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Relato de una

Cicatriz (Del lat. cicātrix, -īcis). 1. f. Señal que queda en los tejidos orgánicos después de curada una herida o llaga. 2. f. Impresión que queda en el ánimo por algún sentimiento pasado.

Por: Alexander Marroquín


Bueno, qué puedo hacer? Algunas heridas no se pueden ocultar del todo. Pero está, que esconde mi cabello y por la que preguntan, es una herida ya cicatrizada, lo que no indica que esté curada. Solo unas cuantas puntadas pueden dar cuenta de un enorme acontecimiento en la existencia de un hombre, por si solas hablan; toda cicatriz reaviva la memoria e invita una historia a la mesa y qué mejor entremés que una buena historia?… Ya que insisten. Debo comenzar por servir un café, mi taza está vacía. Mucho mejor. Una noche, similar a esta, el desvelo me acompañó como perro fiel, cortesía de una promoción de la más famosa empresa de televisión por cable, digo que era la más famosa porque no conocía otra. En aquel entonces no se disfrutaba tan fácilmente de ese privilegio tan común hoy en día, bueno, lo de fácilmente es relativo, para aquellos que no tienen sus billeteras llenas suele ser un lujo lo que para otros es un mero accesorio y la televisión es un accesorio, si puedes vivir sin algo, ese algo es un accesorio. Bueno, se trataba de tres días de televisión por cable gratis, así que lo aproveché al máximo, sin tener en cuenta que al día siguien-


te a muy tempranas horas mi agenda estaba marcada, tenía una cita con unos cofrades. La idea era salir de excursión a una iglesia que corona un cerro, dicen que alguna vez fue el cerro tutelar de mi ciudad, nunca he entendido el por qué. Sin embargo, nos llamaba la atención tomar un desayuno y unas cuantas cervezas a una altura mayor a la que estábamos acostumbrados, que francamente era ya muy superior a la de la mayoría de los ciudadanos. Nuestros hogares se encontraban en lo que yo consideraba los verdaderos cerros tutelares de la ciudad, desde allí miles de ojos observaban a diario, como extraños marginados, la actividad incesante de una Bogotá inmensa, caótica y déspota. Una Bogotá que aún continua sumida en su enfermedad de indiferencia crónica. Toda esa noche dirigí mi atención a ese canal que en algún momento estuvo dedicado a la música, ese mismo que ahora es una plataforma que rinde tributo a la estupidez y al desasosiego mental que alimenta las altas yuntas de nuevos consumidores norteamericanizados. Ese medio solía tener al aire un programa enfocado a las más fuertes tona-


lidades del rock y esa, damas y caballeros, fue una velada especial. Era la primera vez que me desvelaba viendo videos musicales, a decir verdad nunca me había desvelado, lo que ahora es una tarea sencilla me resultaba casi imposible hace tantos años, generalmente el sueño salía vencedor. Ahora, él no es más que un visitante tan ocasional como el maullar de los gatos ocultos en las oscuras y silenciosas horas que me han visto llegar a viejo. Las melodías fuertes no se opacaban por el escaso volumen del televisor, eran como susurros de dragón, mi intención no era malograr el sueño de mi familia, creo que despertar a alguien es quitarle un poco de existencia. A pesar de todo, esas tonadas siguen retumbando en mi cabeza como le pasa a todos lo que sienten pasión por algo, un eco maravilloso hace mella en el olvido y nos comenta que alguna vez nuestra sangre ardió y el corazón palpitó por una emoción que tiene claro su inicio pero su final es un misterio, nunca logramos apagar del todo esa fogata que suavizó un poco el aire frío que eternamente recorre nuestras vidas.


Cuando el gallo de turno dijo “presente”, recordé la cita de la que les hablé. Primero debía encontrarme con Jhon Jairo, en adelante “El Gamín”, se ganó ese apodo con mucho esfuerzo, no tengo ningún derecho a no rendirle homenaje. Él vivía a unas cuadras de mi casa y de todos los cuatro amigos con los que me iba a ver era el más cercano, geográfica y afectivamente hablando, este factor era recíproco; los demás llegaban al punto de reunión por cuenta propia. Suele suceder que la amistad, en alguna etapa no específica, se basa en lo cerca que viven las personas, aunque muchos dicen considerar la distancia como algo que no obstruye una relación, me satisface pensar en la decepción que experimentan al no poder abrazar una pantalla. Salí de casa a las 6 de la mañana, era un domingo de Diciembre, íbamos a una iglesia, recuerdan, lo correcto es hacerlo los domingos. En alguna parte de la Biblia encuentran todo lo que una persona iluminada debe hacer cada día de la semana, incluso cuando es correcto rechazar al prójimo por su condición social y qué días es necesario


golpear a las mujeres y llevar a la hoguera a los homosexuales; hoy por ejemplo es un día destinado a relatar historias, acompañando el ejercicio vocal con café, cigarrillos y alcohol, a propósito, mi café no tiene una gota de aguardiente… Gracias, eso está mejor, puedo continuar. Ya se habían quemado las velas del primer octeto del mes doce, aún se respiraba el olor de la pólvora, ese mismo olor que traspasa las fronteras del tiempo y arrastra a los de mi generación a la infancia que hoy muchos hacen a un lado no entiendo el por qué… hay algo más reconfortante que un hermoso recuerdo de la infancia? Mi maleta estaba vacía, quería llenarla de botellas de licor cuando la reunión se realizara, al día siguiente seguiría portando mis cuadernos y los lápices con los que alguna vez dibujé la idea vaga de mi porvenir. Mi reloj de bolsillo hablaba con tic-tacs que retumbaban en el silencio absurdo que reinaba en las calles. Ni las almas que por tradición encuentran en caminos donde el desconsuelo vive rondaban por aquél olvidado barrio del sur oriente. El sol andaba descansando, nunca le había agradado extender sus brazos


por ese sector, que iba a tener de agradable iluminar pisos que daban cuenta con manchas de sangre lo que durante su ausencia acontecía. La cita con El Gamín era dos cuadras abajo de mi casa, un punto equidistante. Yo acostumbraba ser puntual, digo “acostumbraba” porque a raíz de muchos acontecimientos, incluido el que les relato, perdí esa cualidad irrespetada y tergiversada por la pluralidad de personas con las que he tenido que ver. Si no puedes con ellos… Jhon Jairo, El Gamín, no estaba en la esquina decorada por el graffiti “mate un tombo, reclame bareta”. Bueno, es normal, será esperar unos minutos… pensé. Esperé los minutos y esperé los minutos. Qué querían que hiciera? Los celulares eran algo de ciencia ficción, ir hasta su casa, por favor!!! Un hombre debe tener palabra, si pones una cita la cumples… Está bien, hoy sé que eso es una leyenda. Antes creía en las personas, ahora creo en mí. Esa esquina vacía logró rasgar la confianza que mantenía como filosofía en la humanidad, privilegiando a mis amigos. Tan difícil de otorgar y tan fácil de perder, confianza, eso es.


Qué amplia razón hace que una persona dejar a otra esperando, cuál es el motivo para no considerar que ese otro tiene el mismo derecho a ser respetado que todos reclamamos? Por qué, nosotros, individuos de carbono, creemos simplemente que somos tan importantes ante el cosmos como para ser esperados con ansia? Respeto, otro factor que viene a la mesa, como el otro café que espero tener pronto; noten que, hace un buen rato, mi taza está casi vacía, eso es sinónimo de que deseo prolongar esa bebida, como cuando una dama mantiene algo en su plato y come a pocos bocados cada vez más fríos, eso señores, indica que les agrada la compañía , no tiene que decirlo, ellas hablan de otro modo, le tengo miedo a las que hablan con la boca y no con señales, además siento pesar por los hombres que esperan que ellas pronuncien palabras de pleitesía, debemos respetar su lenguaje. El respeto es, en parte, decir lo que se siente y cumplir lo que se promete, incluidas la citas a las seis de la mañana. La esquina se tornó brusca, me desesperaba continuar en ella. Mis pies me convencieron y terminé caminando por el barrio, orbité una cuadra que ya conocía, pasé frente al jardín infantil donde di mi primer beso, no lo recordaba en ese instante, ella misma


refrescó mi memoria unos años después. Aún tiene esos bellos ojos verdes y yo continuo buscando un nuevo primer beso. El jardín, la tienda, la panadería… Vaya! Tan desconocido es lo que uno se encuentra cuando por fuerza recorre un sitio que piensa conocer. No me entienden? Hagamos un ejercicio, tomen un lápiz, un papel y dibujen sus rostros, las líneas que lo recorren… Ah, ven! hasta nosotros mismos desconocemos el rostro que llevamos puesto, es más, lo que damos por sentado es apenas un reflejo de la realidad. Eso me pasó aquel amanecer, creía conocermi barrio porque crecí en sus andenes, ahora que lo transitaba lo sentía oculto y ajeno, lleno de momentos olvidados. En lugar de avanzar retrocedía, volvían a mis oídos la risas de mi niñez, el eterno sol de los primeros años, la rosada estirpe de los cálidos atardeceres que dan termino a una jornada de juegos, extrañé ir a la cama con una sonrisa albergando el deseo de que llegue pronto un nuevo día. A veces sigo extrañando ese deseo, aún así me envuelvo en mis cobijas. Mi tránsito dio un giro, otra cuadra me llamó la atención sin que lo notara, tenía que tomar esa senda para estar hoy aquí sentado delante de ustedes. Pero no fue un hecho voluntario, al mante-


nerme perdido dando vueltas y vueltas hundido en el pasado no sentí la compañía que esa mañana, en lugar de mi amigo, me ofrecía. Cuando regresé del pasado, vi un presente poco agradable, encarnado por dos tipos que no podían ocultar de ninguna forma la naturaleza de rateros que los embestía. Demonios!!! Sus miradas no se apartaban de mí y cada vez las tenía más cerca, mi mano entró en mi bolsillo y sacó unas monedas, menudo reflejo de quienes crecemos rodeados de maleantes que por medio de la intimidación consiguen el dinero que les mantiene su modo de vida, es mejor ahorrarles el discurso y darles un par de monedas, por lo general funcionaba, hoy en día los métodos han cambiado, si no les das lo que piden te matan o algo por el estilo, algunos recurren a la fuerza innecesaria otros a la falsa compasión, es usual ver lindas señoritas escoltadas por parásitos como estos que no acompañan sino piden de manera brusca una buena cifra valiéndose precisamente de la repulsión natural que tienen cualquier ser humano a los malos olores y a la suciedad que los envuelve, ellas no dan la moneda por compasión. Algunos piensan que es producto del estamento, que estos marginados no tienen la culpa, algunos lo creemos en parte porque no podemos generalizar, pero nunca le daremos el beneficio al que con la excusa de comer atente contra cualquiera que intenta vivir tranquilo.


Para romper el hielo con el distinguido par de ladrones pronuncié la siguiente frase a manera de epitafio: Apenas tengo esto! En ese momento comenzó la tradicional rutina del ladrón bueno y el ladrón malo: Quieto papá, quieto, dijo el ladrón bueno mientras el malo esgrimía un puñal que amenazaba con desenvainar de la funda de cuero que le daba un aire de elegancia al momento, eso fue suficiente para convencerme. No es para tanto, pensé, mientras el ladrón bueno, con total naturalidad, me sujetaba desde atrás rodeando mi cuello con su brazo, su chaqueta apestaba y su aliento era un insulto a mi olfato. Quieto o lo mata, musitó a mi oído el ladrón bueno, el malo me registraba todos los bolsillos sin mirar, al parecer tenía un escáner mental muy poderoso que ya me había examinado, mientras, me daba de puntadas en las piernas con el agudo vértice que se asomaba por la funda del puñal, después de todo no era buen cuero y mi pantalón no lo suficientemente grueso como para impedir que la punta del cuchillo me dejara pequeños puntos rojos en los muslos. Esculcó mi chaqueta y pantalón, mi reloj de bolsillo, tres mil pesos, mi dignidad… todo lo que encontró terminó en su


poder, excepto, para mi sorpresa, mi billetera. Pues nada del otro mundo dirán ustedes, pero contarlo y criticarlo es distinto a vivirlo. Quieto o lo mata… el ladrón bueno retiró la maleta que llevaba en mi espalda y el malo mi chaqueta, mi chaqueta favorita, negra como el carbón con el que se dibuja el destino, negra de jean que aguanta lo que sea menos una lavada. Ahora, mi pobre chaqueta, debía soportar las pestilentes axilas de su nuevo dueño. Malditos, no puede ser que existan parias como estos! Mi juventud se reveló y opuse resistencia, intenté darle altura a mi derrota. El forcejeo duró poco, el ladrón bueno me soltó finalmente pero el ladrón malo ágilmente trajo a la luz el brillo de su metal y lo insertó cual mata´or en la parte más carnuda de mi trapecio. Aquí, a la izquierda como hace un momento lo notaron. Un “puntazo”, así le llaman los ñeros, los que antes vestían ropas gruesas e insignias de equipos deportivos de Norteamérica, ahora con indumentaria de equipos nacionales. También los cortes de cabello han cambiado, antes corto, casi pelados con mechones desteñidos que se enredaban en los bozos debajo de los aguileños tabiques, ahora largo, cubierto por una gorra que oculta sus miradas, ellos creen que de esa manera crece su maldad… La moda cambia pero el dolor es indiferente a los calendarios.


En el momento no sientes nada… Pum y nada más… Luego algo tibio recorre tu cuerpo, se aferra a ti porque no quiere irse, se trata de un líquido rojo que a montones brota del puntazo. Si lo notan bien, dentro de todos nosotros corre un líquido del mismo color, en ningún caso es diferente… en serio!!!... Mi brazo izquierdo ardía por la sangre que lo bañaba, mi camiseta se pegó a mi torso brindándome apoyo en tan doloso instante, toda mi siniestra humanidad era escarlata, una verdadera izquierda roja. La tibia caricia sanguínea opacó mi impulso de coraje –JA JA JA, reían los desgraciados, se notaba que era un simple juego, ya estaban en el punto donde les divertía agredir a las personas, en el punto donde considero no merecen misericordia. Todo bien, les dije, la maleta no se la lleven, todo bien que es la del estudio. Muertos de risa, no pronunciaban sentencias, la droga cumple con su función y ella no discrimina, el ver a un ñero drogado o a un niño rico llevado para mí es lo mismo. Todo bien, insistí cuando ya se distanciaban unos metros… Finalmente, el ñero bueno tiró la maleta al piso como esperando un agradecimiento cuando lo que yo anhelaba era dispararle, pero no había un arma, ni motivos para agradecer.


Me quedé callado viendo como se alejaban, el sendero que seguían corría detrás de la iglesia del barrio, hasta la santa madre iglesia me dio la espalda esa mañana, con ella los vecinos que desde sus ventanas morbosamente se deleitaban con el espectáculo… si, morbosamente, o cómo explican el que no hayan hecho nada… claro, un par de horas después se pronunciaron los chismosos, pobre muchacho, como lo cogieron, qué le robaron? Sitico él, se veía muy asustado… así, querido público, son las cosas en esta vecindad. Cuando los perdí de vista, tomé mi maleta y el rumbo al único lugar al que podía ir, mi casa, a dónde más? tenía dinero, si, solo me robaron lo de los pasajes, lo del trago seguía en mi billetera, pero no quería ir solo a un centro de salud. Caminaba y mi sangre marcaba los pasos, no sabía en qué pensar… solo sentía rabia, rabia, ni un poco de dolor, rabia. Ni siquiera El Gamín apareció en mi cabeza, el que me dejó plantado… Pero las cosas pasan, simplemente ocurren y ante eso nada se puede hacer. En mi casa estaba mi vieja cuyos ojos se coparon de lágrimas al ver a su crío ensangrentado. Fue ella quien me llevó al hospital. Estuvo tranquila al notar que la hemorragia se detuvo… En otra parte de la ciudad, mis amigos me esperaban y sin celulares para salir de dudas se atuvieron a las libres interpretaciones,


yo también los había plantado. Mientras, me senté en una camilla y reconocí el olor de los medicamentos; ouch… vinieron las puntadas. El hilo y la aguja no cierran las heridas, solo calman sus lamentos y reprimen su desahogo. Algunos dicen que es un mal recuerdo y que los malos recuerdos causan penas; yo creo que los hechos injustos no se deben olvidar, no creo en el perdón que olvida, ese es un perdón ciego. Como ya dije, es una historia y hasta los malos momentos son buenas historias cuando los años han pasado. Una cicatriz me recuerda ese momento y me ruega que lo relate, es una cicatriz tímida que apareció por accidente, como lo hizo ante ustedes, deseaba que la mencionara pues al estar fuera de mi vista se siente menospreciada, no es mi culpa, quedó archivada en un lugar que mis camisan ocultan, finalmente, el ladrón era muy discreto… Bueno, volvamos al café y al aguardiente.

pillelavuelta©2011

Relato de una cicatriz  

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