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El Maestro y yo

ENERO - ABRIL 2012

Página 31

Revista Digital Parroquia Jesús Maestro, San Juan, Puerto Rico

Cuento del Folclor Puertorriqueño

EL BESO DE MELCHOR

De Salvador Tió Montes de Oca ‘En la Cuesta del Viento’

Nunca sentí mayor desprecio que el que sentí por Mingo el día que me dijo que no había Reyes Magos. A los seis años las creencias de un niño son inconmovibles. Y las mías se nutrían del testimonio inquebrantable de mi madre que me los había descrito con lujo de detalles: de Elvira, de Luisa y de Viviana, las tres niñeras que sólo discrepaban sobre la verídica historia en detalles de poca monta como el color de las túnicas o el largo de la barba; pero sobre todo, el testimonio de mi negra Teya era irrefutable. Teya, que en casa tenía más importancia que un oráculo en Roma, no solo los describía, sino que sabía cuál de ellos se bajó primero del camello, y cuál llevaba el oro y cuál la mirra y cuál el incienso. Y además, y para que todo resultase más digno de fe, Teya, tenía su rey favorito, porque era el más noble, el que venía de más lejos, el más poderoso, y porque era de su raza. Por si fuera poco, yo mismo había ido a cortar yerba para los camellos el año anterior. Yo mismo la puse en dos mazos a los pies de mi cama. Y yo mismo comprobé al día siguiente que la yerba ya no estaba. Los camellos, cansados y hambrientos aceptaron mi obsequio sin dejar una brizna. Y los Reyes me dejaron, agradecidos por mi atención, una bola que saltaba hasta el techo, un trompo que cantaba cuando bailaba, y un triciclo que volaba cuando yo lo corría. Fueron siempre esos días para mí de una emoción inefable. Un sentimiento de asombro y de estupor se adueñaba por completo de mis días y mis noches. Y la estampa de los Tres Reyes Magos guiados por la estrella de Belén;

Salvador Tió Montes de Oca, escritor Nació en Mayagüez en 1911 y f alleció en San Juan en 1989. Tras f inalizar sus est udios secundarios en la Academia Católica de San Agustín, en Puert a de Tierra, y en la Escuela Superior Central de Sant urce, siguió est udios de Leyes en la universidad neoyorquina de Columbia y en la Central de Madrid. Se dedicó de lleno al campo de las letras, especialmente al ensayo y periodismo, y al desarrollo cultural del país. Trabajó en la Editorial Universitaria y presidió el Ateneo y la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española.

Sin embargo, las palabras de Mingo, maldito Mingo, no dejaban de inquietarme, y yo diría más, de estremecerme hasta la angustia. Estaba amenazado todo el mundo maravilloso de mi fantasía; la magia de lo increíble pero cierto; la misteriosa y palpitante realidad del sueño que es mucho más importante que la verdad.

Además, publicó cuent os populares, biograf ías, ensayos y manuales pedagógicos. Presidió el Ateneo Puertorriqueño y la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española.

Teya se dio cuenta de mi drama interior y se-lo confió a mi madre. Entre ambas, en una conferencia memorable, me devolvieron la seguridad perdida. “M’hijo -decía Teya-, no me le jaga caso a ese negrito deslenguao que ese no sabe ni aonde tiene los ojoj. Eta noche verá si hay Reyej o no hay Reyej. Eta noche veraj...” Y así, y después de un largo rato de inquietud y de insomnio, me dormí con el alma apretada... “Eta noche veraj...”

y la escena del nacimiento en el pesebre, en la paja de hebras de sol, y entre ovejas de nata y de merengue, se me presentaba como una cinta cinematográfica a todo color mucho antes de que se hubiese inventado el technicolor.

Canto el gallo. Amaneció la mañana luminosa y feliz. La yerba había desaparecido nuevamente de los pies de mi cama y una bicicleta azul y plata me espe-

Publicó sus artículos en la prensa contemporánea de Puert o Rico y recibió el ‘ Premio de Periodismo” (1948), por su columna A f uego lento, en el desaparecido Diario, cuyos artículos fueron recogidos y publicados en un sólo tomo, con dicho título.

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Revista Trimestral de la parroquia Jesus Maestro

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