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Lo que para muchos es placer, para ellas es una tortura.

Así como la educación es un mercado donde se negocia con el conocimiento, la prostitución es un mercado en donde se comercia con el placer. Los gemidos de Lizet, no son propiamente de placer. Sus gritos develan el dolor y la rabia que siente, al no tener otra opción para direccionar su vida. Ese dicho de que Medellín es el mejor vividero del mundo, es solo una chapa que le atribuyen las élites económicas y políticas a esta tierra que contrasta entre las bacrim, las prostitutas, el hambre y el exceso de habitantes de la calle, en una pequeña zona de la ciudad. Se acuesta con hombres no por placer, no por deseo, simplemente toma el único camino, que esta tierra maldita le propició. Creció entre las balas, los robos y los políticos que olvidaron que Medellín, no se podía reducir a los lugares turísticos o los espacios donde habitaban personas con un alto poder adquisitivo. Para Lizet Garrido el día empieza a las 12:00 am, sale del albergue en el que duerme con su marido, una persona adicta al licor y al pegante. Recorre los senderos del parque Bolívar de Medellín en busca de personas dominadas por la lujuria, para concretar un encuentro sexual, en el que ni el amor, ni el placer son las características de ese momento. Solo espera que le den 10 mil o 20 mil pesos con los que ella pueda contribuir para comprar las cosas necesarias para vivir y suministrarse de droga, que tiene que consumir porque si no, el síndrome de abstinencia la mata. “Cobro de acuerdo al marrano, si me gusta, le cobro menos, generalmente son 10 mil o 20 mil pesos, más la pieza”. Esta son las palabras de Lizet, para definir cuánto vale acceder a una tarde o una noche con ella. Muchas personas llaman a este tipo de vida “fácil”. Sin embrago, los ojos y la apariencia de Lizet deja ver todo lo contrario, se le nota triste, cuestionada, su mirada es perdida y las pocas frases que expresa tienen problemas sintácticos y semánticos, la conexión de ideas no tienen una secuencia lógica y su actitud demuestra apatía a seguir viviendo. Lizet pasa todos los días entre el barro, las hojas caídas y las flores marchitas. Eleva minuciosamente su rostro hacía el horizonte señalando su nuevo camino. Jamás comprendió las razones que la llevaron a emprender dicho rumbo. Todos los días, sin falta alguna le toca observar la dinámica delictiva del parque Bolívar, un parque que aunque a muchos les repele y le temen, para ella se le convirtió en su hogar. “En este parque se roba de noche y en el día se vende lo que se robó durante la noche”, asegura Lizet, para definir las principales actividades del


[Escriba el título del documento] parque que día a día es testigo de sus tristezas, de sus negociaciones y de las riñas que surgen entre las personas que lo frecuentan cuando los efectos alucinógenos de las diferentes drogas se hacen evidentes. Lizet nació el 20 de febrero de 1988 en el barrio Doce de Octubre de Medellín, su madre nunca le prestó la atención necesaria y desde muy niña le tocaba quedarse en su casa con sus otros hermanitos a la intemperie, indefensa ante los peligros que acechaban ese espacio de la ciudad. Su padre nunca lo conoció,” quién, sabe que será, de ese man” expresa cuando se le habla de la figura paterna. “Los hombres llegan, se la hacen a uno y se abren sin problema”, acota con rabia cuando se le hace mención de la figura masculina. “De mi mamá y hermanos no sé mucho, yo me fui de la casa a los doce años, a rebuscarme la vida.” Le tocó salir de su barrio en busca de la subsistencia, no tuvo otra salida. Esta ciudad que se ufana ser la capital de la Eterna Primavera, no le presentó ninguna otra opción, era acostarse con hombres por dinero o morir inexorablemente de hambre. Aproximadamente demora una hora en un encuentro sexual. Los hombres que están con ella, rara vez la respetan, estos la insultan, le dicen cosas desagradables, incluso la han golpeado. “Todo por comprar sacol y comer”, son las palabras de Lizet cuando define las razones por las que está en ese mundo. Los días se han convertido en una radiografía para Lizet. Perdió la capacidad de asombro, según ella “nada se puede hacer, esta es la vida que escogí y no voy a cambiarla”. Su futuro no es propiamente como el de sus conciudadanos que habitan en el barrio El Poblado, a ella la vida le mostró que detrás de la cara amable de la “tasita de plata” como se le dice a Medellín, están las personas que no sueñan con un mañana. Para Mariela García propietaria de una de las tiendas del sector parque Bolívar esto es un trabajo fácil ya que ella considera que existen mil maneras de conseguir dinero digno sin necesidad de vender su cuerpo “las prostitutas son mujeres facilistas sin sueños ni metas en la vida por esto hacen lo que hacen” agregó. Pero por el contrario este es uno de los trabajos más difíciles y sucios que puede existir, día a día estas mujeres se enfrentan a borrachos, hombres sucios, desagradables que les piden que les hagan cosas repugnantes, son maltratadas física y emocionalmente por personas egoístas que en vez de brindarles una ayuda se dedican a juzgarlas y maltratarlas. Estas están en situación de vulnerabilidad y se les deben reconocer y hacer efectivos sus derechos laborales. El Magistrado Juan Carlos Henao, de los pocos que se han preocupado por los derechos de las prostitutas advierte que las personas que se dedican al oficio de la prostitución tienen derechos laborales. Esta sentencia resulta innovadora para


[Escriba el título del documento] la sociedad colombiana que por siglos ha despreciado a quienes ejercen la prostitución. Con lo que dice el pronunciamiento de la corte se vela por los derechos de las prostitutas. Pero lo que dicen los dueños de los prostíbulos, según un artículo del periódico El Espectador, es que lo que es bueno para quienes ejercen la prostitución es malo para ellos pues les quita ganancias. Sobre esto hay que recordar que la prostitución es un oficio que es parte de una gran cadena de trabajo en donde por los servicios sexuales de una persona, hay muchos que ganan dinero; por ejemplo los dueños de las residencias, los dueños de los bares que ganan por el consumo de trago, los dueños de los burdeles son quienes se llevan los grandes porcentajes del trabajo sexual. Las prostitutas están siempre desprotegidas ante riesgos profesionales como golpizas, abusos, prácticas sexuales sin consentimiento, enfermedades de transmisión sexual, etc. Pero aunque los dueños de los prostíbulos conocen muy bien estos riesgos y la rentabilidad de la cadena de trabajo que genera la prostitución, no están dispuestos a correr con los gastos que implica mantener a sus empleadas seguras y protegidas, porque protegerlas a ellas significa perder dinero. Así los proxenetas y dueños de sitios de lenocinio, son los responsables de mantener la prostitución en la informalidad. Lo que dice la sentencia T-629 es innovador para el país y para el ejercicio del trabajo sexual pues lo dignifica, le da condiciones de protección a los derechos fundamentales. Lo complicado es que lo que dispone la corte se ponga en práctica en la cotidianidad del ejercicio de la prostitución. En el mundo del comercio del placer parece que es mejor si no hay reglas. Así que tal vez con tristeza haya que decir que la sentencia de la corte presenta un fallo coherente y las trabajadoras sexuales continúen expuestas al peligro y a los rechazos de una sociedad egoísta que no va más allá de lo que sus ojos pueden ver.

Por: Cristina Estrada


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