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Pertrechado como si del desierto se tratase, comencé a caminar temprano desde la playa de Oliva. La idea era muy sencilla, recorrer la línea de costa que la separa del cabo de Sant Antoni en un trayecto donde sólo la arena, el agua y la sal han creado la esencia del paisaje. Bebida isotónica congelada, sombrero de ala ancha y crema solar en abundancia, una pequeña mochila, gafas de sol y zapatillas de montaña para tierra mojada. Éste fue nuestro equipaje en una aventura tan cercana como interesante a la que mi hijo quiso acompañarme. Y entre el paisaje de aparente monotonía la luz, siempre la luz, sería la que daría las tonalidades y las formas a las dunas modeladas por el viento. Desde Oliva comienza la inmensa playa virgen de Rabdells, donde los cordones dunares y las restingas de arena protegen los últimos campos cultivados. Paraíso de windsurfistas, los últimos cámpings y chiringuitos dan paso a la soledad más absoluta. Atrás quedan figuras de cartón piedra que semejan dioses y a lo lejos el perfil de la Segària que parece el rostro de un indio acostado. La playa va cambiando de textura según avanzamos y se alternan ríos y gravas, lagunas de agua dulce y rocas ocultas por la mareas. Los ríos Girona, Vedat, Molinell, Gallinera, Bullent o Racons desembocan en la misma arena como hace siglos en un paisaje poco o nada alterado por el hombre. Sin escolleras que rompan el mar ni líneas rectas que lo encierren, los ríos se hacen libres a pesar de las olas que se empeñan en no dejarlos morir. En estos tramos es necesario descalzarse o buscar hacia el interior puentes que a veces se encuentran muy alejados. La corriente limpia y fresca, recién nacida en la Font Salada o en los manantiales del corazón del marjal de Pego, te empuja hacia el mar con la fuerza de la juventud y la suavidad del oleaje. Ríos de corto recorrido que en su parte final forman pequeños estuarios de configuración caprichosa donde el hilo de agua dulce destella entre la arena. Agua que durante la noche hervirá de vida cuando crucen en la oscuridad miles de angulas, verrugatos y lubinas. Casas en ruinas junto a las dunas, campos yermos a la espera de agricultores que jamás volverán, chalets modernistas a punto de ser tragados por el mar y jardines enterrados por la arena con palmeras que

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Sin brújula y sin prisa  

Crónicas de viaje por lugares que no te puedes dejar de conocer narradas por José Manuel Almerich

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