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Nº 674, UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA Medellín, abril de 2018

El estreno de la Farc

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Memoria, territorio y Universidad*

Por GERMÁN DARÍO VALENCIA AGUDELO Profesor del Instituto de Estudios Políticos german.valencia@udea.edu.co FREDY ALEXÁNDER CHAVERRA COLORADO Estudiante del pregrado en Ciencia Política fredy.chavera@udea.edu.co

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esde la década de 1980 las Farc deseaban cambiar “las botas por votos”. Esta intención fue evidente a partir de las negociaciones de paz que inició en La Uribe, Meta, con el gobierno de Belisario Betancur. Desde aquel momento y hasta la firma del Acuerdo del Teatro Colón, en noviembre de 2016, se observó una demanda constante de las Farc para que se les permitiera participar en política. Por eso, una vez en La Habana, insistieron para que en el Acuerdo Final quedara explícita la disposición de que, una vez dejaran las armas, pudieran transformar su organización en partido político legal. Y así ocurrió. En agosto de 2017, una vez finalizado el programa de desarme y desmovilización, se creó el partido político Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común —Farc—, la nueva plataforma partidista para competir en democracia por ocupar cargos de elección popular. Sin embargo, como un estímulo para facilitar su reincorporación política, el Acuerdo les otorgó ciertas condiciones excepcionales y transitorias de participación, entre ellas, 10 curules en el Congreso de la República, cinco en Cámara y cinco en Senado, por dos períodos electorales (2018-2026), sin necesidad de superar un umbral mínimo de votos. Fue en esta dinámica electoral donde el pasado 11 de marzo se presentó el debut de la Farc en la política nacional. Los antiguos líderes y comandantes participaron como ciudadanos y encabezaron las listas al Senado y Cámara, entre ellos Iván Márquez, Pablo Catatumbo, Victoria Sandino, Olmedo Ruiz y Jesús Santrich. Y, aunque los resultados electorales no fueron los esperados —pues su listado sacó 52.532 votos para el Senado, equivalente al 0,34% de la votación válida, y para Cámara 32.636 equivalente al 0,21%—, todo el país ganó. La fotografía de Iván Márquez depositando su voto en las urnas nos recordó que, a pesar de la larga espera, el fin de la guerra es posible. Que la consecución de la paz por la vía de la negociación política es alcanzable. Que otorgarles a los alzados en armas incentivos, como el de la participación en política, permite quitarle muchos hombres a la guerra y además evitar el aumento de millones de víctimas. En definitiva, el estreno de la Farc en la política nacional debe considerarse por todos como uno de los mayores acontecimientos de nuestra historia. Por ello, debemos insistir en las negociaciones de paz con el ELN y también en el respeto a todas aquellas personas que han decidido sensatamente dejar las armas y buscar el apoyo popular a través del sistema electoral. En este mismo camino, esperamos que la participación de la Farc en el Congreso durante los próximos ocho años sea destacable; que los diez congresistas del nuevo partido se articulen como una bancada seria, propositiva, crítica y rigurosa en su función de control político; y que esa buena labor tenga como premio una opinión pública favorable y el mantenimiento de la Farc como un proyecto político viable en el largo plazo.

Por JOHN MARIO MUÑOZ LOPERA** Presidente de la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia

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as secuelas de la guerra en Colombia no son asunto del pasado; están presentes y lo estarán por mucho tiempo más, no solo por la continuación de la guerra por otros actores o las disidencias de los grupos que pactaron el acuerdo de paz en La Habana, sino porque la tramitación, la aceptación y el perdón pasan por la memoria histórica como un hecho de un pasado terrible, que habita el presente y habitará el futuro de tantas víctimas de las violencias en el país. Las negociaciones con las Farc han reducido sustancialmente las muertes, desapariciones, desplazamientos y demás desmanes que trae la guerra con este grupo armado; no obstante, las causas y otros actores del conflicto armado siguen vigentes y activos en buena parte del territorio. Son décadas de violencia que no han permitido construir una nación moderna, pero menos tramitar y desentrañar los hechos de violencia de estas décadas de horror en el país; un punto fundamental para empezar a conjurar este drama es la memoria histórica. Hablar de memoria presupone indudablemente hablar de recuerdos; la memoria está conectada a ellos, son pequeños hilos que van ayudando a construir el relato de algo que sucedió, algo que importó, que ya no está o que anhelamos; esos pequeños hilos frágiles y fuertes hacen que la memoria sea una paradoja, a veces tan débil y quebradiza, otras tan fuerte y tan sentida, tan llena de significados. ¿Por qué el acto de recordar se vuelve tan escurridizo en unos y tan decidido en otros? Quizá porque el acto de recordar implica un ejercicio voluntario, de traer a la luz, al presente, todo aquello que quedó oculto en nuestra memoria, aquello que nos hizo gratamente felices o aquello que quizá queremos olvidar porque duele, porque ha hecho profundas heridas en nuestra alma; porque hay sucesos que simplemente se quieren olvidar, se pueden olvidar, y que algunos quieren que olvidemos; pero contradictoriamente estos motivos pueden ser también los que alientan el recuerdo, recuerdo que luego se convierte en memoria, mi memoria, tu memoria, nuestra memoria. Como dice Halbwachs, “el recuerdo es en gran medida una reconstrucción del pasado con la ayuda de datos tomados prestados al presente y preparada, además, por otras reconstrucciones hechas en épocas anteriores de donde la imagen de antaño ha salido ya muy alterada [...]. No hay en la memoria vacío absoluto, es decir, regiones de nuestro pasado hasta tal punto fuera de

nuestra memoria que toda imagen suya no pueda relacionarse con ningún recuerdo, y sea una imaginación pura y simple, o una representación histórica exterior a nosotros” (196: 210). El territorio es fundamental no solo desde el significado del espacio, sino en los referentes sociocultural, comunitario y familiar, se debe dar la voz a tantas personas que desde la distancia miran con añoranza lo que pasó con sus vidas, sus seres queridos, sus amigos, sus dinámicas; esto va más allá de una atención puntual, es el reconocimiento y la construcción de lo acontecido para buscar caminos de resarcimiento institucional y social. Memoria y territorio son dos elementos indisolubles, que se requieren para llegar no solo a un proceso de reconocimiento de la tragedia de la guerra para tantas víctimas, sino que son la urdimbre para destejer el pasado doloroso, aceptar y vivir el presente incierto y tener la posibilidad de un futuro, con una tramitación menos hostil de lo vivido, son espejos de la resignificación del cuerpo y el recuerdo, del dolor situado. En síntesis, una forma de reconocer al otro en su corporalidad individual, emocional y social. La Universidad, llegó tarde al proceso de la paz, lo hizo más por la presión externa que por un proyecto sistemático y profundo de la lectura académica y de intervención de sus posibles acciones; han sido más ejercicios puntuales y coyunturales que propuestas de largo aliento que articulen instituciones, disciplinas y propuestas, propio del deber ser de la Universidad, por su presencia regional y porque Antioquia en las últimas décadas ha sido uno de los departamentos epicentros de la guerra. La carencia de iniciativas sistemáticas, la falta de voluntad política, no han permitido que estas propuestas se proyecten sólidamente en la Alma Máter. La función de la Universidad, en relación con la memoria y el territorio, debe ser no solo investigar estos acontecimientos como lo viene haciendo, sino liderar procesos en las diversas dependencias que han trabajado estos temas, articular saberes con base en investigaciones pertinentes y con impacto social; esta institución debe trabajar para resignificar el territorio y la memoria, como forma no solo de resarcir a las víctimas de la guerra, donde sus derechos han sido conculcados, sino de pensar en el acompañamiento a través de la memoria de reconocer y lograr que otros reconozcan la tragedia humanitaria que se ha vivido, y ver en el territorio una nueva esperanza para un trabajo que debe iniciarse o continuarse de manera responsable y permanente, desde la diversas sedes que tiene la Universidad en zonas donde el conflicto ha sido más fuerte. Referencia Halbwachs, Maurice, (1968). Traducción de un fragmento del capítulo II, la memorie collective. Reis: s.d. 65-95. * Texto correspondiente a la columna “Ágora”, responsabilidad de la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia, Asoprudea. ** Doctor en gobierno y políticas públicas

Alma Mater 674  
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