Cuentos De Cuarentena - Pilar a Diario

Page 1

Pilar a Diario 1


Este libro es una compilación de cuentos de distintos autores que se sumaron al proyecto “Cuentos de Cuarentena” organizado por Pilar a Diario. Pilar, Octubre 2020


Historias de amor, de locura, de encierro, de esperanza. Personajes reales, imaginarios, animales y monstruos. Recopiladas y ensambladas durante la cuarentena por Pilar a Diario.


Cuentos de Cuarentena 4

Distanciamiento Carlos Nicolรกs Glassman

Foto: Ava Sol


Social

Se acerca, me abraza, apoya su pelvis contra mi pelvis. Pasa su pierna sobre mis piernas. Nuestros pies se rozan, siento los suyos. Están fríos. Los toco. Respira en mi espalda, apoya su cabeza en la almohada. La siento, me siente. Exhalo. Pienso, miro al techo. Acomodo la almohada, respiro. Calor, me destapo. Voy al baño. La pienso, la extraño. Le escribo. Me duermo.

Pilar a Diario 5

Nos damos vuelta, la abrazo por detrás. Siento el olor de su pelo, junto mi pelvis con su pelvis. Paso mi brazo bajo su brazo, la tomo de un pecho. Beso su nuca, respiro en su espalda, nos pegamos el uno contra el otro. Esperamos. Un comentario, unas palabras de amor. Nos relajamos. Exhalamos. Cansancio. Mi brazo por debajo me incomoda, no se donde ponerlo. La dejo, miro al techo. Me alejo, me doy la vuelta. Acomodo mis brazos, estiro la almohada. Respiro.


Cuentos de Cuarentena 6

TOC¿Quién TOCes?

Somos nosotros, nos dicen Jorge Darget

Llevaba siete días de cuarentena en perfecta armonía. Sabía que iba a sobrevivir, que tenía algo a favor: su templanza; pero tenía algo más que eso, lo que en el mundo de “antes” podría haber sido visto como un problema o una obsesión, en este caso era algo que le jugaba a su favor: su TOC. No salía de su casa desde que habían decretado la cuarentena obligatoria. Se había abastecido y calculaba todas sus provisiones de manera tal que pudieran alcanzarle al menos durante una semana, puesto que nadie sabía en qué momento se levantaría la cuarentena. Para eso combinaba los alimentos estratégicamente. La idea era que le resultaran útiles, así que los guardaba y empaquetaba prolijamente, les daba prioridades. Jamás había podido llegar a semejante meticulosidad con su nutricionista. Vivía sola en su departamento. Su único contacto desde entonces con el mundo exterior había sido la televisión, internet, las redes sociales, y sus ventanas que daban a la avenida Corrientes. Su TOC era un mal necesario en este momento, lavarse las manos hasta hacerlas sangrar, había sido su verdadera desgracia en el mundo de “antes”. Aunque ahora pensaba que esa monstruosidad resultaba positiva. El momento de mayor tensión durante esos

días había sido cada vez que tenía que sacar la basura fuera de su departamento. Y eso que no tenía que bajar ni acercarse a un cuarto del pasillo de su piso. Simplemente tenía que abrir la puerta alrededor de las seis de la tarde y dejar la bolsa en el suelo justo al lado de su puerta. Para eso se ponía el barbijo y los guantes, por si acaso, por las dudas, por prevención. Extendía su mano casi sin asomar la cara y dejaba la pequeña bolsa en el suelo. Pero al séptimo día algo ocurrió: se quedó sin provisiones. Entonces tuvo que salir a la calle a comprar al supermercado de abajo. Para eso se cubrió con su barbijo y una capucha, a pesar de que hacía treinta grados de temperatura. Se puso los guantes y ropa vieja, para tirarla una vez que volviera. Bajó y alguien intentó saludarla; era el portero. Ella huyó como si se tratara de un asesino. Entró al supermercado; llevaba gafas oscuras. Miraba a las personas con desconfianza; todo el mundo le parecía sospechoso. Sudó como nunca antes en su vida. Sentía que el virus estaba por todas partes. Salió del supermercado y, al llegar a la puerta de su casa, la abrió torpemente. Había dejado preparado unos trapos de piso húmedos y repletos de lavandina antes de salir, tres en la


todo corrió a ducharse al baño. Yo estuve observando todo desde el estrecho espacio entre la puerta y el piso. Inmediatamente llamé a una legión para que se acercara, no sin antes advertirles del trapo de piso con lavandina. Pudimos pasar sin ningún inconveniente, ni uno solo de nosotros lo tocó. Ya estábamos en el edificio desde hacía días, pero íbamos a atacar todos juntos a la vez. Cuando ella salió del baño fue el momento justo para atacar. Vimos que sus manos sangraban, fuimos directo a ellas. Nos bañamos en su sangre mientras ella intentaba curarse las heridas con gasas, pero sin alcohol, ya que eso le ardería demasiado. En poco tiempo la dominamos por completo, no solo a ella sino a todo el edificio. Habíamos llegado desde Italia, pero no como sus bisabuelos que habían tenido que viajar en barco. Nosotros viajamos más “rápidamente” y “cómodamen-

Foto: Engin Akyurt

puerta de afuera y tres del lado de adentro. Se limpió la suela de los zapatos en el trapo del medio de afuera al tiempo que apoyaba las bolsas en ambos trapos a sus costados. Abrió la puerta. Había dejado preparada una bolsa de consorcio abierta en la que dejaría la ropa, arrojó allí los zapatos y se sacó la camperita, también la arrojó a la bolsa de consorcio, metió las bolsas del supermercado adentro de su casa, cerró la puerta empujándola con el dedo gordo del pie. Se quitó la remera y el pantalón, el barbijo y los guantes. Todo estaba adentro de la bolsa de consorcio. Quedó en bombacha. Echó Lisoform a las bolsas, se puso otro par de guantes, sacó los productos de las bolsas al tiempo que los rociaba con Lisoform. Cerró la bolsa de consorcio y la sacó al pasillo, esa sería la basura del día. Luego, tomó un trapo con lavandina y lavó cuidadosamente cada producto. Los guardó en su lugar correspondiente y una vez que terminó

Yo supe enseguida que me había contagiado; me di cuenta por la tos, la fiebre, los dolores

musculares y los calambres. No iba a volver a salir a la calle y no iba a ir al médico, porque no quería sentirme peor de lo que me sentía, rodeada de enfermos. Abrí el balcón y me arrojé desde el séptimo piso, directo a la solitaria avenida Corrientes. Grité como loca mientras caía, estaba horrorizada porque al empujarme de la baranda del balcón las manos me habían quedado sucias.

Pilar a Diario 7

te”. Es más, viajamos en primera clase. Ahora íbamos a seguir ese proceso de inmigración que años antes habían comenzado otras bacterias; pero en este caso, la destrucción iba a ser de una vez y para siempre. Nada de invasiones ni de conquistas, lo nuestro era epidemia.


Cuentos de Cuarentena 8

Ni

ni días robados Matías Saavedra

“Hace unos días me robé una planta porque me hacía acordar a la abuela. Era una de bolitas que ella tenía en la entrada de su casa”.


Este mensaje le mandé a mi madre a principios de julio de 2019 y estaba acompañado por unas fotos de la planta replantada en una maseta mía en mi cocina. Creo que le había contado que me habían dado ganas de escribir sobre la planta, o al menos la conexión que tenía conmigo y algunos recuerdos compartidos de la familia. Un poco quizás para justificar el hurto, calculo. No lo terminé haciendo. Quizás porque uno está muy metido en la rutina. En lo que aprendimos a hacer para subsistir, lo que nos da recompensa tangible a corto plazo. Cosas que se hacen automáticamente, casi sin pensar, y que cubren esos espacios que olvidamos llenar con lo distinto, lo simbólico. Y la planta se fue marchitando, perdiendo fuerza y color. Las bolitas ya no estaban y me creía un tonto por no coincidir más lo que podía ser mi escritura con su máximo esplendor.

La casa de mi abuela estaba repleta de plantas. De algunas me acuerdo, quizás porque eran mi principal víctima y la de mi espada de He-Man. Había calas, aloe vera, rudas que te deschababan cuando habías estado castigando a las plantas y aparecías por la puerta, además de otras tantas de diversas formas y colores que no podría identificar. Entre ellas había una que sobresalía por la forma de sus extremidades, con bolitas de colores. No es sorpresa a esta altura de la historia que me detenga en ellas. Acompañaban el camino hacia el parque, y me era muy difícil no explotar sus bolitas como chasquidos. La mayoría estaba en masetas sobre una mesa que nunca usamos de mesa, aunque había algunas debajo de la caída del rocío del porch. Cerca de unos sillones que nunca usamos de sillones –o al menos desde

Pilar a Diario 9

Ahora no recuerdo bien qué hubiese escrito en ese momento. Aún así, siendo los primeros meses de 2020, yo seguía regándola. Casi como de costumbre. Finalmente el 26 de

abril levanté la mirada y encontré las primeras bolitas y flores, y sus hojas más fuertes y de un verde que te dice que más viva no puede estar. El arrepentimiento por no aprovechar aquella época podía solucionarse de una manera. Esta es la manera.


Cuentos de Cuarentena 10

que tengo memoria-. Pienso en las veces que la vi de reojo sin la importancia que hoy le doy. Abajo del departamento donde vivo en Buenos Aires, a apenas unos metros de la entrada, hay un árbol que estaba rodeado de esta planta. Cada vez que pasaba, dependiendo de la época del año, más fuerte era el recuerdo de las travesuras y las tardes en lo de mis abuelos, entre héroes y enemigos imaginarios, y plantas reales. Hasta que un día -no sé qué habrá pasado por mi cabeza distinto al resto de los días- decidí sacar de raíz una de esas plantas, que a diferencia de otras tenía una motivación de puta madre (me agarraré de Fontanarrosa para dar a entender que no hay mejor forma de decir algo que diciéndolo de la manera en que debe decirse). El fin no podría ser malo, así que no sentí culpa. Un pibe de provincia que siempre vivió rodeado de plantas, árboles y verde, se detenía en unos pocos metros de pasto y barro de la cuadra para cometer un ilícito –asumiendo que quizás en algún código contravencional diga que esto no se puede hacer–. Crecida la planta, y luego su declive, las preguntas eran: “¿por qué no escribí esa conexión en ese momento?”, “¿tuve que esperar a que se marchitara para darme cuenta que me estaba aportando un valor que no supe ver del todo?”, “¿tuvo que morir para darme cuenta lo que significaba?”. Hasta podría creer que la planta no hace más que proyectar sobre personas y que hasta es una excusa para referirme a mi abuela. Podría arrancar escribiendo y seguir por hojas, pero ahora amerita otras conexiones. Yo tuve una planta de chico y con el tiempo aprendí a verla distinto. Es como cuando te dicen que al Principito lo tenés que leer en dis-

tintas etapas de la vida pero que todos sabemos que esto pasa con cualquier texto. Esta semana floreció y, sabiendo qué es lo que le depara, con los fuertes colores de sus frutos y su posible declive, la evidencia no hace más que empujarme a aprovecharla mientras sus primeras flores aparecen. Aprovechar esta sensación de extrañeza hacia uno y hacia el resto, hacia aquellos momentos de infante. ¿O acaso nadie no está pasando por la sensación de extrañar, de sentir nostalgia? Quizás la planta y sus flores sean una excusa para mirarnos y recordar de no quedarnos más con las ganas de decir. Porque ya lo dice la palabra “nostalgia”, que esconde en su significado el de “regreso” y “dolor”. Y aunque duela pensarlo, hay cosas que no van a volver, salvo mi planta, que volvió a florecer para permitirme escribir que esta vez, más que frutos, me dio la posibilidad de ir una vez más al jardín de mi abuela.


Foto: Max Kleinen

Dejando atrás las horas inciertas, apuró el paso: redobló la marcha hacia la espesa bruma y en medio de la noche sintió el frio en su rostro. El calor de su cuerpo, se perdía por su boca como una nube blanca evanescente y sintió, entonces, el arma helada en su bolsillo. La puerta de la habitación se encontraba entreabierta y la penumbra amarilla tenía su sentido en una pequeña vela de cebo. Empuñó el arma; dudó por un instante y sin embargo arremetió contra el destino pactado de aquel infeliz, que yacía borracho sobre su cama sucia y revuelta, disparando dos veces. El estruendo pareció eterno y el eco de las explosiones se diseminó por toda la ribera. De repente la vela se apagó y un quejido atroz resonó en la habitación; sintió un ardor en su cuerpo y en ese momento recordó, aterrorizado, que aún no había cargado el arma: lo último que pudo observar, fue como encendían de nuevo la pequeña vela y el arma humeante del borracho, que había abandonado su cama sucia y revuelta.

Daniel Magariño Pilar a Diario 11


Cuentos de Cuarentena 12

Cuando tenía dieciséis salíamos con mi grupo de amigas por las calles del barrio Cumbres. La odisea comenzaba en la casa de alguna de las chicas y todas llevábamos 4 prendas, por si alguna necesitaba un vestido o pulóver diferente. Faldas rosadas, azules, moños para el cabello, zapatos pequeños y puntiagudos. Todas igual de coquetas y ansiosas. Por supuesto que no podíamos ir solas, -éramos un grupo pero en aquella época estar acompañada expresaba ir con al menos un varón- así que nuestro buen amigo Miguel nos hacía el favor. Paseábamos un montón por las calles rosadas de diciembre del 68, a veces para buscar una linda cafetería, otras para encajar en algún salón de baile, y en los mejores días, para caminar hasta el cansancio y tomar helado. Luego de las aventuras, nos quedábamos a dormir todas juntas, charlábamos hasta que se despertaba el sol, y fue en uno de esos amaneceres en que Sandra se me confesó con un poema de un jazmín marchito y enamorado. Tenía los ojos bien abiertos a pesar de que estaba encandilada, pero nunca me había sentido tan libre y viva como en aquella mañana, el resto de las chicas dormía. Durante dos veranos más mantuvimos nuestro amor en secreto, algo había de especial en ello, pero otro tanto triste, porque mis padres querían casarme ni bien cumpliera los dieciocho. Ambas temíamos separarnos, y al terminar la escuela esa amenaza crecía más. El grupo se fue distanciando lentamente hasta que quedamos nosotras

dos, con suerte ambas llegamos a los diecinueve sin malos ratos ni jóvenes esperándonos vanamente. Todo parecía ser perfecto de algún modo, pero como sabíamos bien, nada en esta vida dura para siempre. Ella quería estudiar y tenía que irse al centro, yo quería tener mi galería de pinturas cerca de casa, era irremediable, no había nada más que hacer. Tristemente ese verano nos separamos, durante siete años más me quede en el barrio sin saber nada de ella. Me traían chismeríos de que se había casado con un compañero pero me parecía imposible. Imposible, es una palabra que debería prohibirse, pienso. Luego de esos siete años, una amiga de mi mamá me comentó que había un espacio para mis trabajos en una casa de cultura en la capital, y con toda la esperanza del mundo me fui. Estuve 6 días merodeando y esperando cruzármela a Sandra, sin éxito por supuesto, hasta la tarde del 20 de marzo, una tarde naranja otoñal. Ella estaba sentada en un buffet muy humilde, comiendo o merendando, no presté atención más que a su rostro tan lozano e inocentemente bello. Di varías vueltas a la manzana preguntándome si debía entrar, pero vi un pequeño jazmín seco, escapando del viento y de los autos, lo tomé y entré. Sus ojos se plantaron en mí, puedo jurar al cielo que quise llorar cuando tomó mi mano y segundos después tomó el jazmín, ya no hicieron falta las palabras, ni mucho menos escondernos del tiempo.


jazmines Amar entre

Foto: Shubham Shrivastava

MARCHITOS

Sharon Gorosito

Pilar a Diario 13


Foto: Pricilla Du Preez

Cuentos de Cuarentena 14


PUEDE Viviana Sampedro

Pilar a Diario 15

Puede que ese mediodía un haz de luz iluminara tus mechas rojizas, mientras aquellos lentes se empecinaban en esconder tu mirada celeste, tan nublada como el gris de los últimos meses. Puede que no haya podido dejar de mirarte. Creo que mis manos estaban heladas y que, no bien apareciste, necesité ese abrazo que se había demorado en llegar. Quizás mi soledad intentara abrigarse con el calor de tu boca y corriera a besar tus labios. O por ahí fuiste vos, el que, a la carrera, vino hacia mi mientras que yo, perpleja, te esperé paralizada en medio de la avenida. Después puede que haya sentido tu cara rozándome la piel y que una espesa barba raspara mi mentón de adolescente. ¿Cuánto tiempo pude haber esperado ese momento? Las noches no lo recuerdan. El cuerpo sintió un crujido, el aire pretendió cortar la respiración, el choque disparó el sonido. Cuando noté que ninguno de los dos tenía puesto el barbijo, sentí miedo a la muerte. Pero ya era tarde. Habíamos estado frente a frente y, después, permanecimos un largo rato uno al lado del otro. Entonces, un escalofrío puede haber recorrido el cuerpo al escuchar la voz que decía que un auto blanco pareció estrellarse contra la bicicleta de aquella muchacha tirada sobre el pavimento; que el hombre le sostenía su cabeza, mientras rozaba su mentón con una barba tupida; que ahora no existe nada seguro; que el aislamiento podía llegar a alterar la percepción. Era julio, invierno en Buenos Aires, cuando un cronista creyó ver que, mientras las agujas de su reloj se acercaban a las doce, una pareja había llegado demasiado lejos y se acariciaba en medio de una calle desierta. No lo sé. Puede que ella se llamara Ana, Vanesa o Esther. Puede que él fuera Darío, Nicolás o Esteban. Puede que haya ocurrido así o puede que se tratara de un delirio de una persona que no estuviera en sus cabales. Puede que aquel narrador fuera otra víctima del aislamiento y padeciera de un trastorno que impulsaba a un par de zapatillas a exponerse al virus, deambulando sin rumbo, por una ciudad abandonada.


Cuentos de Cuarentena 16

Manuel Vázquez Odobez

Desde que su marido murió atropellado por un tren, Irene vivía sola y así hubiese deseado pasar la cuarentena; pero Damián, su único hijo, insistió para que se instalase con él y su mujer. -Mamá, estás en este caserón aislado, el teléfono de línea se corta cada dos por tres pero no querés usar celular y desde que te caíste te cuesta caminar. Además, acá todo funciona a gas y no sabemos si van a seguir haciendo el reparto de tubos mientras dure el aislamiento. Venite a casa y todos vamos a estar más tranquilos. Los argumentos eran tan sólidos que Irene decidió aceptar la invitación pensando que, de todas maneras, diez días pasarían volando. Desde el balcón del departamento ubicado en un quinto piso, Lucila observó a su marido sacando del baúl del coche la valija de su suegra quien, apoyándose en un bastón, entraba al edificio llevando un bolso enorme. -Yo sé que la cocina no es tu fuerte, nena; así que, mientras esté aquí, me voy a ocupar de la comida – informó mientras sacaba de su bolso diversos utensilios y una baqueteada Pastalinda. - A Damián le encantan las pastas caseras, así que voy a amasarle unos ravioles y los tallarines que tanto le gustan – aseguró sin lugar a réplicas, igual que lo había hecho durante años, cuando se desempeñaba como jefa de enfermería en el Hospital Militar.

Ya en los primeros días, la invasión de Irene cruzó los límites de la cocina y desde muy temprano el televisor del living atronaba con el noticiero de TN para que ella pudiese oírlo entre cafetera, tazas y tostadora mientras preparaba un suculento desayuno para sus anfitriones, pese a que su Lucila le había advertido que habitualmente desayunaban sólo mate y algunas galletitas. -El mate es para la tarde, nena. El desayuno tiene que ser la comida más importante del día, como dice Mirta, pobre. ¿Viste que la tuvo que reemplazar la nieta en su programa? – comentaba esparciendo generosas porciones de manteca sobre las tostadas calientes. Se negó de plano a tender su ropa interior en la terraza y, con una delgada soguita, improvisó un tendedero en el balcón. También insistió hasta que su hijo compró la carpeta de PVC con la que había decidido proteger la mesa durante los copiosos almuerzos y la cenas que servía religiosamente a horario. El televisor encendido desde la mañana a la noche, el parloteo de su suegra y el olor omnipresente a comida hicieron que Lucila se refugiase en su dormitorio. Allí se pasaba las horas conectada a Internet hasta que Damián, médico como había querido su madre, regresaba del hospital hambriento y rendido. -Tu mujer se pasa el día tirada en la cama. ¿e m molestará que yo esté aquí, nene? – y sin esperar respuesta sentaba a su hijo


frente a un apetitoso plato de tallarines con albóndigas. La cuarentena se prolongó primero durante semanas y luego durante meses. Lucila ya casi no salía de su habitación y su suegra, solícita, le acercaba tazas de té o de caldo que muchas veces se enfriaban intactas sobre la mesa de luz. -No te hagas problema. Nene. Debe haber perdido el apetito a causa del encierro. Vos andá a trabajar que yo me ocupo de cuidarla. Por suerte acepté venir, así puedo darte una mano. Una, Damián ya había salido rumbo al hospital e Irene llevó a su nuera la bandeja con el desayuno. Pese al frío de julio, abrió la puerta del balcón para ventilar el cuarto y se retiró para proseguir con las tareas del día. Sola, Lucila

Desde el líving, mientras guardaba en su bolso las pastillas que le había estado suministrando disueltas en el té, Irene había observado cada movimiento de su nuera. Sin apuro, retiró la taza que había dejado sobre la mesa de luz y la lavó cuidadosamente hasta que el encargado del edificio, escoltado por algunos vecinos, tocó el timbre del departamento. Desencajado, el hombre le informó que Lucila se había arrojado desde el balcón. -¡No! – exclamó la antigua enfermera llevándose una mano al pecho. – Yo no oí nada. Pero, claro ¿cómo iba a oír si esta pobre chica ponía el televisor a todo volumen?

Pilar a Diario 17

Foto: Matheus Frade

reunió fuerzas, abandonó la cama y salió al balcón esquivando la ropa que acababa de tender su suegra. Con un supremo esfuerzo, pasó una pierna sobre la baranda y se dejó caer.


Cuentos de Cuarentena 18

MAYO 2020

Martes 5 Día 47 de la cuarentena. Otro día en el que me desperté tarde. Mejor, así tu ausencia duele menos. Sé que me acompañás desde esa estrella, La que más brilla, la que se ve hasta el Alba. Mientras desayuno mis lágrimas enfrían el café. Afrontaré la vida como pueda.

Miércoles 6 Me levanté temprano a mirar el Lucero y contemplar mi propia ausencia. Después, trabajé en lo cotidiano, limpié la casa, hice las compras...y continué llorando. Ya estoy enloqueciendo entre la cuarentena, tu ausencia, el miedo. Dolor que estalla en mis huesos

Jueves 7 Día 49 de la cuarentena. Es el DIA. Ya ensayé la mentira, Diré lo mismo, a partir de mañana. En los días de aislamiento compartido, reafirmé que estos 10 años de convivencia fueron una verdadera pesadilla. Me siento asfixiada. Ahora llevaré el Té que me ordenó le hiciera, como siempre de muy malas formas. Prepotente. Malo. Su Té, tendrá un delicioso sabor a almendras amargas.

Viernes 8 No dormí en toda la noche, dejé que pasara sus últimos minutos solo, preferí no verlo sufrir, aunque se lo merecía. Lavé la taza, me cambié la ropa, la quemé junto a los guantes con los que lo manipulé. Llegó la ambulancia a las 6 hs. con un médico joven inexperto, vestido como para ir a la Luna, porque avisé a la operadora que mi marido tenía posible diagnóstico. Protocolo activado. Confirmó su deceso. Hizo rápidamente el certificado de defunción.

Sábado 9 Actué de viuda desconsolada. Aconsejaron cremación inmediata. No hay familia directa como para avisar. Solo un puñado de conocidos. Acabo de llegar del cementerio, ya está hecho. Ahora, al amparo de esta hermosa noche abro la botella de Malbec, la que teníamos guardada para ocasiones especiales, y mirando la Luna, brindaré POR MI y porque por la Pandemia, ya no se hacen Autopsias.


Diario de un

Final oportuno MarĂ­a MartĂ­nez Oliver

Foto: Quinten de Graaf

Pilar a Diario 19


Cuentos de Cuarentena 20

Estación La

Oriana Palacios

Las personas pasaban por la estación, corriendo, sonrientes, llorando.Todas de manera distinta pero haciendo algo en común: ignorándolo. Él estaba al lado de ellos, solo que no podían verlo ni sentirlo, el veía que cada tren se llevaba a las personas y recordaba como también se había llevado su vida. La gente iba apurada, muchos queriendo subirse en él. Este individuo no pudo dejar la estación, veía a sus colegas al lado de las personas, sus amigos, los perros que vagaban por la calle en busca de agua y refugio. El barrendero, testigo de los hermosos amaneceres. Ha pasado un año desde aquel día en el que su amor lo dejo plantado. Era tanto el dolor que sentía que no se percato del ruido del tren y este atropello su cuerpo como así sus sentimientos. En uno de los tantos días de espera, ella llegó, con un ramo de flores en su mano y una mirada triste “si tan solo hubiera llegado mas temprano, amado mío yo te amo, ojalá me hayas escuchado”. Al año siguiente, la misma fecha. El sabía que a ella le gustaban las mariposas y envió una para que se posara en su rodilla como significado de que la escucho y la escuchará siempre.


Pilar a Diario 21


Cuentos de Cuarentena 22

Ni en

sueños Lucas Armando Giacomuzo

Esta vez su tacón me dio en la cabeza. la semana pasado había errado pero la practica hace al maestro, dice el dicho, y ella lo encarnaba de manera sublime. Como siempre ninguno sabia bien porque discutíamos, sin embargo no faltaban los motivos. Era Lunes asique la dejé ganar pues a mi me tocaba ganar los jueves y viernes, a ella los lunes martes y miércoles. Lo sé, no parece muy justo pero decidí cambiarle un día a cambio de una tregua los domingos, los sábados no importaba de quien fueren pues fuere cual fuere la contienda se discutía sin ropa y en la cama. Asique ya cansado, con el ceño aún fruncido, en el silencio que dejaron los gritos de su necesidad y mi ignorancia me acosté.

maldita tu lengua que ha lastimado. Vengo porque he oído tus contiendas en la alcoba. Conmovido decidí bajar a tus sueños, donde sé que escuchas, para advertirte sobre aquellos que ponen su orgullo al frente y lastiman a sus amados y añejan el alma cultivando rencor y reproche. Debes saber que aquellos no son bienvenidos en el paraíso.”. Celestial resonó su voz, pero esta vez mi ego no hizo eco de nada. Y siguió: “Benditos tus ojos, maldita tu lengua, dichosa tu alma pues ofrezco su salvación. Mucho mal has cometido y mucho mal te has hecho. Para redimir tu alma y salvarla deberás renunciar a tu mujer, pues ella ya esta condenada a los infiernos pero tu aún puedes salvarte si la dejas y renuncias a sus pleitos.”

Y soñé, soñé que bajaba un ángel, de aquellos que guardan. Al principio note sus alas pues eran magnas. Luego atiné a sus ropas, finas y blancas. Pero no fue hasta que rompió con la distancia que miré su rostro, moreno. y vi sus ojos, morochos. Entonces lo supe, e intempestivo dije “tu realmente eres mi ángel”. Él, sereno, contestó: “Benditos tus ojos pues no te han fallado”. Mi ego hizo eco de sus palabras. Inquieto, una vez más rompí el silencio: “Porque vienes a mis sueños tú que eres tan casto, que moras en los cielos?”. Al parecer no hablaba a menos que yo preguntara. ¿será divino hacer silencio? me pregunté. “Benditos tus ojos pues no te han fallado, mas

Escuché con atención mientras sentía el chichón en la frente que ella me había tallado horas antes. Lo primero fue pensar en lo fuerte que había sido pues estaba soñando y aún lo traía encima. Lo segundo fue acordarme que ayer había sido domingo y la tregua nos había regalado un paseo por la ciudad. Lo tercero fue recordar que antes del domingo había sido sábado y las ropas sobraron..... como siempre. Por último recordé las palabras del ángel, y en un tono un poco más humano decidí contarle que no lo haría, pues sino podíamos ir al paraíso juntos de seguro compartiríamos el infierno. Y eso para mí ya era ganarse el cielo.


Pilar a Diario 23

Foto: Jacob Rank


Héctor Acevedo

Cuentos de Cuarentena 24

Sus manos acariciaron su rostro. Las pesadas manos, sobre los ojos. Como deteniendo al tiempo. El camino era de tierra, como todos los laberintos que aparecían en sus sueños. -Ya no veré a nadie, a nadie -pensó. Irte de todos lados, siempre requiere una sola certeza. Un largo viaje se muestra como una soledad constante. Cerró los ojos un instante, dejó que el aire acaricie los surcos de su rostro. Miró hacia sus pies y los vio descalzos. Se asombró de la blancura de ellos. Pensó lo extraño de presentarse así ante alguien. -De tanto andar, me olvidé de verme-dijo. Uno debería tener ojos en la espalda, para ver la huellas como desaparecen. Respirando hondo uno encuentra su propio sentido de vida. Resistir, es lo único que nos hace memoria. Por que será que siempre hay viento en los adioses? Al fin, sin miedo, sus ojos sintieron el camino.

La nostalgia invadió su pecho, como cuando uno sabe que hay destino, pero no cuando. Como aferrándose al pasado que ya no verá, y un presente que desconoce. -Si pudiera decir todo lo que no dije, o amar todo lo que no he amadoEs tarde, ya todos duermen. Lo concreto es la calle, es el llamado a retirarse a tiempo, antes que llegue la agonía inútil. El chasquido de la lengua, rompió el silencio y abrió el abismo. Caminar, quién sabe cómo? Si solo aprendimos a pararnos. Que importa la experiencia, si donde vamos, hay solo amnesia. Cuando uno logra olvidar, el cuerpo se pone liviano, tal vez sea la memoria que nos ancla en el pasado. Tanto recordar tiene el doble sentido de sostener y envejecer olvidándose de uno mismo. -Si mi madre me viera tan dubitativo, me miraría con ojos de fuegoEs increíble como uno vuelve siempre a los mismos lugares cuando se siente acechado por los insomnios.


Las lejanías se producen cuando uno fija la vista en el camino, uno debería mirar hacia los costados para engañar a la distancia. Los altos pinos dibujan sobre el cielo la sombra, los pájaros pasan rasantes sobre los frutos rojos del monte. -Podría quedar aquí, qué mas daPero la urgencia provenía de sus piernas (Aunque lentas). El objetivo era claro. Partir. Alguien algún día, escribirá que es mejor irse de los lugares antes de tiempo, que es mejor engañar a todos y burlarse del oráculo. El río fluye como quejido sobre las pequeñas rocas azules. Los arco iris no son los que parecen y allí descanzan los sueños. -A mi edad saltando estas piedras de coloresSiempre es mejor el movimiento a la quietud, quedarse quieto es regalarle ocio a las agujas del reloj. La repetición, te lleva a cometer los mismos errores, no te hace savio, te hace copia. Reflexionar sería una eterna conversación con la experiencia. La fila de árboles no dejan ver los laterales,

sus flores azules forman un muro que no deja desviar el camino. - Solía tener alergia a todo, hasta al solEl mundo te contagia del mundo, tiene la capacidad de un virus que no tiene cura, de una pandemia que busca que sea todo igual, hasta en las soledades. El aroma dulce del aire, el sabor al pecho materno. El túnel es ciego, el instinto se apaga y uno pierde el control de los pies y siente como el cuerpo se inunda. -Así será el final de todoEl agua va tranquilizando todo, uno deja que suceda. El miedo es al fin y al cabo una luz disfrazada de sombra. -Aquello debe ser el final, la luzHay momentos que uno grita tan fuerte y otros que tarda en darse cuenta. Ya no se puede fingir. Con los ojos llenos. Con la boca llena. De todo.

Pilar a Diario 25

Foto: Michel Stockman


Cuentos de Cuarentena 26

Ibuprofeno para el dolor Luciana Taranto


-Sí, ¿me vas a decir qué tomar o no? -Venite al consultorio que te revisa una compañera. -No quiero ir al consultorio. -No es normal que te duela así y menos que te duela hace días. -Por eso, decime qué tomar y se me pasa. -Venite al consultorio, me preocupa. Vieja de mierda, ahora se viene a preocupar. Ahora es tarde. Corto el teléfono y salgo a la farmacia. Algo fuerte, por favor. ¿Qué le duele? Los ovarios. Tenemos ibuevanol forte. ¿Qué tan forte es? Mirá que me tomé dos ibuprofenos juntos y nada. Tenemos otras drogas pero se venden bajo receta. Entonces veo el cartelito del ibuprofeno para niños que tomaba cuando era chica y me dolía alguna parte del mundo. Como ahora, que tengo una puntada horrenda que no termina de pincharme en ninguna parte. Como si el dolor estuviera en la sangre. No está en ningún lado y está en todos a la vez. Pido de frutilla. Mi favorito. Aunque el de naranja también me gustaba mucho. En una copa pongo tres medidas. Tomo el jarabe de ahí. Parece daiquiri, así que le tiro un par de hielitos. Espero. Espero. Espero. Pero tampoco me hace efecto. Y yo no puedo seguir durmiendo así. Porque las vacaciones que me tomé se terminan. Es más, se están terminando. Y con este dolor no puedo ir a trabajar. No puedo. Me duele y dónde mierda me duele. En ningún lado. En todos. De la bronca me golpeo la cabeza contra la pared. Entonces se me ocurre. Empiezo a golpearme con ganas. Me golpeo y me golpeo tan fuerte como todo lo otro que me duele. No paro hasta que me sale un chichón hermoso. Siento cómo late. Lo acaricio con los dedos y sonrío, porque ahora sí me duele en una parte y al fin. Al fin el ibuprofeno me va a poder hacer efecto.

Pilar a Diario 27

Me despierto pero no abro los ojos. No. Los dejo así, cerrados. Bah, sellados, con estas lagañas que me salen. Pero qué me importa, si yo quiero seguir durmiendo un rato más. O mucho más. Todo el día mejor. Por suerte el dolor no duele en los sueños. En los sueños pasan otras cosas, no digo que no tenga pesadillas. Pero este dolor sí que no. Me doy vuelta (estaba boca arriba) y meto la cabeza abajo de la almohada. Detesto la luz que entra por la ventana. Si fuera por mí, que sea de noche siempre, así puedo dormir tranquila. Esta vez me despierta Bigotes, que quiere salir al patio o comer o tomar agua. Con Bigotes me di cuenta de que no quiero tener hijos nunca. Menos mal que lo tuve primero a Bigotes. Los maullidos me vuelven loca. Me levanto y el gato corre hasta el platito donde le pongo el alimento. Agua todavía tiene, que no joda. Yo también podría comer algo pero no tengo hambre ni ganas de cocinar. Así que me tiro en el sillón. A descansar, pienso y me da risa. Bigotes se me sube encima, arriba de las piernas. Y me clava esas uñitas filosas que tiene. Hago un bollo con la factura de la luz y se lo tiro. Andá, búscalo. Y Bigotes lo va a buscar. Primero acecha y después salta rapidísimo como si el papel se pudiera escapar. Con las dos patitas de adelante se pasa la pelota. A él mismo. De una patita a la otra. A mí me da bronca porque juega sólo. No me la trae ni una vez a la pelota. Así que lo levanto del cuello y la recupero. Ahora es mía, jodete. Por egoísta. Hasta los gatos son así. Unos egoístas. Ahora se limpia las patas y la panza y los muslos con la lengüita. ¿Yo hace cuánto que no me baño? Lo que pasa es que con este dolor. Este dolor no se banca. Hace varios días que estoy así y el ibuprofeno no me hace nada. Ni aunque me mande dos pastillas juntas. Podría pedirle algún calmante a mi vieja, que es doctora. Pero qué le digo. ¿Que me duele qué? Me duele y punto. El dolor me duele. Ninguna parte en específico. No, todo me duele. Y tan fuerte como una muela cariada. O un útero menstruando. Eso, le voy a decir que me duelen los ovarios. Que por favor me recete algo. O que me diga qué comprar. -¿Pero tanto te duele?


Cuentos de Cuarentena 28

La

primeradesalida la prisiรณn domiciliaria Mirka


6 de mayo de 2020 Sonó mi teléfono, siento el sonido de una voz a través del aparato que pregunta: “¿hablo con la señora María?” desconfiada, contesto - Sí, con ella misma - Hablo de la farmacia Tucumán, es para confirmarle el turno de vacunación con la farmacéutica para el día siete de mayo, a las catorce horas. Esa noche casi no pegué un ojo, despertaba con la sensación de un sueño ahogado, pensé que me había olvidado cómo sería estar de nuevo en la calle, sacar el auto, moverlo, Quise volver a conciliar el sueño, cerré los ojos, pero uno de ellos se abría, quizás ese pequeño filtro de luz que atraviesa la ventana es el que no me dejaba dormir; vino a mi mente nuevamente el auto: ¿y si no arranca?. Tanto tiempo estático, con la lona verde que lo tapa de las cagadas de los pájaros. Por ahí él también tiene sentimientos y puede que esté enojado porque ni siquiera lo miraba. Pasaba como un autómata cerca, pero él, ya no ejercía atracción ninguna sobre mí, por eso me aparté un poco. Bueno, veremos mañana que será

el día memorial de la primera salida. Hemos programado ir los tres de nuevo a la calle, irá Alfredo también, mi marido. A él también de dieron prisión domiciliaria, pero ya planeamos que me acompañará como ayudante terapéutico, así de paso compra los tornillos que le hacen falta. Pero después vino la idea agobiadora del insomnio, pensaba: ¿preparé bien el barbijo?, no voy a llevar la cartera, tampoco el monedero, tal vez si por si me piden algún documento. ¿Llevaré guantes de látex?, ¿un alcohol en gel será suficiente?, sí, creo que sí, porque también llevaré el desinfectante en aerosol. La ropa que preparé es cómoda, así deslizo las mangas y me vacunan rápido, menos mal que envié por mail el pedido de los remedios de PAMI, la cuestión es que me vacunen y tener los remedios en mano. 7 de mayo de 2020 Siendo las nueve de la mañana y habiendo tomado el desayuno habitual, mi marido, ante mi insistencia, apartó la lona verde del auto, luego de mirarlo un rato, se metió en el interior y con suaves movimientos de dedos lo puso en marcha. Sentí su respiración desde adentro,

Pilar a Diario 29


Cuentos de Cuarentena 30

no lo podía creer, algo distinto funcionaba en la prisión. Antes de almorzar, di muchas vueltas desde la cocina al comedor, tenía que verificar si todo lo que había preparado el día anterior estaba correcto. Faltaba la cartera, elegí una colgante, de manera de no tener que estar pendiente de ella, sino de poner los elementos necesarios dentro. Pensar que antes tenía tantas cosas en la cartera, no sé porque ahora estaba chata tan chata que parecía una pobrecita recién llegada de la guerra. En la entrada principal tenía preparado un frasco de lavandina y un trapo de piso, el mismo procedimiento para la entrada que está atrás en el patio. Al mediodía solo tomé sopa, no me entraba nada más, tenía mucho temor, era una salida inusual. Trece y treinta horas, cerramos todas las rejas y quedaron todos nuestros compañeros mirándonos estáticos, salimos al portón. Alfredo manejaba el auto, y yo abrí la puerta de la libertad. Creí que ese momento era maravilloso, único, aunque antes de volver a cerrar el portón, tuve que mirar hacia la izquierda y luego hacia la derecha, por donde debíamos salir, tal vez, pasaba gente nueva, tal vez, alguien conocido me reconocería, tal vez, ni siquiera los cruzaba.

Entré al auto, lo sentí extraño, no parecía el mismo, nada era igual, la calle parecía barrida, brillaba, una rara sensación. Enseguida entramos a la Ruta 25, esa que nos llevaría al pueblo de Pilar. No me animaba a mirar demasiado, por ahí me mareaba, no sé… Llegamos a la primera vía de estación, la cruzamos como nunca, casi nadie se interponía en el camino. Llegamos a la segunda vía del ferrocarril, tampoco pasaba ningún tren, tuvimos suerte, en veinte minutos estábamos plantados frente a la farmacia. Nos quedamos en el auto, abrimos las ventanillas, el aire era embriagador, comencé a ver gente con la boca tapada, nadie miraba a nadie, iban rápido por la vereda. Estábamos estacionados, empezó a llegar gente, seguro también con turno para vacunarse. Entonces hice un esfuerzo para salir del auto, cruce la calle, tome distancia con las personas y con la tapa bocas puesto me animé a preguntar: - ¿Están para vacunarse? - Sí, - me respondieron. - ¿Qué turno tienen? Una señora me dijo catorce y diez, otro señor: - Catorce quince. Entonces les dije levantando la mano: - “Pri”, tengo tuno a las catorce horas - Bueno señora, me contestó el hombre que me miraba desconfiado, pero a su vez se puso a charlar, decía que era un hombre sano, porque comía comida natural, hecha por


ellos mismos, amasaban el pan, tenían horno de barro, y ciertas veces mataban gallinas para el puchero. - Ahhh - que bueno le contesté. - Señora, ¿cuántos años me da? - Tengo que darle años, bueno si quiere se los regalo, porque a mí me sobran, - le contesté. - Pero usted es jovial, no creo tenga más de sesenta. - ¿Usted cree?, es que tengo el bozal y los anteojos de sol puestos y me até la colita para no contaminar el cabello, confieso por primera vez la verdad: “tengo setenta años” - ¡No los representa!

rré la bolsita de los medicamentos con dos dedos como si fuera una pincita, no era cuestión de tocar abiertamente todo.

Se sintió el movimiento de llaves, se estaba abriendo la puerta de la farmacia, un hombre que estaba adentro dijo: - que pase el turno de las catorce horas. Entré sin pestañar, estaba la farmacéutica con un traje espacial y una jeringa en la mano, dijo: - ¡sacate el pullover mejor!, te tengo que vacunar los dos brazos. Le hice caso, lo tuve en mis manos, no lo quería apoyar, viendo mis actitudes me comentó, aquí acabamos de limpiar todo con alcohol, ¡no te preocupes! Terminó con las vacunas y salí al frente del mostrador para pedir los remedios que había solicitado por mail. Tuve que pagar un solo remedio, así que extraje un billete que lo tenía suelto a propósito y pagué. Acto seguido me puse albohol en gel que estaba a la vista. Aga-

Anhelaba tanto salir, y de pronto me di cuenta de que soñaba con volver.

Cruzo la calle mirando para un lado y para el otro, todo desierto, voy hacia la ventanilla del conductor. Le pido a Alfredo el aerosol desinfectante para rociarme la ropa y las zapatillas, entro al auto, previamente rocío la alfombra y emprendemos la vuelta. Alfredo paró en dos ocasiones más para entrar a comprar. cuando volvía, le alcanzaba el aerosol para que hiciera lo mismo que hice yo. El dinero recibido lo vaporizamos con solución de alcohol.

Llegamos a casa, abro el portón para que Alfredo siga con el auto para el fondo, y me quedo desinfectando las llaves. Llego a la puerta, me saco las zapatillas, las pongo en el trapo mojado con lavandina, luego me quito el pullover y el joging, entro alterada directamente al baño para ducharme. Seguidamente Alfredo entra las bolsitas con previo esparcido de alcohol, y pasa al baño a ducharse. Salimos a recoger la ropa para ventilarla, me puse los guantes previamente. Así termino la odisea de la primera salida de la prisión domiciliaria. Quedamos totalmente agotados, tirados en el sofá.

Pilar a Diario 31


Cuentos de Cuarentena 32

Era un día como cualquier otro, me levanté para ir a trabajar con la sensación que iba ser un día glorioso. Puse la pava mientras me bañaba y cambiaba para salir. Hoy es el día, pensé mirándome al espejo, la barba está perfecta, el bigote lo tengo como mostacho, como siempre quise tenerlo.Me alejo y me miro al espejo de cuerpo completo y pienso: “Esto lo use la semana pasada y no me queda como hoy, hoy siento que ella me va mirar y va notar como me siento y cuando le hable sus ojos van a brillar como los míos cada vez que la veo.” Con ese pensamiento en la cabeza comencé a prepararme el café, hoy tiene un gusto diferente, esta perfecto. Olvidé presentarme, mi nombre es Rodrigo, y así comencé la mañana el jueves 13 de marzo. Esperé el colectivo en el que ella siempre esta, deje pasar dos que podrían dejarme en el trabajo, pero como la mayoría de los días solo espero el doscientos tres que sé que es el que ella suele tomar. Cuando subo al colectivo lo primero que hago es buscarla. La encuentro sentada al fondo, hablando con alguien. El mundo se me cae abajo,estaba preparado para romper mi timidez y hablarle, pero contaba con que ella estaría sola. En ese momento, empecé a replantearme cómo estaba vestido, y supuse que al intentar hablarle tartamudearía. Como en cada decisión de mi vida comenzó a planear en mi cabeza que hacer, y se me ocurren 3 posibilidades… La primera opción como siempre es dejarlo para otro día. La segunda opción es darle mi tarjeta profesional con mi número personal atrás. La tercera directamente acercarme y hablarle sin importar la compañía que tiene. Cuando logré decidirme dejarlo para otro día la persona que estaba con ella se baja. Me acerco, me siento, comienzo a imaginar que le hablo, que al otro día estamos tomando un café, que a la semana me manda un mensaje que va en el colectivo de siempre para viajar juntos, que empezamos a planear

un VIAJE Rodrigo Juárez


un viaje, que comenzamos a pensar en una vida juntos... De repente me tocan el hombro, me doy vuelta ella me está mirando mis palabras están por salir, voy a saludarla y pedirle su telefono, su instagram lo q sea, es mi momento. En ese momento me doy cuenta q ella me está hablando y me pide permiso para poder salir Me levanto para dejarla salir, y otra vez dejo pasar el momento que estaba esperando. Cuando ella esta saliendo el colectivo frena de repente y ella se esta por caer y logre atraparla antes de que se caiga. Ella se agarra de mi y me mira a los ojos y me dice Gracias. Le respondo - De nada- la suelto y ella se baja del colectivo Y asi pasa otro día en mi vida que dejo deje pasar la oportunidad de hablar con la persona que me gusta. Bajo del colectivo, llego al trabajo a la misma oficina de todos los días, voy al baño, me miro al espejo y el brillo que hoy sentía se apagó. Mi día transcurre como todos los días de mi vida, enojado del trabajo que tengo, recriminando de que no supere esa la timidez para conocer a alguien.

Cuando empiezo a comer el pastel de papas, que está realmente bueno, empiezo a disfrutar realmente de él, voy a buscar el celular a en mi tapado, reviso todos los bolsillos, cuando lo encuentro descubro un papel con una nota, con un número de teléfono y algo escrito en él “me da mucha vergüenza hablarte mi nombre es…” 011-90546098

Pilar a Diario 33

Foto: Michael Shannon

Llego a casa y encuentro una nota de mi madre diciéndome que me dejo un pastel de papa en la heladera, para mis adentros razonaba que, aunque sea, iba a poder comer algo para sacar la amargura que siento como la mayoría de los días. Colocar el pastel de papas en el microondas y lo caliento durante 5 minutos, destapo una cerveza en esos momentos es lo único que puede llegar a mejorar un poco mi día. Pasan los 5 cinco minutos, mientras tomo la cerveza, ni el alcohol calma la amargura de mis días, la sigo tomando por costumbre.


El Chino lo sabía.

María Inés Nouzeilles

Foto: Claudio Schwartz

Cuentos de Cuarentena 34


El Chino lo sabía. Se le escapó el secreto. Muchos murieron sin hablar aunque sus cuerpos algo quisieron decir. Otros se taparon la boca para tratar de impedir difundir la información. Pero fue en vano. Poco a poco todos fueron sabiendo de que se trataba. Se corrió la voz. Todos lo supimos. Hubo muertes, llantos y discusiones. Mucho stress, muuuchas cosas. Y al final, un día, nos olvidamos del tema. Así como así. Nos quitamos el tapabocas. Pero mucho ya había cambiado.

Pilar a Diario 35



Gracias a los escritores que hicieron esto posible y nos compartieron sus relatos, sus fantasías, y nos transportaron a sus mundos. Carlos Nicolás Glassman Jorge Darget Matías Saavedra Daniel Magariño Sharon Gorosito Viviana Sampedro Manuel Vázquez Odobez María Martínez Oliver Oriana Palacios Lucas Armando Giacomuzo Héctor Acevedo Luciana Taranto Mirka Rodrigo Juárez María Inés Nouzeilles


Cuentos de Cuarentena 38


Millions discover their favorite reads on issuu every month.

Give your content the digital home it deserves. Get it to any device in seconds.