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Libro de Burdel Daniel Ferreira de Le贸n, 2003.


Lupanar

I.

¡El arrastrar el coma del calzado hasta la cubierta nocturna, buscando una estructura de salvataje donde esconder la osamenta suave, pudo

representar

verdadera

todo

desgracia,

tu

el

viaje!

punto

¿Y

de

si

la

extinción

preciso del polizón, fuera atracar alguna vez, en cualquier parte? Para darle origen a la leyenda del polizón eterno habría que, o bien treparse

a

nauseabunda,

un a

bote un

de

barco

cierta

imbecilidad

enfermo,

colítico,

incapaz de descansar jamás la inquietud del vientre o bien, por cierto, ser descubierto y empalado en el mástil por un leal servidor de


su

majestad.

mareante,

No

emerger

divagar

expedición

de

imposible

―descubrimiento‖,

rumbeo

jamás

de

su

continuo

cueva

en

una

(viaje hacia

de ―nuevos

mundos‖), es su condición de excelencia. Pudimos verte el jopo tembleque asomando por la borda de los botes auxiliares. Fue en ese abombado placebo de seguridad náutica donde te inyectaste con una audacia de germen, de virus cultivado

en

la

probeta

filantrópica

de

la

Bayer, que ayer y siempre te será desconocida. Cargaste tu risa rocallosa, tripas y náusea en un solo atado, la mochila llena de cascotes vulgares e ídem la caja craneana; pedregullo y arena floja passim. Es verdad que jamás fuiste el más optimista de los viajeros, pero aquella saliva

batiente

tuya

del

entusiasmo,

sonrojar a una máscara de cualquier jade.

haría


Como

buen

óptimo

polizón

turista

desnaturalizado,

que

sabemos

ser

a

como

el

párpado

recogido (¡helo ahí el horror!), presentaste tu libreta y sus recomendaciones políticas en ventanilla,

abriste

inmunda

de

tu

boletos

y

las

a

ropa,

inspección compraste

baratijas

la todos

chinas

que

bola los te

sirvieron bajo el mentón y trepaste al último tren, ese que se frota los ojos finales con el viento rancio del Latium, desde el aeropuerto hasta

el

ombligo

absoluto

del

mundo.

Recién vomitado por la estación y el jirón suntuoso de las Termas se escurre cadavérico ante los ojos. ¡Ecce humus! Roma suena con el silencio sepulturero de los conventos y los dormitorios de los ricos a medianoche; ¡nunca hicieron friolenta,

al ni

ruido

esas

el

aliento

plegarias fofo

de

de la

voz mala


conciencia! <<Por>>, dijiste, y el pecho se recostó

lentamente

a

tu

barbilla.

Laborioso como la roña ambiente buscaste fuego y bar, autobús y hotel, un primer interlocutor y

mingitorio.

Cierta

llama

malintencionada

surgió de alguna parte; una cerveza a precio de sueldo sudamericano, autobuses de bostezo extremo

y

partida

programada,

completamente

inútiles. Ingleses y alemanes… ninguna raza verbada. Burdel,

¡no

has

tenido

después

de

tu

primer

colgada

de

la

nuca,

otro

muro! ese

gesto

Con

tercer

la

humano mochila

cigarrillo

consecutivo ardiendo al viento para insuflarle alma al próximo, y el peinado deshecho por la ergonomía, pelaste en mitad de la noche para ayudar al tiempo desdentado a corroerlo hasta su

fibra

final.

¿Habrá

sido

esa

tu

única,


tenue, distraída contribución a la historia del

asalto

contra

Roma?

En

origen

querías

demoler o sepultar todo lo que la mandíbula insidiosa

del

excavado,

roído

lastimadura encarnado

proceso y

odontológica

mundo…

final,

escupido,

cepillado.

re-coagulada, del

había

aliviar

llevar

al

Curar el

una

gemido

esa dolor

solución

dental

del

Coliseo. Tus objetivos eran menos nobles: ¡venías para aburguesarte, lo sabemos desde el desembarco! Cuando

Burdel

quiso

convertirse

en

amable

citoyen… ¡Podrido centauro nacional! Tus ancas de bestia sudamericana ¡necesitaban un torso civil! Todo eso sirvió para convertirte en un apátrida,

¡aunque

demasiado

despiojado

para

gitano!, un hombre que hizo de su culo un hormiguero y nada más. Deberías renunciar en


masa

a

tus

carnets

convertirte

en

Reptando

un

resulta

en una

de

existente

ciudadano pavimento

tan

coincidencia

articulaciones

duras

masticado:

que

es

como

el

del

que un

poso

para

mundo.

antiguo sientas

chicle

infecto

no las

sobrede

las

muelas del tiempo se ha mezclado con tu carne.

ii.

- Puedo decir que me conformé con mi destino. - ¿Estás conforme con tu destino? Mediocremediocre. - Nonó, hablo de que cesaron las hostilidades. Con mi destino éramos cada uno como la presa y el

anzuelo,

el

hambre

y

la

carnada

de

su


adversario… Es decir: él de mí y yo de él muy malos

amigos.

Pero

hoy

nos

indiferentes… -

¿Tu

-

Mi

caemos

tan

(Suspiro)

Destino carácter

tiene es

el

muy

mal

Destino.

carácter? –

arriesgó

Burdel, plagiando aquella voz que a gangueos…

Burdel se acercó dos pasos hacia la puerta y emergió del automóvil. Tiró de los bolsillos del ambo azul para desemparejar las solapas y se

sumergió

en

el

Ristorante

argentino.

Intentó atravesar el comedor hasta el empleado de

burgués,

pero

uno

de

los

uniformados,

indígena como un monte, le cerró el paso.

-

¿Posso

fare

Parli

qualcosa lo

A

per

lei?

spagnolo? momentos.


-

Busco

-

¿En

trabajo. qué

sector?

- Ese me parece el mejor decorado. No tiene el énfasis

tanguero-gauchesco,

algo

terrajilla,

que se les ha caído por el resto del local. -

Ese

sector

ya

está

ocupado

por

mí.

- ¡Che pardo! ¿Qué quiere ese tipo? – desde el fondo. -

Estoy

buscando su trabajo…

Por lo demás el blanco sucio de camarero te habría angelizado hasta lo repugnante, por eso convino

renunciar

a

toda

aspiración

de

servicio… ¡Antro! Hacía tiempo que no hacíamos referencia

a

tus

ambiciones

más

precoces.

Olvidamos que el insoportable quilogramo de folio manchado que ensobraste en la mochila, te convertía en todo un candidato al depósito


legal. Un escritor en viaje, montado sobre el envión del repudio a la aldea. Un iluminado en busca

de

extinguirse

su

Lebensraum,

embolado,

su

su

Utopía

propio

donde

vergel

que

cultivar con amapola y tabaco. Entre todos los iluminados

del

mundo

no

conseguirían

encandilar un murciélago recién nacido, pero es

un

detalle

banal.

En fin, que cada cual riña como pueda con su destino

más

flaco.

-

Escritor.

-

¿Qué

quiere

decir

con

eso?

- Que mi tiempo se divide entre la reflexión y el -

éxtasis. No

soy

yo

quién

para

decirle

que

puede

malgastar su tiempo en lo que le plazca, pero debo introducir una profesión en este campo


vacío. -

Usted

-

me

preguntó

qué

me

Recapitulando:

-

¿En

el

aquí

-

Sí,

en

este

-

a

¿Sin

tener

en

dedicaba. ¿profesión?

y

el

exacto

cuenta

que

ahora? momento.

estoy

sentado

frente a usted y le masco la goma a uno de sus lápices? - A parte de eso... (manipulando el objeto con asco

señorial)

- ¡Vengo precisamente a denunciar su extravío! Vea -

mi Es

usted

pasaporte.

Xilógrafo…

y

estudiante.

¿Qué

estudió? - Xilografía y Letras. Es que el campo seudo artístico está vinculado hasta lo promiscuo. -

Entonces, Mi

¿dónde

currículo

está

oficial

el

dice

extravío? exactamente:


Inoccupato; nessun titolo di studio; nessuna formazione

professionale;

nessuna

conoscenza

informatica; Altre Notizie: un vacío estepario déjeme

decir;

liste

particolare:

nessuna...

etcétera. ¿podría usted sostener que no me vi despojado?

¿Quo Vadis now, viejo animal sin patria? Esta pregunta

te

calcó

con

cierto

crujido

de

refrito, las circunvoluciones y melladuras de ida y regreso, desde el Tritón a la Via del Corso. A la altura del pendorcho aureliano te cruzaste

de

piernas

y

entonaste

un

bello

eructo de indigestión. La mortadela apurada de las

estaciones

(y

gradualmente

las

habías

conocido casi todas), los rectángulos de queso con sabor a papel glasé, fueron gruñidos con rabia

sobre

el

atardecer

más

elegante

del


globo. Pero detrás de la pose relajada, en la cadencia

impaciente

del

pie,

latía

aun

la

certeza de que no era suficiente. El desamparo y

la

malnutrición

amargas

del

son

preparado

apenas de

la

dos

grageas

desgracia.

Una

tríada de colmos vino a confirmar tu ansiedad de

anticipación:

colgaba

aquel

una

gesto

hilacha occiso

a

de

suela

le

tus

botas

de

segunda selección; la grasa del embutido te transparentaba la mejor camisa hacia la cadera y

¡oh

cielos!

gravitacional

no

que sea

esta un

fuerza

chicle

al

proto que

le

gustaría quedarse con tus pantalones de pana negra… ¡Lo

dicho!

El

destino

de

alcanzaba las herramientas.

picapedrero

te


-

¿Entendés

-

alguna

Casi

-

¡Es

cosa

toda

suficiente

de

pintura?

la

para

palabra…

mí!

respondió

Marquinhos y le calzó el casco rojo. iv.

- … este felpudo es de puro cáñamo. Aunque no sé lo que sea el cáñamo realmente. Confundo el yute con el hilo sisal. Digamos que el cáñamo para

es

-

¿Puedo

el

nombre

mellado

preguntarle

del

por

yute. esta?

- Preguntar a la segunda potencia ya me habla de su buena educación. ¡Claro! Es la nueva idea de nuestro diseñador… Venga, ¿alcanza a verlo? -

¿Dice

-

¡El

usted

mismo!

al

coreano

Takashi

de

pelo

Nishiyama,

verde?

como

buen


japonés tiene una aversión de ferocidad grado cuatro

por

el

fuego

y

además

ese

gusto

edulcorado de los modistos bisexuales. Por eso combinó el terciopelo y el amianto y generó esta

exclusiva

pieza

de

tersoamianto

reforzado. -

¿El

amianto

Sarcoma

carbonizarse

más, es

no

es

sarcoma más

cancerígeno? menos…

muerte

que

Además,

la

muerte

misma. -

¡Creo

vista!

que

acabo

¡Quiero

de

aquel

enamorarme primor!

a

¿Por

primera dónde

la

caja? - ¡No! El amor siempre es peligroso. ¿Y usted le teme al cáncer? ¡Acaba de hacer la peor elección posible! Debe conocer el envés de la belleza inocente, huele peor que una letrina. Esta

pequeña,

adorable,

ovalada,

tersa,


proporcionada,

arabesca

alfombra

esconde

un

potencial infinito de desgracia. ¿Por qué?... ¡observe! - Si la estruja de esa manera va a acabar por romperla. - ¿Lo ve? Es inflexible. Ahora imagínese la escena. ¡Y créame que tengo experiencia en el asunto!: yo soy la espiga encorvada que barre a diario las escaleras de su condominio. Claro que hoy, 14 de agosto con esta temperatura alta, húmeda, envolvente, de amarillo solar rabioso, en medio de este gran estrujón de vikinga

en

barrido,

celo lavado,

desinfectado, mármoles,

de

finales

de

plumereado,

fregado

monolíticos,

y

verano,

enjuagado,

refregado,

linóleos,

he

los

acrílicos,

vitrinas, de otros doce condominios igual de sucios que el suyo. Y que en cada uno de los


pisos

(unos

cuarenta),

casi

sobrenaturalmente

tuve

que

para

encorvarme

enrollar

las

alfombritas manchadas de bienvenida, que todo inquilino sin vida tiende a los pies de su puerta. Imagine el aguijón de cada una de mis ampollas

dactilares,

desventrándose

como

abejas cada vez que me pican la mano; ¡pero imagínese

sintiendo

también

el

dolor

de

la

abeja despanzurrada!, el sudor, el hedor, el malestar de rodillas, codos, muñecas, el acné incentivado con la mezclilla del sudor y el polvo y la escasez de tiempo para la afeitada. Imagine entonces, que en plena aceleración de último condominio, cuando el cansancio y la inescrupulosidad de hora final hacen fluir el proceso

de

barrido

como

agua

en

pendiente,

llegue yo, alzando una plegaria al mismísimo Satán, con la orden de no ensuciar el triste


empapelado

rosa

alfombras,

y

objeto

con

ningún

entonces

enorme,

extremo

encontrarme

molesto,

de

con

abombado,

las este

áspero,

desproporcionado, turcoide, y ensaye todas las posiciones

que

me

permita

la

geometría

intuitiva, no consiguiendo jamás que quede en una

posición

inocua,

¡siempre

fui

un

mal

jugador de tetris! Y que entonces, yo conciba dejarlo tan tendido como al principio y seguir mi camino, escaleras abajo; escaleras a casa… Y usted dirá ¿qué problema con eso? Pero usted sabe que si uno, cualquiera de ustedes, la más jubilada, el más desempleado, encuentra las cosas como al principio, justo ese día en que el chico de la limpieza debía deslomarse en nombre

de

(¡apestáis

vuestra por

dentro,

ficticia yo

lo

pulcritud, sé!),

digo,

imagínese que yo sé que usted, víctima del


encierro, la nulidad vital, la estupidez más vacuna, la envidia más anormal, la mediocridad más incisiva, el resentimiento más plebeyo, el desprecio

de

su

marido,

sus

hijos,

la

voz

marica y la idiotez de su perro faldero, el punto de cocción rebasado de su inmunda carne, embebida en su inmunda salsa, su pánico al polvo, las hormigas, el no va más del conjunto que rehizo con su vestido de bodas, el segundo desastre de su matrimonio reciclado, el grito de su útero claudicante, sus cuerdas vocales llenas de pólipos y gargajos a medio tragar, su intestino retórico, ineficiente, saturado, precanceroso... Imagine que sé que usted, que se

ha

aferrado

jubilatoria,

a

su

estúpida

pre-fúnebre,

de

tarea

pos-

administradora

del condominio, como a un cetro de similor, para evadirse del tedio metódico de su vida,


correrá a levantar al teléfono y discar el número del principal, para acusarme de desidia y mala voluntad, y a recomendarle que suspenda el pago de mi miserable jornal, lo que me forzaría a reducir el consumo de nicotina, el metraje

de

zapatos.

mi

pocilga,

Entonces,

entrevió,

yo

estoy

el

como

gasto

estoy

bajando

de

mis

seguro

que

mi

penúltima

escalera y su ridícula alfombra espera, en ese círculo mal dibujado de la risotada, de la burla canalla, y hago la pausa del escalón terminal, campeón

aquí

con

medieval

en

mi

escoba

mitad

de

y un

mi

pala,

torneo,

y

cargo contra este muñeco de paño aplastado por un camionero con sueño, lo alzo y lo empiezo a masticar, diseño por diseño, color por color, fibra por fibra, lo desmenuzo y lo trago como un

bocado

de

espagueti

mal

cocido,

pero


entonces,

no

saciado,

hirviente,

doy

uno,

con

tres

el

estómago

golpecitos

a

su

puerta… -

¿Quién

-

El

chico

es?

de

la

limpieza.

- Un segundito que ya le abro. ¿Qué puedo hacer -

Buenos

por días,

ti, ¿podría

querido?

usar

un

segundo

su

baño? - Seguro mijito, adelante. Esperame que cierro la

puerta

con

lentitud

tenebrosa

y

ya

te

indico el camino… v.

El

abandonar

debe

ser

un

hecho

cavilado

y

consciente. Fruto de la deliberación interna (o mejor definida ―intestina‖: para contener la idea del abandono ―visceral‖), o bien del


impulso

lúcido,

emocional‖.

nacido

Uno

debe

de

saber

una

―intelección

exactamente

qué

abandona y por qué. En el caso de ignorar el sujeto (o el objeto) abandonado, o las razones por las que se lo abandona, incurriríamos en esa dilatación de la distancia recíproca entre dos objetos (o sujetos) no vinculados más que por

relaciones

alejamiento. diferencia

Se

cuando

de

vecindad,

manifiesta

llamada

claramente

indagamos

en

su

la

espesura

conceptual: el abandono implica un alejamiento (excepto

en

formas

muy

sutiles

de

evasión

radical, practicadas en mi primera juventud), mientras que el alejarse suscita una forma de ausencia A

la

hora

no de

categóricamente calzarse

la

abandonante.

mochila

y

salir

disparado por una puerta, se puede intentar proferir una máxima digna de la posteridad.


Puede, en su defecto, proferirse una máxima indigna o ninguna máxima. Cuando mi vena de mártir fue transfundida por primera vez, papá me pudo haber dicho: ―chau, me las tomo‖; o bien aconsejado: ―cuidá a tu madre y a tus hermanos mientras me ausento para siempre, o poco más‖ ¡yo sabía lo que era la dependencia de

los

trenes!;

fundamental

que

o

bien

el

advertido…

autor

―Es

organice

la

introducción de modo que lo general destile lo particular con fluidez. La frase capital debe incluir, tanto la premisa, como la conclusión del

tratado,

principio

de

forma

que

satisfaga

circunnavegatoria

el

pedido

nuestra de

de

manía

razonamiento.

Disconfirmar una primera presunción hacia el final, es de una inelegancia sólo comparable a las

chancletas

Pluma

Dural

en

un

banquete


ejecutivo.

A

cualquier

forma

del

calzado

casual uruguayo. Los latinos llamaban a este remate nauseabundo: cola de pescado‖. Para abandonar hay que fugarse a alguna parte. Otrora, mis valijas tenían más bien ese oficio polvoriento

de

sobretodo

la

los

desvanes.

escoria

Contenían

intensa

de

mi

inmovilidad, la pátina de moho que aterciopela los

objetos

jubilación

olvidados. de

un

Mis

muñeco

de

valijas

eran

la

ventrílocuo,

el

baúl de la avería, el pudendo ataúd del polvo domesticado.

Cierto

día,

buscando

un

sitio

dónde meter mi cepillo de dientes, dado que el vaso-a-propósito era ocupado por una dentadura invasora, las desgarré por la mitad, las vacié y sacudí, y dejé así, perniabiertas en mitad de la habitación, con el palito cerdado como único

ocupante.

Para

aliviar

la

soledad


conmovedora del cepillo, acabé incorporando el jabón y un calcetín. Luego un noveno jabón y un

calcetín

de

un

exponencialmente geométricas indicio

e

de

metódica

segundo

en

la

supuración de

progresando

inclusión

innaturales

adición

par,

hasta

del

de

formas

el

primer

artefacto.

piezas,

La

funcionalmente

dispuestas en el paralelepípedo hasta darle una

consistencia

compacta,

dio

a

lugar

una

perfecta cápsula de animación suspendida: el desvalijamiento reanimador se daría en plena inauguración de mi porvenir. Fue así que, ya atravesado para

el

esconder

océano los

por

completo,

adminículos

la

abrí

higiénicos

esparcidos por el baño del hotel y algunas golosinas, y brotó mi ropa en magnífico estado de salud general. Restituí a la mini heladera las golosinas al toparme con la plancha de


tarifas

y

ni

calcetines

me

bien encontré

desenterré con

la

los

dos

desagradable

noticia de que el gemelo idéntico que había quedado en la casa, atrás del océano, ya se vería viejo y desteñido en comparación con su sosias

aventurado

en

la

velocidad.

La

putrefacción es inevitable para un cuerpo en reposo intensivo, a partir del Nóbel de 1921.

-

Vivir

no

necesario.

es

necesario.

lo

Abandonar

interrumpieron

con

es voz

inmensa. -

Oy!,

¿quién

anda

por

ahí?

Burdel

escandalizado. -

¿Acaso

conservo para

uso en

tener

el tan

dominó íntimo

problemas

y

la

estado de

guadaña de

y

me

inanición

reconocimiento?

- Perdoname Muerte, el calidoscopio me dejó un


poco

encandilado.

- ¿Muerte? ¿Pero qué Muerte ni Muerte? soy La Conclusión. Perdoná si me anticipé otra vez, es que me destrozás los nervios muchacho. Me provocás un dolor aquí, y el tracto digestivo se

me

hace

una

fosa

volcánica,

che.

- ¿La conclusión viene con traje de muerte ahora?

hubiera

un

chistido

convenido

molar a

muy

la

suspicaz

atmósfera.

- Los sobrenombres son una amputación odiosa. Y

encima,

implican

hacer

de

la

pierna

serruchada la titular del carnet de identidad. ¿No podés ver la cosa en su integridad hoy que se

te

muestra?

- Yo soy al que se ha amputado truculentamente aquí.

Usted

retorcido, corpus

hizo que de

de

deja

mi

hipótesis

sin mi

sostén

un

muñón

digno,

al

reflexión.


- Admitiendo generosamente que el tal corpus exista, vale más mi precisa reconversión de la divisa latina que todo tu… digamos… análisis. - ¿Qué es la democracia sino la facultad de ser un prolijo inconcluyente? Quiero decir, la prolijidad

en

este

caso…

- ¡Basta! Ya tenías una pregunta de estilo formulada…

¿porqué

tenés

que

sumarle

esa

perorata infinita? Diluís en agua tu crítica contra -

la Nonó,

yo

democracia. sólo

quería…

- Antróphicos, entiendo que quieras desplegar el

interminable

pergamino

de

tu

noción

de

abandono, pero no era momento. El relato no te lo exigía. Podías ser sucinto y al pié, pero no, elegiste irte por las lianas. La gente ya estaba instalada en El Viaje, no podés volver a

meterlo

a

las

maletas.


-

¿O

el

-

Digo

público

que

el

se

público

empaca no

decís?

se

empaca.

- Para mí que dijiste lo contrario. ¿Dónde hay una -

estenodáctila

La

democracia

cuando es

la

se

la

precisa?

posibilidad

de

que

cualquiera saque conclusiones. Es sólo que la estupidez del rebaño soberano es tal, que el estómago me fuerza a no intervenir y dejar a todo -

el

¿La

Muerte

salud, -

mundo se

de

Hasta

la

abstiene

la

en

nombre

eupepsia,

Muerte

decentes

cantinfleando.

tiene

para

de

la

entonces?

hábitos esta

demasiado época.

- La conclusión es la muerte del pensamiento. - Esa es una máxima de extrema precisión. ¡Un grumo -

de

orgullo

¡Apostemos

me al

conforta

la

úlcera!

pensamiento

vivo!

- Aich, ya pasaste al slogan sinistrorso, la


úlcera

emite

-

nuevos

seudópodos

¡Concluir

-

ardientes.

es

perecer!

Mmmm…

¡Mejor!

- ¿Inconcluso?, sí, ¡prefiero el suicidio del pensamiento

a

su

diuturna

agonía!

- ¿El suicidio? Roba da matti! Yo soy también ese extremo. El suicidio es una Conclusión de demócrata abatido. Creer que participa de una decisión hecho

que

de

mediante -

no

le

incumbió

descontarse un

jamás,

del

próximo

gatillo

¿Inconcluso?,

sí,

por

¡y

el

censo

grácil. me

basta!

- La inconclusión c´est moi, en ese caso. La inconclusión

es

-

sí,

¿Inconcluso?,

La ¡y

no

Conclusión. es

suficiente!

-

Mejor.

-

Ya

¿Inconcluso?,

no,

casi…

vuelta

una

última

¡infinito! de

arandela


vencida

y

respirarás

en

la

playa.

- ¿Inconcluso?... ehhh, no se me ocurre nada. - Vamos, ya casi, la infinitud en su mejor traje

te

lame

la

punta

de

los

dedos.

- ¿Inconcluso?... pues, no, ¡nada!, ¡Nonada! … que se rehúsa a su estatuto y se entrega a la proliferación de… un avestruz que esconde la cabeza en el culo y nos hace ―circular‖ como un íntimo piojillo. ¡Quiere que le rasquemos el

lomo,

la

muy

golosa!

- ¡Touché!

vi.

Uno

de

mis

amigos

incondicionales

de

los

primeros tiempos fue precisamente un kamikaze.


Mirko, todo

(y

lo

los

nombres

engendrado

son

antes

imprecisos, del

como

carácter),

me

pidió una transfusión de fondos. Yo, que sólo podía inyectar la malaria financiera, le dije que se esfumara lo más profilácticamente que consiguiera. A mala gana recorrió otros tres metros de vereda y giró animado para putearme por

la

duración

excesiva.

La

de

borré

mi

sonrisa.

La

creía

con

solvencia

de

actor

aprendiz, pero no me bastaría para convencer al

método

stanislavski,

mucho

menos

para

resolver la rabia fundamental de un Mirko. Me miró con una mitad de calavera de cierta profundidad

y

me

interrogó

sobre

el

origen

nacional. Hablé de mis antepasados con un tono de

otra

conversación,

con

café,

brazo

de

sillón de felpa y quizás aceitunas. Me sentía con una locuacidad rara en aquellos tiempos.


Buscando mojar la pólvora del hambre, había estallado

en

la

bestia

social.

El

depredador especializado que arquea su lomo gatuno

en

decorado

las

reuniones

y

que

apreciarlo,

me

preguntas,

lo

para

acaricien.

disparó

poco

pertenecer

bien

una

al

Mirko,

sin

ráfaga

de

intencionadas.

Era

corpulento como puchero del día después. Los bigotes

plateados

y

espesos

le

inflaban

la

cara ahí dónde se deprimía sin naturalidad por la

falta

de

dientes.

Sacó

un

pañuelo

debilitado por la humedad y se sonó. A partir de entonces, un Mirko sonado exhaustivamente, comenzó con su peroración sobre las chicas. Si uno las dejaba solas, desnudas en la cama y salía

a

secándose

arriar con

su

sus

cabras,

vellocino

el

al

volver,

decoro,

no

encontraría más que el pliegue de la soledad a


estrenar desordenando las sábanas. Mi madre, cuando me había parido, no había tenido la decencia de esperar que Mirko bajara de las montañas. Mi madre era de las peores víboras conocidas por la zoología, por haberme parido tan víbora a mi vez. Mi madre era la cifra inmunda de todas las mujeres de Mirko. De la mujer

al

genocidio

en

los

Balcanes,

Mirko

arriba en un par de fricciones de sus dientes nada copiosos. Debo admitir que la sonrisa, algo desquijarada por la incredulidad y los nervios

con

que

seguí

sus

reflexiones,

se

deshizo ni bien calculó los metros de tierra negra

usada

sobre

sus

muertos,

muertitos,

y

perros

-

¿Tu

madre

sigue

viviendo

-

No

hablo

con

ella

muertas,

destripados.

en

desde

tu la

país? pasada


medianoche. -

¿De

-

Nueva

dado -

qué

confesión

Polonia

el

es

es

es

la

país?

fundamentalmente

anticlericalismo

¿Cuál

tu

religión

laico,

liberal en

-

tu

que… país?

Cristiana.

-

¿Y

la

-

tuya?

El

-

ateismo.

¿Y

la

tuya?

-

Soy

-

¡Sos

musulmán!

-

Soy

musulmán.

La

bestia

social

cristiano.

sabe

cómo

huir

de

una

emboscada, como ningún animal autosuficiente. Entonces ovillo.

se

puso

a

devanar

el

corazón

del


-

¿Vivís

solo?

-

No.

-

¿Con

amigos?

-

Con

amigos.

-

¿Cuantos? Muchos

amigos,

algunos

muy

grandes.

- Ahora tu vida cambió. Me ofendiste. Ahora mi vida -

cambió. ¿Ahora

mi

vida

cambió?

-

¿Qué

has

perdido?

-

¿Qué

he

perdido?

- La independencia. Ahora irás a decirle a tus amigos que has perdido la independencia y que tenés -

un No Hoy

invitado tiene

me No

a

ningún

quedo

en es

cenar. sentido.

tu

casa. posible.

- Hoy me quedo en tu casa. Y podés intentar


escapar. -

¿Puedo?

-

Intentálo.

En este instante perdí la entereza. El ómnibus tiene una manía patológica de demorarse hasta que los malos ratos se concluyan con el humo indistinto, de paz o guerra consumada. No hay posibilidad de tomarse un ómnibus hasta que no se

declare

campo

arrasado.

Es

más

bien

un

charqueador que viene a desvalijar la mole de chatarra

humana

que

sigue

al

conflicto.

A

degollar agonizantes. Miré el punto fijo desde el que debía aparecer la careta sin carnaval del 280 Mancini, sin conseguir modificar su negrura,

su

cerrazón

tenebrosa.

Después

de

todo podía estar tranquilo. Diez o doce buenos cristianos se abultaban en la parada. Podía


meter

pies

en

polvorosa,

ahuecar

el

ala,

escapar, había contraído ese derecho con mi primer

vagido.

A

velocidad

match

cuatro

o

simple marcha bucólica, el vacío libérrimo y su total laberinto me ofrecían sus pliegues. Era autónomo como la cerradura de mi casa en las madrugadas de copas. Si obedecía, bien, si no,

tampoco.

Me

mantuve

rígido

como

una

excelente

escultura. Mirko estaba tallado en un material todavía más noble. No podía confiar su forma exacta al arrastre de la dentadura senil del tiempo. Tenía

Debía

que

trabajarla

sortearla

estatua Me

mantuve

Mirko

como

a

cincel

a

cualquier

de lo

más

apurado. buena

parque. rígido

que

pude.

insistió.


-

No

se

puede

reír

de

un

kamikaze.

- Te pido disculpas si te ofendí. Sonreía al azar. n> -

El

azar

voluntad.

no

y

existe.

Existe

enganchó

un

dedo

sólo

―su‖

sobre

la

curvatura

de

cabeza.

Juro

que

tenía

una

clarísima

gancho. La indicación tenía una vertiginosa comba auto-referencial. No sonreí en absoluto, no

andaba

para

chistes.

En

ese

momento

me

estrechó la mano sin más, y la tiró hacia sí con

potencia

de

turbina.

Sonrió

casi

cordialmente. Bufó, casi alegre. Una bestia social entrenada sabe que aun completamente encogida por el miedo, tiene que involucrar todos sus huesos en la impresión de fuerza. No importa

si

sólo

se

trata

de

endurecer

los


músculos

para

prepararse

al

dolor

de

la

primera dentellada. Mostró mi mano al público: una masiva muralla de espaldas que se dedicó a encubrir el delito, regodeándose secretamente con la evolución verbal de la cosa. Estaba desorientado, ¿cómo una tal alimaña acorralada podía ofrecer un pedazo de carne pulsante del estilo?

¿Acentuar,

en

el

minuto

final,

la

evidencia de su red nerviosa, crispada para una última resistencia? ¿Cómo me atrevía en sus Mirko perdón.

narices? confesó Por

que fin

aquella respiré.

mano

valía

el

Pero…

había

un

inconveniente: un kamikaze de Alá, no puede administrar el perdón. Por lo tanto, de nada valían ni su emoción, ni sus intenciones. Una voluntad superior lo condenaba a la hostilidad eterna.

Ni

siquiera

podía

disolver

aquella


fusión de manos que, en otras circunstancias, más favorables, habría valido la liberación, imperdonada,

pero

inmediata.

Buscamos diligentemente alguien que, con un gesto de fácil cuchillo de la mano, liquidara la cascola de la animadversión. La ofreció a tres de los cristianos que pronunciaron las hombreras

y

asegurarse

escondieron de

que

las

el

nucas,

conflicto

hasta estaba

completamente aislado, ardía sin comprometer sus Mirko

pelucas. me

miró

algo

desconsolado:

- La vida puede cambiar en un segundo. Pero pueden pasar siglos para la restitución de la anterior.

Una miradita de bambi con frío me raptó los


ojos por un segundo. Me preparé emotivamente para mi nueva vida de siamés. No estaba tan mal, después de todo, con Mirko pegado de mi mano ya no habría más humillaciones. Idee tres o cuatro mecanismos para disimular a Mirko a la hora de la urbanidad. Después de todo tenía una valija. Sería un ventrílocuo itinerante cada

vez

que

las

circunstancias

me

lo

demandaran. No volvería a pisar un aeropuerto, y

eso

es

todo.

Explicar

el

empaque

de

un

kamikaze en el equipaje de mano sería más bien engorroso. Fue así que recibí mi primera lección de árabe sacro, cuando Mirko me exhortó a responder. Sólo

conseguí

bendiga‖,

que

articular lo

obligó

un a

―tu

dios

te

señalarme

el

inconveniente de la minúscula. Estaba de buen ánimo, Mirko, a esta altura. Fue entonces que


se le encendieron las crines filamentosas a raíz

de

una

idea.

Saludamos

otro

par

de

transeúntes en perfecto árabe, hasta dar con el

ángel

susurró

negro su

de

―alà

è

todos lo

mis

aprietos.

sceicco‖

(alà

è

Le lo

sciocco, lo sciroppo, uhh, ¡che cacchio ne so io!) y la deidad de ébano respondió con una media reverencia elegantísima. Acto seguido, pronunció el io ti absolvo con solemnidad e hizo el gesto primitivo de la división. La tensión fue desalojada de mi mano por la lenta levadura

del

alivio.

Los

tres

sonreímos.

Ahí estaba mi ómnibus. Mirko me tomó de la nuca acomodándome sobre su hombro y sostuvo:

-

Soy Buena

un

sorete,

¿verdad?

fortuna,

Mirko.

- ¿Encima? Alá te agradece. – y me estiró la


mano

pordiosera.

Sonreí algo burlonamente y apoyé el codo sobre su

palma

pedregosa.

Sonrió mientras me trepaba al ómnibus, camino a mi entrevista número trescientos diecinueve.

vii

-

¿El A

señor su

merced,

Burdel? señorita.

- Pase por aquí. El abogado Mortacci lo espera en

el

despacho.

A Burdel no se le antojó seguir el índice de la

secretaria,

de

ojos

azul

turbio,

que


indicaba un cuadro recostado a la pared, de autor imprecisable. Su sentido común barnizó de perplejidad el muro hasta darse con la nula resistencia del vacío y arrastró con seguridad a su amo, pasillo adentro, hacia el despacho.

-

Siéntese…

¿Señor…?

- Puede decirme muchacho, ya no lo encuentro degradante. -

Su

nombre…

si

fuera

tan

cortés.

- Cortés es una de las pocas palabras inmunes al desprestigio. Sigue muy campante después de Hernán y la revolución francesa. Escribo un artículo sobre el nombre. Más bien sobre la extinción de su resonancia histórica a través del -

eufemismo. En

¿Le

interesaría…? absoluto.


Burdel se llevó los hombros a las orejas y se sopló el jopo antes de poner a girar el globo terráqueo del escritorio. El abogado Mortacci detuvo el mundo con una mano y se adelantó susurrante.

- A todo esto, no me ha dicho su nombre. -

Burdel, Muy

algo… -

bien… puedo

Puede

al

Antróphicos.

fin,

Burdel

llamarlo

también

amigo,

Burdel

llamarme

tenemos

¿verdad?

Antróphicos.

- El slogan de nuestra agencia nos constriñe a un -

trato Pude

concluirlo.

familiar.

Su

secretaria

se

mostró

convencida de que usted me esperaba, aunque era

un

poco

confusa

sobre

el

lugar

de

la

entrevista. Pero… después de todo, mi nombre no

es

lo

importante.


-

Es

verdad,

cuénteme

de

usted.

Con

todo

mi

máscara?

detalle. -

¿Puedo

ponerme

-

Como

quiera.

- Oh bien, ¿tiene algún elástico para fijarla a -

la

nuca?

Sosténgala

con

la

representación

de

su

mano.

¿Es

propia

una cara?

- Efectivamente, no es fácil advertirlo cuando se -

nos

mira

Señor

a

Burdel,

18

¿quién

metros. es

usted?

- Un hombre acabado completamente. Sólo en ese sentido

puedo

decir

que

he

llegado

a

la

perfección radical. Soy un salto abortado en el precipicio que separa pasado y porvenir, en la

fosa

fría

del

presente.

Una

vieja

pose

vital afirmada en sí misma, que sólo exuda una quejumbre

de

roca

recalentada.

Una

vuelta


quise ser un héroe de la clase obrera, un campeón

de

sociedad,

la un

justicia buen

en

miniaturas

muchacho

que

ponía

de a

circular la moneda del afecto y la lealtad sin ningún

control

de

gastos

o

escrúpulos

inflacionarios. Si tengo que ubicarme en un lugar, en una época, en una pose, sería en la infancia, a la escucha, sobre una superficie incómoda.

Hablo

de

cierta

incomodidad

metafísica que contamina todo movimiento en el concreto. No imagino cuándo me despedazaron la polilla idiota de la maravilla. Sólo sé que hoy la luz me resulta demasiado tísica y banal para

circunvalarla

o

probar

con

todos

los

huesos de la nariz. Uno puede desfigurarse por completo

buscando

descubriendo

que

picotear no

hice

la

más

luz.

que

Acabé

hociquear

contra un plafón de acrílico barato ni bien


cumplí

18

años.

-

¿El

18

es

su

número

-

¡El

7!

Mi

número

es

favorito? el

25.

- ¿Y qué utilidad tendría un hombre que fue, en

nuestra

empresa?

- Un hombre que fue es capaz de las más locas, humillantes, asquerosas empresas, porque para ya no ser hay que prestarse a un ayuno faquir de

principios,

pero

sobre

todo,

perder

el

instinto de conservación. [...] La mayoría de los chicos que trajeron al mundo el último siglo humano, fueron marcados en cada sector de carne por la miseria y la guerra. Empezaron a vivir después de muertos, después de haber saltado

en

entonces, puede

pedazos.

una

década

revivirte

[...] de

paz

Es y

desastrosamente.

verdad

que

prosperidad Abrís

los

ojos por milésima vez y uno se convence de


ser,

de

capaz

haber

de

sobrevivido,

advertir

la

sólo

misma

porque

lentitud

es del

panorama con la misma mirada aguachenta, el mismo derramarse glutinoso de las cosas detrás de las mismas cataratas. Entonces nacen los principios y ese estado de vigilancia vegetal en que nos hemos convertido, cree que merece la

conservación

a

todo

trance.

- ¿Podría ser un poco más concreto? Su relato es

casi

conmovedor,

pero

si

bien

veo

el

amontonamiento de naipes, no consigo ver la pirámide

o

la

mano

de

truco.

- Quizás, si la circunstancia fuera especial podría

dilucidar

algo…

- Señor Burdel, preguntaba, ¿quién es usted en relación -

a

¿A

qué Al

nuestra se

dedica

negocio

empresa? exactamente? inmobiliario.


-

¿Puedo

-

quitarme

la

máscara?

¡Como

quiera!

- No podría convencer a un fascista confeso de comprar

Villa

Torlonia

a

veinticinco

centavos. - Muy bien, si la entrevista ha sido positiva nos contactaremos con usted hacia la última semana del mes. Tenga buen día. viii

La

casa

acusa

los

síntomas

del

hervor

vespertino, y ya el hueco prematuro de la cama amortigua el dolor del cuerpo, apenas pasadas las

9.

Ahí se cuece la pasta y rasquetea la horma de queso hacia las 8, se engulle con velocidad la ración variable, se arriesga la vida en la


ducha

y

ya

se

está

ahí

(utopía

pantópica)

cultivando el sueño a fuerza de insultarlo, buscando que desentierre el puño de arena y te rompa

la

cara.

En mitad del hueco, de la pesadilla umbilical, fluir

es

requiere pantano

imposible. un

como

esfuerzo paseo

Cualquier dislocante.

de

domingo

evolución Elegir

un

implicaba

un

heroísmo y una estupidez que ni te cuento. El sumidero

de

la

bañera,

esa

metáfora

del

devenir, está atascado con pelos, traga con la pereza de un sibarita o un esófago canceroso. 8 cabelleras se suceden a la ducha en las horas pico y es inevitable sumergirse en el agua estanca que se descuelga de las fatigas del piojo social. Iluminamos el baño con una lámpara

de

reconstruidos

escritorio,

y

expectoran

los

cables

mal

la

luz

muy


loablemente. Si aquel artefacto de edad Edison toma

uno,

se

deslizara

de

la

repisa,

el

chisperío te rascaría los pies hasta la última cosquilla. A veces me masturbo con suma lentitud bajo las sábanas. Jamás cuando la novia de mi compañero nos invade y se mezclan en la cama, separados de mí por una impúdica cortina. Me prometo hacerlo la próxima vez. En el cuarto al fondo del

pasillo,

se

amontonan

5

adultos

y

dos

bebés. Todos bolivianos sin corrupción. Iván irrumpe. Se trabaja en la mañana. Apago la tele, me dejo ir a merced de las olas, los tiburones. Medrosamente al principio, porque sin embargo rebusco a obscuras en la mochila: las

páginas

escurren

tersas

entre

los

de

cierta

dedos.

edición

Abandono

se toda

veleidad lectora. De nuevo entregado al ártico


sin

aletas

natatorias,

brazo

a

la

nuca

y

rechazo la idea de fumar. Tendría que ir hasta la ventanita de la cocina. Sacar la mano menos diestra

y

mantenerla

colgada

en

el

aire

congelado. Despierto en la misma posición al amanecer. Los gallos de la Cassia se atragantan con su opereta primala. El brazo a la nuca se levanta de la cama un par de minutos después que yo. Al agua pato y acostarse a esperar la lenta ceremonia

de

la

gran

succión.

Irrumpe Iván con el casco blanco de su mujer. La campiña romana desde la Vespa en la mañana temprana, se deja hender como pan nuevo, hasta el club de golf. ¿Qué podría contarles de la campiña romana que yo no haya visto? En Roma, como

en

ninguna

parte,

entendemos

que

el

estado cadavérico no detiene el trabajo fétido


de la piorrea. Su único límite es el polvo completo. Es en la prodigiosa juventud de la tierra

nueva

dónde

la

corrupción

íntima

de

todo, produce su espectáculo de circo de las maravillas. Llueve Extraño

apenas. el

tufo

Embriagador.

chamuscado

de

la

ciudad.

Vestuario. El único delantal disponible es el de Henry. Las manchas de salsa, inmundicia y sangre no tuvieron tiempo a secarse. Iván me enseña

a

usar

lavavajillas:

bajar

silencio,

alzarla,

volverla

a

escrupulosamente la

campana,

reponer

bajar.

el

el

esperar

el

contenido,

Entretanto:

cortar

zanahorias, enjuagar los platos, rayar queso, nudillos,

alcanzar

los

sartenes,

meter

14

huevos en el bowl de la batidora, ¡pero sólo las

yemas,

animal!...


El

Chef.

El

camarero.

La

camarera

rusa.

La sombra del marqués que me espía desde el agujero

de

servicio.

Ya con la barriga completamente empapada y se sirve El

mismo

el gesto

primer de

frotamiento

plato. circular

del

plato número uno, es aplicado al plato número trescientos veintidós. ―¡Ma che pippa!‖, dice la

camarera

rusa;

―¡chi

mena

prima

mena

meglio!‖, dice el chef y me recoge el gorrito de

papel;

¿de

dónde

eres?,

pregunta

la

camarera peruana, ―Mongolia‖. ¿Podría fumar un cigarrillo? ¿Por aquella puerta? Y el campo de golf se abre interminable a la visión. Para reproducir

el

efecto

en

la

casa

debería

comprarme un cuadro de Potter y desembarazarme


de

la

vaca

probable.

Iría

a

Sothersby

sin

falta después de la ducha. Mi delantal mojado, impecable

como

un

Pollock

colérico

recién

acabado, me encola en el esternón el frío de la

primavera

incipiente.

¡Ahí están! Sin ellos en el mundo me sentiría demasiado indigno y deprimido para intentar un paso. Alabado seas Capital que has parido a los

burgueses.

Enfrentados

a

una

minúscula

pelotita con viruela y ensayando un golpe con sus

palos

frivolidad

caros, y

te

aparecen

bobería

en

grotesca.

toda ¿Uno

su en

particular? Aquel que hamaca las rodillas, con un lagarto Lacoste por sector de vestido, y no alcanza

más

que

a

arruinar

el

pasto,

los

zapatos del colombiano, la punta abotagada de su

palo

algo

flamante.

El

cigarrillo

problemáticamente

entre

se los

consume dedos


mojados.

El

marqués

viene

a

toda

carrera

bordeando el restaurante. Me arroja una mirada enfática y se hunde en la cocina. No acuso el golpe. Me arqueo para descansar la espalda. La escena de escoliosis se repite en todo aquel pastizal, lento,

repelado

empalagoso

para y

el

aburrido

prodigiosamente recreo

de

los

chetos. ¡Aquí sufrimos de la cintura! Continúo ronroneando a medida que enderezo el tronco, igualándome a los golfistas. Hago hamacar en mi cara la sonrisa discreta de la dignidad. Gritan desde el fondo. El marqués se siente ofendido por mi presencia polémica en mitad de la

zona

de

recreo.

Regreso. Caracoleo por la campiña idéntica. Me recibe la novia de mi compañero de habitación. Acaba de perder el trabajo. ¡Claro que podía quedarme, esa era mi pocilga tanto como la


suya! Me organicé para mudarme en un par de semanas.

Me

duché

y

acosté

a

dormir.

En la mañana vacié mi cajón y acumulé la ropa en la valija. Dejé la campera de nieve y la mitad

del

televisor.

queso. Las

Las

sábanas

llaves sucias

sobre en

el

ordenado

montón. Saqué

mi

cuerpo

duplicado

por

la

maleta

y

atraje la puerta contra mí. Al

caminar

sentía

el

graciosamente el peinado.

viento

moverme


Burdel

y

la

cama

picante...

I

Flotar: no en el sentido místico de suspensión ociosa, vacía de sí mismo, en el aire, sentido que

a

Burdel

le

resultaba

demasiado

masturbado, opiáceo y ridículo. Flotar como un crucero henchido de fiesta y snobismo en el triángulo imantado de las Bermudas; como un calzoncillo u otro material arquimédico en la bañera. Lo que seducía a su fantasía era la sensación del desprendimiento, del desarraigo: flotar como una planta arrancada del almácigo en

la

mano

dentadura

de

de un

un

jardinero

topo.

Así

negro mismo,

o

la

se

le

ocurrió, con un pánico silencioso, pero sin


pataleos.

Por

lo

demás,

había

asumido

con

toda

la

confianza del puño su oficio de escritor. Se le ocurría que un escritor, cuando no andaba deambulando, ebrio y casposo, detrás de los chismes

y

servicios

de

las

prostitutas,

o

arrullando las confesiones de los borrachos impecablemente acodados en una micro-avenida de

estaño,

debía

andar

de

viaje.

Sin

el

quebranta-lomos de las maletas ni los cheques de viajero, sin dinero ni compañía, sin ningún rumbo

fijo:

con

los

rumbos

desternillados,

rotos cartílago por cartílago. Se detuvo en la esquina pisando su propio empeine izquierdo con todo el autoritarismo lustrado que podía desarrollar la bota derecha. ―¡Un momento!‖ Si bien

se

había

demostrado

capaz

de

sustraer


todas las cualidades de un viaje que sobraban en

la

mochila

conseguido arrugó

del

plantar

el

escritor, ninguna.

pecho

para

no

había

―Entonces

fabricar

—y

cierta

perplejidad humillada con el hundimiento de los hombros—, un viaje de escritor no es otra cosa que... un enigma‖. Aquel descubrimiento tuvo

el

efecto

de

un

rulero

eléctrico

en

corto. Los pelos se le desprendían del cuero cabelludo

y

danzaban

folículos.

Resolvería

rebotando el

en

misterio,

los

¡así

el

cese del mambo de la indignación le asegurara la

Liberó

calvicie!

su

segundo

pie

imprescindible

y

se

dirigió a la papelería, con la velocidad con que un yesquero roto le agotaba la paciencia, para comprar un globo terráqueo. Dejaría al


azar

el

quizás

destino

de

forzándolo

su

un

viaje

poco

exploratorio,

hacia

arriba

del

y

exhibió

su

un

ganador

de

ecuador. Se

paró

número

frente con

la

al

mostrador,

excitación

de

bingo.

—Un

globo

terráqueo,

por

favor.

La muchachita gorda le restregó una mirada de ternura infundada por la cara, y se perdió tras las repisas. Predeciblemente estuvo de vuelta pasados unos segundos. La empleada le entregó

una

fosforescente

caja y

le

rectangular, comunicó

el

rosa

precio.

—Disculpame. Yo te pedía un globo terráqueo contemporáneo.


—Oh,

señor,

no

que

decirle.

—Es que, te explico mi problema. Yo soy un escritor.

—¿Ahá?

—¿Acaso tengo aliento alcohólico o nieve en las

hombreras?

—No, no lo creo. ¿A ver?... No, para nada.

—Quiere decir que me voy de viaje. ¿Y qué se supone que voy a hacer con este mundo playo, medieval? Yo necesito uno esférico, posterior a

la

parada

del

huevo.


—Señor,

por

tomaduras

de

favor,

no

pelo.

¿Va

tengo a

tiempo

pagarme

para

los

160

pesos...?

—Señorita,

creo

haber

sido

claro.

Un

globo

terráqueo como mínimo debería ser redondo. Si trato de frenar un ladrillo giratorio con el dedo es más probable que acabe con una mano hecha

aserrín,

destino

a

que

consiga

en

señalar

el

mi

proceso.

—Señor, es un globo, redondo e inflable. Tiene que

sacarlo

de

la

caja

y

soplar.

Ya con el globo hinchado y encajado en su soporte sobre una torre de libros, se tapó los ojos y lo puso a girar. Movió el dedo rápido y a

ciegas

en

el

aire,

como

una

batuta


histeroide,

y

se

cuidó,

con

improvisada

profilaxis de cálculo mental, de no enterrarlo en alguna de las excepciones geográficas. No tenía

suficiente

tiempo

cuarentenas,

ni

viajero

dejarse

para

África,

Asia,

el

para

suficiente

y

vacunar,

soportar entusiasmo

por

cualquier

lo

que

criadero

de

matorrales o gérmenes letales quedaban fuera. El temor a la oscuridad, y las muecas atroces con que se burlaba la sombra, lo forzaron a apresurar el dedo. Fieramente frenó en seco el esmero

rotativo

de

la

Hubiera

admitido

que

cayera

océano

o

enterrara

en en

Rusia el

o

pelota

en

Brasil.

corazón

de

celeste.

mitad

Pero la

que

del se

ínfima

republiqueta que se esforzaba por abandonar, era,

cuanto

menos

perturbador.

El

segundo


intento

dio

parejo

resultado.

Se

miró

consternado el dedo índice y fue sometido por el pulgar a la voz de chauvinista. Pasaría a usar el dedo mayor, si la suerte repetía su picardía, entonces aquella largura emblemática del

dedo

expresivo

le

daría

su

merecido.

Podría reír al final como todo un aguafiestas. Volvió

a

hacerlo

girar

sobre

su

eje

nada

imaginario de plástico azul. Se tapó los ojos y apuntó rabiosamente su dedo y el chillidito del deshinchamiento empezó a sentirse. Debía golpear antes de que el mundo se convirtiera en un moco fláccido de goma teñida. Hundió el dedo

con

crueldad

y

se

destapó

los

ojos.

Levantó un poco la yema para ver la última triza de paciencia remachada en el contorno de pera

mordisqueada

de

todos

sus

juramentos.

Miró hacia los costados y atrás y escoró su


dedo

con

destino,

rapidez. con

voz

cierto,

El

azar

un

poco

pero

le

señalaba

su

dubitativa,

es

inapelable.

II

Las tres horas de travesía tampoco saciaban su hambre de flotación. Lo que buscaba tenía un sentido... ¿cómo explicarlo? «Hala, explicalo vos mismo, Antro, es que creo que sobre ese punto

no

puedo

aportar

ni

jota.

Hasta

me

enredé al principio.» ―Ea, Ok. Un barco no flota por flotar. Se mantiene a flote para llevarte a Buenos Aires y punto. No le pidas más.

No

hay

otra

consecuencia

que

la


translaticia. Un budista flota por flotar, sí, es

verdad,

pero

sin

vértigo,

sin

heridas

psíquicas, porque los budistas creen que su naturaleza es aérea. Al gas fuiste hecho y al gas

pertenecés.

Su

flotación

es

como

una

reconquista de un espacio perdido. En cambio, yo,

en

cuanto

escritor,

busco

flotar

por

flotar, sí, pero vertiginosamente. Aunque me despegue

centímetro

y

medio

del

suelo,

acabaría con el alma conmovida hasta el mareo, porque las consecuencias son las de un exilio, un ultraje a mi naturaleza terrena‖. «Bien, en realidad, ridículo

El

pus

peluca

Antro,

me

resistía

filosóficomorfo

policromo

del

ochentista

edificios.

Buenos

hacer

por

amanecer

colgada

a

de

Aires:

vos.»

parecía los

ese

una

grandes

triplicación


cuantitativa

de

la

fealdad

de

su

propia

ciudad, le caía sobre la cabeza, encogiéndolo a ―La

proporción. deriva

es

el

único

derrotero

escritor‖.

Caminó,

mascullando

estúpida,

hasta

sentirse

esa

del

máxima

absolutamente

desorientado. Sus únicas coordenadas eran un obelisco y un puñal en una plaza con casa rosada. A punto de ponerse a rumiar una nueva máxima, que le durara otros cuatro procesos estomacales, consiguió ver uno de los perfiles de

la

harían

casa

rosa.

Cortázar

o

Trató

de

Guy-Debord

imaginarse ante

qué

aquella

encrucijada. Seguramente se internarían en la espesura urbana, pisándole la cola felina al azar. Así que confundió lo suficiente a su curiosidad como para que creyera, narcotizada, que era independencia de criterio y concluyó


que esos dos, como todos los franceses y los freni-cortos

hablaban

por

gargarizar.

Estudiado el pitorro intrascendente de mitad de

la

plaza,

la

antorcha

de

la

catedral

tampoco llamó su atención, pero unas amebas de sangre

extraordinariamente

fachada,

lo

hicieron

roja,

sentir

contra

cómodo

y

la lo

bastante excitado para vaciar la lunchera en la

escalinata.

La fulana se puso a la vista en el semáforo. Cargaba una bolsa de karate excesiva para su tamaño, lo que la hizo mirar con una ternura maliciosa

y

pedigüeña

hacia

la

escalera.

Burdel despegó la nariz de su lunchera durante el

tiempo

hacerlo

microscópicamente

sentirse

comprometido.

exacto Un

para simple

vistazo. La fulana dejó caer la bolsa como un


cadáver a sus pies. Se hubiera dislocado ella misma el hombro para producir el conmovedor efecto

de

surmenage.

¿Por

qué

diablos

no

pateaba un putchingball y lo dejaba almorzar en paz? Burdel guardó su lunchera en la maleta e hizo el numerito de María Auxiliadora, con decorado pertinente al fondo. ―La caridad es la pierna regalada por un lobo satisfecho‖. La

bolsa

pesaba

como

una

infrutescencia

de

astillero.

—Diablos.

¿Qué

es

lo

que

cargás

acá?

—Arena.

—¿No

—Si

se

no

te

ocurrió

tuviera

el

transportarla

hombro

dislocado

vacía?

no

te


forzaría

a

hacer

—¿Diligencia?

—Hago

mis

esta

¿Hasta

diligencia.

dónde

demostraciones

en

la

vas?

Dorrego.

Es

cerca.

—¿Cuántas

cuadras?

—Dos,

tres,

algunas.

La fulana lo llevaba de la nariz destrozando su deriva, trazando el rumbo de su esclavitud, la esclavitud del rumbo. ¡Cómo a un asno!, prometiéndole el mascado de la zanahoria en la próxima

esquina,

reposición promesa.

dónde

suplicante «Hala,

Antro,

sólo y

habría

patética ¿querés

una

de

la

hablar

de


ella?» ―Oh, no, de crisma a plantas de pie, todo

La

un

fulana

galeras,

rastrero

había y

confesó

su

reemplazado

le

deslomamiento

marcaba

a

pura

oficio

confidencialmente, tumba,

nunca

ortóptero‖.

tambor

compases

interrogación.

de y

los

el

escritor, sus

había

labios

podido

de del

Burdel

sólo

que,

eran

una

escribir

una

palabra. Así que le contó sobre la naturaleza de su infertilidad, sentía, cómo explicarlo, cierto horror ante la página en blanco que le escayolaba

las

manos,

y

le

embotaba

el

pensamiento. Se sentía pesado, absorbido por la gravedad, incapaz de padecer la elevación sagrada

del

poeta.

Así

había

nacido

su

fascinación por la ligereza, las veleidades de levitación.

Sentía

que,

para

desbloquearse,


tendría que experimentar el más íntimo de los desarraigos, por una vez. Aligerarse como un grano de pisingallo reclamado por el calor. La

enana

central

de

frente

inteligencia a

se

detuvo él:

—Yo conozco el antídoto perfecto —sostuvo—. Y casualmente, nos queda de camino. Seguime. El turbio espíritu esclavo de Burdel no llegó a detectar que lo hacía, con la obsecuencia de una

chancha

querida,

desde

la

Catedral.

III

Hotel Constitución Plaza, Av. San Juan 818 y


se pararon frente al cubículo de vidrio de la portera.

Burdel

extendió

su

documento.

La

portera miró la cédula a trasluz y olisqueó con

minuciosidad

el

holograma,

antes

de

preguntarle si debía inscribirlo con su nombre oficial. Unas voces varoniles, entreveradas con ruido de tacones y perfume dulzón, interpusieron sus vapores en el diálogo. Burdel acercó un poco más el hocico al hemiciclo de vidrio simple y preguntó el total. La papada de iguana de la portera empezó a oscilar a ritmo constante, añejando los segundos con cada ir y venir, mientras trabajaba

el

cerebro en

de

insecto la

rumoroso suma:

—Veamos: son 15 pesos por el adulto, 5 por la menor y otros 8 por el cadáver. Así que serían


unos

28

pesos

en

total.

La fulana metió la mano en la bolsa de karate y mostró el fenomenal instinto de huida de la arena,

manifestándose

entre

los

dedos.

—Es sólo mi bolsa de gimnasia. Además, ya soy mayor

de

edad.

—Entonces, a 15 pesos por adulto, se forma un total

de

30.

Burdel desplegó en abanico los últimos tres billetes de diez. Dólares, francos suizos y pesos

filipinos,

desorden.

La

fueron

fulana

se

entregados disculpó

por

en el

despilfarro y le mostró culpable un billete de 2

soles.

Antrópicos

le

cerró

la

mano

con


solemnidad sobre el dinero, (dejaba la visita a Nazca para su última crisis de infertilidad; los

primeros

reclamos

de

la

ufología)

y

recorrieron el pasillo cien o setenta metros hasta chinos

la

pocilga.

en

copiosos

Cabezas

terracota

de

de

emperadores

mal

conservada,

bustos

emperatrices

zoofílicas,

gestos

patológicos,

muecas

taradas,

efectismo

del

horror, desfilaban a contramano. El cuadrado amarillo de la habitación independiente, con los perfiles inflados por la hidropesía, lo emocionó propio

un

cuarto

poco.

Tenía

tan

Arles.

delante Todo

de

su

alrededor

su

postal tan Montparnasse, tan Yerbal años 20. Bastaría

llenar

unas

tableteo

obsesivo

de

pocas

páginas

con

la

enumeración

el

para

componer un buen relato, una excelente poesía beat.


La

fulana

agitó

la

llave

en

la

cerradura

simbólica, se sirvió del hombro dislocado para separar la puerta de la pared y encajó sus cosas

en

rincones

ya

estudiados.

Burdel

se

movió torpemente descubriendo la habitación a marejadas

de

dolor

de

huesos.

La

cama

omnipresente lo estorbaba y volvía ridículo, marioneta

en

poco

equilibrado

suspenso

por

estornudo del amo. Con paso de mal autómata la siguió

hasta

el

baño.

Indicó hacia arriba mientras se limpiaba. La pared estiraba el cogote a pocos centímetros de sus cabezas, sin llegar al techo. Bastó consultarla entender

con que

un

nudillo

estaban

tenue,

separados

de

para la

habitación vecina por el indiscretísimo cartón yeso.

Se

podía

advertir

sin

esfuerzo,

que


justo en aquel momento alguien se desvestía con

sorna

al

otro

lado.

La fulana se paró frente a la puerta y se zambulló de espaldas en la cama con elegancia de clavadista. Se desplazó hacia la derecha con

fluidez

inefable

y

dio

un

par

de

golpecitos en el colchón, invitándolo. Burdel estaba impresionado. La ínfima anatomía de la fulana

parecía

imantada.

Flotaba

como

un

magneto enfrentado a sí mismo, repelida por la cama de polos idénticos. Adelantó la rodilla y sintió cómo se clavaba hasta los durmientes. Se dejó caer y sintió la osambre de la cama aplicándose La

karateka

—Volcate

con le

hacia

frialdad

en

habló

con

arriba

y

su

esqueleto.

voz

pesada:

dejate

llevar.


Burdel cerró los ojos y suspiró, tratando de ajustar

las

paletas

en

el

intervalo

de

la

parrilla. Empezó a imitar la respiración algo hiperventilante Aceleró

hasta

de

su

sentirse

anular

compañera un

poco

la

de

cama.

turbado

y

desventaja.

La madera lo hería tan dedicadamente como al principio. Poco a poco empezó a armarse el conflicto en la

habitación

económicas

se

de

al

lado.

postulaban

Algunas con

teorías

grosería

y

refutaban o verificaban a patentes sopapos y puntapiés.

La

confrontación

se

enredaba

en

torno a 20 pesos de escasez intolerable que comprometían la situación financiera global. Se hablaba de medidas de ajuste, presupuestos anuales sin cerrar, intervención de órganos


reguladores,

entre

bofetada

y

bofetada.

Burdel enardeció de nuevo la respiración hasta lograr la suspensión de la náusea vulgar. Un sentimiento

de

ligereza

y

expansión

mental

empezó a masajearle la cara y el interior del cráneo. Sentía las mejillas leves, acariciadas por

una

pelusa

pueril.

El

cuerpo

se

iba

vaciando de peso como un costal roto y el polyfom empezaba a rehacerse con la tenacidad suave de una levadura desatada. Poco después comenzó a sentirse a flote. Con todo el cuerpo reconfortado

por

el

tacto

mínimo

del

aire

caluroso. Una sensación lunar de libertad, de elevación mística hacia una reunión incierta le enfundaba el cuerpo. Mil manitas rápidas y coordinadas

lo

tocaban

apenas,

dejándolo

describir aquellos círculos espontáneos, como


los de una enceradora sin doméstica al mando. Burdel

alcanzó

maravilla

a

susurrar

hacia

su

gratitud

la

y

fulana.

—Son los ácaros. La levitación no es más que el límite absoluto de la alergia. Un cuerpo que

se

hurta

anulando

su

propia

entidad.

Algunos cuerpos reaccionamos más rápidamente que otros, pero no existe la resistencia en esta

cama

—dijo

la

fulana

aflojando

su

respiración.

Burdel volvió a cerrar los ojos sin escándalo y se dejó llevar por aquella danza aérea de la auto-inmunidad. Confortado hasta el desmayo. Y así amaneció, arrojado por la cama de la picazón, mantas.

a

los

pies,

entreverado

en

las


La

fulana

se

había

esfumado.

La

imaginó

pequeña y maliciosa, portadora del maravilloso secreto, dislocándose un hombro por día, todos los días, deslomando a escritores incautos y estériles, en dirección a la Dorrego.

La foto

—Atrófico, ¿qué es lo que anda buscando esta vez?

Antrophicos

Burdel

se

lamió

un

poco

el

bigote.

—Busco

una

luz

superior.

—Oh —suspiró el ferretero, y suprimió con un


avance

del

rostro

la

distancia

de

lo

inconfesable—, es lo que todos buscamos, una luz

que

—Busco

no

una

sea

lámpara

de

este

cenital

para

mundo...

iluminar

cierta fotografía... — lo interrumpió Burdel.

El ferretero volvió a la distancia original, con un gesto de desconfianza. Si alguien le hubiera dicho a Palco que el ferretero debía compartir

modales

y

distancia

con

los

burócratas o las funcionarias de hospital, en ese momento hubiera empezado a creerlo. Pero nadie se había atrevido. Palco era reconocido por

su

habilidad

obstinados

metales,

para y

su

doblegar destreza

los con

más las

prensas de mano era agradecida por todos los dislocados

de

la

villa.

Nadie

consiguió


explicarle

jamás,

las

ventajas

del

título

honorífico de traumatólogo, por lo que había que

considerarlo

ferretero,

estirpe!,

¡y

uno

a

de

secas.

Hacia el fondo de la ferretería, el pequeño taller al descubierto, lucía tan ferruginoso como un sótano de iglesia medieval. Todavía se comentaba que los gemidos y gritos nocturnos de la finada María, esposa en única nupcias del ferretero de la villa, hija de Ferreira Herrero, Ferretero, que había adoptado a Palco como

aprendiz,

lo

había

corrido

como

pretendiente, lo había readmitido como yerno, y

le

había

dado

en

dote,

local,

virgen

y

chatarra, eran más de verdadera santa, que de gloria.


Palco desapareció entre las estanterías. Hubo ruido a torneo de caballeros, y el ruido a cepillada de armaduras del retorno.

—He aquí la luz, querido Atrófico —le dijo Palco,

—Mi

presentándole

nombre

la

suena

lámpara.

Antrópicos.

Los labios del ferretero empezaron a temblar delicadamente. Burdel sintió que debía interpelar aquel gesto en

tensión.

cucurucho

de

Hubiera papel

bastado

sobre

los

ponerle labios

un para

amplificar la risa burlona que ya jugaba al frontón con las sienes peludas de Palco. Si una esclusa mínima hubiera quedado abierta en la pulpa perfecta de sus labios, el torrente


de

la

Palco

risa bajó

silencio Burdel

le la

sus

habría cabeza

para

cálculos

supo

bañado

que

la

cara.

emborronar

sobre

la

aquellas

en

factura.

palabras

no

formuladas, que le caminaban en el borde de los labios a aquel repentino y austero mal matemático,

lo

forzaban

a

hablar

de

su

hermana.

—Su

nombre

también

es

mal

pronunciado.

Areopaguita es lo correcto. En honor al seudo Dionisos.

El ferretero elevó la esfera complacido y lo señaló con el lápiz. Volvió a acercarse a la cabeza

—Usted

rígida

sabe

que

de

a

quisieron

Burdel.

decirme


traumado

Burdel

loco

en

comprendió

mis

y

propias

lo

hizo

narices...

saber

con

la

cabeza.

—Con María, pasamos horas discutiendo acerca de qué acontecimiento podía haber inspirado el sonoro

nombre

de

su

hermana:

Aeropajita.

Creímos que coincidía con el vuelo del Plus Ultra, o el Zeppelín. Pero, el problema es que en turco no debe siquiera querer decir pajita aérea.

—Mi padre era griego —murmuró Burdel y quiso dar

No

por

terminada

obstante,

sabía

que

rumor,

que

embrión

de

la

conversación.

debía

abortar

desarrollaba

el los


pulmones

inquietantes

ferretero,

antes

—Entonces...

—Y

en

de

se

la

conciencia

huir

rascó

la

del

del

local.

cabeza

con

la

punta del lápiz—. ¿El turco Heliotropo...?

—Era

—Oh,

griego.

qué

alivio.

—El

ferretero

golpeteó

el

hueso frontal con el lápiz chato y expandió su mano

izquierda

sobre

la

tetilla

derecha—.

Mejor griego que turco. Y cuánto mejor que el Turco sea griego a que usted sea bastardo.

Mientras acompañaba con una sonrisa débil las reflexiones Había

de

escuchado

Palco, algo

pensó cómo

en

luz

la

bombita.

catódica,

no

tenía ninguna seguridad, pero estaba decidido


a poner en duda la eminencia del ferretero local.

—¿Tiene

lámparas

de

luz

esmeralda,

Palco

Burdel.

verde

preferiblemente?

volvió

oculares

catódica,

a

a

ponerse

barbilla,

Hizo

una

rígido,

ante

finta

la de

de

globos

pregunta sonrisa

de

para

cerciorarse de la buena fe de la pregunta, pero fue desalentada por la pose inflexible y milica

del

altivo

turco.

—Aquí vendemos lámparas... a secas —dijo Palco y

Fingió

le

atarear

extendió

las

manos

la

en

factura.

una

pila

de

papeles ordenados y deslizó el lápiz detrás de


la

oreja.

—Hay

Sacudió

gente

que

la

cree

cabeza

que

y

en

suspiró...

vez

de

una

ferretería, Palco tiene un bazar turco... — Levantó

los

Burdel

en

ojos

para

retirada.

mirar -

sin ...O

rencor

a

griego.

Burdel atravesó la puerta con su lámpara bajo el brazo. Sonrió al escuchar los gritos cada vez más rechonchecidos y desafinados de Palco, en

un in

crescendo de

cotorra

herida

en

su

sensibilidad.

—O gringo, o chino, o japonés... —Las manos le sacudieron las caderas con dos golpes de puro inaudito.

Burdel perdió el encuentro del fósforo con el


extremo del cigarro al sonreír. Pudo volver a alinearlos

—...

antes

¡japonés!

de

quemarse

—gritaba

gárgaras

las

yemas.

Palco,

de

haciendo

incredulidad.

Burdel caminó cuatro pasos hasta el extremo de la vereda. Miró hacia la esquina buscando el letrero en la puerta de la farmacia. Estaba abierta. Dejo caer el fósforo enfriado en el bote frente

de

basura de

la

municipal ferretería.

que

adornaba

Palco

le

el

había

regalado una caja de flamantes herramientas a cambio jamás

de

aquella

sabría

encargado

de

angurrientas villa,

y

que

por

diligencia Burdel

en

distribuir de el

menor.

persona

era

aquellas

desperdicios departamento.

por

Palco el

bocas

toda

Bastaba

la con


trazar un mapa de los tarros de basura para tener una representación cartográfica de sus decisiones.

Registró

su

bolsillo

y

sacó

el

rulo

atrapamoscas dónde debía estar la fotografía de Ella, repentina y fugaz aquella vez, pero ahora, Estando

en

su

en

la

puño,

inmortal

fachada

e

indeleble.

candidata

para

el

próximo bote, y mientras sostenía la cámara sin seguridad, Ella se había detenido a unos metros del presunto objetivo de la foto. Para la desconocida, quizás la derruida fachada de una óptica. Para él, la inconveniencia de una papelera doméstica arrimada al cordón, y la necesidad de que los grandes cubos municipales embellecieran

el

paseo

comercial.

Burdel salió de detrás del visor y la invitó a


seguir con la mano de qué molestia podría ser, pero el arrepentimiento la contuvo en el aire. Podía

haberla

captado

con

aquel

cubito

inexplicable, que nos atrapaba la figura sin necesidad de posar, y sin que debiera pasar por la villa un artista ebrio y lujurioso, que hiciera sonar al prostíbulo del margen como un gallinero Bajó

la

invadido mirada

Ahora,

según

quitar

la

le

por

un

enseguida habían

película

e

y

ordenado ir

a

la

zorro. disparó. tenía

que

farmacia.

Su esposa Perla lo había abandonado por un viandante judío. La causa expuesta había sido su

temperamento

hiper-ansioso,

así

que

desmontó con cuidado el aparato, compró dos vidrios, retuvo un poco la inelegancia de su paso bolsón hasta la casa, ubicó el lugar para


una copia de buenas dimensiones, y constató la necesidad superior

o

la

conveniencia

de

iluminara

la

que

una

luz

foto.

Sólo entonces se apuró a sacar la película de la cámara y de su tambor, y meterse la larga oruga de plástico, que se enroscaba mañosa, en el bolsillo. No podía saber, así, a ciegas, en que

segmento

de

la

tira

aparecía

la

desconocida, por lo que se puso el abrigo de invierno,

de

bolsillos

profundos,

en

pleno

abril. Ya era suficiente. Podía ir con tranquilidad a la farmacia y pedir el revelado, sin sentir que era dominado por sus impulsos ansiosos. Tembló un poco ante la sensación de plenitud. Era todo demasiado sencillo y perfecto. Pitó el cigarrillo con fuerza y caminó a marcha forzada

hasta

la

farmacia.


—Artrósico, preguntó

¿qué

puedo

el

hacer

por

usted?

farmacéutico

calvo.

Burdel comenzó a sacar la víbora contorsionada del bolsillo, con una sonrisa que crecía en importancia

y

proporción

en

abandonaba

la

El

satisfacción que

el

en

rulo

madriguera

de

del

farmacéutico

la

misma

película bolsillo. sonrió.

—Artrósico..., me contaron del nuevo método para registrar a los candidatos al bote de basura.

Ya

sabía

yo

que

iba

a

producirte

inconvenientes. De todos modos, el tiempo es lo único que no se recupera. Todo lo demás...

Burdel

casi

se

lanza

a

la

captura

de

la


película

velada,

arrojaba

en

mostrador,

cuando

una

junto

el

farmacéutico

papelera, a

su

pie

detrás bien

la del

calzado.

—Ahora, tenga este rollo nuevo. Tómelo como un obsequio. Y ¿sería mucho pedirle que le tome una

fotografía

a

mi

tacho?

Quiero

comenzar

gestiones para que lo repongan, con uno de modelo

nuevo.

Burdel se mascó el labio inferior. Y miró el bote Alguien punto

destartalado arrojó

una

invisible.

de

la

bola

de

El

tarro

farmacia.

papel

desde

un

comenzó

a

tambalearse y se desplazó unos centímetros.

—Está

tan

estuviera

aboyado vivo

que

—notó

hasta el

parece

que

farmacéutico.


Burdel

puso

su

palma

sobre

el

pecho,

sin

solemnidad, sintiendo la carrera de chinchilla de

su

corazón

a

toda

máquina.

—Oh, sí, ya lo creo —dijo Burdel tomando el nuevo

rollo—.

Por

cierto,

mi

nombre

se

pronuncia... os Pantalones Muertos Se puede decir ¡No! hasta el último par de pantalones. último

Yo

he

pantalón

vivido

este

al

año.

límite Luce

un

de

mi

poco

desbraguetado y algo despeinado en los bajos; los

fondillos

blandos,

el

jean

roído,

el

celeste a la piedra pálido como una clínica nueva.

Sabía

que

un

rajón

más

me

haría

contraer afonía. Pero, aprendí a acuclillarme


para buscar monedas debajo de la cama, porque un cataclismo de costuras traseras y quedaría simplemente

afásico,

muerto

de

la

garganta

para arriba. Se produciría ese instante ínfimo de raj que te condena al abismo para siempre, cuando

la

roña

pasa

a

ser

tu

interlocutor

postizo y ya nadie te pregunta si querés. Al

borde

de

mi

último

pantalón

empecé

a

desgañitarme: ¡yo no elegí, pero quiero! Fui a la

biblioteca

a

consultar

el

diario

del

domingo y embarullé las páginas hasta llegar a la columna de trabajo. Los avisos de formato estaban fuera de mi alcance, así que tildé robóticamente convocaban

los bajo

encabezados fórmulas

que

me

humillantes:

Muchacho, Joven, Chico. Primera vez en toda la vida útil de este pantalón, que contengo el tinguiñazo de tinta en la zona de Cadetes,


porque se le habían fundido los pulmones a la Vespa del 65. Tenía que presentarme en una colchonería, ese mismo lunes entre las 9 y las 15 horas. Tres menos cuarto de la tarde y la fila de perneras agonizantes

no

era

excesiva.

Escondí

la

compasión en la culata del cigarro al verle los pantalones al tipo de adelante. La pana verde musgo sufría de un impétigo fulminante en

las

caderas

emergido coraje

de

un

para

Encendí

y

rodillas.

pantano

sacarlo

otro

yo

Parecía

caliente. mismo

cigarrillo

y

de

se

lo

recién

No la

tuve fila.

ofrecí.

Consumido hasta la mitad, alargó la mano y lo arrojó

a

la

calle,

llevó

sus

inmundos

pantalones detrás de la puerta de vidrio, y salió

pocos

segundos

después,

sudor nervioso en la cintura.

secándose

el


Mi turno. Me puse delante de la mesita de plástico y una dentadura mecánica me invitó a sentarme.

Desde

la

única

oportunidad

de

confort ergonómico que el empleo ofrecía, me crucé

de

piernas

para

mostrar

la

intacta

tersura de la pernera izquierda y, de paso, esconder la bragueta. Después de unos ujums aprobatorios que la dentadura gruñía sobre mi currículum, perdí la esperanza de tomar café. ¿Tiene alguna experiencia previa en el rubro de la colchonería? Sí, por cierto, mi padre era colchonero y yo solía ayudarlo con... ¿Trabajaba en una fábrica? Oh no, era colchonero ambulante, de pueblo, porque esas cosas... lo recuerdo en mi pueblo


natal, conduciendo su carro de lana y haciendo sonar

su

armónica.

Usted

sabe...

para

anunciarse. Una vez... Aquí dice que usted nació en Montevideo. Sí

claro,

pero

entramos

en

aquel

memorable

proyecto del Instituto de Colonización. ¿Lo recuerda? Veo.

¿Ha

trabajado

en

depósito,

carga

y

descarga, estiba? Comonó. ¿Tiene alguna referencia laboral congruente? Sí,

en

la

zona

caligrafiada

aparece

el

teléfono de alguno de mis antiguos patrones en el rubro. ¿De qué zona es la característica 877?


Nueva Normandía, atrás del Cerro. Correcto, señor Burdel, analizaremos la info y de ser así lo llamaremos. ¿De ser así? ¿De ser analizada? Perdón, usted es mi entrevista número noventa y

pico,

es

natural

que

acuse

un

poco

de

por

la

cansancio. De

todos

modos

le

quedo

agradecido

atención y el café. Adiós. Probé

en

el

mundo

de

la

carpintería.

Los

hombres levantaron sus pieles del suelo y las llevaron a las yacijas de madera, mucho antes del

nacimiento

del

superfluo

colchón

espuma. ¿Tenés alguna experiencia en carpintería?

de


¡Oh sí!, mi padre era luthier, y aprendí parte del oficio. Llegué incluso a construir algún barco a escala. ¿Sabés para qué se usa esta herramienta? Es una plancha... una plancha de madera. ¿Y ésta? Los términos del luthier no coinciden con los del

carpintero

tradicional,

usted

lo

sabe.

Pero recuerdo que mi padre le decía... rulo neumático. ¿Rulo neumático? Exactamente. Bien. El puesto del aviso ya está cubierto, pero si surge cualquier oportunidad, quedás a la cabeza de la lista.


¡Oh, bien!, entonces estaré atento. ¡Al

tope

de

la

lista,

ridículo!

¡Al

tope

de

comprarte

un

pantalón

quedás, la

pedazo

lista!

decente,

de

¡Andá pichi

a de

mierda! ¡Rulo neumático y la re puta que te parió! Otro retroceso en la historia de la involución humana y esperaba mi turno en la cola, frente a una peletería. Al pararme en el mostrador, una albina cadavérica, me solicitó un momento con

el

dedo

mientras

tomaba

una

orden

por

teléfono. Colgó y la garabateó en la libreta. Esta vez decidí tomar la iniciativa. Quiero que sepa que mi postura ante la caza furtiva de especies en peligro de extinción es de lleno despreocupada.


Es bueno saberlo. Y

el

hippismo

y

el

veganismo

y

el

ambientalismo no son otra cosa que delirios de cerebros reblandecidos por la marihuana o la resistencia a la carne. Bien, respirá. Bueno. ¿Podrías hacerme un mandado? Llevá esto a la calle Paullier, a la señora Ruiz de Boulanger. En el papelito va la dirección. ¿Quiere decir que tengo el trabajo? No,

quiere

decir

que

tenés

una

entrega

remunerada… por ahora. Le besé la frente y corrí hacia Paullier con el tapado gris sobre el pecho. La cabeza de


perro que remataba la estola peluda, colgaba en la espalda, expresiva como un yunque. El abrigo estaba congelado. Le susurré al oído al portero electrónico y trepé al ascensor, un pedito furtivo y ya me siento traspasado por la mirilla de la puerta. <<Sí, ella me envía. ¿Cómo que se equivocó de tapado? ¿Este no es el suyo? Es verdad, el detalle

de

la

brutal,

usted

cabeza

me

parece

una

parecía

un

poco

mujer

de

otro

refinamiento. Es lo que quise decir. Bueno. ¿Nutria? Ya vuelvo, entonces.>> <<La señora del panadero dice que el tapado no es suyo. Bueno... ¿En ésta percha de acá? No, de hecho hay dos perchas. ¿Sí, la veo? ¿Palito para pantalones? ¿Pantalones de piel? Bueno, no

tenía

por

qué

saber

que

era

también


tintorería. En el aviso no decía... olvidate. Sí,

me

dijo

que

era

de

nutria.

Y

que

no

conservaba la cabeza. ¿No tiene un rotulito con su nombre ni nada? Oquei, ya vengo.>> <<¿De nuevo? ¡Pero hace un momento me dijo que era de nutria! ¿En qué quedamos, de nutria o de

bisonte?

Juraría

que

V-I-S-O-N. usted

Pero

dijo

¿está

segura?

NU-TRI-A.

Bueno,

enseguida vuelvo.>> <<¿Cómo que este tampoco es? Por favor, esta es

mi

primera

entrega,

necesito

que

me

entienda. En el caso de que no sea suyo, y ella

me

dijo

que

este

tenía

que

ser,

¿no

podría aceptarlo? Cuando usted pase de nuevo por

la

peletería

buscarlo. verdad.

Bueno, Claro,

yo

mismo

me

uff,

muchas

¿dónde

quiere

comprometo

a

gracias,

de

que

se

lo


cuelgue? Compermiso. ¿Dividiendo los azules y los blancos? Bueno. ¿En esta esquina de acá? Sí, tiene razón, ahí queda perfecto. Oh, se lo agradezco

mucho,

aunque

vergüenza

aceptarle

la

me

da

un

propina

poco

de

cuando

no

cumplí con el trabajo. Pero apenas usted vaya por allá, me comprometo a encontrar su tapado. Ay, ¡miércoles!, se fuabajo de la mesa. No, no,

no,

no

se

preocupe,

yo

la

recojo.

Le

aseguro que este ha sido el primer día de trabajo más estresante de mi vida. Jajaja. Sí, déjeme juntar la moneda y ya la atiendo. A ver, a ver... ah sí, ahí está...>> ¡Raj! ¡croj! ¡arraj!. <<¡Ay Pucha!.>> -

Señor

Burdel,

nos

ha

dejado

muy

impresionadas a mi hermana y a mí. Y las dos


hemos llegado a la conclusión de que es capaz de resolver con soltura los imprevistos con que se encuentra cualquier repartidor. También me contó sobre el incidente de la propina. Pero descuide, el trabajo es suyo. Vaya a su casa,

cámbiese

de

pantalón

y

regrese,

así

puede completar el horario de la tarde. ¿Cómo que no puede aceptarlo? ¿Está usted seguro? Sí,

cómo

no,

como

usted

quiera.

Pero

debo

admitir que no entiendo mucho que rechace esta oportunidad. ¿Le molestó la pequeña prueba? ¿No

fue

eso?

Bueno,

como

usted

desee.

Veamos... trabajó una media hora, así que si el

salario

estipulado

hora... aquí tiene 50.

era

de

12

pesos

la


Biografía

Sentimental

POLYESTER

Mantenerse empolla crían,

sentado

una con

idea

o

significa

ora

desilusión,

paciencia

y

otras

ora

que que

se se

japonerías,

callos en el culo. Tardé veinticinco años en cultivar

un

culo

coralino.

Quiero

decir,

permanecí sentado por tanto tiempo, que podía dar cabida a líquenes, musgo, plancton, en las rocosidades de los glúteos. En alguna medida, yo también preferiría hablar de telarañas o difuminación de la raya, pero no alcanzo a describir mi situación de otra forma que a través de callos y coral. Criando callos en el culo se puede ora alimentar a todas las formas


pusilánimes de vida, ora pedorrear y crear un cementerio marino. El callo de mi aislamiento sedentario era todo un ecosistema. Un arrecife con

su

toque

de

acuarela

psicodélica.

Vivo

vivo. Suficiente quietud para dar cabida a la digestión suave, herniada, y colorida de mis moluscos huéspedes.

Cuando una mujer irrumpe en la vida, sembrando caos

como

cosaco

en

judería,

se

puede

ora

revivir y perder la película de callo antes criada, ora convertirse en un arrecife muerto. Al

pasar

Poly

por

mi

vida,

mató

toda

la

fauniflora del atolón. Por lo que, haciendo un recuento callos,

veloz

y

arrecifes,

sin

detalle

culos

y

de

figuras:

Poly;

pueden

imaginarse que hoy, a demasiados días de mi sedentarismo

vital,

y

a

pocas

horas

de

mi


ruptura

con

mandril:

Poly,

con

el

mi

aspecto

culo

es

encarnado,

el

de

un

calloso

y

reventón. Tan de piel muerta y capa caída. Con un culo así no se puede volver a tomar asiento. Con dos culos así... no quiero ni imaginarlo. Rechazo imaginar la situación siquiera con un culo Una

y silla

medio rústica

de

tendría

esos.

problemas

para

ubicar en alguna posición social a ese culo intocable. Imaginadlo: ¡La

más

repudiaría!

¡un

culo

ergonómica ¡El

más

y

medio

de

las

dúctil

de

de

esos!

sillas los

lo

pufs!

Antes de que Poly tropezara conmigo, mi vida era ordenada como una morgue. Y fría como una estufa rota. Refrigerada como una morgue... y como una estufa en penitencia. Poly aumentó un


poco la temperatura de mi vida. Pero era una chica inestable. Frío a caliente a frío en lo que se aparta y acerca la gallinita ciega del trofeo.

Mi

vida

con

Poly

fue

una

pasteurización. Cuando

rompimos

—Ester,

seguiré

le

dije

amándote

en

a

ultratumba.

Poly

—La

Poly:

respondió:

leche

se

cortó,

Apócrifo.

Y

Cuando

leche

la

querido

cuando

la

cuaja,

ora

muy

leche se

querido cuaja...

inventa

una

receta de salsa eslava, ora el más apetitoso pezón Ya

se no

vuelve quiero

chupete pensar

de

creolina. en

Poly.

Cuando pienso en ella ora me produce comezón.


JUNKIE

Conocí

a

Yonqui

antes

de

nuestro

primer

almuerzo juntos. Incluso un poco antes de su muerte inexplicable. Por fidelidad a la verdad debería admitir que ―tropecé‖ con Yonqui antes de

nuestro

primer

almuerzo

juntos.

Pero

la

fidelidad es el pienso de la monotonía y la rutina.

Por

eso

resulta

aconsejable

que

no

hagan coincidir su monótona mentalidad y su idiotez rutinaria con el aspecto general de sus

vidas,

autenticidad

o

un

repugnante

se

quedaría

con

tufillo el

de

ambiente.

Cuando di la vuelta al vértice de un edificio


moderno,

proa

penitentes,

sin

me

mascarón

encontré

ni

frenado

marinos por

la

incapacidad de giro de su cabeza, entre uno de mis

talones

y

otro

de

mis

empeines.

Así tropecé con la cabeza de Yonqui, un costal de ideas ardidas abandonado en medio de la vereda. Pálida como la desilusión de una remolacha. Flaca como una mitad de barbie. Sola como la varilla

negra

de

un

mikado

resuelto.

Yonqui amaba los panchos y la cerveza. Así que, con un hombro ocupado por su flema y el otro dislocado por la culpa, la llevé a la cervecería y panchería ―Cervecería y Panchería de Montevideo‖. En el bar, a cuenta de sus frecuentes

idas

diagnosticar

su

constreñida.

Esta

al

baño,

enfermedad. oposición

por

fin

pude

Incontinencia dialéctica

se


resolvería extremis.

en

una

Los

síntesis

pliegues

de

mi

dolorosa ceño

in

hacían

pública mi capacidad de experimentar el dolor in extremis de aquel padecimiento, en carne propia. Me corrijo, por fidelidad a la verdad, aunque la fidelidad...: el mío no era un dolor in

extremis,

sino

extremis

los

tormento

mental

in

mentis.

atormentados; reflejo.

el

Pero,

No mío no

eran

mis

era fue

un

sino

hasta la tercera vez que se paró al baño que llegué a esta conclusión. Hasta entonces debo reconocer que mi perplejidad me cegaba a la verdad. No es fácil desentrañar la utilidad de una

cuchara

sopera

a

la

hora

de

pedir

el

baño.

Fuimos tan felices con Yonqui durante las seis horas del mes en que se mantuvo despierta y


alejada de los requerimientos de su meditación mística. Incluso llegó a reír como un perro con asma durante un minuto y medio, antes de pedirme la billetera y desaparecer. Cuando me dijo:

―Papi,

acabo

de

podrías

vos

darme

sabés

mi

última

conseguirme

entonces

supuse

que

algo

que

estoy

dosis, más

quería

enferma, creo

heroico‖.

reemplazar

que Y los

ineficaces reguladores intestinales, a base de fruta abrillantada, por un laxante de efectos épicos. La tristeza me embargó todos los muebles de la conciencia cuando supe de su muerte. La pena inmueble único

por

sobre

la

muerte

lo

que

del

prójimo

retenía

el

era

lo

título

patrimonial. Todavía me corroe la duda de si habría muerto Yonqui si, a contrapelo de mi tacañería

célebre,

le

hubiera

comprado,

no


una,

sino

dos

cajitas

de

popox

500.

TULA

Demandar a alguien por el uso impropio de tu gabardina me resultaba tan ridículo entonces como

ahora.

Una

mujer

desconocida,

que

se

aprieta contra vos, bajo los flecos histéricos de

una

lluvia

considerada

una

hospitalidad, tetilla.

Por

de

invierno,

advenediza así eso

que

acabe no

no

puede

abusa

de

mordiéndote interpuse

ser tu una

ninguna

resistencia jurídica a la invasión de Tula, cuando abrigo,

se

enroscó aquella

como

una

noche

serpiente de

de

junio.


Sé que el desparpajo de mi hermosa concubina ya les ha inspirado una imagen de chica alegre y desarreglada. Pues no. Tula era tan amargada como perfeccionista. Si la vieran de talante rutinario por la casa, llegarían a dudar que tuviera centros sensibles. Sólo disponía de aquellos

inmensos

ovarios

retóricos

que

le

hacían castañear la dentadura, entre gritos de pitonisa.

Hablé

de

la

serpiente

de

abrigo

y

de

los

gritos de pitonisa, y debo admitir que no son las únicas semejanzas de Tula con los ofidios. Lograba ubicar al género de ―lo ponzoñoso‖ en el

botiquín

trataba

de

de

primeros

cenar,

por

auxilios.

ejemplo,

Si

uno

encogido

y

silencioso, en el hueco dejado por mi cocina y su refrigerador, y era descubierto por aquel


par

de

ovarios

acababa

humanoides

deseando

en

abrir

un

el

día

malo,

botiquín

y

auxiliarse con un poco de veneno. Yo empecé a ver a la muerte como la hermana de la salud; la

parienta

adinerada

Por

ejemplo,

si

Tula

de

la

descubría

felicidad. uno

de

los

pelos borravino, y por eso inconfundibles, de nuestro perro Termidor en alguna que otra de mis tres solapas, me sometía a una inquisición tan implacable, que hasta Cristo se declararía culpable

de

masoquismo

y

autocrueldad.

Al

escuchar su voz destratando mi nombre, «Antr [FALTA TEXTO]», la nuca se me hacía un nudo corredizo

y

me

empujaba

atrás,

produciendo

característico.

Ejercía

un

control

la el

laringe

ahogamiento

«Vas[FALTA

tan

hacia

dedicado

TEXTO]».

sobre

mi


existencia, que los únicos pelos que se me podían pegar, eran los de la alfombra persa o los de Termidor. Pero las causas más probables son las que generan más escepticismo, así que aprendí

a

tergiversar

algunos

puntos

de

mi

historia: ¿No viste el viento que hay? Quizás una mujer de pelo corto, violeta y grueso, que se lava con champú de mascota, confiada de que un producto más radical solucione su problema de grasitud, fue rapada por una ráfaga y me contaminó el traje». A lo que ella respondía: «Si [FALTA TEXTO]». En circunstancias así uno se da cuenta de que saber improvisar, no es sinónimo

de

éxito

argumentativo.

—Quizás tengas razón. Tal vez no haya quedado al rape, pero un fragmento de cerquillo...


—Entonces...

¿De

quién

estamos

hablando?

Contameló.

—Tal vez y sólo tal vez... de la señora de Patitiesa.

—Oh, ya veo, de amoríos con tu secretaria. ¡Podrías

haber

resultado

un

cerdo

más

original! Pero no, si sólo podés revolverte en la peor porquería. Todo mediocre. De nuca a talones. Abusando de tu posición, y abusando de

mi

confianza

al

mismo

—Mi

—¡Chitálaboca

tiempo.

am...

hijuputa!,

¿pero

qué

tenemos

aquí?, el señorito revolcándose con su puta de


vintenes, mientras yo sufro de los ovarios.

—Tula,

Querida...

Y no había tulaqueridas que la conformaran. A medida que nuestra relación se afianzaba, fui descubriendo pequeños trucos para mejorar la

convivencia.

Adquirí

una

aspiradora

portátil y descubrí la forma de olvidar el algodoncito tímpano,

del

hisopo

desenroscándolo

en

la al

cavidad disimulo.

del Un

sistema muy sencillo de elevar los niveles de comprensión conyugal. Pero, si bien realicé unos cuantos trucos más —sustituir la esponja y el cepillo por la piedra pómez, para evitar que mis propios cabellos fugitivos levantaran sospechas—,

y

conquisté

una

muy

saludable

sordera, hacia el segundo año, las garras de


la

decrepitud

rostro

empezaron

a

a

desfigurarle

nuestra

el

convivencia.

Fue entonces que aparecieron los rastros de arsénico tumba

en

de

mi

sangre.

mi

Les

fidelísimo

juro,

sobre

perro

la

Termidor

descansempaz —a diferencia de mí, el pobrecito no resistió el envenenamiento—, que no imagino la

forma

caía

en

que

tan

sistemáticamente

desagradable en

mi

liquidito

plato.

Tula

me

acusó de ser un enfermo imaginario ante los primeros síntomas de intoxicación. E incluso en el juicio sobre el asunto, me acusó de querer

apropiarme

de

su

herencia.

Mis

explicaciones no fueron muy atendidas durante el proceso; juré solemnemente sobre el cadáver de

mi

compañero

intenciones

de

caído,

recuperar

los

que

no

bienes

tenía que

le


había

cedido

a

mi

esposa,

y

presenté

como

prueba mi testamento final, donde la hacía la heredera universal de mi colección de monedas, cuyo valor en el mercado numismático es de unos... cuatro dólares. Pero es verdad que en ningún caso, ni yo, ni mi defensor —un muy amable nuevo amigo de Tula, que me presentó en la cena de navidad— pudimos imaginar cual era el origen de aquella sustancia peligrosa. Y si bien, juré —e incluso, debo admitirlo, perjuré débilmente—

que

incriminarla

en

mi un

intención crimen

no

pasional,

era tan

metódico y calculado, para despojarla de todas sus posesiones, en aquel juicio perdí a Tula, a nuestro nuevo amigo —quien me fue presentado en

la

última

cena

de

navidad—

y,

para

solventar los honorarios de mi dedicadísimo abogado: mi bollón de monedas, cuyo valor en


el mercado numismático, debía ascender a ocho o dieciséis dólares.

La

ruta

del

tabaco

I.

Dos, tres, cuarto pasos: ¿quién dijo que el fracaso existe? Tres más, rascando el cuerpo de cobra del afluente que descansa la cabeza, como

tantos,

en

el

amplio

boulevard.

Desincrustando

espléndidas,

hechas

todavía

aferrados

cuatro

pasos

a

más.

de la

abdomen sus

escamas

cúmulos

de

fibra.

Dos,

¿Quién

del

dijo

tabaco tres,

que

la


injusticia ha desovado en el mundo? Las larvas de la justicia regadas en las paradas de los ómnibus, protegidas por los cordones sólidos y heroicos como mentones de pastores antiguos, al

pie

de

las

catedrales

demencialmente

grandes, sofisticadas yacijas de indigentes. Por cierto, me enfurezco, dos, tres, cuatro pasos, y un cadáver entero arrojado a la fosa, por

el

delito

cuestionable

de

partirse

la

reparable espina. Le prometo que mis labios le servirán de sepulcro, con cierto beso que uso para Acecho

las a

mejillas una

de

mujer

las

que

niñas

se

ha

morenas.

arrimado

al

cordón con el cigarrillo en alto. Me recuesto con higiene en la plancha de publicidad de dentífrico. ansiedad, mientras

Persigo la

la

sin

horquilla mujer

pudor, de

escudriña

dedos las

pero

con

ahumados, caretas

de


tres

ómnibus

forcejeando.

que

Los

asumen

miopes

son

la

avenida

unas

máquinas

vomita-desperdicios muy productivas en estas circunstancias. El destino del transporte les salta a la cara en un violento redepente. Las colillas

caen

frotada.

¿Y

aplasta

sus

victoria

de

como

qué

se

lagañas, la

lagañas diría como

vigilia...

asumiría

de de

una

cara

alguien

exhibición dudosa?

el

que

de

la

Yo

no

riesgo.

Su ómnibus es el último. Lo avista a tiempo. Perra suerte. El cigarrillo rebota en mitad de la

avenida.

Avenida Rivera y su indigente majestad, en la comba

liviana

boulevard.

Sin

que

se

dudas

perfila no

puedo

hacia

el

llamarle

catedral a la pequeña iglesia que brota en Acevedo

Díaz,

apolillada

desde

la

base,


buscando

el

cielo

sin

poder

todavía

descalzarse el baldío dónde se cimentó. Todo en su debida proporción; ¿incluso la amorfia? me

vi

forzado

a

preguntar

de

niño.

Vetas increíblemente rubias se arremolinan en los lugares previstos. En la ciudad todo se defeca

muy

ordenadamente.

humeantes

aislados

mejores.

Uno

recolección, Fortuna.

e

¡Incluso

incidentes

imprevistos

acaba oficio

Los

por de

no

son

llamarle

miserable,

cigarrillos

los

sino

prendidos

con

marcas de rouge! El fuego, la pasión, el beso de

una

mujer

milímetro

-

Ya

tenemos

desconocida de

agolpados

papel

suficiente

y

de

tu

en

un

fibra.

mierda

del

tabaco. – dijo y se rascó – Ahora desembuchá que es lo que realmente te trae por acá.


- La mierda del tabaco – dije y me rasqué como reflejo. - Dos ladrones no pueden mirarse sin reír. – me dijo tras herirme con las brasas aguadas de los ojos - ¿Acaso ves que la risa me haya secuestrado -

la

cara?

admití.

No Entonces,

¿cuál

de

nosotros

no

es

un

ladrón?, decime. – y arrastró sus ojos por el suelo, de una forma tan leve y sedosa que nadie podría acusarlo jamás, ni siquiera ante una corte de justicia, de que hurgaba en la bolsa

vacía

de

la

ciudad,

en

busca

de

escoria. -

Supongo Bien,

que

chiquito,

yo.

entonces

no

respondí. jodas.

El

boulevard y sus afluentes son míos. Todos los pliegues

de

mi

bozo

lo

atestiguan.


La ficción de un fumador autosuficiente que trota el boulevard, de camino a afanes vanos, se

rompió

condón,

desde se

su

rasgó

dejándome

cima

inflamada

hacia

en

el

como

un

fundamento,

profusas

pelotas.

- Veo que ahora sos un poco más coloquial. Ahorrate

las

simpatías,

soy

un

hombre

despiadado. - ¿Coloquial?, sólo intentaba tratarte como a un -

igual No

cotidianizando

somos

iguales.

Yo

las no

metáforas. usaría

esas

palabrotas. Vos todavía te considerás un héroe del estiércol de tabaco. Yo lo sé, soy un esclavo.

¿Ya

trazaste

tu

ruta?

- Sí, claro, aunque la estoy perfeccionando. - Te ahorro el esfuerzo, es la ruta la que te succiona, la que te elige. Sin darte cuenta empezaste en una ruta original y ahora tu ruta


es

mi

-

ruta.

Yo

no

quise...

- No importa lo que puedas querer o creer, sos un esclavo, tu libertad lleva una cadena como mordaza -

y Pero,

freno.

jamás

me

sentí...

- ¿Ya le pusiste un discurso a tu sonrisa? -

Claro...

Le

Dejámelo entregué

la

página

y

ver. empezó

a

reír...

- ―Soy un parásito del tabaco, un azote del placer. Estaré ahí digiriendo los restos de tu cigarrillo mientras la boca se te desvencija de arrepentimiento y deseo contrariado.‖, ja, ni siquiera conociéndote imaginaba algo tan horrible -

Hasta

que

no

y

ridículo...

Creí

que...

combatas

tu

credulidad

no


tendrás una vida. – y continuó leyendo – ―Soy el guante de hierro que estrangula la teta cuando

querés

mangueras

de

deshidrata herirla

lo

la

con

mamar.

pie

surtidores.

piedra el

El

antes

cayado.

Un

sobre

las

sol

que

El

de

que

puedas

tabaquista

sin

tabaco. Hermano de Judas, sobrino de Caín, un rey

volcánico

legumbres somos

que

la

gran

roba

latencia cosa!,

y

de

tus

pasturas

del

fuego.‖,

vos,

mucho

ja,

y

¡no

menos...

- Me parecía adecuado, llegué a pensar que lograba

un

poco

de

tensión

poética...

- En vos, la nicotina demuestra su ilimitada capacidad

de

perjuicio.

Tu

esclavitud

conforme, tu altiva estupidez, disuadiría a dejar de fumar mucho más eficazmente que esos pulmones

carcomidos

que

te

enseñan

en

las

campañas de sanidad. ¡Este discurso es por sí


mismo, la más feroz censura al tabaquismo!

II

- Señor, está prohibido fumar en el avión. -

¿También No

hay

extensión

en

un

el

sector del

sector fumadores aparato,

fumadores? en

toda

la

señor.

Le entregué el cigarrillo encendido luego de hacer unas piruetas infructuosas en el aire, buscando donde aplastarle la cabeza candente. -

Soy

un

sector

fumadores,

encarnado.

protesté. - Por favor, señor, debemos cumplir con las disposiciones. – la vi aspirar el humo del cigarrillo con golosina, antes de hundirlo en un Primero

vaso

con

hielo. refunfuñé:


- Viajamos a Roma, no a Miami. – y mecí la carne de las espalda sobre el asiento, hasta untármelo

uniformemente.

Un pasajero con el pelo lustroso, medias de nylon y maletín, miró con desprecio por encima del

hombro

izquierdo.

Proseguí: -

Cuáqueros.

Malditos

puritanos.

Besan

las

cadenas con la desesperación que un berebér usa para el agua escasa de los tallos y los insectos. Estampas patéticas de campesinos que reniegan de su hambre saludando al señor. Por unas pocas libertades nominales renuncian a la verdadera libertad. La libertad del cuchicheo público ¡Incluso

no

vale

creen

las que

cadenas tienen

de

una

un

orden.

vida!

¡Qué

escándalo! OH, mierda, necesito el tabaco. La

azafata

volvió

hacia

empujando

el


carrito con la pelvis. Rebasó mi asiento con su carga de paquetes individuales, y me colocó una

mano

-

firme,

Por

acerada,

favor,

en

señor,

el

hombro: cálmese.

Me enseñó el asiento delantero del que emergió una maciza cabeza de negro inspeccionándome la cara

desde

el

lugar.

- Sólo trataba de discutir un punto con mis compañeros -

Está

de disculpado.

viaje.

Ahora

sírvase

una

almohada. - Es mi primer viaje en avión, en realidad, no quisiera

dormir.

- OH sí, es conveniente que duerma, si no lo hace no podemos asegurarle que llegue en su actual

posición

al

aeropuerto.

- OH bien, imagino que esa pastilla es para inducir

la

animación

suspendida.


- Por supuesto, usted tómela, está indicada para

sujetos

como

usted.

- Una dosis de escofina para los temperamentos demasiado

rústicos.

Créame

que

ya

estoy

acostumbrado. La

azafata

puso

su

mano

sobre

mi

hombro

izquierdo y ayudó al pequeño vasito de agua mineral a perder su líquido a fondo. Sentí sus uñas abrillantadas amenazando el cuello. Me felicitó

con

voz

de

institutriz

harta

y

susurró: - ¿Podrías tratar de alivianarme el trabajo? Por

favor.

- Claro, preciosa, te dejaría liviana como un papel. -

Bueno,

ahora

descanse.

Y volvió a abebar los labios y el gesto para los

cuáqueros

de

adelante.


Amanda había discontinuado el relato de sus viajes, durante el incidente del cigarrillo. Me había contado las sensaciones sufridas en cada

uno

de

aterrizajes.

El

sus

ochenta

pánico

de

despegues sus

y

doscientas

entradas en turbulencia. Ya podía declararme arrepentido de haberle contado cínicamente mi primera

impresión

de

vuelo.

- Ahora sé lo que siente la bolita de Newton del -

OH,

medio. la

Francisco

primera para

vez

reunirme

le cuando con

dije. viajé

los

a

San

hippies

y

aprender a cortar el cabello, el avión reventó una

llanta

y

se

despistó…

Entonces vinieron postales fugaces y aburridas de New York, Miami, Toronto, París, Londres, Berlín,

Sttutgart,

Budapest...

Bengala,

Madrid, Nueva

Praga, Delhi,

Sofía, Shangai,


Tokio, Camberra... las bolitas de Newton se abrían

como

amenazaban

piernas

con

representaba

la

en

de

bailarina

perpetuidad.

mi

mente

una

go-go

Cada

y

ciudad

succión

de

despegue y una agitada de aterrizaje. Jamás había

aterrizado

en

un

avión.

La

eternidad

sólo es fastidiosa cuando se nos insinúa y nos reclama

como

sus

testigos.

- ... Sai Baba y fue fantástico. Puedo decir que me encontré a mí misma, y aprendí a ver la verdad de las cosas. Las cosas simples de la vida: lo grande en lo pequeño; lo lleno en lo vacío; la libertad en el gorrión enjaulado... -

Necesito OH,

¿estás

un loco,

cigarrillo. en

un

avión?

- Necesito un cigarrillo en cualquier parte. -

¿Quieres

-

No

que

gracias,

te

enseñe

todavía

lo

a

respirar...?

consigo

por

mis


propios

medios.

- Digo, ¿ya te conté cuando aprendí a meditar en

un

Hurgué

campamento

mecánicamente

cercano

en

el

a...?

bolsillo

y

el

hermoso cilindro se irguió como una columna de un orden demasiado sereno para el mundo. Vería la columna de Trajano. El camello pardo ya insinuaba los relieves exóticos. El olor del chocolate

ya

equivalía

al

peso

del

botín

dacio. - Señor está prohibido fumar en el avión. -

¿También

en

el

sector

fumadores?...

Amanda retomó el relato en el punto exacto dónde

lo

había

dejado.

- ... mi vida mejoró tanto después de que aprendí a reconocer lo maravilloso en lo ruin; lo generoso en lo mezquino; lo fabuloso en lo real...


-

Voy

al

baño.

- Está bien, cuando vuelvas tengo una serie (infinita)

de

anécdotas

para

contarte...

Lo fastidioso en lo amable; lo fastidioso en lo comunitario; lo fastidioso en todas partes; lo

fastidioso

pegado

a

mí.

Encontré el baño. Lo único relevante de un baño

de

puerta

avión como

es

que

plegadiza.

puede

bautizarse

Había

tenido

su

pocas

oportunidades de pensar en esa palabra. Por lo demás, uno se siente defecando en una celda del

Comcar,

aunque

una

mucama

invisible

termina aspirándote el culo. Hablaría de la Doméstica

Invisible

con

Amanda.

Había

descubierto que la única forma de cerrarle el hocico, era poniéndose a ladrar un tono más arriba. Instalado en el váter, encendí un cigarrillo.


Saqué la primera bocanada de humo agrisado, con

el

emplear

gesto

de

para

solemnidad una

conmemorativas.

que

suelta

¿Podría

se

de

podría palomas

patentarse

el

descubrimiento de que el humo del cigarrillo es azul cuando surge de la brasa y gris luego de desembolsado por los alvéolos? La chicharra se

puso

a

sonar

inmediatamente.

Nubarrones

ante los ojos. La maldita pastilla empezaba a divulgar

la

náusea,

con

urgencia

de

mala

noticia, por todo el cuerpo. Me presionaba con un tridente romo en la nuca. Caí sobre las rodillas con el labio inmovilizado. Lo peor de ser

rellenado

de

granito

es

que,

demasiado

habituados al movimiento, la primera decisión está

siempre

destinada

a

resquebrajarlo.

Maldita estatua disconforme quise pararme y caí de cabeza contra la base de la puerta


plegadiza. La azafata repetía el monto de la multa

junto

a

la

puerta.

El

negro

macizo

trataba de justificar el atributo plegable de la puerta, sin resultados. Mi lóbulo frontal recibía empuje

todas

las

maniático

evidencias

del

policía

físicas de

del

abordo.

A pesar de que los párpados me pesaban como cadáveres,

pude

entreabrirlos

lo

suficiente

para ver el cigarrillo colgando de mi boca. Horriblemente partido a la mitad, pero todavía humeante. Las manos no me respondían. Podrían haberse desprendido del cuerpo o haberse ido por el inodoro; desconocía su paradero. Sólo estaba seguro de que no volvería a gobernarlas por un rato. Traté de enderezar el cilindro con el mentón, quemándome la barba incipiente. Aspiré,

aspiré,

aspiré

anhelosamente,

casi

contrapunteando los envíos del negro, que ya


estrellaba todo su ingente corpachón contra la puerta. Seguí aspirando por unos segundos sin arrebatarle un miligramo de saciedad a aquella fumada. Enseguida

desarrollé

insensibilidad

respecto

una a

los

plácida

golpes

de

la

puerta, y así pude concentrarme en mantener a la brasa con vida. Pero, eso sí, no dejé ni por

un

segundo

de

maldecir

el

sonido de esa chicharra inhumana.

horripilante


Libro de Burdel