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Enamorarse es lo más cercano a sentirse flotando en el aire, como si la gravedad no existiera. Una vez se acepta el estar enamorado locamente, el sentimiento de mariposas en el estómago y los eternos suspiros profundos son difíciles de evitar. El solo hecho de mirar a los tiernos y llamativos ojos de la persona que amamos locamente nos lleva a un mundo lejano y hermoso en el que nunca antes hemos estado. Los simples actos cotidianos de amor como sus calurosos besos que nos hacen olvidar del potente frio que siente nuestra sensible piel en la mitad de un eterno invierno, su sonrisa angelical como la de un dulce bebe y sus suaves caricias que hacen sentir nuestros poros temblar como volcanes en medio de su erupción ya empiezan a formar gran parte en nuestras vidas cotidianas. El hombre siempre tendrá diferentes maneras de expresar lo que siente en su corazón fugaz que palpita como el de un toro desubicado y sin control al frente de un valiente torero. El hombre se conoce como el sexo fuerte, ya que no expone tanto sus extravagantes expresiones frente a cualquier sentimiento de la cual sea afectado. Pero cuando se trata de enamorarse completamente como un tortolito en eterna primavera, siempre tendrá la cruel desventaja por lo complicado que es para él el tema del amor, ya que se le ha enseñado desde muy temprana edad a no hundirse en un mar de lagrimas cuando se sienta herido, a no mostrar sus debilidad en sus sentimientos, a ser fuerte y menos cobarde. Al principio de una relación amorosa el hombre tiende a actuar

como un niño tierno con un gran peluche nuevo que lo acompañara en noches oscuras y llenas de misterio al cual él trata de mimar acariciando su suave pelaje antes de caer profundo en sueños de los que nunca quiere despertar y nunca dejar como las altas olas no dejan de acariciar la clara arena de una cálida playa, pero a la vez trata de mostrar control al querer hacer todo por su hermosa amada que lo mata con su tierna mirada y su suave suspiro al susurrarle a su oído la romántica y famosa frase: “Te amo”. Después de un tiempo en una cálida relación amorosa, el entregado hombre se acostumbra a tener a alguien a su lado que le preste la misma atención que un bello árbol verde recibe al ser sorprendido por un joven otoño que cambiara sus hojas de colores hermosos y radiantes. Los dulces mimos desaparecen un poco al mismo tiempo de que las fuertes ganas de querer controlar toman momentánea fuerza, esta vez no tanto para querer impresionar sino para tomar poder en la pequeña relación. Este control es un acto debido al fuerte miedo de no querer perder a su bella amada y empieza a mostrar su lado “macho” y defensivo, así que si alguien se mete con su amada él la defenderá a escudo y espada como un gran oso celoso defendiendo su nuevo territorio. Esto no es nada encantador para aquellas mujeres que quieran pelear sus propias batallas

haciendo entender que su fino cuerpo es tan fuerte como su valiente corazón. En una cita romántica en la que dos almas quieren expresar su amor, el hombre sentirá su cuerpo caer frente a las mortales de su amada, él se percatde sus sentidos desde el momento en que abre la pesada y crujiente puerta del viejo restaurante sintiendo la caliente brisa que sale del restaurante y le rosa su rostro. Cogido de la mano de ella al entrar, siente como su temblante mano suda sin control, mientras ella le suelta un poco la mano, tal vez pensando que es la de ella que suelta chorros de sudor y tiembla al rose de la intimidante piel. Al correr el asiento de madera para que ella se siente, se escucha la pesada madera arrastrar las brillantes baldosas ignoradas por los dos amantes. Una vez sentados frente a frente, se encuentran las miradas que actúan como si no se hubieran visto en mil años. Esas dos miradas seductoras que parecen luchar al penetrar una a la otra sin importar lo que el otro este pensando. El hombre percata como su respiración cambia de ritmo sintiendo sus

Perspectivas Mayo  

Karina, Emily, Alyssa, Maureen, Alice, Juan, Eva, Nina

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