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Plumabierta Nº 16 – Diciembre 2010

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Ilustraciones portada y contraportada: Ana María Pérez Linero Número 16, Diciembre de 2010 Depósito Legal: CA 326/02 Contacto: plumabierta@yahoo.es Nuestro blog: http://plumabierta.blogspot.com También puedes encontrarnos en Facebook: Plumabierta Espacio Digital

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In Memoriam A Mariano Frechilla, quien siempre creyó en nuestro proyecto y a quien siempre estaremos eternamente agradecidos.

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Índice Editorial 7

Otoño Raimon Blu 9

La búsqueda Antuane L’Jimir 10

Una vez más Abel 11

Del camino MariÁngeles Vázquez Martín 13

Abismos

Manuel Barba “Terry” 15

The Shadows M. I. Giraldo 16

La chimenea norte Pedro Pérez Linero 19

Desde la ventana Manuel Barba “Terry” 28

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Abuela Manuela R. B. Orozco 29

A lo lejos Ángeles Martín 30

Efímero Ángeles Martín 32

Hablemos de sexo Raimon Blu 33

Charcutero Fran. Valdés 34

Max Aub, La gallina ciega MariÁngeles Vázquez Martín 35

Los mejores años de nuestra vida: Las muñecas holandesas 1/2 Víctor González 39

Forjé con mis manos Antonio Jiménez García 41

Stirling Ana María Pérez Linero 42

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Tristes Raimon Blu 43

Viaje a ninguna parte MariÁngeles Vázquez Martín 44

El poder de las olas o ensayo sobre la erosión Antuane L’Jimir 48

El paso inconsciente MariÁngeles Vázquez Martín 49

Todo bien MariÁngeles Vázquez Martín 50

El duelo

M. I. Giraldo 51

Los mejores años de nuestra vida: Las muñecas holandesas 2/2 Víctor González 52

Un café con Francisco Domene MariÁngeles Vázquez Martín 54

Tú y mi sintaxis Francisco Domene 63

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Editorial Déjà vu en francés, "ya visto", es la impresión de haber vivido u observado una situación que, en la realidad, es presente. ¿Quién no ha tenido alguna vez la inquietante sensación de estar repitiendo una experiencia ya vivida, a pesar de que en realidad es totalmente nueva? La experiencia «previa» es con frecuencia atribuida a un sueño, aunque en algunos casos se da una firme sensación de que ésta «ocurrió auténticamente» en el pasado. Pues bien, eso mismo le ha ocurrido a Plumabierta, ha vuelto a revivir experiencias, a retomar diferentes ámbitos, distintos registros, a recoger esa variedad de discursos que se dieron en sus orígenes, en el pasado (con Atril), y con este Déjà vu o vuelta a las raíces, se ha ido fortaleciendo en este presente ya maduro, donde priman sin duda la tolerancia hacia la heterogeneidad y el compromiso sobre la evasión. Señores, la madurez es un grado, y somos plenamente conscientes de ello; trabajamos en Plumabierta por el gran placer de trabajar en lo que nos enriquece y en lo que creemos, libremente y de forma horizontal, y eso, eso hoy no es poco. La elaboración de esta revista lleva a sus espaldas ya casi catorce años, que se dicen pronto, pero que tras sí guardan todo un desarrollo plural basado en los mismos cimientos que nos vieron nacer; seguimos llevando por bandera la libertad de opinión, de creación, la defensa de una

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cultura al alcance de todos y a favor del ser partícipes y activos de nuestro tiempo y no tan sólo testigos. Como manifestara Juan Ramón Jiménez en una entrevista publicada en La Internacional en 1920, reivindicamos la sensibilidad, la espiritualidad y el conocimiento para transformar esta sociedad deshumanizada y decadente: «el arte tiene una misión social, indirecta, como toda misión honrada y fructífera: la de hacer verdaderamente fuertes —quiero decir delicados— a los hombres, y verdaderamente buenos, esto es, enamorados conscientes de la tierna belleza desnuda del mundo». El tiempo sigue extendiéndose y nosotros, tú, todos con él; la historia se repite y sin pausa ni trato vacila hacia un lado y otro; en qué lugar te encuentres es sólo circunstancial. Sin embargo, se requieren cuestiones, críticas, poemas, implicación con este medio físico, el mundo, con la sociedad en la que estamos inmersos; se necesitan voces, rostros, tu respuesta... Invitamos a la abogada, al ladrón, al indiferente, al padre de familia, a la madre soltera, a todos los desempleados (llámense “parados” o se cifren en estadísticas, personas), a la delegada de lo que sea, al barrendero que barre conciencias, a la moral del parroquiano, al camarero explotado, al estudiante perdido y engañado, al bufón de todas las fiestas, invitamos a todos al compromiso (todos estáis implicados), invitamos a pensar, a sentir, a dialogar; queremos contactar con el humano no virtual maravillosamente imperfecto, sabemos que estás ahí, asustado o tal vez tan sólo escondido, pero consciente realmente de esta ardua esfera que no es más que la vida, amigo. Tomemos por ahora la palabra, una y otra vez.

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Otoño Raimon Blu Seda mi cuerpo el aliento de un nuevo otoño, la huida de la última tórtola, el reverso de un vetusto abrigo.

Seda mis sentidos, ambarinos como hojas de viña estreñidas en el eje trasero de mi oxidado triciclo.

Quiero ser niño cuando la tarde desfila triste y pálida, como nalgas de monja reumática, sin aposento ni postigo.

Amigo, no menciones mi nombre hoy, mengua la médula del membrillo y preciso espacio para deshojar mi memoria.

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La búsqueda Antuane L’Jimir

Me besa el tiempo y se me arruga la frente, me besa el aire y me oxida por dentro, la desgracia me abraza cuando me vuelvo valiente, si gira a mi alrededor la gente pierdo mi centro y tengo tanto sol a mis espaldas, que necesito una sombra y una fuente que no encuentro.

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Una vez más A be l Esta mañana me desperté pronto; los últimos acontecimientos merman mi sueño. Cansada y sin ganas me levanto de la cama para dirigirme al baño. No sé de quién sería la idea de poner el dichoso espejo frente a la puerta, inevitable eludir mi primera imagen del día cuando entro: ¡vaya cara! Mejorará sin duda tras un nutritivo desayuno; no me entretengo demasiado en abluciones y preparo cuanto antes el revitalizante café. Ya sentada a la mesa, delante de la humeante taza, pienso cuándo antes me había sentido tan abatida, tan superada por situación semejante. La primera vez que me sentí vieja, tenía veintiséis años. Y cómo suena eso ahora, tras haber doblado la edad. El amago de una leve sonrisa me pilla desprevenida, me acomodo en la silla con la tostada en la mano y mirando al infinito, empiezo a recordar: Aquella noche dormí poco, desperté nerviosa segundos antes de que el despertador sonara; al primer intento de movimiento, un dolor punzante en mi cadera izquierda ralentizó el ritmo acelerado que las circunstancias de entonces me obligaban a mantener. ¡Lo que faltaba!, me dije, en un día tan importante. Despacio y con cuidado logré salir de la cama para, cuanto antes, remediar o aliviar al menos, los síntomas de aquel contratiempo; no me podía permitir faltar o llegar tarde, el primer día de facultad. La primera hora se me fue con mi bebé: lo dejé amamantado y limpio, dormido, a cargo de mamá. Luego, ya 11


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más tranquila –el relajante muscular empezaba a hacer efecto-, busqué en el armario mis vaqueros favoritos -logré calzarlosy una camisa amplia que disimulase la plenitud de mis pechos. Delante del tocador, extendí sobre mi cara una hidratante, disimulé mis ojeras lo mejor que supe y ricé mis pestañas. El resultado no estuvo mal. Salí de casa con tiempo suficiente para llegar pronto, aparqué cerca, bajé trabajosamente del coche y procuré mantenerme lo más erguida que pude. Intentando pasar desapercibida, aproveché el momento más confuso para mezclarme con los estudiantes de primero. Todo me parecía extraño: el entorno, las aulas, aquellos grupos de jóvenes -rabiosamente jóvenes- que empezaban a llegar despreocupados y alegres, sus voces adolescentes, sus risas, su forma de hablar… -¿qué hacía yo allí?- Pero, rápidamente, ignorando la pregunta, cerré los ojos, sacudí mi cabeza y salí despacio, abrazando mi carpeta, intentando perderme entre ellos, sin mirarlos, para que no me hablasen. Avergonzada y de esta guisa empecé mis clases. Conseguí graduarme, la integración fue más rápida de lo esperado. Experiencias tan distintas y distantes a la vez, siguen provocándome idénticas emociones. Miro el plato vacío, hace tiempo que terminé el desayuno. Dejo la cocina con nuevo ánimo, me dirijo al baño, abro la ducha y con ella, me dispongo a limpiar también algunos pensamientos rancios, hacia el desagüe irán mezclados con la espuma que ahora me envuelve. Como aquella vez, me esmero en el espejo, alargando mis pestañas, dándole un leve color a mis mejillas, a mis labios… esbozo mi mejor sonrisa dispuesta a empezar la jornada afrontando el nuevo desafío.

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Del camino MariÁngeles Vázquez Martín Que la Verdad no es sólo una. La vida propia la jugamos más de una vez, y se pierde unas veces, y también, otras veces, se vuelve a perder; entonces, entonces vas y te levantas. Y diré, que se puede encontrar errando, creyéndote aun perdido, una voz que diga algo, un viaje a ningún sitio, una mano sobre otra mano. Una lluvia, un mar, la profundidad de los pasos que mudan, al Sol, tal vez a la Luna, pasajeros de un tiempo por llegar.

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Así, noviembres u ocasos, tan febriles, no dejarán más otoño que el necesario. Cuál es el acierto, a veces, es tan sólo una cuestión de suerte, y entonces, sólo entonces, queda joderse.

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The Shadows M. I. Giraldo No estaba solo, lo sentí, desde el primer momento en el que entré en esta casa. ¿Cómo imaginar quién sería? ¿Cómo iba yo a pensar que el haber entrado en mi antigua casa familiar iba a ser mi perdición? Tras abrir la puerta me introduje en aquella vieja casa llena de polvo. El ambiente estaba sobrecargado debido al tiempo que llevaba sin recibir una visita. Dejé el equipaje en la entrada y empecé a vagar por entre numerosos recuerdos. Todo estaba cubierto por sábanas blancas. Con cuidado, fui descubriendo los muebles y recordando viejos tiempos que pasé junto a mi familia y amigos. El sofá donde veía mis series favoritas junto a mi madre, la escalera donde me ponía a jugar, el sótano… Sí, el sótano... Sin duda había muchos recuerdos en todos y cada uno de los lugares. Ahora, después de tanto tiempo y tras la muerte de mi padre, todo aquello me pertenecía, pero la verdad es que el haber entrado me había hecho sentir mal a cada paso que daba. En algunos momentos parecía como si la casa respirase, y tuviese vida propia. Ella me miraba y me recordaba todos aquellos momentos que pasé aquí, sin duda dolorosos. El paseo me hacía no dirigirme inconscientemente hacia el sótano. La puerta del sótano estaba situada debajo de las escaleras, y tras ella, otras escaleras sin apenas luz te llevaban a la parte baja de la casa. Aquel lugar sin luz, lleno de humedad y suciedad era el lugar preferido por los insectos, aquella parte de la casa estaba tan aislada que no llegaba ni el 16


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más mínimo ruido, y ya podías gritar hasta que tu garganta se irritara que por muchas horas que pasases queriendo que alguien te escuchara, nadie acudiría en tu ayuda, nadie te oiría, nunca. Tras visitar las habitaciones, y volver a la planta inferior vi la puerta que llevaba al viejo sótano. Me dirigí hacia ella y mirándola con desprecio la abrí decidido totalmente a superar todos mis miedos. Bajando las escaleras intentaba mantener la mente en blanco, pero era tan imposible, que las piernas me temblaban por el miedo de lo que abajo pudiera encontrarme. Sentía terror pero a la vez necesidad de llegar. Acabé con todos los escalones, cada peldaño me hacía estar más asustado y ahora estaba en el sótano de los horrores. Tal como sentí al llegar a la casa, no estaba solo, sentía una respiración, ¡alguien estaba allí! ¿Qué hacer? El miedo me tenía paralizado. El aire que expulsaba aquella cosa me ahogaba. En esos momentos supe que jamás saldría de allí con vida. Alcé la mano y tiré de la cuerda que encendía una pequeña lámpara situada en el techo, y entonces lo vi. El cuarto se extendía todo delante de mí. Justo detrás de mí quedaba la lámpara en el techo y delante una mesa pequeña. Al fondo se podía ver la pared que suponía el final del sótano y en el cual se reflejaban las sombras de todo lo que se movía y hacía en aquella habitación. Mi sombra en la pared era igual que aquella que abusaba de mí sobre la mesa. Durante años no pude más que vislumbrar en aquella pared final del sótano esa sombra de mi padre que me violaba, mientras que mi garganta se secaba por los numerosos gritos que nadie llegó a escuchar jamás. Me quedé paralizado por el miedo. Mi sombra, ella parecía tener vida propia. Sentía su respiración, su mirada, su

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superioridad, llegaría a atraparme en sí misma, consumiéndome, perteneciendo yo a ella y viviendo para siempre una pesadilla sin fin, acabando con mi existencia y formando parte para siempre del mundo de las sombras. Aún no sé ni cómo, reuní el valor suficiente para conseguir mover el brazo, alzarlo y llegar a apagar la luz de nuevo, la sombra desapareció. Pero seguía estando ahí, en esa pared, expectante, para que cuando volviera la luz, regresar y así acabar conmigo. Una vez apagada la luz no tuve más fuerzas, sólo para situarme en cuclillas debajo de la mesa y balancearme de un lado para otro. El pánico que sentía era enorme, no podía moverme y aún no puedo hacerlo. No sé cuánto tiempo ha pasado desde aquel día, ya perdí la noción del tiempo, pero el hecho de no poder mover ni un dedo debido al miedo es un síntoma que demostraba que mis sombras habían salido vencedoras. Me consumieron. Ahora para siempre viviré en la oscuridad, recordando el pasado, sin poder superarlo, viviendo una pesadilla por minuto. Siendo yo la víctima de ser yo mismo.

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La chimenea norte Pedro Pérez Linero I MARTÍN Martín tardó varios días en darse cuenta de que Beatriz, su esposa, le había abandonado. Hacía mucho que se había acostumbrado a dormir en el sofá del salón, habiendo logrado convencerse a sí mismo de que lo hacía por ella, para no despertarla al llegar tarde del trabajo. Pero la realidad, mucho más sencilla, era que desde tiempo atrás, más o menos desde que ella afirmara haber tenido una "experiencia mágica", las cosas no marchaban bien entre los dos. No fue hasta el momento en que recibió la notificación con la petición de divorcio, que reparó en la ausencia de Beatriz. La nota le llegó en un momento en el que él temía llegar tarde a la oficina, por lo que la leyó superficialmente y, sin apenas darle importancia, la guardó en uno de los bolsillos laterales de su chaqueta. Durante ese tiempo él trabajaba en El Sindicato, ejerciendo como ayudante del auxiliar administrativo de la secretaria que preparaba el café y pasaba las llamadas telefónicas al subencargado segundo de la planificación de las actividades del responsable eventual del diseño semiparcial del proyecto en el que estaba trabajando. No se trataba de un mal empleo. Cobraba salario mínimo y desempeñaba sus funciones en una oficina compartida con setecientos veintiocho empleados más. Dicha oficina gozaba, además, del insólito privilegio de poseer ventana, una 19


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luminosa ventana de un metro cuadrado que permitía la entrada de la luz procedente de la oficina contigua, de idénticas proporciones y mismo número de empleados; tan idéntica, que había quien se aventuraba a bromear asegurando que dicha ventana no era tal, sino un espejo. Aquel día, el día de la notificación, se debatía por enésima vez en un Consejo de El Sindicato la viabilidad del proyecto que le permitiría ascender y disponer por fin de despacho propio, uno de esos espaciosos despachos de seis metros cuadrados, con teléfono y vistas a la Chimenea Norte del Crematorio. Hacía años que Martín ansiaba lograr ese puesto. Junto a su máquina de escribir, como único motivo que decorase su pequeño escritorio, tenía una fotografía enmarcada de la Chimenea, tomada desde uno de los despachos. II BEATRIZ Beatriz, licenciada en Historia del Arte, conoció a Martín mientras trabajaba como limpiadora de retretes en El Sindicato. En aquel tiempo, Martín, un joven sencillo, alegre, atento, de trato agradable y no exento de ilusiones, estaba a punto de ser propuesto para formar parte de un proyecto que sería crucial en su carrera y que, según le dijeron sus superiores, le permitiría ascender en un breve período de tiempo. Años más tarde Beatriz y Martín se casaron. Si Martín lograba su ascenso, sumando los salarios de ambos y ahorrando durante algún tiempo, podrían pagar la entrada de un piso y meterse en una de esas hipotecas centenarias que se estaban empezando a conceder. Una vez llegados a ese punto, podrían plantearse la

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posibilidad de tener un hijo, pero nunca antes. Martín le había pedido paciencia a Beatriz, era preferible esperar a que la situación económica soplase a favor de ambos. Beatriz, mantuvo pues, su empleo como limpiadora de retretes, a la espera de poder firmar una hipoteca. Ella amaba a Martín sobre todas las cosas y llegó a creer que el sueño del que hablaba su marido era también el suyo propio, que ambos compartían una misma visión del futuro que conjuntamente tendrían que labrar. Pero no, el sueño al que se había entregado no le pertenecía. A ella, en realidad, le daban igual la casa y la hipoteca. Beatriz podía ser perfectamente feliz en uno de esos pisos de alquiler con olor a sótano, siempre y cuando esos metros cuadrados fuesen compartidos con él. Para Beatriz, Martín era su hogar. Ella no quería más que crear una familia y, profesionalmente, nada le hubiera gustado más que poder dedicarse a la docencia. Beatriz no le pedía demasiado a la vida. Un par de hijos, la parejita al menos, hubiera sido ideal, pero nunca lo mencionó delante de Martín. La idea de tener uno sólo, para él, suponía ya demasiado sacrificio. Pero ese hijo, fruto del amor entre ambos, nunca nació. III LA REVELACIÓN DE BEATRIZ Una mañana, tras quince años fregando retretes y diez de matrimonio, Beatriz tuvo una revelación mientras trabajaba. Sufrió una de esas "experiencias mágicas" de las que había oído hablar alguna vez, al menos así lo interpretó ella. Se desenfundó los guantes de látex y, sin decir una palabra a nadie, salió por la puerta principal de El Sindicato para no volver a entrar nunca más. Al fin y al cabo, nadie, o casi nadie,

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la echaría en falta. Había comenzado a trabajar en aquellos retretes recién terminada la carrera, y en todos aquellos años muy pocos se habían tomado la molestia de siquiera llamarla por su nombre. Beatriz no echaría de menos a nadie, exceptuando quizás al viejo Señor Hole, que era el único que le daba los buenos días cada mañana y que, de vez en cuando, gustaba de entablar conversación con ella. Aquella noche, en casa, emocionada por lo sucedido, relató su experiencia a Martín, comunicándole que a partir de ese momento quería concentrar sus esfuerzos en poder acceder a una plaza como profesora. "Mi ascenso está a la vuelta de la esquina. ¿Cómo haremos frente a la hipoteca?". Esa fue la única respuesta que recibió por parte de su marido, quien hacía años que siempre estaba a punto de lograr el ansiado ascenso. Martín ya no era el mismo que diez años atrás. Su sueño, con el paso del tiempo, había devenido prácticamente en obsesión. Apenas hablaba, menos aún se permitía bromear, había perdido la capacidad de comunicarse con los demás convirtiéndose, gradualmente, en un ser sombrío, un desconocido para quienes un día le conocieron. Todo el pensamiento del que Martín era capaz tenía como centro de gravedad su posible ascenso, representado en una vieja fotografía, enmarcada, de La Chimenea Norte, que decoraba su pequeño escritorio en la oficina. Mientras Beatriz le contaba con todo lujo de detalles lo que la había llevado a abandonar repentinamente su empleo, él apenas escuchaba. Una conversación sin números colmados de dígitos, datos estadísticos o trabalenguas burocráticos, era una conversación casi imposible de comprender. Si, al menos, Beatriz hubiese

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tenido el detalle de culminar su relato con un par de gráficas un diagrama de barras no hubiera quedado nada mal-, él quizás se hubiera mostrado un poco más abierto al diálogo. Martín, de todo aquello, sólo extrajo que con ella en paro sería mucho más difícil, por no decir imposible, acceder a la hipoteca, lo cual le sirvió como excusa perfecta para entregarse aún más a su trabajo, y entre ambos se abrió una fisura que ya jamás se volvería a cerrar. IV EL SEÑOR HOLE No se trataba de la primera vez que algún empleado de El Sindicato aseguraba haber tenido una experiencia extraña. “Y no por ello habían abandonado su empleo -sostenía Martín-. Véase el Señor Hole, por ejemplo, que afirma oír la respiración del edificio desde el mismo día en que se perdió por los pasillos”. Aquel día el Señor Hole había estado irreconocible. Se volvió loco corriendo como un poseso, buscando su despacho, hasta que el Director de Planta, que le encontró en pleno ataque de ansiedad, pálido y semi-inconsciente en el suelo, le ayudó a dar con él. Pero casos así no eran revelaciones, pensaba Martín, sino situaciones con una explicación lógica, que bien podían ser perfectamente causadas por el cansancio, la fatiga o el estrés. "No hay que olvidar -solía decir al respecto- que en el tiempo en que el Señor Hole sufrió su ataque, se encontraba inmerso en la elaboración de un informe que, según se cuenta, le dio demasiados quebraderos de cabeza". El caso es que el Señor Hole jamás abandonó su empleo y

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permaneció prestando sus servicios en El Sindicato, aunque aquella experiencia, "mágica", como él mismo la acuñó, le hizo envejecer de la noche a la mañana y le llevó a perder un poco el juicio. Nadie le creía cuando contaba, por ejemplo, que el día que sufrió el ataque, todo empezó porque su despacho no estaba donde debía y que, en su lugar, lo que encontró fueron unos servicios de caballeros. "Todos vivimos en alguna ocasión este tipo de experiencias, pero sólo algunos tenemos la fortuna, o la desgracia, de reparar en ellas"- le había dicho el Señor Hole a Beatriz en alguna ocasión. "Su marido- le dijo un día- está perdiendo la capacidad de escucharse incluso a sí mismo. Por desgracia, su destino está más ligado al mío de lo que él jamás pudiera imaginar. Conseguirá su ascenso, que no le quepa la menor duda, pero a cambio le perderá a usted y se perderá a sí mismo. Él, al igual que yo, jamás saldrá de aquí". Ella lloraba. Sabía que hacía tiempo que había dejado de formar parte de la vida de Martín; Martín, a quien ella aún consideraba su hogar. Beatriz, antes incluso de abandonar su empleo, ya sabía que le había perdido para siempre. V MARTÍN: SUS AÑOS COMO DIVORCIADO Pasaron los años y, una vez tramitado el divorcio, Martín no volvió a tener noticias sobre Beatriz. Sólo sabía que ella regresó al piso con olor a sótano que habían compartido, mientras que él se mudó a otro, situado junto a El Sindicato. Hacía mucho tiempo que su deseo de promocionar había

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dejado de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo; Martín amaba la idea de ascender sobre todas las cosas. Para Martín, El Sindicato era su hogar, quería ascender porque ascender era el único lenguaje que él era capaz de comprender. Ansiaba un despacho propio, un despacho de seis metros cuadrados, teléfono y una ventana con vistas a La Chimenea Norte. Martín deseaba un despacho como el del Señor Hole. Cada vez que pensaba en ello, sonreía para sus adentros, ya que se había vuelto incapaz de sonreír de otro modo. Dejaba fluir su pensamiento en algo que se parecía levemente a la imaginación. No se podría decir que Martín soñara, pero casi, y lo hacía con la mirada siempre perdida, fija sobre la fotografía que aún conservaba de La Chimenea Norte. El tiempo continuó sumándose a sí mismo. Siguieron pasando los años a su ritmo habitual, que contados de diez en diez acabaron acumulando décadas, hasta que un día, a sus casi sesenta y cinco años de edad, Martín recibió una notificación: El despacho del Señor Hole había quedado vacante y él pasaría a ocuparlo inmediatamente. Sin sospecharlo, Martín estaba a punto de vivir su propia revelación, su "experiencia mágica", como la hubiese denominado su predecesor, aquella que había permanecido presente durante décadas, pero que él nunca había sabido ver. Su propia "experiencia mágica", que de haberla descubierto a tiempo, quizás -sólo quizás- le hubiera salvado. Pero para Martín ya era demasiado tarde. VI LA REVELACIÓN DE MARTÍN Una vez instalado, Martín se encontró con un despacho todo para él, repleto de montañas de papeles y anotaciones manuscritas que el viejo Señor Hole había dejado. Allí estaba

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su ventana, y tras ella, por fin, La Chimenea Norte. Ya no necesitaba la fotografía que le había acompañado durante más de media vida. Procedería a romperla inmediatamente. Abrió el viejo marco, no sin dificultad, con intención de extraer la fotografía. En aquel momento, al retirarla, descubrió que aquella imagen no se encontraba sola. Otra, que había permanecido oculta, apareció tras ella. En ésta, nueva para Martín, se podían ver a Beatriz y a él años atrás, cuando aún eran jóvenes, en la época en que vivían juntos. Sonreían, radiantes de alegría, y entre ellos, en los brazos de Beatriz, un recién nacido, el bebé que nunca tuvieron. Martín quedó inmóvil durante unos minutos, mirando fijamente la foto, intentando comprender lo que estaba sucediendo. Descolgó el teléfono y, sin sentirse muy seguro de lo que se disponía a hacer, procedió a llamar al piso con olor a sótano que había compartido con Beatriz, albergando la esperanza, o más bien la posibilidad, de que ella viviese aún ahí y de que conservase el mismo número de teléfono. Martín marcaba lentamente, introduciendo su dedo índice por los pequeños orificios de la rueda del teléfono, uno a uno, como si con esa lentitud pudiese abortar la operación de llamada en cualquier momento. Pero eso no ocurrió. Sin saber, y casi sin cuestionarse, si actuaba por iniciativa propia, por inercia o empujado por alguna fuerza extraña, Martín terminó de marcar todos los dígitos. No cayó en la cuenta de que realizar esa llamada telefónica implicaría mantener una conversación, y que él, un hombre tan sombrío que apenas era ya distinguible de su propia sombra, quizás no estuviese a la altura de las circunstancias. Martín comprendió que quería saber de Beatriz, saber, al

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menos, cómo estaba. Finalmente alguien descolgó el teléfono: "¿Diga?"- dijo una voz de hombre. Martín permaneció un par de segundos en silencio. Beatriz, en todos aquellos años, podría haber entablado otra relación, incluso haberse casado nuevamente. No se le había ocurrido antes, pero entendió que eso era más que probable. También pensó que aquel podría ser un nuevo inquilino y que ella podría haberse mudado a otra casa. "¿Diga?"- repitió la voz. "Disculpe -dijo Martín con torpeza-, ¿vive ahí Beatriz? Si es así, me gustaría hablar con ella, por favor". Martín tartamudeaba. "¿Señor Hole?- dijo la voz- Señor Hole, ¿es usted? ¡Qué alegría oírle! Beatriz no se encuentra aún en casa. Hoy tenía claustro en el Instituto. Pero cuénteme, ¿cómo le va?". Martín no daba crédito a lo que estaba oyendo. Se trataba de su propia voz, pero llena de una vitalidad y un buen humor que él ya apenas recordaba, la que se oía al otro lado del teléfono. Era su propia voz, la voz de Martín, y le había confundido con el Señor Hole. O quizás no. Martín giró levemente la cabeza y observó su reflejo en la ventana. Efectivamente, allí, pudo ver con total nitidez al pobre anciano que todos, incluido él, habían tomado por loco. Allí estaba, mirándole fijamente a los ojos, como si de una aparición se tratase, su propio reflejo.

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Abuela Manuela R. B. Orozco El jazmín y la sal de tus manos Dónde. La tristeza que el roete recogía Dónde. Las coplas de pastores, picardía y aguardiente Dónde. Quizás donde los girasoles miran ya ahora, en este tiempo inesperado. Y ahí tu prole, muchedumbre en diáspora inversa Bajo la parra oscura del dolor. Y ahí tu gran riqueza derramada tu mesa ancha y generosa la sencillez de tus cuentos, la humildad de tus dichos. Y ahí tu alma como un cofre de cariño para todos los tuyos, los que te amamos, y recordamos el “¡Ay!” alegre y largo con que recibías a los niños cualquier tarde, cualquier día, con sol o “con agua, viento y frío” como se hicieron las canciones, como tú nos enseñaste a vivir, siendo buenos, educados, limpios, y es bastante. El Aguaor (una primera versión apareció en Facebook el 14 de julio de 2010)

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A lo lejos Ángeles Martín Vivimos en una odisea homérica desde el principio de los tiempos donde razón y emoción se debaten en tela de juicio, en el abismo de una quietud ilimitable y henchida de espacio y de tiempo indefinido; mientras la eternidad de un instante lo invade de lleno; donde la lógica y la intuición se debaten en duelo y sus irremediables disputas tejen el futuro incierto con un aire matemático al estilo cubista y multiplicando las horas por infinito... Deslizando la desdicha hasta alcanzar el mismo punto de partida. Y en el reloj de mis horas gira la endecha a pasos ligeros y a tientas; la arritmia de mi corazón se declara en maltrecho... ¡Y las horas lentas! La masa gris se amontona y un atardecer más que no ves me acaricia el alma; 30


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y en la mejilla tus labios húmedos cada día me alimentan, susurrando con etérea voz y aliciente de batalla... Y en mi pecho las emociones se agitan al sentir tu respiro cada noche... Cuando al amanecer no queda ni un insinuante resquicio; Y el chasquido de tus dedos me recuerda que sigues ahí. Batir de alas a lo lejos... (Silencio) A lo lejos: “ Marché temprano, ahora vivo inmortal en vuestros corazones”

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Efímero Ángeles Martín Si en la vida se tiñen las horas de blanco y negro, pero el futuro sigue su metamorfosis, y su sabor enhebolea mi gusto más exquisito; y sin color el miedo me alcanza, y su temor se inserta en mi descamada piel... Y la sonrisa pálida. Si es el paso del tiempo ¡incoloro, insípido, tenaz! Si en el cerebro se amontona la masa gris inerte, y es el aire de mis florecillas yertas el que acartona los sentidos y relaja los zumbidos de mi corazón marchito... Mientras el viejo reloj de las horas lentas, cual hipnótica mariposa embelese mi deleite; mientras mi labio perezoso repose sobre el otro cansado, y el amarillento enfermizo de las paredes rotas del claro de mis ojos, sea mi musa inmóvil... seguiré los pasos cansados retrocediendo infinita tristeza. ¡Y esos versos que se agitan, se acunan, se enervan! Y mudando de rumbo y de barco, sin el valor de mi alma cuestionaré al Reloj Pereza qué hacer con mis alas rotas. (P.S.: Ya sabéis, “La poesía no quiere adeptos, sino amantes.” A.Machado)

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Hablemos de sexo Raimon Blu Hablemos de sexo como si sirven un plato de sopa en nuestra mesa.

La sopa recién servida si no se sopla quema, lo mejor es esperar que repose, que espese, amenizar la espera con palabras que alienten el apetito, que dilaten el paladar,

y saborear, saborear, saborear, uhmm!

Me gusta la sopa sustanciosa y bien hervida, la sopa fría no es sopa ni plato para otro día.

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Max Aub, La gallina ciega MariÁngeles Vázquez Martín En otras circunstancias, en otro presente, no tendría que presentar a este gran escritor porque sería tan conocido como lo son hoy Cernuda, Lorca o Alberti, pero hoy, hoy sigue siendo prolongación de aquel ayer, aunque aquél se llamara “franquista” y éste se llame “socialdemócrata”. Max Aub perteneció también a la llamada Generación del 27 (nació en París en 1903), pero tal y como sufrió en vida el exilio, también se mantiene exiliado de alguna manera de nuestros manuales de literatura española, al igual que ocurre con otros autores de la talla de León Felipe o Gabriel Celaya, ¿por qué?, es la pregunta, ¿cuáles son los motivos de esta sutil censura? Opino cada vez más concienzudamente que quizás todos éstos que están detrás de la palabra “gobierno” o “sistema” consideren todavía hoy políticamente incorrectos a estos escritores (y a muchos más, evidentemente desconocidos y legados al olvido) e intentan encubrirlos con un tupido velo que deja entrever tan sólo la levedad de sus nombres pero sin comentar la profundidad de sus obras, exiliándolos, de nuevo, en la patria de “los desconocidos” y por extensión, desterrándolos de nuestra cada vez más empañada historia. Un Max Aub republicano se exilió en Francia en enero de 1939 y se instaló en París, pero en abril de 1940 fue denunciado como comunista, detenido e internado en el Campo de Roland Garros, desde donde fue transferido, al mes siguiente, al Campo de internamiento de Vernet y desterrado a

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Marsella en noviembre. En 1941 fue detenido de nuevo y deportado a Argelia, donde compuso su estremecedor libro de poemas Diario de Djelfa (1945). El 18 de mayo de 1942 abandonó el Campo de Djelfa y se dirigió a Casablanca (hasta aquí, por si alguien no lo capta, estamos hablando de campos de concentración nazi) donde el 10 de septiembre embarcó en el Serpa Pinto rumbo hacia Veracruz, México, país en el que se naturalizó y habitó hasta su muerte. No pudo regresar a Europa hasta 1956 y volvió a España por primera vez en 1969, un reencuentro agridulce del que dejó testimonio en la obra que nos toca, La gallina ciega (Diario español), que se publicaría en México en 1971, y que no vería la luz en España hasta 1995, cosa que Aub supuso siempre que pasaría (“Lo malo es que este libro no se venderá en España, y cuando pueda circular libremente nadie sabrá de qué estoy hablando.”) y, efectivamente, supuso bien. En La gallina ciega Max Aub nos relata cómo fue su regreso a España después de haber estado 30 años exiliado en México. Nos explicará que vino como un “turista al revés” (“soy un turista al revés, vengo a ver lo que no existe”) por un breve periodo de tiempo, el único que le autorizaron, del 23 de agosto al 28 de noviembre del 1969. El pretexto fue preparar un libro sobre Buñuel, aunque la verdad que se nos deja entrever es que el escritor vino para cerciorarse con sus propios ojos de que le era imposible volver a aquella España por el rechazo y la incompatibilidad que poseía con aquel régimen político sumido en la degradación moral; el contraste entre la España republicana que él vivió y la España franquista de 1969, le resultó tremendamente doloroso y brutal. Aquella corta estancia le hizo comprender que, realmente, habían ascendido y se habían consolidado, gracias

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al régimen, la mediocridad intelectual, la miseria moral, la despolitización y la vacuidad. Max Aub sangra en muchas páginas de este “diario español” por la gruesa herida abierta por el olvido; reivindica la memoria histórica y la dignidad de la República, porque lo que más le molesta a nuestro autor es la desmemoria impuesta por la dictadura franquista de aquella España republicana, una desmemoria colectiva que les convirtió a él y a los nombres más prestigiosos del exilio en fantasmas condenados al desconocimiento. En este 2010, La gallina ciega posee muchas posibles lecturas que dependen en buena medida de la edad, de la experiencia histórica o de las simpatías políticas e ideológicas del lector. La España del 69 era un país sin justicia, sin libertad ni democracia, que se postraba hacia un desarrollo económico propio de una sociedad consumista -turismo, sol, vino, mujeres, loterías, televisión y fútbol (el opio de los pueblos)-, habitada por españoles sumisos y desinformados; desideologizados y despolitizados, ignorantes y resignados, que adoptaban una actitud conformista y acomodaticia ante el silencio y el olvido impuestos por el régimen franquista. Transcurrido un periodo de cuarenta y un años e inmersos en esta joven “democracia capitalista”, la pregunta que me hago es: ¿realmente existen tantas diferencias entre aquella España de tecnócratas del Opus Dei y falangistas y esta otra de especuladores, cuatro millones de parados y nuevos ricos “amigos del ladrillo”? Opino, sinceramente, que a aquellos podíamos verlos de frente sin lugar a equívocos, mas en este hoy por el que

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transcurrimos, todo parece navegar de forma virtual por la red de redes, cuando lo que realmente navega es lo que “dejan que navegue”, siendo la libertad tan sólo un espectro, donde sus detractores (aunque se nos vendan como fieles protectores) figuran tras todos los –ismos (neologismos, eufemismos, tecnicismos…) situándose sin compromisos en el riguroso centro y practicando toda serie de retóricas sin sentido, plagadas de discursos vacíos e ideales ligados tan sólo a cuestiones monetarias. El cultivo de la razón, la defensa de la igualdad, el rechazo a las imposiciones y sobre todo, el ser dueños de nuestro propio destino, son las verdaderas bases que nos hacen ser libres, y todo sistema que vaya contra estos valores estará yendo en contra del hombre mismo, ¿abocados a desaparecer? ¿el hombre realmente es un lobo para el hombre? La apuesta final de Max Aub es, como siempre, la apuesta por la utopía, por la libertad y la dignidad. Cuando el 20 de octubre de 1969 su interlocutor franquista le pregunta la solución que propone, Aub le contesta: “La de siempre: la imposible, es decir, la libertad”, reafirmando su maxaubiano optimismo convicción de un mañana mejor.

histórico,

su

En ello andamos, compañero.

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Los mejores años de nuestra vida: Las muñecas holandesas 1/2 Víctor González La una de Amsterdam, la otra de Groningen. Dieciocho y diecinueve años respectivamente, aunque aparentaban unos cuantos más. La una ligeramente más guapa, la otra algo más pícara. Ambas, sencillamente preciosas, poseían tal encanto que más de uno que pasaba por la calle se giraba para observarlas, en parte por sus bonitas caras, en parte por su elevada estatura y complexión (me sacaban dos cabezas, tanto en altura como en anchura). Al verlas por primera vez, lo primero que pensaba uno era que se trataba de dos hermanas: ambas holandesas, guapas y rubias, misma estatura, siempre juntas, siempre sonriendo, y observando atentamente todo a través de sus bonitos ojos azules. La noche en que las conocí ya me gustaron, ambas por igual. Me parecieron lo más atractivo que había en aquel hostal. Entre mi amiga francesa-coreana y yo, nos dedicamos a reclutar improvisadamente a todo aquél que se quisiera venir con nosotros de fiesta. Finalmente me encontré haciendo de "guía nocturno" en mi propia ciudad a un grupo formado por cinco chicas (entre ellas, las dos muñecas). Me sorprendió agradablemente lo simpáticas que resultaron ser ellas dos, lo que las hacía todavía más interesantes. La noche era realmente calurosa, así que tras llevarlas a un par de locales y haberme ganado su confianza les propuse ir a la playa en vez de entrar en lo que seguro resultaría de nuevo ser una sauna. Curiosamente las muñecas fueron muy fáciles de convencer, la idea

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les atrajo desde el principio, y el resto, sencillamente nos siguió. Al llegar, mi amiga francesa y yo fuimos los primeros en quedarnos en ropa interior y meternos en el agua. Una vez dentro pude ver como las muñecas nos imitaban y se unían a nosotros rápidamente. Las otras dos chicas, algo más tímidas, se quedaron al margen, esperando en la arena. En parte debido a esto, en parte debido a que el agua estaba algo fría, no nos entretuvimos mucho tiempo. Tras juguetear un poco los tres, salimos y nos secamos lo mejor que pudimos. Yo tuve que disimular torpemente mi excitación, la cual ya había empezado dentro del agua y todavía continuó un buen rato una vez fuera. Poco después las acompañaba al metro, donde cogimos direcciones distintas, todas ellas al hostal y yo a mi casa. Mi amiga francesa sólo se quedaba el fin de semana, así que una vez hubo regresado a París yo ya no tenía excusa para ir al hostal. Sin embargo mi vínculo con las muñecas ya estaba creado, y como sabía que se iban a Valencia en breve, les propuse quedar el día antes para despedirlas, un miércoles. Ellas aceptaron encantadas, y tras llevarlas por mis locales preferidos, acabamos en el puerto, sentados en un banco de madera. Yo entre las dos, los tres mirando al mar. No supe decidirme por ninguna de las dos, ambas me atraían por igual, por extraño que parezca. Durante aquella noche ellas me habían preguntado si tenía novia y, al responderles que no, ambas se habían mostrado realmente sorprendidas. Además había una especie de juego implícito entre ellas dos según el cual parecían competir por mí: "Tienes que venir a verme a mi ciudad" decía la una. "No, tienes que venir a la mía" decía la otra. "Por supuesto, iré a veros a las dos". A lo que ambas respondieron: "Ok, pero a mí primero...". Una vez leí que Casanova opinaba que resulta más fácil seducir a dos mujeres a la vez que a una sola. No me parece una idea demasiado descabellada, pero de ser así, no lo supe aprovechar. Las acompañé al bus nocturno, les di dos besos a cada una, y les prometí a las dos seguir en contacto.

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Forjé con mis manos Antonio Jiménez García Forjé con mis manos el marco de tu ventana. Tus rejas las hice de amor, tus hierros de lirios. Para cuando te besase, sintieras la flor de mi delirio. Soy libre en tu cárcel. Blanco entre tus sábanas, de seda azul entre tus brazos, cuerdas que atan mis ocasos. Soy libre entre tu risa, sonoro entre tus cabellos de dorada arena. Hilos omnívoros de mis penas. Soy libre, libre forjando la celda de amor, entre tus venas.

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Tristes Raimon Blu Tristes sus días tristes y tristes sus días alegres porque vienen burdos y breves como lágrimas de payaso.

Triste su rostro amargo y tristes sus dulces ratos porque visten mustios y beatos como números de calendario.

Triste su triste retina y tristes sus noches rotas porque hernian, derrota ósea, sus sueños asalariados.

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Viaje a ninguna parte MariÁngeles Vázquez Martín A mi amigo Antonio Juan, el que viajase. No había permanecido hospitalizado, ni siquiera le dieron unos días de descanso, tampoco se puede decir que hubiese estado enfermo; no visitó ningún médico (no encontró a ningún amigo), y con la vida por delante, hacia delante, adormecido, creía que iba. Hablo hoy de él, de aquello, porque hoy me viene a la memoria (gajes de la vida) el vaivén de aquel recuerdo o quizás de la imaginación, ya no lo sé bien, aunque esté hoy muy presente, tanto, como una nostalgia alegre por ser algo que ya se dejó atrás, muy atrás… casi en la antesala del olvido, aunque hoy… hoy quiera hablaros de ello, hablaros en realidad de mí. Todos los días, aquel personaje que creía que iba, llenaba los pasillos mundanos con su altiva presencia, envuelto en un áurea de artificios, de sonrisa arquitectónica y estridentes gestos que resultaban tan recurrentes como carentes de sentido, aunque a veces, aparecían fugaces destellos de humanidad en aquel rostro gélido, tan minúsculo y estelar. Vestía con todo lujo de detalles e iba despojado de caracteres banales, iba, como sólo un rico vagabundo podía ir, vagando solo por los pasillos mundanos que desgastaban cada vez más su corazón marchito por todo lo bueno que había ido perdiendo y olvidando.

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Iba, creía que iba, andaba siempre deprisa, corría cada vez más veloz y cada vez más su visión se limitaba a tan sólo una ascendente espiral, una espiral aquella sin horizontes ni mañanas ni tiempo, sin luz, sin día… la imagen era siempre la misma; pasillos mundanos que pasaban veloces, siempre los mismos, decorados igualmente, con las mismas gentes, con unos mismos problemas repitiéndose, mismos ruidos, mismas conversaciones… con la misma rutina y con la misma miseria… Y él iba hacia delante, hacia delante en la misma espiral que ni sus propios ojos podían ver, tan ciegamente abiertos e inconscientes. Aquella vida parecía desenvolverse por definidos pasillos mundanos como si formasen parte de un escenario eterno, donde bebía, alternaba y en los que creía aspirar ahogados resquicios de aire. Una vida donde se rasgaba cada vez más sus sueños y donde iba yendo hacia ningún lugar, cada vez más deprisa, cada vez más viejo, con toda una carga de frustraciones ajenas y sentidas como propias. Advirtió un día (por una casualidad que se le escapó de entre lo prefijado), en los ojos de un anciano moribundo, el reflejo virtual de una vida vivida; vio un tiempo pasado desconocido, no figurado, vio días de dicha y hambre, vislumbró llantos de dolor y de alegría, vio pasión y juventud, y vio muerte, vio vejez y sabiduría, vio la vida así, cara a cara, frente a él, mostrándose tras unos ojos diferentes a los que les mostraba el diario escenario y diferentes también, al del espectador mundano que él mismo era. Aquellos ojos hallados eran poseedores de un viejo azul marino que lo transportaron, fugazmente, a otro lugar, a otro tiempo, a otro sitio jamás visto, leído o imaginado… Miró desde aquellos ojos viejos y entonces, sobre un nuevo horizonte que aparecía difuminado, pudo divisar todas las tonalidades de azules que pudo imaginar, y eran tantas que

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parecía aquello un muestrario gigante de acuarelas… dónde terminaba la mar o dónde empezaba el cielo no le importaba, era un horizonte tan inmensamente azul que embriagaba profundamente respirarlo; el salitre que le salpicaban las olas vivas se adhería a sus cabellos, o al menos eso sentía, y comenzó a notar cómo su pelo crecía rápidamente y bailaba al son del viento sureño… el sol, invitándole al sosiego, calentó suavemente sus miembros en forma de besos vespertinos, poco a poco, como cuando se atardecen los amantes… Sintió cómo sus zapatos se deshacían y se transformaban en polvo, hasta notar la arena crisálida en sus pies cansados, hundiéndose y acomodándose a la madre tierra, así, sin nada, desnudo y dueño, como nunca, de sí mismo. Sintiose cada una de las partes de su cuerpo en unión indisoluble con el mundo, con todo el universo físico que se le postraba, despojado también de artificios, frente a él, más humano que nunca. Con los ojos suavemente cerrados, oyó que la brisa le susurraba algo al oído, algo que parecía mecerlo hacia los confines de su alma olvidada, un alma la suya llena de altas bondades hundidas en la desdicha… y así, como la caída de un grano de sal sobre las orillas de aquella mar que divisara, así cayó en los legajos de su desolado corazón, sin apreciar ni tan siquiera, el escozor que aquello le habría de producir… Allí, en su corazón impío, naufragó… pero naufragó henchido de cada matiz azul, repleto de esperanzas, diluyéndose entonces en el palpitante latido de aquella roca blanda que sonaba como el fondo de un mar a punto de desperezarse, un mar en movimiento, acunado tan sólo por lágrimas de sal y viento… Despertó.

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Sus pies ahora no estaban descalzos; vestía el lujo y la hipocresía; estaba ahora en uno de aquellos pasillos mundanos… y se detuvo. Observó cada detalle de aquel retablo tan conocido: la perenne realidad circundante, la realidad diaria, siempre la misma. Sintió entonces el roce del aire en sus mejillas… cerró suavemente los ojos… Sintió al instante, fuertemente, el deseo de desvestirse poco a poco… Sintió ahora que el aire iba meciendo su pelo largo, y finalmente, se desnudó… Sintió en sus pies cómo el asfalto se ablandaba y recordó aquella sensación frente a los azules… De repente oyó dentro de sí que la vida le gritaba y le zarandeaba indómita el pecho… y así… sólo así, aquel que creía ir hacia delante todos los días, aquel personaje que llenaba los pasillos mundanos con su altiva presencia, envuelto en su áurea de artificios, aquel que iba y andaba deprisa, que corría cada vez más veloz, limitando su vida a una espiral sin horizontes, ni mañanas, sin luz, sin día… aquel hombre se detuvo. Se sentó. Se tumbó lentamente, despacio… muy despacio y desnudo sobre la tierra cálida, bajo los rayos de lo que fue un nuevo sol, y entonces, en aquel imborrable momento, mirando esta vez al descomunal horizonte frente a frente, me sentí, por primera vez, libre de mí mismo.

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El poder de las olas o ensayo sobre la erosión Antuane L’Jimir …en este mundo inundado por este mar de locos, olas contra olas, marejada llena de nudos, espumas de poder que aparecen y se desechan. No existe barco ni delfín que acompañe travesía, brújula, norte, polar que nos guíe, sotavento, barlovento, ningún viento a favor. No hay luz en éste océano de espejos, longevo, de profundidad abisal, de aguas oscuras, sin sentido, sin vida, sin nada, sólo plancton de locura deseando ser esa gota disoluta de la cresta de la ola, loca por estampar la firma, rubricar la minuta. Mientras la historia en raíces, la educación en cueros, los corales de la herencia sin materia se pudren en la arena de un temporal de invierno, temporal que traerá grises piedras, se llevará la tierra, las barcas y después el presente. Ni paseo ni alameda, ni atardecer ni Caleta en la cual pararse para soñar o poder continuar… porque las olas, siempre tienen movimiento. (Dedicado al puerto olímpico proyectado en la Caleta para el 2012)

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El paso inconsciente MariÁngeles Vázquez Martín El camino diario se agarra también cada día, a la mano del hombre que camina, con su paso la vida… El tiempo, que constantemente se dilata, eclosiona hacia la luz temprana que amanece, se renueva, comenzándose de nuevo en la mañana. Durante la noche, cansado, recostándose a nuestro lado, bajo su manto de historias se detiene (todo tiene un descanso), y cuando con él despertamos, generoso, otra porción de sí nos concede: a los meramente humanos, a los reincidentes, a los que menosprecian como trofeo de costumbre la quimera prolongada, nosotros, los siempre distraídos con los escaparates del murmullo, los que dejan escapar, como irrelevante, por los dictados del reloj que nos lleva, la consumación de todos los instantes (inconscientes seguimos de su paso).

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Todo bien MariÁngeles Vázquez Martín - ¿Todo bien? (Palabras carentes de sentido, sólo son palabras... Un cansancio venidero va acechando poco a... tras otro... Los relojes se han engrandecido y muestran sus fauces frente a mí: ¡¡TIC - TAC - TIC - TAC!! Lejos pies, piernas, imposible la huida, un dolor pensado se postra sobre estos hombros de muñeco. Los sentidos, como los de un trapo, interpretan la realidad de las marionetas. Esta mente sigue estrechándose, empequeñece como pasillo con paredes curvas; sudo, jadeo, busco algún reducto alternativo a esta consciencia, intentando ver más allá de aquí, un escenario vacío sin remedio. Entonces percibo que no hay silencio y oigo un murmullo que, insalvable, se ahoga repitiendo: “ayudadme, ayudadme...”). - Bien, gracias.

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El duelo M. I. Giraldo Cuando tu mirada y la mía se encontraron supe que esta batalla duraría años. Ahora sé que mi vida no volverá a ser la misma hasta que tú y yo no arreglemos nuestras diferencias. Gracias a que este mundo es muy pequeño y simple, he conseguido encontrarte y ahora no te dejaré escapar. Estoy cansado, exhausto, me cuesta incluso respirar… pero el verte, cara a cara, hace que recupere fuerzas para afrontar algo que debería haber hecho hace mucho tiempo. El silencio se hace eterno, los pequeños ruidos que surgen en el ambiente parecen estar en consonancia con un baile que sólo uno de nosotros acabará. Mirando tus pupilas intento adivinar cuál será tu próximo movimiento. Estoy totalmente concentrado, puedo oír tu respiración, sentir como tragas saliva, y a la vez escuchar la aguja de un reloj que pronto dará para ti el último segundo. Me gustaría hablar contigo. Explicarte cuál es el camino a seguir para que ambos podamos combatir en el mismo bando. Pero el tiempo pasa demasiado rápido, ya hemos conversado demasiadas veces, nos conocemos tan bien y a la vez somos tan diferentes que no queda más que cruzar nuestras miradas por última vez para conseguir que al menos uno de nosotros sea feliz. Llegó el momento. ¿Estás preparado? Esta noche todas las estrellas han sido convocadas para observar el fin de uno de los dos, la victoria de uno, la muerte de otro… Observando el cielo en el mar, navegando en un barco sin rumbo definido y mirando a la vez mi rostro en el agua pienso que sólo uno de los dos se quedará con esta carcasa formada de huesos y carne… Sólo uno de los dos vencerá…

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Los mejores años de nuestra vida: Las muñecas holandesas 2/2 Víctor González Ellas se habían ido un jueves. Al día siguiente yo hacía una escapada de fin de semana con amigos a Múnich, ciudad que me sorprendió y me impresionó gratamente. Pasé allí dos días fantásticos. Sin embargo, ni las enormes cantidades de buena cerveza ni toda la fiesta y buenos momentos que allí pasé pudieron impedir que pensara, en más de una ocasión, en mis queridas muñecas. El domingo, durante la vuelta a Barcelona, sufrimos unas cuantas horas de retraso, lo cual unido al hecho de haber dormido poco, hizo que al llegar a casa por la tarde me estirara en la cama y me quedara profundamente dormido. Desperté a las dos de la madrugada, sudando y en un estado de atontamiento tal que por un momento me costó identificar dónde me encontraba. Superado ese pequeño trance, decidí ir al ordenador a comprobar el correo. Para mi sorpresa, mis muñecas me habían escrito esa misma tarde, y la inesperada noticia que tenían que darme me emocionó enormemente: Valencia les parecía una mierda, se aburrían cosa mala y echaban mucho de menos Barcelona (y a mí...) así que regresarían a Barcelona para pasar sus últimos días de vacaciones, pese a que no habían recibido respuesta del hostal. El destino me ofrecía un segundo baile, una segunda oportunidad. Casualidades de la vida, al día siguiente mis padres (que llevaban un par de días fuera) me informaron de que no volverían hasta dentro de una semana. No me lo pensé dos veces, las llamé y les dije que se olvidaran del hostal, que se vinieran a mi casa.

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Llegaron esa misma noche de madrugada, y fue sencillamente emocionante volver a verlas. Pasé tres días realmente felices conviviendo con ellas en mi propia casa, con infinidad de buenos momentos que ahora ya se empiezan a diluir. Sin embargo quiero rescatar del olvido al menos tres: la agradable sorpresa que fue llegar a casa al día siguiente y encontrármelas preparando la cena, "Especialmente para ti" me dijeron sin dejar de sonreír, mientras en mi equipo de música sonaba U2 a todo volumen. Dormir esa misma noche entre las dos, en la cama de matrimonio en la que las había colocado la noche anterior. Y por último, el inesperado y magnífico regalo que nunca nadie me había hecho antes: me compusieron una canción al piano dedicada a mí y me la interpretaron cantando las dos juntas. Me entregaron la letra, que todavía conservo, y al día siguiente una había grabado a la otra en un pequeño vídeo de móvil para que yo siempre pudiera recordar la canción. Finalmente la última noche, cuando faltaba media hora escasa para que llegara el taxi que debía llevarlas al aeropuerto (debían de ser las cuatro de la mañana), me decidí por la que ligeramente me parecía más guapa, y no tanto por ello (porque guapas, me lo parecían las dos) sino por el hecho de que creí que era la que estaba más interesada por mí. Pero me equivoqué, o fallé en el método. El caso es que estando los tres tumbados en el suelo, y aprovechando que la otra se había quedado dormida, la besé en la boca. Sin duda la cogí por sorpresa, no tuvo tiempo para reaccionar, pero en seguida se apartó. Al poco rato la bella durmiente se despertaba, y deseé enormemente haberla besado a ella en su lugar, creo que ella sí me hubiera dejado, aunque eso nunca lo sabré...

Barcelona, 29 de Julio de 2007

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Un café con Francisco Domene MariÁngeles Vázquez Martín Francisco Domene (Caniles, Granada, 12 de febrero de 1960), poeta y narrador español. Nacido en Caniles, pasó la infancia en Baza, (Granada). Residió en Almería desde 1973 hasta mediados de los 90. Asimismo ha residido en La Selva del Campo (Tarragona), Toledo y en la isla de Menorca. En 1977 formó parte del «Colectivo Albahaca», junto con otros jóvenes escritores residentes en Almería, e inició sus colaboraciones en prensa. En 1986 coordinó el I Encuentro de Poetas Jóvenes Andaluces y en 1988 crea y coordina el Aula de Poesía del Ayuntamiento de Almería. En 1990 se le concede una Ayuda a la Creación Literaria del Ministerio de Cultura. Además de ejercer como profesor de Geografía e Historia y de coordinar programas sociales para la Junta de Andalucía, ha participado en investigaciones arqueológicas de campo en yacimientos tan conocidos como el de Los Millares (Almería), así como en actividades arqueológicas submarinas en el litoral almeriense y granadino. Actualmente Francisco Domene reside en Baza (Granada). Producción literaria Francisco Domene es, esencialmente, poeta; pero ha escrito indistintamente poesía, ensayo, relatos y novelas, algunas de ellas enclavadas en el género de la literatura juvenil, ciencia ficción y novela de aventuras. En 1991 publicó Libro de las horas; y, un año después, obtiene el premio Ciudad de Irún, por Propósito de enmienda. También en 1992 aparece su primera novela juvenil, La última

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aventura, de la que se han realizado hasta el momento nueve ediciones, y los ensayos Poesía Actual Almeriense y Narrativa Actual Almeriense. En 1993 publica Insistencia en las Horas, libro por el que había recibido una Ayuda a la Creación Literaria. En 1995 fue galardonado con el premio Antonio Machado, por Paisaje. En 1998 se le concedió el premio Artes y Letras de la Diputación de Almería por el relato El detector de inocentes. A finales del mismo año obtuvo el Premio Antonio Oliver Belmás, por Falso Testimonio, a cuya dotación renunciará al concedérsele también el Premio Blas de Otero, por el mismo libro. En 1999 obtiene el Premio Memorial Laureà Mela, por Arrabalías, y publica su segunda novela Ana y el misterio de la Tierra de Mu. En 2000 se le otorga el Premio Ciudad de Burgos, por El cristal de las doce. En 2001 publica su tercera novela (ciencia ficción) El asunto Poseidón. Recientemente ha publicado Cuentos y leyendas de los dioses griegos (Ed. Anaya, Madrid, 2010). Como puede apreciarse, Francisco Domene tiene tras sí una amplia producción literaria y una dilatada experiencia en el ámbito de las letras. Por ello y por el interés que su obra despierta, consideramos oportuno el ofrecer en este número 16 de Plumabierta, una entrevista con el citado autor y acercarlo así a nuestros lectores. Hemos de agradecer enormemente su colaboración no sólo por concedérnosla (en concreto a nuestra compañera MariÁngeles Vázquez Martín), sino también, por hacernos entrega de un poema inédito de su última producción (Tú y mi sintaxis) que acompañamos tras la entrevista. Muchas gracias Paco.

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1. Usted, Francisco Domene, ¿cómo se definiría a sí mismo? No sabría definirme, pero adjetivos como complicado, neurótico, oportuno e impertinente, satisfecho y desconsolado, encantador y odioso, múltiple o individualista podrían usarse para señalar a cualquiera de los Franciscos Domenes que caminan por la calle; y como cualquiera de ellos yo debo tener algo de esclavo, mucho de testarudo y algo de libertario. 2. Sus comienzos, ¿cómo fueron? ¿cómo ha llegado al punto en el que está? Comencé a escribir antes de aprender a montar en bici, mucho antes de que mi tío Torcuato me regalase mi primera bicicleta. Como para Gil de Biedma, también para mí la literatura era un vicio solitario. Luego, en Almería, se convirtió pronto en una actividad social y formé parte del Colectivo Albahaca, al que exageradamente llamábamos la Degeneración del 77. Desde entonces, sobre todo la poesía, me ayuda a colocar y recolocar las piezas de este puzzle psicoanalizable al que muchos llaman realidad. 3. ¿Cómo definiría “la poesía”? Las definiciones se me dan mal, bastante mal, quizá porque mi relación con el mundo suele ser más afectiva que racional. Por decir algo, diría que la poesía es el último puerto, una especie de isla Tortuga para corazones piratas.

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4. ¿Qué es para usted el ser poeta hoy en día? Muchas veces, un trabajo sucio que alguien tiene que hacer; otras, una actividad de riesgo en la que lo menos que te juegas es la vida. Pero, si no fuera así, tal vez no merecería la pena. 5. ¿Qué piensa Domene del “negocio” de las editoriales y de las dificultades que se encuentra el escritor a la hora de publicar? Pues eso: en el mejor de los casos —cuando no son un puchero en el que se cuecen intereses, deudas, beneficios y utilidades mutuas y cuarto y mitad de amistades peligrosas—, las editoriales son un negocio y como tal se manejan. Y muchas lo hacen bien, con criterios profesionales y comerciales. El caso de la poesía, sin embargo, es bien particular. La poesía no vende. No sé si la leen, pero ni siquiera los poetas compran poesía. Por esto no es de extrañar que los editores midan bien los libros que publican. Como recurso de urgencia, los certámenes literarios puede ser una servidumbre aceptable para publicar un libro. 6. ¿Qué le mueve a escribir? ¿Cuáles han sido y son sus “influencias”? y no hablo sólo de las literarias. Muchas veces escribo para no olvidar y otras trato de convencerme de que algo de lo que escribo puede servir para que otros recuerden. Quizá la base de la literatura y de la historia esté compuesta por una extraña argamasa hecha de memoria y olvidos. Mis influencias son muchas, unas conscientes y la mayoría inconscientes. El Espartaco de Stanley Kubrick, la Isla del

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tesoro de Stevenson, el Dostoyevski de Apuntes del subsuelo, algo de la generación Beat, los tebeos y la música de los 70, medio litro de Bakunin, otro medio de Marx, cuarto de Freud, un poco del Zaratustra de Nietsche, la neurosis obsesiva del último Juan Ramón Jiménez, la sesión doble de las terrazas de verano… En esos caldos he metido la cuchara desde muy joven. 7. ¿Qué fin persigue o, por qué escribe? La verdad es que no lo sé. He intentado quitarme del tabaco y de la poesía, inútilmente. Y también aquí las recaídas son peores. Escribo. Me ayuda a relacionarme con el mundo, para comprender un poco mejor algunas cosas y, sobre todo, como te digo, para no olvidar. 8. ¿Qué piensa de la situación de la poesía en la actualidad? ¿y de los escritores actuales? No tengo una opinión general. Hay escritores que me gustan más que otros y obras de esos mismos escritores que me entusiasman y otras que aborrezco o que, sencillamente, no me aportan nada. En poesía hay quienes casi nunca me defraudan: Benedetti, Ángel González, Claudio Rodríguez, Corso, Vallejo o Valéry, por citar a algunos, cada vez que los leo encuentro algo nuevo, nuevas perspectivas, matices que se me pasaron en lecturas anteriores. Lo mismo me ocurre con Aub o Cortázar. Estos, para mí, también son escritores actuales; más actuales desde luego que muchos de los que aún seguimos en activo.

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9. ¿Atiende al gusto de “la masa”, de las editoriales, o responde “a sí mismo”? De las pocas ventajas que tenemos los escritores menores, los que no jugamos en la primera división, es que escribimos casi lo que nos da la gana. La penitencia de este pecado de vanidad es la dificultad de publicar luego lo que has escrito sin someterte a consignas. Pretender correr el Grand National sin pertenecer a una cuadra es un atrevimiento que no siempre sale bien. 10. El ser reconocido como escritor, ¿qué le ha aportado? Haber publicado algunos libros me ha dado la ocasión de creer que no estoy solo. Ha de haber lectores a quienes interesa lo que digo. Y esto sí que es un regalo extraordinario. 11.

¿Evasión o compromiso?

Evasión y compromiso. No son excluyentes. 12.

Su visión del ser humano.

En demasiadas ocasiones, el ser humano se comporta como un ciego que guía a otro ciego, ¿no crees? 13.

Su opinión de la sociedad actual.

Probablemente vivimos en una de las organizaciones sociales más injustas que hayan existido, pero cuenta con los defensores mejor pagados y las mentiras mejor urdidas. Quizá por eso no parece tan mala.

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Plumabierta

14.

Déjà vu

Si le digo “utopía”, ¿qué me responde?

Que una utopía está bien, siempre que cuando no nos guste podamos cambiarla por otra utopía.

15.

Si le digo “libertad”...

Te preguntaría: ¿para hacer qué? La libertad muchas veces acaba siendo una estatua ecuestre o un perro dormido en la acera. 16.

Si le digo “moral”...

Cuando escucho la palabra “moral”, me echo mano a los bolsillos. Siempre hay alguien que en nombre de la moral quiere arrebatarnos algo. 17.

Si le digo “dinero”...

¿No es eso que te exigen los camareros cuando quieres tomarte un ron cola? 18.

Si le digo “política”...

Me pasa lo mismo que con la palabra moral. 19.

Si le digo “premios literarios”...

En mi caso, son la antesala de la imprenta. 20.

Si le digo “sexo”...

¿Sigue existiendo fuera de los libros o de la televisión?

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Plumabierta

21.

Déjà vu

Si le digo “amor”...

La respuesta es: Ufffff; aunque también puede ser ¡Zape!, como a los gatos. 22.

Si le digo “medios de comunicación”...

El medio del que se valen los ricos para decir a los pobres qué pensar, cómo sentir, cómo proceder. 23.

Si le digo “círculos literarios”...

Depende de que el círculo sea o no un círculo. Pero todos los círculos cerrados acaban por contener aire enrarecido. 24.

Si le digo “música”...

¿La tierra canta? Si es así, yo quiero ser esa música. 25.

¿Qué escritores/poetas/obras le han marcado más?

Aparte de los que te he citado antes, recuerdo a veces con mucha nostalgia un librito de poemas, firmado por el Papi y el Cahué, que rulaba por los ateneos libertarios de la CNT en la época heroica. Ah, cuando escribo, también me gusta tener presente la sobriedad de Jorge Guillén. 26. La poesía, ¿le es liberadora o, por el contrario, perjudicial? La poesía no es un absoluto. Hay poemas liberadores y otros, la mayoría, gravemente perjudiciales.

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Plumabierta

27.

Déjà vu

¿Tiene algún perfil de sus lectores?

No, pero he conocido a algunos lectores para los que yo nunca hubiera escrito un solo verso. 28. Usted es profesor de historia, ¿qué opina del sistema educativo hoy? ¿y de las generaciones venideras? Como la mayoría de los medios de comunicación, el sistema educativo también es un arma de la reacción. Responde cada vez de una forma más sumisa a la voz del amo. Los jóvenes están siendo inoculados con bacterias como las de la docilidad o el conformismo. Su objetivo es formar trabajadores que no piensen. No soy muy optimista en esto: o los jóvenes escapan del sistema, desaprenden y se preocupan por educarse al margen de él o estamos todos perdidos. Habría que organizar una resistencia activa y comprometida contra este régimen de terror cultural e ideológico. 29. Háblenos de los libros que ha escrito, de sus temáticas y en cuál o cuáles se siente más cómodo escribiendo. La poesía generalmente duele al salir, mientras que la narrativa produce una herida menos profunda. Yo soy un escritor lento y obstinado, aparte de perezoso; condiciones que no ligan bien entre sí. 30. No sé si me habré dejado algo en el tintero (seguro que sí), así que, ¿quiere añadir algo más a modo de final? Bueno, no se me ocurre nada más; pero podemos pedir otro café y dedicar algún tiempo a desarrollar la pregunta 20.

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Plumabierta

Déjà vu

Tú y mi sintaxis Francisco Domene Hay libros que se peinan como tú, que miran y sonríen como tú, bibliotecas que laten como tu corazón cuando enuncia preguntas que no sé responder. Hay versos que saben a ti, poemas que si te los llevas a la boca saben a ti, palabras que cuando las escribes con los dedos gozan y se estremecen como tú, verbos acariciables como tus pechos, audibles como tus ojos, confiables como tus manos. Pero hay puntos que dormitan, comas inoportunas y puntos suspensivos y paréntesis, sobre todo paréntesis y etcéteras, reflexivos e incrédulos, y mayúsculas que gritan, minúsculas que susurran, adverbios como promesa y adjetivos como certidumbre o pronombres como olvido, que apenas caben dentro de la frase, que porque nunca acaban nunca empiezan, que nunca son, por los que nunca somos. 63


Plumabierta Nº 16 Déjà vu  

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