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discípulos de Jesús No basta oír hablar de Dios, de Jesucristo: hay que “verlos". El lugar del encuentro con el Padre es Jesús (Jn 2, 21) y el lugar del encuentro con Jesús son la liturgia dominical, la oración y el ejercicio del amor fraterno.

Pero ¿cómo van a ver al Señor aquellos que todavía no han oído hablar de Él? Esta es la misión del misionero: hablar, sí, del evangelio, pero a la vez, y quizá sobre todo, hacer visible, a través del testimonio de su vida cristiana, que Jesús está vivo y sigue hoy amando y salvando a todos los hombres.

hospitales y leproserías. Pero siempre el anuncio del evangelio ha ido acompañado de gestos de amor hacia los necesitados, incluso de bienes materiales. La caridad de los misioneros les ha empujado con un instinto muy certero a abrir escuelas y hospitales, a salir en defensa de los desposeídos y oprimidos.

Se descubre así una dimensión esencial del cristianismo y de su mensaje: la corporeidad. El Hijo de Dios vino a salvar a los hombres haciéndose hombre. La salvación es para todo el hombre y debe repercutir en forma concreta en su vida de todos los días. La incorporación “La Iglesia a la comunidad de los redimidos misionera se realiza por gestos sensibles, continúa en los sacramentos. La realidad de el mundo la la salvación, anunciada por la presencia y la palabra, se significa eficazmente acción de Jeen el testimonio, es decir, en el sús, el enviado amor operante que alivia el dolor del Padre”. actual de los que sufren.

Por eso, según Marcos Ia primera obligación del apóstol es la de estar con Jesús (Mc 3, 14). Para Lucas la primera actividad misionera es la de orar, la de pedir al dueño de la mies que envíe operarios (Lc 10, 2). Es el hombre más que Dios quien necesita de plegaria. En ella arde el corazón del apóstol ante las necesidades de sus hermanos y ante el amor que Dios le y les tiene. Es ella, por eso, la que da a su vida la vibración y la consistencia de lo que es sólido. No hay testimonio posible sin amor fraterno ni oración.

Los envió a predicar y a sanar enfermos Los tres sinópticos han dejado constancia de que la actividad de los misioneros no se limitó a predicar la proximidad del Reino de Dios. Sanaban, además, enfermos y hasta resucitaban muertos. Continuaban así de manera exacta la actividad misma de Jesús, “que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo", según proclamaba Pedro en los albores de la misión a los gentiles (Hch 10, 38). Ni Jesús, ni la Iglesia tras él se han limitado a predicar. Han realizado acciones concretas en favor de los más pobres, de los más indefensos: los enfermos, los endemoniados, los marginados. La Iglesia no es una entidad enseñante o una asociación nacida para fundar

Sin sacramentos ni testimonio de caridad no hay evangelización, no hay Iglesia de Jesucristo. Ya en el Antiguo Testamento la liberación del pueblo elegido, sacado de Egipto por Dios con brazo robusto, era un acontecimiento que condicionaba el vivir diario de los judíos. Así, un judío no podía retener como esclavo a un hermano más de seis años. Mantenerlo más tiempo en

San José de Cúcuta, abril 21 de 2019

esclavitud era convertir en inútil para ese hombre la liberación que Dios había otorgado misericordiosamente a todos los israelitas sin excepción. "Recordarás que tú fuiste esclavo en el país de Egipto y que el Señor tu Dios te rescató: por eso te mando esto hoy" (Dt 15, 1 2-1 8). Un judío no puede relacionarse rectamente con Dios si sus relaciones con el hermano que tiene a su lado no son rectas. Este talante fundamental de la ley mosaica no fue ignorado ni abolido por Jesús, sino llevado a su perfección. La predicación del evangelio debe ir acompañada necesariamente de gestos eficaces en favor de los que sufren, gestos que son consecuencia necesaria de un amor sincero a Jesús. Donde reina el pecado, reinan la mentira y la muerte, porque el diablo es embustero y homicida desde el principio (Jn 8, 44). Donde el mensaje evangélico es aceptado, reinan la libertad, el respeto mutuo, la verdad, la luz, el gozo, la vida, el amor.

El equipaje del misionero

Las palabras de Jesús son severas. Los discípulos enviados a la misión deben no llevar dinero, ni buscar los alojamientos más cómodos. Deben dar gratuitamente y contentarse con un salario que apenas llega para cubrir sus necesidades más perentorias. Los detalles son secundarios. Parece claro que el misionero no necesita ahora el ir habitualmente con un bastón. Tampoco es recomendable que ande des-

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calzo. Pero los misioneros de todas las épocas han sentido que la austeridad y la modestia de los medios son acompañantes necesarios de su trabajo. Es oportuno repetir la modesta declaración del P. Maldonado, comentándolas: “Se ve por aquí que no entendieron los apóstoles Io que les quería significar Cristo con aquellas palabras. Con Io cual nos admiraremos menos y llevaremos con más paciencia si tampoco nosotros las entendemos". Sin embargo, es tal vez Maldonado el autor que mejor las ha comprendido. Según él, Jesús no ha ordenado el llevar bolsa y alforja, y menos todavía un espada, puesto que ha prohibido a Pedro servirse de la que ya tenía. Jesús enseña a sus discípulos que van a vivir unos tiempos en que los recursos humanos, si fuera permitido servirse de todos ellos, serían indispensables para defender sus propias vidas. Con las palabras de Isaías "ha sido contado entre los malhechores" (Is 53, 12), anuncia Jesús su propia muerte y que la difícil situación en que los apóstoles se encontrarán a partir de ese momento depende sólo de la divina providencia... Los discípulos no entienden las palabras de su maestro y Jesús tiene que cortar el diálogo con un seco "basta". La exégesis que Conzelmann hace de Lc 22, 35s., coincide en sustancia con la del viejo Maldonado, al que no cita. La espada simboliza sólo la lucha cotidiana del cristiano contra tribulaciones y tentaciones. En la primera misión, los discípulos estaban seguros porque era el tiempo de Jesús, y nada les faltó de hecho. Su equipamiento, por eso, podía ser muy reducido. Ahora, tras la muerte y resurrección del Señor, las cosas han cambiado. Es el tiempo de la Iglesia, el tiempo de la intemperie y de la lucha. Durante la última cena los discípulos seguían todavía sin comprender que Jesús era el Mesías en la línea del siervo del Señor, no en la del guerrero victorioso. Los apóstoles son enviados como corderos en medio de lobos. El equipo del enviado incluye las armas espirituales del amor, de la fe, de la veracidad. No las armas carnales de la astucia y de la violencia.

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Edición 838  

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