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A fondo

Bucaramanga, del 1 al 15 de marzo de 2003

Comunidades afrocolombianas

“Sí somos visibles y sí estamos en Santander” Uno de cada cinco santandereanos es negro. Los afrocolombianos denuncian los estigmas racistas y han iniciado un proceso de organización que busca dignificar su raza y mejores oportunidades como ciudadanos. Por Andrés Jácome andresj@periodico15.com Es una reunión diferente. Nunca se han visto tantas personas afrocolombianas en la Gobernación de Santander. Son 170. Es el primer encuentro de población negra que vive en el departamento. Los que representan a Barrancabermeja, Cimitarra, Landázuri y Bucaramanga entran al auditorio Augusto Espinosa Valderrama, de la Gobernación. El ambiente de camaradería se percibe, son negros y se sienten orgullosos de serlo, más orgullosos que nunca; la razón es que por fin se conocen después de muchos años de intentos. Ya por lo menos saben que en Santander habita una población de negros representativa y que por eso deben hacer valer sus derechos y divulgar sus necesidades. Arsenio Venté se muestra satisfecho: se siente en familia. Con cédula en mano asegura tener 67 años. Los asistentes se

Haner López tiene más de 25 años de haber llegado del Valle del Cauca, dice que la gente le decía negro porque él era la persona más oscura que veían a su alrededor.

Las oportunidades laborales para las mujeres afrodescendientes que llegan a Bucaramanga se centran en el servicio doméstico y en la venta ambulante. / FOTOS FABIÁN SOTO

sorprenden porque no lo parece. Arsenio es alto, fornido y no tiene canas ni arrugas; sólo sus manos sugieren los trabajos que ha hecho en su vida. Cuenta que boxeó con Kid Pambelé, que vivió en Venezuela y en Barrancabermeja antes de llegar a Bucaramanga hace más de 27 años y que trabajaba en lo que saliera. “Fui obrero, constructor, ayudante de zapatería…lo que fuera. Los últimos años de mi vida laboral fui escolta de gobernadores y en casi 10 años nunca vi entrar a un funcionario o secretario de alguna cartera que fuera negro. ¿Eso no es discriminación?”, pregunta. La reunión no empieza todavía. En los pasillos del auditorio aún se saludan y se presentan. Jorge Moreno, representante de la organización Kenia, de Cimitarra, habla con Leonidas Ocampo, presidente de la Fundación Afrocolombiana del Pacífico en Santander (Facops) y organizador de la actividad. Le cuenta de su viaje y del derrumbe que había en la carretera: por eso se demoraron en llegar; también que a su comunidad se había sumado un buen número de desplazados por la violencia. Ocampo le pregunta sobre la actitud del

resto de la población de Cimitarra frente a la situación de los actores armados; Moreno le responde: “No me preocupa la gente mala sino la indiferencia de la gente buena”, apropiándose de esa frase pronunciada por un negro ilustre: Martin Luther King. Empieza la reunión. Fernando Gutiérrez, funcionario de la Secretaría de Desarrollo Social, excusa la ausencia de la primera autoridad del departamento y pide a los designados por cada comunidad que sean breves en sus intervenciones. Los primeros representantes piden oportunidades laborales, capacitación, trabajo, salud, restaurantes escolares, sedes de funcionamiento, territorios para sus viviendas y preparación para enseñar en las escuelas santandereanas lo referente a la cultura afrocolombiana. Exactamente lo que les garantiza la Ley 70 de 1993 pero que nunca se ha cumplido. “Desde que salió la ley, las comunidades negras no han ganado nada. Muchos se han beneficiado con los votos pero muy pocos tienen un compromiso real con los negros”, sostiene Ocampo, que vive hace 34 años en Bucaramanga y procede de Tumaco (Nariño). El desplazamiento y los trabajos Es el turno de Luis Moreno Bejarano, el único delegado de la vereda La India del municipio de Landázuri. En ese lugar hay cerca de 2.000 habitantes de los cuales más del 80% son negros. Él representa a la comunidad de Quicharo. “El que no haya comido pescado quicharo en el Chocó no es negro”, afirma al momento de pedir por su gente, que creció en forma considerable a consecuencia del desplazamiento y la búsqueda de mejores oportunidades. Silvia Salgado Erazo es vendedora de cocadas y alegrías por las calles de Bucaramanga. Llegó con cinco amigas y familiares de San Basilio de Palenque para hacer dinero para educar a sus dos hijos (que dejó en su pueblo junto a su esposo). Ella escogió Bucaramanga porque es una buena plaza para su negocio. Sostiene que se vive mejor que en otros lugares del país y que ella misma es su jefe. “Nosotras llegamos aquí porque allá no había trabajo. Muchas

compañeras nos decían que aquí les iba bien y por eso decidimos venirnos a esta ciudad. Ya somos muchas por las calles con las cocadas”, comenta Silvia mientras descarga el platón de su cabeza repleto de dulces caribeños. Otro oficio que congrega gran cantidad de mujeres de las costas colombianas es la labor en hogares que contratan empleadas para el servicio doméstico. Enalba Ramos, de Curumaní (Cesar), trabaja en un apartamento en Cabecera y asegura que en la ciudad hay por lo menos 100 paisanas suyas cumpliendo el mismo trabajo.

La cátedra afrocolombiana La Ley 70 de 1993 establece unos mecanismos para proteger y promover la cultura de las etnias afrocolombianas del país. Parte de estos procesos se concentran en el diseño y divulgación de la Cátedra de Estudios Afrocolombianos, que según Leonidas Ocampo, presidente de la Fundación Afrocolombiana del Pacífico en Santander (Facops), es una propuesta que busca incluirse en las cursos de todos los niños de Colombia. “El niño blanco va a entender que el niño negro es tan importante como él”, argumenta Ocampo. Un convenio entre Facops y la Universidad Pedagógica de Tunja permitirá que los profesores de ciencias sociales y los interesados en estas temáticas se capaciten para hacerse multiplicadores de la cátedra afrocolombiana. El costo no sobrepasará el millón de pesos y las clases serán presenciales en Bucaramanga cada 15 días. Mónica Harnache, secretaria de Desarrollo de Santander, se comprometió a colaborar con los costos de la cátedra para los líderes de las comunidades.

Edición 19  

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