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OPINIÓN /

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Las tragedias y los muertos, ¿también tienen estrato?

Por Wilson Briceño* Los recientes acontecimientos en el club El Nogal en Bogotá y en un barrio de Neiva me causan no sólo la normal preocupación de todo colombiano que vive en la incertidumbre del próximo acontecimiento. Un pequeño análisis sobre el tratamiento que el país, pero en especial los medios de comunicación, dieron a esos dos terribles sucesos me hacen cuestionar la forma como estamos tratando el conflicto. Se me ocurre pensar si algunas de las raíces de esta guerra se ven reflejadas en el manejo que le damos a nuestras cotidianas tragedias. Permítanme recordar algunas cifras. Club El Nogal: 38 muertos y 170 heridos, unos 30 mil millones de pesos tendrán de pagar las aseguradoras por cuenta de los daños causados. Neiva: ¿Cómo carajos se llama el barrio que se destruyó? No encuentro información en Internet tan rápido y fácil como la encontré acerca del club bogotano. Una búsqueda de artículos con la palabra Neiva en el sitio web del periódico El Tiempo arrojó 46 notas de los últimos días; apenas una menciona la tragedia en Neiva, pero en un solo renglón y no me aportó ninguna información. De El Nogal encontré 98 notas con toda la información deseada, inclusive una detallada descripción de cada paso que dio en los últimos meses el posible responsable del atentado, John Fredy Arrellán. Me he enterado de montones de datos de John Freddy (como lo llaman los periodistas), ya me parece conocer a su tío y hasta a su pobre abuela que no tiene nada que ver con el asunto. Aclaro: tal vez haya utilizado mal el buscador de El Tiempo y por eso los resultados. ¡Cómo no recordar lo ocurrido en El Nogal! Desde el primer momento la televisión mostró todo lo sucedido, en

vivo y en directo. Vimos cómo ardía el edificio y a cada muerto y cada herido salir del sitio. Personalidades de la política y la farándula desfilaron por la televisión narrando cómo vivieron el atentado y si no contando cómo fue su último partido de squash en el club. Vimos las marchas, las vigilias organizadas en el sitio del atentado. Leímos y escuchamos las opiniones de todos los eruditos de nuestro país en materia de terrorismo. Creo que quien no sabía sobre El Nogal, hoy conoce hasta cuantos socios (2.300) esperan la reconstrucción del mismo. Pero, ¿cómo carajos se llama el barrio destruido en Neiva por la casa-bomba? No ha de ser importante. Tal vez fueron unos pocos muertos (con tantos en Colombia, unos más no son muchos). Tal vez no hubo pérdidas millonarias; aunque creo recordar que algunos residentes (de estrato 3, me parece) quedaron sin techo. ¡Ah, ya recuerdo! Lo que sí fue importante y peligroso es que ese barrio está exactamente bajo la ruta que debía seguir el avión presidencial al llegar a Neiva al otro día. Eso sí fue muy destacado, pues hubiera sido fatal que le hubiesen disparado desde esta casa-bomba (punto que no discuto en lo absoluto). Pero todavía no recuerdo el nombre del barrio, ¿cuántos muertos hubo, cuántas casas fueron destruidas o cuántas familias quedaron en la calle? Creo que mis comparaciones son suficientes. No me imagino qué pasaría si empiezo a comparar estas tragedias con las masacres donde cientos de colombianos han sido asesinados brutalmente. ¿Será que en Colombia las tragedias y los muertos tienen estrato? Eso me parece muy grave y no porque reclame la igualdad para los muertos (lo único que faltaría

sería una asociación por la igualdad de los muertos en guerra), sino por la implicación que esto tiene para los que quedamos vivos. Creo que uno de los motivos que ha generado esta violencia ha sido la injusticia social de la que son responsables muchos: desde el político que roba la partida para construir la escuela en el pueblo, pasando por quien no dicta una clase responsablemente y terminado por quien maltrata y no paga a la empleada del servicio domestico de su casa lo que dice la ley. Este análisis dista de ser profundo y además está muy desgastado, pero para alguien como yo (administrador e ingeniero de sistemas) que no soy politólogo es suficiente. Lo que me asusta es que si ésta es una de las raíces del conflicto, y el conflicto mismo lo manejamos de igual forma, ¿cuándo parará esto? Oiga, ¿alguien recuerda el nombre del barrio destruido en Neiva? ¿O será que fue otra ciudad y por eso no encuentro información? * Profesor de la Facultad de Administración de Empresas de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB)

Como se anunció hace dos ediciones, 15 abre esta página para que los lectores expresen su opinión, en forma respetuosa y sin calificativos que inciten a más confrontación, sobre el momento que vive el país. Ésta es una colaboración para este espacio que pretende construir un diálogo ciudadano.

Los otros deportes

Skate boarding: diversión de masoquistas

Jimmy Castellanos asegura que para practicar skate hay que tener buen sentido del masoquismo. / FOTO FABIÁN SOTO

Con la que podría ser la ropa del hermano menor, varias decenas de adolescentes bumangueses salen a las calles a bordo de sus patinetas y causan desde desconfianza hasta pavor entre quienes se cruzan en su recorrido. Jimmy Castellanos es uno de esos skaters criollos. Pasa las tardes yendo de una pista a otra con la tabla bajo el brazo, con tal de aprender nuevos trucos y perfeccionar los que ya sabe. Pero, a costa del tal pasión autodidacta, debe soportar caídas aparatosas y, tal vez la peor parte, el escudriño de la gente. Jairo Alberto Cubides, de 14 años, dice que el monopatín es para muchos de quienes lo practican uno de esos pasatiempos que se borran del mapa con los meses y los cambios de tendencias. “La gente toma un deporte como éste por dárselas de malos. Para que en realidad uno se sienta bien y pueda seguir, hay que ponerlo por encima de otras cosas”, asegura. Al margen de la adopción de estereotipos extranjeros, tanto en la música que oyen como en la forma de vestirse, hay quienes reconocen en el monopatín un estilo de vida. “En Bucaramanga conozco apenas como a 40 personas que lo practican seriamente –dice Jimmy, de 19 años–. Nosotros estamos aprendiendo trucos nuevos en forma constante y se puede decir que hay cierta calidad”. Aunque está lejos de ser el sexto deporte más practicado, como en los Estados Unidos, en la ciudad el skate boarding es ya una alternativa para pasar el tiempo libre. En lugares como la Ciudadela Real

de Minas, el barrio Álvarez, San Pío y Piedecuesta, la afluencia de skaters se hace notar. Otro punto de encuentro es la carrera 27, en la ciclovía de los domingos. Durante esas jornadas se exhiben y comparan trucos, formas de volar; uno muy básico: el ollie. Se trata de una maniobra con la que se logra saltar con la tabla sobre una rampa y caer sobre ella. Una vez se domina vienen otras piruetas: flip, 50-50, shove it, caveman, frontside, noseslide, dropping in y muchas otras. “Para hacerlo bien se requiere de varias semanas de práctica, de aguante y gente que le ayude a uno. Pero en Bucaramanga no hay muchas personas capacitadas para eso. De todos modos, en este deporte se avanza mucho”, dice Jimmy Castellanos. El problema está en que el avance a veces resulta costoso. Cada vez que hacen una acrobacia errada ponen en riesgo la indispensable tabla: los pies del patinador pueden caer en el centro y romperla. Eso le ocurrió a Camilo Macías. “Para mí es una pérdida grande: no es fácil reunir la plata para comprar una tabla nueva (la más barata cuesta $140.000)”, comentó después del incidente. Aún así, él y sus amigos siguen soportando golpes, torceduras, señoras con miradas ofensivas y falta de dinero para comprar los implementos. Todo sea por satisfacer su adicción al deporte que Avril Lavigne, una jovencita canadiense, puso en boca de todos el año pasado con sus canciones y ropa diminuta.

Edición 19  

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