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© Textos y fotografías: Malaika Fidalgo de Vargas, autora de la obra y propietaria de la marca Malaika, una mirada diferente. © Ilustraciones internas: Jordi Vargas Suñer © Edición, maquetación y diseño: Editorial Piediciones 2018 ® Melinda. Cuando el fin es el principio. Primera edición: Mayo de 2018 Depósito legal: D.L. GU 106-2018 ISBN: 978-84-948547-9-8 Impreso en España. Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual. Editorial: Web: http://www.editorial.piediciones.com Librería: http://www.vocesdevanguardia.com Contacto: edicion@piediciones.com Autora: Web: www.miradamalaika.com Contacto: info@miradamalaika.com


escrita por Malaika Fidalgo de Vargas


Malaika Fidalgo de Vargas

CapĂ­tulo 1 Esta de la foto soy yo. Mi nombre es Melinda. Tengo cinco aĂąos. Soy una perra dĂĄlmata chihuahua y, aunque los expertos en razas me definirĂ­an como una perra mestiza, la brillante espontaneidad que solo los niĂąos poseen hizo que una tarde, tras un estudio ocular y una breve reflexiĂłn, uno de ellos me asignara esta raza, inspirado por la multitud de manchas negras sobre mi cuerpo blanco y mi pequeĂąo tamaĂąo. Es un dĂ­a importante para mĂ­ y, por ello, he decidido contar parte de mi historia.

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Melinda, cuando el fin es el principio

Hoy hace dos aĂąos que salĂ­ de aquel corredor de la muerte para no volver nunca mĂĄs. Por esas fechas, nuevos animales perdidos o abandonados llegaban para ser recluidos —al igual que yo— en aquella prisiĂłn para animales, saturando asĂ­ las instalaciones. HabĂ­a que hacerles sitio. La polĂ­tica del lugar tomĂł decisiones que comenzaron a ejecutarse de inmediato y, de esa forma, veĂ­amos cĂłmo muchos de nuestros compaĂąeros que habĂ­an compartido encierro con nosotros, salĂ­an de sus jaulas para no volver. Era el treinta y uno de julio, sĂĄbado, sobre la una menos cuarto de la tarde y, como es normal por estas fechas en AndalucĂ­a, hacĂ­a mĂĄs de treinta y ocho grados centĂ­grados. Yo me encontraba atareada en medio de un parto. LocalicĂŠ un pequeĂąo hueco en aquella celda en la que llevaba un mes sin salir y que compartĂ­a con mĂĄs de quince perros, en su mayorĂ­a cachorros. HabĂ­a logrado hacerme invisible para todos, tanto humanos como animales, para asĂ­ poder traer a mis bebĂŠs al mundo en la intimidad. Entre la pared de ladrillo de la celda y un mueble viejo que se separaba de ella veinticinco centĂ­metros, encontrĂŠ el lugar perfecto, aunque el suelo era de cemento y estaba incĂłmoda porque se me clavaban mis propios huesos en la delgadez de mi piel al tumbarme. El que fuera tan estrecho hacĂ­a que el sol no penetrara directamente en ĂŠl, manteniĂŠndolo algo mĂĄs fresco e impidiendo que algĂşn perro grande al que se le ocurriera venir a husmear, cupiera por el hueco. Si, por el contrario, fuera un perro peđ&#x;?ž 12


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queĂąo, lo primero que se encontrarĂ­a serĂ­an mis fauces. ÂĄSin duda, ese era un lugar perfecto! Desde allĂ­, sĂłlo tenĂ­a que asomarme para ver cĂłmo estaba la situaciĂłn. HabĂ­a perros echados en el suelo semidormidos por todas partes; la elevada temperatura exigĂ­a que se mantuvieran en ese estado. TambiĂŠn habĂ­a heces y orines esparcidos de principio a fin por los veinte metros cuadrados que medĂ­a la jaula y que, junto al calor, hacĂ­an que el ambiente fuese difĂ­cil de soportar. Ya habĂ­a traĂ­do al mundo a mis dos primeros bebĂŠs cuando escuchĂŠ que todos los perros se levantaban y empezaban a ladrar, aullar y gimotear. AvancĂŠ por el metro y medio del estrecho pasillo dejando a mis cachorros dormidos en el fondo, protegiĂŠndose el uno al otro con sus pequeĂąos cuerpecitos. Cuando lleguĂŠ al final, asomĂŠ con mucho cuidado mi cabeza para ver quĂŠ pasaba. Entonces, vi a todos los perros juntos empujĂĄndose y pisĂĄndose; incluso, algunos se subĂ­an encima de otros, delante de la puerta de entrada de la celda, en el momento en el que accedĂ­an a la misma una chica con el pelo largo y otras tres personas voluntarias que acudĂ­an a limpiar, rellenar los cuencos con agua fresquita, comida, dar caricias y palabras amorosas a todos los perros y gatos que nos encontrĂĄbamos allĂ­ enjaulados. No lo hacĂ­an por dinero, sino por amor. El bien que hacen estas personas voluntarias a todos los animales que se encuentran presos, cuyo Ăşnico delito es ser huĂŠrfanos de una familia humana que les dĂŠ cobijo y protecciĂłn, es enorme. đ&#x;‘Ł 13


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Todos los perros que allĂ­ habĂ­a, menos mis bebĂŠs y yo, saltaban y se abalanzaban sobre las personas que acababan de entrar en busca de contacto en forma de caricia o palabra amable. La chica del pelo largo se fijĂł en que no todos los perros habĂ­an acudido a recibirlas, como creĂ­a en un primer momento. HabĂ­a una pequeĂąa perra color canela que habĂ­a llegado la noche anterior. AĂşn estaba en shock, como la primera noche de todos los que pasamos por lugares similares a este. La perra color canela ya era mayor —su hocico blanco asĂ­ lo decĂ­a— y era de talla pequeĂąa, igual que yo. Aterrorizada aĂşn por todo aquel escĂĄndalo que formaba el resto de sus compaĂąeros de encierro, se quedĂł inmĂłvil, temblando, pegada a la pared que habĂ­a al otro extremo de donde yo permanecĂ­a escondida. La chica del pelo largo se acercĂł muy despacio; muchos perros la seguĂ­an y saltaban encima de ella justo en el momento en que el resto de las voluntarias volcaban ruidosamente la comida en los cuencos. Eso hizo que esos mismos perros que brincaban sobre ella corrieran entusiasmados en direcciĂłn a la comida. Ella siguiĂł acercĂĄndose a la perra color canela despacio, muy despacio. Cuando llegĂł a donde estaba, se agachĂł lentamente hasta su altura, le murmurĂł algo con voz suave, acercĂł su mano hacia su cabecita y la acariciĂł mientras seguĂ­a hablĂĄndola. MetiĂł la otra mano en la bolsa de plĂĄstico que llevaba, cogiĂł una latita con comida, la abriĂł y sacĂł parte del contenido llenĂĄndose los dedos de un delicioso patĂŠ. La perra, tras unos segundos intentando evitar todo contacto, mirando cabizbaja al lađ&#x;?ž 14


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do contrario, levantĂł la vista hacia la mano untada, acercĂł su pequeĂąo hocico y comenzĂł a lamer aquel manjar poco a poco. ÂĄLa chica del pelo largo la miraba de una forma tan tierna!‌ En ese momento, fue cuando yo ÂĄla elegĂ­! A los pocos minutos me asomĂŠ aĂşn mĂĄs para dejarme ver sin perder de vista a mis criaturas reciĂŠn nacidas y, entonces, alguien me vio y gritĂł: —¥Dios mĂ­o! ÂĄAquĂ­ hay una perra pariendooo! La chica del pelo largo, que continuaba en cuclillas, se girĂł y me mirĂł con los ojos muy abiertos. En el mismo instante en el que nuestras miradas conectaron, me concentrĂŠ todo lo que pude y, con todas mis fuerzas, utilizando la comunicaciĂłn que va mĂĄs allĂĄ de los sentidos, le enviĂŠ el siguiente mensaje: ÂŤÂĄSĂĄcame de aquĂ­!Âť Todo ocurriĂł muy deprisa. Una de las voluntarias metiĂł su brazo para agarrarme y sacarme de mi refugio. Me cogiĂł, a pesar de que yo le enseùÊ mis colmillos para que no se acercara a mis cachorros. Otra se encargĂł de ellos y nos metieron a los tres en un trasportĂ­n del que se encargĂł la chica del pelo largo. Nos trasladĂł a otro ĂĄrea del complejo, que hacĂ­a las veces de sala de espera externa, tapada con un tejado de uralita que tenĂ­a unos viejos y estropeados bancos de mađ&#x;‘Ł 15


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dera. En frente, habĂ­a un edificio de una sola planta con dos puertas viejas, brocheteadas y repintadas hasta el infinito en un tono verde oscuro, llenas de araĂąazos, agujeros y con trozos arrancados en su parte baja. Una de ellas, para la temida consulta veterinaria; la otra, para la administraciĂłn del lugar. A esta segunda, tenĂ­amos que ir nosotros. Varias personas esperaban con sus mascotas; todos ellos lo hacĂ­an para acudir a la consulta veterinaria. Los perros que estaban allĂ­ sentĂ­an una gran curiosidad por mĂ­, quizĂĄs por el olor del parto. Intentaban meter su hocico dentro de mi trasportĂ­n y tiraban fuerte de la correa de sus responsables. La chica del pelo largo tuvo una idea. El muro que separaba esta zona de la de las celdas donde se enclaustraba a los animales, tenĂ­a dos metros de alto y era suficientemente ancho como para que el contenedor en el que estaba alojada con mis reciĂŠn nacidos pudiera apoyarse. EscogiĂł la zona pegada a la verja, ya que recibĂ­a la sombra de un ĂĄrbol, y, allĂ­, alzando sus brazos y poniĂŠndose de puntillas, lo posĂł. Los perros no llegaban a nuestra altura, asĂ­ que abandonaron sus intentos volviendo a sentarse en su sitio, un poco impacientes por la espera. LlegĂł el esperado turno de la chica del pelo largo. Vi cĂłmo entraba en la oficina dejĂĄndonos atrĂĄs en lo alto del muro. Desde esa altura privilegiada donde me habĂ­a colocado, pude observar apesadumbrada, las instalaciones de aquel lugar. Vi cĂłmo jaulas y mĂĄs jaulas llenas de mugre y Ăłxido en sus barrotes se extendĂ­an por toda la planicie. đ&#x;?ž 16


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HabĂ­a mĂĄs de cien, separadas por largos pasillos y distribuidas en forma alterna en filas de jaulas y pasillos, sucesivamente. Cada una de ellas, con decenas de perros o gatos en su interior. Cada uno de ellos, con un futuro incierto. QuedĂŠ horrorizada. Todas aquellas criaturas tenĂ­an su historia. Algunos habrĂ­an llegado allĂ­ porque se habrĂ­an despistado y perdido; otros, habrĂ­an sido abandonados. Fueron preciosos y alegres cachorros en algĂşn momento de su vida, muchos de ellos aĂşn lo eran. Me preguntaba cuĂĄles habrĂ­an sido sus historias para terminar aquĂ­: historias tristes, sin duda. Algunos, habrĂ­an nacido en este mismo lugar para no salir nunca y recibir los rayos de sol a travĂŠs de una valla metĂĄlica durante toda su existencia. En ese momento, el hombre viejo del mono azul con aliento a alcohol, se disponĂ­a a lavar las jaulas con la manguera, avanzando —como siempre—, arrastrando sus pies. A ninguno de nosotros nos gustaba cuando ocurrĂ­a esto y mucho menos cuando lo hacĂ­a aquel miserable. Era de ese tipo de seres humanos que arrasan sin piedad con todo lo que encuentran a su paso con tal de imponer su voluntad. Capaces de causar sufrimiento constante en ese mundo tan injusto al que pertenecemos los animales enjaulados, donde el mal se hace presente a travĂŠs de individuos de esta calaĂąa. Pasaba la manguera, con el agua frĂ­a, a una presiĂłn tan violenta como ĂŠl, mientras blasfemaba y escupĂ­a constantemente, sin importarle que hubiera quedado un animal asustado agazapado en una esđ&#x;‘Ł 17


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quina. En algunas ocasiones, le vi dar patadas con sus botas grises de goma a alguno de nosotros que le obstaculizaba en su tarea, disfrutando, incluso, del padecimiento que podĂ­a ocasionarle. AĂşn retumbaba en mi cabeza el sonido hueco de los golpes propinados con la manguera —sobre los doloridos huesos, cubiertos apenas por una capa de pelo atigrado— a un viejo mastĂ­n de mirada velada, que, enfermo y sin haberse alimentado durante la semana que allĂ­ estuvo, apenas podĂ­a levantarse del lugar donde permanecĂ­a tendido esperando aquel momento que ĂŠl sabĂ­a que llegarĂ­a. Y no tardĂł en llegar. Aquella misma tarde, el necio, tras la paliza, regresĂł con una cuerda para llevĂĄrselo. Conocedor de que ya era su fin, el perro no opuso resistencia y avanzĂł tras el carcelero lentamente, cojeando por el daĂąo que le habĂ­an producido los golpes de la maĂąana. Ninguno de nosotros volviĂł a verlo. Me encontraba metida en ese pensamiento cuando, de nuevo, mi trasportĂ­n cambio de sitio. Se me bajĂł del muro. Cuando mirĂŠ, era la chica del pelo largo otra vez; su otra mano agarraba, doblados, un puĂąado de folios. Nos dirigimos a la salida. Era una gran puerta doble de hierro con varias cadenas y candados. Mientras esperĂĄbamos unos minutos a que las abrieran, pude echar un vistazo mĂĄs. Lo Ăşltimo que recuerdo de aquel lugar es una mujer en la zona de salida donde se arregla la documentaciĂłn para poder sacarnos de allĂ­, justo donde hacĂ­a unos minutos me encontraba con la chica đ&#x;?ž 18


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del pelo largo. La escuĂĄlida y anciana mujer lloraba desconsolada abrazada a un pequeĂąo perro. Aquella escena me conmoviĂł; yo nunca habĂ­a visto antes llorar a un ser humano. No podĂ­a dejar de mirar, me preguntaba quĂŠ estaba sucediendo. Cuando, al fin, la anciana, con su rostro humedecido por las lĂĄgrimas, alzĂł al perro con sus temblorosas y arrugadas manos para besarle en el hocico, pude ver lo que pasaba y, entonces, entendĂ­. ÂĄEra la perra de color canela que estaba tan asustada! Las dos lloraban, la mujer la abrazaba y besaba por toda su cabecita y la perra color canela lloraba, gemĂ­a y movĂ­a la cola sin cesar en un cĂşmulo de emociones. â€œÂĄSin duda, hoy es un gran dĂ­a para nosotras dos!â€?, pensĂŠ. La gran puerta se abriĂł; nada mĂĄs atravesarla, una brisa fresca se hizo presente. OlfateĂŠ el preciado aroma de la libertad. MirĂŠ a mis cachorros que dormitaban en mi pecho, feliz porque ellos no crecerĂ­an entre rejas. La chica del pelo largo nos instalĂł en su coche, apoyando cuidadosamente el trasportĂ­n en uno de los asientos de la parte trasera y sujetĂĄndolo firmemente con el cinturĂłn de seguridad. Puso en marcha el motor, bajĂł todas las ventanillas y avanzĂł por el camino de tierra que nos llevarĂ­a a una carretera asfaltada y, seguidamente, a la autopista. Me mirĂł por el espejo retrovisor y gritĂł con alegrĂ­a: —¥AllĂĄ vamos, pequeĂąa! đ&#x;‘Ł 19


Melinda, cuando el fin es el principio

Moví la cola enÊrgicamente. Los årboles pasaban deprisa en dirección opuesta a la nuestra. El viento soplaba en mi cara haciendo revolotear mis orejas. —¥Libre!, ¥libreeeee!¥Soy libre! Aparecieron nuevas contracciones. Otro cachorro estaba en camino.

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Querido lector: Se me dio la oportunidad de continuar viviendo. Muchos de aquellos perros y gatos que dejé atrás en aquellas jaulas, lamentablemente, no vivieron mucho tiempo. Ahora mismo, hay otros muchos enjaulados, cuya vida está esperando que la balanza se incline por uno u otro lado, vivir o no vivir. Un simple gesto por parte de una sola persona cambia una vida entera. Así, pido —desde estas humildes líneas—, que se les dé la oportunidad de disfrutar de una vida plena, como la que yo estoy viviendo, a todos los animales que se encuentran encerrados a la espera de que alguien los salve. Para cruzar al otro lado, ya habrá tiempo…

Gracias por leerme. Melinda.


MELINDA. CUANDO EL FIN ES EL PRINCIPIO  

Novela de Malaika Fidalgo de Vargas (Piediciones, mayo 2018)

MELINDA. CUANDO EL FIN ES EL PRINCIPIO  

Novela de Malaika Fidalgo de Vargas (Piediciones, mayo 2018)

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