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de sangre ante la mirada indiferente de los transeúntes. Y ya que hablamos del más soberbio de los hermanitos Gallagher, aprovecho para hacer hincapié en que, a finales del pasado marzo, este fantoche fue elegido por los lectores británicos de la revista Q como el mejor frontman de todos los tiempos. ¡El mejor! Tócate los huevos. Para más inri, el cantamañanas admitía estar a la altura del mismísimo Rey del Rock'n'Roll: “Estamos Elvis y yo. No podría decir quién de los dos es el mejor”. Jaja, qué cachondo el tío (porque es una coña, ¿no?). Bien, ehem, mejor correr un tupido velo ante tan bochornosas declaraciones. Volviendo al Ed Sullivan Theater, diariamente el programa de WOLVERINE Letterman cuenta con una deslumbrante estrella del show business internacional entre su lista de invitados. Así, durante mi estancia, las celebridades se distribuyeron de la siguiente forma: Denzel Washington (martes), Whoopi Goldberg (miércoles), Kiefer Sutherland (jueves) y Sigourney Weaver (viernes). ¡Poca broma! Dejando a un lado a los señores Oreo (los amigos Denzel y Whoopi, para entendernos), la perspectiva de dispararle el flash de mi cámara al indestructible agente Jack Bauer o a la intimidante Teniente Ripley resultaba, cuanto menos, de lo más tentadora. Sin embargo, la cordura se impone y optamos por dedicar nuestro limitado tiempo a patear a conciencia la ciudad en lugar de esperar varias horas en la puerta trasera del teatro

(ARRIBA)

PUERTA DE ACCESO AL MUSEO DE INMIELLIS. (ABAJO) PRESTANDO JURAMENTO EN LA REGISTRY ROOM. GRACIÓN DE LA ISLA DE

(por donde acceden los invitados), fantaseando con inmortalizar a alguna movie star. No obstante, llegar a esa decisión no nos impidió, días más tarde, acercarnos a Balthazar y Minetta, dos restaurantes de moda que, según el artículo “24 horas en NYC” de C.M., suelen frecuentar pop/rockstars como Madonna y Paul Stanley, o astros de la gran pantalla como Mickey Rourke y Steve Buscemi. Sin embargo, a ninguno de esos establecimientos llegamos a entrar; simplemente permanecimos en la puerta unos minutos a ver si, por casualidad, entraba o salía algún miembro de la realeza artística. Al final nuestras esperas no dieron su fruto, pero si consideramos las horas a las que nos personamos en los locales (las dos veces pasadas las cuatro de la tarde), es normal que allí sólo quedasen los camareros recogiendo mesas.

MIÉRCOLES 27

La mañana del miércoles la volvimos a pasar en el Downtown; esta vez algo alejados del Distrito Financiero, pero de nuevo con los rascacielos como telón de fondo. No en vano, desde nuestros destinos matutinos (las islas de Ellis y de la Libertad -donde se alza el famoso regalo de Francia-) la imagen dominante es la del skyline recortándose contra un cielo que, excepcionalmente ese día, brillaba con un azul intenso. El frío glacial, transfor.mado en azote a través del viento, seguía, eso sí, igual de impenitente que en las jornadas previas, lo que convirtió los trayectos en ferry de una a otra isla en una verdadera odisea polar. Y sí, soy consciente que visitar el símbolo por excelencia de la ciudad es una turistada y blablabla, pero Wolverine y Dientes de Sable se enfrentaron en su cúspide en la escena final del film “X-Men”, y ése –para mí- es motivo más que suficiente para hacerle una visita. Además, tenía ganas de quitarme una espinita que llevaba años clavada. Y es que en agosto de 2002, apenas once meses después del 11-S, la nación más poderosa del mundo se hallaba sumida en un estado de alerta de nivel DEFCON 2, por lo que una de las medidas que se tomaron para prevenir una nueva masacre fue prohibir el acceso al interior de Lady Liberty (muy probablemente, el siguiente objetivo de los terroristas), con lo cual a los turistas no nos quedó más remedio que tener que conformarnos con un paseo por el pequeño parque que la rodea. Sin embargo, en éste, mi segundo intento por subir a lo más alto del monumento, mi DON’T FUCK WITH VITO gozo se quedó a medias, dado que al no CORLEONE, AMIGO. haberme inscrito a través de internet en una larga lista de espera que permite el acceso a la corona de siete puntas de la Estatua, sólo pude ascender hasta la terraza del pedestal sobre el que se sustenta el coloso. Aún así, la sensación de saberse dentro de una de las protagonistas de “El Planeta de los Simios” es muy excitante. Y, como podrás comprender, no pude contenerme a la hora de espetar “¡Maniáticos, lo habéis destruido! ¡Yo os maldigo! ¡Os maldigo! ”. La carne de gallina, claro está. No menos solemne es el interior de la antigua Oficina de Inmigración, convertida ahora en museo y ubicada en Ellis Island. Cabe recordar que en la Registry Room, la sala situada en su primer piso, se rodó una de las escenas clave de la trilogía “El Padrino” de Coppola, aquélla en la que, debido a un error burocrático, al pequeño (y futuro Capo de la Cosa Nostra) Vito Andolini le cambian su primer apellido por Corleone, el nombre de su pueblo natal. Pero Ellis no vale la pena sólo por esta sala; la muestra de fotografías y documentos de la época, y la colección de objetos personales que pertenecieron a los primeros inmigrantes resultan también muy interesantes.


Y tras la visita cultural de rigor, llega la hora de la comida. Pero hoy no la tomaremos en un establecimiento cualquiera, sino en uno con clase y elegancia; y qué mejor que Tribeca Grill (375 Greenwich Street), el restaurante propiedad de Robert De Niro. El local, tal como ya sabía gracias a las crónicas de Popular 1, responde al objetivo de pasar totalmente inadvertido a los ojos de los curiosos. No hay neones, ni luces llamativas, ni fotos del actor a la vista; nada, en definitiva, que haga pensar en el protagonista de tantas obras maestras del celuloide. Sin embargo, tales reservas no han sido óbice para que, con el paso de los años, el secretismo que rodeaba al local se haya ido diluyendo poco a poco. La prueba estriba en que, unos días antes de mi partida, le comenté a la madre de mi compañera nuestra intención de ir al restaurante de De Niro, y cual fue mi sorpresa cuando la buena mujer pronunció el nombre completo del establecimiento (supongo que extraería el dato de algún programa del corazón, porque - que yo sepa - la señora no lee el Popu), lo cual prueba que Tribeca Grill se ha convertido, sino en un lugar de turismo masivo, sí en un enclave de dominio público. No obstante, y por contradictorio que parezca, a pesar del hermetismo impuesto, el restaurante no pasa del todo desapercibido. El soportal de su entrada es realmente vistoso, aunque, lejos de invitar a saciar la curiosidad del paseante indiscreto, el efecto que transmite es exactamente el contrario: repeler a los turistas cutres como nosotros. El olor del dinero se huele a distancia, lo que supone un freno para quienes no vivimos de forma desahogada. Porca miseria... Afortunadamente para mí (y mi billetera), dos días antes ha dado comienzo el “NYC Restaurant Week Winter” (que se prolongaría hasta el siete de febrero), un certamen con dieciocho ediciones a

(ARRIBA) CARTEL DE LA SEMANA DE LOS RESTAURANTES. (ABAJO) DETALLE DEL COMEDOR DEL

TRIBECA GRILL.

sus espaldas que, merced a unos ajustados precios en sus menús de mediodía (24 dólares el cubierto) y noche (éste algo más caro: 35 pavos), ponen al alcance del ciudadano medio una serie de restaurantes que en circunstancias normales resultarían prohibitivos. Sin miedo, pues, a tener que fregar platos para cubrir la cuenta, atravesamos las dos puertas del vestíbulo de acceso. El ambiente es elitista; los comensales son hombres y mujeres de negocios impecablemente vestidos, por lo que nos tememos lo peor: que se exija un mínimo de etiqueta. Nuestra indumentaria, siendo benévolos, se encuentra en las antípodas de lo que aquí parece ser el estándar. No en vano, si nos echases un vistazo pensarías que nos disponemos a emprender una expedición al Ártico. El clima neoyorkino en estas fechas es especialmente duro, así que el anorak de plumas, el gorro con orejeras y las botas de montaña se convierten en artículos de primera necesidad. A todo esto, valga decir que, durante nuestros ocho días de estancia en la ciudad, nadie se acercó a preguntarnos si éramos una Rock’n’Roll band… ¡Qué decepción! Aunque, bueno, supongo que, por el hecho de ir en pareja, ni a los White Stripes se lo preguntarán, ¿no?

DISCRECIÓN Y ELEGANCIA SON CONSTANTES DE TRIBECA GRILL.

ESTAS ESCALERAS COMUNICAN EL COMEDOR CON LA ZONA DE ASEOS. GALARDONES OBTENIDOS POR EL CHEF, Y RESEÑAS APARECIDAS EN DIARIOS Y REVISTAS, CUBREN LA PARED LATERAL.

SI SE PREFIERE, LOS CLIENTES PUEDEN TOMAR UN COCKTAIL EN LA BARRA QUE OCUPA EL CENTRO DEL COMEDOR ANTES DE SENTARSE A COMER.


(ARRIBA) ALGUNOS DE LOS CARTELES QUE DECORAN EL PISO INFERIOR. (IZQ) LA PRESENCIA DEL BOSS ES UN ENIGMA CON MÚLTIPLES RESPUESTAS. Una empleada nos da la bienvenida tras su atril de recepción, al tiempo que una pareja mayor ubica nuestras pertenencias en el guardarropa. ¡Bingo, hemos sido admitidos! El maître nos asigna una mesa, nos trae las cartas, y no podemos evitar barrer con la mirada el interior del local a la caza y captura de Sean Penn, Ed Harris o cualesquiera de los otros actores que cuentan con participación en la empresa. Nada, ni rastro de rostros famosos. De repente, una duda me asalta: ¿y si se ha traspasado el restaurante a otro dueño? Sólo hay una forma de saberlo: ir al baño. Por extraño que suene esto, sólo allí podré despejar la incógnita. Me levanto de mi silla, pregunto a un camarero que me se-

ñala una puerta, la cruzo, bajo las escaleras al piso inferior, recorro un breve tramo de pasillo, giro, y... ¡ahí están!: los carteles de varios films de nuestro hombre cubriendo las paredes. Uf, qué alivio saber que todo sigue en su sitio; lo contrario hubiese supuesto un golpe bajo, créeme. Durante unos minutos ese pasillo se convierte en el centro del Universo conocido. Me tomo mi tiempo recorriéndolo de punta a punta, lentamente, deteniéndome ante cada una de los láminas, tomando fotos de todas ellas,... No exagero si digo que durante esos instantes tuve la sensación de estar en un santuario pisando suelo sagrado; sólo que, en lugar de viejas reliquias religiosas, lo que tenía ante mí eran los carteles de “Heat”, “El Cazador”, “Taxi Driver” (la única peli con doble representación), “Despertares”, “La Chica del Gángster”, “Caza de Brujas”,... Lo mejor y lo peor de su carrera, ahí, todo reunido. Me descoloca, eso sí, toparme con el cartel de “8 Heads in a Duffel Bag” (estrenada en España como “8 Cabezas”), la película protagonizada por un buen amigo de De Niro: Joe Pesci. Mucho más enigmático, eso sí, me resulta el que hay justo a su lado: el cartel de un concierto de Bruce Springsteen ¡celebrado en Roma!. Admito que, en ese momento, la presencia de un cartel anunciante del Boss en ese pasillo me dejó a cuadros; sin embargo, ahora, habiendo leído la entrevista que publicó Popular 1 el pasado mes de abril a Clarence Clemons, el saxofonista de la E Street Band, todo me cuadra. En dicha entrevista Clemons asegura que, en un encuentro personal con De Niro tras un concierto de su jefe, el actor le confesó haber tomado prestada la frase “Are you talking to me?” precisamente del Boss, lo cual evidencía que la admiración del actor por el músico se remonta bastante atrás en el tiempo. Aunque tampoco resulta menos cierto que ambos artistas mantienen una relación de amistad desde mediados de los 70, tan, tan estrecha que, durante la crisis matrimonial que vivió el Boss a finales de la década siguiente (y que concluiría en divorcio en 1988), De Niro le fue de gran apoyo moral. Resulta curioso, por otra parte, que dicho proceso de ruptura sentimental le inspirase algunos temas incluidos en el álbum “Tunnel of Love”, precisamente el disco a cuya gira corresponde el cartel que De Niro conserva en el sótano de su restaurante. Entrañable gesto por su parte, no hay duda. Sin embargo, lo que de verdad dispara mi imaginación es el hecho de que el show tuviese lugar en la capital italiana. Y en 1988. Vamos a ver: ¿se encontraba De Niro allí rodando alguna película? Su filmografía sugiere que no; ese año ni siquiera rodó en Europa. ¿Coincidió el recital con una visita del actor a su amante Moana Pozzi, la porno-star alpina? Quien sabe, quizás sí. ¿Se desplazó realmente De Niro a Italia, o ese cartel no es más que una muestra de cariño hacia su amigo? Imposible contestar a eso. Mejor tomárselo con calma y aparcar todas esas cuestiones sin respuesta para un momento más apropiado. Entro en el aseo a despejarme las ideas por tanta emoción, y continúo allí con mi actividad fotográfica. Lavamanos, urinarios,... ninguna pieza del mobiliario de baño escapa a mi objetivo. Inicio, así, una escatológica serie de retratos que tendrá continuidad a medida que en los días siguientes haga uso (ARRIBA) RETRATAR REST-ROOMS de los retretes más SERÍA UNA PRÁCTICA HABITUAL DUcool de la ciudad. RANTE EL RESTO DE MI ESTANCIA. Esto sí es arte hecho con las tripas, amigo. (IZQ) OTRO DETALLE DEL PASILLO.


Cuando regreso a la mesa mi compañera me pregunta qué demonios he estado haciendo. Al parecer he perdido la noción del tiempo allá abajo y he tardado más de lo estrictamente necesario. ¡Al ataque, pues! No antes, eso sí, de que un camarero hispano nos eche una mano con la carta, que por mucho que sepas inglés no es muy habitual tener que traducir términos culinarios como hinojo, castaña o albahaca. La comida es excelente, y el postre toda una exquisitez. Dándome por satisfecho, al salir tomo un fajo de tarjetas. Me gusta recomendar buenos restaurantes a los amigos... Una vez se ha repuesto fuerzas, tomamos de nuevo las calles. Nos hallamos en el barrio de TriBeCa (acrónimo de Triangle Below Canal Street), a escasa distancia de Little Italy y Chinatown, y hasta allí dirigimos nuestros pasos. Llegados a la zona en cuestión, de repente me viene a la cabeza que, en mi primer viaje a la ciudad me topé con un restaurante italiano de lo más singular, pues en su entrada se exhibían decenas de instantáneas del propietario del establecimiento abrazado a un puñado de celebridades, sin duda clientes que acababan de comer en el local. Recuerdo que en su día reconocí unas cuantas caras famosas, pero con el paso de los años las únicas que han perdurado en mi memoria han sido las de los miembros de Anthrax. Y no con demasiada nitidez, a decir verdad, dado que no puedo asegurar que la banda estuviese al completo; juraría que allí estaban Scott Ian, Rob Caggiano, Charlie Benante y su sobrino Frank Bello, pero no tengo muy claro si John Bush estaba o no con ellos. Da lo mismo. Desde ese momento el restaurante se convierte en mi siguiente objetivo a localizar, por lo que peinamos una calle tras otra en su búsqueda. Tras media hora dando vueltas, al final me rindo. No ha habido éxito. Supongo que, o el local cerró para siempre, o simplemente las fotografías fueron retiradas del ventanal. No hay otra explicación posible; al fin y al cabo, dar con lo que se está buscando en Little Italy no es una tarea complicada (las dimensiones del barrio no son ni mucho menos extraordinarias, y cada vez son menores, pues Chinatown le gana territorio año tras año – supongo que, de aquí a un tiempo, los spaghettis a la napolitana acabarán por cederle el testigo a los tallarines tres delicias cantoneses). No obstante, la decepción no me dura más de un segundo. El destino me tiene reservada una sorpresa a la vuelta de la esquina, pues, a cambio del restaurante, damos con un graffiti callejero que conozco bien: junto a una colorida composición a base de super-héroes celestiales, corazones y ojos-que-todo-lo-ven, está pintado el rostro de Spock travestido de Marilyn Monroe, con peluca y sombra de ojos incluidos. ¡Menuda casualidad! Es la misma pintada que apareció ilustrando el reportaje “24 horas en NYC” de Popular 1. Quien quiera ver semejante imagen icónica con sus propios ojos sólo tiene que acercarse al cruce de las calles Mott y Kenmare.

Desde ese punto apenas cuatro manzanas nos separan de uno de los enclaves más deseados por mí en esta travesía: el mítico CBGB (bueno, más bien lo que queda de él). Y remarco lo de deseado porque, aunque parezca mentira, ésta va a ser la primera vez que pise la calle Bowery. Por increíble que parezca, en mi periplo de 2002, esta zona de la ciudad se quedó fuera de mi radio de acción. Así que estar por fin aquí es algo muy especial. Y sí, soy consciente de que en su lugar hay ahora una tienda de ropa para yuppies y de que el legendario toldo de cuatro letras ha sido sustituido por otro con el nombre de un modista bujarrón, pero al menos el interior del club permanece intacto. Podría haber sido peor, si lo piensas fríamente; imagina por un instante que el espacio se hubiese tenido que acondicionador para albergar una clínica veterinaria... En ese caso habría sido del todo imposible preservar algo de tan glorioso pasado. Pero, antes de entrar en la tienda, un enclave más inmediato centra mi atención: el Joey Ramone Place, cuya placa se eleva a varios metros por encima de mi cabeza en la intersección entre Bowery y la 2nd Street (tras ser robada en varias ocasiones se decidió colocar el rótulo a cierta distancia del suelo para evitar que acabase como souvenir rockero). A punto estoy de ser atropellado cuando me quedo unos segundos en mitad del paso de peatones, buscando el mejor encuadre para la foto de rigor. ¡Hecho! Misión cumplida sin bajas. Y, bien, es el momento de la verdad. Excitadísimo cubro la distancia que me separa de su puerta, cojo aire y cruzo la entrada del 315 de Bowery Street. Pese a saber lo que me espera dentro, me mentalizo para disfrutar la experiencia al máximo. Al fin y al cabo, cuántas veces se tiene oportunidad de ver con tus propios ojos un templo del

SUPER-HÉROES NAÏF, ÍDOLOS DE LA CIENCIAFICCIÓN TELEVISIVA TRAVESTIDOS, Y LA BICICLETA DEL “CHINESE DEMOCRACY” A

TODO COLOR. PARECIDO.

NI EN EL MOMA TIENEN ALGO

JOEY RAMONE EN LO MÁS ALTO, EL LUGAR QUE SIEMPRE LE CORRESPONDIÓ.


THE ROLLING STONES

LED ZEPPELIN

Rock mancillado por el mismísimo Diablo (vestido de Prada)... La primera impresión es inequívoca: pese a que el lugar ha sido desinfectado, uno se da cuenta inmediatamente de que aquello no era más que un agujero infecto, un tugurio de mala muerte. Paredes y techo pintados de negro, graffitis y adhesivos hasta en los rincones,... ¡La Virgen, si parece una casa okupa tras un incendio! Puedo visualizar mentalmente qué aspecto debían tener los lavabos, y, la verdad, no creo que el que aparece en la peli “Trainspotting” estuviese menos limpio. Definitivamente, este look tan perrofláutico no encaja con mi idea de decorar una sala de conciertos -por mucho que, como es el caso, se trate de un nido de ratas-. A pesar de todo, se adivina que el antro debía tener su encanto (algo muy similar a la desaparecida Sala Garatge de Barcelona, que más que un templo rockero parecía un taller mecánico reconvertido en local para guateques y fiestas verbeneras). Eso sí, del aura de autenticidad que uno imagina que tuvo en sus buenos tiempos no queda absolutamente

nada. Se lo han arrebatado por completo. Joder, si no es más que una puta tienda de ropa para pijos snobs... Pero, para qué nos vamos a engañar, casi todos nuestros rockeros favoritos han acabado vendiendo su multimillonario y famoso culo por unas onzas de notoriedad; sólo hay que visitar la web del tal John Varvatos para verlos a todos allí reunidos (desde Slash, Lenny Kravitz y Jimmy Page, hasta artistas minoritarios como Jesse Malin, Handsome Dick Manitoba o incluso Wayne Kramer), soltando sandeces por esas boquitas suyas. Y sí, habrá quien les defienda diciendo que estos tíos hace ya muchos años que se ganaron el derecho a hacer lo que les salga de los cojones, pero si somos capaces de no caer en la tentación de utilizar un doble rasero, caeremos en la cuenta que el concepto actual de rockstar está más cerca que nunca del de aristócrata

THE FILTH AND THE FURY


ególatra y decadente. Parafraseando a Sherpa de Barón Rojo, recojo las palabras que le dirigió al empleado de una sucursal bancaria donde realizaba unas gestiones: “hay que ser revolucionario encima del escenario y capitalista de puertas adentro”. Verídico al 100%. Se puede decir más alto pero no más claro. Volviendo a Varvatos -de quien se asegura que lleva el Rock en la sangre-, si bien resulta evidente que ha querido perpetuar parte del pasado del CBGB, no es menos cierto que sus asesores deberían haberse documentado un poco mejor a la hora de ultimar ciertos detalles en la decoración del local. Así, no faltan unas cuantas cubetas repletas de discos repartidas por la tienda, con vinilos -agárrensede Suzi Quatro, Deep Purple o Ian Hunter (!) entre muchos otros. Tampoco sé muy bien qué carajo pinta una mesa de mezclas de las que utilizan los mierdosos DJ's, o que en un rincón, flanqueado por dos enormes altavoces, tengan un gira-discos doméstico (afortunadamente apagado, porque no sé yo qué clase de basura harían sonar por megafonía esos dependientes tan tontos que trabajan allí). Aunque, de todos los estropicios, el más llamativo es el de los carteles que cubren prácticamente todos los muros. Murales temáticos, los llamaría yo, porque las paredes se hallan divididas en diferentes sectores ya se trate de los carteles de una u otra banda: Queen, The Who, KISS, Alice Cooper, Led Zeppelin, Rolling Stones, David Bowie,... Los carteles son muy bonitos, pero, definitivamente, estos tíos, o no tienen ni puta idea de quién tocó aquí, o directamente se la trae al pairo. ¿No hubiese sido más respetuoso con el espíritu original rendir tributo a Ramones, Blondie, Television o a cualquier otra banda que, al menos por una noche, hubiese actuado en la sala?

ESPACIO DE LECTURA GRATUITO. Algo más de sentido común parecen haber aplicado al escoger los libros que se exponen en una mesita en el centro de la tienda. Biografías de Ramones y The Stooges (¡también de Queen, Jimi Hendrix y Led Zeppelin!), photo books de la escena punk,... Todo está a la venta (a precios normales, debo aclarar, no como las prendas de vestir, cuyos precios oscilan entre lo ridículo -por abusivo- y lo escandaloso -chupas de cuero a 4500 pavos que ni en la basura las encontrarías en peor estado-), pero por principios me niego a entregar mi dinero a estos desalmados. Eso sería lo último, vaya.... Antes trataría de esconderme bajo el abrigo una de las guitarras que decoran el escenario y saldría por pies de allí. Antes de abandonar lo que queda del CBGB los dependientes me dejan tomar las fotos que quiera con la condición de no enfocar a las prendas de ropa (el espionaje industrial ha llegado también aquí), por lo que no dejo ni un rincón libre de mi escrutinio. Hasta el último detalle es sometido a análisis por el ojo de mi cámara. Ya en la calle, entro en el establecimiento adyacente: el Morrison Hotel Gallery, una exposición

QUEEN

ALICE COOPER

POR ESTE DIMINUTO ESCENARIO HAN PASADO ÚLTIMAMENTE GUNS N’ ROSES Y MICHAEL MONROE. CASI NADA.

KISS


abierta de fotografía (sobretodo en blanco y negro) con instantáneas de los Stones, Hendrix, Cash, Pearl Jam,… No vale la pena añadir nada más porque tampoco hay gran cosa que decir; tan sólo entré, eché un vistazo (admito que había láminas de gran calidad), y ante la pregunta de si podía hacer fotos, un tipo con cara de aburrimiento me dijo tajantemente que no. Okay, amigo, adiós, no te estreses demasiado jugando al FarmVille.

cuanto antes. Y es que, resulta curioso, pero, en aquella ocasión, pese a buscarlo incansablemente durante más de media hora, no conseguí dar con él. Y dudo que se pudiese culpar al intenso calor estival de afectar a mi ya de por sí deficiente sentido de la orientación; más bien estoy seguro de que las señas que llevaba escritas en un bloc de notas no eran las correctas. Más que nada porque llegar hasta aquí no tiene pérdida. n-

Para acabar de redondear estar tarde tan punk todavía nos quedaba un último destino: Manitoba's, el garito del incombustible frontman de The Dictators, Richard “Handsome Dick”. Y hasta allí emprendemos el camino, no sin antes pasar por delante de The Bowery Electric, la sala de conciertos propiedad de Jesse Malin que para la semana en curso no ofrece ninguna actuación interesante. Desde allí zigzagueamos unas cuantas manzanas, y voilà, en el 99 de Avenue B casi nos damos de bruces con la puerta del bar. Al igual que el CBGB, el Manitoba's era otro de esos enclaves que necesitaba pisar con urgencia. No porque el local arrastre un pasado de leyenda, que no es así ni mucho menos, sino porque la banda liderada por Andy Shernoff me ha proporcionado no pocas alegrías desde que los conociera a principios de la pasada década con el tremendo “D.F.F.D.”. Presentándome allí supongo que, más que liquidar una deuda con los Dictadores, en realidad lo que estaba haciendo era saldar una vieja cuenta pendiente conmigo mismo, dado que en mi primer asalto neoyorkino de 2002 no pude visitarlo. Desde entonces, el Manitoba's se convirtió en una dolorosa espina clavada que, con los años, pedía a gritos ser extirpada

TODA CLASE DE MEMORABILIA ADORNA LA BARRA DEL MANITOBA’S, UNO DE LOS BARES CON MÁS PEDIGRÍ DE MANHATTAN.


Habiendo visitado la página web del bar unos días atrás, no sé porqué me imaginaba su interior mucho más espacioso. Pero, una vez se rebasa su puerta, se vence la pequeña decepción inicial. La primera sorpresa es que, tal y como era de preveer, Dick no se encuentra presente. Vete tú a saber por qué: tal vez porque era demasiado pronto (no eran ni las siete de la tarde), tal vez porque estaba ocupado con los preparativos de su programa radiofónico diario (que comienza a las ocho de lunes a viernes)... De ser así esperaba que al menos tuviesen sintonizada la emisora Sirius SX para escuchar en riguroso directo su espacio de música y entrevistas. Por desgraUN TOQUE DE DISTINCIÓN: cia, la realidad era bastante disPIN-UP’S EN LAS PUERTAS DE tinta. La clientela a esa hora esLOS ASEOS. taba bastante floja, con apenas cinco o seis parroquianos sentados en la barra, y en el televisor tenían puesto un documental del tipo “Frank de la Jungla”, con el típico aventurero llorica que come bichos mientras se esfuerza por hacernos creer que está a punto de palmarla en una remota selva. Si al apagado ambiente reinante añadimos que el juke-box estaba fuera de servicio, y por tanto no sonó ni una sola nota de música (nada menos que de Johnny Cash y Hank Williams, según vimos a través del cristal), podríamos haber llegado a pensar que nos encontrábamos en un bar cualquiera. Fueron los detalles que envuelven el local, sin embargo, los que nos sacaron de ese convencimiento. La escenografía detrás de la barra, como el resto del local, es una rotunda declaración personal, un reflejo de todo lo que le gusta y apasiona a su dueño: su hijo, el punk rock, los deportes... Alrededor de un calendario en el que se han marcado los eventos más importantes de la Superbowl, se esparce todo tipo de memorabilia, y también varios artículos de merchandising con la leyenda “Manitoba's” en rojo (desde camisetas a tangas, pasando incluso por baberos para bebés). Los muros que rodean la zona de mesas también hablan. En este caso hasta por los codos. A las instantáneas de astros del boxeo y del baseball se les unen otras de nuestro protagonista, algunas junto a sus compañeros en The Dictators, otras codeándose con rock-stars (Joan Jett, Brian May de Queen,...); no son pocas tampoco las fotografías en solitario de colegas e ídolos (Alice Cooper, Brian Jones, David Johansen, The Damned, Iggy Pop, Sid Vicious, John Lydon,...la lista es larga). Muchas de ellas, además, están incluso etiquetadas, con información relativa a quien aparece retratado y la fecha en que fueron tomadas. Estamos, pues, ante un pedazo de la Historia del Rock'n'Roll que invita a la contemplación y a perder –sin apenas darse cuenta- la noción del tiempo y la realidad. Sin duda, este tugurio ofrece mucho más de lo que se podía esperar en un principio. Otro detalle que también merece ser apreciado es el lavabo (de caballeros, en mi caso; el de las damas no tuve oportunidad de verlo); aunque, con las vistosas puertas que le sirven de antesala, dudo que a alguien le pasen desapercibidos. Y bien, hablar de decoración en el caso de estos cubículos tal vez sea exagerar las cosas, pero cabe mencionar que la capa de pintura negra que cubre las paredes, junto al millar de pintadas que las salpican, contrasta notablemente con el elevado grado de higiene del lugar. Impecable. Y con este subidón ponemos punto y final al carrusel de emociones vividas durante este intenso día. La banda que actúa esta noche es la de Paul DiAnno, el conflictivo ex-cantante de Iron Maiden. Tal como está la paridad dólar-euro, el precio volvía ser de chiste (alrededor de 10 euros), pero, si no sería capaz de mover ni un dedo para ir a verle en Barcelona, ¿por qué debería ser diferente en New York? No sé cómo se defenderá DiAnno en directo, pero tras sentir vergüenza ajena por sus apariciones en el dvd “The Early Years” de la Doncella, dudo mucho que sobre un escenario su presencia resulte menos incómoda de soportar. Hora de dormir, pues. Bona nit a tothom. ●

(ARRIBA) RECORRIDO FOTOGRÁFICO POR LA HISTORIA DEL ROCK’N’ROLL. BRIAN JONES ES EL PUNTO DE PARTIDA. (ABAJO) EL RETRETE PUNK MÁS LIMPIO DEL MUNDO.

EL VIEJO JUKE-BOX SE QUEDÓ MUDO. NO HUBIESE ESTADO MAL HACER SONAR ALGÚN TEMA DE JOHNNY CASH O HANK WILLIAMS.


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Pöpujedi in New York City (2ª parte)  

Segunda parte de las tribulaciones de Pöpujedi en la ciudad de New York, durante los últimos días de enero de 2010

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