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PORTAFOLIO

Por Jorge Turpo Rivas Foto: Jorge Jiménez

Charly García ha cumplido 61 años. Su biógrafo dice que no lo ve nada bien, cree que no ha tomado conciencia de su problema de adicción a las drogas. La última vez que cantó en el Perú preguntó por Tacna y padeció de esa extraña forma de neurosis momentánea que afecta a los habitantes de Arequipa.


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alter no sabía quién era el gordito miope, alto y con bigote de dos colores que le encargaron transportar ese día. Lo recogió del aeropuerto de Arequipa con la misión de llevarlo al Hotel Libertador. ¿Dónde queda Tacna, loco? Fue la primera pregunta que le hizo su pasajero en trance. Walter le respondió como el policía de tránsito al que algún turista desorientado le pregunta por una avenida. Esa ciudad está a unas cinco horas, le dijo. Su pasajero tenía curiosidad de geógrafo. A qué altura está la ciudad, loco. Continuó preguntando. Estamos a unos dos mil trescientos metros de altura, le respondió Walter. ¡Ah, como México!, se tranquilizó el pasajero.

Al frontis del Hotel Libertador llegamos un grupo de periodistas y algunos fanáticos con la esperanza de que Charly García brindara alguna declaración. Fue en vano, entró directo a su habitación. Según Martín, su manager, pidió su teclado y se puso a esbozar la lista de temas que ofrecería al día siguiente en el concierto. A falta de Charly bueno fue conversar con Walter. – Me preguntó por Tacna, seguro que quiere ir a comprar contrabando – me dijo con cierta intriga. No pude evitar sonreír. Me quedó claro que Walter no tenía idea quién era el pasajero con voz aguardentosa, acento argentino y de una dentadura tan amarillenta como incompleta, que le tocó trasladar aquel día.

Foto: Victor Ticona

Le conté algunas de sus hazañas musicales y muchas de sus locuras personales. Y, por supuesto, le aclaré que era imposible que Charly llegue al Perú para ofrecer un único concierto en Arequipa y se desvíe a comprar contrabando a Tacna. Haciendo volar la imaginación (o quizás en trance), es probable, como ocurre con otros músicos y artistas argentinos, que haya preguntado por la Ciudad Heroica, recordando la obra teatral de Mario Vargas Llosa, titulada La Señorita de Tacna. Hace un par de años, Miguel Mateos, otro rockero argentino, se presentó en Tacna y lo primero que expresó sobre el escenario fue que conocía la ciudad a través de la obra teatral del escritor arequipeño. La Señorita de Tacna tuvo una gran puesta en escena en el teatro argentino. Hasta hoy es recordada por muchas familias gauchas. Tacna no sólo es conocida por su patriotismo histórico, su actividad comercial con Chile o el flujo de contrabando. Es una ciudad inmortalizada por un Premio Nobel de Literatura.

Carlos Alberto García Moreno, o simplemente Charly García, llegó de muy buen humor a Arequipa, la tarde del 19 de agosto. Se le ve de mejor ánimo desde que dejó su último proceso de rehabilitación del consumo de drogas que concluyó en la finca de Palito Ortega, popular cantante de los 60 – 70. Sin embargo, muchos dudan de su alejamiento total de los estupefacientes y el alcohol. El músico reapareció bastante cambiado. La palabra justa para describir el físico que luce actualmente, no es gordo, sino hinchado. Los psicofármacos que le suministran han provocado esa metamorfosis en este rockero que toda su vida mantuvo una flacura de hospital. Cuentan que la “farmacia” de Charly está compuesta de tres antidepresivos; Noxibel, Welbutrin y Lyrica

No sé que hacen pero consigan más luces. Con estas luces, yo no toco, esto es un papelón, le increpó exaltado y con su voz aguardentosa que suena más hiriente cuando se enoja. “La nevada” se complicó más cuando Charly pidió al técnico que le proyectara las imágenes que pondrían en pantalla mientras tocaban. que se combinan con dos ansiolíticos -Rivotril y Trapax- del sedante Ambien y del antipsicótico Quetiapina, que se le administran diariamente. Es como una camisa de fuerza que en estos días le permite, por lo menos, terminar sus conciertos sin hacer los destrozos y cometer las agresiones que muchas veces lo alejaron de las páginas de espectáculo para terminar en las policiales.

es milimétricamente planificado por Charly. No hay detalle que se le escape. Ni siquiera la ropa que deben lucir sus músicos el día del concierto.

Quienes acudieron al concierto en Arequipa son testigos del cambio. Charly ofreció una gran potencia en el escenario, hasta podríamos afirmar que cantó bien, con esa voz que parece extinguirse en su cuerpo. Cierto, no completó la lista de temas que ensayó una noche antes – faltaron seis canciones – pero fue porque le afectó la altura de la ciudad, no porque destrozó los instrumentos en un arrebato de histeria, como ocurría antes.

Las canciones fueron fluyendo con una intensidad fulminante. Ensayaron Dinosaurios, Cerca de la Revolución, Pasajera en Trance, El amor espera, Eiti leda y otras composiciones más. Nada hacía presagiar el despelote que se armó casi al terminar la prueba. Ya eran cerca de las dos de la mañana y Charly no completaba la lista de temas para el concierto. La canción No voy en tren, la repitieron cuatro veces buscando un inicio diferente; Hablando a tu corazón, tres veces; y así, cada pieza musical era pulida instrumento por instrumento.

En la prueba de sonido sí perdió la paciencia. Fue algo momentáneo, de pocos minutos, pero suficiente para recordarnos que el antiguo Charly García aún habita ese cuerpo hinchado donde bien podrían caber dos. Le ocurrió algo semejante a lo que en Arequipa se conoce como “la nevada”. Mario Vargas Llosa describe ese estado como una forma de neurosis transitoria que aqueja a sus nativos. Un buen día, el más manso de los arequipeños deja de responder al saludo, se pasa las horas con la cara fruncida, hace y dice los más extravagantes disparates, y, por una simple divergencia de opiniones, trata de acogotar a su mejor amigo. Nadie se extraña ni enoja, pues todos entienden que este hombre está con “la nevada” y que mañana será otra vez el benigno mortal de costumbre”. Charly – sin ser arequipeño – padeció claramente esos síntomas en la prueba de sonido. En realidad el músico ha dado muestras, durante toda su vida, de no solo padecer nevadas, sino tormentas, tsunamis, huracanes y hasta apocalipsis que por poco llevan sus huesos a la tumba de la gloria. La prueba de sonido empezó a las once de la noche. Charly subió al escenario del Jardín de la Cerveza de excelente humor. Fue como ver preparar una ópera a una orquesta sinfónica. Un director loco, perfeccionista, barrigón, renegón y sin batuta, se pasó tres horas y media afinando el sonido de cada una de las piezas. Todo, absolutamente todo lo que ocurre sobre el escenario

– Chilenos, a ustedes los quiero vestidos completamente de negro mañana en el concierto – les dijo a los dos músicos mapochos que lo acompañan desde hace unos años. – Tu, Rosario, podés venir con lo que te de la gana, menos de color amarillo – le dijo a su corista, hija de Palito Ortega.

Cuando ensayaban el inicio de Demoliendo Hoteles, con el golpe intenso de la batería, Charly estalló en cólera como en sus perores momentos. Era la una y cuarenta de la madrugada del sábado. – Loco, poneme todas la luces enfocadas a la batería, todas, todas – le dijo al iluminador. Las luces apuntaron al baterista, pero a Charly no le gustó. –Loco ¿es todo lo que tenés? – le preguntó. Hubo silencio y la reacción de Charly fue estrellarse contra su manager. No sé que hacen pero consigan más luces. Con estas luces, yo no toco, esto es un papelón, le increpó exaltado y con su voz aguardentosa que suena más hiriente cuando se enoja. “La nevada” se complicó más cuando Charly pidió al técnico que le proyectara las imágenes que pondrían en pantalla mientras tocaban. ¿Es todo lo que tenés? ¿Una sola imagen del Say no more (no digas más)?, siguió irritado. – Charly, el encargado de imagen no vino – le explicó el técnico. – Si no vino no cobra, esto no puede ser, es una cagada – dijo Charly. – Charly, no vino ni vendrá – la terminó de hundir el técnico. Ocurre que el encargado de video se quedó en Argentina y los dejó colgados con las imágenes. Ya se pueden imaginar lo que esto provocó en Charly. Iban 20 minutos de locura pura sobre el escenario. Martín, dónde están las luces que me dijiste que pondrías abajo para que me calienten, aquí hace un frío de mierda, preguntó Charly a su manager. No tuvo respuesta y siguió exigiendo y ordenando. Yo quiero que haya luces de abajo hacia arriba ¿entendés?. A los pocos minutos, el propio Charly encontró la solución. Ya sé, compras mil velas y las pones en todo el escenario, sino haces eso, yo no toco ¿entendés? Y que me alumbren aunque sea con una linterna, loco, fue la amenaza. Ensayaron un tema más: Chipi Chipi. También acabó “la nevada”. Ya eran las dos y siete minutos de la madrugada. El Jardín quedó más silencioso que nunca. Ocho personas éramos todo el público que había. Horas después, en la noche del sábado, llegaron unos 7 mil fanáticos a disfrutar el concierto que duró una hora veinte minutos. Casi el mismo tiempo que tocó en 1987 en el coliseo Arequipa, cuando visitó por primera vez esta ciudad. Charly se salió con su gusto. Mejoraron las luces y colocaron las velas que le pidió al manager. Subió al escenario a las once y cuarenta de la noche. Chompa roja, saco negro y un sombrero “characato”, prenda tradicional de la gente en Arequipa. En la segunda


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Marchi también narra en el libro No digas más, una vida de Charly García, que cuando el músico era un niño, su madre - Carmen Moreno-, invitó a su casa al músico Eduardo Falú, quien descubrió que lo de Carlitos iba más allá de un talento natural para la música. Falú se puso a ejecutar la guitarra y a poco de empezar se escuchó una vocecita: – El maestro tiene una cuerda desafinada – le dice Carlitos a su madre, que no pudo evitar que Falú escuchara. – A ver ¿qué es lo que dice el chango? – se acerca Falú, divertido. – Nada, Eduardo. Le pareció que había una cuerda desafinada – intentó zafar Carmen. – ¿Ah sí? ¿Cuál es? – insiste Falú. – Esta – le responde Charly señalando la quinta cuerda. El maestro hace vibrar el La y comprueba que, efectivamente, está desafinada. Así todos descubren que Carlitos tenía oído absoluto, una capacidad con la que nace solamente una persona entre cada millón.

Walter es un suboficial de la policía que en sus días de descanso y en vacaciones, trabaja brindando seguridad a diferentes empresas. Esta vez lo contrataron para ser el encargado de movilizar al artista durante toda su estancia en Arequipa. Cada dato que le fui contando sobre Charly García, le sorprendía más que el anterior. Vamos, nadie tiene la obligación de saber quién es este argentino que toda su vida ha interpretado el papel del genio musical que ofreció conciertos de música clásica a los 5 años de edad; a los 14, se convirtió en rockero y, un buen día – sin que se trate de una película – se lanzó del noveno piso de un hotel sin utilizar un doble. Cuando cayó a la piscina del hotel en Mendoza - Argentina, un periodista, de esos que suelen hacer preguntas absurdas en momentos absurdos, le dijo: – Charly, qué sentiste cuando caías –. – Primero vacío, luego mojado – le respondió el músico.

Entonces recibió clases de piano y a los cinco años ya daba conciertos de música clásica. Mercedes Sosa, que lo conoció a esa edad, por la amistad que tenía con su madre, alguna vez expresó: “Este chico es como Chopin”. El cambio en su vida se produjo cuando a los catorce años escuchó por primera vez a los Beatles. “¡Kaboooom!, acabó mi carrera de músico clásico”, cuenta Charly. Fue así que murió un concertista de piano y nació una estrella de rock and roll.

Foto: Victor Ticona

parte del concierto, se puso la camiseta de la selección peruana de fútbol. Los músicos chilenos estaban de impecable traje negro hasta que también salieron con la blanquirroja. Rosario, la corista, no tenía ninguna prenda amarilla. Todos cumplieron al pie de la letra las órdenes del director de la orquesta. Esa noche – felizmente – no le agarró “la nevada”. El concierto fue intenso, pero quedó la sensación de que estuvo incompleto. Esa debe ser la virtud de los genios: provocar sensaciones extrañas y dejarnos con la emoción contenida.

Sergio Marchi, periodista y biógrafo de Charly García, cuenta que el bigote de dos colores que luce el músico, no es teñido, es natural. Muy pequeño, Charly sufrió una severa crisis nerviosa cuando sus padres se fueron a Europa y lo dejaron al cuidado de una tía. Se enfermó y la mitad de su rostro perdió coloración, le dio ese mal conocido como vitíligo. Por eso, cuando se hace crecer el bigote, la mitad es negra y la otra blanca, aunque a estas alturas del partido, su bigote es prácticamente una mancha amarillenta por los efectos del tabaco y otras hiervas de su agrado.

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Un mes después del concierto de Charly en Arequipa, Sergio Marchi llegó a esa ciudad para presentar su libro sobre Pappo, el blusero y rockero argentino que falleció en un accidente de tránsito el 2005. Pappo fue un duro crítico de Charly, lo acusaba de haber ablandado el rock. Aunque ya de maduritos, se juntaron para tocar en el festival de Cosquín. Marchi perteneció al entorno cercano de Charly, fueron muy amigos. El periodista estuvo en los peores momentos que enfrentó el músico en sus cinco internamientos en hospitales (3) y clínicas psiquiátricas (2), pero hace un par de años se alejó de él cansado de sus desplantes. Con Charly García, la amistad es una sola vía de una sola mano: la que uno emprende hacia él. No hay reciprocidad, tampoco la espero. Tan solo un poco de su consideración, escribió Marchi en un artículo publicado en la revista Orsai. Juan Carlos Soto, un amigo periodista, entrevistó a Marchi en Arequipa. ¿Después de su rehabilitación, como lo ves?, le preguntó. Charly termina los shows ahora, pero no lo veo bien, no creo que haya tomado conciencia de su problema de adicción. Se toma muchas licencias y eso a la larga trae problemas. No pretendo que sea el de Serú Girán o Clics Modernos – ahí era luz pura – pero tampoco creo que tomando whisky sea feliz, respondió el biógrafo. La serenidad no es un estado de ánimo que corresponde a la personalidad de Charly García. La eterna “nevada” – de cocaína y otros químicos – que ha dejado ingresar a su cuerpo varias décadas, ha formado una gruesa capa que no lo deja escapar de su propio purgatorio. Como se lo dije a Walter, si Charly viajó al Perú no fue para comprar contrabando, sino para seguir interpretando el personaje de talento infinito que cada día se asemeja a un pobre muñeco inflado que no sabemos cuánto tiempo más durará.


Charly García