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2017 nĂşmero especial


Ă­ndice

Especial, 2017


periodismo de barrio

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Índice 02

historias del agua

30

días felices

04

pozo

32

los signos del agua

06

un pájaro negro llamado sequía

34

elogio de la locura

36

el acueducto particular

08

el desvío

38

la bomboneta

10

pequeña bronca de barrio

40

el mundo está a la vuelta

12

pipas resort

42

síntomas de escasez

14

doce plantas

44

vivir del agua

16

tony

46

a orillas de un patio común

18

el baño

48

el aguatero en su laberinto

20

electrizados

50

tapones

22

la ecológica

52

vista alegre

24

el kilómetro uno del circuito sur

54

la zanja tupida

56

la milagrosa

26

la ruta del canal

58

iris

28

donde una vez hubo un pueblo

60

la llave de paso

62

pocero

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historias del agua

Especial, 2017

Historias del agua Con la participaciรณn de 22 periodistas de 13 provincias y 4 ilustradores. por periodismo de barrio

ilustraciรณn: ray respall

ilustraciรณn: ray respall


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U

na de las mejores sagas de ciencia ficción que se hayan escrito jamás, Dune, tiene como escenario principal un planeta desértico, Arrakis, en donde el agua es el bien más preciado. Mad Max: Fury Road, una de las películas con más nominaciones en la pasada edición de los premios Oscar, imagina un futuro postapocalíptico en el que la sequía configura las relaciones de poder. Muy a menudo, la realidad se obstina en cumplir los vaticinios de la literatura y el cine. Lo peor de todo: nuestro presente está lleno de signos que parecen confirmar algunas de esas profecías. Progresan las ciencias, las tecnologías, las ciudades, pero lo que somos como personas, culturas, naturaleza, cada vez enfrenta mayores amenazas para sostenerse en el tiempo. El ingenio humano ha servido tanto para crear, como para destruir. Vivimos en un mundo desequilibrado. Esencialmente injusto. Pródigo y precario. Permitimos que se represen, sequen o contaminen ríos ancestrales, que han calmado la sed a múltiples generaciones, para que

una minoría calme, o intente calmar, su codicia. Permitimos que el egoísmo prevalezca sobre la solidaridad, el absurdo sobre la razón, lo superfluo sobre lo trascendental. Y también, en nuestras cotidianidades, actuamos a veces como si no nos importara el agua. Actuamos con indiferencia, con soberbia incluso. Pero nunca nos importa más el agua que cuando nos falta. En esos momentos vivimos en carne propia sus significados, protegemos cada gota, la atesoramos, y hasta reñimos con otros. Nuestro presente aún se encuentra lejos de las distopías imaginadas por la ciencia ficción, e incluso presagiadas por algunos analistas políticos, pero no está libre de conflictos generados por la utilización del agua. Cuba, en su soledad isleña, no queda a salvo. Aquí hemos transitado de escaseces a despilfarros, incluyendo, en un camino intermedio, soluciones a distintas problemáticas. Periodismo de Barrio pretende con este número, al compartir 26 historias breves de 13 provincias, indagar en esas realidades. Un país bien podría contarse a partir de la relación de su gente con el agua.

EN ESTA EDICIÓN TRABAJARON dirección elaine díaz edición y correción tomás ernesto pérez consejo editorial geisy guia, julio batista, mónica baró, tomás ernesto pérez colaboración (en orden de aparición) carlos alejandro rodríguez, rogelio serrano, carlos manuel álvarez, carla gloria colomé, diana ferreiro, katia monteagudo, aracelys avilés, luis orlando león, lian morales, maría antonieta colunga, lianet fleites, ramón crespo, rosario conyedo, josé armando fernández, camila acosta, yoe suárez, mario luis reyes, carlos melián, ernesto guerra, jesús arencibia ilustración yakumo, ray respall, miguel alejandro castro, juan alpízar diseño y maquetación liván valdés

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pozo

Especial, 2017

villa clara

Pozo Del campo a la ciudad, del pozo al acueducto. por carlos alejandro rodríguez martínez

M

arilín no suponía que un paso hacia el desarrollo podía ser, también, un paso hacia la sequía. Después de 50 años estaba empeñada en salir de Guaracabuya, en mudarse a otra parte mejor conectada con el resto del mundo, algún lugar donde existieran los teléfonos públicos y un punto de venta en CUC. No era mucho pedir si uno sabía que Placetas, la ciudad cabecera del municipio, distaba 14 kilómetros al noreste. La provocación del camino frente a su puerta la puso contra la pared. Marilín estaba decidida a comprar otra casa en la ciudad valiéndose de la venta de su propio hogar en Guaracabuya. Sin ahorros, sin la esperanza de ahorros, estaba a punto de cambiar sus cuatro paredes en Guaracabuya por algún tugurio en la zona más baja de Placetas. Con su desesperación por “adelantar” no le importaba tener que plantarse a orillas de una cañada que atravesaba la ciudad y suplía el alcantarillado. La advertencia de la peste o las aguas albañales desbordadas durante la épo-

ca de lluvias no la abatían, porque Marilín, en Guaracabuya, jamás había despertado con las aguas albañales en el cuarto, en la sala, en la cocina. No tenía la idea exacta del desastre; ni había salido nunca de su casa a las tres de la madrugada, dejando para siempre el colchón, las sillas y el escaparate debajo del curso desmedido de las aguas sucias. “Por su cuenta Dios me recordó”, dice ella, “porque yo no creo ni en salandrajos chinos”. Y Dios le puso en el camino el banco, y al final del camino un crédito. Los créditos que otorga el banco cubano deben usarse, en teoría, para adquirir materiales de la construcción, pero mucha gente invierte el dinero en equipos electrodomésticos: un refrigerador, un aire acondicionado, un televisor… Marilín se compró una casa. Sumó 20 mil pesos de su crédito a los poco más de 20 mil pesos de la venta de su casa. Se fue a vivir, gracias a Dios o a los salandrajos chinos, a la mínima distancia aconsejable de la cañada. Marilín alcanzó una ciudad atravesada por la Carretera Central, entre Sancti Spíritus y Santa Clara. Ahora puede

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ilustración: miguel alejandro castro

servirse de las tiendas recaudadoras de divisa, puede recurrir a comercios que naturalmente facilitan su vida, y puede llamar a su familia de Guaracabuya en un teléfono público a media cuadra de su casa. Pero no tiene agua corriente en la cocina. Marilín no puede abrir ninguna llave en ninguna parte, aunque ahora viva en la ciudad. Una vez al día se sienta a esperar un suspiro de agua que llega, si hay suerte, a la tubería de la vecina. Tantas divisiones, tantos inventos de los antiguos dueños para vender ora un par de habitaciones, ora dos más, dejó su casa desconectada del acueducto. Cuando el agua comienza a gotear impulsada por una fuerza de gravedad demasiado discreta, Marilín no tiene más remedio que


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entrar a otra casa del barrio, esperar la anuencia, y llenar sus vasijas. Hasta el otro día. Si viene el agua. Ayer, a la hora en que el acueducto debía bombear, Marilín estaba sentada en su portal, esperando. —En Guaracabuya me podían faltar mil comodidades, pero siempre me sobró el agua. Figúrate que mi pozo no llegó a secarse nunca… –se lamentó con la vecina. —Pero aquí tienes otras ventajas, hija –le consoló aquella. —Nunca tuve ducha, ni siquiera turbina, pero iba al pozo y sacaba un cubo de agua cuando quería… Y aquí una no puede ni abrir un hueco en el patio porque se contamina –siguió ella, sin llegar a nombrar ninguna de las ventajas que habían mejorado su vida.

En realidad ahora no puede pensar en nada más: Marilín tiene que pagarle 20 mil pesos al banco en los siguientes 15 años. —¡Agua! –gritó de pronto alguien en la esquina. Y ella salió a comprobar la veracidad del grito.

* Marilín no es Marilín, por supuesto. Hemos preferido proteger su identidad. ** La protagonista de la crónica usa a menudo la frase “salandrajo chino”. Todo parece indicar que “salandrajo” es la corrupción de “calandrajo”: suposición, comentario, invención, según el DRAE. Por lo visto, esa expresión significa lo mismo que otra bastante común en las zonas rurales de Cuba: “cuento chino”.

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un pájaro negro llamado sequía

Especial, 2017

camagüey

Un pájaro negro llamado sequía Nuris nunca esperó tener que luchar contra uno de sus más grandes temores: la sequía. por rogelio serrano pérez

“ y mi alma, del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

/no se.

podrá liberar-

¡nunca

más!

EDGAR ALLAN POE, “El cuervo”

Con la misma agua que lavo el arroz, friego las ollas. Y con la que enjuago la ropa, limpio la casa. Hay que reciclar”, dice Nuris Lezcano, mientras exprime pantalones, faldas y pullovers recién sacados de una

lavadora rusa, reducida a la mitad de su tamaño original. Sus padres la enseñaron a vivir con las carencias propias de un hogar sostenido con el salario de un obrero. Su madre era ama de casa. Pero a Nuris nunca le faltó el agua en Vertientes. Hasta que se casó, a los 18 años, con un muchacho de Piñerúa, y se mudó al reparto más árido de Camagüey. “Cuando arrecia la seca, priorizo el baño antes que el fregado”, cuenta. Es duro vivir pendiente de la lluvia para llenar los tanques; pero esta es la única manera de evitar el camino de dos kilómetros que la separa de la casa de su cuñada, a donde va ocasionalmente a lavar. La vida de Nuris no es una foto del espanto que da la seca, es más bien un poema de Poe. La sequía, como el célebre cuervo, no se va nunca, no levanta el vuelo. Para fregar, su esposo le consigue agua en casa de algún vecino. Para lavarse los dientes, él mismo le trae un porrón en el manubrio de la bicicleta.

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Lava la ropa de su hija pequeña dos o tres veces por semana y el domingo la de sus otros dos hijos y su esposo. Descargar el baño es lo único que no le preocupa. “Jehú hizo tremendo hoyo para la letrina”, dice, “¡no se ha llenado en todos estos años!”. Su esposo es agricultor. En la finca, gracias a la turbina de un amigo acoplada a un pozo, el agua no falta. Pero la finca todavía no da lo suficiente como para mejorar su economía familiar, que se sostiene con el salario mensual que recibe como cuidadora en un círculo infantil. Su hijo mayor ayuda, él y su padre dan cuatro o cinco viajes para rellenar los recipientes cada día. La aridez del reparto Piñerúa es de siempre. No es un sitio periférico, como podría pensarse. La vivienda de Nuris está en la esquina de dos calles bastante transitadas. “Cuando compramos la casa, en el costado había un pozo sellado que no servía”, dice Nuris sin sobresalto por la pérdida, pues en Piñerúa es algo común que la gente haga pozos y


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se les sequen, y los sellen. Cada quien trata de tener una fuente de agua en su propio terreno, pero la tierra les niega el abasto. “Los otros pozos que existen en el reparto dan poca agua y es salobre”. Tres tanques medianos, tres cubetas y un porrón es todo lo que usa para vencer a la sequía. Recuerda que “había también una conexión al acueducto, pero antes de mudarnos se averió por completo. Hemos ido a la empresa y nos dicen que no hay contrato, que no hay capacidad. ¿Y la que tenía asignada esa casa? No entiendo”. La manera más fácil de conseguir

el agua es comprándola a los carretoneros que cobran hasta veinte pesos por dos tanques. Pasan meses antes de que una pipa entre al reparto. “Y cuando vienen, las colas son kilométricas”. Hace meses, el personal de Acueducto, como le dicen los vertientinos a la dirección municipal de Acueducto y Alcantarillado de Vertientes, instaló tuberías nuevas para beneficiar a todos los conectados. Nuris pidió que la reinstalaran al sistema de abasto. “Ellos no venían a eso. No estaban autorizados”. Pensó que al menos resolvería a diario con la vecina que más regularmen-

ilustración: miguel alejandro castro

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te le da agua. “No todos están dispuestos a compartir porque el agua, cuando viene, dura unas horas”. Pero el suministro empezó a partir de mediados de junio. “Antes de eso no tuvimos agua ni un día. Ahora llega dos veces por semana. Hay que correr a llenar vasijas, si viene en horario laboral tengo que faltar o me quedo sin agua, o mi esposo no puede ir a la finca”. Nuris ya no quiere vivir en Piñerúa. Me repite que se quiere mudar, para donde sea que haya agua. Quiere matar el cuervo.


el desvío

Especial, 2017

matanzas

El desvío Dos tuberías, un metrocontador de agua. por carlos manuel álvarez

ilustración: ray respall

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“ …desviarse

es

literalmente lo más normal aquí y es lo que hace el agua.

JOSEPH BRODSKY

E

l señor Ernesto B. vive en una lujosa casa de dos plantas, en un barrio importante de Cárdenas, provincia Matanzas. En Cárdenas, una ciudad con mar, pero de espaldas a él, y construida sobre una ciénaga, pero sin alcantarillado, hay dos acueductos. Uno, digamos, en la zona urbana, y el otro al sur de la ciudad, en las afueras. El barrio de Ernesto B. se abastece con el agua del acueducto de las afueras, y a las casas que se abastecen con el agua de ese acueducto el Estado ha comenzado a instalarles, progresivamente, contadores en la tubería de entrada. Tal como ya sucedió en Varadero, se piensa que de un momento a otro la ciudad, o al menos buena parte de ella, funcione bajo el mismo sistema: con las residencias pagando por el servicio de agua lo que realmente gastan, y no una tarifa fija. A saber: dos, tres pesos cubanos. Calderilla, realmente. En su casa, Ernesto B. tiene una turbina, como todos en Cárdenas, y tiene además sus respectivos tanques de agua y una cisterna en el patio. Es una casa con todas las comodidades. Con gimnasio, con azotea, con múltiples baños, con garaje y mascotas. A sus

cincuenta, Ernesto B. no tiene ningún trabajo estatal, ni ningún trabajo no estatal declarado, aunque, obviamente, trabaja. Desde hace casi treinta años, su esposa es capitán de salón en un restaurante de un hotel en Varadero y Ernesto B. se ha dedicado a traficar, desde entonces, todo lo que su esposa logra sacar del hotel. Que no ha sido, de los noventa hasta acá, poco: botellas de vino y ron, quesos, jamones, mariscos, etc. Esto explica por qué la casa de Ernesto B. es una casa en la que, más que vivir al día, se dedican ya a prevenir, o sea, Ernesto B. acostumbra adelantarse a lo que podría suceder y prepara su casa y se prepara a sí mismo para ello. Nunca le falta el agua de la calle, por ejemplo, pero él tiene tanques e incluso cisterna, por si un día faltara. Cuando los trabajadores del acueducto le tocaron a la puerta para instalarle el contador, Ernesto B. le pagó diez dólares a uno, y ese trabajador hizo lo que Ernesto B. le dijo que hiciera: poner el contador en una tubería por la que el agua no pasa, y dejar libre otra tubería para que el agua pase. Al preguntarle a Ernesto B. cómo entonces él justifica mensualmente que por la tubería con el contador no pase siquiera uno de los dos átomos de hidrógeno, o sea, que no pase nada, como si en su casa no viviera nadie, Ernesto B. dice que no, que hasta ahora el agua pasa por la tubería con el contador, porque realmente el agua no cuesta nada, se paga muy poco por ella, “y no vale la pena quemarse por quince o veinte pesos cubanos”. En realidad, la tubería clandestina está instalada para el día en que las cosas empeoren, “porque nadie sabe lo que puede suceder con este país, y nadie sabe lo que pueda llegar a costar el agua”. Si llegase ese momento –que Ernesto B. no especifica cuál es, pero que habla a las claras sobre el nivel de incertidumbre del

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cubano respecto al futuro, incluso hasta en lo que parecen ser las minucias más comunes y ridículas–, con cerrar una llave y abrir otra Ernesto B. ya tendría, declarándole luego al Estado, tal como se estila, lo que le venga en gana. Porque el Estado cubano, si quiere ayudar, entorpece. Y si quiere controlar, hace el ridículo. El Estado como un sastre que ha extraviado las medidas de la gente: sea cual sea el traje que diseñe, ese traje no va a servir. La realidad es agua que siempre se le escabulle al Estado entre las manos. Y Ernesto B. tiene una explicación para ello. —Este –dice– es un país que debería llamarse “A medias”. A Cuba deberían cambiarle el nombre y en vez de llamarse Cuba debería llamarse “A medias”. Aquí todo se hace a medias. El Estado te paga cien pesos, pero el Estado sabe que tú necesitas doscientos para vivir. Ahora, el Estado te dice: “Yo te voy a pagar cien pesos, no puedo pagarte más, pero voy a dejar que tú te robes los otros cien. Me voy a hacer el comemierda, voy a dejar que tú robes”, y así ya te tiene cogido por el cuello. Porque entonces tú sabes que lo que el Estado te paga no sirve, sin embargo tú sabes que el Estado deja que te robes los otros cien, entonces tú dices: “No estoy tan mal, estoy viviendo, el Estado no me paga lo que tiene que pagarme pero me deja robar”. Por eso el Estado pone el contador del agua, y por eso yo instalo otra tubería. Y yo sé que él sabe y él sabe que yo sé. Pero Ernesto B. equivoca la medida, porque no se trata de un país a medias, sino, en realidad, de un país doble. Con una tubería con contador –una tubería vacía y seca–, que el Estado controla. Y otra tubería clandestina y real, por la que el agua discurre, en la que suceden las cosas. *En este trabajo se empleó Ernesto B como pseudónimo para proteger la identidad de la fuente.


pequeña bronca de barrio

Especial, 2017

artemisa

Pequeña bronca de barrio Nadie debería pelearse por el agua, pero esto no lo saben los vecinos de La Loma, un barrio irremediablemente dividido en dos bandos. por carla gloria colomé santiago

E

s necesario decirlo sin rodeos: el barrio La Loma está dividido en dos bandos en pugna. Y probablemente sea así para siempre, si no se arreglan ya las cosas. Por tanto, tienen que aceptarlo: los vecinos de debajo de la loma no pueden ni deben ser amigos de los vecinos de encima de la loma. Si por casualidad se cruzaran un vecino de arriba de la loma con otro de debajo de la loma, podrían revirarse ojos, murmurar entre labios, voltear con desdén la cabeza. Todo lo que pueda haber pasado en La Loma –dígase broncas, improperios, idas a las manos– ha sucedido por una sola razón: el agua. Más de un delegado, representante de Gobierno, jefe cederista, ingeniero hidráulico o turbinero han pasado ya a visitar el barrio y la sentencia es la misma: mientras haya una sola tubería que abastezca de agua esa zona de la Playa de Baracoa, en la provincia de Artemisa, y de esa tubería se beneficien cada vez

más personas que llegan nuevas y plantan sus casas, además de todas las vaquerías y fincas cercanas, sin contar los salideros que tiene la tubería y que no acaban de reparar, el agua seguirá siendo poca para todos. Para los de arriba de la loma, e incluso, para los de abajo. Más de un delegado, representante de Gobierno, jefe cederista, ingeniero hidráulico o turbinero han pasado a calmar las broncas del barrio cuando alguien va e informa que “la cosa está fea”. La última vez que pasaron fue hace unas semanas, porque la gente de arriba de la loma no comprende por qué no les llega el agua, y la gente de debajo de la loma se cansa de explicarles que no les llega porque, infortunadamente, ellos viven allá arriba y gracias a Dios los otros –ellos mismos– viven allá abajo, que el agua sube en pendiente y le cuesta trabajo llegar con fuerza a la cima de la loma y es normal que, por gravedad y por beneficio geográfico, ellos tengan agua en las pilas de sus la-

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vamanos, en las pilas de sus fregaderos, lavaderos, y en fin, jódanse ustedes. La gente empieza a acalorarse, los de arriba responden que todo es mentira, que han puesto chapas en la tubería para retener el agua, para que toda se quede abajo y a ellos no les llegue. A la pregunta de si esto es verdad, si ponen chapas en la tubería para quedarse con toda el agua, Adalberto Abimael Bringa Alemán –vecino que vive debajo de la loma y que ya está, según dice, harto de las peleas– ha respondido: “Bueno, no es menos cierto que han encontrado pedazos de escoba dentro de la tubería, cojines viejos, cosas que la gente pone para retener un poco el agua, pero ahora mismo no hay nada puesto y ellos –los de arriba de la loma– dicen que sí hay”. —Es la supervivencia –me dice Ana Calzado, mulata, trasero inmenso, vecina de arriba de la loma. Cuando no había tubería para abastecer el barrio, los habitantes de La Loma estuvieron cargando el agua por años en


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ilustración: yakumo

carretillas y tanques desde manantiales naturales, o pozos de otros vecinos que regalaban el agua, hasta que ellos mismos se agenciaron la tubería y la instalaron. “No fue el Gobierno, fuimos nosotros los que buscamos la tubería”, repiten más de una vez, con singular énfasis. El problema del agua, dice Mario Jaime, cincuentón, vecino de los de debajo de la loma, podría resolverse si instalaran una turbina más grande, o quizás si se hicieran más pozos, y se acabarían las peleas. Adalberto Abimael, que está cerca en el momento en que entrevisto a Mario –ambos pueden estar cerca porque son de debajo de la loma–, me dice: “Tú puedes estar un día sin comer pero no puedes estar un día sin agua. Tú puedes pasar hambre, pero no sed”. Por último, es válido decir, para ser justos, que hay ciertos vecinos –de arriba, de abajo– que pasan, y se saludan, muy formalmente se saludan. Nadie debiera estar peleado por algo como esto. ¿O sí?

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pipas resort

Especial, 2017

la habana

Pipas Resort Las pipas no aparecen en los catálogos turísticos. por julio batista rodríguez

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a Habana Vieja es un contraste a tiempo completo. De un lado, el lujo de hoteles cinco estrellas; del otro, la estática milagrosa de muchos solares. A unos y otros, el agua llega en pipas. El Parque Central, Plaza, Telégrafo y Saratoga no son solares, sino hoteles ubicados en el mismo corazón de una de las zonas turísticas habaneras, a pocos metros del Capitolio, del Gran Teatro y del Paseo del Prado. Sus 774 habitaciones en total, con sus cocinas y piscinas dependen del suministro de pipas. En 2014, Beyoncé alborotó La Habana desde su balcón del Hotel Saratoga. La gente quería saber de primera mano cómo se veía la diva fuera de la pantalla. A eso está acostumbrada Beyoncé, pero además del gentío, las visitas a escuelas de arte y a restaurantes del centro de la ciudad, su experiencia habanera incluyó también las pipas. La Habana Vieja es el máximo consumidor de agua en pipas de la capital cubana. Debido al deterioro de las

redes y la escasez del fluido, cerca de 13.000 personas solo reciben el agua de esa manera. Los visitantes del Saratoga entre ellos, aunque no lo noten. Al hotel llega el líquido en camiones todos los días, como se traen las frutas o las flores en la mañana. Así ha sido desde que reabrieron sus puertas en 2005. Así será hasta que las redes hidráulicas de La Habana Vieja sean reparadas. Sin embargo, el Saratoga está de moda. Tanto que terminó por ser el cuartel general de Chanel en su promocionado desfile en El Prado, y el único hotel cubano miembro del grupo Prestige Hotels of the World, fundado por la empresa catalana Keytel en 2007 y que cuenta –hasta ahora– con solo 118 “establecimientos de máxima categoría que se dirigen a un segmento de mercado de alto nivel adquisitivo”, desparramados por todo el mundo. El Saratoga es uno de los doce que existen en el continente americano. Afortunadamente, las pipas del Saratoga son confiables. Y así deberían mantenerse. Si alguna vez el agua fal-

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tara en las habitaciones, ahí mismo el Prestige va al piso. Para que eso no suceda las empresas Aguas de La Habana y SERVISA S.A. (subordinada al Ministerio de Turismo) abastecen el hotel cada vez que lo necesita, en dependencia de la cifra de huéspedes que estén alojados. Las pipas llegan al Saratoga al menos una vez al día y en el caso del hotel Plaza pueden dar hasta diez viajes diariamente. Reynaldo y Tony son piperos de SERVISA. Trabajan en turnos alternos sobre un camión con 25 m3 de capacidad. Jesús maneja otro de 40 m3 para Aguas de La Habana. Ellos van todos los días a los hoteles del centro de la ciudad. “Tantas veces que no da tiempo a descansar”, dice Tony. Los visitantes no necesitan ver de dónde viene el agua. Quizás no les importa. Pero, como medida preventiva, las tomas de las cisternas están ubicadas casi siempre en las entradas de servicio, al fondo, en la calle trasera. Los huéspedes poco o nada tienen que ver


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con esa parte del hotel, con esa parte de Cuba a medio camino, que no estรก en ruinas ni es atractiva, que solo tiene gente trabajando. El sudor, el trabajo sucio y las pipas no estรกn incluidos en los catรกlogos que compraron. Pronto, muy cerca de allรญ, se construirรกn otras 696 habitaciones repartidas entre el Hotel Manzana, el Gran Hotel y el Manzana-Payret. Como cualquier solar de la Habana Vieja, probablemen-

te dependerรกn de las pipas para tener agua. El Hotel Manzana tendrรก cuatro niveles para sus instalaciones, y vidrieras de Chanel y Versace en la planta baja. Costarรก 84,2 millones de dรณlares y debe entregarse en enero de 2017. Colindarรก con el Hotel Plaza y el Hotel Parque Central. Lo mรกs probable es que se necesite una buena pipa para llenar la piscina en la inauguraciรณn.

ilustraciรณn: miguel alejandro castro

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doce plantas

Especial, 2017

sancti spĂ­ritus

Doce plantas Hay quien prefiere olvidar. por diana ferreiro

ilustraciĂłn: miguel alejandro castro

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L

os vecinos del único edificio de doce plantas en Sancti Spíritus no recuerdan con exactitud casi nada de aquello que ocurrió en 2009. Han elegido olvidar. Pero nadie los juzga. Hay quien dice que fueron días raros. Unos ocho o diez días. Y hay quien dice que la cosa duró meses. Que desde que la peste comenzó a salir por las llaves y las cañerías e inundó los 138 apartamentos del edificio, hasta que se acordó limpiar la cisterna, pasaron cerca de seis meses. Seis. Primero subieron a revisar los tanques –cuenta Edel Rodríguez, que vive en el décimo–, aunque toda la suciedad que pudieran haber acumulado estos no justificaba tan mal olor. Y luego, solo luego, un grupo de vecinos observó cómo dos muchachos se sumergían en la cisterna y tropezaban con un palo, una rama colada por la boca de la misma. Rama que resultó ser, como inmediatamente reconocerían, un brazo humano y la respuesta a todo lo demás. El resto del cuerpo fue extraído por Salud Pública y el Ministerio del Interior a la vista de los vecinos curiosos, de los vecinos incrédulos, de los vecinos profundamente asqueados que pedían, que suplicaban por la posibilidad de

devolverlo todo, de vomitar hasta la última gota de agua que habían bebido durante ese tiempo, de rasparse la piel que habían aseado con el agua en la que flotaban aún los restos de un hombre. Dicen que la cisterna siempre está tapada. Que los accidentes son poco probables allí. Que quizás alguien metió a Antonio Iglesias en la cisterna a la fuerza, y que llevaba ya días desaparecido de su casa cuando el agua comenzó a heder. Dicen que padecía alguna enfermedad. Que no estaba en sus cabales, dicen. Que no trabajaba y que gustaba de deambular por ahí. Blanquita González vive en el cuarto. Pero no bebió nunca de esa agua, afirma. Ella no bebió de Antonio porque aunque la gente decía que el pozo no era seguro, ella buscaba el agua allá y la cargaba hasta su casa. Otros vecinos dirán lo mismo. Y solo unos pocos reconocerán haber usado esa agua para todo. “Era la única que teníamos”, explicarán. Sobre el muchacho nadie contará mucho más. Al fin y al cabo era un vecino. Y ya hemos dicho que allí la gente ha preferido borrar ciertas cosas. “Ah, sí, algo más: él había dicho, una vez, que iba a morir ahogado. Eso”.

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tony

Especial, 2017

sancti spíritus

Tony Él dijo, más bien prometió, que se mataría si su madre moría. por katia monteagudo

N

o recordaba su nombre completo. Siempre le decíamos Tony, el hijo de Elsa. Primo segundo de mi padre. Sobrino nieto de mi abuela paterna. Tony fue violado a los 14 años por otro hombre. Su madre, de tanto que quiso protegerlo, escondió su afrenta. Dijo que estaba enfermo de los nervios. Trató de ocultar su violación y su homosexualidad. Primer gay registrado en la familia Monteagudo-Donís, de ascendencia gallega y francesa. Imperdonable e inaceptable. Eran los años 70 del pasado siglo. Elsa lo sobreprotegió tanto, que Tony se volvió más que dependiente de su madre. Y fue como si tuviera el cordón umbilical aún pegado a la placenta. Así pasaron más de 40 años: en una relación enfermiza de Tony con su progenitora y el mundo. Deprimido, marginado, traumado. Lo recuerdo acostado en su cama, rodeado de figuras de porcelana. Las coleccionaba compulsivamente. Ese era su mundo: la cama, su madre y las figuras de porcelana. Si tuvo pareja, no lo sé. Puede. Era delgado, de baja estatura. Delicado como las estampas que decoraban su habitación: muñecas de biscuit, caballos de crines doradas, ovejas, elefantes, jarrones, joyeros… Alguna vez lo vi en la calle. Caminaba esquivo. Transpiraba timidez.

Él dijo, más bien prometió, que se mataría si su madre moría. Y el día en que ella tuvo un infarto, cuando la vio partir moribunda, lo cumplió. Descendió en silencio hasta la cisterna de su edificio y allí se ahogó. Nadie sospechó ni imaginó que alguien pudiera suicidarse en aquella oscura piscina subterránea. Quizás la figuró como un vientre materno: cerrado, húmedo, seguro. Elsa no falleció ese día, aunque su corazón se volvió una máquina imperfecta. Cuando se recuperó, empezó la búsqueda de su hijo. Fue dado por desaparecido durante muchos meses, hasta que alguien encontró sus restos diluidos en el agua de la cisterna del edificio doce plantas en la ciudad de Sancti Spíritus. La misma ciudad donde vivió poco más de 50 años. Tony tuvo una mala vida. No porque fuera un díscolo. Al contrario, fue víctima de los prejuicios que lo condenaron y lo sumergieron en esa cisterna, donde finalmente encontró algo de sosiego, de paz. Su madre murió poco después de que fuera encontrado. Tony, quizás sin saberlo, encontró una forma de cobrarle a la sociedad todo el asco con que fue tratado. Su dolor se hizo peste, y muchos se lo bebieron, se lo untaron. Se fue limpio de toda culpa.

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el baño

Especial, 2017

la habana

El baño Hay cosas que el agua no puede limpiar. por tomás ernesto pérez rodríguez

ilustración: miguel alejandro castro

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“ lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado.

SALMOS 51:2

—Los que se van a bañar, por favor, levanten la mano. 23 de julio de 2016, Habana Vieja. Los sábados por la mañana, cada 15 días, los menesterosos tienen la Comunidad de Sant’Egidio para ellos solos. Allí participan de una charla motivacional, reciben una merienda, se duchan. Los menesterosos: gente que vive en la calle y vive, a menudo, también de la calle. Entre ellos hay alcohólicos, discapacitados, seropositivos, expresidiarios. Algunos poseen tan poco que todo lo que poseen les cabe en un maletín. Los menesterosos: gente que duerme mal, come peor y apenas se baña. Por eso, precisamente, estoy aquí: para escribir la historia del baño. Por eso, cuando salimos de Sant’Egidio, le pregunto a Armando: —¿Nos podemos sentar en algún parque? La historia que busco, me doy cuenta enseguida, no está en la iglesia, sino en la calle. A Armando se le unen Vladimir y otro cuyo nombre no logro recordar. Vladimir y el otro se bañaron. Armando tenía intenciones de hacerlo, pero no lo hizo.

—Se me olvidó que quería bañarme –dice. Llevan encima la misma ropa con la que vinieron. Siempre que se puede les entregan una muda limpia, pero hoy no se pudo. Al principio, acordamos ir a un parque no muy lejos de la iglesia. Luego, Vladimir y el otro conversan aparte. Cuando se acercan a mí, es el otro el que habla: —Si te interesa hacer un trabajo periodístico, mejor nos sentamos en un parque que queda por la lanchita de Regla –dice–. Hay más tranquilidad. De camino a ese parque, Vladimir se zambulle en un tanque de basura. Le pide dinero a un turista. Me enseña las tres monedas relucientes en la palma de su mano sucia. —Espérenme ahí –dice el otro–. Voy a ver un momento a mi sobrina. Armando y yo nos quedamos solos. Me pregunta: —¿Estás preocupado? —No –le respondo–. ¿Por qué iba a estar preocupado? Sonrío para tranquilizarlo. Lo agarro por el hombro. Él, sin embargo, se empeña en tranquilizarme a mí.

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—No te preocupes –dice–. No te va a pasar nada. No he dejado de sonreír. Lo miro a los ojos. Lo agarro otra vez por el hombro. Me digo: —Que no se te olvide lavarte las manos. Le digo: —No estoy preocupado, compadre. De verdad. —No te preocupes –insiste–. No te va a pasar nada. A mí hay que matarme. Vladimir hurga en un latón a media cuadra de distancia. El otro se aproxima caminando. —¿La sobrina de él vive cerca? –le pregunto a Armando. —No sé –me contesta, la mirada en el suelo, inquieto–. No sé. La inquietud de Armando es contagiosa. De golpe, no me apetece seguir caminando por esa calle, aunque se llame Luz. No me apetece averiguar si tengo o no razones para estar preocupado, aunque Armando no se canse de repetir que nada me va a pasar. No me apetece, pero he resuelto quedarme. Vladimir y el otro ya casi nos alcanzan. —Escúchame bien –dice Armando–. No confíes en ninguno de nosotros. Me digo: —Lárgate. Les digo: —Creo que mejor lo dejamos para otro día. Me deshago en excusas: no ando con la cámara, se me hizo tarde, me están esperando. No miro atrás ni una vez. Siento, mientras me alejo, un alivio tremendo. Cuando llego a mi casa, lo primero que hago es meterme en la ducha. Me enjabono. Me enjuago. Bajo el chorro de agua tibia, la suciedad que he traído conmigo se va. La vergüenza no.


electrizados

Especial, 2017

santiago de cuba

Electrizados Hace dos años, un día muy seco de agosto, Jorge y su madre notaron que el agua del lavadero y las llaves del baño tenían corriente eléctrica. por aracelys avilés suárez

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ada vez que llueve, el agua baja por el tejado de zinc y cae en dos canaletas inclinadas hacia un mismo punto. Por lo general, el primer chorro viene sucio, cargado de excrementos de gato, ratón o paloma, por eso Jorge y su madre lo dejan correr. Luego ponen en cola todos los recipientes vacíos del baño y la cocina: cubos, tanquetas, ollas ordinarias, ollas de presión, jarros metálicos. Mojado, descalzo y en short, Jorge va sustituyendo cada vasija por una nueva que le alcanza su madre. Cuando cesa la lluvia y se ven los pequeños depósitos uniformados a un costado del patio interior, ambos saben que al menos por dos días habrá agua para echarle al baño, limpiar la casa, bañarse y fregar. Las canaletas ya estaban ahí cuando Jorge llegó a la casa con sus hermanos y su madre en junio de 1974. Tenía ocho años y sus padres se estaban separando. Era una vivienda de puntal alto, techo de tejas –sustituido por zinc después del huracán Sandy– y un patio interior de casi tres metros de largo que Jorge vio reducirse a la mitad de inmediato por el divorcio.

No recogieron agua de lluvia hasta el 94, cuando una fuerte crisis espació los ciclos de acueducto a cinco días, luego a siete, y la madre decidió aprovechar las bondades de aquella estructura de canaletas, construida junto con la casa a inicios del siglo xx, una época en la que ya Santiago de Cuba sobrellevaba largos períodos de sequía. Hoy Jorge tiene 52 años, es soltero y no tiene hijos. Sus hermanos se fueron de la casa, su madre pasa los 70 y el rito de la lluvia sigue. Los ciclos de acueducto son de al menos doce días. Hace dos años, un día muy seco de agosto, Jorge y su madre notaron que el agua del lavadero y las llaves del baño tenían corriente eléctrica. Dejaron de usar la ducha y de fregar y lavar con el grifo abierto. Jorge husmeó, sacudió unos cables, pero no encontró solución. Días más tarde, sintió que su madre lo despertaba. Había visto un chisporroteo donde se unen la tubería del agua y el techo de zinc del patio. Jorge llamó a la Empresa Eléctrica a las cinco de la mañana y el carro tardó treinta minutos en llegar. “No tenía reportes y andaba cerca”, dijo el trabajador.

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Quitaron la corriente de la casa, pero el techo y la tubería seguían electrizados. Tocaron en la puerta del vecino contiguo, quien, de mala gana, accedió a que entraran, buscaran un poco y también quitaran la energía. Aun así la tubería seguía electrizada. Fueron a una tercera casa, ya comenzaba a clarear. Le explicaron al vecino, siguieron el mismo procedimiento, sin éxito. Jorge regresó con su madre. El electricista se encaramó en el tejado y en la semipenumbra del amanecer divisó un cable que salía desde una de las casas directamente hacia el poste de la luz pública. Bajó, lo examinó un rato, hizo algunos arreglos, dio las gracias en casa de los vecinos, y fue a decirle a Jorge: el de al lado se estaba robando la corriente de la calle, y el cable –desnudo en varios tramos– rozaba con el techo de zinc del propio vecino, que ni se enteraba, porque era la cubierta de Jorge, pegada a la de su vecino, la que transmitía la corriente a la tubería de agua. El electricista siguió hablando ante la cara impávida de Jorge y su madre. Dijo que no haría la denuncia, que eso


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no le tocaba y que tendrían que ir ellos mismos a la Empresa. Había hecho un arreglo, lo mejor que pudo, pero con el roce y el tiempo el cable podía pelarse de nuevo. La madre de Jorge fue a la Empresa Eléctrica a hablar del asunto y le dijeron que “ellos no resolvían problemas entre vecinos”. Ese mismo día se desató un aguacero. Jorge salió al patio, descalzo y sin camisa. La madre buscaba los recipien-

tes mientras dejaban pasar el primer chorro con olor a excrementos. Jorge se miró los pies mojados, el agua cayendo desde el techo de zinc, en las canaletas de aluminio, en las paredes, corriendo por fuera de la tubería y yéndose al suelo. Se percató de que no había llovido en mucho tiempo, no recordaba cuánto. Miró a su madre, que sacaba un brazo a la lluvia para alcanzarle una olla, y ella también se quedó mirándolo con

ilustración: yakumo

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el recipiente en la mano. Jorge tomó la olla y la puso bajo el chorro, la madre le trajo el resto de las vasijas y volvió a sus quehaceres. El hijo fue llenando todos los jarros, cubos, tanquetas que pudo acumular en el patio, sin decir una palabra. Sobre sus cabezas, un cable que subía al poste de la luz de la calle se mecía con el viento de la lluvia y daba golpes tenues en el techo del vecino.


la ecológica

Especial, 2017

la habana

La Ecológica En el patio de Ernesto casi todo se recicla. Especialmente el agua. por julio batista rodríguez

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os cobradores de Aguas de La Habana en Cojímar aún no comprenden por qué, con una fregadora de autos en su patio, Ernesto Rivero Suárez apenas gasta agua. Al menos, no la que llega por el sistema de acueducto. Antes de que en Cojímar instalaran metrocontadores en el sector residencial, pagaba tres pesos por tarifa fija. Ahora, tras las mediciones, es menos. Ernesto quiso ser ingeniero mecánico y terminó por dominar cerca de 30 oficios e instalar un taller con una planta de fregado en el patio de su casa. Durante 28 años, la grasa y el agua contaminada iban directo a la tierra. Pero en 2013 participó en un curso de Diseño de la Permacultura, organizado por la Fundación Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre, que cambió su vida. De esa experiencia nació La Ecológica: la única planta de su tipo en Cuba que no usa el agua suministrada por acueductos. Su funcionamiento se basa en un sistema cerrado. Espacios de captación construidos en el techo y otras áreas de la casa recogen la lluvia, que es llevada

ilustración: miguel alejandro castro

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a través de canales hasta una cisterna de 5 metros cúbicos (m3); esta primera parte del proceso funciona aprovechando únicamente las pendientes y la fuerza de gravedad. De la cisterna, el agua recolectada se bombea hacia un tanque elevado que abastece las labores de La Ecológica. Luego del fregado, el agua residual pasa a una trampa de grasa, mecanismo donde se separan los aceites y los sedimentos, y atraviesa, también por gravedad, un filtro de gravillas de diferente grosor y siete metros de largo, antes de regresar a la cisterna. Al terminar ese ciclo no es potable, pero sirve para volver a lavar autos. Para no depender solo de las precipitaciones, Ernesto emplea las aguas grises de su hogar. Explica que construyó dos conexiones hidrosanitarias para separar los desechos del inodoro (aguas negras) del resto. Ahora el agua de la ducha, del lavamanos o el fregadero pasan por el mismo sistema de purificación que alimenta la fregadora. El agua que antes botaba se incluyó al negocio. Hace un tiempo intentó patentar La Ecológica. La Oficina Cubana de la Propiedad Industrial solicitó los trámites de rigor para el proceso, pero Ernesto desistió ante el papeleo. No le interesa demasiado la paternidad del sistema, prefiere que la idea se replique. Al fin y al cabo, no siente que inventó algo; apenas acepta el crédito por unir “las partes que ya existían”. En su patio casi todo se recicla. Las grasas acumuladas en la trampa también tienen una segunda vida. Una parte la emplea en el servicio del atomizado, que consiste en cubrir el fondo de los

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autos con una capa de aceites para protegerlos del salitre. El resto se entrega a un taller automotriz de la industria pesquera en Cojímar, para que los recicle Cupet, empresa estatal cubana vinculada al abastecimiento del petróleo y sus derivados en la Isla. “Esto me permite ser responsable, sostenible y rentable”, explica. Para vencer el escepticismo de los clientes hizo que todo el sistema fuera visible. Allí la transparencia no solo se aplica al agua. “Ellos pueden ver cómo sale limpia por el filtro”. Sin embargo, los únicos incrédulos no han sido sus clientes. Tener iniciativa en Cuba puede ser un problema, especialmente cuando el concepto de rentabilidad ha quedado obsoleto para muchos. Entre diciembre de 2015 y enero de 2016, La Ecológica cerró. Para ser exactos, la cerraron. Cuba enfrentaba una fuerte sequía y las fregadoras –casi todas las fregadoras– son grandes consumidoras de agua. Como promedio, emplean cerca de 250 litros de agua por auto. Sin embargo, en La Ecológica esos 250 litros se usan una y otra vez. A casa de Ernesto llegaron entonces unos inspectores y, como el argumento del despilfarro no aplicaba, pidieron una Licencia Ambiental. Ese documento no es un requisito para ejercer legalmente como Fregador Engrasador por cuenta propia, pero igual retiraron los equipos y pusieron una multa. Cuando Ernesto reclamó, las medidas quedaron sin efecto, pero inició el proceso para obtener dicha Licencia Ambiental. Quiere que La Ecológica sea intocable. Él no cree en prohibir.


el kilómetro uno del circuito sur

Especial, 2017

sancti spíritus

El kilómetro uno del circuito sur Un barrio periférico de Trinidad recibe agua por medio de carros cisterna porque la red hidráulica de la villa no llega hasta ese lugar. por luis orlando león carpio

ilustración: yakumo

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sabel vive en el kilómetro uno del circuito sur, tiene 72 años y es sorda. Habita allí, lejos del centro histórico, a un costado de la carretera que llega a Cienfuegos, donde no pasan los turistas a tomar fotos, donde no hay hostales ni galerías ni bares ni folclore, donde a unos metros de la entrada, un cartel advierte que ya la ciudad acabó. Ese caserío de más de 30 hogares crece año tras año sin que nadie lo conecte a la red hidráulica que abastece al resto de la villa. El ambiente es bucólico, apacible. Entre casas de mampostería y techos de zinc, se percibe el olor a corrales de carneros, cerdos y pollos. No hay asfalto en los caminos. Frente a las casas, se ve gente bullanguera y pueblerina. Se ven, también, cisternas con armaduras de ladrillo, como viejas bocas sedientas que salen de la tierra dispuestas a tragar mucha agua. Cisternas que son una habitación más de la vivienda; cisternas enormes de más de 800 litros; cisternas medianas y cisternas pequeñas. Para algunos, como Isabel, no hay cisternas. Hasta allí, yendo y viniendo cada vez que se vacía, va a parar la única pipa que conocen todos en Circuito Sur. La pipa, a estas alturas, no les parece cosa extraordinaria. Tan adaptados están a vivir sin reconocer el sonido que produce el agua cuando llega a la pluma, que cuentan con un nivel pasmoso de conformidad el hecho de que aparezca cada quince días o más. “El ciclo se ha estabilizado ahora. Pero en época de sequía suele tardarse más. Lo bueno es que la asignación de agua, al ser de esta forma, no nos la cobran. Esta es la ayuda que nos dan las autoridades”, dice Jorge Antonio Marín

Perdomo, sobrino de Isabel, a quien todos conocen como El Negro. Cuando supo que construirían un pozo en los terrenos aledaños del caserío, El Negro fue hasta la sede del gobierno municipal para saber si beneficiaría a la comunidad. “Pero ya nos dijeron que ese pozo es para abastecer instalaciones turísticas”, interrumpe, con sobredosis de escepticismo, Dainery Marín, una de las hijas de El Negro. A estas alturas no les queda reunión de rendición de cuentas del gobierno local donde protestar. Leyeron en la prensa, en 2012, sobre un proyecto de rehabilitación valorado en 1,7 millones de pesos para construir conductoras, explorar nuevas fuentes de abasto y construir pozos. Quizás ni siquiera saben que este año varios acuerdos con el Fondo OPEP de Desarrollo Internacional (OFID), una institución multilateral de financiamiento para el desarrollo, inyectará de capital el proyecto trinitario, según el sitio web del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba. En Circuito Sur, sin embargo, la pipa es la única certeza de agua. Es jueves, hay calor, es julio. La pipa llega y se establece una suerte de cofradía fortuita. La gente sale de casa, avisa a los vecinos. Una mujer con su niño en brazos llama al marido y le dice que “ya está aquí”. Los hombres ayudan, el pipero también. Llenan hasta dejar saturado un hogar, dos si no es alta la demanda, para luego marcharse y regresar hasta satisfacer cada cisterna. Los vecinos deben esperar entonces dos semanas. Dos semanas en las que se calcula milimétricamente cada gota, por si la pipa se retrasa. Sobre todo Isabel, casi sorda, sin cisterna y con 72 años.

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la ruta del canal

Especial, 2017

guantánamo

La ruta del canal San Vicente de Jamaica, rodeado por el agua, golpeado por la sequía. por lian morales

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n Guantánamo, cruzando el Río Guaso, se llega a San Justo. Allí las aguas albañales van a parar a un cauce que los residentes llaman El Cagalar. —El barrio tiene fama de escasez de agua —le digo a un paisano. —Está viniendo del canal de Jamaica —responde Rafael Rodríguez, vecino de San Justo—, y es difícil que el canal se quede seco. Si viene de allá, los jamaicanos de Guantánamo no deberían tener problemas con la disponibilidad de agua. A la orilla de la carretera, cerca de la entrada a Jamaica, en el municipio Manuel Tames, los pobladores llenan porrones de agua oscura directamente del canal y los trasladan en carretillas o yuntas de bueyes. El canal viene desde otro pueblo, El Jobito, y se alimenta de las presas La Clotilde y Faustino Pérez. La comunidad está dividida por la carretera. Del lado de las presas, donde los cultivos se pierden, donde hay que buscar el agua más lejos, Domingo Martínez es la esperanza. El hombre da gritos a más no poder justo a las doce del día. Dos palabras resumen su existencia: ¡Dinamita!, ¡Gobierno!: nombres de los novillos cerreros que halan su acueducto andante compues-

ilustración: yakumo

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to por una pipa de hierro sobre dos ruedas. Junto a la vía, unos tubos y un esbozo de zanja anuncian la instalación de la conductora que deberá llevar el agua a todos los hogares de San Vicente de Jamaica antes de que termine el año. En los surcos, el maíz, el boniato y el ají son escasas briznas de paja. Domingo anhela que los sistemas de regadío de la Cooperativa de Créditos y Servicios Omel Gonsalvo beneficien a todas las fincas, incluida la suya. Esta vez no necesita llegar hasta el canal. Ha encontrado un salidero de agua potable del taller del antiguo Ministerio del Azúcar y con eso llena su pipa. De vuelta en las fincas vecinas, conecta un tubo largo, una manguera o lo que aparezca, y el líquido baja por gravedad hacia las casas. En el barrio, quien no aprovecha un salidero, y tampoco cuenta con acceso a la red hidráulica, toma del canal. Soleado, incesante, Domingo de Jamaica vuelve sobre sus pasos. La ruta contraria es cuesta arriba. El hombre cruza la carretera y da una voz al hijo para que ayude. Dinamita y Gobierno tienen dos años. Esta es su primera vez en una yunta. El guajiro los domará con el cargamento de agua. “Tienen que pagar lo que costaron”, dice.

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donde una vez hubo un pueblo

Especial, 2017

holguín

Donde una vez hubo un pueblo Cuatro brazos son mejor que dos cuando hay que bajar todos los días a buscar agua a un pozo que queda a más de tres kilómetros. por maría antonieta colunga olivera

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Flora nadie la escogería para posar en las postales de “Somos felices aquí” que Cuba repite en vallas a lo largo de sus carreteras. Tiene 60 años mal disimulados tras su figurilla menuda. Sonríe nerviosa casi todo el tiempo, como los niños cuando intentan agradar. La razón se le pierde a ratos entre las hojas o los bichos que mira, pero de repente vuelve e insiste en colar café a la visita, “porque aquí no hay ni refrigerador, no tengo nada más que brindarles”. Su casa de madera es uno de los apenas veinte núcleos familiares que le sobreviven a la Sierra de Gibara, un sitio donde no hay corriente eléctrica ni sistemas de acueducto y alcantarillado. Para llegar allí hay que coger un autobús o una máquina desde la ciudad de Holguín hasta la cabecera del municipio Velazco; luego, un coche jalado por caballos que te cobra cinco pesos hasta la demarcación de La Nasa. Y bajarse justo a mitad de camino, para trepar a pie el sendero mudo e inclinado que

ilustración: yakumo

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escala la cordillera y divide en dos los restos de lo que una vez fue un pueblo. La Sierrita, como la llaman los locales, fue esculpida par de siglos atrás por isleños emigrados. Es un pedazo de tierra que de tan atascado en rocas parece un aborto de la naturaleza; pero a fuerza de pico y sudor y halar de bueyes, los labriegos sacaron de sus parcelas domesticadas durante muchos años plátanos y ajos inmensos, prosperidad para sus hijos y para el comercio de este país. Allá arriba llegaron a tener una escuela, un campo de pelota, negocios de ventas y un pozo en el centro de todo, que se limpiaba al menos dos veces al año tras recoger 70 pesos por cada familia. Pero con La Sierrita pasó como con tantas partes de la Cuba remota: era un destino intrincado, sitio difícil a donde llevar la Revolución y el progreso (o para decirlo más tangiblemente: el agua, la electricidad, un puesto médico); así que la solución sutil estuvo en poner todo eso abajo, junto a la carretera, y dejar que la gente hiciera sus cálculos. La necesidad hace bajar a muchos la cabeza. En este caso, hizo a casi todos bajar sus casas de la loma. El pueblo se fue desmontando cual atrezo de una obra de teatro llegada a su última puesta, hasta quedar apenas las cercas de piedra que a ambos lados del camino anuncian dónde hubo una casa. Hoy solo permanecen en el macizo montañoso ermitaños como Flora o el viejo Balale, cuya cordura es cuestionada por los vecinos del poblado cercano por el empecinamiento de finalizar sus días en medio de aquella nada; o alguna que otra familia como la del Beby y su esposa Nina con los dos nietos, que reniegan de abandonar el trozo de tierra de sus padres y abuelos. Hay que ser loco o necio para seguir viviendo en un lugar así.

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“Hace años se contaminó el pozo”, dice Flora, “todo el mundo bajó para el pueblo y los dos o tres que nos quedamos no alcanzábamos para mantenerlo limpio. Ahora tengo que ir a buscar el agua lejísimo. Voy todos los días, montada en la potrica, y demoro dos horas y pico entre ida y regreso. Virar es lo peor porque traigo las cántaras llenas. Cuando más deben ser unos 50 litros, para todo: para tomar, para cocinar, para el baño. Es verdad que se vive muy apretá, el agua lo es todo en una casa”. Cuando llueve es un gran alivio, ese día se puede ahorrar el viaje. Al costado de su escuálida vivienda tiene improvisada una kasimba (especie de pozo de brocal sin mucha profundidad que se llena de agua de lluvia mediante un sistema de canales metálicas anudadas al alero). “Lo malo es cuando aparece la gente de los mosquitos, porque como es agua almacenada sin tapa, vienen y te meten 50 pesos de multa”. Los fines de semana suele bajar a casa de una sobrina que vive en el nuevo pueblo, para lavar su ropa con la lavadora que allí le prestan. “Con los poquitos de agua que yo puedo cargar no se puede ni deschurrar una ropa. ¡Qué va!”. En los alrededores la gente la conoce como Flora la Loca, porque nunca ha dejado este monte a pesar de su creciente escasez; y porque cada vez que un marido la abandona, no pasa una semana sin que busque reemplazo. La verdad es que no tiene otra opción: la soledad de la miseria es la más dura y cuatro brazos son mejor que dos cuando hay que criar cerdos y ovejos y chivos, o bajar todos los días a buscar agua a un pozo que queda a más de tres kilómetros. “Al final voy a tener que bajar de aquí a unos años que el cuerpo no me dé pa’ la cargadera de cántaras”, confiesa bajando los ojos. “Esto aquí no es vida”.


días felices

Especial, 2017

la habana

Días felices Sin agua en la beca. por elaine díaz

ilustración: ray respall

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os días en que el agua no subía hasta el tercer piso del dormitorio de muchachas en la Lenin, único preuniversitario de ciencias exactas en La Habana, yo era feliz. Había quien odiaba cuando el agua no llegaba hasta el segundo, o, a veces, ni siquiera hasta el primer piso. Había quien lamentaba no haber matriculado aquel técnico medio de contabilidad que te permitía ducharte en casa cada noche. Había quien bajaba con un cubo plástico hasta el tanque de agua sucísima que estaba situado debajo de uno de los bloques de edificios. Un tanque herrumbroso que dejaba caer un poco de agua encima de unas lozas superpuestas que te protegían del fango. Había quien escapaba de la cola frente al tanque herrumbroso y se largaba, con toalla y jabón, hasta la cisterna del organopónico escolar, para angustia de las pocas habichuelas, tomates y pepinos que se regaban con esa misma agua. Había quien vigilaba el cubo descuidado por otro para trasvasar su contenido, lo cual ocasionaba no pocas riñas ante la ineptitud de algunos para robar discretamente el agua de otros. Había quien metía toda la cabeza dentro del cubo para lavarse el pelo, escurría el agua sobre su cuerpo, embadurnaba pelo y cuerpo de champú y jabón, y luego se enjuagaba. Método desesperado que se utilizaba sobre todo los miércoles, día de recreación en la Lenin. Había quien lamentaba que no programaran más visitas de primer nivel –venezolanos, ministros, presidentes de otros países– para que hubiera festín de agua. Los días de visitas de primer nivel las pilas llovían. Había quien pasaba de la cisterna del organopónico, del tanque de agua herrum-

broso, del método de ahorro máximo y, sencillamente, no se bañaba. Había quien hacía la vista gorda y dejaba a los estudiantes retrasarse para ver el programa televisivo Mesa Redonda –tarea obligatoria tres veces a la semana– y había quien usaba la crisis del agua para ausentarse a la Mesa Redonda. Había quien trapeaba el pasillo central con la colcha húmeda, sin tener un sitio donde exprimir y enjuagar. El pasillo, luego, lucía como el organopónico de las pocas habichuelas, tomates y pepinos. Había quien veía su cubo plástico rajarse y derramar toda el agua mientras subía las escaleras hasta el tercer piso. Esos se quedaban sin cubo y sin agua hasta la próxima semana. Había quien escribía un reporte de la situación para Novatos, el periódico de la escuela. Había quien alardeaba, explicaba que llamaría a sus padres, que conocían al director de aquel centro, que conocía al ministro tal, que solucionaría el problema de una vez y por todas. Había quien recordaba que diez años antes daba gusto ver cómo el agua salía por las duchas y los lavamanos brillaban de limpios, y reconocía que todo era distinto ahora. Había quien decía que después de ese fin de semana no volvería jamás a la Lenin, y no había nunca quien cumpliera esa promesa, al menos no por el agua. Los días en que el agua no subía hasta el tercer piso del dormitorio de muchachas en la Lenin, único preuniversitario de ciencias exactas en La Habana, yo era feliz. Esos días, él hacía la cola en el tanque herrumbroso, llevaba el cubo hasta aquel tercer piso seco y me besaba en mi dormitorio. Solo los días en que escaseaba el agua, entrar al dormitorio de las muchachas no estaba prohibido.

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los signos del agua

Especial, 2017

villa clara

Los signos del agua La vida dual de Albertico Beyoncé está atravesada por un río subterráneo. por lianet fleites

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penas dos pulgadas le había crecido. Aún a ras. Aún insuficiente. A las puertas de su edad sexual, Alberto tenía una obsesión. Lo quería largo y usó toda clase de fórmulas caseras. —¡Déjalo reposar en agua! –le recomendaban, pero había seca, y el pelo-pasa absorbe. Alberto quería una melena. La cuartería entró en pánico. Después de dividir el volumen en los tanques entre el total de habitantes, sustraerle a la ecuación ese margen que ocupa el calcio acumulado en el fondo y la población animal del ecosistema llamado “cisterna”, los vecinos dosificaron el agua. Alberto se hizo trencitas, un gesto de cortesía hacia la vecindad y un inteligente método para mojarse el cráneo. El “Beyoncé” apareció después. Albertico era una mulatona de 1,85 metros con un par de abismos negros por ojos. A los 17 ya le salían las motonetas, pero no los senos. Por tanto, la transformación debía ser progresiva o sentiría sobre sus hombros de estrella pop el peso tosco de los pueblos pequeños. La discoteca municipal de Camajuaní (después de la iglesia católica, espacio de confluencia social más importante)

sonaba aquellos himnos de la cantante norteamericana y Albertico reproducía con matemática exactitud la coreografía de “Naughty Girl”. La vida dual de Albertico Beyoncé está atravesada por un río subterráneo. Su feeling con el agua apareció aquella tarde en que la lluvia era una red, y quedamos atrapados en el portal de la bodega La Valla. Parecía, la calle, un espejo movedizo. Le advertimos, pero la mulata echó a andar bajo la lluvia y una corriente arrastró hasta el olvido su sandalia derecha número 42, de reciente adquisición. Digamos que no abunda la talla 42 para calzados femeninos. Desde ese día una fuerza tan imprecisa como ridícula le revelaba su elemento. La signaba. Volvió la seca en 2009. Los senos de la mulata eran dos brotes de algodón, un asomo suave sobre el cuero terso. Comenzaba a hormonarse artificialmente. En medio de aquel paraje estéril, Albertico era una venus de la fertilidad. Y cuando la loma de mi barrio se deshidrató y se volvió cráter lunar, los vecinos decidimos hacer un pozo. Pagamos veinte pesos cubanos a un purasangre, un nativo colorado con su debida genealogía gallega y las espuelas enfangadas. Una criatura de

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campo tal, que los guajiros le llamaban El Guajiro. El sujeto se desplazó por todo el perímetro con un alambre dulce en forma de parábola sobre su vientre. La corriente de agua, en las profundidades, debía interactuar con el campo magnético del cobre hasta torcerlo, explicaba aquella figura zoomórfica con sombrero y polainas. —Allá abajo no corre nada –aseguró. A la loma la habían drenado en edades pasadas. Era un hollejo gigante que se fosilizó miles de años anteriores al caserío. Albertico quiso intentarlo con el detector artesanal. Tomó los cabos con las yemas rudas, bajo las uñas plásticas, colocó cada uno en los bordes de su cintura formando una parábola y comenzó la exploración. El cobre fue complaciente, cedió del todo, se hizo un ocho en algún punto exacto de la tierra al que le atornillaron un pozo de bomba. El barrio le debe 15 varas de profundidad a la mulata, le debe el alivio. A los 25, Alberto Jiménez parecía una espiga, un trazo negro. Las hormonas empezaban a esculpir, desde dentro, una forma de mujer. Las tardes en que hervía la Isla nos movíamos al río. Entonces Albertico nos recordaba, con todo su cuerpo, por qué le llama-


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ban Beyoncé. Iba, ladera abajo, como si por guardarraya hubiese una alfombra roja, como si por heces o seborucos hallara escalones art decó. Ya en la orilla se abría la bata y mostraba sus bikinis malvas. La pregunta unánime: cuál era la mecánica del truco. Albertico estaba en su elemento, y allí regía. Hace un año que conoció a Yasmany Arredondo, carretonerro de Santa Clara devenido chofer de bicitaxis. Por alguna extraña cábala el muchacho fue a dar al Mejunje, a su Fiesta del Agua. Ese agosto, Ramón Silverio instaló un sistema

de mangueras dentro del sitio. No hay mar en Santa Clara, pero sí la suficiente fabulación para armarnos uno. La gente enloqueció bajo la fina salivada que escupía el plástico. Yasmany conoció a Beyoncé en medio de la multitud. No habría boda de ninguna forma, ni aunque fuese el matrimonio gay una realidad legal. La gente en el campo es jíbara con lo que huela a compromiso y papeles. La gente en el campo se “ajunta”, no se casa. Compraron su casita en el Rastro, una zona en la periferia de Camajuaní (que es ya la periferia de cual-

ilustración: miguel alejandro castro

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quier geografía). El acueducto no llega hasta allí pero la Empresa manda pipas. Yasmany carga los cubos y Beyoncé se ocupa de las usanzas domésticas. Como buena mujer machista y agreste no le permite, a su hombre, hacer nada en la casa. Ella lo mima, él la deja. A veces la pipa viene a deshora y es tarea de las mujeres llenar los tanques. Entre los brazos famélicos que frenan la marcha para reposar del peso, puede verse una silueta andrógina erguirse, triunfadora, con una cubeta en cada mano.


elogio de la locura

Especial, 2017

mayabeque

Elogio de la locura Un agricultor, en complicidad con su esposa, se propone inventar algo considerado imposible. por mรณnica barรณ

ilustraciรณn: ray respall

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ubo un tiempo en que Osvaldo Franchi-Alfaro fue, ante los ojos de muchos habitantes de San José de las Lajas, un viejo loco. Cuando comentó en su pueblo que pretendía inventar un programador de tiempo de riego que funcionara sin electricidad, la gente asumió que había perdido la cabeza. Él era un simple trabajador de la construcción apasionado por la labranza de la tierra. Apenas contaba con el prestigio de su título de bachiller. Casi nadie creía que pudiera crear, utilizando incluso materiales reciclados, algo que costaba cientos de dólares en los mercados del mundo. Quienes lo descubrían por la madrugada en el patio de su casa, bajo una bombilla austera y con las ropas ensopadas, recortando pomos y más pomos plásticos y mangueritas para sueros, no veían a un hombre que persevera en un experimento. No veían un experimento siquiera, sino un juego. A falta de comprensión y fe, veían un espectro de hombre poseído por la demencia. A Miriam González, Milli para Osvaldo, le tocaba recibir condolencias de vecinos imprudentes. “Perdiste a tu esposo”, le advertían a cada rato con auténtica compasión, o hasta con risa. Pero no se amilanaba. “No le hagas caso a la gente, que eso va a salir y tú vas a estar en ese invento”, le había dicho Osvaldo una vez con tal seguridad, que ella no necesitaba prueba mayor de su cordura. Milli siempre cumplía su misión: recoger pomos de los basureros y colar café en las madrugadas,

ante cualquier idea súbita, impostergable, que interrumpiera el sueño de su esposo para situarlo de nuevo en pie de guerra. “A la hora que él dijera que iba a trabajar con el aparatico, fueran las dos, las tres o las cuatro de la mañana, yo me levantaba a hacer café y me quedaba ahí, mirando”, cuenta Milli. Siempre ahí, acompañando. Franchi lo tenía muy claro. Recuerda que desde que vio el primer programador de tiempo de riego, en un evento de agricultores urbanos en Camagüey, se quedó con el concepto grabado en la mente y sintió que podía fabricar su propia versión. Lo único que necesitaba era inventar un mecanismo que permitiera, sin emplear corriente eléctrica, abrir y cerrar una llave de paso para regular la cantidad de agua que destinaba a sus cultivos. Eso le pareció más posible que reunir cerca de setecientos dólares para comprar un modelo modesto. “Cuando uno tiene poco dinero, tiene que recuperar cosas: si hallaste diez clavitos botados, recógelos y guárdalos, porque te van a hacer falta. Lo que pasa es que hay gente que le pasa por arriba a las cosas y no les ve utilidad y no las recogen. Yo les veo utilidad y las recojo. Es un problema de fijarse”. Un problema, además, de no rendirse. Dos años dedicó Franchi al experimento. Dos años de Milli recuperando pomos de la basura. Dos años de “Franchi se tostó: jugando a estas horas con agua”. Dos años de ideas súbitas, impostergables. Dos años de “Milli haz café, que voy a trabajar en el aparatico”. Dos años de arma uno y rompe y vuel-

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ve a armar y rompe. Dos años de la gente con sus escepticismos y burlas. Dos años que podrían contarse con pomos y cafés. Hasta que, un día como cualquier otro, unos esquejes de guayaba sembrados en canteros empezaron a echar raíces: la naturaleza, a su modo, avalaba el aparatico como un programador de tiempo de riego. No, dice Franchi que nunca pensó en desistir. “Yo no sé cómo inventan los demás, pero yo soy amable con el sueño. El sueño te da la facilidad de llevar las cosas hasta donde tú quieres y como tú quieres”. Y esa amabilidad con el sueño lo llevó hasta la Oficina Cubana de la Propiedad Industrial, donde logró obtener una patente a nombre suyo y de su esposa, y luego, hasta Italia, Canadá, Colombia. “Cualquier idea que yo diga ahora es buena. Si digo que voy en una carretilla a Marte, la gente dice: Cuidado, mira a ver qué le está poniendo a la carretilla, porque él va a Marte”. Sin embargo, ni él ni Milli se sintieron dueños de ese invento por haberlo patentizado. Tan pronto como pudieron, lo declararon patrimonio de la humanidad. Consideraron que, “en un mundo donde cada vez hay más hambre y menos agua”, lo justo era ponerlo a disposición de quienes lo necesitaran. En este instante, en los lugares menos pensados, hay cultivos beneficiándose con el programador que se inventó en el patio de una casa de la actual provincia Mayabeque; con ese aparatico que, hace 16 años, se creyó una locura.


el acueducto particular

Especial, 2017

pinar del río

El acueducto particular El Viradero se hizo conocido por instalar, en el fondo de la comunidad, una acometida de agua pagada por los vecinos. por ramón crespo hernández

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l Viradero es un barrio hecho a mano. No hay proyecto de urbanización, sino que cada quien vino e hizo una casa. La vega de tabaco, el sembradío de boniato y la laguna son adornos que, por más de tres décadas, han ido colonizando capa a capa el paisaje. Un camino de tierra, tras doscientos metros de polvo, lo hace intrincado e invisible desde la carretera que une a la ciudad de Pinar del Río con el puerto de la Coloma. En casa de Mirelys Febles, residente del lugar hace 24 años, espero a Guillermo Bacallao, el delegado de la Asamblea Municipal del Poder Popular de esa circunscripción, quien me contó la historia sobre el acueducto particular. Mirelys abre la llave de la cocina y muestra el alivio, como llama al servicio de agua corriente. —¿Es del pozo o de las tuberías nuevas? –pregunto, mientras me da el vaso. —Antes era de los pozos. Los vecinos cuando ponían los motores nos per-

mitían llenar cubos, tanques y pomos, para guardar por un tiempo; pero ahora sí viene de la calle. Bacallao, su esposo, explica que el líquido comenzó a desaparecer cuando el cloro erosionó las tuberías de metal y redujo la capacidad de la conductora vieja, lo cual fue creando conflictos entre los vecinos, que se acusaban hasta de robarse el agua. Pero en octubre o noviembre de 2014 decidieron gestionar su propio abastecimiento. Determinaron la cantidad de manguera para sustituir la red, unos 650 metros, que luego se dividieron entre el número de casas de la comunidad. Se engancharían 22 en una primera etapa y 38 en la segunda. A cada familia le correspondió un aporte de 165 pesos y cubrir luego el costo de las conexiones hasta el interior. Todos los cálculos fueron obra de Raúl González: la línea central de pulgada y media, cuatro ramales de a pulgada y conexiones en las viviendas de media pulgada.

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ilustración: juan alpízar


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—La gente decía: “A mí no me va a llegar”, y le explicaba mil veces, pero son así. “Caballero, que eso es manguera, no una tubería, que el agua va a más velocidad, que los tubos tienen bembos en los empates, que el agua tropieza y aquí no…”. Raúl ha sido chofer, mecánico, barbero, electricista, incluso albañil. Ingeniería hidráulica jamás estudió. —Después que se acababan las reuniones, aburrido de explicar, venían a verme dos o tres para que de nuevo los convenciera. Me ofendían: “Ustedes los de abajo quieren coger el agua y los de arriba que se embarquen”. Ahí fue cuando tuvo que utilizar el modelo de la jeringuilla. —A una jeringuilla llena ponle aguja, aprieta, ¿hasta dónde llega el chorro? Quítale la aguja, aprieta de nuevo, sigue saliendo agua bastante, ¿no? Al final, córtala por la mitad y hazle chuifz. ¿Qué pasa? Se vomita, se desparrama, no sube a ningún lado. Ah, porque según tú reduces, cuando hay presión, como tiene menos carga, el agua va a más altura. Y les explicaba eso, pero había gente que nada de nada. Hasta que se puso, no lo creyeron… Y hubo quien se peleó conmigo. Cuando abrieron la llave, chácata, y vieron el agua, fue que nos reconciliamos. Cuando la gente de El Viradero decidió construir su propio acueducto, sin contar con ninguna entidad estatal cubana, no solo alcanzó el alivio del agua, sino que también rompió con el modelo de esperar porque alguien fuera a llevarle soluciones. —Los vecinos decidieron tomar el problema del agua en sus manos –dice Guillermo–. Era una inversión de todos. Lógico, hay que verse sin agua también, y aquí no había ni una gota.

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la bomboneta

Especial, 2017

cienfuegos

La bomboneta Una especie de jeringuilla gigante, hecha con un tubo de poliestireno, una manguera de media pulgada y un émbolo de madera. por rosario conyedo barral

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uando apenas tenía cinco años y los bordes del mundo coincidían con la cerca de la finca de mis abuelos en las afueras de la ciudad de Cienfuegos, a mi madre le otorgaron una casa por su trabajo, una empresa de proyectos agropecuarios. —¿Reina? —Sí, Charo, así se llama el barrio donde vamos a vivir ahora –dijo mi hermana–. Y vamos a ser cangrejas, porque allí nada más que se come cangrejo. Fue la primera vez que escuché hablar del lugar donde vivo hace más de veinte años. Reina, un poblado de pescadores con una plaza llamada El Parque de los Chivos, un cementerio Patrimonio Mundial de la Humanidad y una sequía que hizo que, con el tiempo, le llamáramos el Sahara Caribeño. Mi niñez estuvo llena de chiquillos acompañándome en la cola de la única tubería a la que llegaba el agua eventualmente. La acometida madre, como la llamaban los adultos, quedaba bastante lejos del edificio. A los niños nos daba igual: retozábamos llenando cubos y porrones; además, nunca falta-

ban pleitos para encender los ánimos, debido a los acaparadores y los que se colaban. Cuando los adultos se cansaron de todo esto, Ricardo, el presidente del CDR, convocó a una reunión. “Hace quince días que me estoy dando el baño del avión”, dijo. Y yo le pregunté a mi madre qué era eso. Mi hermana, que pocas veces se quedaba callada, me explicó que se trataba del “motorcito, de la cola y las alitas”. Pero Ricardo no citó a una reunión solo para contar su forma de bañarse, sino para que entre todos los vecinos compráramos una turbina que permitiera llenar los tanques del edificio. Mi familia hizo lo que pudo para conseguir nuestra parte del dinero. Mi padre arregló más televisores que de costumbre y mi madre vendió croquetas como una loca. El esperadísimo ladrón de agua de alta potencia llegó finalmente y cual ceremonia religiosa fuimos todos a presenciar el sagrado bombeo. ¡Vaya sorpresa nos llevamos cuando el puñetero artefacto no haló ni una gota! Cristina, la vecina de al lado de mi casa, tenía lágrimas en los ojos y mi padre maldijo a la corte celestial entera.

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Por suerte, vivían personas más ecuánimes en mi vecindario y enseguida comenzaron a buscar alternativas para solucionar el problema. —Hay que ayudarla un poquito –dijo Aramís–. Busquen un poco de agua para cebarla. Nada salió de aquella manguera. —Déjenmelo a mí, que voy a chupar con la boca –saltó Paquita–. Si no la traigo yo de la mismísima Hanabanilla, no la trae nadie. Se agachó ante la tubería y chupó hasta ponerse azul. Nada salió. —¡Prueben con la danza del agua! – gritó alguien. Nada. Los adultos ya iban a desconectar la turbina cuando habló El Americano, un reinero viejo, un pura sangre, un cangrejero de cuna. —¡Lo que les hace falta es una bomboneta o chupón! —¿Qué cosa? –dijimos. —Sí, yo tengo lo que necesitan y se las voy a prestar por hoy, pero se van haciendo una, que esto es oro. El Americano se apareció con una especie de jeringuilla gigante, hecha con


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un tubo de poliestireno, una manguera de media pulgada y un émbolo de madera. Colocó su chupón en la boca de la turbina y aspiró con el aparato. A la tercera o cuarta succión, el agua salió a borbotones. —¡Agua! ¡Agua! ¡Agua! –gritábamos los muchachos bajo el chorro.

—¡Bomboneta! ¡Bomboneta! –gritaban los adultos. Con los años, las tuberías y el servicio de alcantarillado mejoraron. Para algunos, la bomboneta es historia pasada. No obstante, los niños de antaño aún conservamos una tras la puerta… por si acaso.

ilustración: miguel alejandro castro

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el mundo estรก a la vuelta

Especial, 2017

villa clara

El mundo estรก a la Vuelta A San Antonio de las Vueltas lo esculpieron en polvo. por lianet fleites

ilustraciรณn: miguel alejandro castro

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abía, antes del acueducto, una calle llamada Oro y una calle llamada Plata. Un hotel: Los Andes, y algún comercio nombrado El Progreso. Había sin haber. A San Antonio de Las Vueltas solo su nombre parece quedarle. Al pueblo lo armaron con retazos de un universo (o un anhelo) remoto. Y de esa forma hubo Casablanca, Cine Niza, el reloj de la plaza comprado en el Madrid de 1909, que suena un minuto antes y uno después (nunca en punto) porque así fue diseñado originalmente. Horrorosa exactitud de la deshora. En 2006 parecía Vueltas la estampa de alguna sacudida tectónica. Las labores de la Empresa Municipal de Acueducto echaban a andar. La red abarcaba el mapa circular del pueblo. Lo dejé por última vez envuelto en una nube de polvo marrón. El escenario noventero de mi infancia estaba mutando. Vueltas comenzaba a parecerse a su nombre anterior: Hornos. Llegaba, desde su ruta metálica, el agua. Llegaba mientras me iba. El paisaje de mi infancia en Vueltas es seco. Hubo pueblo, para mí, antes del acueducto. De vernos las caras, hoy, no nos reconoceríamos. Los pueblos al interior de la Isla son la pausa dentro de la pausa nacional. Si para 2006 se

amplió la red hidráulica, el mundo (remoto y anhelado) ya tendría nuevas carencias. Actualizadas. La escasez en Cuba implica una pena doble: pobreza y caducidad. Cuando la inflación en Europa reduce en algún shopping mall la variedad de botellas de agua, hay crisis: escasez. En Cuba canjearíamos toda la holgura nacional por esa clase de carencias modernas. Y en medio del rezago civilizatorio mis primas y yo aprovechábamos los aguaceros para lavarnos el pelo larguísimo. Abuela nos alcanzaba pedazos de jabón, y el baño entonces era completo, antes de que se despejara el cielo. Las canaletas del techo hacían chorreras compactas que desbordaban los tanques. Con el agua-lluvia lavábamos la ropa y la casa, descargábamos el inodoro, y algo quedaba para las begonias (ellas, el verdadero milagro de la precariedad). A veces no llovía y la postal se hacía triste. Abuela picó el piso de la sala para localizar la red de arterias que latía profundo. Alguna tubería saludable del antiguo acueducto, el de la zona norte, ese que nos inundaba de polvo, que se resistía a subir sus aguas cobardes. Mi padre instaló un artefacto con poleas y ruedas giratorias que antropólogos, en eras posteriores, cotizarán en una cifra

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proporcional a su valor de uso. Aquello funcionó un par de años sorbiendo el vacío y el agua y el vacío, en escandalosa secuencia. La sala de la casa era tan doméstica como un almacén de Recursos Hidráulicos. Mis memorias más íntimas tienen la estética troceada de esa sala. La miro y pienso inevitablemente en Le Corbusier y su machine à habiter donde la casa es templo, donde la arquitectura es un desprendimiento del hombre, este la modela desde sus esencias, desde sus modos propios de lo bello. En Cuba ni siquiera alcanzamos a amasar el barro. A nadie se le ocurre sentarse a entender esas lógicas, sería demasiado cruel. En esa sala fui feliz, y es toda la lección. San Antonio de Las Vueltas tenía esa aspereza de pueblo seco. El polvo se adhería a los ánimos como un contagio. La tarde pesaba más allí, sobre todo si caminábamos dos cuadras con los galones de la casa. El agua de tomar llevaba aquel gusto dulzón que no recuerdo, aunque me esfuerce, y lo agradezco. Había un pozo de bomba en la esquina del barrio, la esquina que todos llamaban El Combate. Hay agua en Vueltas. Yo me sobrecojo. ¿Cuánto de ese universo (remoto y anhelado) nos perdemos si se nos concedió el agua?


síntomas de escasez

Especial, 2017

la habana

Síntomas de escasez A nadie le gusta ingresar en un hospital, menos si no hay agua. por geisy guia delis

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n la sala de observación del Hospital Freyre de Andrade, en Centro Habana, es obligatorio ponerse los pijamas que traen de la lavandería. La encargada del salón le ofreció a mi madre unos pantalones de unas cuatro tallas más grandes y con una mancha carmelita de sangre que ocupaba toda la zona del vientre. Intenté persuadirla para que buscara otros en mejores condiciones, pero a modo de respuesta me alargó un par de sábanas igualmente manchadas y percudidas para que tendiera la cama. Me di cuenta de que no tendría mucho sentido seguir protestando. En este tipo de situaciones, mientras menos reclame el acompañante, mejor para el paciente. Al hospital habíamos llegado sobre las 7:00 pm de un sábado, a finales de junio, luego de haber pasado en un policlínico cerca de seis horas esperando una ambulancia. A mi madre le habían dado unos mareos, sudoraciones y vómitos repentinos, que casi la llevan a una intervención quirúrgica de emergencia. El cirujano de guardia que la atendió en Urgencias valoró la posibi-

lidad de que la vesícula estuviera funcionando mal debido a una infección y determinó que lo más prudente era ingresarla. Así, comenzó una noche que estuvo marcada por la escasez. En el hospital había agua, pero no en nuestra sala. Los casos graves sobrepasaban la capacidad de camas y hubo que improvisar una Unidad de Cuidados Intensivos, en la que se mezclaban los enfermos que dejaban bajo observación con los que necesitaban atención especializada. Era una zona de aislamiento, con herrajes y tuberías inservibles. En el baño de los pacientes no funcionaban ni la llave de la ducha, ni la del lavamanos. En el de los enfermeros, tampoco había agua. Ambos acumulaban bultos de ropa sucia de hospital y cuñas usadas. El olor penetrante de la creolina que se usa para limpiar apenas disimulaba el hedor del baño y de las evacuaciones de un paciente que acababa de fallecer. A pesar de los reclamos de los enfermeros, la encargada de la limpieza inventaba excusas para postergar la higienización del difunto. Conversaba animadamente por teléfono, minutos,

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decenas de minutos, casi una hora. Los familiares esperaban afuera. Después de colgar, se dirigió al cuerpo sin vida, lo examinó brevemente, removió los aparatos de respiración artificial a los que estaba conectado, retiró las sábanas embarradas, y aseó al hombre con un paño seco. El cubo plástico de la sala estaba colocado debajo de la consola del aire acondicionado, recogiendo las gotas de la condensación que iban cayendo con sonido monótono. Lo que se pudo acumular durante la noche alcanzó para descargar una sola vez el inodoro. Temprano en la mañana, con el pequeño charco que formaron las gotas que no cayeron en el cubo, la auxiliar de limpieza humedeció la colcha y trapeó exclusivamente el pasillo que dejaban las dos hileras de camas. En ese momento, un médico vino a traernos el alta. Los resultados de los análisis ya no se mostraban tan alterados. Mi madre, finalmente, no necesitaría someterse a una cirugía, solo a una dieta muy estricta. Nos fuimos de inmediato, casi en puntillas, evitando estropear la primera y quizás la única limpieza del domingo.


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ilustraciรณn: miguel alejandro castro

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vivir del agua

Especial, 2017

las tunas

Vivir del agua Mastrapa, La Posta, Berrocal, Villanueva y otras 400 comunidades reciben el agua potable mediante carros cisternas como consecuencia del impacto de la sequía. por josé armando fernández salazar

ilustración: yakumo

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sdrúbal, con sus 70 años a cuestas, ha dedicado más de 30 a abrir un hueco en la tierra y no parar de cavar hasta que salga agua. Primero fue con su padre y sus hermanos y luego con sus hijos. Él no cree que un pedazo de palo te pueda guiar hasta un manantial o que la Luna tenga algo que ver. “Por debajo de la tierra hay ríos y si uno averigua, descubre el curso. Simplemente tiene que guiarse por la posición de otros pozos cercanos para conocer el lugar exacto en el que cavar”, dice. En temporadas de sequía en Las Tunas, Asdrúbal echa sus herramientas en un saco y sale a caminar. Un pozo puede llevarle de tres a nueve días de trabajo y luego cobra unos tres mil pesos. Se ha especializado en los que llaman artesianos, que consisten en un orificio de no más de veinte centímetros por el que apenas cabe la tubería de una turbina. “La gente paga tanto dinero porque es una necesidad, pero también una inversión. Un pozo puede servirte para el riego, para los animales, y hay quien vende agua”, asegura. Alberto, que no se llama Alberto realmente, es uno de esos que ya vive del agua. Desde la gran sequía de 2003 convirtió su tractor en una pipa y lo mismo es contratado por el Estado para llevarla a las comunidades que se va a un manantial monte adentro para luego venderla. Sus clientes son lo mismo

campesinos a punto de perder sus cosechas que personas de un alto poder adquisitivo. En Marañón, zona rural de la provincia de Las Tunas, hacía más de 18 días que no entraba la pipa cuando llegó Alberto y la gente había tenido que empezar a consumir de un pozo cercano. El sabor salobre se hacía más fuerte luego de hervir y tratar con hipoclorito de sodio el agua. Mastrapa, La Posta, Berrocal, Villanueva y otras 400 comunidades reciben el agua potable mediante carros cisternas como consecuencia del impacto de la sequía. En total, son más de 195 mil las personas que tienen como única fuente de abasto esta vía, una solución ante el agotamiento de las presas y cuencas subterráneas. La mayoría de estos asentamientos están ubicados en zonas rurales, donde no existe una infraestructura hidráulica y las fuentes tradicionales se han visto perjudicadas por la contaminación o la intrusión salina, un proceso que consiste en la penetración de las sales del mar tierra adentro. En el caso de Las Tunas, se ha detectado hasta a 35 kilómetros de la costa. “Yo me doy cuenta de la importancia de lo que hago cuando hay retrasos en el ciclo de distribución y entro a un barrio de esos de monte adentro a los 15 o 21 días. La gente se pone brava pero después no saben qué brindarte para que te sientas bien”, dice Alberto.

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a orillas de un patio común

Especial, 2017

isla de la juventud

A orillas de un patio común Paquito recuerda la época en que se bañaba y pescaba en el río junto a sus amigos. por camila acosta

ilustración: juan alpízar

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odos le llaman Paquito, porque entre amigos y vecinos pocas veces importan los apellidos. Sus 40 años los ha vivido en el mismo barrio, en la misma casa y con el mismo problema. —Venga para que lo vea usted misma –me dijo hace poco–. Nosotros llevamos años pidiendo ayuda al delegado de la circunscripción y no hemos tenido respuesta. Ya no sabemos qué hacer. A ver si ahora que una periodista lo publica se resuelve algo. El “algo” que Paquito quiere que se resuelva está en una zanja que colinda con su patio de Nueva Gerona, en la Isla de la Juventud, donde se agolpan desechos líquidos, sólidos e insectos. La zanja debía desembocar en el río Las Casas, pero se encuentra tupida por el mangle que crece en las orillas. Recorre cientos de metros desde Nueva Gerona y en ella convergen también las aguas albañales de decenas de hogares. Los vecinos afirman que atrae roedores y que contiene larvas de mosquitos. Y no es la única del municipio. Pero la zanja es solo uno de los desencadenantes de un problema aún más grave. Las otras zanjas, la negligencia de los vecinos, el vertimiento de desechos industriales de las empresas, la ineficacia de los sistemas de tratamientos de residuales y el alcantarillado de la Isla han agravado la contaminación del río.

Cuando pasó el ciclón Gustav, en 2008, Las Casas inundó a los que habitaban en sus laderas. Según Paquito, en esa ocasión enfermó de leptospirosis. Félix González, un joven de veinte años que acostumbraba a pescar en sus riberas, tuvo un accidente con la red de pesca, tragó agua del torrente y contrajo cólera. En 2014, alrededor de 35 trabajadores de la Empresa Distribuidora de Combustibles fueron ingresados por la misma enfermedad. Alguien había abierto una válvula por equivocación y el agua de beber se infestó con la del río. Esta última se utilizaba solo para casos de incendios. Otra vecina, Nereida, dice que a Las Casas van a parar “animales muertos, desechos albañales humanos y de cochiqueras… de todo. Este es un problema que afecta a toda la Isla de la Juventud y a los pobladores nos afecta más todavía porque este río colinda con muchos hogares”. “Lo que hace falta es que nos ayuden al menos a limpiar la zanja”, dice Paquito, “que nos den los medios para nosotros mismos, los vecinos, hacer un trabajo voluntario, porque el bote que teníamos para eso nos lo quitaron”. Paquito recuerda la época en que se bañaba y pescaba en el río junto a sus amigos. Desde que enfermó, no se atreve a meterse.

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el aguatero en su laberinto

Especial, 2017

holguín

El aguatero en su laberinto Ramón vende el litro de agua a tres pesos en sus largas caminatas. por yoe suárez

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l sol ha pintado de cobre las pieles de Ramón y la ciudad de Holguín. Los verdes –los ojos, alguna terca arboleda– son una tilde, acaso un destello en el cuerpo encorvado, hirviente, que ruega/ anuncia el agua. Ramón es aguatero, no aguador, como en el resto del mundo, que no es lo mismo y es igual. Empezó en 1997, tendría veintitantos, pero el oficio lo trasciende. Se inscribe en una tradición centenaria, como centenaria es la creencia de los locales: las aguas están enfermas, malditas. Sin embargo, la gente va a los puntos estatales de abastecimiento y opera otra mentalidad: —Las que llegan ahí son sagradas, no hay cultura de tratarlas en casa –dice Tony Herrada, nacido en el centro de la urbe, entre las más pobladas del país. La gente confía. También confiaba en los frailes decimonónicos, que buscaban manantiales alejados de la villa. Ahora Ramón es el fraile sin sotana que paga impuestos, que tiene cifras de venta reguladas y al que el Estado deci-

dió llamar servidor de agua a domicilio, así, tan burocrático. Cuando Ramón empezaba el negocio, 21 Kamaz hacían competencia a los aguateros. Curiosamente, eran conocidos como los carros del fraile. Ahora la flotilla es evocación, y con su final comenzó la multiplicación de los aguateros. La gente espera amontonada por los pocos camiones abastecedores que aún ofrecen el servicio. Buscan la sombra, desde las mañanas. La intensa sequía sigue adelante en el marcador y el peor perdedor de la provincia, con 28 micropresas agrícolas deprimidas y casi 4.000 hectáreas sin riego, está siendo el municipio capital. El director de Acueducto y Alcantarillado en la urbe, Francisco Carrillo, reconoció recientemente en la televisora local que de cada 100 litros potabilizados, 60 se los tragan las pésimas condiciones de las redes hidráulicas. —Mi familia va a comprar a los puntos estatales cada dos o tres días, pero es una molestia –comenta Tony en el portal de su casa–, y además un riesgo, porque a veces los abastecedores no llegan.

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ilustración: miguel alejandro castro


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Empujones y recordatorios ponen orden en la cola cuando asoma alguno de los demorados camiones. Cubos, pomos y tanquetas se llenan con premura y un poco de agua se derrama. En la acera de los puntos, a diferencia de otras aceras de Holguín, crecen hierbajos con el ímpetu del roble. Ramón suena un cencerro anunciando llegó el agua. Tony y yo nos pegamos a un barandal. Saluda con provinciana cortesía, pero no se acerca sino cuando llamamos. Conoce uno a uno a sus clientes. —Y ahora, con la sequía, ¿da negocio su negocio? —En el área donde trabajo, que es el centro, tenía dos puntos estatales para comprar. Digo “tenía” porque nos prohibieron abastecernos del de la calle Miró y solo queda el del Mercado Garayalde –explica Ramón y se seca el sudor que le llueve la frente. Ahí sale el litro a 25 centavos. —Lo que pasa es que al Mercado Garayalde los camiones están llegando como a las cuatro, y a esa hora ya yo terminé de trabajar. –Se ajusta el short y mueve la carretilla pesadamente–. Entonces tengo que morir con los particulares, que me venden lo mismo que el Estado a peso o a uno cincuenta. Menos ganancias, los centavos aprietan, y los pequeños puntos arrendados también. Ramón vende el litro a tres pesos en sus largas caminatas, que van de las siete de la mañana a las tres de la tarde. Día a día recorre toda su área de influencia, y visita entre 150 y 200 casas. —Compran poco, lo que consuman en 48 horas más o menos; por eso hay que caminar bastante. Al fin de la faena el cacharro dormita en un garaje del centro y Ramón regresa al reparto 26 de Julio: 30 minutos en ómnibus. Mañana habrá un sol nuevo, y la ciudad nacerá con una sed de siglos.

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tapones

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Tapones Conflictos por el agua en un edificio en Miramar, La Habana. por mario luis reyes

ilustraciรณn: ray respall

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icen que era por culpa de los salideros, pero nadie sabe exactamente por qué unos apartamentos se quedaban sin agua antes que otros. Y comenzaron a aparecer los tapones. El primero era de madera. Para multiplicar la fuerza de bombeo hacia otros tanques, los vecinos cerraban el paso del agua hacia el tanque de Adria Irma. En los últimos cuatro años, ha descubierto tres tapones. Se lo hacen porque no puede subir a la azotea y porque le cuesta revisar el tanque sin la ayuda de otros. Se lo hacen no solo a ella, sino también a sus padres y a su hija, que viven en el mismo apartamento (Jorge Peyrellade, 86 años, casi ciego; Adria Luzardo, 77 años; y Adria Valdés, 23 años), a Julio Sosa y Sicilia Fernández (ambos rondan los 70 años) y a Irene Laureiro (más de 80 años), residentes en los otros dos apartamentos que abastece el mismo tanque. Adria Irma, de 55 años, vive en el edificio número 103 de la calle 12, en Miramar, y no puede decir con certeza cuánto tiempo ha estado puesto cada uno de los tapones. Para subir a la azotea debe atravesar la casa de Irene, que vive sola desde que su hermano murió cuatro años atrás, y mover la pesada tapa de hormigón para revisar el tanque, porque no tiene dinero para pagar a alguien que inspeccione con frecuencia.

El inmueble tiene nueve apartamentos. Originalmente contaba con una cisterna de veinte metros cúbicos de agua y un tanque en la azotea de seis metros cúbicos. Pero hace más de quince años el tanque se dividió a la mitad y se construyó uno nuevo con capacidad para dos metros cúbicos y medio. Se resolvió que cada uno de estos tanques abasteciera a tres apartamentos. En el edificio hay un Consejo de Vecinos. Hace cuatro años, Adria Irma contó la historia de los tapones. Primero, indignación; después, incredulidad; por último, olvido. La última vez vio personalmente a algunos vecinos, les mostró uno de los tapones. Ese día no había sido convocada ninguna reunión. Primero, indignación; después, incredulidad; por último, olvido. Adria Irma me enseña el informe donde aparecen las imágenes del flotante manipulado para evitar la salida de agua, y me cuenta que su tanque es el último en recibir agua, si es que la recibe. El informe está firmado por un arquitecto y un ingeniero hidráulico; pero nunca ha sido enviado ni al Instituto Nacional de la Vivienda, ni a la Policía. Nunca ha sido enviado porque todavía espera que se resuelva entre vecinos. Hace poco más de un mes, Adria Irma encontró un nuevo tapón de madera. Se lo hacen, me dice, porque son los más débiles.

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vista alegre

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Vista Alegre La sequía en un barrio del Oriente del país. por yoe suárez

ilustración: juan alpízar

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n Vista Alegre un Cristo gigante de yeso preside la típica cuadra del suburbio holguinero: charcos que nunca sabrás bien cómo se han formado, perros que ladran a ciclistas, ciclistas que ladran a transeúntes, un riachuelo entintado, casas de ladrillos desnudos, segundos pisos a medio terminar, escaleras de caracol, gente bajo los dinteles mirándote pasar como adivinando tu nombre, negras con rulos valientes, cierta familiaridad grosera y, of course, aguateros. Carretillas metálicas, de tubos soldados, coronadas con un tanque plástico azul (siempre siempre azul), las ruedas de hierro engomadas para aminorar el ruido, atraviesan las barriadas sonando metal con metal para que el vecino sepa. Héctor Velázquez, de tanto esperar, de tanto tanque vacío en su casa, baja disparado la escalera con las últimas fuerzas del día. Hay que apresurarse porque la demanda es mucha y los vecinos también tienen sed y oídos. Pasó toda la mañana haciendo mandados por la ciudad, pedaleando su triciclo holguinero: bicicleta con asiento de apéndice al costado y un sombrillón en el medio, su capa de ozono infaltable. Le paga unas monedas al aguatero y, llenos los pomos, regresa los huesos al segundo piso. Cuando pasa la pipa el proceso es diferente, más cansón: hay que llenar el tanque a base de muchos cubos al final de una soga. Hala desde la calle, sube, sube el agua, y luego de varios cubos el tanque está saciado. Arriba las paredes sin repello guardan el calor como una caja fuerte. Basta cruzar el umbral, basta tocar los ladrillos. Se siente rostizado, como cru-

zando una hoguera diseminada en la casa. Héctor abre al fondo una puerta y el viento se cuela como un gato remolón. Lejos, la Loma de la Cruz rige la urbe con su cruz blanca en la punta, que no es la cruz original, la cruz que hubo que salvar porque los visitantes llevaban de trozo en trozo su madera de recuerdo. Acá, mientras baja el sol, la habitual procesión deportiva colma sus peldaños, escalones retadores que muchachas enlicradas, sueters, fajas, todo justo, bendicen con sus figuras. Una histórica sequía marchita el Oriente cubano, pero no hay caos sino en lo íntimo de las casas. Heladerías abiertas; anuncios contra el cólera; turbas de bicitaxistas peinando calles, callejas; fiestas en las noches del parque Calixto García; besos en los parques de la Ciudad de los Parques. En Vista Alegre hay agua las 24 horas: la atraviesa un río angosto, con las casas demasiado cerca de las orillas. Holguín nació amamantada por dos ríos. Los nativos se encargaron, como en casi toda ciudad, de envenenar las tetas que les regalaron vida. Ahora el líquido llega a las viviendas, como la de Héctor, cada 15 días como promedio. Quizás algún vistalegrense pase en coche por los puentes y piense en lo genial que sería un chapuzón. Ahora se bañan lo estricto, aunque el calor abrasador empuje a la bañera, y esperan como el maná ese camión-cisterna que pasa de día en día. Dicen que a las flores de la Avenida 20 Aniversario, frente a la sede provincial del Partido Comunista de Cuba, no les falta el agua. En las noches una pipa exclusiva las mantiene lozanas.

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la zanja tupida

Especial, 2017

santiago de cuba

La zanja tupida En la sequía también hay muerte y hay vida, hay cópula y crimen, pero desnaturalizado, azaroso. por carlos melián moreno

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ada vez que llueve en el patio de mi casa, miro por las persianas y observo el río de agua enfangada que se cuela entre las raíces de los árboles de mango, los plátanos, unos cafetos de sol altos –y algo idiotas– que sembramos hace poco. El agua se estanca en nuestro organopónico y ahoga el ajo puerro, la espinaca y el culantro y salgo a destupir la zanja para salvar las especias y mitigar la erosión. Lo hago con entusiasmo, la lluvia solo puede ser una buena noticia. Si se te ahoga un primo, si una anciana resbala y se parte la cadera, es solo el tributo que necesitaba el agua. Pero no le pasará nada a tu primo, ya no llueve lo suficiente. ¿Desde cuándo las puertas de madera no se hinchan hasta quedar a mitad de recorrido? ¿Desde cuándo las camisas del closet no se llenan de moho? Llueve y es como si yo supiera algo fáctico y entrañable que millones de personas suelen saltarse: que sin lluvia no hay nada. Que todo pierde la dignidad, las vacas vagan sonámbulas, ulcerosas y agusanadas, lanzando lamentos al aire. Los perros se devoran unos a los otros. Los hijos no piensan en el futuro

sino en justificar, con locuacidad y autocompasión, sus derrotas. Me pongo las botas y agarro por la zanja que mi hermano menor –que ya no vive en Cuba– y yo hicimos hace unos quince años, para que el agua no se llevara la capa vegetal, que es donde se siembra. Me cuelo entre los plátanos, entre las enredaderas. Pasan mangos flotando, sapos y ratones muertos, almohadillas sanitarias y condones que algunos vecinos carretera arriba han arrojado. Agarro un gajo y comienzo a jalar. La seca une las hojas de plátano muertas, las pone a fornicar y conspirar. Se parte el gajo, un tronco de plátano caído me tiende una zancadilla y voy a parar al fango. Me incorporo, meto los brazos y entre condones, ratones muertos, comienzo a sacar mierda, órganos y vísceras. Hace calor, hay mosquitos. El agua es abundancia y podredumbre, vida y muerte. Y auras patrullando el cielo. Durante mi infancia te las encontrabas en cualquier recodo, vigilando en los largos y horizontales gajos de algarrobo donde se ahorcan tipos. Eran las funcionarias de un ministerio siniestro al que uno termina por agarrarle cariño. Quién iba a imaginar que venían solo con el agua, con la abundancia.

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Un día me bañaba en el aguacero, entre los plátanos del patio, y de pronto escuché la risa de una mujer joven. Me agaché, y me dispuse a esperarla. Nunca pasó, y me dejó con el pene erecto. En la sequía también hay muerte y hay vida, hay cópula y crimen, pero desnaturalizado, azaroso. La naturaleza no es azarosa, nos enseñó que si siembras una semilla, o un hijo de plátano, este crecerá. Con la sequía te pegas un tiro y no mueres, escupes para arriba sin consecuencias. Sigo jalando ramas, hasta que deshago el tranque. Todavía es muy poca el agua que cae, necesitamos más, y con estabilidad. Sin agua, sin líquido, no hay progreso. No importa que lleguen de nuevo las auras y huela a ratón podrido por doquier, ya veremos cómo se perfuma. La actual configuración de mi patio, el organopónico cercado y el platanal, data de 1993. Antes ese sector era puro bosque y ratón. Cuando no hubo qué cocinar a partir del día 10 –mi hermano y yo comíamos por cuatro– a mi mamá le dio por sembrar y la odiamos por eso. Durante un fin de semana talamos los árboles de uvita –cuyos frutos usábamos como gel de pelo–, desenterra-


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mos hasta donde fue posible las raíces de marabú, desyerbamos y finalmente aramos con un tenedor. Acto seguido llovió, porque solía llover. Y mi mamá nos preparó una limonada a cada uno. No teníamos idea de que estábamos en racha. En la ciudad mis compañeros de secundaria hacían cualquier cosa menos procurarse alimentos. Me pregunto qué dieta practicaron. ¿Las familias se tomaban las manos y, abriendo la boca como ballenas, receptaban plancton

del aire durante un par de horas? ¿Conocieron la mitad de lo que yo sé ahora sobre el agua y las lluvias? Los desbordes de la presa Chalons que vi en esas fechas fueron los últimos en veinte años. Asimismo, los aguaceros comenzaron a ser asistidos por violentas tormentas eléctricas. Mi hija no pediría nunca bañarse en una. Hace un par de años intentamos sembrar maíz como en aquellos buenos tiempos, pero sin lluvia las hojas se le llenaron de agujeros; las

ilustración: yakumo

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pocas plantas que gozaron dieron mazorcas viejas y purulentas. De regreso de destupir zanjas, suelo volverme antes de entrar a la casa a observar los plátanos, que el agua robustecerá. Sé que aquella risa de mujer que oí de adolescente pudo provocarse en el roce de sus largas hojas verdes, suelen sacar sonidos inimaginables. Aun así evoco la imagen de aquella mujer trigueña y desnuda. Quieta y dispuesta, observándome bajo la lluvia.


la milagrosa

Especial, 2017

villa clara

La Milagrosa En el peor de todos los casos el agua puede ser un milagro. por carlos alejandro rodríguez martínez

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odo el mundo advirtió a mi madre: “Se rajará cuando le falte el agua”. Yo reuní en balde varios cubos, algunos galones, incontables pomos para contradecir el mal augurio de la vecindad. En la beca ningún recipiente valió verdaderamente la pena: se quedaron vacíos después de tres días. La Ciudad Escolar Ernesto “Che” Guevara, la Vocacional, estaba en el borde de Santa Clara, otra ciudad amenazada por su inestable abasto de agua. En medio de piscinas sedientas, entre la mole de edificios Girón manchados por el churre, la sequía se enfrentaba a La Milagrosa, única fuente de agua bautizada por el ingenio a toda prueba de los estudiantes. En los días dichosos, después de clase, toda la escuela se reunía desesperadamente alrededor de La Milagrosa. El agua que antaño brotaba de la llave (o grifo o pluma), ahora salía de una bifurcación malograda en la tubería horizontal. La Milagrosa realmente no era más que un agujero abierto ad perpetuam, saliera o no saliera agua. A esa hora, como tenía que ser, una red enmarañada de amistad y coinci-

dencia geográfica comenzó a determinar las prioridades en la cola del agua. El primero de Santo Domingo marcaba a todo Santo Domingo, el primero de Sagua la Grande apuntaba a toda la antigua jurisdicción de Sagua la Grande. La dicha de unos fue siempre la desgracia de otros. Lo peor nunca había sido que La Milagrosa estuviera a ras de tierra, ni que los cubos o los pomos no pudieran colocarse naturalmente debajo del hilo de agua. Peor que todo: el agua se fugaba en alguna parte antes de llegar. Con el dedo propio había que obstruir a medias la boca del tubo: la maniobra aumentaba la presión del agua y permitía dirigir el líquido a vasijas menores. Y con calma un dedo relevaba al otro en la faena. Y un cubo sucedía al otro. Y un alma dichosa se retiraba a la promiscuidad de los baños públicos sin agua. Alrededor, en la cola incesante, esperaba una multitud con el mismo interés con que los creyentes esperan el nacimiento público de un mesías. O con la misma desesperación. Pero a veces no se hizo el milagro.

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ilustración: juan alpízar


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No llegó el agua a La Milagrosa, ni a La Guerrillera, otro “manantial” distante y mal reputado por la violencia que despertaba la sequía. Por primera vez (aunque me disgustara) tuve que aceptar bañarme con medio cubo de agua, convivir en un cubículo hacinado sin mucha limpieza, y concurrir a inodoros que nadie podía descargar. No servía pensar en el agua corriente de casa, a la distancia del pase siguiente: otra posibilidad mejor solo agudizaba la sensación de escasez. En la peor crisis –Milagrosa seca, Guerrillera seca– las autoridades de la Ciudad Escolar mandaron a construir varios tanques de fibrocemento que pipas inusuales eventualmente proveían. Pero las llaves tímidas colmaron la paciencia humana. Y un buen día los estudiantes rompieron “la boca” de los tanques. Metieron los cubos y se escurrieron ellos mismos, como quien alcanza en apoteosis la felicidad negada por mucho tiempo. Ninguna autoridad vino a condenar la indisciplina, ni ese día ni nunca. Desde aquella vez el agua dudosamente potable me pareció contaminada sin remedio. Yo tenía demasiados escrúpulos, pero mi amigo Alejandro, colmado por la crisis, hastiado de seguir a diario el camino de Sísifo, seguía lavándose con aquella agua, seguía tomando (¡Oh, Dios!) aquella agua. —Está demasiado sucia –le advertí para que se detuviera–. En esos tanques vi ayer hasta cabos de cigarros… —Ah, ¿sí? ¿Y qué vas a tomar tú? ¿Con qué te vas a bañar? A duras penas no me rajé. Pese a La Milagrosa, ninguna otra sequía me ha vuelto a parecer tan intensa.

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iris

Especial, 2017

santiago de cuba

Iris Si dependiese de ella, la especulación del agua no tendría futuro. por lian morales

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ecorres un sendero que se aparta de la humanidad, la mañana empieza a volverse noche, pasas bajo un árbol seco, de gajos que devoran a quien se descuide, atraviesas el portón y el chirrido te desgarra, te introduce… A Iris solo le falta la escoba y el caldero. Pero, ¿de qué lo llenaría? La casita fue desdibujada por el ciclón Sandy en 2012, en el Distrito “José Martí” de Santiago de Cuba. El tanque de fibrocemento resistió, pero el agua no le dura los quince días del ciclo de abasto a la localidad. Ella no ha existido, salvo para los perros y gatos que una vez tuvo. Su familia se limita a la hermana que vive en Los Reynaldo, a cuarenta kilómetros. Iris, licenciada en Economía, especialista en precios y presupuestos, vive enfrascada: pomitos, botellas, vasos, latas, lo que sirva para contener agua. Cocina las viandas húmedas, no lava el arroz, lo moja ligeramente, espera que absorba y repite la operación cinco veces. En media libra gasta un cuarto de una botella de 1.500 ml. La ropa y la mitad que persiste de la casa deben esperar los días en que el agua recuerda al pueblo.

Buscando más hermetismo, invirtió en reparar cada salidero del hogar una mensualidad de su jubilación de 270 pesos. A pesar de las medidas, no escapa, le asentaría una bonita escoba mágica. Tiene que cargar, o arrastrar, el agua. Entonces los problemas lumbares, circulatorios, nerviosos, reciben uno por uno sus quejas. Los lamentos hacen correr a sus vecinos. La casita está junto a una zanja, en un rincón del antiguo albergue de una empresa constructora. Solo tiene una casa cercana, del lado de la calle. Algún que otro señor del barrio la ha visitado. Iris tiene un rostro bastante atractivo, a pesar de los años su cuerpo continúa muy bien proporcionado, su voz engatusa, es grave, dulce, sobrecogedora. Se divorció en una fecha que no quiere recordar y entonces vino para el albergue de su empresa. En 2001 pasó de un cubículo de constructores a su actual casa de cartón podrido. Habitualmente anda con una jaba de botellas vacías. Si dependiese de ella, la especulación del agua no tendría futuro. “Por ahí pasa Piculín, y otros más, buscan el agua por la Fábrica de Calzado Plástico. Pero no tengo cincuenta pesos para un porrón, el que tiene cisterna compra el barril a cien, y así dondequiera”.

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ilustración: yakumo


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Hasta principios de año pedía una cubeta o dos botellas a los vecinos, a las empleadas del círculo infantil, hasta que la escasez lo impidió. Antes de mayo, los habitantes del barrio paliaban la situación con los tanques del albergue de constructores, donde también se daba de comer a los desvalidos. Allí solo queda la tierra removida, esperando más edificios, más necesidad de agua. Iris tuvo que arreciar el enfrascamiento: comparte su instalación hidráulica con la pareja de al lado, que tiene un pequeño. Por ahora, vence. Nadie debe gastar menos que ella. Además, ya no le quedan perros ni gatos. Se los han matado los niños que le roban los mangos. De vez en cuando alguna perra le pare en la puerta. Iris no puede hacerse cargo por mucho tiempo, vuelve a quedar sola, los cachorros “se le van” paulatinamente. Quizás los seres nobles atraen las desgracias sobre sí y se atraen entre ellos también. Cuando tiene la ocasión de una despedida, el teléfono de su hermana es lo primero que dice Iris. Quizás se pueda correr la voz si algo le ocurre.

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la llave de paso

Especial, 2017

la habana

La llave de paso En el municipio Cotorro, una zona estuvo sin agua durante 20 días, hasta que un inspector encontró el problema. por ernesto guerra

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otorro, 2016. Un municipio en las afueras de la capital. No tiene un largo historial de días sin agua, menos en la zona donde se sitúa la acción. Los vecinos asumen la falta de líquido como algo temporal. Al menos el primer día. Tercer día. Se agotó el agua en las cisternas, se quedaron vacíos los tanques y el baño es imposible de descargar. Teresa tiene constructores en su casa trabajando en reparaciones. El polvo cubre con una capa gruesa los muebles y el suelo. La losa sucia crece en el fregadero. Su vecina, Marilyn, le habla por el patio trasero y le dice que llamará a la oficina municipal de Aguas de La Habana. Marilyn reporta la situación. La señora de la oficina se queda sin palabras, mientras alguien a su lado le pregunta a cada momento que qué le dicen por teléfono. Marilyn cuelga. Sale al patio trasero y llama a Teresa. Las dos confían en que pronto habrá noticias. A dos calles de ellas, en la arteria principal del Cotorro, más viviendas es-

tán en las mismas condiciones. Las tres casas que se libran reciben un hilo de agua que, durante horas, desaparece. Quinto día. Marilyn va personalmente a Aguas de La Habana a verificar en qué estado se encuentra su queja. Le dicen que no se preocupe, que debe ser una rotura menor y que se toman las medidas pertinentes. Yusimí vive en la misma acera de Marilyn y Teresa. Ella es viuda y tiene dos niños. La menor aún se orina en la cama. También está bajo su tutela un anciano con demencia senil. Para bañarlo, tiene que rogar a la gracia divina. Las sábanas y la ropa sucia se acumulan. A Teresa se le ocurre una idea genial: recoger lluvia para limpiar en un tanque que se ubica en el patio. Además, su esposo de 64 años carga agua, cubo a cubo, desde un puesto de flores a 50 metros de su casa. El local recibe el líquido de un círculo social cercano y el dueño de la pequeña florería brinda ayuda a los vecinos.

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Decimoquinto día. Las llamadas a Aguas de La Habana se realizan en días alternos. Marilyn también se presenta en las oficinas municipales en busca de respuestas. Teresa está contenta. Rápidamente vacía el tanque de agua de lluvia porque su yerno va a pagar una pipa para que rellene la cisterna de la casa. Parece que se acabará el cargar desde la florería. Sin embargo, la pipa nunca llega. El chofer se complica: le surge otro encargo. Tampoco llega la respuesta. Y la reserva se ha ido por el tragante. Decimoctavo día. Los vecinos se enteran de que el agua de la florería venía de un depósito sin cloro ni medidas sanitarias para su consumo. La hija de Teresa sonríe, pensando en la fiesta que deben tener las giardias en su estómago. Decimonoveno día. Lázaro no lo soporta más. Él vive solo y tiene problemas cardíacos y respiratorios. El polvo comienza a afectarle. Ya se cansó de pasar por los muebles el


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mismo paño húmedo del agua que gotea el aire acondicionado. Va a Aguas de La Habana y pide un inspector que evalúe la situación. Casi en perfecta sincronía, Teresa se olvida de las várices y los dolores en las piernas para acudir a la filial municipal del Partido Comunista de Cuba y utilizar un recurso extremo, pero funcional: el escándalo. El escándalo de Teresa a los representantes del Partido en el Cotorro se convierte en trending topic de la semana. Los llama negligentes, despreocu-

pados y contrarrevolucionarios. Ellos se disculpan, le piden que hable despacio y afirman que no tenían conocimiento de ese problema. Vigésimo día El chorro se desborda de los grifos. Teresa se baña y despilfarra en la ducha como hacía años no lo hacía. Marilyn lava y comparte la alegría con los vecinos dando gritos en el traspatio. Yusimí y los niños se apuran a rellenar el tanque de la casa, mientras el anciano que vive con ella le alcanza unos pomos para asegurar el agua de tomar.

ilustración: fernando riveaux

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Lázaro puede regar las plantas de su jardín. Vigésimo segundo día La furia por la falta de agua termina. Entonces, las incógnitas flotan en el aire. ¿Qué pasó? ¿Realmente funcionó el escándalo? Y como un viejo sabio que descubrió los secretos del universo, Lázaro tiene la primicia: el inspector revisó las tuberías y descubrió que el responsable no abría del todo la llave de paso del agua a esa zona. O al menos, eso es lo que le contaron.


pocero

Especial, 2017

artemisa

Pocero Como el agua era uno de los bienes más escasos de la zona, Tío Gilberto se hizo también pocero, o marcador de pozos, para ser más exacto. por jesús arencibia lorenzo

ilustración: yakumo

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“ de qué le vale a un pocero/ descubrir un manantial/ cuando tiene que bajar/ a lo profundo del suelo…

COPLA POPULAR CUBANA

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as lomas de Bahía Honda aún deben recordarlo. Tío Gilberto, el hermano de mi abuela materna, las surcó todas en una bicicleta destartalada, capeando el temporal de los años 90 en Cuba. De su finquita en San Cayetano a Las Treinta, de Las Treinta a Punta de Piedra, de Punta de Piedra a Quiñones…, y otra vez a San Cayetano. Con una caja llena de frutas o leche amarrada en la parrilla –escasos dividendos de su tierra para ayudar a la familia– y, muchas veces, cargando algún pasajero en el “caballo” de la bicicleta, Tío Gilberto se lanzaba cuesta abajo como una exhalación. El jurásico transporte no tenía frenos, pero él confiaba plenamente en su bota derecha, que desgastaba contra el asfalto o los caminos pedregosos

para detener la marcha. Y aunque alguna que otra vez dejó el pellejo en la carretera, nunca tuvo un accidente de consecuencias mayores. Era el más emprendedor y aventurero de mis tíos. Flaco, pero fuerte, de espalda ancha y encorvada y nariz grande; siempre lo recuerdo con la cara enrojecida por el trabajo. Aparte del de campesino, ostentaba el “título” de desmochador: un oficio casi extinto en los campos cubanos, que lo convertía en auténtico jinete del viento. Agarraba sus trepaderas de yagua y un par de sogas, y en menos de 10 minutos subía hasta el cogollo de una palma real, machete en vaina, para cortar los racimos de palmiche que servirían de alimento a sus puercos, o que vendería luego para ganarse unos quilos. Más de una vez me recuerdo aguantándole tensa la cuerda por la que dejaba caer, deslizándose, los racimos. Era una fiesta verlo llegar al penacho verde, arrancarle los caudales y bajar a toda máquina. Como el agua era uno de los bienes más escasos de la zona, Tío Gilberto se hizo también pocero, o marcador de pozos, para ser más exacto. Cogía un alambre de cobre, lo sujetaba en arco horizontal con las manos a cada lado de la cintura y comenzaba a caminar “peinando” un terreno. Donde había una vena de agua a poca profundidad, el alambre se torcía hasta formar una “e”. Allí se clavaba una estaca y vengan pico y pala, que ya tenemos manantial. Así, descubrió el líquido precioso en el patio de mi abuela Chicha y en el de su hermano Pedro, en casa de la prima Fina y en el de muchos otros parientes, amigos y conocidos que ya lo buscaban para esos menesteres. “Esto no lo puede hacer cualquiera”, sentenciaba orondo, “hay que tener corriente en el cuerpo para que el cobre marque

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el punto”. Y hasta llegó a construir alguna teoría sobre la cantidad de sal en la veta subterránea, en dependencia de si el alambre se torcía hacia arriba o hacia abajo. Donde único le falló la corriente al tío fue en su propia arboleda, en la que el alambre le indicó cavar bajo unas matas de mango. Metió pico y pala hasta más de 5 metros y nunca apareció la vena. Otro de sus inventos para regar los cultivos en tiempo seco fue construir una laguna en el área más baja de su finca. Cuántas jornadas a pleno sol, con la yunta de bueyes y un excavador manual (o cucharón) enganchado en la cadena, removiendo y sacando tierra. Pero la laguna nunca se llenó. Hacía falta buldózer y retroexcavadora, cosas que él jamás podría pagar. Casi al fin de la década horrorosa que clausuró utopías en la Isla, los ladrones de aquella zona –entonces pinareña– se ensañaron con los pocos animalitos que Tío criaba en su patio. Le robaron puercos, gallinas, carneros y, lo peor, lo más doloroso: le mataron terneros casi acabados de nacer. Una mañana, cuenta mi abuela, llegó al potrero y se encontró a la vaca Mulata echada junto a las tripas de su cría. “Estaba llorando. La vaca estaba llorando…”, dice mi abuela que repetía Gilberto como loco. La policía jamás capturó a los culpables. El hombre no aguantó más. Con mucha ayuda de la familia de “allá”, cruzó definitivamente el agua salobre. Y aunque su vida posterior no ha sido un lecho de rosas, y hasta tuvo que esperar 14 años para regresar de visita, no ha tenido que frenar más con la bota, trepar palmas ni perseguir delincuentes. Tampoco ha marcado más pozos o intentado fabricar lagunas. Desde entonces, su sudor nos ha aliviado no sé cuántas sequías.


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Historias del agua  

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