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La Otra Mirilla Edicion 0


All this and heaven too...


Aquel claro 29 de agosto, el sol se había colado sigilosamente por las pequeñas y escuetas rendijas de la persiana que ocultaba su ventana. Aparente cotidianidad obcecada con ocultar grandes secretos a voces. Sentía el calor en sus mejillas, así que perezosamente se estiró enroscando los dedos de sus pies. Las sábanas rozaban su fina figura. Gimió. Escuchó saltar un par de juguetonas tostadas en la cocina, la colada girando en el interior de la lavadora y el molesto rugir de la aspiradora. Sin quererlo, esnifó el olor a producto de limpieza que se colaba por debajo de la puerta. Ella lo que quería era colocarse con el olor a achicoria. Tan sólo con pensarlo, olió a café, sexo y tabaco de liar. Pegó un salto de la cama, sufrió un breve mareo y se enfundó las zapatillas. Levantó la persiana, tirando de aquella cuerda con más fuerza que nunca. Deslizó su mano por el pomo de la ventana hasta que quedó completamente abierta. Entró una ráfaga de frescura. La piel de gallina y su cuerpo queriendo asomarse hasta la cintura. Apoyó las muñecas sobre la cornisa y se sentó en el alféizar de su inmortal refugio, donde aguardaba la más pura e inquebrantable libertad. Se oía el chapoteo del agua. El olor a ría, mar, roble, avellano y monte, la embriagó de nostalgia. Vio como las ramas de aquel, no tan viejo, sauce llorón apenas rozaban el suelo bajo el que se escondían sus tercos pies. Así que, sin duda que valiera la pena albergar, se sirvió de sus finas manos y con el camisón queriendo enseñar sus rodillas, se puso en pie. Miró al frente, abrió los brazos en forma de cruz, cerró los ojos y dejó balancear su cuerpo sobre el balcón de aquel quinto piso. Imaginó una vieja gran roca que mira al mar, dando la espalda a las olas que abanican la playa. Vio su rostro. Volvió a soñar. Los ojos se le inundaron de apacibles lágrimas. Hasta que su peso venció aquel pulso a lo terrenal y por fin, tal y como ella deseaba, su alma fue a parar al mar.


Por una vez...


Estas ocasiones se encuentran repletas de palabrería barata. No sería la primera vez que escribo algo sobre ti y se me estropean las cuatro palabritas bonitas que había encontrado para poner tu nombre en mi boca. Pero esta vez es diferente. Los dos sabemos como puedo llegar a ganar el premio a la más tonta, agotar tu paciencia y rozar el más absoluto desastre. Sin embargo, hoy no me importa desnudarme de ti, delante de quien sea. He metido la pata hasta el fondo y no encuentro forma alguna de, por una vez, desprender todo este optimismo e ilusión que llevo por fragancia desde que te conocí. En una ocasión me dijeron que debería guardarme estas cosas para mi. En otra, que cuando mejor escribo es cuando más triste, desquiciada y desesperada estoy. Quienes me conocen saben que suelo dejarme llevar por cositas tristes y pasionales que consiguen tocarme la patata. Que soy intensa tanto para lo bueno como para lo malo. Que me pierden la impulsividad y las ganas de estar en todo. Que me puede el querer compartir cosas que otros sólo se empeñan en ocultar. Pero yo no quiero ser los demás, menos contigo. Lo sabes bien. Contigo no puedo. Sé que más de una agradecerá que habrá la boca, una vez más, para ponerme sentimental y terriblemente pastelosa. Otros se empalagarán con cada metáfora caramelizada. Me importa un bledo, un pito, un comino... Por qué no, una mierda. Desde hace algún tiempo, como dice nuestro amigo Pablo... Eres tú y solamente tú. Así que, al menos por esta vez, no habrá lágrimas, penurias, llanos, ni alientos... Solamente tú y un intenso e inmenso sentimiento sin nombre que me lleva a mirar el teléfono cada segundo para ver si me has escrito o llamado. Que consigue que me entre el pánico con sólo pensar en la posibilidad de perderte. Que me agarrota el estómago cada vez que nos enfadamos y que consigue que venza la vergüenza. Por querer decirte, sin importarme lo que piensan los demás, que te quiero y por supuesto, que lo siento.


Y si...


Si existiera un curso para abstraerse del mundo; capaz de enseñarte a taparte los oídos, vendarte los ojos y morderte la lengua... Si hubiera una formación que pudiera ayudarte a dar la espalda a la idiotez e ignorar lo absurdo... Yo me matricularía con los ojos vendados, el pico cerrado y cubriendo mis orejas con la palma de las manos. Si la amistad fuese desechable, si los amigos fuesen de cortapega y ahorrase espacio tirando unas cuantas relaciones a la basura... Si existiera un vertedero de personas tóxicas o se pudieran reciclar los buenos momentos que ya nunca volverán... Me concienciaría hasta tal punto con la causa, que haría limpieza y reciclaje de toda mi vida personal. Y si pudiera chasquear los dedos para teletransportarme a cualquier parte del planeta, borrar de mi memoria cosas que no me gusta recordar, modificar a mi antojo comportamientos, actitudes... O por qué no, cambiar decisiones que tome... Si eso fuera posible... Puede que las yemas de mis dedos terminasen ardiendo en un momento de desesperación, agonía e impotencia. Que estuviera inscrita a cualquier formación para el autoengaño y viajara a menudo al basurero municipal. Pero entonces no sería yo.


Cobardes


Cobardes los que esperan pudiendo actuar, porque de ellos depende su suerte. Cobardes los indiferentes, porque serán ellos quienes pierdan la oportunidad de sentir. Cobardes los que no lloran, porque ellos no serán consolados. Cobardes los que tienen más de lo que necesitan y menos de lo que desean, porque ellos nunca serán saciados. Cobardes los rezagados, porque ellos jamás alcanzarán a ver o sentir la meta. Cobardes los sucios de corazón, porque ellos nunca conocerán el amor. Cobardes los interesados, porque ellos no sentirán entrega alguna. Cobardes los solitarios por causa del miedo, porque de ellos será la mayor de las tristezas.


La cima


Desde lo alto, sobre las nubes, uno alcanza otra perspectiva. Una mirada más pura, más virgen, más clara. Y todo lo de ahí abajo, se ve diminuto, prescindible, irrelevante. Los problemas se reducen a poco más que el silbido del viento. El alma se ilumina de espiritualidad, magia, e infinita tranquilidad. Hay quien lo llama cielo: divino, desconocido e inalcanzable. Yo prefiero llamarlo cima: terrenal, imponente, natural, soberbia, valerosa, sabia y alcanzable para quien, sin vislumbrarla, sabe que está ahí.


Darse a la bebida


Borrar el número de teléfono y prometer que nunca más volverás a llamar. Mirarte al espejo hasta romper a llorar y no encontrar el porqué tú no. Creer merecer más, querer saber menos. Huir, correr, agachar la cabeza y cambiarte de acera o esconderte tras un contenedor. Refugiarte en el baño, meterte una toalla en la boca y gritar. Tener la fuerza para poder decir adiós sin derramar una lágrima. Sentir indiferencia al verte reflejado en sus ojos y aullar no, no y no. Aprender a sentir cuando lo merece y a querer cuando te lo ofrece. No sentir pena, ni dolor, pero sí gloria. Cultivar el orgullo y amor propio. Repetirte una y otra vez hasta creerte grande, merecedor de algo más. Golpear los muros que te impiden avanzar hasta abrirte camino a través de la esperanza y la fortaleza. No contestar las llamadas. No mirar viejas fotos. Quemar recuerdos absurdos. Olvidar pensamientos inoportunos. Querer más y mejor. Despejar la mente para saber que esa no es tu oportunidad y que la vida no se va en ella. Tú eres todo eso, tú eres más, tú eres grande. Quitarte la venda, descoserte la boca y echar a volar cuando creías haber perdido las alas. Desnudarte de prejuicios, obligaciones y dejarte llevar por el orgasmo de la ilusión. Y si para ello necesitas una gran dosis de ebriedad... Descorchemos botellas de vino, abramos latas de cerveza, bricks de sangría y démonos a la bebida por un ratito. Tras la resaca ya abriremos la ventana de la vehemencia y empezaremos a olvidar.


Te quedaste de mรกs...


Hay remotos rincones, impertérritas palabras, punzantes gestos que se aferran al clavo ardiendo de la memoria para hacer poesía cuando menos lo esperas, cuando más lo necesitas. Irrumpen donde quiera que estés, cuando crees haberlos olvidado. Son capaces de evocar un sentimiento, un aliento de angustia, de recobrar un dolor intenso que tiene por nombre nostalgia. La oreja le sostiene un pitillo; cruza las piernas y se inclina sobre ellas; coge el cigarro y golpea con su filtro la mesa antes de encenderlo; saca un pañuelo con sus iniciales grabadas; huele a su colonia. Creías haber olvidado aquellos lejanos detalles y aparentemente inocuos. Te agarran, te abrazan y te susurran al oído inquebrantables momentos. Se quedan al acecho esperando que los reconozcas en algún lugar, en alguna persona. Hay quienes cantan que es porque ese algo o alguien se quedó de más, te dejó el corazón extraño, consiguió salir, te perdió por el camino y te dejó rar@, muy rar@. Yo prefiero creer que esos recuerdos pasan desapercibidos hasta que necesitas vislumbrar todo lo que ocurrió, para reconocer en ti en qué o quién, inconscientemente, te has convertido.


Olvidar


El principio del final empieza por el verbo OLVIDAR. Despojarte de lo que pudo haber sido y no fue. Querer y no poder, tener las cosas del ayer. Sufrir sin saber el porquĂŠ se fue, para no volver.


Soy utopía

A propósito del estreno de la película sobre la dama de hierro.... No me declaro fan de Margaret Thatcher, ni por ser quien era, ni mucho menos por quien llegó a ser. La fortaleza, la persistencia, y la convicción propia son valores que admiro, sí, pero la humanidad y los derechos fundamentales son aspectos esenciales de la vida que siempre han de estar por encima de los intereses particulares y, sobre todo, los económicos. No sería la primera vez que se me tacha de idealista, de mentalidad utópica y mujer con la cabeza repleta de pájaros revoloteando en todas direcciones. Está claro que el papel de la mujer de hoy en día ya no es el que era, pero no podemos engañarnos, el burka, también lo vestimos aquí en pleno occidente. O ¿acaso las mujeres tienen las mismas oportunidades que un hombre cuando optan a un puesto de trabajo? ¿Y qué hay de las mujeres que pierden su empleo tras la baja de maternidad? ¿Y de esas mujeres que se quedan embarazadas jóvenes y solteras? ¿Se las mira, en serio, con los mismos ojos? ¿Es la igualdad una realidad o es todavía una lucha entre bastidores? Hace no mucho me preguntaban que haría yo si tuviera que escoger entre una mujer y un hombre que se presentan como


candidatos a un mismo puesto de trabajo. Contesté orgullosa que contrataría al que estuviera mejor formado, independientemente de su sexo. A lo que me replicaron: “¿Y si estuvieran igual de preparados? Yo, como mujer, contrataría a la chica, como empresario, al hombre”. Y pensé... Ahí esta el fallo: ¿una mujer no puede actuar como empresario por el hecho de ser mujer? ¿Ha de ser la maternidad un castigo? Y... Lo más importante... Que así sea, significa... ¿Qué así debe ser? De todas formas, si la igualdad es un estado al parecer tan complicado de alcanzar, ¿por qué no es igual de complicado encontrar a dos candidatos, hombre y mujer, exactamente igual de formados? A veces, algunas mujeres son ellas mismas enemigas de su propio sexo. Sin embargo, lo que parece tan difícil, puede simplificarse en una simple escena. El doctor le pregunta a Margaret: ¿Cómo se siente? A lo que Thatcher contesta: “No entiendo que preocupación existe hoy en día por los sentimientos. A mi lo que verdaderamente me importa son las ideas, no lo que siento. Pregúnteme qué es lo que pienso. Pienso que nuestras ideas, nuestros pensamientos, se transforman en palabras que salen de nuestra boca. Esas palabras se convierten en actos. Esos actos en hábitos. Esos hábitos terminan definiendo nuestro carácter. Y es nuestro carácter lo que termina por decidir lo que somos”. Pues bien, si es así, yo quiero que seamos utopía, para que nuestra forma de ser se transforme en carácter, nuestro carácter en hábitos, nuestros hábitos en acciones, nuestras acciones en palabras y nuestras palabras en una forma nueva y diferente de pensar. Un ideario que termine por arraigar y definir lo que somos, mujeres, pero de hierro por fuera y pasión por dentro, con las mismas oportunidades y derechos independientemente de cómo nos hayamos forjado. Porque Margaret Thatcher también fue utopía en su tiempo y terminó siendo realidad.


Querer


Quiero despertar de esta tonterĂ­a que embriaga mis cinco sentidos. Quiero poder echarte de estos mis cien mil pensamientos. Quiero que dejes de protagonizar mis peores pesadillas. Para poder empezar a soĂąar.


Nunca es tarde

A todos aquellos que en el 20N no votaron a ninguno de los partidos que obtuvieron representación política y a todos los que creen que debería reformarse la ley electoral: ¡El cambio es posible!


En esta etapa post elecciones, en la que se reflexiona más que en la “pre” (manda narices, pero somos así) uno puede encontrarse con varios estados de ánimo: enfado, alegría, o el peor... indiferencia. A los que no os da igual si nuestro presidente es Rajoy, Rubalcaba o Belen Estebán os aconsejo fortaleza y persistencia para superar ese momento en el que te cuestionas todos los motivos por los que votaste, o no. Porque como dice una gran activista que conozco: “No me preocupa la perversidad de los malvados, si no la indiferencia de los buenos”. Y es en este punto cuando entra en debate, o debería, el poder que tienen las mayorías sobre las minorías o al revés. Está claro que luchar contracorriente no es agua fácil, pero es en ese momento cuando conviene empaparse de la teoría de las representaciones sociales (explica los mecanismos por los cuales una minoría puede influir sobre las mayorías) de Serge Moscovici, investigador francés de la psicología social. Moscovici sostenía que una minoría puede influir sobre una mayoría cuando la idea manifestada, mantiene convicción y compromiso de forma constante. Porque la consistencia da notoriedad, y muestra que las ideas que se defienden son dignas de ser defendidas. Además, cuando la minoría es capaz de provocar tensión y conflicto, rompe la uniformidad en los juicios de la mayoría. Es la confrontación de la minoría en defensa y difusión de sus creencias la que puede acabar cambiando las opiniones e informaciones de la mayoría. Pero Serge Moscovici va más allá: el cambio puede ser verdaderamente profundo, pues en la discusión se interioriza más el conflicto y su solución. Así que si te sientes minoría, decepcionada, pero diferente, piensa cómo tu comportamiento puede generar cambios reales, y los más importante, cambios positivos. Porque un país no se reduce a izquierda o derecha, porque todos tenemos derecho a ser representados, porque nunca es tarde y todos los votos deberían valer lo mismo, ¡luchemos por cambiar la ley electoral!


A quien tenga un dĂ­a amargo...


Yo le ofrezco gominolas.


No me importa


No me importa mientras lo que tĂş quieras yo no pueda. No me importa si lo que quieres es castigarme mientras puedas. Y no me importa lo que digas ni lo que hagas. O al menos no deberĂ­a.


En silencio


DeberĂ­a aprender a callarme. A callarme lo que siento, lo que pienso y lo que miento. Para ocultarme en silencio de tanto desaliento y dejar asĂ­ de soĂąar envolverme en tus piropos como si de abrazos se tratasen. Para desearme poder querer o permitirme quererte. Para no tener que amar a ciegas, para no tener que sentirte a solas y devorarte en ayunas. Pero sobre todo para dejarme quererte o dejar de quererte.


Y viajaremos en un barco de papel...


Quiero construir un barco de papel en el que huir contigo. Y surcar todos estos ríos que nos atraviesan sin querer. Dejar que la corriente nos arrastre hasta lo más profundo donde poder ahogar tanto quehacer, y permitir así que flote la valentía que nos conducirá a nuevos mares a través.


TĂş & yo


Tu y yo, así pensé siempre que sería y así me gustaría que hubiera sido, porque para mi sólo había un tú y para ti sólo había un yo. Sin embargo, ni el más remoto consuelo ha sido capaz de borrar todo lo que tú y yo eramos cuando estabamos juntos. Y aunque tampoco haya quien lo entienda, porque sólo tú y yo sabemos lo que el uno y el otro eramos para ambos, yo sé que esto para mi fue lo peor que pudo ocurrir entre nosotros. Que las cosas habrían sido muy diferentes antes, ahora, y sobre todo mañana, porque el mañana siempre está ahí y tú no, y yo espero, impaciente, a que irrumpas en alguno de mis sueños o mis pensamientos. Ya no intentó explicar lo que se siente, no me preocupó por si hay quien se molesta en entender o no. Oigo palmaditas mudas en la espalda; creen que se debe pasar página y qué ya es hora, pero una buena historia no es historia sin las páginas que la preceden y la hacen llegar hasta el final. Tú y yo lo sabemos, sabemos que esto nunca se supera, nunca se pasa, nunca se olvida, que no es cuestión de tiempo y mucho menos de páginas. Y que no por ello somos menos felices o más tristes. Somos lo que somos con el recuerdo de quienes se han ido y con la esperanza de quienes se quedan. Y eso es lo único que sí cuenta. Porque, aunque hay quien me pide que todas estas historias me las guarde y lo reserve para cuando estemos a solas, tú me enseñaste que las grandes historias hay que compartirlas, desde una mirilla o desde otra, la tuya o la mía... Y yo me aferro a que tú tengas tu propia mirilla por la que presenciar todas estas grandes historias que te estás perdiendo desde que dejamos de ser nosotros para ser solamente yo.


Tonight


Grito y grito en silencio; mandó inútiles mensajes de auxilio mientras el ruido del planeta se molestaba en silenciar su voz. Nos tapábamos los oídos, mirando a otra parte, sin querer saber. Débil y sola paso ante nuestros ojos ciegos de egoísmo. Hasta que el frío velo de la noche cubrió su alma repleta de inquietud y la oscuridad se la llevó como si del último rayo de luz se tratara. El resto del mundo descansaba tranquilo y apacible; inconsciente y vulnerable ante el dolor que pronto le arroparía: la sed de su voz, el hambre de su sonrisa, la exasperante necesidad de su amor. Y ya era tarde para despertar de aquel horrible sueño. Se había ido. En memoria de una amiga de esta mirilla, Laura Gonzalez Llorente. Descansa en paz.


Gracias


Tú que todo lo llenas. Por tener siempre una sonrisa de cortesía y un saludo de buena gana. Tú que apareciste por sorpresa para alegrarme el alma. Presente en todo momento y a cualquier hora. Por dejarte querer e invitarme a entrar. Tú que felizmente todo lo das y todo lo guardas. Por brindarme la oportunidad de conocerte, de compartirte y compartirnos. Tú que siempre me ofreces una mano amiga, un aliento de esperanza y una caricia de consuelo. Irremediable, plausible y con sinceridad aquí estas, en mis palabras, mi pensamiento y en mi día a día, sin intereses. Por aparecer sin buscarte, por dejarte sin dejarme, por querer sin quererlo... Gracias.


Adi贸s


Hubo un tiempo, que bajo la capa de la ignorancia, nos conocimos. Un tiempo en el que, sin quererlo, los minutos juntos se acumulaban en nuestros bolsillos. Íbamos recaudando momentos y metiéndolos en un rinconcito sin darnos cuenta. Nos llamábamos por teléfono para hablar de nada. Reíamos a altas horas de la madrugada con algo de alcohol en sangre y sin saberlo nos embriagábamos de amistad. Hoy, puede que todavía algo inconscientes, un sentimiento con matices tristes... nos invade. Y aunque deseamos con inquietud lo mejor de lo que se avecina, sentimos cierta pena por tener que decir adiós. Porque en algún bolsillo, o puede que en algún rincón, se encuentra una historia entre los dos que nos empuja a querer gritar: ¡Hasta pronto! (Dedicado a todos aquellos a quienes tuve que decir adiós)


Castillos de arena

Cerró los ojos para poder verlo... ... Allí estaba él, siendo un niño de apenas 7 años, en aquella casa de barro con ni siquiera una habitación en condiciones. Sus cinco hermanos jugueteaban en el patio donde tendían ropajes y harapos, mientras su padre agarraba por el pelo a la madre en la cocina. Escondido tras el marco de la puerta presenciaba cómo la forzaba apretándola contra la pared. Le levantaba la falda hasta los


muslos y pese a colarse los llantos entre los dedos de la mano con la que le oprimía la boca, empujaba. Tras colmarse de gozo, la lanzaba contra el suelo y rabioso salía al encuentro de sus hijos. Allí estaba el pequeño de los seis, esperando recibir el primer puñetazo. Y no pudo evitarlo. Salió tras la puerta y corrió. Su corazón latía con fuerza contra el pecho, la fatiga le golpeaba con crudeza. Quería huir, desaparecer, olvidar. Hasta que la brisa azotó su cara. El mar ante él y en sus ojos reflejada la intensa libertad. Tenía hambre, llevaba unos días sin probar bocado. Pronto asomó aquel sonido tan poco familiar, pero que le hacía rugir el estómago, para a continuación dilatarle aquellas pupilas jubilosas de un niño que lo desea todo, pero no tiene nada. El choque de dos monedas. Giro la cabeza. Un hombre canoso de ojos claros ocultaba su cabeza del sol con un turbante blanco. Junto a él una sombrilla, una pala, un rastrillo y un cubo de agua. Varias personas sonrientes, la mayoría turistas, se escondían tras unas montañas de arena para con admiración lanzar unas monedas a aquel trapo tendido en el suelo. Como buen alfarero jubilado, aquel desconocido y amante de lo prohibido, dedicó los últimos días de su vida a hacer lo que siempre había querido: dar forma a lo imposible. Con el dedo le pidió al niño que se acercará. Y tan pronto como reconoció en él el dolor de una vida que no le pertenece le enseño a construir antojos de arena con sus manos, para invitarle a soñar con una vida mejor. ... Y volviendo a abrir los ojos, observo a aquel hombre que se escondía tras castillos y dragones de arena en la playa de Ereaga (Getxo), queriendo preguntarle cuál sería su historia.


Hasta los cajones En los últimos días me he sentido un poco... Bruja. Antes, a las brujas se las quemaba en la hoguera. Ahora, al parecer, se las envía mensajes, vía Facebook, tachándolas de anticlericales. Y es que la polémica que gira en torno a las Jornadas Mundiales de la Juventud, y que tendrán lugar este fin de semana, me ha empujado a formar parte de uno de esos cajones que la gente tiene en su cabeza y en los que se empeñan en meter a todos sus amigos, familiares y conocidos. A mi me han puesto en el de los anticlericales, bebe litronas y lanza petardos desde que el viernes recibiera un mensaje que decía así: “Distinguida orden anticlerical: Aquí os dejo lo que vuestra odiada Iglesia Católica hace sólo en España. A ello hay que unir el resto del mundo, por no hablar de los misioneros que están en todas las regiones del planeta arriesgando su vida por demás, mientras otros se hartan de litronas y petardos, criticando a los curas y a la Iglesia: (...)” Lo curioso es que de ponerme una etiqueta... ¡Me pongo la de creyente! Pero de ahí a participar en unas jornadas con las que no comulgo... Pues lo siento, pero no. Y que manía tiene la gente, de convencerte con que lo suyo es lo mejor, lo correcto y si no... ¡A la hoguera! Es como votar a un partido político. Es imposible estar del todo de acuerdo con una ideología; de ser así, caes en un fanático error, comunmente conocido y rechazado por la mayoría, que se hace llamar radicalismo. Sin embargo, he protagonizado fanáticos muros repletos de propaganda en las redes sociales. Clamaban así: “La JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD (JMJ) costará 50 millones de euros que serán costeados en un 70 % por los participantes y en un 30 % por empresas patrocinadoras.


A cambio, el evento dejará 100 millones de euros en beneficios en España. El Estado ingresará más de 25 millones de euros en concepto de IVA gracias a la JMJ. ¿Cuánto ingresa el Estado por los indignados?” “Pega esto aquí si quieres que el estado subvencione el año que viene una visita de George Lucas y las jornadas mundiales de los jedi.” Este último, a título personal y al margen de este caso en particular, me encantó. Pero la idea de comercializar con un evento que no debería traducirse única y exclusivamente en términos económicos, sino también espirituales y morales, consiguió hincharme la vena. ¿De qué tienen miedo? Hoy, con gran tristeza, he visto en El Mundo que la marcha laica que tuvo lugar ayer en Madrid se había convertido en una marcha anti-papa en la que agredieron a varios peregrinos. Al parecer, no sólo se queman brujas en la hoguera en pleno siglo XXI, también se persigue al cristianismo. Pero la cosa se complica cuando empezamos a hablar de bandos y El Mundo mete a los agresores en el cajón de los indignados. Y entonces, ¿es posible conocer a alguien religioso que sea también indignado? Sí, de hecho, esas personas existen. Entonces, ¿que patología existe en este país que se reduce a querer encajonarlo todo para poder definir quienes son o no tus “amigos”? ¿Qué obsesión persiste ante la necesidad de juzgarlo o evaluarlo todo? ¿De tachar como raro aquello que no te atrae, con lo que no te identificas? ¿De rechazar a una comunidad que no es la tuya, sea indignada, creyente, ambas o ninguna? Francamente, no entiendo en que punto perdimos la sensatez para dar paso a la más persistente de las ignorancias. Más allá de la Democracia o la Iglesia como antiquísima institución, están las personas que se cuidan y respetan independientemente de lo que piensan.


Aquel día de mercado... Me gustaría decir que era un lunes cualquiera, pero lo cierto es que no... Era el 26 de abril de 1937. Y, pese a haber sido prohibido a última hora, la mayoría no quiso perderse el tradicional mercado de los lunes. Supongo que había quienes no querían borrar la entrañable cotidianidad en aquellos días de guerra, y su madre era una de ellos. Fue ineludible que durante la comida de aquel lunes las mejillas se le enrojecieran cuando le comunicaban que aquella tarde acudirían a la plaza. Apenas sin haber terminado de comer y pegando pequeños saltos sobre sus zapatos viejos, sonriente y palpablemente acalorada, esperaba ante la puerta de su hogar. Inquieta, dando bandazos con la cabeza esperando encontrar a su madre ataviada en el pasillo; saliendo de la que era su habitación con el bolso en la mano. Aquella tarde, inevitablemente, no podía hacerse esperar. Eran las 16.00 horas y entrelazando sus dedos, una junto a la otra, paseaban por las calles de su Villa, dispuestas a hacer alguna que otra compra en el mercado. A ella le fascinaba el olor a verdura que desprendían las cajas amontonadas en el suelo, el gentío, el ruido, los saludos por doquier de quienes se conocen desde niños. Era feliz o al menos, bajo su entrañable ignorancia y su emocionante inocencia, se sentía así. El mercado estaba repleto de hombres y mujeres de todas las edades. También había niños con los que intercambiaba miradas de asombro y alegría. Revoltosos, correteaban entre los puestos para esconderse tras sus madres, un refugio asegurado en el que sentirse a salvo, todas, menos aquella tarde.


Sin verlo venir, al bombardero y a todo lo que vendría a continuación, cortantes e intensos silbidos se hicieron notar en su frágil oído de manera estrepitosa. Aquello no estaba previsto. No pudo evitar arrojarse las manos a las orejas queriendo desprenderse del desagradable sonido. Eran las alarmas antiaéreas. Y de repente una docena de explosiones se sintieron tan cerca que su corazón no puedo evitar romper en latidos de auxilio. El suelo temblaba y la gente gritaba. Su madre no estaba. El bombardeo de Gernika había comenzado. El olor a quemado, a fritanga, y el ruido se hacían cada vez más intensos. Asustada, huyó en busca de una cara amiga, pero el humo se expandía sin límites y apenas sentía estar en casa. Aquel territorio, por primera vez, le era completamente desconocido. Las explosiones se sucedían y con ellas aumentaba el horror. Alzo la vista y bajo aquellos soportales, junto al mercado, vio a la gente amontonada buscando el refugio que hacía escasas horas había encontrado junto a las faldas de su madre. Notó las manos de una mujer bajo sus axilas. Con fuerza fue arrojada fuera, como si de un saco de patatas se tratara. Y por un momento, yació junto a los cadáveres que desprendían aquel olor tan desagradable. No había hueco para ella ni su inocua inocencia. Algunas extremidades vagabundas tendían en el suelo haciéndola compañía. Horrorizada y con los ojos envueltos en lágrimas alzo la mirada buscando la compasión de aquella mujer. En sus temblorosas pupilas y sin dar crédito, se reflejo una bomba, de las muchas que se colaban entre el humo sin apenas visibilidad. Y así fue cómo saltaba por los aires aquel lugar del que la habían echado hacía escasos segundos. La mujer ya no estaba, sólo algunos restos de aquel edificio, de aquellas personas, de aquel mercado. La que había empezado como una tarde cualquiera se convirtió imprevisiblemente en una cruzada de recuerdos, deseos y sentimientos encontrados que le abrieron las puertas, como en aquella tarde al mercado, en su vida a la resurrección. Y como cualquier otra paradoja de la vida, fue la falta de humanidad lo que la permitió, a ella, conservar la suya...


Tiempo muerto


Qué efímero resulta el tiempo cuando una canción, un perfume... Son capaces de evocar un punto de inflexión del pasado en un misero instante. Removiéndose cielo y tierra en tu estómago pareces teletransportarte en cuestión de segundos. El presente desaparece entre recuerdos que ahora parecen serlo todo. Y quieres mirar el reloj para saber cuanto queda, pero el tiempo no existe. Sumergido en infinidad de pensamientos simuntáneos eres capaz de volver a vivir el más doloroso de los tormentos, la más alegre de las vivencias y el que creías el más olvidado de los recuerdos.


Ya no es lo que era


Tomar una café ya no es lo que era. Antes disfrutabas de una buena conversación en la mejor de las compañías. Ahora se hace un silencio y sólo se oye: “click, clack, click, click, clack...” Cabizbajos a la espera de la última actualización en Facebook o la respuesta de no sé sabe quién en el Wassup. Y es que a día de hoy quedas con 20 personas, pero sólo una de ellas está sentada a la mesa. Ahora que se acercan elecciones... No sé cómo aún no se vota a través de las redes sociales. De aquí a unos años los escaños pasarán a llamarse “me gusta”. Y ya no tendrás que estar empadronado... ¡Bastará con tener cuenta en Facebook! El otro día viajaba en metro y a la chica de enfrente le duraba su BB (BlackBerry) en el bolso lo que a un niño una gominola en las manos. ¡Anda ya! Ni Golum tenía tanta obsesión con el anillo. No puedo más. Iphone uno, dos y tres... Cuatro, cinco y seis... Yo me calmaré y todos lo veréis.


Ten fe

Hoy me ha podido la nostalgia. Me han podido las ganas de querer seguir haciendo que te sientas identificada. No he podido evitar sentirme reflejada porque yo también sé lo que es no querer salir de la cama. Sentir que las sábanas son tu mejor armadura y no tener ni la menor gana de enfrentarte al mundo. Dejar pegotes de rimmel en la almohada de tanto llorar y creer que aquello no se va a ir nunca. El dolor de cabeza, los ojos hinchados, la boca seca y el llanto cosido a tus labios. Sí, lo sé. Entiendo tu rabia. El no querer escuchar más frases hechas, más topicazos. Harta de recibir una palmadita en la espalda acompañada de un “el tiempo lo cura todo”. Qué le jodan al tiempo, que para ti no pasa desde que el miedo se apoderó de tu cuerpo. Todos los días te parecen iguales, un no querer avanzar. Miedo a quedarte sola, a no poder superar el puto vacío. No quieres que te digan que él se lo pierde, que ya vendrá otro, que no te merece... Tú quieres volver al punto de partida; a aquel momento en que bajo la fría noche te agarraba por la espalda, y sin ser muy consciente de lo que ocurría, pensabas que aquello duraría de por vida. Siento no poder cambiarlo. No poder ayudar. No poder hacer nada por que te sientas mejor. Sólo puedo estar aquí, latente, presente. Y decirte que al menos durara un año. Que durante ese tiempo habrá una fase de dolor, rabia. Una fase de desfase y una de recuperación. Que pasarás de quererle a odiarle, y viceversa,


en cuestión de segundos. Te enfadarás y le gritarás al olvido que llegue pronto. Te darás cuenta de que un amigo se encuentra al otro lado del teléfono, pero que no todo el mundo cumple con su palabra: estar ahí. No se lo reproches, al fin y al cabo, todo depende única y exclusivamente de ti. Habrá momentos duros y menos duros. Verle sonriente, agarrándose fervientemente a una nueva vida en la que tú no tienes ni un misero hueco no es fácil. Como no lo es ver la soltura con la que la gente te escupe consejos. Resulta cómodo verlo desde fuera, pero aplicarse el cuento cuando se trata de tu historia no es precisamente coser y cantar. Así que me limitaré a susurrarte: TEN FE. Ten fe en ti, en lo que vendrá y no en lo que pudo haber sido; no pienses en lo que pudiste hacer mal. Ya no importa. Mete todos los recuerdos en una caja y déjala en manos del abandono. Sí, millones de segundos, minutos, miles de horas y semanas, cientos de días y unos cuantos años pueden traducirse en un único recuerdo en el más grande de los cajones, tu cabeza. Pero será un pensamiento que formará parte de quien eres. No dejes que ese pensamiento destroce la ilusión de volver a pasar por lo mismo. Así que... Ten fe en que la vida sólo te da aquello que eres capaz de superar. Yo te aseguro desde mi mirilla, que en el día a día pueden verse estimulantes grandezas que nos animan a seguir. Desde una niña corriendo detrás de un globo, a un señor que ojea en el metro el periódico del de al lado, pasando por una joven que un día se levanta repleta de fe deseando que el día siguiente sea algo mejor. (Inspirado en todas aquellas mujeres que han compartido conmigo alguna de sus rupturas. Lorena, Olga, Patricia, Maider, Mónica, Nerea, Iratxe, Helena... A todas vosotras... Gracias.)



Por muchos besos que me deje dar, por muchos piropos que me guste oír, por mucho tiempo que permanezca lejos de tí... TÚ, siempre estás TÚ.


Para no escuchar


Hoy es un día de esos en los que pones la música lo más alto posible para no tener que escuchar aquello que no te apetece oír. Una y otra vez, la misma canción. Porque te sobra la gente que hace de sus circunstancias las tuyas. Y cada vez más y más alto. Porque no quieres que te corten las alas y que juzguen tus inmensas ganas de tirarte al vacío y probar a volar.


El Recuerdo


Corres y vuelas entre los arboles. Iluminas mis esperanzas, alteras mis sentidos y emociones. Te marchitas cuando ya te agotas. Y me sumerges en la mas triste y dolorosa de las penas. Por no corresponderme, por no dejarte amar. Y s贸lo queda algo de ti en mi EL RECUERDO.


多Y si?


Hace un tiempo alguien me dijo que todas las noches, al acostarse, se preguntaba: ¿Y si...? Desde entonces he sido yo la que le ha estado dando vueltas... Infinitas posibilidades rebolotean ultimamente por mi mente, a pesar de haber dado con la respuesta hace poco en el tablón de Tuenti de una amiga. ¡Quién tuviera una avioneta! ¿Y si... me fuera contigo? ¿Y si... lo dejara todo? ¿Y si... dijera que no? ¿Y si... me lo tomara en serio? ¿Y si... renunciase? ¿Y si... cambiara de ciudad? ¿Y si... dejara de tener miedo? ¿Y si... siguiera tus pasos? ¿Y si... me negara a decirte adiós? ¿Y si... me diera igual lo que pensasen los demás? ¿Y si... dejara yo de pensar? ¿Y si... empezara a creermelo? ¿Y si... quisiera cambiar? ¿Y si... te tuviera aquí? ¿Y si... estuviera allí? ¿Y si... no nos volviésemos a ver nunca más? ¿Y si... dijera que sí?... ¿Y si en lugar de planear tanto, voláramos más alto?


La generación perdida Hace tiempo que quiero hablaros de “La generación perdida”. Me gustaría deciros que es esa a la que perteneció Ernst Hemingway o John Steinbeck, entre muchos otros escritores norteamericanos que vivieron en Europa haciendo lo que mejor sabían: escribir. Pero lo cierto es que, esta generación de la que os quiero hablar, dista mucho de esta otra que os acabo de contar. Últimamente cuando me preguntan por mi situación laboral tengo que oír respuestas como: “Al menos tienes trabajo, no puedes quejarte”, “con una licenciatura juegas en otra liga, no eches currículum en el Telepizza”, y mi favorita: “sois la generación perdida”. Francamente, ya no sé si seré o no miembro integrante de la generación perdida, y dentro de unos años hablarán también de todos nosotros en la Wikipedia, pero lo cierto es que parece que poco les falta para meternos a todos en un gueto y marcarnos con un sello en la frente: “Lost generation” (eso si que son tomar medidas de fomento del empleo). En dicho grupo parece que pueden incluirse a esos jóvenes de entre 20 y 30 años, desempleados, bien formados, sin opción a independizarse o encontrar, ya no el trabajo que merecen, si no cualquier trabajo. Aún recuerdo el día que hice una entrevista para azafata de estanco...: -Tendría que hacer un curso para aprender a manejar una PDA, ¿tiene algún inconveniente? - Ninguno, afirmaba mientras por mi mente pasaban los seis años de Universidad y los miles de euros que había invertido por cada uno de ellos. ¿¿¿¿Un curso de PDA???? - De todas formas, está usted demasiado formada para optar a este trabajo. Ya le llamaremos. El teléfono nunca sonó y así fue, como acertadamente, me dijo una amiga: “Doble licenciada, con un master y no te cogen ni para azafata de estanco”.


Esa era la cruda realidad... Para aquellos puestos de trabajo que eran “de lo mio”, como suele decirse, no tenía experiencia. Y... ¡¿cómo iba a tenerla si estaba recién licenciada y todas las oportunidades que me habían brindado eran prácticas no remuneradas, porque 150 euros al mes no es un salario, en las que terminabas haciendo fotocopias?! Y para esos otros trabajos que podían permitirme tirar del carro, mi perfil era “demasiado”. Ante esta tesitura, parece quedar sólo una salida: emigrar. Y en ese ranking de oportunidades laborales, Madrid encabeza la primera opción en la lista de aquellos inmigrantes de la generación perdida en busca de un empleo “digno”. El extranjero, como la recurrida Alemania, le sigue. Pero si miráis un poco más allá, en realidad, estos supervivientes terminan pagando por trabajar. No es oro todo lo que reluce, ya que la mayor parte de su sueldo se ve destinado a pagar un alquiler, vivir en otra ciudad o volver a casa por Navidad. ¿Y todo a cambio de qué? De experiencia o lo que es lo mismo “hacer currículum” para poder optar, en un supuesto, a algo mejor. Aunque no todo han de ser desventajas. Como dicen algunos, la crisis agudiza el ingenio, y ahora las formas de contacto con otras empresas son de lo más variopintas. Sólo hay que echarle morro y apostar a la carta ganadora. Y si ves que a antiguos compañeros tuyos de clase les va mejor, piensa tal vez en qué año terminaron ellos o dejaron de estudiar. La diferencia de dos años es aplastante. Y de no ser así, simplemente, alégrate porque ellos no irán al gueto o tienen más enchufes que tú. La verdad es que es duro ser de “La generación perdida”; dan ganas de cantar la canción “Qué mierda ser yo”. Da igual cuánto creas valer o a qué puesto de trabajo creas debes aspirar, las oportunidades son contadas, así que no dudéis, lost generation, en hacer uso de esos enchufes que alardeabáis nunca utilizaríais en la universidad. Ver en cada calamidad una oportunidad y nunca, nunca, nunca, dejéis de luchar por aquello que os corresponde y que además os habéis ganado a golpe de injusticia laboral, becas (hasta los 30 años) y empresas que saben sacar provecho de la coyuntura económica de este, por lástima, nuestro páis. P.D La generación NINI (NI estudia, NI trabaja) la dejamos para otro día, que NADA tiene que ver con esta otra que os acabo de contar. ARTÍCULO RECOMENDADO (En dedicatoria a Javier Salazar, además de ilustre ingeniero, miembro de la generación perdida y amigo de esta mirilla ;)


Presuntos

Socorro. Así se llaman desde el momento en que caen al suelo. Se levantan temprano, dan de desayunar a sus hijos rehusando su mirada. Les miman, les dan el cariño que ellas no reciben y lloran. Durante el día unas trabajan en una oficina, otras en su propia casa. Salen a la calle con gafas. Ya puede llover que a ellas lo que les molesta no es el sol sino el dolor. Hacen sus recados para mantener un hogar que se tambalea, cuyos cimientos tiemblan todas las noches. Algunos las miran con sospecha, otros ni perciben lo que ocurre. La gente habla, o no. Hay quienes ven amor y quienes ven odio. Pero ellas sólo ven miedo, angustia, tristeza. Tras sus gafas oscuras se esconden, se ocultan.


Regresan a casa, despacio, con calma. Sus pies caminan por ellas. Comienzan a temblar. Una lágrima se derrama, se seca. El corazón se les dispara y el estomago se les encoge. Se acercan aterradas porque saben lo que les espera. Mantienen la esperanza, confían. Tiernas, débiles, vulnerables. Aguantan por sus hijos, por amor. Sueños rotos que se empeñan en reconstruir. Pero una vez derramada la sangre, cientos de pedacitos de corazón se esparcen por todas partes. La primera vez la toleran, disgustadas, pero confiando en que no volverá a ocurrir. Mas una y otra vez se repite, unas de continuo y otras intermitentemente, aunque cada vez con más dureza, con más crudeza. Presuntos. Así se llaman todos ellos desde el momento en que dan el primer golpe. Se levantan cuando les da la gana. Dependiendo de la resaca, del trabajo, del grado de odio que corra por sus venas. Venas que se hinchan, que estallan. Sin miedo. Interesados. Cambian de humor y de actitud según lo que quieren. De su boca sólo se derraman insultos, mentiras. Insisten en que no lo volverán a hacer, pero no tardan en tirar por tierra sus palabras, palabras repletas de rabia. Nerviosos rompen en cólera y de los ojos de sus víctimas extraen lágrimas y de sus bocas llantos. Pero llega el momento en que todo cambia, termina. El momento en que pasan de presuntos a ser culpables. Socorro tirada en el suelo y el dedo metido en la llaga, el cuchillo, el golpe que marco el final. Hijos que acabarán en un hogar de acogida o con familiares desconocidos. Se va el cariño entre los dedos de quien fallece en el suelo. Con todo lo que conlleva, con todo su amor. Cientos de gritos brotando de un montón de papeles archivados en comisaría. Pero ya es tarde para escuchar porque el dolor se ha esfumado. Sólo quedan las brasas de los que en su día fue odio, violencia, terror. Y desprenden un olor desagradable, a chamusquina, a cobardía.


¡Qué asco!

Te han dejado y tienes el corazón roto. ¡Qué asco! Qué asco te da el amor, los besos y abrazos entre enamorados. Vas por la calle y no ves más que parejas, que se quieren. Y se miran a los ojos mientras ponen cara de tontos. Se abrazan, se besan y se vuelven a mirar a los ojos. Ojos brillantes. Y si te propones leer lo que dicen sus labios te percatarás de un empalagoso “te quiero”. Y si te fijas un poco más leerás en sus labios: “yo más, no yo más, no yo más...” Y así hasta que dices: Adiós, me cambio de acera. Pero están en todas partes: sentados en un parque, despidiéndose en una parada de autobús, en las terrazas de los bares, en los portales y en la discoteca del sábado noche.


¡Qué asco! Cuando les ves te sientes sola. Y piensas que probablemente les darás pena. ¡Qué incomoda te sientes! Pero no pasa nada, no, ¡faltaría más! Tus amigas te llevarán al cine a ver una película de amor, de esas en las que una fea o desgraciada consigue a un chico guapo que la quiera. Sales del cine pensando que tarde o temprano eso mismo te pasará a ti. Ilusa. ¡Anda que no te queda tiempo sufriendo! Intentando olvidarte del anterior. Hasta que llegue un chico de esos que yo denomino “puente”. El chico clavo. El chico que te ayudará a olvidarte del anterior, al que le romperás el corazón para vengarte del sexo masculino. Entonces llegará un momento en que seguirás estando sola, pero contenta. Te acostumbrarás a estar sin pareja cuando menos te lo esperes. Y entonces no te interesarán los hombres. Incluso animarás a tus amigas a que sigan tu ejemplo y cuando no lo hagan también ellas te darán asco, o mejor dicho, pena. Autoengaño, creo yo. Pero es algo por lo que tarde o temprano todas pasamos. Y entonces ya no vemos tantas parejas por la calle y aunque lo hagamos no nos afecta. Lo hemos superado. Y cuando menos te lo esperas... ¡Pum! Otra vez. Un chico que te hace “tilín”. Y de nuevo el tonteo, ¡cómo nos gusta eso! Pero tu insistirás en que no quieres nada, que eres libre. ¡Y un carajo! Como dice el refrán: “basta que te pongas debajo de una encina para que un pájaro te cague encima”. Y así una y otra vez. Hasta que por fin encuentres a ese príncipe azul con el que llevas soñando desde que jugabas con las barbies o a “papás y mamás”. Cuando tengas un piso, un sueldo y hayas madurado lo suficiente como para poder soportar la cruda realidad: que los principes destiñen. ¿Y hasta entonces qué? Pues ajo y agua. Se repetirá este mismo ejemplo una y otra vez. Te darán asco las parejas, la situación y si te descuidas hasta tú misma.. Y así una y otra vez. Unas peor y otras mejor. ¡Qué asco! Pero qué bonito y qué feliz eres cuando lo tienes, entonces nada te da asco.


Mariposas en el est贸mago


Deja que las mariposas entren en tu estómago. No las tengas miedo. Deja que revoloteen y campen a sus anchas. Deja que te emocionen y te hagan sentir libre. Porque aunque puede que algún día se vayan, tal y como vinieron, siempre habrá nuevas orugas dispuestas a transformarse en hermosas mariposas.


Luna


No puedes. No puedes pedirle que gire en torno a ti. Sea noche o día. Ni tampoco aullarle lo que te plazca y pretender que no le duela. Pedirle el cielo y ni siquiera molestarte en pintar una estrella en él. Ponerle una nube y no hacerla llorar. Así que te enfadas. Crees que no hay quién la entienda; que cambia en función del día; que dice no querer lo que en realidad está pidiendo a gritos. Nostálgica, triste, perezosa, coqueta, humilde, sencillamente deslumbrante. No puedes apagarla a cambio de encender una insignificante bombilla. Menos aún ignorarla porque un día seas incapaz de encontrar en ella la belleza que un buen día te paró en seco ante sus ojos. No te equivoques. Esto no es cuestión de noche o día. No hay soles mejores, ni crepúsculos o atardeceres capaces de ocultarla. Siempre habrá una historia que la contempla y se deja deslumbrar. Paranoica, loca, incomprensible. Puede. Toda una guerrera donde las haya. Seguro. Porque en una oscura noche, puede que la única en la que te lo permita, podrás ver de lo qué es capaz, lo maravillosamente inmensa que es. Tómatelo como un regalo, no todas las mujeres se dejan ver a todas horas, ni son tan luna como ella. A todas aquellas mujeres-luna que me inspiran. A todas las que un día me preguntaron cómo y por qué les podían haber hecho aquello o lo otro. No todos son capaces de entender la belleza, misterio e inmensidad del cielo. No todo el mundo es capaz de soportar el peso de la luna. ;)


A veces te das cuenta de que hay gente que literalmente te sobra, pero que hay otra... Que irremediablemente... te falta.


por Patricia MartĂ­nez


La Otra Mirilla 0.0