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REVISTA_VIRTUAL RIONEGRO ///////N° 04

COLECTIVO RIO NEGRO http://www.colectivorionegro.blogspot.com


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Y aprendimos a pelear finalmente Y aprendimos como siempre, ovidando lo a pelear finalmente que un dĂ­a nos dijeron como siempre, olvidando lo Salud por esta noche que un dĂ­a nos dijeron Salud por esta noche


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Mitad guerreros... guerreros…

La silueta negra detrás del inalcanzable y equívocamente puesto velador, y escuchamos su rumor que nos incita a despertar, detrás de la ventana la luna parece un lugar fácilmente habitable pero imposible de haber sido explorado más que en nuestros sueños de gloria y vino, al encender la televisión esta no funciona, o funciona mejor que nunca, las hormigas blancas versus las negras, y en la barcaza del insomnio, mitad despiertos, mitad guerreros, observamos con cautela y esperanza los peces dorados que habremos de cazar, caen nuestras manos como ríos hacia ese oscuro mar azuloso hasta producir el destello, la explosión final de las palabras, y con nuestras garras dejamos el testimonio sobre el cemento fresco de los muros de la ciudad. Ahora sabemos, en todo este tiempo de sueño inconciliable, eran las palabras, los trazos, los que estaban designados a renacer desde el viejo y hermano corazón del misterio. Bienvenidos a un nuevo número de Río Negro.


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Gracias por el arte, por creérsela: Por estar.

Colectivo Río Negro


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ÍNDICE POEMARIO..................................................................................................................................... 6 ESPERA. ..................................................................................................................................... 7 3+++ ........................................................................................................................................... 9 Ya estamos llegando a tu recoveco vital, hombre .................................................................. 10 Ψ .............................................................................................................................................. 12 Ilusionarse es para quienes aun creen en el amor. ........................................................ 13 El secreto del sobrio. ............................................................................................................... 14 NARRATIVA. ................................................................................................................................. 15 Con minúscula ......................................................................................................................... 16 Paty.......................................................................................................................................... 17 IN FRAGANTI............................................................................................................................ 18 El Rectángulo Luminoso .......................................................................................................... 20 Reflexión sobre la simpleza. .................................................................................................... 22 El botón y el Ojal. ................................................................................................................... 23 Veranos ................................................................................................................................... 25 Silencio entre la oscuridad ...................................................................................................... 26 Solemnes ................................................................................................................................. 30


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Página |7 ESPERA. I Ella que trabaja y espera, que esperando en el trabajo piensa, llegará lo que espera, mientras trabaja piensa, que realmente no sabe lo que espera, y piensa mucho mientras espera por lo que mucho no trabaja, y dicen que pierde mucho tiempo pierde mucho tiempo pensando en lo que espera, mientras no trabaja mucho, y le dicen que no espere que no sabe lo que piensa, que el tiempo es largo mientras espera, que el tiempo es corto cuando trabaja. Pero el tiempo no lo piensa, piensa poco en el tiempo piensa mucho mientras trabaja, pensando en lo que espera, Pero no en el tiempo, que es corto cuando piensa, se hace largo cuando espera. Por lo que olvida la espera, olvida lo que piensa, y piensa en lo que espera. Olvida el tiempo que piensa, y se acaba la espera, que es el tiempo que trabaja cuando piensa, que es el tiempo, que es la espera.

II Personas que juntas no esperan lo mismo, que Juntas están más lejos que dos desconocidos, Viven en tiempos distintos, -esperan lo mismo- , eso dicen, dicen que lo mismo, pero distancias Inconciliables, se ven desde lejanías. Por todos no por nadie quien mira Y no escucha, escucha poco, no ve nada calla y ve todo. Pero eso no importa, Ni importa quien mire, mientras no se sepan ni suponen, ni saben lo que suponen, y se crean lo que dicen, mentiras, aunque no sepan que se engañan, no esperan lo mismo, aunque dicen lo contrario, viven distintos tiempo. No le ven , aunque a veces si, lo ignoran y se engañan. Sueños Por Vicente Céspedes Puedes visitar su blog en http://enfermodepalabras.blogspot.com/


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“Souls under Berlin” por ©©Aticolunatico


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3+++ El niño de 33 años viene arrastrando su oficio de milagrero Por los desiertos de un país largo como la historia Se toma la cara con los dedos de santo Mira las luces solares que no dan tregua a la fatiga Y los hombres lo sienten con lástima Pobre huacho Quien lo habrá abandonado en este desierto Y el niño de 33 años se ríe para sus adentros pensando que trae con él la salvación del alma Que la mortalidad en sus manos no es más que una visión de los supersticiosos Se cree grande este chiquillo Pretende desenredar el mundo Hacer del pensamiento una fuente de virtudes Nosotros no confiamos en infantes con túnicas

Por Angélica González Guerrero.


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Ya estamos llegando a tu recoveco vital, hombre Caminarnos por el Forestal con el frío cosquilleándonos en la nuca con la lluvia amenazándonos en las pestañas y en las manos gélidas -de esas lluvias terribles, que caen de arriba a abajopasearnos por la ribera del Mapocho en busca de un comercio fantasma que se guarece del invierno capitalino llegar al Metro y errar la dirección encontrarla y volver a perderla transbordar cambiar de andén subirnos y bajarnos tantearnos en la oruga transantiaguina llena de santiagueños y de nosotros abrazar a mis abuelos comer en la mesa patriarcal sentarnos en la escalera ínfima conocer a los malparidos y a los salvados por la mano de dios no alcanzar a llegar a ninguna parte olvidar ir a todos lados devolvernos juntos revueltos húmedos afiebrados y enfriados mirando cómo lentamente va apareciendo el mar por la ventana del costado derecho casi diciendo ‘Ya estamos llegando a tu recoveco vital, hombre’

Por Ashle Ozuljevic Subaique.


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“Cada nueva cortina a su lugar” por César Castillo.


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Ψ Amor, no te imaginas cómo me cuesta la vida. Cómo me cuesta la muerte. Se caen de mí todas las llaves ∞ Los escombros son como migajas ante los trozos de calma que he descostrado para poder hablarte. A veces estoy constipada del alma, tengo un tapón de pelo cerrándome el paso de ideas, y no logro respirar tras estar anegada. Sabes, es duro lo que he decidido. (………………………………………………………………………………...…………) Cada ciertos minutos dudo, convencida de no haber nadie tan jodida(mente) razonable † Y río, pues me hago justicia. Soy un perfecto relato De mí misma.

Por Idalia.


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Ilusionarse es para quienes aun creen en el amor. Que puedo hacer para no sufrir más Cuál es la receta para curar este dolor Quiero escapar y no volver más Para ver si esta herida se logra cerrar E intentar volver a creer en el destino y en el amor Tengo ganas de escapar de este eterno amanecer Y cerrar mis ojos para no ver lo que más quiero Ser fuerte para superar esta herida Que con el tiempo se agranda más & sabes que eres el dueño de mi corazón Pero no basta para que surja el amor Acompáñame a creer en la felicidad & cada día creo ver con más optimismo Una pesadilla a la cual no se le ve fin Pero no me importa con tal de llegar luego a ese lugar deseado & vivo el día a día ahogándome en un mar de recuerdos Y torturándome con sueños que no se concretaron Se dice que el pasado es historia Pero quien dice eso es quien no ha conocido el real significado del amor Porque cuando en un tiempo dos corazones se unieron Supera toda frontera sea tiempo u olvido & he dibujado un sueño con pedacitos de recuerdos Ignorando la historia que un día nos unió Y no me importaría si fuese que esto tuviera un final feliz Pero a lo lejos se ve oscuro y sin salida Entonces de que vale seguir con algo que supera toda razón De qué sirve luchar con el viento Si al fin y al cabo se que perderé Tomare mis maletas y me marchare Para ver si logro encontrar a alguien que valore mi corazón Soñar, Hoy no está permitido Esta aventura termino con 2 corazones distanciados E ilusionarse es para quienes aun creen en el amor

Por Reggine


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El secreto del sobrio. Vi a un tipo lanzar su vaso al cielo, dar unos pasos de baile y volver a sostenerlo sin verter el líquido. Vi a una mujer doblarse tanto que rompió todas las leyes de la física. Lo mejor de todo es que sólo yo podía ver esa maravilla. Agradezco a la sobriedad haber podido ver ese caos circense perfectamente ordenado que son, sin darse cuenta, los borrachos.

Por Tamara León


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Narrativa.

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Con minúscula

Solemnes, urgentes, zumbantes. Así gritaron las pobres gentes en la privacidad de sus aullidos, han de ser huachos hermanos de otros muertos, lo más parecido al gemir de un niño abandonado cuando llueve. Heme aquí, dispongo de las manos porque no hay qué mierda tocar; raído, eso sí, horadado y cobarde asumo el vértigo de mirar ventanas, puertas medio cerradas esperando al menos la interrupción del viento. Me sitúo a la derecha de dios padre y lloro.

Por Ricardo Sánchez Orfo Pueden leer más http://www.cuchitrildeadrede.blogspot.com/


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“Bouche” por Carlos Felipe Osorio Parra.

Paty Ninguna relación se hace en un día, la nuestra tampoco, Paty y yo nos conocimos para mi cumpleaños, ese día reconozco que no me entusiasme mucho, primero la mire con bastante desconfianza, no nos parecíamos nada, ella era rubia, de pelo corto y ojos azules, blanca, un tanto rosada, usaba un vestidito a cuadros con una impecable pechera blanca, zapatos y calcetines blancos, no hablaba y yo tampoco le hable. En la noche insistieron en que tenia que dormir con ella, el asunto me pareció incomodo y vergonzoso, en los días siguientes además me vi obligada a pasearla por el barrio y presentarla cuando me lo pedían. Una tarde que yo estaba estudiando sentí su mirada sobre mi, tenía un aire medio triste, creí ver un punto brillante en su mejilla, diría una lágrima, me acerque, en un segundo vistazo nos parecíamos, claramente estaba algo gordita, su sonrisa tenía un dejo triste y no era lo que se llama bonita. Claramente Paty no era una princesita de cuento y yo tampoco, nos dimos una oportunidad, desde ese día la lleve voluntariamente a todos lados, me acompañaba cuando regaba el patio, le leía cuentos, tomamos té, veíamos televisión juntas y en la noche le contaba mis problemas y ella me daba su opinión, me entendía. Mi abuelita estaba contenta porque era la primera vez que yo mostraba afinidad con una muñeca, pero es que Paty era una amiga, es una amiga. A la Navidad siguiente cuando abrimos los regalos venía una radiante muñeca Barbie, llena de accesorios, delgada y perfecta, su larga cabellera flotaba como en las películas, el vestido de gasa le daba un toque angelical, mientras los demás seguían abriendo paquetes tomé a Paty y a la recién llegada y salí a la puerta de calle, espere un poco, no mucho hasta que vi alguien acercarse por la vereda, en un movimiento rápido deje a la nueva en pleno pavimento, mi amiga y yo entramos y vimos por la ventana como el hombre se agachaba y la guardaba sin pensarlo en su bolsillo, las princesas siempre encuentran dueño, y nosotras de nuevo estábamos en paz. Por Paulina Correa.


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“Gardener on a stepladder collecting fruit” por P. B. Abery (1877?-1948).

IN FRAGANTI Se escuchan apenas perceptibles los murmullos de los amantes que, encerrados en la alacena, dan rienda suelta a la desesperación de su deseo; aún así, tal pasión arrolladora les juega una mala pasada. Cuando la patrona se encuentra en la cocina sirviendo la merienda a los niños se escucha tal grito de pasión desbocada que los chiquillos y la susodicha quedan boquiabiertos. Los niños porque no entiende de qué se trata y la dueña de casa porque ahora sabe donde se encuentran el jardinero y la cocinera.

Desde Montevideo, Patricia O. (Patokata) http://mismusascuenteras.blogspot.com


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“Carter Corsets, woman with stars and stripes background” por Victor Keppler


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El Rectángulo Luminoso Estaba sentado frente al televisor, mirando hacia el vacío de una pantalla hueca que intentaba desesperadamente llamar su atención sin conseguirlo. No, no veía nada de lo que aquel rectángulo grasiento y lleno de polvo le estaba vomitando a la cara. Ni siquiera veía los cuerpos hermosos y semidesnudos de aquellas chicas que desfilaban frente a él incitándole a que comprara un nuevo desodorante que, bajo sus sobacos, pondría en celo a toda hembra que se cruzase en su camino. No, aquellas chicas desfilaron en cueros ante sus ojos y él ni se enteró. Una pena, porque llevaba mucho tiempo sin comerse una rosca y aquel desodorante podría haberle venido de perlas. Tampoco se enteró de las ventajas de contratar una línea adsl con una compañía que parecía estar verdaderamente preocupada por el bienestar de sus clientes. Como preocupados estaban, pero por el medio ambiente, unos fabricantes de coches cuyos automóviles no solo no contaminaban, sino que además eliminaban residuos de la atmósfera. Y eran coches muy baratos, que además se podían pagar a plazos, con una financiación realmente atractiva. Él siguió sin reaccionar. De repente un yogur, aunque no un yogur cualquiera, era un yogur con no sé que bichitos que eran capaces de salvarle a uno la vida, pues te curaban el colesterol y, además, mientras lo hacían, a las chicas le ponían el cuerpo de Raquel Welch con 18 años y a los tíos los ponían cachas que te cagas. Y él sin prestar la mas mínima atención. Una consola, un móvil, una colonia, otro coche, una cuenta bancaria, una película, unas zapatillas, un libro, un tercer coche, una cuenta bancaria distinta a la anterior, mas yogures, cereales para hacer bien de vientre, una pastilla que te quitaba todos los dolores... Pero nada de nada, él siguió mirando sin ver, escuchando sin oír, dejando que todas esas cosas, diseñadas expresamente para satisfacer todas sus necesidades vitales, escaparan pasando por delante de sus narices. Y todo por estar pensando en otra cosa. Aquello era un ultraje, un insulto, una falta de respeto. Entonces un olor extraño le aguijoneó las fosas nasales. Era un olor agrio y cálido que le dejaba un gusto amargo en la punta de la lengua. "Ah, pero si soy yo", pensó tras resoplar aliviado. Luego se levantó y caminó hacia la nevera. La abrió y tras echar una mirada se dio cuenta de que había poco que mirar. Cogió medio tomate y se lo comió de un bocado. El tomate explotó entre sus dientes y su jugo le chorreó por la barbilla. Caminó hacia el sofá y se sentó en él de nuevo, bien repanchigado. Su carne blanda, casi viscosa, se esparció por el tresillo como el aceite sobre la sartén. Mientras, la televisión seguía mostrando el mundo tal y como era fuera de aquellos muros: perfecto. Aunque él continuaba ajeno a todo. De repente sonó el teléfono. Tardó varios segundos en reaccionar, y cuando lo hizo fue lentamente, moviéndose despacio, sin prisa, como saliendo de un largo letargo. -¿Quién es? -Hijo, soy tu madre... -Mamá... -mierda, se había olvidado por completo de que había quedado a cenar con ella. -¿Vas a venir? -Pues, verás, mamá, es que me ha surgido un compromiso y, en fin, lo siento mucho pero no voy a poder... ¿Qué tal si lo dejamos para mañana? Su madre estuvo renegando un buen rato al otro lado del teléfono mientras él asentía sin despegar los labios. Al final se citaron para el día siguiente, a la hora de comer, y se despidieron con un beso. Y él regreso a su trono frente al televisor. Ahora había fútbol. Once tipos corrían tras el balón, yendo con prisa de un lado para otro. Era un deporte


P á g i n a | 21 apasionante. Se trataba de meter el balón, de forma esférica, dentro de un rectángulo clavado al suelo por su base. El rectángulo, llamado vulgarmente portería, estaba custodiado por un jugador vestido con colores aún más chillones que los del resto de sus compañeros. A este jugador se le llamaba portero, y se le permitía coger la pelota con la mano. A los otros no, los otros solo podían usar los pies o la cabeza, o el culo, pero no las manos ni los brazos. De repente uno de los equipos marcó un gol y hubo una explosión de jubilo de tal calibre, que resultaría imposible describirla con palabras. Los compañeros persiguieron al autor de tal proeza y lo abatieron, luego se echaron encima de él fundiéndose todos en un abrazo. Él numerosísimo público que abarrotaba el estadio estalló con los jugadores y comenzaron a dar saltos agitando banderas y bufandas llenas de vistosos colores, escudos y símbolos, al tiempo que gritaban al unísono "gol"; que es el nombre que se le da al hecho de meter la pelota dentro de la portería. Y todos sonreían y saltaban, gritaban y se abrazaban... Había tanto amor en ese deporte. Pero aquel cúmulo de sensaciones no parecían afectarle a él en absoluto. De hecho, se había quedado dormido. Con las piernas abiertas, los brazos desparramados, la cabeza levemente inclinada sobre su hombro izquierdo y la boca abierta, de no ser por sus ronquidos cualquiera lo hubiera dado por muerto. Pero no lo estaba, al menos no del todo, porque, aunque con dificultad, respirar, respiraba. Así estuvo una hora, quizá mas, hasta que los gritos desaforados que salían de la pantalla lo despertaron. Abrió los ojos, gruñó, chascó saliva y luego miró hacia el televisor. Allí habían personas discutiendo. Hombres y mujeres, enfrentados como gladiadores en la arena, se gritaban y se insultaban mientras la audiencia aplaudía cada una de sus intervenciones. Era otro tipo de espectáculo, y aunque no habían balones ni porterías, parecía desatar las pasiones del público tanto como el anterior. Él se levantó y se fue al váter. Vació su vejiga y luego agarró un cigarrillo y salió al balcón. La noche lluviosa lo recibió con una bofetada de aire fresco. Abajo, en la calle, las luces de los coches brillaban borrosas, como desenfocadas. Todo era gris, la ciudad estaba en calma. Desde fuera todavía oía a esas personas chillar, aunque le resultaba difícil entender lo que decían. Acabó su cigarrillo y lo lanzó al vacío. Cuando entró en el comedor, los gritos habían cesado. Ahora un hombre le explicaba las ventajas de contratar un seguro que le protegería de todo tipo de accidentes y catástrofes. Y era barato, muy barato. Se puso el pijama; buscó el mando a distancia y apagó la tele. Luego caminó por el pasillo a oscuras hasta llegar a su cuarto. Se quito los pantuflos y se metió en el sobre. Entonces, como cada noche antes de dormir, hizo un repaso de las cosas que había hecho aquel día y también de las que haría al día siguiente. Y de repente, un montón de hermosas mujeres semidesnudas se colaron en su cerebro susurrándole el nombre de aquel desodorante que era capaz de ponerlas a todas en celo. Levantó el brazo y metió la nariz en el sobaco. Luego sacó la cabeza de entre las sábanas y dio un par de giros sobre la cama hasta encontrar la postura perfecta. La encontró y su cuerpo se fundió con el látex de su colchón. Ahora era imposible separarlos a ambos. Un pensamiento fugaz: era un hombre afortunado. Una pregunta retórica: ¿podía pedirle algo mas a la vida? Metió de nuevo la cabeza bajo las sábanas y, tras sacarla otra vez, se dijo para sí mismo: "Bueno, quizá si debería comprar ese dichoso desodorante".

Por David Garrido Navarro.


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Reflexión sobre la simpleza. Figúrate que, no estando drogado ni empapado en psicosis, llegas a estar simplemente parado en la vereda opuesta al museo de bellas artes y descubres que en medio de la calle un hombre mudo y pálido con un traje elegante rosado se dedica a mosquear conductores en una extravagante, por no decir grotesca, bicicleta. Claro, “Mimos” les dicen en otros lados y no sé si será una forma de decirles “montón de niñitos mimados”. Y aunque así fuera, la cuestión es que en ciertas latitudes de las ciudades un mimo no puede dedicarse a dirigir el tráfico, así como un pescador no hace crítica de arte o un escritor no inventa analogías. Tampoco sé si tendrá que ver con esa forma de vida que dominaba el parque forestal un domingo por la tarde (extinta, hace algunos millones de lagrimas químicas) pero ver como se llevan a un mimo preso es algo que te parte el corazón. Y ojo que los mimos nunca han sido objeto de un fanatismo excesivo. Hasta ahora. Sí, porque cuando aparecieron los gnomos en motos, en autos, en motos e hicieron indigno arrojo de mimo y bicicleta a su cárcel con ruedas, se sintió olor a revuelta y chuchas volaron, piedras volaron, ¡Paf!, Escudos de a litro retornable volaron, ¡cuaj!. Magia bencinera de por medio y los gnomos arrancan no sin cargar algo de venganza. Como siempre. Y si bien el mimo no evito su paso por el Hades, no deja de sorprender que haya sido presa del fanatismo justo de los habitantes del parque. ¿Qué fue lo que partió sus corazones? Cuando el encendido del hervidor saltó, me dije que fue su silencio.

Por César Castillo (y su blog http://darshanincensesticks.blogspot.com/ )


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El botón y el Ojal. La luna en la nada. No, ni siquiera podría ver espirales de humo al indagar en aquellas formas imaginarias. La luna enredada en mis dedos haría mejor en frecuentar el templo de mi sexo, y empañarse con mis torrentes marinos. Porque por una vez, en mi miseria, no intento rendir tributo a su colosal brillo. Por una noche pretendo convertirla en mi prostituta, y gozar con mil voces distintas de sus atenciones. Me encontré harta, lujuriosa, despierta como una infernal llamarada y con deseos terribles de rasgar sus rayos, ¡tantas veces me sedujeron, aquellos destellos platinados en sus pestañas! Y ahora, hoy… la quiero devorando mis pezones en un escenario lóbrego y corriente, hediondo a humanidad. Alabo mis arranques de misantropía. Si tan sólo no fuera yo el único ser humano a la vista… Tal vez, si me muerdo la mano, consigo algún tipo de alivio más duradero que la simple cuota de placer luego del dolor, la estocada. Entra y revuélcate en mis gritos.

Por Idalia.


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“Mujer mirando al Sol” por Carlos Felipe Osorio Parra.


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Veranos Así como me gustaba sumergirme, el mar daba vueltas con serenas caricias, de azul profundo, a distanciante ( de una realidad) que parecía que me llevabas tan bien cuesta arriba! o al menos a alguna parte… Pero rojo, rojo y negro…me llevaron a la tierra…vi sus pies descalzos y secos, en una arena sombreada y me desolaba en la locura de estar bajo el sol sola y salada. No sé cómo quisiera volver a sentir azul profundo? Cuando de tan mío, se des-hizo entre demasiadas verdades paliando unas contra otras… Han dejado morada una parte de mí, que se golpeó a sí misma al encontrarse tan lejos del mar… Ya no quiero nada, y no es de miseria, y no es de tristeza y no es de miedo, ya no quiero nada que se que no puede darse, porque lo que pensé no buscar y tan solo, TAN SOLO! sentí encontrado…pertenece tal vez a una realidad que no puedo vivir ahora (“ahora” dolió con borrachera), por eso me dejo ir de esta locura tan linda que me gustaba jugar… Azules azules, celestes y Calipso se alejan dulcemente danzando con una niña de ojos enormes y cantando lo que me pierdo con ellos. Por eso digo… Bienvenido VERANO, el descanso de las estaciones! Eres como la nada, eres como el vacío, que se llena tan efímeramente con aromas secos y cálidos…(que indeseable es sentir esa calidez subiendo por la nariz…) Bienvenida verano, con tu calor asfixiante de Santiago encerrado, y tu dolor ardiente sobre las pieles sensibles, déjame roja de una vez! Déjame ROJA! Enrojéceme y deja que se descascare pronto…quiero ver los cueros de la primavera, el otoño y aun más el invierno en el suelo de alguna ducha… Déjame roja verano, y distráeme con lo poco exótico de tus virtudes, y tus dolores cálidos, y tus asfixias grises como la nada… Languidez de enredadera casi muriendo en alguna parte, tal vez al sacarte las malezas, se llevaron algo que no debían, tal vez al remover tu tierra, tus raíces se secaron al sol…Qué ocurrió flor renaciente? Qué ocurrió en la jardinera? Ocurrió el forzado encuentro, entre un cambio traído y uno inventado del viento…Pero ya sabes que con el tiempo, lijará asperezas la marea (y soles rotos el tiempo) y tal vez…tal vez si tienes suerte, y te vuelve a encontrar media dormida o media despierta, un día otra vez, te lleve con ella.

Por Javiera Martinez


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Silencio entre la oscuridad Recorría trabajosamente aquel barroso y oscuro sendero solitario simplemente porque era lo único que podía el hacer. Una media luna iluminaba parcamente aquel lugar inhóspito y atemorizante, luego con lentitud se hundió entre el borrascoso cielo renegrido, cerrando así las tinieblas el camino que precariamente se divisaba. El aire frío e indolente se convertía paulatinamente en un húmedo soplo que retenía su marcha, azotaba las copas de los árboles y sus troncos mismos, asemejándose estos a negras llamaradas difusas que le rodeaban y rugían, haciéndole pensar que el ondulante mar de espesas nubes que pendía sobre su cabeza en cualquier momento caería aplastándolo. Y así, viéndose el abandonado y sin saber hacia dónde dirigirse; se dejó caer de rodillas rendido ante un pesar invisible y atormentador. Resignándose entonces, ante lo inevitable e incomprensible de aquella su situación, apoyó las manos sobre el fango, luego los codos, y dejando caer la cabeza entre los brazos cruzados y el resto del cuerpo hacia un costado, lloró amarga y desconsoladamente. En cuanto terminó Víctor de repasar mentalmente lo que sería su último cuadro (el cual le había llevado semanas el pintar y aquel día finalmente acabaría), se levantó de la cama y dirigió al balcón. Un par de minutos después pudo divisarla. Llevaba el algo más de cuatro meses confinado en su departamento, entregado exclusivamente a dibujar y a pintar, y cada día, exceptuando domingos, más o menos a la misma hora la veía pasar caminando rápidamente por la acera de en frente (vivía en un segundo piso), siempre de ida y nunca de vuelta, “seguramente-pensaba-alguna amiga la ha de llevar de regreso hasta su hogar”, y sin pensar más que en eso regresaba a sus intereses, imaginando situaciones oscuras, tétricas, y de ser posible, algo miserables. La había visto tan a diario, que inclusive le había inventado un nombre; Elizabeth, y para él representaba el ejemplo más claro, más perfecto del amor, puro e incondicional y por tanto, verdadero. “Una mujer así puede encender la vida en un hombre”- pensaba mientras la observaba pasar frente a él-“haciéndolo distinto a como era antes, más cabal, siempre mejor, despertando en su interior lo único que podría llegar a ser. ¿Pero porque? ¿Será acaso solo su belleza la que amo?...” “Tal vez, la razón por la cual la belleza fascine tanto a un hombre como yo, sea por el hecho de estar al otro extremo de aquello a lo que más le teme, o sea, a lo desconocido. Así, mientras que lo desconocido nos atemoriza por ser algo imposible de predecir, algo incierto y desconcertante, imposible de controlar, ni de saber cómo se irá a actuar; la belleza simplemente se poza ante nosotros, sin propósito ni costo. Es algo simple, solamente debemos limitarnos a contemplarla, es pura, placentera, sublime y hasta mágica. Por eso, mientras que lo desconocido pasa a ser lo incierto, lo falso; a la belleza le toca ser la verdad, algo real y mágico a la vez, que sirve de nexo entre este mundo y el de lo irreal, convirtiéndose entonces, en la entrada hacia el único mundo por el cual si vale la pena sacrificarse.” En cuanto ya no pudo seguir contemplándola, se alejó del balcón y dispuso a preparar el desayuno (solamente café), luego se sentó en su sofá (el único que tenía) y encendió la televisión. Más tarde pasarían a dejar el almuerzo y después de este se dedicaría el resto del día a terminar la pintura. Miércoles por la mañana.


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No es que se sintiera, por decirlo de alguna manera, completamente devastado, incapaz de salir de la cama, era simplemente, que no veía una razón de peso como para hacerlo. Nuevamente había tenido aquel extraño sueño, repetido ya tres veces: Primero, sostenía entre sus dedos pulgar e índice, una pequeña esfera de color verde, semejante a una plastilina. La movía entre estos dos dedos como comprobando que fuese redonda, hasta que de improviso la esfera comenzó a crecer y a crecer. Él pensó que efectivamente podría detenerla y acabar con aquello; se sentía lo suficientemente apto como para lograrlo, pero, y sin embargo, algo en su interior se lo impedía. Entonces, esta especie de masa, llegó a crecer tanto, que alcanzó un punto en el cual todo fue arrasado por ella, excepto Víctor, quien apareció inexplicablemente contemplando todo esto desde una vista aérea. Pero todo aquello no le impresionó tanto como para despertar, por lo que como si nada hubiera sucedido nuevamente se vio de pie, esta vez frente a su cama, y sosteniendo entre sus dedos, del modo mismo en que lo hizo anteriormente, una esfera de cristal no más grande que una arveja y en la cual podía reflejarse todo lo que había a su alrededor, excluyéndolo a él. Entonces, de improviso, creyó que el mundo entero caía sobre su cabeza y vio y sintió como esta esfera comenzó a comprimirse más y más, y que mientras lo hacía, todo cuanto le rodeaba iba cayendo en su interior, incluyéndolo. Nuevamente se pensó capaz de detenerla, pero nuevamente algo en su interior se lo impidió; tuvo miedo, desesperación, gritó pidiendo ayuda aun sabiendo que estaba solo y nadie podía oírlo. Entonces, en el momento exacto en que la esfera estaba a punto de despedazarlo al igual que todo cuanto absorbió, despertó sintiéndose irremisiblemente desamparado y confundido. El resto del día lo dejó transcurrir durmiendo, de vez en cuando viendo televisión y comiendo, pero principalmente lo perdió recostado sobre su cama, dormitando, observando el cielo raso, sin pensar en nada en especial, simplemente esperando, sin saber con exactitud qué. Aquella vez no sintió deseos de ver por el balcón. El atardecer ardió en silencio y augusta quietud desde su ventana; y mientras los últimos instantes del día se ahogaban tras el horizonte para jamás volver, Víctor solo deseó que el telón ensangrentado de una vez y para siempre borrara aquel aciago día. Jueves por la mañana. Se encontraba sumamente feliz consigo mismo y claro, con su nueva idea. Se sentía lleno de energía. Abría deseado bailar, tal vez cantar un poco, así que lo hizo. Se sentía capaz de trepar por las paredes, subir por el techo, estallar de alegría. Pero prefirió contenerla, guardar la compostura y concentrarse en aplicar todo ese maravilloso sentimiento que lo rebosaba en su amado lienzo. Por lo que luego de ver pasar a Elizabeth a través del balcón y tomar algo de café, se dedicó durante todo el día y buena parte de la noche a pintar, deteniéndose esporádicamente a analizar lo que avanzaba, comer, ir al baño y nunca a descansar. Primero y ya que solo la había visto de frente una vez, hizo varios bosquejos de su rostro; de frente, de perfil, pensativa, triste, alegre, sonriente y así. Tenía ella un rostro ovalado, pequeño, de terminaciones suaves, cálidas y rosáceas; con labios más bien gruesos que delgados, una nariz algo crecida, pero exquisita según su apreciación, posiblemente única. Ojos cafés, grandes y dulces, sumamente serenos y sumamente inteligentes también; párpados ligeramente caídos, bellas cejas arqueadas, una encantadora frente y por último, una gloriosa cabellera castaña, la cual llegaba hasta un poco más abajo de sus estrechos y frágiles hombros.


P á g i n a | 28 A eso de las cuatro de la madrugada terminó la mitad inferior del retrato. En este, Elizabeth se encontraba sola sentada sobre el tercer peldaño de una enorme escalera hecha de roca, al parecer muy antigua y la cual, cuando la pintura estuviese culminada, llegaría tal vez, hasta una pequeña y hermosa iglesia (muy similar a la Saint sur-oeise de Van Gogh); aunque eso aún no lo tenía del todo decidido. Se encontraba allí esperando a alguien, o tal vez simplemente pensando, vestida con una elegante chaqueta negra, una falda larga que la cubría hasta las rodillas; color verde oscuro y pantimedias negras. Tenía las piernas- largas y delgadas- flexionadas y ligeramente separadas a nivel de las rodillas y más a medida que llegaban a los pies, con la punta de sus zapatos negros y de tacones altos, apuntando hacia dentro y adelante. Su antebrazo derecho descansaba oblicuo a sus muslos y el codo del brazo izquierdo se apoyaba sobre este. Su mano izquierda, muy pálida (y que parecía peligrosamente inorgánica), tan primorosamente femenina como le fue posible a Víctor de reproducir; rozaba suavemente el contorno izquierdo de su rostro, el cual reflejaba, con sus labios en ángulos casi imperceptiblemente caídos, pintados de color marrón oscuro, y sus algo anhelantes ojos intensos que parecían escrutar al observador, una honda melancolía, tan tenue para quienes prefieren pasar por alto aquellas cosas, pero a la vez tan profunda como el silencio que a esas horas envolvía al ya abatido pintor. Viernes. Esta vez se soñó sosteniendo una pequeña partícula color café, no más grande que un grano de arena, la cual sujetaba firmemente con dos dedos como si estos fuesen pinzas. Entonces, incluso antes de que esta partícula comenzara a reducirse, experimentó una inmensa desesperación, además de una inexplicable culpa, y mientras intentaba con todas sus fuerzas aferrarse a este grano de arena que poco a poco se iba de sus manos, lloraba pidiendo lastimosamente que alguien viniese a socorrerlo (preferentemente Elizabeth) y esperando a que de algún modo insospechado le rescatase de aquel sueño de locos que poco a poco le devoraba la razón, nublando sus pensamientos, comprimiendo su cabeza… Esta vez no se dejaría desmoronar por un simple sueño (aún cuando sus efectos especiales hubiesen sido tan buenos), ¡no!, por ningún motivo las cosas volverían a salirse de su control; por lo que reunió fuerzas y rápidamente saltó de la cama, preparó café y se dirigió con éste hacia el balcón. Esperó toda la mañana, pero fue en vano, Elizabeth nunca apareció. Tenía una pintura que terminar, el cuadro ya se encontraba integro en su mente, pero no podía culminarlo, no concebía la forma de hacerlo, no sin que las cosas comenzaran con su sucesión habitual; despertar (claro), café (para mantenerse así), Elizabeth,… Cortándose este último punto de tan diaria y capital importancia, el hueco formado le sustraía el valor necesario a todo lo demás y ni el saber que aquel día podría el hacer algo en verdad bueno; algo hecho de amor, y ni aún teniendo la certera convicción de que si este se dejaba estar, se convertiría en todo lo opuesto -o sea, muerte- fue aliciente suficiente como para reanimarle. Paseábase por todos lados, con la vista fija en el suelo mientras analizaba la situación, buscando a duras penas la forma de no perder la cabeza (la mujer que traía el almuerzo había golpeando rudamente la puerta antes de marcharse). Intentó así alejarse del problema y de esta forma analizar las cosas desde un punto de vista neutral (tanto para él como para Elizabeth), estudiando el cuadro pintado en su mente, en el cual la clara imagen de ella lo esperaba frente al balcón, mientras el simplemente se conformaba con contemplarla, absorto.


P á g i n a | 29 Entonces comprendió, o al menos creyó hacerlo, que el intangible obstáculo que lo separaba de ella siempre estaría allí presente, infranqueable a sus posibilidades y que nada que el pudiese intentar jamás lo sortearía y llegaría así a tocarla. El sentimiento de derrota que experimentaba entonces lo abatió por completo, acabando con todas sus fuerzas y deseos, por lo que permaneció durante todo aquel día postrado en su cama, dándole de vez en cuando algunas vueltas al asunto, pero principalmente durmiendo. A veces, luego de despertar a medias, de sus cortos y febriles sueños, se sentía suspendido sobre un infinito abismo y como si su vida pendiera de una fina hebra bajo su espalda. Otras veces, simplemente cambiaba de posición en la cama y miraba distraídamente los objetos en la umbrosa habitación mientras pensaba que lentamente el adormecedor silencio de la fría noche le saturaba y asfixiaba. Así, observando siluetas, tinieblas, luces de autos que de vez en cuando pasaban a la carrera por la avenida; pensando distraído en algún recuerdo o alguna idea que tal vez pudiese funcionar, retomaba lentamente el sueño, pareciéndole que nada en la vida podía ser realmente para él, que su arraigada y permanente desdicha siempre estuvo hay para revelarle lo insignificante y el desperdicio de su aliento; que su vida era un cruel castigo de soledad… Rindiéndose al sueño, le pareció que inevitablemente se desvanecería.

Por Jaime Salazar


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Solemnes

Los viejos que estaban pateando al pibe habían bajado sonoramente por las escaleras. Tenían palos, escobas, hasta había uno con un pequeño cuchillo en su mano derecha. Eran tres, pequeños, una mujer y dos hombres. La mujer tenía un porro de marihuana en sus labios, ardiendo. Tendría unos setenta años, ropa de turista y borceguíes azul Francia. Era la más violenta, no paraba de sacudir su escoba sobre la espalda del niño que se retorcía en el piso. Uno de los hombres tenía un vestido negro, de esos de fiesta familiar de sábado por la tarde, y una vincha en su pelo gris que lucía como un trapo de piso que hacía años estaba tirado sobre su cabeza. Era el del cuchillito, con el escindía la frente del joven con inscripciones tales como “truhán” y “veneno”. El que quedaba miraba toda la escena y se babeaba, era el más anciano, parecía eterno, un Matusalén suburbano, enloquecido y vil. Relojeaba por entre unos gruesos lentes la situación y parecía calentar motores para dar el golpe de gracia con un madero redondo y negro que tenía entre sus añejas manos. La vereda de esa calle era un infierno bello, dantesco a más no poder y elevado a los cielos de la ultraviolencia senil. El pibito no paraba de recibir golpes, se tomaba la cabeza, la espalda y las piernas, todo en una veloz y repetitiva acción. Gritaba. Escupía sangre. Lloraba. Tenía una camisa verde agua que se estaba convirtiendo de a poco en un harapo grisáceo, entre la mugre de la vereda y su sangre. La vieja del porro ardiente se estaba quedando sin escoba ya, se deshacía en sus manos, convirtiéndose en astillas que quedaban en el piso y el cuerpo del pobre niño. De pronto el más anciano, el que se babeaba, que ya se había orinado encima también, pegó un grito tremendo, como un relámpago: “Basta ya!!! Salgan!!! ……..Que ahora es solo mío !!!!!” Su voz era nueva, jovial, fuertísima, hacía dudar de la realidad horrible que mostraba. Elevo el madero redondo por sobre su cabeza, se arrodillo junto al joven, que aun era golpeado ya débilmente por la vieja de los borceguíes azul Francia y con un golpe certero, seco y endiablado, le partió la cabeza al pequeño. Se escucho un ruido como de un pomelo estrellado contra una pared, y un pequeñísimo quejido de muerte. El ancianísimo se levantó a duras penas, contemplando la masacre, sudado, meado y aturdido. Sin decir una palabra, los tres viejos subieron las escaleras, ayudándose entre ellos, a duras penas, con una sonrisa radiante en sus caras. El viejo del cuchillito dijo: “Solemne será tu madre, pendejo desubicado…….” Y escupió el piso mientras se acomodaba el vestido.

Por Maximiliano Spreaf


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// Continuemos Avanzando


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REVISTA VIRTUAL RIONEGRO /////////_///// Enero 2011


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Revista Rio Negro 4  

Revista virtual de literatura

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