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PRÓLOGO

Hasta 1498, los nativos del territorio ahora llamado Venezuela mantuvieron un sistema sustentable en el manejo de los recursos naturales. Este sistema causaba reducidos daños al ambiente, lo que permitía, en poco tiempo, la recuperación de los suelos, los bosques y las poblaciones animales. La concepción aborigen de la propiedad colectiva de los recursos naturales generaba un obligante respeto hacia la naturaleza. Este cuadro, que pudiéramos catalogar de apacible, va a cambiar significativamente con la llegada de los europeos, quienes reorganizaron los espacios conquistados en función de su modelo cultural para producir los bienes que el pueblo Hispánico requería para su desarrollo. La explotación de los bosques en procura de maderas finas, la introducción de nuevas especies, tanto animales como vegetales, la implantación de la agricultura sedentaria en ecosistemas por ellos desconocidos y la introducción del sentido individual de la propiedad, inician en el norte del Orinoco, los procesos de deterioro ambiental que continúan hasta el presente. Las costas, los valles centrales, el sur del Lago de Maracaibo, los andes y los llanos experimentaron, a partir del siglo XVII, nuevos sistemas de producción agropecuaria que sustentarían a la sociedad colonial durante las dos centurias siguientes. Rubros de exportación importantes como trigo, tabaco, algodón, caña de azúcar y añil requerían áreas deforestadas. La ganadería, aunque en menor escala, también implicaba la eliminación de bosques; los cultivos como cacao y café eran menos dañinos a su entorno. El inicio de las guerras por la Independencia (18101821), Federación (1859-1864) y el incremento del paludismo a mediados del siglo XIX, diezmaron y alejaron la población de las áreas rurales, generando un saldo significativo de victimas, lo que disminuyó drásticamente el cultivo de la tierra y la cría, y con ello, en buena medida, el daño al bosque. Este proceso se extendió hasta finales de la dictadura Gomecista, época en que regresó la seguridad personal al campo y comenzó un programa de erradicación del paludismo y otras enfermedades, lo que permitió que en el primer tercio del siglo XX se reiniciara con mayor fuerza y de forma desordenada un modelo diferente de desarrollo en las regiones rurales, como consecuencia de la irrupción de la actividad petrolera, nuevo motor de la economía. Esta realidad demandó del Estado las medidas apropiadas para enfrentarla, que comenzarían por implementar un basamento legal pertinente, la

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creación de organismos gubernamentales que hicieran cumplir las leyes, y el establecimiento de escuelas donde se formaría personal idóneo en el área ambiental. En 1910 se aprueba la primera Ley de Bosques y Aguas. En 1920, Henry Pittier, fue contratado como consultor técnico por el gobierno venezolano, con la misión de evaluar los recursos forestales del país y fundar el Museo Comercial e Industrial. En 1936 se crea el Ministerio de Agricultura y Cría (MAC), cuyo servicio botánico asume toda la información recopilada por Pittier y sus colaboradores a través del Museo. En 1945 se aprueba la primera Ley de Reforma Agraria, no ejecutada por el rompimiento constitucional de ese año. En este mismo orden, en 1946 comienza a funcionar la Escuela de Peritos Forestales, cuya creación había sido decretada en 1942 y; en 1948, se abre la Escuela de Ingeniería Forestal en la Universidad de Los Andes (ULA). La irrupción de estos organismos y centros de enseñanza en un país sin los cuadros técnicos necesarios para su puesta en marcha, conllevó a la contratación de personal extranjero de alto nivel, capaz de configurar las estructuras organizativa y de trabajo necesarias para el arranque de aquellos. Es así, como llegan al país personalidades de la talla de William Vogt, Hugh Bennett y Jean Pierre Veillon, contratados por el MAC, y Marshall Reed Turner (Primer Director de la Escuela de Ingeniería Forestal), William Remay, Richard Jorgensen, Leon Croizat Ch., Federico Bascopé, Guillermo Dávila Olivo, Elbert Little Jr., Adalbert Ebner, Juan Bautista Castillo y Hans Lamprecht, contratados por la Universidad de los Andes. Se destaca la presencia del profesor Jean Pierre Veillon, ícono de la Facultad de Ciencias Forestales y Ambientales de la Universidad de Los Andes, quien recibe in memoriam el homenaje de esta Edición Especial de la revista Biollania. Jean Pierre Veillon (o Juan Pedro, como aparece en muchas de sus publicaciones) realizó estudios en la Escuela Politécnica Federal de Zurich de donde egresó como Ingeniero Forestal en 1937. Inicia su labor profesional primero como Asistente y después como Jefe en la Circunscripción Forestal de Chenit-Morges, Suiza. En 1947, a instancias de H. Pittier, fue contratado por el gobierno de Venezuela para trabajar como Jefe de la Oficina Técnica Forestal del Ministerio de Agricultura y Cría. En 1951 ingresa al personal de investigadores del Instituto de Silvicultura de la Facultad de Ciencias Forestales (ULA) y profesoral


de la Escuela de Ingeniería Forestal. En 1956 es nombrado representante de la Universidad de los Andes en la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). En1963 viaja a Costa Rica para encargarse de las cátedras de Ordenación Forestal y Dasometría en el postgrado del Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas de la OEA. En 1966 regresa nuevamente a la Universidad de Los Andes, donde se mantiene hasta la fecha de su jubilación en 1977, aunque perdura activo como investigador ad honorem hasta su partida definitiva a su Suiza natal, en donde fallece en junio de 2002. En 1953, con una visión futurista única, propone su proyecto de creación de una red de parcelas permanentes a lo largo y ancho del país, las cuales permitieran, con su medición año tras año, obtener información sobre la dinámica del crecimiento de la masa forestal y su relación con algunos parámetros ambientales. Entre 1953 y 1978 instala 62 parcelas que cubren nueve zonas de vida en los estados Mérida, Barinas, Portuguesa, Bolívar, Anzoátegui, Delta Amacuro, Amazonas, Falcón y Zulia. Actividad que representó el tercer inventario cuantitativo de la masa boscosa realizado en el Neotropico; con anterioridad, solamente se habían instalado parcelas en Moraballi Creek, Guyana en 1933 y cerca de Manaus, Brasil en 1950. Lamentablemente, el proceso anárquico de deforestación ocurrida al norte del Orinoco en las últimas cinco décadas han destruido parte de esta invalorable fuente de información. En 1967 publica un extenso y meticuloso trabajo sobre Tablas de Conversión de las unidades más usadas por los forestales de Latinoamérica, en áreas tales como Trigonometría y Geodesia, Dasometría, Silvicultura, Meteorología y Climatolo-gía, Economía y Valoración Forestal, Nomogramas y Factores y Tablas de Conversión. Este volumen, de 85 páginas, conocido como el Prontuario de Veillon, sirvió como valioso apoyo a profesionales y estudiantes latinoamericanos en una época donde las calculadoras de bolsillo no pasaban de ser una fantasía. En 1975, en una visión cartográfica, muestra la evolución de las deforestaciones en los Llanos Occidentales a lo largo de 25 años (1950-1975). Igualmente, en una retrospectiva apoyada por los registros de comercio de 1825 que señalan la producción de ganado, cacao, tabaco y añil en Portuguesa, Barinas y Cojedes, estima la superficie de suelos aptos para estos cultivos que pudo haber sido deforestada. Proyecta la regresión del bosque entre 1975 y el 2000 considerando las tasas de deforestación y el aumento de la presión social sobre las tierras agrícolas. Como corolario a este trabajo, vislumbra que como consecuencia de las deforestaciones se incrementaría la erosión de los suelos y se trastornaría drásticamente el régimen

hídrico, hechos que impedirían cualquier objetivo que se trazara para lograr la producción agroalimentaria deseada. En 1984 plantea la modificación del sistema de L. Holdridge para la determinación de zonas de vida en Venezuela, demostrando que para las condiciones del medio tropical, la respuesta de la vegetación ante la precipitación se debe mayormente a la distribución temporal de ésta, y no a su totalización anual. En este sentido propone cambiar las provincias de humedad por la duración del período seco medio mensual, aplicando la experiencia de H. Gaussen en relación a la definición de los meses áridos. Se tomó en cuenta esta modificación para la preparación del Atlas de Vegetación, editado por el Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales, en 1985. Entre 1989 y 1997 publica una serie de tres volúmenes acerca de los bosques naturales de Venezuela, en los que analiza el medio ambiente venezolano (Tomo I), Los bosques xerófilos, zona de vida: Bosque Espinoso Tropical y bosque muy seco (Tomo II) y los bosques tropófitos o veraneros de la zona de vida de Bosque Seco Tropical (Tomo III). En esta importante obra, muestra las características estructurales de los bosques, destacando la información en detalle de la composición florística, número de árboles/ha, volumen total y promedio/árbol, área basal, distribución de los árboles por clase de grosor, y el incremento anual del área basal y del volumen; un conocimiento absolutamente necesario para el manejo forestal. A la par de sus numerosos trabajos, fue recopilando la lista de especies arbóreas comunes en los bosques venezolanos llegando a agrupar con la ayuda de los reconocidos botánicos J. Steyermark, L. A. Bernardi, L. Ruiz-Terán, H. Rodríguez-C. y L. Marcano-Berti, cerca de 1.400 especies, listado que representó la primera publicación de esta índole realizada en el país por zonas de vida. Entre los reconocimientos que recibió se cuenta el Premio Sesquicentenario de la Universidad de Los Andes, en 1963; la designación con su nombre de la Sala-Auditorio del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo Forestal (INDEFOR), y la dedicatoria a su memoria de la página de CESIMOCAPARO. La Sociedad Venezolana de Ingenieros Forestales, la Sociedad de Ciencias Naturales, la Societé Forestière Suisse y la International Society of Tropical Foresters tienen el honor de contarlo entre sus miembros ilustres. El profesor J. P. Veillon, en su medio siglo de actividades en Venezuela, llenó un vacío en la docencia y la investigación forestal, dejando su legado a través de la formación de equipos de relevo y de las innumerables cohortes de profesionales que formó directamente o a través de su extensa producción. Se puede considerar que J. P. Veillon es uno de los

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autores más citados dentro de las ciencias forestales, porque su extraordinario trabajo abarcó diferentes tópicos en el marco del manejo forestal. Su admirable cantidad de información ha servido para que investigadores y estudiantes de universidades nacionales y extranjeras cuantifiquen y validen modelos de crecimiento de los bosques tropicales La herencia de J. P. Veillon es inmensa, y actualmente representa un extraordinario ejemplo para el mundo de los científicos interesados en el estudio y conservación de los bosques tropicales. Su alta y

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enjuta figura, trajeada en caqui, casco de explorador, botas de campo de media caña y morral de ataque, parece realizar una plasmación para indicarnos que sin demora, debemos seguir su ejemplo en la búsqueda de nueva información que ayude a revertir el indetenible proceso que amenaza el equilibrio ambiental de su segunda patria. Omar Carrero Araque Mérida (Venezuela), noviembre 2010


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