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CULTURA

ECUADOR | 16 AL 31 DE AGOSTO 2013

La mamá del Rock procaz e insolente POR José Villarroel Yanchapaxi

Hace

veintitres

años, por estas fechas recibí una carta firmada por el “Pájaro” Febres Cordero comunicándome que había merecido el tercer lugar en el concurso de microcuento Enrique Grosse Luemen organizado por el periódico Hoy y Librimundi. El manuscrito, que titulé Sopor Neurológico, describía en una plana la muerte de Víctor Francisco Jaime Orellana, nacido en 1946, más conocido por la people como Pancho Jaime, quien creció en Los Angeles, a donde sus padres se habían trasladado allá por los años cincuenta. Cuenta la leyenda que creció en Los Angeles y volvió al Ecuador, que encontró una maleta de dinero en un basurero, para montarse en Guayaquil un taller mecánico, una revista de rock y tocar con su banda de rock and roll la Texaco Gulf; en Guayaquil abrió los primeros bares de rock y por eso fue conocido como la Mamá del Rock. Su imagen era una mezcla entre la de un hippie y un intelectual de la clase obrera, pues antes de iniciar con su sui generis carrera de periodista había trabajado como lavaplatos, vendedor de periódicos y empleado de limpieza. Recuerdo nítidamente el look de Pancho Jaime: jeans, camiseta blanca, zapatillas y gorra de baseball, lentes redondos, grueso mostacho y una cola de caballo, una suerte de idealización de su estancia en tierras norteamericanas

como veterano de Vietnam y formando parte del movimiento hippie. Pancho Jaime fue varias veces encarcelado en la Penitenciaría. Por sus publicaciones, León Febres Cordero y Jaime Nebot se la tenían jurada y por eso lo persiguieron, le hicieron comer su trenza, le cortaron el pelo, los bigotes, y le hicieron comer uno de sus periódicos. En sus publicaciones utilizaba un lenguaje popular, cotidiano, propio de la coba y la jerga guayaca que algunos entendidos tachan de vulgar, lenguaje con el que fustigó y denunció los vicios y perversiones de la alta sociedad, la corrupción de diputados, militares, policías, jueces, políticos y periodistas de los grandes medios de comunicación, a quienes combatía abiertamente por falsear la verdad al no señalar con nombres y apellidos a quienes eran los atracadores del estado y los violadores de los derechos humanos En una revista impresa en papel barato, Pancho Jaime tildó de Mariquita Pérez al por entonces presidente de la República León Febres Cordero después de lo que sucedió en la base aérea de Taura, y por eso lo mataron en septiembre de 1989 con un disparo a traición en la nuca por un empleado del dueño del Cortijo. Según el economista Diego Delgado: “A Pancho Jaime lo mató la Izquierda Democrática, porque él iba a publicar la copia de

los cheques que utilizarían para la campaña de Rodrigo Borja, dinero proveniente de un narcotraficante”. Pancho Jaime nunca se escondió en el anonimato: su periodismo empírico representa de alguna manera el sentir de la gente de a pie, en él revelaba la cotidiana inconformidad de los ciudadanos, la denuncia sin censura y el cabreo de quienes han sido maltratados por la arrogancia del poder. Paradójicamente las revistas de Pancho Jaime eran leídas tanto por la gente de la alta sociedad como por los proletarios; los reos de la Penitenciaría del Litoral lo cuidaban y defendían las veces que los policías del tristemente célebre escuadrón volante lo detenían. Quizá uno de los méritos de Pancho Jaime fuera su grandilocuencia vulgar, su lenguaje, crudo, procaz, obsceno rayando en lo misógino. Fue alguien que se atrevió sin temor a leer la indignación interna de un pueblo a pesar de la represión, a develar la mojigatería y la mentalidad pacata de los tragahostias. “Con estos energúmenos, no paridos por mujer alguna, sino cagados por una mula, León se siente seguro en el poder, porque si alguien le hace la contra, enseguida estos arrastrados hacen el trabajo sucio de eliminarlo, pero conocido es que durante los gobiernos de extrema derecha aparecen los llamados grupos subversivos, con la finalidad de hacer que quienes

tienen el poder en la mano se acuerden del pueblo.” Desde el día que lo asesinaron, como era de esperarse, las altas esferas políticas en contubernio con los empresarios de los canales de radio y televisión pre-

tendieron vincularlo con el hampa guayaquileña, pero Pancho Jaime ya había trascendido y quizás siga publicando su revista en alguna parte del más allá.

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