Issuu on Google+

La aventura de Liliana La luz de la mañana penetró en la habitación de Liliana, y le dio en la cara, despertándola. Ella abrió los ojos lentamente y bostezó. Miró el reloj que había en su mesita. Eran las once de la mañana. Saltó de la cama, se vistió y se miró en el espejo que había en la pared, al lado de la puerta. El espejo le devolvió el reflejo de una muchacha de quince años, alta y con los ojos grises. Sin saber porqué, recordó a su abuelo, que unos años antes había muerto en aguas del Pacífico, tras un horrible accidente de avión. Lo añoraba… Salió por la puerta y bajó a desayunar. Después, sus amigas la llamaron y la invitaron a ir con ellas al parque de atracciones. Liliana aceptó y subió a su habitación a coger su bolso y el dinero. Por la noche, después de cenar, subió a su dormitorio a acostarse. Al entrar se echó encima de la cama, agotada. Y entonces oyó una voz. –Lili –la llamaba–. Lili, ven… Se incorporó de un salto y miró a su alrededor. No había nadie. ¿Quién la llamaba? –Lili, ven… Miró el espejó movida por una intuición, y lanzó una exclamación. Se podía ver a través de él… y Liliana vio a un chico de su edad, pelirrojo, mirándola con una sonrisa en los labios. Se acercó al espejo. Aun tenía el cristal. –Lili, crúzalo –le dijo el chico–, pero date prisa. Liliana no dijo nada, miró al chico y apoyó su mano en el cristal del espejo. Cerró los ojos y, para su sorpresa, lo cruzó. Cuando los volvió a abrir estaba en una sala enorme, con aquel extraño chico a su lado. Lo miró incapaz de pronunciar palabra. ¿Quién era él? ¿Dónde estaba? –¿Quién eres? –le preguntó–. ¿Dónde estoy?


–Me llamo Damián, sígueme, no tenemos mucho tiempo… –¿Tiempo para qué? Damián no le respondió y echó a andar. Liliana lo siguió a una prudente distancia. No entendía que había pasado… acababa de travesar un espejo… y estaba en un lugar que no conocía… ¿Y quién era aquel chico pelirrojo que sabía su nombre? El muchacho se detuvo delante de una puerta y la abrió. La muchacha entró, dudosa… Dentro había una mujer sentada en una silla. La chica se dio cuenta de que tenía las orejas alargadas y puntiagudas. Abrió los ojos atónita… ¡era una elfa! Ella pensaba que las elfas solo existían en los cuentos… pero tenía una delante, que le sonreía. –Bienvenida, Lili –le dijo. –Ho… la –balbuceó ella apartándose un mechón de su melena castaña de la cara–. ¿Quién es usted? –Me llamo Marga. Tengo algo importante que decirte, Lili. Tu abuelo está vivo. Liliana abrió la boca, pero no pudo decir nada. ¿Cómo que su abuelo estaba vivo? –Mi abuelo murió hace muchos años –dijo con lágrimas en los ojos–, cuando su avión cayó al mar. Nadie encontró su cuerpo. No puede estar vivo. –Lo sé –asintió la elfa–, pero hace una hora hemos recibido un mensaje de alguien que pedía ayuda. Yo conocí hace muchos años a tu abuelo, y nunca podré olvidar su voz. El que pedía ayuda era él, Lili. Decía que se encontraba en una isla del Pacífico que no se veía desde el aire, ni desde el mar. Nos dio unas coordenadas aproximadas de donde estaba, y nos dijo que fuéramos pronto a por él. –Si eso fuera verdad –observó Liliana–. ¿Por qué mu abuelo le llamó a usted y no a alguien de mi familia, o a un policía…, o a un guardacostas?


–Déjame que te cuente una historia, Lili –pidió Marga y empezó–: Hace poco más de cuarenta años, yo era un elfa que vivía en un bosque, cerca de tu ciudad. Una mañana, unos excursionistas acamparon cerca de donde yo vivía, y pusieron trampas para cazar animales. Yo caí en una de ellas, y tu abuelo fue el primero en llegar. Al ver que no era un oso, ni ningún animal, me preguntó: «¿Quién eres?» Yo estaba muy asustada, pero le dije: «Me llamo Marga, y soy una elfa, por favor, déjame ir». Tu abuelo me soltó y, a cambio, le di un amuleto con el que podría llamarme si lo deseaba. Tu abuelo me dio las gracias y se fue. –Entonces… –dijo Liliana–, ¿mi abuelo la ha llamado a través de ese amuleto? –No exactamente, pero ahora eso no importa. Tú y Damián –señaló al chico– iréis a esa isla a por tu abuelo. Pero daos prisa, creo que esa isla es peligrosa… La elfa se acercó a Damián y la Liliana y les dio un par de medallones con una estrella colgando. Se los pusieron en el cuello. Les explicó que con cada uno podían pedir una cosa, luego el colgante perdería la magia, y pasaría a ser un colgante normal. –¿Y cómo vamos a llegar a la isla? –preguntó Liliana. –Iremos en helicóptero –respondió Damián–. Se pilotar –añadió al ver la mirada de inseguridad que le dirigió Liliana. Los tres salieron de aquella sala hasta llegar a un patio iluminado por una gran lámpara. Allí había un helicóptero. Damián y Liliana subieron y Marga se quedó abajo. –Marga –dijo Liliana mientras Damián encendía el aparato–. ¿Por qué usted no viene? –Yo no puedo irme de este bosque. Si me voy moriré –Y añadió–. Adiós, y volved pronto –El helicóptero se elevó en el cielo. Volaron durante muchas horas. Ni Damián ni Liliana, que se había sentado en el asiento de copiloto, hablaron durante todo el camino. Habían salido de noche, y al amanecer llegaron a la zona dónde el abuelo de Liliana les había dicho que estaba la isla. –No se ve ninguna isla –apuntó Liliana–. ¿Bajamos?


Damián asintió y bajaron un poco. De pronto, el helicóptero dio una sacudida y descendieron veinte metros de golpe. Y entonces la vieron. La isla no era muy grande, pero tenía una gran zona de foresta en el centro, y una pequeña playa de arenas rojizas. No tenía montaña, a diferencia de algunas islas, ni tampoco volcán. El aparato aterrizó en una zona de la playa dónde había algunas rocas. Ambos bajaron y se quedaron mirando la isla que se extendía frente a ellos. Damián cogió de helicóptero una mochila y sin decirse nada, los dos se internaron en la isla. Caminaron durante más de una hora, pero no vieron a nadie. Al mediodía hicieron un alto para comer un par de bocadillos que Damián llevaba en la mochila. Después, siguieron. Por la noche no habían encontraron al abuelo de Liliana, y se sentaron en un claro para cenar y dormir. Liliana enterró su cabeza en las manos, abatida, ¿Dónde estaba su abuelo? Damián le pasó un brazo por los hombros y le dijo: –Tranquila, mañana lo encontraremos, ya verás. Solo hemos recorrido una parte de la isla, aún nos queda mucha sin explorar… –Ya lo sé –respondió ella alzando la cabeza y mirando a su amigo–, pero tengo miedo de no encontrarlo. Cuando ocurrió aquel accidente mis padres, mis tíos, mis primos, y yo incluida, nos quedamos durante semanas abatidos, y a mi abuela la ingresaron en un hospital porque había caído muy enferma… y ahora Marga dice que está vivo… quiero que lo encontremos. Estoy segura de que mi abuela recuperaría la alegría, porque aun le duele pensar que está muerto. Damián se quedó un momento en silencio. –Yo perdí a mis padres hace un año –dijo–. Marga me acogió. Se lo que debiste sentir al perder tu abuelo, y por eso ayer acepté ir contigo aquí buscarlo. Por cierto –añadió–, ¿Cómo se llama? –Serafín –respondió la chica. Se calló de pronto, había oído ruidos.


–¿Qué pasa? –dijo Damián. –Ssshhh –susurró Liliana–. He oído algo. Ambos se giraron. Entre los árboles vieron una niña de poco más de nueve años que los miraba con los ojos muy abiertos. Los dos se levantaron. Liliana le dijo: –Hola, ¿Quién eres? La niña retrocedió asustada, poco después dijo señalándose a sí misma: –Kira –Les señaló con un dedo. –Yo –dijo Damián con una mano sobre el pecho–: Damián –Señaló a Liliana–: Ella, Lili. Kira asintió y con gestos les dijo que la siguieran. Damián recogió su mochila y se internaron en los árboles. No supieron cuando tiempo anduvieron tras Kira. La pequeña se movía con facilidad por allí, pero ellos tropezaban con raíces a cada minuto. Cuando pensaban que no podían más, vieron luces tras un montón de cañas de bambú. Habían llegado a un campamento. Cruzaron las cañas. Había un montón de indígenas vestidos con largas túnicas verdes y los cabellos recogidos en trenzas. La niña se dirigió a uno que parecía ser el jefe. Llevaba en la frente una cinta de cuero, y las mejillas pintadas de rojo, negro y violeta. Sonrió y les dijo: –Au-ch ki le tau. Parecía que les daba la bienvenida. Liliana y Damián asintieron, pero, de pronto, a una orden del jefe de la tribu, dos de ellos los cogieron por la espalda y los encerraron, de mala manera, en una de las cabañas. Damián gritó. –¡Suéltennos! ¡Déjennos ir! Pero los indígenas no le hicieron caso, los encerraron y allí les dejaron, solos, sin posibilidad de salir, ya que uno de los dos vigilaba la entrada. Liliana se sentó en el suelo, desesperada. ¿Por qué los habían encerrado? ¿Quiénes eran? Damián se sentó a su lado.


–No entiendo nada… –murmuró. –Ya somos dos –dijo Liliana–. Tenemos que salir de aquí, Damián… ¿y si esos hombres le han hecho algo a mi abuelo? –Lo dudo, Lili –repuso él–. Si le hubieran hecho algo no habría enviado un mensaje pidiendo ayuda, además, ya lleva muchos años aquí, habrá sabido ocultarse de ellos. –¿Y por qué nos han capturado? –Damián se encogió los hombros. –Será mejor que descansemos, mañana pensaremos en la forma de salir de aquí. –Yo no podré dormir –dijo Liliana. Quince minutos después dormía profundamente. A la mañana siguiente el primero en despertar fue Damián. Oyó voces fuera de la cabaña y abrió los ojos lentamente. Se dio cuenta de que Liliana se había apoyado en su hombro, y decidió esperar a que se despertara. No tardó mucho. La chica abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor. Al principio se sintió desorientada, pero enseguida recordó dónde estaba. Miró a Damián, que sonreía. –Buenos días –le dijo el chico–. ¿Has dormido bien? –Si –asintió ella y se puso de pie, miró a su alrededor–. Tenemos que salir de aquí. –¿Cómo? –preguntó Damián serio–. No hay más salida que la puerta, y está vigilada… –una idea cruzó su mente de pronto y se levantó–. Ya lo tengo. Cogió su mochila, que estaba en el suelo, y se la cargó a la espalda. Después cogió con una mano la estrella del amuleto y con la otra la mano derecha de Liliana. Ella lo miró interrogante. Él sonrió y dijo: –Deseo que podamos travesar las cosas durante dos minutos. Enseguida, dieron unos pasos y cruzaron la pared que daba a la otra parte de la cabaña. Salieron de ella y, sin que nadie les viera, cruzaron el poblado. Se internaron en el bosque y durante un minuto pudieron correr sin tropezar con nada. Después, los efectos del deseo de Damián terminaron.


Habían llegado a un claro. Se soltaron las manos y se sentaron en el suelo, para recuperar fuerzas. –Ahora –dijo Liliana– tu colgante no tiene poderes, solo nos queda el mío. –Tenemos que reservarlo para cuando encontremos a tu abuelo –apuntó Damián–. No sabemos en qué condiciones estará, tal vez necesite algo de ayuda. –Es verdad –asintió Liliana y se levantó–. Vamos. Caminaron durante horas. Exploraron parte de la isla durante toda la mañana y casi toda la tarde. Al atardecer estaban agotados y, cuando pensaban que se iban a caer de agotamiento, llegaron a una zona dónde había una cabaña hecha con cañas y ramas de los árboles. Liliana se quedó muda de asombro. Sentado en un banco de madera, había un hombre viejo, delgado, y con mucha barba, que los miraba con los ojos muy abiertos. Liliana lo reconoció enseguida y corrió a abrazarlo, dejando a Damián, perplejo, detrás. –¡Abuelo! –exclamó Liliana abrazándolo–. Estás bien… gracias a Dios. Su abuelo la estrechó con fuera y después, con lágrimas en los ojos le preguntó: –¿Eres tú, Lili? –Si –asintió ella llorando–. Soy yo, abuelo… –Gracias al cielo, Marga te debió de avisar de mi llamada… ¿Quién es ese chico pelirrojo de allí? Hasta el momento no se había percatado de Damián, que se había quedado apoyado en un árbol, observando la escena, conmovido. –Es Damián –le dijo Liliana–. Él ha querido ayudarme a encontrarte. –Gracias, chico –le dijo el abuelo de Liliana–. ¿Y cómo habéis llegado hasta aquí? –En helicóptero –respondió Damián–. Lo hemos dejado en la playa.


El abuelo de Liliana abrió mucho los ojos. –Tenemos que ir rápido –dijo–. Los Kamuk podrían encontrarlo y entonces no habría manera de salir de aquí. –¿Los Kamuk son una tribu que hay en el bosque? –preguntó su nieta. –Sí, ¿Cómo lo sabéis? –Hemos escapado de ellos hace unas horas–le explicó Damián. El abuelo de Liliana entró en su cabaña y salió enseguida con una mochila cargada en la espalda. Los tres fueron corriendo a la playa y se dieron cuenta de que una hélice del helicóptero estaba rota. Damián corrió hacía el aparato y maldijo por lo bajo. Aquellos malditos salvajes la habían roto. ¿Con que? Ahora no importaba, sin la hélice no podrían volar. Serafín, el abuelo de Liliana, y ella se acercaron. Él sacó de su mochila un amuleto en forma de estrella y se lo colgó. Después de cogerles de la mano a ambos, dijo: –Deseo que salgamos de aquí. Pero no sucedió nada. Damián se dejó hacer a suelo, abatido. Nunca saldrían de allí. Entonces, Liliana dijo: –Podemos usar mi amuleto para salir de aquí. –No podemos –dijo Damián–. Los amuletos no pueden transportar a una persona de un lugar a otro, solo pueden hacer posible lo que alguien les pide. –Pues pediré una hélice –dijo Liliana–. Saldremos de aquí, subid al helicóptero, vamos. Los tres subieron al helicóptero y Liliana vio que un grupo de indígenas corría hacía ellos. Deseó rápidamente una hélice. Cerró la puerta de aparato. Damián lo encendió, y como por arte de magia, el helicóptero se elevó, dejando en la playa a unos rabiosos y sorprendidos indígenas. Los tres ocupantes del aparato sonrieron. Por fin habían salido de la isla y regresaban a su casa.


Serafín le contó a Liliana que tras ver que su avión no respondía, había saltado en paracaídas y había aterrizado en aquella isla. Los indígenas lo habían capturado, pero al final había podido escapar, y se había pasado años buscando la manera de salir de allí, hasta que con el colgante que le había regalado Marga, se puso en contacto con ella y ellos fueron a rescatarlo. –Cuando la vea –prometió– le daré las gracias por haberos mandado a ayudarme. –Ya falta poco para llegar –anunció Damián. Cinco minutos después aterrizaron en el patio de dónde hacía dos días habían salido Liliana y Damián. Marga los esperaba con una sonrisa en los labios. Cuando bajaron del helicóptero, la elfa abrazó a Serafín y le dijo: –Me alegro de que estés bien. –Yo también me alegro, Marga, gracias por enviar a mi nieta y a su amigo a por mí. No sé cómo devolverte el favor. –No importa, estaba en deuda contigo. Tú y Liliana tenéis que volver a vuestra casa, os echarán de menos. Espero que tu mujer ser recupere pronto. Está en el hospital, muy enferma. El abuelo de Liliana asintió y entraron en casa de Marga. Tras despedirse de Damián, que le prometió a su amiga ir a verla, cruzaron el espejo y aparecieron en el jardín de la casa de Liliana. Entraron y pasaron al salón. Allí, los padres de ella se quedaron con la boca abierta al verlos. –¡Liliana! –exclamaron y se pusieron pálidos, como si hubieran visto a un fantasma. Los cuatro se abrazaron. Durante la cena, después de que el abuelo y su nieta se hubieran duchado, les pidieron que les contaran lo que había pasado. Liliana no quería contarles lo que había pasado, así que les dijo que un guardacostas la había llamado diciéndole que habían encontrado a un anciano que la buscaba. Había ido hasta el puerto en bicicleta y había encontrado allí a su abuelo. Él aludido añadió que tras ver que su avión fallaba había


saltado con paracaídas y un barco pesquero lo había recogido. Los últimos años, dijo, los había pasado en un puerto de un pueblo pesquero muy lejos de allí, intentando encontrar la manera de regresar a su casa, con su familia. Los padres de Liliana les creyeron. Al día siguiente fueron al hospital, a ver a la esposa de Serafín, que lloró de alegría al ver a su marido, al que creía muerto. Al salir del hospital, Liliana vio a un muchacho al que nunca iba a olvidar apoyado en una pared de la entrada. –Damián –lo saludó. Él sonrió y empezaron a hablar. Los padres de Liliana y su abuelo los observaban sonriendo. –Bueno –dijo Damián después de un rato–. Me voy, ya nos veremos. –Claro –dijo su amiga–. Hasta pronto. No le preguntó cómo había llegado hasta allí. El chico se fue y Liliana regresó con sus padres a su casa, feliz de tener a su abuelo a su lado otra vez, como hacía muchos años.


La aventura de Liliana