, y mientras hablaba se recordó que en realidad tendría que hacer un espectáculo de ver a Elizabeth, uno que los diarios notaran, y pronto. "Pero aún es pronto para que ella este afuera. Después de su trauma. Usted entiende, por supuesto.― "Por supuesto". Leland inclinó la cabeza, pareciendo casi avergonzado por haber preguntado por una joven que había desaparecido por más de dos meses, y que de hecho podría haber sufrido una serie de graves injusticias. Pero antes de que fomentara la incomodidad de alguien más, sucumbió a las llamadas de sus entusiastas compañeros conductores, y se excusó. "Por favor, disfruten", dijo mientras se deslizaba entre la multitud. Penélope no siguió con la vista a su anfitrión cuando se fue. Ella miró al frente y se recordó que esto era una cosa afortunada que él no era un chismoso y que no iba a buscar indicios de que el matrimonio de la señora de Henry Schoonmaker o sus amistades no era lo que parecían. Por un momento ella reflexiono sobra la manera de evitar ese error otra vez, y luego se volvió hacia Henry. Sus ojos oscuros estaban centrados en dirección a las grandes ventanas y la escena de noche que ellos mantuvieron, y ellos lucían menos cristalinos que antes. Había algo casi como claridad en su cara cuando se volvió hacia su mujer, y cuando hablo, fue deliberadamente. "Prométeme", dijo, encontrando su mirada, "que si alguien trae a colación a los Hollands de nuevo me llevarás a casa". El vestidor nuevo en el segundo piso de la mansión Schoonmaker, que hasta hace poco sostenía la colección de Henry de las primeras ediciones sin leer, estaba oscuro. Una vez que ella se había desnudado, Penélope despacho a su doncella, dándole instrucciones a la niña de apagar todas menos una de las


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luces antes de irse. Penélope se quedó mirando a su espejo de cuerpo entero tríptico con el marco de cerezo pulido, y dejo descansar su cabeza hacia atrás sobre su cuello. No fue hasta septiembre que su familia se había mudado a su mansión de la Quinta Avenida, un evento que fue ampliamente reconocido en la prensa como una declaración de la presencia de los Hayeses en la sociedad, y ahora medio año más tarde ella estaba viviendo en una dirección aún mejor, con una familia mas antigua, en una sección más establecida de la avenida. Ella dejó su cabeza ladearse hacia atrás y hacia adelante, y mientras ella apreciaba su reflejo pensó-como lo había pensado antes—lo perfectos que ella y Henry lucían juntos. Ambos eran altos, ambos de pelo oscuro. Tenían las mismas extremidades largas y la misma postura arrogante. Había momentos en que se preguntaba si no se veían así mutuamente, si Dios en su infinita sabiduría no los había creado por fuera de la misma materia impecable para que ellos pudieran reconocerse entre sí cuando se conocieron. Ella no estaba usando nada de su ropa interior, que era muy fina y que había sido hecha a mano en Francia. Llevaba medias, y un camisero negro y nada más. Desde la habitación de al lado pudo oír el aumento de la respiración sibilante de Henry, y confiaba en que no estaba roncando, que no se hubiese dormido. No llevaba ropa interior, porque la ropa interior ya había fracasado. Lo que ella usaba ahora tenía un significado especial para ella, para ambos. Ella había abierto la puerta usando la misma cosa que en el pasado junio, la primera vez que invitó a Henry a la Waldorf-Astoria, donde ella y su familia habían vivido, mientras su casa estaba siendo construida. Él no se había ido hasta la mañana siguiente, fecha en la que ella ya se había imaginado a sí misma como su novia. Ella apagó la última luz, y dio un paso más allá de la pantalla cubierta de damasco berenjena y entro en su dormitorio. Esta había sido la habitación de Henry originalmente, pero ella había desterrado las butacas de cuero negro y los trofeos de caza al sótano cuando se mudó a esta. Las anchas, mesas sencillas,


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por las que él apenas había protestado eran de Gran Bretaña y poseían un significado histórico, habían sido dadas a los sirvientes. Ahora la habitación era toda blanca, dorado y barroco, y los bordes de cada pieza de mobiliario curvados voluptuosamente. Una cascada de bordado blanco y dorado descendía del alto dosel en la cabecera de la cama, y debajo de él, sobre la colcha de marfil, estaba Henry, con su sombrero y los zapatos todavía puestos. Su sombrero ligeramente inclinado sobre sus ojos, y sus piernas cruzadas en los tobillos. "Henry." Penélope mantuvo su voz suave y apoyó una mano en su cadera. Él tomó aliento y se agito lo suficiente como para desplazar el sombrero sobre su cabeza. En un momento este se desplomó, suavemente, sobre la alfombra de felpa blanca. "Henry", dijo de nuevo. ¡Henry! Él se incorporó entonces, sus ojos un poco salvajes con sorpresa. Su cabello oscuro había sido cuidadosamente peinado a la derecha con bálsamo antes de la noche, pero ahora estaba sobresaliendo en diferentes lugares. Él tiró de su corbata blanca, la cual se deshizo en su mano. Por un momento, él la miró, y ella sintió el viejo hormigueo de calor. Ella se acercó a él, sus zapatos de tacón alto hundiéndose en la alfombra, y se sentó en el borde de la cama. Ella se acercó y se apoderó de su corbata, y luego suavemente la quito. Esta cayó al suelo sin hacer ruido al lado de su sombrero, cuando dejó que sus dedos se deslizaran desde el punto de su barbilla, bajando por su cuello y al primer botón de la camisa. Ella había logrado desapuntar uno, cuando él se apartó de la lujosa cama, y se puso de pie tambaleándose. "¿Henry?" "Buenas noches", respondió él, deteniéndose sólo para recoger su sombrero y corbata mientras se dirigía a la habitación contigua, donde a veces


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tomaba su té y al sofá de cuero negro con las pilas de almohadas Kilim en sus esquinas. Penélope se lanzó hacia atrás contra la cama y exhalo con vehemencia, sintiendo en sus hombros y en todas partes-un dolor por algo que solo el mayor desaire de su alcance. Su decepción era monstruosa y su pulso rápido, y no podía parar los aterradores pensamientos sobre lo que podría suceder si la noticia de como todas las noches de su corta vida de casada habían terminado saliera a la luz.


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Capitulo 4 Traducido por: Kiiariita Estamos todos ansiosos por vislumbrar a Elizabeth Holland, que últimamente regreso al reino de la vida, pero es como tratar de ver a alguien especialmente raro de la realeza. Aunque su hermana menor anoche fue vista fuera del baile de Leland Bouchard, la mayor Miss Holland permaneció detrás de las puertas cerradas. ¿Tiene su madre miedo de los futuros intentos de secuestros? ¿Ha sido arrastrada la sensibilidad delicada de la joven por la violencia del que fue testigo en la Gran Estación Central? ¿O hay allí algún gran secreto del cual el público está siendo protegido? Permanecemos curiosos como siempre. De Cité Chatter, viernes, 9 de febrero de 1900 UN FUEGO TATAREABA EN EL SALÓN DE ESTAR de los habitantes de la casa No. 17 en Gramercy Park South, que había proporcionado refugio a tres generaciones de la familia Holland. Fue fácil escuchar los chasquidos de leñas

en

las

llamas,

porque

los

ocupantes

de

ese

cuarto

estaban

extraordinariamente tranquilos. Ellos se habían asentado en tres de varios de algo-la-peor-para-usar sillas bergére— las cuales estaban ordenadas a través del cuarto aparentemente en distancia aleatoria de la chimenea— después del desayuno. Mistress Holland sentada más cerca del calor con su vestido de crespón negro con el cuello alto y con las estrechas muñecas abotonadas; su hija mayor, Elizabeth, se sentó no muy lejos. Un libro estaba abierto en el regazo de la muchacha, pero no lo leyó. Snowden Cairns, quien había sido socio de negocios del difunto Mister Edward Holland y quien últimamente a menudo se


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hizo su salvador, descansaba a su derecha. Un retrato del padre de Elizabeth asomado por encima de la chimenea, con una expresión tal vez más escéptico que sabio. ―Parece extraño que no hayas asistido al baile de Mister Bouchard la noche pasada.‖ Mistress Holland no levantó la mirada cuando ella habló, y la línea alrededor de su boca se tensó. Ella había estado leyendo el periódico de la mañana con su habitual atención intensa. Diana había estado en el baile— había regresado después de que Elizabeth se hubiera ido a la cama y aún no había salido de su habitación-. Su tía Edith, quien había ido de su carabina, aun no había hecho su aparición en el salón esa mañana, tampoco. ―Habría sido una velada encantadora, y tú podrías haber bailado algo. De cualquier forma, tu hermana no puede representar a esta familia sola.‖ Elizabeth levantó la mirada en llamas lentamente a su madre, quien aun mantenía doblado el periódico en su mano. En contraste con fuego naranjado, ella lucia casi azul en esa luz del temprano día. Elizabeth abrió su boca, aunque no para hablar. Ella sabía que había hecho mucho daño a la mujer mayor, para Mistress Holland, de soltera Louisa Gansevoort, había sido un árbitro social severo antes de las series de tragedias que habían comenzado a ocurrirle a su familia hace más de un año. Habían perdido a su patriarca y luego su dinero, y un poco después de eso Elizabeth había seguido a su corazón— que no había sido fácil, dada su preparación impecable como debutante— y huyó con el ex ayuda de cámara de su padre. Cuando cerró sus ojos casi podía sentir su cara contra la piel limpia y desnuda de Will. ―Henry Schoonmaker habría estado allí, y tú podrías haber silenciado a todos quienes se preguntaban si tú estabas mal acerca del casamiento por el gusto aparente de verlos solo por unos momentos,‖ su madre continuó. Elizabeth puso sus manos en su regazo de su vestido blanco, con algodón grueso con los colores azul marino vertical. El vestido era estrecho en la cintura, pero holgado en el torso, las caderas y los brazos, envolviendo su pequeño


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cuerpo. Ella parpadeó, por esos días en el que las lágrimas nunca estaban lejos, y silenciosamente deseó poder obedecer a su madre. Sería tan sencillo, y haría a la mujer tan feliz. Pero Elizabeth nunca había sentido un instinto tan fuerte como el que insistió en que se quedara en la casa, que nunca saliera, que nunca más parecería bonita o alegre. Fue su culpa que Will muriera, porque él había sido disparado— de repente, en repetidas ocasiones, en un tiroteo que causó el sonido más horrendo que jamás haya oído en esta tierra— por los hombres que pensaron que estaban protegiéndola. No les habría importado protegerla si ellos no creían la ilusión que ella había construido tan cuidadosamente: que era una perfecta, virginal chica de la sociedad, de modales impecables y con vestidos lujosos, y no en lo menos capaz de dejar Nueva York por su propia voluntad, en la búsqueda de un cochero. Bajo sus ojos, castigándose pero en silencio. ―Quizás es demasiado pronto. Después de todo, los acontecimientos de la víspera de Año Nueva…‖ Elizabeth se giró hacia Snowden, sorprendida de oírlo hablar en contra de Mistress Holland. Luego otra vez, él fue quien había casado a Will y Elizabeth, unos días antes de la muerte de Will, en el cuarto al otro lado del pasillo, donde las Hollands lo usaban para tener fiestas, cuando aun hacían tales cosas. Oh, ser una viuda a los 18… pero Elizabeth no podía pensar de esa manera, para su autocompasión, y tenía otras expiaciones que hacer. Mistress Holland se inclinó hacia adelante y dejó caer el periódico en las llamas. Solo cuando se redujo a cenizas ella dejó que sus ojos de obsidiana se encontraran con los de Snowden. ―Quizá tienes razón.‖ La madre de Elizabeth habló en una manera recortada y fue mirando a los ojos de su invitado. Ella no lo hizo, sin embargo, presentó la frialdad completa que había sido famosa su respuesta a cualquiera quien causaba su disgusto. Pero entonces, no podía tenerlo, incluso si ella lo


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quisiera, como Elizabeth sabía muy bien, ya que Snowden había sido muy generoso con ellas en un momento cuando su riqueza heredada se había reducido a nada, y sus facturas comenzaron a acumularse. ―Pero no es su voluntad que más importa, tengo miedo. Es la sociedad, y lo que todos dirán. Lo que ya están empezando a decir. Desafortunadamente, la verdad no está de nuestro lado, y debemos ser siempre conscientes de las apariencias.‖ ―Elizabeth está muy delicada ahora,‖ regresó sin pausa. ―Lamento decir que es bastante evidente.‖ La muchacha en cuestión miró de su madre a Snowden, y vio que había amabilidad en sus características simples. Sus ojos. Los cuales estaban muy separados bajo las cejas gruesas, y que nunca fueron muy marrones o verdes, se ampliaron en su dirección. Él usaba una camisa de lino blanco resistente, y un chaleco de cuero marrón. Era su uniforme de clases. Él tenía razón, por supuesto: Ella apenas había tenido apetito desde la muerte de Will, y tenía problemas manteniendo dentro la comida que si comía. Se había vuelto flaca, y se olvidó de cuidar de su cabello, el cual a menudo hoy en día tenía un aspecto blando de no haber sido lavado. ―Y,‖ el continuo, ―no estaría haciendo ningún favor a la familia por su estado, o las razones para ello, de ser especulada públicamente. Si tienes miedo de las personas diciendo que algo desfavorable sucedió a nuestra muchacha entre el pasado octubre y diciembre, su fragilidad solo podría parecer confirmar eso.‖ La sonrisa de Elizabeth no era la que solía ser en sus días como una debutante muy discutida, era conocida por su sinceridad radiante con cual había saludado a sus amigos y compañeros, pero eso fue una expresión facial que apenas podía soñar ahora. Sin embargo, trató de sonreír un poco entonces. Él estaba haciendo los argumentos que ella podría haber hecho, si solo se sintiera a la altura. Dejó que sus párpados delgados se cerraran por un


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momento, y luego estaba de vuelta en California. Su cuerpo estaba calentado por el sol y cerca de Will y casi fue cegada por esa luz, que era tan clara y directa en una manera que nunca hubiera imaginado en Nueva York, donde el sol se ponía a las cinco en invierno y las paredes estaban todas manchadas con la eliminación de residuos de las lámparas de aceites. Cuando abrió sus ojos, estaba de nuevo en ese desordenado cuarto oscuro, con su revestimiento de madera en relieve oliváceo de cuero y tallado, con el techo de madera pintado, con sus muchas piezas de antigüedad. La pequeña barbilla determinada de Mistress Holland tembló en la dirección de Elizabeth. Señalo sus largos dedos sobre su frente y luego apoyo su sien contra las puntas de los dedos. Pensó un momento, y luego pregunto, ―¿Qué sugiere usted, entonces? Que se quede siempre en casa, como un prisionero de esta casa, ¿como si fuera un sordomudo que no puede entender el mundo? Y luego que les diría a mis amigos, ¿quiénes una vez fueron meramente feliz de que ella estuviera viva y ahora se preguntan con recelo de nuestra protección con ella?‖ hizo una pausa y llevó su mano abajo rápidamente hacia su regazo. ―Esos amigos que he dejado,‖ añadió oscuro Snowden se paro y respondió en el tono inversa. ―Creo que se que hacer.‖ Se movió hacia la chimenea, la luz de las llamas atrapando su cabello sobrenaturalmente rubio, e hizo gestos con las manos en picado. ―Nosotros deberíamos tener una fiesta aquí, en casa, donde Elizabeth está más cómoda.‖ Hizo una pausa pensativa. ―No un baile, una comida. Tranquila, encantadora, durante las horas del día. Podemos invitar a todas las personas que Elizabeth solía conocer. Las damas de quien era amiga. No demasiados, pero lo suficiente para difundir la palabra de que ella estaba bastante bien y que regresará al mundo una vez que el invierno haya acabado y comenzara a sentirse normal otra vez.‖ Él se giro hacia Elizabeth. ―Porque sin duda, ¿ella se sentirá normal para entonces?‖


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Esos restos de una sonrisa que acaba de cruzar los labios de Elizabeth desaparecieron ahora. Miró de Snowden hacia su madre, y vio que su plan ya estaba en marcha en los pensamientos de esa mujer. No había nada que decir, para Agnes Jones, y las Misses Wetmore, y sus primos Holland y Gansevoort estaban ya bien como invitados. Llegarían en las últimas creaciones de sus modistas, y estarían todos mirarían oblicuamente a Elizabeth para ver si sus ropas eran mejor que las de ella. Estaba mareada con la idea de la pretensión— todos los saludos y conversaciones superficiales en que sería forzada a participar. Tendría que fijar un corsé y vestirse como si importara. Un tronco en el fuego, quemado por el medio, se rompió y cayó entonces, esparciendo las brasas en la chimenea de piedra. Snowden se movió para acabar con ellos, y Elizabeth puso su cara en sus manos, sabiendo que estaba mucho más lejos que unos cuantos meses fríos lejos de sentirse normal.


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Capitulo 5 Traducido por: Paola_p Oí que entre las parejas de las generaciones más jóvenes a veces conservan una habitación grande para el marido y la esposa. Supongo que esto es el sello de un inteligente uso del espacio, y después de todo, las especies deben ser propagadas. Aun así, prefiero la manera en que hacen las cosas las personas mayores. Dos bien puestas habitaciones, una para el marido y otra para la esposa, un acuerdo para prevenir la revelación de tantos fastidiosos hechos personales...‖ -GUÍA VAN KAMP PARA EL MANTENIMIENTO DEL HOGAR DE LAS DAMAS DE LA ALTA SOCIEDAD, EDICION 1899. Las colinas eran del intenso color verde que la naturaleza les reservaba para esas horas directamente siguientes a la fuerte lluvia, y el caballo debajo de Henry Schoolmaker se movía tan rápidamente en el aire húmedo que él se sentía un poco mareado con por el ritmo. Arriba, delante suyo, Diana Holland sus brillantes rojizos rizos medio desechos y batiendo en sus hombros – giró su rostro mínimamente para asegurarse de que la seguía. Llevaba puesto un largo vestido blanco que le recordaba a alguna estatua griega del Museo Metropolitano, y su pequeño cuerpo se sacudía con el galope del enorme, brillante animal. Bajó la vista para animar a su caballo, ya sudando por el esfuerzo, a que fuera más rápido, y luego, levantó su rostro otra vez para verla, sintió la áspera textura del kilim a través de sus mejillas, y recordó las almohadas del diván en el que había dormido desde que se había convertido en


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un hombre casado, y las cuales el prescriptor de Penélope, Isaac Buck, había cogido en algún crucero a través del Darnelles. ―¡Henry!‖ Por un momento, el aturdido cerebro de Henry no podía distinguir lo que era un sueño y lo que era realidad, aunque él mantenía una conmovedora esperanza de que la escena con las verdes colinas, la carrera de caballos, y la Holland más joven fueran lo único que vendría en su agudo enfoque. Él bajó el rostro, lejos de la severa voz de su padre, y sintió otra vez los rasguños de la almohada en su suave, dorada piel. La sensación de las fibras importadas de Turquía era innegablemente más profunda que la mayoría del aire de este lado del país, que estaba en cada evento volviendo más rápido, y no había nada que pudiera detenerlo. ―Henry.‖ Ahora Henry retorció su entero largo cuerpo para incorporarse, y cometió el primer error de esa mañana: abrió los ojos, un acto que le causó un gran dolor cuando el torrente de las luces de la mañana se encontró con sus agotadas retinas. ―Oh.‖ Dijo débilmente. ―Sí, hace daño, lo sé,‖ respondió su padre, sentándose en el diván, cerca de su hijo. William Sackhouse Schoonmaker era un hombre de considerable tamaño, de amplios hombros y lleno en cada manera posible, pero si lo que pesaba más duramente en estos almohadones de cuero negro era su cuerpo o su sarcasmo, era algo abierto a debate. Vestía un traje marrón oscuro que brillaba casi violeta donde le daba la luz, y su cabello era de un profundo y artificial negro. Su rostro era un estudio de bruscas facciones y de salientes conductos sanguíneos, pero podías ver debajo de toda esa estructura ósea que las había heredado su hijo. Tenía la apariencia, ahora y siempre, de ser un hombre rico. ―¿Pero que estás haciendo aquí?‖


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―¿Aquí?‖ El tono de Henry era apagado, lo sabía, pero carecía de energía para cambiarlo. A diferencia de su padre, aun estaba ágil, sus rasgos aun fuertes y limpios como si hubieran sido tallados en mármol, pero por dentro se estaba sintiendo decididamente desecho. La habitación que ocupaban estaba adyacente a su habitación, en la ala del segundo piso que siempre había sido suya. Cuando era un niño su institutriz dormía aquí, y cuando había finalizado los estudios en Harvard la pasada primavera se había convertido en una especie de estudio para él – había reclamado, sin demasiado entusiasmo, que podía acabar sus estudios en Columbia, donde su amigo Teddy Cutting entonces era profesor adjunto. El suelo era de parquet sumamente encerado, y el techo era un mural representando una comida feliz en el césped de grandes y perdidas líneas cepilladas. Su mirada se quedó allí durante un momento, y fue sobrecogido por un pensamiento muy infantil: que él podría saltar allí y escapar tranquilamente. Su padre, intuyendo la esencia de su fantasía, la cortó. ―Deja de pensar como un niño, Henry‖, dijo. ―De acuerdo.‖ Henry, que aún no podía manejar ningún tono parte del pasivo familiar, cerró los después de hablar. Sintió la lengua como un hinchado pez que muriendo en una roca. Entonces llegó la recolección de bebidas que había llenado la noche anterior y se hizo más borroso y tolerable. Antes de todo – o al menos antes de la cumbre su intoxicación – había estado Diana, a quién había intentado acercarse una y otra vez desde su boda, sin el mínimo éxito. Había tenido sólo una momentánea visión de ella mientras entraba en la sala de música de Leland Bouchard, pero ella se había marchado. Se veía tan saludable y sonrosada como cualquier chica de dieciséis años, pero con el orgulloso filo de una mujer que había sido tratada con desdén y luego se había rehecho a sí misma, aun más gloriosa, de la humillación. ―Ahora, ¿qué estás haciendo aquí?‖


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Las manos de Henry fueron hacia el pecho. El recuerdo de como había llegado a este diván está particular mañana era incompleto, y había tenido el hábito en las mañanas como éstas (habían sido tantas) de palparse a si mismo para asegurarse de que estaba de una pieza. Parecía que lo estaba. También parecía que llevaba una arrugada camisa blanca de una línea italiana – la misma, tan lejos como podía determinar, que había llevado la noche anterior – y pantalones negros de traje. Sus pies estaban cubiertos con calcetines negros, y sus zapatos estaban tumbados cerca de su chaleco de seda blanca en el suelo. Su corbata estaba fuera de la vista. ―¿Dormir?‖ ―Evidentemente.‖ Henry se puso de pie. ―Fue una larga noche,‖ respondió, sonando – sin exactamente esfuerzo – como si pudiera dormir durante otros cien años. Se inclinó para recoger su chaleco, y se arrepintió inmediatamente. El rápido movimiento causó una especie de punzante agonía alrededor de su frente. Se levantó rápidamente, e hizo uso de de la energía que tenía para recordar como ponerse en vertical. El Schoonmaker mayor supuso de pie, se aclaró la garganta, y suavizó su tono. ―Henry...‖ Miró a su hijo, y por un momento sus pensamientos parecían haber ido a algún lugar distante en el pasado. Se quedaron de pie allí, incómodamente en esa habitación ornamentada y de paneles, ocupando su lugar. ―Ha habido una promesa de desarrollo en mi búsqueda para la alcaldía.‖ Henry, que un momento antes había esperado que podría escapar de la ira de su padre, ahora sentía un terrible tirón. W. S. Schoonmaker era un despiadado hombre de negocios, y había heredado y hecho una gran fortuna también, pero recientemente había decidido que quería su nombre en la tierra ascendiera a un nuevo nivel de fama y gloria, y esta era la razón por la cual


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ansiaba entrar la pelea de la política. Creía que debería ser alcalde, lo que causaba miedo y clamaba contra el despilfarro de su hijo como nunca antes e interrumpía las excursiones de su hijo tanto como fuera posible. Su nueva ambición le hizo aficionado a las amenazas de desheredar, y lo habían transformado en un formidable camello de Henry Schoolmaker, el hombre casado. ―¿Oh?‖ Había pocas cosas sobre las que a Henry le gustaba discutir menos que las ambiciones políticas de su padre. ―Sí. El Partido de la Familia Progresista necesita un candidato para su entrada de alcalde, y parece que nosotros creemos mayoritariamente en las mismas cosas.‖ ―¿Qué clase de cosas?‖ Preguntó Henry irónicamente. No tenía el coraje, o la fuerza mental, para señalar el obviamente absurdo prospecto. La mayoría de la gente que votaban al Partido de la Familia Progresista también tenían la desgracia de vivir en los bloques de pisos que pertenecen a la compañía de los Schoomaker, donde ellos por supuesto requerían servicios como el calor y el agua caliente y ser bajados del edificio. ―Bueno, en ciencia e innovación,‖ respondió su padre impacientemente. ―En el progreso de la sociedad, y en la misión de la humanidad de mejorar el mundo mientras lo descubrimos. Y por supuesto en la fundamental felicidad da la familia como la raison d‘être de todos los hombres.‖ Henry tapó su risa con su puño y miró hacia la ventana. No había disimulado su opinión sobre las palabras de su padre suficientemente bien, de todos modos – podría decir por la amenaza del hombre mayor detrás de él. ―Supongo que dudas de mi dedicación a la familia.‖ El tono de su padre cambio de repente por completo y estaba ahora lleno de ira. ―Bueno, no sabes nada.‖


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―Se muy bien...‖ empezó Henry, pero vaciló. No estaba ni siquiera seguro de lo que quería decir. ―Cállate, Henry. No importa, de todos modos, lo que tu pienses de mí o lo que yo piense de ti. Importa lo que la gente de esta gran ciudad vea en ambos. ¿Ven ellos una familia de louche, despreocupados individualmente, o un decidido hombre de negocios con esposa y niños que criar?‖ ―No tengo hijos,‖ dijo Henrry. Parecía para él, en este momento, como un verdadero golpe de suerte. Su incomodidad física estaba llegando en ondas ahora, y por un momento la marea parecía disminuir mientras pensaba en una manera crucial en la que el podía ser aun libre. ―No.‖ Su padre se rió cruelmente. ―Y no los vas a conseguir durmiendo en un diván. Me han preguntado sobre el tema, y dicen que te despiertas aquí cada mañana. ¿Puede ser que tu no hayas…? ―No.‖ Henry miró a su padre, y vio una horrible mezcolanza de diversión, cólera y desconfianza en su rostro. Los dos hombres se miraron entre si por un largo rato, cuyos monólogos iban, sin ser pronunciados a través de sus facciones. ―Bueno,‖ soltó el mayor de los Schoonmaker, con un tono más pacífico que el de unos segundos antes dio a entender, ―tendrás que dejar de comportarte como un tonto niño. Quiero nietos antes de las elecciones. Eso será en noviembre de 1901, Henry, por lo que tiene mucho tiempo. Un niño estaría bien. Un grande y saludable niño, para abrazar delante de la multitud. Inténtalo.‖ ―Papá, realmente no creo...‖ ―¿Os estoy interrumpiendo?‖ Los dos hombres Schoonmakers miraron a cada lado, a la puerta que unía el dormitorio adjunto y el estudio. Penélope estaba de pie allí, completamente vestida con una ajustada falda azul y blanca de tartán y una camisa de gasa crema con un alto, collar de wallebone. Su


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oscuro cabello se alzaba, sedoso y brillante, desde su suave frente. El falso interés de su rostro se disolvía en una ingrata sonrisa, y luego inclinó la cabeza. ―Buenos días, Sr. Schoonmaker.‖ ―Buenos días, Penélope.‖ ―Siento interrumpir,‖ dijo ella como la chica dulce que ciertamente no era, ―Pero acabo de recibir una invitación de la familia Holland, para una comida este domingo. Deberíamos ir, por el bien de la querida señora Elizabeth, y mostrarle que no hay ninguna disconformidad entre nosotros. Ella verá, por supuesto, que siempre hemos sido la combinación perfecta, y que la queremos menos por haber tomado mi lugar hace poco...‖ Un seco ―no‖ estaba preparado en la lengua de Henry, como siempre cuando conversaba con su esposa, y no sabía si estaba más disgustado por el modo en que su padre y Penélope se sonreían entre sí o por la idea de aparecer en la casa de los Holland como un hombre casado. Había explicado sus acciones con cada concebible combinación de palabras, pero aun no había recibido ningún tipo de indicio de que Diana había leído sus cartas. Pero seguía escribiéndole porque no sabía que más podía hacer, lo que era la misma motivación que le indicaba como mantener su cabeza ahora. ―Teddy y yo hemos planeado un viaje a Palm Beach, para escapar de este maldito frío e ir a pescar. Marcharemos el martes, y tengo un precioso pequeño tiempo para los eventos sociales antes de eso...‖ ―No sabía que te ibas a ir a Palm Beach,‖ fue la tajante respuesta de Penélope. ―Fue un impulso de repente.‖ Respondió sin convicción. Henry sabía que Penélope iba a darle una mirada acusadora, pero no podía soportar encontrarse con sus ojos. ―Por lo que aun hay mucho que hay que hacer...‖ Farfulló a su regazo.


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―En ese caso,‖ soltó Penélope con una mano firme en la cadera, ―arreglaré tu equipaje y las cosas para el viaje, reservaré los pasajes yo mi misma para que pueda estar todo para ti en Palm Beach.‖ Henry no estaba seguro de que clase de expresión su rostro tomó justo en ese momento, pero Penélope le devolvió una de triunfante satisfacción. ―Traeré a un viejo amigo para acompañarme,‖ concluyó, al menos para si misma. ―Bien,‖ su padre soltó su padre, sellando el asunto. ―De acuerdo.‖ Henry intentó sonreír un poco a ambos. Podía decir que su padre quería hablar de la necesidad de hacer una familia de saludables bebés Schoonmaker — una idea tan extraña y mala que Henry no podía empezar mentalmente a acercarse su estado actual. Sabía que sería un hombre mayor en algún momento, pero no ahora. No con Penélope aquí, todo hecho tan hermosamente sin astucia, cosseted chica de su clase. Decoro, eso era bueno después de todo, Henry reflexionó con un amargo humor, mientras rozaba a su esposa al pasar yendo hacia la habitación para tener unas pocas horas de apropiado descanso.


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Capítulo 6 Traducido por: Cloudss Carolina: ¿Almuerzo en Holanda esta tarde? ¿No sería esto la diversión si tu resaltaras y recordaras a Elizabeth cuán lejos de ella te has elevado? Vendré en el carro en el mediodía. Sr. Penélope Schoonmaker. — "Oh, viejos queridos diecisiete." — Carolina Broad suspiró, su voz se sacudió por una nostalgia del todo falsa, como Phaeton cubiertos de Penélope Schoonmaker llegó a un punto en el lado sur de Gramercy Park. Cuando la nota de Penélope había llegado esa mañana, preguntándole si ella quería venir a un almuerzo, el domingo en Holanda, su primera reacción había sido una especie de pánico. Primero recordó aquellos simples vestidos negros de lino que tenía que usar, donde ni siquiera el blanco más digno del cuello de los uniformes que las criadas de la casa del Hayeses llevaban, y del brutal trato que había sido dado a la piel de sus manos durante su estancia allí. Pero entonces ella había mirado en el armario todos los vestidos y joyas, todos los zapatos y los guantes y pequeñas chaquetas que había adquirido como la amiga especial del Sr. Longhorn, y había pensado en la pobreza de Holanda –la cual ellos se las habían arreglado para mantener en secreto durante tanto tiempo, pero que inevitablemente se había convertido en algo conocido- y se había tranquilizado a sí misma pensando que ahora era su tiempo, y que las mujeres de Holanda debieron hacerse para verlo.


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— "Me pregunto por qué ellos te quieren aquí." — se preguntó en voz alta, dándose cuenta sólo después de que ella había hablado de que esta cuestión puede parecer cruel. Penélope, si la había encontrado así, no parecía herida. — "Oh, me necesitan mucho más de lo que yo les necesito." — respondió ella alegremente mientras comprobaba su rostro de marfil tallado en su espejo compacto. Más allá de su perfil, enmarcado en la ventanilla del coche, estaban los árboles del parque, que se habían convertido en troncos desnudos y sin hojas, desde que Carolina los había visto por última vez. — "Sin duda, la anciana señora Holanda sabe ahora que estoy al tanto de pequeño secreto sucio de Isabel, y de todos modos, nadie en la sociedad le gusta una ex novia despechada. No es un papel codiciado. Lo que más espero con interés es la forma en la que reaccionaran viéndote aquí.‖ Carolina puso su mano sobre la puerta afilada de bronce del Phaeton y parpadeó hacia la casa donde una vez había estado su cabeza. Más bien le pareció bastante estrecho ahora, y casi severo, con su fachada de piedra rojiza. La reja de hierro del porche parecía clavada en el último momento, y las ventanas en línea recta hacia arriba y abajo miraban obtusamente a la calle. La vida que ella había vivido allí se sentía a distancia para ella, como una horrible historia que le habían dicho una vez, o una pesadilla que había sido arrancada de repente. Pensó brevemente en Will -quien había sido tan bueno, un hermoso niño, y cómo él había cometido el error de amar a la alta y poderosa Elizabeth Holanda. Fue un error por el que había muerto. Esa fue una triste dirección, sin embargo, Carolina le dio la vuelta en torno a sus pensamientos cuando el conductor de Penélope abrió la pequeña puerta y la ayudó a bajar de la acera. Ella tomó un gran aliento codicioso de aire y miró hacia Penélope, que siempre sabía qué hacer. Ellas entrelazaron sus brazos, cosa que Penélope sólo hacía con ella en público. Ella tenía que hacerlo. Era su acuerdo para parecer


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amigas, eso era lo que había negociado Penélope para mantener el silencio sobre aquel secreto de Diana Holanda haciendo cosas poco elegantes con Henry, en su propio dormitorio, una noche de diciembre, después de que su compromiso con Elizabeth había terminado, pero antes de que su compromiso con Penélope hubiera comenzado todavía. Luego subieron los escalones de piedra, mientras el largo de la falda, color gris de Carolina, iba rozando contra el plegado negro de Penélope. La puerta se abrió, y una mujer joven con el cabello color cobre cuidadosamente peinado les dio la bienvenida. Los planos de su rostro eran amplios y limpios, como el de Carolina, con la excepción de que el de ella estaba oscurecido con un puñado de pecas, incluso en medio del frío de Febrero. La sonrisa de bienvenida de la joven desapareció, y sin decir nada, se detuvo en el vestíbulo oscuro y estrecho. — "La señora Penélope Schoonmaker y la señorita Carolina Broad." — Penélope indicó cómo le gustaría ser anunciada mientras se quitaba su sombrero adornado con pequeños pájaros negro. — "El Sr. Schoonmaker se está preparando para un viaje y no será capaz de unirse a nosotros. La Srta. Broad vino en su lugar. Ella es una amiga mía." Carolina también se quitó el sombrero, que era una cosa de estilo libertino, y se lo entregó a la criada con un guiño. La criada era bien conocida por ella. Ella era, de hecho, su hermana, Claire Broud, a quien le encantaba oír historias de gente bonita y sus obras, pero era demasiado bueno y tímido a unirse a ella misma. No así la más joven Broud, ahora Broad, ya que un error en una columna de la sociedad había anunciado su presencia en la elite de Nueva York y siempre la re-bautizó. Las hermanas se veían siempre que fuera posible, aunque a menudo era difícil para Carolina, con todos sus nuevos amigos, y todavía se entendían la una a la otra lo suficiente para que Claire pudiera, con unos cuantos movimientos de las pestañas, para que su hermana menor supiera que intentaría en todo lo posible actuar con normalidad.


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Cuando Carolina entró, no podía dejar de pensar en cómo de escasas y raspadas estaban las habitaciones aquí. Las escaleras al final del vestíbulo te trasladaban directamente a la segunda planta sin ningún tipo de cola o pretensiones de bucles, y las imágenes que decoraban la pared en la subida, no eran realmente tan finas como aquellas que los Holanda se habían visto obligados a vender en el pasado otoño, para obtener dinero en efectivo. Su mirada se desvió a su izquierda, en la sala menor, que no había sido de mucho uso cuando ella estuvo en el pasado en la casa, pero ahora con mesas cubiertas de damasco blanco, coronadas de plata, tazas de amor llena de bayas rojas y punteadas ramas. Hubo un tiempo donde ella habría cocido las telas y organizado las copas, estaba pensando, cuando sus reflexiones fueron interrumpidas por una voz temible y familiar. Ambas hermanas Broud se congelaron. — "Penélope." — dijo la señora Holanda, cuando entró en el vestíbulo, por la parte trasera de la casa. Vestía todo de negro, y su oscuro, blanco pelo teñido, arreglado sin la cubierta de tapa de una viuda, como lo había sido durante la mayor parte del año anterior. La anfitriona se acercó a las mujeres más jóvenes y se detuvo. Si ella sonreía, era sólo un destello en la esquina de su boca. Sacó el intermedio del tiempo suficiente para que incluso Penélope pareciera un poco confundida, y entonces otorgo un simple "Felicidades", sobre el antiguo amigo de su hija. — "¿Y tú eres?". — preguntó, girando la barbilla en cúspide a la chica del vestido color gris y las pieles. Por un momento, todos los nervios de Carolina reventaron. Entonces ella encontró los ojos de la señora Holanda, oscuros como una piscina en un bosque, y se dio cuenta de que no había la más mínima nube de reconocimiento. Aquellos eran ojos tan en blanco y tan imperiosos, que Carolina se preguntó cómo había tenido el coraje de enfrentarlos antes, y un segundo después se dio cuenta de que nunca tuvo que necesitarlo.


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Su patrón anterior nunca la había mirado tanto a la cara, incluso cuando emitía miles de órdenes y ella las acataba, pero ahora la indiferencia artística era de tal manera que Carolina se preguntó, en pocas palabras, si es que ella realmente se había elevado de su lugar en la casa de Holanda en absoluto. — "Esta es la señorita Carolina Broad." — Penélope pareció no haberse dado cuenta o preocupado de una confrontación con la dueña de la casa que no se había materializado, y ya estaba buscando en el salón menor, para ver quién más estaba allí. Añadiendo luego una explicación bastante superficial: — "Ella es nueva en la ciudad, pero ya es amada." — "Es un gran placer estar entre sus invitados." — Carolina atinó a decir a través de su decepción. Fue sólo después de la oportunidad que había pasado, que se dio cuenta de lo mucho que quería ser reconocida, que ella de hecho había estado cuidando el deseo de la señora Holanda de reconocer su esplendor naciente y el temblor hasta dónde había llegado. Claire, quien debe haber estado petrificada por el miedo durante este cambio, le dio a su hermana una mirada de advertencia y se retiró hacia el armario debajo de la escalera, cargada de mucha parafernalia fría meteorológica de los dos nuevos invitados. Penélope se había trasladado, junto con la Sra. Holanda, a la entrada de caoba enmarcada, donde las personas cuyas horas de vigilia eran ocupadas por cada una de las actividades de ocio, después de otra deliciosa tarde, llenó la habitación. — "Ya ves, hemos restaurado algunas de las pinturas antiguas, y terminado con esas piezas, que realmente no son el estilo más..." — la señora Holanda estaba diciendo. Detrás de ella en el vestíbulo, donde el proyecto era más escalofriante, Carolina se detuvo con torpeza. Ella estaba al tanto de cada pelo en la parte posterior de su cuello, ya que a menudo era cuando sufría de la condición de no saber muy bien dónde se suponía que debía estar, o bien cómo se suponía que


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debía estar. Su hermana había desaparecido, y estaba, sin duda, deseando que ella hubiera nacido una sola hija para que al menos pudiera depender de un empleo estable. Ya la conexión de Carolina a este evento había entrado en la habitación contigua, dejando detrás de ella una necesidad asfixiante de atención y aprobación. Dio un paso adelante, pero falló. De repente, su entorno había dejado de parecer tan pequeño y pobre. — "Lina". El nombre era como un viejo vestido, poco apropiado, que rasguña la piel incluso cuando uno trata de pasarlo. El sonido era humilde y sencillo. Era su propio nombre, Carolina lo sabía, o al menos como había sido llamada con más frecuencia en sus diecisiete años. Pero no le dio el placer el escucharlo en voz alta. En cambio, trajo el calor hacia sus mejillas, el mismo calor que la presencia del orador utilizaba para provocar. Volvió los ojos, ahora de color verde intenso en contra del enrojecimiento de la piel, y vio a Elizabeth, viva después de todo, y no tan hermosa como ella solía ser. — "Hola.‖ Aunque ella no tenía la intención de un tono u otro, el sonido de esa palabra quedó en el aire con cierta satisfacción. La última vez que había visto a Elizabeth, había derramado té caliente en toda su falda blanca, un acto que rápidamente le había causado ser despedida. La cara de su ex amante era flaca ahora, y con pelo de rubio, el cual Carolina había arreglado, era fibroso y estaba recogido en un moño, poco agraciado. No había nada que indicara que alguno de los meses transcurridos había suavizado a Elizabeth, a la niña que había atado corsés. — "¿Qué estás haciendo aquí?". —

Elizabeth preguntó mientras se

acercaba. Su voz y sus movimientos carecían de energía, pero eso no impedía la hostilidad, que fue evidente en todo, pero especialmente en sus ojos, que eran como dardos marrones.


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— "Yo podría hacerle esa misma pregunta. Pensé que se había ahogado.‖ —

Carolina cambió a una postura cockier, de repente ella sabía

exactamente como ponerse de pie. Su chaqueta elegante, que estaba encajada en su cintura y que le hinchaba elegantemente los hombros, estaba evidentemente hecha por una modista especializada, y era de tela extravagantemente cara. Ella se acercó a Elizabeth y continuó en voz baja, señaló: — "¿O era sólo una historia para encubrir tus intenciones con respecto a un niño que solía trabajar en un establo?". Elizabeth se encogió un poco con esto, y sus ojos filmados sobre las lágrimas, como si pudiera seguir. — ―¡Oh, no!‖. — Carolina rizó su labio superior hacia atrás y sostuvo la mirada fija en su antigua amante. — "Una vez lo ame también, ¿o se le olvido mientras estaba tan ocupada sintiendo lástima por si misma?". — "Él era mi marido." —

la voz de Elizabeth estaba dudando las

palabras, y cuando acabó de hablar, apretó los labios con firmeza, como si estuviera tratando de contener cierta violencia de la emoción. La chica que se habría sentido celosa, devastada, o algo como aquello por estas noticias, se había ido. Si Elizabeth quería perder el control, era su decisión, Carolina ya había pasado tales errores. Ella levantó la barbilla ligeramente y permitió al sentido de su propio valor irradiarse a través de su clavícula, y abajo en la punta de los dedos. Arqueó una espesa ceja, con propósito lento, y permitió que el status quo se alargara unos pocos segundos. — "No me gustaría que esto saliera". — Elizabeth cerró sus ojos. — "No quieres decir que…" — "Probablemente no." — Carolina soltó una carcajada despreocupada. — "Pero entonces, estoy terriblemente sedienta, y yo tenía la impresión de que estaba asistiendo a un almuerzo".


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Los ojos marrones, bajo las cejas de Elizabeth, se abrieron de nuevo. Ella miró a Carolina con una mayor vulnerabilidad que la de antes, que era bastante notable, considerando que las dos se conocían casi desde su nacimiento, y habían sido amigas desde niñas. — "Por supuesto", — dijo en un tono nuevo. Era el sonido de la debilidad fingiendo fuerza, pero ninguna de las partes se dejo engañar acerca de lo que acababa de ocurrir. Carolina ya no era la subordinada de Elizabeth, y ella tenía un chisme sobre ella una vez más. — ―¿No vas a entrar? ¿Quizás te gustaría sentarte conmigo, en mi mesa, en la que puedo estar segura de que vas a encontrar lo mejor de todo? ". Carolina, que podía oír la tensión en la voz de Elizabeth, levantó el brazo y esperó a que la otra muchacha lo tomara antes de cabecear en asentimiento. — ―Eso sería perfectamente encantador‖ —

dijo ella, su sangre

bombeaba triunfalmente al entrar en la sala de fiesta. Estaba lleno de adinerados clientes y pulidas y brillantes bandejas cargadas de alimentos ricos y aromáticos, los cuales ella podría haber llevado desde la cocina, pero que ahora le permitían que se presentaran a su izquierda, de modo que ella pudiera tomar cualquier que le pidiera su antojo.


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Capitulo 7 Traducido por: Kiiariita He oído de una fuente especial que una comida será celebrada hoy en la casa de las Hollands, y que Penélope Schoonmaker está entre los invitados. En la sociedad siempre habrá fanáticos de bajo entretenimiento que esperan una pelea entre las damas, y de ese elemento predecible se ha estado hablando de una disputa entre miss Elizabeth Holland y la ex Miss Hayes, desde que ambas chicas fueron en un momento la prometida de Mr. Schoonmaker. Parece ser que se sentirán decepcionados, si las damas se unen cordialmente como todo esto, es la primera reunión social que las Hollands serán anfitrionas desde la muerte de Mr. Edward Holland, hace más de un año... De la columna ―Lúdico Galante‖ de Nueva York Imperial, domingo, 11 de febrero de 1900. Diana Holland bajo a la comida de su madre un poco tarde pero plenamente preparada para escuchar todo acerca de las tribulaciones románticas de Eleanor Wetmore. Se había puesto de acuerdo con Claire y había cambiado su tarjeta de lugar de modo que se sentara al lado de Eleanor, lo mejor para extraer información de esa chica, y también convenientemente para así no sentarse demasiado cerca de Penélope. Llevaba un vestido de algodón grueso con un lazo rojo y blanco estampado en él y un cuello que se elevada solo un pulgada sobre su clavícula; su cabeza de rizos enmarcaba su cara arquitectura natural. Llego al primer piso con un paso descuidado, pero aún se encontraba sorprendida, su boca de ciruela se abrió ligeramente, cuando vio a la figura en el otro lado de la puerta de cristal delantera.


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En el momento que el pensamiento consciente volvió a ella ya había cruzado hacia la entrada y colocado la palma de su mano con el cristal. Era como si ella fuera tirada hacia allí por una fuerza magnética. Cerró sus ojos, porque sabía que habían tomado el grande, anhelo de una niña. Cuando los abrió otra vez, brillaron con una calidad más difícil. Henry, sin embargo, no se había ido, y entonces en unos segundos ella giró la perilla. ―¿Qué estás haciendo aquí?‖ Mantuvo su voz baja y hostil, y su cuerpo parcialmente ocultado por la puerta. ―Creo que fui invitado.‖ Allí estaba ese tono jocoso, de derecho que le había servido tan bien en sus 20 años. Él debería saber que fue un error, porque cerró sus oscuros ojos y sacudió su atractiva cabeza. Ella estaba sorprendida de lo hermosa que era esa cara para ella ahora, cuando miro directamente a ello a una corta distancia. Había pasado mucho tiempo desde que ella había estado tan cerca de él. ―Supongo que estas aquí para ver a tu esposa,‖ bromeo, casi lo justo para distraerse de la línea de su mandíbula. ―Ella está aquí.‖ ―No...‖ Henry dejo de sacudir la cabeza. Un momento después dejo que su mirada —tan tentativa, tan llena de deseo— se encontrara con la de Diana. ―No.‖ ―¿No qué?‖ ella relajo su agarre de la puerta y la dejo abrirse unos centímetros más. El parque estaba bastante tranquilo detrás de ellos, las ramas desnudas de los arboles llegando con avidez hacia el cielo blanco. Todos los cocheros mantenían su nariz en sus periódicos y cuidadosamente ignoraban a las dos personas en el porche. ―No, no he venido a ver a mi esposa.‖ Hizo una pausa y presiono sus dedos en el lugar de su frente, justo entre sus cejas. ―No pensaba venir en absoluto. Pero luego, la idea de estar en el mismo cuarto que tú… lo siento.


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Sueno como un imbécil. No había previsto que realmente sería capaz de hablar contigo, así, tan cerca. Tú probablemente te vayas en cualquier momento ahora y no habré dicho nada de lo que quiero decirte y… oh, Dios.‖ Su corazón, la cosa dañada, había empezado a acelerarse, y ella solo esperaba que la rápida agitación de su pecho no fuera visible bajo su corpiño ajustado. Sabía que debería hacer lo que Henry esperaba que hiciera y alejarse. Entonces el tocaría el timbre, y Claire podría mostrase más formal. Pero en vez de eso ella salió fuera al porche y dejo que la puerta se cerrara parcialmente detrás de ella. ―¿Qué es lo que quieres decir?‖ Henry se quito su sombrero y lo sostuvo pensativo entre sus manos. ―Bueno, es como lo que dije en mis cartas…‖ sus palabras estaban rotas, como si estuviera teniendo problemas para respirar. ―¿No has leído mis cartas?‖ Por un momento, todas las emociones de Diana habían estado bajo asedio, pero eso ahora fue sustituido por una irritación simple, a fuego lento. ―No‖ dijo ella. Comenzó a notar el aire frio. ―Las queme.‖ Henry dejo salir un suspiro y un sonido aproximadamente como ―Oh.‖ Miró a Diana por un largo momento, y mientras ella reconocía una gran emoción en su cara, no podía estar segura si era por lo que él le había hecho a ella o lastima por lo que él había perdido. ―Henry,‖ dijo ella después de un rato. Estaba tratando de sonar ruda e impaciente, pero sabía que el deseo vulnerable de ser cortejada todavía rebosaba en su tono. ―Ellos estarán preguntándose donde estoy.‖ Henry miro a su izquierda, donde estaba la ventana del salón, y se acerco un paso para asegurarse que estaba fuera de vista. Ella noto el aparato de su garganta trabajando bajo la piel suave, que su ayuda de cámara sin duda lo había afeitado hace una o dos horas atrás. ―Si pudiera tener solo un minuto más de su tiempo. Miss Diana.‖


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Ella miro a su espalda, como si toda la multitud de curiosos se hubieran reunido, pero no había nadie en el vestíbulo. ―Está bien‖ dijo ella. ―No amo a Penélope, nunca lo hice.‖ Por primera vez durante su interacción, su cuerpo estaba completamente quieto. Ni siquiera sus ojos parpadearon. ―Nunca hubo una vez que realmente pensara que me casaría con ella, y cuando lo hice fue todo para protegerte a ti.‖ Las manos de Diana se movieron involuntariamente sobre su pecho. El frio estaba en sus orejas ahora, pero ella nunca vio la cara de Henry tan sincera… sintió un poco de calor notando eso. ―Ella se entero sobre esa noche… en tu cuarto… y lo que ocurrió entre tú y yo. Me dijo que si no me casaba con ella te expondría. Trate de explicártelo todo…‖ se calló, quizás dándose cuenta que nada de eso importaba ahora. ―Tú fuiste todo lo que pensé en toda la ceremonia, y desde entonces. Protegiéndote a ti y tu buen nombre.‖ El buen nombre de Diana nunca había parecido tan inútil para ella. Ella apretó las puntas de los dedos en la áspera puerta, y preguntándose si él quería que ella le agradeciera. Muchas cosas han cambiado en ella cuestión de minutos, pero no había comenzado a sentirse agradecida. ―Mis cartas eran para explicarte todo, y para decirte lo mucho que lo siento que eso fue lo que sucedió.‖ Henry giro el sombrero en sus manos pero siguió mirando a Diana de una manera que le hizo querer meterse en sus brazos y quedarse allí para siempre. Estaba sorprendida de sí misma, y un poco enojada, por seguir teniendo sentimientos como ese. ―No la amo, Di.‖ Ella cerró sus ojos y arrugo su frente. ‖Tú claramente tienes a todo Nueva York engañado,‖ dijo ella, bastante poco convincente. ―Ni siquiera voy a la cama con ella.‖


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Ella abrió los ojos entonces, las pestañas gruesas revoloteando detrás de su iris marrón. ―¿Nunca?‖ susurro. Henry sacudió su cabeza y la miro. ―¿Cómo podría, si eres tú a la que quiero?‖ Era como si hubiera sido empujada, a través de la brisa, sobre el columpio de un niño. Sus labios se separaron, y miles de pensamientos clamaban por la articulación de su lengua. Se preguntaba si quizás Henry la besaría, con la suficiente rapidez para que nadie lo notara, pero entonces el momento se rompió. ―¿Diana?‖ una voz la llamo desde el vestíbulo. Su mente se precipito con miedo y trago saliva antes de girarse para ver a su hermana más allá de la puerta. ―Oh, Liz. Solo estaba…‖ Sus ojos parpadearon entre el hombre del abrigo negro y los ojos cansados de Elizabeth. ―Míster Schoonmaker está aquí‖ ―Bueno.‖ El rostro pálido de Elizabeth con forma de corazón estaba enmarcado por la puerta entreabierta. ―Estamos todos esperando por ti. Hazlo pasar, y toma su abrigo, por amor a Dios.‖ Le dio a Henry una mirada seria, y luego se giro, dejando a su hermana sola con él una vez más. Un silencio siguió, y finalmente Diana pregunto, ―¿Entraras?‖ ―No…‖ las ceja oscuras de Henry se juntaron. ―No creo que pueda soportarlo.‖ Ella asintió. ―Me voy el martes. Teddy y yo vamos a hacer algo de pesca. Diles que fui llamado para coger mi equipaje y los planes en orden. Si ellos me vieron. Y


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si no, no menciones mi llegada aquí para nada.‖ Hizo una pausa y volvió a ponerse su sombrero en la cabeza. ―Penélope se invito a sí misma, por supuesto, y ahora planea invitar a Elizabeth. Creo que ella quiere crear la ilusión de que ellas siguen siendo amigas.‖ Henry estaba balbuceando ahora, diciendo palabras que involucraban su partida incluso mientras se quedaba. El bajo unos pasos, mirando a sus brillantes zapatos de vestir, y luego miro a Diana. ―¿Quieres venir?‖ ―¿Dónde?‖ ―A Florida.‖ ―¿A Florida?‖ Ella miro nerviosamente sobre su hombro. ―¿Pero cómo voy a…?‖ Luego él le sonrió, y por un momento el mal clima se rompió. Ella sintió aquella vieja ligereza vertiginosa, como si fuera capaz de cualquier cosa… era la sensación que él solía darle, solo por estar en su entorno general. ―Eres muy lista, y estoy seguro que encontraras una manera.‖ El levantó y bajó el ala de su sombrero, antes de girarse y caminar rápidamente a su carruaje. Ella aparto los rizos de su cara y trato de sentir un poco de calma, pero toda su fría distancia la había dejado. Cuando finalmente regreso a la reunión de su familia, todo su cuerpo estaba a una temperatura totalmente diferente.


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Capitulo 8 Traducido por: Cloudss El aliado más natural de una joven es su hermana, aunque a veces nuestros propios familiares son inescrutables para nosotros como un opuesto. —MAEVE DE JONG, EL AMOR Y OTRAS LOCURAS DE LAS GRANDES FAMILIAS DEL VIEJO NUEVA YORK LOS PLATOS de TIMBALES de pollo estando a medio comer fueron retirados de el lado derecho de los invitados de la familia Holland, para ser remplazados—Elizabeth sabía muy bien, porque había supervisado el menú— de filete de ternera con espárragos. También había organizado las copas de de amistad de plata con ramas de invierno de colores brillantes, cuidadosamente apuntó los nombres de sus invitados en las tarjetas de invitación, y ayudó a Claire con el ahumado de los antiguos manteles de damasco. El dinero que Snowden les había dado-que era un parte de su padre de un reclamo que ellos tenían de propiedad conjunta en el Klondike, o eso había insistido-les había permitido contratar a un nuevo cocinero para la ocasión. Elizabeth se había puesto el vestido de la elección de su madre, un azul marino iridiscente con pequeños botones que acercaban la tela para destacar la esbeltez de su cuello y muñecas, pero no de su torso o sus brazos, y ella se las había arreglado para satisfacer a sus invitados con algo así como la acogida cordial esperada de una de las hijas mayores de las antiguas familias holandesas.


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Pero ella había cometido un error fatal. Era el tipo de error que la chica que solía ser— el pensamiento de la gente cuando ellos pronunciaban esos nombres, "Elizabeth" y "Holanda", secuencialmente, nunca lo hubiera hecho. Había permitido a un sentimiento feo (ira, marcada con una tristeza inextinguible), crecer en ella en público. Ella había revelado demasiado a una desagradecida chica que la odiaba, y que en cualquier caso, ya sabía lo suficiente como para colgarla. Elizabeth sonrió débilmente en la dirección de Lina, con la esperanza de que Lina no fuera tan irracional y vengativa, como a veces parecía, y le preguntó si estaba disfrutando de la comida. "Por qué, sí." Lina sonrió con placer descarado a la chica que había servido desde la infancia. Una pequeña cantidad de grasa estaba emborronada contra su labio, la cual ella no se había tomado la molestia de borrar con su servilleta, y esta se reflejaba en la luz de la tarde. Al otro lado de la habitación, los huéspedes estaban charlando en un tono amable y disfrutando de la hospitalidad Holand sin ser tan torpes como para notar que inusual artículo este había sido últimamente. El salón más pequeño lucia muy bien— este una vez había sido la sala donde ellos exhibían sus pinturas pasadas de moda, pero todas estas habían sido removidas junto con las telarañas que se habían acumulado sobre las molduras de la imagen. También fue la sala en la que Isabel se había casado. En la mesa de la anfitriona, Penélope continuó como si ella hubiera sido una visita semanal en la casa con todo de memoria reciente. La Sra. Holland ocupó la silla enfrente de su hija, y escuchó a sus invitados con estudiada aceptación. Al parecer, había olvidado que ella una vez había escogido al esposo de Penélope como el novio de su propia hija, y tal vez más extraño-no reconoció a la señorita Broad como su ex empleada. "Qué bueno es tener una comida hecha en casa después de tantos meses de comer comida de hotel," Lina estaba diciendo. Hizo una pausa y se volvió


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hacia la señora Holland descaradamente. "Yo vivo en New Netherland, ya sabes." "Yo no sabía." la señora Holland tomó un sorbo de agua Apolinar y evaluó a la recién llegada. Tal vez se pregunto por qué, en una habitación de treinta y seis personas de alta cuna, esta chica de fuera de oeste que disfrutaba de una fortuna no celebrada por la historia, debería estar sentada en su mesa, pero no delato cualesquiera pensamientos. Por lo menos no de manera abierta. "Recuerdo cuando este ascendió, y cuan estrafalario todos pensamos que era. ¡Y ahora las encantadoras niñas como usted viven allí! esto le muestra cuán poco todos conocíamos entonces ". "Cuan odiosa me pareció la vida de hotel," Penélope suspiró. Elizabeth miró a su vieja amiga y dejo que sus párpados golpearan ligeramente de un lado a otro varias veces. Ellas habían sido excepcionalmente cercanas durante el año y medio que Penélope había vivido en el Waldorf, e incluso después de que Elizabeth había partido por la última temporada en París ella había recibido cartas a rebosar de relatos de todas las cosas maravillosas para ser vistas y tocadas y probadas allí. Elizabeth

recordaba

claramente

sentirse

avergonzada

por

esas

descripciones cándidamente exuberantes. Fue durante ese período, que Elizabeth comprendió más tarde, que Penélope había fijado sus ambiciones en Henry Schoonmaker, el cual fue uno de los motivos de que eventualmente se enfrento con su amiga. "El servicio es mucho mejor en la propia casa, donde uno puede controlar las cosas", añadió. "¿Ya no te quedas en los hoteles?" Lina preguntó. Su voz era lacónica y seria, y


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Elizabeth se dio cuenta de que estaba preguntando por curiosidad verdadera y tal vez como una señal para su comportamiento futuro. Hizo que Elizabeth se compadeciera de ella un poco, a pesar de la escena anterior, porque ella estaba obviamente tratando tan duro de parecer fina e inusual, y sin embargo estaba de alguna manera u otra a la sombra de Penélope, cuyo dinero se consideraba todavía bastante nuevo. "Por supuesto, cuando viajo, pero sólo si tengo que hacerlo," la señora regresó. Apretó los voluptuosos labios y le dio a su nueva amiga una mirada certera. "Por ejemplo, cuando estoy en Newport, mi familia tiene una casa de campo para la temporada, y cuando estoy en París, me quedo en el apartamento de los Campos. Pero tengo muchas ganas de una próxima estancia en un hotel-" "La señora Schoonmaker, ¿está haciendo un viaje? "la señora Holland le preguntó. Su hija, que conocía a cada uno de los tonos de la señora, detectó una tensa cortesía en la cuestión, aunque los invitados en las mesas vecinas habrían escuchado sólo la caliente curiosidad. " Sí, Henry y yo estamos haciendo un viaje a Palm Beach." una orgullosa e involuntaria sonrisa broto a sus labios cuando ella dijo "Henry y yo" "Él y Teddy se van a pescar, y me he estado muriendo por algún clima cálido, y por supuesto el Royal Poinciana se dice que es un establecimiento muy grande. Una buena esposa siempre supervisa los viajes de su marido, cuando puede. ― Elizabeth dejó su copa de agua en este, y sus ojos se precipitaron hacia Diana, en una mesa cercana con su tía Edith y las Señoritas Wetmore. Si ella se vio afectada por el sonido del nombre de Henry no lo mostro, pues ella siguió preguntando a Eleanor Wetmore animadamente acerca de en cual pretendiente en particular ella había echado el ojo esa temporada. Era creencia de Elizabeth que su hermana había experimentado algo muy real con Henry, y ella también creía que sus sentimientos por ella eran igualmente puros. Ella lo había visto en sus ojos cuando lo vio del otro lado de una calle muy transitada, en la mañana cuando ella había pensado en si misma dejando


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Nueva York para siempre. Él había estado desgreñado y un poco desolado de ver a Diana alejarse de él. Ella había reconocido la misma mirada en su cara una hora antes, cuando ella lo atrapó merodeando en la puerta, y ella esperaba que él finalmente llegara a comunicarle a Diana un poco de lo que las cartas que ella había quemado con tanto ímpetu habían contenido. "Nunca he estado en Florida", dijo Lina. Por supuesto que no, Elizabeth pensó, un poco despiadadamente, para sí misma. Algo implícito pasó entre las caras de Lina y Penélope, y luego Penélope dijo: "Deberías venir, por supuesto, Carolina. Voy a necesitar a alguien que me haga compañía, mientras que los hombres están jugando. Tú debes venir también, Elizabeth. "Penélope se detuvo y miró a los ojos de Elizabeth, los blancos cada vez más en torno a los iris azul intenso. Fue una mirada que hizo que Elizabeth agradeciera por su falta de apetito, por si hubiera comido cualquier cosa que seguramente no habría sido capaz de mantener abajo después de presenciar la descarada falsedad. "No hemos podido disfrutar de la compañía de la otra como solíamos hacerlo desde... ¿Cuándo fue? ¿Octubre? ― Por un momento, Elizabeth fue superada por una ola de sentimientos de odio, pero esto se apoderó de ella rápidamente y se fue. Ella sabía que ella podía perdonar a Penélope, por toda la crueldad que ella había propinado a Elizabeth había dado como resultado una cosa buena— esto le había permitido vivir con Will algunos meses sin que todo el secreteo y la culpa que había seguido a su amor en Nueva York. Y si Penélope había apartado de Diana lo que más quería, bueno, ella sólo había estado siguiendo lo que ella misma deseaba con crueldad característica. La boca de Elizabeth se había secado mientras miraba de nuevo a su viejo amiga. Al otro lado, señoras cuyos cuellos de encaje estaban unidos por botones de nácar se sentaban en las mesas en grupos de cuatro y seguían exclamando


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sobre las antigüedades y las modas de París y la caza en Long Island, pero en la mesa más cercana a la chimenea todo el mundo se había vuelto silencioso. Sus miradas se mantuvieron estables en la dirección de Elizabeth. "Octubre", confirmó ella después de un minuto. "Imagínate," Penélope continuó, sin inmutarse, su delicado codo viniendo a descansar sobre el mantel blanco. "Podemos nadar en el océano y caminar por la orilla del mar, y nosotras estaremos muy lejos de todos los chismes y tonterías". La idea de sol y las palmeras y sombrillas y trajes de baño hizo que se revolviera el estómago de Elizabeth. Ya todas las mujeres que conocían, y todos en esa mesa, eran profesionalmente frívolos. La idea de viajar una larga distancia a un gran costo para hacer las mismas cosas con mejor iluminación era repugnante para ella. Pero antes de que pudiera comunicar esto, su madre interrumpió: "Cuan generoso de tu parte, Penélope." Elizabeth miró a través de la mesa, con sus montones de pan integral y su pequeño plato de la mantequilla de China y todas las otras delicadas piezas de porcelana china que en un almuerzo del mediodía era una excusa para mostrar. Uno podría detectar, en cada leve contracción del rostro de la anciana, una severidad que no se puede negar. "Por supuesto que a Elizabeth le encantaría ir". Los ojos de Elizabeth se agrandaron con desconcierto. Ella no podía ir, todo de sus adentros se habían rebelado en la misma idea. Los pequeños ojos de obsidiana de la madre estaban fijos en su hija, sus patas de gallo extendidas confidencialmente, esperando que Elizabeth enunciara la respuesta adecuada. La sonrisa de Penélope, mientras tanto, se había transformado a una sonrisa de satisfacción. Elizabeth volvió la cabeza solo ligeramente y miró a su hermana para pedir ayuda. Diana estaba sentada en la mesa de al lado, y apoyaba su codo izquierdo en la madera de la parte posterior de su silla y se inclino cuando se dio cuenta


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que estaba siendo llamada en silencio. Sus grandes ojos marrón suave parpadearon una vez, y por un momento Elizabeth creyó que su hermana podría venir al rescate. Luego Diana llamo, sobre las voces de las Señoritas Wetmore", ¿Florida? ¡Ese sería un momento muy bueno! ― La mirada de Elizabeth se lanzó de nuevo a su madre, y se dio cuenta de que el comentario de Diana, había suscitado una sonrisa poco habitual en la vieja. "Pero esta tan lejos", ella murmuró. "Iré contigo, si tienes miedo de la distancia." el tono de Diana era jovial, y en otro momento Elizabeth se dio cuenta de lo que se trataba. "Soy más dura que tu y vería que estuvieras cómoda". Penélope quitó su codo de la mesa, como pensaba ella estaba confundida, y reorganizo los pliegues de color negro brillante sobre su regazo. Cuando ella había recuperado su sonrisa se volvió hacia Elizabeth. "Qué maravilloso. ¡Será una fiesta! ― Elizabeth abrió los ojos y miró desde su insistente madre hasta la cara sumamente falsa, dándose cuenta como ella hizo que su instinto para permanecer lejos de Penélope no sólo se basara en los hechos pasados la nueva señora Schoonmaker, sino en lo que ella era capaz en el futuro. Las ambiciones de Penélope ya no tenían sentido para Elizabeth, pero comenzaba a hacerse evidente para ella, cuando ella observó esa dolorosamente insinuante expresión, ese cobertura era una inútil y vana manera de pasar su tiempo, y que esta no mantendría a salvo a ninguna de ellas en lo más mínimo. "¿Estás seguro de tener espacio para Diana también?" Elizabeth noto, en el rincón más alejado de su visión, que la respiración de Diana había crecido un poco dramática y que estaba siguiendo cada cosa en la mesa más cercana al fuego con ojos vigilantes. Su rostro estaba descarnadamente esperanzado. "Es


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sólo que no soy yo realmente otra vez, y voy a necesitar la compañía de mi hermana para sentirme a gusto en un viaje tan largo." "¡Por supuesto!" emitió Penélope. "Aunque", continuó un poco más alto, para que todas las mesas cercanas pudieran escuchar: "pienso en ti como una hermana y creo que podríamos consolarnos mutuamente muy bien. Pero tu hermana es mi hermana "-aquí se detuvo para destellar sus ojos en Diana-¿y no he dicho siempre cuanto más mejor?" "Será muy encantador para mis dos niñas", dijo la señora Holland con deferencia inusual. "Gracias, señora Schoonmaker." "Cuanto nos vamos a divertir", Penélope concluyó con terrible énfasis. Como la debutante ligeramente más joven, Elizabeth había sido una experta practicante de las pequeñas equivocaciones y mentiras blancas, siempre al servicio de la corrección y la cortesía, por supuesto. Nunca le habían gustado las mentiras grandes, porque no le había gustado nada de lo que podría caer en esa temida categoría de "demasiado". Pero, mirando a Penélope, a sus grandes y finas, características para captar la atención, a la violencia en sus gigantes ojos, Elizabeth empezó a ver que adoptar una falsa apariencia, en muy gran escala, era la única manera de protegerse a sí misma y a su hermana. Ella pensó en Henry y Diana en el pórtico, mirándose el uno al otro con la confusión y la tristeza de dos cachorros que acaban de toparse de casualidad con su primer charco y aún no llegaban a entender lo que les había sucedido, y encontró que ella quería mentir peculiarmente. Ella se trajo a sí misma, permitiendo al aire entrar en sus delicados pulmones, encontrando la mirada de Penélope. "Divertido", dijo Elizabeth, y luego sonrió, el tipo que solía emplear cuando susurraba sobre bailes o zapatillas de tacón alto, del tipo que le cubría las mejillas y garganta de un rosado afectuoso. Su vieja amigo resplandeció de nuevo. Ellas se miraron durante varios segundos, y luego Elizabeth apoyó sus largos y delgados dedos, no tan bien


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gestionada como antes, pero elegantemente construida sobre Penélope. "No puedo esperar".


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Capitulo 9 Traducido por: Isabella De donde vino Carolina Broad? Quienes eran sus padres, realmente, y como se establecieron entre nosotros tan rápidamente? Es ella la creación de Carey Lewis Longhorn, o es hay algún otro autor para esta ultima chica hecha? - CHARLA CITE, DOMINGO, 11 DE FEBRERO DE 1900. "CREO QUE SALIO MUY BIEN," DIJO SNOWDEN CAIRNS, que estaba de pie en algún lugar detrás de Diana en una de las dos salas más usadas de Hollands, mientras el último de los invitados al almuerzo cruzaba la acerca hacia su carruaje que esperaba. Diana, que no tenía especial ojo para los eventos sociales o de su éxito o fracaso (el gran alcance de una noche no se podía comparar para ella, con el secreto de los momentos robados) , se encogió con indiferencia. No sabía si había ido bien, aunque ahora sabia porque Eleanor Wetmore le había echado el ojo y que ella estaba determinada a ser elegida para la boda del más joven de los Wetmore en Junio. Diana también sabía que iba a ir a Palm Beach con su hermana y Penélope, y - más dolorosamente, mas confusamente - con Henry, que estaba enamorado de ella. A través de las cortinas de encaje, abajo en la calle, la Sra. Thelma y la Sra. Broad podían verse cruzando hacia el transporte. La Sra. Schoonmaker entro primero, haciendo una pausa antes de extender sus dedos por el negro acordeón de su falda plisada y tirar de ella por encima de sus pies.


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No se había puesto los guantes después de comer y así los diamantes de boda que llevaba en la izquierda en el dedo anular brillaban en el sol de invierno. La perspectiva de ver a Penélope y a Henry juntos hicieron que el corazón de Diana doliera un poco, pero su mente no podía guardar silencio acerca de todas las cosas que él no había llegado a decir. Deseaba conocer el resto de su explicación y acerca de todas las veces que había pensado en ella desde que habían estado juntos. Ella pensaba, con un poco de nostalgia, en todas las cartas que había quemado, preguntándose que confesiones dulces tendría. Pero se alegraba de haber llegado a decirle hasta que punto todas sus palabras habían perecido y de todos modos ella estaba distraída con la idea de cómo él iba a besarla si se quedaban solos ahora. Carolina entro después de Penélope, demasiado rápido. Aun no había aprendido a hacer una pausa y pavonearse como una dama de sociedad, a pesar de su vistoso y brillante sombrero de copa negro que ciertamente parecía que le había costado la mitad de lo que las damas de los Holland cobran de salario al año. Diana no había tomado parte en la creación de Carolina Broad - tenia la impresión de que la habían presentado en sociedad, aunque de alguna manera la ortografía de su apellido había cambiado con la impresión - y aunque no lamentaba no haberlo hecho, no podía dejar de sentir un poquito de pesar de que su en otra época amiga había sido tomada con Penélope. Había sido, sin duda, para su status social, pero la hacía menos agradable, sobre todo ahora que estaba saliendo a la luz como su compromiso con Henry. De pie en la ventana, Diana no podía dejar de pensar en cómo todas las de la talla de Carolina y su finura eran tan poco apreciadas sobre el papel. En ese momento, su única motivación era el dinero. Pero ahora sabía como de satisfactoria podía ser la escritura, como se puede crear un conjunto de personas y un evento en una pequeña insinuación. Porque, no se sorprendería


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si su tema de Eleanor Wetmore transformara este pobre deseo de niña en realidad , o si no podía envolver a Henry con unas pocas oraciones bien formadas. Ya se estaba imaginando lo feliz que sería Berdars acerca del viaje y todas las historias que podría darle. "Si," la Sra. Holland, calentándose en una silla junto al fuego, estuvo de acuerdo. "Estaba preocupada por ti al principio, Elizabeth, pero al final te parecías a tu viejo yo." La mirada de Diana viajó hacia su hermana, que estaba más cerca de las altas ventanas que daban hacia la calle. Su pelo, que había regresado a su color rubio ceniza - todavía no brillaba el sol en california - estaba girada de forma que Diana podía ver el lado de la cara en un buen ángulo. El halo alrededor de su cabeza estaba iluminado y pálido, pero había sombras oscuras bajo sus pómulos pronunciados. Se veía cansada y Diana se sintió culpable por si no la había empujado con demasiada fuerza. "Me preocupa los planes de viaje propuestos para la Señorita Elizabeth, sin embargo," continuo Snowden. Fuera, el conductor de Penélope instaba a los caballos a partir. Elizabeth no respondió de inmediato y en cambio vio como se alejaban por la calle. Diana se acercó a su hermana y puso su brazo alrededor de su cintura, como si eso pudiera servir de algo. "Esta bien, Sr. Cairns." Elizabeth le dio la espalda a la ventana y se dejó abrazar por su hermana mayor, viéndose cada vez más consciente de su fragilidad ahora que estaba en sus brazos. "Creo que será bueno para mí salir al mundo un poco." "No tienes porque ir," Diana se forzó a decir, aunque sabía que la forma en que miraba a su hermana era una declaración opuesta. Como podía ella


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desear ver a su hermana así. Como podía desear tener a Elizabeth con ella por un rato, entonces discutirían cuales eran las intenciones reales de Henry y como Penélope había actuado en el almuerzo y el tremendo insulto que era ello y si alguien realmente piensa que ella era hermosa con esas características de gran tamaño? "Pero no sería tan difícil si tu vienes conmigo," habló Elizabeth en una suave pero determinada voz mientras empujaba uno de los rizos rebeldes de Diana detrás de su oreja. "Y estaremos con nuestro viejo amigo Henry Schoonmaker, al que no hemos tenido tiempo de ver apenas desde su matrimonio, y tal vez poner fin a cualquier malestar persistente que pueda haber por nuestra antigua conexión. Si tu vienes conmigo," prosiguió, dando una mirada a Diana a propósito, "Entonces todo estará bien." Diana se apretó un poco más a ella tratado de aportarle a su hermana mayor un poco de su seguridad. El revoloteo de su corazón y el anhelo por ver la cara de Henry de cerca otra vez, vino involuntariamente con el sonido de su nombre. Ella esperaba que su madre no se diera cuenta. Estaba imaginándose verle en una plataforma de tres y con su expresión cambiando sutilmente cuando la reconociera entre la multitud. En esta fantasía ella era capaz de leer todos sus sentimientos por ella en unos minutos y después de la terrible pregunta que la mantenía en la noche y en ruinas, su sueño terminaría.


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Capitulo 10 Traducido por: Daniii Aún cuando la chica está casada, ella nunca dejó completamente la casa de su madre y su padre. -LA MODA MENSUAL DE LAS SEÑORITAS, FEBRERO 1900 PENELOPE SCHOONMAKER AÚN no se había sacado su abrigo borgoña de lana con el ribete negro alto, orgulloso, y ella ya estaba sentada alicaída sobre uno de los sofás rayados de su dormitorio en la mansión Hayes en el 670 quinta avenida. Penélope había subido precipitadamente por las escaleras porque no podía soportar la idea de ver a sus padres, que eran tan estúpidos e inútiles, y quienes le habían causado tanto dolor por no entregarla a una familia con mejor gusto y bien establecida para empezar. Algunas veces ella se sentía como una chica cambiada de la variedad más elegante. Su antiguo dormitorio, mucho más corriente que el de ahora, era un cuarto de estudio en blanco y dorado, excepto que era más grande y que había sido construido con la idea de almacenar muchos, muchos vestidos. Ella echó pequeñas miradas amargas a los baúles cubiertos de lona con monogramas de Louis Vuitton, con sus pequeñas iniciales en japonés, que ella había comprado en la tienda en Rue Scrib en Paris mucho antes de que estuviera casada. Ellos eran su excusa oficial para haber vuelto a casa ese día. La verdadera razón era la renuente indiferencia de Henry, si ella fuera honesta, no estaban


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entre sus características de nacimiento–a su plan de acompañarlo a Florida estaba poniéndola más obvia, y temía que los criados Schoonmaker comenzaran a hablar. ―Todavía ni siquiera quiero irme,‖ le dijo a Isaac Phillips Buck, su confidente más cercano, que había llegado varias horas antes para supervisar el embalaje de las ropas para tiempos cálidos que todavía no había sido movida dentro de su nuevo guardarropa en la residencia Schoonmaker. Él le echó un vistazo desde la cama, donde había estado doblando encajes, su gran contorno contra el borde de la felpilla. ―Oh, pero debes, por mi bien, decirme lo que todos están usando,‖ dijo Mrs. William Schoonmaker, su suegra, que la había acompañado esta mañana. Su tono era seco y sus lindas facciones estaban enmarcadas en una piel blanca. Ella había encendido un cigarrillo en algún lado entre la puerta y la ventana, y exhaló antes de calificar su declaración: ―William es tan idiota por no dejarme ir. No sé como él se engaña con que en realidad a mí me gusta aquellas tontas funciones políticas con él.‖ Isabelle, que había demostrado ser una aliada de Penélope en su campaña para casarse con Henry, había estado malhumorada últimamente, y no demasiado divertida. Penélope ignoró las palabras de la señora mayor, poniéndose de pie y caminando hacia la cama con sus montones de almohadas decorativas y montones de accesorios bien arreglados. Recogió un cinto bermellón y lo alejó de Buck mientras lo examinaba, dejando a sus dedos deslizarse despacio a lo largo de su longitud. ―No vallas,‖ dijo Buck. ―Tengo que hacerlo, por supuesto.‖ Ella no enmascaró su impaciencia, ya que Buck sabía que para echarse atrás del viaje debía romper todas las apariciones. Él por lo general se


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introducía acentuando su apellido, como sugiriendo que él era uno del viejo clan Buck quienes vivían en la clase alta de la ciudad en algún lugar arriba del Hudson, pero de hecho su prestigio sacado casi por completo de un gusto exquisito y de la creencia firmemente sostenida desde alguna de las señoritas de Nueva York de que él era absolutamente necesario de tener en su nómina cuando hubiera una fiesta por ser lanzada. Esa era la razón que él en primer lugar hubiera llegado a conocer los Hayeses, y especialmente a su miembro más joven, y eso quiere decir que él estaba bien consciente de cuan nueva era su reputación, y cuan asiduamente debía ser mantenida. ―Todos los papeles relataron como asististe al almuerzo con Elizabeth Holland, y que su amistad es tan fuerte como nunca.‖ Buck se encogió, como si todo eso debiera concernirle a ella. ―No es de Elizabeth de quien estoy preocupada.‖ Ella se sentó en la cama, y atrajo la lisa tela sobre su cara pensativamente. ―Elizabeth puedo manejarla. ¿Pero cómo se verá si mi marido continúa de viaje sin mí, después de solo dos meses? No puedo dejarlo ir solo, sabes eso.‖ ―No.‖ Por la ventana, Isabelle había encendido otro cigarrillo. ―No podrías hacer eso ni en mil años.‖ ―Bueno, al menos tu vas a evitar esta deprimente, ciudad gris.‖ Buck tiene pequeños ojos, envueltos en bien-humedecida carne, rodándolos hacia el fresco y elaborado techo cuando su tono se sumerge en lo dramático. ―Verdad.‖ Penélope se sintió caliente de repente, y abrió los botones del abrigo de uno en uno. ―Eso no puede ser tan malo, y pienso que un poco de luz solar podría atraer a Henry al rededor, pero ahora desde luego yo estoy superada en número. Quiero decir, Miss Broad esta de mi lado, supongo, pero ella no es tan magnífica como piensa, y si alguien sabe eso, es Elizabeth.‖


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Los dos Holland juntos estarán siempre buscando alguna forma de pasar sobre mi falda. Y Teddy estará ahí, y todos saben que él siempre ha estado encaprichado con Liz…‖ Ella ahora se quitó completamente su abrigo, dejándolo sobre la cama, dio un paso a través de la gruesa alfombra. Su vestido de día de suaves colores guinda arrastrándose de atrás, y Robber, su Boston terrier, se cayó del otomano donde había estado descansando y se deslizó bajo una butaca cuando la oyó venir. Penélope no era una chica que llorara fácilmente, pero se sentía capaz de lágrimas de rabia, pensando en Elizabeth y Diana y sus pequeñas caras suaves dando vistazos acusatorios de todo el camino a Florida. En la ventana, ella tomó uno de los cigarrillos de la caja de oro que Isabelle había colocado sobre el alfeizar y permitió a su suegra preocuparse con sus breves explosiones como ella arrullaba compasivamente. ―Tú sabes lo que necesitas.‖ Ambas se giraron para ver a Buck cruzar y descruzar sus piernas pensativamente. Penélope encendió el cigarrilo y exhaló. Entonces volvió la vista hacia debajo de la quinta avenida, con su majestuoso desfile de carros, y esperó el resto de los consejos de Buck. Esas personas allá abajo que estaban mirando al coloso que los Hayeses habían construido con su nuevo dinero brillante, envidiándolos y odiándolos al mismo tiempo. Era un teatro que su padre había construido para su esposa y su hija, y aunque Penélope conociera bien todas las líneas y vistiera las ropas correctas, de todos modos ella nunca era la estrella. Al menos era como eso se sentía para ella en este mismo momento, cuando ella aprisionó los paños dorados y despreció a todos los que no eran esclavos de su interpretación, aplaudiendo y gritando bravo.


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―Necesitas un aliado.‖ ―¿Un aliado?‖ Penélope supo instantáneamente que él tenía razón, pero no estaba lista para calmarse todavía. ―De modo que tú no estés tan superada en número.‖ ―Posiblemente no puedo invitar a más personas.‖ Penélope miró a Isabelle como si esperara la confirmación de esta declaración -después de todo, era su esposo quien conseguiría la cuenta por este viaje. Isabelle se encogió. ―Desde luego que puedes. Es una fiesta.‖ Ella hizo un pequeño gesto con su mano derecha, dejando una nube de humo suspendida en el aire. ―La gente agranda la lista de invitados todo el tiempo,‖ Buck continuó. ―De todos modos, necesitaras a alguien que te ayude, sobre todo de modo que nunca te preocupes de la aparición del esquema. Srta. Broad tiene todas las ropas apropiadas, pero ella todavía no ha aprendido a ser inteligente.‖ ―Eso es correcto.‖ Penélope echó un vistazo al rubio desinflado a su lado. ―Desearía que pudieras venir, Isabelle. Es tan injusto que el viejo tacaño de Schoomaker diga que tú debes quedarte aquí.‖ Isabelle sonrió para sí misma tristemente. ―Gracias por decir eso,‖ contestó ella en un tono que sugería que la chica más joven no podía comenzar a entender su sufrimiento. Penélope podía haberse preguntado si Buck no quería venir, y si realmente él podría haber si aliado de primera calidad, cuando ella miró hacia abajo y vio a su hermano mayor saltando del asiento delantero del conductor de un coche tirado por cuatro caballos. Los caballos brillando con el sudor como si ellos simplemente hubieran sido montados con fuerza, y Grayson entregó las riendas a un criado y comenzó a trotar sobre los magníficos escalones de caliza


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de lo Hayeses con la cortada seguridad de un aristócrata nacido. Aunque a ella le gustaba pensar de ella misma como la más brillante, más astuta, ella siempre había sabido que él era como ella –tenían el mismo exceso natural de ambición y una total deficiencia sentimental- de una forma que solo podía explicarse por la sangre compartida. Ella siempre había estado un poco orgullosa de ese hecho, y cuando lo veía desaparecer en la casa de abajo, una idea comenzó a tomar forma en su mente. Entonces ella escuchó a su suegra exhalar un pequeño suspiro romántico, y miró de reojo a la señora mayor. La cara de Isabelle Schoonmaker había tomado un lejano, carácter soñador. Era de lo más embarazoso ser tan obviamente débil con un encaprichamiento, creía Penélope, especialmente cuando uno era una Sra. Ella había averiguado un sutil forma de advertir esto, pero estaba distraída por el pensamiento que era bastante impresionante que Grayson hubiera derribado a una tan sofisticada y deseable señora casada. Este era un hecho de una habilidad muy útil, y podría demostrar ser bastante fatal cuando entusiasmara a una muchacha más ingenua. Cuando ella le habló a Buck después, el tono de Penélope había mejorado bastante. ―Yo invitaré a Grayson cerca. Él es mi hermano, entonces él tiene que quererme.‖ ―No, no lo tomes,‖ jadeó Isabelle. Entonces lanzó una fija mirada hacia Buck y perdió el tono implorante. ―Es solo que hay tantas damas más que hombres para bailar en todos los vals de esta estación, sería una vergüenza privarnos de un caballero con tantas luces en su pies.‖ ―Oh, tu conseguirás llevarte bien sin Grayson.‖ Penélope tomó la última inhalación de su cigarrillo y lo dejó caer en la parte de atrás de la maceta de una planta. Cuando ella atravesó la habitación otra vez, seleccionó su guardarropa con un enfoque renovado y con energía, soltó una exhalación que dejó un rastro de humo detrás de ella. ―Y de todos modos, ya sé como lo usaré.‖


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Capitulo11 Traducido por: Kiiariita Saliendo hoy de Palm Beach por las autovías especiales eran Mister y Mistress Henry Schoonmaker y sus invitados, Mister Edward Cutting, Miss Carolina Broad, y las Misses Holland, Elizabeth y Diana. El último invitado a la fiesta es el hermano de la Mistress Schoonmaker, Mister Grayson Hayes. De la pagina de sociedad del New York News of the World Gazette, Martes, Febrero 13 de 1990 El martes amaneció gris y miserable, y Mister Longhorn tosió todo el camino hacia la estación de ferrocarril donde a Carolina le habían dicho que encontraría al resto en la fiesta de Florida. Como le habían dicho, cruzarían el río Hudson, y luego, en la ciudad de Jersey, ya abordo en los vagones de lujo que mantiene la familia Schoonmaker. Como una criada que había oído casualmente los planes de esta clase siendo formado, aunque realmente en el viaje se mantuvo obstinadamente fuera de su alcance. Era siempre su buen comportamiento y sufrimiento de su hermana que había sido llevada a lo largo de estaciones y tiempos libres, mientras ella se quedaba atrás para reparar las viejas camisolas y fundas del No. 17. Pensaba cómo seria huir de la ciudad a un lugar exótico, y ser descrita tanto en los periódicos, los había guardado la mayor parte de la noche, y por


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ahora la anticipación había crecido hasta casi ser insoportable. A veces estaba muy cerca de sacudirse con entusiasmo. Y solo era cuando se dieron la vuelta y comenzaron su viaje hacia el sur que comenzó a detectar algo implorando en las palabras del viejo hombre. ―Mi Carolina‖ dijo él, una vez que finalmente llegaron a detenerse en el muelle designado. El color en su cara, que anteriormente había sido un rojo constante y jovial, fue eliminado del todo, y parecía tomar aliento en cada palabra. ―me preguntaba si no quieres considerar permanecer conmigo en New York. Tú sabes que no me gusta alejarte de la diversión juvenil, pero desperté esta mañana con un terrible presentimiento en mis pulmones. Me gustaría mucho de tu compañía, me encuentro queriendo mucho mas de lo usual…‖ Para Carolina, era como si un pastel de chocolate había sido puesto frente a ella y para luego ser llevado lejos antes de que ella pudiera darle un mordisco. Sintió tal agitación con la posibilidad de que ella podría no ser capaz de ir a Florida, que otra fiesta pueda estallar y ser extinguidas, sin que estuviera ella con su conocimiento y brillo. La misma idea sacudió sus pensamientos y causo un sabor claramente amargo creciendo en la parte posterior de su garganta. ―Pero mi equipaje esta todo empacado…‖ retrocedió débil. Ahora podía oler el océano y escuchar los atropellos de pies en los muelles. Una pobre excusa para una sonrisa que cruzo su cara, pero ella no pudo mantenerla después de mirar otro momento en los ojos de Longhorn. Eran lechosos y carentes de la valoración aguda habitual. Por un momento con todos sus nervios deseo que quería estar ya en el tren, para ser una de las cosas brillantes, bonitas que dejan la ciudad atrás, se calló. Ella no podía recordar nunca que se le haya pedido permanecer donde sea con tal ardor. A pesar que nunca hubo ni una pizca de romance entre ella y su benefactor, ella sintió por


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un momento el cálido resplandor de propagación que se necesita sobre el pecho. ―Tu criada lo traerá de vuelta.‖ Las palabras quedaron flotando en el aire al recordar todos los vestidos nuevos pagados a su modista, Madame Bristede, que se le pago extra Madame para que se apurara para que así estuvieran listos para esa mañana. Carolina había imaginado usándolos en los bailes y las cenas en Florida, y quizás en el tren, donde había oído que estaban equipados muy elaboradamente. Su criada, una muchacha ligeramente joven y lejos mas competente de lo que había estado en esa condición, había llegado temprano con varios de los nuevos baúles en donde estaban los vestidos que fueron empacados, solo para ver que fueron cargados en el transbordador cuidadosamente. Ella estaba usando un abrigo y un sombrero negro, Carolina alcanzó a verla a través del movimiento, de pie, de manera bastante formal en los tablones de madera. Carolina deseaba estar ya allí, en medio de todos los trabajadores y los viajeros, con su mejor abrigo, el cual era de visón recortado rubio. Quería decirle a la muchacha— Cathy era su nombre— que se debería apurar y abordar con todos los otros sirvientes, y luego partirían. ―Es verdad,‖ Carolina accedió por fin. Puso sus labios juntos como aguijón de abeja y sus oscuras cejas rosa delicadamente en una terrible perspectiva. ―Tenemos otro evento esta noche, y puedes invitar a quien quieras‖ continuo Longhorn. El esfuerzo del discurso era aparentemente demasiado para el, sin embargo, debido a que disminuyo en un ataque de tos y tuvo que doblarse lejos de ella para disimular su intensidad. Carolina tuvo que admitir que disfruto la pequeña cena que él lanzo para desearle un buen viaje la noche anterior. Ella y Lucy Carr, la divorciada, habían jugado cartas y hablaron de ropa y gritaban entre risas sobre algo u otro, no podía recordar que mas. Estuvo


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divertido, pero no quería hacerlo otra vez. Quería ir a un lugar nuevo, y quería que todos los lectores de todas las columnas de chismes en la ciudad supieran que tiene una buena compañía. ―¿Está el bien?‖. Carolina parpadeo y trato de alejar su autocompasión. Miro hacia Longhorn, quien estaba doblado y tosiendo descontroladamente, Robert, quien permaneció justo afuera de las ventanas del coche, su oscura barba y ojos llenos de escepticismo sobre el asunto. Estaba a punto de decirle a Robert que no, ella no lo pensaba, deberían probablemente girar ahora y regresar al hotel, y el podría llamar a Cathy y darle las nuevas instrucciones. Pero luego Carolina desvió la mirada, por casualidad, sobre el hombro de Robert al lugar en el muelle ancho donde Leland Bouchard estaba de pie. Los tonos amarillos en su pelo cubierto de color trigo sobresalían contra el horrible gris de fondo — el día estaba tan nublado que tu apenas podías ver los otros buques en el rio Hudson — y el estaba usando un bufanda con rayas blancas y negras que estaban metidos en el cabido de su abrigo largo hasta la rodilla. El ayudo a su ayuda de cámara a traer un solo baúl a la plataforma de madera alta, y cuando se volvió a parar, se paró con todas sus grandes posesiones como una estatua de Roma. Luego se volvió en su dirección. ―Srta. Broad!‖ Ella se sonrojo cuando se dio cuenta que había estado mirando. Su rubor se intensifico cuando noto que el recordaba su nombre, y luego no podía ayudarse de inclinarse hacia delante contra la ventana del coche y sobrepasar a Robert para saludarlo ansiosamente. ―Hola!‖ ―¿Ud. No en la fiesta de Schoonmaker, verdad? Gritó.


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―Si‖ dijo ella. El aire frio de afuera estaba vigorizante, y en ese momento vio claramente lo que tenía que hacer. ―oh, si!‖ ―Yo voy, como Grayson Hayes me invito, la veré en el transbordador, hasta luego‖ se quito el sombrero e hizo un elegante movimiento de inclinación, antes de desaparecer entre la multitud. Carolina observo los cuerpos que abundaban el lugar donde el había estado, ocultando su vista de el en momentos, y luego giro hacia su acompañante. La tos había desaparecido, y se había enderezado, le regalo a ella una sonrisa con una señal de disculpa en ella. Abrió su boca para hablar— pero Carolina no quería escuchar ninguna de las razones de por que el quería que ella permaneciera con el en New York. ―Pero yo nunca eh estado fuera de esta pequeña isla‖ dijo esperanzadamente con efusión. ―Estaré de regreso antes de que lo notes. Además ya te sentirás mejor para entonces‖. La sonrisa de Longhorn vaciló ―Tienes razón querida, por mi cuenta no deberías perderte ninguna diversión. Ve, pero no me olvides cuando lo hagas, y vuelve pronto.‖ Carolina estaba tan agradecida por tener su bendición que se lanzo hacia adelante y lo abrazo. ―Gracias. Lo hare. Oh lo hare, lo hare, lo hare!‖ ―Buen viaje, querida.‖ El estrecho sus manos por un momento quizás demasiado largo, y luego ella se alejo y le permitió a Robert que la ayudara por la calle. Trato de decirle al ayuda de cámara de Longhorn lo importante que era llegar a la casa del viejo caballero y salir del frio rápidamente— pensó que lo hizo. Pero apenas estaba prestando atención. Ya estaba moviéndose lejos, sus faldas elaboradamente alejadas de la sucia calle, cuando se unió a la multitud fluida de viajeros al


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transbordador. Todo lo que podía pensar era el hecho de que Leland estaba allí fuera, entre ellos. La sola idea hizo que su corazón se acelerase.


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Capitulo12 Traducido por: Kiariitha Como me gustaría ser una mosca en el papel tapiz francés importado en el vagón privado de los Schoonmaker, el ARIES, para esta semana lleva no solo para el heredero joven de esa familia sino también para su actual esposa y su anterior prometida, Elizabeth Holland, y su hermana menor… las tensiones en tal fiesta no podría dejar de divertir.

De Cité Chatter, Martes, 13 de Febrero de 1900. Henry sabía que no era su mejor foto, y sospechaba que podría estar todavía borracho de la noche anterior, aunque esto no era la única razón para evadir el contacto humano durante la salida de su fiesta en New York. No estaba seguro como su plan de escape de Florida se había convertido en un evento de grupo, supervisado por la brillante sonrisa roja infame de su esposa, pero sabía que debía continuar según el juego, que no debería avergonzar a Penélope también públicamente, o habría terribles consecuencias. Su motivación principal para casarse con ella, para proteger a Diana de las intrigas de Penélope, era tan importante como siempre, aunque durante los meses, su razonamiento había crecido borroso en su mente. Él a menudo se encontraba pestañando furiosamente en el espejo para asegurarse que seguía siendo él, que todavía era su vida, incluso después de todos los giros extraños.


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No era un lector habitual de las columnas de la sociedad, pero desde que se había enamorado de Diana Holland se había encontrado buscando en ellos compulsivamente cualquier pequeña mención de ella. Así fue como podía estar seguro de que ella se encontraba allí, en el barco, envuelta en contra del frio. Arriba las nubes acumuladas y cernidas cuando el barco hizo progresos constantes a través del agua de New Jersey, donde ellos podrían abordar el tren. Se hizo mucho más agradable el viaje saber que ella se encontraba cerca, pero él estaba nervioso por ella también, y el temía que podría pasar si Penélope notaba que estaba mirando a Diana en el modo que sabía que no podría ayudar. Al llegar a New Jersey y abordar el Aries, Henry eligió una ruta que era bien conocido para él. Incluso antes que el tren saliera el fue al común bar de coches, muchos autos se quitaron de su camino, y envió un chico mensajero a buscar a Teddy. Desde que estaba bastante seguro que la sobriedad estaba en el ahora —el frio del pasaje del rio estaba aun bajo su piel— deshizo sus puños y se quito su chaqueta y pidió un whisky. Las cortinas borlas baratas fueron bajadas, y un músico pianista mantuvo un ritmo sincopado en el fondo. El auto estaba lleno de soldados, fumando y barajando, y tanto ninguno de ellos levanto la mirada cuando el tren pito para anunciar su salida de la estación de Pennsylvania y dio sacudidas en movimiento. Ellos no alcanzarían su destino por otro día y medio al menos. ―¿No pierdes tiempo verdad?‖ dijo Teddy al salir por la puerta de cristales empañados y levantar uno de los taburetes de madera desvencijados. Miro a su viejo amigo, que era dos años menor que él, con unos firmes ojos grises. Henry no se levanto desde su trago, pero trato de sonar como un anfitrión. ―¿Cómo logró todo el mundo instalarse dentro?‖ ―Bueno, yo pienso.‖ Teddy indico al barman.


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―Siento que nuestro viaje fuera requisado de esta manera.‖ ―Oh, está bien, me gustaría tener damas alrededor. Fue un duro viaje en la barca, ¿o no? Pero todo el mundo llego a la estación, y están todos instalados en sus asientos ahora… el hermano de tu esposa, Bouchard, Miss Broad y las Misses Holland. Tú esposa estaba en un gran esfuerzo para recibir a las Hollands, y Elizabeth parecía estar haciendo lo mejor para devolver el entusiasmo.‖ Ambos hombres tomaron un sorbo de sus bebidas y dejaron que el extraño sonido de la palabra esposa flotara lejos sin examinar. Teddy siempre parecía vagamente perplejo por lo que Henry había hecho, y Henry, sin querer hacer de él más un canalla, no se atrevía a divulgar la transacción que ha dado lugar en su matrimonio. Se sentaron en un cómodo silencio, bebiendo despacio y haciendo lo posible para parecer como los otros hombres en el auto, que sin duda no lo eran. ―¡Schoonmaker, Cutting!‖ Teddy miro primero, la mirada de Henry lo siguió después de un momento de retraso. Llegando a través de la puerta, cigarrillo ya encendido, estaba la figura del hermano de Penélope. Desde su boda, Henry se encontró siempre nervioso por la vista de Grayson Hayes, a pesar de que lo había visto en salas de juegos y tarde-noche cazas por años y no sintió nada de la conexión familiar. Pero ahora Henry vio que Grayson tenía la cara de su hermana —la nariz orgullosa como una flecha boca abajo, el azul extremo de los ojos, y el pálido rostro ovalado desencadenado por pulido, cabello oscuro. Estas características le dieron la apariencia— probablemente falsa, creyó Henry, aunque aun era imposible de ignorar… de ser el emisario de su hermana menor. ―Agradable el estilo de viajar de su familia,‖ Grayson continúo con una sonrisa apreciativa.


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―Gracias‖ respondió Henry. Había una sorprendente diferencia entre las miradas de los hermanos Hayes, que era que los ojos de Grayson estaban colocados muy juntos. Lo hacían ver un poco estúpido, que casi ciertamente estaba a punto de serlo. Era bien sabido que entre los jóvenes corteses de New York que el joven Hayes era un empedernido, y no un muy buen jugador. Si Henry había realizado una apuesta con lo que diría a continuación Grayson, lo habría hecho muy bien. ―¿Estás listo para un juego de póker?‖ Grayson boto su cigarrillo en el piso y lo apago con su pie. Había una luz maniaca en sus ojos, y sus hombros estaban ensartados con energía. Otro día Henry podría haber dudado, o Teddy podría haberlo pensado mejor, pero en ese momento en particular el joven Schoonmaker

había

tenido

suficiente

de

sentimiento

podrido

que

aparentemente llego con hacer lo correcto. ―Estamos dentro‖ Dijo él. ―Necesitamos dos más para un juego apropiado‖ Indico Grayson, casi como si estuviera convocando la ayuda, a dos soldados que estaban ociosamente tomando botellas de cervezas en una mesa continua. Miraron por un momento como el hombre en un cuello de ala y corbata ascot retiro las sillas de la mesa de madera simple y se sentó. El era todo negocio y su atención estaba fieramente en las cartas. Luego ellos se acercaron, retirando sus sillas, tomando sus lugares. ―Bienvenidos, caballeros,‖ el dijo mientras partía la baraja y comenzaba a repartir. Henry se sentó, como lo hizo notar la sencilla dignidad de los hombres uniformados. Ambos llevaban chalecos provistos de perforación azul de lino con un desfile de botones de metal en el frente, pantalones viejos pero limpios, y polainas a la altura de la rodilla sobre sus botas de viaje.


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El hombre con el bigote espumoso puso su sombrero de campaña en la parte posterior de la silla y el de afeitado limpio que imitaba el gesto. Era imposible para Henry saber que tan viejos eran… el de afeitado limpio podría haber sido más joven de lo que él era, y sin embargo ambos todavía eran mucho más viejos. ―¿A dónde se dirigen muchachos?‖ preguntó mientras miraba a escondidas sus cartas. ―Tampa‖, dijo el bigotudo, como si el lugar tuviera un significado que las personas de ocio no podía entender. ―Con la Quinta Infantería, señor, bajando para mantener a los cubanos en línea.‖ Su compañero sonrió, mirando sus cartas. ―¡Cuba!‖ Henry realizo una apuesto. ―¿Su amigo Bouchard no tiene intereses de azúcar allí abajo?‖ ―Si‖ Grayson respondió sin levantar la mirada de la mesa. ―Aunque él no apuesta,‖ añadió, sin embargo eso lo descalifico como un tema de conversación. ―Estamos haciendo lo mejor para mantener la isla a salvo para los intereses de América, señor.‖ Teddy hizo un pequeño movimiento saludando agradecido. ―¿Incluso matar a cualquiera?‖ pregunto abruptamente Grayson. Todo pensamiento en la cabeza de los hombres era sobre cartas, Henry lo sabía, pero aun así hizo una mueca al comentario grosero de su cuñado. Comenzó a sentirse incomodo, y se dio cuenta que realmente no quería oír la respuesta. ―Perkins vio acción durante la guerra contra los españoles,‖ replico el de afeitado limpio, haciendo gestos, genialmente suficiente, a su más hirsuto amigo. ―Y fue herido en la carga de Loma de San Juan.‖


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Henry y Teddy miraron a Perkins, y aunque sus pálidos ojos traicionaron a una reticencia, el los obligo diciendo, ―Yo me enliste después de la masacre de Maine. Ningún americano podría haber sabido de tal traición y no poder actuar.‖ Henry podía pensar en tres ejemplos en la misma mesa que desaprueba esa noción, pero el asintió con la cabeza como si fuera la verdad del Evangelio. ―Mi hermano estaba en ese navío.‖ el del afeitado sacudió su cabeza y considero la carta que recién había tratado. ―Murió en un hospital sucio en la Habana, y cuando embarcaron su cuerpo de vuelta mi madre no podía ver lo porque toda su piel estaba quemada.‖ Hubo una grave pausa larga, pero luego la cara de Perkins se relajo un poco. ―Bueno,‖ concluyo, ―Eso es lo que nos hace a todos arrastrarnos por el toque de diana cuando aún está oscuro. Eso es lo que hace estar lejos de casa sea soportable.‖ Los tonos en que los hombres hablaban de la vida y la muerte fueron pesados en el aire alrededor de ellos. Más cartas fueron repartidas y más dinero era lanzado al centro de la mesa. Teddy, quien ya estaba fuera del juego, estaba mirando a los soldados intensamente, pero Henry difícilmente podía mirar lejos de sus cartas. Estaba consciente, en una manera vagamente embarazosa, no solo en su chaqueta pero también del fino lino de su camisa, suave en contra su piel bien protegida, y el corte elegante de sus pantalones y de las series de vagones por delante de ellos con sus elaborados adornos, algunos de los cuales era dueño, o su familia, de todos modos. Y cuando pensó en su vagón, era imposible no fijarse en quien se sientan dentro de el. Su cabeza aun estaba llena de Diana, y la forma en que su nariz se vuelve rosada y sus ojos crecen brillantes en el frío.


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Henry doblo, seguido poco después por el hombre lampiño. Luego los dos últimos jugadores dieron vueltas sus cartas. Cuando Grayson vio que había perdido, empujo el dinero al centro de la mesa hacia Perkins en la frustración. ―De nuevo!‖ gritó, casi diabólicamente, y comenzó a juntar las cartas para repartir otra mano. Henry y Teddy accedieron, aunque con menos entusiasmos esta vez. Uno de ellos había llegado a ser reservado y serio, y el otro fue absorbido también por la idea de cierta presencia de una joven en alguna parte a lo largo del tren mientras se desplazaba hacia el sur, cada vez más cerca del sol, para preocuparse mucho como pasa sus horas.


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Capitulo 13 Traducido por: Kiiariita G Tengo una tarea especial para ti, una que disfrutaras. Ven a mi asiento tan pronto como sea posible, ¿Lo harás? P PENÉLOPE ESTABA RECLINADA CONTRA EL ASIENTO VERDE ESMERALDA en su pequeña sección del vagón de los Schoonmaker, su pesada falda de marfil coleando en los paneles de madera pulida del piso. Habían viajado muchos kilómetros y habían llegado a esa hora lenta antes de la comida. Sus invitados estaban disfrutando los aperitivos en sus asientos; podía observarlos,

por el pasillo, solo parcialmente oscurecida por las puertas

corredizas que separan cada sección. Sus brazos, que fueron cubiertos en la muñeca en chiffon ondulante de color rosa, estaban cruzados sobre su pecho, y mantuvo una ceja arqueada cuando miró por el pasillo. Miss Broad estaba en el siguiente sector y situada a través del pasillo, todavía con el traje deportivo color camello que había usado cuando abordaron tarde por la mañana. Estaba observándola, alrededor de los aros y flequillos, a los helechos y flores cortadas, pensó que nunca había visto antes tales adornos. Era muy posible que no. Cada vez que un hombre caminaba por el pasillo ella miraba


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expectante como si fuera Leland Bouchard; sus parpados pesados caían sobre sus iris verde salvia cada vez que se daba cuenta que no era él. Ella estaba enamorada de él — esto era perfectamente claro para Penélope de la forma que siempre se pregunto si él estaría presente en los eventos que ellos asistían. — pero no tenía que ser tan patética al respecto. Más allá de Miss Broad y en el mismo lado del pasillo estaban las Misses Holland. Ellas se sentaron juntas en el asiento, los tonos rojizos en el pelo de Diana sobresalían en la tapicería de terciopelo verde. Los ojos de la hermana mayor se habían cerrado, y descansaba su cabeza en el hombro de la menor, que miró a Penélope con una demostración excesiva y probablemente de afecto insincero. La hermana morena, mientras tanto leía un libro. Ella era bella— Penélope lo sabía, incluso cuando el conocimiento le quemaba. Sus rizos brillaban, sus ojos eran brillantes y sus características eran magníficamente serenas. Aunque Penélope había utilizado la noticia de su deshonra con el fin de asegurar su propio matrimonio, su ex amante mantiene un aura de pureza que a Penélope le hubiera gustado abofetear su cara áspera. Mientras tanto, la impaciencia de Penélope crecía. Había enviado al mensajero hace media hora, y aún nada. Inclino la cabeza hacia atrás contra los abultados cojines y miró el espejo biselado arriba. Los labios que vio el en reflejo sobre el techo eran generosos y escarlatas, el pelo oscuro en contraste con su incandescente piel. Su pelo estaba hecho elaboradamente, con rizos y trenzas y el pequeño fleco dividiendo la frente intachable. Ella no había pensado que los afectos de Henry durarían tanto tiempo, o que Diana sería parar ella tal competencia. Pero Penélope tenía que reconocer a regañadientes cuánto espacio ocupaba aún la joven Holland en el corazón de Henry, para cuando estaba remotamente cerca de ella toda su actitud cambiaba. No era que Penélope se sintiera débil o particularmente infeliz. Estaba en ese mismo momento cómoda— era su política de siempre estar cómoda a


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menos que la belleza lo exigiera de otro modo— y disfrutaba recibiendo a un grupo de invitados en los magníficos coches que todo el mundo sabía que eran propiedad de su familia por ley. La indiferencia de Henry era irritante, pero no podía quitar mérito al orgullo que sintió de ser tan públicamente conocida por ser su consorte, o ser vista como propietario de igualdad de sus muchos tesoros. Aunque sintió la ausencia de Isabel un poco— esa señora siempre sabia como disfrutar las cosas buenas— estaba sumamente satisfecha de ser la única Mistress Schoonmaker abordo. ―¿Y que es lo que quiere mi hermana favorita?‖ Penélope se volvió para ver, al menos, la figura de su hermano acercándose desde la parte trasera del tren. El se movió rápido para besar su mejilla, y luego cayo en el asiento cubierto de terciopelo frente a ella. Había un brillo de sudor en su frente, y sus puños estaban deshechos. Ella considero pero decidió en contra señalando que ella era su única hermana, y que no había otros para jugar con los favoritos. ―Tengo una asignación para ti,‖ respondió eventualmente. ―Una tarea‖ la boca de Grayson se torció en la esquina y miro a su hermana menor atentamente con sus coincidentes ojos azules. ―Si‖ Penélope hizo una pausa, y dejo vagar su mirada hacia abajo donde estaba Diana. La muchacha levanto la mirada de su libro y dejo que sus intensos ojos marrones devolvieran la mirada a Penélope por un largo momento. Ella y su hermana se habían vestido para la cena, aunque el vestido pálido de Diana con el profundo escote y encaje y con las mangas abombadas, era evidente que no era uno nuevo. ―No pienso que te opongas, después de que lo hayas oído.‖ ―Tus pequeñas ideas son siempre divertidas, Penny.‖


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El menor de los hermanos Hayes sintió otra punzada de irritación al oír el apodo de su infancia, especialmente después de que le había hecho el elogio de esperarlo. ―Por favor no me llames así.‖ El sonrió, y la luz de las lámparas que brillaron bajo el techo del auto se reflejó en sus dientes blancos. La oscuridad estaba cayendo en la ciudad pasando por sus ventanas, y las sombras emergieron para dramatizar la arquitectura de sus caras, ninguno de los cuales fue construido por expresiones amables. ―Mis disculpas, Mistress Schoonmaker.‖ Ella le devolvió la amplia sonrisa. ―Gracias, hermano.‖ ―Cualquier cosa por ti, querida hermana.‖ ―Me alegro de oír eso‖ continúo, bajando confidencialmente la voz, ―Porque tu tarea requerirá una especial delicadeza.‖ ―¿Y eso es porque?‖ Penélope inclino su cabeza a la izquierda y dejo que todos sus dedos largos descansaran contra su esbelto cuello. ―Me gustaría que fueras un poco agradable—un poco cariñoso— con la joven Miss Holland.‖ Grayson hizo una pausa y miro hacia abajo por el pasillo de tren; Penélope se extendió para así poder ver lo que él vio. Diana no levanto la mirada esta vez, pero ajusto su posición para que la luz mortecina de afuera emitiera bonitas sombras en su pecho de melocotón. ―¿Un poco agradable?‖ pregunto Grayson mientras se reclinaba de nuevo en su asiento. Los ojos de Penélope rodaron tímidamente al espejo encima de su cabeza.

Se enderezo el flequillo y consideró sus palabras. ―Si, pero no


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demasiado amable. Consigue gustarle, pero luego contente. Lo entiendes, ¿no? Mantenla ocupada, pero mira si no puedes jugar un poco alrededor su corazón. Ella es tan joven, y puede permitirse el lujo de ser jugado un par de veces todavía.‖ Ella arrugo su nariz y guiño un ojo a su hermano. No estaba segura si él iba a preguntar por que, y no queriendo detenerse a justificarse, agregó: ―Solo por diversión. Tenemos un largo viaje en tren, y uno necesita entretenerse y unos invitados durante una estancia junto al mar.‖ Grayson miro a las Hollands una vez más, y luego se giro hacia su hermana con una expresión vagamente divertida. Se pasó los dedos por su oscuro cabello pulido, y luego se encogió de hombros, como si le diera lo mismo. ―Bueno, ¿por que no? Es bastante bonita.‖ ―¡Te dije que te gustaría!‖ Penélope rio, aunque las cualidad físicas de Diana Holland no eran en lo mas mínimo gracioso para ella cuando, en el siguiente momento, su esposo entro en el vagón, mirando por el pasillo a la muchacha, e inmediatamente asumió la expresión de un hombre golpeado por la flecha de Cupido. Si Grayson— cuya mirada vacilo un momento entre ambos Schoonmaker—haciendo todas las conexiones, no dio muestra de ello. Luego Mistress Schoonmaker se paro, extendió sus brazos cubiertos de gasas color rosado a los hombros de su esposo, y bloqueó su vista. Unos segundos pasaron antes de que los ojos de Henry encontraran los suyos, pero apenas había reconocimiento absoluto en ellos.


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Capitulo 14 Traducido por: Kiiariita Los viajes pueden llevar mucho tiempo, son polvorientos, calurosos, y odiosos, incluso para los turistas más ricos. Una dama nunca muestra su incomodidad, sin embargo, es por eso que debe acercarse a cualquier barco o vagón preparada para jugar la imaginación. —DRESS MAGAZINE, FEBRERO 1900 EL TREN SE SACUDIÓ UN POCO YA QUE AVANZABA A SU DESTINO, pero Diana se movió bajo su longitud con determinación, yendo hacia el norte mientras la bestia de hierro iba hacia el sur, tirando de su falda azul pálida clara de sus largos pasos como ella lo hizo. Su mentón sobresalía y su brazo izquierdo se balanceaba. Su pelo, que su hermana había arreglado tan bien para la cena, ahora estaba aflojado cerca de las orejas; en un ánimo menos distraído podría haber reconocido que en el momento que sus rizos tomaron vida propia era a menudo también la cima de su belleza. Pero ahora sus emociones habían anulado el pensamiento racional y estaba tan emocionada por algo— aunque ella no sabía lo que era—que ella se había encontrado pronunciando palabras para si misma y tuvo que refrenarse antes que comenzara a balbucear como una tonta. Estaba en camino a ninguna parte en particular, aunque estaba en un humor demasiado necio y egoísta para estar con su hermana por más tiempo. La cena había agotado a Elizabeth, que ahora estaba durmiendo en su litera. La


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mayoría de los otros viajeros también estaban durmiendo— las luces estaban bajas en los corredores, que estuvieron llenos de un severo silencio. De vuelta en el Aries, Penélope y Carolina estaban jugando cartas; los hombres se habían retirado a su mundo solo para hombres, después de la cena. Podría haber ido a la cama también, lo sabía, pero su mente estaba toda iluminada. Los viajes siempre la excitaban— los fuertes olores desconocidos, el movimiento, la ansiedad de la llegada y salida, los gritos de conductores, la idea de ella cansada por el cambio de nuevos entornos. El tren también la fascinaba— estaba formado por todas las habitaciones y los aparatos de la existencia humana cotidiana, excepto dado que era ligeramente mas pequeño, como si fuera algún tipo de vitrina para los maniquís, y luego ensartados juntos en un collar muy largo. Mas que nada, aunque sus pensamientos regresaron implacablemente a Henry, y como ella había estado cerca de él después de muchos meses. Él había usado un esmoquin en la cena y le había dado una fugaz mirada. Pero le había dicho que el aun la quería solo a ella, y eso era suficiente para despertar su imaginación. Ahora cada vez que él tocaba a su esposa ella veía su desprecio; cada vez que él lo hacia giraba sus oscuros ojos en la dirección de Diana, ella sentía el roce de sus labios contra su garganta. No había dormido después de eso. Era como una heroína en una novela que ella misma estaba escribiendo; el personaje seguía protestando que ella era demasiado fuerte para el amor, y aún así el narrador fue describiendo su deseo. Entonces había salido, a un ritmo que podría haber sido más adecuado para un paseo en el parque, por los pasillos del tren. No tenía un destino, y en cualquier caso, residía más en la cabeza que en el cuerpo. Partes del país que nunca había visto y que normalmente habría tenido curiosidad de ver pasaban por las ventanas, iluminadas por la luz de la luna, pero no se paro a ver. El tiempo pasó y ella continuo en el mismo camino. La única cosa que calmo su


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caminar inquieto fue el sonido de su propio nombre, seguido rápidamente por la sensación de manos en su brazo. Se giró y centró su mirada en el hombre en cuyo camino ella se había cruzado. Estaban en un estrecho pasillo— su espalda estaba contra una pared de paneles, y Henry Schoonmaker estaba parado frente a ella, la calidad de oro de su piel era evidente incluso en la penumbra. Sus ojos estaban un poco hinchados, ella no podía dejar de notarlo, y estaban sobre ella, enterrados en su interior, en la manera que solo un hombre que viene saliendo del desierto puede mirar a un vaso de agua. ―Di, lo siento,‖ susurró cansado. Ella miró arriba y abajo del pasillo para asegurarse que nadie los miraba. Él la había atrapado en una conjuntara sin ventanas, y allí había solo la luz de unos pocos candelabros. ―¿Por qué? Replicó, esforzando en su voz un intento de sonar descuidada e ingeniosa. Ella inhaló el olor familiar de él, de cigarrillos y almizcle y todas esas otras cosas masculinas indefinibles, y se preguntó si él no estaría un poco bebido. Se pregunto como podía el beber — ella misma se sentía demasiada mareada ya, solo por estar en su entorno general. Luego el desvió la vista, el tiempo suficiente para recuperar el aliento y dejar a sus dardos de ojos a diestra y siniestra antes de concentrarse en ella otra vez. ―Tú presencia aquí es un riesgo. Si Penélope le dijo a cualquier persona lo que hemos sido el uno para el otro nunca seria lo mismo para ti. Me temo que he sido muy egoísta…‖ Diana estaba distraída por la amplia cara aristocrática de Henry, con su altura, con sus ojos pequeños y su nariz fina y los labios, los cuales ella quería, incluso ahora y contra todo su buen juicio, presionarlos contra los suyos propios; había perdido la pista de lo que él estaba diciendo. ―Si ese es el caso, lo siento mucho.‖


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―Yo no,‖ dijo ella. ―Oh, Di,‖ respondió él con voz ronca. Ella era muy consciente de la velocidad con la cual el piso donde ella estaba en pie estaba pasando sobre la tierra, interpretación de paisajes y observadores de inactividad borrosa, si solo ella pudiera verlos. Ella misma se sentía borrosa y apresurada. Una parte de ella quería escuchar a Henry por horas, pero la otra parte— el que era todo hormigueo— sabia que alguien podía venir por el pasillo en cualquier momento y ver a un hombre casado en una esquina oscura con una vulgar chica. Luego ella nunca sabría como terminaría esta historia. El tren se sacudió en sus pistas, el movimiento del auto desequilibro a Henry, por eso de repente él estaba mucho mas cerca de Diana. Él aun estaba mirándola con esos ardientes ojos, y por un breve momento ella estaba segura que la misma idea estaba en la mente de ambos. Los labios de Diana se separaron. Él ahora estaba lo suficientemente cerca que ella podía sentir su pulso, el cual estaba rápido. Su respiración se había vuelto corta, y ella sabia que la de él igual, porque ella podía sentirlo contra su cara. Él dudó por otro segundo, y luego una puerta se abrió al final del coche. Todo el ruido de afuera rompió el momento. Diana volvió su cabeza hacia su hombro y Henry bajo su barbilla. Ellos tendrían que moverse rápido. Él dejo a su mano correr por el brazo de ella y a través de sus dedos, y luego se dio media vuelta y caminó hacia la puerta abierta, con sus hombros cuadrados con el viejo derecho empedernido. Un momento después, ella lo oyó interceptando al portero. Diana giro a la izquierda y se apuro en la dirección contraria. Había mucho más del tren para caminar, y ya sabía que no dormiría en toda la noche.


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Capitulo 15 Traducido por: Kiiariita Una mujer saliendo de luto, especialmente si es su esposo quien falleció, debe estar siempre vigilando sus nervios. Yo conocía a muchas damas quienes, cuando regresaban a la sociedad, con su exceso de voces y tendencia a sobre estimular, vio estrellas, se volvió mareada, y tuvo que ser llevada a toda prisa a la cama. Guía Van Kamp de economía doméstica Para damas de la alta sociedad, edición de 1899 ―Oh, Liz, están bueno tenerte toda para mi misma lejos de la ciudad.‖ Penélope se acerco a un paso rápido y tomó las manos de su vieja amiga. Sobre el hombro de su anfitriona, Elizabeth podía ver el bamboleo de las cabezas de los otros invitados, y quizás hizo una mueca de duda, por que Penélope continuo rápidamente: ―O para todos nosotros, mejor dicho, que es lo mejor que viene.‖ Elizabeth pareció no haberse disgustado por esas falsas salidas y abrió la redondez de su pequeña boca en una generosa sonrisa. Ayer, después de que el tren finalmente hubiera partido y después de muchos hola, y también después de ser encorsetada por la doncella del tren y pintando una famosa tez de alabastro para que no pareciera demasiada tan muerta, ella se había sentido cansada. Esto era de esperarse, y de todos modos, no le importaba mucho,


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porque cada vez que se cansaba, sabía que podría encontrar la deriva con los ojos cerrados, y luego podría estar con Will por un momento. Pero esta mañana estaba sintiéndose mejor de lo que esperaba, no en lo más mínimo por los suspiros contentos que Diana dejaba salir en sus sueños. Estaba contenta de haber ayudado a su hermana menor a venir a este viaje, y ese conocimiento la hizo sentir no tan débil. ―Que encantadora y amable anfitriona eres, Penny,‖ respondió Elizabeth como lo señalo su antigua amiga mas cercana a ella. Había conocido a Penélope durante un tiempo, y estaba muy consciente cuan poco le gustaba aquel diminutivo. Hicieron una bonita imagen, que había sido probablemente hecho por una de las motivaciones de un ex de Miss Hayes en su amistad en primer lugar. Sus largos cuellos eran ambos destacados por caros collares— intricados, encajes brillantes para Penélope, y estupendo algodón azul para Elizabeth— y sus delgadas cinturas eran mostrados por equipadas sastrerías.

El color

opuesto de las chicas las hacia resaltar a cada una. Elizabeth había tenido cuidado extra con su pelo esa mañana, y esta se elevo en una brumosa nube rubia sobre su frente. Miró hacia atrás una vez y vio a su hermana dar una pequeña exhalación de desaprobación, y luego concentro toda la fuerza de sus capacidades sociales— lo que quedaba de ello— en el cuarto privado del vagón restaurante, donde el desayuno estaba previsto en bandejas de plata. ―Perdiste mucho peso desde el Otoño, tendremos que conseguirte algo de comida rápidamente,‖ Penélope continuo cuando entraron a la habitación. Elizabeth noto el sadismo sutil de eso último, pero decidió ignorarlo ya que se unieron al resto de la fiesta, quienes estaban reunidos en un grupo suelto más allá de la puerta. Una larga mesa estaba colocada debajo de un techo gótico de nuez tallado y grabado con ventanas arqueadas colocadas por encima de ellos para


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dejar entrar la luz de la mañana. Penélope pasó a Elizabeth a Teddy Cutting, quien la acompaño a su lugar en la mesa. Ella se había alegrado cuando vio su nombre en el papel, junto al suyo, en la columna que informo notables salidas desde la ciudad, y había sentido un tipo de alivio en su presencia en el comedor del vagón esa mañana. Teddy no juega como el resto de sus compañeros. Él retiro su silla hacia atrás, y ella trato de no revelar los vértigos que vinieron cuando se sentó. El hermano de Penélope, Grayson, quien estaba usando un abrigo del color de un ala de paloma, tomo el brazo de Diana, y Henry tomo el de Lina, y todos se movieron hacia la mesa, los caballeros retirando las sillas hacia atrás y luego sentándose para que así ninguna dama se sentara junto a un miembro de su propio sexo. Elizabeth sonrió ligeramente, pero con la vieja gracia—Teddy tomó la servilleta apoyada en su bandeja plateada, lo sacudió abriéndolo, y lo coloco en regazo de ella. ―Gracias, Mister Cutting, ―dijo ella. ―Pero no soy una invalida, lo sabe.‖ Teddy la miro, pero solo por un momento cortes de silencio, con sus preocupados ojos grises. Su rubio cabello llevaba menos pomada de lo usual, aunque lo hizo por hábito, una parte en el lado izquierdo de su cabeza y cruzado en el derecho. Ella no lo había visto desde el pasado septiembre, cuando él visitó a su familia en domingo, cuando las personas todavía hacían tales cosas. ―Lo se,‖ respondió después de un momento. ―Es solo que tu pareces tan delicada después de tus… ensayos, y uno siempre quiere protegerte.‖ Hizo una pausa y tomo un largo sorbo de agua. ―Me encuentro siempre queriéndolo.‖ Elizabeth sintió que sus mejillas se sonrojaban, tanto por su tono serio como sus palabras conocidas. Pero Teddy era un viejo amigo y un constante caballero, y supuso que era normal para él hablarle a ella con tanto cuidado, tal como supuso la palabra no siempre tenia una connotación especial. Nadie más


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parecía haberse dado cuenta. Él levanto una bandeja de bollos y le ofreció a ella. El tren se sacudió en medio del campo y Henry, quien estaba sentado en a la cabeza de la mesa a su derecha, miró ausente en su jugo cuando su esposa hablo en voz alta de las casas rurales de Newport y de arquitectos favoritos y otras cosas que muy pocas personas podían permitirse. ―Encuentro su trabajo completamente de auto-grandeza,‖ fue la respuesta de Leland con ardiente animación. Él expresaba todo con su cuerpo entero y con total convicción, como Elizabeth lo recordaba haciendo cuando el era mas chico. Esto era solo una de las características que lo separaba de sus compañeros. ―Aunque aprecio las influencias islámicas que ocasionalmente aporta. Su arquitectura es tan fascinante para mí, todos los minaretes y mihrab, todos los arcos y azulejos, toda esa caligrafía intrincada. ¿Sabia usted que ellos usan la caligrafía en la decoración porque están prohibidas las imágenes? Oh, si…‖ Elizabeth sonrió en privado, pensando cuan frustrada debe estar Penélope por haberse metido en una conversación en la cual ella fue destinada a ser la participante menos activa. Leland, mientras tanto, continúo sin cesar, como dando un sermón. A su lado se sentaba Lina, usando un traje de espina marrón claro ajustado en terciopelo marrón oscuro. Todo lo que llevaba parecía mal ajustado en la forma que marcan las cosas nuevas a menudo hacen; ninguna de sus ropas se habían aun suavizado a su cuerpo, y ellos parecían ocasionalmente reírse a la menor manera fluida en que ella se movía en ellos. Eso fue poco caritativo, Elizabeth se advirtió. Pues aunque ella aun no se había sobrepuesto de la incomodidad de ver a su ex criada socialmente, perder a Will hizo difícil mantener un sentimiento de odio hacia cualquiera que no fuera de pura maldad. Y por supuesto lo que Lina había dicho en el No.17 era verdad—que ella también amaba a Will, así que no podía ser tan mala. Ella se veía bonita de una manera, Elizabeth podía verlo ahora. Con sus ojos de color liquen y su cabello recogido, le recordaba a Elizabeth de su enfermera de la


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infancia, la madre de Lina, que fue hermosa y amable y siempre tan calmada en medio del caos de las Hollands. Elizabeth rompió una parte elegante de bollo y se la puso en su boca, esperando que un poco de alimento solido tuviera un efecto estabilizador. Sintió a Teddy observándola, y trato de darle una sonrisa tranquilizadora. Justo entonces el tren pasaba por una curva. Ella se dio cuenta de cuan rápido estaban yendo y tuvo que lograr mantener su equilibrio sobre la mesa. La curva había desestabilizado lo que parecía todo lo demás en el vagón comedor también. Las tazas temblaban en sus platillos y los cuencos en sus platos. Todos dejaron de hablar, excepto Leland, que siempre se movía tan inquietamente que quizás estaba sin comprender del tren a su alrededor. Él hizo un gesto salvaje y su mano encontró una garrafa de agua,

que de punta, temblaba, y que

finalmente salpico a Lina. Los ojos de Elizabeth se movieron hacia ella. Por un momento la ex criada miro como si ella hubiera dejado caer un collar de perlas y estuviera viendo como se separaban y rodaban lejos sobre el piso de mármol duro. ―¡Oh!‖ Penélope grito, chasqueando sus dedos a los criados. ―Lo siento tanto,‖ Leland jadeo, horrorizado consigo mismo, cuando comenzó a secar la falda de Lina. ―Voy a tomar algo mas de jugo,‖ dijo Henry a nadie en particular. ―Oh… esta todo bien.‖ Lina estaba ruborizada por toda la atención y parecía haberse sobrepuesto de cualquier devastación sobre su vestido. Estaba mirando a Leland como él furiosamente trataba de absorber el agua de su regazo. Los criados de uniformados de blanco y negro descendieron sobre ellos con servilletas nuevas y una nueva jarra. Henry recibió una copa llena de jugo. Abajo al otro extremo de la mesa, Diana se inclino y saco un croissant de una


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bandeja de plata, muchos rizos brillantes oscuros cayeron adelante a través de su barbilla cuando lo hizo, luego volvió a sentarse sobre la silla. ―Miss Diana,‖ dijo el hermano de Penélope, Grayson. ―¿Puedo pasarle la mantequilla?‖ ―No gracias, esta bastante deliciosamente mantecoso,‖ respondió Diana con aspereza. Estaba llenad e una extraña energía esa mañana. Ella cada momento tenía un propósito y vida, y parecía encontrar satisfacción en cada pequeña cosa. ―Hay una gran cantidad de delicias aquí, debo decir…‖ El hermano de Penélope estaba ubicado en el extremo de la mesa, y aunque Elizabeth quería mirarlo para asegurarse que el no estaba coqueteando con su hermana menor, un sentido de decoro le impedía girarse. No le gustaba su pronunciación lasciva, y lo hacia sonar como flirteo, aunque tal vez era solo un comentario casual, se dijo a si misma cuando miró a Henry. Pero cuando miró, Henry se limito a mirar su vaso de jugo. Todos estaban actuando tan… extraños. ―Miss Elizabeth,‖ dijo Teddy. Su voz era suave, incluso como todo el resto comenzó a balbucear. Él se acercó y puso ligeramente sus dedos sobre su muñeca. ―¿Estás bien? No luces bien. Fue una curva cerrada, y supongo que habrán mas…‖ Las puntas de los dedos de Teddy, descansaban en su pálida piel, comunicaron tal exquisita bondad que por un momento ella sintió una variedad de felicidad radiante que no había experimentado en mucho tiempo. Duró solo un segundo y luego se vio abrumada por un terrible giro en su estomago. Ella se dio cuenta con temor y disgusto que se había permitido una sensación agradable— algo que sin duda nunca podría merecer otra vez— y


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que había sido inspirado por otro hombre, un hombre que había nacido con suerte y seguro y que sin duda no era Will. En un instante sabia que iba a vomitar. Su cabeza estaba muy fría y su cuerpo muy caliente. Todos en la mesa estaban atrapados en sus propias voces altas y pensamientos apremiantes. Dejo que sus parpados cayeran por un momento y rezó que pudiera llegar al baño; luego hizo retroceder su silla y se alejó del comedor vagón privado.


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Capitulo 16 Traducido por: Thpy Supimos de buena fuente que el último punto de interés de la sociedad, Miss Carolina Broad, está acompañando a los Schoonmaker a su fiesta en Florida, lo que sin duda impresiona a todos sus nuevos amigos. Ella ha informado que viajará solo con una doncella y sin su usual chaperón, Sr. Carey Lewis Longhorn, quien puede hacer que uno de esos amigos sea prudente, aunque ciertamente no hará que ninguno de nosotros pierda el interés. DE CITÉ CHATTER, MIERCOLES, FEBRERO 14, 1900. Srta. Broad siento muchísimo lo de esta mañana. La recompensare llevándola a pasear en mi automóvil cuando lleguemos a Florida. ¿Le gustaría? ¿Ha ido alguna vez en un automóvil? Le aseguro, mi torpeza sólo se revela en los salones y en mesas de comedor caprichosamente establecidas. Usted puede confiar en mí como su conductor. En un vehículo… Carolina sonreía y asentía con la cabeza entusiastamente. Era difícil entender todo lo que Leland decía, ya que hablaba muy rápido, y por eso ella también a veces se perdía en el tema, sin saber si se suponía que debía asentir o sacudir la cabeza ya que él hacía muchas preguntas al pasar, y ella deseaba responderlas todas de manera de estar segura de pasar mayor tiempo en su compañía. Se sentía tan mareada y delicada con él que dejaba de concebirse como ella misma.


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Se cambió su vestido empapado, después del desayuno, a un elegante traje de seda azul marino con complicadas formas y con una cinta blanca como detalle, y desde entonces él ha estado revoloteando a su alrededor en el tren. Había pequeñas explosiones de encaje en sus muñecas y garganta, y ella hacía recatadas florituras con las manos cada vez que tenía la oportunidad de decir algo, ya que le gustaba ver cómo se veían en vuelo. Leland la llevó de inmediato a visitar al ingeniero del tren y oír al guardafrenos que evalúa el estado del mismo — el guardafrenos estaba seguro de que todos llegarían a Palm Beach en una pieza —. Ahora él llevó a Carolina al coche de observación sobre su cubierta, que miraba hacia atrás, a lo largo de los rieles que se arrastraba a sus espaldas, curvándose de forma que desaparecían entre los árboles desnudos. El día fue frío y seco, el paisaje perezosamente despoblado de la tarde fue reguardado por el cielo azul. El vestido de Carolina se movía con el viento cuando se detuvo detrás de Leland y sintió el aire azotándola, que era más cálido que en Nueva York, pero aun así un poco tonificante. Como el salón detrás de ellos, que fue equipado con mullidos sofás, enormes mapas y cortinas de terciopelo, la plataforma de observación estaba magníficamente construida, con un techo abovedado y borlas sostenidas por pilares enchapados en oro de la plataforma semicircular. La barandilla estaba hecha de madera finamente tallada y muy brillante. — Amo la forma en que la tierra solo cae detrás de ti cuando viajas en un tren. ¿Puedes imaginar cómo pudo haber sido para nuestros bisabuelos, quienes difícilmente sabían qué era un tren y nunca tuvieron la experiencia de viajar con tanta facilidad y comodidad? Qué privilegios es vivirlo ahora, justo en este momento, y ser capaz de ir a cualquier parte… De repente él se detuvo y miró hacia afuera, a los árboles. Casi un shock ver a Leland parado de esa forma, la respiración de Carolina se volvió irregular


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al observarlo y apreciar cuán verdadera, real y sobrenaturalmente apuesto era él. Todavía existía el balanceo del tren, a pesar de eso, él extendió la mano y la puso en el pilar de oro. Ella pestañeó, incapaz de dejar de mirarlo. Él era tan grande y, sin embargo, tan esbelto, disminuyendo su torso bajo sus anchos hombros. Estar cerca de alguien de tan considerable presencia física, la hizo sentir pequeña e insignificante. Su cabello estaba un poco crecido, y se escabullía detrás sus orejas. Cuando se dio la vuelta ella notó que había estado mirándole de nuevo y sintió una punzada de vergüenza. — Deberíamos estar en Florida mañana por la tarde —dijo él, con aquella voz inusualmente suave y mesurada. Carolina, cuya mirada se había posado tímidamente en sus zapatos, ahora se daba un pequeño discurso. Seguramente él no pasaría muchas horas con ella si no la encontrara ya bonita, racionalizó, y si él no le ha dicho nada dulce aún, tal vez era porque no quería tomar ventaja, o porque él mismo era tímido en este aspecto, o por una docena más de razones. Por un momento, el inevitable presentimiento de volver ahí sin haber compartido un solo momento romántico con Leland rozó, horriblemente, sus pensamientos. Ella miró sus salvajes ojos azules y decidió que era capaz de mostrarle cómo se sentía. Movió el quitasol a su mano derecha y dio un paso hacia Leland. Sabía que debería estar sonriendo, pero el nerviosismo ya se había expandido a través de ella y se había olvidado incluso de cómo hacer el más básico de los gestos. Todo en lo que podía pensar hacer en aquel momento era terminar la serie de pasos que había ideado para sí misma: ir hacia Leland, luego girar un poco, para que el espacio entre ella, él y la barandilla fuese, de hecho, muy cercano. Tal vez entonces pudiese recordar cómo sonreír. Él ahora estaba


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observándola atentamente, y ella se movía hacia atrás coquetamente, apoyándose en la barandilla. No logró sonreír. En ese preciso momento el coche dio con un bache y perdió el equilibrio, provocando que todo su peso cayera sobre las barras de madera a su espalda. Hubo un terrible chasquido. El viento apareció soplando en sus oídos, y en ese instante ella supo que iba a morir. Las ruedas estaban chirriando en la pista mientras los titulares de los periódicos ya estaban reverberando en su mente, ESPELUZNANTE FIN PARA NOVATA DE SOCIEDAD EN ALGUN LUGAR DEL SUR DE MASONDIXON, ellos leerían, o INGRATA ADVENEDIZA ABANDONA BOLETO PARA LA COMIDA, SE REUNE CON EL CREADOR UN DIA DESPUES. Ella sabía que su cuerpo, de tan poca experiencia con aquellos escasos diecisiete años que tenía, iba a ser aplastado y dejado atrás por toda la demás agradecida y afortunada gente que estaba a salvo en el tren. Entonces, ella abrió los ojos, y se dio cuenta que su vida no había terminado después de todo. Leland la sostenía con un brazo, mientras se agarraba al pilar enchapado en oro con el otro. Había una seria estabilidad en la forma en que él la estaba viendo, incluso al pensar que el cielo sobre ellos y la tierra por debajo estaba cayéndose detrás de ellos tan espantosamente rápido. Su corazón latía con tanta rapidez que se preguntaba si el mismo iba a saltar fuera de su pecho, pero también había una extraña resolución en su interior. El rostro de Leland estaba rojo por toda la sangre que había acudido allí, ella podría decir que él estaba comprometido con un tremendo esfuerzo. Más allá de él, las nubes eran atravesadas con rayos oro que venían desde el sol. Él tiró con todas sus fuerzas, y luego Carolina estuvo derecha otra vez. Ella miró el ferrocarril roto y tuvo que cerrar los ojos con la cruda imagen


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que se formó en su conciencia de lo cerca que estuvo de ser desgarrado una parte de su cuerpo. — Oh, gracias — susurró ella. — ¿Está usted bien? Ella, miró a Leland y vio que su cuerpo se estremecía tanto como el de ella. — Sí. — Dijo ella — O lo estaré en un minuto o dos. El temor de lo que pudo haber sido, aun no desaparecía de su mente, cuando comenzó a darse cuenta de todas las brillantes posibilidades del momento. Ella no era una hábil manipuladora en situaciones sociales — no todavía, de todos modos — pero sabía de una oportunidad cuando la veía. Dejó que sus párpados se cerraran, y que sus labios se vieran débiles, y luego se echó hacia adelante en sus brazos. — Oh, Leland, si tú no hubieras estado aquí… — continuó ella. Pero no tuvo que decir nada más, ya que había doblado los brazos a su alrededor, y la extensión completa de sus manos se apretaba contra su espalda cubierta de seda.


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Capitulo 17 Traducido por: Kiiariita La fiesta Schoonmaker se dice que llega al Royal Poinciana, Palm Beach, Florida, esta tarde, salvo alguna complicación en el viaje. Les puedo asegurar los más exclusivos detalles de su estancia en el sur. Muchas notables personas han estado el invierno en el hotel, incluyendo a Frederick Whitneys, la familia de Lord Dagmall-Lister, el Embajador británico, y el Príncipe de Bavaria y su séquito… -DE

―GAMESOME

GALLANT‖

CULUMNA

EN

EL

NUEVA

YORK

IMPERIAL, JUEVES, FEBRERO 15, 1900 HENRY AMABA UN BUEN HOTEL, Y ERA CONOCIDO POR tomar habitaciones ya sea para una fiesta o por algunos días de descanso en varios de los establecimientos de Nueva York, incluso cuando uno de los clubs que le pertenecían a él y a su padre lo hubiese hecho igual de bien. Encontró muy poco placer, sin embargo, en el Royal Poinciana, una enorme estructura de madera color amarillo limón con blancos adornos colocados entre el Lake Worth y el mar, en la tarde en que su fiesta arribó allí. Él era por ese entonces miserablemente sobrio, y ha estado observando la crueldad con que Penélope atendía a sus invitados. Era como si ella los quisiera en un estado de temor controlada en todo momento. Ahora que estaba más lúcido, se preguntó si es que había algún límite en su comportamiento cuando algo de lo que sentía propio estaba al borde.


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-Aquí estamos, Señor Schoonmker –dijo el conserje, quien los acompañó personalmente a su suite. Henry observó una serie de botones y sirvientas ante ellos, seguían marchando por toda la habitación para acomodar el equipaje, y revisó sus bolsillos para las propinas. -Somos un hotel muy amplio –el conserje explicó-. Nuestros corredores se extienden cuatro millas, y nuestros jardines tienen unos treinta acres. Para usted, nosotros queremos que se sienta como en casa. Queremos que lo sienta como propio. Por favor, no dude en llamarnos en cualquier momento, por cualquier pequeña cosa. No lo dude… Henry tenía la mirada perdida en la cortina blanca en el dosel de la gigantesca cama, que era de un oscuro nogal pulido y se paró en la tarima, en la esquina más alejada, a pesar de que el conserje seguía parloteando. El anciano señor Schoonmaker y Henry Flagler, quien no era dueño sólo del hotel, sino de la mayoría de Palm Beach, habían hecho negocios en ferrocarriles juntos durante su juventud, por lo que Henry sospechaba que la adulación continuaría en buen ritmo hasta que el último botones recibiera su recompensa. Él había escuchado muchos discursos como este antes, en toda clase de hoteles, y a menudo se entretenía haciéndoles preguntas imposibles como la historia del edificio o demandando cepas específicas de vinos que eran imposibles de adquirir en tan poco tiempo. Ninguna de esas payasadas vinieron a él ahora. -El baño en esta suite –el conserje iba diciendo-, es de diecisiete pies de largo, y tiene una bañera empotrada en mármol italiano importado. ¿Quizás a la Señora de gustaría un baño antes de cenar? Podría preparar uno… -No –Henry interrumpió fuertemente. Se detuvo y puso su dedo índice en la esquina interna de su ojo, donde se limpió un invisible rastro de polvo-. No, todo está realmente muy bien. Él pudo ver cuan brusco había sido por el débil pestañeo del conserje. La onda negativa cruzó la habitación, que ahora estaba llena con gran parte del


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equipaje, sujetadas con hebillas y correas, por lo que las mucamas voltearon sus rostros al piso y el muchachito con el carro de latón se movió a la salida, hasta llegar a Penélope, quien retiró su sombrero y volteó para darle a Henry una fría mirada. Su oscuro cabello era largo, rígido, y las dos piezas de su traje rojo reunidas en una cintura increíblemente estrecha, en donde ella colocó su mano. -Verá, mi esposa ama los sucios rumores –Henry se escuchó decir con rancia alegría-, y por eso ella nunca ha sido muy aficionada a los baños. Penélope se apartó, la curva de su espalda captaba los últimos rayos de luz de la tarde, y entonces habló en una voz que él nunca había escuchado antes. Que intimidaba precisamente porque era muy baja y suave. -Todos ustedes deberían irse ahora –ella dijo mientras le entregaba su sombrero a la doncella sin mirarla. La doncella tomó el sombrero, que era pequeño y con plumas que habían sido afirmadas con terciopelo negro, y se bajó de la plataforma al suelo de baldosas españolas. Por como caminó hacia la puerta, le dio a Henry lo que imaginó sería una mirada de súplica. El staff del hotel comenzó a pasar junto a él hacia la puerta, y cuando se iban extendió su mano para darles sus monedas. El conserje le dio una torcida sonrisa que le confirmó que había sido rudo con su esposa en frente de los ayudantes, seguido de un gesto displicente, cuando dejó la habitación, cerrando la gran puerta de bronce detrás de él. Cuando estuvieron solos él notó una cálida brisa que venía de las puertas francesas, abiertas a la terraza, donde Penélope permanecía. Su espalda se enderezó y mantuvo su esbelta figura dándole la espalda, pero incluso así él detectó en su posición un toque de desafío. No dudó que los pensamientos en su cabeza eran sobre cómo iba a mantenerlo alejado para siempre de Diana, y la idea de que alguien dañara a Di hizo que su sangre hirviera. Henry se quitó su chaqueta, y la colocó descuidadamente en una silla de madera satinada. Se movió a través del piso hacia la terraza con una certera


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inquietud de agredir, abrió sus puños y luego puso sus gemelos de oro sobre una pequeña mesa decorativa cerca de la puerta. Se estrellaron contra el mármol, causando un ruido que asustó a ambos Schoonmaker. -¿Henry? –Penélope se volteó para evaluar la situación, y aunque ella asumió un reflexivo tono de pregunta, llevaba un trasfondo de decidida maldad. -¿Qué es eso? –ellos se encararon el uno al otro a través del enorme piso brillante, ambos rígidos y cuidadosos de sí mismos. Todos los muebles entre ellos habían sido pulidos ese día, y brillaban costosos en la tenue luz. Cuando Henry comenzó a abrir los botones superiores de su camisa que había usado toda la mañana en el tren, sus dedos se movieron con una energía casi bélica. La ira de Penélope fue bastante clara en la fuerza en que batía sus negras pestañas. Finalmente ella puso su mano en su cadera, y luego dejó que todo su cuerpo se relajara mientras decía lo siguiente. -Tú sabes que no es de nuestra incumbencia hacer que los sirvientes hablen. Él exhaló fuertemente y se dirigió hacia ella como para contradecirla. Pero ella estaba en lo correcto, y no pudo olvidar la angelical esperanza con la que Diana había esperado ser besada en el corredor del tren. No importaba lo mucho que odiara a su esposa en ese momento, no podía ser impulsivo, pues no era su reputación la que estaba en mayor riesgo. -Preferiría no decirles a todos que mi marido una vez desfloró a una de las famosas muchachas Holland, pero lo haré si tengo que hacerlo –continuó convincentemente. Cada palabra hacía que el aire silbara como una estocada-. Sería desafortunado que tú, en tu propia estupidez, dejara que esta información sea conocida pasivamente, por alguna sirvienta u otro. No creas que no he notado cuan feliz eres de tener a tu ex amante a lo largo de este viaje.


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Hizo una mueca, pero no había forma de regresarle sus palabras. Ella era de temer cuando estaba así, y también tenía razón. Penélope dio otro paso hacia él, y siguió adelante. -Si me entero, o alguien más lo hace, así que es mejor que comiences a jugar al buen esposo antes que nos encontremos en una situación que haría a todos querer llorar. Él asintió y se volteó a contemplar la vista. Diana estaba en algún lugar afuera, entre la brisa y las palmeras, y este conocimiento lo llenó por igual con una feliz anticipación y temor.


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Capitulo 18 Traducido por: Steffanie Mirelle Srita. Diana— Envié a mi sirviente personal a verificar, y este me dijo que el agua esta perfecta ahora. ¿No se me uniría Usted para un paso a la orilla del Mar? Estaré esperando en la terraza por usted…. Su admirador, Grayson Hayes COMO EL RESTO DE LOS SCHOONMAKER, DIANA se había acostado temprano y durmió profundamente hasta el la hora del desayuno. Se despertó con la sensación vigorizante de un nuevo lugar y el aire salado del mar, y decidió tomar un pequeño carro para ir a la orilla del mar. Su hermana seguía demasiado cansada por el viaje como para acompañarla, pero cuando Diana dio unos pasos en la empina playa de arena, se dio cuenta que no le importaba estar sola, para ella el ambiente era una perfecta compañía. El agua azul turquesa se extendía ante ella en contraste con la gran larga franja de la arena blanca, mientras que por encima de su hombro los colores eran los totalmente colores puros, colores atrevidos, puntualizando ocasionalmente las altísimas palmeras verdes. Este era la clase de paraíso donde criaturas feroces estuvieran al asecho en los manglares y cierta dama con convicción determinada podría cazar pumas.


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En New York, cada pulgada de tierra había sido usada para alguna actividad humana, y se encontraba ladrillos y huesos que habían sido enterrados junto con mucha historia olvidada. Aquí era más simple y salvaje, aunque no había prevenido a los bañistas que traían la civilización al paisaje. Los puntos de la tela se extendían sobre la playa y había toda clase de refugios en ellos como si ellos no pudieran aceptar la idea de estar lejos de la civilización y todas sus comodidades modernas. Diana sonrió ante la ironía de eso, pero entonces ella vio otro tipo de belleza salvaje. Ahí, entre la multitud de los bañistas, y no lejos de ella, estaba Penélope Schoonmaker, su sombrero negro de paja cubriendo su impecable rosto y ella arrecostada con sus pies vistiendo medias apuntando hacia las olas. Al lado de ella estaba Henry. Usaba un traje de baño negro con una camisa llamada tanque, que cubría su musculoso torso y la mitad de sus muslos, y estaba mirando hacia el mar. Su barbilla la tenia suave, como la piel de un bebe cualidad que adquiría después de afeitar, y sus ojos, ya grandes y esplendidos que hacia frustrante la revelación, se volvieron como rendijas ante la brillante luz. Ellos no se miraban uno al otro o hablaban, pero ellos eran claramente dos del mismo tipo que ella experimentaba un efecto en todos sus buenos sentimientos. Penélope la noto a ella, y con una brillante sonrisa emergiendo en sus labios. ―Henry, Voy a necesitar una sombría,‖ le anuncio, como si se le hubiera ocurrido de forma espontanea. ―¿Quieres que te alquile una sombrilla?‖ Contesto. Y se dio vuelta para escuchar su respuesta, y cuando lo hizo el estaba usando la más extraña sonrisa, ---y que no era precisamente de amor, y en todo caso era una sonrisa. Hasta aquel momento Diana se había imaginado la acritud de los Schoonmakers y solo con una de sus interacción, pero su vida de fantasía quedo ahí y se quedo inmóvil, un poco aturdida por esa imagen de la pareja.


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―Gracias,‖ Penélope casi le susurro. Ella estaba esperando un beso, y Diana se sentía aliviada por qué no tenía que ser testigo de ello. Él solo asintió con la cabeza y se apresuro hacia la choza con techo de paja que en el hotel alquilaban las sombrías y parasoles junto con sillas plegables para la gente recién llegada de la ciudad, cuya piel se había mostrado sensible por los meses estando en las salas de reuniones. Esas personas—Lo mejor de New York y Philadelphia y Washington—poblando la playa en pequeños grupos, las damas con sus medias negras (para disimular su piel desnuda cuando estuvieran mojadas por el agua del océano) y sus trajes de baños oscuros de algodón para cubrir sus formas femeninas. La misma Penélope llevaba medias—Diana noto como su negrura acentuaba sus pantorrillas largas y delgadas—y su atuendo tenia algunos volantes en los brazos y alrededor de las piernas. Su escote era cuadrado y bajo. Ella no miraba a Diana, y en su lugar inspeccionaba a las mujeres que tenía cerca en la arena, y las que estaban flotando en las olas, con una mirada complacida confianza que parecía sugerir que creía que era ella la mujer más bella en toda la playa. El aire estaba fresco y frio cerca del agua, y Diana inhalo el roció de sal y trato de no ponerse nerviosa ante la imagen de Penélope y Henry juntos. Ella estaba tratando de decidir si acercarse a sus sillas o desaparecer en silencio, cuando escucho alguien gritando su nombre desde atrás. Se dio la vuelta, colocándose una palma aplanada para proteger sus ojos del sol, y vio a Grayson Hayes acercándose. ―Trataste de dejarme plantado esta mañana, ¿verdad?‖ Sonrió espontáneamente a ella, pero Diana—sorprendida por el parentesco familiar, que fue notablemente claro, en la luz del medio día—tartamudeo. ―Me habría gustado escoltarte hasta la playa, pero ya estamos aquí.‖


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Hasta ese momento no había pensado mucho en las atenciones de Grayson, que comenzaron en el tren y solo habían incrementado con su llegada. Aunque era descarada sobre su atractivo y encanto, de repente parecía muy conveniente que él estuviera ahí, llevando un traje de baño idéntico al que Henry llevaba, mirándola con admiración. Los hermanos Hayes estaban tramando algo, se dio cuenta—pero eso, no significaba que no podía ser conveniente para ella también. Era como jugar a ser una heroína de un libro, y Diana seguía escribiendo su propia historia; la mejor de las heroínas, ella siempre había creído que tomaba el destino en sus propias manos. ―Aquí estamos,‖ ella dijo. Dejando aparecer en sus labios una lenta sonrisa. Una invitadora sonrisa. Luego ambos se dieron la vuelta, y vieron a Henry corriendo con un chico que no podría tener más de ocho o nueve años. Henry llevaba la base del parasol en su brazo y el chico ayudaba llevando la parte roja-y-con rayas blancas sobre su hombro. Cuando se acercaron donde Penélope, el chico comenzó arreglando mientras Henry se dedico a solo mirar. Penélope Sonrió amablemente a Henry y al chico, que llevaba algo que se parecía a un bochornoso traje de pantalones y chaleco con una camisa blanca. ―Gracias, Henry,‖ Penélope dijo cuando todo ya estaba hecho y su palidez iridiscente está cubierta por un arco de sombras. Entonces ella misma se dio la vuelta para donde estaban Diana y Grayson de pie, y los saludos. ―Oh, hola,‖ ella dijo, sin siquiera pretender verse sorprendida. ―Mira, son mi hermano y la señorita Holland.‖ Henry acaba de terminar de darle su propina al muchacho, pero miro hacia arriba como si hubiera sido atrapado bebiendo de un frasco en la iglesia. Diana repentinamente, fue consciente de todo lo que estaba mal en su apariencia. Porque ella era más bajita que Penélope, y su cabello siempre estaba impecable, y el traje de baño que llevaba, era de un azul marino con bordes


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blancos y anclas bordas sobre el cuello, de marinero, no era ni siquiera un poquito elegante. Ella había apreciado y agradecido cuando Clarie le hizo una copia de su Viejo traje de baño, que se había comprado hace mucho tiempo— antes que su padre muriera. Su cuerpo había cambiado desde entonces, y sabía que esta nueva versión del traje de baño la hacía lucir un poco como una niña. Aun así, se las arreglo para saludarlos. ―Que linda pequeña colonia tienen aquí,‖ Diana dijo cuando ella y Grayson se acercaron. No estaba segura si su voz sonó con falso entusiasmo o como una sutil ironía, pero en todo caso las palabras salieron tan rápidamente como el ruido sordo de su corazón. Ella no sabía, nada, de lo que Henry pretendía decirle con el rostro que le estaba mostrando, pero ella estaba segura que la brillante escena que se había encontrado no era el motivo por el cual había ido a Florida. ―Una colonia de dos,‖ ella añadió, y esta vez la amargura fue perfectamente clara. ―¡Ahora una colonia de cuatro!‖ Penélope se levanto apoyándose en sus delgados brazos y dio una terrible sonrisa en dirección de Diana y su hermano. La piel debajo de sus mangas holgadas estaba impresionablemente visible. La delgada feminidad de todo su cuerpo, Diana lo noto con un gemido de dolor, estaba a la vista en su bordado traje de baño rosa. ―Pero solo hay dos sillas y una sombrilla.‖ Diana hablaba con Penélope pero miraba fijamente a Henry, cuya expresión todavía era algo vergonzosa pero en gran parte ilegible ―Oh, Sí. Henry las alquilo para nosotros. Henry sabe que me quemo rápidamente y él no podía permitirlo.‖ Penélope movió la cabeza y se echo a reír y luego presiono su rostro sobre su hombro como una niña ―Por supuesto, tu cutis es más resistente, Di. No tengo duda de que no necesitas tanta protección contra los elementos.‖ ―De hecho, soy muy sensible a todas las cosas crueles de la naturaleza.‖


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Originariamente, Diana nunca se comparaba así misma con la ex-señorita Hayes, pero súbitamente se sorprendió ante la convicción de que hasta la más vieja chica las tendría también así que no era de extrañarse que ella también. Se volvio hacia Grayson, empezando a sentir alegre de tenerlo a su lado. ―Sr. Hayes, ¿Podria ser tan amable de rentarme una silla y una sombrilla? Uno como ese, con rayas rojas y blancas.‖ ―Por supuesto, señorita Di,‖ él contestó con una familiaridad que hace una hora la hubiera molestado pero que ahora la encontraba muy útil. En ese momento, con el roer, de los sentimientos desesperados que Henry Schoonmakers le provocaba, ella hubiera incluso aceptado la compañía de Percival Coddington, un soltero realmente horrible que había heredado una cuantiosa fortuna lo hacía parecer un buen partido para las chicas Holland de un momento a otro—según la opinión de su madre—y cuya presencia en el hotel se rumoraba. Una briza soplo, reordenando sus risos sobre su rostro con forma de corazón. Por un momento se distrajo y se sintió agusto con el calor y el aire salado del océano, como si la arena fuera una almohada bajo sus pies. Pero ella volvió a ver a Henry Schoonmakers y noto que él estaba diciendo algo. Era esa seguridad en sí mismo, esos tonos dorados tan atractivos que siempre le gustaban de él, lo liso de sus mejillas y sus labios aristócratas que normalmente la dejaban un poco mareada. Luego sus cejas se juntaron con curiosidad. Penélope, noto el cambio en su rostro, ladeo la cabeza, por lo que se vio forzada a sonreírle a los dos. Como respuesta, Penélope paso una mano por su pierna extendida, y desabrocho sus ligas, y comenzó a enrollarlas dejando ver una porción limitada de la piel de sus muslos.


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Una zona exquisita de la pierna de una mujer que era muy apreciada por Henry—una realidad, que Diana comprendió, que tanto Penélope como ella eran consientes. ―¡Ahí‖ Grayson dijo cuando volvió con los muebles para tomar el sol. Diana le sonrió débilmente—no estaba segura de ser capaz de brindarle un gesto más amable que ese, pero el hermano de su rival ciertamente no la inspiraba para nada. Ella se lanzo a la silla sin gracia, pero no podía apartar la mirada del pálido muslo, bien formado expuesto en la silla a su izquierda. Al parecer no fue la única que se dio cuenta, porque lo siguiente que escucho fue un tono de censura del vigilante de la playa. ―¡Damas!‖ grito, y todos ellos miraron hacia la luz del sol, a un hombre alto, prematuramente envejecido con una gorra sobre su cabeza. A pesar que él podía estarse refiriéndose a las chicas, Diana tenía claro que estaba mirando a Penélope. ―¡Reglas son reglas!‖ ―¿Qué?‖ Penélope susurro como si se tratara de una oveja, que en la confusión se había alejado de su pastor. Incluso con el calor del sol, por más que lo intentara, ella no podía forzarse a sonrojarse. ―¡Todas deben tener sus medias con sus trajes de baño sin mostrar la piel!‖ la censura fue truculenta, como si estuviera recitando las reglas del hotel de memoria. Penélope dio a Henry una Mirada consternada, y siguió cayado durante varios segundos en los que Diana creyó que le podía decir a su esposa lo vagabunda que era y decirle que su corazón pertenecía a otra. Pero el solo se inclino y coloco un billete doblado en la mano al vigilante de la playa. ―Esta es mi esposa,‖ dijo, y aunque no se parecía en nada a su voz, Diana no podía dejar de reconocer que esas fueron sus palabras, y que habían salido


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de su boca. ―¡Dígale que se cubra!‖ dijo el vigilante en un murmullo antes de aceptar el soborno de Henry. Diana podía ver de cómo iba todo esto, y ella no se quedaría atrás, así que se inclino hacia delante y se desengancho las ligas de modo que sus medias cayeron dejando ver un poco más que sus muslos un poco más redondos y definitivamente más rosados que los de Penélope. El vigilante puso sus ojos como platos llenos de entusiasmo y horror y se movió hacia ella como si fuera a darle una advertencia, pero Diana volvió a ver a Grayson. Y antes que pudiera decir algo, el dinero ya estaba en sus manos y el vigilante se iba a otro lado de la playa. ―Repentinamente tengo mucha sed.‖ Penélope se incline hacia atrás y cruzo sus brazos sobre su pecho como si fueran una almohada y cerró los ojos. ―¿No hay alguien por aquí que venda limonada, Señor Schoonmaker?‖ ―Sí, creo verlo—‖Penélope levanto uno de sus brazos y lo extendió de manera que su mano toco el antebrazo de Henry, sosegarlo. ―¿Comprame uno, verdad?‖ El labio inferior de Diana se cayó involuntariamente cuando ella vio como el único hombre que había amado físicamente y de todas las maneras que conocía rápidamente había seguido las ordenes de su esposa. En el siguiente minuto le hizo un gesto Grayson. ―Creo que tengo sed también.‖ Cuando los hombres se fueron, Penélope se dio la vuelta y le lanzo una inquietante mirada a su rival y la mantuvo fija durante un largo tiempo, tanto que Diana comenzó a retroceder sobre su silla. Se encontró sintiendo nostalgia por su hogar—no era por el hotel, pero si por New York y todas las novelas autenticas que se encontraban ahí y se estaba perdiendo. Sintió como si fueran eternas las horas antes que los hombres volvieran, y luego ambas chicas tomaron sus limonadas y las bebieron con ira mientras miraban hacia el oleaje que, estaba lleno de trajes de baño oscuros.


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―Henry, estoy lista para nada,‖ Penélope dijo, cuando termino de beber su limonada. Su voz era ligera, pero la Mirada que le dio a Diana la traiciono y mostro su creciente rabia. Todo su postura parecía indicar que creía que Diana iba a imitar este movimiento, también, pero Diana la decepciono cuando le dio una sonrisa despreocupada y se arrecosto relajadamente en su silla. ―Creo que voy a broncearme un poco mas.‖ Siguió un silencio, que solo era interrumpido por el sonido de los gritos de los bañistas y el ruido de las olas al romperse. Señoras que normalmente en sus rostros no revelaban algo más que una leve aversión hacia los peores vestidos que ellas, estaban en el borde del océano gritaron, cuando una ola se estrello contra ellos. Penélope cambio su postura, pero para Diana era una ventaja, pues aunque se sentía nerviosa en presencia de la señora Schoonmaker, y mal vestida, poco elegante, ahora estaba arrecostada en su silla de mimbre y había sorprendido a su rival simplemente permaneciendo ahí. ―Vamos, señor Schoonmaker.‖ Penélope se volvió impaciente y comenzó a caminar hacia las olas. Es cierto que Henry no se miraba dispuesto pero al cabo de unos segundos se levanto y la comenzó a seguir, sus motivaciones eran un misterio para ella, eso era algo que Diana no podía comprender. ¿Qué lo motivaba para que se arrastrara ante ella de esa manera, de cualquier manera? Ella observo como Henry Schoonmakers se acercaba al agua y luego comenzaba a tantear la profundidad las olas. Ella se levanto de su silla y asumió un tono obsesivo por el matrimonio debutante. ―Ellos se ven tan felices,‖ ella gorgojeo. ―¿no crees?‖ Grayson, que se había tumbado en la silla a su lado, se levanto y saco de pronto el periódico, que había estado usando para protegerse los ojos del sol. ―¿No lo crees?‖ Diana movió coquetamente sus pies hacia su pecho y luego abrazo sus piernas. Grayson se encogió de hombros. Ella pudo ver que la


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pregunta nunca se le había ocurrido, y que todo lo que había hecho la noche anterior lo había dejado muy cansado. ―Supongo‖ el dijo, frunciendo el ceño. ―Aunque creo que ella teme lo que los sirvientes piensen, y tú estás segura que yo no estaría en este viaje si ella se sintiera segura de su amor.‖ ―¡Oh!‖ Diana recordó como sonreír de nuevo. Había grandes y bulbosas nubes en el cielo, pero estas se movían rápidamente, y en un par de horas, tal vez, solo estaría el infinito cielo azul.


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Capitulo 19 Traducido por: Thpy Está muy bien para la Srta. Elizabeth Holland el poder vagar por los alrededores otra vez. ¿O no lo es? Ella ha sufrido muchos traumas el último año, y nosotros sólo podemos especular sobre su presencia en Palm Beach esta semana como un indicador de cuán desesperada está su madre de quererla ver en pareja. Tal vez eso también pueda explicar en parte que la señorita entable amistad con el señor Henry Schoonmaker, quien podría haber robado su belle… -DE LA PAGINA DE LA SOCIEDAD DE NOTICIAS INTERNACIONALES DE LA GAZETA DE NUEVA YORK, VIERNES, FEBRERO 16, 1900 DESDE LAS CINCO EN PUNTO LA LUZ COMIENZA A DISMINUIR en Palm Beach, así como la humedad ambiental se ha perdido en tanto calor. Los invitados de la Royal Poinciana han sufrido sus cuarenta cambios de ropa y se reunieron en la Coconut Grave por te y pastelillos con trozos de coco. Fueron unas horas tranquilas en los jardines del hotel, donde dos personas que estaban vestidas independientemente pero semejantes, con la misma idea en mente de caminar bajo el dosel de árboles. Muy por sobre ellos las frondosas palmeras se movían como perezosas alas de aves prehistóricas, como el sonido de las aves acentuaban su silencio. Ese fue también el sonido de la grava bajo sus pies, así como tranquila y ocasionalmente, fueron llevados a tan fácil paz.


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-Estoy feliz de que te sientas tan bien para caminar –Teddy Cutting dijo eventualmente. Como su compañero, el llevaba un traje de lino blanco. Los botones bajo su camisa estaban escondidos holgadamente, y su único accesorio eran unas mancuernas de oro en sus muñecas. Elizabeth llevaba una blusa blanca y falda, y había un toque de oro en ella también, en una fina cadena alrededor de su cuello. -Estoy bien –ella replicó con un poco de vergüenza. Ella no ha sido una muy buena anfitriona desde mucho, y tuvo la esperanza de poder ayudar a su hermana más de lo que ella estaba dispuesta. La mención de la enfermedad le hizo sentir como si estuviera en un tren cuando llegaron, el deseo la sorprendió, la proximidad de la orilla del mar siempre ha sido suave –así como lo hacía la tranquila brisa, hasta ese momento, tenían un efecto calmante. -¡No soy muy divertida! –ella exclamó, intentando reír un poco-. Supongo que no he sido yo misma por un largo tiempo. -Imagino que debió haber sido un año horrible –Teddy se atrevió con cortesía, de la manera en que había sido educado. Él observó a Elizabeth con sus serios ojos grises, y ella supo que él quería decir más pero no sabía cómo-. Lamento que no seamos capaces de hablar como solíamos hacerlo. No he sido un buen amigo para ti. -¡Oh, Teddy! –Elizabeth se sorprendió a sí misma emitiendo una muy natural y sonora risa. De algún modo eso era todo lo que ella podía hacer frente a una caracterización tan simple de los hechos recientes -. Este ha sido un año muy duro. Pero tú has sido un perfecto caballero, como siempre. Teddy sacudió su cabeza y miró hacia el verde arco sobre sus cabezas. -Parece que nadie hace eso bien, ¿verdad?


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Ellos caminaron un poco más cuando ninguno habló. Elizabeth se preguntaba qué quería decir él con eso, y luego le preguntó qué tanto. -Durante tu compromiso con Henry… -él comenzó, pero no terminó. Había una fina angustia en su expresión, y como Elizabeth lo observaba se maravilló en cómo su ex novio estaba en apariencia, y sin embargo, cuán diferente era el efecto. Teddy era alto, y tenía la fuerza y los finos rasgos de la nobleza norteamericana. Pero donde había un perpetuo carnívoro divertido en Henry, había una sutil constancia en Teddy. Ella recordó ahora lo buen amigo que él solía ser, por cómo él flirteaba con ella y comentaba su belleza, él también tenía una veta con preguntas filosóficas que había desarrollado durante su estadía en Columbia, y siempre estaba curioso de saber sus opiniones. Cuando su padre murió él la llevó en su carruaje a pasear por el parque, y se sentó pacientemente con ella, nunca esperando que ella hiciera algún comentario. -Sé que no fue una buena relación –él dijo finalmente-. Debí haber hecho algo. -¿Qué podrías haber hecho? –Elizabet replicó ligeramente-. Yo fui quién aceptó su proposición después de todo, y sabía mejor que nadie. Teddy estrechó ligeramente sus brazos por su espalda y la miró cuando hablaba. -¿Tú nunca lo amaste? –él preguntó súbitamente serio. -Ya no es un secreto que mi familia ha caído en tiempos difíciles – Elizabeth habló cautelosamente, eligiendo cada palabra antes de pronunciarlas-. Cuando lo hice –lo que pude haber hecho- fue todo por ellos. -Henry es mi amigo, pero estoy feliz de que no te hayas casado con el. Temía por ti si te casabas sin amor. No es que este implicando que no hubiera


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algo bueno en tu… prueba. Pero si era por una buena razón… -la voz de Teddy se fue apagando, como si hubiera llegado a un tema de conversación del que no quería involucrarse, entonces fue sorprendido por un nuevo punto de vista. Cuando él volvió a su usual pose de formalidad ella se sintió un poco triste-. Espero que no piense que estaba siendo muy personal. -Oh, no. De hecho… -Elizabeth se encontró a sí misma golpeada por la poco razonable compulsión de confesarlo todo. Y sabiendo que Teddy la había amado hace mucho tiempo y que él creía en las mentiras de los periódicos sobre su ―rescate‖, ella sintió como si él pudiera entender lo de Will y todo lo que ella tuvo que pasar para estar con él-. El último otoño, cuando fui… secuestrada… Bueno, eso no fue exactamente cómo sucedió… -Elizabeth miró a Teddy, y su expresión no decía nada pero la bondad y preocupación la detuvieron. Ella quería que lo supiera completamente todo, pero todo el peso de su decepción descendió y su educación obtuvo lo mejor de ella. Ahora ella estaba seria otra vez, como él-. Algún día me gustaría contarte toda la historia, Teddy. Pero eso fue parcialmente mi culpa, verás, porque yo sabía que no debía casarme sin amor –ella se rió ligeramente y pensado en las callosas manos de Will y su bronceada piel por el sol de California, agregó-: Incluso antes de mi prueba, yo sabía que Henry no era el hombre para mi. ¡Él es prácticamente más delicado de lo que yo soy! Ella dejó de caminar. Teddy dio unos pocos pasos más, notando que ella ya no estaba a su lado se volteó y la miró. La sombra de las hojas estaba sobre sus caras, y el brillo del sol sobre el mar alargaba su reflejo. Sus ojos grises vagaron alrededor y dio un paso hacia ella, como si estuviera pensando en besarla. Extrañamente ella se imaginó la suave presión de sus labios sobre los suyos, pero entonces sus ojos se cerraron y ella espero que Will no estuviera observándola. Ella recordó lo celoso que solía ser y todas las torturas que ella le hizo pasar, y volteó su cara recatadamente. Entonces ella forzó un tono más alegre y cambió de tema.


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-¿Cómo está Henry? Teddy dejó salir un sonido que no era una sonrisa. -Sé que ella es tu amiga, pero no puedo entenderlo –él dijo, midiendo la expresión de Elizabeth para ver si la había ofendido antes de seguir adelante-. Es como si hubiera vendido su alma en una noche cuando había bebido demasiado y ahora el diablo vive en su cuerpo. ¡Ni siquiera creo que ame a Penélope! Ella fue tras él tímidamente cuando todos nosotros pensamos que tú habías… muerto, ya sabes, y él era el último en interesarse. Yo incluso dije que estaba disgustado, como si eso no contradijera lo que sucedió luego. -Yo creo que ella debía ser la que vendiera su alma a un alto precio – Elizabeth replicó tranquilamente. Ella pensó en lo que Diana le contó, sobre cómo Penélope la había chantajeado para que se apartara, y sintió un poco triste al darse cuenta que Henry no se lo había confesado ni a su mejor amigo. -¿Ella quiso casarse con él muy mal? -Oh, sí, incluso antes… -Elizabeth se detuvo y le sonrió a Teddy. Ella aún sentía desagrado en ser chismosa, incluso si Penélope era el tema de esta vacía plática, y de todos modos, ella sabía que en ese camino estaba su propio engaño. Pero ella estaba encantada de oírlo, en la apreciación de Teddy, también, Henry no amaba a su esposa. La idea de que su hermana y Henry todavía podría resultar en una gran historia de amor, logró levantarle el ánimo. Ellos comenzaron a caminar nuevamente, mientras se iban acercando. Se movieron fácilmente hacia el lado del otro, sus delgadas y blancas extremidades les hacía ver limpios. Ellos miraron hacia uno y otro lado, pero la timidez creció y se volvió. Ella miró de nuevo, la luz bañaba sus caras. Parpadeó y Teddy le devolvió su sonrisa, como si todo fuera muy natural y por ningún motivo en particular, o tal vez por todo. Por primera vez en meses ella creyó que su vida podría ser larga y no cubierta por la miseria.


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-No te preocupes, Liz –él dijo-. No permitiré que hables sobre esto nunca más, o sobre lo que sea que te haga sentir incómoda. Entonces él tomó su brazo, envolviéndola en una sensación de que todo estaría bien, y siguieron caminando bajo las palmeras. Tal vez, reflexionó, después de todo el amplio y limpio aire de la Florida podrían ser buenos para ella.


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Capitulo 20 Traducido por: Thpy ¡INSEGURIDADES DE UNA NOVIA DE SOCIEDAD! HERMOSA HEREDERA TEME NO CONSERVAR LA ATENCIÓN DE SU ESPOSO, LE PREOCUPA QUE LOS SIRVIENTES SE DEN CUENTA UN REPORTE ESPECIAL DE ―GAMESOME GALLANT‖ (N. del T.: algo así como ―El Lúdico Seductor‖) PALM BEACH, FL –Aquí en Florida, hemos podido ser testigos de una muy sorpresiva evolución: Incluso el Sr. Henry Schoonmaker sufre de las paranoias que alimentan todas las mujeres casadas, es decir, que sus maridos pierdan el interés en ellas. Según parece ella se aferra a su hermano, el Sr. Grayson Hayes, en caso que su nuevo marido la abandone en la pista de baile, y es de hecho tan insegura su postura que ella no viajará sin ese caballero… -DEL NEW YORK IMPERIAL, SABADO, FEBRERO 17, 1900 PARA PENÉLOPE, SU SEGUNDO DÍA EN PALM BEACH comenzó auspiciosamente. Ella se sacó de la cabeza su máscara para dormir de seda negra y vio que la sirvienta ya había venido y abrió las puertas francesas para que tuviera una pequeña brisa del océano y bañara su suite con sus deliciosos sonidos. Después de cenar la noche anterior, ella se lavó su cabello, el que colgaba ahora como un negro signo de interrogación sobre su pálido hombro. La champaña –coloreaba las sábanas sobre la suave piel de sus brazos- ellas


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eran mucho más delicadas que las que los Schoonmakers usaban, e hizo una nota mental de sacarlas por donde habían venido. Lo más importante, su marido estaba a su lado, y pensó que él continuaba durmiendo y roncaba suavemente sobre su almohada, esto era lo más íntimo que habían estado desde su matrimonio. Ella vaciló en despertarlo. Cerró sus ojos y se acomodó en el ligero espacio, muy cerca de él en la cama, ella fue cuidadosa de no acercarse demasiado. Ella quería que se quedara ahí, justo así, por un momento más. Él era cálido y ella podía sentir cómo trabajaba todo su cuerpo a pesar de estar cubierto por las mantas. Si ella se moviera muy lentamente podría asustarlo, y sabía que él seguiría durmiendo por un buen rato más. -¿Señora Schoonmaker? Ella abrió un ojo y miró a la muchacha que había entrado por la puerta. Era su sirvienta, con su almidonado uniforme negro y blanco y cruzó por su boca un gesto que parecía ser una sonrisa, el efecto era más bien de angustia. Penélope desató la máscara para dormir y la lanzó al suelo, haciendo que la mucama fuera a hurtadillas a recogerla. Ahí fue cuando Penélope notó los periódicos que estaban bajo los brazos de la muchacha y recordó haberle dado instrucciones que trajera todos los recortes sobre los Schoonmakers a su habitación personalmente cada mañana. Penélope sabía que la distancia era el verdadero motor del deseo y tenía la esperanza que su ausencia en todo Nueva York pudiese volver a sentir celos de sus muchas, muchas posesiones. -Puedes dejarlos ahí –dijo Penélope, señalando una mesa en la que había una bandeja con jugo, café y pastas, en el medio de la gran habitación. La niña obedeció de prisa, aunque tal vez demasiado rápido –había algo siniestro en la forma en que ella se escurrió fuera de la habitación. Penélope se apoyó y se sacudió la pereza, y los restos del sueño. Ella dejó a sus ojos vagar por la dorada espalda de Henry por un largo segundo, y


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entonces posó su pie en el suelo. Ató su bata y fue a la bandeja del desayuno, donde bebió un sorbo de café y respiró profundamente sintiéndose feliz por última vez esa mañana. Al segundo después ella vio el límite y la más detestable parte de su personalidad apareció. Leyó unas cuantas líneas pero pronto se detuvo cuando notó la esencia del artículo. Luego se volteó y se dirigió a la lujosa y desarreglada cama, lanzando el periódico a la cabeza de Henry. -¿Qué demonios? –él gritó volviendo a la vida y sacudiendo las sábanas. Penélope cayó sobre sus rodillas y agarró una almohada, arrojándosela a Henry con muchas ganas. Él la sujetó en medio del aire, y tomó a su esposa por la muñeca. -¿Qué en nombre de Dios está mal contigo? –le preguntó sosteniendo sus brazos contra la cama. -¿Qué está mal contigo? –ella le espetó de vuelta, una vez que se liberó respiró varias veces, profundamente. Henry recogió el periódico y entonces él también volvió a las almohadas. Leyó unas cuantas líneas antes de meter el papel entre las colchas y apartó a su esposa de sí. Sus manos presionaron una vez más furtivamente su cabello, tratando de que volviera a su lugar. -No tengo nada que hacer con eso –él dijo eventualmente. La imposibilidad de encontrar los ojos de ella no hizo más que aumentar su ira. -¿En qué sentido, Henry? –ella ciñó aun más su bata sobre su cuerpo, temblando un poco por la furia. Ella volteó su cara sobre la almohada, alzando su mandíbula con petulancia, pero manteniéndole firmemente la mirada-. ¿Quieres decir que tú no lo escribiste? ¿O te refieres a que no le diste a nadie la sensación de que no era cierto? Porque yo no soy estúpida, y si esperabas que lo creyera, estás en un error.


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-Yo solo me refería… -¡Tú no dices nada! –Penélope gritó-. Incluso después de que prometiste ser bueno, yo te vi intentando hablar con ella ayer en la playa. La forma en que la mirabas, con tu patética y anhelante mirada, ¡tú bastardo idiota! Se puso de rodillas de nuevo, y -solo la mitad conciente de sus actos, logró calentarle la sangre- comenzó a rasgar el papel en trozos. Los restos del periódico cayeron a su alrededor, la tinta barata manchaba las sábanas que tanto había disfrutado sólo unos momentos antes. Cuando hubo terminado Henry se limitó a mirarla con sus enormes ojos. -¿Por qué debería verme como una idiota? Yo soy la simpática en todo esto. Lo que debería hacer –ella se movió y salió de la cama caminando acaloradamente hacia el centro de la habitación buscando más café-, es llamar al periódico y contarles mi versión. Les diré cuánto amo a mi esposo, lo fiel que le soy, empacando sus maletas para cada uno de sus viajes. Pero que solo tiene ojos para Diana Holland, cuya virginidad él tomo una nevada noche… -No lo hagas –Henry tropezó fuera de la cama y fue caminando hacia ella, todavía envuelto en una sábana. Penélope le dio la espalda y bebió su café. -¿Qué alternativa tengo? Ella sabía que tenía su atención ahora, y sintió que no necesitaba voltearse para confirmar ese hecho. -Podemos volver hoy a la playa –Henry dijo, finalmente. -¿Qué bien hará eso? -Les mostraré a todos que esa columna era sólo ficción –él prosiguió cauteloso. Dio unos pocos pasos hacia ella; quien pudo sentirlo en su espalda-. Tal vez inspirará un artículo que contradiga el que acabas de romper.


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-Merecía ser destrozado –Penélope replicó con vehemencia. Hubo una pausa, tras la cual Henry dijo-: Sí, lo merecía. -¿Me llevarás a la playa? -Si eso es lo que tú quieres. -Y luego, ¿te sentarás conmigo a cenar y bailaremos toda la noche? Henry estaba justo detrás de ella ahora, y puso torpemente su mano sobre su hombro. -Sí. Penélope comenzó a alejarse de su marido, por lo que él no pudo ver la enorme sonrisa de victoria que volvía a su rostro. -¿Oh, Henry? -¿Sí? Ella cerró sus ojos y disfrutó del placer de su mano por otro ligero momento. Ella respiró profundamente y se giró. -Tú nunca más me harás ver como a una idiota, ¿verdad? -No –él dijo al final-. Nunca más.


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Capitulo 21 Traducido por: thpy Un hombre se hace en las batallas del mundo; una mujer surge de los elegantes cuartos traseros de su propia imaginación. -MAEVE DE JONG, AMOR Y OTRAS LOCURAS DE LAS GRANDES FAMILIAS DE LA VIEJA NUEVA YORK -¿QUÉ ESTABAMOS HACIENDO? – Carolina preguntó cuando dejó de reírse. El vehículo de Leland Bouchard, había sido traído con un gran costo personal desde Nueva York, llegó a una repentina parada después de varios trompicones. Ellos habían recorrido más de camino de tierra ese día, y aunque Carolina estuvo en Coney Island cuando era niña y se subió a una montaña, ella nunca había tenido un viaje como este en su vida. Eso la asustó un poco, pero en una forma que la hacía sentir feliz y la llenó con una inexplicable hilaridad. Leland, quien hacía rato se había sacado su chaqueta y había doblado las mangas de su camisa hasta los codos, revelando unos antebrazos gentilmente fuertes, dándole una sonrisa un poco salvaje. El camino estaba rodeado de vegetación, todo próspero y sombreado, y desde alguna parte entre tanto verde podían escuchar el canto de las aves. -¿No tienes hambre?


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No había nada divertido en lo que él decía, y luego se encontró a sí misma riéndose nuevamente cuando replicó ―Porqué, sí.‖ Ella de hecho no había comido en todo el día y en varias ocasiones temió que Leland pudiese escuchar los ruidos que producían su estómago, así que la mayor parte de su atención estaba ocupada en otras cosas. Él si inclino y la miró con intención. -¿Estás segura? ¿No estás cansada? ¿No te he aburrido aún? Carolina echó atrás la cabeza y se rió. -¿Aburrida? No hay ni un momento aburrido en tu mundo. Ella no había tenido mucha práctica en los tonos de su voz al coquetear, y no sabía cual usar ahora, por lo que dijo absolutamente la verdad. Además conducir arriba y abajo por el camino rural, ellos ya habían visto caimanes y tortugas marinas gigantes y toda clase de extraña flora y fauna. Ella pensó, lamentablemente, en el vestido de diario azul cielo con dobladillos de encaje que su sirvienta había preparado para ella esa mañana y que planeaba usar para almorzar. Pero solo fue una pequeña preocupación. Eran bien pasadas las dos y el almuerzo ya se habría servido en el hotel, y de todas formas, encontraría la manera de lucir otro pálido vestido en comparación de estar otro par de horas con Leland. Su única queja era que su chaqueta amarilla a cuadros y su falda a juego se fue humedeciendo por estar retozando todo el día bajo el sol. -Bien – dijo él-. Me muero de hambre. Él dio la vuelta a su lado del coche y abrió la puerta para ella. Ella lo dejó ayudarle a salir del asiento y le sostuvo su mano como si viajaran en un par de tablas, que estaban sobre un terreno ligeramente fangoso, encabezando el camino hacia una pequeña choza construida en el tronco de una higuera. Se aferró su sombrero de paja con una mano, y la palma de Leland en la otra,


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avanzando hacia arriba como si fueran por una barra de equilibrio. Ella se había sacado sus guantes en algún momento y fue una placentera sorpresa sentir la piel de Leland sobre la suya por primera vez. No se preocupaba ni un poco sobre la pantanosa tierra a sus pies o qué pasaría con su falda si perdía el paso. Una vez que sus ojos se ajustaron a la luz interior vio que las ramas del árbol crecían a través de las ventanas y que una serie de tarimas habían sido puestas para acomodarlas. Ahí estaba un muchachito decorando el cuarto con hojas de palma, pero el lugar no era de fantasía. Los pocos comensales que quedaban a esa hora no vestían chaquetas y apenas levantaron la vista al notar la llegada de la buena gente de Nueva York. Una robusta mujer que parecía conocer a Leland los condujo a una de las mesas cubiertas con manteles rojos y blancos y le preguntó cuánto tiempo duraría su estadía en esta ocasión. -No lo suficiente – dijo un feliz Leland-. Ella es mi amiga Carolina – agregó. -Encantada de conocerla – cuando la mujer sonrió expuso una amplia brecha entre sus dientes centrales color marrón. La piel de su rostro era gruesa y arrugada por los muchos años al sol. -Y a usted – Carolina replicó. El Sr. Longhorn intentó uno o dos veces de llevarla a distintos lugares con distintas clases de emociones o para escuchar la música que tocaban aquí, y que ella había resistido en ir cada vez. En Nueva York, ella odiaba perderse cada pequeña oportunidad de mostrar sus nuevas adquisiciones y sabía que

eran envidiadas. Pero con Leland, a ella no le

importaba que nadie de especial importancia estuviese allí para velos. De hecho, en el transcurso del día, había aumentado en ella el disfrutar con su sola compañía. -Tomaremos dos camarones gumbos (ni idea), please – dijo Leland. -¿Condimentados?


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-Sí -él se volteó hacia Carolina y ella notó que había vuelto a verlo como tonta. Se preguntó si no era el hambre y su aturdimiento los que la hicieron comportarse tan torpemente-. ¿Qué me estás mirando? Mi nariz, lo sé… está quemada. Y muy larga. Ella reconoció el doloroso enrojecimiento sólo después que él llamara su atención en ella, y vio que él no tenía, como ella, la protección de un sombrero. Ella no pudo dejar de alcanzar y tocar la piel de su mejilla. El nuevo color se veía doloroso pero resaltaban sus hermosos ojos azules. -Es una nariz perfecta – ella dijo. Su nariz era amplia, pero con buena estructura, como el resto de él. -¡Eres tan amable! Mi madre culpa a nuestros ancestros franceses por la monstruosidad. Justo entonces la mujer sin dentadura apareció para colocar el pan en su mesa. Carolina sin pensarlo fue a por la canasta, partiendo un largo trozo y metiéndoselo a su boca. Estaba masticando generosamente cuando sus largos ojos se dirigieron hacia donde Leland estaba sentado junto a ella y notó que en ese preciso momento él estaba contemplándola. Al segundo después ella sintió la humedad bajo sus brazos y notó la transpiración a través de su blusa de seda color marfil. Tragó saliva y alcanzó su pequeña chaqueta, la que estúpidamente se había sacado y puesto en el respaldo de su silla. -¿Cuál es el problema? – Leland la agarró por la muñeca antes de que ella pudiera ponerse su chaqueta. -Nada, yo… -Por tu cara cruzaron cientos de historias. Algo va mal. Estás aburrida, ¿no es así? No te gusta este lugar, ¿verdad? -¡No! Me encanta – Carolina comenzó a reírse de nuevo ante lo absurdo que ella estaba por decir-. Es sólo que estoy en tal estado y temo que huelo


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horrible, y estoy metiendo comida a mi cara como una salvaje porque estoy tan hambrienta… -¡Amo a una mujer con apetito! – Leland le sonrió, y entonces puso su perfecta nariz sobre su hombro-. Y me encanta la forma en que hueles. Ella miró a Leland y él a ella como si no hubiera nada extraño o inapropiado sobre contemplarse uno al otro en una apartada cabaña fuera de la carretera en Florida. Ellos podrían haber seguido así por quién sabe cuánto tiempo más, pero su comida llegó y el aroma que salía de los recipientes estaba tan cargado con los aliñas que humedecieron sus ojos un poco. Su vacilación debió notarse, porque la próxima cosa que él dijo fue: -¿No te gusta la comida condimentada? Bajó su rostro al recipiente e inhaló. Los Hollands, como todas las antiguas familias irlandesas, creían en todo con moderación, y no les agradaban los sabores fuertes, de ningún tipo. Ella a menudo se preguntaba cómo sería comer fuera de sus limitados sabores, pero entonces, por supuesto, ella había sido tomada bajo la protección de un anciano caballero cuyo estómago no podía soportar nada muy fuerte, por lo que ella nunca tuvo la posibilidad de descubrirlos. -¿Nada del lejano oeste? Yo creía que en rancho tú habías comido toda clase de cosas que nosotros los neoyorquinos temeríamos. Los ojos de Carolina rodaron hacia el techo de vigas. De repente todas las cosas importantes que ella había dicho en el transcurso del día comenzaron a caer sobre ella – hasta ese momento ella había desbordado con cuentos sobre aventuras de su niñez con caballos y durmiendo en el rancho y la mirada fija en pozos de las minas. Había prestado generosa atención a las historias que Will solía contarle, para él era una obsesiva consumidora de cualquier libro que se refiriera a los estados del oeste. Había adivinado, correctamente, que todas ellas


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entretendrían a un hombre como Leland, pero de alguna manera fallaron al considerar la posibilidad de que él recordara algo de eso o preguntarle algo más. Ella también olvidó, en la última hora, que el rancho comenzó a ser parte de su ficticia historia personal. -¿El lejano oeste? – se paralizó. El picante olor se fue de su cabeza y ahora su nariz comenzaba a correr. -Sí… ¿a los vaqueros no les gusta los ajíes y el Tabasco? Carolina usó su muñeca para retirar la humedad de su nariz. -Oh, querida, ¿Dije algo equivocado otra vez? Leland tendió su pañuelo hacia sus ojos y comenzó a retirar las lágrimas, cada vez que secaba una otra aparecía, incluso en contra de toda su fuerza de voluntad. Intentó pensar rápido, pero una explicación ya estaba saliendo por su boca. -A mi padre le encantaba todo condimentado. ¡Incluso los panqueques! Era nuestra broma familiar. Ninguno de los peones o cualquier otro empleado pudo cambiar su gusto por él. El recuerdo de todo eso me hace sentir un poco triste, es todo, y no he sido capaz de comer nada que no sea ligero desde que murió. -Oh, mi amor. Lamento muchísimo haberte hecho pensar en todo eso. Sacudió su cabeza e intentó que las lágrimas pararan, las que ahora recorrieron naturalmente por su cara. -Toda está bien – una valiente sonrisa apareció en sus labios. -¿Quizás podría gustarte ahora? – las cejas de Leland se inclinaron hacia abajo mostrando su sincera preocupación-. Tal vez puedan volver esos recuerdos en un buen sentido.


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-Bueno,

supongo

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que

puedo

intentarlo

Carolina

respondió

tentativamente. Leland mojó su cuchara en el guiso y la llevó a la boca de Carolina. Él la observó para hacerla sentir segura que todo iba bien, entonces ella asintió y él llevó toda la cuchara a su boca. Los camarones (gumbos, sigo sin saber) estaban más calientes de lo que ella había imaginado. Estaban deliciosos e iluminó toda su boca. Al instante ella sintió calor por todo su cuerpo. Un solo mordisco le hizo notar cuán hambrienta había estado, y cuando hubo tragado pidió más. Leland bajó entonces su cuchara y alcanzó su mano. Él solía tener gestos similares en el pasado, pero todos ellos habían sido para mantener el equilibrio o protegerla, y ahora no eran excusas útiles. Hubo una dulzura nueva al tacto. -Ya sabe, señorita Broad… -comenzó. Luego se llevó el puño a la boca y tosió avergonzado-. No eres como las otras damas. -¿No? – ella susurró. Él lo dijo como si fuese una cosa buena, pero la frase la puso aún más nerviosa. -No a todas – él sacudió su cabeza y sonrió como si hubiera tropezado con algún golpe de suerte que apenas podía creer-. Me siento tan cómodo a tu lado. Tal vez es porque no eres de Nueva York y no te importan mucho todas esas tonterías, las cosas con encajes, pero me parece que soy más feliz a tu alrededor de lo que he estado en algún tiempo. Algunos dorados rayos de luz atravesaron la ventana en ese momento, y la sonrisa de Carolina lució alegre y aliviada por su pecosa cara. -¡Oh, yo igual! – ella jadeó y tomó firmemente su mano-. Me siento exactamente de la misma forma.


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Capitulo 22 Traducido por: Pauu COMPAÑÍA TELEGRÁFICA ―THE WESTERN UNION‖ PARA: Diana Holland ARRIBÓ A: The Royal Poinciana, Palm Beach, Florida 4:00 p.m., Sábado, Febrero 17, 1900 Excelentes noticias – Tu columna enorme éxito – Pago espera en NY – Continúa buen trabajo - D.B. ―Y para nuestros invitados especiales, Henry Schoonmaker y Sra. una pareja encantadora!‖ La multitud – con sus esmóquines y vestidos de encaje, su cabello bien aceitado brillando bajo los cálidos colores de las luces, que se sucedían a través del techo con forma de pérgola de la pista de baile del hotel – parloteaban y aplaudían, pero Diana Holland no podía seguir escuchándolo. Henry había tratado de encontrar su mirada durante la cena, pero incluso de esto ella no pudo estar segura. Hoy lo había visto en la playa, y a la hora del té jugando cartas en el jardín, todo el tiempo con Penélope. Diana se sintió ofendida y


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dolida por la casi completa indiferencia de Henry desde que llegaron a Florida, pero había tratado de mantenerlo apartado de la vista de él durante todo el día. Había sido él quien la había alentado a hacer ese viaje, y no estaba en su naturaleza el ser olvidada tan fácilmente. Ella había incluso alistado a Grayson, quien de cualquier manera estaba siempre con ella para hacer sentir celos a Henry. No había llegado tan lejos como para permitir a Grayson llevar a cabo el plan, pero cuando él había coqueteado con ella, ella había hecho lo propio, y le había permitido darle bocados de torta durante el té y había halagado en voz alta sus habilidades para el croquet. Esto había cosechado algunas miradas furtivas por parte de Henry, pero también había sido muchas horas antes, y para Diana las horas estaban empezando a sentirse como años. Ahora estaba sola. Su hermana y Teddy se habían envuelto en su conversación durante toda la noche, e incluso Grayson la abandonó un tiempo después del postre y antes de bailar. A través del amplio matorral, Diana pudo ver a la pareja por la cual Palm Beach brindaba. Eran altos, flacos y con cabello oscuro, y aunque Diana no pudo percibir qué tenían sus rostros, parecía que el articulo que ella había colocado en el periódico no había hecho nada para mancharlos. Tal vez no lo hubieran visto; tal vez nunca lo vieran. Se sintió un poco nerviosa por todo eso, y desorientada por la duda, metió la mano en el bolsillo de su vestido de seda color durazno y abolló el telegrama de Barnard. Entonces se abrió camino a través del césped, arruinando en el suelo húmedo un par de zapatillas de tacones altos que su familia no podía pagar. Si esa mañana, con su columna en el Imperial en sus manos, había sentido que había hecho una buena jugada, ahora estaba experimentando la decepción de cualquier jugador después de una pérdida. Empezó a caminar por el césped, pero pronto empezó a correr. El vestido – que había escogido tan cuidadosamente para lucir sus fuertes y delicadas clavículas – ahora ondeaba contra sus piernas mientras corría entre el aire húmedo. Ella había impulsado a


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su hermana, quien estaba de un extraño y alegre humor, a hacerle un peinado elaborado, pero eso empezaba ahora a venirse abajo, y también los lazos que lo adornaban dejaron un rastro tras ella a medida que avanzaba. Estaba huyendo de Henry? Él era un misterio para ella, y cada vez que ella trataba de entenderlo esto le causaba más dolor. Pero cuando trataba de dejarlo, el la perseguía en sus pensamientos, cada vez más fuerte. Ésta era una excusa tan buena como cualquier otra para seguir corriendo, y si ella hubiera sido una chica menos impulsiva, podría haber considerado que ésta no era la primera vez en los últimos días que había salido en un paseo sin descansos. Pero ya había hecho una distancia considerable, perdido sus zapatos, sentido la arena entre sus dedos, y alanzado el agua. La luna llena dejaba un rastro de plata en la oscura, ondulada agua, que por un momento parecía tan tentadora que podría haber pensado que podía zambullirse. Entonces una ola vino de repente, golpeando sus piernas y empapando

su

vestido,

llenándola

de

espuma.

El

mar

no

estaba

particularmente frío o agitado, pero ella estaba tan sorprendida por esto que rompió en llanto. Mientras el mar se retiraba empezó a perder el equilibrio, y por un momento se preguntó si no se ahogaría esa noche. Pero entonces sintió unos brazos familiares al rededor de su pecho, y fue arrastrada a la arena seca. ―Oh‖ gimoteó, pasándose los dedos por la cara y tratando de arreglarse el rostro. Las lágrimas seguían húmedas en sus mejillas, pero toda la parte inferior de su rostro estaba también empapada de agua salada, pero supuso que de todas formas no importaba si Henry la veía llorar ahora. Estaba parado ahí con su chaqueta negra y su remera blanca, y estaba mirándola con lo que ella hubiera llamado preocupación y sinceridad si no lo conociera. ―Qué quieres?‖ ―Estar contigo. Sólo un minuto‖ El pecho de Diana se hinchó y respiraba rápidamente. La pollera de seda, y toda su enagua de algodón, se pegó a sus muslos. Henry estaba finalmente


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frente a ella, en una playa abandonada a la noche, pero todas las confusiones del día eran como un abismo entre ellos. La luz de la luna era brillante, y podía verlo perfectamente. ―Unos minutos? Querías que viniera tan lejos para que tuviéramos unos minutos?‖ La mandíbula de Henry se movió y miró hacia otro lado. De alguna manera él había escapado a una completa empapada, y ella le molestaba que él estuviera tan tranquilo. ―Es todo lo que puede ser. Penélope, ella es tan aterradora, si se enterara que estoy aquí contigo ahora, si supiera que te he dicho por qué nos casamos, si supiera cuán terriblemente quiero besarte-‖ Él se acercó y tomó la parte de atrás de su cabeza con la palma de su mano y puso su boca sobre la de ella. Un momento antes esto hubiera parecido una muy mala idea, pero entonces Diana cerró sus ojos y le devolvió sus besos una y otra vez como si pudieran darle un poco del oxígeno del que había carecido. Su otra mano se dirigió a su espalda, y a pesar del estado de su vestido, presionó todo su cuerpo contra el, arruinando la ropa de ambos. ―Oh,‖ dijo ella, más suavemente esta vez, cuando el se alejó. Los labios de él estaban aun separados, y la luna se reflejaba como discos blancos en sus ojos. La boca de ella se abrió un poco más. Sintió la expectativa de otro beso, del mismo modo que uno siente la lluvia antes de que caiga. Pero el tiempo pasaba, sus respiraciones se mezclaban con el aire del mar, y ningún beso ocurrió. Henry se alejó. ―Notarán nuestra ausencia‖ ―Qué?‖ Había enojo en su voz, pero la decepción era más fuerte. ―Tu hermana, Penélope – se preguntarán dónde estamos.‖


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Detrás del hombro de Henry las luces del hotel titilaban y las palmeras eran magníficas siluetas contra el cielo púrpura. Había algunas nubes moviéndose por el cielo – podrían sobrepasar la luna y volver todo borroso muy pronto. ―Entonces prefieres tenerme de a pocos minutos por vez? En cuartos interiores y los pasillos de los trenes? Eso era lo que esperabas cuando me dijiste que encontrara la manera de venir a Florida?‖ Henry sacudió su cabeza, pero ella sabía que lo que había dicho era verdad. Trató de enfriarse. ―Te imaginaste que vendría como tu amante‖ ―No-‖ ―Buenas noches.‖ Diana reunió toda la dignidad que pudo en su desaliñado estado y empezó a moverse nuevamente hacia la playa. Su vestido estaba empapado y sus medias llenas de arena y su corazón no podría seguir resistiendo. Quería mirar hacia atrás, pero sintió que hacerlo de alguna manera perdonaría todos los pecados que Henry cometió contra ella. ―Diana!‖ Lloró Henry. Su voz se había llenado de angustia, pero ya se había ido, y por un momento todo lo que ella oía era el chapoteo de las olas en la costa. ―Diana, te necesito‖ - y por el modo en que su voz se rompió al decir su nombre, ella creyó que así era. Pero cerró los ojos y siguió caminando hacia el hotel, donde las luces brillaban y la música sonaba débilmente. ―Diana‖ continuó él con la misma voz desesperada mientras la perseguía por la playa. ―Diana. La dejaré‖ Esto le dio a Diana una pausa – se paró y miró. El rostro de Henry siempre había sido el bien afeitado y bien dotado rostro de la civilización, pero ahora estaba mirándola con algo más parecido a una urgencia animal.


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―Lo harás?‖ suspiró ella. ―No puedo estar sin ti.‖ ―No puedes?‖ Diana sabía que estaba en grave peligro de ser una tonta otra vez, pero la esperanza brotó en su corazón. Henry dio un par de zancadas y luego la miró con convicción. Le corrió los rizos de la cara, su mano recorriendo sus ojos, su pulgar pegado contra su labio inferior. ―Ven, mejor que te arregles‖ dijo mientras ponía su brazo al rededor de los hombros de ella. Por un rato caminaron así hacia la gran, iluminada casa de muñecas a través del césped, hasta que estaba demasiado cerca. Entonces se separaron para regresar cada uno a su habitación, y el pudiera volver a interpretar su papel no por mucho tiempo más. Ella conservó la imagen de su rostro en la mente incluso después de que se separaran. Como todas sus promesas, ésta brillaba ahora con renovado y maravilloso valor.


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Capitulo 23 Traducido por: Isabella La pareja recientemente prometida, Reginald Newbold y Adelaide Wetmore, fueron vistos anoche en una velada musical en casa del Sr Newbold en Madison Avenue. Su hermana, Gemma, estaba también allí, de la cual se dijo estaba esperando una propuesta de Teddy Cutting. ¿Se veía ella tan triste porque el señor Cutting estaba fuera en Florida, y deberíamos tomar su prolongada ausencia en el sentido de que no habría boda en junio? - DE LA PAGINA DE SOCIEDAD DEL PERIODICO DE NUEVA YORK THE WORLD GAZETTE, SABADO 17 DE FEBRERO DE 1900. "¿Estás bien?" Elizabeth abrió los ojos lentamente, y luego el salón de baile de Poinciana volvió a entrar en su foco: los cuerpos balanceándose sobre el suelo de parquet, la celosía blanca del techo, la suave música de cuerda desde detrás de una pantalla. Se dio cuenta de que había descansado su cabeza sobre el hombro de Teddy durante el baile, pero respondió con sinceridad cuando dijo: "Lo estoy" "Me avisará si desea sentarse, ¿verdad?" Ella no había visto nunca las líneas de preocupación que surgían a veces en la frente de su viejo amigo. Su piel era de alguna forma tan suave y sin manchas, que se preguntó cuándo habían llegado a aparecer dichas líneas.


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Al igual que las otras mujeres de la sala, Elisabeth llevaba luz, los colores apropiados de la tarde —su vestido marfil adornado con bordados de color rosa pálido— pero en las horas siguientes a la cena había perdido el rastro a las demás. Ella sabía que el tipo de gente que siempre había estado a gusto en la habitación —eran las personas que su madre quería que se mezclara con ellos, y lo agradecía porque se sentía bastante segura y suficientemente ligera para hacerlo ahora. Su cuello, tan gracioso y esbelto como un cisne, estaba adornado con joyas de la abuela, que su madre había embalado cuidadosamente para el viaje, y su cabello claro estaba peinado en montones encima de su cabeza. El viento fresco de la noche entró por las ventanas abiertas y por un momento se sintió muy a sus anchas. "¿Me

veo

cansada?"

Sus

pequeños

labios

carnosos

quedaron

entreabiertos y dejó que sus ojos revolotearan entre abiertos y cerrados. "No," Teddy sonrió suavemente y la movió, deslizándola lejos del centro de la habitación. "Te ves hermosa." Ella sonrió débilmente y asintió. "He disfrutado en sobremanera del tiempo que he pasado contigo estos últimos días," prosiguió. "Yo también" "Son tantas horas encantadoras, para poder estar contigo. Es algo que temía no experimentar de nuevo..." Por el rabillo del ojo, Elizabeth advirtió que Henry venía a través del césped. Se acerco a la señora Schoonmkaer, con el pelo peinado con rizos brillantes con plumas en la parte superior de la cabeza y con un vestido de lunares de gasa se juntaba en un cuello en V sobre el pecho. Penelope miró sus pies y luego giró el rostro y sus ojos se abrieron. Elizabeth sabía que había visto — había visto el rostro de su viejo amigo


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enojado, con las criadas y miembros de su familia— y en concreto especialmente, con Elisabeth. Los Schoonmkar estaban cruzando la habitación y no había forma de saber las palabras que intercambiaban entre ellos, pero al final de su breve conversación Henry quitó la mano de Penelope, que iba enfundada en un guante hasta el codo de raso negro, que salió de la habitación. Por una razón que no podía entender, la escena llenó a Elizabeth de aprensión y miró a Teddy para preguntarle lo que pensaba él de todo. "¿Elizabeth?" Dijo antes de que pudiera preguntarle. Ella asintió para que pudiera hablar, pero el exhaló conscientemente y tuvo que apartar la mirada. Ellos bailaban en círculos antes de empezar de nuevo. "Solo quería decirte que cuando te lo pedí hace unos años ya, parecía—" "Hace dos años de la última." Un susurro de sonrisa apareció en el rostro de Elisabeth, a pesar de que el recuerdo era triste. Había sido en Newport, donde había estado un mes entero, y había estado mareada y enferma de amor por su distanciamiento de Will. Había logrado enviar sus cartas —ella no podía recordar como habían salido— en las cuales había el temor de ella de que perdiera el interés en el mientras estaba fuera. Sus pestañas se hundieron. "Sí, es cierto, no fue hasta hace dos años. Cuando eras la invitada de los Hayeses." Elisabeth no podía soportar abrir los ojos, pero sabia por la forma nerviosa de respirar como se sentía Teddy. "De todos modos, lo que quiero decir, lo que quiero decir es que yo era sincero y mi oferta sigue en pie." Nunca había oído su voz tan inestable. "Yo todavía—"


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"Oh, Teddy," fue todo lo que Elisabeth pudo decir. Tenía miedo de que si no le paraba se pondría a llorar allí en medio de la pista, y entonces no habría forma de parar todo el sentimiento o que explotara cualquiera de los secretos. Pero quizás el confundió su tristeza por otra emoción, porque el continuó. "¿Crees que podrías amarme? ¿Tal vez casarte conmigo? Quiero decir, no ahora, necesariamente, pero quizás con el tiempo." Elizabeth se paró en la pista de baile. Pensó en Will el día de su boda, con un traje marrón que había comprado para la ocasión y movió la cabeza instintivamente. Todavía llevaba ese vestido cuando se había ido lejos de él, y era el traje que había empapado con sangre en la Estación Grand Central. "Quizás con el tiempo, Teddy." dijo, aunque la idea de flores blancas y espumosos ajuares y padrinos en una fila le provocaba repugnancia. Ella conocía sus ojos grises, mirándola con tanta dulzura y atención. Ella había conocido, incluso el verano que aún era ingenua, que si ella nunca hubiera conocido un hombre como Will, entonces Teddy podría haberle dado una vida muy feliz. "Con el tiempo," repitió. Su voz sonaba mecánica, pero ella se refería a esto como una confirmación. Con el tiempo, no habría nada tan dulce para ella como esas. Trató de sonreír, pero sabía que el efecto no era bueno, pues todo el color había desaparecido de sus labios. "Ya sabes, si no hubiera existido la situación del otoño pasado y antes—" ella empezó, con ganas de darle algún tipo de explicación. Pero se contuvo, dándose cuenta de que este no era ni el momento ni el lugar. "Ahora me siento muy cansada, después de todo. ¿Me disculpas un momento?"


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Su falda y sus joyas, sus guantes y lazos, las horquillas que aguantaban el pelo y las cuerdas que apretaban las costillas, todo le parecía muy pesado entonces. Ella no sabía si sería capaz de llevarlo todo al otro lado de la habitación. Pero ella no podía estar fuera, entre la multitud, todos rodeando. Ella no era capaz de mirar a Teddy cuando se separaron, y ella no tenía ni idea de si la había entendido al final.


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Capitulo 24 Traducido por: Linetas El vestido Resort es siempre majestuoso, pero mis fuentes en Palm Beach informaron que la señorita Carolina Broad parece haber llegado con todo un nuevo guardarropa, y que ella siempre aparece cubierta de adornos brillantes, destellante y con incrustaciones de diamantes. Espero que el Sr. Lewis Carey Longhorn, al menos, este recibiendo informes de lo que todo su dinero ha hecho posible. -DE LA "FESTIVO GALANTE" COLUMNA EN EL IMPERIAL de NUEVA YORK, SABADO, 17 DE FEBRERO 1900 Había muchas mujeres en posesión de juventud y belleza deslizándose por la pista de baile del Royal Poinciana ese sábado en la noche, que estaba cubierto por un techo abovedado de madera blanca, pero permanecía abierto a los elementos a través de sus grandes ventanas abiertas de par en par. Carolina sintió que ella debe ser la más bella de todas. Su cabello castaño estaba dividido en dos secciones para que ambas se elevaran por encima de su frente en un bollo esponjado alto y rizado en su cuello en una cola de cintas. Alrededor de su cuello descansaba una doble hilera de perlas y granates que destacaban el verde de sus ojos, y sus brazos enfundados en flautas de encaje antiguo. Ella sabía que la piel de su amplia frente casi brillaba bajo las luces multicolores, y que en el sur su puñado de pecas indicaba en cierto modo de una morena de alcurnia. El único elemento fuera de lugar era su compañero, Percival Coddington, cuyo aliento era oloroso con el estofado de pollo que había comido para cenar.


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"¡Qué placer es bailar con usted, dijo Percival. Carolina sabía que eso iba a ser incómodo en este mundo, y comprendió el significado de la capa de sudor en su frente. Estaba nervioso, mala cosa, y ella se sentía un poco mal por él. Sin embargo, ella sabía que estaba perdiendo minutos enteros de su prometedora nueva vida, y de su belleza a finales de floración, en él. Su cavernosas fosas nasales estaban justo al nivel de sus ojos y sus manos húmedas estaban demasiado en una posición familiar mientras ellos se balanceaban con la música de la Orquesta de Bailey, que tocaba detrás de una pantalla pintada con criaturas submarinas. Cientos de personas estaban amontonadas a lo largo de los bordes de la sala, y la pista de baile estaba llena de parejas jóvenes. Había mucho más deslumbrantes, mucho más adinerados, mucho mejor vestidos en las sombras rosadas, eclipsados por el ejército de camareros, y ahí estaba ella con un don nadie medianamente adinerado que todavía no había aprendido a respirar con la boca cerrada. En otro momento ella podría haber pensado obsesivamente la ironía de que, sólo hace unos meses, la posibilidad de mantener la atención de un Percival Coddington le habría parecido a ella una oportunidad muy afortunada ciertamente. Pero ella era completamente diferente ahora. Ella no tenía tiempo para tales sentimentalismos. Su garganta empezó a contraerse, no importa cuán rudamente ella torcía su cabeza alrededor, no podía echar un vistazo a Leland en cualquier lugar. Por supuesto, su día con él ya había sido largo y cerca a la perfección. Pero estúpidamente ella había insistido en que ella se presentaría en el hotel a tiempo para darse un baño, aplicar su maquillaje, arreglar su cabello, y aún dejar una hora en la que sería encorsetada y empujar todos los pequeños botones de perlas de su insinuante vestido blanco a través de sus ojales. Él había estado de acuerdo casi demasiado amistoso, y luego se había ido a jugar golf con Grayson Hayes. Ella se había preocupado todo el tiempo de que él regresaría a tiempo para acompañarla a la cena, quizas hasta el punto de que


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ella había hecho que su tardanza se cumpliera. Eso fue cuando ella había sido víctima del Sr. Coddington, que había insistido en discutir el sistema de castas de los isleños de Fiji a través de los tres primeros caminos. Había visto a Leland cuando entró tarde, y ella ahora temía que en la elección de unas horas con su doncella de golf (que ella nunca había jugado) ella había perdido su atención. "Yo nunca lo vi lo que a la gente le gustaba del viejo Carey Longhorn", dijo el Sr. Coddington, cruelmente, Carolina observó—antes de que ella finalmente perdiera la paciencia. "Me cuesta ver cómo usted está en la posición para‖ -dijo ella-, pero se salvó de dar lugar a una escena a la vista de su acompañante de la tarde sobre el hombro de su compañero. Él estaba sonriente, con esa boca que era elegantemente demasiado grande para su cara, y el azul de sus ojos era brillante a la luz baja. Carolina dejó de bailar, y Percival le soltó la mano un segundo después. "Sr. Bouchard." "Señorita Broad." Levantó la cabeza y luego se volvió sobre sus talones. "Sr. Coddington, ¿puedo interrumpir?‖ Las fosas nasales de Percival destellaron, y por un momento parecía que él iba a estar vocalmente inconforme con eso. Pero entonces él aceptó, y Carolina sintió que su mano se recogía de nuevo, con mucha más fuerza esta vez, mientras ella era trasladada hacia atrás en la multitud. "Creo que tengo que pedirle disculpas de nuevo", ofreció, a pesar de Carolina estaba apenas escuchando. El brillo en los fuertes y blancos dientes de su pareja, la anchura de sus hombros, el corpulento tamaño de él, era demasiado abrumador. "Si me hubiera dado cuenta de que fue arrinconada por ese fastidioso asno—perdone mi lenguaje— la habría salvado hace mucho tiempo‖.


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De repente, la música fue más fuerte, exultante, como si sus propias sensaciones internas fueran recreadas por las cornetas y las cuerdas. Le habría gustado seguir mirando a Leland, pero se recordó cómo Elizabeth nunca parecía necesitar nada de sus pretendientes, o incluso estar particularmente interesada en ellos. Se dio la vuelta para que él pudiera apreciar su perfil y miró a la multitud y ella se sintió muy satisfecha de estar donde estaba. Por allí estaba Lady Dagmall-Lister, bailando con su joven compañero masculino, y allí estaba el famoso arquitecto Webster Youngham bailando mejilla a mejilla con una de las más jóvenes de la señora Astors. Todos estaban vestidos con sus mejores galas, como si la vida realmente fuera alguna magica obra de teatro en la que cada momento debe ser iluminado con su propio brillante proyector. Anteriormente, todo el mundo había murmurado sobre la señora de Henry Schoonmaker, bailando con su adorado marido, sus ojos oscuros llenos de misterio, pero sus manos sobre su esposa. No podía verlos ahora, pero notó que Diana Holland, quien llevaba un vestido diferente al que había usado cenando anteriormente; Grayson Hayes tampoco estaba por ningún lado. Carolina era un poco decepcionado de que Elizabeth ya se hubiera ido a la cama, dejando a Teddy Cutting sin una pareja, que significaba que ella no se vería obligada por más tiempo a presenciar la entrada de su ex empleada en el inusual mundo del que ella había sido la indiscutible princesa. Por un momento, Carolina se pregunto sin benevolencia, si su anterior ama había encontrado a otro miembro del personal para tener citas a la medianoche. Pero eso no importaba, de verdad. Había un montón de testigos de la aceptación total de Carolina en el corral, y algunos de ellos incluso podrían telegrafiar a sus contactos en el negocio de los periódicos sobre eso mañana. Todos ellos eran sus amigos, o algo casi tan bueno—ellos tenían que ser amables con ella, ellos tenían que contar con ella en sus pequeños viajes ahora. Estaba en posesión de


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su propio y exclusivo valor social, y ninguno de sus celos mezquinos o pequeños juegos podrían apartar eso de ella. "¿Señorita Carolina Broad?" Cuando el hombre diminuto con la corbata de lazo, dijo su nombre, Leland se detuvo. Ella se dio cuenta de que ya no estaba bailando con el hombre que esa tarde le había dado razones para anticipar una posible proposición, y luego se sintió, no obstante irracional, empezando a odiar a este mensajero, que esperaba pacientemente a un lado, y a lo que fuera que tenía que decirle. ¿Sí? "Tiene un telegrama." "Bueno, déselo a mi doncella, entonces‖, contestó ella con brusquedad, como si tuviera la costumbre de recibir telegramas tarde en la noche, antes de regresar a Leland. Él esperaba por ella al lado de la celosía blanca en el otro extremo de la pista de baile, que guardaba a los invitados de la vista de los funcionamientos internos de la cocina. Había una vid real que trepaba por estaCarolina con disimulo había inspeccionado temprano en la tarde. "Lo hice." El hombre hizo una pausa, y hubo algo terrible en la forma en que dudó sobre sus siguientes palabras. "Ella dijo que usted debería ser llamada de inmediato. Ella dijo que a usted le gustaría responder de inmediato. Nuestra sala de correspondencia, donde es posible que desee beneficiarse de nuestro telégrafo, está en la primera planta, justo después de la-" Miles de rudas palabras para este hombre rebosaron en su garganta, pero por alguna razón no se surgieron fuera de su lengua. Carolina sabía que la frustración de ser alejada del centro de las cosas era humillantemente evidente en su rostro, aunque al mirar a Leland ella intentó una sonrisa valiente. "Estoy segura de que no es nada", ella se las arregló.


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"Eso espero." las facciones de Leland eran tan llenas de bondad que ella no podía verlas. "¿Quieres que te acompañe?", Ofreció. Cualquiera que sea la noticia, un instinto le dijo que Leland no debe oírlo. Sacudió la cabeza y se volvió hacia el hombre de la corbata de lazo, que la llevó lejos de la pista de baile, donde todo el que vale la pena conocer y todo lo que vale la pena ver seguirían adelante sin ella. Cuando volvió a meterse en el vestíbulo principal del hotel, miró al elaborado patrón de la alfombra y sintió la horrible tensión de sus zapatos de tacón alto con los penachos de oro en el dedo. La sala de la correspondencia era de roble pulido y artilugios ribeteados en oro. Esta estaba bien, apenas cruelmente, iluminado, y Carolina se sintió torpe de nuevo al lado del pequeño hombre escrupuloso. Él le entregó el telegrama, y por un momento ella deseo que pudiera devolverlo y hacerlo falso. Ojalá pudiera volver a la sala de baile y seguir bailando con Leland por siempre. Pero no había nada que pudiera deshacer la finalidad de lo que leyó: LA COMPAÑÍA DE TELEGRAFOS DE LA UNION OCCIDENTAL PARA: Carolina Broad LLEGO A: 25 The Royal Poinciana, Palm Beach, Florida, 2:00 de la mañana, Domingo, 18 de febrero de 1900

Carey Lewis Longhorn fallecido esta noche después de una breve enfermedad. Su última petición fue su presencia en su funeral-Usted debe regresar a Nueva York a toda prisa- he comprado boletos para usted y criada en el tren de las 12 p.m. de mañana-A la llegada, suspenda sus servicios. Atentamente, James Morris, aristócrata inglés.


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Jefe

Albacea

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de

la

Propiedad

Longhorn

Carolina cerró los ojos y dobló el telegrama. Un largo escalofrío le atravesó el cuerpo. Los acontecimientos del día, en toda su iluminada perfección, parecían muy lejanos, pero no podía dejar de darse cuenta del horror que había pasado mientras ella pensaba en sí misma y muy elegancia alrededor en coches sin caballos. Su memoria se vio abrumado por la imagen de él, en los muelles ese día, y lo mucho que él quería que ella se quedara. Luego, con la misma rapidez, la tristeza dio paso a otra emoción. Parecía imposible que Longhorn pudiera haber muerto tan rápido, y por un momento ella estaba enfadada porque nadie le advirtió de la posibilidad. Pero no había nadie a quien culpar, y no importa cómo su corazón lo anhelara, Leland no podría hacer nada para salvarla de esto. Trató de lucir tan grande y poderosa como antes, y le dijo el hombre de la corbata de lazo que necesitaría el té en su habitación, ya que habría mucho que empacar.


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Capitulo 25 Traducido por: Thpy Los hombres hablan de sí mismos en toda clase de problemas en una mesa de juego –ésa es la verdadera razón de que las verdaderas damas no van a esos lugares, jamás. -MRS. L. A. M. BRECKINRIDGE, REGLAS DE EDUCACIÓN EN CIRCULOS DE BUENA CONDUCTA LA MÚSICA DE LA ORQUESTA AÚN PODÍA SER ESCUCHADO en el pequeño casino adyacente al salón de baile, y todas las decoraciones eran alegres, jugando con los verdes y blancos, y los correspondientes hombres oscuros que llenaban las mesas daban un efecto muy diferente. Todos ellos tenían al menos una cosa en común, ya habían tenido suficiente de bailar. Aunque para Henry, que se inclinó para limpiar los restos de arena que aún se aferraban a su pantalón, bailar era la última de las razones por la que quería escapar. -¡Hermano! Los castaños ojos de Henry se levantaron, y el resto de sí lo siguió poco después. Grayson Hayes estaba sentado a una mesa de cartas, y en algún momento en las últimas dos horas su corbata se había deshecho y su chaqueta había desaparecido. Habían pasado algunas horas desde la tarde cuando Henry no odiaba a nadie en el mundo como odiaba a Grayson, por estar coqueteando


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con Diana sin fin –la Diana de Henry- y ella parecía regresarle sus atenciones. Pero a él le gustaba el hombre un poco más como estaba ahora –lejos de cualquier mujer, su corazón se aceleraba más en un juego que por una elegante figura. Henry pidió a un mesero que pasaba un trago, y luego acercó una silla. -¿Me prestas veinte? –Grayson preguntó. Henry no fue capaz de controlar la extraña sonrisa que jugaba en las esquinas de su boca. Esperó un momento antes de asentir al repartidor. -Cárguelo a mi habitación –él dijo, y nuevas fichas aparecieron. Había comenzado a mostrarse la fatiga bajo los ojos de Grayson, pero en atención a la posición de sus hombros sugería que faltaban muchas horas antes de ir a dormir. Henry cruzó las piernas y encendió un cigarrillo. -¿Dónde está Penny? –Grayson le preguntó. -No lo sé –Henry la había dejado en la pista de baile, pero estaba muy embobado con la imagen de Diana medio bebida, con sus clavículas expuestas a la luz de la luna, el vestido de seda que la envolvía aferrándose a sus brazos que una vez estuvieron alrededor de su cuello con tanta alegría. La pose característica de Henry era de indiferencia, y dudaba que aún la tuviera ahora por como exhalaba contemplativamente. Pero estaba, en verdad, lleno de fuego. -Ella está sonriendo y justificando tu ausencia ahora, pero tendrá tu cabeza luego –dijo Grayson-. Oh, muchacho, bebe. No me gustaría ser tú mañana. La bebida de Henry había llegado, y –sabiendo que esto último era verdad- tomó un trago. -¿A quién le importa? –él murmuró. Para su sorpresa, Grayson rió.


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-Y solía ser una muchacha muy dulce. -Oh, sólo decía… -No te preocupes, Schoonmaker. Y no creas que no sé que ella a veces le gusta tirar de los hilos como un titiritero del infierno –la manó terminó, pero los ojos de Grayson no habían perdido su toque animal-. ¿Me prestarías otros veinte? Henry agitó su cigarrillo hacia el repartidor en confirmación y terminando su trago. Intentó distinguir al mesero, entre todos los otros hombres en blanco y negro, para pedirle otra bebida. Pero el mesero ya lo había visto e iba hacia él, y después de que Henry había tomado un sorbo del nuevo scotch, se sintió lo suficientemente perdido para presionar un poco. -Pareces estar profundamente impresionado por Diana Holland. Grayson estaba distraído por su mano, y Henry experimentó un horrible momento cuando sus palabras colgaron en el aire sin esperanza de respuesta. Finalmente su cuñado lo miró, revelando una chispa en sus ojos. -Ella personifica todas las variedades de belleza femenina –él dijo, tomando un cigarro de la caja que Henry había dejado al final de la mesa y poniéndolo un momento entre sus amplios dientes frontales-. Ella es la perfección en una mujer. El ojo en la mente de Henry falló, brevemente, con el caos que produciría si golpeaba a su cuñado en la mandíbula. Entonces, Grayson continuó: -Su madre debió haber sido intensa en su crianza, pienso. Hay una puerta que ningún hombre puede romper. Ella es muy joven, bastante ingenua, más protegida incluso que su hermana. No puedo sacarle más que un beso en la mejilla.


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Los hombros de Henry se relajaron, y en celebración a estas noticias vació el contenido de su resistente vaso. Dio la vuelta a su dedo hacia la dirección del mesero, indicándole que quería un trago para él y su amigo. Sabía que debería abandonar ahí la conversación, pero Diana estaba en todas partes, en sus pensamientos y en su lengua. -Ella es encantadora… -él continuó, más para sí mismo. -¡Ah! –Grayson levantó la vista a los ventiladores del techo y sonrió para sí-. Esa rosada piel. Esas pestañas de ensueño. Henry cerró sus ojos, e imaginó la dulce, petulante aflicción con la que lo había mirado en la playa. Se sintió un poco orgulloso de que ella lo amara. -Y se mueve tan magníficamente. -Te digo, Schoonmaker, ella no sabe lo que tiene. Ese es el corazón de esto. Ella es como una criatura salvaje que no tiene idea del valor de su pelaje – Grayson se detuvo para beber y asumir un tono filosófico-. Quien sea que la gane al final será, de hecho, un hombre afortunado. Más tragos llegaron, y los colores del cuarto fueron tan brillantes como menos claros para Henry. Grayson se enfrascó en las cartas de nuevo, y preguntó por más dinero prestado, pero la última cosa que dijera sobre Diana se había presentado en la cabeza de Henry y comenzó a echar raíces. Prendió otro cigarrillo y pensó en ello, y también en su promesa, y en cómo la mantendría. La disposición de los adornos en la mejor suite en el Royal Poinciana nunca se verían tan traicioneras. Todo era borroso, con extrañas formas bajas, aunque la luz de la luna hacía brillar el suelo de baldosas. Los ojos de Henry siguieron el brillante reflejo a las puertas francesas, que estaban abiertas hacia la terraza. El sendero de plata terminaba en una falda de gasa estriada de negro que era ajustado en la cintura y luego se extendía sobre el busto hasta los


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hombros dramáticamente, donde el tejido se reunía con cintas de color negro. Su esposa aún vestía sus guantes largos, aunque se habían deslizado un poco en los codos, y puso todo el peso de su largo cuerpo contra la voluptuosa barandilla de madera tallada. El cielo se estaba tornando púrpura en la marina, y más allá de Penélope la cima de las palmeras eran visibles, como descuidadas cabezas de gigantes. La luna sobre ella se veía vagamente entre las nubes, pero aún brillaba en su cabello y en sus pulseras. Él la odiaba entonces, no solo por costarle demasiado, no solo por toda la hipocresía y vanidad y la estúpida avaricia que ella encarnaba. Miró su espalda –por como lucía no habían signos de que ella volteara hacia él- e imaginó todas las formas que podría decirle que se iría. Pero su lengua estaba tan inutilizada como un coche cubierto de barro. Afuera, en la terraza, Penélope se quedó quieta, salvo que inclinó su oído hacia su hombro –no había ningún gesto en él que pareciera una maldita autoposesión. Su boca se abrió una o dos veces, pero su enojo crecía y se sentó en la forma de palabras. Ahora sus pies lo llevaban a través del suelo, su conciencia latía por detrás de sus pesados pasos de borracho. Él vio lo fácil que podría ser. Sin ninguna palabra podría dejar de lado todos los sucios enredos legales, todos los juicios de la sociedad. Su esposa estaba apoyada descuidadamente ahí, cuatro pisos sobre el camino de grava, y si se inclinaba demasiado –tratando de echar un vistazo al extravagante peinado de Lady Dagmall-Lister, digamos, o el vuelo de un loro desde una rama baja a otra-, entonces ella podría tambalearse, perder el equilibrio, y caer a su muerte. Su cuello podría romperse sin dolor en cuestión de segundos, y ella no tendría forma de prevenir que su esposo esté finalmente con la mujer que él realmente ama. La muchacha que está en alguna parte de estos cientos de habitaciones, creyendo en su promesa…


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Henry atravesó la habitación con forzada rapidez, sacando su chaqueta de donde la había dejado y arrojándola a las baldosas, pero algo lo detuvo en el umbral de la terraza. El cálido aire del exterior fue como una espesa cortina, húmeda, y Penélope se volteó a mirarlo. Su labio inferior temblaba y las esquinas de sus ojos cayeron por la pena. Ella lo observó, y él a ella, y supo que el peligro había pasado. Ella había visto la idea en él, y ahora él reconoció todo el terror reflejado en sus ojos. Henry apretó el marco de la puerta, inestable y jadeando un poco, choqueado por lo que había descubierto en sí mismo, de haber sido capaz de hacerlo. La rica estructura de su vestido se contorneaba alrededor de su largo cuerpo, e incluso en la oscuridad ella tenía la apariencia de una mujer que había visto demasiado. El tiempo pasó y ella habló. -No te culpo por querer matarme. Su cabeza se balanceaba, tan pesada sobre su largo cuello como una fruta madura. Un poco de su oscuro cabello corto flotaba por detrás de su cuello, lejos de su peinado hacia el collar de diamantes y ónices que ella se había comprado como regalo de bodas. Por debajo de ellos una mujer vestida de gala y ondulados postizos se tambaleaba a través del Coconut Grove, un poco peor por beber, riéndose solo un poco fuerte en respuesta a las dulces mentiras de un pretendiente generoso con la luna creciente. Sus hombros cayeron, y le dio una mirada suplicante, como si prefiriera que siguiera adelante y lo hiciera. -Penélope –su voz se quebró al pronunciar su nombre-, no podría… -Oh, Henry –suspiró-. Nadie te culparía. Hace solo unos instantes él estaría de acuerdo, pero había subido una gran cumbre y había descendido a un desconocido valle desde entonces. -Podría ser… Lo lamento.


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Pero ella no parecía escucharlo. Puso su mano más atrás en la barandilla, y se apoyó en ella como si tratara de escuchar mejor la tenue música de la orquesta. Su posición se veía precaria, y él se preocupó brevemente que ella se empujara fuera. Él decidió que estaba lo suficientemente cerca para detenerla, entonces dio un inestable paso hacia ella y sintió que el piso se movía, y al final nada dramático sucedió. Ella se enderezó y miró a Henry con los mismos experimentados ojos, luego suspiró entrecortadamente e intentó sonreír con valentía, una o dos veces, sin llegar a tener éxito. -Bien, entonces –dijo tranquilamente. Ella volvió hacia la suite con lamentable gracia, dejando a Henry solo en la terraza. Él cerró sus ojos y permitió que el alivio de no haber actuado en tan lamentable impulso lo reconfortara. Su sangre continuaba agitada por todo esto, pero sabía que de repente él estaba muy borracho, e hizo que su poco confiable memoria pronto se llevaría el incidente al reino del olvido. Siguió a Penélope, mientras su paz fuera poca y menos segura esta vez, todo tipo de patéticas explicaciones explotaron en su cabeza. Su cadera descansaba al final de la cama, y su espalda estaba hacia él, inclinada hacia delante en un arco conmovedor. Él se acercó y se sentó a su lado, y cuando ella aún no daba reconocimiento de su presencia, él puso una torpe mano en su espalda. Eso hizo que se diera cuenta que estaba llorando, su cuerpo sólo estaba ligeramente atormentado por silenciosas lágrimas. Encontró que no quería nada tanto en ese momento como ver su rostro. -No llores –él dijo. Siempre se sentía nervioso cuando alguien lloraba, y desde que era un niño era conocido por prometer cualquier cosa con tal que se detuviese. Pero cuando ella se volteó a enfrentarlo, él vio la humedad que se reunía en sus pestañas. Había algo insoportable en ver a Penélope humillada, y para detenerla de toda su auto abnegación él puso su boca –tan fragante con la bebida- sobre la


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suya. Ninguno se movió por un largo momento, luego ella tomó su labio inferior, muy gentilmente, entre sus dientes. Él se sintió mareado y cargado de emoción. Apretándola contra él, justo como lo había hecho el verano que pasaron juntos. Sus manos recorrieron a lo largo de su rostro y sus hombros y bajaron por su espalda, en donde comenzaron a deshacer su corsé. Él había visto muchos corsés ser removidos a lo largo de los años, pero nunca lo había hecho él mismo. Todos los ganchos y cintas se le presentaron como un intrincado puzzle, pero a pesar de su borrachera –o tal vez por esta razón- él procedió con perseverancia y mucho cuidado. Cuando, finalmente, las capas cayeron sobre su cintura ella le dio una misteriosa sonrisa. ¿Era timidez, o gratitud, o alguna cualidad que nunca antes había visto? El cuarto se llenó de estrellas y Henry se preguntó por un momento si no habían estado amarradas al hotel y se iban girando hacia la noche. Se convenció de sonreírle de vuelta –lo hizo, un poco descuidada, como si apartara un mechón de pelo de su cara- y se movió para dejarla sobre las sábanas.


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Capitulo26 Traducido por: Thpy A MUCHOS DE NUESTROS HUESPEDES LES GUSTA BAILAR HASTA TARDE, Y PARA SU CONVENIENCIA NOSOTROS AHORA TENEMOS NUESTRA PROPIA PISTA POR TODA LA NOCHE. QUE ESTÁ DISPUESTA EN EL VESTÍBULO, JUSTO AL LADO DEL PUESTO DE PERIODICOS, E INSTAMOS A TODAS LAS DAMAS QUE VAYAN Y GASTEN SUS ZAPATOS ANTES DE IR A DORMIR. -LA GERENCIA, ROYAL PONCIANA, PALM BEACH LAS OLAS AUN ROMPIAN CONTRA LA COSTA, y sobre el otro lado del lago Worth, en West Palm Beach –la torre que Henry Flager construyó para ayudar- todo estaba oscuro. Pero las luces continuaban brillando por la pista de baile del Royal Poinciana en su bien cuidado césped. Los huéspedes del hotel estaban comiendo una segunda cena o estallando en risas o bailando más cerca de lo que habrían soñado hacer en Nueva York o Filadelfia o Washington, con acompañantes que no hubiesen podido considerar en su vida diaria. La música aumentó rápidamente y algunos esposos se escabulleron a jugar cartas al casino


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cercano. Luego las esposas comenzaron a pavonearse con los meseros, y más botellas de vino fueron pedidas. Las primeras señales del amanecer fueron visibles en el horizonte cuando Diana Holland echó un vistazo alrededor para estar segura que el hombre que poseía su corazón no estaba a la vista. -¿Ya se fue la Sra. Schoonmaker? –ella preguntó a un mozo con una bella cara y una amplia sonrisa con las que ella había bailado las últimas piezas. Ella estaba de un muy buen humor no para bailar, viendo su antigua vida junto a Henry frente suyo, y eso iba a ser tan encantadora y compleja y fina. -¿Importa? –el mesero le agarró la mano y la giró quedando frente a él. Se echó a reír y dejó que sonrisa se desvaneciera. Pero este quizás reajuste de su era demasiado sutil para él, porque él arqueó una ceja y la miró como si pensara que ella era una diosa que bajó del cielo en una nube para su propio deleite personal. -Creo que ella se fue hace unos momentos, por sí misma, con una amarga expresión en su rostro… -dijo el muchacho, aguantado la respiración. Entonces él le guiñó un ojo descaradamente. Diana vio sus intenciones al instante, y se apartó de su cercano beso. Ella bostezó teatralmente y dejó ir su mano. -Estoy de repente tan cansada –mintió. Muchos otros bailarines iban ahora a las sombras de sus habitaciones, y solo algunos huéspedes con ojos desorbitados continuaban agitándose para que todos los vieran. Era un poco inapropiado, una ligera voz le previno de estar despierta tan tarde sin chaperona, y se enorgulleció de estos toques de rebeldía en ella, se preguntaba si la precaución podría ser lo correcto en este momento en particular. Pero ella vestía un nuevo vestido, y su falda era ligera y su corazón repleto, incluso ahora ella no quería ir a la cama.


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-No te vayas –y por cómo la miraba no le ayudó, aún a sabiendas de que sería divertido, y le estaba agradecida de que se quedara a celebrar con ella algunas horas. Pero todas sus sonrisas eran para alguien más, le ofreció una última mirada y se escabulló. Se imaginó que él estuviera parado ahí, solo, por unos cuantos minutos preguntándose qué fue lo que hizo mal. Por supuesto, lo que él hizo mal no era algo que tuviese la posibilidad de reparar, para ello bastaba el simple hecho que no fuera Henry. Se sintió extrañamente llena de energía, pensando cómo ella había bailado y todas las cosas que había visto. Una vez que la mañana hubo avanzado más ella podría enviar un cable a Barnard, y contarle como Lady Dagmall-Lister disfrutaba las tardes con un hombre de la mitad de su edad como si nadie nunca la hubiera escuchado, pero quienes no sabían todos los pasos de baile y de cómo Henry Schoonmaker abandonó a su esposa rápidamente apenas hubo acabado la cena. Y él tenía, Diana pensó mientras caminaba a través de los gruesos tablones del porche del hotel, que estaba vacío a esas horas y en el amplio césped cubierto de rocío. Ella dejó un segundo par de zapatos en la pista de baile, así que esta vez sentía la humedad del pasto en las plantas de sus pies. En algún lugar de esa enorme estructura, Henry probablemente planeaba cómo anular su matrimonio, y quizás ya haya tomado una habitación separada, y tal vez la oportunidad se basaría en ella en las horas por venir… Mientra tanto, la luz fue brillando con mayor intensidad en el cielo, y pronto tendría que bañarse y vestirse para otro día de ocio cuidadosamente coordinado. El aire era denso y aun, a esas horas, y olía como en ningún lado en que hubiera estado. Con cada paso sentía como si toda su vida fuese diferente ahora. Todos lo detalles del paisaje eran irreales y nuevos para ella; fue un pensamiento que salió de una nueva instancia de su existencia. Por largo tiempo ella anduvo por debajo de las palmeras, sola, y sólo cuando el sol


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apareció en el horizonte con sus dorados rayos jugando entre las olas fue el momento de volver. Para esas horas un nuevo grupo de empleados del hotel hacían su recorrido desde los dormitorios, que estaban escondidos en el edificio principal por un bosque de higueras. Ellos vestían poleras blancas, y pantalones o faldas negras y apartaban la mirada al reconocer a Diana incluso cuando ella quería sonreírles. Fue una equivocación para ella ver a tanta gente de color sirviendo a unos cuantos blancos, y sabía que ya no era esclavitud, pero parecía igual de malo. Y este era un gran hotel. Ella lo escuchó de alguno de los otros lugares en que los huéspedes dan una vuelta en pequeños carruajes que eran empujados por sirvientes, además los huéspedes se sentaban en el frente y podían disfrutar de una vista sin obstáculos. La idea la revolvió. Diana estaba tan sumida en sus pensamientos que no había notado hacía dónde estaba yendo, y se encontró en el enorme edificio de color amarillo limón, con sus torrecitas parecidas a un pan de jengibre, con todas sus ventanas y terrazas abiertas. Era una hermosa estructura, ella no podía dejar de notarlo. Entonces, ella volteó su barbilla y enfocó su mirada. Muy alto por sobre ella un hombre desnudo de la cintura para arriba apareció en su terraza y miró por todo el jardín. Diana pestañeó un par de veces –su pecho era aún más dorado y su cabello era oscuro como de terciopelo negro, pero él estaba en el cuarto piso por lo que le tomó varios minutos notar que era Henry. Mi Henry, ella pensó y se alejó un poco, sus pasos aplastaban el pasto. Allí era algo irregular y lejos de su mirada y no pudo dejar de imaginar que él estaba pensando en ella. Sintió que sus pulmones se llenaban de aire y luego movió sus manos para llamar su atención, olvidando por un momento que todos los que limpiaban las habitaciones, los botones, los camareros, los cocineros iban al trabajo por detrás de ella. Sus brazos cayeron, y al poco tiempo después todas sus esperanzas se extinguieron.


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Por ahí, al lado de Henry, estaba Penélope. Diana cerró sus ojos y se dijo a sí misma que no llorase. Cuando los abrió, Penélope seguía ahí. Ella habría subido detrás de Henry y rodeado con sus brazos sus hombros de una forma tan familiar. Ella vestía una bata y su sedoso cabello castaño caía alrededor de sus hombros. Habían pasado muchos años desde que Diana había visto a Penélope sin su cabello en un inmaculado peinado, y el efecto del desarreglo en ella en este lugar, y justo en ese momento, era tanto hermoso como horrible. Las dos personas en esa terraza eran mucho más sofisticadas y mucho más sabías de lo que ella nunca sería, pero en una cosa ella había madurado lo suficiente para verlos en ese momento, a pesar de todas las protestas de Henry, es que eran de hecho una muy íntima pareja. Cruzando los jardines del Royal Poinciana todo era tranquilidad, pero Diana Hollad estaba hecha pedazos. Debería no haber llorado por una estupidez tan grande y tan prolongada. Diana ya sabía que Henry era un comienzo, y que fue solo un sueño que ella creyó cuando dijo que su matrimonio con Penélope fue sin amor, o esas cosas que pudieron haber sido diferentes con ella que se fueron con todas sus otras amantes. Por supuesto, él sólo estaba contándole historias en la playa, por supuesto lo único que quería de ella era que fuera su amante. Como lo fue, ahora ella sabía que era una idiota de primer orden. Diana tropezó como una idiota con su larga falda –los empleados del Poinciana no dudaron en quedar perplejos ante una joven mujer corriendo con su vestido de noche- esperando encontrar un lugar muy privado para esconderse antes de comenzar a quebrarse de verdad.


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Capitulo 27 Traducido por: Thpy El matrimonio es un misterio que uno no sería prudente en resolver con demasiada rapidez. -MAEVE DE JONG, AMOR Y OTRAS LOCURAS DE LAS GRANDES FAMILIAS DE LA VIEJA NUEVA YORK LA LUCES DE LA INCIPIENTE MAÑANA ESTABAN ENTRANDO A través de las puertas francesas que cada uno de los huéspedes y botones sabían que son de la mejor suite en el Royal Poinciana, donde Penélope se echó hacia atrás sobre la pequeña montaña de las mantas color champaña y se sintió completamente nueva. Estiró sus largos brazos sobre su cabeza y cruzó sus estrechos tobillos. ¿Quién sabía la forma en que el corazón de Henry atravesaba su instinto asesino? Ella sí, ahora, y estaba planeando manipular su culpa lo más posible. Él no la había asustado, no mucho de todas formas, y después de todo ella sabía que lo tenía. A ella ya no le importaba que los otros huéspedes los hubieran visto juntos. Dejar que las Holland y Miss Broad y todas las otras personas elegantes del hotel especularan en la ausencia conspicua de Henry Schoonmaker, lo que sería mucho más satisfactorio. -¿Henry? –ella llamó. No hubo respuesta, sólo la brisa presionando las cortinas de encaje irlandés contra los cristales de la puerta abierta. Ella se paró y se envolvió en la bata, tirando de las últimas extensiones de su cabello de la noche anterior, tirándolos en la mesilla de noche de nogal pulido. Sus movimientos fueron


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ligeros y llenos de una nueva satisfacción, para una tarde, meses de intriga y escaladas, de afecto no devuelto, por fin habían sido aceptados. Ellos eran ahora verdaderos marido y mujer. -Henry –ella dijo de nuevo y caminó hacia la terraza. Su espalda hacia ella, y por un momento ella lo vio en una silueta, sus anchos hombros contra el cuadro de las palmeras, el césped cuidadosamente cortado, el océano brillando con la luz del sol naciente. Era temprano, ella pensó, todavía quedaba mucho de ese maravilloso día. Entonces se movió hacia delante y puso uno de sus brazos y luego el otros sobre el hombro de Henry-. ¿Qué es lo que vamos a hacer hoy? No había nada de repentino sobre lo que él hizo después. Tomó sus muñecas con sus manos, primero una y luego la otra, y arrancó sus brazos lejos de su piel, pero siempre muy lentamente, siempre muy gentil. En otro momento él se voltearía y su expresión le contaría que estaba a quinientas millas de distancia. -Fue un error –él dijo mientras dejaba caer sus muñecas. Penélope intentó recuperar la vulnerabilidad que ella había usado con tan grandes resultados la noche anterior. El resplandor que había sentido momento antes estaba comenzando a desaparecer, pero no lo suficientemente rápido para lucir realmente afectada y necesitada. -Quieres decir… -Todo el asunto –él mantuvo sus delgados labios juntos, pensando poner fin y mantener adentro cualquier compasión. -Pero Henry… -Anoche, la boda. -… solo pensaba en lo mucho que nos divertimos anoche. ¡Sólo quédate conmigo ahora, y tendremos más diversión!


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Henry sacudió su cabeza tristemente. -Tú sabes muy bien porqué me casé contigo, fue toda idea tuya y tu fuerza bruta. No puedes estar sorprendida ahora si yo no quiero hacer nada contigo –su mirada se apartó de ella, y al menos ella notó el gran esfuerzo con que Henry pronunció estas palabras-. Necesito pensar –rodó sus ojos hacia el cielo rosa-. Lo lamento muchísimo, pero no puedo estar contigo ahora. Cuando ve volteó y volvió hacia la habitación, Penélope sintió toda la ira y el temor correr en ella como una enorme ola que podría ahogarlos a todos. Henry se detuvo una vez y miró hacia atrás. Sus ojos negros subieron y bajaron hacia ella por un momento y entonces habló con doloroso énfasis. -Lo siento. De alguna manera todo este cuidado, la amable distancia fue peor que cualquier bofetada. La mano de Penélope revoloteó a su mejilla patéticamente, pero él ya se había volteado e iba caminando a través del suelo español a un rápido ritmo. Un momento más tarde ella le siguió, su orgullo inflamado pero su cabeza aún con relativa calma. Si ella pudiera obtener un poco más de tiempo, algo de información, tal vez lo peor no tuviese que pasar. -¿Qué es lo que vas a hacer? -Voy a ir al cuarto de Teddy y me vestiré allí. Luego vamos a ir a pescar, que era el propósito original de este viaje –Henry fue recogiendo su ropa de la noche anterior. Sacó las mangas de la arrugada camisa por encima de sus brazos y se detuvo por sus zapatos. Fue perfectamente obvio para Penélope que él estaba evitando encontrarse con sus ojos, ella se preguntaba qué era lo que le asustaba ver en ellos-. Después, cuando volvamos a Nueva York, voy a encontrar una forma de dejarte. No estoy seguro cómo todavía, pero no puedo quedarme en este absurdo remedo de matrimonio por mucho más.


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-¿Qué hay sobre tu pequeña Di? –Penélope se movió hacia él, su voz subiendo a un paso alarmante. Ella sabía que sonaba histérica, pero no pudo ayudarse, no cuando todo por lo que ella siempre había luchado se resbalaba a través de sus dedos. -¿Qué hay sobre ella? –ahora él sí encontró sus ojos, y ella vio que estaba fatigado, y un poco triste, y le lavó alguna nueva madurez que de una u otra forma hicieron su mirada mucho más penetrante. -Si tú la amas tanto, me pregunto sobre lo que tú no te preocupas que pasará cuando todos sepan que ella jugó a la ramera contigo –ella fue lanzando sus palabras ahora, su boca se contrajo no muy atractivamente con cada oración-. Sería mi placer contarles, Henry. La chaqueta negra del traje de Henry cayó de sus manos, pero sus ojos recorrieron hasta su dirección. -Lo dudo –él dijo. Su voz fue un susurro al principio, pero luego él habló nuevamente lo hizo con mayor fuerza e impulso y al borde del enojo-. Dudo que cuando comiences la experiencia de humillación sea fuera de la mansión de los Schoonmaker, querrás agregarlo y permitir que todos sepan que tu marido nunca te amó, y que ya pensaba en alguien más incluso antes de que te hubieses casado. Henry hizo una pausa para sacar su puño de su boca –porque ha escupido, sólo un poco, cuando habló. Los ojos de Penélope fueron de un calmado azul como nunca habían sido. Lo que él decía era verdad. Ella se estremeció, y supo lo que él había visto en ellos. -No querrás probarme, Henry. No hubo respuesta, solo un momento que ella sintió como si se fuera para siempre. Pero era el final, lo último, cuando se inclinó y recogió su chaqueta –satisfactoriamente, esta vez. Le dio una última dura mirada, y luego


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se volteó y comenzó a alejarse de ella. Ella dio un paso vacilante hacia delante, pero él ya se dirigía a la puerta. Cuando se fue, dejándola sola en su suntuoso vestido, con su cabello desarreglado, la cuidadosa arquitectura de su plan para ellos aplastado. Ella quería romper cosas, pero fue inusualmente restringido por la conciencia de que ninguno de los objetos de la enorme y lujosa habitación le pertenecían. Antes que sus furiosos impulsos tomaran lo mejor de ella, se amonestó a sí misma que ella había nacido para ganar y que uno no gana por hacer berrinches –al menos no fuera de la propia casa de uno, que podría resultar en viciosos, falsos rumores. Pero oh, cómo quería destruir cosas, cuando tanto había sido destruido para ella.


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Capitulo 28 Traducido por: Thpy ¿Y qué hay sobre la famosa amistad entre la Señorita Elizabeth Holland y la mujer que se casó con su ex novio, la ex señorita Penélope Hayes? Las dos han reparado en Palm Beach juntas, pero por supuesto ninguno de nosotros puede ver qué es lo que hacen ahí… -DE CITÉ CHATTER, DOMINGO, FEBRERO 18, 1900 LA MUCHACHA EN EL ESPEJO LUCÍA PÁLIDA E HINCHADA, pero Elizabeth intentó tomar algunas profundas respiraciones y recuperar algunos de los buenos sentimientos que ayer había experimentado. Le hubiese gustado encontrar a Teddy e ir a desayunar con él, pero después de su casi propuesta de la noche anterior, ella sabía que era mejor apartarse. El cálido aire podría aún hacerle bien, como lo haría el cambio de escenario. Pero había una brusca corriente en su interior y una ácida corriente de bilis que

bajaba por su

garganta, y pensó que quería muy mal sentirse contenida y en control antes de dejar el baño de su cuarto de hotel, otra parte de ella creía que ella se merecía sentirse terrible y de todos modos estaba al borde de vomitar todo otra vez. Titubeó en el cuarto de blancos azulejos; se recogió de nuevo algunos sueltos mechones rubios y cerró sus ojos. Cuando los abrió otra vez estaba solo la misma tristeza, su rostro en forma de corazón y todo un día de culto al sol en que ella difícilmente tenía energías. Ella bajó al espacio central de la

pequeña habitación, y fue

inmediatamente consciente de una hostil presencia allí. Penélope miró hacia


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arriba desde la punta del sofá de oscura madera pulida y con asientos blancos, y le dio a su vieja amiga una dura mirada. Un momento después sus rojos labios saltaron en una

sonrisa. Ella se veía enorme, muy larga para la

habitación, que los Schoonmakers habían reservado para ellos y pagaron para que estuviera lejos, y más pequeña que su propia suite. Eso fue muy obvio de Penélope con sus largas y amorosas descripciones de los cuartos que ella y Henry ocuparían; ella pertenecía allí ahora, Elizabeth pensó, no en los estrechos cuartos del segundo piso donde las hermanas Holland dormían. -Buenos días, querida Liz –Penélope dijo resplandeciente. Elizabeth le dio una mirada a Diana, quien había vuelto de la fiesta después que ella misma se había quedado dormida, y quien ahora estaba a salvo escondida bajo un montón de ropa de cama blanca en una de las camas gemelas con la cabecera tapizada en seda amarilla. Ella se había arrojado sin descansar en las sábanas durante la noche, pero no había dado aún ninguna señal de despertar. El mosquitero estaba parcialmente bajado y su vestido lavanda que había sido arrojado al suelo una hora antes estaba colgado ahora en el closet. Elizabeth lo puso allí después de haber ido a vomitar por primera vez durante la mañana; después ella hizo cuidadosamente su propia cama. -Buenos días –cerró sus ojos en intento de superar a una tormentosa náusea que estaba viniendo a ella-. ¿Cómo dormiste? -Oh, muy bien. -¿Qué harás hoy? ¿Te gustaría ir a montar a caballo conmigo? –Después de estas declaraciones, Penélope giró sus ojos y dejó salir una mirada que podría haber atravesado acero-. Ya estoy aburrida de este lugar –agregó con odio.


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-¿Ya estás aburrida? –Elizabeth estaba esperando su tiempo, repitiendo lo que Penélope decía con la esperanza que pudiera distraer a su amiga lo suficiente para poder idear una coherente y educada disculpa. -Todos aquí son tan ingenuos, y hay tan pocas cosas que hacer. Es como ser un animal en un zoológico, con un horario de alimentación fijo y una constante humillación en pantalla. Todos ellos están mirándome -mirándonostodo

el

tiempo.

Nunca

debimos

dejar

Nueva

York.

Pero

hace

tanto que estamos aquí, que deberíamos hacer algo de ejercicio. -No lo sé… -Oh, vamos, Liz. Tú eres mi más vieja amiga –Penélope se inclinó hacia delante, hundiendo sus codos en la voluminosa falda borgoña que vestía-. Mi mejor amiga. Compláceme, por favor. Elizabeth consideró a Penélope, quien estaba muy arreglada con mangas de gasa blanca, su regazo cubierto de seda del color de los pétalos de rosas triturados, con un cinturón negro que marcaba el estrecho istmo de su cintura. Su cabello estaba en capas sobre su nuca, brillante y oscuro, como una corona. ¿Qué problemas traía esa inmaculada chapa oscura?, Elizabeth se preguntaba, ante de asentir en aceptación. Estaba muy débil para contradecir a su anfitriona. -¡Oh, Dios! –Penélope exclamó mientras se paraba y aplaudía con sus manos-. Pero tú no vas a vestir eso, ¿verdad? -No, yo… -Elizabeth tuvo que poner su mano sobre la pared para apoyarse. Su esbelta figura era presa otra vez. Ella puso su otra mano en la llana blusa de algodón blanco de su vestido y cerró sus ojos. Ella iba de decirle a Penélope que necesitaba algunos minutos, pero entonces ella notó que no iba a poder resistirse por mucho tiempo. Ella se retorció y se apresuró al cuarto de baño en sus débiles piernas. Sus rodillas cayeron al suelo y se aferró a la pared mientras exhalaba. El contenido de su estómago era poco, y subía rápidamente.


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-¿Estás bien? Elizabeth se volteó a ver la estrecha figura de Penélope en el marco de la puerta. -Por Dios –Penélope agregó inútilmente. Elizabeth llevó su mano hacia su boca e intentó mirarla con dignidad. -Sí, estaré en un minuto. Yo solo… tomé un mal viaje, es todo. Es solo una enfermedad por el movimiento y ahora… Ella se apagó, yaciendo un momento como un bulto en el suelo. Ella podría haberse parado con gran orgullo y disposición si hubiese pensado que era capaz de manejarlo, pero sus piernas estaban inútiles debajo de ella. Entonces su vieja amiga extendió su mano para ayudarla a levantarse. Fue un gesto poco amable, y Elizabeth no sabía qué mas hacer excepto aceptarlo. Cuando estuvo sobre sus pies otra vez, Penélope se alejó y cruzó sus brazos sobre su pecho. Ella estudió a la otra muchacha sin animosidad o frialdad, pero con una notable falta de compasión. -No creo que tengas una enfermedad a causa del movimiento –dijo eventualmente. -¿Qué quieres decir? –Elizabeth –finalmente agradecida- fue capaz de convocar una vieja sonrisa. Se estaba sintiendo un poco constante ahora, y abrió sus labios para mostrarle a Penélope solo un poco de sus dientes. Ellas estaban paradas muy cerca la una de la otra en estos pequeños, hexagonales azulejos, y ella sabía que la Sra. Schoonmaker estaba tomando cada detalle de su apariencia. -Bueno –Penélope respondió airadamente-, puedes llamarle como quieras. Pero si quieres mi opinión –y realmente deberías- yo diría que estás esperando.


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Una suave brisa sopló a través de la pequeña ventana, provocándole cosquillas al cuello de Elizabeth. El miedo comenzó a sujetarse en ella como las vides, comenzando en sus tobillos y subiendo a través de todo su cuerpo. -Eso no es posible –ella susurró en voz ronca. Una de las depiladas cejas de Penélope se levantó. Ella mantuvo la mirada de Elizabeth y luego se encogió de hombros, antes de voltearse y dejar el baño. -Tal vez montar a caballo no es la mejor idea en estos momentos. Vamos a jugar cróquet en su lugar, ¿de acuerdo? De vuelta al dormitorio, Diana comenzó a moverse bajo las mantas, y cuando exitosamente puso sus rizos lejos de su adormilado rostro miró estupefacta al visitante de su dormitorio. Elizabeth por ese entonces poseía la idea de que si ella le mostraba a Penélope cuán normal era todo, cuán equivocada ella había estado sobre la enfermedad, y por eso le sonrió tranquilizadoramente a su hermana pequeña. -La Sra. Schoonmaker y yo vamos a jugar cróquet –dijo, creyendo que era la cosa más normal en el mundo. Luego tomó un vaso de agua de la bandeja de la puerta, y se lo bebió. De inmediato la puerta se abrió, y pudo escuchar el sonido del desayuno siendo servido fuera en el pasillo. -Oh –Diana dijo antes de volver a taparse bajo las mantas. Si Elizabeth no se hubiera sentido ella misma tan miserable, tal vez hubiese notado cuan mortal era la apariencia de su pequeña hermana-. Por favor ten cuidado. -Por supuesto –Elizabeth sonrió, una elevada sonrisa, y pensó para sí, Eso es precisamente lo que estoy haciendo. Ella podía sentir su control otra vez, volviendo a ella con cada segundo, dándole solo un poco de altura y brillo. Ella


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iba a necesitar cada gramo para mantener a Penélope del desarrollo seguro de lo que ella ya parecía creer. Las dos muchachas caminaron hacia el campo de cróquet, afectando su antigua cercanía y confidencia, y hablaron con gran exactitud sobre muchas y pequeñas cosas. La rubia sonrió, y la morena sonrió de vuelta, y ellas sostenían sus sombreros elegantemente cuando la brisa se elevaba e inclinaba el paisaje, apartándose del mar, reorganizando sus faldas. Elizabeth estaba segura de jugar un buen partido, pero no ganar, cuando estuvieron en eso ella insistió en una revancha con el entusiasmo propio de una dama segura. Todo el tiempo mantuvo sus hombros elevados y, ocasionalmente, pensaba que no podía dejar de apoyar su mano una o dos veces en su vientre y preguntarse qué llevaba allí.


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Capitulo 29 Traducido por: Thpy FALLECIÓ, Longhorn, Carey Lewis, la tarde del sábado luego de una breve enfermedad. El último de una gran familia y un respetable hombre en la ciudad. No deja sobrevivientes, pero sí una gran fortuna. Los servicios serán hoy en su residencia en el New Netherland Hotel. En lugar de flores, las donaciones pueden ser hechas a la Sociedad de Niñas Huérfanas por causa del Fuego. -DE

LA

PÁGINA

DE

OBITUARIOS

DEL

NEW

YORK

IMPERIAL,

MIÉRCOLES, FEBRERO 21, 1900 LA VISTA DEL NEW NETHERLAND ERA total y completamente carente de garantías. Carolina recordó pasar muchas tardes mirando hacia fuera a la enorme franja del parque, con la riqueza de sus árboles, imaginando que era el patio trasero de su benefactor, y por lo tanto muy cerca de ella. Cuando cerraba sus ojos, ella creía que si se adentraba en él, este podría atraparla con gentileza, como si fuesen plumas. La verdad del asunto era como un adorno, como todas las ramas allí desnudas, tan simple como el helado cielo gris. Nada de esto le pertenecía, y si es que alguna vez perteneció a Mr. Longhorn no importaba ahora. Él se había ido y no podría ayudarla nunca más. Con eso en mente, se giró de la ventana -Señorita… Broad –la segunda palabra fue pronunciada con mucho escepticismo, la forma en que un anarquista hubiese usado la frase ―casa de


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campo Newport‖ cuando se refería a estas sesenta y cuatro habitaciones de la mansión que da a la costa de Rhode Island. Carolina pestañeó con furia. Mr. James llevaba gruesas patillas y grandes solapas negras que tenían forma de pera. Él tenía unos modales que en general podrían inquietar; y que, efectivamente, la inquietaba. -¿Sí? -Una palabra sobre las joyas. Sobre su macizo hombro, ella pudo ver a los últimos dolientes irse. Robert estaba triste pero también con cautela en la mesa de fiambres y encurtidos, en que había permanecido por varias horas y que ahora apenas se movía. Allí habían estado algunos visitantes, la mayoría de ellos mujeres que una vez habían esperado por la corona de la Sra. Longhorn, y esto solo incrementaba el sufrimiento de Carolina. Por como él le había pedido tan lastimeramente que se quedara con él, y ella se lo había sacudido de encima y lo dejó morir solo. -¿Las joyas, Srta. Broad? Carolina sacudió lejos de sus ojos la humedad e intentó lucir herida. Ella se sentía herida, pero aún estaba esta urgencia de poner una cara que pudiese ser claramente leída como dolorosa. -¿Qué joyas? Mr. James agitó una pila de recibos hacia ella. -Parece que Longhorn compró un montón de joyas en los últimos seis meses de su vida –sus ojos se abrieron amenazadoramente-. Estas pertenecen a la finca. -Mr. Longhorn compró muchas joyas a lo largo de su vida –Carolina espetó. Estaba experimentando un escalofrío de miedo, pero su voz aún era


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firme-. Usted no puede mostrarme cuentas por todas ellas, y de todas formas, las que él compró conmigo en mente fueron regalos. -Ellas le fueron prestadas –Mr. James regresó con firmeza. Él sacudió las cuentas. Cruzando el cuarto, la luz azulina del atardecer jugaba sobre los pináculos y crestas de los antiguos muebles y lavaban los hilos de oro en la tapicería-. Nosotros las tenemos. -Me pregunto cómo las obtendrá, si él me las dio –no había nada que Carolina pudiese hacer sobre la insolente mirada en su rostro. La furia había vuelto, de la forma que siempre hacia cuando sabía que algo iba a ser injustamente tomado de ella y que no había nada que pudiese hacer para detenerlo. No le habría servido a su bien ser una niña o una doncella, y era poco probable que sirviera a su bien ahora, pero era un reflejo que difícilmente podía controlar-. O tal vez estás planeando arrastrar a cada mujer en que Longhorn tuvo un interés de abuelo a la corte. -Yo dudo mucho que quieras ir a la corte, querida –los labios de Mr. James estaban llenos y húmedos, y pensó que su ira era fuerte como siempre encontraba que tenía que apartar la mirada de él-. Y mi gente está sobre tus cuartos ahora, recogiendo tus cosas. Ellos pondrán lo que necesites en alguna de las maletas que nadie use. Las joyas serán tomadas en custodia… tu sirvienta nos contó dónde podrían estar. El volumen de su falda negra, con sus volantes en capas hasta bajo de sus rodillas, hizo a su instintiva respuesta en indetectable: Ella estampó su pie –dos veces, en silencio- sobre el pulido piso de madera. Todos los invitados ya se habían ido, y cruzando la habitación hombres de la oficina de Mr. James se estaban moviendo para determinar qué era de valor y quitar lo que no lo era. Pronto todas las fiestas, toda la vida que Mr. Longhorn vivió aquí, iba a ser borrada. Ella vio claramente lo que la mitad de su conciencia temía durante su viaje en tren: Este juego se acabó. Ella vio también, porqué Mr. James había sido


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tan concienzudo en verla en el cementerio; para que él pudiese dejar que su staff fuese por sus cosas mientras ella miraba, a través de un velo de tul negro, a Mr. Longhorn siendo bajado al suelo. -No creo que esta es la forma en que él lo hubiese querido –ella dijo tranquilamente. Era verdad, ella sabía muy bien que eso no le importaba en absoluto al caballeroso abogado. -Bueno, si gustas, puedes venir a oír el testamento que será leído la próxima semana. Quizás allí habrá alguna compensación especial para ti. Pero si me preguntas –y por lo general se me paga muy bien por este tipo de consejodiría que tú ya tienes lo suficiente. Carolina dejó el New Netherland llevando un número mucho menor de posesiones que con las que había llegado y necesitaba urgentemente de compañía. Ni Penélope o Leland podrían ser, y no solo porque ambos aún estaban en Florida. La primera se había comprometido a ayudarla, pero ella no era exactamente la clase de amigos que quieres mostrarles tus debilidades; y el otro no podía saber nunca cuan dependiente de Longhorn ella solía ser –no iba a permitir eso. Él por supuesto sabía que un anciano había mirado después de ella, pero ella había explicado que eso era porque Longhorn y su padre habían sido grandes amigos, y que ella vivía de sus propios ingresos, heredados. Como dejó el hotel y observó sus dos maletas negras cargadas en un coche a caballo, ella no podía dejar de pensar en la única persona en Nueva York que sabía perfectamente bien qué era ella. Le dio al conductor una dirección en el centro y rehusó mirar por fuera de la ventana mientras ellos pasaban por fuera de las encantadoras avenidas e iban al sórdido viejo mundo. Afuera era todo un tamborileo en el horizonte, una manada de decepcionados rostros, un aluvión de audaz propaganda intentando convencer cada día a los neoyorquinos que sus vidas realmente podrían ser diferentes si ellos compraban algún barato producto para el cabello


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u otra cosa que ella ahora sabía estaba por debajo de ella. No hubo respuesta cuando hizo sonar la campana en esa lejana calle, que ella solo había visitado una vez antes, y le pagó al conductor un poco más dejándola con poco efectivo, y se sentó a esperar en el asiento con su sombrero de copa para damas de seda negro inclinándose hacia delante sobre su perfil Ellos se llevaron muchos de sus vestidos y la mayoría de las joyas, aunque hubo algunos artículos que se adaptan a su figura tan perfectamente que incluso el amargo Mr. James vio que no había manera de robárselos. Ella aún tenía su orgullo y su nombre, se dijo a sí misma mientras se inclinaba sobre el duro asiento –sin embargo, si vienen por casualidad, eran de ella ahora. Pero incluso ese pequeño regalo parecía disminuir mientras ella esperaba y esperaba en la adoquinada calle. El conductor se estaba poniendo impaciente, ella sabía, y se preguntaba si tal vez no era tiempo de moverse, cuando un rostro apareció en el cristal. -¡Señorita Carolina Broad! –él dijo, como si no hubiera nadie que no habría sucedido. Su rostro se volvió irremediablemente a la luz solar. No pudo esperar, como sabía que una verdadera dama haría, para que el conductor diera la vuelta y abriera la puerta para ella. Ella ya envolvía con sus dedos y presionaba hacia abajo la manilla y se extendía por la calle. -¡Tristán! –gritó mientra lanzaba sus brazos alrededor de su cuello. -¿Y a qué debo este honor? –él preguntó mientras la apartaba lo suficiente para tener una mirada de ella. -Oh, Tristán, es el más horrible… -ella comenzó. Ahora que ella estaba con alguien que siempre la miraba con dorada intención y daba tan libremente su consejo, ella creía que podría ser capaz de dejar su guardia baja. Incluso pensó que el aire todavía estaba mordiendo –el cuello de Tristán estaba protegido por una gruesa bufanda café- ella comenzó a sentir un pequeño calor. Ella quería mostrarle toda su tristeza y ansiedad y la indignidad del día, estaba


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agradecida de él incluso por pequeñas cosas, como el hecho de saber su nombre. -¿Quieres subir por un poco de té? –interrumpió después de una buena cantidad de balbuceo de su parte. Carolina dejó que sus sabios ojos giraran avergonzados hacia el suelo. -Tengo algunos bolsos… -ella dijo en un tono más precario que antes. La última vez que estuvo sin un hogar, se sintió estúpida y aparentaba pesadez. Ella estaba un poco sorprendida que esta vez ella era capaz de vestir su angustia como belleza, y ella imaginó que debería ser delicada y elegante como algún pétalo de rosa veteado de color que recién había sido apartado por la brisa. El cuerpo de Tristán era magro y fuerte, y se movía con seguridad y propósito. Ella no podía dejar de tener un poco de placer en el hecho de que él estaba instruyendo al conductor en ayudarlo con sus maletas, y llevándolos hasta el estrecho piso de madera al pequeño apartamento que mantenía. Parecía más aseado y bienvenido esta vez, y cuando sintió la fuerte explosión del radiador notó cuan helada ella había estado. Tristán despidió al conductor y le dio a Carolina una diabólica sonrisa mientras tomaba su abrigo. Ella había querido mencionar, en algún momento de todo esto, que había conocido a Leland Bouchard y que estaba enamorada de él. Pero ella no lo había hecho en el momento en que él puso el agua y le sirvió un poco de brandy para hacerla entrar en calor. Entonces lo sintió muy tarde, y de todas formas, la cosa más natural que hacer cuando él se volteó y le dio a su vestido de seda negro una apreciativa mirada al inclinarse hacia delante, puso su mano en su díscolo cabello rubio, y presionó sus labios sobre los de él.


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Capitulo 30 Traducido por:Artemisa035

Di mía— Pienso en ti siempre, y en cuando vamos a estar juntos. En lo pronto que será. Pero en el entretanto, mantén tu ingenio sobre ti, y actúa como si todo fuera normal. Con amor, H EL AGUA ESTABA BIEN, AUNQUE DIANA NO, Y ella nadaba sin mirar atrás. Las mujeres en sombreros y medias y que se aferraban a la cuerda extendida hasta el mar no la notaron, y seguían chillando como si el océano les significara una perpetua sorpresa. Para Diana, allí no había ninguna sorpresa— el mar subía y bajaba, te arrastraba dentro y fuera. Ella se sentía más calma, en parte, por el continuo vaivén, aunque tenía una casi inagotable necesidad por consuelo justo en ese momento, que ningún acto de la naturaleza podría llenar. Tres días habían pasado desde que ella viera a Henry en el balcón con su esposa, ella se había mantenido callada desde entonces, y lanzado todas las notas de Henry a las olas. Había sido una cosa terrible perder a Henry la primera vez, por el matrimonio, pero descubrir la falsa fachada de la que era capaz era otro tipo de golpe, y la había dejado casi sin palabras. Luego estaba la furia contra ella misma—por ella dándose cuenta de qué era el amor de Henry, y que todavía ella se hubiese devuelto para sufrir un poco más a manos de él.


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Ella flotaba sobre su espalda y chapoteaba sin rumbo, y los ruidos de la costa crecían indistintamente. Las cabañas de la playa y las sombrillas estaban muy lejos, y el hotel, con sus decoraciones y alfombras y juegos al aire libre y bicicletas, todavía más lejos. Grayson estaba sentado en la arena, esperando junto a la silla de mimbre de ella, pero no estaba de todas maneras en un estado de gran excitación, tampoco. Él la siguió obedientemente, pero parte de su imprudencia se había ido, y parecía que se le hubiesen agotado las cosas que decir. Cada vez que ella se volvía hacia él, ella se encontraba sólo con unos grandes, tristes, y anhelantes ojos. Mientras tanto, Henry parecía creer que todo estaba tal cual él lo había dejado entre ellos, y que ella jugaba junto con su juego. Diana había dirigido escenas enteras en su cabeza, imaginando como sería el confrontar a Henry, y todos los ingeniosos y devastadores insultos que ella le lanzaría. Pero otra parte de ella se preguntaba si ella podría tener la oportunidad. Quizás él podría continuar mandando sus notitas por siempre, sin nunca notar cuan poco correspondido estaba su corazón por él, y la única diferencia sería que ellos habrían regresado a Nueva York, y ella los habría echado al fuego. Mientras tanto, ella había aumentado su confianza en el océano, y en la mitad de sus contemplaciones una ola la levantó para luego enterrarla en un gran abrazo. Tuvo que nadar duro para volver a la superficie, y cuando lo hizo ella se sacudió el agua y el brillante sol de sus ojos. Ella pataleó para mantener arriba su cabeza y apartar los cabellos de su cara. Entonces ella pestañeó, tratando de ver a la luz de nuevo, y darse cuenta que Henry nadaba a unos pocos metros de ella. Sus ojos atentos y sus fuertes hombros acababan de emerger del agua. ―¿Estás bien?‖ dijo, braceando hacia ella. Pero había una sonrisa secreta en su preocupación, y ella supo que estaba orgulloso de haberla encontrado así. ―Digo, buen lugar has encontrado aquí.‖


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―Estoy bien.‖ Ella le dio una larga mirada cruel y empezó a alejarse nadando. ―Diana, creo que descubrí algo sobre… ¿qué pasa?‖ ―¿Me estás preguntando qué pasa conmigo?‖ ―Sí…‖ Él braceó hacia ella ―Pareces…‖ Por un momento, era demasiado grande y terrible para ponerlo en palabras, pero ella sintió otra ola viniendo, y esta la salvó de cualquier silencio o arranque. Ella se sumergió mientras pasaba conteniendo la respiración, y cuando volvió a la superficie buscó a Henry. Ella estaba lista para salir del agua, y tan pronto como le dijera donde las cosas quedaban, ella lo haría. Ella se dio la vuelta, y cuando su visión cegada por el sol se asentó en el lugar donde Henry emergió, ella dijo, ―Te vi.‖ ―¿Me viste nadando para encontrarte?‖ preguntó. Luego miro por encima de su hombro, como si temiera algún otro testigo. Los brazos y piernas de Diana trabajaron para mantenerla a flote, y ella respiraba entrecortado. ―Te vi a ti y a Penélope en la terraza de tu suite, así que sé que todas esas historias que me contaste sobre que no había amor entre ustedes, y todas las mentiras sobre dejarla, son sólo tan falsas como cada dulce canción que alguna vez me cantaste‖ Unos cuantos segundos pasaron antes de que Henry pareciera comprender qué había dicho ella, y entonces el gritó, ―¡No!‖ Él nadó más cerca de ella y trató de llegar a sus brazos, pero ella se alejó. Las yemas de sus dedos rozaron su piel, y ella sintió algún tipo de desesperación en ellos. ―Tú no entiendes lo que viste. Quiero decir que eso no era lo que parecía. Voy a dejarla, le dije…‖


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―Ya no hay nada entre nosotros, Henry‖ Esta línea se le había ocurrido a Diana en la hora después de que se diera cuenta de su engaño, y ella se lo había pensado bastante, e incluso susurrado al espejo cientos de veces. Ella no tenía idea de cuánto podría doler cuando finalmente tuviera que decírselo, y se alivió al sentir el oleaje crecer bajo ella con la corriente. ―Hemos terminado,‖ agregó, como creía que las cosas finalizaban. Al momento siguiente, otra ola se estrelló sobre ellos, y envió su cabeza girando sobre sus talones hacia la orilla. Ella no luchó esta vez. Se dejó arrastrar. Cuando pudo sentir la arena debajo de ella, metió su pie en ella, y luego empezó a tambalearse fuera del agua. Ella se sintió inestable al principio, pero siguió con valentía y sin mirar atrás.


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Capitulo 31 Traducido por: Artemisa035 Mi espía en el Royal Poinciana, donde muchos de nuestros más brillantes neoyorquinos han estado disfrutando del sol, se ha ido en silencio. La última nota informaba que Diana Holland le había estado prestando mucha atención al hermano de la nueva esposa del ex novio de su hermana, y que la joven dama pareciera estar devolviéndole sus afectos sonrosadamente. —DE LA ―GAMESOME GALLANT‖ COLUMNA EN EL NEW YORK IMPERIAL, MIÉRCOLES, 21 DE FEBRERO, 1900 ERA LA HORA CUAND LAS MUJERES FUERON A sus cuartos a vestirse para la cena y el cielo fue desde el tediosos azul a algo como fuegos artificiales. A

lo largo de la amplia terraza del hotel, padres y esposos y

hermanos bebían cocteles caída la tarde y se reclinaban en las largas sillas de ratán mientras se desvanecía la luz anaranjada y el púrpura. Ellos doblaban los periódicos sobre sus rodillas y aceptaban los telegramas en bandejas de plata. Ellos fumaban puros y hablaban sobre el golf y la caza y la conducción que habían hecho ese día y, en las clases más bajas, como lo estaban haciendo los mercados de vuelta en la ciudad. Abajo en el fondo, apoyado en la barandilla de madera blanca para poder pasar desapercibido, Henry estaba tratando de emborracharse por sí mismo lo más pronto posible.


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No había nada más que él pudiera disfrutar. Los días habían pasado en Florida, cada uno igual al último. Él era formal con su esposa en público, y evitaba estar con ella en privado. El observaba a Diana reír con Grayson Hayes e ir con él a la playa después del desayuno. Ahora él sabía que ella no albergaba esperanzas por él, y el sintió el peso completo de sus muchos pasos en falso. Él había sabido esa mañana, luego de haber estado con Penélope, que él era un idiota, pero hasta hace algunas horas el había creído que Diana podría nunca enterarse de eso. Por otra parte, él había visto esa mirada en el rostro de Penélope cuando la había llamado brusca—ella ya no podía arruinar a Diana como ella había amenazado. Su propia reputación estaba demasiado en juego. Pero esa era una preciada idea que él no podía usar de momento. Era inútil para él, justo como cualquier otra inútil cosa en el íntegro mundo de lo inútil. Él había dado por sentado su propia suavidad y sabor, su capacidad para discriminar y tener su selección. Se trataba de una realización infeliz que cuando algo importaba, cuando realmente importaba, fuera un patán sin esperanza

tropezando consigo mismo y destruyendo todo a su paso. Esa

mañana, antes de que Diana le hubiese dicho cuánto había cambiado en ella, no había sido tan malo verla en compañía de Grayson. Pero él había cometido el error de leer las columnas sociales sobre uno de los hombros de otros caballeros, y eso había confirmado sus peores temores. ―Henry!‖ Incluso el sonido de su propio nombre lo irritaba, aunque lo hizo mirar hacia arriba obedientemente a tiempo para ver que Teddy se acercaba por el borde de su julepe. Teddy ya estaba vestido con su chaqueta de la cena, y, a diferencia de Henry, su corbata estaba perfectamente en su lugar. Henry llevaba una camisa de fino lino italiano, aunque había olvidado sus gemelos y dejado en la parte superior dos botones desabrochados. Dio un sorbo de su vaso e hizo una pequeña mueca, incluso aunque no había nadie más cuya intromisión podría haber tolerado en ese momento.


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―Henry,‖ dijo Teddy otra vez, habiendo cruzado los tableros de espesor de la terraza y llegado a la columna elegida por su amigo. ―¿Dónde te has estado escondiendo?‖ Henry desplazó sus ojos negros lejos del Coconut Grove, donde algunas mujeres que habían completado su transformación de ‗después del té‘ se paseaban con los hombres que ellas pensaban que ya se habían enamorado de ellas. Había un montón de volantes y sombrillas siendo girados distraídamente, y él no podía soportar nada de eso. ―No me estaba escondiendo—es sólo que ya no tengo más estómago para la fiesta.‖ ―Sé a lo que te refieres,‖ replicó Teddy. ―Dudo eso,‖ dijo Henry sombríamente. Él estaba siendo ridículo, lo sabía, pero Teddy había sufrido durante mucho tiempo el comportamiento tonto de Henry, lo que era un hábito demasiado viejo como para cambiarlo ahora. Él no parecía, de todos modos, tomarle demasiado en serio. Un camarero apareció, y Teddy señaló la bebida de Henry. ―Dos más, por favor.‖ ―Es lo mismo que en mi cuarta orden—ese hombre se demora una eternidad,‖ murmuró Henry, aún cuando el camarero para ese entonces ya se había ido. Él movió sus manos lentamente, como si la inutilidad de cada pequeña cosa fuese un problema demasiado grande como para hacer algo al respecto. ―Yo estoy cansado de eso, y creo que mi razones no son tan diferentes de las tuyas.‖ Henry miró a su amigo inclinado, y notó por primera vez los surcos en su frente. ―Oh?‖ fue todo lo que consiguió decir. Él estaba seguro que las razones de Teddy no eran ni la mitad de devastadoras que las suyas.


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―Sí.‖ El tono de Teddy fue firme a la vez que miraba hacia el mar, y por un momento, la luz anaranjada del amanecer, se vio reflejada en sus ojos grises. Le daba un aspecto arruinado y mucho más viejo de lo que era. ―Creo que voy a dejar esto por un tiempo.‖ Henry, quien había estado experimentado su vida como si esta fuese un bien del que ya estaba arto, estaba irritado por este giro de la frase. ―¿Dejarlo?‖ le devolvió irónicamente. Eso podría ser suficientemente fácil para Teddy, supuso él, quien ya había terminado el colegio y se las había arreglado para no tener que casarse. ―Estarás bien sin mí,‖ Teddy replicó con una sonrisa triste. ―¿Hablas en serio?‖ ―Oh, completamente.‖ El camarero apareció con sus bebidas, y ambos hombres se giraron a la barandilla del porche y miraron fuera pensativamente un momento. La luz seguía ardiendo en el recinto, y se reflejaba en las dos cabezas de pelo engominado. La mandíbula de Henry se tenso mientras anticipaba la respuesta de su amigo. ―Voy a la guerra‖ ―A la guerra‖ Henry encontró que estaba demasiado aturdido como para beber. ―Sí, voy a unirme al ejército.‖ Tal vez fue porque Henry seguía mirándolo incrédulo, con los ojos saltones, que Teddy agregó: ―Ya estaba entre los cadetes en la preparatoria.‖ Henry tuvo que apartar la vista. Ellos habían ido a la misma preparatoria, pero él no podía recordar a su amigo haciendo algo como eso. ―Pero donde—?‖ ―Espero poder llegar a ser un oficial y ver acción en las Filipinas. Ya les he escrito a los contactos de mi padre en el Fuerte Hamilton, y tengo la


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esperanza de enlistarme tan pronto como regrese a Nueva York. No puedo esperar a mañana—voy a irme esta noche, después de la cena.‖ Todo esto sonaba esperanzadoramente lejano para Henry, y no pudo evitar verse horrorizado. Sólo pensar en ello le erizaba la piel bajo la camisa. Él consideró varias otras respuestas mucho más profundas, algo como ―Mi Dios‖ o ―Bravo.‖ Lo que el finalmente dijo fue: ―Pero podrías morir.‖ Teddy apoyó los codos en la barandilla y se inclinó hacia delante. ―Por supuesto que podría morir.‖ Él agarró su copa y sonrió un poco. ―Pero no podría quedarme aquí por siempre, mirando con admiración a las chicas nuevas en los vestidos de última y bebiendo desde las cuatro de la tarde a las cuatro de la mañana. No, eso sería el desperdicio de una vida. Yo no me quiero esconder del peligro—eso no es lo que significa ser un hombre. No creo eso, de todas maneras. Mirar a la cara a las cosas difíciles y seguir avanzando—eso es lo que uno tiene que hacer.‖ No se le pasó a Henry que eso que Teddy describía como el desperdicio de una vida era con poco más o menos la suya. Pero se encontró con que no se sentía insultado. Él se sentía más bien afectado por el fraseo, por lo que sólo medio escuchó lo que Teddy dijo después. ―He estado hablando con eso encantadora criatura por la que estuviste atraído una vez, Elizabeth Holland, y me encontré con que ella me hace querer rebuscar la profundidad en las cosas. Ella es tan menuda y frágil, y sin embargó ella ha atravesado por situaciones desgarradoras, y pareciera que ya no tolera frivolidades. ¿Cómo podría ella, ahora, cuando ella sabe lo que es estar vivo en un modo en que nosotros no?‖ Teddy se detuvo para poner sus manos sobre su rostro. Henry podría haberse preguntado si su amigo no se vio afectado por el amor imposible también, si él no hubiese cambiado tan rápidamente de tema.


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―Como sea, es un país joven. Y quiero ser responsable de eso, de sus intereses y su posición en el mundo. ¿Si no yo, quién, Henry? Yo soy un buen líder; Yo sé cómo hacer para que los hombres se expliquen.‖ Ambos presionaron sus codos contra la barandilla de madera y miraron fuera. La atmósfera estaba caliente y llena de disturbios prácticamente imperceptibles que hacían a las hojas de palma levantarse y caer como si estuviera suspirando. Henry estaba pensando en la más joven de las hermanas Holland, en la manera en que podía ir desde ser una niña impetuosa a una mujer conocedora en unos pocos segundos y nunca perder las estrellas en sus ojos, y sobre lo que le había parecido su vida cuando él había creído tenerla. Seguro que eso no era un desperdicio. Luego Teddy bajó la cabeza, y con una voz ligeramente diferente, continuó: ―Tal vez cuando vuelva voy a merecer la vida que quiero.‖ Las mujeres en sus volantes se estaban devolviendo al hotel, emergiendo como peces blancos en un arrollo y subiendo por la escalera. Bajo la terraza, el sonido de los saludos y los tacones altos sobre tablones de madera resonaba, era la hora de la cena, y nadie podía esconderse ahora. Primero Teddy y luego Henry se apartaron de la barandilla y terminaron sus tragos. Henry le dio una palmada al hombro de su amigo mientras se unían a la multitud. ―Te extrañaré,‖ dijo Henry. ―Más te vale que en realidad no te maten.‖ ―Lo mismo va para ti,‖ respondió Teddy ligeramente. ―En ambos aspectos.‖ Henry se echó a reír alegremente, y pensó que no había necesidad de preocuparse. Él había dirigido su situación con Diana bastante mal, en efecto, pero el estaba comenzando a ver el destello de un oportunidad para poder arreglarlo. Teddy estaba en lo cierto. La vida era una ventana corta, y no tenía sentido en hacer las cosas mal una y otra vez, incluso cuando era tan difícil el detenerse. Cuando volvieran a Nueva York todo podría ser diferente para


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Teddy y diferente para él también, y el sería bastante cuidadoso en hacer las cosas correctas y no terminar siendo asesinado por su esposa o por sí mismo o por cualquier otro. Había algo por lo que vivir, después de todo, si tan sólo pudiera mantener la vista fija en ello. Ella estaba subiendo las escaleras del brazo de Grayson Hayes, con un vestido de color crudo con ojales y en niveles, y un sombrero enorme, y aunque ella no lo miró a los ojos, el aún podía sentir la hermosura de ella en sus propias rodillas. Ya no le importaba que ella estuviera del brazo de Grayson, y que tuviera que hacer frente a lo que le había hecho a ella. Tenía un montón de vida por delante, y si tuviera que hacerlo, la usaría toda para recuperarla. El tiempo de hacerle promesas había pasado—todo lo le quedaba a él era actuar.


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Capitulo 32 Traducido por: Thpy Permanece siempre atento en ferrocarriles y barcos de cruceros, para el tránsito tiene una forma de hacer todo claro. -MAEVE DE JONG, AMOR Y OTRAS LOCURAS DE LAS GRANDES FAMILIAS DE LA VIEJA NUEVA YORK LOS INVITADOS DE LA FIESTA DE LOS SCHOONMAKER –QUE fueron abandonados por ellos, de todos modos- tomaron el mismo elegante coche privado para regresar a Nueva York, además ellos iban mucho más silenciosos y moderados en el viaje de regreso. Penélope se mantuvo congelada en su asiento, imperturbable y aún a pesar de las sacudidas y la vibración del tren. La luz venía a través de la ventana en animadas líneas, pero su rostro permaneció sin cambios, sus ojos pegados en la alfombra a sus pies o a los de su marido, quien se sentaba frente a ella. Él vestía una camisa color crema, que ella le había dado, y sus cruzadas piernas cubiertas con un pantalón negro. Estaba leyendo un libro de poesías, algo que ella nunca supo que él hacía, y él no llevó sus ojos a encontrarse con los de ella ni siquiera una vez. Cuando él tenía que hablar con ella miraba sus rodillas. Ella aún estaba sufriendo de esa horrible, asfixiante sensación de que debió haberse ahogado desde que su esposo la había rechazado en la suite del hotel, y había estado teniendo dificultad en encontrar una razón para hacer mucho más. Él ha estado civilizado con ella desde su confrontación, y ella estaba comenzando a dudar su resolución de dejarla, ella no se atrevía a sentirse triunfante.


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Incluso el haberse vestido esa mañana no le trajo placer, y ahora Penélope estaba pagando por eso en su vestido de día color malva que era perfecto en estilo pero no podía –ella sabía- mostrar su mejor característica. O no exactamente sufriendo, porque se sentía tan en blanco que eso realmente no importaba. Se derrumbó, en montones de malva, y controló una pequeña mirada un poco más abajo hacia el pasillo, donde las hermanas Holland se sentaban cómodamente una junto a la otra. Diana dormitaba en el hombro de su hermana, su rostro era suave y sonrosado como un pequeño querubín. Un muy joven querubín, pensó Penélope. Uno muy molesto. Elizabeth, quien era solo parcialmente visible para ella, miraba por la ventana, mucho más despierta, pensaba que ella estaba contemplando el fin del hombre. Por primera vez, Penélope se preguntaba si Liz realmente estaba esperando el hijo del mozo de cuadra (peón). En el hotel, ella casi había sugerido esta posibilidad como un deseo por decir algo tan molesto como ella sentía. Pero ahora Elizabeth estaba mirando tan inexpresivamente que Penélope se preguntaba si no era el caso. La otra hermana, mientras tanto, lucía como si pensara que no había nada que importara en el mundo. Su rostro hacia arriba, hacia la luz en su sueño, sus oscuros rizos caían gentilmente a través de su rosada piel. Tan lejos como Penélope podía contar, Grayson había sólo logrado agotarla al salir. Él había desaparecido otra vez, al coche-bar, cuando su pequeña hermana recordó un murmurado comentario de Grayson, sobre cuánto dinero había perdido en Florida –algunas de las cuales, Henry le había prestado- y sobre que era solo el principio de sus deudas. Diana ahora persistía en mirar nada ni destruido o arruinado por sus atenciones. Ella era una vagabunda, por supuesto, Penélope pensó, además era una vergüenza, como Henry puso punto final en su suite del hotel en Florida, ella no pudo contarle al mundo sobre eso. A pesar de un caso tan devastador de tedio, Penélope manejó una apática ceja, por eso de repente comenzó a


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ocurrírsele que ella podría ser capaz de usar esa información después de todo. Todo el mundo no necesitaba saber que la chica era una puta –había solo un hombre quien necesitaba verlo. Luego apoyó su pálido rostro ovalado sobre su propio delgado hombro, y dejó que el balanceo del tren calmara sus sueños. ¿Había sido alguna vez Nueva York tan frío? Penélope no estaba segura si fue su breve temporada en el sol que la hacía tiritar a fines de Febrero que parecía tan intolerablemente oscuro y triste, o si era que siempre había sido de esta forma. Ella había tenido suficiente de la silenciosa indiferencia de Henry en el tren, y también al anochecer de su regreso ella pretendió que había extrañado demasiado a sus padres, y que fue sola a su casa a cenar. Su madre había invitado algunas personas ―divertidas‖, como siempre, y ella ocupó toda la cena prestándoles completa no-diversión con su bombardeo de preguntas tontas. Penélope dejó a sus largas pestañas caer con lentitud, portentosamente, cerrando y permitiéndose a sí misma a sentir por completo la tragedia de haber llevado un vestido cada vez –era de encaje negro sobrepuesto en un satén marfil, y mostraba su cintura con mayor ventaja- en una noche cuando solo imbéciles podrían verlo. Las velas parpadeaban en el centro de la larga mesa Romanesque. Cuando su hermano echó hacia atrás su silla y se excusó a sí mismo, ella medio sonrió sus disculpas y lo siguió al cuarto para fumar. ─Realmente me has fallado, deberías saber ─ella dijo mientras barría sobre el pequeño respaldo del banco en forma de corazón junto a la silla forrada en cuero donde Grayson se sentó. Su tobillo descansaba sobre su rodilla opuesta y él solo prendía un cigarrillo. Lanzó su mirada en dirección a Penélope y luego la apartó. Ella notó un débil tono morado sobre su piel bajo sus ojos, y se dio cuenta que él estaba muy cansado también. Había otra cosa sobre su postura, ella decidió, algo como ansiedad. ─ ¿Cómo es eso, Penny? ─él preguntó después de una pausa.


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─Con Diana Holland, por supuesto ─Penélope se movió y tomó un cigarrillo de la plateada caja que su hermano había dejado sobre el brazo de la silla. Él mantuvo un cuidadoso ojo en ella mientras se inclinaba hacia delante para encenderlo-. Se suponía que tú nos entretendrías a todos nosotros con un juego del gato y el ratón. ─Lamento si tú no te entretuviste. Penélope se detuvo e inhaló delicadamente mientras Rathmill, el mayordomo, entraba a la habitación y cruzaba el suelo para atizar el fuego. Él rellenó el coñac de Grayson, y cuando él salía, la joven Hayes siguió alegremente: ─ ¡Por supuesto que lo estaba! Solo que no creo que hayas ido lo suficientemente lejos. ─Esa es una peligrosa frase saliendo de tu boca ─él masculló. ─Estoy segura que no sé a qué te refieres. Chispas salieron por sobre el fuego, iluminando la oscura habitación, con sus paneles esculpidos y un vago aire medieval. Era una habitación sin ventanas, en el centro de la casa, y por una vez Penélope estaba agradecida de estar tan lejos de la atención pública. Ella exhaló y dejó su largo y esbelto brazo caer a un lado del sillón, dejando una sutil marca de quemadura en su tapicería magenta y dorada. ─De todos modos ─ella continuó, cuando se volvió obvio que Grayson no iba a explayarse en su comentario─, quiero que tú agites al ratón un poco más. -Oh, Penny, ¿no has tenido ya suficiente? Penélope le mostró su sonrisa paciente. Ella había convertido en obsesión la idea que se le había ocurrido en el tren en dirección norte; le había dado a ella


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algo sobre lo que ella podía concentrar toda su ambición e intriga –que se había hundido brevemente en el fin del desastroso viaje a Florida. Esto le permitió sentirse más como ella misma, y de todos modos, él había sabido que incluso en sus momentos más débiles ella era una persona insaciable y que las palabras no significan lo suficiente después de todo. ─Tú ni siquiera la has besado aún ─ella dijo eventualmente. ─Lo intenté ─él replicó acaloradamente mientras encendía un nuevo cigarrillo con el anterior. Los amplios ojos azules de Grayson brillaron en su dirección mientras lanzaba su viejo cigarrillo hacia la chimenea. ─Lo dudo. Penélope reprimió una risa ante su evidente orgullo en este punto presionando sus suaves labios juntos con firmeza. ─Entonces, ¿por qué detenerse ahora? Tengamos algo de diversión con ella. ─No lo sé ─él se encogió de hombros, incómodo─. Ella es encantadora, pero muy joven, y de todos modos, estoy muy ocupado con otras cosas. Penélope consideró confesarle todo, pero luego decidió que su otro método de persuasión podría ser más efectivo. ─Eso no es muy fraternal, Grayson ─ella arrulló suavemente─. Si tú me ayudas Grayson

en

esto,

movió

yo su

veré

mano

que y

esto

dirigió

sea una

digno mirada

de hacia

tu el

tiempo. fuego.

Penélope se paró, para que su próximo movimiento tuviera el máximo impacto. ─Pagaré tus deudas en el juego si tú continúas en el juego. Una media luna surgió en la esquina izquierda de su boca cuando ella vio la reacción de esto en el rostro de su hermano. Él levantó la mirada hacia ella


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rápidamente, y su mirada salvaje se mantuvo en ella mientras se movía hacia la chimenea. Ella apoyó su codo derecho sobre su muñeca izquierda, y llevó su cigarrillo muy elegantemente a sus labios. ─ ¿Cómo sabías…? ─se detuvo─. De todos modos, ¿de dónde vas a conseguir el dinero? ─Te olvidas que soy una mujer casada. Tú sabes cuánto es mi subsidio de Padre, y el Sr. Schoonmaker me da el doble de esa cantidad. Yo ordeno toda mi ropa en la cuenta de la anciana Sra. Schoonmaker, como verás, he ahorrado un poco. Los labios de Grayson se separaron ligeramente mientras las posibilidades comenzaban a hundirse. Tragó saliva y luego dijo: ─ ¿Qué es lo que quieres que haga? Penélope sonrió ampliamente ahora, y lanzó el final de su cigarrillo hacia el fuego. ─Sacude al ratón, Grayson, pero esfuérzate esta vez, ¿está bien? Has que se

enamore

de

ti

de

manera

que

acabe

lamentándolo

siempre.

Él puso sus dos pies sobre el suelo, y reposó sus codos sobre sus rodillas. ─Sé que tú ya has hecho sentir a muchas mujeres de esa manera ─ella pudo ver que él estaba por aceptar, así que dejó que su voz tomara un toque paternalista ahora─. No deberá tomar mucho esfuerzo. Penélope regresó a su asiento y tomó la copa de cristal de Grayson de la pequeña mesa lateral y bebió. Él debió haber estado desesperado, para que él ignorara su insinuación y mirarla con enfocados ojos. ─ ¿Cuán pronto puedes tener el dinero? Penélope abrió sus propios amplios azules ojos magnánimamente.


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─Oh… tan pronto como estés de acuerdo en limpiar esa aura de inocencia de nuestra pequeña Di ─ella dejó caer un párpado en su firma de un latente guiño─. ¿Y Grayson? No te molestes en ser muy discreto. Sería mucho más divertido si todos ─con lo que ella quería decir Henry ─saben que ella está siendo comprometida.


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Capitulo 33 Traducido por: Thpy Miss Diana Cuando vengo por usted siempre está fuera. Cuando le envío mensajes, es como si usted desapareció. Cuando se aburra de torturarme, por favor llame a la mansión Hayes por una visita. -G. S. H. DIANA MIRÓ FUERA DE SU VENTANA A LA INEVITABLE nieve que caía en medio de muchas yardas. Se apartó un vagabundo rizo lejos de su nariz y se preguntó por el enorme sentimiento que estaba quedaba en ella, incluso después de tantos golpes. Estaba ahora claro que ella había decidido por sí misma en todos estos largos meses –y sin embargo, aún anhelaba a Henry. Cuando pensaba en él pensaba en las olas de Florida, que había influido a su lado y durante el día y luego en la cama, también, incluso cuando ellos fueran sólo un recuerdo de una sensación y el leve sonido en la distancia. Henry era como eso también –él todavía la mecía, incluso tanto tiempo después del hecho. Ella estaba cansada de eso. Cerró sus ojos. Su pequeño cuerpo se desplomó contra la ventana y trató de imaginar que toda la atracción que sentía hacia Henry Schoonmaker se convirtiera en una pequeña bola de periódico y casualmente la arrojara a uno de esos fuegos que


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los vagabundos hacían en las esquinas de las calles en climas como este. Sería arder a cenizas, y luego los suaves copos de nieve caerían por encima, derritiéndose y desintegrándose en la nada. Cuando Diana abrió sus ojos, supo que su truco mental había fallado. Hizo un ruido un poco petulante –―¡Ah!‖- y se alejó del alféizar. En alguna parte de la casa, Elizabeth se estaba moviendo de lugar en lugar como un fantasma que tiene un interés particular con los vivos, y su madre juntaba y separaba sus manos. Cada ser en el N° 17 estaba distraído, así que era bastante fácil para ella localizar un abrigo y deslizarse desapercibidamente por la puerta principal. -¿Va a hacer la apuesta por nosotros, Miss Diana? Escuchar su nombre en voz alta, en una sombría casa de oportunidad – sobre los constantes ruidos de los dados de madera y cartas al ser arrastradas y repliques de risas- provocando un incontrolable temblor que recorría la columna vertebral de la más joven las muchachas Holland. Pero ella se recordó que todos los ojos estaban en los clubs y palas, o en la rueda negra y roja, e incluso si ellos hubiesen estado curiosos por ella, vestía una máscara con caídos ojos de gato con cuentas color negro azabache. Grayson se la había entregado cuando se encontró con ella en la puerta de la mansión Hayes, justo antes de que la llevaran en un coche que esperaba. Él había conservado refugiada una de sus manos cuando ella puso uno de sus pies en la pequeña pisadera de metal, y su cercanía física no había disminuido desde que llegaron a la sala de juegos en algún lugar de la Veintitrés Oeste. Ella había estado nerviosa por esto al principio, pero había llegado a ver que, a pesar de los asientos de terciopelo rojo y el candelabro que colgaba sobre ellos como una inmensa e iluminada medusaeste cuarto era muy diferente de todos los cuartos en los que había estado antes. Aquí nadie se sorprendió en lo más mínimo cuando se colocó en el regazo de Grayson Hayes, o que la mano iba y venía a través de su rodilla. -Pero no sé cómo –ella le arrulló, como una ingenua en uno de esas novelas francesas que mantiene debajo de su cama. Había estado observando el


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giro de la ruleta, y que en ese tiempo descubrió cómo se juega. Pero disfrutaba de la sensación de sus anchos brazos a su alrededor por ambos costados y le susurraba al oído lo que tenía que hacer. La tenue luz de la habitación se reflejaba en los espejos de bronce dorado con incrustaciones, que se encaran entre sí para que la escena de los correctos hombres de negro, agrupados en las mesas en todo el piso alfombrado y, aquí y allá, una mujer como ella con sus cabellos aún cubiertos por su abrigo nocturno, repetida una y otra vez. El lugar al que Grayson la llevaba era un corto paseo pero un largo camino de Gramercy o la Quinta. Diana le gustó la idea de que esta distancia le llevaba lejos de Henry, también. Oh, él estaba aún ahí, revoloteando en su cabeza, pero ahora también estaba Grayson, quien, apenas era el mismo hombre, estaba al menos en la misma categoría de hombre. Ellos llevaban los mismos trajes a la medida, por ejemplo, y llevaban cajetillas de cigarros similares, y albergaban como las mismas intenciones deshonestas, y de todas formas, cada momento que pasaba con Gryson, eclipsaba los recuerdos de Henry un poco más, de modo que pronto ella estaría llena de momentos, del girar de las ruedas y de los ventiladores zumbando en el techo y el humo de los cigarros, gruesos y oscuros en el aire, sin pasado ni futuro y solo el hombre en cuyo pecho de barril se recostara un poco mareada. Un mesero en un chaleco púrpura oscuro se detuvo para rellenar su copa de champaña –ella no estaba acostumbrada a que rellenaran su copa de manera casual, o tan a menudo. Grayson susurró nuevamente a su oído, pero no pudo oír lo que decía, y no se molestó por el hecho. Puso su apuesta. -¿Estás segura? – Ella pudo oír que estaba un poco asustado y un poco emocionado por dónde ella había puesto sus fichas. Ella sólo asintió y le guiñó el ojo al crupier, quien llamó al resto de los hombres amontonados alrededor de su mesa que hicieran sus apuestas. Luego hizo que la ruleta girara y la pequeña pelota blanca voló en la dirección


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contraria, por sobre la borrosidad. Ella cerró sus ojos e imaginó que estaba flotando, que era inalcanzable para todos en todo el basto universo. Esa Gramercy se fue y el dinero en un juego que niños practicaban. Ella tuvo que volver a esa triste casa y a su propio triste cuarto, pero no todavía. Ella iría luego. Cuando abrió sus ojos otra vez, la pelota había caído en un bolsillo. Ella pestañeó y sólo un momento después se dio cuenta que el bolsillo correspondía al único número al que ella había puesto todas sus fichas restantes. Todos a su alrededor, los jugadores sin aliento palmeaban a Grayson en el hombro. Ella sintió sus manos apretadas a su alrededor, una palma en su vientre, y luego rozó sus labios contra su pómulo. -No pudo creerlo –él susurró. Y luego-: Debes ser mi amuleto de la suerte. Le tomó otro par de minutos antes que lo creyera, también, y entonces fue capaz de tomar aliento finalmente. Tal vez fue la dulce efervescencia de la champaña, o este reino tan extraño en el que tan fácilmente había caído, pero ella se sentía, en ese momento, de todos modos, con mucha suerte, o muy amada, o lo que sea que él había dicho. Ella echó hacia atrás la cabeza y se rió, levantando sus pequeños brazos blancos al aire, llena de un sentimiento muy cercano a la alegría.


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Capitulo 34 Traducido por: Thpy Todos mis lectores saben que soy extremadamente honesto, y que me esfuerzo en dar a cada pregunta una completa y acuciosa respuesta. Sin embargo, hay algunas cosas que nunca voy a decir, y que incluso cada madre sabe hacerlo en su personal manera, en sentido de proteger a sus jóvenes e inocentes hijas de la dura mirada y opinión del mundo. Intenten pensar en cada cosa sólo en el invierno, y recen por no tener que guardar tantos secretos. -MRS. HAMILTON W. BREEDFELT, COLECCIÓN DE COLUMNAS SOBRE SEÑORITAS DE CARÁCTER. 1899 ELIZABETH SE DETUVO A LA PUERTA, HABÍA TENIDO la esperanza que si se detenía antes de tocar, sus ligeros hombros podrían dejar de temblar. Pero estuvo allí unos minutos ya, y no se sentía tan estable como cuando había llegado. En el otro lado de la puerta estaba la sala de la mañana, donde muchísimo del trabajo de la casa era hecho por las mujeres Holland con sus propias manos estos días. Su madre le gustaba el crochet y preocuparse ahí, crochet y preocuparse, aunque cuando esa dama fue hacia la habitación después de cenar ella aún creía que su mayor problema era que sus hijas se habían ido a Florida y habían vuelto sin asegurar ninguna propuesta de matrimonio. Elizabeth levantó su puño para tocar; ella iba a tener que contarle a su madre que había algo más sobre lo que preocuparse, y mejor hacerlo antes de la evidencia física se volviera abrumadora.


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-Adelante –la Sra. Holland replicó encantadoramente. Elizabeth entró por la agrietada puerta. Eligió un viejo vestido con una exquisita muselina café, con una cintura alta y de infladas mangas, aunque por dentro estaba llena de un blanco temor. El vestido era muy largo para ella en algunos lugares y muy pequeño en otros, y se mezcló con la oscura madera teñida del cuarto que hizo a Elizabeth suave, el pálido corazón del rostro debió parecer como si flotara cuando se volteó a cerrar la puerta. Esta invisibilidad hizo muy poco para alterar la pesadez que sentía en ella, porque estaba agobiada por todas las cosas que había hecho y que no podía retractarse. Ella había querido vivir sólo por el bien de su familia, pero ahora llevaba en ella un marcado hecho que los haría sufrir a todos ellos otra vez. -¿Qué es? –la calidad de los negros ojos de la Sra. Holland cambiaron cuando miró a su hija, ella levantó su barbilla y la piel de su garganta se tensó, tal vez ella ya sintió alguna larga parte fuera de lugar. Había un fuego yendo por su interior, que brilló en sus vigilantes ojos. Ella bajó su gancho e hilo y contempló a su hija, antes de señalar gentilmente que ella se acercase. Elizabeth cruzó la habitación y se hundió junto a su madre. La cara de la anciana era dura como siempre, con líneas duras alrededor de la pequeña boca, pero miró a su hija imperturbablemente, que había una profunda calidez en su interior. -Cuéntame –urgió. Y Elizabeth lo hizo. Su confesión vino en trémulos alientos y fue interrumpido con pequeños sollozos. -Antes que Will… antes que él muriera, fuimos… como uno, como marido y mujer… -se detuvo para poner su frente en las rodillas de su madre. Había cierta humedad en sus pestañas, que no quería que se vieran-. Y ahora yo creo… yo sé –ella tragó aire-. Yo sé que lo soy. En un sentido familiar.


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Con el tiempo Elizabeth levantó su rostro para confrontar la reacción de su madre, la expresión de la dama se volvió implacable otra vez. Si ella había sido choqueada o herida con un mal paso final de una vez apreciada hija, ella no lo mostró. Habían muchas situaciones de desilusión detrás de su fija mirada, y ella no trató de mimar a su hijo. -Eso es desafortunado –replicó formalmente-. Pero no del todo inesperado. Me avergüenzo de Will tanto como me avergüenzo de ti –inspiró profundamente, y movió su tejido de su regazo al suelo-. Te dije que no te forzaría a un nuevo infeliz compromiso, Elizabeth, pero me temo que esto cambia todo. Tú sabes que esto será el fin de nosotros si cualquiera lo descubre, ¿no lo crees? ¿sí? Elizabeth asintió infelizmente, y su almohada de cabello rubio flotaba con ella. -Tendrás que casarte ahora, o, si no puedes manejarlo, nosotros tendremos que encargarnos. Sé de una casa en donde estas cosas se hacen – ahora era el turno de la Sra. Holland de ser sacudida por un estremecimiento, aunque pasó tan rápidamente que si Elizabeth hubiese pestañeado se lo habría perdido. Se alegró de no hacerlo, en ese momento ella supo lo que su madre realmente sentía sobre esa sugerencia, incluso si ella lo encontraba tan necesario. -Hablaré con mis amigos, amigos que he dejado, y ver si hay algún posible pretendiente para ti. Tal vez todo pueda ser hecho rápida y silenciosamente. Pero me temo que será el otro camino, y por eso, mi niña, lo lamento mucho –puso su pequeña mano en la cabeza de su hija y suspiró-. Vete ahora. Ve a descansar. En la mañana haremos todo lo que sea necesario hacer. Elizabeth asintió nuevamente, se sintió extrañamente como un niño incluso cuando uno crecía en su interior. Ella no pudo volverse para ver a su madre otra vez, y se levantó solemnemente y se dirigió a la puerta. Pensó en


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todas las cosas que quería decir –cuanto lo lamentaba, lo que la decepcionaba, como ella habría querido que las cosas fuesen ahora y porqué había ido malpero ella encontró que no tenía fuerzas o la voluntad de explicarse a sí misma. Salió hacia la apenas iluminada sala, y luego cuidadosamente un paso a la vez fue hacia el segundo piso y a su propio dormitorio, donde no había fuego, pero al menos un espacio donde pudiese estar sola con su secreto. Allí se recostó en la cama de caoba con su acolchada manta blanca y puso su brazo sobre su rostro. Esperó que su respiración se calmara, pero no lo hizo. Ella recordó por un momento como se sentía con Will –cuan segura de que él siempre sabía qué era correcto. Pera era una preciado momento que había sido tomado de ella. Ella estaba sola ahora, y si había algo adecuado que hacer, ella no lo vio. Un mes antes, todas las adecuadas conductas parecían ser posibles. Su familia la había necesitado tan terriblemente mal, y ella había planeado hacer todo por ellos. Ella había permitido que Diana fuera tras Henry Schoonmaker, y eso sólo parecía haberle causado más dolor, desde entonces su hermana mayor había estado tan ausente. Ella apenas si había hablado con su hermana menor desde que ellos volvieron; había estado tan absorta en sus propios temores para ver como Diana se levantaba. Y su madre –era mucho más que pensar cuan lejos se extravió de las expectativas que su madre tenía en ella. Ella levantó su mano sobre su frente y miró con indiferencia hacia la ventana. La nieve se había detenido en algún momento durante la noche, y había ahora una clara vista de la media luna en el cielo. Se preguntaba si Will podía verla ahora, y sintió culpa otra vez, no sólo por su familia sino por los días de simpleza y felicidad que había experimentado en Florida. La memoria le hizo una mueca de dolor, y se preguntaba si ella no estaba siendo castigada por eso; si su situación actual no estaba de alguna manera retribuyéndole por tener, por un momento, retrocedido a los viejos sutiles placeres de la vida a la que ella había nacido, con todas sus suaves texturas, su cortesía, sus miradas oblicuas.


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Entonces su respiración finalmente comenzaba a relajarse y pestañeó en la oscuridad que era ahora cortada con la blanca luz de la luna. Ella pensaba en Teddy otra vez, y su presencia en su mente le hizo preguntarse, aunque sea brevemente, si tal vez su situación no fuera tan llena e imposible después de todo.


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Capitulo 35 Traducido por: Kiiariita Hoy en día en Nueva York uno siempre se entera sobre las mujeres modernas, quien uno como se supone vigila. La ultima de ello es Miss Portia Tilt, cuya fortuna de su esposo esta en el horno o algo así, y ella parece estar lanzando muchas fiestas. Querido lector, usted sabe que yo siempre eh sido el escéptico, y con mis ojos escépticos, yo estaré observando. De la columna ―Lúdica Galante‖ en el Imperial de Nueva York Miércoles, 28 de febrero de 1900 Carolina sabia que era su destino ver a Leland otra vez, aunque ella hubiera sido apremiada para explicar como esto alguna vez ocurriría. Afortunadamente, los pensamientos del hombre que ella se imagino cerca de una propuesta en Florida estaba todo en su cabeza, y entonces no había necesidad de hacer nada de esto lógico a nadie mas. Ella trato de no vivir con demasiado cuidado sobre sus circunstancias actuales, también, el cual era un millón de millas de solo una semana antes. Ella estaba usando un simple vestido negro, otra vez, aunque al menos este tenía un alto severo cuello y algún intento de ornamentación alrededor del pecho. Ella había vivido por unos pocos días en uno de esos desvencijados lugares en el centro, y ahora ella tiene su propio cuarto— cerca de los cuartos de servicio, en una magnifica casa de otra mujer. No había nada sobre esta nueva situación que hiciera sentir a Carolina un poco magnifica.


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―Miss Broad.‖ ―¿Sí?‖ los ojos de Carolina revolotearon inocentemente, y ella sabia que su cara asumió esa expresión servicial como una vaca que había usado tan a menudo en sus años como una doncella. Su voz se volvió de repente de niña también, como el de una mujer que aun no ha aprendido a preguntar por lo que se merece. ―¿Qué es, Miss Tilt?‖ ―Miss Broad, ¡no es necesario verse tan asustada!‖ Portia Tilt ya estaba un poco bebida, y esto no hizo cosas amables llamativamente por su cara. Ella estaba sonriendo caritativamente a Carolina, pero solo porque ahora se sentía más poderosa que ella. Era bastante evidente que el trasplante del oeste, sobre el cual Carolina no había perdido ni un minuto de pensamientos cuando ellos se habían cruzado camino en Sherry´s, como teniendo a alguien cuyo nombre había estado en todas las columnas para mandar. ―Solo iba a decirte que eres bienvenida a jugar bridge con los invitados si quieres. Tendrías que pedir prestado contra su salario si quieres apostar, pero quizás seas una buena jugadora y saldrá adelante.‖ Carolina parpadeo con sus amplios ojos de colores salvia. Ella asintió un poco aturdida, y luego dejo que su mirada vagara para que así ella pudiera ver a través del marco de la puerta de madera satinada. Dispuestos en pequeñas mesas francesas antiguas de cartas había gente quienes una vez habían sido sus compañeros. Todos se habían vestido con sus mejores vestimentas para ver a esta nueva mujer Tilt, tal como lo habían echo una vez para conocer a la heredera Broad. Ella reconoció, por ejemplo, la fuerte risa de Miss Carr, aunque hubiera sido consciente de la presencia de esa dama en la casa Tilt de la ciudad de todos modos, para Carolina que había escrito a mano su invitación. Miss Carr nunca rechazó una tarde, el cual era una de las razones que Carolina— en su facultad como la nueva secretaria social de Miss Tilt— la había recomendado como una invitada. Una mujer que comienza su carrera debe tener amigos donde pueda, Carolina había aconsejado con mucho tacto, aunque ella hiciera


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bien para no exclusivamente asociarse con divorciadas como su reputación creció. Esto había lastimado a Carolina para regalar tal sabiduría, pero luego ella no tenia suficiente para el trueque. ―No, gracias,‖ dijo ella silenciosamente. ―Preferiría no hacerlo esta noche.‖ Miss Tilt se encogió de hombros, su indiferencia ante el sufrimiento de Carolina exagerado por la gran cantidad de cintas de raso rojas que coronaba las mangas de encaje. Rizos amarillos sobre su cara insignificante, capturando la luz del candelabro. La secretaria social de Miss Tilt había mantenido aquel titulo solo tres días para entonces, y ya le molestaba todo sobre el. Ella lo odiaba, de hecho, y temido que otros se enteren de esta indignidad, la cual era la verdadera razón— aunque la idea de pedir prestado contra su salario era ciertamente humillante— que prefirió no jugar bridge esa noche. Longhorn le había enseñado, y era en verdad una jugadora astuta, pero la idea de ser compadecía por Lucy Carr era demasiado para Carolina, y entonces se quedo atrás contra el marco de la puerta mientras Miss Tilt avanzaba hacia el cuarto y tomaba su lugar junto a Tristán. El miro brevemente a Carolina, causándole que retrocediera hacia el pasillo, donde ella era invisible y podía solo ver una porción del movimiento del segundo piso del cuarto de juegos de Tilt. Había sido la sugerencia de Tristán que Carolina tomara la posición de secretaria social, y también el que había plantado la idea en la mente de Miss Tilt. Esa dama se desvió por delante del vendedor ahora, plantando un rojo beso en su mejilla mientras ella se abría paso a la adyacente silla de respaldo alto, el cual estaba cubierto en un nuevo color hierba de Jacquard. Era un gesto que pretendía para marcar su territorio, Carolina lo sabia, pero no le importo en particular, a pesar de que había permitido a Tristán besarla dos veces. Ella vio ahora que él era como un ilusionista quien cautivaba mujeres con una poca habilidad de mano, y una vez que había visto el mecanismo, había perdido todo el poder para ella. Los besos


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solo habían sido aceptado en soledad, se dijo a si misma, y no había ninguna razón para que Leland lo supiera alguna vez. Ahora los candelabros— mucho más pequeños que los de la casa de Leland— bañaban a los invitados de la sociedad con luz centellante, y el olor de cigarrillos era dulzón en el aire. Carolina cerró sus ojos, y recordó como había sido una parte preciada de círculos similares en cuartos que olían como este— demasiado lejos hacia el oeste y demasiado lejos hacia la parte alta de la ciudad para tener una verdadera importancia— hizo que su piel bajo cuello ardiera. La casa de una mujer, por otra parte, que no lo pensó dos veces de tocar sin rodeas a su amante villano en la casa que los millones de su esposo le había dado. Era el tipo de comportamiento que uno habría pensado más correctamente en casa en un rancho de Nevada. Un camarero pasaba por su lado, hacia el cuarto de juegos, con una jarra de vino blanco en su mano, y ella lo alcanzo y golpeo su brazo. ―Webster Youngham prefiere rojo.‖

Ella había visto a este mismo

hombre sin saberlo vertiendo la gran arquitectura blanca más temprano, y sabía que él no aceptaría otra invitación si las cosas no fueran hechas correctamente. Él era un caballero muy derecho, y con razón también, o por ultimo eso era lo que Miss Carr siempre solía decir. El camarero asintió y se retiro. Un momento después, él reapareció con una botella de vino tinto. ―Sirva por el derecho,‖ Carolina añadió, antes que el hombre cruzara hacia el cuarto de juegos. Había sido una especie de instinto, y ella se sintió inmediatamente enojada consigo misma y Tristán y Portia Tilt por haberla puesta en una situación donde ella podría volver actuar tan servilmente sobre los deseos de otra persona. Dejo salir un aliento de amargura y giro a toda prisa de la escena irritante. Miss Tilt no la necesitaría más, y era tan correcto como revolcarse en su cuarto como allí mismo. La compasión que sintió Carolina en ese momento fue de una naturaleza irascible y abrumadora; si algún pequeño


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pajarito había sugerido que su vida era lejos mucho mas cómodo aquí que donde las Hollands, o de lo que hubiera sido en la calle, le habría disparado Avanzo por los pisos de robles, sin preocuparse por caminar ligeramente en sus zapatillas de tacón alto. Era demasiado buena para hacerse bastante silenciosa para cualquiera, para esconderse, o para cuidar después a camareros callejeros a quien no habían dado instrucciones adecuadas. Ella estaba por poco murmurando estos hechos a si misma cuando escucho su nombre, hablado con lo que ella anteriormente habría creído era la tensión correcta y reverencia. ―Miss Broad,‖ dijo Leland Bouchard. ―Oh.‖ Carolina llego a una parada, y su cara cayo. Ella era terriblemente consciente arreglo simple de su cabello, el cual estaba separado en el medio y elaborado arriba en un moño detrás de su cabeza, y del vestido el cual su nueva Señora había considerado mas apropiado para ella que cualquiera de esos que Longhorn había pagado para que se hicieran solo para ella. Ella logro una pequeña reverencia y trato de decir hola. Ella debe haber parecido extraña— sabia muy bien que parecía estupefacta y terrible— pero no lo sabría por la forma que Leland la miraba. Él estaba radiante; si ella no estuviera tan infeliz sobre él encontrándola en reducidas circunstancias, podría habérsele ocurrido que él estaba contento de verla. ―No nos hemos visto desde Florida. ¿Te has estado escondiendo de mi?‖ ―¿Te refieres a que no has leído las columnas?‖ Carolina susurró aturdida. Leland se rió. ―Nunca leo las columnas.‖ ―Oh.‖ Carolina asintió. Por supuesto el no lo hizo, reflexiono, mientras se encontraba improbablemente gustándole mucho mas. ―Es solo que no me eh estado sintiendo tan social,‖ ella mintió.


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―No, debo decir que no. Luces pálida, y un poco cansada. ¿Te sientas mal? Debes descansar. Un cuerpo necesita descansar, lo sabes. Ustedes las damas se esfuerzan demasiado.‖ Las amplias líneas masculinas de su cara repentinamente se suavizaron en preocupación. ―Fue un largo viaje,‖ añadió amablemente. Había una calidad en su voz que ella deseaba que pudiera ser producido una y otra vez, y mantenido en una gran tina, para que ella así pudiera sumergirse dentro. ―Si,‖ ella se sumo, aunque para ella no había sido lo suficiente largo. ―¿Por qué estas aquí?‖ continuo, sabiendo que la pregunta no sonó ni sofisticada ni cortés. Pero acababa de ocurrírsele que ella había echo la lista de invitados, y el de él era un nombre que ella nunca habría añadido para Portia Tilt. ―Youngham y yo tenemos algunos negocios, y el me dijo que viniera hasta aquí para reunirme con él.‖ Leland se encogió de hombros y peino hacia atrás su cabello color trigo. Ella noto su hermosura con un cierto dolor agudo. ―no habría venido, normalmente. Tú sabes que no tengo interés en las cartas. Pero me marcho por un largo viaje pronto, y estoy corto de tiempo.‖ Carolina miro hacia arriba a Leland con ojos tristeza de niño. ―¿A dónde vas?‖ ―Primero a Londres, y luego a Paris. En la Exposición Universal en abril habrá muchas demostraciones de automóviles y carreras, y tu sabes por supuesto que yo nunca me perdería una cosa como esa.‖ Él sonrió ampliamente y luego, cuando los parpados de Carolina se cerraban, añadió: ―Dilo, ¿Estas bastante segura que no estas mal?‖ ―Si, yo solo—‖ ―¡Miss Broad!‖


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La pareja que se había llevado tan bien en Florida levantaron la vista de su momento privado para ver a Miss Tilt saliendo de la luz más halagadora del cuarto de juegos. El paso que ella había tomado en dirección a ellos había sido vacilante, pero su tono había sido perfectamente preciso. Carolina sabía lo que significaba— era la forma de una persona alta y poderosa le habla a sus subalternos— y estaba seguro que Leland lo había oído también. ―Miss Tilt,‖ Carolina respondió, irguiéndose. Presiono sus labios juntos de modo que así sus pómulos salieran en la oscuridad. Sin esforzándose mucho, pronto tuvo un gesto de indiferencia arrogante, y luego ella se escucho continuar en la antigua manera. ―Muchas gracias por una linda tarde, pero me temo que no me estoy sintiendo muy bien y he perdido mi apetito por las cartas. El Señor Bouchard ha sido tan amable ofrecerse escoltarme hacia abajo y tomar un taxi.‖ La boca de Miss Tilt se abrió como un O, pero ella estaba aparentemente muda, porque no dijo nada más mientras Carolina hacia una reverencia, tomo el brazo de Leland, y descendió las escaleras al final del pasillo. Se detuvieron en el vestíbulo donde Carolina hizo un gesto por el abrigo de nutria de Miss Carr, y luego estaba otra vez afuera en el frio. Mientras esperaban en silencio por un taxi que viniera bajando por la calle, Carolina trato desesperadamente pensar en algo que decir o hacer que le aseguraría volver a ver a Leland. Pero ella no tenía una dirección permanente, salvo el único que del que acababa de salir, y ningún compromiso social donde pudiera esperar encontrárselo de nuevo pronto. Allí estaba el tenso silencio mientras un taxi finalmente llego a un alto y Leland la ayudaba a subir al asiento. ―Me voy el viernes, y me temo que no tendré tiempo para verte antes de

irme. Pero ¿me harás saber si te estas sintiendo mejor?‖ Carolina movió su cabeza arriba y abajo automáticamente


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―Envíame un telegrama al menos,‖ dijo él. Él agarro su mano y la sostuvo, estrechamente, en la suya. ―Lo hare,‖ ella prometió mientras a regañadientes libero su agarre. ―Adiós, Mister Bouchard.‖ Entonces se oyó el sonido de un látigo y el caballo avanzo hacia la noche. Carolina cerró sus ojos, y trato de imaginar que aun estaba con Leland y no envuelta en un abrigo robado viajando en un taxi al cual ella no pudo dar direcciones de casa.


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Capitulo 36 Traducido por: Thpy

Mister William Schoonmaker, cuyas ambiciones políticas son bien conocidas, ha estado en Albania toda la semana, reuniéndose con el gobernador y apuntando aliados, ahora que se ha unido al PARTIDO DEL PROGRESO FAMILIAR. Por todo lo que dicen, el supuesto candidato volverá a Manhattan hoy… Del New York Times, jueves 1 de marzo 1900 ―¿Quiere un trago Señor?‖ ―No.‖ Henry mantenía su barbilla abajo y su mirada firme mientras pasaba al camarero y en el cuarto del segundo piso donde su madrastra hizo mucho su entretención. El mueble de Louis XIV, el cual había sido aceitado esa mañana entre el desayuno y almuerzo, fue organizado con descuidado afecto a través de la profunda alfombra purpura de Hamadan. Algunos de los hombres y mujeres que encajan con la idea de la mayor Miss Schoonmaker de ―la gente correcta‖ estaban ahora hablando en tonos imperiosos sobre muy poco. Ellos se posaban en las esquinas de los divanes y sentaban en sillas bergére, tomando solo ocasionalmente de las tazas de porcelana de papel fina. La luz final de la tarde entraba por el encaje bajo de las cortinas, y uno podía estar seguro que en el otro lado del crista el desfile de carrozas por la avenida se estaba moviendo rápidamente a lo largo.


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La piel de la mandíbula de Henry estaba recientemente afeitada y sensible. Él si sintió una punzada de pesar por que había rechazado la bebida, por ese camarero en particular que había sido atento con sus vacios vasos por muchos años, quizás sobre las objeciones del padre de Henry, y se sintió un poco desleal sobre el rechazo. Pero él estaba tratando de mantenerse en forma y limpio. Lo había estado intentado toda la semana, mientras esperaba el regreso del viejo Schoonmaker de Albania. Se había quitado de encima todos los argumentos en su cabeza, y se sintió listo para presentar su deseo para dejar a Penélope en una manera racional y sencilla y luego dejar que el viejo hombre hiciera lo peor. Y de todos modos, habría otros tragos y otros vasos— con Diana, lo esperaba, en un futuro maravillosamente irreconocible. Su mirada se lanzo a través del cuarto, pero no vio a su padre por ningún lado, y eventualmente se centro en la morena de ojos azules con el cuello largo, que estaba sentada en un sofá de terciopelo negro con respaldo de ovalo, con un vestido de día de raso verde esmeralda. A su lado estaba su madrastra, su cabello rubio arreglado y sus mejillas rosadas con todos los elogios que le gusta recibir cuando había invitados. Ambas mujeres miraron hacia Henry, y luego Isabella se rio y giro. Penélope sin embargo, continúo observando a Henry mientras él se movía a través de las pequeñas mesas y las estatuas de mármol que llenaban el cuarto. Él pasó a Adelaida Wetmore y a Lydia Vreewold, instaladas en conversación, y el pintor Lispenard Bradley, quien parecía estar esperando por un puesto libre al lado de Miss Schoonmaker. Una vez que Henry se había acercado, Penélope dirigió una brillante y falsa sonrisa hacia él. ―¿Me has extrañado terriblemente?‖ dijo ella lo suficientemente alto para que muchos chismosos escucharan. El escote del vestido de Penélope era trenzado y con capas, y el efecto era algo así como una armadura. A pesar de la abundante tela, había una calidad


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angular en ello. Parecía no haber nada capaz de moverse debajo del satén ajustado, y Henry se preguntaba no por primera vez si su sangre corría roja o negra. La respuesta no le importaba más. ―No,‖ dijo él finalmente. Las largas pestañas negras de Penélope pestañaron hacia atrás solo un octavo de pulgada. Ella apretó sus labios de gran tamaño y dejo que el perfecto ovalo de su cara asumiera una expresión implacable. Si ella se sentía avergonzada, estaba tratando terriblemente duro para asegurarse que nadie más lo notara. ―Estaba buscando a mi padre. ¿Esta aquí, Isabella?‖ Isabella, quien había estado ocupada en un intercambio silencioso con Bradley, le mostro a Henry una cara inocente que traiciono cuan cuidadosamente había estado vigilando las palabras entre su hijastro y cuñada. ―No,‖ dijo ella eventualmente. ―Él fue al club, pero lo esperamos para la cena esta noche en la casa de las Hayes. Puedes hablar con él allí, mas tarde. Pero quédate ahora, Henry— tu nunca eres de ayuda cuando viene buena gente.‖ El resplandor que entraba por las ventanas disminuía lentamente a la luz de la tarde, y los colores que las mujeres usaron durante el día comenzaron a aparecer chillones. Isabella ya estaba pensando del siguiente vestido que usaría, él lo sabia, aunque, como siempre, ella no querría separarse de aquellos que habían estado en su compañía durante el día. Ella coleccionaba muebles, pero algo indiferente— su verdadera pasión era coleccionar personas. ―No me siento como tan sociable ahora,‖ Henry contesto secamente. ―Hay algo que necesito discutir con el viejo hombre— es importante, y no seré tan alegre hasta que hayamos tenido nuestra charla.‖


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Él asintió su despedida, y se movió para dejar el cuarto. Casi había llegado a la puerta cuando se percato que su esposa había igualado cada paso. Todas las cabezas del cuarto giraron con el fin de observarla mejor, y cuando Henry comprendió plenamente que la atención de la reunión estaba sobre ellos, él paro y trato de parecer un poco normal. ―¿Qué es lo que quieres hablar con tu padre?‖ ella le pregunto un voz baja. Los ojos de Henry fueron hacia todos lados— a los candelabros de alabastro y los ángeles tallados en madera, a las posturas de las personas que trataban de no parecer espiarles, a cualquier cosa menos a ella. ―Yo realmente no—‖ ―Si es sobre mi, espero que tengas el coraje de decirlo a mi cara.‖ Las manos de Henry se movieron torpemente a través de su saco negro y suspiro. Los ojos de Penélope se iluminaron con un brillo orgulloso. ―Aquí esta,‖ respondió ella, alargando su cuello para que así su cabeza se acercara a la suya. Aunque su tono era dulce, había un desafío en ello, también. Los invitados de los Schoonmaker habían regresado a sus pequeñas charlas y estaban al menos manteniendo la apariencia de que ellos no tenían interés en los recién casados por el marco de la puerta de caoba. Él le había dicho una vez antes: Él no sabía porque encontraba tan difícil reunir las palabras ahora. Quizás ella parecía una figura más lamentable para él después de todo. ―¿Se trata sobre esa tontería de la cual parloteabas en Florida?‖ ella se rió, por la broma muy urbana. Debe haber habido algo en su rostro que afirmo eso, porque ella continuo: ―Que diría la gente, Henry. Seria tan terriblemente


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irregular.‖ Ella se llevo una mano enguantada para cubrir su boca y volver a reírse, esta vez en una manera más tranquila. ―¿Te gustaría saber lo que yo pienso? Creo que no tienes las agallas para decírselo a tu padre.‖ Henry tomo un respiro ronco. Había un timbre insultante en su voz, y le hizo sentir compadecerla algo menos. Él sostuvo su mirada, y pronuncio su siguiente declaración con gran cuidado. ―Le voy a decir a él esta noche.‖ Solo ahora la sonrisa de Penélope comenzó a vacilar, aunque ella la sostuviera lo suficiente que sus pómulos agudos emergieron contra su piel para atrapar la última luz de afuera. ―No lo harías.‖ Su voz se había reducido a un siseo, y ella dio un paso adelante como si ella pudiera encontrar una manera física que impidiera que él cambiara sus planes. ―Si.‖ Ahora que lo había dicho mucho más alto, él se sintió como si la conversación con su padre era una conclusión inevitable. Henry pensó que quizás una parada por la 5ta Av. Debería ser planificada en honor a su valentía, y ya estaba casi experimentando la emoción de la caída de confetis. ―Lo haré.‖ Había muchas cosas que él podría haber continuado diciendo— acerca de cómo ella se lo merecía, o que ella era fría y venal, o como de débil su interés en ella había sido— pero él sabia de alguna manera que la manera correcta de hacer en ese momento era guardar silencio. No había necesidad de prolongar la guerra cuando su estrategia de salida era tan perfectamente clara. Él asintió un cortés adiós, giro sobre sus talones, y dejo el cuarto, su sangre cargada a través de sus venas y sus pensamientos elevándose a una melodía triunfal.


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Capitulo 37 Traducido por: Kiiariita Es una verdad universalmente reconocida que siempre habrá un caballero para bailar, excepto en el momento justo cuando lo necesita mas. MAEVE DE JONG, EL AMOR Y OTRAS LOCURAS DE LAS GRANDES FAMILIAS DE LA VIEJA NUEVA YORK Fue al día siguiente de la confesión de Elizabeth a su madre, y por la tarde estaba luchando por su vieja compostura. La culpa y el miedo aun estaban temblando allí, por no hablar de la náusea y fatiga, pero se esforzaba duro por alguna estabilidad de sus dedos mientras hizo la fila de los botones diminutos que corrían a lo largo de su manga desde su muñeca hacia el interior de su codo. Arreglo su cabello arriba sobre su frente, los mechones rubios en la nuca creciendo hacia arriba desde su collar negro alto. Ya se podía ver que su pequeño cuerpo estaba cada vez más grande— pero no vestida, no con el denso vestido color vino abrazando su cintura y cayendo por delante de sus pies. Había un poco de tiempo aun, aunque la idea de cuan poco la hizo sentir enferma una vez más. Will había muerto hace dos meses ya— su situación sería visible bastante pronto. ―Claire,‖ dijo ella mientras descendía por la escalera principal hacia el vestíbulo. La doncella de cabellos rojos alzo la vista en su cansancio por su trabajo. Se detuvo en el espacio con paneles de madera oscura, pero no libero la escoba de sus manos mientras Elizabeth colocaba su pie en el último escalón.


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―Voy a llamar a un viejo amigo.‖ Si Claire notó algo inusual sobre esto— ya que habían sido meses desde que Elizabeth había hecho algo por el estilo— no lo demostró en su cara. Apoyo la escoba contra la pared, limpio sus manos una contra la otra, y fue hacia guardarropa, que fue construido debajo de las escaleras. Mientras esperaba, Elizabeth miro a través del cristal en el marco de la puerta. Podía ver el ligero movimiento de los arboles en el parque, pero no los transeúntes, y se percato que afuera debe estar muy frio. Durante los últimos meses, con el personal de la casa Holland tan reducida, Elizabeth se había hecho cargo de buscar y ponerse sus propios abrigos, pero resistió aquel impulso cuando Claire reapareció con la capa de tartán marrón. Espero ser ayudada con los dos brazos y tener los botones de tela abrochados hasta el pecho. Luego se encontró con los ojos de la doncella, pero solo por un momento, y solo con las más superficiales de las sonrisas. Ella recientemente había tomado conciencia de la posibilidad que Claire estaba detrás de la revelación de la indiscreción de Diana con Henry Schoonmaker, y aunque siempre había confiado en la chica implícitamente se encontró actuando cautelosa alrededor de ella ahora y depositando cada chisme vago que uno oiga sobre las Hollands en ella. Desde luego no quería que ella tuviera aliento de nada fomentando escándalos. ―Dile a tía Edith que regresara para la cena, a menos que este invitada a otro lugar,‖ dijo ella mientras bajaba del ultimo escalón. No estaba muy segura a que quería decir con esa declaración, pero parpadeo como si fuera lo más obvio y avanzo hacia la puerta. Vaciló durante un momento en frente del cristal, queriendo darle a Claire una mirada tranquilizadora, o quizás recibir una. Pero luego recordó cuan grave era su situación— cada vez que se le ocurría era como un baño de hielo— y se fortaleció. Ella una vez tuvo una mano hábil para manipular perfectamente cualquier situación social; que aun


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podría tenerlo de nuevo. Pero no podía vacilar o pausar por detallas o sucumbir a la energía nerviosa en su interior. La ciudad estaba muy silenciosa a esa hora, y si ella no lo hubiera sabido mejor habría pensado que allí no había nada que hacer. Pero lo sabía mejor. Ella sabia que el final del té estaba llegando pronto, y las damas de Nueva York estaban empleando todos sus gestos mas finos mientras estaban pensando en que tipo de travesuras prepararían para la cena. Estaban pensando en desaires y como hacerlos y compromisos y de cómo entrar en ellos. Ella estaba en una misión por si misma, una por el cual ella haría bien en mantener la cabeza fría y su ingenio en orden militar— y sin embargo, estaba sorprendida de encontrar una cálida y agradable anticipación recorriendo a través de su pecho mientras cabalgaban por la Avenida Madison en los años 30. Le dijo al cochero no esperar y presentó su tarjeta en la puerta. ―¿Se encuentra el Señor Cutting?‖ ella pregunto, y aunque había planeado sonreír, la que vino fue tan natural, brillando en su cara como una puesta de sol sobre las olas, estaba avergonzada por ello. ―El Señor Teddy Cutting.‖ No podía ver la expresión del mayordomo de los Cutting a través de su barba, pero su silencio inicial la hizo preguntarse si ella no había ido muy lejos o si su placer en decir el nombre en voz alta no había sido demasiado evidente. Ella sabia que, por si misma y de acuerdo con sus propias normas, que había sido inapropiado. ―Iré a ver, señorita, ―dijo el eventualmente, y luego la condujo hacia el recibidor. Un fuego estaba creciendo debajo de la chimenea de mármol, y los helechos crecieron de más sus pedestales. Las paredes estaban cubiertas en rayas moradas de papel tapiz y todas las superficies estaban pobladas por cristal tallado, y en los asientos de marfil de Turquía estaba sentada Miss Cutting y dos de sus hijas, Alice y Julia. Ellas se veían inusualmente severas—


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esa fue la primera cosa que noto Elizabeth. La segunda era que allí había menos gentes de lo que podría haber previsto en un recibidor de esa estatura y a esa hora. ―Miss Elizabeth Holland,‖ dijo el mayordomo, y cuando las tres mujeres levantaron la mirada se dio cuenta que todas ellas habían estado llorando. La pequeña boca de Elizabeth comenzó a trabajar, pero no podía conseguir ninguna palabra apropiada. El mayordomo se retiro y ella avanzó hacia la calidez del salón. ―Oh, Elizabeth,‖ Alice gimió. Corrió

a través del salón y arrojo sus

brazos alrededor del cuello de la vieja amiga de su hermano. Como su madre y hermana, ella vestía de negro, con una pequeña cinta de bandera americana clavada en el pecho. ―¡Si solo supieras! Si solo supieras…‖ ―¿Lo que ha sucedido?‖ Elizabeth sintió que la apretada mata de esperanza dentro de ella comenzar a disolverse. Algo mucho más oscuro estaba llegando. Por un momento se pregunto si ella no era alguna especia de maldición, y si una violencia no había visitado a Teddy al igual que el que se había llevado a Will. ―¿Por qué tan triste hoy?‖ Alice la hizo entrar a la zona de estar, y Julia le sirvió una taza de té. Se la entrego a Elizabeth, quien solo logro sostenerlo cortésmente. Mientras esperaba por las malas noticias, que ella ya sentía pisando en sus dedos, sintió que incluso el líquido tibio podría escaldarla. ―Es Teddy, por supuesto.‖ Alice se sentó al lado de su invitada y descanso sus manos sobre las rodillas de la otra muchacha. Sus ojos grises eran el mismo tono exacto que los de su hermano, y ella tenía las mismas características amplias y ligeramente esquinas. ―Él se ha ido.‖ Los parpados de Elizabeth se cerraron apretados, pero solo por un segundo. ―¿Ido a donde?‖ preguntó, cuando se abrieron otra vez. Su taza de té


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había comenzado a hacer ruido en su platillo, y ella puso su otra mano para detener el temblor. ―Ido a la guerra.‖ Julia, quien estaba sentada junto a su madre en el asiento opuesto, miro a Elizabeth como si de alguna manera podría ser su culpa. Por todo lo que ella sabia, lo era. ―Él dijo que conoció a algunos soldados en el tren quienes le mostraron lo que significa ser un verdadero americano, y que incluso Elizabeth Holland había tenido que soportar mas dificultades y defenderse mas valientemente en su vida de lo que él alguna vez hizo…‖ Elizabeth dejo el té y su mano se movió involuntariamente hacia su cintura. Miró hacia atrás al recuerdo de su tiempo con Teddy en Florida aunque como en un mejor amigo de pie a bordo en un barco moviéndose inexorablemente hacia el mar. ¿Qué le había dicho que él quisiera irse tan lejos? Ella no podía colocarlo, y solo deseaba haberle hecho saber cuan heroico podría ser para ella, justo aquí en Nueva york. Ella habría negociado un gran trato solo para haberse quedado un poco mas en la pista de baile con él la noche que él había tratado de proponérselo. ―¿Tan pronto?‖ dijo eventualmente, como si solo fuera el tiempo de esta noticia que la impresionaron, y no la revelación de la ausencia misma. ―Si.‖ La voz de Miss Cutting se quebró sobre la palabra, y se llevo un pañuelo a su cara. Su cabello claro iban al gris y todo cuerpo suave sacudió un poco con la tristeza de todo. Ella había sido una mujer cuya alegría singular en la vida era la presencia y el éxito de sus hijos; sus únicas miserias, su dolor. ―¡Él se alisto y ya lo han enviado a San Francisco! Desde allí va a las Filipinas.‖ Elizabeth se preguntó en que momento de ese viaje su viejo amigo estaba ahora, después de todo, era uno que ella misma había echo. Pero entonces, eso no lo hizo a él más accesible. ―Debe estar muy orgullosa de él,‖ dijo sinceramente.


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Las tres damas Cutting asintieron miserablemente, y luego continuaron hablando de todos sus grandes miedos y pesadillas, todos sus rezos por su seguridad, y que medidas drásticas ellas asumirían en sus propias vidas si algo le sucediera a él. Elizabeth frunció el ceño en simpatía y canto en acuerdo, pero su espíritu ya había dejado el cuarto. Esa mañana tenía un plan, y esa tarde había sentido un optimismo creciente, pero al final del té vio estas cosas de nuevo, por toda su estupidez e inutilidad.


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Capitulo 38 Taducido por: Kiiariita Los felices, ricos Henry Schoonmakers han regresado de Florida y aparentemente no pueden pasar un momento separados. Asistirán a una cena pequeña e íntima en la casa de la familia de la novia, los Hayes, junto con algunos invitados exclusivos. Uno sólo puede concluir que su felicidad dependa muy poco de aquellos fuera de su círculo. De la página de sociedad de noticias internaciones de la gaceta de Nueva York, jueves, 1 marzo de 1900. Cuando, a su regreso de la estancia en el sur, Penélope había insistido que su madre diera una cena por la familia de su esposo, ella no podía posiblemente haber imaginado que tan poco habría logrado en los días intermedios, o que ella habría sido incapaz de mejorar su situación incluso hasta el más mínimo grado. Si bien es cierto que ha habido muy poco en su favor en el viaje de regreso, de todos modos ella no habría creído que tanto tiempo y tanto de su propio esfuerzo y belleza no hubieran girado las cosas. Incluso ahora, sentada en frente de los grandes espejos biselados en el salón de las damas, donde por las tardes los resultados de los grandes bailes de mujeres abarrotadas alrededor, intentando lucir incluso la mitad de hermosa como la joven hija de la anfitriona, ella lo encontraba incomprensible. Para aquellos eran sus hombros delgados y su frente impecable y su tez casi fosforescente. Eso fue su vestido exquisitamente de gasa color rosa pálido, el


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cual fue ajustado y metido para que así su escote pudiera reflejar la luz de la vela y su cintura podría sólo apenas existir. ―Henry dejará de ser tan sinvergüenza y te prestará más atención pronto,‖ dijo Isabella, quien estaba sentada a su lado en un vestido de marfil cubierto con encaje de color beige, como si estuviera leyendo los pensamientos de Penélope. Aunque sus palabras parecían destinadas a tranquilizar, su tono no hizo nada para hacer cumplir ese sentimiento. ―No estoy preocupada,‖ respondió Penélope, recostándose contra el pequeño taburete. Se miró en el espejo y estiró su cuello blanco para alargarlo. Era una muchacha de largo adepto en decir precisamente lo opuesto a lo que quería decir, y sin embargo había un poco de tensión en la mentira esta noche. Ella no habría creído que Henry tuvo el descaro de decirle a su padre que quería dejar a su esposa, pero hubo alguna determinación horrible en la manera que se llevó a si mismo esa tarde a la sala de estar. Estaba llena de temor, preguntándose qué podría hacer él esta noche, y se sintió afligidamente desprovista de cualquier idea de cómo podría defenderse. Grayson apareció justo entonces en el marco de la puerta e Isabella se puso de pie con esperanza— un gesto que la joven matrona no podía ayudar pero respetar con una pequeña burla interna, por que verdaderamente, Isabella debería haber estado sobre él ya. Y pensar que él una vez prestó dulce atención, el Señor Hayes no pareció tanto notar su presencia. Estaba claro que era por su hermana por lo que había ido. Fuera en el vestíbulo, Penélope notó a Buck, su enorme pecho cubierto en una camisa de etiqueta cegadora blanca. Penélope no podía estar segura de porque, pero últimamente encontraba su presencia insoportable. Tal vez tenía algo que ver con lo poco que había podido hacer por ella durante esto, en su momento de necesidad, o quizás era porque él sabía lo mucho que ella quería en este mundo y que porcentaje pequeño de ello verdaderamente tenía.


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Durante un momento demasiado largo Isabella esperó a que Grayson girara alrededor por ella, y cuando no lo hizo permitió a Buck tomar su brazo en su lugar para que así él pudiera acompañarla hacia la cena. Grayson puso una expresión seria y le ofreció su brazo a su hermana menor. ―Luces muy hermosa esta tarde,‖ dijo él al entrar al piso de mármol blanco y negro del vestíbulo. Buck e Isabella estaban lo bastante lejos que no serían capaces de oír la conversación de los hermanos Hayes, y el sonido personalizado de sus talones sonó a través de las intervenciones del patio. Penélope notó la seriedad en su tono, y se preguntó por un jubiloso momento si tal vez él ya había encontrado un modo de castigar a Diana. Luego ella tendría aquello para bambolearse en frente de Henry, y quizás no todo estaría perdido. ―Gracias.‖ Penélope caminó en un paso relajado, inclinándose contra el brazo de su hermano. Isabella estaba probablemente ahora anhelando girar su cabeza, la cual estaba repleta de rizos rubios, pero el decoro y orgullo hicieron incluso un pequeño gesto de ese tipo imposible. ―Tendré que regresarte el dinero.‖ La sonrisa de los labios apretados de Penélope comenzó a aflojarse. ―¿El dinero?‖ ―Sí.‖ ―¿No lo necesitas más?‖ ―Sí.‖ Había algo nuevo en su voz, casi como seriedad, el cual Penélope encontró tanto misterioso y dolorosamente molesto. Pero no le gustaba el lo que él dijo independientemente del tono. ―Pues bien, ¿por qué, querido hermano?‖


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Habían alcanzado la entrada hacia la sala que daba al comedor, con sus sillas de color burdeos y vasos de oro llenos de hierbas de las pampas. Dentro de ese espacio de paneles de roble estaba su familia, y la de Henry, y el pintor Lispenard Bradley y algunos otros, entreteniéndose en la alfombra de pelo de camellos y tocando sus tragos. Los caballeros estaban moviéndose lentamente para tomar los brazos de las damas para escoltarlas hacia el comedor. Ellos parecían muy estúpidos e inútiles para Penélope en ese momento, y luego ella notó algo más. ―¿Qué está haciendo ella aquí?‖ Diana Holland no podía posiblemente haberla oído, pero aun así levantó su mirada de su lugar por el fuego y su vieja tía Edith, quien era aparentemente la mejor para hacer de chaperona, y miró directamente a Penélope. No había ninguna sonrisa en su cara, y en sus ojos un desafío velado determinado. Estaba usando un vestido verde pálido, el color del melón, el cuál Penélope claramente la recordó usándolo en más de una ocasión durante la temporada de otoño. ―La invité,‖ dijo Grayson. ―Mi dios, ¿por qué?‖ ―Porque tú me lo pediste—‖ Se interrumpió y sus ojos vidriosos soñadores. ―Y porque estoy comenzando a pensar que podría estar enamorado de ella.‖ Cuando Penélope vio la expresión de su cara, y la mirada de cachorro en sus ojos, sintió el pleno peso aplastante de su idiotez. ¿Qué era lo que tenía aquella pequeña criatura con su rebelde cabello y el aire falso de pureza? Y, ¿porque alguien, mucho menos dos hombres, la aman, y para fines tan desastrosos? No podían quedarse en el umbral mucho más, y ella se sintió arrastrada por su brazo, el cual— incluso después de esta traición— seguía ligada al suyo


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en la curva de sus codos. Si su madre no hubiera estado allí buscando cumplidos sobre su enorme casa, o su padre murmurando dentro de su trago, o el viejo Schoonmaker observando juiciosamente a todos los objetos en el cuarto, ella le habría señalado a Grayson que su situación era desesperada, o insistir en que ellos habían hecho un trato donde él no podía echarse atrás. Pero allí estaba el murmullo bajo de personas saludándose en la cena, y Penélope a regañadientes asumió la sonrisa de una hija cortés y recién casada mientras avanzaba hacia el salón. Nunca había odiado la palabra amor tanto como en aquel momento. Ahora el viejo Schoonmaker, quien acababa de llegar, estaba diciendo algo amable a Diana, y Henry, quien había hecho una pausa en el brazo de Miss Hayes, había girado para observar. Él sólo estaba allí, Penélope sabía en un vistazo, a causa de las intenciones que él había declarado aquella tarde, y sólo estaba esperando el momento cuando tuviera a su padre para sí solo. Su cuello estaba torcido para una mejor vista, y la luz de la lámpara jugaba contra su cuello afeitado. Por una vez, no había nada inescrutables en sus ojos negros. La manera en que estaba mirándola hizo que Penélope quisiera gritar y lanzar algo. Le habría gustado embestir a través del cuarto y tirar de las humildes cintas del cabello de Diana. Podría haber proclamado a todo el cuarto que aquellas Hollands, con su pobreza superior y su aire pasado de moda, eran de hecho dos muchachas perversas— una de la cual le había dado todo al marido de otra mujer, mientras que la otra posiblemente había concebido un bastardo. Pero tal como la marea de furia estaba creciendo dentro, una solución perfecta sonaba en su conciencia. Grayson estaba moviéndose como un hombre poseído a través de la manada exclusiva de personas, pero Penélope era lo bastante rápida en sus pies que ella hizo su presencia a su lado pareciera muy normal. Ella siguió cerca detrás de él al lugar donde aparentemente todos los ojos estaban enfocados. Lo siguió todo el camino hacia Diana.


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―Miss Diana, estoy tan contento de que pudiera asistir,‖ dijo él. ―Estoy muy contenta de haber sido invitada,‖ respondió ella, Penélope notó el tono, y dedujo que allí había una broma privada entre ellos, y luego Diana giró su puntiaguda barbilla y le dio una sonrisa satisfecha a la muchacha más vieja que en privado podría haber sido una invitación para una bofetada. Pero la idea de Penélope era una buena. No sintió más necesidad de violencia, y en su lugar le devolvió la sonrisa a la pequeña imbécil y espero hasta Rathmill, el mayordomo, apareció desde el comedor y anunció que la cena estaba servida. ―¿Puedo acompañarte?‖ Grayson le preguntó a Diana. Ella sonrió y se movieron juntos, Grayson en su frac negro y Diana en su vestido de niveles, dejando atrás a la dama con la que había entrado a la habitación. Penélope miró alrededor luciendo una expresión de impotencia, sabiendo muy bien que todo el mundo ya se había emparejado. Luego se encontró con los ojos del viejo Schoonmaker. Él era un hombre grande, su cara hinchada de una versión de Henry, a pesar de los oscuros ojos y mandíbula dura seguían intactas. Él le ofreció su brazo, y avanzaron un paso en dirección de Grayson y Diana. Detrás de ellos venía Henry e Isabella, y luego todo el resto. ―¿No se ven hermosos juntos?‖ Penélope susurró alegremente, señalando con su barbilla a su traidor hermano y la pequeña vagabunda. ―Supongo,‖ respondió William Schoonmaker, siempre el discriminador. ―Oh, debe estar de acuerdo, en una noche como esta, casi puede imaginar a una pareja en el altar.‖ Schoonmaker hizo un sonido de gruñido vago, de ni de acuerdo ni desacuerdo. ―Pero no te preocupes, padre,‖ continuó, su voz cada vez más delicada y femenina, incluso cuando agregó volumen. Ella nunca lo había llamado


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―padre,‖ antes, pero le pareció un lindo toque. ―No soy una de esas mujeres quien, una vez casada, puede pensar en nada para hacer, pero en hacer parejas. ¡No es que no disfrute el pasatiempo! Tal vez solo un poco menos que otras damas. Pero la verdadera razón, me temo que no estaré mucho en sociedad este verano y otoño, y después de eso creo que habrá una nueva adición a nuestra familia.‖ Penélope enunció esto con bastante cuidado, y en el momento preciso ella sabía que aquellos que escucharan entenderían su significado, el rostro del viejo Schoonmaker se iluminó como si ella acabara de decirle que ella encontró un escondite de reserva de aceite estándar en su caja fuerte, y su respuesta fue tan voluble que ella sabía que habría brindis. Le habría gustado ver la cara de Henry luego, pero la cosa a hacer era mantenerse controlada y continuar frente al padre de su esposo con esa aura de magnificencia angelical. El pleno genio de su golpe era apenas le ocurría—pronto todo el mundo sabría cuan atados eran Henry y ella— y ella no podría resistir la satisfacción de mirar lejos una o dos veces, para observar como los hombros de la menor de las hermanas Holland habían saltado y cerrados, y también la expresión afectada que ahora llevaba. Tenía la apariencia de un conejo hambriento que se queda sin su agujero por un zorro. Aquello dolía, Penélope lo sabía, mucho más que cualquier cosa que Grayson podría haber tramado para ella.


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Capitulo 39 Traducido por: Thpy Es difícil para el una vez pobre el jugar siempre muy rico. Pero esta es una ciudad llena de quienes lo intentan. -MRS. L. A. M. BRECKINRIDGE, REGLAS DE EDUCACIÓN EN CÍRCULOS DE BUENA CONDUCTA LA

OSUCRIDAD

CAYÓ

RÁPIDAMENTE

SOBRE

TODA

MANHATTAN, y los que podían se acurrucaban en el fuego. Habían niños abandonados en las puertas quienes no lo lograrían a través de la noche, pensó Carolina que no era como esos desafortunados, y por un montón de razones. Ella estaba vistiendo un abrigo de piel de nutria moteado, que había sido temporalmente prestado por la divorciada Lucy Carr, e incluso mientras ella tropezaba por las anónimas y sombrías calles, ella sabía que había sido elegida por un destino que la había iluminado mucho mejor. Este no había, sin embargo, sido la opinión de la Sra. Portia Tilt. La dama del oeste había imaginado un futuro más modesto para Carolina, uno que suponía permanecer en las sombras siempre que sea apuestas o ricas personas, o esos con elegantes nombres, estaban a punto. Ella había impartido esta opinión a su ex secretaria social con particular vehemencia y articulado que no había sido hasta ahora expuesto, tarde en el previo atardecer cuando Carolina había regresado de un largo paseo en taxi sin destino. Fue afortunado que el grupo Tilt era infeliz, y que el ama de llaves había visto que el despedido


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empleado había ido a dormir por la noche. Pero en la mañana no había nada más que ellos pudiesen hacer por ella, por lo que Carolina había tomado su pequeña maleta y se fue a la ciudad. El sol aún había estado alto entonces, y el recuerdo de Leland, y la bondad en sus pálidos ojos azules, todavía frescos. Todo el autorrespeto de Carolina había sido renovado, y así, mientras que podría haber vuelto con Tristán ella no lo consideró seriamente. Los besos que habían compartido parecían oropel ahora, y la forma en que él la había ayudado era inexcusable. Había sido un momento de debilidad, se dijo a sí misma, algo que había hecho para sobrevivir, y luego pensaba en ello nada más. Mientras tanto, ella cargó con todos sus verdaderos ingredientes de su carrera –su estatura, su coche, y su gusto, que no era innato pero había sido uno de los muchos regalos que Longhorn le dio. Todo lo que ella necesitaba era un trabajo discreto, solo por poco tiempo, y luego podría encontrar una forma de ser ella misma otra vez. Ella lo había conseguido hasta el momento -¿por qué tendría que ser este cráter diferente de alguno de los otros agujeros que ella había arañado al salir? Habían sido varios los lugares que ella había considerado ir y solicitar empleo, aunque en cada uno de ellos la idea de Carolina Broad y donde ella venía de pie en su camino. Primero había sido el salón de té para damas, donde se había imaginado en una oficina en la parte posterior supervisando la decoración del lugar y regañando a las meseras por su desaliñada apariencia. Pero luego ella había visto, a través de las anchas ventanas, las chicas en sus uniformes, como un pequeño rebaño que corría asustado, y la perspectiva que el dueño podría hacerla vestir uno de esos atuendos blancos y negros habían causado que su corazón se hundiese. Más tarde, pasando por un recientemente abierto hotel, se preguntó si tal vez ella podría limpiar el polvo de las habitaciones de los visitantes ricos cuando estuvieran vacías. Pero ella sabía que podría ser más que polvo, y eso si ella era lo suficientemente afortunada para


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aceptar un trabajo como ese, vendría con el título de sirvienta. La bilis le subió por la garganta ante el pensamiento de tan horrible palabra. Fue solo ahora que el color se había ido del cielo y ella parecía ser la única mujer en las calles que comenzó a preguntarse si el cuarto de te o el hotel no serían un buen lugar para ella después de todo. Solo por un día y una noche. Tal vez ellos pudiesen haber tenido una cama donde ella pudiera dormir o un lugar para que ella bajase su pequeña maleta. Tal vez Leland aparecería por casualidad, en la mañana, su mentón recién afeitado en contra de su rigidez, un nuevo collar, al ver a su amor en esa presión, sería entrar en acción. Tal vez él podría incluso cuidarla, como una princesa en un cuento de hadas. Carolina presionó sus labios como si le mordiera una abeja ante este pensamiento, pero luego abrió sus ojos y vio los adoquines y las piscinas de agua ominosas en la noche, y todas sus agradables fantasías marchaban y la desesperación comenzaba a aparecer. Ella no podía dejar de pensar con tristeza en Longhorn, quien la había protegido tan gallardamente y quien había ello muchas de sus tardes agradables y ligeras. El mundo afuera era un muy duro lugar, y su barbilla temblaba un poco al pensar cuan furioso él podría estar de verla lanzada a esto. Pero aquí estaba ahora, con nada que hacer pero andaba. Lo hizo, dando un paso adelante a lo largo de la acera, pero se detuvo sobre algo suave. Le siguió un chillido, primero de la rata bajo sus pies, y luego de su propia garganta cuando saltó hacia atrás y sintió a la pequeña criatura rastrear a través de su otro pie y pasó rozando hacia la cuneta. –Oh –ella dijo, sintiendo un temblor hasta sus hombros. Después de eso, con o sin abrigo, ella estaba congelada hasta los huesos. Se apuró ahora, y la próxima vez que vio luz salir de las ventanas hacia la calzada, ella fue y presionó su nariz sobre el plateado cristal. En el interior, una joven mujer con limpios rasgos estaba inclinada sobre la mesa apilada con lustrosos materiales. Corrían sus dedos sobre la costura y trajo vestidos y faldas y pequeñas chaquetas sobre los brazos de las máquinas


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de cocer revueltas. Todos ellos estaban bañados en una moderna luz eléctrica, y por un momento, fuera en el frío, Carolina pensó que eso en realidad podría ser agradable allí dentro. Moviéndose entre las mesas estaba el cuerpo completo de una mujer con pelo rojizo decolorándose a gris, dispuestos en un moño sobre su cabeza. Ella se inclinó para ver qué era lo que la joven mujer estaba haciendo, ocasionalmente haciendo una pausa para deshacer sus puntos de costura. Carolina estiró su cuello para mirar hacia arriba al cartel sobre la puerta, en que se leía, MADAME FITZGERALD, COSTURERA, y luego tomó una profunda respiración y abrió la puerta. Estaba abrigado en el interior tanto como ella había imaginado, y el aire estaba cargado con fibras flotando. Las máquinas zumbabas y también estaba el sonido de la tela silbando, aunque las chicas se mantenían muy quietas. Cuando la puerta se cerró detrás de Carolina, la anciana mujer se volteó a mirar. Ella tenía un rostro tan amplio y firme como un hombre, y pensó que lo parecía por un momento que ella debía decir algo en bienvenida, pronto estuvo claro que ella no tenía la intención de hablar primero. -¿Podría hablar con Madame Fitzgerald?Ahora varias de las muchachas miraron hacia arriba para ver qué estaba pasando, aunque sus manos seguían moviéndose sobre sus proyectos, y sus pies nunca se levantaban de los pedales. -La estás mirando –replicó la mujer. -Oh, yo… -Carolina se notó ruborizándose furiosamente-. Hola. La anciana suspiró en exasperación y puso un puño en su cadera. -Yo estaba solo pasando por aquí y su tienda parecía tan agradable y pensé… me preguntaba si… esperaba que… -¿Tú esperabas qué? –la mujer pinchó. Su voz bajaba duramente a través de sus senos. -Si usted tendría un trabajo para mí.


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Las cejas pintadas de rojo de la mujer se levantaron ante eso. -¿Oh-oh? ¿Y por qué tendría que dártelo? Los músculos del rostro de Carolina se relajaron por la sorpresa. Ella había imaginado que la parte difícil sería comenzar ella misma a preguntar por el trabajo –que en realidad lo requiere demandaría más de ella que una ligera impresión. -Este es un negocio, ¿no es verdad? –Carolina preguntó sin convicción. -Sí, lo es –Madame Fitzgerald le replicó. Ella dejó que sus ojos fueran por todo el camino, arriba y abajo del fino abrigo de nutria de Carolina-. No es un albergue de alta y de tipos poderosos que han mordido más de lo que pueden masticar. ¿Qué es lo que haces de todas formas? ¿Sentarte en la ventana? -No, yo… yo… puedo coser –tomó un vacilante paso hacia delante. Se aferró a su abrigo, pero de repente quiso mostrar su antiguo yo, también-. Este abrigo fue un regalo de una amiga mía, pero no significa nada. Fui por muchos años una doncella para la –aquí la garganta de Carolina se secó, pero se forzó a si misma a decir el nombre- familia Holland. -Lo fue, ¿ahora? –la temprana irritación de Madame Fitzgerald continuaba mientras saboreaba esta increíble revelación. -Sí –Carolina marchó a través de su humillación-. Hasta este último otoño. -Bueno –la mujer se encogió de hombros, viniendo alrededor de la mesa hacia la puerta-, muéstrame cómo trabajas, entonces. -Está bien –Carolina intentó poner una ansiosa sonrisa, y colocó su maleta en el suelo. Caminó hacia delante, pero fue detenida por la expresión en el rostro de Madame Fitzgerald. -Quítate ese abrigo.


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Carolina involuntariamente atrajo sus manos hacia su pecho. El primer pensamiento fue de volver sobre sus talones, y el segundo fue sobre la rata que había cruzado corriendo por sus pies. Lentamente, de mala gana, su corazón aún protestando, Carolina se quitó su abrigo y lo colgó en una percha junto a la puerta. Entonces sacudió sus manos sobre su regazo y trató de mantenerse firme ante lo que vendría a continuación. Madame Fitzgerald gesticuló hacia las filas de muchachas en las mesas de trabajo. Allí estaban ambas, envidia y animosidad, en la forma en que ellas observaban a la ex sirvienta con un abrigo que pudo haber costado la paga de un año de cada una de ellas. Ahora que ella estaba al otro lado de la ventana, Carolina vio la sombra bajo sus ojos y la rugosidad de sus manos, pero aún así ella quería ser una de ellas. Solo por una noche. Ella se sentó donde Madame Fitzgerald señaló, y tomó una respiración de caliente y seco aire. La dueña trajo una falda hecha de un material marfileño y la dejó caer en el regazo de Carolina. Había algo horrible sobre la tela, lejos la peor en nada de lo que ella hubiese podido imaginar en usar, o incluso tocar, otra vez –parecía ser una eliminación de puestos en bruto, todo sobre ella. -Has el dobladillo. -¿Qué? –los pensamientos de Carolina se habían desviado por un momento a un vestido muy distinto de un pálido dorado con un decorativo y bordado dobladillo que Longhorn había hecho hacer especialmente para ella. Lo había llevado esa noche en el Sherry‘s, cuando ser inferior a Portia Tilt había sido tan imposible para ella… -El dobladillo –Madame Fitzgerald se echó hacia atrás y de alguna forma controló una sonrisa volviendo hacia abajo las esquinas de su boca-. Es una prueba, cariño. Carolina asintió. Se quitó sus guantes, echó hacia atrás sus mangas, aclaró su garganta, y tomó la falda. La acercó y recorrió con sus dedos el rugoso


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y no terminado botón. La falda se soltó, justo como las manos de su hermana Claire solían acercarse para ella. Ella era muy alta y crecida para hacer cosas muy rápidamente, siempre necesitando más longitud, más tela, más de todo. Carolina miró hacia arriba brevemente a la dueña, como para asegurarse de que se suponía que debía hacer lo que ella pensó que tenía que hacer, y que usando una de las máquinas no sería lo suficientemente bueno, y luego tomó una aguja del alfiletero en la mesa y se ensartó en él. Después de algunas cuidadosas puntadas, Madame Fitzgerald se apartó. Ella se asomó sobre los hombros de las otras muchachas, pero mantuvo un ojo en Carolina, también, quien estaba intentando mantener su cabeza gacha mientras tentativamente presionaba la aguja a través de la tela. Este tipo de trabajo hacía que su pecho se sintiera ajustado, y sus hombros se tensaran con la idea de hacer tanto por tan poco. Pensó por alguna en Will –pobre Will, quien había sufrido tanto, y quien nunca tuvo que ir a Sherry‘s, o a la ópera, o vestir ropa que había sido hecha especialmente para adaptarse a su cuerpo. Ella pensó sobre él y todas las injusticias de su vida y de la suya propia, todos los estúpidos eventos que la habían traído aquí, y la llevó a hacer puntadas, aunque con menos cuidado cada vez. Una pequeña campana repicó y Carolina levantó la mirada de su trabajo para ver que la puerta se abría otra vez. Un hombre entró, las solapas levantadas de su abrigo oscurecían su rostro pero no su castaño cabello, que él llevaba largo. Ella sintió que sus pulmones se hinchaban con el aire y que sus manos se agitaban con el pensamiento de que podría ser Leland. Ese era él. Él había vuelto por ella –él la había encontrado contra todos los pronósticos. Ella sonrió y su piel pecosa se tensó sobre sus pómulos. Entonces Madame Fitzgerald hizo un feliz, gutural sonido y fue a tomar su abrigo. Ella se lo quitó, y luego el joven hombre giró su rostro para revisar la habitación. Pensó que era alto y apuesto y llevaba su cabello en la misma forma, él no era Leland.


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La propietaria besó al hombre en su mejilla, y fue caro que eran de la misma clase –él tenía su rostro, de forma que podría ser un hijo o un sobrino. Antes que la decepción llegara a Carolina, comenzó a sentir la pena. -¡Oh! –ella dijo en voz alta. Varias de las muchachas se volvieron a verla, y luego Madame Fitzgerald lo hizo, también. Carolina miró hacia abajo, y vio cómo se había atascado la aguja en su dedo pulgar, justo debajo de la uña. Por un minuto sólo le sorprendió la herida, pero ahora la sangre comenzaba a fluir, sobre la piel y luego sobre la falda sin terminar. -¡Tú muchacha estúpida! –Madame Fitzgerald cruzó hasta donde ella estaba y arrancó la ropa lejos de Carolina, quien sólo podía seguir mirando su dedo herido. La anciana tomó su mano, se aproximó y sacó la aguja de la piel donde se había alojado-. Ahora mira qué has hecho –ella dijo en un tono un poco menos enojado. Es más, la falda estaba ahora marcada con su sangre, y Carolina pensó que le hubiera gustado señalar que la falda no valía realmente la pena usar de todos modos, ella sabía que esa lógica sería una pérdida en la presente compañía. Se paró con todo el orgullo que conservaba y se puso sus guantes, primero uno y luego el otro. El segundo comenzó a empaparse de sangre. Entonces ella cruzó a través de las filas de rabia y malos ojos de las muchachas, deslizando su abrigo sobre sus hombros, y le dio una última mirada ala dueña y al joven hombre a su lado. Sus rostros estaban llenos de desprecio. Cuando Carolina no pudo mirarlos más, salió a la noche. Se imaginó cómo aparecería en la prensa –CAROLINA BROAD CAMINA ES LAS OSCURAS CALLES- aunque ella no se sentía digna de ese nombre. Le aparecía que todo estaba entumeciéndose, y que las sensaciones de su cuerpo estaban terriblemente lejanas. Ella había perdido la sensibilidad en sus dedos, y pronto comenzó a olvidarse de sus pies. Entonces, más tarde,


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cuando se hundió en el marco de la puerta, y se acurrucaba en su abrigo, y reposó su oído sobre su hombro, fue mientras pensaba que era alguna otra muchacha a la que le estaba sucediendo todo esto a –tal vez Lina Broud- y que Carolina, quienquiera que fuese, sólo podría observar desde lejos.


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Capitulo 40 Traducido por: Isandy Madres escriben todo el tiempo para agradecerme, muchas de las cuales se beneficiaron de mi sabiduría antes de ser matronas. Es una de las grandes alegrías de mi vida. Aún, algunas chicas nunca aprenden, y escucho las historias de sus errores con incluso mayor disgusto mientras envejezco… – SRA. HAMILTON W. BREEDFELT, COLECCIÓN DE COLUMNAS SOBRE COMO EDUCAR SEÑORITAS DE CARÁCTER, 1899. – Lejos al norte en la Quinta Avenida, casi en el parque, la lluvia había comenzado a caer. Vino suavemente al principio, soplada hacia un ángulo por el viento, pero pronto fue un verdadero aguacero; Diana la escuchaba golpear un tatuaje contra la acera. Dentro de la Mansión Hayes otra botella de champaña había sido abierta, aunque casi todo el mundo dentro ya estaba muy borracho. Henry Schoonmaker lo estaba – se dejó caer sobre el sofá mientras su nueva esposa sonreía a su lado – y también lo estaba su padre, quien había iniciado la fiesta. El había estado bailando con Edith Holland, quien no había escatimado en tragos, y les recordaba a esos con buena memoria de la chica que solía ser, y de un episodio de los setenta cuando ciertos miembros de la sociedad creyeron que por primera vez podría haber una alianza Holland Schoonmaker en proceso. Mientras tanto, su segunda esposa, Isabel, hablaba discretamente con Abelard Gore, cuya esposa había atendido otro compromiso esa noche, y Prudie Schoonmaker continuaba conversando –parecía que había


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hablado más esa noche de lo que lo había hecho en toda su vida – con el pintor Lispenard Bradley, quien se mantenía echando vistazos hacia la dirección de Isabel. La sobrina de Edith, Diana, estaba sentada sobre el diván de la esquina, sosteniendo descuidadamente una copa de champaña, y cuando el camarero vino con otra botella, ella extendió su brazo para rellenarla. Todos en la sala estaban borrachos, pero no importaba lo que hiciera, Diana no parecía poder unírseles. Ella quería sentir cualquier cosa excepto el dolor inmenso que Henry le había causado, pero la champaña no servia de nada. Era como si hubiese sido capturada por algún científico loco quien estaba conduciendo un experimento épico para documentar los más lejanos y antárticos alcances del dolor. El le había dado a Henry un cuchillo, y le dijo que lo clavara hondo, y desde algún lugar, detrás de uno de esos espejos, el observaba como la sensación se reflejaba en el frágil rostro de Diana. Ocasionalmente, el añadiría factores mitigantes, solo para invalidarlos con mas macabros experimentos. Seguramente esto – darse cuenta de la mentira tan colosal que había sido el que Henry no se había acostado con su esposa, que de hecho pronto serian una familia de tres – era el mayor dolor que el podía causarle. Aunque, reflexionó Diana mientras se llevaba la copa de champaña a la boca, ella había pensado exactamente eso antes, en múltiples ocasiones, y aquí estaba ella otra vez en las desconocidas aguas de la angustia. ―Hay buenas pinturas en las galerías, no es cierto?‖, ella le dijo al hombre sentado a su lado, Grayson Hayes, quien ella sabia muy bien había sido instruido por su hermana para mostrarle que tan encantador podía ser y a quien ella había tratado de utilizar para poner a Henry celoso y luego para olvidar a Henry, ninguna de las veces con resultados muy efectivos. Pobre Grayson – el peón en dos juegos a perder. Ella no preguntó acerca de las galerías de manera coqueta, sugestiva o ladina. Preguntó sin astucia, excepto en el sentido de que no era tanto una pregunta sino una petición de ser llevada lejos de la sala de fumar, la cual estaba ahora tan púrpura de alegría.


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―Sí‖, el contestó, claramente escuchando su petición y levantándose para ofrecerle su mano. Ella descansó su palma muy ligeramente sobre la suya, y le permitió dirigirla mientras salían. La fiesta había alcanzado tales notas que nadie notó la ausencia de estos dos, y anduvieron por a través de los pasillos de una casa que podría albergar diez casa de los Holland dentro de ella. Si Diana había pensado que dejando la sala donde Henry y su esposa estaban celebrando su felicidad la aliviaría, ahora se estaba dando cuenta de lo errada que estaba. Su pequeño cuerpo aún temblaba con el conocimiento de lo que era la vida de los Schoonmaker juntos – lo que debía haber sido siempre, incluso mientras ella se imaginaba todas las formas diferentes en que Henry podría haberle pertenecido verdaderamente, secretamente. Trató de sentirse afortunada de haber descubierto la verdad tan rápido, pero su habilidad para ver el lado positivo había sido severamente dañada por este último shock. ―Las pinturas en esta galería son particularmente bonitas‖. Habían entrado a un pasillo escasamente alumbrado, y Grayson alzó una vela, que había adquirido en algún lado mientras caminaban, aunque Diana se encontró menos que interesada en examinar los lienzos. ―Señorita Diana, me alegra que estemos solos. He querido decirle cuantas veces en la semana pasada me encontré pensando en usted‖. Ella se volvió hacia Grayson, y encontró que su cara no solo parecía apuesta, la cual en realidad siempre lo parecía, sino abierta y sincera. Eso era una sorpresa. ―Es tu interés en mi sincero, o es alguna trampa de tu hermana?‖, ella preguntó en una voz plana y baja. ―Mi interés – y esa palabra no le hace justicia – es más que sincero. Ahora. Por favor no me haga decirle como comenzó, pero créame cuando le digo que eso ya no importa‖. Grayson se inclinó hacia delante para colocar un rizo detrás de su oreja, y sus ojos miraron fijamente los de ella con una


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adoración que ella, posiblemente, no podría corresponder. Ella vio que su puntería era cierta, o que por lo menos el estaba empeñado en hacérsela creer. Pero podía confiar en ella misma para saber la diferencia? ―Dime por qué‖. Después de cómo Henry la había tratado, no estaba segura de los hombres pudieran amar a la mujeres honestamente, pero quería creerlo. Quería que le dijeran cosas bonitas, y que el espantoso sonido de su corazón se redujera a algo más razonable. ―Bueno‖ – Grayson rió suavemente – ―porque eres hermosa, curiosa y porque te gusta ir a lugares y sentir la vida. Porque me siento libre contigo y desligado de todas las limitaciones estúpidas de mi insípido yo‖. ―Oh‖, Diana se movió hacia atrás contra la pared. Se preguntó si Henry alguna vez se sintió de esa manera – quizás al principio, antes de que el se diera cuenta cuan fácil ella podía ser manipulada? Pero ahí estaba Henry otra vez, invadiendo sus pensamientos, retorciendo el cuchillo, y ella gruñó un poquito sin querer. Grayson puso una mano sobre su cintura suavemente. ‖Crees que seguirás sintiendo esas cosas? Ella preguntó después de una pausa. El inspiró. ―No puedo imaginar parar‖. Ella abrió los ojos, pero no encontró los suyos antes de apagar la vela. Luego lo alcanzó, colocando sus manos sobre su camisa y hombros y atrayéndolo más cerca. El sostenedor de cobre cayó ruidosamente al suelo. Ella podía sentir su aliento contra su cuello, y decidió que le gustaba. Nunca imaginó ser tocada por alguien que no fuera Henry, pero encontró en el evento que la proximidad del cuerpo de otra persona hacia las cuchilladas menos tortuosas. Abrió su boca y la acercó a la de Grayson.


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―Nunca había sentido tanto por una mujer antes‖, dijo Grayson, cuando, después de un minuto se separó de ella. ―Encuentro que quiero estar con usted siempre y –‖. Diana estaba asistiendo junto con él, pero no quería escuchar más. Quería que la besaran otra vez hasta que los besos subyugaran todos sus demás sentimientos. Puso la coronilla de su cabeza contra el empapelado, invitándolo a besar la piel de su garganta. Hubo un momento de duda al inicio, pero luego se inclinó para poner sus labios ahí, antes de moverse otra vez hacia su boca, donde la besó ligeramente una y otra vez. Ella enlazó sus brazos alrededor de su cuello, extendiendo sus dedos justo debajo de la línea de su cabello. Casi había olvidado la hora, o las personas que habían dejado atrás en la otra sala, cuando Grayson protestó otra vez. ―Crees que nos echaran de menos?‖ El estaba jadeando un poco. Diana trato de recuperar el aliento. ―Aun no‖, ella contestó. Grayson le parpadeó – quizás el estaba tratando de determinar que tan bien ella conocía sus propios deseos. En la oscuridad, el era igual de parecido a Henry, o lo bastante parecido. ―Señorita Di‖, el prosiguió dulcemente, ―No quiero seducirla a…‖ El paró mientras Diana lo miraba fijamente. Ella había estado pensando en la manera en que Henry solía poder mirarla desde el otro lado de una sala y hacerla sentir que él estaba a su lado dibujando las puntas de sus dedos sobre su piel. La memoria aun la debilitaba. En ese momento, todavía con los gritos de la fiesta de los Schoonmaker vagamente audibles en la siguiente ala, con la lluvia cayendo contra los elaborados aleros y la hora de dormir aun muy lejos, esto parecía la única cosa que posiblemente podría hacerla dejar de pensar en lo que Henry le había hecho. Ella levantó su dedo y lo presionó a través de sus labios, instando silencio. ―Por favor‖, ella susurró.


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Entonces él la levantó, de manera que ella descansaba contra el tope de la repisa de roble. Su falda verde claro y crinolina blanca estaba alrededor de ellos, como una ola rompiendo contra un muelle, y ella se sintió derretir por completo, abriéndose. El se inclinó para presionar su boca en sus hombros, y ella descubrió que eso se sentía bien. Sus brazos estaban debajo de ella, sosteniéndola arriba, y descubrió que eso también le gustaba. Entonces se presionó contra él, sabiendo con certeza que se lo daría todo, queriendo que él la llevara hacia algún abismo de olvido. Había perdido todo sentido de sí misma, y se apartó de Grayson de manera que él pudiera fácilmente enterrar sus labios contra su cuello, cuando vio una figura en el sombrío halo del marco de la puerta. Era Henry, o solo lo imaginaba en todas partes? Entonces la figura desapareció, y supo que nunca tendría nada tan dulce, nuevo y puro como lo que tenía con Henry otra vez.


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Capitulo 41 Traducido por: Isandy La reacción de los hombres a la noticia de que serán padres por primera vez es a menudo inadecuada, aunque sea solo por nervios; si son inteligentes, mirarían a sus propios padres por una señal, quienes tuvieron mucho tiempo para hacerse la idea. - MAEVE DE JONG, AMOR Y OTRAS LOCURAS DE LAS GRANDIOSAS FAMILIAS DEL VIEJO NUEVA YORK. ―Que alegría es una familia creciente‖, declaró el mayor de los señores Schoonmaker mientras su cuerpo pesado se hundía en su silla. El se había cansado, por el momento, de levantar su copa en celebración por su hijo, su nuera, y su futura familia. Fue un golpe de suerte para Penélope, quien Henry solo podía asumir estaba cansada – de tratar tan arduamente de sonrojarse cada vez que su padre hacia referencia a su condición. Era un golpe de suerte para el, también, ya que no hubo expresión que conociera para intentar. En la cabeza de la mesa, el padre de Penélope miraba fijamente, de manera estúpida, su copa de vino. En el otro extremo, su madre estaba fuera de sí en risitas, y le guiñaba a todo aquél que mirara en su dirección. Los otros invitados continuaron, lo suficientemente dispuestos, con las llamadas para más champaña y en todo momento una mayor necesidad de felicitaciones y excitación. ―Eso fue encantador‖, ofreció Richmond Hayes poco entusiasta mientras los meseros circulaban alrededor del comedor de roble panelado para retirar el


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plato final. Los invitados pausaron su charla y miraron hacia el hombre de la casa, porque incluso ellos sabían que habría más. Henry se preguntó si ellos estaban tan exhaustos por todo como lo estaba él. Pero a todos les gusta una fiesta, especialmente si ya está bien en curso, y sus ojos estaban brillantes. ―Señor Hayes‖, dijo la señora Hayes, ―no deberíamos exhortar a nuestros invitados al salón de fumar para digestivos?‖ Los hombres y las mujeres dispuestos a través de la larga mesa murmuraron su aprobación, y luego Richmond Hayes estuvo de acuerdo, no muy convencido, de que fuera una buena idea. Henry no podía mirar a Diana, quien se sentaba al otro lado de él solo parcialmente oscurecida por el arreglo de begonias rosadas. Todos estaban empujando sus sillas hacia atrás y poniéndose de pie. Los caballeros estaban tomando los brazos de las damas que habían escoltado, de alguna manera menos achispado, que unas horas antes. ―Henry, siéntate con tu esposa‖, demandó el viejo Schoonmaker una vez todo se habían reubicado, tambaleándose un poco. Penélope se volvió hacia él, desde su lugar en el sillón, sus ojos grandes y confiados como los de un cervatillo. Era mareante, pensó, todas las emociones diferentes que ella podía fingir. En su expertamente confeccionado vestido color rosa pálido parecía justo la parte de la joven madre que no se preocupa por nada más que sus hijos, aunque él nunca podría creer que ella era ni siquiera parcialmente tal persona. No después de la manera en que los había utilizado incluso mucho antes de que nacieran. Caminó hacia ella y se sentó a su lado, pero no pudo verla a la cara. Así pasaron las horas. Al principio, Henry rechazó la champaña que era servida para él. Había estado sobrio toda la semana, y todavía sentía que debía mantenerse fuerte, atento y valiente. Pero comenzó a preguntarse acerca de la remota posibilidad de que Penélope pudiese estar diciendo la verdad, y la noción misma lo llevó a pedir un trago y beberlo con prisa. Luego ordenó otro y


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otro. Cuando los sonidos de la voces de los demás se habían vuelto vertiginosos y lo suficientemente fuertes para ahogar lo que Henry tenia que decir, se dirigió a su esposa. ―No puedes estarlo realmente‖. Su voz fue baja y distorsionada, pero el consiguió enfocar sus ojos negros sobre ella, cuidadosamente, y mantenerse esperanzado. ―A qué se refiere, Sr. Schoonmaker?‖, ella respondió inocentemente. Henry miró a través de la sala, donde las mujeres estaban reordenando sus faldas en pos de sacar el mejor provecho de la luz del candelabro y los camareros circulaban con las jarras llenas que a él le hubiese gustado tomar y retraerse a un rincón oscuro. Había un gran espejo enmarcado en metal precioso sobre la chimenea, inclinado ligeramente hacia el frente para dar una vista de la sala como si fuese desde arriba. En la apartada esquina de la escena Henry vio su propio reflejo, en sus pantalones negros y chaqueta de cola, y a su lado su esposa, en su sutil y artístico vestido. Por un momento vio lo que todos veían: dos personas altas, delgadas, oscuras, perfectamente emparejados, demasiado enamorados para unirse a los chillidos de los demás. Se odió a si mismo por haber visto ese cuadro. ―Fue solo una vez, hace una semana, dos – no puedo recordarlo‖. Henry suspiró y movió su mandíbula. ―No lo creo‖. ―Muy bien, entonces‖. Penélope dejo que sus blancos hombros se alzaran y cayeran en descuidado reconocimiento. ―No lo estás‖. Por primera vez en esa noche, el miedo de Henry disminuyó. Ella rodó hacia tras sus ojos y dejó abrir su boca levemente. ―Bueno, no estoy completamente segura de que lo estoy‖. Luego lo miró. ―Es posible, por supuesto‖.


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Henry dejó salir un suspiro desde lo hondo de su pecho y sacudió su cabeza con alivio. No había bebé, no había familia. Podía dejarla después de todo. Solo tomaría un poco más de tiempo, y la conversación con su padre seria un poco mas extraña. Pero todavía podía hacer lo que había planeado. ―Oh, Henry, no seas cruel‖. Su cara se había arrugado, y aunque no sabia que se proponía, sintió las lágrimas surgiendo de la base de su cráneo. ―Ya te dije como es‖, él dijo cuidadosamente. ―Pero ahora todo es diferente!‖ ―Penny, no seas estúpida, tu misma lo dijiste – ‖ Penélope miró sus manos enguantadas, con sus pulseras de rubíes en las muñecas, y comenzó a apretarlas. ―Yo tendría cuidado de a quien llamas estúpida‖, ella dijo quedamente. ―Por ejemplo, no has considerado como se verá cuando dejes a tu esposa embarazada. Es demasiado diferente ahora, no lo ves?‖ ―No creo que esa mentira vaya a dejar esta sala, querida mía‖. Henry cerró los ojos y se frotó la frente. ―Después de todo, que vas a hacer dentro de nueve meses, cuando no haya bebé?‖ Penélope se acercó a él, y sus ojos bajaron la mirada tristemente como si lo que estaba a punto de decirle ya había comenzado a pasar. ―No seria eso aun peor?‖ siguió en un susurro. ―Si dejas a tu esposa porque no pudo llevar a término el embarazo de tu primer hijo?‖ Henry tragó en seco. Miró a su alrededor, como si las paredes, los muebles e incluso los invitados estuviesen hechos de hierro. Bien podrían haberlo sido. Dentro de unos segundos se dio cuenta de que ellos constituían una especie de prisión. Le devolvían la mirada, sonriendo, sin saber en que los


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habían convertido sus creencias. Ellos sonreían felices y observaban a los Schoonmaker, pensando que intercambiaban secretos de amantes. Penélope debe haberse dado cuenta despacio de esto también, porque se movió adelante y hacia la ilusión, llevando su cuerpo a menos de una pulgada del suyo, alejándose del suave soporte. ―De todas formas, no creo que tengas mucho por lo que dejarme‖, susurró en su oído. ―Que crees que tu pequeña Di ha estado haciendo todo este tiempo?‖ Cuando se recostó contra el descanso de brazos sonrió abiertamente, en una manera que le recordó al resto de la sala, con su alboroto jovial y su tambaleo alocado. Todos hablaban a un nivel que hacia imposible que se escuchara una conversación sobre la otra. Henry se volvió en su asiento, buscando a Diana, pero no la vio por ningún lado. Estaba su chaperona – visiblemente borracha y bailando con su padre. Vio el diván donde Diana había estado, pero ahora estaba vacío. Sobre el asiento vacío había una pintura de hombre, pintado a escala, en un uniforme vagamente militar, montando un caballo que se había alzado en sus patas traseras. Las pezuñas del caballo garraban el aire y sus ojos estaban llenos de fuego y miedo; mientras, su jinete miraba orgulloso, calmado, alguna batalla más abajo. Henry le hubiese gustado creer que él era como ese jinete, pero sabía que ahora esta interpretando el otro papel. Su mirada volvió a Penélope, quien le guiñó en reconocimiento. ―No te preguntas a dónde se habrá ido?‖ sonrió abiertamente, y colocó sus manos modestamente sobre su regazo. ―O ellos, más bien. Yo también me lo pregunto, sobre todo porque mi hermano me dijo alguna información muy interesante, justo antes de que entráramos a la cena. Me dijo que la ama‖. Basta!‖ Henry quería gritar – a su esposa, a todos en la sala. Pero no lo hizo. Recordó todas las cosas que Grayson había dicho en el casino sobre Diana,


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y la clase de hombre salvaje y desesperado que era. Quizás creía que la amaba, y Diana estaba ahora mismo en tal estado que realmente podría creer, también, que el lo hacia. ―Discúlpame‖, dijo Henry. Su cuerpo se sentía adormecido, y se movía demasiado despacio a través de los pasillos del hogar de su familia por ley. Solía conocer el camino por ahí, por razones que ya no le gustaba reconocer. El latido de su corazón y sus pies lo llevaron hacia delante sin ningún control consciente. Todo lo que sabía es que tenía que encontrar a Diana, lo cual hizo, eventualmente, pero entonces vio que era demasiado tarde. Puso su mano contra el marco de la puerta de esa habitación oscura y atestiguó, por varios horribles minutos, la forma en que el cuerpo de Diana estaba enredado con el de Grayson. Podría haber gritado, pero no tenia aliento. Fue él quien los había traído a ambos aquí, a un punto del que no había retorno, y sería un ruido tonto si le gritara a alguien que no fuera a si mismo. No había nada que el pudiera hacer, sino alejarse tambaleando con el pleno conocimiento de que todos sus planes y actos heroicos no eran más que mal formados pensamientos que morían en su mente.


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Capitulo 42 Traducido por: Isandy Hay en esta ciudad, detrás de una fachada de piedra rojiza como ninguna otra, un amante de las abominaciones quien se ocupa de los polvos de chicas inmorales, y quien da las operaciones cuando esos polvos fallan… – REVERENDO NEEDLE HOUSE, SERMONES DE NUESTRO TIEMPO– Elizabeth fue tarde en la noche, como su madre le había dicho que lo hiciera. Había memorizado la dirección – respetable, fuera de Washington Square, una casa de ciudad como sus vecinas, a pesar de que la luz sobre la escalinata ardía un poco más brillante que en los edificios a ambos lados. La lluvia había cesado y ella vestía una capa con capucha de color oscuro que le cubría la cara, y tuvo cuidado de no ser notada en la calla. Fue por esa razón que se detuvo tanto tiempo en las sombras, y cuando estuvo segura de que no había nadie asomándose por una ventana o merodeando en la esquina, subió rápido las escaleras. Llevaba consigo el último dinero que Snowden le había dado a su familia, de los intereses de la fiebre del oro de su padre, y las últimas palabras de su madre antes de que se fuera. ―Siempre pensé mejor de ti‖, había dicha la Sra. Holland, antes de anunciar que se iba a la cama. Edith ya se había ido para servir de chaperona a Diana, así que no había nadie que viera a Elizabeth adentrarse en la envolvente noche. Le habían dicho que tomara un coche, pero no podía soportar que ni siquiera una persona fuera cómplice de lo que iba a hacer.


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Estaba enferma de la fatiga nerviosa, pero aun le tomo mucho tiempo golpear la aldaba en la puerta. Cerró los ojos y dudó, finalmente levantó su delgada muñeca. Después de eso todo sucedió muy rápido. Fue llevada a un salón del segundo piso, iluminado con lámparas antiguas y decorado con telas suaves y pieles de animales. La mujer ricamente vestida que la había dejado pasar desapareció detrás de un biombo japonés que ocultaba una entrada. Era como cualquier otra sala, salvo mejor que muchas, fueron los pensamientos de Elizabeth mientras esperaba. Había sonido de voces femeninas, muy débil, desde las habitaciones contiguas. Elizabeth juntó las manos, las soltó, y luego las apretó. Fue tan extraño que debiera terminar aquí – ella que había sido tan admirada por su vestimenta y modales, y más tarde, durante las noches por las que habría dado cualquier cosa para vivirlas de nuevo, tan bien amada. No sabía qué hacer de ello, de todos los giros del destino, o de la sala en la que estaba sentada, con su elegancia ofensiva y falso aire de normalidad. Hubiera sido difícil para ella decir con certeza quién era en estos momentos. Érase una vez, había sido una niña que vivía para su familia, y su idea particular de lo que era correcto y bello. Había fallado en eso, pero encontró un mejor ideal a perseguir. Y ahora que algo mejor se lo habían arrebatado en una explosión de pólvora. Sin Will, cada paso era tentativo. Incluso de las fronteras de su cuerpo se sentían de alguna manera vaga y confusa, y quizás ésa fue una bendición, porque lo que sea que fuera a pasarle próximamente no era algo que quería sentir. Tenía la sensación de un que vendaval de tristeza viene sobre ella, y cerró los ojos y dejándolo pasar. La piel de su frente se arrugó en el centro y rezó para que Will estuviese en el cielo, cuidándola desde arriba, y que él le ayudara a no llorar. ¿Qué pensaría de esta sala, con sus cuadros cuidadosamente enmarcados de las mujeres que usan rostros sin sonrisa y su mejor sobriedad? ¿Cuántas niñas, se preguntó, se habían sentado en esa sala ante ella, sintiéndose un poco


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calmadas por la similitud de los alrededores con sus propias casas, queriendo que todo se acabara para poder ir a los bailes de nuevo, que le propusieran matrimonio y que todos las vieran como siempre lo habían hecho – como niñas buenas y puras que nacieron para casarse bien, en ceremonias que las representaban como pizarras en blanco. Se dio cuenta de que todos eran unos hipócritas, hasta el último de ellos. Las niñas con sus vestidos blancos y los hombres que las ponían en pedestales, pero aun se frotaban contra ellas cuando bailaban. Y no menos su propia madre, que le había dicho a Elizabeth que "siempre pensó mejor de ella", pero habría tenido estado encantada de hacer algo tan venal como casar a su hija por dinero. La única persona que Elizabeth había conocido que no era un hipócrita era Will. Sintió un nudo en la garganta y se llevó la mano al vientre. Era impresionante que debiera sufrir de esta manera por amor, y que el castigo debiera ser tan físico, tan humillante, tan absoluto. ―Mi querida", dijo una mujer mientras venia alrededor de la pantalla. La luz era baja, pero la rapidez con que Elizabeth abrió los ojos le hizo ver las manchas. Un poco de humedad se había acumulado a lo largo de sus párpados inferiores. La mujer estaba vestida de terciopelo negro y era amplia de pecho y de cara, y le sonrió a Elizabeth de la forma en que hace una persona antes de exigir un pago. Tal vez, Elizabeth se preguntó por primera vez, no estaba siendo obligada a sufrir. Tal vez este no era otro trágico giro del destino. De repente, se le comenzó a ocurrir que lo que crecía dentro fue lo último que Will le había dado, y ella no podía estar avergonzada de ello. Él había sido su marido, se recordó a si misma. "Me tengo que ir", dijo mientras se ponía de pie. Estaba cansada, pero ni remotamente preparada para dormir, y se sentía cansadamente capaz de todo, justo como uno hace después de permanecer despierto toda la noche. "Pero, querida, su condición-"


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Elizabeth retrocedió hacia la puerta. "Lo siento", dijo. Su voz se había hecho fuerte y clara. "Pero eso fue todo un error." La casa estaba oscura cuando cruzó el umbral, pero apenas se quitó su capa entonces oyó el ruido y el crujir de la puerta tipo corrediza del salón y vio a su madre salir de la oscuridad. "Habría pensado que te mantendrían con ellos toda la noche," dijo, y aunque sus palabras fueron duras, había algo tenso en su voz. "No." Elizabeth trató de recuperar el aliento y dejó que sus ojos se ajustaran a la falta de luz. Era bueno estar en el interior, aunque el frío real había salido del clima y había percibido una humedad en el aire y el regreso de la lluvia mientras subía la escalera. "Yo no podía quedarme allí". "¿Qué quieres decir con que no podías quedarte ahí?" La señora Holland entró en el vestíbulo, trayendo con ella en que el olor a ceniza que sigue todas las ropas que han estado cerca de una chimenea. Elizabeth podía ver su cara ahora, y reconoció en la expresión de la mujer mayor la misma indecisión nerviosa que ella había estado experimentando una hora antes. Sin embargo, para Elizabeth, el nerviosismo se había ido, y sintió en su lugar una extraña fortaleza. "Voy a tener un hijo," ella respondió con calma. "Hijo de Will." Su madre hizo un ruido como si hubiera sido golpeada en el estómago y todo el aliento hubo salido de ella. "Nos arruinaras", dijo. Pero no lo dijo con dureza, y de alguna manera, cuando la frase estuvo en el aire, sonaba como algo no tan malo después de todo. Elizabeth descubrió que estaba sonriendo. Le dio un beso a la pequeña dama en cada mejilla y dijo: "Buenas noches". Luego se volvió y subió las escaleras hacia su dormitorio. No tenía la menor idea de lo que iba a hacer en la


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mañana, pero sabía que por primera vez en muchos días iba a dormir toda la noche.


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Capitulo 43 Traducido por: Annaev El ultimo deseo y testamento de Carey Lewis Longhorn será leído hoy en el hotel New Netherland, en donde Mr. Longhorn residió los últimos años de su vida. A pesar de ser soltero, muchas damas de la sociedad lloran la perdida, algunos de ellos, por supuesto, esperan que hoy su generosidad viva por siempre. -De la pagina de sociedad de noticias internaciones de la gazeta de Nueva York, VIERNES 2 DE MARZO DE 1900. ―Señorita Broad, ¿Que ha sido de usted? Carolina, o Lina, o quienquiera que fuese ahora que toda su dignidad había sido borrada, parada en el lobby del Hotel New Netherland donde una vez había sido tan grande. Su abrigo goteaba un poco sobre el suelo de mosaico brillante, y aunque ella había planeado parecer un poco menos naufraga en ese momento, el primer olor familiar de perfume y café, y la vista del Sr. Cullen, el secretario que a menudo le entregaba a ella la llave de su habitación, trajo lágrimas a sus ojos, y antes de que pudiera empezar a explicar, ella ya estaba llorando como un bebé. ―Allí, allí, Srta. Broad.‖ Dijo el Sr. Cullen, mientras le quitaba el abrigo empapado por la lluvia de sus hombros. ―Se quedo atrapada en la lluvia?‖ el fue dudosamente al examinar su abrigo, que en verdad había pasado toda la


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noche bajo la lluvia, y ahora olía sin lugar a dudas a calle. Hizo gesto a uno de sus botones, y cuando la prenda infractora se perdió de vista él puso una mano sobre el hombro de Carolina y le dijo: ―Mandaremos esto a la lavandería y veremos que es lo que pueden hacer. Pero querida, se esta congelando. Debemos ponerla en calor y ponerle un poco de ropa seca.‖ Carolina puso su cara entre sus manos y asintió con la cabeza vigorosamente, aun que ella aun no encontraba la forma de dejar de llorar. ―No trate de contenerlas, querida‖ Cullen fue con ella y la introdujo en su oficina. ―Esta usted aquí por la lectura del testamento de Mr. Longhorn ¿Verdad?, seguramente el caballero le a dejado a usted algo….‖ Carolina pasó su mano contra la parte inferior de la nariz, secándose los mocos, y trato de creer en eso. En verdad, ella no tenia mucha esperanza ya, y fue solamente al hotel porque se había despertado en una puerta y no tenia otro lugar al que ir. Ella pudo ver también en la cara del Sr. Cullen, que el solamente trataba de hacerla sentir mejor, y esto era una rara amabilidad que tuvo en toda su voluntad de no empezar a llorar otra vez. El llamo a una de sus ama de casa, y la mando buscar un vestido para Carolina, y sólo cuando ella estaba bien para volverse a unir lo hizo y el propio escolto a la joven a la habitación donde ella y Longhorn había pasado muchas noches, hablando más de lo que su juventud había sido y lo que ella se parecía prometer. El Sr. James, el abogado, estaba sentando en la mesa blanca y volvió su mirada hacia Carolina de una manera en que le decía que no era bienvenida. Por suerte, el Sr. Cullen estaba ahí con ella, y la encamino hacia una de las sillas para que se sentara, y una vez que el estuvo seguro de que ella estuviera en un su lugar se separo de su lado. Ahí se encontraban otras mujeres, ocupando las sillas y llorando teatralmente en sus pañuelos. Lucy Carr se encontraba entre ellas, pero ella no quería encontrarse con los ojos de Carolina.


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―Bienvenidos, damas y caballeros …‖ El Sr. James comenzó, antes de toser y apoyarse en su mano. Seguido de un preámbulo favorito de Longhorn que ella no pudo escuchar. Este era un documento que el viejo solterón había ordenado elaborar cuando él ya contemplaba su propio fin, y ella le había fallado

tan

miserablemente

ahí.

Ella

todavía

estaba

soportando

las

consecuencias de esa decisión tan egoísta, y sospechaba que eso le iba a durar un largo tiempo. Muchos de los hermosos objetos en la habitación habían sido envueltos, ella observo, y la vida había salido de ella. ―A mi prima segunda, la Sra. William Barre,‖ el Sr. James estaba diciendo. Esa señora jadeo un poco y se sentó erguida. ―Le dejo todas mis bandejas de plata y mil dólares.‖ La Sra. William Barre elogio la generosidad del Sr. Longhorn, aunque se mostró un poco decepcionada. Una serie de pequeños legados siguió, a lo cual la gente que se encontraba en las sillas respondía. Carolina no esperaba nada para ella del viejo, ella solo lo conoció unos pocos meses, y le había fallado cuando mas importaba, pero aun así no podía dejar de pensar cuánto más de cinco mil dólares significaría para ella que para la Sociedad de chicas jóvenes huérfanos a causa del fuego, que había sido la caridad favorita de su antiguo benefactor. Después ella escucho las palabras que indicaban que el final, y ella se levanto para irse. ―Y el resto de mis bienes,‖ el Sr. James decía ahora, a regañadientes, ―Incluyendo todas mis propiedades en bienes raíces, valores, negocios y dinero, se lo dejo a mi querida amiga, que me dio mucha alegría en el final del capitulo de mi vida, la señorita Carolina Broad.‖ Todos en la habitación contuvieron el aliento y voltearon a ver al a chica que se dirigía a la puerta de la habitación. Por un momento, Carolina pensó que había sido llamado por mal comportamiento o alguna otra infracción contra el


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buen gusto, y sus ojos recorrían de ida y vuelta hacia las mujeres que se reunían allí con el abogado. Después ella vio a Lucy Carr sonriéndole, y ella supo que la suerte había regresado. Ella siguió helada, y tomo varias horas antes de darse a entender como literalmente su vida había sido cambiada de repente. Pero ya una sensación de seguridad se estaba volviendo hacia sus miembros, y las mujeres que habían venido con la esperanza de su propio bien, la rodearon para desearle todo lo mejor. Longhorn había visto la promesa en su juventud, después de todo, y oh, con lo que la bondad infinita, qué magnanimidad eterna había ido en asegurarse de que esa promesa se cumplirá. Algunas horas después, y vestida del armario que le había sido devuelto a ella, Carolina llegó a una dirección en el oeste no sin distinción en particular, y dio instrucciones al coche de punto que esperara en la calle. La lluvia había cesado por fin y se podía sentir la llegada de una temporada más amable en el aire. Aún así, sacó el abrigo, las viejas pieles que Longhorn había comprado para ella en la primavera de su amistad, lo cerró en sus hombros mientras cruzaba y se acercó a la escalera. La ama de casa, en cuanto abrió la puerta, al principio no supo que decir. ―No se preocupe,‖ Carolina dijo con una sonrisa que mostraba cada uno de sus dientes. ―No estoy aquí para mi pago retroactivo. Estoy donde debo estar‖ Los ojos de la anciana se precipitaron hacia el pasillo, y ella estaba evidentemente nerviosa, porque tenía que hacer una pausa para secarse el sudor de sus palmas contra su vestido. ―No pienso que la Sra. Tilt este muy feliz de saber que usted ha venido.‖ ―Oh, me importa un comino eso,‖ Carolina se rió. ―Y de todos modos, no he venido por ella. ¿Está el señor Wrigley aquí?‖ ―Sí, pero-‖


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―Bien.‖ Carolina aparto a la señora y se adentro por el pasillo, donde se volvió lo suficiente para que su larga falda lila pudiera torcer encima escultóricamente detrás de ella y capturara toda la luz eléctrica del techo. ―¿Dónde están?‖ El ama de llaves le señalo con las manos. ―primer piso, salón‖ ―Ah, si‖ Carolina entró en la habitación con sus pieles puestas y su cara con la victoria incandescente. Ella sabía perfectamente lo bien que se sentía ganar mientras la veía, y posó en la puerta para que la señora le diera la inclinación y su amigo Tristán pudiera tomar en toda la gloria del efecto. En ese momento, todas sus sospechas acerca de su propia grandeza parecía haber sido confirmadas, y por eso no tuvo ningún problema en absoluto con uno de los trucos de damas que adaptaba, el empleo adecuado de los cuales la había eludido hasta esa noche. Su sincronización iba bien. ―Te dije que nunca regresaras aquí,‖ la Sra. Tilt dijo eventualmente, y aun que ella la estaba tratando de una forma muy fría, la tensión se fue derritiendo sobre el hielo y fue bajando su tono de hablar. Tristán, sentado junto a ella en un sillón rojo y blanco de orejas tapizados, parecía incómodo, quizá por primera vez en su amistad. Ella se alegró de ver que él ya estaba vestido de la parte de arriba, sin embargo, en un saco negro y chaleco, y con el pelo de color claro, más bien ordenado que de costumbre. ―¿Lo hizo? Como no tengo deseo de nunca volver a este lugar, creo que voy a ser capaz de hacer lo que me pides.‖ Carolina se apoyó contra el marco de la puerta despreocupadamente. ―Tristán‖ prosiguió, bajando la voz y teniendo la mirada permanente de la Sra. Portia Tilt, ―Ven conmigo.‖ La silla de Tristán raspo contra el piso mientras se levantaba con torpeza, el todavía no entendía. ―La Sra. Tilt y yo tenemos planeado ir a cenar al


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Waldorf. Estábamos tomando un cóctel para comenzar la noche y, a continuación…‖ ―Tonterías, tú cenaras conmigo en Sherry‘s. Ya lo veras.‖ y aquí se detuvo un poco para sonreír la sonrisa Carolina. ―Acabo de heredar una gran fortuna, una cantidad más alta de lo que cree que su Sra. Tilt siquiera sabe cómo contar, y quiero brindar por mi.‖ Tristán no dudó después de eso. Llegó hacia el lado de Carolina sin ni siquiera reconocer a la señora que estaba a su lado, y salieron de la habitación sin hacer una despedida formal. Carolina se decidió a mirar hacia atrás una última vez, y la mirada de orgullo herido y la indignación que su antigua jefa llevaba en ese momento sólo era algo que la heredera Longhorn habría pagado muy caro de ver. Al final resultó que, sin embargo, esto era un espectáculo que Carolina pudo disfrutar de forma gratuita. ―Estará en todos los periódicos mañana.‖ Dijo sobre su hombro. Tristán le ayudó a entrar en el coche, y mientras estaban sentados uno al lado del otro al ser empujada por tráfico de la ciudad, se encontró con que de pronto ella se había quedado sin cosas que decir. La historia era muy larga para empezar a contar, y sólo quería a alguien para celebrar en la noche. Su viejo amigo vendedor de Lord & Taylor haría muy bien para eso y por mucho mas, se había dado cuenta durante los últimos meses, aunque había sido muy útil para poner la Sra. Tilt en su lugar. Ella hubiera preferido a Leland mil veces, por supuesto, pero había leído en el periódico por la tarde que ya estaba en una nave a muchas millas hacia el Atlántico, y por eso se había resignado a esperar unos cuantos meses más antes de reanudar el romance. Por ahora, la lluvia había limpiado el aire, y estaba vestida majestuosamente, y su acompañante quienquiera que fuese, se veía muy guapo por cierto. La noche era joven, y todo lo demás.


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Capitulo 44 Traducido por: Annaev Más de una nueva novia de sociedad lleva un niño, aunque todavía no estoy en libertad de decir cuáles.... DE CITÉ CHATTER, VIERNES 2 DE MARZO DE 1900 El fuego chasqueo, y los ojos marrones de Elizabeth se torcieron hacia arriba para encontrarse con los de su madre. Ni una ni otra se estremecieron, y se quedaron mirando durante un largo minuto. La lluvia volvió a caer después de dejar en la tarde, y Diana aún estaba arriba durmiendo a pesar del hecho de que la noche estaba casi por llegar. Edith tenia el aspecto de una muerta sobre ella, y no pudo formular las palabras acerca de la fiesta de los Hayes de la noche anterior. Así que se habían quedado sin cosas de que hablar, y ahora la mayor de las Hollands, no podía hacer nada más que tratar de mantener el calor del fuego y sufrir las miradas acusadoras de su madre. Ella se sentía un poco nerviosa e insegura acerca de su futuro, pero ahora tenía algo mayor para proteger, y la hizo sentir con menos miedo. ―Srta. Holland,‖ dijo Claire, ajustándose al hueco de la puerta para poder pasar. Las sombras de un día gris se reflejaron en su rostro lechoso. Edith hizo un ruido al gruñir y se tapó los ojos ―Para por el de amor de Dios, se consciente de mi dolor de cabeza y mantén un poco de silencio,‖ dijo, a pesar de que Claire sabia que se debía hablar en un tono tranquilo, para empezar.


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―Lo siento,‖ Claire susurro, Dado que la Sra. Holland se negó firmemente a mirar hacia arriba, la doncella miró a Elizabeth, quien asintió con la cabeza para que ella continuara. ―Hay un invitado aquí.‖ "¿Quién es? Estamos en un estado de no recibir a nadie ." La Srta. Holland dijo fuertemente. Edith se quejó, pero no mencionó una vez más su dolor de cabeza. ―Es el Sr. Cairns.‖ ―Ah.‖ La expresión de la Sra. Holland cambio. ―Hágalo pasar.‖ Elizabeth se enderezó al entrar el en la habitación. Había estado tan absorta en sus propios problemas que no había notado la ausencia de toda la actividad al aire libre de la naturaleza desde su regreso de Florida, y de hecho sus rasgos gruesos, y la palidez extrema de su pelo rubio, era un poco desconocidos para ella. Se sentía un poco mal por eso, porque había hecho mucho por su familia, y ella trató de sonreír más ampliamente a él para compensar por ello. ―Sra. Holland, Srta. Holland , Srta. Elizabeth.‖ Dijo y asintió con la cabeza. ―Que hermoso que hallas vuelto a la ciudad,‖ dijo la Sra. Holland y se levanto de su silla. Parecía menos preocupada de alguna manera, y Elizabeth se sintió agradecida hacia el por ello. El viejo compañero de su padre tenía un don para mostrarse cuando la familia mas lo necesitaba, lo observó, y eso lo hacía no parecer tan extraño para ella. ―No estaba segura de que estaría de vuelta.‖ ―Si, planeo estar un tiempo. Sé cómo es compulsivamente de hospitalaria su familia, y yo no quería molestarla hasta que me habían instalado y he tomado un apartamento en el Dover en el parque, no es tan encantador como todo esto, por supuesto, pero que va a hacer por un hombre como yo. Su mirada se mantenía estable en Elizabeth, quien se volvió hacia su madre, que


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miraba a Snowden. ―Recibí su telegrama.‖ Añadió, dirigiéndose a su madre, Elizabeth asumió, aunque continuó observándola. ―Bienvenido de vuelta a Nueva Cork Sr. Cairns.‖ Elizabeth dijo dulcemente mientras permanecía de pie, tocando su vientre inconscientemente. Espera que eso era lo único que se requería de ella en este momento, pero ella no iba a tener tanta suerte. Su mirada le cubrió todo el cuerpo, y luego cruzó hacia ella y se hundió en una rodilla. Los ojos de Elizabeth se dirigieron hacia su madre, pero ella ya se encontraba en otro lugar ahora. "Elizabeth, espero que y no crea que sea demasiado apresurado por mi parte decir que conozco su situación y de que siento que puedo ser útil para usted. Sé cómo te amaba Hill, después de todo, fui yo quien te caso. Por supuesto, usted debe tener a su hijo. Sin embargo, usted hará a ese niño, y al difunto Sr. Keller, un enorme favor si lo pondrán en el mundo fuera de la alianza tradicional del matrimonio. Sé que no me amas, al menos no como una esposa ama a un marido, y no espero que lo intentes. " Hizo una pausa, para ajustar la posición de su rodilla en el suelo, y la miró con cautela, como si sus palabras no intencionales podría hacerle daño. "Quiero vivir aquí en la ciudad, y tener un hogar. Creo que si nos casamos, se podría formar una familia de una especie donde pudiera ofrecerles protección frente a la censura del mundo, y ustedes harían de esta ciudad un lugar feliz para mí .... " Él se calló, y Elizabeth cerró los ojos. Por un instante, la habitación estaba en calma y no fue sólo el sonido de las llamas romperse y afuera, la lluvia contra el pavimento. Luego volvió a hablar. "¿Quieres casarte conmigo?" Su madre la había criado para ser una chica casadera, y ella no había visto a ningunos hombres de rodillas antes. Fue un giro extraño que este hombre, perfectamente aceptable, pero apenas el aliado social de una debutante debería buscar, iba a ser su marido al final. Elizabeth sabía que la Sra. Holland


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hubiera preferido a Teddy Cutting, aunque no tanto como Elizabeth se habría hecho. Pero Teddy no estaba a la vista. El significado completo de la oferta de Snowden recorrió despacio, y cuando se dio cuenta de todo lo que significaría para ella, y lo que era un sacrificio para él, porque él renunciaría a cualquier posibilidad de encontrar el amor verdadero, él mismo, para protegerla a ella y al hijo de Will por nacer, ella estiró la mano hacia el. "Oh, sí‖ susurró. "Gracias". Cuando ella abrió los ojos otra vez, él se levantó y, sin soltarle la mano, la besó suavemente en la mejilla. "Yo te daré un buen hogar, Elizabeth.‖ Ella no podía decidirse a sonreír, pero se dio una sacudida de cabeza. Entonces su madre se acercó a ellos y puso las manos sobre sus manos. "Sr. Cairns", dijo. Sus ojos oscuros se encendieron rápidamente a medida que ella lo miró fijamente. "Usted debe cuidar bien de mi hija. Ella lo es todo en mi vida." Entonces ella lo abrazó. Edith había llegado a través del cuarto, y aunque su dolor de cabeza era todavía evidente en su rostro, ella trató de sonreír un poco. Puso sus brazos alrededor de la joven pareja y le susurró sus felicitaciones. ―Les recuerdo que yo conocía al Sr. Holland un poco,‖ El señor Cairns decía a nadie en particular. ―Y se muy bien como el querría que yo la tratara bien.‖ Elizabeth asintió con la cabeza de nuevo. El mundo era una maravilla, le habia enseñado, que si seguía haciendo las cosas correctas y concentrado, siempre tenia previsto tu salvación. Se había imaginado que una solución estaba en su dirección, pero eso no importa ahora, pues el camino hasta allí todavía no se había construido. No pudo ser. Este iba a ser, y era igual de bien.


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Iba a ser una madre, cubrió el pensamiento con su alegría. ―Creo que ustedes estarán de acuerdo conmigo en que debe hacerse rápidamente, para evitar sospechas, y que de hecho habría que ir tan pronto como sea posible ...." Snowden estaba diciendo a la Sr. Holland, o tal vez a la tía Edith, Elizabeth no fue prestando su atención más; pensaba mas en la voluntad, de su naturaleza honorable y su disposición a trabajar duro y todo lo que había hecho por ella, y cómo tal vez finalmente sería capaz de hacer lo correcto por él.


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Capitulo 45 Traducido por: Isandy Muchas de mis fuentes habituales han permanecido en silencio en este tranquilo momento del año, aunque algunos de mis nuevos amigos nos han señalado la notable presencia de la hermana más joven de las Holland, la señorita Diana, en la casa de los Hayes la noche pasada, donde se dice que era la invitada especial del descendiente de la familia, Grayson. ¿Qué podía significar todo esto? – DE LA PAGINA DE SOCIEDAD DEL NOTICIAS DE NUEVA YORK DE LA GAZETA DEL MUNDO, SABADO, MARZO 3, 1900. Cuando regresaron de la iglesia, Diana no quería nada más que subir a su habitación. La ceremonia había sido breve y austera y no hubo invitados fuera de su pequeña familia y algunos miembros del séquito de Snowden. El Reverendo Needlehouse había oficiado, mirando de vez en cuando a la hermana de la novia, como si hubiera un mal olor a su alrededor. Después que la novia y el novio se hubiesen ido su nueva casa - apartamento, y la familia Holland había vuelto a su hogar en Gramercy Park, y Diana fue una vez más la hermana sola en una casa triste. Puso el pie en la escalera, pero antes de poder regresar a su propia angustia personal, su madre le bloqueó el camino. ―Di, tu hermana es muy suertuda‖.


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Diana miró a su madre, aún vestida de negro, como lo había estado durante más de un año. La ropa de la más joven de los Holland – un vestido de lana azul marino en una reducción modesta – no era mucho menos sombrío, y ella tendría que hacer un esfuerzo para declarar cuál de ellas era la más pesimista. "Lo sé", dijo después de un momento. Cuando su hermana le había revelado el secreto que había estado teniendo en silencio todas estas semanas, una piedra se volcó dentro de Diana y toda la vaga inquietud que había estado experimentando sobre lo que había hecho con Grayson, en una de las galerías de su familia, mostró su total y musgosa forma a la luz. Porque ella había cometido un acto que podría tener consecuencias terribles e inesperadas, y el conocimiento la arrastró más abajo. "Si es verdad lo que he leído en los periódicos – que Grayson Hayes ha tomado un interés especial en ti – entonces eso sería muy bueno", su madre concluyo, a continuación Diana sabía que su madre estaba decepcionada por el matrimonio que acababa de tener lugar. Porque si bien suavizaría las apariencias y permitiría a Elizabeth tener a su hijo, no era el glorioso emparejamiento que la señora Holland tan claramente esperaba. "No siempre he aprobado a la familia Hayes, como tu sabes, y podría haber otros pretendientes a quien preferiría para ti. Pero su fortuna es grande, y aunque me duele decirlo, ellos son el futuro". No había manera para Diana responder a esto sin decirle todo, y por supuesto eso nunca lo podría hacer. Así que, haciendo una mueca, asintió su comprensión, y luego subió a la oscuridad de la escalera con paneles, que cedió un poco bajo su peso. Toda la casa estaba mostrando su edad. O su miembro más joven, al menos, se sentía un centenar de años más vieja de los que tenía a su regreso de la Florida, y fue con el cansancio en consonancia con este sentimiento que sumió en su propia cama. ¿Por qué otra cosa iba a tener que


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pasar, se preguntó, para llenar las páginas de la historia de su vida? Ese volumen ya estaba muy abarrotado. El acto físico que había unido tanto a ella como a Grayson no era tan diferente de lo que ella y Henry habían compartido, todos esos meses atrás, y todavía se sentía tan diferente esta vez. Después de que Henry había habido un halo de color melocotón alrededor de su cuerpo, ahora se sentía empapada con pesar. Cada vez que cerraba los ojos, se vio obligada a revivir esos acalorados momentos con Grayson, y el recuerdo le quemó. Estaba ese fantasma de Henry en la puerta en todos sus recuerdos, y no importaba si había sido un testigo verdadero o imaginario de su transgresión. Lo que había hecho no había sido por amor, y esa fue toda la diferencia. No importa lo que dijera su madre, ella sabía que nunca se casaría con Grayson. Él le había dicho que la amaba, y por todo lo que sabía que podría ser verdad. Pero no podía devolver el sentimiento-nunca había sentido tan poca duda acerca algo – y por cierto eso significaba que era muy indecente. Acababa de ver a su hermana prometerse a un hombre a quien no amaba, y mientras la expresión de su rostro había sido silenciada, Diana había visto claramente cuánto le dolía volver a casarse, tan pronto, cuando su amor por Will había sido tan puro y era aún tan reciente y vivo dentro de ella. Diana llevó sus rodillas hasta el pecho y se convirtió en una bola en su cama. Fue allí en ese cuarto, con las paredes de salmón damasco, la alfombra de piel de oso blanco, el sillón de orejas tapizado en oro viejo, que Henry había venido a ella que por primera vez. Ellos habían permanecido juntos en esa manta, cerca pequeña chimenea cubierta de hojalata. Hubiera dado cualquier cosa por volver a ese momento en el tiempo, antes de descubrir que Henry no era lo que parecía ser, y qué errores graves que ella era capaz de cometer. Estaba agotada por todo lo que había hecho, pero no podía llorar. No hubo forma de cambiar nada de ello, era una parte ineludible de ella ahora.


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Había conseguido lo que quería, aunque no en la forma en que había imaginado. Había querido sentir diferente, y de hecho lo hizo – ahora se sentía peor. Ella era mayor y había perdido gran parte de la inocencia, pero si había creído que Grayson podría hacerla dejar de pensar en Henry, había estado escandalosamente

equivocada.

Henry

había

establecido

su

residencia

permanente en su mente, y por primera vez lo que le había hecho ya no parecía tan terrible, porque ella le había hecho exactamente lo mismo en devuelta, y ahora sabía lo delgadas que eran las recompensas.


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Capitulo 46 Traducido por: Kiiariita Para esta tarde Elizabeth Holland se casara con el antiguo socio de su padre, Mister Snowden Trapp Cairns, en una ceremonia privada en la iglesia Divina. Solo puede asumir que después de todo lo que ella sufrió el otoño pasado, quiera una vida más tranquila, y un hombre menos llamativo que Henry Schoonmaker para compartirla… De la columna ―Lúdico Galante‖ de Nueva York Imperial, sábado, 3 de marzo de 1900. Dover era un edificio color crema al lado del parque en los mediados setentas, y sus departamentos contenían salas, bibliotecas y cuartos de servicios. Había ascensores y tolvas de lavandería en cada piso, y todo el lugar resplandecía con su nueva modernidad. El grupo de Cairns se tomo todo el cuarto piso, y para su nueva Señora le pareció muy extraño. Los muebles nunca habían sido utilizados, por ella o por cualquiera, y parecía que habían sido arreglados con mas sentido practico que con arte. Todo lucía caro, y aun así, parecía no ser suficientes objetos. ―Que hermoso lugar,‖ dijo Elizabeth cuando entro por la puerta. Snowden le sonrió, y le tendió su mano para su capa. Uno de sus hombres había hecho un fuego en la chimenea, y su esposo hizo un gesto para


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que se sentara cerca de fuego. La lluvia había continuado, y ahora que todo el mundo sabía bajo la protección de quien su hijo nacería, su atención se había desplazado a Elizabeth manteniéndose sana y no moviéndose mucho. Se habían ido juntos como una familia a la iglesia, y luego, en caso que hubiera cualquier ojo vigilando para ver si allí no había más para este casamiento que los documentos informados, Elizabeth y Snowden habían regresado a casa solos al igual que cualquier pareja casada. ―Nadie nunca pensó que una Holland viviría tan al norte.‖ Su madre había dicho oblicuamente cuando ellos partieron. Elizabeth nunca había estado tan cansada. Era aquel agotamiento que viene solo después de una terrible y prolongada preocupación que ha sido puesta a la cama. Pero ella estaba demasiado cansada para analizar la elección de palabras de su madre, y después de un momento siguió el gesto de Snowden y se dirigió al sofá Eastlake blanco tapizado de muselina y se sentó. Era suave pero un poco cuadrado, y no estaba bastante segura como sentarse en el. Mañana haría que ese lugar luciera mas como un hogar, y todos los días siguientes, hasta que su hijo naciera. Pero no había necesidad de preocuparse de todo aquello aun. Snowden estaba aun parado en la entrada en su traje marrón oscuro, el cual se había comprado temprano ese mismo día en Lord & Taylor, la tienda de departamentos. El sencillo vestido de marfil de Elizabeth había sido comprado allí también. Tenía un cuello de mandarina y las mangas que estaban casi completas hasta la muñeca, y se habían sido confeccionados y no trabajado especialmente para ella. Allí hubo algo desconcertante sobre todo aquello, y ella se percató durante el intercambio de votos que esto era porque fue todo tan similar al día de su boda con Will, y de hecho el traje que Will había usado era extrañamente como el que había escogido Snowden.


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―¿En que estas pensando querida?‖ su esposo le pregunto desde las sombras. ―Oh,‖ Elizabeth suspiró. Tomo un poco de respiración e intento una sonrisa. Luego se movió lejos en el asiento y se encogió de hombros. ―Es solo…‖ Quizás era la fatiga, pero Elizabeth de repentinamente temió que podría llorar. Aquello pareció horriblemente ingrato después de todo lo que Snowden había hecho por ella, y frunció el ceño, tratando de alejar las lágrimas. ―Continua,‖ dijo gentilmente Snowden. ―Puedes contarme. No hay nada que puedas decir que pudiera molestarme.‖ Ella cerró sus ojos. ―Solo estaba pensando que hasta esta tarde yo era Miss Keller,‖ susurro. Snowden se acerco y se sentó a su lado en el sofá. Ella lo miro un poco a regañadientes, y cuando vio que su expresión era una amable suspiro, y agito sus manos, como para decir que fue todo solo sentimentalismo ridículo, a pesar de que no podía estar mas lejos de sus verdaderos sentimientos. ―Por supuesto.‖ Snowden le sonrió. ―Se que siempre serás Miss Keller en tu corazón.‖ ―Solo estas siendo amable.‖ Elizabeth respondió arrepentidamente. Una criada estaba asomándose en la entrada, y Snowden hizo un gesto para que entrara. Ella se acerco a la pequeña mesa de roble geométrica frente a ellos y sirvió a cada uno un vaso de vino tinto. Snowden espero hasta que la mujer en el uniforme blanco y negro hubiera desaparecido, y luego levanto su vaso. Elizabeth parpadeó y levanto la suya también. Sus vasos se encontraron, y luego trato de tomar un delicado sorbo, aunque en realidad ella no tenía gusto por el alcohol en ese momento.


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―Por nuestra familia,‖ Snowden dijo antes de beber. Elizabeth sonrió y puso su vaso de vino de regreso en la mesa por el tallo. Luego algo más se le ocurrió. ―Supongo que estoy legalmente casada dos veces ahora.‖ Ella dijo casi como si lo pensara, y sin preocuparse por como le sonaría a Snowden. Luego miro a su nuevo esposo, y vio algo raro detrás de sus ojos. ―Lo estoy— ¿verdad?‖ Un silencio terrible siguió, y al final de ello, Elizabeth sabia que la siguiente frase que escuchara iba a ser una mentira. ―Yes.‖ Snowden vacilo un poco en la primera palabra, pero en la segunda estaba hablando sin problemas y con seguridad de nuevo: ―Por supuesto que lo estas, pero como los trámites del primer matrimonio fueron presentados en Boston, y como allí están seguros de haber mas de unas pocas Elizabeth Holland y Will Keller en este mundo, estoy seguro que no hay nada de que preocuparse.‖ Luego el sonrió y ahueco sus manos sobre las de ellas, donde ella las había colocado recatadamente en su regazo. Ella quería decirle que no estaba casi tan preocupada sobre ser encontrada mientras estaba honrando la memoria de Will. La peculiaridad de ese momento se quedo con ella, sin embargo, e intento como ella podría, no pudo evitar sentirse nerviosa. Pero luego cerro sus ojos y se dijo a si misma que ella estaba casada con alguien mas aho9ra, y quizás la memoria de Will era algo que ella tendría que cuidar en secreto, y siempre habrían momentos extraños entre personas que nunca necesita explicaciones. ―¿Estas cansada, querida?‖ Pregunto Snowden. ―Si, bastante,‖ ella respondió.


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―Ven, te mostrare la cama.‖ Snowden se levanto pero se sostuvo su mano, de modo que la levanto de su regazo hacia el aire. Los ojos café de Elizabeth se abrieron ampliamente en aturdimiento. Por un momento, temió que sus acuerdos domésticos habían sido terriblemente malentendidos, y se llevo su otra mano sobre su corazón de manera protectora. ―Pensé que podríamos—‖ ―A tu cama, querida. Mi cama estará al final del pasillo.‖ ―Oh.‖Elizabeth le mostro una sonrisa de alivio mientras se levantaba para estar a su lado. Se sintió un poco tonta por hacer problemas donde no los había, y entonces ella lo tomo de sus manos otra vez y dijo, en su más cálido tono, ―Gracias, Mister Cairns.‖ ―No pienses en ello.‖ Luego la condujo por el pasillo, con sus pisos nuevos de parque y altas molduras de imagen, y en la puerta al cuarto donde ella ahora terminaría todos sus días, él detuvo para besarla suavemente en su frente. Ella pudo casi sentir su cabeza contra la almohada y el sueño viniendo por ella. Luego soñaría con Will y su hijo, y por un par de horas estarían los tres juntos ―Buenas noches,‖ dijo ella mientras colocaba su mano en el pomo. ―Buenas noches,‖ dijo Snowden, girándose para dejarla. ―Buenas noches, Miss Cairns.‖


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Capitulo 47 Traducido por: Kiiariita Aplaudimos el movimiento heroico de Mister Edward Cutting de unirse al ejército y servir a su país en el extranjero. ¿Seguirán otros de sangre azul? Solo podemos esperar aquello en este caso. Seria un pequeño paso a la derecha de las desigualdades de nuestra gran nación. De la pagina del editorial de New York Times Domingo, 4 de marzo de 1900 La mansión Schoonmaker se sentía mucho mas como un hogar para Penélope aquella mañana, y se movió a través de sus pasillos con un cierto silbante e imperioso aire que podría haber intimidado a varias de las cabezas coronadas de Europa. Estaba sosteniendo una taza de café de porcelana fina en lo alto y levantando su falda bermellón del piso. Había mucho que hacer aquel día. Tendría que elegir un regalo de bodas apropiado para la ex-prometida de su marido, para empezar con— ¿Y que consigue una para una chica en una situación como esta? El guardarropa de verano de Penélope aun no estaba completamente armado, y allí habían tantos eventos en las semanas siguientes, muchos de los cuales superponen, que ella tendría que considerar. Detrás de cada puerta había una decisión difícil, pero estaba sintiéndose muy ligera y un poco traviesa, y ella confió en si misma completamente para tomar las decisiones correctas. Casi zumbaba con energía. ―Henry,‖ llamo al entrar en su suite. La cama se había hecho mientras estaba arreglando su pelo y recogiendo un croissant, y ahora la habitación


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apareció en su totalidad, arreglada, gloria blanca y oro. Ella sonrió, porque todo estaba en su lugar. Por supuesto Henry no se encontraba allí. Ella se había ido a la cama sin él otra vez; sin duda se había quedado hasta tarde bebiendo, como lo hizo el día anterior, y estaba todavía ahora dormido en el sofá en la habitación contigua. A la hora que había dejado la fiesta tres noches antes, ella era el solitario invitado que aun poseía una cabeza clara, y entonces ella había sido la única en notar e interpretar el regreso de Henry de una caminata solitaria, y luego Grayson, y después Diana, dos de ellos son su atuendo un poco arrugada y torcida. Solo podía imaginar lo que Henry había visto, e intento de hacerlo. Después de todo, era solo cuestión de tiempo antes que la sobriedad de su situación y se diera cuenta que fue una muy agradable. Bebió un sorbo de café mientras consideraba el botín de su planificación y maquinación. Todo había salido justo en el final, pensó con una sonrisa. Por supuesto, el cuidado que estaba recibiendo del personal de los Schoonmaker estaba basado en un incómodo malentendido que habría que aclarar tarde o temprano. Ahora que Henry sabía que Diana había sido manchada para siempre, él volvería alrededor, y su situación se podría resolver con facilidad, aunque Penélope sabía que ella no quería comenzar a hacer nietos para el viejo Schoonmaker. No de inmediato. Era su primera temporada como una dama de sociedad casada, después de todo, y había nueva vestimenta para ser mostrada y tantas reuniones que asistir, y ella no quería engordar y estar inmóvil todavía. Era una mano que aun no había figurado como jugar. Pero todas las cartas estaban en lo correcto, y ella sabia que podría. La vieja Penélope estaba de vuelta. Ella sonrió un poco al pensar que Elizabeth pronto seria incapaz de hacer algo divertido, porque seguramente su rápida boda confirmo lo que Penélope había sospechado en Florida—que Elizabeth iba a tener un bebe, y antes que nadie tenia derecho a esperar


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―¿Henry?‖ llamo otra vez. Puso su taza de porcelana sobre la pequeña mesa tallada al final de su cama y se apresuro pasando por delante de varios baúles que habían llegado aquella mañana vía vapor—y dio un paso hacia la habitación contigua. Estaba consternada por la oscuridad del interior, y se percato en unos segundos que las cortinas no habían sido abiertas. ―¿Henry?‖ Ella dijo otra vez mientras iba a correr las cortinas. La luz inundo la habitación, iluminando el sofá con sus almohadas y cojines de cuero suave y la sobrecarga tonta de mural idílico. Aquel era el lugar donde Henry se suponía tendría que estar, y su cabeza al lado un instante para ver cosas fuera de lugar. Ella camino y paso sus manos a través de los cojines, como si aquello pudiera darle alguna indicación de donde se encontraba él en una hora del día que era mucho mas tarde para él para estar de juerga, pero aun temprano, para él, estar fuera en el mundo. ―¿Si, Penélope?‖ Ella giró y puso sus manos detrás de su espalda como si tuviera algo que ocultar. Su esposo vino a través del dormitorio, y ahora él estaba parado en el umbral observándola. ―Solo estaba…‖ Pero Penélope no pudo terminar la frase. Estaba muy distraída por la ropa de Henry, la cual se parecía a nada que él usara antes. ―¿Dónde conseguiste eso?‖ ―¿Esto?‖ él miro abajo hacia el abrigo naval con los botones de cobre y el pantalón azul claro que fue traído aun mas cerca a sus piernas por polainas de cuero. La vista de Henry en uniforme hizo que su corazón latiera un poco mas rápido, y se encontró a si misma mirando sus ojos y moviéndose hacia él. Él estaba sosteniendo un sombrero con dos puntas en sus manos, y lucia bastante


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bien para devorarlo, aunque su mirada era tan firme y poco atractiva como siempre. ―del Ejercito de Estados Unidos, a la cual ahora pertenezco.‖ Por un momento esta idea le parecía a Penélope terriblemente romántico, y su mente vagó a todas las cosas que un hombre navegando podría preguntar. Ella sonrió vagamente y se puso una mando en la cadera. Luego miro la postura de Henry y sabía que no estaba vestido para su diversión personal. Su mano y su cara cayeron, y se movió hacia él más rápido esta vez. ―Me embarco hoy.‖ Una urgencia terrible surgió dentro de ella. ―¿Embarcando a donde?‖ ―No lo se.‖ Él se aclaro la garganta. ―Teddy se ha marchado a Filipinas. No estoy seguro donde ellos me colocaran.‖ Estaba comenzando a hundirse en aquello que ella había hecho algo para prevenir alguna vez su partida, y que él había contrarrestado otro camino para salir de la ciudad. ―¿No estas en realidad dejando Nueva York?‖ ―Voy a servir a mi país, Penélope.‖ Él suspiro y desvió la mirada de ella. Hubo una lucha en sus ojos por un minuto, pero se había ido ya. ―Estará en los periódicos mañana, pero pensé que debía decírtelo yo mismo. He causado bastante daño a todos, Dios sabe, y no me gustaría causar más.‖ Todo su cuerpo estaba sacudiéndose con energía, y su mente ya había viajado por que dirían las columnas de aquello, lo que el padre de Henry pensaría de ella ahora, a la sensación desolada que estaba segura de estaba segura de establecer en la boca del estomago cuando él estaba realmente, verdaderamente ido. Él retrocedió hacia la sala principal. Ella no podía soportar la idea de esta partida, y se arrojo hacia adelante para que así caer a los pies de su esposo. Ella preferiría tenerlo allí para discutir, preferiría tenerlo en la ciudad haciendo cosas desagradables que perderlo de esta forma, en un lugar


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extranjero. Sus rodillas estaban en el piso— podía sentir la madera inflexible, incluso a través de su falda— y alcanzo las piernas de Henry. Sus brazos, los cuales estaban encerrados en un crespón de maquina un tono ligeramente mas profunda de rojo, sin mencionar una colección de brazaletes de oro, se aferro a él entonces. Él estaba aun retrocediendo, y como lo hizo él la arrastro unos centímetros. Ella lo miro y descubrió que la humedad había, naturalmente inundado sus ojos, ―¿Qué sucede con el bebe?‖ ella exclamó. Sabía que estaba siendo absurda, pero era todo lo que podía pensar para decir. Henry se inclinó y puso sus manos bajo sus axilas y la levantó sobre sus pies. ―No hay bebe,‖ dijo él cuando estaban otra vez al nivel de los ojos del otro. ―Pero—‖ ―Te deseo todo lo mejor, querida,‖ Henry dijo en una manera que hizo que Penélope se sintiera que había sido embalada y almacenada en algún armario trasero de su vida. Podía sentir los segundos escapando, y sabia que tenia unos pocos preciado para averiguar una manera de impedir su partida. ―Pero Henry.‖ Él dejo que sus oscuros ojos rezagar un segundo largo en ella, y luego se puso el sombrero en su cabeza. Él estaba solo a pocos metros de la puerta, y Penélope se apresuro hacia la cama, tirando arriba su falda de sus pies pero no particularmente preocupada si lo rasgaba. Golpeo las mantas lamentado. ―Henry, Henry, Henry, ¡no te vayas!‖ las lagrimas se habían vuelto un torrente caliente ahora, y todo su torso se sacudió con la terrible destino de estar siendo abandonada en la casa de Henry sola. ―¡No soy nada sin ti!‖


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Era verdad, se dio cuenta solo después, lo había dicho. Hizo una bola con sus puños y golpeo contra la colcha bordada por oro, pero pasaban los minutos sin ningún resultado Cuando levanto la mirada, Henry se había ido. Él se había ido hace mucho tiempo. Ella resoplo, y se sonó la nariz en la manga, sin importarle si se arruinaba. Mañana ordenaría que hicieran otro. Se incorporo sobre su codo, y trato de secar sus mejillas con la palma de su mano. Eventualmente su pecho se detuvo jadeante, y comenzó a recuperar lentamente la respiración normal. ―Oh, Henry,‖ dijo en voz baja así misma. Afuera, la lluvia, la cual había sido interminable por dos días, estaba comenzando a debilitarse, y ella sabría aquello si se levantara, y pusiera su cara de regreso atrás juntos, así seria capaz de ver su situación de nuevo. No podía detenerlo ahora; por ahora, él se había ido. Pero allí había un mañana, y el día siguiente, y por siempre después de eso. Se levanto y llamo a una criada. Ella no era nadie tonta, y tenia bastante tiempo de averiguar de cómo traerlo de regreso.


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Capitulo 48 Traducido por: Isandy Por favor, lea todo, —H. S. La carta llegó en la tarde cuando la lluvia era fuerte todavía, y el mensajero se había empapado. Diana había mirado a la cosa con miedo mientras reposaba en el plato de cerámica junto a la puerta, porque tenía la certeza de que Henry había visto lo que había hecho, y que había escrito sus invectivas hacia ella. Fue sólo después de la cena, cuando todos estaban dormidos, de alguna manera, supersticiosamente, eso hizo sentir a Diana que sus pensamientos eran menos propensos a ser leídos – que fue a buscarla. Aún no estaba segura de si sería capaz de consumir su mensaje en su totalidad. Edith, que aún no se había recuperado totalmente de la corrupción en la casa de los Hayes, había mirado la carta antes de la cena, pero al parecer carecía de la energía para fisgonear. "Oh, ser joven como tú", fue todo lo que dijo, antes de ir a la cama temprano. Sin embargo, algunas horas pasaron, y el cielo empezó a ponerse morado, antes de que Diana encontrara el valor de romper el sello. Ese acto le dio pequeños temblores, y por eso dejó la carta por otro rato. Se dio un discurso, y decidió que no era nada si no afrontaba las consecuencias de sus acciones. Así que tomó la carta definitivamente y se acercó a la alfombra de piel


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de oso blanco y cruzó las piernas, y sus faldas, debajo de ella. Tomó aire y luego comenzó la angustia. En el momento en que la dejó se sentía muy diferente otra vez. Mi querida Di: Realmente he estropeado las cosas. Probablemente se vería cómico viéndolo desde el exterior, y yo podría de hecho reír si no se tratara de mí, y sobre todo si no se tratara de ti. Pero eres tú, y nada podría ser más trágico para mí. Es probablemente difícil, dada la enormidad de mis errores, para ti creer que siempre solo estaba tratando de protegerte. Pero esa fue mi intención, a pesar de lo mal que haya resultado. Esa era mi intención cuando me casé con Penélope, e incluso durante todos los errores que siguieron. Mi esperanza era que pudiera mantenerte a salvo de la censura. Ahora he visto lo estúpido e inútil que fue todo eso. Mis acciones han causado un gran sufrimiento, y me he puesto en la agonía permanente de verte cortejada por otros. Es sin duda un gran fracaso de mi parte, y es eso lo que encuentro que no puedo soportar. De hecho, siento que preferiría morir antes que verte como la amada de otro – ya una parte de mí murió cuando te vi con Grayson en la mansión de los Hayes. Es por esta razón, así como por la necesidad de reparar todas las cosas que he hecho mal, que me voy de la ciudad para alistarme en el ejército. Voy a luchar por nuestra gran nación en el Pacífico. Sé que puedo morir, pero parece un final más feliz que estar sin ti, y de todos modos me parece que mirando a la cara de las cosas duras y seguir siendo capaz de avanzar, aun cuando el final incluye un grave peligro y la posibilidad de la muerte, es la marca de un hombre. Después de todo lo que he hecho, podía hacer algo peor que tratar de demostrar que todavía soy un hombre. Me he extendido demasiado, y probablemente tú estás harta de mí a estas alturas. Pero quería decirte antes de partir de la forma tan completa y


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abyecta en que lo siento por todo el dolor que te he causado, y que si muero, tú eras el único y verdadero amor de mi vida. Para el momento en que leas esto yo habré partido, que sepas por favor, yo todavía estoy siempre a tu lado....

Tuyo por siempre, Henry William Schoonmaker Diana leyó la carta tres veces y presionó el dorso de su mano en su cara y trató de no llorar. Parpadeó furiosamente, pero fue inútil. Lloró frente al fuego y luego se trasladó a la cama a llorar un poco más. Lloró por sus actos deliberados, y todos los malentendidos estúpidos que habían pasado entre ella y el único hombre al que había amado, y sobre todo por la distancia que ahora los separaba. Se había abierto a una gran extensión, y ahora era demasiado amplia para hacer un puente. Lo peor de todo fue que tantas traiciones parecían haber crecido por la falta de fe de ambas partes, y no por ningunas malas intenciones. Se acercó a la ventana y miró todas las ventanas parpadeantes y por encima de ellas todas las tenues estrellas. ¿Cuántas impresiones falsas vivían por ahí?, Se preguntó. ¿Cuántos corazones rotos por falta de cuidado y falta de nervios? ¿Cuántas décadas – los errores del pasado enconados detrás de las cortinas de finas ventanas? Entonces lloró un poco más, hasta que su pequeño cuerpo se sentía seco y gastado. No sirvió de nada seguir llorando, lo sabía. Se acercó a su tocador – era una elaborada pieza de mobiliario de madera oscura, adornado con flores talladas y ángeles, y había ofrecido su reflejo en las tantas noches cuando todavía había estado llena de asombro infantil. Parecía más vieja ahora, lo sabía. La piel debajo de sus ojos parecía pisoteada, y sus rasgos se destacaban más claramente en su cara. Sin embargo, sospechaba que era lo suficientemente joven para que algunos besos reales y una buena noche de sueño la hicieran lucir fresca de nuevo.


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Apoyó los codos sobre la mesa y se agarró la frente con las palmas de las manos. Empujó sus dedos hacia el pelo y los convirtió en puños. "Oh Dios, oh Dios", se susurró a sí misma mientras agitadamente comenzó a retirarse los pinchos del pelo. Cuando por fin los sacó todos, y sus ricos rizos marrones se destacaban alrededor de su cabeza como fuego salvaje sobre el cepillo, sabía que el sueño podía esperar, pero tenía que conseguir esos besos reales. Sus manos anduvieron torpemente sobre la mesa hasta que se apoderó de un par de tijeras. Por un momento se aferró a sus mangos chapados en oro y se preguntó si no se había vuelto un poco loca. Pero había una calidad pura y reflectiva en sus ojos que había estado ausente en la semana pasada, y sabía que lo que estaba a punto de hacer era lo único que tenía sentido en absoluto. Comenzó a cortar. Mientras hizo movimientos lentos y exactos, el pelo comenzó a caer. Se amontonaron a sus pies como colinas de mechones, pero se mantuvo firme y se centró en el espejo delante de ella, hasta que su cabeza estaba coronada por nada más que los cortos mechones de un niño. Tenía un rostro tan suave y femenino, era difícil imaginar que podría pasar por cualquier cosa menos una niña, pero su convicción había crecido al mismo tiempo, y ahora una cosa insignificante como esa no podría detenerla. Iba a seguir a Henry, incluso si eso significaba alistarse en el ejército, incluso si eso significaba vivir como un hombre. De todos modos, había esa nueva cualidad de mayor en sus rasgos tal vez eso era todo lo que necesitaba para completar la ilusión. Era muy tarde cuando volvió la barbilla por última vez, y examinó nuevamente la nuca al descubierto de su cuello en el viejo tocador. Se sentía un centenar de libras más liviana, y cuando se levantó, sabía que estaba llevando sólo las cosas más importantes. Llenó una maleta pequeña y guardó la carta de Henry en su interior. Luego apagó las luces y se deslizó por las escaleras.


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Diana llevaba un sombrero con las iniciales H. W. S. cosidas en el forro y un viejo abrigo del ejército francés. Miró el No. 17 durante un buen rato, antes de finalmente comenzar a caminar hacia el río. La lluvia había cesado, y el aire era limpio y justo lo suficientemente frío para hacer sentir a uno vivo, de la forma en que todos los inicios prometedores los hacen.


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Agradecimientos  FORO ALISHEA DREAMS  http://alisheadreams.foroactivo.com/  CORRECTORAS

       

Sary Mystique Yre24 Anne2426 Lyra Krixz Jen Masen Jennie.xtreme

       

Aleexa.mp LailaTenar Tezza Belen Torres Qwely Maweyumi Ebbil Isabella

 RECOPILACIÓN  Ivonne cullen  FORMATO DEL DOCUMENTO

 Glad

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