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Nº 652, UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA Medellín, abril de 2016

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Escepticismo y modernidad Una relectura del pensar escéptico en Michel de Montaigne*

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in lugar a dudas, Pierre Villey es uno de los estudiosos más importantes por lo que respecta a la interpretación académica temprana de Los ensayos, así que su opinión ha de tener una enorme relevancia y ha de tomarse necesariamente en cuenta cada vez que alguien intenta acercarse nuevamente a la obra de Michel de Montaigne. Y precisamente este intérprete entiende, ya desde su tesis central, la aportación y el perfil del pensamiento montaigniano de un modo completamente opuesto al que nosotros planteamos, a saber, que Montaigne en realidad habría tenido un pensamiento en constante evolución, en el que cabría destacar tres etapas, ligadas a tres escuelas filosóficas de la Antigüedad, que habrían tenido más o menos peso en la elaboración del propio pensamiento montaigniano: la etapa estoica, a la que seguiría una brevísima crisis escéptica que, finalmente, desembocaría en un epicureísmo sui generis. Y a esta primera tesis cronológica la reforzaría otra propuesta más matizada, la de que el pensamiento de Montaigne en realidad habría sido más bien ecléctico en el fondo, sin unirse plenamente a ninguna de las escuelas mencionadas. Así, continuando con tal argumento, cabría decir que el autor francés no tomaría completamente en serio ninguna de esas corrientes del pensamiento antiguo, o no se asimilaría a ellas, seleccionando en su lugar los principios que más le interesasen para su propia elaboración intelectual. Adoptaría de este modo una suerte de moral del libre examen, respetuosa de las costumbres establecidas, pero fundada en sí mismo, sin llegar a identificarse con ninguno de los modelos o métodos a los que habría recurrido en cada momento. A estas dos tesis, Villey fue aña-

*Fragmento del libro Escepticismo y modernidad: Una relectura del pensar escéptico en Michel de Montaigne, de Vicente Raga Rosaleny, publicado por la Editorial Universidad de Antioquia.

diendo otras que resultan aún más problemáticas, pues si lo anterior deniega la primacía del escepticismo en la obra de Montaigne o su fidelidad al método escéptico, en otros momentos, yendo más allá de la posición evolutiva y de la ecléctica, el estudioso francés termina rechazando que Montaigne hubiera sido escéptico en modo alguno. A esta última propuesta especialmente, aunque sin descuidar las otras dos en las que se apoya,

trataremos de responder en los siguientes párrafos de nuestro texto. Y es que, para Villey, Montaigne no estaría “flotando incesantemente en una incertidumbre infinita” sin lograr jamás un punto de apoyo en el que asentar sus planteamientos, ni sería un auténtico pirrónico; antes bien, esta sería una posición forzada, propia de un momento de crisis, en una época en que tanto el dogmatismo excesivo como la innovación apresurada habrían llevado a múltiples conflictos y generado innumerables problemas. Sería pues esta, la perspectiva escéptica, una opción temporalmente asumida, para luego rechazarla e incluso censurarla. Y esta tesis tan arriesgada la pondría en juego el estudioso francés por una razón concreta, motivado por su convicción de que el escepticismo radical, del estilo que suele atribuirse a Montaigne, como invitación a suspender el juicio y a llevar una vida adoxastos, no es una posición que pueda sostenerse en la práctica. Esta crítica, que otros autores dirigirían luego contra el mismo Montaigne, llegando a interpretarlo pese a todo como un escéptico consecuente (aunque hipócrita), o bien como un pensador incoherente en sus posiciones, estaría vinculada con una de las más típicas y repetidas objeciones al escepticismo neopirrónico, al menos en la exposición concreta de Sexto Empírico, que la tuvo en cuenta y trató de responder a ella. Aludimos específicamente a la apraxia, la pretendida imposibilidad, e incluso en el último extremo inmoralidad, de cualquier propuesta seria de una vida escéptica con todas sus consecuencias, objeción recurrente en el contexto intelectual del escepticismo antiguo pero que muchos autores contemporáneos habrían retomado. Y lo mismo cabría decir de otro

conjunto de críticas que apuntan igualmente a la incapacidad del escepticismo para sustentarse como corriente, aunque en este caso se apuntaría más bien a la incoherencia, a la dimensión contradictoria, y por lo tanto autorrefutatoria, de la posición escéptica. Y así, aunque las dudas de Montaigne, desde este conjunto de objeciones, se podrían vincular a una sui generis posición crítica con el racionalismo, no cabría atribuirle o adscribirle una posición racionalista tout court a la corriente neopirrónica, dado que el rechazo de toda creencia y posición estable no podría sostenerse sin incurrir en una suerte de irracionalismo.1 Tomando este punto de vista como base, frente a la interpretación tradicional que hace de Montaigne un escéptico pleno y completamente comprometido con las doctrinas pirrónicas, emergería una imagen distinta, de un autor que reacciona a las dificultades de su momento histórico, a las secuelas políticas y sociales del dogmatismo y la intolerancia, así como a la crisis cultural en la que se ve inmerso su mundo. Su escepticismo sería entonces funcional y metódico, dirigido a entender los problemas y falencias de su época, y quizá también ligado a cierto pesimismo antropológico. De este planteamiento escéptico muy mitigado saldría una lectura minuciosa de la identidad humana y de la sociedad como un todo que se concretaría en un llamado a la tolerancia y a la prudencia, antes que a la indiferencia y el silencio pirrónicos.2 […] 1. Chamizo D., Pedro. 1982. “El ‘Discurso del método’ de Descartes como ensayo”, Aporía, 4(15-16), p. 82. 2. Casals P., Jaume. 1986. La filosofía de Montaigne. Barcelona: Edicions 62, p. 64.

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