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Nº 624, UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA Medellín, septiembre de 2013

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EL ROL DE LOS ACADÉMICOS

Digerir discursos para construir discurso Por GONZALO MEDINA P. Docente Facultad de Comunicaciones

Ilustración Juan Andrés Álvarez Castaño

P

erfilar el papel del académico frente a un proceso de paz, y en medio de una imparable confrontación armada, tal como se están dando hoy los diálogos entre el gobierno nacional y las Farc, es tan complicado como definir la cuadratura del círculo. Tal afirmación se sustenta en el hecho de que la misión de dicho profesional —que también podríamos llamar intelectual— no tiene un carácter transhistórico sino que, por el contrario, responde a un contexto determinado. En otras palabras, la misión del académico no solo se inscribe dentro de una realidad social, económica y política concreta, sino que además cumple unos roles específicos. Y en una aparente paradoja, sucede que dicho académico, al lanzarse al ruedo de lo público, el mismo en el cual irrumpen y discurren los conflictos que habrán de concentrar su atención y sus esfuerzos analíticos y propositivos, debe despojarse del ropaje de los asuntos específicos, propios, por ejemplo, de su disciplina, y vestirse con el atuendo de los temas que inciden en el presente y en el futuro de la generalidad de los ciudadanos, incluyendo, como es de suponer, la relación de estos con el Estado. Pero no podríamos avanzar en este ejercicio inquisitivo sobre la responsabilidad del académico frente a coyunturas reconciliadoras como esta de la solución política negociada, sin aludir a la tarea que puede cumplir la palabra cuando las contradicciones se tramitan por la vía de la confrontación bélica. Pero antes de adelantar la debida caracterización es preciso llamar la atención sobre el antecedente adverso que históricamente hemos arrastrado, consistente en invocar o prometer el uso de la palabra como mecanismo civilizatorio a la hora de resolver un conflicto, sea cual sea su naturaleza, pero dilatando al final el procedimiento y dando paso, con su actitud, a la acción violenta de la parte reclamante al sentirse engañada. El académico colombiano, en las condiciones actuales de los diálogos de paz, está abocado a devolverle a la palabra no solo su credibilidad sino también su eficacia, porque con ello se irán creando las condiciones que permitirán que el acto de comunicar —intercambiar sentidos e intereses para llegar a transacciones—, propicie los esperados cambios, los mismos

que se han estado buscando por el camino de las armas. Es por ello que afirmamos que el académico debe superar el marco limitado de su saber específico y llegar hasta el ámbito del interés público, el espacio en el cual aquel toma partido desde y por su condición de intelectual. Porque hablar de la toma de partido, por parte del académico, es concebir a alguien que, como lo dicen algunos pensadores, es capaz de dejar la pluma y encarnar públicamente los principios de la justicia, siendo capaz, incluso, de entrar en contradicción con la denominada razón de Estado. Recordemos no más a Jean Paul Sartre, quien relegó su condición de hombre de teatro, de escritor y filósofo, para adoptar el papel del intelectual que defiende lo universal y corporiza la justicia. Reflexiones como estas han sido adelantadas por el historiador y filósofo de la historia, Françoise Dosse, de la Universidad París XII. El momento presente de nuestra realidad social, económica, política y cultural, marcada por la esperan-

zadora posibilidad de un acuerdo que ponga fin al desangre histórico que por décadas nos ha inundado, les plantea a los intelectuales tareas y posturas estratégicas de inaplazable cumplimiento. Veamos algunas: —Ayudar a digerir, con sentido pedagógico, los puntos de vista y las propuestas de los actores reunidos en la mesa de conversaciones, lo mismo que los de los sectores cercanos a unos y otros, ejercicio que los convierte en una suerte de orientadores y forjadores de la opinión pública que haya de surgir de dicho proceso. —Marchar adelante de los acontecimientos, buscando, de una parte, contribuir con el avance del proceso reconciliador, y, por otra, alertar desde el pensamiento los intentos distractores de quienes no están interesados en la marcha del plan, tal como ha sido acordada por los actores de la negociación. —Los pasos antes enunciados deben ser dados por el académico, basado, de un lado, en la razón y su capacidad de discernimiento, y por otro en un recurso cogni-

El académico colombiano, en las condiciones actuales de los diálogos de paz, está abocado a devolverle a la palabra no solo su credibilidad sino también su eficacia, porque con ello se irán creando las condiciones que permitirán que el acto de comunicar —intercambiar sentidos e intereses para llegar a transacciones—, propicie los esperados cambios, los mismos que se han estado buscando por el camino de las armas.

tivo tan importante como es la intuición, entendida como esa capacidad que tiene el ser humano de visualizar los hechos y sus desarrollos a partir de lo que los sentidos le permiten detectar. —Asumir su papel de académico, pero sin caer en la imagen del llamado “intelectual de la sospecha”, tal como lo denominan analistas como el filósofo francés Paul Ricoeur, según los cuales no todo lo que hacen y piensan los otros tiene que ser motivo de sospecha; se trata, por tanto, de asumir una actitud inteligible frente a estos actores de la realidad que se está analizando. En otras palabras, podemos hablar de la existencia de un académico con una postura democrática, o sea una posición que se mueve entre el laboratorio, su campo habitual de experimentación, y la divulgación, la proyección del resultado de su tarea académica. —Mirando de cara a nuestro pasado, al presente y al propio futuro, el académico de hoy debe reivindicar el papel de la memoria al proyectar la misión que ha de cumplir el acuerdo de paz que pueda lograrse entre los actores armados en nuestro país. Y dicha memoria debe tener como equivalente la figura de la nación, porque esta última debe entenderse, precisamente, como la memoria común de que disponemos para vivir juntos. —La realidad colombiana nos muestra, de manera irónica o paradójica, que la unidad lograda a través de nuestra historia ha estado marcada por la propia guerra, tal como lo enuncia el francés Ernest Renan cuando él se preguntaba por el significado de una nación. La paradoja está presente, en este caso, en el hecho de que así como debe adelantarse un trabajo de rescate de la memoria, también es cierto que la nación se afianza sobre el olvido de esa misma memoria. He ahí la dificultad de alcanzar, a partir de semejante equilibrio, ese espíritu de nación. He aquí, también, un nuevo reto para el académico. Ese mismo académico, o intelectual, respecto al complejo contexto que afronta hoy nuestro país, debe estar claro frente al hecho de que el trabajo por la memoria histórica es permanente y, por tanto, este no se agota con la expedición de una ley. Una misión clave del académico, al momento de pensar en los avances y desenlaces del actual proceso de paz, parafraseando a Michel de Certeau y la tarea de rescate de la memoria por parte del historiador, acto vital en una sociedad desangrada como la nuestra, es la de construir tumbas para los muertos, honrar a estos y darles un lugar donde puedan conservarse.

PERIÓDICO ALMA MATER 624 SEPTIEMBRE DE 2013  

PERIÓDICO ALMA MATER N° 624 SEPTIEMBRE DE 2013

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PERIÓDICO ALMA MATER N° 624 SEPTIEMBRE DE 2013

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