UN HOMBRE SOLIDARIO

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Ana Clara Polakof

La vida de Tobías “Tito” Polakof


Ana Clara Polakof nació en Río de Janeiro en 1983. Es hija de Luis Polakof y Cristina Olivera y nieta de Tobías Polakof y Elisa Goldschmidt. Estudió en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, es licenciada en Lingüística y posee un máster en “Análisis gramatical y estilístico del español”. Además ha hecho correcciones de estilo. Escribió este libro a pedido de su familia y porque consideraba que una vida como la de su abuelo debía formar parte de la tradición escrita y no solo de la oral. Este es el único libro de estas características que ha escrito.

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Ana Clara Polakof

La vida de Tobías “Tito” Polakof

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ISBN 978-9974-98-926-9 © Ana Clara Polakof (2012)

Un hombre solidario

La vida de Tobías “Tito” Polakof Primera edición digital: Marzo 2013 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea digital, impreso o cualquier otro sin permiso previo de Polakof y Cía. S.A. Polakof y Cia. S.A. Dodera 882 C.P. 20 000 Maldonado - Uruguay www.eldorado.com.uy mail: admin@eldorado.com.uy

Corrección de estilo: Daniella Méndez Diagramación y armado: Luis Angel Cor El diseño de portada está basado en una pintura al óleo de Julio Scottini.

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PRÓLOGO Este libro surge como idea mía y de mis hijos para recordar la vida que con Tito compartimos. Para construir este retazo de memoria recurrimos no solo a nuestros recuerdos, sino al aporte fundamental de quienes siempre nos ayudaron: nuestros compañeros de trabajo y tantas personas que nos han acompañado a lo largo de estos años. Con Tito construimos en base a amor y respeto la familia que hoy tengo. Luis, Rosita, Susana y Raúl hicieron lo mismo, trayendo nietos y bisnietos que como abuela y bisabuela disfruto mucho. Esto me hace feliz y me siento siempre acompañada, porque desde cerca o lejos siempre estamos muy unidos. Cuando llegué a Maldonado tenía 17 años y medio. Todo era arenales; veníamos en ferrocarril o en Onda. Vimos y acompañamos, junto a Tito, el crecimiento de Maldonado y la zona este del Uruguay. Se agolpan en mi mente enormidad de personas entrañables en nuestra vida. De nombrarlas una a una no darían las páginas de este libro. Igualmente, quisiera mencionar especialmente a Carmen y María José, compañeras de largas horas en nuestra casa. En estas páginas encontrarán una serie de vivencias. Hay de las buenas y de las no tan buenas, de las dulces y de las amargas, pero todas cargadas de amor, de emociones y de los valores que nuestros padres nos dejaron y que nosotros replicamos en nuestros hijos, nietos y todos aquellos que se nos acercaron. Con este libro intento decir gracias a mi querida familia, conformada por mis hijos y nietos, sus parejas, mis bisnietos, y también por todos los que nos acompañaron en el camino.

Elisa Godschmidt de Polakof Maldonado, 25 de junio de 2012

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AGRADECIMIENTOS

En primer lugar, quiero agradecer a mis tías por cederme el honor de escribir este libro y otorgarme su confianza, y a toda mi familia que se mantuvo al firme y me apoyó en todo momento: mis hermanos, mis padres, mis abuelas, Martín, mis primos, mis tíos. Agradezco enormemente a todas las personas que entrevisté, que me brindaron un ratito de sus vidas, me contaron muchos recuerdos y anécdotas y me ayudaron a reconstruir la vida de Tito. Doy las gracias especialmente a aquellos cuyas historias reproduje literalmente y a Carmen Olaza y a María José Da Silva por estar siempre. Pido comprensión y mis más sinceras disculpas a quienes, por distintas razones, no pude entrevistar. Sé que faltó gente, pero es tanta que el espacio dedicado a los agradecimientos no alcanzaría para nombrarla. De alguna manera, estas personas están presentes en este libro, porque creo que las vivencias con Tito fueron muy buenas para todos y, aunque no similares, sí compartidas. Dedico un especial agradecimiento, un homenaje quizá, al querido Julio del Puerto. Julio había emprendido esta tarea mucho antes que yo. Si bien no llegó a concretar el libro, escribió muchos artículos que me dieron información muy importante, y esto debe quedar registrado. Los años que dio a la empresa, su cariño a esta y especialmente a Tito hicieron posibles varias partes de este libro. Gracias a su trabajo —archivado eficazmente por Raquel Álvarez— accedí a una entrevista a un señor que había vivido en el barrio Bellavista cuando mi abuelo era niño. Esta me permitió reconstruir, junto con el testimonio de la maestra María Pintos, parte

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de aquella primera etapa a la que me fue tan difícil acceder. Además, dicho trabajo me permitió conocer entrevistas a personas que, como Julio, no están más con nosotros. Recuerdo con cariño los momentos que pasé junto a Julio, su señora e hijas. Años después, me doy cuenta de lo importante que fue él para Polakof y Cía. Sin desmerecer todo el apoyo que me dieron las otras tantas personas que formaron parte de este proceso, mi mayor gratitud es hacia él, que me proporcionó mucho material. Como estoy segura de que disfrutaría mucho este libro, se lo dedico con especial cariño. Su persona está y siempre estará presente en el corazón de la familia de El Dorado que tuvo la suerte de llegar a conocerlo.

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INTRODUCCIÓN

Todos los fernandinos saben quién fue don Tito Polakof. Probablemente muchos de ellos ni siquiera conocen su nombre, Tobías. Fue un gran hombre, al que todos quienes tuvieron contacto con él recuerdan con mucho afecto. Este libro versa sobre su historia. No es un libro biográfico, ya que no hay muchas fechas ni hechos concretos. Rescata el imaginario social en torno a Tito: los recuerdos, las memorias y las anécdotas. Hablar de Tito con fechas y números no parece adecuado porque sus proyectos y emprendimientos trascendieron el tiempo. Creyó en el desarrollo del país y apostó a este, es decir, a la empresa y al desarrollo local. Intentó crear productos propios, nacionales, fundando fábricas y empresas que pudieran elaborarlos. Apostó fuertemente a la nación oriental, como pocos lo hicieron, y en los momentos difíciles siguió confiando en el progreso del país. Es una persona recordada con mucho cariño, no solo por su actividad empresarial, sino también por todas sus obras sociales y su humanidad. Ayudó a todos los que pudo y tendió una mano cada vez que vio que era necesaria. Estuvo presente, no solo con dinero, sino físicamente. Invirtió horas de su vida en ayudar. Hizo mucho por el desarrollo de Maldonado y su gente. Fue un personaje importante y, como otros, merece que su obra quede registrada. Este libro recoge también la historia, los recuerdos y las memorias

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de las personas que lo acompañaron y vivieron con él. Tito afectó sus vidas y ellas afectaron la de él. Fue quien fue gracias a sus características y a la gente que siempre lo apoyó y se puso la camiseta. Hay quienes siguen hablando de él en presente. Han pasado más de diez años de su desaparición física y, sin embargo, sigue estando presente en la vida de muchos. Su imagen, su alma están vivas. Sus ideas, sus valores están en todos nosotros. Este libro es una forma de dejarlos registrados para que la vida de una persona que ha quedado en la historia y el corazón de los fernandinos no sea olvidada. Esta reconstrucción de la vida de don Tobías “Tito” Polakof se hizo a partir de entrevistas de familiares y gente que lo conoció íntimamente en el ámbito empresarial, social, político, etc. Se recogieron historias de personas, anécdotas y memorias y se usaron pocos documentos. Buscamos registrar su carácter, su persona, su actividad, su legado y sus valores. Se entrevistó a decenas de personas, cuyos nombres figuran al final del libro. En algunos capítulos, se reproducen testimonios de aquellos entrevistados que con su forma particular y propia de expresarse reflejan el cariño y respeto que le tienen a Tito. En estas páginas, se hace referencia a Tito y no a Tobías porque todos los que se interesen en leer esta historia sabrán de quien se habla. Este libro es para los que conocieron y apreciaron a Tito. Es importante que quede en claro que aquí descubrirán su vida, cómo fue, a quién amó, sus pasiones, cómo vivió, cómo se lo recuerda. Accederán a distintos testimonios de vida sobre un hombre que luchó hasta el final por sí mismo y por el país, que no se dejó derrotar nunca y que aunque cayó mil veces, siempre se volvió a levantar.

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El libro está organizado según las distintas facetas de su vida. En primer lugar, encontramos la vida de su familia, desde la inmigración de sus padres hasta el nacimiento de sus nietos. La segunda parte está dedicada a la empresa, aspecto fundamental en su vida, y la tercera, al hombre y lo que representó para los demás. En cuarto y último lugar, llegamos a su legado: cómo fue el adiós y qué nos dejó. Aquí se intenta reflejar lo que Tito fue para todos nosotros, para todos los fernandinos y uruguayos que tuvieron la fortuna de conocerlo en vida o a través de la historia oral de nuestro pueblo. .

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Tito en su querido Mercado 18 de la ciudad de Maldonado

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ÍNDICE Primera parte: La Familia 1. Un hijo de inmigrantes: la llegada a Montevideo

y al barrio Bellavista ....................................................... ...... 16

2. Nuevos vecinos en Maldonado............................................ 18 3.

Un hombre de familia. ....................................................... 19

a) Elisa ...................................................................... 19

b) La paternidad ......................................................... 22

c) Un padre trabajador................................................. 24

d) Los abuelos paternos ............................................... 26

e) Su hermano ........................................................... 27

f) Los hijos ................................................................. 27

g) La dictadura ........................................................... 29

h) El exilio.................................................................. 32 i) Un padre y un suegro respetuoso .............................. 32

4.

El abuelo. ........................................................................ 33

Segunda parte: La empresa 1.

Un hombre emprendedor: los comienzos ............................. 40

2.

Un visionario: de emprendedor a gran empresario................... 44

3.

Un empresario: los primeros éxitos .................................... 45 a) Supermarket’s El Dorado ......................................... 47

4.

Un patrón y muchos colaboradores ..................................... 51

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ÍNDICE Tercera parte: El hombre 1.

Un hombre solidario ......................................................... 58 a) Los niños son el futuro ............................................ 70 b) La solidaridad con sus colaboradores ........................ 74 c) La solidaridad con el pueblo fernandino ..................... 75

2.

Un “maestro”: la escuela de don Tito Polakof ....................... 76

3.

Un político ....................................................................... 78 a) Presidente de la Junta de Vecinos ............................. 78 b) Edil de la Junta Departamental de Maldonado ............ 79

4.

Un hombre como nosotros ................................................. 82

Cuarta parte: El legado 1.

El adiós ......................................................................... 88

a) El adiós de los nietos ............................................. 90

b) El adiós del pueblo fernandino ................................. 97

2.

El legado .......................................................................112

3.

La continuación de los sueños de Tito ................................ 113

Personas entrevistadas.......................................................... 115 Sucursales de El Dorado ........................................................ 116

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Primera

p arte

La familia

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1. Un hijo de inmigrantes: la llegada a Montevideo y al barrio Bellavista

G

ita Lew Fainstein provenía de una familia religiosa y su padre era cantor litúrgico de la sinagoga de su pueblo. Era culta y

había sido una de las primeras mujeres en ir a la escuela en la Unión Soviética. Se casó con Jossif Aron Polakof —un hombre humilde y trabajador—, probablemente intentando escapar de la vida religiosa que la esperaba si seguía dentro de su círculo familiar. Tuvieron tres hijos en Europa, pero uno falleció de pequeño. Decidieron irse de la Unión Soviética cuando se dieron cuenta de que el futuro que los esperaba era sombrío y con pocas probabilidades de vida digna debido a las hambrunas que había en dicha nación. Emigraron a tierras desconocidas, intentando proteger a su familia. Le dijeron adiós a su tierra natal y se embarcaron en un viaje largo, como tantos otros emigrantes. Pasaron por varias aduanas: la de Moscú, la de Alemania, la de Francia, hasta llegar finalmente a Montevideo en setiembre de 1928. Venían de Kiev, República Ucraniana Socialista Soviética. Emigraron con sus hijos Elena y Raúl, como consta en la foto del pasaporte de Gita. Uruguay era su destino final, así lo dice la visa de su pasaporte. No sabemos por qué lo eligieron. Vinieron con la hermana de José (Jossif) y su esposo, Isaac Melamoude, quienes tenían dos hijos, Luis y Adolfo. Se radicaron en el barrio Bellavista, y menos de un año después, el 12 de junio de 1929, nació Tobías Lev Polakof, más tarde apodado “Tito”. Eran vecinos de la familia Goldman. La señora Ester Goldman, quien tenía una beba de la edad de Tito, lo amamantó porque

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Gita no tenía leche. Tito siempre le mostró su agradecimiento. No tenían mucho dinero y la situación era complicada. En 1929 Josiff sacó un permiso de feriante para vender mercadería frente al Frigorífico del Cerro, especialmente la ropa que cosía Gita. Así fue como, poco a poco, comenzaron a obtener su sustento. Con el dinero que hizo Jossif como feriante, pudieron abrir una tienda. En ella exhibían la mercadería fuera del negocio. Era una forma distinta de vender, al menos para quienes habían vivido siempre en Uruguay. Varias personas atendían la tienda, todos familiares. La tienda de Gita y Jossif, que estaba en la calle Uruguayana, tenía de todo. Allí compraban la mayoría de los vecinos. Los niños del barrio solían tirar la ropa de los percheros y Gita salía corriendo a perseguirlos. Tenían costumbres diferentes; eran los primeros inmigrantes del barrio, y los niños no entendían por qué colgaban la mercadería en la vereda. Siempre cuesta acostumbrarse a realidades diferentes. En 1935 Raúl y Tobías asistían a la escuela de la calle Uruguayana. Tobías estaría en primero y Raúl en sexto. La escuela, solo para varones, era tranquila y tenía pocos alumnos. Los niños se veían en los recreos y jugaban entre todos. Una vez, recuerda la maestra María Pintos, Raúl hizo una paloma de la paz, que expusieron para toda la escuela. Era un símbolo importante en los años sombríos que se estaban viviendo en el resto del mundo y los aún más sombríos que estaban por venir. La negociante de la familia era Gita. Jossif era más cerrado, más rudo y siguió siéndolo durante el transcurso de su vida. Sus vecinos veían en ellos el esfuerzo de luchar, de hacer cosas, de innovar, de

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insertarse en la sociedad uruguaya. Tanto es así que algún vecino recuerda que Jossif iba los domingos al colegio San Francisco de Asís a integrarse con la comunidad. Los primeros años son difíciles de recopilar, pues la información es poca. Los datos disponibles fueron aportados por vecinos del barrio Bellavista, pero es difícil acceder a otro tipo de información.

2. Nuevos vecinos en Maldonado Unos años después de haber arribado a Uruguay, se trasladaron a Maldonado escapando de la neumonía de uno de sus hijos. Allí se radicaron y abrieron una confitería o panadería. Los fernandinos conocerían a Gita y a Jossif como Clara y José. Se integraron fácilmente a la comunidad fernandina, quizá un poco más accesible y abierta a la inmigración que la montevideana. Se hicieron amigos de los vecinos. Eran queridos por todos, especialmente Clara. Poco tiempo después, cerraron la confitería y abrieron un taller de costura. José vendía en una canasta lo que Clara cosía. En ese entonces, Tito ya tenía alrededor de 14 años e iba al liceo. Sus padres eran muy trabajadores y él tuvo que serlo también. Cada vez que llegaba del liceo, tenía que trabajar porque su hermano estudiaba medicina en Montevideo. Si bien solo uno de los hermanos pudo estudiar en la capital, siempre que le fue posible Tito estudió por sí mismo. Era común en aquella época que al menos uno de los hijos estudiara alguna carrera en Montevideo y el resto de la familia

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trabajara para mantenerlo. En este caso, el hijo no continuó con los estudios. De todas formas, la familia Polakof trabajó para que Raúl pudiera estudiar medicina, y Tito no escapó a esta realidad. En ese entonces Maldonado era muy diferente y tranquilo. El liceo tenía pocos alumnos. Había poco para hacer. Generalmente los jóvenes y adolescentes fernandinos iban al Centro Paz y Unión, (Club Uruguay). También les gustaba timbear (juegos de azar como la taba) y salir de juerga. Tito no fue la excepción. Era socio vitalicio del Centro Paz y Unión y salía con sus primos Melamoude, que viajaban desde Montevideo. Así disfrutaba de su juventud. Nos encontramos ya a fines de la década del cuarenta. No tenemos mucho para contar sobre esta época; sabemos que trabajaba con sus padres y los ayudaba. Alrededor de este período falleció Elena, su hermana. Tito tocaba el piano con ella a cuatro manos. Luego de su muerte ya no volvió a hacerlo, salvo esporádicamente cuando se sentaba a tocar alguna escala, porque siempre conservó el instrumento. La próxima etapa, ya más fácil de reconstruir, es aquella en la que formó su propia familia.

3. Un hombre de familia a) Elisa Rondaban los años cincuenta y en el casamiento de un amigo en Montevideo, Tito conoció a Elisa. Él era de Maldonado y tenía 21 años; ella, de Montevideo y tenía 17. Ambos eran muy jóvenes, pero él, como todo hombre, tenía más experiencia, pues sus amis-

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tades y sus mundos eran diferentes. Él se enamoró enseguida. Ella lo tuvo que pensar, ya que no sabía cómo podían compaginarse mundos tan distintos. Empezaron a salir, de a poco, como era habitual hace más de cincuenta años. Se hicieron amigos, iban al cine. Él intentaba tomarle la mano, ella lo esquivaba. Ella pensaba que él estaba para la “farra”; sin embargo, él quería asentarse y formalizar. De a poquito, entraron en confianza. Cuando salían a caminar, él le tomaba la mano y ella ya no se resistía. Se veían poco al principio. Montevideo y Maldonado quedaban más lejos que hoy. Se enviaban cartas por correo. Pasaban semanas sin verse; las cartas y quizá alguna llamada telefónica muy ocasional eran el único contacto que tenían. En esas cartas, que fueron solo para ellos, se lee, se siente un amor perenne y puro, real y humano. Sara, la hermana de Elisa, recuerda que en una de las visitas de Tito a Montevideo le tuvo que prestar una bicicleta porque había paro de transporte. En aquella época, las visitas tenían tono social, amistoso y nada más. No se acostumbraba manifestar en público el cariño. Elisa iba a Maldonado también. Se veían al menos una vez por mes, lo cual parece poco, pero fue más que suficiente. Él se enamoró de ella por su franqueza y sencillez. Sintió que podría amarla realmente y que ella no tendría miedo de decirle sus defectos. Se enamoró, como los más afortunados, de la persona con la cual quiso compartir su vida y tuvo la suerte de ser correspondido. Nadie puede saber los artilugios del amor y sus razones, el porqué nos enamoramos. Tito y Elisa se enamoraron en 1950, y

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Elisa y Tito el dĂ­a de su casamiento en abril de 1951

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ese fue tan solo el comienzo de una historia de amor verdadera, que perduraría en el tiempo. En un período relativamente corto pasaron de ser amigos a ser enamorados. Dominaban en ellos la juventud y la ansiedad de conocer a la persona con la cual compartir la vida. En los tiempos que corren, donde se valoran otras cosas, esto puede sorprendernos, pero en aquel momento no asombró que a una temprana edad primaran el amor, la amistad y el compañerismo en dos personas que el destino quiso unir. La distancia, quizá, apuró las cosas. En menos de un año se casaron, enamorados, jóvenes y felices. Conformaron una pareja que tenía fe en el futuro, en la humanidad y en la felicidad, que no le temía a nada y que estaba dispuesta a jugarse por su familia y su país. Se casaron en 1951 y de luna de miel fueron a Buenos Aires, ciudad que los impresionó y les enseñó muchas cosas que quedaron en sus recuerdos. En la capital argentina, tan distinta a Montevideo y sobre todo a Maldonado, nació su amor por los viajes. Se interiorizaron de la cultura porteña y aprendieron que viajando se conoce mucho. En el futuro, los viajes les darían diversas ideas para innovar y emprender negocios en su querido país, en su patria. Durante más de 48 años, Tito y Elisa fueron compañeros de vida: en el trabajo, en los viajes, en la enfermedad, en la familia. Realmente fueron compañeros de toda la vida.

b) La paternidad Tito siempre quiso hijos. Elisa también. Ambos venían de familias

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chicas y no tuvieron abuelos presentes. No esperaron mucho para tener el primer hijo. Fueron padres jóvenes. Todos sus hijos nacieron en Montevideo, tres de ellos en la década del cincuenta. Luis, el mayor, nació en 1952; Rosita, en 1954, y Susana, en 1956. Los tres fueron muy queridos. Luis dio más trabajo de bebé; las niñas, que eran las muñecas de Elisa, no tanto. Asistían a la Escuela N.° 2, que en aquel momento estaba en 25 de Mayo y 18 de Julio, frente al Cuartel de Dragones. Luego de las clases iban a lo de la maestra Raquel Scarone, que con exitosa dedicación los ayudaba con los deberes mientras los padres trabajaban. Recién cuando terminaban se iban a la tienda, donde estaba su madre. Los padres, que trabajaban mucho, se encargaron de que sus hijos tuvieran todas las posibilidades educativas que ellos no tuvieron. Cuando eran muy pequeños vivían en una casa alquilada frente al Campus. Tito, a quien siempre le gustaron los juegos de azar, ganó la lotería y construyó la casa en la que actualmente vive Elisa. Rosita se acuerda de la mudanza; dice que pasaron de vivir en una casa donde había pinos a un barrio lleno de arenales, porque en aquel entonces esa zona estaba prácticamente deshabitada. La mayoría de los habitantes de Maldonado vivían en el centro. Tito, que quería más hijos, siempre contaba que en un viaje a París convenció a Elisa para tener el cuarto. Allí encargaron a Raúl, que llegó 15 años después de Luis. Como todo hijo menor, fue el más malcriado. Era un padre exigente; quería que a sus hijos les fuera bien en la escuela, el liceo y la facultad. Por esto, les demandaba mucho

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estudio y, como a todo niño y adolescente, eso los fastidiaba un poco. Quería que sus hijos accedieran a todas las cosas que él no había podido tener, ya que, como mencionamos, su familia solo había mandado a su hermano a la universidad. Tito siempre fue respetuoso de las ideologías de sus hijos y de las decisiones que tomaban. Se enorgullecía de eso y siempre lo contaba. Dejó que cada uno de ellos se formara como mejor lo entendiera y no se opuso a decisiones como casarse con personas que no eran judías, militar políticamente en partidos con ideologías diferentes a la suya o irse a estudiar a otros países. Respetó las ideologías y las religiones de todos; nunca presionó a nadie para que fuera de determinada manera. Fue muy abierto, quizá por la realidad que le tocó vivir. Nunca le cerró las puertas a nadie y esto no pasó desapercibido.

c) Un padre trabajador Los cuatro recuerdan que su padre trabajaba mucho, aunque no lo sintieron un padre ausente. Si bien no los llevaba a la escuela, los veía en el trabajo y compartía su mundo laboral con ellos. Los rotaba por diversos puestos, porque consideraba que debían aprender todas las tareas. Las hijas recuerdan que en la época de la fábrica de plástico (de la que hablaremos luego) las hacía pintar los ojos y los labios de las muñecas porque tenían manos chicas. En realidad, ellas querían cortar los pedacitos remanentes de plástico en los bordes de las muñecas, pero no las dejaban porque había que usar objetos cortantes y era peligroso. Les enseñó la importancia que tenía el trabajo. Los llevaba a

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vender en la feria los domingos. Para Tito, no solo era importante el estudio, sino también que sus hijos vieran que las cosas se hacen desde abajo y que en la vida nada es gratis y todo se logra con mucho trabajo y esfuerzo. A pesar de que trabajaba mucho, siempre estaba feliz a la hora de ver a los niños. A veces llegaba muy tarde en la noche y los despertaba para saludarlos. En verano los llevaba a tomar un helado a Gorlero, en Punta del Este. Los domingos eran los días para la familia. A menudo los llevaba al parque Jagüel, donde se divertían mucho. La mayor parte del invierno los niños pasaban la tarde en el cine, en esas funciones que empezaban a las 14 horas y terminaban a las 18, como muchos de ustedes recordarán. Después de que terminaban las películas, los pasaban a buscar y se iban todos a cenar a lo de los abuelos Clara y José. Iba toda la familia, incluidos Raúl, Sara y sus tres hijos. Los niños pasaban bárbaro y correteaban por toda la casa. Gita era siempre muy amable con ellos. Con Rosalía, la señora que la ayudaba en las tareas de la casa, cocinaba todo el día comidas deliciosas de las que todos se acuerdan. En verano visitaban a sus abuelos maternos en Montevideo. Iban al conventillo Medio Mundo a ver los corsos. Tito iba los domingos porque ese día no trabajaba y a veces los llevaba a los partidos que jugaba Maldonado. En el año 1966, Tito se tomó un tiempo y se fue de vacaciones con Elisa, Luis, Rosita y Susana. Recorrieron gran parte del Uruguay en auto. Este viaje coincidió con el campeonato mundial de fútbol en Inglaterra. Estuvieron en Colonia, Carmelo, Fray Bentos, Paysan-

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dú y Salto. Fue un lindo viaje, quizá el único largo que hizo toda la familia. También solían ir a Buenos Aires todos juntos, pero estas estadías eran más cortas.

d) Los abuelos paternos Cuando Tito y Elisa se iban de viaje, los niños se quedaban con sus abuelos paternos. Todos recuerdan su fuerte presencia. Clara (Gita) cocinaba en una cocina de leña, en la que hacía dulce de higos. Cultivaban frutillas y criaban gallinas. Clara era muy buena, siempre les hacía regalos y les daba golosinas. Iban a la tienda, que para ellos era grande, donde jugaban a los barcos con la mesa de medir telas y corrían por el piso de tablones, que hacía ruido. En la casa de los abuelos todo estaba bajo llave, y esto los sorprendía porque en su casa no era así. El abuelo era muy serio. La abuela era muy inteligente, le gustaba la música y escribía muy bien, tan es así que le publicaron cuentos y artículos en la revista Para Ti de aquella época. En una ocasión, fueron a Los Ángeles a visitar al hermano de José, de donde trajeron una televisión que era una novedad, porque en ese momento había pocas en Maldonado. Los niños se sentaban frente al televisor para mirar distintos programas y se entretenían mucho. Clara pasaba mucho tiempo con sus nietos, y cuando se fueron a vivir a Montevideo, iba muy seguido a verlos. Siempre tuvo sus puertas abiertas para todo el mundo. De ella, que fue quien le dejó más huellas, Tito aprendió la solidaridad que lo caracterizó. Clara

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fue la persona fuerte de la familia, así como en la de Elisa, lo fue su madre Juana.

e) Su hermano En 1959 falleció Raúl, el hermano de Tito, en un accidente en Punta Ballena. Varios vecinos lo recuerdan. La familia de Tito había ido a una fiesta. Los niños de Raúl —David, Dinorah y Elena— y Sara estaban en la casa de Tito y de Elisa. Como había mucha gente en la casa, algunos se fueron a dormir al Hotel Colonial. Luego, partieron a Montevideo. Luis, Rosita y Susana se quedaron en lo de sus tíos Alberto y Sara (la hermana de Elisa), porque sus padres no querían que estuvieran presentes en ese evento traumático. Tito conformó una sociedad con Sara, su cuñada, e hizo lo posible para ayudarla a nivel económico y familiar. Luego, ella se casó con un sobreviviente de los campos de concentración. Poco tiempo después, se disolvió la sociedad comercial, pero Tito siempre estuvo presente ayudando a sus sobrinos.

f) Los hijos Luis, Rosita y Susana hicieron el liceo en Maldonado, pero solo Luis lo completó allí. Antes de terminar, dio unas pruebas para irse becado a Estados Unidos. En 1968 se fue por un año de intercambio a California a la casa de una familia de intelectuales en plena era hippie. Vivió muchas cosas allí, desde la llegada del hombre a la Luna hasta el concierto de Woodstock. Tito y Elisa fueron a visitarlo. Para ellos todo era muy diferente y aprendieron mucho en ese viaje. Luis volvió a Uruguay con ideales

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muy distintos a los de sus padres. Tito solía decirle en tono medio jocoso que él debía ser la única persona que fue por un tiempo a Estados Unidos y volvió comunista. En ese entonces, Rosita y Susana tenían 14 y 12 años, respectivamente. Raúl no había cumplido los 2. La vida en Maldonado era tranquila, y la casa estaba siempre llena de amigos y compañeros. Cuando Luis terminó el liceo, se integró a una cooperativa agraria hasta que entró a la facultad. Toda la familia se mudó a Montevideo, ya que Tito había decidido que era mejor que no se separaran. Luis ingresó a la Facultad de Ingeniería; Rosita cursó sexto de liceo en el Zorrilla; Susana, quinto en el Liceo 14, y Raúl empezó la Escuela Integral. Para ellos vivir en Montevideo fue la apertura a un mundo nuevo y por demás convulsionado. Se dieron cuenta de que la vida que habían tenido en Maldonado era distinta. Si hoy en día la vida fernandina difiere de la capitalina, imagínense o recuerden lo diferente que sería en esa época. Eran los años setenta, una época que pronto empezaría a ser oscura para el país en general y particularmente para la familia Polakof. Ya había mucho movimiento estudiantil y político en Montevideo. Cuando terminó el liceo, ya en la década de los ochenta, Raúl, el más chico, decidió irse a estudiar a Estados Unidos, a la Universidad de Pensilvania. Para él era lo lógico, pues tenía las posibilidades y el interés. Contó con el pleno apoyo de sus padres, quienes lo visitaban todos los años. Él también viajaba a Uruguay.

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g) La dictadura Al regresar de Estados Unidos, Luis se vinculó con sectores de izquierda de Maldonado, especialmente los independientes, que iban a dar lugar al nacimiento del Frente Amplio. En la Facultad de Ingeniería, comenzó a relacionarse con la militancia estudiantil y, poco a poco, con la militancia política comprometida. Atraído por los movimientos políticos y sociales e impulsado por las desigualdades que observaba en Uruguay, se fue adentrando en el mundo tupamaro sin que sus padres tuvieran la más mínima sospecha. Empezó a dar clases particulares de matemática en lo de su abuela materna, en la calle Minas casi Cebollatí. Luego usó esas clases como cobertura para ayudar a unos compañeros que estaban preparando la toma de una radio, que finalmente no llegó a concretarse. Uno de los compañeros les dio a los militares la ubicación de la casa de la abuela y allí lo fueron a buscar. La primera vez tuvo suerte, pero la segunda no pudo escapar. A Tito y Elisa esto los agarró por sorpresa. Luis y su padre ya habían discutido de política e ideología en la mesa varias veces. Pensaban de forma muy diferente, pero seguro que Tito nunca se imaginó que podría pasar lo que le pasó a Luis solo por sus ideales. El día en que se llevaron a Luis, los militares fueron al apartamento de Montevideo en Bulevar España y revisaron todo: las cosas de Luis, de Rosita, de Susana. Durante su detención, y luego de ser torturado, lo llevaron a casa de sus padres, donde lo obligaron a contarles lo que había hecho y que pertenecía al MLN (Movimiento de Liberación Nacional Tupamaro). Fue un acontecimiento traumático para toda la familia Polakof.

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Escapando de la dictadura, Susana se fue a Israel con 17 años. Rosita fue la primera en visitarla, tras una estadía en Londres. Susana extrañaba mucho y por eso mandaron a Rosita. Después fueron sus padres, quienes la visitaban todos los años. En Uruguay seguía la dictadura; la vida cotidiana se complicó y se nubló para la familia. Iban a ver a Luis dos veces por mes al penal de Libertad, y sufrían en cada visita, como tantos uruguayos en esos años. Una vez por mes podían llevarle una bolsa de alimentos autorizados, como leche en polvo, yerba, cocoa, café, azúcar, jabón en barra (que debía ir rayado), dulce en bolsas de nailon. También se podía llevar tabaco en bolsas, libros, revistas, algún tipo de ropa y algunos artículos para hacer manualidades. Muchas de estas cosas, como se sabe, no llegaban a destino, y con lo que entraba los presos hacían un fondo común. La familia hablaba con Luis a través de un grueso vidrio y por teléfono, a excepción de Raúl que, como era chico, podía pasar a verlo y tener un contacto más directo con él. Todos los presos vestían mameluco gris, llevaban un número como identificación y tenían la cabeza rapada. Era muy duro, volvían destrozados de esas visitas, especialmente Tito. Luis recuerda que una de las primeras veces que su padre lo fue a visitar le dijo que se podía cambiar el mundo no solo a través de la política, sino también como empresario. Quizá Luis años después vio que esto era posible, pero nunca dejó de pensar que es por medio de la política que se cambian las cosas, lo que fue tema de innumerables discusiones entre padre e hijo, antes, durante y después de la detención. La vida de la familia Polakof había cambiado. Al igual que miles

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de familias uruguayas, por más de diez años se vio afectada por los vicios de la dictadura. Tito intentó por todos los medios posibles liberar a Luis del penal. Nada servía, le decían que lo iban a ayudar, pero todos los esfuerzos resultaron infructuosos. Maldonado, por su tranquilidad, albergó a varios perseguidos. Al vivir esa dura realidad en carne propia, Tito se sensibilizó con los que buscaron refugio por motivos políticos. Como sabía lo terrible que era para los padres de esos jóvenes, sin ir en contra de nadie, siempre que pudo, ayudó. Tito fue siempre una persona fuerte, pero esta tragedia personal lo derrumbó. Se refugió en el trabajo, y, por lo tanto, nunca descuidó los negocios. Cuando tuvo que seguir adelante, lo hizo, pero quienes lo conocían, se daban cuenta de que estaba triste y le faltaba una parte de su vida. Se vinculó con quien pudo, fue presidente de la Junta de Vecinos, siguió trabajando para la comunidad porque la lucha no había terminado. A pesar de la tristeza, la vida continuaba, siempre esperando la visita cada dos semanas al penal de Libertad. Luis estaba preso, Susana en Israel, Rosita estudiaba en Facultad de Ciencias Económicas y Raúl en la Escuela Integral. En 1980, gracias a una ley promovida en EE.UU. por el diputado Koch, en virtud de la cual el gobierno militar debía dar muestras de buena fe, Luis fue liberado. Empezó a trabajar en la fábrica de calzado, donde también había trabajado Rosita, quien ya se había casado con Julio Scottini en 1979. En ese momento, la pareja estaba recorriendo el mundo con el grupo de Ciencias Económicas. Luis retomó la militancia, conoció a su futura esposa Cristina y tuvo que irse al exilio. Consiguió un pasaporte que solo le permitía ir a Israel,

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donde tuvo que hacer el servicio militar. Luego de los seis meses obligatorios, se reunió con Cristina en Barcelona.

h) El exilio Dos de los hijos de Tito estaban exiliados porque no tenían otra alternativa. De todas formas, el exilio era mejor que la prisión. Por lo menos, podían visitarlos y comunicarse libremente con ellos. Tito y Elisa vivieron el exilio de sus hijos como el resto del país, alegres por un lado, porque sabían que estaban bien, y tristes por el otro, porque no los tenían cerca. Los apoyaron, por más que no compartieran sus ideales, y siempre estuvieron donde y cuando ellos los necesitaron. Susana vivió seis años en Israel. En una visita a Uruguay en 1980 conoció a Luis Cor, con quien se fue a vivir a Suecia. Allá formaron su familia. Luis y Cristina estuvieron en España hasta 1983, año en que se trasladaron a Río de Janeiro, donde nació su primera hija, Ana Clara. Era más fácil para todos ir a visitarlos allí. En estos años Tito comenzó a tener nuevas alegrías: los nietos.

i) Un padre y un suegro respetuoso A pesar de no compartir los ideales de sus hijos, Tito siempre los respetó. Podrá haber tenido miles de discusiones con ellos, y hasta haber intentado hacerles cambiar de opinión, pero cuando no lo hicieron, lo aceptó. No se opuso a que sus hijos se casaran con cristianos, agnósticos y ateos. Él tenía sus ideas, su religión, su forma de ser, pero para él lo más importante era la familia y que sus hijos fueran felices. Puede

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haber sido injusto en alguna ocasión, como cualquier persona, pero respetó todas las decisiones que tomaron sus hijos con sus parejas, nunca se interpuso y supo quererlas.

4. El abuelo El primer nieto fue Ismael, un niño rubio y de ojos claros que nació en setiembre de 1981. Fue una gran alegría para todos. Cuando Rosita y Julio se iban de viaje, lo dejaban con Tito y Elisa. Tito se brindaba por entero a sus nietos, le encantaban y quiso disfrutarlos como no había podido disfrutar a sus hijos. Ismael, al ser el mayor, es el que tiene más recuerdos. Siempre cuenta que cuando tenía 9 o 10 años, alquiló unas películas de video, se fue a jugar a las maquinitas, a pesar de que se lo habían prohibido terminantemente, y luego de jugar unas cuantas veces, se dio cuenta de que los videos habían desaparecido. No sabía que hacer porque no quería confesarles a sus padres que no les había hecho caso; no le preocupaban tanto los videos, sino el hecho de haberlos perdido en las maquinitas. Entonces pensó en usar a su abuelo Tito como cómplice. Lo buscó y le contó llorando lo que había pasado, medio actuando, medio en serio. El abuelo hizo lo más lógico que puede hacer una persona adulta: ir a la comisaría a declarar el extravío. Quizá quería mostrarle, picarescamente, que mentir tenía sus consecuencias. Hicieron la declaración; Ismael no podía mentirle a la policía, pero siempre se sintió tranquilo porque tenía al abuelo Tito a su lado. De todas formas, cuando este lo llevó

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a su casa les contó a los padres lo sucedido. No fue cómplice, pero sí compañero. La penitencia fue inevitable. En el 83 nacieron, además de Ana Clara en Brasil, Leticia, hija de Rosita y Julio, en Uruguay, y Simón, hijo de Susana y Luis, en Suecia. Tal vez para ellos sea difícil recordar cosas concretas, como cuando estaba nublado y les decía que soplaran hacia el cielo, que las nubes se iban a correr. Tampoco recuerdan los nietos mayores aquella gran movida que hubo en 1984, cuando toda la familia visitó a Luis, Cristina y Ana Clara en Río de Janeiro. Fueron todos: la familia de Rosita desde Uruguay, la de Susana desde Suecia, los abuelos, el bisabuelo Israel (padre de Elisa y Sara), y los tíos Raúl y Mario. Alquilaron una casa en el barrio Botafogo, porque el apartamento en el que vivía la familia de Luis era chico. Los nietos tienen pocos recuerdos de esto, a diferencia de los padres, tíos y abuelos. Allí en Río Tito chiveó y compartió gratos momentos con sus nietos. En 1985 la familia de Luis volvió a Uruguay. Susana, Luis y Simón aún estaban en Suecia. A fines de 1985 y principios de 1986 nacieron Leonardo, hijo de Luis y Cristina, y Nicolás, hijo de Susana y Luis, en Montevideo y en Suecia, respectivamente. Hasta ese momento los nietos eran Ismael, Ana Clara, Simón y Leticia (en orden descendente). Pasaron a ser seis, que para Tito seguían siendo pocos. Entre todos se acuerdan de pocas cosas: manzanas cortadas en trocitos, pimienta en el dedo gordo para no chuparlo, dormidas en lo de los abuelos, películas de cowboys. Son imágenes fugaces de la infancia que aparecen cuando hacen un esfuerzo para recordar algo del abuelo.

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A Tito le encantaba jugar con sus nietos, eran una alegría para él. Solía dar vuelta las sillas del comedor en el apartamento de Montevideo y utilizarlas como vagones de tren para arrastrarlos. ¡Imagínense qué diversión para todos! Era como un niño más. Iba a la casa de sus hijos para disfrutar a sus nietos y siempre les llevaba algo dulce. Una vez los llevó a una cacería en el Rotary Club de Maldonado. Todos se disfrazaron. Los niños volvieron encantados, al menos eso cuentan sus padres, porque habían pasado mucho rato con el abuelo. Los disfrutó todo lo que pudo, sobre todo en la infancia. La gente recuerda lo bueno que era Tito con sus nietos, tanto con los de sangre como con los que no lo eran. Era abuelo de todos los niños, y así quería que lo llamaran. Cuando María José Da Silva y Carmen Olaza —personas fundamentales para la familia Polakof— iban a trabajar a lo de los abuelos, sus hijas, Susana y Carolina, se quedaban a jugar con los nietos, que tenían más o menos la misma edad. Carolina, por vivir prácticamente en la misma casa, compartió muchos momentos con Tito, probablemente más que algunos de sus nietos. Armaban cajas con huevos de Pascua para llevar al hogar de ancianos y almorzaban juntos. Así fue por años la familia grande que siempre quiso. Luego la suerte le trajo más nietos. Cada vez que la familia crecía, él se llenaba de felicidad. En 1991 nacen Mariana, hija de Rosita y Julio, y José Manuel, hijo de Luis y Cristina. Varios años después volvió a tener nietos de su hijo más chico, Raúl, y su esposa Soledad. En 1997 nació Alén y en 2002, Ari, al que no llegó a conocer, y todo esto sin contar los innumerables nietos de corazón que debe haber tenido y que no pudimos contactar.

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Tito junto a su familia y difrutando de sus nietos Si bien compartió mucho tiempo con sus nietos cuando eran niños, estos lamentan no haber sido más grandes para haber tenido con él las conversaciones que les hubiesen gustado. Les duele no haber podido aprender y escuchar a alguien tan interesante. Saben que los hubiera respetado fueran como fueran. Aunque no compartiera sus ideas, los hubiera apoyado, como antes a sus hijos. De todas maneras, sus nietos son conscientes de que les dejó un montón de enseñanzas y valores que se mantendrán, por lo menos, en la sociedad fernandina. Gracias a Tito tuvieron oportunidades que este no tuvo, no vivieron lo que él vivió, ya que no tuvieron que hacerse desde abajo. Es innegable que les transmitió la importancia de la educación, el respeto y la apertura ideológica. Quizá este libro y la memoria colectiva permitan rescatar parte de lo que él vivió y sintió. Las experiencias de sus nietos son distintas porque tuvieron las mejores oportunidades educativas y nunca pasaron necesidades. Aun así, cada cual ha emprendido desde abajo y con mucho esfuerzo proyectos independientes de la empresa que su abuelo construyó.

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Los nietos, que estudiaron; sus padres, que se esforzaron para que tuvieran un futuro; sumados a innumerables j贸venes que se vieron beneficiados de alguna manera por el abuelo Tito le deben muchas de sus oportunidades, algo que jam谩s van a olvidar. Sus nietos no lo conocieron de adultos, pero seguro que son el vivo reflejo de sus esfuerzos y de su persona.

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S eg und a

p a rt e

La empresa

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1. Un hombre emprendedor: los comienzos

T

ito trabajó siempre. Andaba con un carrito, vendiendo pan o diferentes cosas, pero no fue hasta que se casó con Elisa que inició

emprendimientos propios. Cuando se conocieron, él trabajaba en la tienda que tenían sus padres en Maldonado, en 18 de Julio y Florida. Se casaron y él habló con sus padres porque quería tener algo propio. Consideraba que ya era adulto y tenía que hacerse responsable de su familia. Formaron entonces una sociedad con los padres, su hermano y la esposa de este, y así todos fueron propietarios del negocio. Alquilaron un local en Florida y Sarandí. Tito y Elisa siguieron trabajando en la tienda de 18 de Julio. El hermano y su esposa se encargaron del local de Florida y Sarandí. Los vecinos de Maldonado recuerdan bien esos locales, por ejemplo, que los dos hermanos solían pararse en la puerta del comercio a conversar con los clientes. Les empezó a ir bien y alquilaron un local que estaba ubicado en Román Guerra y Florida, en pleno centro de Maldonado. En ese entonces se trabajaba muy bien. Tito y Elisa ya tenían tres hijos. Era una tienda enorme donde se vendían colchones, muebles, motos con cabina. En verano, los argentinos que iban de vacaciones colmaban el local y se peleaban por la mercadería. Alrededor de 1960, Tito concurrió a una feria en Alemania. Le interesó una máquina para fabricar plástico, que compró con la ayuda financiera de Mazzoni y su suegra. Adquirió también una máquina de hacer polifilm. En ese momento abrió la fábrica Industrias Plásticas del Uruguay (IPDU), que quedaba en la calle Bergali. En ella trabajaba mucha gente conocida, toda de Maldonado. La fábrica no producía

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Permiso municipal para realizar actividades de venta otorgado al Sr. JosĂŠ Polakof en diciembre de 1929

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en cantidades muy grandes, pues el mercado uruguayo era pequeño, y funcionó varios años. Después Tito ganó la lotería, y con ese dinero construyó su casa y reubicó la fábrica de plástico en el terreno lindero, por 25 de mayo. En esta se hacían muñecas, a las que sus hijas Rosita y Susana les pintaban los ojos y la boca. También se hacían matamoscas, vasos, pelotas, porrones y, en una oportunidad, hasta el hula-hula. Tito tenía las máquinas y un taller mecánico donde se hacían los moldes para los artículos de plástico. Los productos elaborados eran económicos y accesibles para los clientes. En esa época, Tito tenía una camioneta Fordson, que en los inicios de la fábrica usaba los fines de semana para vender en el interior porque tenía que cubrir los cheques para el lunes y pagar las deudas. Luis recuerda esa camioneta y haberse caído de ella, en lo que debe haber sido un gran golpe. Trajo también la primera máquina para hacer film, bolsas y plástico por metro. Fue una fábrica bastante grande e innovadora para la época y el lugar. Tito pudo devolver el dinero que le habían prestado con bastante rapidez. A fines de los setenta, en la fiesta de fin de año, alguien tiró fuegos artificiales y se incendió la fábrica, que ya a esa altura funcionaba como un mercado. Todos los vecinos ayudaron a apagar el fuego. En 1960, Sara Levitas (la esposa de Raúl) y Tito conformaron una SRL para trabajar en el ramo de tienda, zapatería, mercería y afines. Esta sociedad funcionó durante varios años y fue creciendo, si bien era un época difícil, según recuerda Julián Sosa (uno de los primeros colaboradores de Polakof), ya que no existían los créditos.

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El mismo año se inauguró el primer supermercado del interior, ubicado en 18 de Julio. Tito había traído la idea de un viaje al exterior. El sistema era una novedad, ya que los vecinos estaban acostumbrados a ir al almacén, donde los atendía una persona que les vendía por kilo o por gramos. En el supermercado era uno mismo el que tomaba las cosas. Para la época, era grande. Cuando Sara se volvió a casar, la sociedad se disolvió. El 30 de abril de 1965 Sara cedió su parte a Elisa, la esposa de Tito, y se procedió a la separación de los locales comerciales. Sara eligió el de Román Guerra y Florida. Tito, con el optimismo que lo acompañaría siempre, le dijo a Elisa que todo estaría bien y que rápidamente se recuperarían. Y así fue. En 1963 se realizó una exposición internacional en Montevideo, donde Tito compró una máquina Carpiggiani de hacer helados que todo el mundo recuerda. La puso en la entrada del mercado de 18. Se parecía a las actuales, pero había que hacer manualmente la mezcla de los huevos, la leche, la vainilla o el chocolate. El helado se servía en cucuruchos. Había colas inmensas de gente esperando. Tito era muy habilidoso con los negocios, y vendía helados baratos que eran accesibles para todo el mundo. En 1965, Tito trajo de otro viaje una máquina de hacer cuero sintético. Formó una sociedad con una familia que tenía mucho dinero. En ese momento Tito no tenía casi nada porque había disuelto la sociedad con Sara. Este negocio no le rindió frutos, por lo que decidió no invertir en nuevas sociedades. Empezaba ya a verse que con su actitud optimista y perseverante, Tobías Polakof, alias Tito, iba a llegar muy lejos como empresario.

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Gracias a su visión, logró desarrollar las empresas que quiso, más allá de que algunas no hayan triunfado.

2. Un visionario: de emprendedor a gran empresario Para la mayoría de los entrevistados, Tobías Polakof fue un visionario. Una persona como él, que siempre pensó, no solo en crecer a nivel empresarial, sino también en el desarrollo local de la comunidad, evidentemente fue solidaria y con mucha visión de futuro. Generalmente lo que decía que iba a pasar sucedía. Era muy inteligente y pudo imaginar el futuro desarrollo del departamento. Desde principios de la década de los sesenta, empezó a viajar todos los años a ferias internacionales en distintos países de Europa y también en Estados Unidos. En esos viajes veía negocios que no existían en Uruguay y los traía, es decir, importaba tanto ideas como equipamientos. Nada lo detuvo, quería ver el crecimiento del país que les había abierto amablemente las puertas a sus padres. Muchas de las ideas que trajo y de las máquinas que importó no dieron, por distintos motivos, los resultados esperados, pero eso no lo desalentó nunca. Más allá de que los viajes hayan sido un elemento importante para proveerlo de visión, él supo cómo adaptar las ideas y qué era lo adecuado para Maldonado. Como visionario que era asumió riesgos. Los viajes le ampliaron la mente, vio cosas que nunca había visto ni imaginado. De esta manera, pudo ir aplicando ese conocimiento en su país, en su departamento, en su ciudad. Podemos apreciar un pa-

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trón de comportamiento: él quería innovar y lo hacía. No fue un loco, sino una persona que creyó en la innovación y luchó por ella. Su amor por la comunidad le hacía entender sus necesidades y emprender obras innovadoras, arriesgadas y de bien social que muy pocos habían pensado antes. Por ejemplo, vio que las madres no tenían un lugar donde dejar a sus hijos mientras trabajaban, entendió esa necesidad y se esforzó para hacer realidad una guardería infantil, que además fuera gratuita.

3. Un empresario: los primeros éxitos Ser emprendedor no es la única característica necesaria para convertirse en un empresario exitoso; si a esto le sumamos, entre otras cosas, visión y no tener miedo a correr riesgos, tendremos como resultado un posible candidato al éxito empresarial. Tito tenía esas cualidades y las supo utilizar. También fueron importantes sus valores y el hecho de ser muy trabajador, pues esto le ganó el respeto de sus colaboradores. Ninguno de los emprendimientos que llevó a cabo en su vida tuvo como fin su enriquecimiento económico. Nunca le interesó mostrar lo que tenía, y por eso no andaba en autos de lujo ni compraba propiedades en zonas de crecimiento como Punta del Este. Era un persona sencilla que reinvirtió en la empresa para dar trabajo, y eso fue lo que les transmitió a sus hijos, es decir, que los valores humanos están por encima de los económicos. Tito fue comerciante desde muy joven, cuando empezó a vender ropa en un carrito. Distribuía mercadería de la tienda de sus padres

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en distintos almacenes y pasaba una vez por semana a cobrar lo que se había vendido. Cuando formó su propia familia, trabajó con esta en la tienda de sus padres, en 18 de Julio e Ituzaingó. Empezaron con una tienda y de a poco fueron abriendo más sucursales, siempre en el interior del país. Como ya mencionamos, Tito importó la idea del supermercado, que tuvo un gran éxito en Maldonado. Fue un logro ubicarlo en la calle 18 de Julio, en donde en ese entonces no había mucho movimiento. A partir de ahí, comienza a trabajar fuertemente en lo que sería el inicio del éxito de la futura cadena. En los años sesenta, abren otras tiendas. Tito se encargó de que Supermarket’s se transformara en la empresa del pueblo. Alrededor de 1965 hizo una importación de juguetes a pilas, algo que nunca se había visto en el lugar. Esos juguetes que se movían solos eran toda una novedad, al menos así lo recuerdan quienes eran niños en ese momento. Wilson Sánchez, que ya trabajaba con Polakof en esa época, su hijo Luis y su sobrino David se pusieron a jugar con el nuevo entretenimiento. Entró Tito, los vio y le dijo a Wilson que estaba suspendido hasta que terminara de jugar, ya que se daba cuenta de lo importante que era para los niños. Su éxito empresarial fue resultado no solo de su actitud emprendedora e innovadora, sino de la generación de estrategias de venta novedosas para el momento. Por ejemplo, un día cambiaba la mercadería de lugar porque la gente estaba acostumbrada a un orden determinado e iba directamente adonde estaba el producto que buscaba. De esta manera, el cliente no tenía otra opción que recorrer el supermercado para encontrar lo que quería. Mientras lo hacía, se

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daba cuenta de que le faltaban otros artículos y, por ende, compraba más. Asimismo, Tito era muy respetado por los proveedores y obtenía buenas bonificaciones; por ejemplo, conseguía trece cajas de un producto por el precio de doce. Sabía cómo negociar para beneficiarse como empresario y eso fue clave para el éxito que tuvo. Tito emprendió muchísimas obras, pero la que más frutos le dio y la que dejó a sus nietos fue Supermarket’s. Por eso, esta merece su propio apartado.

Supermarket’s El Dorado Como ya dijimos, Tito trajo la idea de los supermercados de un viaje. A esto se debe su nombre en inglés Supermarket’s. Como aspiraba a tener una gran cadena (no solo en el país, sino en el extranjero) le llamó Cadena Nacional e Internacional de Grandes Tiendas Supermarket’s. El local fue construido por un consorcio argentino que había comprado el terreno a la familia Sacrista, pero que no pudo terminar la construcción por problemas económicos. Luego, la obra sin concluir fue adquirida por el arquitecto Mario Rodríguez, quien junto con su hija intentó poner un negocio que no prosperó. Pasaron por el local un salón de baile, un cuadrilátero de boxeo, una feria de frutas y verduras, entre otros. El éxito parecía rehuirle. En ese entonces, los negocios exitosos se encontraban en la calle Florida, a tres cuadras de allí. En dicha calle estaban ONDA (la primera empresa de transportes del país), el Banco República, la plaza de Maldonado, el bar Tico Tico, el Plaza Bar, el Centro Paz y Unión, la confitería Marco de los Reyes, Foto Toja, el Club Uruguay, la Jefatura de Policía, el Regimiento de

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Infantería, la cárcel de Maldonado, el Cine Plaza, etc. Florida era la calle principal; no obstante, la calle Sarandí era privilegiada para los encuentros, las compras y los paseos, porque se accedía de forma más sencilla a la plaza. Tito decidió arriesgar, sin importarle que tantos otros negocios hubieran fracasado, y alquiló el local sobre 18 de Julio. Más adelante, lo compró creyendo firmemente que un negocio de autoservicio podría prosperar en ese lugar. Como tantas otras veces, tuvo razón. El supermercado abrió sus puertas y los fernandinos se amontonaban para comprar en la única entrada que tenía en ese momento. Se trató de un éxito increíble según los que lo acompañaron, Alberto Barla, padre e hijo, y Julián Sosa. Maldonado crecía y la empresa de los Polakof también. Fue el primer supermercado del interior del país. En 1961 Tito, quien tenía una gran amistad con Antonio Zanoni, empezó a vender junto con él vinos hechos en Maldonado. Fueron los pioneros en la venta de vinos en supermercados. Los hermanos Zanoni tenían el viñedo y la bodega. Tito les pedía cantidad y calidad, lo que los obligó a mejorar sus vinos. Los Zanoni llegaron a embotellar 150 litros por día solo para Polakof, volumen importante para aquel

CADENA DE GRANDES

TIENDAS Y SUPERMERCADOS Primer logotipo de Supermarket’s El Dorado

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momento. Tito incorporó a los comestibles la venta de vino embotellado en el autoservicio. También innovó con respecto al crédito, porque se dio cuenta de que la gente seguía necesitando el servicio que proveía la libreta del almacén, en donde se anotaba lo que se llevaba y se pagaba a fin de mes. Tomó esta idea y creó la primera forma de venta a crédito en el supermercado. Se le entregaba al cliente una tarjeta con sus datos, su monto de crédito y el vencimiento. La cajera anotaba las compras e iba sumando a mano (después vendría la calculadora) para que el cliente supiera lo que llevaba gastado. A medida que la tecnología fue avanzando, esta libreta fue sustituida por una tarjeta que se sigue utilizando hoy en día. Los años sesenta fueron complicados; los empresarios tenían muchas menos facilidades que ahora. Sin embargo, Maldonado estaba creciendo y la empresa pudo prosperar. En 1963 Tito compró un local en San Carlos. Así se inauguró la primera sucursal de la tienda, que luego se transformó en un supermercado. También se abrieron tiendas en Pan de Azúcar, Minas y Treinta y Tres. Los años setenta fueron aún más difíciles. Cuenta la gente que estuvo en la empresa en esa época que había mucha persecución y varios emprendimientos quedaron estancados. Fueron años de sequía empresarial, en los que no fue posible crecer lo que se esperaba. No obstante, Tito consiguió adquirir Juan Blois S.A. en Pan de Azucar, negocio de ramos generales que adaptó a supermercado, y con mucho trabajo y empeño abrió supermercados en Las Piedras, Treinta y Tres, San Carlos y Maldonado. A mediados de los años ochenta, Tito avanzó en sus proyectos.

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Acompañado por Alberto Barla y Julián Sosa, emprendió la tarea de agrandar el mercado de 18. Compró un terreno por la calle Dodera, que primero fue estacionamiento y lugar de envasado de lo que se comercializaba suelto. Comenzó una reforma y ampliación en la que se cambiaron 1000 m2 de piso y se hizo un salón nuevo con entrada y salida por la calle Dodera. De este modo, el mercado de 18 pasó a tener dos entradas. Se colocaron un moderno techo autoportante y líneas de frío, y se construyó un amplio estacionamiento y zona de descarga por la calle Ituzaingó. Culminadas las reformas, el local, que ya formaba parte de la vida de casi todos los fernandinos, se volvió a inaugurar y todas las personas presentes se llevaron como recuerdo una manzana. A esa altura ya se habían inaugurado más supermercados en Maldonado: el de la Avda. Roosevelt, que estaba al servicio del turista; el de 25 de mayo —al lado de su casa—; el de Avda. Aiguá, y el de Camino Velázquez y Mitre. Había también varias tiendas; entre ellas, se mantenía la de Sarandí y Florida, que en aquel momento vendía ropa de marca que había ganado mercado en países vecinos. Maldonado seguía creciendo apresuradamente y había más barrios que querían un Supermarket’s. Por eso se abrió una sucursal en Avda. Aiguá y Monterroso, que en ese entonces fue uno de los supermercados más modernos de la empresa. Esta se consolidaba cada vez más, y su poderío económico y empresarial crecía a la par. Tito decidió abrir una tienda en la ciudad de Minas, y después una zapatería. Dado que el nombre Supermarket’s nunca se había registrado, Tito resolvió cambiarlo por El Dorado, vista la necesidad de que la

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empresa fuera reconocida por su marca. En los años noventa la empresa siguió creciendo a pasos agigantados. Abrieron nuevas sucursales en varios lugares del departamento, como La Barra y Maldonado, entre otros. En los últimos años de su vida, Tito introdujo otra novedad abriendo un mercado mayorista al que llamó Winmart, que en inglés quiere decir “mercado ganador”. Su finalidad era proveer de mercadería a buen precio a los comercios chicos, hoteles y restaurantes de la zona para que estos no tuvieran que abastecerse en Montevideo. Winmart fue el primer macromercado mayorista que hubo en Maldonado, y actualmente es centro de distribución de toda la cadena. No se mencionan en este libro otros negocios y emprendimientos de Tito, no porque no fueran importantes, sino porque creemos que sus ideales, valores y trabajo se reflejaron del mismo modo en todos; por lo tanto, alcanza con los ya descritos para hacerse una cabal idea de cómo era Tito como empresario.

4. Un patrón y muchos colaboradores Tito comenzó con muy poco, ni siquiera era su propio patrón. Más adelante empezó a crecer como empresario y se transformó en patrón de uno, de dos, de tres, hasta llegar a varios cientos de empleados. Empezó de abajo, algo que no olvidó. Muchos de sus colaboradores, como él los llamaba, empezaron de cero igual que él. Tito siempre decía que había que hacerse desde abajo, y así fue construyendo su empresa. Si bien en la actualidad no está permitido, en aquel

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entonces era normal empezar a trabajar a los 12 o 13 años de edad. La empresa se construyó en base a la confianza que Tito tenía en sus colaboradores. Para él, más importante que la formación era la honestidad, el deseo de superación y el trabajo. Contaba con un grupo de apoyo integrado por ocho o nueve personas, entre las que se encontraban Alberto Barla, Julián Sosa y Maribel Méndez. Confiaba plenamente en ellos y cuando se iba de viaje los dejaba a cargo de la empresa. Cuentan que no les dejaba casi plata, porque para él con dinero todo se solucionaba con demasiada facilidad. No es sencillo delegar tareas, pero cabe destacar que Tito supo hacerlo y que muchos aprendieron junto a él. Tenía gente que podía solucionar problemas en distintas áreas. Maribel y Julián se encargaban de la administración. Se rodeó de personas que le eran fieles y lo acompañaban en todos sus emprendimientos. La relación que tenía con sus colaboradores era muy buena y siempre se preocupaba por conocerlos y por sus problemas personales. Al principio, como eran pocos, se conocían entre todos. Hoy es más complicado, ya que son muchos más los colaboradores de Polakof y Cía. El 24 de diciembre y a fin de año recorría las sucursales para brindar con todos los trabajadores. Tenía mucho contacto con la gente de administración porque eran pocos y trabajaban debajo de su casa. Él solía bajar y conversar; les llevaba comida y golosinas. Cuando llovía, les pedía a Carmen Olaza y a María José Da Silva que hicieran tortas fritas y chocolate caliente para ellos. En su casa, como patrón, el trato con María José y Carmen era de mucha confianza. Las veía todos los días; fueron una parte importante de su vida, sobre todo en los últimos años.

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Tito no era perfecto. Cuentan que nunca decía si algo estaba bien, pero hacía saber si algo estaba mal. Creía que no era necesario decir lo primero porque no esperaba otra cosa. No le gustaba pedir perdón; era difícil para él reconocer que como patrón había cometido un error, aunque alguna vez lo tuvo que hacer. Tuvo defectos, si así se les puede llamar; no fue un superhombre y tuvo sus virtudes, muchas. Tito era muy hábil con el manejo financiero de la empresa, sobre todo en tiempos difíciles. En épocas de crisis, si no les podía pagar a sus proveedores, se lo decía. Siempre dejaba conforme a sus colaboradores y proveedores, porque se tomaba el tiempo de explicarles por qué no les podía pagar. Les hablaba de una manera que los dejaba satisfechos. En momentos de ganancia, cuando alguien le pedía un adelanto, si podía, lo daba. Quizá por eso también convencía a la gente cuando no había dinero, porque las personas sabían que si en algún momento lo necesitaban, Tito iba a estar ahí para sacarlos del apuro. Era un patrón decente. Sabía marcar la diferencia entre patrón y empleado, pero sin ser antipático. Hoy en día, quienes crecieron de abajo en la empresa y son gerentes con personas a su cargo saben que no se puede dar a todo el mundo lo que pide, y eso lo sabía Tito también. Él trabajaba mucho y esperaba lo mismo de sus empleados. En esa época, los fernandinos aspiraban a trabajar en Supermarket’s, porque si bien se exigía mucho, se ganaba bien. Tito no era un patrón que se imponía a través del miedo, sino por la relación de respeto mutuo que tenía con los funcionarios. Además, hacía que otros los respetaran, por ejemplo, les pedía a los proveedo-

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res que no fueran muy tarde a cobrar a la administración, porque las muchachas se tenían que ir, o que no fueran a la hora del almuerzo, porque tenían que comer.

Algunas anécdotas que cuentan sus colaboradores: 1. Cuando Edward Fernández trabajaba en el mercado de 25, le gustaba que los camiones descargaran de noche porque hacían ruido y despertaban a Tito, que se aparecía con pizza. 2. Los días de lluvia y frío Tito se aparecía con tortas fritas y chocolate caliente en la administración. 3. Una vez que hubo una gran tormenta y llovía torrencialmente, el escritorio se inundó y todos empezaron a sacar el agua con baldes. Llegó Tito y les dijo que se fueran a comprar zapatos a la tienda porque se les habían ensopado. Y estas son solo algunas de las tantas anécdotas que hay para contar sobre Tito como patrón. Siempre estuvo presente para sus colaboradores, en los momentos felices y en los difíciles. Los ayudó económicamente cuando pudo afectivamente cuando fallecieron sus familiares o estuvieron enfermos. Llevó a Montevideo a muchos para que los atendieran médicos especialistas; ayudó con medicamentos y estando presente en el momento necesario con un abrazo y un oído para escuchar. Estos gestos fueron más que suficientes para que supieran que él estaba en las buenas y en las malas, así como también ellos estuvieron con él en

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las buenas y en las malas. No era para nada un hombre agresivo. El vínculo directo que tuvo con sus funcionarios le permitía decirles las cosas como eran. Si hacían algo mal se lo decía, y lo repetía todas las veces que fuera necesario. Si bien se enojaba, no era agresivo. Le gustaba que las cosas se hicieran como él quería, pero a veces se daba cuenta de que también había otras opciones y les hacía caso a sus colaboradores, sobre todo a los que tenían más experiencia. Nunca ofendió a un funcionario. Tito no siempre caía bien, pero es lógico, no podemos gustarles a todos. En definitiva, él fue respetado, apreciado y querido como patrón y como persona. Muchos lo tuvieron presente en su vida y no olvidan los vínculos generados con él. Tito será siempre recordado.

Tito entre las góndolas del supermercado de Av. Aiguá 55


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Tercera

p a rte

El hombre

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1. Un hombre solidario

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ito fue un hombre solidario. Siempre estuvo agradecido por el acogimiento que el pueblo fernandino les había dado a sus pa-

dres. Por este motivo, intentó ayudar cuanto pudo sin importar a quien, ya fueran civiles, militares o políticos. Siempre estuvo ahí para ayudar. La primera obra importante que emprendió fue la guardería infantil. Se dio cuenta de que las madres que trabajaban no tenían donde dejar a sus hijos; muchas de ellas iban a trabajar con ellos. A estos niños se les daba la leche, pero Tito estimó que no era suficiente. Él y una comisión en la que participaron el doctor Scasso, Lidia Rimoli, Elena González de Cabrera, entre otros, empezaron a ver cómo crear una guardería. Estuvo ubicada, al principio, en una casa en la calle Dodera acondicionada por presos custodiados por la policía. Fue mantenida por la empresa y gracias a las colaboraciones de proveedores y otras compañías. Asistían más de cien niños a los que se les daba todo. En aquella época no había muchas facilidades para este tipo de obras, y por esto costó mucho esfuerzo. Los niños hacían cosas que nunca habían hecho. En verano los llevaban a la playa, en invierno al cine. Por la tarde, dormían la siesta en las reposeras. A Tito le encantaba ir a la guardería porque le gustaban mucho los niños. Esta iniciativa era novedosa en Maldonado. Las mujeres no estaban acostumbradas a dejar a sus hijos en manos de extraños. Al principio a los niños les costaba entrar en confianza. Hubo que hacer muchas campañas publicitarias por la radio para explicar las fun-

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ciones de la guardería. De esta forma, fue aumentando su nivel de aceptación. La gente empezó a contribuir con objetos y alimentos; incluso llegaron a donar una cocina que en ese momento hacía falta. Asimismo, Tito consiguió muchas donaciones de varios hoteles, como unas hamacas que ya no se usaban, y así se fue armando el parque de juegos para los niños. Tito siempre les decía a las encargadas de la guardería, entre ellas, a Elena González de Cabrera, que nunca rechazaran a un niño complicado, que seguramente habría. El servicio era diurno; entraba un funcionario a las 7 de la mañana y los niños empezaban a llegar a eso de las 7:30. La guardería funcionó por bastante tiempo de forma privada, hasta que se construyó el edificio de 18 de Julio del actual INAU y pasó a manos del Estado. Tito nunca se desvinculó y siguió yendo al Consejo del Niño. La infancia era algo muy importante para él; siempre pensaba en el futuro e intentaba darles posibilidades de crecimiento a todos los niños. Sus hijos iban a la guardería a ayudar y jugar con los demás niños. Les llevaban algo para almorzar o merendar. Los hijos, que iban los fines de semana, recuerdan los colchones para dormir la siesta. Tito consideraba importante que sus hijos participaran en obras como la guardería, quizá para que entendieran que, aunque afortunados, eran iguales a todos los niños.

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Edificio de la Casa Cuna de Maldonado, hoy INAU

Misión cumplida Entrevista a la Sra. Elena González de Cabrera, cofundadora de la primera Casa Cuna de Maldonado.

-¿Cómo se empezó a gestar la guardería cuando no había donde dejar a los chicos? -Para mí fue un milagro, porque atender a los niños fue lo que yo siempre anhelé, fui vocacional por los niños, pero formar una guardería es muy delicado. El Sr. Nelson Nicoliero, juez de menores que sabía que yo era funcionaria del Consejo del Niño, me sugirió la idea de formar una guardería infantil en Maldonado. Yo le dije que debía consultarlo con mis superiores, hablé con la Sra. Adela Reta, directora del Consejo del Niño en ese entonces, y me respondió que le parecía emocionante que quisiéramos hacer una obra tan importante y necesaria.

-¿Cuáles fueron las personas que creíste conveniente convocar para gestar esa obra? -Yo conocía al Sr. Tobías Polakof, una persona muy cariñosa y muy caritativa, al Sr. Nicoliello, al Sr. Mario Regina, a la maestra María del

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Carmen Suárez Cabral, a Lidia Rimoli y al Dr. Scasso; se fue creando un grupo, hicimos las primeras charlas, ellos también arrimaban personas que conocían y que tenían una especial vocación para hacer algo por los chicos.

-¿Cómo fue esa primera etapa, había que salir a buscar una casa, alguien tenía una, cómo fue? -Yo era responsable e iría llevando las novedades al presidente del Consejo del Niño de la zona. Un día fui al Consejo Departamental, les expliqué que se había gestado la idea de formar una casa cuna, que entre los promotores estaba el juez de menores y que estábamos avalados por la Dra. Reta, pero que teníamos un gran problema, porque no teníamos un lugar adecuado para comenzar a albergar a esos chicos. Por ese motivo, iba a solicitar su colaboración.

-¿Hubo que remodelar o ya estaba pronta la casa? -Ellos me autorizaron a buscar en Maldonado un lugar adecuado para lo que nosotros necesitábamos. Buscando con las maestras encontré una casa en la calle Dodera 1025, tenía un letrero para alquilar, pedimos verla, al entrar vimos una habitación grande en la que podrían estar 30 o 40 niños. Había otra habitación, una cocina de 6 x 6, un baño, un jardín pequeño, un fondo grande cercado de pinos. Era lo ideal, era una casa que se había ocupado para distintas cosas, había que arreglarla para dejarla adecuada para su funcionamiento. El jefe de Policía envió a los reclusos con guardia a limpiar todo. Al director de la IMM le pedimos que nos hicieran un patio prolijo para trabajar y los presos pintaron toda la casa.

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-¿Cómo tomó la mujer de Maldonado aquello que era una revolución: dejar a sus hijos en manos extrañas y salir a trabajar? -Todos sabemos que hace mucho tiempo las mujeres salían a trabajar, algunas porque estaban solas, o para aportar al grupo familiar porque no alcanzaba el dinero.

-¿Qué injerencia tuvo en esa obra ese hombre tan importante para Maldonado que fue Tobías Polakof y en qué contribuyó para que esto fuera posible? -Bueno, contribuyó con todo, porque lo primero que dio fue el corazón; venía todos los días para ver qué faltaba, qué se podía hacer, esos mandados que hay que hacer. Fue a un aserradero a conseguir maderas para hacer mesas precarias; había que comprar los utensilios que los chicos iban a usar. En el fondo hicimos dos grandes piscinas de arena, porque la psicología y la pedagogía dicen que la creatividad del niño jugando en la arena es muy importante. Polakof iba, traía, llevaba, conseguía cosas, trajo todos los comestibles que se precisaban para alimentar a los chicos, hasta una cocina que también necesitábamos. El pueblo se abrió, venía la gente sola a traer una cosa u otra. Un día vino el Sr. Yugularm y me dijo: “Le quiero decir que a una vaca de mi tambo le voy a poner caridad y esa leche es la que va a venir todos los días acá, yo mismo se las voy a hacer llegar”.

-¿Es cierto que a Polakof los chicos le decían papá? -Al principio los chicos no se entregan. A nosotras mismas nos costó entrarles, entrar en confianza. Nosotros les empezamos a decir, porque era con justicia que lo teníamos que hacer, “este señor cola-

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bora con esto, es el que colabora para el mantenimiento de la casa, es como un padre, permanentemente está a nuestras órdenes para lo que necesitemos, hay también otro grupo de personas”. Pero yo más lo noté cuando los niños estaban en el patio cantando y les dijo: “¿Si yo les canto algo de cuando yo era niño?, “No, si Ud. no sabe cantar”, “Sí, yo fui al liceo de Maldonado, bueno digamos que no sé cantar, pero yo vine a ofrecerles un paseo, porque yo quiero saber cuántos de ustedes van a la playa”, quedaron como diez que no conocían el mar. Fue con el Sr. Pedrito, le explicó lo que quería hacer, puso en las camionetas unos buenos refrigerios, los llevó hasta Portezuelo. ¡No te puedo contar la alegría, el bullicio, la felicidad! Lo agarraban del brazo, lo besaban, lo daban vuelta. ¡Estaban tan agradecidos, tan contentos, tan felices!

-Cuéntame, ¿cómo fue el proceso? -Nosotros teníamos un niño en puerta que anunciaba quién venía, pero no debía dejar pasar a nadie. Un día un niño no lo dejó entrar a él, fue a avisarnos que en la puerta estaba Papá; nosotros no podíamos creerlo, nos sorprendimos tanto. Siempre estaba buscando algo para agasajarlos, me decía: “Usted no rechace nunca a un niño”, porque a veces los niños tienen problemas. Otro día nos dijo: “en el hotel “tal”, hay unas hamacas que están arrumbadas hace mucho tiempo, nadie las usa”; las pidió, se las dieron. Al oír que el hotel había donado por intermedio del Sr. Polakof unos juegos, otro hotel también donó juegos, con lo que hicimos una plaza de deportes preciosa.

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-¿Todo se hizo con la contribución del pueblo, la gente? -El pueblo, la gente, porque cuando da uno, la caridad de uno llama a otro. Maldonado es maravilloso, no tengo palabras para agradecer a Maldonado lo que hizo con la guardería, porque la guardería nació de la nada.

-¿Cuántas personas trabajaban y qué misión cumplías tú? -Yo era directora de la guardería, éramos seis con la cocinera, atendimos hasta 150 niños.

-¿Cómo eran esas jornadas, a qué hora abría la guardería? -La guardería brindaba un servicio diurno, a las 7 entraba un funcionario que preparaba el desayuno, 7:30 comenzaban a entrar los chicos.

-¿Cómo fue eso tan importante para Maldonado, cómo crecía, cómo se desarrollaba por esa contribución de ese Maldonado tan solidario? -Nosotros ni nos dimos cuenta de que pasó tanto tiempo, esos diez años se pasaron volando. Se acrecentó en todo sentido, después vinieron personas a ofrecerse como profesoras, de piano, de guitarra, de acordeón, hubo chicas que se recibieron. La capacidad desbordada para poder atenderlos, nos sentíamos imposibilitadas de atender tantos niños. En una oportunidad hicimos un chocolate en el que Polakof sugirió la idea de hacer una guardería y casa cuna, comenzando ahí a gestarse la idea.

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-¿Cómo te sentiste después de tantos años de cumplir esa actividad, de un día para otro estar en tu casa sin los niños? -Me sentí muy feliz por un lado por la misión cumplida, después muy sola, porque yo siempre viví con niños.

-¿Qué mensaje les daría a las madres que tienen que dejar a sus hijos en las guarderías para salir a trabajar? -Yo pienso que quienes van a cumplir una función de guardería, que es cuidar al hijo de la madre que por distintas razones tiene que salir a trabajar, al crearse esa enorme responsabilidad de cuidar un niño en todos sus aspectos, pienso que tiene que ser con mucho amor, no solo para que la mamá cuando lo retira se vaya contenta y feliz, sino que el niño se sienta crecer porque está lleno de amor, así que le digo a la madre que tenga confianza.

Monumento a la madre en Maldonado

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-¿Te gustaría volver atrás y volver a la casa de Dodera? -No, yo tengo una misión cumplida.

-¿Cómo fue eso del monumento a la madre? ¿Quién donó el bronce? -Cuando se hizo la obra se enmarcó una plazoleta con la finalidad de hacerle un monumento a la madre, porque allí iban a llegar todos los días las madres con sus hijos, como una forma de homenajear a todas las madres del mundo. La forma era difícil. Empezamos a ver varios monumentos, a hablar con distintas personas hasta que encontramos un escultor, el Sr. Tuduri, un pintor uruguayo que tiene muchas obras de arte, tiene una similar a la que está en la plazoleta en Paysandú. Conseguimos el molde, la gente traía bronce, traía primus, cada escuela traía un poco que íbamos entregando a cuenta de lo que salía el monumento; parte de un avión está ahí, que lo donó la base aérea. Se inauguró en el año 1975 en el año Internacional de la Mujer. Entrevista de Julio del Puerto

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Tito participó en muchas obras benéficas. Ayudó a construir la Cárcel de las Rosas en Maldonado. No solo él ayudaba, sino que también involucraba a sus funcionarios en las distintas obras. Por ejemplo, para la Cárcel de las Rosas encomendó la contabilidad a dos funcionarias de Polakof y Cía., Ana Perdomo y Carmen Machado, que iban dos o tres horas todas las mañanas. Eso contaba como parte de su trabajo para Polakof. Intentaron ordenarle un poco las cosas a la policía; pasaban a una oficina en donde había personal armado, pero se habían acostumbrado a eso. No llevaban documentos, porque las conocían y no querían andar con cartera. Un día un policía les dijo que sin documentos no pasaban, entonces se fueron. Se encontraron con Polakof y le contaron lo sucedido. Este agarró el teléfono, llamó a la policía y les dijo que lo sentía mucho, pero que sus empleadas no iban a ser manoseadas de esa manera y que no iban a ir más, que ellos solucionaran los problemas como pudieran. Él las respetaba y consideraba que los demás también tenían que hacerlo. Tenía esas cosas; estaba dispuesto a ayudar, pero no a dejarse pisotear si no lo respetaban a él o a quienes él mandaba. Le parecía lógico que el maltrato no tuviera lugar de ninguna forma en obras benéficas. Otra gente de la empresa colaboró con la fundación de la cárcel. Edward Fernández recuerda que él y algunos camioneros también ayudaron. Tito los hizo sentirse bien, pues se sentían medio fuera de lugar, y les dijo que siempre recordaran que habían formado parte de la fundación de la Cárcel de las Rosas. Asimismo, trabajó constantemente en la obra del Hospital de Maldonado, porque le parecía que todos tenían que tener acceso a la salud, no solo aquel que tuviera plata y pudiera irse a Montevideo.

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Desde que se empezaron las obras, en la época del intendente Siqueira, integró una comisión que se formó a esos efectos. Conjuntamente con el grupo de personas que trabajó a su lado, fue uno de los grandes fundadores del hospital y una figura importante para su construcción y su funcionamiento. Por eso, como homenaje, se colocó una placa a su nombre. Tito era judío, pero para él todas las religiones eran importantes. Cuando arreglaron la Catedral, obra de gran trascendencia para Maldonado, ayudó a conseguir y reparar un órgano. Fue el encargado de juntar la plata para el arreglo. Como siempre, estaba dispuesto a ayudar en todo lo que pudiera. Trabajaba en muchas comisiones. Con Muñeca Herrera hicieron muchas cosas. Había un grupo de gente que se reunía buscando hacer el bien. Tito sabía compartir con toda la comunidad y en todo momento estaba donde había que estar para ayudar, siempre con la mano extendida, asegurándose de que todo saliera bien. “Todo lo que era él, podríamos decir que nace y sigue creciendo y creciendo hasta el último momento de su vida, más y más y más. Pensando en la humanidad, eso es una cosa muy importante. Es un verdadero creador de cosas para la humanidad, para la comunidad y para el desarrollo de Maldonado”. Muñeca Herrera, 2009.

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Durante muchos años, Tito fue integrante del Rotary Club de Maldonado, del cual llegó a ser presidente. Hizo muchas obras de bien. Llevaba a sus hijos, quienes formaron parte de Interact. A través del Rotary participaron de programas de intercambio porque con Elisa consideraban que se beneficiaban conociendo otras realidades. Recibieron adolescentes en su casa en distintos períodos; estudiantes de Brasil y de otras partes del mundo. También participó y apoyó al Club de Leones. Fue clave para la creación del Cuartelillo de Bomberos. Luego de que se incendió un supermercado, se dio cuenta de que era importante tener un cuartelillo y formó una comisión para llevar a cabo la tarea. También participó en la comisión encargada de la recaudación de fondos para la construcción de la piscina del Campus. Integró además otras varias comisiones para hacer distintas obras en Maldonado.

Tito en actividades del Rotary Club Maldonado

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a) Los niños son el futuro Tito no solo hizo la guardería. Integraba también comisiones del Consejo del Niño, después INAME, ahora INAU. Cada vez que visitaba estos lugares se quedaba enamorado de los niños. Como iba muy seguido por allí, le habían agarrado cariño. Los niños eran, en definitiva, el futuro del país que él tanto quería. Una vez volvió disgustado del INAME porque una de dos niñas que tendrían entre 4 y 5 años le había preguntado si la iba a adoptar, y él le contó a Ana que no podía convencer a Elisa, porque si no, las hubiera adoptado a las dos. El problema era que ya estaban grandes, y generalmente se adoptan niños más chicos. Esas cosas le partían el corazón, pero tenía que ser realista: no podía adoptar a todos los niños y niñas huérfanas. Él siempre estaba pendiente de los muchachos. Les daba trabajo, pero los obligaba a estudiar y les proporcionaba el tiempo y el lugar para hacerlo. Apoyó a muchos jóvenes de distintas maneras. Uno de estos, Diego Olivera, a quien Tito sacó de la calle y reinsertó en la sociedad, lo recuerda con mucho afecto. Tenemos a continuación un relato de su testimonio. Diego tenía 10 años y se había escapado varias veces del INAME. Eran tiempos complicados, principios de los ochenta, Uruguay seguía en dictadura y Diego no aguantaba la vida en la institución. En esas vueltas de la vida, estaba deambulando con su ropa sucia y gastada por Montevideo y entró a un bar que quedaba en Benito Blanco, cerca de la Rambla, a pedir unas monedas. Sin quererlo, se encontró mendigando frente a la mesa de Tito, quien le dijo que plata no le iba a dar, pero que se sentara, que le compraba algo para comer.

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Para Diego era extraño que alguien lo invitara a comer y al principio sintió miedo; como niño de la calle, a su temprana edad y totalmente inadaptado a nuestra sociedad, no conocía esa situación. Tito estaba comiendo milanesas con papas fritas, y él se quedó parado. Luego, después de que Tito insistiera, se sentó a comer. Diego recuerda que todo el mundo lo miraba. No tenía ni zapatos puestos, pero a Tito no le importó. Mientras Diego comía, Tito empezó a indagar sobre su vida: “¿Por qué estás en la calle? ¿Te escapaste de algún lado? ¿Tenés padres?”. Al principio el niño no decía nada. A medida que el estómago se le iba llenando (hacía como dos días que no comía) empezó a hablar; contó que se había escapado del INAME y no tenía padres. A todo esto, Tito le preguntó si quería trabajar o si prefería volver al INAME; él le dijo que no podía volver porque lo iban a matar. Entonces, Tito le propuso devolverlo al hogar de General Flores y Chimborazo con la condición de que en tres días lo iría a buscar para llevarlo con él a Maldonado. Diego aceptó, pero pensó que Tito jamás iba a volver y que se tendría que bancar unas cuantas palizas porque le habían dado de comer. Sin embargo, Tito le dio la sorpresa más grande y agradable que tuvo en su vida. Tito llegó en un auto Chevrolet Monza Classic plateado de cuatro puertas, del que Diego nunca más se olvidará. Primero, lo llevó al negocio que tenía en la calle Soriano, donde conoció a Rosita, y luego partieron hacia Maldonado. Fueron al campo de la ruta 39, donde ahora está ubicado Winmart. Allí le dio un lugar para que se quedara, al lado de donde estaba el casero. Con tan solo diez años empezó a trabajar, pero para él fue una liberación. Tito lo llevó a comprarse ropa, y le dijo que no se la iba a rega-

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lar, sino que la iba a tener que pagar con su sueldo, y así fue. Diego nunca había tenido su propia ropa, nunca había usado championes de marca. Al principio fue muy complicado para él. Se sintió muy discriminado, porque la gente pensaba que como venía del INAME, algo malo habría hecho. Después conoció a Julio del Puerto, quien también lo ayudó mucho, lo entendió y lo apoyó cuando fue necesario. Los domingos Diego iba con Tito al hogar de ancianos, donde veía cómo atendían a la gente y ayudaba, por ejemplo, bañando a los ancianos. No tenía muchos lugares a donde ir y no quería volver a Montevideo, por eso, aunque Tito no lo acompañara, iba siempre. De esta forma, aprendía lentamente a adaptarse a la sociedad. Casi nadie entendía por qué Tito lo estaba ayudando; para Diego era porque Luis no estaba. Tito tenía que ir a Montevideo a firmar los permisos de Diego, quien más adelante le pidió que retirara a dos chicos más del INAME, pero estos no se adaptaron. Tito rescató a Diego antes de que fuera tarde; si no hubiera sido por aquel, este podría haber caído preso o peor. Se ganó la confianza de Tito cuando descubrió que alguien robaba y lo denunció. No lo hizo por alcahuete, sino porque le estaba muy agradecido. Otra obra que emprendió Tito, teniendo en cuenta las necesidades de las personas más desafortunadas, como lo había sido él en algún momento, fue instalar un comedor en la casa que había sido de sus padres. Allí comían jubilados y empleados. Durante mucho tiempo, Diego fue a comer todos los mediodías, aunque vivía y trabajaba lejos del centro. Julio del Puerto lo pasaba a buscar y lo llevaba. Si bien Tito se hacía cargo de los gastos, los que comían allí dejaban alguna moneda, porque así no se sentían menos gente, como si les estuvie-

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ran regalando la comida. Siempre fue muy solidario y considerado. Como tenía confianza con Tito, Diego le preguntaba por qué él no podía ser gerente, ya que les iba bien económicamente a quienes lo eran. Como a un hijo más, Tito le decía que no, que primero tenía que estudiar, que lo importante era tener una formación propia. Siguiendo sus consejos, Diego se anotó en la UTU para prepararse en fibra de vidrio. Se recibió de oficial finalista, ganó un concurso para trabajar en la Intendencia y se fue a Montevideo. Gracias a Tito, Diego pudo formarse, salir adelante e insertarse en la sociedad que le fue tan ajena en algún momento. A Diego le gustaba pasar tiempo con él cuando iban a La Barra. No lo quería molestar mucho, porque Tito tenía su familia, pero a veces le golpeaba la puerta de su casa. Tito fue su protector, nunca creyó en los chismes que le llegaban. Sabía que Diego, aunque tuviera miles de problemas, era honesto e iba a tener un buen futuro. Nunca tuvo problemas con la policía, a diferencia de los otros chicos que llevó del INAME. Hoy Diego piensa que Tito estaría contento y orgulloso por todo lo que ha logrado. No fue una prueba ni un experimento. Diego era un niño que necesitaba ser rescatado y tenía todo el futuro por delante. Tito demostró que es posible que los niños de la calle salgan adelante; solo necesitan que alguien los apoye y esté tras ellos en todo momento, hasta que puedan valerse por sí mismos. Otro de los aportes de Tito a los niños fernandinos fue la Jornada Aeróbica Tobías Polakof, que en 1985 ideó junto a su hijo Luis. Consistía en una correcaminata, a veces por el Jagüel y otras por el Campus. Tito entendía que era necesario que los niños tuvieran cosas para hacer, para jugar. Era un evento gratuito y contaba con el

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apoyo de los Boy Scouts de Maldonado, que eran muy respetados. La convicción que impulsaba este emprendimiento era que el ejercicio y la diversión son muy importantes en la infancia para favorecer un crecimiento sano y estimular la imaginación. Los que éramos niños en ese momento recordamos la jornada, las vinchas de papel, correr para llegar a la meta, los espectáculos, los sorteos. Una vez fue “Cacho Bochinche”, otra, “Canciones para no dormir la siesta”. También participaron “Horacio y Gabriela”. Eran nuestros ídolos, y nos divertíamos mucho.

b) La solidaridad con sus colaboradores Tito siempre estaba dispuesto a dar una mano cuando era necesario, no solo a instituciones, sino a personas y familias, como cuentan varios de los funcionarios de la empresa. Por ejemplo, si necesitabas dinero para hacer tu casa, comprar un terreno o irte de viaje, él te ayudaba y podías pagarle en cuotas. Para lo único que no daba ayuda económica era para comprar motos o autos, probablemente porque sentía que no eran necesarios. Por el mismo motivo, tampoco salía como garantía de tarjetas de crédito. Consideraba que solo servían para endeudarse. Así fue como muchos le dieron la razón en la crisis de 2002, que hundió a todos los uruguayos y los llenó de deudas. Asimismo, cuando algún familiar de sus empleados se enfermaba, les facilitaba el acceso a atención médica especializada en Montevideo, y si fallecía, él estaba ahí dando su apoyo con un abrazo, una sonrisa. Así confortó a todos los que pudo. Ser solidario es estar presente en momentos difíciles, apoyar al otro y hacerle entender que aunque todo aparente estar mal, siempre habrá una mano dispuesta

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a ayudar. Esa es la forma más pura de solidaridad, de entendimiento del ser humano, de compañerismo y lealtad.

c) La solidaridad con el pueblo fernandino Tito adhirió a muchas causas, sobre todo a aquellas vinculadas con el desarrollo de la comunidad y sus familias. Colaboró dándoles crédito para comprar una bicicleta para ir a trabajar o para abrir un negocio propio, como es el caso de Carlos Julio Granero, que fue el verdulero del mercado de 25. Cuando Tito comenzó su negocio en 18 de Julio, Carlos Julio lo conocía de nombre. Era niño y la madre compraba allí. Lo conoció personalmente en una época difícil para él y para el país. Cuando quebró la tablita, perdió sus ahorros porque le había salido de garantía a un muchacho que no pudo seguir pagando. En ese entonces, su mujer trabajaba en un jardín de infantes y les alcanzaba muy justo con ese sueldo. Su esposa lo convenció para que hablara con Tito porque había visto que el mercado de Velázquez no tenía verdulería, que era el área de conocimiento de Carlos Julio. Luego de un tiempo, este se decidió, le explicó su situación a Tito y le dijo que quería poner una verdulería, pero que no tenía dinero. Tito le contestó que iba a ver qué podía hacer. Un día pasó por la casa de Carlos Julio, le tocó bocina y se quedaron charlando un rato. Le ofreció un lugar en el mercado con la condición de que vendiera fruta y verdura barata y de buena calidad. Carlos Julio accedió. Al principio sacaba muy poca ganancia. De a poco le empezó a ir bien porque vendía productos buenos y baratos y era la única verdulería que había en el barrio. Tito le dio el lugar de palabra, hizo confianza en él y no fue defraudado. Primero no le

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cobraba, pero al año, cuando a la verdulería ya le iba mucho mejor, Carlos Julio le dijo que ya era hora de pagarle un alquiler. Arreglaron el pago y Carlos Julio siguió trabajando. Este es un ejemplo más de cómo Tito ayudaba a las personas sin conocerlas. Gracias a él, el hijo de Carlos Julio pudo estudiar en Montevideo y recibirse de ingeniero. Tito confió y esa confianza le rindió frutos: ganó un compañero que también confió en él. Tito siempre pensaba en el prójimo; si alguien iba a su casa a pedir alimento o vestimenta nunca se iba con las manos vacías. Si podía ayudar de otra manera, lo hacía. Eso lo convirtió en un gran hombre, en un hombre solidario.

2. Un “maestro”: la escuela de don Tito Polakof Tito fue un maestro, pero no de la educación formal. Fue un maestro singular y distinto, que enseñó de todo un poco y sobre todo de la vida. Muchos pasaron por su escuela. Sus enseñanzas no fueron las más comunes, pero al fin y al cabo fueron enseñanzas. Como ya dijimos, muchos funcionarios de Polakof y Cía. empezaron a trabajar siendo niños o adolescentes. Tito fue como un segundo padre, como un maestro. Los maestros juegan un rol muy importante en nuestras vidas, aunque quizá su tarea se haya ido desvalorizando con el pasar del tiempo. Tito les enseñó a trabajar, a creer en sí mismos, que valemos por lo que somos y no por cuanto tenemos, porque lo importante no es el dinero, sino lo que podemos dar como personas. Siempre va a haber

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gente más desafortunada y quienes somos un poco más afortunados los tenemos que ayudar. Decía que las cosas se hacen desde abajo, uno tiene que ir haciendo todo de a poquito y con esfuerzo. Valoraba la educación y la apoyó siempre que pudo. Quiso que sus hijos estudiaran para tener posibilidades de futuro y también promovió que varios muchachos fueran al liceo, la UTU o la universidad, es decir, que tuvieran una carrera o una profesión. Él no había podido ir a la universidad porque no había tenido los medios, pero siempre reconoció la importancia de la educación y fue un autodidacta. Es propio de un maestro enseñar, valorar la enseñanza y hacer que los alumnos estudien y aprendan. Enseñó a pensar, a buscar y a crear cosas, ya que a él le había funcionado. Le enseñó a Diego Olivera a ser libre estando ocupado y a no sentirse preso. Apoyó a muchos niños y les dio la fuerza necesaria para salir adelante; estuvo con ellos y para ellos, y por eso fue un maestro. Él siempre contagió su optimismo. Algunos no reconocen esto como una enseñanza, pero lo es, porque hay que aprender a ser optimista. Fue capaz de transmitir que la vida empieza todos los días y que es necesario hacer cosas para uno, así como para los demás. Nos enseñó a ser positivos, a tener presente que no siempre va a salir todo bien, pero que lo importante es levantarse y seguir adelante. Esa era la receta de Tito Polakof para el éxito: nunca dejarse vencer y mirar siempre las distintas circunstancias con optimismo. Enseñó que la decencia y la honestidad son dos de los valores más importantes del ser humano, al igual que la felicidad, el trabajo y la familia. Uno debe ser feliz con lo que tiene, independientemente de

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si es mucho o poco. Hay que aprender de todos, todos los días. ¿Qué diferenció a Tito de la mayoría? Que él creyó en la gente y, de esta manera, transmitió sus conocimientos, algunos dicen que hasta por ósmosis. Esto no lo podremos confirmar, pero la verdad es que de él todos aprendimos humildad, optimismo, valores de trabajo, familia y lealtad. Su calidad como ser humano le permitió enseñar como el mejor de los maestros.

3. Un político Tito siempre había pensado que no era necesario estar en política para ayudar, pero por alguna razón esa idea cambió, quizá porque uno de sus hijos terminó preso por su militancia. Ingresó al mundo de la política simplemente porque quería ayudar, primero en la Junta de Vecinos en épocas de dictadura y varios años después en la Junta Departamental. Participaba en las campañas políticas, militando siempre en la lista 15 del Partido Colorado. Se identificaba con el ideario social de Batlle y Ordoñez, pero en realidad pensaba más en los beneficios que podía darle a la comunidad y no tanto en la política partidaria. No sabía mucho de política, la vio como una posible forma de apoyar a la comunidad.

a) Presidente de la Junta de Vecinos En 1973 el legislativo departamental fue sustituido por la Junta de Vecinos, que sesionó en su lugar durante la dictadura militar. Tito fue

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invitado a integrarla y la presidió en el tercer período, es decir, desde 1977 hasta 1980-1981. En ese entonces, Luis estaba preso. Hubo gente que se preguntó por qué había aceptado participar en la junta durante un gobierno militar, que le había traído tanta desgracia a su familia. Más tarde entendieron que quizás lo hacía para llegar a gente con más poder, que lo ayudara a sacar a Luis del penal de Libertad. No quería codearse con los militares, sino ayudar a Luis. No sabemos si la estrategia fue fructífera, pero en 1980, mientras Tito todavía era presidente de la Junta de Vecinos, liberaron a Luis. Hay quienes dicen que Tito aceptó integrar la Junta para ayudar al pueblo fernandino, no para sacar a Luis de la cárcel. Fue muy solidario con los perseguidos políticos y desde la política trató de ayudarlos. Cualquiera sea la razón, fue para ayudar. Hizo buenas cosas desde la política.

b) Edil de la Junta Departamental de Maldonado Varios años después, se candidateó como edil de la Junta Departamental de Maldonado por la lista 15, que resultó la más votada. Todo empezó a fines de los ochenta, cuando Tito cedió el local de Román Guerra y Florida para hacer un club del Partido Colorado, que se convirtió en la sede central en Maldonado. En las elecciones de 1990 se candidateó como edil de la mencionada lista. Su suplente era Elsa Díaz, quien recuerda que se conocieron personalmente en el club político. Ella estaba doblando listas y llegó Tito preguntando quién era su suplente. Ya se conocían de vista porque Elsa había animado

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algunos cumpleaños de las nietas de Tito. Además, a Tito lo conocía todo el mundo. Emprendieron ese camino sin saber mucho de política, pero se ayudaron mutuamente. Tito nombró secretaria a Elsa, quien iba a la Junta y leía los expedientes. Los comentaban y discutían qué iban a hacer. De esa forma fueron aprendiendo, apoyándose el uno en el otro. Tito nunca dejó de lado su espíritu de empresario. Cuando en la Junta se trataba algo que no le interesaba, se hacía el que no entendía. Siempre quería apoyar o favorecer el desarrollo del departamento. Su visión se proyectaba hacia el futuro. No tenía una mentalidad cerrada. Cuando quería hacer uso de la palabra, levantaba la mano y le preguntaba al presidente si se podía poner de pie para que todo el mundo lo escuchara. Estando en la Junta hizo cosas muy buenas e importantes. Ayudó a muchísima gente; dio a las personas una segunda oportunidad. Él y Elsa se veían casi todos los días. Una vez se encontraron para una reunión. Elsa estaba limpiando y Tito llegó con pizza para que comieran los asistentes. Tito le decía, medio en broma medio en serio, que uno de ellos iba a llegar lejos en política, porque ambos se adaptaban a hacer cualquier tarea. Cuando a ella le interesaba un tema en particular, Tito le permitía ocupar el lugar en la banca. En ese sentido, fue muy compañero y le dio mucho espacio. Si bien él era el edil titular, la banca era compartida y ambos se la merecían. Tito votaba los proyectos o leyes que para él beneficiarían al departamento. Por eso, muchos probablemente piensen que no tenía

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disciplina partidaria. Una vez votó una ordenanza de presupuesto que la Convención del partido había decidido no apoyar. Lo hizo porque creyó que iba a ser bueno para Maldonado. Estaba en juego el desarrollo del departamento, eso era lo que le importaba y no tanto la política. Sin embargo, sí respetaba las decisiones que tuvieran que ver con cuestiones éticas o los principios del partido. Ese período fue muy fermental, ya que solo habían transcurrido cinco años desde la apertura democrática. Más tarde, al llegar la época de los intereses político-partidarios, etapa de la que no se ha salido, la Junta se estancó un poco en la toma de decisiones y en la realización de obras para el departamento. Para Muñeca Herrera, Tito en la Junta era como “un rayo de luz porque siempre sabía algo, salía con algo distinto a lo que estaban diciendo los otros. Él siempre decía que había muchas cosas para hacer”. Y él hizo mucho por Maldonado. Elsa Díaz recuerda que “fue un buen ciudadano, y un hombre con mucho corazón comunitario porque destinó tiempo y dinero a trabajar para la comunidad, a hacer obras comunitarias. Tito estaba en muchas comisiones. Era una persona buena, buena, bueno de corazón. Tito no discutía, hablaba tranquilamente, por lo menos esa faceta, nunca lo vi alterado y mira que en la Junta Departamental había momentos para alterarse. Era un buen ciudadano, una buena persona. Él cosechó esas cosas, que es un tema, y también siempre decía que la vida hay que vivirla, pero sobre todo hay que dejar algo marcado, como decir, bueno, por aquí pasé. Y bueno, creo que tu abuelo eso lo cumplió con creces”. En ese período, Tito ya estaba enfermo. Fue a operarse a Estados

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Unidos y mejoró. Siguió yendo a la Junta y por eso sus compañeros pensaban que no iba a morir. Siempre habló a favor del futuro de Maldonado y de realizar mejoras en el área turística. Él entendía que le quedaban muchas cosas por hacer para cumplir con su deber de ciudadano. Su familia no lo entiende así, ya que él hizo todo lo que estuvo a su alcance. Si hubiera vivido más, hubiera hecho más.

4.-Un hombre como nosotros Tito fue un hombre como nosotros, tenía hobbies, había cosas que le gustaban y otras que no. Aquí mostraremos algunas facetas de su vida que no todos conocían. Cuando era joven, le gustaba bailar y salir de “farra” con sus primos Melamoude, que iban a Maldonado desde Montevideo. Le gustaba la timba, afición que con el pasar de los años fue dejando, aunque le costó, porque había ganado la lotería. Le encantaba leer. Leía mucho, desde novelas policiales o de ciencia ficción hasta libros de economía e historia. Si estaba cansado leía obras sencillas; si no, prefería obras más profundas. Le gustaba el cine, sobre todo las películas de cowboys. Quizá fantaseara con otras épocas en donde regía el caos y no tanto el orden. Adoraba estar en familia. No había nada más lindo para él que tener su casa llena de familiares, sobre todo de sus nietos, con quienes amaba jugar. Convenció a Elisa para que sacara una mesa de vidrio, así los niños podían jugar tranquilos, sin lastimarse. La mesa familiar compartida era lo que más anhelaba.

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Disfrutaba mucho la música. Le gustaba ir a conciertos. Siempre compraba discos para escuchar en el tocadiscos de su casa, que era un mueble enorme propio de esa época. Susana y Rosita solían encerrarse en el comedor, medio a escondidas, y bailar al ritmo de la música que salía del tocadiscos. Luego de la muerte de su hermana no volvió a tocar el piano, a pesar de que en la casa había uno que la abuela Gita le había regalado a Luis. Rosita y Susana también estudiaban ese instrumento. Le encantaba viajar y disfrutaba mucho yendo con Elisa a las ferias internacionales, de donde volvían con muchas ideas y proyectos. También viajaban con sus hijos al interior del país y a Argentina y Brasil. Sentía que aprendía mucho de las distintas culturas y formas de vida. En cada viaje a Israel, a donde iban casi todos los años, quedaba impresionado e hipnotizado por su desarrollo y la velocidad con que se daban los cambios, en contraposición con Uruguay, donde los tiempos eran otros. Su debilidad eran los dulces, quizá porque era diabético y los tenía prohibidos. Todos cuentan que no se podía resistir. Hay miles de anécdotas, de las que voy a contar solo algunas, porque creo que hacen un poco a su condición de goloso. Casi siempre buscaba a alguien con quien compartir sus dulces, como si estuviera buscando cómplices. Pedía que le hicieran tortas, budines, hasta hacía que alguna funcionaria se fuera a su casa a cocinar algo dulce en horario de trabajo para compartir con sus compañeros. A menudo llegaba con cajas de alfajores o galletitas para sus nietos o se presentaba en el escritorio y la administración con masitas y chocolates, de los que por supuesto también comía. En invierno, cuando su familia se iba a Montevideo y él quedaba solo en

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Maldonado, terminaba de almorzar y les preguntaba a Carmen y a María José qué helado querían y allá iba y lo compraba. A escondidas de Elisa, solía ir a tomar un café y a comer un pedazo de torta al Bar Plaza, que no existe más. Se sentaba y los mozos ya sabían qué era lo que le tenían que servir. Alguna que otra vez se habrá escondido de Elisa para que ella no lo viera, y seguro que alguna que otra vez ella lo descubrió. Elisa siempre tenía chocolates escondidos, pero él siempre los encontraba. Su amor por los dulces es algo que todos conocen. Sabía que lo que hacía estaba mal, pero no podía con su condición: los dulces lo podían. De más viejo se compró un barquito porque le gustaba pescar, ya que le daba tranquilidad y le despejaba la mente. Salía a pescar los domingos de tarde con sus hijos, nietos y amigos. Cuentan que el barco, llamado “Don Esteban”, no duró mucho porque no era nuevo, y luego de usarlo un par de veces se hundió en una tormenta. Tras jubilarlo, alquilaba una lancha en el puerto de Punta del Este. Más adelante, debido a las várices y los dolores en las piernas y probablemente también para despejar la mente, empezó a hacer caminatas por la playa. Iba muy temprano, se daba un baño y caminaba. A las 7:30, ya de vuelta, atravesaba el escritorio para ir a su casa a bañarse. Carolina recuerda las chinelas de Tito en la puerta. Todos teníamos que lavarnos los pies en el patio para no entrar con arena a la casa y él no era la excepción. Es vox populi que ayudó a muchos a casarse. Para él, el matrimonio era una manera de que sus empleados se estabilizaran y asumieran responsabilidades con la familia y, por ende, con la empresa. Les preguntaba qué les hacía falta y les daba lo necesario. Por ejemplo, cuando un funcionario joven iba a ser ascendido a gerente, lo impulsaba a casarse si tenía novia. Fueron momentos íntimos y felices compartidos con Tito y con la empresa. No solo ayudó a casarse a los

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funcionarios de Polakof y Cía., sino también a familiares. Disfrutaba del casamiento en sí, de la celebración. Eran pocas las cosas que no le gustaban, entre ellas, la deshonestidad. Tito sabía juzgar muy bien a las personas y construyó la empresa sobre la base de la integridad. Tampoco le agradaba fumar ni tomar alcohol. No era afecto a Montevideo, adonde iba lo mínimo indispensable. A pesar de haber pasado allí bastante tiempo cuando sus hijos estudiaban, siempre volvió a Maldonado, que era su lugar. En los últimos años, a causa de su enfermedad, las cosas que no le gustaban fueron en aumento. De todos modos, nunca dejó de ser una persona optimista que supo disfrutar de la vida todo lo que pudo. Indudablemente, lo que más le gustaba era innovar, trabajar por el futuro y llevar adelante proyectos para la empresa y la sociedad. Se rodeó de gente a la que también le interesaban los emprendimientos y no dio cabida a personas deshonestas. Esto no quiere decir que nunca lo hayan traicionado o engañado, pero fueron muchas más las veces en que le brindaron su confianza.

Tito junto al Presidente Sanguinetti en la inauguración de Winmart

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Cu a rta

p arte

El legado

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1. El adiós

L

os últimos años fueron difíciles y largos. Todos los médicos decían que Tito había vivido más de lo esperado dado el cáncer que tuvo.

Su fuerza lo acompañó hasta el final. Quienes lo conocieron en sus últimos años, no conocieron al Tito que todos querían y apreciaban. Había que entender que su estado era delicado; tenía cambios de humor propios de la enfermedad y lo único que hacía era pensar en la empresa. En realidad, ya no podía trabajar. Se había olvidado de que les había cedido la dirección de la empresa a sus hijos y contradecía lo que ellos disponían. No tenía Alzheimer, pero su enfermedad llegó a afectarle el cerebro, al punto de que su comportamiento por momentos era errático. Luchó mucho contra la enfermedad. El poder adquisitivo que ha-

bía alcanzado le permitió ir varias veces a EE.UU. a operarse, y esto alargó su vida. Al cáncer se sumaba la diabetes y el hecho de que no se controlaba. Había que estar atrás de él para que no comiera lo que no debía. A raíz de la diabetes, le cortaran el dedo gordo del pie, pero él seguía manejando y viviendo como si nada. Se compró un Ford Fiesta, que adaptó para poder manejar cómodamente. Era un auto chiquito. Con el paso del tiempo, el hombre fuerte y robusto iba siendo consumido por las enfermedades. En ese sentido, fue desafortunado porque la salud no lo acompañó. Falleció joven para la expectativa de vida actual. Sin embargo, vivió su vida al máximo. No sería errado pensar que probablemente no se haya arrepentido de nada y que partió con la satisfacción de haber hecho bien las cosas y de haber hecho el bien.

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El adiós fue largo y para nada sorpresivo. Hubo personas que jugaron un papel muy importante en los últimos años de Tito: su familia y esa otra familia que fue construyendo a lo largo de la vida. Carmen, que le estaba muy agradecida, le daba las inyecciones de insulina que él no se podía o no se quería dar. Lo acompañó en todo momento y este es un buen lugar para que conste que Elisa y él le estuvieron muy agradecidos por lo importante que fue para ellos en el transcurso de la enfermedad. Los funcionarios más viejos sufrieron el deterioro, porque veían que esa persona que tanto habían apreciado iba desapareciendo frente a sus ojos. Él quería seguir trabajando y tenía fuerza, pero la cabeza ya no le funcionaba. Era difícil verlo así; se volvió gruñón y cascarrabias. Todos sus defectos se agudizaron, pero había que entenderlo. Lo que le quedó al final fue el trabajo y la empresa. Los nietos también lo vieron perderse. Se dieron cuenta de los cambios, lo veían marchitarse lentamente, sabían que iba a morir, aunque no entendieran su enfermedad. Ismael, el más grande, tenía 16. A pesar de que ya no eran niños, salvo los más chicos (Marianita, José Manuel y Alén, que era un bebé) todavía no entendían la muerte. Tito falleció el 9 de julio de 1998, con apenas 69 años. El mejor testimonio de los últimos días, del último día es el de Carmen y, por eso, lo transcribimos literalmente: “Los últimos años fueron difíciles, pero si hay algo que siempre digo fue que el final de él me asombró, porque hay personas que cuando tienen esa enfermedad se dejan caer en la cama y no hacen nada más. Pero él no, él desayunaba y quería hacer algo, lo que siempre había hecho. Él quería que todos los días lo levantaran, y

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quería irse, irse a trabajar. Era su vida, entonces alguien lo llevaba a dar una vuelta. El último día las personas siempre están tendidas en la cama; la fuerza que tenía él ese día, que había pasado mal la noche, se levantó, desayunó y Cesar Céspedes lo llevó a dar una vuelta y se fue. Cuando volvió Cesar vino y me dijo: ‘¿Podés creer que fui al banco y él se bajó y se fue a caminar a la rambla?’. Se había bajado y estaba caminando por la rambla, como despidiéndose de Punta del Este, ¿entendés? Y llegó acá y me dijo que estaba muy cansado, que solo quería recostarse. Yo ese día no hice absolutamente nada más que estar al lado de su cama en una silla, le agarraba la mano, lo sentaba, lo levantaba, lo acostaba, porque estaba muy inquieto. Cuando vino la abuela que yo le había dicho que no se sentía bien, que viniera, que viniera... Y él miró a la abuela como diciendo y era como dice que está... Y vino la doctora y dijo que estaba mal. Él no quería nada con nadie. ¡Era una cosa...! Y un día me dice: ‘ahora nos vamos’, pero yo no sabía manejar y él me decía que cómo no sabía manejar, que tenía que saber. Fue como que volvió a eso, como que retrocedió a eso. Fue asombroso, esos momentos de fuerza que vivió él no los vi en nadie, y mira que he vivido cosas difíciles, pero él la luchó, luchó hasta el último momento. Me quedó marcada la fortaleza, él luchó hasta lo último. Pero, bueno, en algún lado está, guiándonos, es así”.

a) El adiós de sus nietos El adiós a una persona así, a un personaje así, es lo más difícil. Nosotros no conocimos a nuestro abuelo, al menos no lo conocimos de grandes; no pudimos hablar con él sobre nuestras vidas, nuestras preocupaciones, mi pesimismo. ¡Cómo me hubiera gustado conocer

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a esa persona positiva de la que todo el mundo habla! Mis recuerdos son pocos y, lamentablemente, la mayoría son de sus últimos años. Nuestro adiós fue triste. Nosotros crecimos con sus ideales, sus valores, su espíritu. No lo conocimos como nos hubiera gustado. Nuestro adiós fue sencillo. Sabemos que él fue una figura de relevancia, pero lo más importante para nosotros es que él fue nuestro abuelo y que nos quiso y lo quisimos, nos disfrutó y lo disfrutamos mientras pudimos. Mi adiós: casi me lo pierdo. El adiós siempre es lo que más duele. Realmente desearía que mi abuelo hubiera estado en tantas etapas de mi vida. Me hubiera gustado que me conociera tal como soy hoy: una persona madura, inteligente, trabajadora y estudiante eterna. Él estaría orgulloso de las cosas que he logrado gracias a mi esfuerzo, en ámbitos ajenos a Polakof y Cía. Quizá estaría triste por eso, pero sé que hubiera respetado y apoyado mis decisiones. El velorio, el entierro, la gente, las flores, mi abuelo hundiéndose en la tierra. Puedo decir efectivamente que ese fue el día más triste de mi vida. Sin embargo, hoy considero que decirle adiós con tristeza a ese hombre que supo ser mi abuelo no le hace justicia a su vida. He aprendido de él, quizá en la realización de este libro, que lo importante es mantener una actitud optimista hacia la vida y ver lo positivo antes que lo negativo. Esta es, entonces, mi despedida, un agradecimiento a esa persona eterna que dejó en todos nosotros ganas de vivir mejor, más felices, de no quedarnos en la chiquita y de luchar por lo que queremos y por lo que nos parece justo. Gracias, abuelo.

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Marianita, una de los más chicos, escribió un poema para el abuelo que aquí cito: TITO Tú, con tu particular apodo tan resumido De unas minúsculas cuatro letras Y un cómico cantar de caricatura. Tú, casi como un desconocido Paseándote por las calles cerradas De los barrios más grises de mi inconsciente Vas gritando palabras ambiciosas Que corren hirviendo como fuego por mi sangre hija de tu semblante de profeta apasionado De paso firme y sonrisa generosa Honesto como la vida, irrefutable como la muerte. Te paseas con la frente en alto, Buscando en un cielo de negras pinceladas un poco de luz Mientras nosotros vimos luz en tus profundos ojos De soñador sin miedo a la derrota, De débil soldado en una guerra mundial De simple persona que se esforzó en mejorar. Sinceramente debo admitir que poco de ti recuerdo, Pero sé que tengo mucho de ti por encontrar, En mi sangre hija de tu semblante De profeta apasionado sin miedo a fracasar. Mariana Scottini

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Esta es la despedida de Leonardo:

Montevideo, 14 de diciembre de 2009 Tengo la oportunidad de saludarte otra vez, otra vez decir adiós y es muy difícil emprender este viaje, tengo miedo. Tengo claro que ese saludo no será respondido y eso duele. El otro día estaba caminando por 18 de Julio, Montevideo, y mientras caminaba se me hacía inevitable pensar en el presente, le di un millón de vueltas e igualmente no logré entenderlo del todo. Mientras caminaba y pensaba, no me percaté de que una de las baldosas que estaba a punto de pisar estaba un poco levantada, y como camino casi arrastrando los pies, me caí y no me quedó otra cosa que hacer que levantarme. El vaquero quedó intacto, y como a mí tampoco me había pasado nada, no pude evitar que salieran las carcajadas. Recuerdo el arrastrar de tus pies mientras trabajabas, mientras te acercabas o te alejabas, lo recuerdo porque, mientras caminabas arrastrando los pies, caminabas arrastrando como buey, vaya uno a saber qué cantidad de sueños, de proyectos. Te cuento que estoy vivo, estoy respirando, mi corazón late y me crece la barba. Tengo proyectos, varios proyectos e intento arreglármelas para cumplir alguno de ellos. No se aleja de mi mente la idea de ser feliz. Bueno parece que llegó el momento de saludarte. Hola, ¿cómo estás abuelo Tito? Leonardo

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Esta es la despedida de José Manuel:

Abuelo: No estás aquí hoy, tu día te ha llegado, quizás luego de lo esperado, puede que Dios, ante tu lucha por la vida, te haya concedido un último suspiro de alivio, uno más que los que tenía pensado dejarte. Esta para mí es una simple carta de adiós, la cual espero que disfrutes, si sigues en alguna parte. Yo nunca he podido conocerte personalmente —no como yo lo hubiera querido—, pero como todo padre de familia dejaste una herencia a tus hijos, que luego pasó a ser nuestra, un legado que no es reembolsable; a esta cuna le has dado una de las alegrías más lindas de la vida, la de vivir por los sueños y no por los deseos, suerte que creo que yace dentro de nuestra sangre —y dentro de la de otros que siquiera la comparten—. Sé que has dejado mucho por un pueblo que te abrió su puerta, y siempre lo consideraste como tuyo, conozco el hecho de que siempre antes que uno están los demás; y que para que podamos progresar hay que luchar, ya que nada cae del cielo porque sí. Me enseñaste junto a otros guías que lo que uno piensa vale más que cualquier objeto material que el mundo pueda conocer, y por lo tanto, debemos dejar por él nuestra vida si es necesario; tú la has dejado, pero has sido consciente de que no vivías en vano. Muchas palabras te quiero decir, pero me rehúso a contártelas, debido a que no hallo suficiente fuerza en ninguna de ellas como para lograr expresarme de manera que a mí me gustase. Este es el adiós de un simple segmento de tu sangre, pero a la vez

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es el más sincero reconocimiento a la fuerza que emanó de ti ante un pueblo que muchas veces te siguió, espero que esa fuerza que se me ha trasmitido pueda usarla al igual que vos. Mi más sincero adiós. José Manuel

Esta es la despedida de Leticia: un espíritu inspirador Lo conocí como mi abuelo, el abuelo Tito. El abuelo Tito se sentaba en el suelo a jugar con nosotros, nos daba manzana verde cortada en rodajas y le gustaban las películas de cowboys. Yo lo veía como un niño más; era un señor mayor, serio, trabajador, pero entre nosotros se transformaba en un niño más, un espíritu soñador y risueño. Lo recuerdo siempre sonriente. Yo lo adoraba, era mi abuelo. Falleció cuando yo estaba en mi viaje de 15, cuando volví, ya no estaba. Siempre me acuerdo de la última vez que lo vi, estábamos en el living de su casa y él había puesto una película de cowboys, a mí me parecían terriblemente aburridas, pero él las disfrutaba tanto que no me animé a pedirle que cambiara de canal. Se fue a acostar para dormir la siesta y lo ayudé a sacarse los zapatos, me acuerdo de que hizo una broma con que yo no tenía fuerza porque me costó sacarle los zapatos. Le di un beso y me fui. Recuerdo caminar por el pasillo dejándolo a mis espaldas, un pasillo de tres metros, que uno recorre en cinco segundos y, sin embargo, en mi memoria surge como un tiempo suspendido, denso y triste... una larga despedida. Una despedida, y sin embargo, toda mi vida seguí conociéndolo, como si aún estuviera con

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nosotros. Las huellas que dejó fueron tan profundas, que no hay un solo día que no esté presente. A medida que fui creciendo y conociendo todo lo que hizo, me fui sintiendo más orgullosa de ser su nieta; supe reconocer el hombre visionario, caritativo, emprendedor que fue. Lugar en donde estuvo, lugar donde es recordado y querido, todas las personas que lo conocieron lo recuerdan con admiración y respeto. Era un hombre extraordinario, un ser humano que supo hacer la diferencia y muchas personas tenemos mucho que agradecerle. Por mi parte, yo tomé un camino bastante diferente, me dediqué al teatro y, sin embargo, nuestros caminos se cruzaron. Entre tantas cosas maravillosas que hizo, con su mirada tan especial y su extraordinaria sensibilidad, compró una hermosa casa art decó hace muchos años en Montevideo (Soriano 1274), donde Raúl (su hijo menor, mi tío) tuvo una empresa de computación. Luego de muchos años, ya fallecido el abuelo, Raúl trasladó su empresa a otro local y la casa estuvo abandonada durante un tiempo, no se pudo alquilar y lo que ofrecían por venderla era muy poco. Las pocas veces que yo había conocido la casa, me había parecido fascinante, y en el 2009 mi esposo y yo estábamos buscando un lugar donde trasladar la escuela de actuación (Escuela del Actor), ya que había crecido y no teníamos espacio suficiente para recibir alumnos. Así fue que llegamos a esta casa, que Taco Larreta (un gran amigo y actor) dijo al conocerla: “Esta casa tiene ángel”. Hace cuatro años que la escuela funciona ahí, con más de 180 alumnos de todas las edades, que vienen de todas partes de Montevideo y alrededores. Desde el 2010 acondicionamos el espacio para la realización de espectáculos (sala Telón Rojo), por

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lo cual los fines de semana recibimos público de todas las edades y clases sociales. Este año hicimos una reforma habilitando un nuevo espacio y lo nombramos Sala Tobías. En esa casa que mi abuelo, con su increíble visión, adquirió, hoy se crean sueños, se viven emociones, se respira un aire de creatividad muy particular, contribuyendo al crecimiento educativo y cultural de nuestro medio. Y este es solo un ejemplo de un lugar donde el abuelo Tito supo plantar su semilla y gracias a él hoy tantos podemos disfrutar de ese mágico instante creativo que es el arte de la actuación. La Escuela del Actor-Sala Telón Rojo ha continuado creciendo durante estos años y actualmente estamos construyendo en Av. Brasil y Benito Blanco el Espacio Cultural Federico García Lorca. El camino recorrido por mi abuelo ha sido una gran inspiración para mí, y cada día que sueño o realizo un nuevo proyecto me encuentro mirándolo a través de sus ojos. Dicen que todo permanece, no sé si es verdad…, pero sí sé que mi abuelo a través de sus actos supo sobreponerse a la vida y que su espíritu continúa creciendo entre nosotros. Ojalá todos pudiéramos tener esa capacidad; yo, por lo pronto, sueño con hacer la diferencia. Leticia Scottini

b) El adiós del pueblo fernandino Tito hizo tanto por el pueblo fernandino que no fue necesario que falleciera para que se le rindieran homenajes. Recibió muchos en vida, por ejemplo, de los rotarios y los leones, instituciones a las que siempre apoyó. Le hicieron un homenaje en la radio Maldonado, en la Junta Departamental. Siempre lo reconocieron y, por eso, el adiós

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fue multitudinario y doloroso. Mientras estuvo enfermo, todo el mundo se ofrecía para donar sangre y ayudar. Les preguntaban a quienes lo veían si necesitaba algo. Lo visitaban. Todas las personas para las que había estado intentaron ayudarlo como pudieron, y todas esas acciones importan. Hay gente que hubiera dado su vida por él, algo que nunca hubiera aceptado, pero que reafirma el tipo de persona que era. No fue como todos, pero también fue como todos. Luego del multitudinario velorio en Maldonado, se hizo otro en Montevideo y, finalmente, lo enterraron en el cementerio judío de La Paz. El entierro tuvo mucha concurrencia, tal vez no tanta como si hubiera sido en Maldonado, pero hubo mucha gente al fin. Cristina recuerda que el rabino dijo que nunca había presenciado un entierro tan numeroso, que las tres paladas de tierra que se arrojan por respeto, admiración y cariño en la fosa casi la llenaron. Se le hizo una placa conmemorativa que dice:

“La semilla de amor, humildad, generosidad e inteligencia que plantaste en quienes te conocieron crece día a día regada por tu recuerdo”.

Se escribieron muchos artículos de despedida en homenaje a Tito. Incluimos solo algunos, que vale la pena plasmar porque representan el adiós a Tito.

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CON UN NUDO EN LA GARGANTA

L

o vi acercarse, no me imaginé

mi y que lo lamento mucho. Mi hijo ya

que ese hombre de caminar len-

falleció también.”

to y “apaisanado” se dirigía directo a

Dos lágrimas empañaron sus ojos,

mi.”Buen día” dijo y bajó la mirada,

retiró sus manos del pecho y se las secó.

dejando entrever timidez o falta de con-

Yo quedé mudo, no pude decir nada,

fianza, que hizo a un lado y con voz gra-

cuando reaccioné se iba caminando, vi

ve habló:”Usted no me conoce, pero yo

que seguía llorando. Yo no me movía y

quiero que me diga si es cierto que Don

tenía un nudo en la garganta, solo atiné

Tito Polakof ha muerto.”Si señor,” con-

a mirarlo y pensé en la grandeza de este

testé y el hombre dejó escapar un queji-

hombre. Volví la mirada y le pregunté a

do y cruzó los brazos como apretándose

un lugareño de Mariscala que me dijo

el corazón.

“El está muy mal, perdió a su familia.”

“Yo lo conocí en los años setenta y

Pasó un rato, subí al auto, repasé todo

pico, estaba con mi hijo enfermo y por

ese momento y la figura de Tito Polakof

recomendación fui a verlo con mi espo-

fue tomando la dimensión que este po-

sa, hoy muerta, y el Sr. nos dio una carta

bre hombre le daba, a cada kilómetro de camino que recorría.

para un médico en Montevideo. Yo estaba trabajando en un monte en San Car-

Julio del Puerto

los y ganaba muy poco, le dije que no tenía dinero y que nunca había viajado. El Sr. Nos contestó: No te preocupes el

* Nota publicada en la Revista Collage Nº 7, Julio de 1998.

martes yo te llevo. Llegó el día, nos retiró en San Carlos con mi hijo que estaba muy mal de un problema asmático, este hombre nos llevó, nos dio de comer, habló con el médico y nos hizo atender. Mi hijo tuvo un largo tratamiento, él nos alcanzaba los remedios. “El hombre hablaba sin parar, yo quería decirle que era un hombre muy caritativo pero no me dejaba. De repente se calló, luego dijo.”Dígale a su familia que yo nunca olvidaré lo que hizo por

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Fernando Di Lorenzo y Roberto Bussero

Una persona solidaria

E

s difícil pensar en el Maldona-

la humanidad siempre guardará

do cotidiano, en el universo

una deuda de mayor considera-

generado a partir de las vivencias

ción, que nunca reclamaron ni

de su gente y de sus actividades, sin la presencia de Tobías Polakof. Hasta su reciente desaparición física, y desde hace mucho tiempo, supo ser el referente ineludible para propios y ajenos, más allá de sus posiciones personales y de la firmeza con que defendió sus ideales y proyectos. ¡Cuántos proyectos” Polakof se caracterizó

pidieron que la saldaran. Ese vínculo con el próximo no le impidió seguir proclamando más proyectos comerciales que en el fondo fueron, son y continuará siendo extensión de esa vida solidaria, de esa actitud de dar siempre la prioridad a los demás, a los cercanos, a los que tienen problemas. Y siempre convencido de que esas dificultades se pueden

por integrar el desarrollo comer-

superar.Por eso sentimos tanto la

cial de sus empresas ayudando

pérdida de <<Tito>>Polakof, y

directamente a quienes necesita-

su falta se hará sentir junto a la

ban de su apoyo. No se introdu-

de otras figuras que como él de-

jo en la maraña de suposiciones ideológicas ni en cuestiones retóricas. No se detuvo a pensar si lo suyo era beneficencia, paternalismo o asistencialismo. Simplemente, fue un ser solidario, una persona agradecida a la vida que quería hacer más fácil la de quienes no tenían motivos para estar tan agradecidos.

jaron huella.No sólo el rastro que implican sus pujantes empresas, incluido su último y ya exitoso emprendimiento, un parque industrial y comercial convertido en nuevo símbolo fernandino, sino el más importante, el que sólo puede dejar una vida dedicada a los demás y gozada en el arte de compartir, sin importar las <<gracias>> y los aplausos.

Y todo en el silencio que envuel-

Así era Polakof y siempre lo re-

ve las grandes obres de los hom-

cordaremos de ese modo.

bres justos y buenos, a quienes

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Nota publicada en el diario Últimas Noticias, diciembre/1998


POR EL CAMINO MARCADO Como es hecho conocido por todos, el 9 de julio dejó de estar entre nosotros Tobías Polakof, suceso este que conmovió no solo a los integrantes de nuestra empresa, sino a todos los que estuvieron relacionados a él de alguna forma, a lo largo de décadas de actividad empresarial y social. Todos hemos sentido expresiones de apoyo a la familia Polakof, por parte de importantes personalidades del ambiente político, autoridades de gobierno municipal y de Estado, empresarios de todos los giros, comerciantes, etc., pero además hemos sentido y visto el reconocimiento de la ciudadanía en general. De la gente como nosotros, de la población en si. Como toda figura que por su gestión trasciende la vida común, pudo despertar diferentes opiniones y sentimientos, pero no se puede negar que su obra empresarial siempre estuvo mancomunada a la colaboración permanente de aquellas obras sociales que requerían apoyo. Gestión por las que se atendían necesidades primarias de niños, ancianos, estudiantes, etc... Pero más aún posiblemente todos recordemos hace un par de inviernos atrás cuando la ciudad de Maldonado sufría uno de los períodos más críticos en la Industria de la construcción, que originó el desempleo de miles de obreros, en su mayoría padres de familia, y que a su vez causó el surgimiento como nunca antes de asentamientos de viviendas precarias, por una orden directa de T. Polakof se colaboraba permanentemente con las ollas populares, sin importar costos o cantidades. Sentíamos el deber no solo de empresa sino humano de colaborar, en esas medidas que intentaban no mejorar las condiciones de vida, sino satisfacer la más primaria de las necesidades del hombre, la alimentación. Y todos aquellos, que provenimos de hogares donde nuestro padre es obrero de la construcción, u obreros en general, trabajos que son zafrales o temporarios; sabemos de la preocupación diaria del jefe de familia de procurar el sustento de la misma, para el estudio, para la comida, para la casa, etc. Y todos aquellos que estuvimos en las ollas populares vimos los ojos, de cientos de padres que iban en procura del sustento vital para sus

hijos, reflejando en las miradas el sentimiento de preocupación y de angustia, pero también el de fe en pasar el invierno y retomar la esperanza del trabajo para salir adelante por medios propios. Estas cosas se hicieron, y se hacen, fundamentadas por Polakof, llevadas a cabo por sus colaboradores, gerentes y empleados, todos compartiendo la misma filosofía de solidaridad, siempre participando en forma destacada en el acontecer social y cultural, involucrándose en forma directa en organizaciones solidarias y en movimientos que mejoran la calidad de vida de las comunidades. Por eso compañeros, de Maldonado, de Canelones, de Lavalleja y de Treinta y Tres, si debemos de estar orgullosos de algo, es de pertenecer a un grupo humano, solidario, emprendedor de actividades que propiciarán el desarrollo familiar y ciudadano, fundamentado por Tobías Polakof, pero que debemos mantener todos nosotros, así como aquellos que han quedado a cargo del timón. Y en ese rumbo, seguiremos apoyando y organizando las fiestas de los niños, guarderías, hogares de ancianos, la creación de escuelas, y todas aquellas cosas que apunten al progreso común.

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César Céspedes

* Nota publicada en la Revista Collage.


Carta abierta a un padre que no se fue

A

migo Tito Polakof: qué fácil fue hoy, echar mano a una hoja y una lapicera, mientras mis hijas corren por la casa en sus juegos infantiles de niños, mientras mi esposa rezonga “los deberes no están prolijos”, la TV pregona que “Muñeca Brava” es el mejor programa y que “SuperMarket’s está con la gente”. En todo este laberinto se imagina que después de treinta y pico de años trabajando juntos, viviendo buenas y malas, verdes y maduras, como dice un amigo: “no vamos a andar con vueltas para decirnos las cosas”. Ya casi pasaron 365 días de su desaparición física y nadie en su querido Maldonado se hace la idea de que usted no esté, muchas veces hablando con gente del pueblo me preguntan por usted y yo contesto “anda por ahí”. Le digo esto porque esas últimas horas que estuvimos juntos, usted peleando por la vida como hizo siempre, soportando el dolor pero jamás demostrando a ese enemigo que llevaba por dentro que lo había derrotado. Yo sabiendo que usted era un hombre valiente, solidario, bueno, humanitario, que siempre estaba donde se le necesitaba, que tenía siempre esa sabia última palabra que definía las cosas importantes, que cortaba drásticamente las dudas, las vacilaciones, el desinterés, el desaliento y que supo hacerse un lugar grande en la sociedad, pero ojo, sin codear a nadie, buscando siempre convencer a los de arribas para que los de abajo sufrieran un poco menos. Hoy estaba pensando que sólo a los grandes el pueblo homenajea todos los días: Codepal, gente que quiso gritar a los cuatro vientos lo que usted hizo por la institución de los minusválidos; placa recordatoria en la Guardería Infantil y

Casa Cuna de Maldonado en la calle 18 de julio (la casa para proteger a los niños, su eterna preocupación); placa recordatoria en el Hospital de Maldonado Elbio Rivero lugar por el que bregó para que los más carenciados con problemas de salud tuvieran la atención médica que usted pensaba se merecía un ser humano. Le sigo contando que se ha reunido el pueblo para homenajearlo, no ha faltado nada: palabras de sus amigos resaltando su enorme personalidad, hermosos bouquets de flores, relucientes placas de bronce con palabras talladas a fuego que nunca se borrarán, no ha faltado el aplauso sin guantes, ese que calienta y deja las manos rojas. Espere que hay más, ha flameado la bandera de nuestra patria en su honor, he visto a mucha gente simular estar resfriado para secar una lágrima que surcaba sus mejillas. Casi me olvido de lo más importante, su esposa, sus hijos y sus queridísimos nietos, siempre han estado presentes, también sus colaboradores como decía usted a sus empleados. Bueno amigo, ya es casi la una de la madrugada, mi mujer rezonga porque las niñas están levantadas; preguntan qué estoy escribiendo. Les digo que es algo que me salió del corazón, la más chica me toca el pecho con sus manitas de ángel y me dice”acá no sale nada papá”. Quizá el día 365 yo no esté en Maldonado, pero le digo: hasta siempre jefe.

Julio del Puerto * Nota publicada en Noticiario, diario de SuperMerket’s El dorado, julio /1999

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NOTA EDITORIAL

Carta a un ausente (que no se ha ido) Recuerdo para don Tobías Israel Polakof Lev en el 10º aniversario de su deceso Nota Editorial publicada en la revista COLLAGE, Nr. 31 - 2007/2008

Hola Tito. Aquí estoy, hacía tiempo que me quería comunicar contigo y no tenía tiempo de hacerlo. Si, ya se que han pasado 10 años y tendría que haberme hecho ese espacio. Pero bueno, siempre lo voy dejando para después, me ocupo en otros menesteres y las horas vuelan. Es que la empresa ha crecido ¿sabes?, ya pasamos las 40 sucursales. Se incorporaron al directorio tu nieto Ismael y tu hija Susana que se vino de Suecia. El primero con muchos conocimientos y la fuerza de su juventud y ella con la rica experiencia del viejo mundo, para ambos volcar su caudal en aras de la empresa. Ah, que ya estás enterado de la nueva actividad de Luisito, y bueno por aquí se le extraña aunque de tanto en tanto viene a saludarnos. Está cumpliendo un sueño de muchos años, trabajando para el paisito por su partido; quizás luego vuelva y lo tengamos como antes luchando codo a codo junto a nosotros por su empresa. Y ¿por qué elegí esta fecha para comunicarme? Y bueno, este 12 de junio habrías cumplido 79 años y el 9 de julio se habrán cumplido 10 años de tu partida de este mundo. Me imagino que en ese otro mundo estarás rodeado de amigos, de tanta gente que te conoció aquí y te aprendió a querer por tu don de bien. Estarán disfrutando seguro de tu compañía, ya sin ese apuro de las horas terrenales y con toda la calma del aire celestial. Que ¿cómo me va a mi?, muy bien, entre mis libros y el ajedrez (aunque ya no me pierdo como aquel día que me andaban buscando y solo tu adivinaste donde estaba) y con mucho trabajo, pero por suerte pudiendo cumplir con todo. Siempre recuerdo cuando me dijiste hace 20 años “no te preocupes que cuando tus hijos crezcan, mejorarán su salud y podrás dedicarte por entero al trabajo sin necesidad de faltar”. Cuanta razón había en tus palabras, gracias por tus consejos y la confianza. Bueno, creo que me voy a ir despidiendo, se me hace tarde y mañana hay que estar temprano a reiniciar una nueva jornada. ¡ No!, todavía me faltan de 5 a 10 años para jubilarme; tu bien sabes como son las leyes en este país, según quien esté de turno en el poder decidirá a que edad nos retiramos, ojalá cuando eso llegue nos queden algunos añitos para disfrutarlos. Y como broche final, dejé la noticia que conociéndote como te conocí, quizás más te alegraría, en abril de este año nació tu primer biznieto Lucas Tobías Scottini Echartea si, el hijo de Ismael. Como ves la familia sigue creciendo y seguro un nuevo Tobías quizás siga tus pasos para perpetuar el desarrollo, de esta tu gran empresa familiar y que muchos con el paso de los años ya la sentimos como propia. Como te imaginarás yo no tengo mucho apuro por visitarte ( me queda mucho por hacer), pero para cuando llegue por ahí, me gustaría me dieras noticias de algunos de tus tantos colaboradores y mis ex compañeros que ya emprendieron el sueño eterno. Julio Del Puerto, Sergio Almada, Guillermo González, Pablo Jiménez, Waldemar Moreno, “Quica” Sosa, Javier Silva, Julio Scottini. Y en nombre de ellos, saludar a todos los demás que ayudaron a crecer a esta empresa y ya no están entre nosotros. Pero seguro que junto a ti, descansarán bajo la bendición del gran creador. Un afectuoso abrazo de Antonio Agrazot

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Homenaje en la Junta Departamental de Maldonado Transcripción textual de parte del homenaje que se le rindió en dicho día.

31 de julio de 1998 Entramos en los homenajes. El primer homenaje solicitado es para el señor, ex Edil, Don Tobías Polakof, homenaje solicitado al día de su fallecimiento y que por diferentes razones este Cuerpo no pudo rendirlo en aquella oportunidad.-

Señor Edil José Fernández.c.e.a.SEÑOR FERNANDEZ.- Señor Presidente, señores ediles: nuestras palabras de la noche de hoy son para rendir homenaje póstumo a la figura del vecino de nuestro departamento, Don Tobías Polakof.Este destacado integrante de nuestra sociedad ha muerto prematuramente, víctima de una fatídica enfermedad, con la cual venía luchando valerosamente desde muchos años atrás.Don Tobías Polakof fue en vida un importante comerciante de nuestro medio, habiéndose extendido el giro de sus negocios a varios departamentos vecinos e incluso a la capital de la República. Todo su importante patrimonio económico fue fruto de su trabajo tesonero y honesto, a lo largo de muchas décadas de sacrificio propio y de su familia, que supo acompañarlo con firmeza y lealtad a lo largo de toda su vida pero lo que nos convoca hoy a rendirle homenaje es fundamentalmente su patrimonio moral, producto de su labor en el ámbito social y humanitario en nuestro departamento.Don Tobías fue un hombre esencialmente pródigo y generoso, que

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nunca supo de una negativa cuando fue llamado a colaborar en obras de beneficio comunitario. Tal vez la obra social que más identificó a Polakof durante muchos años y a la que dedicó buena parte de sus esfuerzos, fue esa guardería infantil que es orgullo en la ciudad de Maldonado y que cumple una notable función en la atención de los niños de madres trabajadoras. A través de beneficios, colectas públicas y audiciones en radio Maldonado, a través de muchos años logró ir reuniendo los fondos para cumplir con la meta que se había fijado con determinación, convirtiéndola en la hermosa realidad que es hoy.Quienes tuvimos el orgullo de conocer a Polakof personalmente sabemos que además existió una muy importante inversión económica personal para la culminación de los trabajos, que nunca fue contabilizada y tampoco siquiera mencionada por su generoso protagonista pero esa discreción, en entrega generosa, era típica en él y caracteriza a quienes verdaderamente encuentran placer en sacrificar parte de lo propio en beneficio de los demás, sin esperar reconocimiento ajeno por su altruismo.Polakof integró además diversas instituciones de servicio público -como Rotary Club- en procura de canalizar su deseo permanente de mejorar el entorno social, de ayudar a los más desposeídos, de socorrer a las familias menos pudientes. Interesado siempre en las cosas de la comunidad, integró primero la Junta de Vecinos y luego esta Junta Departamental de Maldonado, guiado siempre no por un tonto deseo de protagonismo sino por el auténtico afán de servir mejor a los demás.Militó en las filas de nuestro Partido Colorado. Se sentía una batllista ardiente, identificado con el ideario social de Batlle y Ordóñez pero

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Polakof no se merece que lo encasillemos en el ámbito limitado de un Partido Político porque su accionar social no supo de distingos partidarios y cintillos políticos; siempre tuvo su mano tendida para colaborar y nunca preguntó el nombre o el color del destinatario, su preocupación única era que el beneficiario de esa ayuda la necesitara efectivamente.No era un conocedor del ambiente político pero su razonamiento y su palabra estaban siempre rebosantes de sentido común. Sabedor del poco tiempo que le quedaba de vida era sin embargo aleccionador y ejemplarizante oírlo hablar a favor del futuro de Maldonado y de todo lo que había que realizar para mejorar nuestra zona turística y de lo que él mismo sentía que aún le quedaba por hacer a favor de los demás para cumplir con lo que entendía era su sagrada obligación de ciudadano.(...) Sus diversos negocios dieron trabajo y dignidad a muchos jóvenes uruguayos que pudieron a través de esas empresas comerciales asumir sus primeras obligaciones laborales y recibir sus primeros salarios, fruto de un trabajo honesto.Nunca a lo largo de su prolongada actuación política conocimos críticas hacia su honestidad empresarial o sus procederes comerciales y esto no es poco decir en esta época tan confusa y ajena a los valores éticos.Hoy debemos despedirlo de la vida terrenal desde este órgano legislativo que él supo honrar con su presencia y su hombría de bien. Nuestras palabras de recordación y de homenaje se resumen en el agradecimiento hacia su hombría de bien y su generosidad, así como

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por ese abrazo espiritual que recibíamos cada vez que estrechábamos su mano franca y sincera.Hasta siempre, Tito! m.r. Señor Presidente, vamos a solicitar a esta Corporación la realización de un minuto de silencio en homenaje al ex miembro de este Cuerpo, don Tobías Polakof, recientemente desaparecido.-

(Siendo las 23:10 se realiza un minuto de silencio).-

SEÑOR PRESIDENTE.- Señores ediles: estamos rindiendo homenaje a don Tobías Polakof, al “Tito” Polakof, importante y conocido comerciante de este departamento y de esta ciudad en particular.Compartimos con él este recinto y esta gestión en una legislatura: “Tito” Polakof, don Tobías Polakof fue un Edil de este Cuerpo, gentil en su forma de trabajo, buen compañero en toda la gestión que nos tocó compartir en toda una legislatura. Ya aquejado de su cruel enfermedad, cualquier recuperación que tenía, aparecía en este sector con su sin par característica y bonhomía.Polakof fue un trabajador social de esta zona del Departamento de Maldonado. Nos consta en lo personal la ayuda que hizo al Hospital de Maldonado, a la Salud Pública del Departamento; aporte que no fue simplemente el de una colaboración económica sino que fue un hombre que posibilitó en muchos aspectos el desarrollo tecnológico de la Salud Pública de Maldonado y la instrucción científica de los trabajadores de la salud de este Hospital.Nos constan sus buenos oficios, su gestión directa en posibilitar ayu-

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das internacionales del más alto nivel académico en diferentes aspectos; particularmente debo destacar en materia de cáncer.El “Tito” Polakof fue sobre todo un hombre bueno, sencillo; un buen amigo, solidario. Por eso sinceramente creemos que Maldonado ha perdido a un gran hombre.Queremos hacer llegar a su familia, a sus amigos, a su colectividad política, nuestras más sinceras condolencias y pesares por la muerte del “Tito” Polakof.-

La señora Edil Ana María González me había solicitado la palabra.-

SEÑORA GONZALEZ.- Señor Presidente: cuando el Edil Fernández hablaba del patrimonio moral que “Tito” Polakof tenía como un acervo, y de su prodigosidad y la generosidad, me comprenden las generales de la ley y debo decir que cuando mi época de docencia, que trabajaba en una escuela rural, más de una vez visitaba a “Tito” y “Tito” siempre pensaba en los niños de una manera increíble, porque realmente era increíble la generosidad y participaba de donarnos muchas veces, casi mensualmente, alimentos para esa escuela rural.m.a.d.f.Más de una vez también lo oí nombrar de un comedor para los jubilados, más de una vez lo oímos aquí, como legislador, hablar de donaciones a distintos lugares, como también usted, Presidente, muy bien lo ha dicho. Nosotros creemos que la comunidad ha perdido a un gran hombre y por eso nuestro recuerdo.Solicitamos al Cuerpo que nos acompañe en que estas palabras sean dirigidas a sus familiares como un pequeño homenaje a un gran hom-

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bre de la comunidad fernandina.Gracias.-

SEÑOR PRESIDENTE.- Señor Edil Blanco.-

SEÑOR BLANCO.- Señor Presidente: como me comprenden las generales de la ley, para hablar de “Tito” voy a resumir un poco con una anécdota.“Tito”, ese ser humano solidario, que trabajaba con un sin fin de instituciones que estoy seguro no se las puede enumerar. Era un individuo capaz de hace cosas como la que un día hizo conmigo. Me fue a buscar a mi casa, me dice: “¿Cómo andás, Blanquito? Necesito un guardaespaldas”. ¿Cómo un guardaespaldas? “Y sí…” –me dice- “…estoy en la Comisión de la Escuela Industrial, de tesorero. Yo viajo mucho y tú le debes gran parte de lo que sos a la Escuela Industrial, te necesito para cuando yo no esté, tú seas el tesorero de la Comisión”.Con esto quiero pintar a “Tito” con esa calidad increíble de ¨llevarte aunque no quisieras, y si no tenías tiempo había que fabricarlo¨, porque con esa argumentación era imposible decirle que no.Amén de sentir una congoja muy grande, porque para mí él era más que un amigo, un hombre consejero, alguien de referencia, quien cuando me embalaba mucho me ponía tierra y cuando me pasaba me levantaba. Era una maravilla hablar con él.Simplemente quiero despedirlo como se debe hacer: “Tito”, un abrazo y hasta siempre; y decirle a todo el mundo que se fue un Grande.Nada más.(...)

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Fue un adiós cariñoso, como se lo merecía Tito. Un adiós a un grande, a una persona única y que dedicó su vida a ayudar. El pueblo fernandino lo quiso y lo despidió con cariño. El pueblo fernandino no lo olvidó y el legado que dejó será eterno.

La Torre del Vigía, un ícono histórico de su querido Maldonado

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2. El legado Cuando la muerte llama, no se puede evitar. Lo importante es hacer todo lo que se puede en vida, vivir la vida. Eso es lo que hizo Tito y lo que nos enseñó a hacer con optimismo. Tito murió porque su cuerpo no era inmortal. Sin embargo, su imagen y su espíritu no han muerto, han quedado grabados en todos los fernandinos. Muchas personas hablan de Tito en presente, y esto no es casualidad. Si bien la persona física murió, sus ideas y proyectos siguen vivos en Maldonado. Hizo obras, emprendió proyectos que siguen latiendo en la sociedad fernandina. Su legado no murió. Por eso, seguimos sintiendo a Tito en todas partes. Tito es Maldonado y no va a morir. El legado que dejó no es solo material. Lo material es una ínfima parte. Sembró y cosechó muchas ideas, que sus sucesores continúan llevando a cabo. Los valores que cultivó están vivos en sus herederos y en todos los fernandinos. Son valores de solidaridad, respeto, tolerancia, optimismo, crecimiento y desarrollo, bondad, perseverancia y trabajo. Siempre luchó por salir adelante y por su vida. La lucha sigue viva. Lo más importante de todo es que peleó por su país, por el trabajo de los uruguayos y el desarrollo económico. A veces participaba en los Consejos de Salarios, y los sindicalistas querían que él estuviera porque en general votaba los aumentos. Lo hacía con visión de empresario, pero también porque le parecía que era importante que los trabajadores ganaran bien. Hizo una fuerte inversión en el país y en las personas y siempre apostó al desarrollo de la zona. Ese legado

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sigue vivo, por eso la empresa continúa apostando al desarrollo nacional, al trabajo uruguayo, al “importado de Uruguay”. La empresa siguió adelante con un directorio integrado por sus hijos, que aplicaron todas las enseñanzas que su padre y el trabajo les habían dejado. Eran adultos jóvenes que, con el apoyo de su madre, fueron cambiando la imagen de la empresa. La hicieron dinámica, la actualizaron e informatizaron. Aquí fue donde entraron los conocimientos que Raúl había adquirido en Estados Unidos. Hicieron cursos de calidad, de marketing para el personal, siguieron viajando para conocer las distintas realidades y aplicar nuevos conocimientos a los supermercados. Integraron la Asociación de Supermercados del Uruguay. Incorporaron el código de barras; hasta ese momento todo era con numeritos y etiquetas. Reformaron locales; abrieron nuevos en Aiguá, Lascano, La Barra, José Ignacio, Piriápolis, Solanas, y tres en Maldonado: Camino de los Gauchos, Biarritz, Av. Artigas. La empresa seguía creciendo gracias al legado de trabajo, dedicación y fe en el país que dejó Tito. Esto les permitió seguir apostando al mercado uruguayo teniendo en cuenta su visión, plasmada en el eslogan “Desarrollemos el presente para el Uruguay del futuro”.

3. La continuación de los sueños de Tito Luego de la desaparición física de Tito, sus hijos siguieron trabajando duro en la empresa. Nunca perdieron de vista sus enseñanzas y visiones; incorporaron nuevas tecnologías intentando avanzar a la par del gran desarrollo del siglo XX. Hubo un cambio de logo y de

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imagen para acompasar los cambios que se venían con el próximo milenio. En el 2000 se reinaugura el mercado de 18. El proyecto estuvo a cargo del arquitecto Juan Pedro Venturini y colaboradores. Mientras la obra se llevaba a cabo, se dificultaba la atención, pero los clientes de toda la vida, que habían visto crecer ese supermercado desde el comienzo, lo entendían y respetaban. El edificio, que se inauguró en diciembre del 2000, era muy lujoso para lo que había sido ese mercado. Se trataba de la vieja casa renovada, con nuevos muebles, ventanas, paredes, pero seguía siendo la misma. Ese año hubo un cambio de imagen publicitaria de la empresa. Se buscaba simplificar tanto el logo como el nombre. Este dejó de ser Supermarket’s El Dorado y pasó a ser El Dorado. En cuanto al logo, la muñequita fue remplazada por un sol. Se cambió también la publicidad: “Supermarket’s siempre cerca de la familia” se convirtió en “El Dorado siempre cerca”. Hoy en día, la empresa tiene más de mil empleados y alrededor de cincuenta locales, que comprenden tiendas y supermercados. Sigue estando cerca del corazón de los fernandinos y continúa desarrollando el presente para el Uruguay del futuro.

FIN

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Lista de personas entrevistadas Ana Perdomo Antonio Agrasot Carlos Julio Granero Carmen Olaza de Abreu Chichita de Rivero Cristina Olivera Diego Olivera Edward Fernández Elisa Goldschmidt de Polakof Elsa Díaz Héctor Gozález Ismael Scottini José Manuel Polakof Julián Sosa Leonardo Polakof Leticia Scottini Lía Bauzá Luis Polakof Margarita Silveira María Pintos María José Da Silva Mariana Scottini Maribel López Mario Wajshan Muñeca Herrera Nicolás Cor Polakof Pitin Odizzio Raquel Álvarez Raúl Polakof Rosita Polakof Sara Goldschmidt Simón Cor Polakof Susana Polakof Wilson Sánchez Utilicé como bibliografía documentos escritos por Julio del Puerto y archivados por Raquel Álvarez. La mayoría fueron publicados en revistas y diarios de la empresa y semanarios locales.

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SUPERMERCADOS wMALDONADO Supermercado Supermercado Supermercado Supermercado Supermercado

Supermercado Supermercado Supermercado Supermercado Supermercado Supermercado Supermercado

18 25 Av. Aiguá Cno. Velázquez Centro de Distribución Winmart, Ruta 39 Boulevar Cno. de los Gauchos Cno. Lussich Solanas Lausana Biarritz Nuevo Cerro Pelado

wPUNTA del ESTE Supermercado Parada 2 Supermercado Gorlero wLA BARRA Supermercado La Barra

wPIRIÁPOLIS Supermercado Avda. Piria Supermercado Simón del Pino wRÍO BRANCO Supermercado Río Branco wMELO Supermercado Melo 1 Supermercado Melo 2 (en construcción) wTREINTA Y TRES Supermercado Centro Supermercado Obelisco Supermercado Arco wSANTA LUCÍA Supermercado Santa Lucía wLAS PIEDRAS Supermercado Las Piedras

wSAN CARLOS Supermercado Centro Supermercado Avenida

wCHUY Supermercado Chuy

wAIGUÁ Supermercado Aiguá

wLA PEDRERA Supermercado La Pedrera

wMINAS Supermercado Centro Supermercado 18 de Julio Supermercado Ruta

wLASCANO Supermercado Lascano

wPAN de AZÚCAR Supermercado Pan de Azúcar wSOLÍS Supermercado Solís

wLA PALOMA Supermercado La Paloma Supermercado La Balconada wROCHA Supermercado Ruta 9 Supermercado Centro

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TIENDAS

TIENDAS - HOGAR

wMALDONADO Tienda Feria Tienda Expoventa

wMALDONADO El Dorado Hogar

wSAN CARLOS Tiendas San Carlos

COMPUTACIÓN Y TELEFONÍA

wPAN DE AZÚCAR Tienda Pan de Azúcar

wMALDONADO SCN Centro

wMINAS Tienda Minas

wMINAS SCN Centro

wTREINTA Y TRES Tienda Treinta y Tres wLASCANO Tienda Lascano

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ISBN-9974-98-926-9