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“Ver a distancia” Aurora Fernández Polanco. –

Comentario de texto literario por Darius Bogdanowicz. .

–Señora' Señore' Disculpeu las molestia' Una ayudita por favó. Vivo en una chabola con mis zinco hijo y una mujé enferma. El banco se llevó nuestra casa. No tengo trabajo. Una ayudita por favó. Que Dió se lo pague. (pausa, inhalo profundo) Señora' Señore' Disculpeu las molestia' Una ayuda por favor. Vivo en chabola... - la voz vibradora, monótona y cansada, sigue resonando clemente por los largos vagones del metro. De trazado gitano, sobrepeso, ropa desgastada y ojeras arraigadas por el paso de la vida, prosigue su marcha el mendigo brazo extendido, entre mirada esquiva y mirada en pantalla. Habiéndolo previsto ya desde el vagón anterior, su público arranca seudo-conversaciones a distancia con alguna simulación de un canal comunicativo. Otros, leen, miran o simplemente juegan a entramparse en la pantalla. El mendigo pasa, así, casi desapercibido si no fuera por algún automatismo sensorial en conexión con el cerebro de los asistentes. Todos y cada uno viaja medio mundo tan solo con un movimiento del dedo hacia un único dispositivo. Mil imágenes recorriendo su cerebro. Acelerando tiempo y espacio mucho más de lo que podría haberse imaginado cualquier ingeniero de metro. De la parada Barcelona a la parada New Jersey o Dubai o una remota isla del pacífico, en menos de un instante. - Gracias señora' señore'. (pausa, alguna moneda, inhala hondo) Disculpeu las molestia. Una ayuda por favor. Vivo (...) De pronto, una mano tensa y fuerte, a la vez de un tacto suave casi infantil, detiene al mendigo agarrándole el brazo. Este observa en sorpresa, sobrecogido de la ruptura con su monólogo. Un ciego le ha interceptado. Sus ojos totalmente al descubierto y bien dispuesto, finamente acicalado. –Acompáñeme usted, y le haré rico, ya sea por momentos. - de tono mayestático, el ciego parece recitar promesas de futuro. Lo de los “momentos” le suena a trampa, pero claro, le acompaña en búsqueda de la suerte que es como un péndulo y si uno no lo agarra... Salen del metro al pleno centro de esta gran ciudad en hora punta. Al principio el mendigo se siente tímido ante las miradas de los ciudadanos, cada cual por momentos parece intrigado por la curiosa pareja, más todos acaban siempre por volver a ensimismarse. –¿Cómo son toda esta gente que nos rodea? - pregunta el ciego. –Pues mire usté, gente normá. Ciudadanos como se dice. Nos miran y luego bajan la mirada. Algunos mejor vestíos, otros peor. Hay gente de tós laos. Mucho guiri, la verdá. Y de todos los colores. Hay quienes sonríen y quienes van más serio. Hay mucha prisa.


–¿Caras tristes? –Uuu... Sí. Haberlas hay la. –¿Pero lloran? –No, nadie llora. –¿Y como se comportan? –Pueee... Cada cual en su pompa. Es curioso, ahora que me hace usté verlo, que la mayoría va mirando pantallas y en cambio nadie se choca, como si se detectaran. Bueno, muchos se cabrean con su pantalla. Y la mayoría consume algo, que si la Cola, que si zumito de soja, que si la frutita o las patatas fritas, o la chocolatina lai. ¡Ay! Casi se nos chocan dos delante, pero na, na. El jovencito acabó dándose cuenta y le pidió perdón al ancianico, que desde abajito le observó cabreao y medio asustao. –Ya... ¿Y el entorno? –Pué... es bonito. Hay una luz cegadora (Ups, disculpeu). –Soy ciego, lo asumo, y a veces me encanta, se lo aseguro. No se preocupe y prosiga. –Hay una luz que entra por entre los edificios y es un poco turbia pero más bien bonica. Son antiguos y de un lujo desgastao, agarrándose los unos a los otros. Como para darle un toque moderno, están lleno de colores y letreros, y de pantallas, y de luces, y de movimientos, y de frases que la mayoría yo no entiendo pero no suenan na mal. Feelin' Lovin' Searchin', etzétera. Se quedaron en silencio como observando, cada cual como podía. Rompe el silencio el ciego. –Tengo hambre. Y los dos van arrastrándose hacia un restaurante en la esquina de la calle. Lo corona una enorme letra capital, amarillo vivo, y que lleva rastros de arcos pasados. –Huele a fritanga – dice el ciego al cruzar la pesada puerta. Utilizan unas máquinas de pedido automático, para ello insertan la tarjeta del ciego. El mendigo por instantes piensa en abusar pero duda. Del bien y del mal, esos dilemas inherentes. La pantalla táctil se puebla aprisa de ilustraciones extremadamente definidas y coloridas sobre “qué” comer, y a qué precio. Eligen, esperan a la cola, y cuando les sirven suben hacia la planta de arriba de aquel enorme centro comercial de comida. Una vez sentados, el mendigo, aun ausente en los dilemas que le había ofrecido el ciego, observaba a los otros que comían, y estos seguían inmersos en otros mundos de pantallas. Sin apenas darse cuenta se zampa todo lo comprado. Mientras, el ciego parece dialogar con la comida, bocadito a bocadito. –Acabo de tener una experiencia orgiástica en mi paladar – proclama el ciego al acabar- a veces le gustaría perder la vista, se lo aseguro.


El mendigo retoma al ciego del brazo y se levantan celebrando la panza saturada. Bajan las escaleras y salen del restaurante. Avanzan. <<La calle e'infinita y está llena de edificios enormes y viejos>> susurra el mendigo al oído del ciego. <<¿Alguna le llama más la atención?.>> contesta este. Sin respuesta el mendigo lo va llevando hacia un edificio enorme, con unas columnas de un eclecticismo histórico inclasificable. <<Cuidado con las escaleras, ¿prefiere la rampa?>>. No. Y las van subiendo, con cuidado. El mendigo trata con delicadeza al ciego, a quien empieza a apreciar. Al llegar arriba de la escalera, cruzan una puerta que se abre sola como un telón. –La temperatura, el aire, el olor, todo cambia – asegura el ciego – como ausente de nada. ¿Qué lugar es este? El mendigo de un aire bobalicón busca alguna explicación con un movimiento transversal de la mirada. Todo es blanco y reluciente, funcional, neutro. Apenas si rompe mínimamente el ritmo alguna cenefa restaurada en los techos. Sus ojos acaban por toparse con un enorme letrero. –Muu/Ss-ee-o de A-Art/e Coo-n/tee-m/poráa/ne-o. –Bello, bellísimo. Fíjate tú por dónde nos dio a parar. Empiezan a pasear sin más. El ciego no pregunta por nada, así que el mendigo calla. Tras unos cuantos pasillos y unas cuantas salas sin pausa, todo blanco y poblado de extravagancias, algo viene a llamar la atención del ciego, vete tú a saber si un olor o una sensación extraña. Se va a acercando, tal autómata, a un enorme lienzo. Está lleno de simbologías y de materia, de basura reutilizada. Le da por tocarlo suavemente, su textura es rugosa y a veces raspante. Casi se corta. Apenas algunas obras más lejos, un académico observa la escena, aún resignado a no decir nada ante la terrible situación. Peinado de lo más finamente, con gafas de copa, bigote y perilla trabajada, y un traje estrecho que por poco no se sale de su medida perfecta. En el enorme lienzo, el mendigo observa. El ciego está cada vez más obstinado en su tacto, a él no le importa. <<Que disfrute la basura>> piensa. En un momento dado el ciego saca la lengua de un aire pícaro y lame la obra. –¡Pero qué hace usted, insensato! - es el académico, que se acerca de un paso decidido, exaltado, siempre con el talón primero. - ¿tiene usted idea del valor y el aura de lo que babea? –Qué aura, ni qué aura, si eso no tiene ni oro ni na – apunta el mendigo, pensando en el Cristo de su hermandad. –Sabe fatal – confirma el ciego. –“El aura es la aparición irrepetible de una lejanía por cerca que esta pueda hallarse”1 - responde entre comillas el académico, refunfuñando. (Silencio en la sala por segundos. Los tres observan. Cada uno a su manera.) –Sigamos, amigo – dirige sin saber a donde apuntar el ciego, luego hace signo de cambiar de dirección - ¿Usted también quiere acompañarnos? 1 Benjamin, Walter, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Berlín 1936.


El Académico, que hasta ahora solo había podido obsesionar su vista hacia la mancha de humedad que la lengua había dejado en el lienzo, gira su indignada cara hacia el ciego. Y de pronto, pum, algo en la mirada desteñida de este le hace entrar en empatía. Alcanza la pareja, y se apunta al equipo. Al entrar en la siguiente sala, se topan con una sorpresa. Más estrecha, cerrada por una cortina, oscura. Una luz roja parpadea, un letrero. Proclama “Spanish Governement”. En medio, una bailarina de striptease, dando vueltas a una barra americana. Resuenan por altavoces escondidos gritos e insultos cultos del parlamento. El mendigo señala la bailarina con el dedo, le antecede una sonrisa de oreja a oreja. Se van acercando a ella el trío de compañeros. Sin poder despegar la vista de la chica (cada cual a su manera) encuentran unos sillones de cuero rojo que la rodean, se colocan. La admiran. La mujer va acercándose al ciego y rozándole. El mendigo la desnuda del todo con la mirada. El Académico, se frota la perilla egipcia y mantiene cierta distancia. La chica vuelve a la barra tras dejar al ciego con la boca abierta tan solo con tacto y olor. En eso que el mendigo se acerca a ella, saca de su bolsillo las pocas monedas ganadas en el metro, y se las coloca en la poca ropa que la viste. Entonces el Académico vuelve a exaltarse y apunta con un dedo acusador. –¡Ajá! Ahí está el truco. Qué vergüenza debería darle a usted (se dirige a la bailarina), y a usted qué ¿eh? (esta vez al mendigo) Le parecerá bonito. Esta obra se sale de cualquier estética válida. “El arte no mendiga.” - pero reflexiona, y acaba por resignarse a otras lecturas, desolado – Aaay, “el mundo tiene hambre, y no se preocupa por la cultura, y solo artificialmente pueden orientarse hacia la cultura pensamientos vueltos nada más que hacia el hambre”2 – Hambre la de mi'niños. - se enfada el mendigo, ligeramente agresivo. – <<No faltan ciertamente sistemas de pensamiento (…) pero ¿donde se advierte que la vida, nuestra vida, haya sido alguna vez afectada por tales sistemas?>> - corrobora el ciego sus conocimientos3. La bailarina se quita su espléndida máscara. Tras ella, se escondesu faz verdadera, la del autor de la obra, un hombre joven y de trazos ciertamente femeninos. Observa acusador al académico. “El arte vivo es la aventura de lo real”4, les acusa. El académico calla. Resignados, y no con cierto rencor del mendigo al académico, los tres prosiguen su ruta. Pasan por una habitación llena de pantallas y un público serio, casi asustado, adherido a ellas. El académico trata de detenerse para entender algo. <<Deténganse>> exige, como pide el debido transcurso marcado por el museo, pero el resto del grupo prosigue. <<Tós empantallaos, como la vida misma>>, comenta el mendigo al oído del ciego. Siguen avanzando ellos dos solos el pasillo extenso. De pronto el mendigo para en seco.

2 Antonin Artaud, El teatro y su doble, París 1938. 3 Ïdem. 4 Greco, Alberto, Manifiesto Dito del Arte Vivo,24 de julio de 1962. Hora 11:30.


Delante suya, una enorme pintura hiperrealista representa una mujer anciana, obesa, tumbada en una cama. Está llena de colores verdosos y amarillentos, luces siniestras. Mil manchas que apenas en la cercanía chocan, y con la distancia se entremezclan. Pasan dos segundos y de los ojos del mendigo se escapan tres lágrimas y un sollozo. Caen en la mano del ciego, pegado a su derecha, cogido de su brazo. –Pero, pero ¿qué le pasa? - pregunta el ciego al mendigo, como contagiado de la emoción, más ciego que nunca. –Acabo de recordá un sueño de infancia. Mi mare. Yo la veía engordá cada ve más y má, como en la vida real pero ahí por segundos en vez de años. Y cada vez se hacía más pequeña para nuestro hogar de cartón y madera (que hasta entonces me pareció una enorme casa con sus enormes lujos). Cuando ya no cabía en la casa, se despedía y no pude decirle adiós. Desperté de aquel sueño y ella había desaparecido, se lo juro. Así de claro. Poco después la encontraron muerta de un infarto y entonces estuve años solo y perdido, y si te contara todo lo que acaba de pasar por mi cabeza ... Entonces el ciego quita el brazo de debajo del suyo y rodea con el su cuello y hombro, como confirmando la emergente amistad y que no hacía falta contar nada más. El mendigo se seca las lágrimas y le sonríe. Qué bella experiencia fuera de estas paredes tan blancas y lisas. Había volado con la instantánea, pura magia. El Académico les alcanza, en su perder no entendió nada, ni de la obra ni de la vida. Aún así recita entusiasmado: – "El arte es la expresión de los más profundos pensamientos por el camino más sencillo.".5 Todos parecen comprenderlo. –¿Usted por qué observa tan detenidamente? - pregunta inmediatamente el ciego, que de alguna manera lo había detectado. –Parece que le gusta que le miren mirando, “Don Posturitas” - continua un poco resentido el mendigo. –No es eso, créame. Tan solo trato de ponerle hilos a las cosas, para que no se pierdan. –Cierto. Sería triste que esto se perdiera. Qué bonita la sensibilidad humana en cualquier época. Y cuán necesaria entenderla. Pero espero que tenga cuidado en lo que interpreta o - el sabio ciego lo deja en el aire, no le da tiempo a acabar la frase. –Lo tengo, lo tengo. Al menos lo intento. –¿Y en qué anda usted metido últimamente? –Uuu.. la respuesta es cada vez mas compleja.

5 Einstein, Albert, Citas y pensamientos.


(Toma un papel limpio de su libreta de notas en el bolsillo trasero, lo ensucia con un esquema ininteligible para sus oyentes. Aún más pare el ciego, claro. Se da cuenta a tiempo y vuelve la mirada hacia ellos, prosiguiendo:) – “¿Cómo podemos romper con un programa que convierte a la crisis en un valor (modernismo), o progresa más allá de la era del Progreso (modernidad), o transgrede la ideología de lo transgresivo (vanguardismo)?”6 La verdad señores, es que ando intentando entender hacia dónde nos lleva esta nueva crisis... Y les aseguro, a estas alturas, no tengo ni la menor idea. –«Los sesenta fueron la época de los críticos. Ahora estamos en la época de los marchantes»7. - le confirma el ciego, complicando un poco más el esquema. La siguiente parada en su excursión la exigió el ciego. De una salita escondida por un pequeño pasillo a la izquierda salía un sonido estridente que le exigía alcanzarlo. Un ruido, más bien. Inquietados se dejaron llevar, hipnotizados por el derrumbe sonoro. Entraron en un perfecto cubo, neutro, blanco y extremadamente iluminado por el artificio que salía del suelo. En una esquina de la sala un enano tocaba un instrumento inclasificable, si acaso un piano con las cuerdas a cuatro vientos, fruto una vez más de materiales reciclados. Una construcción destruida. Sonaba a mil infiernos y llamas, todo en armonía. Mientras toca, aún despistado, el enano varía sus rasgos faciales por cada nota. Y hubiera sido divertido que el trío de compañeros se observara en un espejo, porque iban simulando cada rasgo que el enano adoptaba, de manera automática. Incluso el ciego, qué curioso. Como si el reflejo le entrara por el oído o vete tu a saber. De pronto, el enano se sobresalta de su presencia. Y de un grito aterrador lanza <<I'M AN ARTIST. GET OUT OF MY MIND. GET OUT OF THIS ROOM!>>8 Y claro salen todos corriendo, asustadizos, fuera del entendimiento o de su búsqueda. Es así y punto. Bueno, aun así al Académico no le quedó más que tomar algún apunte en su libreta. Alcanzan la última sala saltándose varias otras y al descompás. Ligeramente desviada del eje central, se coloca una enorme mesa, en ella debidamente colocado un circuito, que interconecta pequeñas obras que entre todas conforman una sola. Los tres compañeros se colocan cada uno en una silla. Derrotados por tanta información, es una alegría acomodarse. Se entretienen mirando, tocando, y leyendo las obras. Ambos compañeros se la explican al ciego. No son más que un conjunto de partes de dos diarios de dos individuos muy jóvenes y muy normales. Casi todo son imágenes de pantallas y resúmenes de la comunicaci��n internauta. Un poco locos, un poco animales. Un viaje espacial y temporal en paralelo. De un lado a otro del mundo en menos que segundos. Arriba, un letrero corona la obra, en grande, luminoso, y de una tipografía sin serifa, puede leerse: TELETRANSPORTE. El futuro presente. 6 Foster,. Hal,(J. Baudrillard, J. Habermas, E. Said y otros), La posmodernidad, Ed. Kairós, 1985. 7 Tucker, William. Extraído de Danto, Arthur, El fin del arte, Revista El Paseante, 1995, núm 22-23. 8 Interpretación de la obra de Bruce Nauman, “Get out of my mind, get of this room”. 1968.


– Ha sido curioso ¿no? - tras la pausa, el ciego vuelve a su tono mayestático inicial - ¡¿Como va a morirse el arte, hombre ya?! Está más vivo que nunca. “El arte puede ser malo, bueno o indiferente, pero, sin importar el adjetivo que se use, debemos llamarlo arte”9 Qué jornada. Gracias, muchas gracias. Yo he sentido como que veía

de pronto, y más allá se lo juro. Y todo se resumía a un teatro, y nosotros actores fuera de lo cotidiano, que es ese mundo a oscuras en el que me veo inmerso cada día, con su tiempo y su espacio marcado por los pasos que voy dando. No, hoy ví, obsevé, y admiré. Que divertido y fluido es el arte, ¿no les parece? Los dos otorgan callando. El académico toma apuntes. El mendigo piensa en su mujer y en sus cinco hijos, en traer dinero a casa, en la rutina. En la ligera angustia saca del bolsillo una lata de cerveza recalentada por el paso del día. La abre, suelta espuma. Y los tres la van compartiendo, en silencio, ensimismados por encima de la obra.

Aurora Fernández Polanco es Doctora en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid y profesora titular en el departamento de Teoría e Historia del arte contemporáneo de la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado sobre los cambios perceptivos en la apreciación del arte actual en artículos conferencias y organización de cursos y seminarios. También ha desarrollado publicaciones y cursos sobre los problemas que ligan el arte al testimonio y la memoria. Actualmente dirige el Grupo de Investigación <<Imágenes del arte y reestrictura de las narrativas en la cultura visual global>>, así como la revista Re-visiones.

9 Duchamp, Marcel, El Acto Creativo, Art News, vol. 56 N° 4, 1957.


TELETRANSPORTE CAMINO 3 - PDF 1