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P E R I ÓD I C O

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L I B R O S

Lecturas C r í t i c a s

El rey y el pueblo: La historia política hoy. Cesar Miguel Rondón: El libro de la salsa. Germán Espinosa, Antonio Samudio, Héctor Abad Faciolince, Jorge Franco Ramos, Raúl Gómez Jattin, Pemán-R, Luis Fayad, Carlos Arturo Truque, Ciro Guerra. Año 2 - Número 2 - Abril - Junio de 2005 - ISSN: 1657-0650 - Periódico trimestral de distribución gratuita


Director: Carlos Andrés Almeyda Gómez Editor: Juan Carlos Gonzalez Franco Coordinadores: Ciencias políticas: Hollman Lozano García Antropología: Ariel José James Poesía: Juan Manuel Roca Literatura colombiana: Sebastián Pineda Literatura extranjera: Sophia Vazquez Ramón Artes plasticas y fotografía: Juan Carlos Gonzalez Franco Diseño y diagramación: Héctor Suárez Castro Preprensa: Petroleum Digital Ltda.. Periódico de libros. Lecturas Críticas Para efectos de recibo editorial, favor enviar un correo a cualquiera de las siguientes direcciones electrónicas: Lecturas_criticas@yahoo.it - artfranco8@yahoo.com correo del lector: lectoresycriterios@hotmail.com Distribución: Corporación cultural revista Artificios Carrera 35 A No. 59-54 Telefax(571) 221 9264. Bogotá, Col. ISSN: 1657 –0650 Tarifa postal reducida No. 1172 Vence Dic. De 2005 Participan en esta edición: Franco Galería-editora, Grupo Santillana de publicaciones, Cámara colombiana del libro, Ediciones B, Random House Mondadori, Emisora HJCK, Emisora HJUD, Planeta colombiana editorial, Editorial Norma, Banco de la Republica -Biblioteca Luis Angel Arango, Corferias, Instituto de cultura Brasil-Colombia, Escuela de cine Black-María, Editorial El Malpensante, Corporación Revista Número. Periódico trimestral de distribución gratuita No. 2 Abril-Junio de 2005 Criterios editoriales y de selección competen exclusivamente al periódico. Colaboración solicitada. Los juicios emitidos en la presente edición son responsabilidad de sus autores y no comprometen la opinión de Lecturas Críticas.

Darío Ortiz Robledo (Ibague, Colombia, 1968). Uno de los artistas contemporaneos más destacados a nivel internacional. Autodidacta, expuso desde la edad de quince años su pintura ha sido expuesta en paises como Italia, japón, Estados Unidos, Francia, Austria, Suiza y México. Su obra se encuentra en importantes colecciones públicas y privadas como el Museo de Arte Latinoamericano de Los Angeles, el Latinoamericano de Miami, el Civico de Abano Terme de padova, Italia, el Museo de Antioquia y el Museo de arte contemporaneo de Bogotá. Las obras publicadas en esta edición fueron autorizadas gentilmente por su autor. Rendimos además un homenaje a la memoria de Darío Ortiz Vidales -padre del artista y artista tambien-, destacado jurista, historiador, periodista y político. Autor de numerosas obras y entrañable amigo de esta casa.

C O N T E N I D O LIT. COLOMBIANA

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Angosta Héctor Abad Faciolince

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Paraíso Travel Jorge Franco Ramos

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Perfiles de mi generación. Homenaje a Germán Espinosa

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Rubén Dario y la sacerdotiza de Amón Germán Espinosa

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Vivan Los compañeros Carlos Arturo Truque

10 Testamento de un hombre de negocios Luis Fayad MÚSICA 12 EL libro de la salsa César Miguel Rondón CINE 13 La sombra del caminante Ciro Guerra PINTURA 14 Libraco Porno Antonio Samudio POLÍTICA 15 La historia política hoy Editor: César Augusto Ayala

Certificación y avaluo de Obras de Arte Departamento de Restauración Departamento de curaduría Departamento de Artes Gráficas - Diseño y Diagramación - Preprensa - Impresión Carrera 35A No. 59 - 54 Teléfono: (571) 221 9264 Celular: 310 765 4225 artfranco8@yahoo.com

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Abril - Junio 2005. No. 2 Lecturas Críticas

CRÓNICA 18 Cuatro maestros Ricardo Sánchez. POESÍA 20 Antología poética Raúl Gómez Jattin CRÍTICA EN-CUBIERTA 21 Noam Chomsky, Celedonio Orjuela, Eckhardt Van den Hoogen, William Ospina, Javier Rocha, Monica Triana, Mineko Iwasaki, Guillermo Cabrera Infante, Edward Said, Palabra de América.

Nuestra cáratula . Darío Ortiz Robledo Rony Desempleado. Oleo/Lienzo 110X90 Cm. 2002


L i t e r a t u r a

c o l o m b i a n a

¿Mapa o calco? Por Rodrigo Pérez Gil

Angosta Héctor Abad Faciolince Planeta- Seix Barral Bogotá, 2003, 374 páginas.

M

ás allá de su leve comien zo, esta novela evoca a un vendedor de pararrayos, el que anuncia las tormentas, cargado con los fierros que exhibe con ostentación, el augur no viene detrás de las tempestades sino que las tempestades vienen detrás de él, o así lo quiere hacer creer entrando al pueblo donde lo esperan los chicos y grandes ansiosos de aventuras, resuelto a trazar mapas de tormentas y huracanes, corriendo delante de ellos y llevando en los puños sus bastones de hierro. Ocurre que el escritor de veras, el poeta, es una especie de chivo expiatorio, a la vez un rayo y un pararrayos, una esponja absorbente de los males y desgracias de la época, abraza aquello que abrasa a la desgracia, que la seca, de cierta manera, con su escritura singular y a través de la herida que se extiende como una grieta en su cuerpo, transmuta la desgracia y hace valer, mediante su expresión, una posición de deseo y una afirmación de vida, aún tartamudeante, aún trastabillante. Jacobo Lince, en la novela de Abad, oscila entre dos polos, el polo de su cuenta en divisas, que supera el límite para ser socio del club Paradiso, un millón de dólares: “Podría vivir en Tierra Fría, si quisiera”, y el polo de Tierra Caliente, del Sur y del Tercer Mundo, y he aquí que ambos afectos jalan de él, presa de un miedo apenas temperado por el sexo, miedo abierto en Tierra Caliente, o moderado en Tierra Fría, donde es el profe de inglés de la dama hija del don: “Nice to meet you, I’m Jacob. What is your name?, dijo Jacobo con una voz que le temblaba” (pág. 168),

Con ese rostro. Mixta / papel. 70 x 50 cm. 2003

con rabia por un ambiente rico que lo intimida. En el otro polo, en Tierra Caliente, come con su invitada Candela: “Había en ella algo más que a él le repugnaba [...]: la manera de hablar. Usaba, por ejemplo casi siempre el verbo colocar, como si algún tabú se hubiera impuesto contra el verbo poner [...] También usaba la palabra diferente, nunca distinto” (pág. 152). Más adelante, lo van a dejar en cueros en esta misma Tierra Caliente, a él, tan distinguido, Jacobo, “los ojos cazadores, verdes, felinos, sobre la piel muy oscura, quemada por el sol (o por un ancestro africano, vaya uno a saber)” (pág. 55), corriendo desnudo por el sektor C con un aviso del Fin del Mundo como hoja de parra: “Entre el clochard y el teporocho,/ el joven asal-

tante ansioso de crack con navaja en la mano,/ una mendiga de llagas supurantes,/ niños que combaten en las mil guerras de ahora,/ leprosos, viejos abandonados [...]” (pág. 221), poema del que va a hacer eco el joven Andrés Zuleta en la cima del Salto, “Hay un muerto flotando en este río [...]” (pág. 309), previa su caída fatal. Angosta va configurando su mapa a partir del “breve tratado de geografía” que el personaje Jacobo Lince agarra -como si algún tabú se hubiera impuesto contra el verbo coger- en su librería La Cuña, y alrededor del yo que ostenta en su retrato de media página, dado por el autor en nota al pie luego de la primera frase del libro: Abrió el

libro por la mitad y se lo acercó a la cara. Él, “harto de lirismo y de literatura, quería leer algo sin huellas de ficción, sin amaneramientos ni adornos, y por eso había agarrado el libro, en un arranque de curiosidad, en el mismo momento en que salía de la librería sin despedirse de nadie” (pág. 13). Escrito en el estilo “llano y exhaustivo de los profesores”, el libro que toma Jacobo de su librería La Cuña, es un “breve tratado sobre la geografía de Angosta, escrito por un oscuro académico alemán” (pág. 12). En la cubierta del libro aparece una acuarela del Salto del Tequendama y el título; en la carátula de la novela de Abad, una reproducción de un grabado del Salto, a partir de boceto de Humboldt, y el mismo título Angosta. Jacobo lee, detiene su lectura un momento, se levanta y mira por la ventana: “Está lloviendo afuera, como en el libro” (pág. 15). Leyendo el tratado se siente “ausente de este mundo”, pues, “aunque habla de su ciudad, no es en este momento su ciudad, sino otra cosa más manejable, unas palabras que intentan representarla” (pág. 15). La novela, larga, y el tratado, breve, se hacen valer, la una por el otro, éste dentro de aquella, la novela es una efectuación del tratado, el mapa desplegado que resulta ser a su vez una copia, una representación, un reflejo del mundo, el libro como imagen del mundo, clisé. Es verdad que Angosta se quiere hacer valer también como un reloj que se adelanta, la nueva Jerusalém de los portadores del signo distintivo que se nos augura en el neo-Estado-ecuménico-militaro-industrial, sólo que aquello que la novela proyecta, la proliferación de los Check Points, los muros visibles en la ciudad, en el país y en el mundo, resulta ser una reproducción calcada de lo ya demasiado visible. Ha caído el muro de Berlín y se han levantado

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L i t e r a t u r a otros, con vallas sofisticadas y a través de las porterías, los guardias, las colas en la embajada pidiendo visa y las colas en las terminales del aeropuerto de los países del Norte, y he aquí que los personajes de Angosta buscan una entrada, más bien que una salida, en esta vieja ciudad siempre sitiada, pues en el origen de la ciudad hay una máquina de guerra y no un simple lugar de comercio o de encuentro, o la lengua que nos es común, como se dice en el tratado de geografía y como cree Andrés Zuleta. Sobreabunda el clisé en Angosta: no es el espíritu ni es el deseo el que sopla dondequiera en esta novela y en su personaje Jacobo (pág. 11), sino las ganas. Clisé es el interrogatorio en el Check Point a la entrada del joven poeta Andrés a Tierra Fría (pág. 20), y las reuniones de los Siete Sabios, los Verdugos de la ciudad, y las conversaciones interminables, tanto como “el intermedio jocoso”, el exhaustivo cotilleo en la librería de viejos de Jacobo... En el tratado de geografía, leemos con Camila: “Mientras la realidad siga siendo esa lacra, esta terrible herida histórica [se refiere en particular a la partición de la ciudad en tres sektores, de modo que el sektor de Tierra Fría sea como un club exclusivo para los ricos], lo constructivo [y que, dice el tratado, hacen los poetas y pensadores más dignos de Angosta] no es inventar una fábula rosa ni hacer un falso encomio del terruño, sino seguir reflejando la herida” (pág. 308, la cursiva es mía). La herida no supura por la carencia de salidas de vida para los desposeídos de la tierra, sino por la ausencia de entradas, en la cuenta bancaria, y de puertas a través de las cuales entrar a Paradiso (el sektor de Tierra Fría), y la herida consiste también en la carnicería cotidiana operada en la villa que es Medellín, o en el país que es Colombia, “y lo más serio: esta carnicería [precisa el autor del tratado] no la comete un enemigo externo ni se puede culpar de ella a un antagonista extranjero o a un enemigo étnico o religioso, sino que es perpetrada por po4

deres bien identificados nativos de la propia ciudad: por un lado, algunos de los grupos terroristas más feroces y despiadados de la tierra; guerrilleros polpotianos sin hígados[...] Y por el otro lado los grupos aliados del establecimiento, igualmente crueles” (pág. 309). He aquí, pues, el diagnóstico del tratado de geografía y de la novela, contenido en esta idea cara a los medios, clisé, presunto diagnóstico que es ya un síntoma de la guerra real, presente y pasada en este territorio, cuyos agentes actuales, nativos de la propia ciudad, son apenas el primer plano que oculta y no deja ver a las verdaderas potencias diabólicas, foráneas y nativas, que se benefician de la guerra, incluídas las guerrillas, los principales medios de información -aún cierta literatura cortesana e inofensiva- y el establecimiento. Vaya usted a Bolivia, a Ecuador, a El Salvador o a Honduras, y aprecie las miserias de esta misma guerra o de esta misma política que, para estos países colonizados, es la continuación de la guerra por otros medios- sin guerrillas. Uno huele la sangre seca en los códigos. En efecto, la guerra, antes

c o l o m b i a n a de ser exterminio de bienes y de seres, es una empresa de desrealización: destruye lo real y lo reorganiza para engañar. Así que la copia, el reflejo de la herida, resulta ser tan irrisoria como las llagas que ostentan los indigentes en Tier ra Templada: “llagas purulentas, pedazos desmembrados del cuerpo, bolsas con drenaje de heces o de sangre” (pág. 28), siendo entonces este mundo de la representación en la novela el mismo mundo del espectáculo, el montaje del horror cotidiano de las noticias de medio día en la tele, las sobras del banquete de los ricos con las que, según Andrés, se podrían alimentar muchos: “Y el atentado contra la libertad no es solamente que no te dejen salir [...] sino que no te dejen entrar, como hacen los potentes de hoy [...] herméticamente encerrados en sus castillos y fortalezas, donde gozan, con todo el egoísmo de que son capaces, de sus enormes riquezas, sabiendo que a muchos nos bastarían las sobras del banquete para ser más felices” (pág. 191), ideas estas ventiladas también por Jacobo en una discusión con el marido de su ex-esposa, este egoísmo de los dones (pág.

Una figura muy femenina. Carboncillo y pastel / Papel. 50 x 70 cm. 2000.

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237) que no les permitía deshacerse de las sobras de la noche a la mañana. Si a ustedes les preocupa la miseria, le dice Jacobo a su interlocutor, abran las puertas, que aquí con lo que a ustedes les sobra podrían vivir millones de segundones (de Tierra Templada) y de tercerones (de Tierra Caliente). “Era triste e inútil, seguir discutiendo, se confiesa Jacobo. Si se negaba la igualdad de las personas, entonces se volvía a un período premoderno de la concepción del ser humano, y lo único que podía esperarse eran guerras y violencia, opresión y furor: precisamente lo que desde hace años venía sucediendo” (pág. 245). Esta idea trasnochada acerca de la igualdad de las personas: Está prohibido a ricos y pobres vivir bajo los puentes, como la de la paz -A los mejores defensores de la paz se les da de comer el cordero que bala-, ideas éstas sobre las que se acumulan montañas de cadáveres, hacen parte del mundo trucado y falseado, precisamente merced a la guerra, y envuelve las mentes de estos personajes aspirados por la altura en un arribismo irrefrenable, que Jacobo pretende conjurar juntándose con Candela, a quien encuentra en Tierra Caliente, y con quien se liga, igual que con Andrés de Tierra Templada, dándoles dinero de entrada, creando una falsa conexión con ellos y con los sektores que éstos representan, a falta de flujos vitales, dinámicos, persisten el dinero y el yo de Jacobo, a través de los cuales se engendran falsas relaciones, como puede apreciarse por el destino fatal de Andrés, propiciado a su vez por Jacobo, que lo conecta con Camila, la moza del celoso Señor de las Apuestas, y como se aprecia en el carácter de la relación final de Jacobo con Candela, el acuerdo donde él es el protector, el beneficiario, a falta de un genuino afecto compartido, “No me vas a echar culpas, abuelo, le dice Candela, si te dejo tirado y más solo que un perro” (pág. 365). El expediente usado por Abad en su novela, el tratado de geografía Angosta, escrito por un os-


L i t e r a t u r a curo académico alemán, crea de entrada un distanciamiento propicio al desenfado, al tono de bonhomía que quisiera hacer valer el autor en el arranque de la novela. Sin embargo, la hermosa descripción de Colombia que comenzamos a leer con Jacobo en el tratado, ya termina mal: “Este territorio, desde hace un par de siglos, es conocido con el nombre que, si la historia del mundo no fuera una cadena de absurdas casualidades, debiera llevar toda América: Colombia” (pág. 12). Lección de historia patria: Cristóforo Colombo, también llamado Colón, es un héroe y hasta una especie de santo, este mismo Colón embaucador y precursor del secuestro en Colombia: Si se acaba el oro, cambiaremos esclavos por oro, escribe en carta a sus Altezas, que se embolsilló los diez mil maravedís prometidos por la Corona a quien primero viese Tierra, y que sin duda correspondían al marinero Rodrigo de Triana, el cual abjuró del cristianismo y se hizo mahometano por el desacato del cristiano. En la página siguiente del tratado, leemos el juicio y la condena de Angosta: Salvo el clima, que es perfecto, todo en Angosta está mal. Podría ser el paraíso, pero se ha convertido en un infierno (pág. 14), cantinela que vuelve una y otra vez a lo largo de la novela, como las fases en el delirio ciclotímico del maníaco depresivo, mal propiamente platónico de ascensos y caídas, Tierra Fría, Paradiso o sektor F, y Tierra Caliente, o sektor C, en la base del Salto, Boca del infierno, estribillo que vuelve también al final cuando, en la huída, sobrevolando en el avión, rumbo a la Patagonia, los estragos dejados abajo, Jacobo toma el tratado, “Abrió una página al azar [...] reconoció una frase que ya había leído, meses atrás [...] Salvo el clima, que es perfecto, todo en Angosta está mal. Podría ser el paraíso, pero se ha convertido en un infierno” (pág. 372). Dead End: Callejón sin Salida. Los personajes principales de esta novela, más bien que buscar una salida, buscan todos ellos una entrada: Jacobo, pendiente de su cuenta en divisas,

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El bueno y el malo. Oleo / tela. 50 x 60 cm. 1998

el atracadorcito de ruana en Tierra Caliente que obliga a Jacobo a vestirlo con sus propias ropas de riquito, incluso Candela, salvo el personaje Dan del Hotel la Comedia, el matemaniático, que desprecia a los arribistas y parece moverse, igual que la novela, según la lógica del chiste que cuenta a Jacobo: el matemático es como el borracho que pierde por la noche sus llaves en la calle y las busca sólo en el círculo de luz que hace la lámpara, siendo que, más bien, el matemático es como un ciego que busca a un gato negro en un cuarto oscuro donde no hay ningún gato, y si se sale con la suya, Eureka, da a luz, pinta al gato negro, o al menos la sonrisa sin gato de Alicia en el país de las maravillas. Uno como lector hace un experimento con Angosta, y ya que ésta apela a una representación del horror y el espectáculo en un Teatro de la Comedia, la novela nos sumerge en las aguas cenagosas de una regresión derecho al hueco negro, en lugar de pintar el grito, lo cual nos permitiría afrontar las fuerzas invisibles, las potencias invisibles que hacen gritar, siendo que los poderes visibles, que son las guerrillas y el establecimiento, tanto como los mayores medios de información, ocupando el primer plano, demasiado visibles, nos desvían y despojan de nuestras fuerzas, dejándonos exhaustos. Así pues, An-

gosta comparte el mismo proceso regresivo y el mismo destino fatal del joven y sentimental poeta Andrés Zuleta, quien, buscando una entrada, es decir, una salida a su aspiración arribista que lo lleva a Tierra Fría, encontró la Boca del Infierno en la base del Salto, el “botadero de muertos”, adonde es conducido desde Tierra Fría vía la Fundación H, promotora de los “derechos humanos”, entidad que le da empleo a Andrés y le encomienda un informe sobre la acción perpetrada por fuerzas oscuras que medran en Angosta y tiran sus víctimas Salto abajo, este destino sellado aquí no exactamente por cuestiones políticas, sino por haber sido Andrés mal acompañado a este trabajo de campo, incauto como es, necesitando un fotógrafo y habiendo seguido el consejo de Jacobo, el cual, rascándose la cabeza, le sugirió que su amiga Camila podía servirle para tal efecto, esta Camila moza del Señor de las Apuestas, cuyo poder ya había sufrido Jacobo en carne propia luego de su salida con Camila a tomar ron con cocacola y bailar boleros en el sitio Lengua de Trapo -este nombre, ¿es por la intemperancia del personaje, o por la incontinencia del autor?: ¡374 páginas en Biblioteca Breve de Seix Barral!-, encuentro al que iba a seguir la golpiza ordenada por el rufián Señor de las Apuestas, habiendo sido recogido de la calle,

Jacobo, herido, por el mismo Andrés que llegaba justo entonces al Hotel la Comedia que ambos comparten, el rico Jacobo y el pobre Andrés. La amenaza que le deja el Señor de las Apuestas: Si vuelve a salir con Camila, aunque sea para tomarse un tinto, va a conocer la base del Salto, esta amenaza la transfiere Jacobo al joven Andrés al juntarlo con Camila, pues al mero Salto llegan los sicarios del rufián la noche del trabajo de campo de Andrés, rufián que había sido advertido por la misma Camila, el ángel de la muerte, de su paradero esta noche, pillada con Andrés, el ángel caído, que deja un último poema tan irrisorio como su destino: “Hay un muerto flotando en este río/ y hay otro muerto más flotando aquí/ Esta es la hora en que los grandes símbolos/ huyen despavoridos: mira el agua/ Hay otro muerto más flotando aquí/ Alguien corre gritando un nombre en llamas [...]” (pág. 309). Mientras tanto, Jacobo sostiene el contacto con su cuenta en divisas en el Banco, cuenta que consulta en su computador al principio de la novela (pág.17), justo luego de leer en el tratado de geografía la descripción de la base del Salto, antiguo destino de suicidas, y adonde, según piensa, él no iría, pues, en este caso, “Me pegaría un tiro. O, mejor que eso, me haría pegar un tiro, que aquí es mucho más fácil y más barato. Pondría un aviso en el periódico: ‘Busco un sicario que me quiera matar. Honrosa (o jugosa, o al menos decorosa) recompensa’ ”(pág.17). Justo en este punto, presa del ojo del huracán del miedo, Jacobo “siente la apremiante necesidad de confirmar algo”, el monto de su cuenta en divisas, la herencia que le dejó su madre Rosa la difunta al morir, cuenta que vuelve a consultar al final, también presa de la tristeza y del miedo, cuenta intacta, y por la cual le reza “una oración de agradecimiento a su madre [...] que en últimas le había concedido quizá el mayor de los favores: no lo había vuelto rico, sino algo mucho más importan-

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L i t e r a t u r a te: lo había hecho libre, sin atarlo a una fortuna y sin dejarlo amarrado a la pobreza” (pág. 363). Jacobo, quien tampoco buscaba una salida sino la libertad con una entrada, pareciera encontrarla en el exilio, “en un país que no pidiera visa todavía”, en Argentina, y allí decide irse luego de que las fuerzas oscuras incendian su librería como en los tiempos de Farenheit 451, cincuenta años después, “pero sólo con Virginia [Candela], no sin ella [...] se sentía más monógamo y fiel que nunca en su vida; quería que Candela lo acompañara esta vez y siempre, con todo su deseo y con todas sus fuerzas. Había perdido la librería y la seguridad; quería algo firme.” Sentía que “había llegado el momento de envejecer en paz, amar la rutina y despertarse sin sed y sin ansias mirando siempre el mismo rostro y las mismas ojeras a su lado. Pensó en declarar todo esto que se le ocurría (estaba débil, sin duda, por dentro y por fuera), pero cuando Virginia llegó, al fin, por la noche [...]” (pág. 364). ¿Libre? El clisé -recuerdos que carecen de raíz emocional o intuitiva, y que a la postre lo obligan a uno a no ver nada nuevo- es el enemigo mortal del artista auténtico y de la imaginación viviente. Se quiere, tal vez sí, una representación, pero más fiel a la vida, esto es, explorar y conocer el lado oculto de la luna, conocer la manzana por todos los lados y no sólo por su frente. El ojo sólo ve frentes, y la mente, en general, se conforma con frentes, pero la imaginación necesita el alrededor, proyecta una curva hacia el otro lado, hacia el atrás de la apariencia presentada, así como el instinto necesita el interior de las cosas. Nos parece que Angosta está plagada de clisés y es quizá porque no hemos salido de la tenaza del miedo, a sabiendas de que si no emigramos del norte (en un devenir-menor que es como soñar en sentido contrario, no aspirando subir sino dejándonos ir hacia abajo como a nuestro pesar), jamás sabremos cómo es el sur. Rodrigo Pérez Gil es escritor y comentarista de libros. Autor de la novela Redada. 6

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De Rosario Tijeras a Paraíso Travel Por Johann Rodríguez-Bravo

Paraíso Travel Jorge Franco Ramos Seix Barral Bogotá, 2002 175 páginas

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i Jorge Franco hubiera recor dado ese bello texto de Augusto Monterroso en el que un zorro se abstiene de seguir publicando tras el éxito de su único libro, de seguro no hubiera publicado Paraíso Travel. “Lo que quieren es que escriba un libro malo” – dice el Zorro. Desde la literatura hay dos formas mediante las cuales un escritor puede ganar espacio en la memoria colectiva de un pueblo: una es redactando frases memorables, comienzos impolutos o sentencias exquisitas; y la otra, inventando un personaje que lo supere. Ejemplos de lo primero abundan: quien no recuerda aforismos como «hay más en la tierra y en el cielo, Horacio, de lo que sueña tu filosofía» u oraciones de la talla de «de cuyo nombre no quiero acodarme»; estas frases, con vida propia, han salido de casa para aventurase en el mundo por su cuenta, casi como un hijo que se va. Asimismo, muchos autores han creado personajes tan vívidos que la gente cree reconocerlos al cruzar una calle o haberlos visto en una fiesta. Sherlock Holmes, por ejemplo, es más famoso que Arthur Conan Doyle, su autor; Efraín y María más conocidos que Isaacs, Drácula más popular que Bram Stoker y el Chapulín más recordado que Roberto Gómez Bolaños. Ninguna de estas dos alternativas de posteridad es menos importante que la otra, ambas comprenden el verdadero éxito de una obra literaria, intervenir en la cotidianidad con el mismo ritmo del viento que aún siendo invisible es implacable.

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Jorge Franco –queriéndolo o no– inventó un personaje que con los años se convertirá en su sombra, una mujer que es dos veces hombre, una invención femenina de Medellín: Rosario Tijeras. Por bien servido debe darse el autor porque hace muy poco se me hizo ver a Rosario entrando a un cine y sé de alguien que incluso se acostó con ella en un motelucho de Envigado. Es por esto que me atrevo a dar un comienzo tan desolador para hablar de su último libro, pues de Rosario ya se ha dado mucha lata y es casi Perogrullo decir que es lo me-

atención por asumir una actitud aventurera frente a la vida. A mí, como lector, me gusta el truco de poner en labios de un “perdedor” la historia de una derrota y una resurrección, el típico fenómeno Clark Ken. De todas formas hay que decir que si en la primera novela le sirvió, en la segunda se le cayó. En Paraíso Travel, en las primeras páginas, el narrador se vuelve insoportable. El amor, en sus labios, se hace el más empalagoso de los sentimientos y eso en la vida es normal y hasta deseable, pero en la literatura no, pues con ello se corre el riesgo de volver soso

jor que se ha inventado últimamente. En Paraíso Travel, Franco inventa una buena historia, al menos divertida. Es, incluso, mejor que Rosario Tijeras, más llamativa como elaboración narrativa de un argumento, aunque menos como producto estético. En Rosario, el autor inventa una fórmula que luego repite desmejorada en el otro libro: un personaje –masculino– que se describe a sí mismo como fracasado, anda a la zaga de un personaje –femenino– que llama la

un relato que había comenzado bien. Rosario peca de lo mismo, pero la vida turbulenta de la protagonista es la virtud literaria que rescata del abismo una historia que a veces tambalea en las reflexiones del narrador, un ser proscrito del amor. No me imagino cómo habría sido de mala la novela si Rosario hubiera sido hombre. Es inevitable hablar de las dos novelas de Jorge Franco; Rosario con su gran éxito editorial se ha convertido en paradigma de la literatura contem-


L i t e r a t u r a poránea en Colombia y América Latina, tanto así que críticos tan prestigiosos como Gregory Rabbasa la catalogan de ser la verdadera ruptura con el realismo mágico del “boom”, el mejor libro de la generación McOndo a la que pertenece el chileno Alberto Fuguet (Tinta Roja), el argentino Rodrigo Fresán (Mantra), el mexicano Jorge Volpi (El Fin de la Locura) y los colombianos Santiago Gamboa (Los Impostores) y Mario Mendoza (Satanás) entre otros. Por otra parte, Paraíso Travel es el primer intento desde su obra maestra, es por eso que vale la comparación. García Márquez, en muchas entrevistas, cuenta sobre las noches de insomnio pensando en cómo cambiar su estilo para no repetir el tono de Cien años de soledad; tras algunos ensayos – dice el escritor –

mejor; cosa distinta habría sido si los libros se hubiesen publicado en el orden contrario, pues de esa manera los argumentos de este ensayo deberían ser para saludar el progreso. No quiero que se entiendan mis palabras como una diatriba en contra de la obra del escritor antioqueño, de hecho me gusta lo que escribe, aunque en su columna de Soho a veces cometa algunos disparates. Mi tarea es contar lo que encontré en mi lectura. La historia de Paraíso Travel es mejor que la de Rosario Tijeras eso ya lo dije; juzgue el lector. Dos personajes deciden dejar Medellín y viajar a Nueva York por el hueco. En la primera noche, en la Gran Manzana, uno de los personajes sale a fumar después de una discusión con el otro y es sorprendido por un policeman al botar la colilla del

El ocaso del Cartucho (Detalle). Oleo/tabla. 90x120 cm. 2002

pudo dar con el estilo preciso para escribir El Otoño del Patriarca que, aunque al principio decepcionó a más de un seguidor, con el tiempo se ha convertido en una de sus obras más estudiadas y esto demuestra, una vez más, el magistral dominio del oficio que tiene el Nobel. Jorge Franco repitió las triquiñuelas literarias y ese es su pecado. La novela no se defiende sola al ser revisada con quietud, sobre todo porque ya se tiene el patrón de comparación y este es

cigarrillo al suelo; entonces se echa a correr por las calles hasta perderse para siempre en las fauces de la ciudad. La historia se entreteje en las palabras del narrador mientras cuenta cómo hace para buscar a su novia que se quedó esperándolo en el cuarto. Esta novia es Reina, una mujer con dos ojos diferentes, una metáfora para describir su dualidad de mujer-macho, casi, pero no tanto, como Rosario Tijeras que es mitad beso y mitad bala. Su pasado es brumoso, su vita-

c o l o m b i a n a lidad exagerada y misteriosa. El libro la rescata al final, pero la hunde y eso es lo bueno. Franco sabe hacer una jugarreta que de otra manera hubiera sido imperdonable; algo así como el gol que mete el equipo a último minuto y empata el partido. Marlon Cruz, el narrador, en una panorámica, podría parecer un personaje de Cortazar que salta de Colombia a Estados Unidos y viceversa, así como los personajes del escritor argentino que van y vienen de París a Buenos Aires. Y aunque toca en la memoria del lector esos pasajes aterradores del libro El Hueco de Germán Castro Caycedo, su ficción no se compara con la crudeza de las crónicas del periodista colombiano. En Paraíso Travel las palabras del narrador humanizan el relato, le dan identidad, no dejan a la deriva la crudeza de las crónicas y la tragedia de los latinoamericanos que venden su vida en sus países para buscar algo en el país de Micky Mouse y el Soldado Ryan. En lo personal, no me gustan las obras que pretenden dejar una moraleja. Sé que no es el objeto del libro de Franco hablar de los indocumentados en Estados Unidos, la tragedia del corazón se superpone a la tragedia de la realidad; no obstante, hilando delgadito, uno podría pensar lo contrario. El título es una clave: Paraíso (algo mejor, el más allá, la tierra prometida) y Travel (viaje). No creo que ese fondo de la vida de los ilegales sea de mucho valor en la novela; en algunos pasajes coadyuvan para intensificar el dolor de Marlon, pero no son muy relevantes. Me quedo con la historia de la traición, el desamor, el engaño, la locura cegatona del olvido que hay en la novela y eso bien puede pasar en Nueva York, en Miami o en Popayán. Pero quién soy yo para darle tres estrellas a un libro. A Franco también deberían filmarle esta novela, podría mejorar en la adaptación. Johann Rodríguez-Bravo es reseñista de libros de la Revista Número, cuentista y ensayista.

Autores de peso para un proyecto plural

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Perfiles de mi generación Por Óscar Collazos

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iene algo de antiguo pero, en verdad, es un cartacachaco, un cartagenero de buen hablar y mejor escribir. Algún día le dije que había nacido “viejo.” La verdad es que quise decirle que, desde que tengo memoria de su perfil, lo vi acompañado por grandes figuras de la pintura y las artes, mucho mayores que él. Era el único muchacho que frecuentaba el Café Automático como si fuera contemporáneo de León de Greiff, Arturo Camacho Ramírez y Marco Ospina. Ningún escritor de mi generación habla un castellano tan castizo ni escribe con una corrección clásica que, sin embargo, le ha permitido crear dos de las novelas mayores de la literatura colombiana: La tejedora de coronas y Los cortejos del diablo. En Noticias de un convento frente al mar se encuentra uno de los me-

jores relatos breves de nuestra narrativa. Y en sus ensayos, Espinosa regresa adonde siempre ha estado: a un academicismo sin Academia, a un lugar en el que la perfección lingüística se convierte en clase de retórica y estilo-como decían los antiguos. Si la Academia Colombiana de la Lengua quisiera tener otro miembro ilustre, Germán ocuparía con méritos un sillón vacío. Correcto en la amistad, susceptible en la crítica, menos irascible a medida que los años le han dado reposo y fama, Espinosa no se separa de los dos bastones que lo guían por la vida: el verdadero, de fina madera pulida, y Josefina, esposa y madre de sus hijos. No se separa tampoco del whisky-su ruina-, ni siquiera cuando en la mesa le sirven un buen vino. Si el bastón, Josefina y el whisky

lefueran retirados, Germán sería una nave a la deriva. No hay otro escritor colombiano que, como él, haya tenido los ojos abiertos y deslumbrados en el siglo XVIII del Caribe colombiano, de la Cartagena donde se resiste a vivir, acaso porque si volviera a vivir en la ciudad donde nació, se vería envuelto en las mediocridades cotidianas de una sociedad que se sigue pareciendo a los poemas de Luis Carlos López. Las grandes novelas de Espinosa son contrabando de lujo del siglo XVIII en las aduanas frágiles del XX y XXI. Sólo otro cartagenero, menor que él-Roberto Burgos Cantor- exhibe esa clase de corrección que oscila entre la prudencia y una esmerada educación. Pero, a diferencia de Germán, que parece haber frecuentado los Archivos

de Indias, Roberto frecuenta los patios traseros de su memoria de barrio, Manga y Lo Amador, escenarios de sus relatos juveniles. Como muchos escritores que decidieron vivir de lo que escriben, Espinosa lleva la vida digna de un hombre sin dinero ni posesiones. El único lujo que se permite es la infaltable botella de whisky, además de la exigencia de ser invitado a todas partes y evento con su esposa Josefina. Se permite otro lujo: ir contra la corriente de las modas, pareciendo a veces un poeta modernista o simbolista, un cartagenero de antes, cuando Eduardo Lemaitre, Tito de Zubiría, Ibarra Merlano, Donaldo Bossa y Roberto Burgos Ojeda impusieron un estilo de cultura y de vida. Oscar Collazos es escritor y profesor universitario.

El eterno retorno de Rubén Darío Por Sebastián Pineda Buitrago Germán Espinosa Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón. Editorial Norma, Colección Literatura y muerte. Bogotá, 2003. 150 páginas.

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os cosas me sorprendieron cuando releí Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón, lnovela del maestro Germán Espinosa: la primera, que se trata de una trama perfectamente policíaca, al mejor estilo de las novelas de Agatha Christie; la segunda, acaso un poco extraña, con respecto al argumento. Pero, como novela policíaca que es, contar el argumento significaría calumnia, traición. En la trama policial todo queda regido bajo un sistema autoritario: un blanco específico al cual se dirige, lanza en ristre, sin desviarse, un certe8

ro proyectil. La pólvora que contiene tal proyectil para causar una veraz explosión final es, pues, un despliegue asombroso de cultura: música, literatura, química, geografía, historia, esoterismo, en encendida comunión con la trama y el desenlace. Conocedor de las técnicas narrativas para atrapar al lector a las primeras páginas, Germán Espinosa comienza su novela exprimiendo, a través de un cuentagotas, en pequeñas dosis, esencias de un perfume que se expande por toda nuestra lectura. La niebla, mezclada con el rocío de la madrugada, se levanta ingrávida-mente del Canal de la Mancha, sí, en el norte de Francia, una mañana en que el poeta Rubén Darío arriba en un tren desde París. Al sumo sacerdote del Modernismo lo acompaña un imaginario escritor argentino, a quien Espinosa encarga de

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contar la narración durante los días que se hospedan en la quinta de un aristócrata francés. Corren los primeros años del siglo XX, más o menos 1910, 1912, y la corriente del impresionismo está en pleno furor. Al cenar esa noche en casa del misterioso aristócrata, la música impresionista de Debussy ameniza la velada. Esencias musicales, olores de un estanque de nenúfares, perfumes de damiselas sensuales -al estilo de aquel otro impresionista, Marcel Proust-, humedecen y vuelven navegable la veloz lectura que nos procura esta novela policíaca. Cuando la trama asoma, amenazante, es cosa de agarrarse del asiento. La prosa de Germán Espinosa adquiere inaudita agilidad, y al cabo de unos minutos, sin darnos cuenta, nos encontramos más allá de la mitad de la novela. Eso sí, inevitablemente, nuestro pulso cardíaco ha de en-

contrarse agitado, excitado. Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón, ¡cuidado!, novela no apta para cardíacos. El juego de invocación a seres de ultratumba, la idea de la reencarnación, la música de un piano cercano, la belleza de una poetisa francesa, un egiptólogo italiano, la sublime poesía de Rubén Darío, a la postre se apoderan de la novela. Se invoca a Víctor Hugo y de pronto surge la espada de Alejandro Magno; Debussy, afirman, es la reencarnación de Chopin; el egiptólogo italiano practica arcaicas costumbres descritas por Heródoto; los versos del poema “La princesa Eulalia, ríe, ríe, ríe,” se repiten como un eco secreto, como epitomes de la poetisa francesa. Y así, llena de matices, la novela va resolviendo sus acertijos, lentamente. Al parecer, el viaje que Darío realiza por esos tiempos a la


L i t e r a t u r a costa bretona en el Canal de la Mancha, en efecto, figura en sus biografías. Sólo que sus biógrafos ignoran las razones qué motivaron al inmenso poeta nicaragüense para asistir a la quinta de un aristócrata francés dedicado, efectivamente, al estudio de las ciencias ocultas. Germán Espinosa aprovecha, de esta manera, semejante sombra para poblarla con su luz, con su magnifica prosa. La novela, también, es un homenaje eufemístico a Rubén Darío, al hombre que cambió el ritmo de la poesía en lengua española, al hombre que abrió a Hispanoamérica hacia la literatura universal. Homenaje eufemístico, sí, porque se trata de una novela; porque ya en su ensayo El Modernismo: la apertura de Hispanoamérica a la universalidad, Germán Espinosa traza un homenaje más jalado, directo, al principal poeta del más importante movimiento literario del continente. Bienvenido, pues, Rubén Darío como personaje literario: y aún no terminamos de zanjar nuestra deuda para con él. Por lo demás, siendo las reencarnaciones uno de los temas de la novela, me pregunto que pensaría Rubén Darío si de pronto resucitara y leyera una historia, cuyo protagonista fuese él mismo. Quizá le agradaría. Sobre todo si supiera que el autor de La tejedora de coronas, del El signo del pez, entre otras estupendas novelas, ha continuado sus principios: asimilación de temas universales, preocupación por el estilo; una incorruptible aristocracia mental, lejana de dogmatismos, de exotismos, de la chatura estética, de la mulatez intelectual que, tristemente, todavía puebla nuestra literatura. Creo encontrar sólo dos novelistas hispanoamericanos que han asimilado como ninguno los fundamentos del Modernismo: Manuel Mujica Lainez y Germán Espinosa Sebastián Pineda Buitrago es estudiante de literatura. Director de la red nacional de estudiantes de literatura y colaborador permantente de varias revistas alrededor del país.

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La metáfora como imagen Por Luis Fayad

Vivan los compañeros Universidad del Valle Programa Editorial, Cali, 2004. 190 páginas.

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n título que vuelve, que no se deja olvidar, Vivan los compañeros, de Carlos Arturo Truque. El mundo de un escritor en veinticinco cuentos, reunidos por primera vez en un solo volumen que divulga el Programa Editorial de la Universidad del Valle. Los datos del autor que señala Fabio Martínez en su introducción, en muchos momentos de su vida, lo sitúan en su época, 1927, y en su lugar, Condoto, Chocó. Murió en Bogotá en 1970. Esas dos fechas abarcan un trabajo de diversas corrientes y preocupaciones literarias que trascienden el ámbito de la existencia del autor, de unas circunstancias nada halagüeñas en su niñez, como no pueden serlo las de muchos niños en el Chocó. Carlos Arturo Truque no las olvida, pero cuando aparecen están modificadas por una vocación artística. Sus temas son los de la literatura universal. En el primer cuento, Vivan los compañeros, situado en la época actual, un moribundo, afiliado a un grupo de rebeldes armados que en un momento de apuro temen “nunca más ver el cotidiano milagro de la primera luz”, alcanza a verlo antes de morir y a sentir la ilusión de un triunfo final. En el último cuento, Longinos, que se remonta al día en que Jesús arrastra la cruz en su calvario, se describe el ansia de un hombre que quiere ver de cerca al martirizado, aquel hombre del común es el personaje de la narración y no el Mesías ni un rey sino el otro, el que da la visión de quien pocas veces había aparecido en la literatura. Hay cuentos que se identifican en sus circunstancias exteriores y en sus tonos de narración y crean un mundo propio

entre los otros. La representación de una sociedad que cambia con el crecimiento urbano: “sólo conservarían el viejo olor a maderas, a todas las maderas de la Tierra, pulidas y labradas, olor perdido en la calle por el asfalto intruso y la bencina”, una muestra de las nuevas necesidades y aspiraciones, la compra de un carro no mejora siempre el estado de una familia, y de unas palabras que nacen de un ambiente nuevo: “era como una cinta de película repetida hasta el cansancio”. No es posible hacer un resumen para definir el libro en una sola dirección, pero en todos los cuentos están muy presentes las relaciones entre los individuos tratadas con intensidad, en situaciones y desenlaces diversos. Los finales son los que desea el lector o los que no esperaba o los que tiene que aceptar. Alguno de los argumentos recuerda a Hawthorne en La letra escarlata o a otros autores, mientras una parte carece de un desenlace clásico porque la culminación se dio en ese encuentro de los personajes, y después, sin agravar más el acontecimiento, otro día sigue. El final es todo el diálogo y lo que sucede desde el principio, como en la anécdota del empleado medio que ya en las últimas líneas sale de su casa huyendo de los reproches de su esposa y va a buscar a los amigos para hablar de algo distinto a la falta de plata. En este mundo diverso hay sitio para los finales felices, hay, dentro de la violencia, una salida llena de fe, más que de esperanza. En general sus finales, como pensaba Borges que debía ser, vienen de la preparación de una expectativa o de un asombro y no son la sorpresa de estilo barroco ni el final imprevisto. Las formas cambian para acomodarse al tema, uno de los cuentos es un soliloquio, o, como aparece en la nomenclatura de las técnicas, un monólogo con soliloquios. Otro es una breve narración, la reseña de una sensación

que por esa propiedad y no por su prosa poética es un poema. Hay un cuento para niños, La aventura de tío conejo, cuento y fábula de ingenio sin moralejas. En El misterio se representa un realismo entre hechos que todos creen inexplicables, el misterio del mendigo cojo que una mañana entra al templo caminando sin muletas y coloca a las plantas de la imagen de la Virgen el collar de esmeraldas que había sido robado. También la Metafísica pasa por alguna de las etapas de los personajes como un aspecto abstracto que los hace crecer y en ocasiones los sobrepasa. El cuento La fuga interpreta ese paso que se da después de la física como la llegada a otra realidad, la decisión del que “se escapa en línea recta por los caminos de la locura”. La metáfora como imagen final del cuento y a veces como conclusión, “porque así era la gente”, también aparece enriquecida por un lenguaje que viene de otros aires. Las primeras imágenes sensitivas del autor, de tantos años atrás, le traen la palabra que le da curso al relato con nuevos sonidos y deja algo atrás: “regustando el ritmo picante desgranado por los guasás, así, moviéndose en círculos, como sobre un tambor”. “Tampoco resistía la sabrosura de coco fresco de la risa de Guillermina”. “Con la oreja abierta al ritmo de los patacorés”. Palabras sacadas de su medio, de los libros, del análisis y del oído para conciliar el lenguaje en el rastreo y la sugerencia de la frase. El cuento avanza con sus descripciones de tiempo, “las sirenas que decían adiós a la noche alocada de San Silvestre”, de ambiente y de apariencias físicas, “el momento en que un gallo con su pico llegó a las crestas del alba”, “El cuchillo certero ascendía encendio por el sol”, con sus descripciones de tonos, “Desde allí volvió la frase, inquieta como mariposa”, “sintió sus pasos rotundos”,

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L i t e r a t u r a y sus descripciones del pensamiento, “vivió un momento igual al presente, un momento de esos que hacen un futuro al revés; de esos futuros que enlazan los tres tiempos y los convierten en un todo confuso”. A esa libertad para buscar sus voces y la forma de su estilo, se agrega una libertad de conciencia. Las confesiones que completan las características de los protagonistas sin trascender a otros extremos. Como el personaje que lee algunos versículos de la Biblia: “pero al hacerlo no tenía en la mente nada religioso, sino el pensamiento de gozar un rato”. Y cuando exclama: “¡Si hasta cada vez que se acordaba de Dios lo odiaba sin comprender”. Una libertad concedida por la falta de malicia que le da a la frase el tono de un ruego y reseña un momento del personaje. Con una estructura sencilla que recuerda los cuentos de Juan Rulfo, Felisberto Hernández, Horacio Quiroga, Juan Bosch, conseguida con un duro trabajo y cuya complejidad no está en la confusión, amplió los temas y las vías para interpretar viejos argumentos. En Martín encuentra dos razones un empleado debe acom-

pañar a su jefe a pasar la noche de Navidad en un prostíbulo, mientras en su casa lo esperan su mujer y sus hijos. Martín, el empleado, pasa por momentos de hastío, estados de ánimo que no tienen vínculos con el arrepentimiento ni con otros lugares comunes, ni con la indigencia sino con la falta de afecto propio. O con la ausencia de un conocimiento de la buena calidad de vida, como en el cuento El collar, en el que una anciana paupérrima cuelga en el cuello de la imagen de la Virgen un largo collar de oro con gruesas pepas, regalo suyo, y enseguida cae al suelo. Ha muerto de hambre, no por la pobreza sino víctima de una tergiversación de sentimientos religiosos. Es uno de los problemas humanos que en el libro pasan por diversas fases. En El Pingüita se da el doble drama del niño huérfano de madre, desconocedor de la identidad de su padre y objeto de abusos del jefe de la pandilla del barrio. Pero con un humor sacado de la gracia natural de los personajes, el niño reconoce al padre en cada hombre que ve e idea venganzas contra el grandulón de la pandilla. Una de las venganzas

c o l o m b i a n a es aprender a leer, ya que el otro tampoco sabe. La situación de nuevos anhelos pertenece a una mentalidad que ha cambiado y que es aprovechada para hacer más variados los temas. En Puntales para mi casa, con el triunfante movimiento feminista como símbolo del mundo contemporáneo: “Mis desventuras empezaron después, mucho después de haberse aprobado el voto femenino. Para mí eso ha traído una transformación radical: mi mujer ya no es mi mujer, es simplemente la ciudadana que vive conmigo”. Más adelante el hombre piensa: “Mi mujer, pues, va a ser representante a la Cámara. Yo, por carambola, candidato a difunto”. Y para finalizar el cuento: “Mi ciudadana odia la materas, pero yo las amo. Ella no sabe todavía que fueron puntales para una casa que ya estaba en el suelo”. De cómo Jim empezó a olvidar es una bella prosa de cuarenta renglones que recoge un instante, el desenlace, en la vida de Míster Jim, de quien nadie supo de dónde ni cuándo vino: “ni en qué parte los horizontes le semicerraron los ojos y le grabaron el gesto de ansiedad que siempre lo acom-

pañaba”. Míster Jim se quedaba mirando al mar, recordando, hasta cuando nada le quedaba en la memoria. Entonces se alejaba de la orilla e iba a lugares de parranda, entre hombres y mujeres con piel de color diferente al suyo y diferente a aquellos que él recordaba allá lejos con nostalgia. Las mujeres de este rincón en el que se encontraba: “No le despertaban el ansia que se le había dormido pensando en la última trenza rubia que tuvieron sus manos”. Hasta que una noche, después de muchas, cuando una mujer del lugar entró a su cuarto y se sentó a su lado, él vio lo que está descrito como su sonrisa blanda, pechos ariscos, la piel cobriza y brillante y la carne que vibraba como los tambores, y de pronto vio: “cómo la trenza rubia iba cambiando de color, como si hubiera anochecido sobre ella”. Míster Jim se da cuenta del cambio en su interior y con un tono que al lector le suena a melancolía alegre, piensa: “Por fin, Jim, ya has comenzado a olvidar”. Luis Fayad es escritor y porfesor universitarío. Premio Lenin de literatura.

La saga de Fayad Por Pemán-R.

Testamento de un Hombre de Negocios Luis Fayad Arango Editores 280pág.

Bogotá, 2005

Para un escritor disciplinado y exigente como Luis Fayad, los silencios literarios son presagio de nuevas y prometedoras sorpresas. Y ello es así por cuanto él, desde sus primeros libros (Los Sonidos del Fuego,1968; Los Parientes de Ester, 1978; Compañeros de Viaje, 1991,para no recordar sino los más reconocidos por la crítica internacional), ha asumido su 10

trabajo de escritor como una función estética y como un deber social que atiende explícitamente necesidades testimoniales de las propias percepciones en torno a vivencias estrechamente unidas al entorno social al que se debe el escritor y que desde las lejanías de su diáspora, procura reconstruir todos los días. A excepción de los primeros trabajos publicados en Colombia, la vida editorial de Fayad ha sido en Europa donde reside hace más de treinta años. Y a lo largo del tiempo ha ganado la audiencia internacional para su obra que identifica fuertes ligaduras raizales y un alma observadora y crítica que jamás depuso las realidades propias para la definición artística.

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Sus trabajos, se sabe, tienen la hondura de la verdad interior expuesta para el escrutinio del entorno social sobre el cual se desplaza. En este sentido, Fayad es un escritor colombiano -bogotano- con claras misiones de universalidad humana ante el mundo y así lo han entendido quienes asumen con seriedad el estudio de su obra en los variados frentes del ejercicio crítico en Europa y Latinoamérica. Por tales razones el anuncio, hace un año de su nueva novela: «Testamento de un Hombre de Negocios», abrió las expectativas imaginables para que esta novela fuese punto culminante en el proceso gestativo de una obra que a manera de saga se integra a la

cosmovisión literaria de nuestra diversidad transformante, paradójica y a veces cruel en sus curiosas modernidades. Hace un año, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá y luego de varios años, tuvimos la oportunidad de conversar con el novelista Luis Fayad, saber de sus quehaceres literarios y periodísticos en Berlín y los proyectos de los cuales se ocupa actualmente. Vino a Colombia como invitado especial a la Feria que el año pasado tuvo como emblema, el papel del escritor colombiano en el exilio. Nuestra conversación entonces, saltó por entre los años y las geografías para indagar sobre su mundo interior, su potencial


L i t e r a t u r a creativo, su fidelidad estética y social en ese prolongado tránsito por el viejo continente. Apreciar por sus palabras el papel difusor de la cultura latinoamericana en esas latitudes y la recepción, allí, de nuestras convulsionadas verdades políticas y sicológicas. Hubo oportunidad para conocer sus opiniones en relación con la nueva realidad del mundo, inscrita en el apabullante proceso de la «globalización» que implica el peligroso hegemonismo político ante el cual Latinoamérica ocupa un lugar nada envidiable. Se dolió de la imagen de nuestro elemento humano en el mundo, construida por distorsiones mediáticas e intereses ajenos. Y es aquí donde radica la importancia del escritor para dar la batalla de la identidad en este novedoso contexto universal, señalar las crisis de nuestros pueblos en este nuevo orden que pretende divorciar cultura y estética de valores tales como derechos humanos y sociales. Son meditaciones en función creadora. «Reflexiones desde allá -me dijo- para hacer literatura aquí». Largas horas sobre asuntos diversos para abordar el tema principal: su nueva novela. Y Fayad nos adelantó algunas claves de su reciente creación que afirman el sustento coherente de su estilo literario, de sus funciones narrativas pero también de su capacidad innovadora en cuanto esta nueva novela asume una posición crítica en relación con todo lo que pasa en nuestra sociedad y sus causas insertas en procesos económicos y culturales: narcotráfico, la nueva violencia, valores morales emergentes, pragmatismo, indolencia. Y en este sentido puede sostenerse que se trata de una percepción de cómo afecta la globalidad nuestras nuevas realidades. Y su visión, desde «allá», tiene el prodigio de ser fiel a lo de «acá», sin despreciar las minucias del drama humano de nuestra ciudad que él tanto conoce en sus esencias sociológicas. Testamento de un Hombre de Negocios fue finalmente editada y presentada en Bogotá por Arango Editores a finales del año pasado. La novela está constituida por

doce densos capítulos distribuidos en 280 páginas correctamente impresas y limpiamente revisadas, con tapa semidura ilustrada con fotografía de Ramón Giovanni y diseño de Camilo Umaña cuya sobriedad es inequívoca alusión al entorno familiar del asunto desde el cual se desata el tormentoso nudo de la narración. El ritual de los modelos críticos y las manías catalogadoras dieron en ubicar hace tiempos a Fayad como precursor de la novela urbana; pero por encima de estas consideraciones, él es dueño de unos valores muy particulares en los que el ambiente intimista y natural, el mundo de lo cotidiano y los personajes de todos los días, prevalecen sobre otras muchas circunstancias. Y contra lo que pudiera pensarse, su proceso gestativo no obedece a corrientes literarias que hicieron o hacen presencia temática o estilística en la narrativa latinoamericana de los últimos treinta años. Es un proceso natural, propio. Autónomo y singular a partir de sentir lo cotidiano y cuya originalidad reside en la capacidad

c o l o m b i a n a para adentrarse en el laberinto ordinario de lo humano, sus elementos simples, los escenarios comunes bien reconocidos, las formas familiares, barriales, culturales, los valores normales que son verdaderos y verosímiles . Desde los asuntos que ocupan la vida y suerte de Gregorio Camero (Los Parientes de Ester), pasando por las indagaciones acerca de las vivencias y dramas de un inmigrante cirio-libanés o las de el desplazado de la provincia nativa a la ciudad –Bogotá-, persisten en la narrativa de Luis unos mismos valores, una misma ciudad y sus escenarios clase-media; unas mismas costumbres y sentires morales de esos habitantes y protagonistas. Para toda su obra persisten esos elementos comunes: el mismo edificio circunstancial, igual condición económica de sus gentes, las mismas características arquitectónicas del viejo barrio, las mismas tradiciones y valores que hacen de la totalidad de su obra, una verdadera saga, en el sentido natural de la acepción y que es lo que deseamos resaltar en estos apuntes.(Una

Lección de Vida, Las Cartas del Futuro, El Regreso de los Ecos y Compañeros de Viaje). Y con la misma dimensión de Saga, coherente con su capacidad de indagación, inagotable con sus obsesiones, Luis Fayad reencarna en «Testamento de un Hombre de negocios», ese universo propio para insistir en el actor legítimo de las mismas calles, en los mismos entornos familiares con los mismos valores, ahora hipotecados por el entusiasmo que aporta el narcotráfico, imbuido por la violencia de guerrillas y contraguerrillas, sumergido en la traición y el crimen. La novela hace parte del proceso dialéctico , ético y cultural de la misma sociedad que lo ha ocupado como escritor; observa la subversión cultural que la transforma, la sustituye, la complementa. «Acaso sea la primera vez en la que expresamente hago literatura crítica y de compromiso», nos había dicho Luis hace un año para referirse a los señalamientos sociales, económicos y políticos implícitos en el texto. Y hace poco (U.N. Periódico XI-14-04) sostuvo a sus entrevistadores que «toda novela tiene ideología y el no tenerla es tenerla», para significar que si bien el papel del escritor no es enseñársela al lector, los hechos mismos la sustentan y en el caso que trata Testamento de un hombre de negocios, dadas las realidades, las fuentes sociales y político-económicas que la sustentan, ello resulta evidente. Para este trabajo Luis Fayad elabora una técnica literaria que de suyo indica el dominio lingüístico y la capacidad idiomática y estilística. Hay un narrador omnisciente -Jacinto- en cuyos diálogos fluyen otros, otras referencias, otras narraciones que estructuran la escritura, el hilo argumental, el asunto. Y el método escogido permite penetrar con interés el alma de sus protagonistas, la almendra social de unos seres reales que denuncian la crisis de una sociedad que sin nombrarla, se reconoce.

Pemán R. Es periodista cultural, poeta, profesor de literatura. La Fidanzata. Oleo / tela. 85 x 60 cm. 1999

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M ú s i c a

Échale salsita Por Juan Manuel Roca

El libro de la salsa. Crónica de la música del Caribe Urbano César Miguel Rondón. Ediciones B. Bogotá, 2004. 436 páginas. e sabe que toda cultura es un cruce de caminos, un fecundo mestizaje. De eso da muy buena cuenta la música antillana, aquella que en lo que tiene que ver con la más grande matriz musical del Caribe, Cuba, sufrió el cercenamiento de su lado indígena, de sus areítos borrados de la historia por un largo genocidio. Eso es algo que no ocurrió de manera tan flagrante con la música popular colombiana, pues si aguzamos bien el oído como esos vagabundos que lo ponen en la carrilera del tren para saber si se acerca, podremos oír en las gaitas indígenas, por citar un solo ejemplo, en las cumbias y en el porro, los acentos de la música indígena en yunta con los ritmos afros y españoles. En el caso cubano y su adiós al areíto, que según historiadores como Helio Orovio –a quien debemos un buen diccionario de la música cubana- se acompañaba de sonajas, maracas y fotutos, no quedan huellas de esa prehistoria musical, pero sí resulta rastreable la presencia de los influjos africanos que desembocaron en el son, en el danzón y en la salsa, una música que nació como hija exiliada de Cuba y Puerto Rico, especialmente, en la ciudad de Nueva York. Todavía hay quienes no se acomodan al término salsa. Los puristas que se oponen a ese sonido mixto que por momentos se volvió un formato comercial, evocan a Ignacio Piñeiro y su “Suavecito” de 1930, en el que el habanero cantaba así:

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“El son es lo más sublime para el alma divertir. Se debiera de morir 12

quien por bueno no lo estime”. Pero habría que recordarles otra canción del mismo Piñeiro, “Échale salsita”, para no dejar escorar el barco hacia el lado del purismo. “En Catalina me encontré lo no pensado, la voz de aquel que pregonaba así: Échale salsita, Échale salsita, échale salsita”. Todo esto se agolpa, y muchas cosas más, en este libro del musicólogo, cronista e historiador de la salsa César Miguel Rondón. El libro de la salsa es un volumen que suena, que evoca, que se lee con ritmo y, en recuerdo de viejas emociones, con la percusión de ese pequeño timbal que en lenguaje corriente llamamos corazón. Arranca esta suerte de crónica musical en el año 50, en el Palladium, en una pista de baile para mil personas que no se llenaba ni en una cuarta parte para bailar, según recuerda Rondón, ritmos como el foxtrot, el tango y el “viejo swing”, es decir, para una lánguida fiesta en un espléndido palacio. El administrador del Palladium decidió entonces cambiar de música y atraer a los latinos con mayor entusiasmo. Se puso en contacto con Machito, el formidable Machito (Frank Grillo) y sus afrocubanos y con Mario Bauzá, que fue, de nuevo cito a Rondón, quien bautizó el nuevo lugar con el nombre de una composición del grande del tambor, Chano Pozo, quien sería pocos años después asesinado en Harlem en 1948. El nombre del sitio y de la canción escogidos fue “Blen-blenblen”, una guaracha que antecedió a su popular “Manteca”, ese ritmo que tanto entusiasmara a Charlie Parker.

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Chano Pozo ya había sido celebrado por Dizzie Guillespie y en su nombre se abrió una década rumbera sin precedentes en el nuevo templo de la música que llevaría el nombre gastronómico de salsa. Imaginen un lugar por el que pasan Antonio Machín, ese gran bolerista que aún en España donde murió se considera vivo como el cadáver de “El Cid”, Graciela “la bochinchera”, la explosiva y graciosa hermana de Machito y, entre otras, una voz pequeña pero más que armoniosa, una cadencia que influyó en tantos otros cantantes, desde Vitín Avilés y Felipe Pirela hasta Jimmy Savater y Cheo Feliciano. Lo anunciamos con una fanfarria: el puetoriqueño renovador del bolero, Tito Rodíguez. El mismo Tito hacia 1963, dato para sabuesos de la salsa y de la música colombiana, grabó la formidable cumbia de Wilson Choperena, “La pollera colorá”. Algo que de no ser por Rondón este reseñador no hubiera sospechado. Una virtud más de El libro de la salsa: está escrito con mesura, espiga anécdotas en uno y otro lado, pero no cae en el vicio del dato y de lo meramente cronológico, como sucede con otros libros sobre el género. Más allá de los tópicos, de los lugares comunes inevitables en una historia musical, Rondón nos arrastra por barrios latinos, que son iguales en su colorido, en su amargura, en esa pobreza que desaparece cuando se inicia el baile, en cualquier país donde la salsa se manifieste. Da lo mismo que sean barrios enclavados en Nueva York o en el Caribe. Fueron los barrios los que, al unísono con las disqueras que olfatearon el gran filón de una música que desembocó en el boom de la salsa, le dieron a esos ritmos su pasaporte internacional, algo así como el esperanto del

ritmo antillano. Son buenos y sin alardes los argumentos que presenta el autor venezolano, basados en hechos y en algunos supuestos que es lo propio de las mitologías populares. El hecho, por ejemplo, de que la ductilidad del son cubano sea lo que permite la alimentación con otros sonidos, desde aires tan distintos como el pop o el boogaloo, aderezados con los sonidos provenientes del jazz. Así, un legendario sexteto, el de Joe Cuba (“Con la punta del pié”, “Quítate de la vía Perico”) implementa el sonido del vibráfono haciendo de su música un momento exquisito con una nueva impronta. Como ocurrió con la aparición en la escena de Ray Barreto, un raro especímen nacido en Nueva York pero “hecho músico en Alemania, mientras cumplía el servicio militar”. ¡Vaya! Ser militar y no perder el oído es una verdadera gracia, una prueba de fuego, habría que agregar. Barreto llega a la salsa desde las cabeceras del jazz, como ocurre con nuestro magistral Joe Madrid, de quien bastaría recordar sus arreglos para Mongo Santamaría y para Harlow. Para el primero la “Cumbiamba” y para el segundo su “Cumbia típica”. ¿No lo justificaba ya el hecho de que un gran contrabajista del jazz y del be-bop, Charles Mingus, hubiera fusionado una música de alto rango estético, en algo que llamó “Cumbia-jazzfusion”? En cualquier capítulo que se abra de El libro de la salsa, en esta segunda edición corregida y aumentada e irrigada de una buena iconografía, hay algo de interés para el enamorado de una música que ya vivió sus mejores momentos. Sí, una música que ya tuvo su esplendor y que solo ocasionalmente se vigoriza. Unos ritmos a los que ayudó de manera evidente el cine, con películas que exaltaron


C i n e el boom de los setentas. Como ocurrió con “Nuestra cosa latina”, el filme de León Gast, que hizo que a distancia, en los cines de barrio, la gente de las ciudades vocingleras y musicales del continente no lograra acomodarse en las butacas: los movían de ellas las imágenes y el sonido de una pléyade de músicos convocados por “las estrellas de Fania”. Esto ocurrió cuando estaba en la cima el fenómeno de la salsa. Es una grata historia. Desde Benny Moré, el lajero sin igual que grabó discos con Dámaso Pérez Prado, “un chaparrito con cara de foca” a quien debemos en conjunción con Cachao las delicias del mambo, hasta Jonhnny Pacheco, es una grata historia. Desde Vicentico Valdés hasta el expresivo y trágico Héctor Lavoe, pasando por un centenar de compositores e intérpretes, hay mucha tela por cortar. Mucho ritmo por bailar y por cantar. La primera edición del libro de César Miguel Rondón de 1979 dejó abiertas las puertas, con algún entusiasmo, al resurgimiento de la salsa, que no se ha dado sino a medias. Ahora se agregan algunos nombres que ya eran un porvenir casi asegurado y algunos otros que aparecieron en la escena. Nos detenemos otra vez en sus elogios a Joe Madrid, por una tendencia a recordar lo bueno que olvidamos en Colombia. Y en Justo Almario, el excelente flautista costeño. Los dos músicos colombianos tocaron con Mongo Santamaría la ya registrada cumbia de Joe, acompañados de tambores llevados de nuestro litoral, en una experiencia musical que Rondón califica (entretanto la oigo en el viejo disco duro del recuerdo), de “alternativa distinta” frente al cerco comercial. Allí cantaba el virtuoso Justo Betancourt. Como esta reseña no es un disco de “larga duración” me basta con señalar que este es un libro que desborda alegría. Y que reconfortan las señales de buenos músicos colombianos, casi

todos en la diáspora ante la malformación musical propuesta por nuestras disqueras. Acá figura, entre los grandes, Edy Martínez, el pianista pastuso que ha tocado con otros de los grandes de la salsa y a quien debe mucho de su vigor la orquesta de Ray Barreto. También figuran Héctor Martignon y Jairo Varela, el fundador de Niche que ahora resulta grabando una lamentable canción que pide la reelección de un sordo, no sólo a la música (admira a Juanes), sino a los que opinan de modo diferente a su lesa majestad (es sintomática su laberintitis). Se trata de una historia a muchas voces, de un gran capítulo de la creatividad musical del continente publicada por primera vez hace 25 años, donde el resabido estribillo de “quítate tu p’a ponerme yo”, ya no resulta tan fácil de expresar, pues no son muchos ni muy notables los posibles relevos. No tanto porque todo tiempo pasado haya sido mejor, como por el hecho de que lo que más se difunde, el espantoso merengue, el desastroso vallenato de hoy, la insabora bachata, la anquilosada nueva trova cubana, que ni es nueva ni es trova y lamentablemente es cubana, contribuyan a callar los mejores momentos actuales de un ritmo al que Chucho y Bebo Valdés, el renovado Irakere con su “misa negra”, Cachao y otro puñado de creadores, no dejan morir. Son los que siguen la estela luminosa del Benny, de Barroso, de Chano Pozo, de Arsenio, de Bauzá, de Portillo, de Jorrín, de Barbarito, de Puntillita, de Pío Leyva, de Arcaño, de Laserie, de Chocolate, de Bola de Nieve, de Chapotín, de Fajardo y de Embale y de las grandes mujeres de la canción, Omara, Isolina, Graciela, Celeste, Celia, María Teresa, tantas otras. Coda: A Bartolomé Maximiliano Moré, que se hizo el muerto hace 42 años, dos meses y cinco días. Juan Manuel Roca es escritor, poeta y periodista. Recientemente publicó su primera novela Esa maldita costumbre de morir, bajo el sello Alfaguara

La Fábula de la sombra Por Augusto Bernal Jiménez La sombra del caminante Ciro Guerra Bogotá, 2005 El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas Wittgenstein

H

ay algo, particular y confabulador cuando inicia La Sombra del Caminante de Ciro Guerra. Su capacidad por fabular la realidad, invade y comparte una serie de sentimientos y ambigüedades al tiempo que apreciamos una ciudad que despierta al ritmo de la imaginación. Y cuando preguntamos acerca de su facultad por fabular, circunstancia aplicable tan solo a los poetas y a los llamados “creadores de imaginaciones”, termino mas utilizable a los autores cinematográficos, continuamos intimidados por su ritmo pausado. ¿Dónde está lo intimidante de este film, que desde un comienzo parece no alejarse de un sentido cuasi documental y de registro directo? En su propuesta estética por utilizar el blanco y el negro como narración. Alternativa valida y atrevida para una cinematografía que se regodea por el color y el glamour como una vía Y sin embargo su realizador recurre a su memoria, e incorpora lo sórdido e “insoportable que puede resultar la ciudad”, en medio de la imaginación de un hombre que trae el paisaje de Rio de Oro, su ciudad natal, y lo enfrenta a ese “otro lugar”, justificado como ciudad para construir su propio imaginario. Así construye una fábula de los destinos de dos hombres acompañados por una sola y entrañable sombra, adheridos a este país por siglos dentro de un conflicto interno, un conflicto armado, y un conflicto cotidiano. Todos sin ninguna diferencia son conflictos. Guerra recrea y ubica un pasado, su pasado -el de sus personajes- dentro de un marco urbano tan obviocomo justificable, en donde la ciudad se convierte en testigo inobje-table de la memoria de estos seres anónimos, proscri-

tos de sí mismos, serenos, resignados y sujetos a “un estado de las cosas” que les permite sobrevivir dentro de una opción neorrea-lista como la del blanco y negro, “porque con el blanco y negro te acercas mas a la fotografía y al documental histórico”*. Mañe (Cesar Badillo), recrea su carga de resignación en su incapacidad física, en su caudal de memoria , en su caracterización de desempleado, desplazado y marginado por la guerra. Su “antagónico”, el Silletero ( Ignacio Prieto), hombre anónimo, “cargador de hombres” (apelativo indirecto de la muerte), reduce su vida al espacio que camina, a un entorno de ser anónimo, a sus culpas , a sus muertos y a una bala “perdida” que lleva en la cabeza. Bella y fabuladora analogía que parece esconder la película. Es una sombra que camina junto a sus espectadores y a la que su director agrupa entorno a un sin numero de registros documentales de ciudad que permiten que ellos subsistan. Sin embargo acude a otro tipo de fabuladores con diferente naturaleza: la dueña del inquilinato (Ines Prieto), soberbia, serena, digna, representando la modestia y la calidad actoral con un rol injusto con ella misma, al punto de convertirla en complemento; su hermano, un sargento retirado del servicio activo y del orden publico, por razones explicables, mas no “reales”. El conflicto es tan solo una fábula. Y la policía, anónimo y necesario personaje cuyo rol es tan entendible como el grupo de pandilleros del barrio. El equilibrio social perfecto entre libertad y orden o entre castigo y beneficio. Su preocupación por el país está representa en el Silletero, aquel que trajo de Río de Oro, lugar donde se crió, y que veía permanente cuando cruzaba el río, cargando hombres. «..esa imagen no se me ha borrado nunca y como siento que tengo una gran preocupación por lo que pasa en este país, la asocie con una idea que me obsesiona, que es la redención» ** Esta búsqueda de la redención, se asume como una expiación de cul-

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P l á s t i c a pas de parte de sus protagonistas. El director la asume con una actitud tan pasional como insegura. Sus personajes por momentos deambulan, dudan, se ayudan, se acompañan, mantienen antes que una culpa una necesidad intrínseca por sobrevivir. ¿Porqué? La redención llevada al extremo sagrado del pecado pareciera no existir, por el contrario pretende concebir esta redención como una forma de exorcismo urbano, donde el trabajo y el destino de uno y otro se convierten en solidaridad manifiesta. Protección de los pandilleros del barrio; compañía bajo un cambuche en el monte, búsqueda de una planta, y compasión por un hombre que desea leer. Mas allá de esta interpretación el cine urbano de Guerra re-

coge lo mejor de sí mismo dentro de una tradición muy del genero algunos ejemplos: Pasado el Meridiano (José Maria Arzuaga, 1964) en la uqe su protagonista, portero de una agencia de publicidad, enfrenta la muerte de su madre y la tragedia de la ciudad dentro de un realismo casi perfecto; El Cruce (José Maria Arzuaga, 1967), film inacabado y censurado por la “moral urbana” y que recoge esos personajes olvidados, referenciados en los testigos cotidianos de un accidente de transito; Pepos ( Jorge Aldana, 1985), recorrido obligado por los míticos barios de la Perseverancia y La Macarena, donde un par de “pepos” reviven su propio juego, con la sociedad que los marginó; La Mujer del Piso Alto ( Ricardo Coral ,

1990), himno kitsch a lo estrafalario y grotesco, a la manera de una gran opera de la noche; Lluvia (Oscar Pinilla, 1984), fresco documental del barrio de La Perseverancia, bajo un fondo de lluvia; y La gente de la Universal (Felipe Aljure, 1999), el gran “urbano” de fin de siglo-. La espera de la moraleja a esa sombra que camina dentro del film de Guerra parece justificar la fábula de la historia nacional, hasta que se torna por momentos indecisa y pausada, sacrificando su carga realista dentro de una expiación de culpas que por momentos parece dejar la conclusión en manos de los espectadores. Sus personajes se confiesan y la redención se consume. La sombra del caminante, asume su propio riesgo. Muestra con su tono una parte de

esta responsabilidad generacional entorno a un conflicto; aquella que algunos consideran una fabulación de la realidad. Sin perder ese referente por real y lo obvio, como dicta su compromiso de realizador independiente, se asume y toma postura. Una consecuencia tan solo vista en pocos realizadores dentro de un sentir personal, logrando acercarse a esa sombra de nuestra propia historia nacional que al caminar muchos no ven, porque nunca serán caminantes con memoria propia. Augusto Bernal Jimenez es profesor de cine y director de la escuela Black-María *El ojo que piensa Nº 7. Revista virtual de cine iberoamericano. Universidad de Guadalajara. Entrevista con Ciro Guerra, por Orlando Mora. Marzo 2005. **Ibden.

Manual herético del amor Por Juan Manuel Roca Libraco Porno Antonio Samudio. Ediciones Arte Dos Gráfico. 80 ejemplares numerados Bogotá, 2004. No pudiendo suprimir el amor, la Iglesia ha querido, por lo menos, desinfectarlo, y ha creado el matrimonio. Charles Baudelaire

A

los viejos debates de Henry Miller y Lawrence Durrell sobre las aproximaciones y distancias entre la pornografía y la obscenidad, se le han agregado muchos nuevos mamotretos. Y la cosa sigue más o menos igual para los teóricos: lo obsceno es lo directo, pornográfico es lo sinuoso, lo que fetichiza. Ya Denis de Rougemont había dicho: “¿y qué podríamos temer del deseo? Pierde su poder absoluto cuando dejamos de divinizarlo”. Son tantos los rastreos que emparentan erotismo y misticismo, que Casanova y sus Memorias, Apollinaire y sus Once mil vergas, el rey Salomón cuyo Cantar de los cantares fue condenado por impuro en el Concilio de Constantinopla por Teodoro de Mopsuesta pues veía en el poema del magnífico Rey “un canto erótico de bodas”, D.H. 14

Lawrence y su historia de una lady con amante guardabosques, se mueven en las fronteras del deseo y en la exaltación del momento en el que dos seres establecen como altar el cuerpo del otro. En el erotismo como entrega el amante escribe sobre el cuerpo amado, esculpe, modela, graba o construye y logra salir, por esa fisura creada en el tiempo, del infierno colectivo. El amor, la única religión cuyo dios es falible, según la expresión de Borges, cuando nace el desamor conduce a un retorno a la individualidad. Es el gusano enamorado de una estrella, diría Edgar Morin. Pero mientras existe como fuerza pasional hay una disolución momentánea del yo, un deseo de unidad que hace de uno el cielo del otro. Allí tiene su terreno fecundo el arte que nace del anhelo de diluir al autor en la apreciación del desconocido. Con los grabados que Antonio Samudio realizó para el Libraco Porno, que es algo así como un momento de juego en torno al erotismo, a la obscenidad y a una suerte de inocente pornografía, nos sentimos más cerca de Pietro Aretino que de Gustavo Adolfo Bécquer, más cerca de Catulo o de Marcial que de Eluard o de Neruda, más cerca del burlesco Bocaccio que del tedioso marqués de Sade. Imagínense un

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teatro en donde una mujer desnuda se va poniendo poco a poco la ropa, en un anti-striptease, hasta quedar completamente vestida. Un lugar así es donde se señala que la desnudez es inocencia y que no hay nada más pornográfico que el ropaje. Se trata de una herejía, de una burla emprendida como una cruzada contra la doble, y a veces triple, moral canonizada. He aquí entonces un manual herético del amor que ataca el falso pudor, cobijado bajo la mirada siempre burlesca de Antonio Samudio. Y en la compañía de una buena muestra de versos de poetas colombianos, amorosos unos, obscenos otros, eróticos o pasionales los más. A propósito de amores heréticos bien vale la pena recordar un episodio narrado por Charles Baudelaire en Mi corazón al desnudo, en el que recuerda la doble moral del burgués. Evoca el poeta una tarde en la que fue en compañía de una joven puta al Louvre, y cómo la muchacha se ruborizaba al ver desnudos que calificaba de obscenos, haciendo toda suerte de mohines, muy a la manera de las “putidoncellas” quevedianas. Es la misma doble moral de un viejo verdugo de París que rebanaba cabezas a granel y no podía soportar que alguien cortara una rosa de su jardín. En este libraquito hay es-

condidas muchas preguntas. Como ciertas madonas del arte clásico, de pronto se nos recuerda la cercanía de Eros en los territorios de la santidad, aunque nuestro San Antonio no sea patrono de las solteronas, ni un casamentero mayor. No está la estética de estos grabados cerca de ese cuadro en el que Courbet pintó un sexo femenino de forma naturalista y detallada, como el ícono de una nueva religión, un óleo al que le dio por título El origen del mundo. Ni se encuentra en las vecindades de esas lánguidas muchachas de Balthus atravesadas por las saetas de una mirada victimaria, esas Lolitas pintadas que a veces parecen como las del mismo Nabokov, corruptoras de mayores. Ni festeja tampoco del “amor loco” que vadea tenues fronteras entre lo sagrado como fetiche y lo profano como tal, entreverando la gula de Dios y la gula del cuerpo. Se trata más bien de un divertimento, de una forma de restarle solemnidad a Eros, a ese dios que nació del huevo primordial engendrado por la Noche, y de hacerle guiños a Cupido, diosecito burlón que sabe muy bien, como lo sabía el poeta y grabador William Blake, que “la desnudez de la mujer es obra de Dios”.


P o l í t i c a

El rey y el pueblo Por Rodrigo Pérez Gil

La Historia Política Hoy Editor César Augusto Ayala Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2004, 419 págs.

N

ombro esta reseña invir tiendo el título del bien escrito y documentado libro de John Phelan, El Pueblo y el Rey. La revolución Comunera, que aparece citado en un capítulo, o ponencia, de La historia política hoy presentada al Seminario de historia política (mayo 2002) en la Universidad Nacional por Ingrid Johanna Bolívar acerca de la “interacción histórica entre política y cultura” (pág. 361). En la mayoría de las catorce ponencias sobre este tema que aparecen en el libro, y en el mismo libro de Phelan, nos parece que el rey encabeza la procesión, un rey desnudo (Hans Christian Andersen: los sastres del rey le han hecho un intrincado y laborioso vestido tejiendo hilos invisibles, y así desnudo lo porta ostentoso a los ojos del niño asombrado que exclama), un rey desnudo va, pues, delante del pueblo y le da sombra, al pueblo sujeto, no en el sentido de constituido, o por constituirse, sino en el sentido de anudado, investido, sojuzgado y borrado, desplazado, empero latente, virtual, en el sentido de no-actual. La primera parte, de tres, en este interesante libro de Phelan (con prefacio del propio autor escrito en Madison, Universidad de Wisconsin en 1975, habiendo muerte de repente poco antes de ver editada su obra en 1978 por la misma Universidad), está dedicada a Carlos III, la intermedia al criollo del Socorro Juan Francisco Berbeo, jefe de la expedición comunera, y la última a Antonio Caballero y Góngora, arzobispo-virrey de Nueva Granada, firmante, con los comuneros, y abjurante de las capitulaciones de Zipaquirá. Son los

protagonistas del relato. Sin embargo, hay un claro contraste entre estos dos libros: el de Phelan se puede leer en un solo y largo aliento, mientras que el otro, el fárrago, la hojarasca de las ponencias (profesores de la U.Nal. Bog otá, UIS de Santander, Univalle, CINEP/ Uniandes) hace penosa la lectura y mínimo el provecho. Se trata de una diferencia de estilo y de objetos de elección, diferencia de pasiones, aunque comparten importantes puntos de vista. Encontramos, de otra parte, importante la ponencia de Diana Marcela Rojas (IEPRI, U.Nal.) sobre la necesidad de releer la historia política nacional desde la perspectiva de las relaciones internacionales, y la de Oscar Almario de la U. Nacional-sedeMedellín, que recrea las preguntas de Germán Colmenares, sobre el valor imprescindible de los estudios regionales y la historia de la constitución, frágil, de las etnias, los negros en particular, en Puerto Tejada, en Cauca, en el Valle. Apreciamos también la ponencia breve de Alberto Bejarano, de la Universidad Nacional, sobre un caso de prensa de oposición en la pluma de Pedro Escudriñez, seudónimo de columnista del periódico El Autonomista, y de El Debate, hacia 1896 y 1898, crítico feroz del régimen impuesto por la Regeneración de Núñez y Caro, ¡Oh gloria inmarcesible! Si no fuera por estas ponencias, a propósito del libro que reseño, vuelve por fuerza la cuestión de NietzscheGoethe en la Segunda Consideración Intempestiva (1874), la cual arranca el filósofo con la cita del poeta , y que se aplica casi enteramente a este libro editado por la Universidad Nacional, con mínima instrucción y mucha erudición, cuántas citas, y en cambio, estas mismas palabras no le cuadran al de Phelan. Dice Goethe: “Por lo demás, yo detesto todo lo que no hace más

que instruirme, sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente”. Si tales estudios no producen de veras un movimiento, y se limitan a una reflexión, o a una comunicación, a una repetición o a un mero trabajo de archivero, ¿de qué nos sirven? El título del texto que reseño evoca el del libro editado originalmente en 1978 por Mario Arrubla, quien también lo introduce: Colombia Hoy, Perspectivas hacia el siglo XXI, reeditado con prólogo de Jorge Orlando Melo y con adiciones en 1991, escrito a varias manos. Y es preciso volver Hoy a las palabras del mismo Arrubla en su ensayo en este libro: “Síntesis de Historia Política Contemporánea” (1978): “el libre juego de las ideas políticas tiene que presentar gravísimos interrogantes cuando se revele en gran medida inocuo frente a los males de la existencia social”. Insiste al final en que las ideas, “incapaces de articularse con la realidad social tienen bloqueado el acceso a la seriedad”. No se trata para nada del pesimismo del para qué la poesía en tiempos de vacas flacas, el nihilismo del para qué la historia política, o si está muerta, no se trata de idealismo tampoco, se trata de otra cosa. Sin duda, de resistir. Los ojos del espíritu son un animal que salta, y el duende trasiega los bordes del pozo donde mana la herida. Es superflua, y es vana, la pregunta que se hace Oscar Almario encabezando su documentada y bien escrita ponencia, sobre el suroccidente de Colombia: “Si la Historia Política ha muerto o está de vuelta es algo que debemos discutir ampliamente [...]” (pág. 117). Teófilo Medina, en la primera ponencia del libro acerca de la Historia Comparada, cita a Colmenares cuando se refiere al ensimismamiento de casi todos los historiadores (pág. 17). Sin duda, en el sentido de que hace falta la “Historia Comparada”, como relieva

el profesor Medina; sin embargo, nos parece que Colmenares apunta sobre todo a la idea, que vuelve a traer Diana Marcela Rojas en su ponencia citada, acerca de “la necesidad y la importancia de una relectura de la historia política del país desde una perspectiva internacional” (pág. 328-9), por cierto en mora. Nos parece valioso el objeto del ensayo de Almario sobre los estudios históricos de Cauca, Nariño, Valle, su pretensión de avalar los estudios regionales -dentro de una historiografía generalmente centrada en una especie de antigua parroquia alrededor del Estado donde la lengua se estanca-, el estudio de la configuración de los conflictos y las economías de los medios, de las regiones con sus etnias, haciendo así bascular el centro grávido de la mayoría de los estudios de este talante, condenados a repetir la historia de la Construcción de la Muralla China (ver el cuento de Kafka), es decir de la Soberanía, o del Estado-nación, objeto de muchas ponencias en este libro: la de Ar mando Martínez Garnica de la UIS de Santander, la de Fernán González del CINEP, la de Ingrid Johanna Bolívar, del CINEP/Uniandes, la de Fernando Estrada de la UIS, la de José David Cortés de la Nacional sede Bogotá. Aún si cada una de éstas tiene su objeto específico, la última, por ejemplo, “Lecturas sobre la iglesia católica como actor en la historia política colombiana”, el Real Tema de estos ensayos es la cuestión de la construcción del Estado-Nación, condensado en los procesos dados lugar, por ejemplo, entre la Iglesia y el Estado, en el caso de esta última ponencia del profesor Cortés, en la llamada Regeneración. Son ensayos que recaen en un ensimismamiento, lo cual nos hace pensar en la antigua prohibición colonial de impedir el acceso a estas colonias ensimismadas de

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P o l í t i c a cualquier extranjero, menos con la pretensión de trazar mapas. Con todas las citas de textos escritos por autores extranjeros, las ideas que a través de casi todos ellos traen el grueso de estas ponencias, en rigor, no vienen de afuera, no traen aire que respirar, no son novedosas y no son pertinentes a la hora de hacer un diagnóstico de la problemática colombiana, ventilan el mismo reducto en torno a las “debilidades de Estado”, salvo ciertas luces ocasionales, los autores norteamericanos, por ejemplo, sobre la delincuencia urbana (1930-50) que cita Adolfo León Atehortúa (Univalle), en su ponencia La historia política a través de sus actores, salvo ciertas apreciaciones de Daniel Pécaut. Todavía seguimos siendo xenófobos, en cuanto está prohibido a los extranjeros trazar mapas de la nación -fue el caso de Bolívar y de Sucre, venezolanos-, prohibido incluso a un nativo-extranjeroen-su-propia-tierra, como, de cierta forma, fue el caso de J. E. Rivera de Neiva (Huila), quien logró, pese a la prohibición imperante hasta el sol de hoy, y a costa de sí mismo (muere de 40 años en Nueva York), pintar, hacia 1924, en una obra intempestiva, un mapa vivo y genuino del país. Ingrid Johanna Bolívar (CINEP/Uniandes), que cita a Phelan en su ponencia La interacción histórica entre política y cultura, quiere dar un ejemplo, con el tema de la revolución de los comuneros, de una especie de estrabismo común a muchos historiadores. ¿Incluso Indalécio Liévano Aguirre, con sus Conflictos Sociales y Económicos de nuestra historia, al que cita Phelan, objetando su postura frente al fiasco, el fracaso de los comuneros? Según Liévano, éste ocurrió sobre todo por la defección o traición de los patricios, del criollo Berbeo y los demás de la Junta y los de Tunja, quienes temieron el empuje que tomó el movimiento en un momento dado. Phelan asegura que no hubo tal fiasco, y que el movimiento comunero, de carácter más bien “tradicional” que revolucionario, 16

fue un gran logro para casi todos los sectores que componían los concernidos por las reformas económicas de Carlos III, los viejos y nuevos monopolios, tierras, tabaco, sal, y aguardiente, aún bajando los precios, luego de consolidar su monopolio, y de esta forma recaudar más y mejor dinero en las arcas reales para las fracasadas guerras de España, con Inglaterra, con Francia, en las mismas colonias. El profesor Medina, por su parte, en su ponencia sobre la Historia Comparada, declara que “en Colombia la construcción del mito nacional ha tomado una forma paradójica” (pág. 25). Cita a Norbert Elias (autor recurrente en estas ponencias), que se refiere a una utopía alimentada “por la imaginación colectiva”, una “representación fantasiosa” de la sociedad. Escribe Medina: “Yo diría que el mito nacional colombiano se plasma en la utopía-pesadilla de la violencia, de su inevitabilidad y persistencia. En este orden de inquietudes Daniel Pécaut anotó hace ya algunos años: ‘Fue preciso que viniera finalmente Gabriel García Márquez para ofrecer el gran mito de la historia colombiana: el estallido del espacio, la inmovilidad del tiempo, la condena a la repetición’. Con dureza la omnipresencia de la violencia no sólo golpea la cotidianidad de todos, sino que la pesadilla constituye la atmósfera ominosa de inteligibilidad de nuestro pasado” (pág. 26). ¿Mito-utopía-pesadilla, la violencia? Evocamos las primeras palabras de la novela de José Eustasio Rivera, siempre actual, como acabada de salir del horno, de las puertas del Inferno: “Antes de apasionarme por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. Así que ésta, la utopía, el mito, la pesadilla de Norbert Elias y de Medina, la violencia, también es una novela, La Vorágine, y no sucede en los libros sino afuera en el mundo, en la vida corriente, incluídas las fantasías y las fiebres del genial Rivera, quien, con ella bajo el brazo, para promover su traducción al inglés y una edición

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en Nueva York, consiguió tiquete de ida y vuelta, aunque lo devolvieron ya muerto, inaugurando, o casi, la aviación en 1928, el poeta, luego de traer, con su novela, un viento de afuera, murió ahí, donde estuvo a menudo, en sitios de frontera, concernido por el asunto de los mapas, siendo funcionario del Estado, y sobre todo cuando creó su obra narrativa, la cual vuelve a inventar una lengua dentro de otra lengua, un viento vivo y temible de afuera, esta vez del corazón de la selva ecuatorial, vortex, vértigo que atrae a Arturo Cova y los personajes de esta obra, ahí donde pulula la cruzada de tambochas, a la hora del lobo que es la hora más oscura de la noche. Utopía, literalmente, del griego U-topos, quiere decir, No-lugar, Nowhere, En ninguna parte. Se refiere a algo que no tiene lugar, aunque no sea imposible, algo que no es actual, Nowhere-Hoy, carece de memoria y de presente. Pero, Nowhere también puede leerse Now-here, así que en Ninguna parte es Ahora y aquí. La novela, esta fabulación o delirio del poeta, es el reloj que se adelanta y es la pura latencia del clima nacional, el mapa genuino, nada de mitos, es una utopía (Nowhere) ahora y aquí (Now here). Pero ocurre que los árboles impiden ver el bosque y no se ve sino el polvero de la guerra, la violencia, en casi todos los estudiosos de la historia en Colombia, Ricaurte en san Mateo en átomos volando (invento de Bolívar). Se pierde la trama sutil que arma día a día los hilos de la telaraña, el arte de la captura, ¿una utopía, una “representación fantasiosa” la violencia en Colombia? Gabo y Botero tienen mucho en común, virtuosos y perversos artistas, pintan la violencia y de tal manera, que nos dan -en el caso de Botero, junto con su colección de pinturas-, las buenas maneras de escribir, de pintar, en lugar de darnos la buena escritura y la buena pintura. Sucede, para mejor captar la diferencia, como en el caso del francés cuando dice que los ingleses tienen las buenas maneras

en la mesa, mientras que los franceses tienen la buena mesa, aunque este mismo francés decía que si él no fuera francés, sería un inglés, a lo que el inglés, obstinado, insular, igual que Botero y Gabo, dice: “Si yo no fuera un inglés, sería un inglés”. ¿Incorruptibles hasta el sol crepuscular de hoy, en el ojo del huracán del corazón de las tinieblas? Tenemos de otra parte, sin embargo, acerca de este mito de la violencia, que el mismo Daniel Pécaut, citado por Medina en su ensayo, escribe, en Orden y violencia: “La violencia es consustancial al ejercicio de una democracia, que lejos de referirse a la homogeneidad de los ciudadanos, reposa en la preservación de sus diferencias “naturales” [...] y que,

Seducción


P o l í t i c a lejos de aspirar a institucionalizar las relaciones de fuerza que irrigan la sociedad, hace de ellas el resorte de su continuidad”. Nos parece que estos ensayos referidos, centrando sus análisis alrededor del tema del Estado-Nación, igual que la mayoría de los estudios sobre la violencia, no dan en el punto, cogen el rábano por las hojas, ensimismados, no ven sino el polvero, confunden el efecto con la causa, el síntoma con la enfermedad, la parte y el todo. Hay en el aire de la guerra actual una trama molecular que no se deja captar, parece invisible igual que el traje del Emperador, evasiva, imperceptible, pese al Ruido, es preciso captar al rey desnudo. Y para ello sirve traer a cuento los análi-

sis de Giorgio Agamben acerca de la Soberanía y sobre la fractura de la tríada Estado-naciónterritorio, en su obra Medios sin fin. Notas sobre la política (1996). Acerca de la soberanía del Estado: “el poder no tiene hoy otra forma de legitimación que la situación de peligro grave a la que apela en todas partes de forma permanente y que al mismo tiempo se esfuerza en producir secretamente (¿cómo no pensar que un sistema que que ya sólo puede funcionar sobre la base de una situación tal no va a seguir también interesado en mantenerla a cualquier precio?)”. Así también, los refugiados y los desplazados revelan la crisis, la fractura del Estado-Nación-Territorio: “En la decadencia del Estado-nación y corrosión general de las categorías jurídico-políticas tradicionales, el refugiado [el desplazado] es quizás la única figura pensable del pueblo en nuestro tiempo y, al menos mientras no llegue a término el proceso de disolución del Estado-nación y de su soberanía, la única categoría en la que hoy nos es dado entrever las formas y los límites de la comunidad política por venir”, declara Agamben. En el prefacio a su libro El Pueblo y el Rey, John Phelan escribe: “En la Nueva Granada de 1781 era impensable un mundo sin monarquía. Podría pensarse sí en una radical transferencia de poder de los españoles a los criollos, bajo el manto protector de la legitimidad monárquica. [...] Ni Carlos III [con sus reformas tributarias radicales] ni sus leales vasallos en La Nueva Granada lograron sus utopías. Las utopías tienen la costumbra de esfumarse cuando nos acercamos a ellas. [...] Sin repudiar jamás su lealtad a la corona, Galán no tenía ninguna idea consciente, ni siquiera en embrión, sobre la conveniencia de darle un nuevo orden a la sociedad”. ¿Ni siquiera en embrión? ¿Por obra de Cronos (Saturno) devorando a su criatura, culebra que se come, o se muerde, por la cola? ¿Era impensable un mundo sin monarquías, en los y sometimiento. Oleo /Tela. 165 x 130 Cm. 1999 mismos pueblos indios vivien-

do al margen de los centros chibchas, a distancia del imperio inca, nómadas, salvajes y libertarios en mucha parte del territorio colombiano? El mismo libro de Phelan narra los tumultos provocados por los incas y Túpac Amaru en Perú justo por este mismo tiempo, y trae la proclama de éste, “Acta de la Independencia de la corona española” (como diría Bolívar de la carta de Lope de Aguirre al rey, Primer acta), reproducida, con sus propias palabras, muy pronto por los indios del Cocuy en el norte de Boyacá y por los indios de Silos en Santander, en mayojunio de 1781 (Galán es cazado en septiembre) llevando leña al fuego de la sublevación comunera. Los capitanes del Cocuy escriben a los indios de Támara, Ten y Manare en los llanos, leemos en el libro de Phelan, “Les participamos cómo hay coronado Rey nuevo en las Indias, y se llama el poderoso don Josef Francisco Tupa Amaro [...] Les participamos que se han levantado muchos lugares: ciudad de Vélez, villa de San Gil, el Cocuy, Mogotes, Santa Rosa y otros”. Ingrid Bolívar cita a Phelan, cuando dice que con las capitulaciones de Zipaquirá [repudiadas por las autoridades] casi todo el mundo obtuvo un beneficio, “ricos y pobres, patricios y plebeyos, blancos, indios y negros libres. Sólo quedaron por fuera los esclavos negros” (pág. 381). ¿En que clase está Galán, hijo de español pobre y de mestiza o mulata, ahorcado, degollado y descuartizado, esparcidos sus miembros, un brazo en Guaduas, cuna de Pola, ese “hombre de oscurísimo nacimiento”-con sangre mulata, igual que Bolívar-, en palabras del arzobispo Caballero y Góngora, el Pacificador del momento? Hay que ver cuáles fueron las “concesiones significativas”, luego de reestablecer el orden colonial, ya repudiadas las capitulaciones de Zipaquirá, que hizo el virrey a las comunidades. Hay que ver qué pasó en verdad con los indios, con sus resguardos y sus pueblos “a son de campana”, ahora sin las salinas de

Nemocón, expropiadas por el fisco real. Que, con la cruda sentencia aplicada a Galán, la Audiencia hizo de él un mito, sostiene Phelan. Ingrid Johanna, por su parte, en su ponencia, asevera: “La política ni en ese entonces ni ahora implica escoger entre lo bueno y lo malo, sino entre lo malo y lo menos malo” (pág.381). Qué esperanzas. Hacia el final del libro, escribe Phelan: “El movimiento de independencia fue esencialmente aristocrático e intelectual. No fue el levantamiento de las masas laboriosas y oprimidas”. Expresa además: “Ni Carlos III ni sus leales vasallos en la Nueva Granada lograron sus utopías. Las utopías tienen la costumbre de esfumarse cuando nos acercamos a ellas” (la negrilla es mía). Leamos esta afirmación junto con las últimas palabras del libro: “Por mucho que los patriotas colombianos deban respetar el recuerdo y las acciones de Juan Francisco Berbeo y de José Antonio Galán, los comuneros, en última instancia, eran voceros de un mundo que pronto habría de esfumarse en el pasado. Fue Caballero y Góngora quien, sin darse cuenta, abrió la puerta que daba la futuro”. Se refiere, particularmente, a las acciones del virrey tendientes a liberalizar la educación e impulsar la producción de sus vasallos, sobre todo en el Socorro y villas aledañas, San Gil y demás, cuna de las sublevaciones. La propiedad del notable texto de Phelan, es que trae entreveradas y muy precisas, las pruebas que demuestran algo más bien contrario a su tesis manifiesta, como una especie de culebra que se muerde o se come por la cola, pues la escitura viva secreta. Con el libro editado por la U.N., uno aprende algo, aún si termina remal, con la ponencia de Fernando Estrada de la UIS, acerca del provechoso expediente que pueden ser las metonimias y las metáforas para comprender la naturaleza del conflicto político-social y ayudar a sus soluciones parciales. Uno cree en las metamorfosis, no en los mitos y en las metáforas.

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C r ó n i c a

El Compañero de viaje y sus maestros Por Ricardo Sánchez

Cuatro maestros Pemán-R.. Augusto Ibañez Editor 216 páginas Bogotá, 2005

L

a crónica literaria es un gé nero mestizo que va del periodismo a la literatura, a la historia, la política, a la crítica social y artística. No la define su brevedad, a la manera de las que escribiera con aire de artista Luis Tejada y que recogidas en libro, decidió titularlo, precisamente Libro de Crónicas. Ni tampoco su copioso paginaje como la que escribiera en varios tomos, con incorregible vanidad y narcisismo, el memorialista Carlos Lleras Restrepo, con el título Crónica de mi Propia Vida. No obstante ambos libros son lmprescindibles para la historia del siglo XX colombiano.

testimonio en su acepción combinada, subjetiva y objetiva.Por todas estas razones es que podemos hablar del libro de Pedro Manuel Rincón Cuatro Maestros como un libro de crónicas, donde se da cuenta de las semblanzas personales e ideológicas de cuatro protagonistas de primer orden del quehacer intelectual y universitario de vanguardia ilustrada y moderna, además de luchadores por la democracia real, el pluralismo ideológico y el por venir socialista: Gerardo Molina, Antonio García, Darío Samper y Luis Vidales. El libro tiene un preámbulo donde se ubican las líneas

gruesas de la república y su proceso socio-político en que actuaron los Maestros a que se refieren estas crónicas, un esbozo sugestivo y acertado. El autor de este conjunto de Crónicas, Cuatro Maestros Pedro Manuel Rincón estudió derecho en la Universidad Libre y ejerció desde temprana juventud el liderato de la protesta universitaria y luego fue dirigente nacional de las juventudes anapistas hasta llegar al Congreso de la República en calidad de vocero de la oposición. Como líder desarrolló labor empecinada de educación política en barrios populares de Bogotá y otras ciudades del país, al

Lo que distingue a la crónica, independiente de sus usos y contenidos es su carácter popular y que le permite la inmensa aceptación de los lectores, escapando a los compartimentos estancos de los géneros como clasificación acartonada de las academias. Además es de naturaleza esencialmente libre y suele desdoblarse en un mismo texto, accediendo a lo transversal y disperso. Es ágil y asume el traje de la levedad en la acepción de Italo Calvino, como opuesto a lo pesado, aplastante. Se trata de la gravedad sin peso que se constituye en virtud del oficio del escritor. El primado de la crónica es la levedad y el subjetivismo sobre la manera de contar los episodios, los sucesos que merecen ser narrados por el autor. Y que siendo reales, se convierten en verosímiles, escapando a las comprobaciones fácticas y al establecimiento de verdades. Es el 18

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Estudio de descendimiento. Mixta/ Papel. 70 x 50 cm. 2003

igual que periodista en Alerta el órgano oficial de la ANAPO y en Mayorías el periódico del Frente de los Trabajadores que seguía las orientaciones de Antonio García. Colaboró en el suplemento cultural de La República bajo la dirección de Darío Samper, fue jefe de redacción de la revista Consigna y fundador y colaborador de otras publicaciones. Participó de la formación del movimiento Alianza Democrática M-19 y ha sido un verdadero inconforme y rebelde en la búsqueda de nuevas fuerzas y esquemas políticos a favor de Colombia. Pedro Manuel Rincón es un verdadero conjurado por la amnistía a los presos y perseguidos políticos, por la paz digna, realista y posible. Un alentador de tertulias y un bohemio que encuentra en el oficio de escritor el tránsito de la prosa a la poesía. En todos estos rasgos de su personalidad, además de fervoroso lector están las claves para entender la madurez de esta cosecha de las Crónicas sobre estos Maestros de la buena política, la que descansa en el doble movimiento de la utopía social y la dignidad humana. El libro recoge las vivencias del autor en relación a estas caracterizadas personalidades de izquierda humanista quienes supieron vivir con dignidad y luchar con entusiasmo, arrojo y valor civil permanente contra las violencias del régimen oligárquico y proponer soluciones concretas de reformas que evitaran el vergonzoso sometimiento de la nación a los dictados de la potencia imperial norteamericana, al mismo tiempo que se alertaba sobre la precipitada caída de Colombia, en la crisis destructora y disolvente que vivimos en profundidad desde el 9 de abril de 1948, con


C r ó n i c a breves momentos de renacer democrático. Sin que nos haya sido posible contrariar los signos negativos de criminalización y barbarie sobre las mayorías nacionales y la consolidación de un aberrante sistema de privilegios, de atornillamiento del gran Capital y sus propietarios, en un contexto de maquillajes republicanos y de democracia de papel. Molina, García, Samper y Vidales fueron líderes morales y políticos que oteaban el futuro preñado de desgracias y clamaron sobre la importancia de la unidad del pueblo, sus organizaciones sociales, partidos y dirigentes para mantener viva la presencia de las libertades y los espacios de la democracia, la demanda por los derechos sociales y las reformas económicas al servicio de la nación y del pueblo. Aunque con matices y énfasis diferentes y a veces contradictorios, pero que estaban en la perspectiva emancipadora. No es mera casualidad que los cuatro maestros fueran del estado mayor de Jorge Eliécer Gaitán y su movimiento. Científicos sociales de primer orden Antonio García y Gerardo Molina cuya labor profesoral en las Universidades Nacional y Libre y en otros centros populares-educativos dejó huella imborrable, constituyéndose en verdaderos clásicos del pensamiento colombiano y latinoamericano. Los libros de García y Molina tienen el rigor y la seriedad investigativa necesarias. Darío Samper fue catedrático de reconocida prestancia y dedicación, que combinó la sapiencia con la elegancia y la amenidad como valores pedagógicos insustituibles. Es de los cuatro el más dedicado periodista político, llegando a ser director de Jornada, el diario del movimiento gaitanista, además de parlamentario y rector universitario. Y consumado poeta social y político que figura con derecho propio en los anales de la república de las letras.

El pintor y la modelo. Oleo/ Lienzo. 90 x 130 cm. 2003

Luis Vidales comunista y poeta de vanguardia con renombre juvenil cenital y perenne. Investigador de la estética con el prisma social y cultor de las estadísticas, temas sobre los cuales dejó importantes libros. Son los viejos Maestros del escritor Pedro Manuel Rincón quien ha sacado del jardín de su memoria racional y sentimental, de sus papeles y escritos testimoniales sus impresiones y lecturas. Para establecer un notable fresco literario e histórico de avezado Cronista, sobre estos personajes y su periplo vivido, el que les correspondió ejercer al lado de su testigo y actor, el autor de este breviario lleno de ternura, reconocimiento, manejo de los temas y análisis de sus personajes. El Molina, el García, el Samper, el Vidales aquí retratados y la valoración del sentido de sus obras son de propiedad y creación de su autor. Son de Pedro Manuel Rincón y sin embargo así eran en la vida, eso es lo que significan, el sentido que les atribuye Pedro Manuel es el acertado. Como verdadero cronista, en la mejor tradición Pedro Manuel no sólo cuenta, encuentra aspectos desconocidos u olvidados

que le dan nuevos sentidos y valoraciones a lo establecido sobre estos personajes. Así de Antonio García, su jefe político e ideólogo en la ANAPO socialista, por boca del mentor de Piedra y Cielo Jorge Rojas y de Carlos Martín ensayista y poeta, sabemos que el tercer cuaderno del movimiento eran poemas de García, quien ya los había dado a conocer a tan calificados lectores, con el revés de nunca entregarlos. De Luis Vidales recoge la traducción, de alta calidad, de La Balada de la Gorda Margot de Francois Villón. De su estimado Maestro de juventud, Darío Samper, el autor señala en este párrafo una característica de su personalidad, que no contradice pero si complementa la conocida de su afabilidad y caballerosidad. En la mejor prosa modernista dice Rincón: Cuando Darío escribía para dar una batalla, su mandoble asombrosamente bruñido al calor del verbo ígneo, en el fogón del adjetivo incandescente, en la capacidad de desnudar el alma del contrincante con una frase, daba golpes tales que su polemista, luego de pender indefenso de la punta de su espada escrita, caía ruidosamente a un lado de la

brega, tras el benévolo empujón dado por el escritor con la empuñadura de su acero. Sus períodos escritos imponían al adversario un pánico de ratas en naufragio. Alguna vez le oí decir sobre el particular a Antonio Rocha, entonces rector del Colegio Mayor del Rosario, con un «dulce escepticismo de los viejos» de que hablara Montaigne y que con frecuencia recordara Samper, que éste - Darío -, era, después de Vargas Vila, el más incisivo panfletista que ha tenido el periodismo colombiano, (p. 131) De todos ellos logra retratos fieles en finas pinceladas, acompañado de abundantes anécdotas degustadas en licor y vino como en e! caso del poeta Luis Vidales. Al igual que síntesis de sus pensamientos y sus significados más valiosos. Es el rescate de su propio periplo como discípulo, contertulio y camarada de lides intelectuales y políticas. Un auténtico compañero de viaje. Ricardo Sánchez es Profesor Asociado de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor Titular de la Universidad Externado de Colombia yProfesor del Depto de Filosofía del Derecho de la Universidad Libre.

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P o e s í a

Jattin revisitado Por Juan Carlos Gonzalez Franco

Amanecer en el valle del Sinú, Antología poética. Raúl Gómez Jattin. Selección y prólogo: Carlos Monsiváis. Colección Tierra firme Fondo de Cultura Económica, 2004 Bogotá, 209 páginas.

palmo y en cada extinción aparecía un entrañable texto como epitafio de su propia existencia. Su poesía es teatralidad y exultante simbolismo, tragedía que puede verse contenida en la noción griega de un destino del que nunca se puede huir, así como uno de sus versos más conocidos, “la poesía es la única compañera, acostumbrate a sus cuchillos que es la única”. Más adelante, él mismo asu-

y leía a Stefan Zweig algo de la miel de [estas novelas sele adhirió como una máscara y una s[eñal... (La imaginación: La loca de la casa) Encontramos en esta antología una selección de poesía que sin duda recoge el espíri.tu de su autor, donde los Retratos, el Amanecer en el Valle del Sinú, los Hijos del tiempo, el Esplendor de la

poeta que, tras cada nueva flagelación, iba siendo destrozado sin clemencia por sus propios “cadaveres exquisitos”. La herida infringida por esa poética sensual que, casi como una diosa blanca, lo condujo de la locura a la desfiguración, hasta llegada esa muerte tan extraña. Antes de devorarle su entraña pensativa Antes de ofenderlo de gesto y de palabra

El vehemente. Tempera/ Papel, 17 x 70 cm. 2003

Nos muestra este libro, antología de la obra de Raúl Gómez Jattin, la visión sin prejuicios del escritor mexicano Carlos Monsiváis sobre la obra de uno de los poetas más indescifrables de la literatura colombiana actual, precisamente por que la compilación no involucró esa idea que de Jattin se han formado sus lectores gracias a los avatares de su vida y de su muerte, aun en entredicho. Monsiváis se introduce en la obra de Raúl, descubriendo una poesía que adopta la vida como una cruzada hacia el encuentro con sigo mismo, en un “canje de realidades” que mira con óptica descarnada aquellos dos mundos que encierra la creación poética Gómez Jattin admitió el éxtasis de su desintegración, de su autodestrucción, vivió muriéndose, se mató cada instante, cada 20

me su destierro como un designio de su musa inquietante, “tranquilos, que solo a mí suelo hacer daño”. Lo afirma Monsiváis “A Gómez Jattin le importa, de modo casi literal, internarse en sus textos, adoptar la identidad que estos le conceden.( ...) Jattin vive en su cuerpo como un condenado, aquel cuerpo que se vive en la condenación y que prevalece a través de la leve huida que implica el condenarse y la leve presunción de la vida austera y, al mismo tiempo, de la soledad”. Psiquiatra él y además escritor de temas folklóricos ingenuo a toda prueba padece raptos líricos que no sofrena. Anteayer un muchachote simpático y casi [inteligente que tenía novias prosaicas y amores [prohibidos

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mariposa y Del Amor, nos enseñan esa escalofriante integración entre el poeta y su vida. Acaso verle desde la optica de poeta maldito local, aleje a muchos lectores de la realidad misma de un espiritu que va más allá de la simple postura de “loco”, dado que en esta revisión del Fondo de Cultura Economica, la tarea central tiene que ver con la desmitificación de un autor con una “triste y asombrosa historia” sobredimensionada precisamente sobre la parte de su vida menos relevante a la hora de sacar conclusiones. Monsivais no escatima, sin embargo, en darle prelación a los rasgos que hicieron de Jattin un raro especimen dentro de la mojigata literatura colombiana, una suerte de “paria de sí mismo”, si se me permite el termino, y un

Antes de derribarlo Valorad al loco Su indiscutible propensión a la poesía Su árbol que le crece por la boca Con raíces enredadas en el cielo Él nos representa ante el mundo Con su sensibilidad dolorosa como un parto. Este poema, Me defiendo, puede ser otra de sus lapidas, otro cuchillo algunas veces surrealista otras expresionista, con el cual las palabras se vuelven ese fatidico oraculo ante el que ni el propio adivino ha de escapar, la suma de todos los males y su pierrot más patético e inclemente. Juan Carlos Gonzalez Franco es gestor cultural, curador de arte y pintor. Director de Franco Galería-Editora y de la revista Artificios.


C r í t i c a Nuevas crónicas palestinas El fin del proceso de paz Nueva edición revisada y ampliada (1995-2002) Mondadori, Arena abierta Trad de Francisco Ramos Barcelona 2002 351 páginas Muchos de los artículos recogidos en el presente libro, si no la totalidad, hacen parte de las columnas de opinión que el escritor y crítico Edward Said consignara en diferentes diarios alrededor de las vejaciones y problemas que ha tenido que sobrellevar el pueblo palestino en más de cuarenta años de persecuciones y conflicto territorial con Israel. Said es un eminente académico que no deja ningún aspecto sin revisar y sus artículos pueden dar luz sobre un problema que los medios de comunicación han manipulado para su provecho. “La más formidable y temible maquinaria de propaganda ha logrado la monstruosa transformación de un pueblo entero en poca cosa más que ‘militantes’ y ‘terroristas’”. Pasado ya un tiempo de la muerte de Said y recrudecido el panorama sobre lo que occidente tiene por “derecho” sobre oriente próximo, las críticas de Said al proceso de paz – apenas una mascarada sin mayor trascendencia militar-, y sus vehementes acusaciones contra esa suerte de “sionismo norteamericano”, mantienen su estatus de actualidad pese a los intentos por liberar a Palestina de ese eterno Deja vu en que se ha convertido su pugna territorial. “Los resultados seguirán siendo los mismos: la catástrofe y el descrédito para nosotros como árabes”. Correspondencia (1907-1914) Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña Biblioteca americana Edición de José Luis Martínez México, 2004. 620 pág. De una correspondencia pueden decirse muchas cosas, primero que un editor cree ver en ella un motivo suficiente para publicar

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un libro digno de atención y la segunda, que tras su carácter de texto no público, puedan los lectores convertir en un fetiche algo que no pasa de lo meramente anecdótico. Con Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña pasa algo extraño, los conocedores de su obra esperan ver explayados una infinidad de temas y encuentran que la realidad es otra. ¿Que más pueden hacer un par de amigos intelectuales en sus cartas aparte de enunciar superficialmente algo que los dos conocen de sobra? Para lectores novatos el problema será el íntertexto, todo aquello que en la lectura nos queda velado cuando dos desconocidos hablan sobre otra cantidad considerable de desconocidos, mencionando apenas casualmente hechos que de seguro estarán expuestos más detalladamente en las obras reunidas (También del Fondo de Cultura Económica) de dos titanes del mundo intelectual en nuestra América. Queda, eso sí, una bibliografía impresionante y la triste sensación de no tener dos vidas para poder leerla toda. Vida de una Geisha Mineko Iwasaki En colaboración con Rande Brown Byblos Trad: Maria Eugenia Ciocchini Barcelona 2004 366 pág. La idea que occidente se ha hecho de la cultura oriental trae a cuento un problema de apropiación demasiado complejo. Como occidentales hemos visto la caricatura de un mundo mitificado por samuráis y prostitutas educadas en medio de extrañas salas de papel y madera, ceremonias de té y una industria robótica cercana a la ficción. La idea del mundo oriental ha estado condicionada por el cine de Hollywood y una avalancha desproporcionada de anime y comic hentai. Uno de los iconos de la cultura japonesa, el mundo de las geishas, es uno de esos temas tabú que merecen ser especialmente revisados. Vida de una geisha es, no obstante, una suerte de diario que a título de best-seller ofrece una visión muy apocada al escrutinio occidental,

dejando el trasfondo mismo de su historia en el papel de dato accesorio a un libro de memorias. La tradición de las geishas sobrevive aún en el Japón, concentrada en su mayoría en un antiguo distrito de Kyoto, capital del Japón hasta entrado el siglo VI. Mineko Iwasaki sabe bien el tema que trata y lo hace lejos de esa ingravidez que esperan algunos lectores ante cuestiones como estas, el resto habrá que buscarlo en otra parte. Piratas y emperadores Noam Chomsky Terrorismo internacional en el mundo de hoy Trad. Jordi Vidal Byblos Barcelona, 2004. 373 Pág., Con Noam Chomsky ocurre algo parecido a lo que ocurre con la historia reciente del mundo. Siempre se repite. Sus artículos no carecen de importancia por ello. Al contrario, cada día cobran más especial vigencia. En este libro, Piratas y emperadores, el tema del poderío estadounidense sigue siendo el asunto principal y de él resulta una muy interesante moraleja: La opresión sigue siendo la misma a través de la historia, aunque los verdugos cambien de nombre y cada día la ley tenga nuevos pretextos para justificar sus crímenes.

Todo está hecho con espejos Cuentos casi completos Guillermo Cabrera Infante Alfaguara,. Bogotá, 1999. 248 páginas. Revisar los cuentos de Cabrera Infante trae a cuento uno de los problemas más visibles del discurso literario, aquel que hace del ínter texto un problema a la hora de enfrentarse a un autor lleno de citas y de gustos musicales, literarios y cinematográficos que contagian sus escritos hasta hacernos perder en su elocuencia y emocionada perorata. Cabrera Infante sabe de cine –nos lo dicen sus libros Puro Humo y Cine o sardinas-, es un escritor con un sentido de la imagen bastante bien elaborado aunque a ratos sus

puestas en escena sean viejas películas y acetatos descuidados. Aunque un cuento nos lleve por el relato medido hasta caer en el dato y la charla de cafetín. Se lee con cierto gusto, incluso la risa es una de sus cualidades, luego no sabemos si debe incluir una bibliografía o si debemos correr al cine para darle coherencia a lo que se nos dice como si supiéramos de ello. Su estilo es vertiginoso, otras osado y siempre queda la sensación de un aprendizaje involuntario junto a una marea interminable de personas desconocidas. Del kinetoscopio vamos a lo anecdótico y de ahí a cualquier parte. Bien sabrán sus lectores saber de qué habla y si no que averigüen aunque ya no haya forma de preguntarle directamente. Medio Siglo de plástica colombiana Fernando Botero, Luis Caballero, Enrique Grau, Edgar Negret David Manzur, Ana Mercedes Hoyos,Alejandro Obregón, Eduardo Ramírez Villamizar, Omar Rayo, Juan Antonio Roda, Armando Villegas y Guillermo Wiedemann. Curador de la exposición: Juan Ignacio Pujol. Edición de Art Editions Bogotá, 2004. 104 págs. El escritor William Ospina y el crítico de arte Fausto Panesso elaboran en Medio Siglo de plástica colombiana, un muy necesario homenaje a varios de los más importantes maestros de la plástica colombiana presentes en infinidad de galerías y exposiciones alrededor del mundo. El trabajo de curaduría de Juan Ignacio Pujol merece, a través de la excelente edición de un libro que no deja fuera ningún dato ni especificación de rigor, verse de manera global dado que su selección obedece a los iconos de una historia plástica que ha hecho de nuestro país un muy apropiado lugar para desarrollar el oficio, adoptando incluso, y para su provecho, artistas de otras nacionalidades que han visto en Colombia el lugar adecuado para desarrollar su obra, como es el caso del maestro Roda, recientemente desaparecido. Esa plástica que ha tenido momentos enormes y que

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C r í t i c a hoy por hoy disfruta de un lugar ventajoso dentro de la cultura pictórica en el mundo, haciendo que sea ésta una de nuestras historias particulares que más ameritan ser compiladas y homenajeadas en libros como este. Árboles de viaje Mónica Triana Editorial Domingo Atrasado Bogotá 2004, 64 páginas. La revelación interior se da en Árboles de viaje gracias al encuentro con la naturaleza. Su lenguaje sencillo, directo y cargado de contemplación, permite escribir una poesía sin anquilosamientos estilisticos ni arrebatos retoricos innecesarios. Puede parecer osado escribir desde una optica femenina sin jugar al intimismo o a la alocución emocional, sin embargo, y dado que la poesía joven que se escribe hoy día en nuestro país sigue sufriendo de los males de la soledad y el vacío en las grandes urbes, una poética que se sumerja en otras inquietudes debe tener un lugar privilegiado, más aún si se escribe desde el misticismo sin abusar de lo psicológico o de las imágenes oníricas que dicho ejercicio requiere. Circo por cárcel Javier Rocha Editorial Domingo Atrasado Bogotá 2004, 80 páginas. En los cuentos de Javier Rocha confluyen imágenes y resonancias de expresiones y formas de la sociedad moderna. Relatos que pretenden resaltar el enigma de la existencia, con el reflejo de distintas conciencias a través del sentir humano. En algunos de ellos es perceptible la tradición narrativa de Poe, Bukowsky o Rubem Fonseca. Circo por Cárcel es una fusión entre vida y literatura, en la que el autor pone al servicio de ésta su quehacer cotidiano: la jurisprudencia. Dónde estará la melodía Celedonio Orjuela Duarte Biblioteca libanense de cultura Bogotá 2005, 132 páginas 22

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Los veintisiete capitulos que componen esta novela, tienen un aire de nostalgia que los hace pequeñas fichas de una melodía incompleta: Celedonio recoge en ella, todas sus utopias e impresiones sobre una ciudad plagada por el farrago de las ausencias y por las quimeras que fueron detonantes de toda una generación perdida de la que él hace parte. La música, como bien lo dice Blades, no es más que un pretexto. Pretexto para adentrarse en una historia ajena, llena de imagenes polvorosas y gente latinoamericana corriendo hacía su destino ineluctable o de danzones improvisados en medio de borracheras abismales y bombillas tenues que apenás descifran un cuerpo de mujer en mitad de una saudades repleta de amigos y noches bajo el estrago de las copas.. A medida que Orjuela propone una lectura del desgarramiento y el recuerdo, la hermosa canción de Fiol se repite una y otra vez, con la patética melodía que jamás finaliza, esa melodía que no está completa. El ABC de la música clasica Todo lo que hay que saber Eckhardt Van den Hoogen Taurus 424 pág. Bogota, 2005 Este libro merece una suerte que otros del mismo tipo jamás llegan a tener. Merece, sobretodo, ser guardado en un lugar accesible, no por ser un ensayo de rigor sobre el género sino por su brevedad y por el práctico diccionario sobre los más destacados exponentes de la música clasica y contar además con un muy util glosario de terminos músicales. Acompaña el libro, una selección músical con más de 22 registros sonoros que dan cuenta del trabajo compilatorio al que se dio su autor. Faltarían algunas selecciones extras, como obras de Satie o algún capriccio de Paganini y quizá extenderse más al hablar de músicos que la posteridad no cobijó de la misma forma que a Beethoven o al enorme Bach, por ejemplo. Por lo demás, ese epíteto de «todo lo que hay que saber» podría pasar por cierto pese a las falencias anotadas.

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América mestiza William Ospina Aguilar 230 páginas Bogotá, 2005 Las inquietudes intelectuales que siempre han asediado a ospina pueden clasificarse a partir de dos rasgos muy caracteristicos en su prosa. El primero de ellos su talante oratorio que lo lleva a conjugar de manera risible toda suerte de iconos culturales, geográficos, demográficos, históricos y sociales con sus lecturas de cabecera, esto es, Neruda. La segunda, su necesidad de decirnos algo que sobrepase el hecho meramente académico, como queriendo salvarnos de algo. «Nerudito» como lo llaman algunos de sus menos cercanos colegas y autor que se repite hasta el colmo, como buen ejemplo de ese mal de los intelectuales que les lleva a hablar sin pausa y de todo cuanto se les ponga en frente y de quienes, como lo sentencia Auden, sólo son rescatables sus citas y no sus comentarios personales. A ospina la suerte le ha dado renombre pero la literatura a veces se le esconde. Palabra de América Varios autores Prologo de Guillermo Cabrera Infante Seix Barral 130 páginas. Barcelona 2004 A la fecha de esta nota, dos de los implicados en el libro reseñado han muerto, el primero, Roberto Bolaño, quien murió apenas unos meses después de haber participado en el encuentro de escritores por el que se compilaron las conferencias incluidas, el otro, Cabrera Infante, fallecido a principios del presente año y quien realizó su prólogo. La validez de Palabra de América va más allá de aquel epíteto de novedad, por lo que esta corta alusión quedaría fuera de lugar. Sin embargo su valor amerita hablar de él aún a pesar del mal que le acompaña. Con la literatura latinoamerica-

na pasa lo que con las vanguardias de cualquier género que pretenda elevarse más allá de los sofismas temporales, lleva en sí una suerte de alienación maléfica que hace creer que esa literatura tan reciente es más antigua que los bardos de la literatura universal. Muchos críticos y periodistas han tratado de nominar generaciones que quizá solo lo sean por asuntos meramente cronológicos, autores que comparten una edad similar y tal vez, en algunos casos, inquietudes similares dada su naturaleza de “jóvenes autores”. Hablar de esa literatura llevó a muchos a clasificarles dentro de supuestos “Post-boom”, extensiones mas post-modernas de el archí conocido “boom” y patadas de ahogado frente al “realismo mágico”. Quizá sea algo irresponsable decir que nuestra literatura occidental –de segunda mano-, que nuestra literatura de vanguardias tecnológicas, cine e Internet, son resultante de muchas necesarias transformaciones de esa retórica ampulosa de vieja data, pero en realidad tal como lo confirma ese carácter de novela breve y su sincretismo temático e idiomático, son sólo el fruto inevitable de una nueva literatura que asume sus roles urbanos y su afición a la crisis del hombre moderno sabiéndose una ocurrente narrativa apta para el caos del que abrevan a menudo dichos autores. La hibridez y la belleza literaria no riñen, y esto se sabe por autores como Fresán, Bolaño, Iwasaki y no por otros que en su lectura no aportan más que lugares comunes, como es el caso de Mario Mendoza o Franco Ramos. Alguna vez, hablando con Edmundo Paz y Alberto Fuguet entendí algo que muchos escritores niegan pero que en sueños deslumbran con algo de vergüenza egocéntrica, me refiero a los grupos, las generaciones. Palabra de América es precisamente eso: memoria de un grupo de “jóvenes”escritores que no parecen tener mucho en común, aparte de vivir en el mismo planeta y tener de su parte algunos afectos editoriales.


Juan Carlos Gonzalez Franco Director OBRAS ORIGINALES Y CERTIFICADAS CERTIFICACIÓN Y AVALÚO DE OBRAS DE ARTE OBRA GRÁFICA LATINOAMERICANA

Audino Díaz (México) Ángel Ramírez (Cuba) José Omar Torres (Cuba) Horacio Centonzio (Chile) Nerio Quintero (Venezuela) Pablo Borges (Cuba) Enrique Millares-Tente (Cuba) Eduardo Roca-Choco (Cuba) Shalo Smith (Venezuela) Roger Aguilar (Cuba) Adolfo Díaz Jairo Miranda Jorge Duque Duvan López Hermes Pinto Abiezer Agudelo Luis Rincón Lersundy Jaime Diaz Ángel Bernal Esquivel Cristina Melgarejo Johnny Ochoa Patricia Corzo Enrique Calle - Kat Hugo Díaz Gutiérrez

ARTE LATINOAMERICANO CONTEMPORÁNEO Carrera 35 a No. 59 – 54 • Telefax (57-1) 221 9264 • artfranco8@ yahoo.com Bogotá, D. C. Colombia - Suramérica

Abril - Junio 2005. No. 2 Lecturas Críticas

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EL ARTE DE HACER LICOR

El exceso de alcohol es perjudicial para la salud - Prohibida la venta a menores de edad

Goza la vida, vive la cultura, compartela con aguardiente Llanero y Ron San Martín-Añejo. Se disfrutan... como la vida.

Autor: Patricia Corzo • Obra: La Madona • Técnica: Óleo sobre Lienzo


Periódico de Libros  

periódico de Libros lecturas Críticas No. 2-2008

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