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tzantza

juan pablo cozzi

/ensayo reducido

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juan pablo cozzi tzantza: ensayo reducido, buenos aires, 2010 Š Reservados todos los derechos del autor.

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juan pablo cozzi

tzantza: ensayo reducido


/microensayo:


Provócame

[ Nin | La mujer en las dunas ]

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juan pablo cozzi | | tzantza: ensayo reducido

El relato también se sostiene en la falta. En esta pieza de sus Pajaritos, el insomne tiene dos experiencias extraordinarias durante su incorregible excitación. Por un lado, es testigo del goce ajeno (la ñata contra el vidrio); y por el otro, conoce la deliciosa aparición de esta mujer casi surgida de su ferviente imaginario. Es con ella con quien el relato se convierte en la fuerza opositora necesaria para la satisfacción sexual o literaria. Es la otra. Que a su vez narra una nueva historia en la que vida y muerte copulan.


A una nariz pegado

[ Süskind | El Perfume ] Una perfecta apología del monstruo (como lo que es mostración, señalación, muestra, extracto, todo al mismo tiempo) se construye apelando al deseo intrínseco y visceral que nos habita. La obsesión de Grenouille se nos hace genuina y también la anhelamos. El procedimiento del autor es exquisito y simple como un buen perfume, ya que todo en el relato huele porque todo en el mundo huele. Y si todo lo que hay en el mundo es efímero y muere, también los olores. Entonces la ansiedad de este monstruo ya no nos parece pecado si lo que busca infatigablemente es la supervivencia del mundo sensible.

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Dr J. y los múltiples escondidos

[ Stevenson | El extraño caso del Dr Jekyll y Mr. Hyde ]

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Al menos se anima a decir nuestro Jekyll que la duplicidad es una primera instancia de lo múltiple. El doctor es, sabemos, doble. También su casa, mitad residencia, mitad laboratorio. La misma Londres, dividida entre las actividades diurnas y nocturnas, los barrios bajos y los residenciales, el centro y el suburbio, la sociedad burguesa y los homeless. El claroscuro, aludido continuamente por el narrador, es una clara muestra de lo que Stevenson está denunciando y que pone en boca de Jekyll como una guerra encarnizada entre las dos naturalezas del hombre. Pero el doctor avanza donde el autor ya no hace pie. Admite sus límites pero sospecha fronteras más amplias: “y aventuro la profecía de que el hombre será reconocido al cabo como una nueva comunidad de múltiples ciudadanos independientes y heterogéneos”(Op.Cit.)


Cardo tártaro

[ Tolstoi | Hadji Murat ] Un territorio mítico es aquél en el cual florecen relatos hasta de los cardos, y el Cáucaso es, sin duda, uno de estos lugares que nunca dejan de susurrar historias. Nuestro héroe es ese que sabe que es parte de un relato, es consciente de eso y vive cada minuto de su historia como si estuviese siendo narrado al mismo tiempo para todos los tiempos. Es la voz de otro (de un otro múltiple) sonando como cuerpo. Hadji Murat resplandece como uno de estos héroes. Y Tolstoi, por su mismo efecto, se narra a sí mismo, apoteótico, revelado, deslumbrante. Caudillo de jinetes montañeses, firme y brillante incluso en su muerte, me remueve en la sangre el gen de la epopeya, el de querer pelear por él, cabalgar a su lado, morir junto a su sombra.

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Sangre negra

[ Dabove | Ser polvo (leer) ]

Experimento ahora un doble temor: y es que al leer sus textos, creo estar resucitándolo. Y cuanto más leo (aspirando furiosamente el tóner volátil) más vive ese muerto. Yo, vampiro invertido, chupando tinta para darle vida, no sé si tengo miedo de no poder saciarme nunca de resurrecciones, o de ser esclavo del oficio al cual me ataron sus letritas poderosas.

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Será que uno quiere ver a veces el cuerpo en el texto. Como si se tratase de una verdadera apoteosis, o a la inversa del credo niceno-constantinopolitano, la carne se hace verbo. El poeta (autor literario por antonomasia) es un demiurgo diminuto, verdugo y redentor, que hace holocausto de sí mismo para pasar a ser letra, soplo, tóner, y así garantizar su eternidad. Será entonces por eso que uno busca al Santiago Dabove vivo y eterno detrás de sus muertes fraguadas.


Sabrosas colas de serpiente

O la experiencia cíclica en el mundo chato Su abrazo también es imposible: la serpiente carece de brazos. Sólo le queda, no como única opción, sino más bien como destino fatal, perseguirse a sí misma y autocomplacerse. Saborear su propio cuerpo enroscada en el círculo perfecto a partir del cual el Infinito encontró su forma. El placer de su boca venenosa es también lo indiferenciado; volverse una consigo misma, recurrirse, recomenzarse, y de esa manera, nuestro reptil sin patas, consigue la inmortalidad. Sin dios mediante, sin ídolo y sin verdad última, la serpiente se basta por sí sola para ser infinita, para ser completa. Dirán sus detractores que el veneno en su dentadura fue puesto ahí por el Demiurgo –aquél cínico omnipotente–, con el único fin de que, al encontrar el placer de lo eterno, la propia serpiente se envenene a sí misma y muera. ¡Pero morirá eterna! Dirán sus espléndidos defensores. Yo, por mi parte, ni acusador ni abogado, sostengo que no morirá. Y que aunque sus dientes lograran introducir el veneno en su cola, la inmortalidad ya habrá surtido efecto. Porque lo indestructible y lo indiferenciado tienen lugar gracias al placer de alcanzarse uno mismo. ¡Benditas sean las colas de serpiente, porque de ellas es el reino de lo infinito!

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El Ángel Vengador

[ Dumas | Montecristo ]

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Si un hombre fuera un cuerpo y una idea, expuesta su absurda sensibilidad a un mundo igualmente absurdo, y lo es; y si acaso un hombre fuera ese cuerpo y esa idea alumbrado por sueños y proyectos, amores y pasiones, y lo es; entonces ese hombre que había sido Edmundo Dantés habría muerto realmente en su celda del Castillo de If, y fue efectivamente así. Lo que sobrevivió a Dantés no fue el propio Edmundo sino un ser superior y superado, una idea casi teologal, la idea del equilibrio místico aplicado por una mano superhumana. Su venganza no es la de un hombre sino la de un dios. A guisa de contrapasso (¡Hosanna, Alighieri!), Montecristo va sembrando pacientemente las semillas que crecerán hasta voltear la balanza para el lado opuesto. Desde todo punto de vista, las acciones del Conde superan ampliamente la noción de vendetta. Montecristo tiene una certeza digna de un dios y, desde la catalepsia de Valentina hasta la configuración de Benedetto-Cavalcante, sin olvidar tampoco el desagravio de la hermosa griega Haydeé (hija de reyes), su plan –que es un plan divino– tiene siempre un doble efecto. Montecristo deshace no sólo su propio agravio sino también el de todos los que han sido ultrajados por los enemigos. Será por esto que su nave, espléndida nave construida a la medida de las exigencias de un dios, lo lleva al final a ese horizonte curvo en que el mar guarda los mitos. Edmundo Dantés no vuelve a casa con Mercedes, ni se instala en Marsella ni en París, ni siquiera en su isla homónima, sino que se pierde lentamente en la vastísima extensión del océano, como se borran


del plano humano las leyendas para pasar, como Ori贸n, a ser constelaci贸n, gu铆a de los viajeros, literatura.

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Punto de fuga

[ Bioy | La invencion de Morel ]

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Me detengo en la pared que a pesar de que la rompo, una y otra vez vuelve a aparecer. Ese muro verde inquebrantable no es sino el umbral del pasado, la vida y la muerte. Porque nada parece avanzar en esa isla poseída por el tiempo. Nada excepto la vaga idea de un amor a las miradas, a la indiferencia de lo intocable, a ese horizonte en el que siempre está atardeciendo. Acaso Bioy sabe algo que intuimos, aunque mejor querríamos no saber. El amor siempre está en el ojo del que ama (y solamente ahí). Y si toda invención es un hallazgo, Morel encuentra en mí a ese que ve e intenta “ser en lo que ve”. Quiero ser ese mismo atardecer y esa brisa imperceptible que acaricia tu pelo. Por eso soy doblemente fugitivo: a través de la isla quizás pueda entrever mi propia silueta junto a mi perfecta Faustine.


/cuentos:


BOCETO

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No es la misma cara por la que había sentido antes la brisa en el delgado abanico de sus pestañas. Tampoco son los mismos ojos. No es la boca, ni el cuello, ni el dorso de su nariz marmórea. Pero sí es proyección, perspectiva, equinoccio, línea de fuga. ¿Qué hay en este modelo vivo que no hubo antes en otros, o quizás sí había en Ella? Trazado a carbón, el retrato parece tener más vida que la flaca osamenta sobre la cual se sostenía una cara perfecta. Su pose de gato azuzado blandea el pelo oscuro sobre un hombro y sostiene unos cuántos músculos tiesos. Nadie puede aguantar en esa posición más de diez minutos. Ella sí. Me distraigo en el detalle del paisaje. Aquí, donde no llega mi mano a rozar el cálido hielo de la modelo desnuda, no hay paisaje: el cuarto silencioso la rodea, las caras serias de los dibujantes, la música hueca de la carbonilla y el roce permanente de las miradas austeras. Pero en la hoja, detrás de la estatua viva hay un palco, un coliseo, un arroyo, el Palatino y el cielo nublado con la luz diagonal que había imaginado Leonardo. Si existieran, de hecho, habría ángeles y querubines sobrevolándola excelsos. Pero no los hay. Y es cierto que la cara del retrato no es la misma cara del modelo. Aunque sí la curvatura del hombro y el cuello agazapados. Un timbre opacado por paredes de concreto da por finalizada la hora y la modelo recupera lentamente su movilidad. Busca sin mirar su bata. Nadie la mira ahora. Yo, finjo extraviar algo, procuro demorarme más que el resto de los retratistas, que ya guardaron sus hojas en carpetas y maletines, sus lápices en morrales pardos, sus ojos en pares de lentes oscuros, y


volaron a la calle. La veo tomar su ropa con cuidado, no tiene frío, pero hace frío. Ya sin excusas para retrasar mi salida, junto mis cosas y abandono la habitación. La modelo queda atrás, poniéndose un saco largo y grueso, apagando la estufa y cobrando su salario. Yo, escalones abajo, no volveré a voltear para verla una vez más. En mi carpeta está todo lo que quise de ella y todo lo que querré siempre. El tren tarda en llegar. Una persona me pregunta la hora. Le contesto con un susurro apenas. El viento llega ahora desde el andén y hace instantes decidí no volver a pisar la escuela. Con el tiempo, sé que haré cientos de copias de el retrato que hice minutos antes de abandonarla, y cada nueva copia será más infiel que la anterior, resguardando aquella cara perfecta en ese rincón de la memoria al que no podré volver nunca más.

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LOLA ENTRE LAS FLORES

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Había elaborado el recuerdo desde dos puntos de vista diferentes. Era Lola quien veía a Lola intentando distinguirse entre los matorrales. Una travesura en la que se atestiguaba a sí misma. Y lo que había robado para mirar y chupar a escondidas todavía lo apretaba con ambas manos debajo de la ropa mientras corría y su respiración aceleraba más y más confundiéndose el eco de sus jadeos con una risotada en el descampado. Ni bien se sintió a salvo (aunque no lo estuviera nunca) se dejó caer detrás de un montículo de tierra y pasto y se pinchó la rodilla con una herramienta de acero que había tirada en el suelo. Sintió bajo su nariz el olor de la tierra removida y lejos a una legua de su espalda, sobre su hombro izquierdo, un manojo de gaviotas chillonas sobrevolaba un arado de tiro. Decidió esperar a que su corazón se apaciguase y su pecho diminuto dejara de contraerse y expandirse tan exageradamente. Su mente dejó de correr y, al mismo tiempo que un grueso gotón de sudor le terminaba de recorrer el cachete para caer sobre su vestido, una especie de párpado blanco pareció ocultarle la luz de atrás hacia adelante y todo se le volvió pálido y nebuloso. Oyó los golpes que en su pecho sonaban como puños contra inmensas puertas de madera. No entendía cómo un corazón tan pequeño como el suyo (quería mirarse la mano apuñada) podía golpear tan fuerte. Abrió y cerró los ojos y se los restregó con las manos sucias. Los dejó cerrados y contó hasta treinta, a ver si le volvía la vista. Cuando abrió los ojos, si bien todo parecía más oscuro y lejano, pudo distinguir la montaña de pastura, el rastrillo, la hoz,


el campo que se alargaba hasta el camino y el alambrado, la casa, pequeña, lejos. Volvió a henchir sus pulmones. Desenvolvió el paquete que había improvisado con un trapo viejo pero limpio. ¡Lola! Ahí escondida parecés una ratita que no quiere compartir el postre.

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Escrituras Indie nace a principios de 2009 a partir de la necesidad de un grupo de escritores de construir un espacio alternativo, colectivo y abierto para la difusión de literatura y arte independiente, convirtiéndose con el tiempo en un medio a través del cual escritores y artistas independientes pueden publicar sus producciones de poesía, narrativa, crítica, música y artes visuales. El Proyecto DIFUSIONALTERNA es un nuevo emprendimiento originado en nuestro espacio con el objetivo de seguir aportando a la difusión de escritores contemporáneos que buscan medios alternativos para hacer circular su obra por fuera de los canales tradicionales y hegemónicos. Es una primera experiencia de edición colectiva y autogestiva de pequeños libros de difusión de bajo costo, publicando obras breves de autores que participan del espacio Escrituras Indie, y abierta a la recepción de material de escritores independientes que quieran sumarse con su producción en cualquiera de los géneros literarios. Con el Proyecto DIFUSIONALTERNA pretendemos materializar una vez más nuestro propósito de construir nuevas formas de difundir literatura independiente, a través de una dinámica autosustentable que mantenga al proyecto en constante crecimiento, sumando nuevas obras y autores.

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Juan Pablo Cozzi nació en Moreno (Buenos Aires, 1980), se crió en Saladillo y estudió en Ciudad de Buenos Aires el profesorado de Castellano, Literatura y Latín, carrera que abandonó poco antes de finalizar. Publica en revistas digitales: La comunidad inconfesable, Agora, Desborde, EL6A y Escrituras Indie. Como finalista del concurso Voz Hispana integrará la antología homónima y también participó con un cuento en Mundos en Tinieblas Vol. III, antología de ediciones Galmort.

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