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Primer Premio Premio Universidad Maza a las Artes y las Ciencias 2010 Certamen Literario

El Mecánico del Olvido

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“te juego tu mejor recuerdo” Osvaldo Soriano

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Y con la arena, llegó el olvido. Lentamente el polvo lo fue cubriendo todo; sepultó la tierra, secó el agua, tapó el horizonte con una sábana perpetua. La arena se fue incrustando, grano a grano, en las gargantas. Se perdieron las palabras y con ellas la memoria. Finalmente, el tiempo fue secuestrado y luego abandonado en un reloj de arena, donde cada segundo que gotea tiende a repetirse hasta el infinito. ¿Qué herencia quedará debajo del grueso, salado, mar amarillo? ¿Qué voces mudas lo nombran? ¿Qué silencio ordena la historia? ¿Quién sale a correr los telones, desnudar la nada y convertirla en todo? ¿Qué mano remueve la arena, busca, a contramano de la muerte? Y la arena sigue tragando. Parecía que todo estaba callado, como si la condena al reloj de arena fuera inexpugnable. Pero no. De a poco una leve tos va limpiando las gargantas, grano a grano. Aparecen nuevas palabras, se construye un nuevo significado. Buscando piezas perdidas de un rompecabezas, quitándoles el polvo, se va armando la memoria. Alguien todavía busca debajo de la duna la próxima gota de agua o de esperanza. Y la encuentra. Se triza el vidrio que sostiene la arena del reloj y por el corte se van escapando los sueños. Son tantos, que terminan por romper el vidrio y el reloj estalla. El tiempo se escapa, bailando. Y bailando se encuentra con sus rescatistas. Y con tanto baile, se va levantando la arena, que se va yendo, llevándose al olvido con

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ella. Y con tantas palabras, el silencio se muere de aburrimiento.

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Reflejo Llegar a mi casa es patético, porque sé que la soledad me espera allá, sentada en el sillón, en la mesa, en la heladera, en la cama. Me espera todos los días. Han aconsejado que me consiga una mina o un perro o un gato, algo que me espere cuando vuelvo. No tendría sentido: me gusta ser patéticamente solitario. Cuando volví dejé la ropa de calle en el suelo de la habitación. Agarré un libro que parecía interesante, de un autor belga no muy conocido. Eso me gusta, leyéndolo puedo jactarme después de que estoy leyendo un libro único de un autor genial. Seguro que quien escribe estos libros está tan solo como yo. Me divierte pensar esto. El libro no lo entendí ni me gustó, por lo general pasa esto, pero lo mejor es aprenderse de memoria un par de frases altisonantes para sorprender a los demás con mi cultura. No duré mucho con el libro en las manos, es más, fue realmente molesto leerlo. Sin embargo aprendí un par de frases deslumbrantes. Dejé el resto del libro para otra ocasión, empecé a escuchar un poco de música, preferentemente jazz, para que pueda jactarme después de escuchar a tal o cual jazzista, así quedo bien parado como un intelectual. Terminé de aburrirme y fui a dormir, aunque de mi casa para afuera voy a decir que hice otra cosa, algo más original. Siempre me costó aceptar el aburrimiento. La ropa que había en el suelo estaba muy sucia como para usarla nuevamente. Había que recurrir al armario, aquel refugio donde la vestimenta apropiada para salir a la calle está decentemente limpia y ordenada. Abrí la puerta y colgado en una percha, al lado del último traje sano que quedaba, había un muerto. Quedé un poco pasmado, pero inmediatamente agarré el traje, me lo puse y salí a la calle. Cuando vuelva hago la denuncia a la policía para que se lo lleven a donde corresponda. Me pregunté de dónde ha salido este muerto, porque no recuerdo a nadie en ese estado que, de una u otra manera, pudiera haber llegado hasta mi placard. Repasé lo que había hecho en los últimos dos o tres días, porque el cadáver no podía ser de antes, dado el increíble estado de conservación que presentaba. La gente que me rodeó aquel día notó que estaba un poco taciturno, menos hablador, menos presente. Les explicaría luego que fue sólo porque tenía un muerto en mi casa. Al volver abrí el armario. Todavía estaba allí, con la percha que lo cruzaba de hombro a hombro y el gancho que se ubicaba detrás de su periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


cuello. Se veía feliz y tenía cara de Juan Carlos. Diría que su apellido era Peña, pero arriesgaría mucho al decirlo. Lo descolgué para meterlo en la heladera, a fin de conservarlo hasta que llegue la policía. Era liviano a pesar de su tamaño que indicaba todo lo contrario, por lo tanto no me costó casi nada llevarlo a la heladera. Hecho esto llamé a las autoridades. Los esperé mirando a la heladera, con el cadáver que la llenaba. No tardaron en golpear la puerta. Cuando abrí vi a dos oficiales de la policía con un médico forense. Los oficiales tenían cara de malos. Mejor dicho, tenían cara de excesiva seriedad y profesionalismo. Eran de esas personas que ponen caras para suplir lo que no son. El médico tenía cara de morgue, cara que se habrá contagiado de sus clientes. Me preguntó: -¿Dónde está el muerto? -En la heladera-respondí. -Bien, muy bien pensado. Así se conserva mejor. Se los mostré. El médico se interesó en el asunto y los policías parecían querer irse de ahí lo antes posible. Los invité con un cafecito. Mientras lo sorbíamos vimos al médico, también en silencio, observando la heladera, dando vueltas al cuerpo con la vista y clavándola de tanto en tanto en un lugar particular. Anotaba algunos datos. Su inspección fue más bien superficial a pesar de su cara y muecas. Cuando terminó se acercó y me pidió un café. Se sentó y me dijo: -¿Hace cuánto que lo descubrió? -Esta mañana. -El hombre murió anoche. Fue envenenado. Empecé a sentirme culpable. -No se preocupe, sabemos que usted no lo mató- continuó. Me quedé más tranquilo. Ahora debía saber cómo llegó allí y, mejor aún, cómo iba a salir de mi hogar. Comenté mi inquietud. -Mire, en estos momentos estamos con unos problemitas en la morgue. No damos a basto, sobran los cuerpos y faltan los nichos. Si hasta hemos tenido que ubicar a varios cadáveres como empleados, para disimular esta falta de espacio. A los más desgastados los hemos tenido que descuartizar sin siquiera poder etiquetarlos o hacerles una autopsia. En fin, lo mejor sería, si usted no tiene problema claro está, dejarlo acá por un tiempo, uno o dos días. Nos lo llevamos cuando podamos. Entienda que si lo llevamos ahora podemos perderlo y quién sabe si usted no termina siendo culpable de esta negligencia. Hoy por hoy cualquiera

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puede ser acusado, no queremos que eso le suceda. ¿Se lo podría quedar? Yo vengo a verlo cada tanto. -Bueno…- dije, como si hubiera tenido alternativa. -Estoy totalmente agradecido. Ahora me puedo ir tranquilo- y caminó con los policías a la puerta–. Me olvidaba, por casualidad ¿sabe su nombre? -Juan Carlos, creo- le respondí. -Con este dato nos simplifica la investigación. Adiós y recuerde sacarlo al sol una hora por día, así no pierde el color. Me quedé mirando el cuerpo vacío de vida que estaba frente a mí, ahora sentado en el sillón porque en la heladera lo vi incómodo. Parecía mirarme. Cuando me acerqué para cerrarle los ojos me vi reflejado en ellos. Parecía verme, lo que me dio un poco de miedo. Lo acomodé en el sillón para que se sintiera más a gusto. Me fui a la cama y antes de acostarme cercioré que el armario estuviera vacío. Antes de dormir llamó el forense para decirme algo que había olvidado: -Discúlpeme, pero olvidé decirle que es mejor que el muerto duerma en la cama, no queremos hacerlo sentir incómodo, mejor que se sienta bienvenido. Sería bueno que no se enterara de los problemas en la burocracia mortuoria. Hasta luego. Colgué el teléfono y le obedecí. Me desperté enojado, por la incomodidad con que dormí en el sofá. Busqué el mate para empezar a desayunar. Mientras se calentaba el agua lavé el cuerpo, que se me había ensuciado. Una vez higienizado lo senté en la silla para que viera como tomaba mate. En eso estaba cuando llegó la dueña de la casa a cobrar el alquiler. Lo vio, pero la tranquilicé diciendo que su presencia era cosa de un par de días, que ya se lo iban a llevar, además no echaba olor. Le pedí también que volviera la semana entrante para cobrar. Se fue, creo, un poco más calmada. Ese día vinieron a visitarme mis amigos y amigas. Les mostré al muerto y se quedaron fascinados con él. Lo tocaban y analizaban. Les conté cómo había sido todo, desde el comienzo hasta ese preciso momento. Se rieron de mi relato. Se reían de mí y de él, sólo pararon cuando me notaron ofendido. De más está decir que nos pidieron disculpas, para luego volver a analizar rigurosamente al cadáver, aún más que el forense. Le tomaron respeto, lo supe por el silencio sepulcral que sucedió a las risas. Debimos haber estado así por unos quince o veinte minutos, hasta que habló el primero: periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


-¿Cómo se llama? -Tiene cara de Juan Carlos, debe llamarse así. Asintieron: para ellos también tenía cara de Juan Carlos. Charlamos sobre cómo el nombre condiciona a la cara y que uno sólo debería tener nombre luego de crecido, así se puede uno llamar de acuerdo a la cara que tiene y no viceversa. Empezaron a hablarle, ahora que sabían el nombre. Juan Carlos estaba contento de que le dieran tal importancia. Me fueron dejando de lado por él. Siempre pasa lo mismo con las cosas nuevas. Recuerdo que cuando era un niño siempre tenía juguetes nuevos y relucientes, porque era hijo único y muy consentido. Cada vez que pasaba esto y yo percibía que mis amigos querían más a mis juguetes que a mí, acababa rompiéndolos (a los juguetes claro). Por eso nunca tuve amigos de verdad, porque al decirles que ya no tenía tal o cual juguete se iban. Ahora veía a mis nuevos amigos, adulando al muerto, dejándome de lado. Me querían por lo que tenía. Siempre había sido así pero esta vez fue la más obvia. Les mentí diciéndoles que era tarde y que tanto yo como el cadáver debíamos descansar. Se fueron. Apenas quedé solo con él le agarré la cara con fuerza, la puse cerca de mí y vi mi envidia incipiente reflejada en sus ojos. Lo mantuve entre mis manos, apretándolo con fuerza, hasta que me cansé y lo llevé a la cama. Imaginaba que la amistad de Juan Carlos con mis amigos iba a terminar de un día para el otro, apenas se pusiera un poco viejo. Con una llamada para invitarme a un asado (“llevá a Juan”, me dijeron), me di cuenta que imaginaba mal. Esos asados me resultaban divertidos, pero a ese en particular fui con rabia, una rabia que no pude disimular a pesar de mi mejor cara de nada. La atención de mis amigos con él fue aumentando, esta vez parecía que no iba a poder sacarlo de allí tan fácilmente. Mi enojo crecía, las burbujas de rabia efervecían en mi cabeza. Dominando cada uno de las terminales nerviosas dije: -Me voy- así a secas. Me pidieron que les dejara a Juan Carlos, lo que partió mi cara de nada, transformándola en lo que hacía rato sentía por dentro. Aseguraron que después lo acercaban a mi casa. Lo peor fue cuando Laura, esa mina a la que siempre le tuve ganas, me rogó que lo dejara con ella. ¡Tantos años buscando llevarla a mi cama y con su cara me sugería que quien se iba a acostar con ella era Juan! Completamente furioso me fui. Me senté en el sillón a esperarlo, con la luz apagada. El odio ya se había apoderado de mí. Pensé en cómo ese rollo de carne que apareció de periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


repente en el armario vino a destruir mi existencia. Insulté a todos los infelices de la morgue. Eventualmente, volvió el muerto. Laura golpeó la puerta y me lo dio, con cara de puta satisfecha. Casi se rió de mí. Entré al cadáver a la casa y lo puse en el sillón. Tenía cara de felicidad. Peor aún para mí, ya no podía estar más enojado, con él, conmigo, con ellos, todos ellos. Decidí que lo mejor era deshacerme de él de alguna manera. Matarlo. Agarré una navaja y le corté la garganta. Brotó la sangre como si aún viviera, fue tanta que me manchó por entero. Me senté tranquilo, relajado, como nunca lo había estado. Al otro día me enterraron. El epitafio lucía: Juan Carlos, un gran amigo.

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Diálogo pasajero La niña se sentó justo acá. Podría haber elegido otro banco de la plaza o el mismo banco de otra plaza, cosa que no hizo. Aparentemente al lado mío su helado tenía otro sabor o vaya uno a saber qué vio como para acercarse y sentarse dejando colgadas las piernas que no le llegaban al piso desde ahí. No la quiero cerca, no quiero a nadie cerca, eso me incomoda, hago todo lo posible porque ella lo note y se vaya. Tira el palito del helado, apoya las manos; no piensa irse. Mueve las piernas hacia a atrás y adelante con un ritmo poco sincronizado. Me mira y se ríe, pero no pienso irme. -Son lindas las rosas, ¿no? Lo único que faltaba, que ahora pretenda hablarme. -¿Ah? Recién ahora noto que está viendo la rosa que tengo en el ojal del saco. -Son lindas las rosas, ¿no?- repite la frase, amplía la sonrisa. -Ah. -Si pudiera agarraría todas las rosas del universo y las abrazaría a todas y le daría una a mi mamá y otra a mi papá y a mi hermana no, porque no me deja ver la tele. Me está fastidiando esta pendeja. -¿Usted no haría lo mismo? -No. -¿Por qué no? Cada vez estoy más lejos de echarla, quizás si entro un poco en su juego se aburre y se va, después de todo ningún niño me ha aguantado más de tres minutos. -Porque son una mierda las rosas. Yo las abracé a todas y pasó lo lógico, me pinché todo el cuerpo, perdí sangre, mucha sangre, me desmayé en un lago de sangre. Son una mierda las rosas. -A usted tampoco le voy a dar una rosa entonces. Ni a usted ni a mi hermana. A los demás sí. Sigue acá, está ofendida pero sigue acá. No entiende, es imposible que entienda que la soledad hoy es este banco de esta plaza, que en otra parte no puedo estar, no la puedo soportar si no es este martes a las tres de la tarde en esta plaza. No entendería nunca que no-puedo-irme ni que

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ella se-tiene-que-ir, porque este es el único momento en que el todo deja de ser una mierda, justo ahora. No se va, calla y sigue ahí, mordiéndose los labios para ocultar esa sonrisa o para no decir lo que está pensando o ambas cosas. Levanta la cabeza, se cubre un poco la vista con la mano y dice: -Es lindo el sol, ¿no? -No, no es lindo. El sol duele, el sol quema, te da cáncer en la piel y si lo mirás de cerca te deja ciego. -Entonces no le voy a prestar el sol a usted. -No lo quiero, ni el sol, ni las rosas, ni nada. Vuelve a su mutismo. Ahora mira al piso, vuelve a mover las piernitas. No sé qué pretendía de mí, pero ha logrado que quiera matarla ahora mismo. Si no fuera por la gente sería sencillo, agarrar su cuellito con mis manos, apretar un poco y listo, casi como descogotar una gallina. Sólo un poco más de esfuerzo, pero igual culpa. Sudo ante esta idea, me pone ansioso, veo que la gente en realidad no está mirando, nadie mira, salvo aquella señora, que empieza a acercarse apurada, toma de la mano a la niña, me pide disculpas, pasa que a veces no se da cuenta, ella va y habla con cualquiera, qué te he dicho de hablar con extraños, sepa disculpar, ya me la llevo. -No se preocupe señora, no me ha molestado. No sabe lo cerca que ha estado de ver morir a su hija. La sigo mirando mientras se aleja y cuando da vuelta por la calle M... la niña gira su cabeza, sonríe y saluda. En el preciso instante en que dejo de verla me empiezan a arder tremendamente los ojos, con un ardor que va creciendo vertiginosamente, como si los estuvieran quemando. Grito, quisiera arrancármelos, pero las puntadas, las pequeñas puntadas que siento por todo el cuerpo ahora me distraen. Quisiera ver qué, quién me hace esto, pero no puedo, ya he perdido por completo la vista, pero no el ardor. Me palpo. Sé, inconscientemente, que es sangre. Llamo a gritos a la niña para que vuelva, pero está demasiado lejos ya.

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Sin aviso Le cortaron la cabeza mientras dormía, pero no le avisaron. Así vivió unos cinco o seis años más, ignorando la ausencia de los hombros para arriba, hasta que uno (probablemente un niño sin prejuicios injertos), venciendo temores y vergüenzas ajenos, se le acercó y dijo: -Boludo, no tenés cabeza. Desde el agujero-laringe salieron algunas palabras: -¡No se puede vivir sin cabeza!- y se desplomó, dejando caer su primer y último chorro de sangre.

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Progresos Es una costumbre antigua la de los hueveros envolver la docena en una hoja de diario viejo, que por esas cualidades de los periódicos pasados en uno o dos días sólo son útiles para eso. Es también una maña mía la de leer esa hoja cuando uso por primera y última vez los huevos envueltos. No hace mucho me dieron una hoja de diario del domingo, favorito de los hueveros, por su cantidad de hojas, y de los huevones, por la calidad de su contenido. En esa hoja venía un informe pseudo histórico sobre la vieja penitenciaría, ubicada en calle Chile. Estaba acompañado de una foto o de un dibujo muy bien hecho de la época, lo que me indujo a traspolar la imagen actual del sitio que tenía en mi cabeza a ese gráfico. Los huevos ya los había roto para cuando se me vino la imagen, casi tan nítida como una foto, de lo que allí estaba en este preciso instante. A los huevos convertidos en tortilla mucho no les importó, pero yo, preocupado por lo que había visto, salí corriendo hacia donde hubiera estado la cárcel si no la hubieran derrumbado. Cuando llegué vi en el lugar un colegio nacional y un hotel cinco estrellas. Ahora entiendo el origen de mi confusión, por qué me había costado tanto imaginar que verdaderamente habían demolido la cárcel. Pero a cualquiera le hubiera pasado y mejor ahorrar tinta en comparaciones trilladas. Prefiero pensar que este es el progreso, y que por mi curiosidad se me debe haber quemado la tortilla.

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Puntualidad El relojero lo puso más o menos así: ese reloj no andaba mal, pero tampoco tenía arreglo. No quiso cobrarme y me pidió por favor que no volviera más por allí. Ése fue la quinta relojería que me rechazó en un día y la última que me quedaba por recorrer de esta ciudad. Miré la hora, marcaba las 13:03. Con 40 segundos. Exactos. Como siempre, estaba adelantado. Abrí la puerta. En ese momento cambió la hora del reloj. 18:34, 27 segundos. A las seis y media habíamos quedado en encontrarnos en el café. Todo marchaba bien, llegaría a la cita con la puntualidad necesaria. Tuve la certeza de que en esas cinco horas no iba a pasar nada. A las 18:34 con 27 segundos estaba sentándome en la silla del café. Ella llegó un poco más tarde, no podría decir con exactitud cuánto. Me dio un beso y pedimos dos cortados. -¿Pudiste arreglarlo? -No hubo caso. Nadie sabe bien qué le pasa. -Bueno, pero es más simpático tener ese reloj que cualquier otro. -Puede ser, aunque sólo sé qué hora será. Hablando de eso, ¿qué hora es? -Siete y media. La invité a que vayamos a casa. Le resultaba divertido preguntarme la hora. -¿Y a qué hora vamos a llegar? Miré el reloj. 20:12, 4 segundos. Se hubiera sentido mejor si le hubiese cantado un número redondo. Jugaba a eso, a ver cuándo tocaba la hora redonda. Cuando sucedía, festejaba con un gritito, reía y me abrazaba. Lástima que no se daba a menudo. En la cama, me comentó de una relojería. -La vez pasada, allá en S... al mil y pico, entre D... y T... vi un cartel. “Zapatería, se arreglan relojes”. Te podrías dar una vuelta, por lo menos para ver de qué se trata. Es un cuartito chiquito y marrón, con una mesada un poco mugrienta. Andá, a ver qué te dice. De paso te llevás mi cartera, que hay que cambiarle el cierre. Ahí pareciera que pueden arreglar estas cosas extrañas, aunque sino lo arreglan mejor. Pero no te olvidés del cierre de mi cartera. -Bueno, mañana me doy una vuelta. -No te creo. periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


-En serio te digo. -A ver, ¿a qué hora? Le mostré el reloj. 11:53, 21 segundos. -¡Dormilón!- me dijo, luciendo su facilidad para la risa. A la hora señalada toqué el timbrecito ese que ponen en los mostradores. Se asomó el empleado. Era joven, andaba alrededor de los veinte. Le dije que venía por dos cosas: la primera, la cartera de mi novia; la segunda, el reloj. -De la cartera me encargo yo- respondió-. Ahora, por el reloj, espéreme que llamo a mi abuelo. Él es el que sabe. Mientras venía el abuelo miré el lugar. Detrás del mostrador se apilaban zapatos, casi todos de mujer, y carteras. El lugar era completamente oscuro, salvo por la ventana que había en el frente, que estaba la mitad tapada por el cartel de “Zapatería, se arreglan relojes”. En el cuartito había algunos afiches viejos. Uno con la formación con que Boca había salido campeón intercontinental en el 2.000, otros con leyendas un tanto curiosas y una foto autografiada de Perón. Me detuve en un volante chiquito, fechado cerca del ’67, que decía: “La espera es un reloj, espere mejor con...” La última frase y la marca de la publicidad no se leían claramente. -El General me la dio en forma de pago. No soltaba un mango. El abuelo había aparecido sin que me diera cuenta. -¿Qué? -La foto digo. Trajo un reloj una vez, un Rolex que le habían regalado no sé dónde. No le andaba y me lo trajo a mí. Le dije cuánto costaba el arreglo y me dio una foto, ¿lo puede creer? Pero eso es historia vieja, ¿qué desea? El viejo era ciego. Usaba esos anteojos ahumados redonditos. Además tenía los dedos gordos, muy gordos. Me preguntaba cómo haría él para arreglar relojes. Le conté cómo era el asunto y le pasé el reloj. Lo frotaba con sus dedos de elefante. Estuvo un rato con ese juego. Me lo devolvió. -Este reloj... Tenga cuidado con él. Sólo una vez vi uno igual. El dueño enloqueció, lo encontraron colgado en el parque. No aguantó más. -Lo sé- le dije-. Era mi padre. -Pero el reloj no es el mismo- afirmó. -No. Este empezó a hacer esto hace unos cuatro o cinco años. He intentado burlarlo, pero siempre me lleva ventaja. periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


-Y no podrá deshacerse de él, obviamente- dijo. Luego tomó una postura pensativa-. Yo puedo ponerlo en hora, eso no es complicado. El problema sería que usted estaría condenado a volver a hacer lo mismo, una y otra vez. Sólo se me ocurre una cosa, aunque deberá mantenerse fuerte de la cabeza. Váyase al campo, solo. Enciérrese, no haga nada, no salga. Espere así hasta que el reloj se ponga en hora. Si esto no llega a funcionar... -¿Si no funciona qué? -Lo lamento... Mire, yo tengo una casita, a unos 500 kilómetros de acá. Pase mañana a buscar la llave. Allá no lo va a joder nadie. -¡Para mañana está la cartera, también!-gritó desde el fondo el muchacho. -¿Usted cree que esto puede funcionar?- le pregunté al ciego. -No se puede saber, pero es lo único que queda. Salí de ahí confundido. La decisión no sería sencilla, sin embargo el viejo parecía saber de lo que hablaba. 12:28, 17 segundos era la hora en la que llegaría a mi casa. La próxima que marcó fueron las 9:29, 54 segundos, cuando volvería, con el insomnio bajo los ojos, a la zapatería. El viejo me estaba esperando. Su nieto apareció con la cartera arreglada, “el arreglo es regalo de la casa”, me dijo. El ciego sacó de un bolsillo la llave. Me explicó cómo llegar y me deseó suerte. Al parecer, todo esto le resultaba más grave quizás que a mí. Antes de despedirme le pregunté: -¿Y usted, cuándo se quedó...? -A los veinticinco- me interrumpió-. Me arranqué los ojos. Llegué a la conclusión de que si uno va a trabajar con el tiempo no debe desesperar. Y los ciegos no desesperamos, aprendemos la frialdad de la paciencia. -Gracias, ya volveré. -Espero que así sea. Le deseo suerte nuevamente, le va a hacer falta. En casa escribí una nota para ella explicando todo. La dejé en su cartera y partí. 2:41, 30 segundos marcó el reloj. A esa hora llegaba a la casa del viejo. Era muy chica y lo más cercano era una estación de servicio que estaba a unos 80 kilómetros. Prendí la luz. Sólo había una cocina, un baño y una cama. Acomodé lo que llevaba y me acosté, rendido. El resto de los días transcurrieron así. No salí, ni hice nada más que sobrevivir. Cuando me ponía nervioso contaba las cañas del techo, una y otra vez. Y sobre todas las cosas trataba de no mirar la hora. periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


A los días llegó ella. Estaba preocupada. Lloraba, no comprendía, o comprendía tanto como yo. El juego había terminado y el reloj que marcaba la hora en que sucederían las cosas ya no era simpático, sino más bien patético. Hizo los reproches, las preguntas, dijo las palabras pertinentes al caso, su crítica a cómo me veía, a mi olor, todas esas cosas; que las juzgo lógicas, pero no dejaban de molestarme. Me dijo que me había encontrado porque el relojero le había dicho dónde estaba. Y que había visto una hora, justa, exacta, como la que da mi reloj, que lo había aterrado. -Las 12:00 en punto, p.m.- dijo ella-. ¿Qué va a pasar a las 12 en punto, mi amor? No pude resistir, miré el reloj. Marcaba las 24:00, 0 segundos. -No sé, no sé- respondí-. Las 00:00 del día 15. La marca desde que llegué. -Vámonos, dale, vamos a casa y tiramos el reloj. -No puedo. ¿Qué día es hoy, a todo esto? -14. Son las tres de la tarde del 14. Me angustiaba saber qué pasaría dentro de nueve horas. Recién ahora, que podía comparar la hora, sentí miedo. Un miedo profundo, inexplicable. Ella se quedó conmigo. Quisimos agregarle algo de humor a la situación, pero no nos salió. Comimos algo y nos acostamos. Ya anochecía. -No te vayas- le pedí, llorando. Ella también lloraba. Cuando empezaron los dolores, prometió que me acompañaría hasta el final.

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El mendigo Cuando todo empezó, mendigaba por esperanza. Cuando todo terminó, mendigaba por olvido. Pedía con su mano por su madre que estaba enferma sin remedios. -Vagabundo, mentiroso, borracho- lo insultaban, escupían, pateaban. Ellos sabían que en realidad él pedía para comprarse el trago. No sabían que el trago era para matar el lejano recuerdo de su madre, enferma, sin remedios, muerta.

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Aplausos y vergüenzas Germán se había cagado encima. Su madre se acercó, le habló en un lenguaje prácticamente monosilábico pero tierno y luego le preguntó: "¿Te ito popó e' nene?". Le quitó la ropa interior, la tiró a la basura, le puso una nueva con talco y perfume y culminó la tarea con un: "¡Qué linda cacona!". Germán se había cagado encima. Su esposa se tiñó de rojo justo antes de insultarlo. Él sólo agachó la cabeza, creyendo que quizá así iba a ocultar la imagen tan hedionda y marrón del pantalón. Solo se fue al baño, se duchó y se cambió la ropa interior por un par de calzoncillos arrugados. Germán no lo sabía, pero la única diferencia entre mierda y mierda era una vida. Una vida y un orgullo que lo partían por la mitad.

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Actitud de una rueda Rueda se desprende de Auto, quizás porque no agradó la última orden que recibió. Entonces, floja y desobediente, se escapa aprovechando la bajada. Rueda podría ir por la subida, a fin de cuentas eso de la gravedad es puro cuento. Rueda no camina, porque no quiere y no volverá a hacerlo (porque en este caso no podrá). Está un poco triste y quiere llorar, pero sabe que las ruedas no lloran, ruedan. Justo a ella tenía que pasarle. Rueda va a parar a veinte metros de Auto. Distraída como es, se da contra una pared y cae redonda (por supuesto). Mira a Auto, que ahora abraza a Árbol y no está para nada celosa. Caída, triste, sin mucho rodaje, duerme. Y sueña. Sueña que está atornillada a Auto, quien carga con la responsabilidad de llevar a Él y Ella. En el sueño, Ella también duerme y sueña con una rueda que se separa de un auto, después de discutir como un matrimonio agotado. Cuando Ella despierta ve a Él, que no podrá caminar y rueda para salir, pero a Ella le duele todo y llora una lágrima que no rueda, porque las lágrimas no ruedan, lloran.

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Besar la lona Creo que nunca había logrado reconocer a alguien por su aliento. Detrás de cada palabra, venía una bocanada pérfida, como una vez sentí, lejos, inexorablemente lejos. Sólo que esta vez era más fuerte, más penetrante, y eso que mi olfato ya venía lastimado. Como mi memoria, que elegía los recuerdos más ridículos de entre una parva de papelitos amarillos, tan ordenados como si un ciego entrara a la noche tratando de cazar una mosca. Cuando apareció el viejo en el Torino, yo ya había estado cuatro horas en aquella banquina, con suerte que se acerca sólo para burlarse. De haber entrado a la estación de servicio, que estaba a la salida del pueblo, habría conseguido transporte con sólo revolver un café con leche y hacer unas preguntas. Sin embargo, el problema se me presentaba con aquellos estúpidos ojos, llenos de un orgullo que crecía a costa mía. Golpes. Imposible acostumbrarse a los golpes. Por eso preferí sentarme unos metros más allá. Y bancarme lo que viniera al menos eso creí. Algunos dicen que, antes de morir, uno puede ver toda su vida en cuestión de segundos. Las epifanías deberían ser más largas cuando esos segundos se transforman en cuatro horas. Y uno ya está muerto. O se siente así por lo menos. Es mucho tiempo para pensar, cuatro horas. Toda la vida yendo derecho al bulto, a hacer daño a quien se pusiera frente a mí. Pero cuatro horas ante el horizonte te hacen pensar. Pensar, por ejemplo, qué carajo hacía sentado en esa banquina, cómo fue que llegué ahí. A veces resulta que la mejor conclusión puede llegar a ser la mala fortuna. En todos los niveles. Pero yo también he puesto de lo mío. Como con el secretario de deportes de General Paz. Sabía, desde que llamó a casa, que ese tipo era un hijo de puta, que de una u otra forma no iba a pagar. Pero igual vine. A la larga que no era tanta plata, tampoco. Lo suficiente como para tirar un mes, dos si había que ajustarse. Después salió con esas excusas que parece que está bien escucharlas, pero nunca darlas. -Balmaceda, la verdad que la concurrencia no fue tanta, y con lo que gastamos remodelando el polideportivo, no estamos en condiciones de pagarle todo de un tirón. Calculo, siendo optimista, que podremos enviarle el resto del dinero para octubre, más o menos.

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Octubre era distancia. Hambre hasta octubre, rebusques, a lo mejor un currito en el gimnasio, si me aceptaban. Faltaban tres meses para octubre. Y más de la mitad de lo que me iban a pagar. En otros tiempos le rompía la cara, ahí nomás. No lo hice, eso me dio la medida de que, además de viejo, estoy más pelotudo. De cualquier forma, no valía la pena y los nudillos me habían quedado a la miseria. Lo que sí sé, es que la última vez que me pude contener, fue cuando tenía doce años. En cuatro horas uno puede recordar muchas cosas, las de hace unos momentos, en la oficina del director de deportes; las de ayer, viendo la sonrisa del “Águila” Carranza justo antes de perder el conocimiento; o las de la infancia en el barrio, cuando tenía doce años y no tenía chances de encajarle siquiera un puntapié al vecino. O un buen escupitajo en la cara. Eso siempre funciona cuando el otro es más grande. Uno escupe y ensucia el alma, llena el honor de mocos. Ayer tampoco hice nada, igual que a los doce. El Torino estaba ahí. La pintura corroída de tanta ruta. La puerta se abrió con cuidado, como para que no se cayera del todo. Antes en estos pueblitos por lo menos me ponían a mi disposición un vehículo de la municipalidad. Ahora las puertas no sólo se cierran: se caen. Y en cuanto se cayó, el olor. Podrido brotaba, podrido paseaba por aquella pampa que de haber tenido algo, seguro lo hubiera matado. A pesar de todo, el Torino era volver, meterse de lleno en el tufo, aguantar la respiración y si se podía, no pensar, hasta llegar a otra derrota. -¿Sube?- preguntaba el aliento. Subir para ir. Sólo sabía que no quería estar ahí, ni un minuto más. Ir. Irse un poco más lejos o más adentro. Llegar a la piecita, la heladera vacía o con un pedazo de hígado en mal estado. Después vería. Pero tenía que irme, la puerta que se caía y el viejo insistía con la pregunta. Subirse, hablar seguramente de la pelea, bañarse en el vómito de sus palabras, ducharme en el silencio con el olfato aspirando hasta el último gramo de putrefacción, llegar. No me quedaba otra que subir, aguantar por lo menos hasta el próximo pueblo, donde el “Águila” Carranza no fuera nadie y los ojos no pincharan. -Suba nomás, voy por la 78 hasta Santo Tomás- decía, porque se había olvidado de todo. Y subí. Santo Tomás sonaba bien. Yo también necesitaba olvidar. Olvidar el momento en que llegué a este pueblo, las arengas del “Águila”, la ceja abierta en el cuarto round y a chuparme la sangre porque el periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


médico que me asignó la municipalidad era un veterinario venido a menos. Después de todo el pibe no tenía la culpa. Le habían armado todo el circo, ya estaban descorchando el champán antes del quinto. Había que festejar, que el pibe prometía y a lo mejor sacaban un campeón desde General Paz. ¿Quién conocía General Paz hasta que apareció Carranza? Y yo me metí con todo. Sabía cómo venía la mano, pero la guita venía bien. Hasta el octavo le aguantaba seguro. A lo mejor le metía una buena mano y la cosa se daba vuelta. Aunque los perdedores ya sabemos de antemano los resultados, pero perdemos porque siempre tenemos a mano un sueñito bien ridículo, de que de repente podremos sorprendernos y sonreír con los cinco dientes para la foto. Una foto para la tapa de alguna revista especializada o por lo menos la del suplemento deportivo del diario del pueblo. Bien grande la foto, colgarla en algún rincón. Después que las arañas se hagan cargo y que las hojas se pongan amarillas. No importaba, había ido y les había animado la fiesta. La promesa derrotaba al veterano, al boxeador de cierta carrera. Cuando empecé entusiasmé a algunos también. Y ellos me entusiasmaron a mí. Seis horas por día descargando contra la bolsa, hasta que no diera más, porque pegarle a la bolsa estaba bueno, pero haberle pegado al vecino hubiera sido mejor. Entonces volvía al otro día y hacía guantes con quien se pusiera en frente. Al principio se me animaban, después nadie quería pelear. “Nos va a hacer daño, don Francisco, no se controla”, decían. Ahí me pasaron de categoría y la empecé a ligar. Lindo ligaba. Pero los grandotes aguantaban más también. Como pegarle a la bolsa y caer al piso, lunes, miércoles y viernes. En el boxeo no llega el que mejor pega, sino el que sigue pegando a pesar de todo. Por eso Carranza no va a llegar lejos, con suerte campeón nacional, una defensa arreglada y después se le acabó la carrera. Seguramente estatua para él en el pueblo, unos mangos por entrenar pibes en el polideportivo y ahí te quiero ver cómo te las arreglás. Yo siempre iba al frente. Así llegué a profesional. Mi primera pelea la gané de atolondrado. Hacía tiempo que don Francisco ya no intentaba corregirme. Me hacía olfatear la sangre del rival y me mandaba al ring como un perro de caza. De atolondrado nomás. Después, claro, me empezaron a hacer mierda. Tipos con mejor técnica, que aguantaban un poco más, que no me tenían miedo. Sin embargo a todos les dejé una marca. Dejarle una marca al contrincante es lo mejor. El otro te ganó, pero la cara le quedó destruida. Ganar cuesta eso, dejar de lado tu propia cara, tu identidad. Porque el que ganó se agranda, se cree que periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


conquistó el mundo. Yo vengo a hacerles recordar lo rotos que están. O a presentarles cómo van a estar. Que van a estar como yo. Quiero que lo sepan todos los que pelean conmigo, que se enteren. Abro el hocico y muerdo con mi guante derecho. El Torino andaba con ruidos por todas partes. Al viejo lo entendía poco cuando expiraba su fetidez entre los dientes marrones. Ignoraba la pelea que tuvo lugar en General Paz anoche. No me reconocía. Me miré en el espejito y entendí por qué. Abrió la guantera y sacó el paquete de 43/70 cortos. -¿Quiere uno? Los mismos puchos de siempre, entre los labios un poco violetas y pastosos. -Gracias- le dije y el humo me dolía en el costado derecho. No me acordaba que la zurda del “Águila” me hubiera hecho tanto daño. -¿Y qué hace por acá? Dejé una mentira flotando con el humo. Por cortesía le pregunté a él. -Viajante. Desde el ’86 dando vueltas por el país. Pero la cosa está jodida, compadre- hería con esa palabra-. Es una lucha, ¿no? Cruel y mucha, como dice el tango- y de tango quizás sabía pero qué mierda sabrías vos de lucha. Viajante decía él y me acordaba de mi vieja que algo decía de los burdeles y del vecino. De las ojeras de su mujer, negras en un cuerpo gris, apagado por el silencio. Desde el ’86 regenteaba prostíbulos en el interior porque en la capital se había mandado un par de cagadas graves. Hasta ahí sabía. Nada había cambiado. Otro perdedor, sólo que este era bastante más hijo de puta. Cuando fui profesional, ya nada importaba. La cosa era ir, sacarse la bronca. “Doscientos mangos, una pelea en Roca”. Y yo iba. Pegar era el asunto. Y recibir hasta la inconsciencia. Me hice más viejo, pero me cuidaba menos todavía. Me ofrecieron ser sparring. “Buena guita”, decía Martínez. Pero no sirvo para sparring. El sparring tiene que moverse así, pegar asá, ponerse acá y saltar para allá. Actuar para el otro, para el tipo que es mejor y cuando lo tenés ahí en frente ni siquiera podés darle. Para sparring que busquen a otro. Los sparrings no sangran. La cosa para mí pasa por ponerle la cara al tipo que está ahí, mostrarle los dientes y largar el brazo con toda la fuerza. Así es como pierdo, lo sé. Con el tiempo uno se acostumbra. Tirarlo lo tiran a cualquiera. Caer sólo caemos nosotros. Se periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


puede estar cayendo por siempre. Llega un punto en que es fácil. Todo se afloja, parece un vuelo hacia la lona donde nada duele ya. Y después el monigote que cuenta hasta diez mientras los labios se van apoyando sobre la lona. Es adictivo. Uno besa la lona y juro que después de caer tanto la lona empieza a devolverte los besos. Te das cuenta que es la única mina que te va a amar. Y el monigote te da diez segundos para hacerle el amor, ahí, ante los ojos de todos los que están festejando por el tipo que quedó parado y ya está levantando los brazos, mientras vos estás siendo abrazado como nunca lo has sido y te entregás sin hacer preguntas. Así es perder. Olvidar como había olvidado el viejo era lo que necesitaba. Pero cuando te pegan tanto, apenas te tocan se te abre el pómulo. En el barrio se estaba bien, con mi perro no dolían las cosas. Y cuando dolía, él venía y sabía dónde lamer. Me daba bola el Roque. Pero parece que eso les rompía las bolas a otros. Cuando mi viejo quiso llevárselo a la quinta de un amigo para que no jodiera en la casa, me puse como loco, tan loco que tuvo que dejarlo pidiendo lo imposible: silencio. Me enteré con el tiempo que el vecino de al lado había tirado alguna amenaza. Que ladraba, que cagaba, que meaba. Se armó una linda cuando me enganchó tirándole petardos justo en su cantero. Salió en pantuflas, con el 43/70 entre los labios, puteando. La patada que largó me enganchó justo en medio del culo. El perro vio todo y vino a defenderme. Lo mordió en la misma pierna con que me pegó la patada. No salí a la calle por un mes, en pleno verano. Cuando salí, me desviaba para llegar a mi casa sin pisar la vereda del vecino. A partir de ahí, todo fue perder. El tiempo primero. El perro después. Mi vieja. Mi viejo casi al mismo tiempo. La esperanza fue lo último, como corresponde. Pero las derrotas nunca se pierden. Salí para encontrarme con la bolsa, 6 horas por día. Los lunes, miércoles y viernes, guantes. Estaba bueno. Y cómo podía ser que el viejo no se acordara de nada. ¿Acaso no le dolían los dientes sobre la pantorrilla? ¿No los tenía todavía clavados? ¿Cómo hizo para anestesiarse? Y el Torino que se iba metiendo al corazón de la ruta, donde ya no quedaba nada. Sólo quedaba el viejo y yo. Con mi dolor, con el cross de izquierda del “Águila”, que lo vi viajar una eternidad antes de descolocarme la mandíbula y no pude hacer nada al respecto; con la próxima lona que me esté esperando para amarla; con las dos semanas del Roque en la cucha, aullando como si se fuera a acabar el mundo y ver cómo de a poco se le iba saliendo la lengua, blanca de veneno, sin que periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


pudiera hacer nada al respecto. Y las lágrimas que nunca más tuve para nombrarlo. En medio de la nada, a kilómetros de algún pueblo, fue cuando le dije que parara el auto. El viejo no entendía nada. -Pará el auto, la puta que te parió, o me tiro ya nomás- enfaticé. El viejo estaba desconcertado. Intuía que yo no le iba a hacer daño, pero no sabía con qué podía llegar a salir. -¿Qué pasó?- dijo mientras el Torino se acomodaba en la banquina. Y ahí se me cruzó por la cabeza que no hubiera sido difícil la venganza. Con una piña le abría la cabeza blanda, arrugada, de viejo, que tenía mi vecino. Lo haría recordar todo mientras agonizara. Después dejaría caer la puerta desvencijada del Torino, que el viejo se quedara con la cara contra el asfalto, la lengua afuera, estirado como una alfombra en la ruta. Como los perros cuando los atropellan. O los envenenan. Y me hubiera ido, sin que a nadie se le ocurriera buscarme. Debo estar viejo. Tampoco se la puse al secretario de deportes de General Paz. Ni a Carranza. Me limité a decirle: -Vos mataste a mi perro, hijo de puta. El viejo se palpó la pantorrilla. Se acordó, lo sé. Espero le haya dolido, que chillara de dolor apenas avanzara unos metros. Después arrancó el Torino y se perdió, sin más. Me senté en la banquina. No había nada alrededor y volví a pensar en la lona, en cómo estaría esperando para abrazarme y yo dispuesto a besarla por todos lados y entregarme a ella, completamente.

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Lágrimas de zaguero Hay posiciones en el fútbol que son patrimonio exclusivo de tipos duros, de temerarios, para hombres de anchas espaldas dispuestas a bancarse lo que venga. Una de ellas es la de defensor central. Un defensor central está destinado tradicionalmente a la rudeza, es el tipo que tiene que ponerle en claro las cosas al delantero estrella del equipo contrario a base de firmeza en cada cruce, de anticipos por pura potencia, de revolear la pelota en la situación más peluda y de revolear también al habilidoso si éste último abusa de sus dotes técnicas. El zaguero, además, está siempre sujeto a la roja en el más mínimo descuido, pero a pesar de eso tiene que seguir demostrando su guapeza en cada jugada. Y son los equipos chicos, de barrio, los que se ven obligados a meterse atrás y ahí el defensor debe ser aún más implacable, porque todos vienen a faltarle el respeto y él es el que no puede permitirlo, embanderándose en el “huevo huevo” de la hinchada. Su único camino a la gloria es infundiendo miedo al rival y seguridad en sus compañeros. Rara vez tira un caño, pero si el diez de su equipo lo hace y le sale mal es el cuevero el que tiene que salvarle las papas con un glorioso patadón a la rodilla. Uno de los que cumplía con todos estos requisitos y con cierta elegancia también, según me contó mi viejo, era el Negro Guayama, central emblemático del Gimnasia y Esgrima mendocino que jugaba los campeonatos nacionales del fútbol en los setenta. En aquellos campeonatos, al equipo grande que venía con pretensiones de sobrar al equipo local se llevaba tremenda paliza, en el resultado por culpa de tipos con Legrotaglie y en el físico gracias a la rudeza del Negro y compañía. Mi viejo es el que me cuenta de estas cosas. Lo del Negro Guayama lo escuché por él. Además lo conocía personalmente, porque en aquella época los futbolistas profesionales todavía jugaban en el potrero y mi viejo jugaba con él y sus amigos en la improvisada cancha de tierra y piedra de enfrente. A esos partidos también venían tipos como Rogel, o algunos jugadores de Independiente Rivadavia y al otro día jugaban por el campeonato profesional. Y el Negro desplegaba guapeza en ambas canchas, sin importarle. Dicen que los ídolos se forjan de esta manera y el Negro Guayama tuvo la máxima gloria a la que puede acceder un defensor central.

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También fue mi viejo quien me contó algo más del dos de aquel histórico Gimnasia. Dice que una vez apareció por casa de mi abuela buscando a su madre, vestido de traje, tan pálido que no justificaba su apodo, acompañado del médico del club. En cuanto apareció su madre, doña Ofelia, el Negro, ejemplo de una raza excepcional de jugadores, se agachó para abrazarla, rompió en llanto y entre sollozos dijo: “Mamáaaa, no quiero ir”. El médico, durante esta situación completamente surrealista (estamos hablando del Negro Guayama, defensor central, machazo), explicó el terror que le representaba al jugador subirse al avión para ir a jugar con River, y que necesitaba que, siendo pieza fundamental de la defensa y en un partido bravo como aquel, la madre lo convenciera de ir. Finalmente doña Ofelia logró consolarlo y luego convencerlo de que todo iba a estar bien. El Negro se fue enjugándose las lágrimas en la manga del traje. En el partido se revolcó, jugó, pegó, trabó, gritó, ordenó, haciendo todo lo que se esperaba de él y aún más. Dicen que los ídolos se hacen en partidos como esos. Doña Ofelia sabe que los ídolos nacen de sus fragilidades.

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El mecánico del olvido Me senté. El mozo ya me conoce, sabe que siempre pido lo mismo, pero siempre pregunta. Le pido el vaso de ginebra y la servilleta. Él trae la orden. Así suceden las cosas acá, todos los días se repite la historia. Nadie hace mayores planteos, nadie habla más de lo necesario y todas las mesas tienen una sola silla. Me gusta este bar. Hace quince años que vengo, a la misma mesa, a la misma silla, a la misma hora. Respondo la misma pregunta, de la misma forma. En otro lado es distinto, pero acá siempre hay una servilleta casi transparente, donde puedo mirarme tranquilo. Pienso que la introspección es el único escape posible, aunque no tenga mucho de qué escapar: el trabajo es piola, Marcela nunca me hizo un reproche y el Tomás es un buen pibe. De cualquier manera, casi sin razones, me vengo todos los días después del laburo acá, como si algo faltara, como si no todo cuadrara, como si soltando la corbata y tomando una ginebra pudiera, efectivamente, evitar esa presión que me agarra en el cuello a las cinco de la tarde. Pablo le tiraba piedras a una lata. Julio garabateaba con un palito la tierra del baldío. -¿Qué hora es? -No sé, serán las cuatro y pico. La siesta solía encontrarlos solos. Hasta las seis y media el tiempo se arrastraba por el desierto del baldío. No se aburrían, pero tampoco era lo mismo. A veces las piedras le pegaban a los garabatos, otras el palito dibujaba latas. La espera jugaba con ellos, que iban a la escuela a la mañana, hasta que los demás salieran del turno tarde. Entre ellos, Rubén, que de alguna manera venía a subsanar, por mera presencia, la acefalía de la siesta. Rubén era el más grande, en edad y en tamaño. Cuando empezaron a conocerlo no les fue difícil suponer por qué el tercer grado seguía masticándolo lentamente, sin empezar a tragarlo ni terminar de escupirlo. Paradójicamente, Rubén sabía andar siempre con algún chicle o, en su defecto, algo para ejercitar las mandíbulas. Juntaba ciertas características básicas como para alzarse con la voz de mando, por ejemplo, era el único repetidor al que los demás no consideraban disminuido mentalmente. Representaba también a una especie de padre, como si los dos años más que tenía fueran el límite entre la niñez y la adultez. Era lógico, de todas formas, saber cuántos eran, en realidad, esos diez años. En el gesto se le notaba aquella constante lucha por tratar de periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


retener algún rasgo de una infancia que, así y todo, pretendía a cada momento escapársele de su rostro y cuerpo. Al principio, la timidez demostraba que algo no cuajaba. Con el tiempo se fue soltando, o en todo caso, aprendió a construir nuevas cáscaras que cubrieran aquella vergüenza. Tomás buscaba algo. Marcela, mientras, preparaba el mate. Me dan ganas de salir a dar una vuelta. Pero que sea exactamente redonda, reconocer en cada punto de la elipsis cada uno de los recuerdos que tengo para llegar al mismo punto y que Tomás siga buscando lo que fuere y Marcela cebe unos mates. Me dan muchas ganas de salir a dar una vuelta y al mismo tiempo tengo la sensación de que en algún punto voy a tropezar, romper el delicado equilibrio y que se vuelque el mate, por ejemplo. Porque algo está mal, algo tiene que estar mal. No puede ser que la yerba tenga el mismo gusto de siempre y que el Tomás ahora venga, triunfante, con un autito al que le falta una rueda a preguntarme si lo puedo arreglar. Hay dos opciones: no tiene arreglo o el auto se tragó un pozo y la rueda quedó allá clavada, tendría que salir a dar una vuelta para buscarla, pero me da miedo. Entonces no tiene arreglo y andá explicáselo vos al pibe. Rubén fue siempre el iniciado. Y como tal, se dedicó a mostrarles el camino a los demás. Fue el primero en hacerse la paja, el primero en besar una chica, el primero en fumar, el primero en tomar. A cada uno le fue dando un bautismo de fuego. Pablo seguía tirándole piedras a la lata, pero Julio ya había dejado de garabatear el piso. Ahora recibía el cigarrillo de Rubén. -Tenés que pitar, después abrí la boca, aspirá y tirá el humo. Julio tosió exageradamente. Sin embargo, montó el mismo espectáculo que todos los fumadores primerizos e intentó disimular aquel gesto de debilidad. Al rato aparecieron Matías y Ramiro. -Che, dice el Franco que nos hacen partido. Sabían de antemano que Rubén no iba a jugar. Después de cinco años nadie pensaba en insistirle. Habían aprendido que dos cosas estaban vedadas (o se las había vedado él mismo): estar en la cuadra de su casa y estar en la cuadra del Franco. Esto último no era un problema particular con el Franco. Sucedía que, por alguna razón, sentía terror de una casa de aquella manzana. Y no pensaba acercarse. La servilleta está en blanco. Un hielo se derrite en el vaso. En el bolsillo tengo un autito que he comprado para el Tomás. No es lo mismo, periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


pero por ahí le gusta y se olvida del otro. El problema es si yo pudiera olvidarme del otro. Sin quererlo, Tomás ha agregado algo al círculo, una nueva posibilidad de tropezar, llegando cerca del final del recorrido. Si completo el círculo, no hay problema, volverán las ganas de salir a dar una vuelta. Pero también me dará miedo; tal vez caiga y de repente Marcela no cebe mate esta tarde o la ruedita no aparezca en el pozo, aunque esto último no debería importar, porque compré un autito nuevo. Pero sí que importa. Ya es tarde, apago el cigarrillo, tomo de un golpe el resto del vaso. No vaya a ser que se preocupen. La espera tomaba otra forma. Desde que murió su padre, Rubén trabajaba como ayudante de albañil, ahora solo y todo el día. La escuela, después de masticarlo hasta sexto, había terminado por escupirlo. El chicle ya no hacía globo con los dieciséis años. Pablo cursaba doble turno en la técnica. Julio, que contaba con más tiempo, pocas veces los veía. Con la edad, surgieron problemas entre Rubén y Matías. Ramiro se mudó con sus padres a otro lado, nunca más lo vieron. Los restos del grupo eran tres, unidos sólo por un pasado utópico. El baldío seguía ahí, imperturbable. Cada tanto se juntaban. Ahora Julio esperaba la noche solo, que apareciera alguno de los dos, para seguir pasando. Ya no se hablaba como hacía unos años, pero era mejor pasar el tiempo así. Tomás sigue buscando. Lo veo cómo revuelve todo, se detiene, piensa unos instantes y vuelve a la tarea. Marcela me pregunta si hace las milanesas o una tarta. Le digo que lo quiera, lo que le resulte más fácil. A decir verdad, si no hubiera comida no comería. Era viernes. Pablo empezó a vomitar en un rincón. Julio le sostenía la cabeza y aunque también estuviera mareado, todavía podía mantenerse en pie. Rubén seguía tomando. Era el que más tomaba y nunca lo habían visto borracho. Estaba sentado con las piernas cruzadas, en silencio, como si estuviera a punto de entrar en trance o de conectarse con algún más allá. Cuando terminó la botella le dijo a Julio: -Vení, ayudame, llevémoslo a la casa. Entre los dos arrastraron a Pablo, que prácticamente no podía caminar. Cuando lo dejaron, Rubén dijo: -Che, tengo una grapa en mi casa. ¿Vamos? Julio no quería seguir tomando, pero era la primera vez que lo invitaba a su casa. Quizás por eso aceptó. -Nunca había venido acá...-dijo. Estaba sorprendido por la propuesta. Pero algo le hacía pensar que Rubén tenía algo para decir. No periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


terminaba de entender por qué ahora, que ya no era lo mismo, que se notaba que entre ellos existía una distancia que iba creciendo, se producía esta invitación. -Tenés suerte vos, Julio. -¿Por qué lo decís? -Porque esta es la única vez en tu vida que vas a estar cerca de esta mugre. Julio hubiera querido explicarle que no pensaba así. Pero sabía que la esperanza tiene un precio y que Rubén nunca iba a poder pagarlo. -Antes tenía vergüenza, ¿sabés?- dijo Rubén-. Bah, todavía la tengo. Será que he chupado... Pero aprovechá, nunca vas a volver a ver cómo es que vivo. Es más, dentro de un tiempo, no nos vamos a saludar siquiera. -¿Por eso no querías que pasáramos por acá cuando éramos más pibes?- preguntó Julio. -Sí, por eso y por el hijo de puta- dijo, señalando una foto ajada de su padre. -Che, ¿y lo de la cuadra del Franco, por qué era? -Eso es más jodido... Rubén se mandó de un trago la grapa. Se quedó un rato mirando al piso. -En la cuadra del Franco hay una casa. Siempre ha estado abandonada. ¿Te ubicás cuál te digo? -Sí. -Bueno, ahí, cuando era más pendejo, cada vez que pasaba sentía un olor muy fuerte y una vez por semana habían huesos tirados en la calle. Los perros ni los probaban. Un tiempo después, cuando el entierro de mi vieja, me di cuenta que eso que sentía en aquella casa era olor a muerto. Parando la oreja, empecé a escuchar historias... Me daba un cagazo tremendo esa casa. Julio no quiso creerle, pero tampoco se esforzó por llevarle la contra. Hay cosas con las que no se jodía, menos con Rubén, menos en pedo. Pero nunca había sentido ni oído nada de aquella casa, hasta ese día. Está empecinado con la idea. Ni ha visto el nuevo autito. Marcela dice que ya se la va a pasar. Me duele la cabeza. Le pregunto qué está buscando y me responde que la ruedita. No se da cuenta que no voy a arreglarlo, que no puedo hacerlo. De todas formas, me imagino que no la va a encontrar. ¿Pero si lo hace? Tengo que ir a dar una vuelta, si tan solo periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


fuera fácil. Marcela me dice que la tarta está lista. Espero que tenga el mismo gusto que siempre, que Tomás no encuentre la ruedita. Aunque todo puede cambiar. Algo lo detuvo por ahí. Era como si le hubieran contado lo que iba a sentir. Cuando pasó frente a la casa, Julio frenó bruscamente. Un olor, un olor penetrante, tres huesos tirados en la vereda. La casa abandonada. Había pasado un año desde aquella charla con Rubén. Se preguntó si sería cierto que ahí dentro..., pero se lo negó inmediatamente. La inteligencia de Julio sabía disfrazarse rápidamente de miedo. No sabía qué historias habría escuchado Rubén, pero seguramente que ahora quería oírlas todas. Fue al baldío, a esperar. Quizás podía recibir una explicación. Aflojo el nudo de la corbata. Se acerca el mozo. Lo miro. No es el mismo y eso me incomoda. Pregunta qué quiero, pero me quedo callado. Se queda estático, esperando una respuesta. Finalmente le digo que me traiga una ginebra y una servilleta. Ya no me incomoda que haya cambiado el mozo, más bien me molesta soberanamente, como si todo tuviera otro gusto. Cuando se acerca con el pedido, le pregunto por el otro. -No sé, yo empecé hoy. Es una respuesta bastante estúpida. Veo hacia la barra. El dueño está preparando un café. -Disculpe, ¿qué pasó con el antiguo mozo? -¿Qué cosa? Repito. -Ah. No trabaja más acá. Renunció. Ya estaba viejo- así, sin dar más detalles. El nuevo quiere iniciar alguna conversación. Se hace el simpático. ¿Qué pasó con el silencio? ¿Qué pasó con la ginebra? La servilleta está arrugada. Ya no sirve esto, no tiene sentido que venga. Tengo que buscarme un nuevo lugar y no quiero. Ni siquiera sé el nombre del viejo, pero quiero que vuelva. Aunque sólo trabaje a las cinco de la tarde, que es a la hora que me siento. Necesito que las cosas se den así, sino voy a tropezar, falta algo, el punto se quiebra, entra agua al círculo, me ahogo. No tiene arreglo o no puedo arreglarlo. Voy a caer. Rubén no apareció en meses. Cada vez que pasó por la puerta de la casa, Julio sintió más fuerte el olor y había más huesos. Ya no podía aguantarlo, no podía esperarlo más, tuvo que ir hasta lo de Rubén.

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Llego a mi casa. Tomás busca, Marcela prepara. Tengo que salir a dar una vuelta, a corregir las cosas. Digo que ya vuelvo y empiezo a caminar. Punto por punto, hasta que encuentre el agujero. Abrió la puerta. Julio, al borde de la desesperación, lo enfrentó. -¿Qué carajo pasa en esa casa? -No querés saberlo. -Decíme, me estoy volviendo loco. El olor, el olor me persigue a todas partes. -Olvidate. -¿¡Qué carajo pasa en esa casa!? Rubén se dio cuenta que no se iba a ir, no lo iba a dejar. Empezó a relatar historias de muertos, de asesinos, de una bruja, del diablo. Julio no le creyó. -Pero eso es pura cháchara. Sólo hay una forma de que sepas qué hay adentro. Y es entrando. -¿Vos has entrado, Rubén? -Una vez. Tenía ocho años, todavía no nos conocíamos. No lo pienso hacer de nuevo. Julio fue hasta la casa. La puerta no estaba cerrada del todo (nunca lo estaba). La abrió, con temor pero decidido a seguir. El olor era insoportable, la náusea le atrapaba el cuello. Casi vomita. Había poca luz, pero en algunos lugares se colaba por los agujeros del techo. A medida que avanzaba encontraba más huesos de mayor tamaño. Los reconoció, supo de qué animal eran. El miedo lo invadió por completo, no pudo moverse. No pensaba llegar hasta acá, pero ya estoy. Reclino el asiento del auto, bajo la ventanilla y enciendo el cigarrillo. Empiezo a sentirme mejor, puedo relajarme como en el bar. Alguien se acerca, mira mi auto y me mira a mí. -Volviste, hijo de puta. No te ha ido nada mal a vos. Se fue así como vino. La vuelta, los puntos de la elipsis, se van separando. El cigarrillo me quema la garganta. Tendría que volver, o irme. Pero no puedo arrancar. Es como si estuviera en mi casa, si salgo posiblemente me pierda, no pueda llegar o llegue, pero Tomás no estará buscando la ruedita y la tarta se le habrá quemado a Marcela. No puedo respirar, siento un terrible olor ácido, agrio, que parece venir de aquella vieja casa. Me bajo del auto. La puerta está entornada, pareciera que puedo entrar. El olor, es como si estuviera encerrado en un periodismoextension@umaza.edu.ar – www.umaza.edu.ar – 4056221


sarcófago. Adentro sólo hay oscuridad, voy palpando, pero no encuentro ningún interruptor. Piso algo que bien podría ser uno o varios huesos. Me alumbro con el encendedor. El pánico que estuve buscando, me siento a punto de caer. La habitación está llena de cuerpos cercenados y sobre repisas, cabezas. Son todas de gente joven, la más grande es de alguien que parece tener alrededor de diecisiete años. Acerco el encendedor, necesito ver mejor, confirmar lo que ya sé. Al lado de la mía, la cabeza de un niño de ocho años, muy parecido al hombre que se me acercó al auto. Entre mis dientes hay una ruedita de un autito de juguete. Tiemblo, pero ya no tengo miedo. Llego a mi casa. Tomás busca, parece que está cerca de encontrarla: tiene un montón de rueditas y las va probando una por una, cautelosamente, en el autito roto. Le digo que no al mate que me ofrece Marcela. Me tiro en la cama, me acurruco. Ella viene al rato, se acuesta conmigo, me abraza. -¿Qué te pasa, Julio? Y ni bien termina de decirlo empiezo a llorar. -No te preocupés, va a estar todo bien- me consuela Marcela. Tomás viene hacia la pieza. Trato de enjuagarme las lágrimas y de acomodarme un poco la camisa. Se sienta en la cama, al lado mío. -Papá, encontré la ruedita. ¿Me arreglás el autito? Y sólo queda una opción: no tiene arreglo y andá explicáselo vos al pibe.

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Para atrevasar una sombra

El paisaje miente. Todos los paisajes mienten. Prometen primero, luego desaparecen. Tienen ese olor a ilusión óptica, suenan a ese terrible crujido de la sábana que marca el fin de la noche. Y que el día amanece rojo. Dicen que los sueños son sombras. Que entre sombras, nos vamos moviendo, palpando a contraluz, buscando la cuerda que esté perfectamente afinada, el picaporte exacto. Navegando entre mentiras, naufragan justo antes de pararse frente ellas. En lugar de desnudarla, la visten con palabras mientras se rascan los párpados eliminando hasta la última lagaña. Se convencen, queriendo olvidar, que aquella utopía nunca existió. Pero a veces (sólo a veces) sucede que la sombra también sueña. No ha aprendido a mentir. Por lo tanto, cuando se detiene a mirar en el vértice exacto, desde la cima de su propio sueño y lo mira a los ojos, su paisaje no puede mentirle. Tantea en la oscuridad, con la certeza de un ciego, hasta llegar al picaporte, todavía mojado por aquel naufragio. Lo gira, mientras una realidad desvanecida continúa durmiendo. Y donde otros fallaron, ella triunfa. Se caen las palabras. El paisaje está desnudo. Es ahí cuando la sombra sabe que está lista. Y, sin miedo, sale a buscar su utopía.

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El mecánico del olvido