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© GREGORY BATARDON

Reportaje Annabelle López Ochoa

Annabelle López Ochoa es una de esas personas que no pasan desapercibidas. Discreta y reservada, derrocha energía y su presencia, aunque intente mantenerse en un segundo plano, es siempre perceptible. Menuda, de pelo y ojos oscuros e intensos, es curiosa, observadora y alegre. Aprovechamos que está en Madrid, creando una pieza en la Compañía Nacional de Danza, para hablar de su carrera, de su lenguaje coreográfico y de su visión de la vida… De padre colombiano y madre belga, se considera una ciudadana del mundo. Inquieta por naturaleza, compagina el trabajo en la sede con clases particulares de español, salidas con amigos y espectáculos de Madrid en Danza. Adaptadísima a la vida madrileña, propone quedar en una cafetería de Tribunal para hacer la entrevista… después de estudiar brevemente las opciones idiomáticas, decide ser condescendiente con mis limitaciones y accede a contestar en castellano. Para sorpresa de la que escribe, se expresa de forma clara, concisa y con un vocabulario suficiente para exponer sus ideas y reflexiones. En un ataque de modestia, al final de la entrevista me pide que “arregle” aquello que no haya sabido contar con fluidez. Mi respuesta es clara: “¡No hará falta tocaya!”. POR ANABEL POVEDA

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Reportaje

In transit.

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Annabelle López Ochoa

Castrati.

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nnabelle López Ochoa descubrió la profesión de su vida con tan sólo once años. Aquella niña de mirada intensa no pensaba que su profesora de ballet le abriría las puertas del futuro. Era la última clase antes de las vacaciones de Navidad y la “seño” propuso a las alumnas crear una coreografía de un minuto, mientras ella se ausentaba del aula para dejar a las pequeñas jugar a crear sin condicionantes. Annabelle no lo pensó, cogió a su mejor amiga y firmó la que sería la primera de muchas coreografías. “Pensé… si puedo hacer esto el resto de mi vida, seré la mujer más feliz del mundo”. Y así fue. “Desde ese momento siempre que tengo la oportunidad de crear algo, lo hago, no es un trabajo, es una pasión; aprendo mucho de la vida coreografiando, es divertido y educativo al mismo tiempo. Canalizo muchos sentimientos, muchas experiencias y es mi manera de comunicarme… porque elegí ser bailarina no por los movimientos, sino por la posibilidad de conectar con el público. Cuando me subí al escenario por primera vez y vi que la gente entendía lo que yo hacía pensé ‘guauuu’ ésta será mi forma de expresarme”. Antes de dedicarse de lleno a la creación, terminó sus estudios de ballet y fue intérprete durante doce años… tiempo en el que se desarrolló como bailarina en varias compañías europeas de diferentes formatos y estilos. De ese periodo recuerda con especial cariño el trabajo con algunos coreógrafos… “me gustaba que nos trataran de forma adulta, que hubiera un diálogo, no una imposición… fueron los momentos más bonitos que viví, cuando sientes que el coreógrafo te respeta y no te trata como una máquina… que los bailarines son personas, no sólo instrumentos. A veces el coreógrafo necesita tener cierto sentido de la psicología”. De las compañías por las que pasó, Annabelle destaca una de jazz donde bailó tres años y medio… confiesa entre risas que las coreografías no estaban muy desarrolladas pero que le encantaba “la sensación y la dinámica de los 11 bailarines integrantes”. Durante ese tiempo disfrutó bailando, sintiendo que vivía el momento y protagonizó alguna que otra función mágica, “de las que sientes que flotas, que estás tan concentrado y tan feliz que es casi algo espiritual. Cuando bailas tienes que disfrutar, no juzgarte, y en esa compañía yo lo conseguí”. Creadora A Annabelle le gusta bailar, pero se siente mucho más realizada como coreógrafa. Su agenda está repleta de compromisos y la reclaman continuamente de Estados Unidos y de Europa.

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“Si a una sola persona le puede cambiar un poco su visión de la vida, del arte o de la poesía… este trabajo ya merece la pena” Comenzó a trabajar como coreógrafa en un grupo amateur, donde aprendió a tratar con los bailarines (aunque no eran profesionales), a generar una dinámica de trabajo y a superar sus propios miedos, pues afirma que es muy tímida y que odia hablar en público. “El primer día siempre es duro para mí. Me agota. Mi idioma es el lenguaje del cuerpo y de los movimientos, cuando pienso en movimiento no hay problema, el problema llega cuando tienes que presentarte… todos los ojos están puestos sobre ti y eso me agobia un poco”. Después fueron llegando trabajos profesionales y reconocimientos en Holanda y Estados Unidos, país que le abrió sus puertas gracias a Before After, un paso a dos que ha dado la vuelta al mundo y que surgió de una crítica de un colega… “me dijo que yo no sabía coreografiar pasos a dos y me decidí a hacer Before After. Fue un reto”. “Siempre leo o escucho las críticas, sean buenas o malas, las asimilo, las digiero e intento buscar qué hay de verdad en ellas, o qué puedo mejorar”. Annabelle López Ochoa reconoce sentirse mejor después de haber hecho una obra, es por eso que lo considera casi terapéutico. “Me gusta partir de una idea, de una experiencia personal, de un pequeño detalle que luego amplío hasta convertirlo en algo universal, es por ello que siempre siento que les estoy dando algo

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de mí a los bailarines, que les estoy regalando una pequeña parte de mi persona con cada pieza”. Se considera una creadora de imágenes, de instantes, donde hay espacio para la quietud, para la magia, para la reflexión. Su intención siempre es comunicar, trasladarle al público un sentimiento, una emoción, y si los bailarines entienden el mensaje y son capaces de trasladárselo al público, Annabelle se siente satisfecha. “Nunca pido que los bailarines lo ejecuten todo de forma perfecta, porque la vida no es perfecta, pero cuando captan mi intención, es un regalo. Personalmente no creo en el movimiento por el movimiento”. Inmersa en el complicado mundo de la coreografía y de la danza, se siente realizada cuando espectadores anónimos se comunican con ella para darle las gracias por su sensibilidad, o para confesar que alguna de sus piezas les han marcado para bien. “Si a una sola persona le puede cambiar un poco su visión de la vida, del arte o de la poesía… este trabajo ya merece la pena”. Es de la opinión de que conectar con el público no es difícil, aunque tiene una pena, y es pensar que jamás podrá ser espectadora de su propia obra, que nunca podrá disfrutar del factor sorpresa de ver una de sus piezas por primera vez. Como si de una esponja se tratara, Annabelle absorbe información de todo lo que le rodea… contempla situaciones, estudia cómo se comportan las parejas, los grupos de amigos, la gente solitaria… todo es susceptible de convertirse en el punto de partida de una coreografía. “Ideas tengo muchísimas, y para mí es fácil. Lo más complicado es encontrar la música adecuada porque yo tengo un concepto y a veces no encuentro la partitura que se adapte como un guante. Intento buscar siempre cuando no necesito y voy haciendo mi biblioteca musical… adagios, música de película, ruidos… también he trabajado con composi-

tores, aunque no todas las compañías tienen presupuesto para hacer música original”. De momento coreografiar ocupa todo su tiempo… su próximo gran proyecto es hacer un espectáculo de noche completa para el Scottish Ballet, una versión de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, para la que trabajará con una directora de teatro. Es un reto porque será su primera coreografía larga, lo que supone subir un peldaño en su carrera como coreógrafa. Sin pensar en el futuro, pues le gusta vivir día a día, sabe que todavía tiene mucho que hacer como creadora… “cuando tienes 18 años piensas en el futuro, ahora pienso en hoy, el tiempo que vivo es el más feliz y estoy disfrutando de todo lo que me pasa, de todo lo que aprendo. Tal vez dentro de diez o quince años me sienta preparada o necesite cambiar de actividad, o dirigir, pero ahora es el momento de exprimir al máximo lo que hago”.

In Transit Annabelle es la coreógrafa que va a inaugurar el nuevo repertorio de la Compañía Nacional de Danza bajo la dirección de José Carlos Martínez… cuando la llamó, pensó que querría algo clásico, en puntas, como lo que ya había visto de ella en París, pero la primera idea se fue transformando con el tiempo. “En principio me pidió algo neoclásico, tenía la música y todo, pero en septiembre me dijo ‘Annabelle son contemporáneos y son muy buenos, así que no vamos a desperdiciar su talento, la compañía va a cambiar poco a poco, pero utilicemos lo que tenemos enfrente’”. La pieza se llama In transit, cuenta con 17 bailarines y hace referencia a cómo se siente la coreógrafa de un tiempo a esta parte… “soy un pasajero en tránsito, paso muchísimas horas en los aeropuertos, y son el lugar perfecto para observar situaciones, para estudiar el comportamiento humano...”. Y de eso habla In transit, del caos organizado de los aeropuertos, de personas que se abrazan, de ejecutivos solitarios, de situaciones comprometidas, de reencuentros alegres… girando todo ello en torno a una persona solitaria que observa, que In transit. no se mueve en la escena, y que interpreta el papel de la propia coreógrafa. Para Annabelle trabajar en la CND es un regalo para cualquier creador, “los chicos son un sueño, son inteligentes, profesionales, trabajadores, nunca están al 50, siempre al cien por cien y podemos reír sabiendo cuándo tenemos que parar. Es el sueño de un creador trabajar con gente así”. In Transit se estrenará en febrero, en Santander, y Annabelle López Ochoa espera que sea un éxito para que forme parte del repertorio de la compañía durante mucho tiempo. p

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