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Se trataba de declaraciones de personas, testigos más o menos directos de ese suceso terrible y extraordinario.

“Descontenta, la señora lo desalojó y ocupó su propia casa, sin alquilar ninguna habitación. Llevaba una vida muy retirada, y no creo los rumores que decían que adivinaba la Fortuna”.

Aparte de un comisionista una o dos veces, y un médico ocho o diez, jamás vi entrar a nadie que no fueran la señora o la hija”.

Ya en la calma de nuestro departamento, nos pusimos a devorar los detalles adicionales de la siguiente edición.

Me llamo Pauline Dubourg. Soy lavandera.

“Conozco a las dos víctimas desde hace tres años, sí. Una señora mayor y su hija, muy cariñosas la una con la otra. Pagaban bien”.

Testigos diversos confirman el aislamiento de las dos mujeres. Dicen que los postigos de adelante se abrían rara vez, y los de atrás, jamás...

“Me parece que la madre adivinaba la Fortuna, pero visiblemente tenía dinero ahorrado”. En todo caso, lo único que yo había considerado siempre extraño era que no había muebles en ninguna parte de la casa salvo en el cuarto piso.

“Con excepción de los de la habitación principal en la parte trasera del cuarto piso”.

“La primera, estoy seguro de que era la de un hombre que hablaba francés. Distinguí las palabras ‘sacré’ y ‘diable’”.

Gendarme Isidore Muset. A eso de las tres de la mañana fui alertado por veinte o treinta personas que trataban de forzar la puerta de entrada.

“No tenían ningún criado. Lo hubiera visto al llevar la ropa, ¿no es verdad? “Yo vivo en el barrio desde siempre y las he visto mudarse, hace seis años”. “La abrí con una bayoneta, no con una pinza. No fue difícil, los batientes no estaban cerrados ni arriba ni abajo”.

Moreau. Pierre Moreau. Yo era el proveedor de tabaco de la señora l’Espanaye.

“La casa pertenecía a la señora l’Espanaye, y ella se la alquilaba a un joyero que tenía su tienda abajo. Pero sin decirlo, él subalquilaba los pisos superiores a personas que estropeaban el lugar”.

“Los gritos eran los de una o varias personas presas de un gran dolor. Fuertes y prolongados”.

“Al llegar al primer rellano, escuché una agria disputa entre una voz ronca y una mucho más aguda, muy singular”.

La segunda se trataba tal vez de la de una mujer española, pero desconozco esa lengua.


Me llamo Henri Duval. Soy el vecino, orfebre de profesión.

“Soy uno de los primeros que entró. Después de nosotros, las puertas se cerraron para impedir el paso de la multitud. La voz aguda me dijeron que hablaba en italiano. Tal vez una voz de mujer, no estoy seguro”.

Pero estoy seguro de que no era ni de la señora l’Espanaye ni de su hija. He conversado con ellas muchas veces.

“Una vez que llegamos al rellano, la señorita l’Espadaye me sacó una de las bolsas de las manos. La madre me liberó de la otra”.

Soy Adolphe Lebon, empleado de Mignaud e hijos. El día en cuestión, hacia el mediodía, acompañé a la señora l’Espadaye a su vivienda...

Después viene el testimonio de un holandés que no habla francés. Su declaración fue traducida. Saludé y me fui. No vi a nadie, a esa hora, en esa calle oscura y fría.

“... con 4000 francos, en dos bolsas”. Se llama Odenheimer, nació en Amsterdam, y pasaba delante de la casa en el momento de los gritos.

De la voz gruesa, escuchó: “Mon Dieu!”.

Me llamo William Bird. Soy inglés... y sastre. No vale la pena sonreír.

También había un ruido de lucha, con rotura de objetos. La voz aguda era más fuerte que la otra y no hablaba inglés. Tal vez alemán, diría, aunque no sé una palabra.

“Vivo desde hace dos años en este barrio y subí con los otros. La voz ronca era de un hombre, le escuché decir ‘sacré’ y ‘mon Dieu’”.

“Está seguro de que la voz aguda –que él calificaría más bien ‘áspera’– era de un hombre, un francés. Claro que no entendió nada, pero dice que el sonido de la voz expresaba tanto temor como cólera”. Jules Mignaud, del banco Mignaud e hijos, calle Deloraine. La señora l’Espanaye tenía una pequeña fortuna en una cuenta.

... que le fueron pagados en oro.

“No había retirado nada hasta tres días antes de su muerte. Vino en persona a pedirme 4000 francos...”.

Observe esto, es apasionante. Cuatro testigos afirman que la puerta de la habitación en la que se encontraba el cuerpo de la señorita l’Espanaye estaba cerrada...

¡... por dentro!

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CRÍMENES EN LA CALLE MORGUE  

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