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EL TÚNEL DE LOS SUEÑOS (El legado de la Rosa I. Parte) LaSanta

A la distancia oyó el silbido del tren entre los cerros, hasta el amanecer siguiente el carguero no volvería a atravesar esos parajes con olor a humo de eucalipto y carbón. El hombre miró con tristeza el sendero que había recorrido y se encaminó rengueando en dirección al sol. Se entretenía numerando sus pasos, contándose a sí mismo chistes de su “pata coja” y su desdentada sonrisa, y de vez en cuando se detenía a beber sorbitos de agua de su cantimplora. En buen momento se arrimó a su lado un perro blanco. El hombre le ofreció su agua y partió en dos su último trozo de pan añejo. -Pobre animal –se compadeció de su delgadez y su sucio pelaje, ignorando su propia flacura y palidez. Reanudó su marcha a paso lento, con el saco al hombro sentía todo el peso de los años, y entre la sonajera de sus únicos cacharros, maullaba sus lamentos de minero pobre y cesante. -Oro negro -rió amargamente. La tierra nunca había sido tan generosa y el hombre más miserable. -Me voy más pobre y más viejo- Y en sus ojillos pequeños y acuarelados vio extraviarse para siempre los últimos rayos solares de ese día. -¿Qué quieres conmigo perro blanco?, ya te di todo lo que tenía. -Quiero lo mismo que tú- respondió el perro. Y aunque el viejo se espantó con su parlante amigo, continuó su andar sin miedo y pendiente a las palabras de su nuevo compañero de viaje. El perro blanco parecía hablar dentro de la cabeza del viejo, puesto que por más atención que éste le ponía no le veía mover el hocico en son de diálogo. El peludo tenía una voz graciosa, como bocina de auto viejo, y su conversación era amistosa e inteligente. Le habló al hombre de muchos lugares, que él ni en su imaginación había visto. Le contó de una ciudad llena, llenita de luces.


-…y al anochecer donde dirijas tu vista se ven centenares, no, ¡millones! de luciérnagas que encienden las calles. Allá la gente vive cerca del cielo, pero no cerca de Dios. Corren, gritan y parece que siempre estuvieran de fiesta, porque no duermen. -Va a helar esta noche –dijo el viejo cerrándose la manta-. Sígueme contando de la ciudad grande -pidió. -Ahora no viejo, vamos a entrar al túnel. El hombre miró la enorme oscuridad sin saber dónde estaban los rieles, dónde estaba el perro, ni siquiera lograba ver sus pies. Dos pequeñas luces le indicaban a dónde ir. Cerca, muy cerca, el perro blanco parecía cada vez más grande, o el viejo se sentía más pequeño, más pequeño, hasta poner su ajada mano en el lomo del animal, que al notar la precaria estabilidad de su humano amigo encendió sus ojos como dos enormes faroles. El viejo sonrió, el interior del túnel parecía un claro día de primavera y un sonido de acordeón provenía de algún lugar más adentro. -Hay más gente acá -pronunció en éxtasis el hombre. Un fuerte olor a lavanda inundó sus narices –¡Ahora son jazmines! ¡No, son rosas!

Desfilaban a su alrededor enanos orquestados con platillos y bombos, lanzando flores con ojos y pestañas. Un paraíso de luz y color. Aves extrañas de largas plumas, cantando y bailando al ritmo de la música. Aparecieron por un rincón del túnel un séquito de hombres de etiqueta, con humitas y bigote, cargando bandejas repletas de deliciosos platos, frutas maravillosas, helado, carne de cerdo, pasteles. Trajeron además mesas y sillas. Se sentó junto al perro blanco que reía con todos sus dientes la felicidad de no pelear por un hueso roído. Con la cabeza hundida en un pastel de crema el viejo vio con pánico cómo una gigantesca ola entraba por el túnel. Zamarreó al perro e intentó correr en dirección contraria, pero su pierna coja se lo impidió. No alcanzó a caer al suelo cuando la ola lo levantó de golpe sin sacarlo del túnel. -No estoy flotando -pensó-. ¡Estoy bajo el agua!. El perro daba vueltas como loco persiguiendo su cola. Él tampoco necesitaba oxígeno. Vio hacia las mesas, todo continuaba en fiesta. Su pierna ya no era problema, pasó la lengua por sus dientes, y se apresuró a coger una cacerola de plata para observar su sonrisa perfecta y su rostro joven y lozano. -¡Soy joven, soy joven!.


Detrás de un arbusto de frutos misteriosos, un contrabajista enano de traje color sandía le hacía señas con su manita, riendo, riendo… Se acercó sin el menor esfuerzo a una caja repleta de monedas de oro. El enano asentía con la cabeza haciendo sonar las monedas. El hombre sólo quiso dos y las colocó en un bolsillo de su recién descubierto traje nuevo. Agradeció al pequeño en el instante preciso que comenzaba a bajar por las escaleras iluminadas la imagen perfecta de su mujer, muerta hace varios años. Su corazón dio un vuelco y su pecho comenzó a abrirse sin dolor, aparecieron de él primero palomas y luego incontables rosas rojas sin espinas. La miró con ojos de niño. -Mercedes. La Señora. Fue a recibirla en su vestido de seda carmín, y los músicos instalados en un balcón entonaron con maestría el tango que a ella tanto le gustaba. -Qué fácil es bailar en el agua. Embriagado en el aroma de sus cabellos pronunciaba con pasión su nombre a la eternidad, y aferrado a su cintura gritaba y reía. -No debí soltar su mano -pensó un segundo más tarde, y la buscó entre los peces de colores que llevaban cotillón. Con las damas de vestido largo vio su fina mano agitándose, al tiempo que escuchaba su cantarina risa perdiéndose entre los brindis. -La encontraré pronto. Un fuerte sonido de tambores se abrió paso en la pista de baile, era un grupo de elefantes marchando y dándole golpes a los bombos con sus trompas. Uno de ellos lo cogió del cinturón y lo puso en su lomo. El perro blanco iba a su lado riendo descaradamente su borrachera. Los paquidermos acróbatas daban vueltas en círculos por la pista levantando sus patas y haciendo vitorear al público. El hombre miró sus manos, eran las de un niño, sus pies, su rostro, todo había empequeñecido en su viaje circular con los elefantes. El perro ya no estaba con él, seguramente cayó en una de las piruetas. Lo buscó entre la fauna diversa y lo encontró levantando una copa de licor en llamas junto a una muchacha de cabello rojo. A su lado, en un rincón había alguien mirándolo fijamente, por unos instantes no supo quién era. -¡Papá! ¡Papito! -gritó saltando del elefante y cayendo sobre un colchón de suaves plumas. Corrió el hombre-niño con sus piernitas que no tendrían más de seis años. Trepó a las rodillas de su padre con torrente de lágrimas. Miró a su alrededor, ya no había fiesta, estaban sólo los dos. Observó su cara de son-


risa perpetua ¡Era la misma de la fotografía que aún guardaba!, más bien, su cara era la fotografía misma. Pero si no intentaba verlo de perfil casi no se notaba. Recordaba con claridad sus manos ajadas y ennegrecidas uñas, el olor de su colonia y el color de su “traje de parada”. Sólo su cara se había borrado de su memoria, quizás por eso en su lugar estaba la vieja fotografía, único recuerdo palpable de aquel que no volvió un día de la mina. Se sentía tan cansado y confortable en brazos de su padre que mecido en sus mimos se durmió plácidamente.

Despertó con los ladridos del perro blanco que anunciaban la aurora y la pronta aparición del tren. Se desperezó y asustado miró sus manos, su ropa y se tocó la cara. -Soy el mismo viejo –pronunció con rabia, y con el dolor de su pierna coja salió del tren. Como siempre antes de reanudar su marcha, se volvió a revisar lo recorrido y con asombro vio los ojos-faroles del perro vibrando en el interior del túnel. Un suave olor a lavandas y el sonido de un acordeón lejano llegaron hasta él. Hurgó con presura sus bolsillos y sonrió al palpar las monedas que brillaron con los primeros rayos de sol. Levantó su mano y se despidió agradecido, y el perro respondió apagando y encendiendo sus faroles. Sintió nuevamente fuerte su pierna y ganas de echar a andar. -Esta vez no -se dijo-. Esta vez tomaré el tren.


El túnel de los sueños