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de JORGE MÁRQUEZ

Premio S.G.A.E. 1994

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Índice Versión original…..………………………………………………………5 Versión del estreno de Uroc Teatro.…………..…………………………61

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La tuerta suerte de

Perico Galápago (Tragicoña en doce horas y dos escenas de color)

Jorge Márquez

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ESCENA NEGRA Al principio todo está oscuro, profundamente oscuro. Después, un fuste de luz cruda y fina empieza a rasgar la negrura del escenario e ilumina a un hombre sentado, frente al público, en una silla sombría de bruñido negro. Permanece muy quieto, soportando el desperezo de la luz que se le derrama sobre la calva y le chorrea por todo el cuerpo (por sus gafas antiguas de espesas lentes, por su traje estrecho de paño gris y escasos pantalones, por sus manos, religiosamente convocadas, igual que un tejado al revés, al abrigo de las piernas juntas) hasta los zapatos, hasta la sombra misma de sus zapatones. Una vez que la luz ha ganado todo su cuerpo y lo aprisiona, el hombre es lo único que el escenario muestra, su figura triste, casi lúgubre, casi demasiado ingenua. Sólo el espeso negro infinito y él, que con gesto apocado, consciente de la autoridad que le observa y del respeto que merece, tímidamente duda cuándo empezar. PERICO — Yo, señoría, soy un humilde vendedor de zapatos, un hombre gris. No tengo amigos, no tengo hermanos, mi padre murió hace unos meses, y mi madre, como su señoría sabe, ayer; así que estoy solo. No conozco la nieve ni el mar, jamás desayuno, apenas ceno y almuerzo siempre sopa, fiambre y yogur; los domingos, además, tomo un pedazo de queso fresco, medio cacillo de vino tinto y una pieza de fruta del tiempo. Nunca he mantenido relaciones con una mujer; no conozco a ninguna salvo a las que entran a comprar en mi tienda y a una vecina, muy hermosa, que tiene su habitación junto a la mía y a la que deseo desde que éramos adolescentes. Amo la música, los libros antiguos, la pintura, la luz, el color, el olor… nadie como yo sabe del sufrimiento de ser un creador mediocre y tener sin embargo sensibilidad para apreciar la obra verdaderamente grande. Por si fuera poco, soy un hombre feo (“muy feo”, estar{ pensando quizá su señoría, y tiene razón, salta a la vista); no he triunfado en nada ni he hecho jamás nada fuera de lo común, salvo, quizá, matar a mi madre. No soy un hombre de este tiempo; no debería haber nacido ahora; tal vez no debería haber nacido nunca, o no haber crecido nunca; pero mi madre se encargó de que lo hiciera; dejé de ser niño un día que recuerdo muy bien; no ocurrió nada especial, aunque hubo algo distinto en el aire, en la expresión de mi madre, o tal vez en la luz. (Ha sonado una puerta que se abre y se cierra, pero no se ve nada más.) LA MADRE — ¿Qué haces en ese rincón, Perico?

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PERICO — Declarando ante el juez por tu asesinato, mamá. Se extiende la luz avara hacia los fondos y esboza un escenario de formas de plomo, opacas, pesadas; muebles macizos arrancados de lo más grisáceo de la oscuridad, muebles que nadie reconocería, abultamientos de las sombras; negro, negro, profundo negro metálico, mate, muerto. Por su edad, la madre nunca podría ser la madre de aquel hombre (así es el capricho de los recuerdos), pero, viéndola, nadie dudaría de que lo es: las mismas gafas de infinitos círculos, muy parecidas formas en el rostro, en las ropas, en el pelo, casi en la calva… LA MADRE — Tú siempre a oscuras y hablando solo. Te vas a trastornar. ¿Le has dado ya agua a tu padre? PERICO — No. LA MADRE — ¿Dónde lo has puesto? Pero ¿es que no lo has sacado? PERICO — No quiere salir, mamá. LA MADRE — ¿Ah, sí? Y ¿tú cómo lo sabes, listo? ¿Te lo ha dicho él? De un habitáculo oscuro y más pequeño que el hueco de un ascensor, ella saca una silla de ruedas que enseña la espalda. Apenas un mal gesto de hastío, un manotazo de la madre en uno de los manillares, y la silla gira vuelta y media, igual que una peonza agotada, hasta plantarse con su muerto vivo en el lugar de siempre: la cara de cera enfrentada al hilo de luz que traga ávido un ventanuco alto. PERICO — Es que cuando lo saco, se mustia y termina llorando. LA MADRE — Tu padre no puede llorar, Perico; te lo he dicho mil veces. Quizá se le irrite el lacrimal y le salga una gota de agua de vez en cuando, pero no llora. PERICO — Sí, mamá. LA MADRE — Además, el médico dice que le conviene que le dé la luz en los ojos. No seamos nosotros más listos que el médico. (Le habla al vegetal.) ¡Mariano, mira a la ventana, que te entre la luz en los ojos! PERICO — Déjalo, mamá. No quiere que le dé luz en los ojos; le apetece dormir.

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LA MADRE — ¡Tiene que querer! Si no le da luz, le saldrá ictericia, lo ha dicho el médico, entérate. PERICO — El médico es un imbécil. LA MADRE — Tú sí que eres un imbécil. Hay que estimular el nervio. Además, si no sacas a tu padre, el día menos pensado se te asfixia, ¿me oyes?, y tú tendrás la culpa. PERICO — Y ¿qué si se asfixia? Estoy seguro de que es lo que él quiere. LA MADRE — Ya. Ahora quiere morirse y antes no nos dejaba vivir a los demás; el caso es molestar. Toda la vida lo mismo. PERICO — Mamá… LA MADRE — Tú ahora no entiendes lo que digo, pero ya te enterarás algún día. Todavía eres muy joven. PERICO — ¿Tú crees? LA MADRE — Siempre. Para mí, siempre serás demasiado joven. PERICO — Pues para mí, no, mamá. LA MADRE — Ay, déjame, Perico. Vengo harta de trabajar y no quiero discutir contigo. Ya peleo bastante con la fregona en el hospital como para tener que seguir peleando en casa. (Se va, y con ella la luz, que regresa a su miseria.) PERICO — Claro, mamá; lo que tú digas. (Al juez.) Aquel día comprendí que mi madre odiaba a mi padre. Aquel día se acabó de pronto mi infancia. Hasta entonces había sido feliz en nuestra casa, la trastienda de la vieja zapatería; pero esa felicidad ingenua, que ni siquiera se había roto meses atrás con el brutal accidente de mi padre, se hizo mil pedazos aquel día por un gesto mínimo de mi madre: el de sus manos encarando a la luz la silla de ruedas.

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LA UNA Del vientre negro del escenario surge otra vez el relieve de los muebles, pero ahora se bañan en un color de miel, un ámbar dulce y suave de oro transparente. Poco a poco la luz acaricia cada rincón de la trastienda. Es un lugar plácido, sereno, cargado de pequeños objetos, cada una de ellos más acogedor que los demás; es un lugar antiguo, acariciado por la música y la purpurina. La geometría amable de los anaqueles, pintados de laca ahuesada y repletos de cajas de zapatos en perfecto orden, proporciona un noble equilibrio a la estancia. Una pequeña mesa camilla, un maniquí femenino, un caballito de cartón que se balancea solo con lentitud imposible, un mapamundi de mil colores, un muñeco de madera que siempre sonríe, una mecedora, libros preciosos, una gramola antigua de bocina roja, litografías, juguetes… felicidad y armonía de la niñez a cobijo de canallas; el aire dulce y tibio de un pueblo artesano de cuento de hadas, justo allí donde las hadas no existen ni hay quien pregunte por ellas; o, si las hay, vuelan, sin ser vistas, desde la puerta que da a los dormitorios, hasta la que se abre a la zapatería. Pero las horas pasarán; pasarán los meses y los años. Con ellos, un frío azul de soledad y de muerte irá devorando a la luz de caramelo, y esos maravillosos objetos desaparecerán; algunos dejarán su lugar al hueco de su ausencia; otros, a cosas metálicas, frías, de las que sólo habitan en el mundo de los mayores. Por ahora, suena al fondo una espineta a veces viva, a veces serena, siempre melancólica. Perico se emboba frente a aquel rincón de su memoria, se acerca, acaricia con los dedos cada arista y deja que el pasado le empape de felicidad y de dolor. Toma un muñeco de trapo (su vieja rana de trapo verde, su primer compañero) y se abraza el hombro con el cuerpo desarmado del pelele. Un soplo de luz mística atraviesa el ventanuco y juguetea con el tamo sobre su rostro atontado. Un libro abierto le susurra en las manos y le derrota, se lo lleva hasta el suelo, donde Perico se posa como una pluma domada por el sueño. El libro, los juguetes, la música… la luz, la luz poderosa que transparenta los huesos de su mano derecha, levantada contra el rayo lento, y hace rosa líquido las membranas que unen sus dedos.

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Vuelo de placer infinito, nostalgia rota por la puerta que, como tantas veces, se abre. LA MADRE — ¿Perico? Y luego se cierra. Pedro corre a esconderse en el trastero, la exigua habitación que algún día, aún lejano, acogerá el cadáver viviente de su padre, puesto a sentar en una silla de ruedas. Misterio y silencio; un moscardón no respeta el pacto entre generales. Llega la madre, su misma sombra gris, su descarado parecido con el hijo único. Viene cargada con cosas de todos los días y, también, con un bolso enorme que tiene forma de pera y es rojo, rojo de carne oscura enramada de cordones azules; algunos, casi negros. LA MADRE — ¿Pedro? (Deja las cosas sobre la mesilla y se quita el abrigo.) PERICO — ¿Mamá? LA MADRE — ¿Otra vez, Perico? PERICO — Mamá, a que no me encuentras. LA MADRE — Como si tuvieras muchos sitios donde esconderte. Sal de ahí, anda, que te vas a asfixiar. (Se abre lenta, desilusionada, la puerta del trastero y Perico asoma la nariz.) ¿Ha venido ya tu padre? PERICO — No. (Se va a jugar con sus cosas, que siempre están de humor.) LA MADRE — Ni siquiera sé para qué pregunto. Vengo harta de trabajar, de fregar suelos y limpiar culos de viejos, y tu padre, por ahí, emborrachándose y no sé cuántas cosas más. Bueno, sí sé, qué no voy a saber; de sobras. ¿Me has dado un beso, Perico? Y encima, como no trabaja, hay que pagar a un dependiente que atienda la zapatería; ni pensar en que lo haga yo, porque entonces me enteraría de cuánto gana, y eso no, claro; no le conviene. ¿Me has dado un beso, Perico? Igual se piensa que le voy a robar. (El niño viene hasta la mejilla de la madre y apenas la roza, por prisas, no por nada más, con sus labios húmedos; luego se vuelve al juego. La madre sonríe el instante con los ojos cerrados.) ¿No quieres saber si te he traído algo? PERICO — ¡Sí! LA MADRE — Pues tienes que darme tres besos y un abrazo grande. (…Que aprovecha la madre para apretujarle su pena.) Mi niño, mi niño chico. PERICO — (Él arquea la espalda, intenta apartarse.) ¡Ya!

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LA MADRE — (Un beso más sonoro y agobiante que los demás.) Mira, mira lo que tengo… (Saca del bolso un reloj de cuco y se lo enseña.) ¿Te gusta? PERICO — Sí. ¿Qué es? LA MADRE — Es un reloj de cuco; tu primer reloj. ¿Quieres ver cómo funciona? Verás; lo colgamos de la pared… aquí; (elige el centro mismo del escenario, delante de los anaqueles) lo ponemos en hora… y le damos cuerda. Ven, ayúdame a darle cuerda (lo hacen). Ya está. Cada hora saldrá por esa puertecita un cuco, que es un pájaro así de pequeño, y cantará. ¿Te gusta? PERICO — Sí. (Probablemente; por ahora no es posible saber si está encantado con el regalo o simplemente confiado en que sea sólo el prólogo de algo mejor.) LA MADRE — Tienes que cuidarlo mucho para que te dure toda la vida. Así podrás saber a qué hora viene tu padre cada noche, si es que para cuando él vuelva, el cuco está aún despierto, claro. PERICO — Sí. (Y otra vez a jugar.) Un gesto de largo cansancio y la madre frunce su hastío entre las cejas y una caricia en la nuca, en el cuello, en el escote. Los pies se le desbordan de los zapatos, que caen boquiabiertos, y el ruido leve se multiplica en la tienda formando un eco exagerado de tropiezos. LA MADRE — Ya está ahí tu padre. (Más ruido.) Y hoy viene fino. El torbellino de trastazos culmina en el crujido de la puerta que se abre; al fin silencio y el padre pincha su anatomía bajo el dintel como mejor lo cree. EL PADRE — Hola. (Dice a la madre muy serio —porque él lo es— como restándole importancia a la vida. Después, con pasos de elefante herido, avanza hacia su hijo, y, al alcanzarlo al fin, se arrodilla, lo mira dramático, esboza un puchero cómico, lo abraza grandilocuente, y se pone a llorar escandaloso.) ¡Hijo! ¡Hijo de mi vida! ¡Nunca sabrás cuánto te quiero! ¡Nunca sabrás cuánto me sacrifico por ti! PERICO — (Que no se sorprende por la escena, le señala el reloj de cuco.) Mira lo que me ha comprado mamá. EL PADRE — (Se aparta empapado en lágrimas, gime, se rebusca nervioso en los bolsillos y termina sacando un reloj de pulsera.) ¡Toma, hijo mío! ¡Mira lo que te ha comprado papá! Tiene diecisiete rubíes. Ya puedes presumir de reloj. (Mirando a la madre, que aún no ha conseguido reaccionar.) ¡Ahora puedes presumir de reloj,

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hijo mío! (Le clava siete besos, a cada cual más estrepitoso, recupera el sosiego con la misma facilidad con que lo perdió, se levanta, se ajusta el traje haciendo desastrosa gala de una dignidad tuerta y se dirige a la puerta que lleva al resto de la casa; al alinearse con la madre, se detiene, y, como si ella no estuviera, se saca el pañuelo, lo sacude, se limpia la nariz ruidosamente y luego exhala un “ah” de hiriente satisfacción; todo un circunloquio ritual, una especie de bofetada retórica intachable, de ovación, si no hubiera equivocado en más de un metro la situación de la puerta al intentar cruzarla; la casa entera retumba con el golpe y se tambalea la dignidad del padre.) Lástima, porque iba bien. Perico sigue jugando; la madre sigue atónita. De pronto, el cuco, burla fina de colofón, sale, echa una mirada a la escena, da la una, y, antes de que alguien quiera darse por enterado, se vuelve a casa. Perico salta de alegría y señala con el índice la puerta del nido del cuco. PERICO — ¡Mamá! Pero la madre, no; la madre intenta digerirlo. Los dos siguen aún embobados cuando se los traga la oscuridad. LA VOZ DE PERICO — (Desde lo negro.) Y así pasábamos los días, los meses… tal vez los años.

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LAS DOS Quizá Perico no llegara a notarlo; quizá no lo notara nadie en sufamilia, pero el tiempo había transcurrido. Para él, tal vez la única diferencia estaba en que su rana de trapo se había convertido, sin salir de su mano izquierda, sin él advertirlo, en la réplica de un desagradable tiranosaurio enano. Todo lo demás sigue allí; incluso la espineta se mece de nuevo sobre la luz de bronce, que recorta la silueta de su mano. Parece que volviera a comenzar la escena anterior, o es que la vida se empeña en ensayar continuamente una misma secuencia. Suena la puerta que se abre. LA MADRE — (Su voz, ahora mucho más cansada.) ¿Perico? Se cierra la puerta. Perico se oculta en el trastero y entra la madre, un poco más caricatura de sí misma, mucho más vencida. Carga, como siempre, la compra diaria, que vacía, como siempre, sobre la mesa camilla. LA MADRE — Vamos, sal de ahí, Perico, que te vas a asfixiar. (Sale Perico tras el chirriar de los goznes.) ¿Ha venido ya tu padre? PERICO — No. ¿Qué me has comprado, mamá? LA MADRE — Nada, hijo; no hay dinero para regalos. PERICO — ¿Por qué? LA MADRE — Pregúntale a tu padre. Esta vez, la madre lo piensa todo, pero no dice nada; le responde al vacío con su gesto profundamente amargo y calla mientras manipula las cosas de la compra, poniéndolas aquí y allá. LA MADRE — ¿Le has dado cuerda al cuco, Perico? PERICO — No. LA MADRE — Si no vas a ocuparte de él, será mejor tirarlo. PERICO — (Como un resorte.) ¡No! (Corre a darle cuerda.) Ya está; ya no se puede más. (Silencio.) No lo tirarás, ¿verdad, mamá?

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LA MADRE — El día que lo encuentre parado, lo tiro, así que procura no descuidarte. La madre habla sin levantar los ojos, pero tampoco inclina la cara. Ahora, cuando se oye fuera otra vez el estrépito del borracho, sí se le dispara la mirada, seca, hacia la tienda, aunque se arrepiente enseguida y recupera su indiferencia. El padre repite, centímetro a centímetro, los pasos de cada día: la puerta, el patético intento de componer la figura al aparecer… EL PADRE — (Su) Hola (tan serio como de costumbre, y todo su aparato de padre doliente del hijo: besos, abrazos, gemidos, lamentos…) ¡Hijo! ¡Hijo de mi vida! ¡Nunca sabrás cuánto te quiero! ¡Nunca sabrás cuánto me sacrifico por ti! PERICO — ¿Qué me has comprado, papá? EL PADRE — (Tremendo.) ¡Hijo! ¡Hijo mío! ¿Qué más quisiera yo que no fallarte? PERICO — Mamá, ¿qué dice papá? LA MADRE — Nada, Perico; que no te puede traer ningún regalo porque no tenemos dinero; se lo gasta todo en vino y en putas. PERICO — Ah. Es igual; el padre, de todas formas, le clava sus besos al niño, se levanta y se detiene otra vez junto a la madre; sólo que ahora, el gesto despectivo del pañuelo ha perdido mucha de su ambigüedad y ha ganado en obviedad fanfarrona, tabernaria. A punto del golpe contra las sólidas estructuras de la casa toda, la madre detiene al cónyuge con un grito que hace temblar los cimientos con más propiedad incluso que el topetazo paterno. LA MADRE — ¡Mariano! Cierto: Mariano se queda pegado al suelo como si le hubiera llovido un cubo de amoniaco. Luego, en un esfuerzo supremo por recuperar las posiciones perdidas, se vuelve con pasmoso dominio de la situación. EL PADRE — ¿Es a mí? (Bueno, casi, porque aún se le abate el rumbo a babor.) LA MADRE — ¡Esto se acabó!

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EL PADRE — (Con el susto en el gaznate.) ¿A qué te refieres, Marcela? LA MADRE — Que ¿a qué me refiero? ¡Me refiero a… (Ya que tiene la boca abierta, aprovecha, coge aire y cambia el tercio, aunque sólo por el momento.) Perico, hijo mío; vete a tu cuarto, anda, que tu padre y yo tenemos que hablar. Perico mira a su padre pidiendo conformidad con la orden, pero los ojos del padre están idos, mitad por el vino, mitad por pensar lo más rápidamente posible una estrategia que le permita eludir el amargo trance. PERICO — No peleéis. LA MADRE — He dicho que te vayas a tu cuarto, Perico. PERICO — Deja al niño, si quiere quedarse. LA MADRE — ¡Perico! PERICO — (Agacha la cabeza.) Sí, mamá. EL PADRE — Voy a ayudarle a acostarse. LA MADRE — ¡Mariano! PERICO — Anda, Perico, acuéstate tú solo, que ya eres mayorcito, hijo. Así que al pobre Perico no le queda más remedio que privarse de la suculenta escena. LA MADRE — (Como un torbellino de ira.) ¡Mariano, eres un canalla! PERICO — Como su señoría verá, mi padre siempre tuvo mucha mano izquierda para las situaciones difíciles. EL PADRE — ¿Por qué lo dices? LA MADRE — Que ¿por qué lo digo? (Se arremanga amenazadora.) ¡Que ¿por qué lo digo, Mariano?! (Y se va hacia él, y él inicia una estrategia fugitiva alrededor de la mesa camilla.) PERICO — Siempre supuse que me había perdido algo muy interesante. EL PADRE — Marcela, que yo aguanto mucho hasta que ya no aguanto más. LA MADRE — (Como un perro que persigue a un gato.) ¡No me hables de aguantar precisamente a mí, que llevo toda la vida aguantando tus desprecios y tus humillaciones! EL PADRE — (Como el gato.) Algo habrás hecho.

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PERICO — Era un político. LA MADRE — ¡No me provoques, cínico! ¿Qué he hecho yo, eh? ¿Que he hecho, aparte de trabajar igual que una burra toda mi vida para atenderos a ti y a mi hijo? Conque algo habré hecho, ¿eh? (Lo ha trincado. Lo siento, pero lo ha trincado y lo vapulea; la sangre llama a la sangre, así que, mientras más le zurra, más ganas le dan de zurrarle: un desastre.) ¡Ahora sí que voy a hacer algo, canalla, desgraciado! ¡Te voy a matar! ¡Mira lo que hago! ¡Mira! (De pronto, se interrumpe y le habla al juez.) Un momento, señoría. Esto no es así. Así es como lo contó él siempre porque le convenía justificarse, pero le juro por mi hijo que no fue así. PERICO — ¡Vaya, hombre! EL PADRE — (Se despega del suelo sudoroso y maltrecho.) ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí fue así, señoría! ¡Me pegó! ¡Me pegó mucho! ¡Me hizo sangre en el labio! Aquí, ¿ve? Yo también se lo juro por mi hijo, señoría. ¡Pero si me dio la del galgo, hombre! PERICO — ¿Se da cuenta, señoría? Discuten sobre la forma en que discutieron. LA MADRE — ¿Quiere que yo le diga cómo fue, señoría? (Al padre.) Ponte ahí, anda. (Lo lleva hasta el momento en que se va a dormir, junto a la puerta. Tono de novicia.) Mariano. EL PADRE — (Se vuelve y grita como un ogro.) ¿Qué pasa? LA MADRE — (Respingo, congoja y lágrima que resbala.) Mariano, yo… no puedo seguir así. EL PADRE — ¿Qué? (Se acerca amenazador.) ¿Qué has dicho, Marcela? LA MADRE — (Atemorizada.) Mariano, por favor; no vayas a pegarme otra vez, que acabo de lavarme la sangre de la paliza de antes. PERICO — No sé, mamá, no sé. LA MADRE — (Se sale.) Todavía no he terminado. EL PADRE — Si es que mientes que eres un escándalo. LA MADRE — ¡He dicho que no he terminado! A que te… (Amenaza brazo en alto; lo cual encoge el epigastrio del marido.) EL PADRE — Bueno, sigue, sigue… LA MADRE — (Perfecto camaleón, vuelve a su tono meloso.) No me pegues, Mariano, por nuestro hijo, que es lo más sagrado del mundo. (Tono que, poco a poco, traiciona.) Si me pegas, puede que se me retire la leche, (no se da cuenta, pero casi grita) y a ver qué come el niño si a mí se me retira la leche, Mariano. PERICO — ¿Cómo que la leche?

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EL PADRE — ¡Vamos, venga, Marcela! Que al niño le están saliendo ya las primeras espinillas. LA MADRE — (Perdidos los papeles.) ¡Porque me pegas y me das disgustos! ¡Por eso se me estropea la leche! ¡Y por eso le salen granos al niño! ¡Porque mi leche no es buena! EL PADRE — Al niño le salen granos por otra leche que no tiene nada que ver con la tuya, Marcela, que no te enteras. ¡Señoría, esto es una chapuza! PERICO — Mamá… LA MADRE — Bueno; quizá he exagerado un poquito, ¡pero me pegaba! EL PADRE — ¡Venga! PERICO — ¿Por qué no les preguntamos a los vecinos? EL PADRE Y LA MADRE — (A un unísono vehemente.) ¡No! EL PADRE — A los vecinos, no. Mira, Marcela; vamos a dejarlo en un término medio. Verás. Ven aquí. (Recompone el comienzo de la escena.) Ahora dime: “Mariano”. Y a ver con qué tono me lo dices, ¿eh? Nada de cargar las tintas. LA MADRE — (Un tono medio, seco, amargo.) Mariano. EL PADRE — (Se da la vuelta sin ninguna prisa y sin intentar disimular su magnífica borrachera.) ¿Me has llamado? LA MADRE — Esto no puede seguir así. EL PADRE — Ah, ¿no? Pues a mí me parece que va bien. LA MADRE — Tienes un hijo, Mariano. EL PADRE — Sí, señora; y nada más. LA MADRE — Quiero que dejes esa vida, Mariano, que asumas tus responsabilidades y que te comportes como un marido honesto. EL PADRE — Para ser un marido honesto hay que tener al lado a una mujer respetable, Marcela. LA MADRE — Tienes un hijo respetable, con todo el derecho del mundo a ser feliz. EL PADRE — Mi dolor me cuesta. LA MADRE — Quiero que dejes de beber. EL PADRE — ¿Marcela? LA MADRE — (Cae en la trampa del tono de su marido: levanta la cara, si no con ilusión, sí con expectación.) ¿Qué?

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EL PADRE — (Se tambalea al ritmo de su propia sonrisa despectiva, mostrando impúdico su borrachera, y le dedica una pedorreta retorcida hasta el borde de la muerte por asfixia.) LA MADRE — Eres un pobre imbécil, Mariano. (Si se hubiera irritado más, no habría sido más contundente.) EL PADRE — (Sobrio ahora.) ¿Está bien así? LA MADRE — (Al juez.) Yo creo que sí, señoría; más o menos. EL PADRE — Entonces me voy a acostar. Estoy muy cansado. LA MADRE — Será de trabajar. EL PADRE — Será, Marcela, será. No todo el mundo resiste tanto como tú, sobre todo si se trata de discutir. LA MADRE — No tengo ninguna prisa en continuar hablando de nuestras discusiones. No se puede intentar resumir en cinco minutos una pelea que duró toda una vida. EL PADRE — Dos vidas, dos. El cuco asoma y da las dos. EL PADRE — Anda, vámonos a la cama. ¿Dormimos juntos hoy, Marcela? LA MADRE — ¿Hoy? ¿Por qué? EL PADRE — Yo qué sé. Por si todavía me acuerdo. LA MADRE — (Está deseando.) No, no. ¿Qué dirán los vecinos? EL PADRE — Pero, mujer; por una noche, ¿quién se va a enterar? LA MADRE — Bueno, pues sí, venga; y de paso saco el cuerpo de penas. EL PADRE — Hala, verás qué bien. LA MADRE — No te quedarás dormido, ¿no? No se van, desafilan camino del dormitorio. La puerta los cobija. PERICO — Y así, señoría, pasábamos los días, los meses… tal vez los años. Oscuro.

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LAS TRES Vuelve la luz como al presente el pensamiento de Perico. La trastienda se ha vaciado un poco más, ha perdido un poco más de su encanto. El muñeco sonriente de madera se ha convertido en un feto que flota ahogado en un frasco de formol. PERICO — Era cierto, señoría: me habían empezado a salir granos en la cara. Rondaría los dieciséis años por aquel entonces y todo mi cuerpo y mi espíritu se agitaban como los remolinos de un río joven. ¿Cómo no iba a tener granos en la cara? ¡Y en el alma! Podía oler a una mujer en la otra punta del mundo; y desearla, claro; era lo natural; pero mi madre… LA MADRE — (Entra barriendo.) ¿Qué pasa con tu madre? PERICO — Mi madre, por proteger a su querido hijo, estaba dispuesta incluso a hacerle frente a la mismísima naturaleza. LA MADRE — Instinto maternal. PERICO — Pero yo no necesitaba protección, mamá; se supone que en aquellos años era el mundo el que tenía que protegerse de mí. LA MADRE — Claro, claro. ¿Cuánto tiempo hace que no te miras al espejo, Perico? ¿Has visto tu cara? Pues imagínatela con pelusa y llena de granos. PERICO — Gracias, mamaíta. LA MADRE — (Se acerca cariñosa.) Ven, anda, ven. (Lo sienta en la mecedora, se arrodilla, le quita los zapatos y le acaricia y le da masajes en los pies.) Para mí tú eres el hombre más guapo del mundo. (Le besa los pies.) PERICO — ¡Mamá! (Aparta los pies.) LA MADRE — ¡Déjame que te bese! ¿Qué hay de malo en que yo te bese los pies? ¿Es que te crees que es la primera vez que lo hago? PERICO — Desde que tengo pelos en las piernas, sí. LA MADRE — Eres mi hijo, y no voy a permitir que ninguna quinceañera presumida se burle de ti. PERICO — Pero, mamá, algún día tendré que conocer a una mujer, acariciarla, besarla… LA MADRE — (Le interrumpe.) Algún día, algún día. Acabas de cumplir diecisiete. ¿Por qué tanta prisa? (Sigue acariciándole los pies, las piernas.) ¿No te gusta el masaje que te doy?

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PERICO — Sí, mamá. LA MADRE — Nadie te acariciará jamás con tanto cariño como lo hago yo. PERICO — Sí, mamá. LA MADRE — Ya ves a tu padre, Perico; parece que no lo tuviéramos. Si algún día me dejas, ¿qué va a ser de mí? PERICO — No te dejaré nunca, mamá. LA MADRE — Claro que te irás. Algún día, como tú dices, una mujer te buscará las vueltas; no se enamorará de ti, no; se enamorará de esta zapatería, que es tener la vida hecha; cuando eso pase, me darás la espalda, me convertiré en un estorbo. PERICO — Yo nunca consentiré que eso ocurra, mamá. LA MADRE — El día menos pensado, Perico; el día menos pensado. Acuérdate de lo que te dice tu madre. PERICO — Mamá. ¿Tú conoces a la hija de la vecina? LA MADRE — (Empieza a reír con ganas.) ¡Dónde has ido a poner los ojos! ¿Te gusta? PERICO — No, no… LA MADRE — Sí, sí te gusta; y es una preciosidad, pero se te han adelantado: está embarazada del novio; se casa. Supongo que lo habrá hecho a propósito, claro. Perico se levanta contrariado, irritado y confuso. En ese momento quizá no haya ningún otro sitio en el mundo donde se pudiera sentir tan molesto como allí, sentado, con los pies desnudos en el regazo de la madre, que no deja de burlarse de sus sentimientos. PERICO — (Al juez.) Ella es la vecina de la que le hablaba al principio, señoría. Nunca antes me había sentido tan mal como cuando recibí aquella noticia: alguien, algún hombre grosero, vulgar, sin ninguna sensibilidad para apreciar la belleza, había podido disfrutar de una criatura puesta en el mundo por los dioses sólo para mí. Pero había algo aún más doloroso que aquel pensamiento: que ella, tan delicada, tan virginal, se hubiera entregado complacida a un cualquiera nada más que porque era guapo. Odiaba aquella situación, me odiaba a mí mismo. LA MADRE — (Sin dejar de barrer.) No te martirices, mi niño.

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PERICO — Y desde luego odiaba a mi madre, que me había parido como era, que se burlaba de mí y que me asfixiaba con su abrazo. LA MADRE — ¡Muy bonito! PERICO — Y a mi padre, por fecundar a mi madre; y al mundo, por acogerme; y al sol, por calentar el mundo. (Continúa su letanía de mandíbulas apretadas y meneos de cabeza, hasta terminar llorando con un llanto indefinido, a caballo entre los mohines de un niño y la contención de un hombre.) LA MADRE — Nunca crecerás. (El cuco está dando las tres.) Por más que pase el tiempo, nunca crecerás.

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LAS CUATRO EL PADRE — (Aparece recién aseado, trajeado, compuesto, convertido, en fin, en la mejor imagen posible —que es mucha— de sí mismo; se queda junto a la madre, observando al hijo.) ¿Qué le pasa? LA MADRE — Que está creciendo. EL PADRE — ¿Y por eso llora? Entonces yo… LA MADRE — No; llora porque la vecina se ha quedado embarazada. EL PADRE — (Incrédulo.) ¿De él? LA MADRE — ¡Mariano, no digas burradas! EL PADRE — Ya me extrañaba a mí. Y con el rumbo que lleva, como no embarace al caballito de cartón. LA MADRE — ¡Mariano! EL PADRE — O a la mano; también puede embarazar a su mano derecha. LA MADRE — No tienes ninguna gracia. EL PADRE — Bueno, vamos a no discutir quién tiene y quién no tiene gracia en esta familia, ¿eh, Marcela? ¿Qué pasa con el niño y la vecinita preñada, si se puede saber? LA MADRE — No pasa nada. Que se acaba de enterar de que se casa y está enamorado de ella; vamos, que se lo cree él, porque, como tú comprenderás, todavía no tiene edad para saber lo que quiere. EL PADRE — ¿Se casa con el novio? LA MADRE — Sí. EL PADRE — Bueno, ¿y qué? Ni es la primera ni será la última que se hace embarazar para pescar a un hombre. LA MADRE — ¿Qué quieres decir? EL PADRE — ¿Yo? Nada, nada. PERICO — Acaban de meter los pies en barro, señoría. LA MADRE — Si lo que pretendes insinuar es que yo me quedé embarazada con la intención de casarme contigo… EL PADRE — ¿Yo? No, no. LA MADRE — Eres un ser despreciable.

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EL PADRE — Entonces no te lo parecí tanto. LA MADRE — Ojalá me lo hubieras parecido cuando me pediste que nos casáramos. Hoy yo estaría sola con mi hijo, y no soportando este infierno de humillaciones al que tú me sometes. EL PADRE — ¡Te dije que abortaras! PERICO — ¡Papá! EL PADRE — Lo siento, hijo; aún no te conocía; no podía imaginar que fueras a resultar tan majo. LA MADRE — Sí; entérate de quién es tu padre; con todo lo que llora y lo mucho que dice sacrificarse por ti. ¡Preferiría que estuvieras muerto! EL PADRE — No es verdad. Propuse que te tuviéramos más tarde, en otro momento en que te pudiéramos atender mejor. LA MADRE — Sí, vamos, que nuestro hijo se iba esperar dentro de mi barriga hasta que a ti te viniera bien. PERICO — Por favor, no gritéis. EL PADRE — Mira lo que haces; le levantas dolor de cabeza a tu hijo. LA MADRE — Tú no le levantas dolor de cabeza; tú querías cortársela antes de que naciera. EL PADRE — Sí, para ahorrarle el doloroso espectáculo de su madre. ¡Era un acto de humanidad! ¡Una eutanasia! ¿Te enteras? Y el día menos pensado, me la corto yo, que no te aguanto. LA MADRE — ¡Eso, córtatela! ¡Verás cuántas putas mandas al paro! PERICO — ¿Tenía sentido venir a un mundo así, señoría? ¿Por qué se empeñaron? EL PADRE — Se empeñó tu madre. LA MADRE — ¡No digas eso, hijo mío! EL PADRE — Di que sí, Perico; es la verdad. Y si tu madre no abortó no fue porque te quisiera, sino porque es una hipócrita beata puritana. Pero, entérate, estuvo en conversaciones con el propietario de un ultramarinos y su mujer, que no tenían hijos, para que te adoptaran. ¡Te quería vender a un propietario de ultramarinos, Perico; como si fueras un melón de cuelga! LA MADRE — Pero no lo hice. EL PADRE — Es preferible no nacer a que tu madre te repudie y te encaje a una gorda dueña de una tienda de comestibles; me parece a mí, vamos.

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PERICO — Es preferible no nacer antes que convertirse en el hijo único de una familia como vosotros. EL PADRE — Pues ya está; eso es lo que yo decía. LA MADRE — ¿Ves lo que has hecho? Yo te quería, hijo mío, te quise siempre, desde que te sentí pequeñito dentro de mi barriga. EL PADRE — ¡Cuántas veces no te confundiría con un flato, hijo mío! ¡Eso es casi peor que lo del melón, eh? PERICO — Si yo hubiera podido opinar, señoría, no habría nacido; lo digo ahora, que ya no soy el germen de nada. Pero, si me miro y os miro, ¿cómo no reprocharte, mamá, que fueras católica? LA MADRE — ¡Perico! ¡Eras mi hijo; Dios te enviaba para mí! EL PADRE — Sí, Dios, departamento de mentiras. Dios es sólo una ecuación, querida. LA MADRE — ¿Qué? EL PADRE — Lo que yo te decía, Perico. PERICO — (Al juez.) El caso es que no tuve oportunidad de opinar, señoría. Me tuvieron. EL PADRE — ¡Un niño! ¡Ha sido un niño! PERICO — ¿Estás seguro, papá? EL PADRE — ¡Muy feo, como su madre; pero varón, como su padre! A ver si no voy a saber yo ahora distinguir un varón de una hembra. PERICO — Me tuvieron. ¿Por qué me tendrían? LA MADRE — Porque yo quería tenerte. Lo deseaba con todas mis fuerzas. EL PADRE — Mentira, Perico; al que deseaba tener con todas sus fuerzas, era a mí. LA MADRE — Pero ¿quién te crees que eres? EL PADRE — ¡Si no estabas embarazada cuando te casaste! LA MADRE — ¿Qué dices? EL PADRE — ¿Sí? Entonces ¿por qué tuviste al niño a los once meses de la boda? LA MADRE — Fue a los seis. EL PADRE — A los seis estaba yo pidiéndote explicaciones de tu poca barriga; y tú…

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LA MADRE — (Con cara de tonta.) No sé, ya saldrá. EL PADRE — Eso mismo, pero con cara de tonta. LA MADRE — Ya he puesto cara de tonta; no abuses. EL PADRE — Fue una trampa, un engaño, como todo nuestro matrimonio, un maldito engaño. LA MADRE — ¡Tú no puedes hablar de engaños, querido! El padre inicia de nuevo el rito del pañuelo insultante, pero ahora ya ha degenerado en una burda caricatura de la primera vez. La madre, sin embargo, igual que siempre, sucumbe al efecto hipnotizador del desprecio: se queda perpleja. PERICO — Allí estaba otra vez mi padre respondiendo a mi madre como él solía hacer. (A sus padres.) ¿Puedo entrar ya? EL PADRE — (Una vez que ha terminado.) ¡Perico! ¡Hijo mío! (Se abraza a él, le suelta sus besos histéricos y lloriquea.) ¡Hijo, hijo de mis entrañas; si supieras cuánto sufro por ti! ¡Hijo! ¡Nunca me pagarás del todo este martirio que peno! (Se recompone, se alisa el traje, se peina con la mano y, muy serio, se dirige a la puerta que da a la zapatería mientras lanza al aire un seco saludo.) Adiós. LA MADRE — (En Babia.) Mariano, ¿adónde vas? EL PADRE — A un congreso de zapateros. Volveré tarde; no me esperéis levantados. LA MADRE — Pero si son las cuatro de la madrugada. EL PADRE — (Ya con el cuerpo en la zapatería, se vuelve, se agarra al pomo de la puerta y consulta su reloj y el cuco.) Todavía no, querida, todavía no. (El cuco da las cuatro en ese momento, y se le nota un poco más cansado, más lento, como si la cuerda empezara a aflojarse.) Ahora, sí. (Y sale dando un portazo.) La oscuridad sorprende otra vez a la madre con la boca abierta.

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LAS CINCO Luz de nuevo; luz más azul, menos cálida. El mapamundi de brillantes colores ha desaparecido; en su lugar, deslucen los colores empalidecidos de un gráfico de empresas. PERICO — Y así pasábamos los días, los meses… Mi madre, cada vez más seca y huraña; mi padre, cada día más húmedo y vividor; y yo, cada día más impaciente y nervioso. LA MADRE — (Que limpia.) Tú, cada día más flaco. PERICO — Sin saber qué hacer. LA MADRE — Pues cualquiera lo diría. Si sigues abusando, vas a enfermar. Aunque más enfermarías si fueras por ahí acostándote con cualquiera, claro; corren malos tiempos, Perico. PERICO — Para mí siempre son malos, mamá. Mejor morir de una vez que agonizar siempre. LA MADRE — Todo llegará. Ven, ven que te dé un masaje en los pies. PERICO — (Se sienta; la madre le descalza y le acaricia.) Aunque ya no lo echo tanto de menos; a todo se hace el cuerpo. Ahora lo que más necesito es amar y que me amen, encontrar a una mujer con la que compartir mi vida. (Cierra los ojos.) LA MADRE — Todo llegará, todo llegará. No pienses en eso ahora. Le acaricia luego las piernas, los muslos… Fuera y dentro, como en una pesadilla que crece en los sueños de Perico, el motor de un coche se acelera más y más, hasta que un chirrido infernal de frenos desemboca en el estruendo de un choque mortal. Perico despierta asustado y corre hacia la puerta de la zapatería; después se calma. LA MADRE — No corras; es papá. PERICO — ¿Papá? LA MADRE — Siempre que hay un ruido, detrás aparece tu padre, ya lo sabes.

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PERICO — (Después de resoplar, le habla al juez.) Pero yo me asustaba con razón, señoría. Ése fue el día del accidente de mi padre. Iba borracho, como siempre, y acompañado de una mujer, como siempre; aunque esta vez fue la última. Se acabó la historia de mi padre: el hombre guapo, conquistador, triunfador, el que nunca amó a su mujer, el que buscaba en cualquier cama la vida que no lograba encontrar en la de mi madre, el que no quiso renunciar a su vértigo y aceptó casarse para que yo tuviera un padre; mi padre. ¿Quiere ver su señoría cómo quedó aquel monumento al hedonismo llamado Mariano? Quejido de los goznes de la puerta que abre a la zapatería. Aparece el padre: vendado, la ropa destrozada, el volante al cuello, lleno de sangre, los ojos amoratados, con cara de no entender lo que ha ocurrido y acompañado de una mujer joven de similar aspecto. PERICO — Ahí lo tiene. Y ahora, ¿quiere saber cómo reaccionó mi madre? Nunca se lo imaginaría. LA MADRE — ¿Quién es esa mujer, Mariano? PERICO — Eso fue lo que preguntó; no se interesó por el estado de salud de su marido, sino por el de su propia dignidad. LA PADRE — Una puta. PERICO — Respondió mi padre, y con la misma ingenuidad con que un golfillo niega saber dónde está la mermelada, añadió: EL PADRE — No tengo ni idea de dónde ha salido. LA MADRE — ¿Una puta? PERICO — Preguntó ella retórica, porque parece claro que no esperaba respuesta alguna. Y, sin embargo, él se la dio: EL PADRE — Una puta. PERICO — Repite mi padre. Entonces, de pronto la puta se desploma (en efecto), y él matiza: EL PADRE — Bueno, el cadáver de una puta. LA MADRE — Y ¿qué haces tú con el cadáver de una puta al lado, Mariano? PERICO — Le increpa ella. EL PADRE — ¿Yo? Necrofilia.

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PERICO — Le responde él, y se desploma también. (En efecto.) Cuando mi padre volvió del hospital… (Grito desesperado de la madre.) Ah, sí, perdón. Gritó ella horrorizada al ver desplomarse a su marido. Una sirena, una ambulancia, un enfermero —quizá todo uno mismo— que se lleva a la pilingui, arrastra una silla de ruedas, sienta en ella al padre, ya vegetal, le limpia la sangre, le pone ropa nueva manejándolo como lo que ya es: un muñeco… EL ENFERMERO — (Masticando chicle.) ¿Dónde ponemos esto, señora? LA MADRE — Por ahí. EL ENFERMERO — Muy bien. …Le da dos o tres vueltas a la silla y se va con el mismo ulular de urgencias que traía. LA MADRE — Perico: hoy mismo largas al dependiente y te haces cargo de la zapatería. PERICO — Sí, mamá. LA MADRE — Se acabó pasar estrecheces. PERICO — Cuando mi padre volvió del hospital, decía, mi madre no se negó a acogerlo en casa, aunque quizá tenía motivos para haberlo hecho. LA MADRE — ¿Cómo que quizá? ¿Te parece a ti que no los tenía? (Al juez.) ¿Le parece a usted, su eminencia? Pero no lo iba a poner en la calle como estaba, desvalido, inútil. Yo no tengo mal corazón, su eminencia… PERICO — Mamá… LA MADRE — ¡Bueno, pues sí, lo tengo, y con él, mucho más; ha sido un mal bicho conmigo, y por lo que a mí respecta, se hubiera podrido en la calle. ¿Se dice podrido o pudrido?; bueno es igual, corrompido. No, corrompido no, que corrompido ya estaba; bueno se hubiera muerto de asco en cualquier rincón de la calle; (al padre) ¿me oyes? ¿Me oyes? PERICO — No. LA MADRE — Bueno, pues por si acaso. Pero ¡qué dices! Echarte ahora a la calle y que todo el mundo pensara que la mala era yo, ¡ja!, qué gracia; ni lo sueñes. Aquí no hay más mártir que servidora, que he tenido que aguantar tus perrerías toda la vida, y cuando dios te ha castigado como te mereces, porque te lo

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mereces… ¡Y no me vayas a decir ahora que Dios es sólo una ecuación, blasfemo, idólatra, ególatra, mamarracho! ¿Qué estaba yo diciendo, Periquito, hijo? PERICO — Cuando Dios te has castigado como te mereces… LA MADRE — Ah, sí; encima yo te he recogido y te he cuidado, y te he mimado, y me he deshecho en atenciones hacia ti, (lloriquea.) que estoy que no duermo, mala persona. PERICO — Mamá… LA MADRE — ¡Bueno, para los demás es así; ellos no tienen por qué saber si luego, de puertas adentro, soy tan cariñosa o un poco menos! Ahora mírate, muñeco de trapo. (Escupe las palabras a la cara muerta del marido, que ni pestañea.) ¿Por qué no llamas a alguna de tus putitas para que te cuide ahora, eh? Ya no te mueves tanto como te movías con ellas en la cama, ¿verdad? Anda, muévete, Mariano; venga, muévete. ¡Eh, Mariano! Vamos. ¡Salta, Mariano! ¡Hop! PERICO — Mamá. LA MADRE — ¿Qué hago yo con esto ahora? Ahí lo tiene, señoría. El golpe le dañó un nervio y quedó inmóvil, inútil de algunas partes de su cuerpo. (Se queda en silencio mientras sonríe fijamente al juez. Luego asiente cómplice con él.) Sí. Partes que hasta entonces había utilizado mucho. Por ejemplo, se quedó sordo, ¿verdad, maricón? ¿Se da cuenta, señoría? Y también mudo, aunque entiende algo por los labios, me parece, ¿verdad, maricón? (dicho como si articulara otra palabra muy distinta.) Ver, sí que ve un poco, pero no puede mover los brazos ni las piernas… En general no puede mover ningún miembro. Y se lo hace todo encima, igual que un perro torpe y chiquito, sólo que con la piel de una iguana y el culo lleno de verrugas, ¿verdad, Mariano? Mariano… ¡Marrano! ¡A cada cerdo le llega su san Martín! PERICO — Ya es suficiente, mamá. LA MADRE — Nunca; para mí, nunca será suficiente. No he hecho más que empezar. Dios no se come nada de nadie; es bueno y justo, y lo más justo ahora es mi venganza. ¡Mi venganza! PERICO — (Al juez.) Que sería terrible, en efecto. Pobre mamá; qué vida de amargura. LA MADRE — ¡Vas a pagar por todo lo que me has hecho, Mariano! (Hace pucheros.) ¡Por todo! (Gime.) El cuco sale cinco veces; desde la primera vez, la madre se sobrecoge, se asusta y, de frente como está al juez, ni siquiera se atreve a moverse. Se le ha congelado el llanto en los labios. Sólo se permite gemir, con los ojos muy abiertos, acobardada de un mal que

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no deberĂ­a temer del reloj. Cuando el cuco termina, ella quiere darse la vuelta; entonces la luz se apaga.

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LAS SEIS El padre parece un santo postrado por el martirio. Tiene la cabeza tronchada sobre el hombro izquierdo y la expresión interrumpida, llena de una hueca melancolía que el rayo le inspira desde el cielo con su divina maldición. Toda una muerte esperando de aquella lengua de fuego un aliento de vida; por el momento, la belleza es sólo su rostro iluminado sobre la penumbra de un cuerpo inútil y un hilo de música triste que le redime de tanta miseria. Pedro-Perico está detrás del padre, como una sombra tranquila entre las sombras; una sombra dolorida, vacía de necesidades. Al fondo, una bolsa de agua caliente que colgaba de la pared, se ha convertido en la bolsa de orines de una sonda uretral. PERICO — (Sin esperanza.) ¿Papá? (Se acerca lentamente por detrás, observa su inmovilidad perfecta, trágica, y le acaricia el pelo y le besa y le susurra.) Papá. Papá… (Se agacha frente a él.) ¿Por qué no me dices algo? No puedes quedarte callado ya para siempre. Tienes que ayudarme a vivir. Necesito que me enseñes muchas cosas, y que me aconsejes, y que me ayudes. Sobre todo, en materia de mujeres, que ando… En eso no parezco hijo tuyo; bueno, ni en eso, ni en lo feo, ni en el don de gentes; no sé, no sé… ¿Tú estás seguro de que mamá con lo del embarazo no te lió más de lo que a ti te parece? Porque si me vieras cada vez que entra en la zapatería alguna mujer joven y guapa… bueno, la verdad es que no hace falta que sea joven, ni siquiera que sea guapa; si me vieras… Me pongo nervioso, me tiembla la voz, me tiemblan las manos… Y cuando viene la vecina a preguntar por ti, me pongo rojo, rojo… Ayer, por cierto, entró una mujer… qué mujer, papá. ¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando la vi entrar en la zapatería? Pensé: «Ésta es para mi padre», y quise salir corriendo a avisarte. ¿Te das cuenta? Cualquier hombre de mi edad habría pensado: «Ésta es para mí»; cualquiera menos yo. Venía con un hombre que me pidió unos zapatos para ella. Mientras, ella sonreía, sonreía y miraba a todos lados discretamente. Se pone en pie e imita el gesto mayestático, sereno, sonriente de la mujer; luego, los del marido, los suyos… Disfruta volviendo a inventar cada detalle de aquella tarde; ahora, sonrisas, modos… después, incluso subir a los anaqueles a recoger zapatos y sentarse delante de ella para probárselos.

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PERICO EL MARIDO — Por favor, chico; ¿tendrías unos zapatos de piel de serpiente para mi mujer? PERICO EL NARRADOR — Me dijo el marido señalando los pies de su esposa. PERICO EL DEPENDIENTE — Sí, señor. ¿Qué numero? PERICO EL MARIDO — El siete, naturalmente. PERICO EL NARRADOR — ¿Naturalmente, por qué? Aquel tío era tonto; pero no me importaba, no le prestaba atención; sólo esperaba el momento de decirle a ella… PERICO EL DEPENDIENTE — ¿Quiere sentarse, por favor? PERICO EL NARRADOR — Y sentarme yo mismo a sus pies. Me miró por primera vez, me sonrió y fue hacia la silla. Era la mirada más dulce que he visto en toda mi vida, claro que tampoco he visto muchas. Y lo mejor… lo mejor es cuando se sentó. (Coge el maniquí y lo sienta en una banqueta intentando recomponer la postura de la mujer.) Su falda se deslizó suavemente hacia arriba, cruzó una pierna y dejó el aire buena parte de la piel blanca de su muslo. El corazón se me salía por la boca. Temía no ser capaz de mantener la calma. Subí a las estanterías a traer cinco o seis modelos; (lo hace) mientras, ellos hablaban. PERICO EL MARIDO — (Artificial.) ¿Te encuentras ya bien, querida? PERICO LA ESPOSA — No. Ni lo esperes. PERICO EL MARIDO — Pero, querida, es la cuarta tienda en la que entramos en lo que va de tarde. Te he comprado vestidos, joyas… PERICO LA ESPOSA — Una chuchería. PERICO EL MARIDO — Bueno, una chuchería de trescientas mil, está bien. Te he comprado ropa interior… PERICO EL NARRADOR — Cómo le odié cuando dijo eso, cómo le odié. PERICO EL MARIDO — Y ahora, zapatos. Ya no sé qué más hacer para demostrarte mi amor. PERICO LA ESPOSA — Yo sí: deja a tu esposa, a tu madre y a esos niños repelentes que tienes por hijos y cásate conmigo. PERICO EL NARRADOR — Casi me caigo de lo alto de la escalera. ¡No era su esposa! ¡Qué capullo! El tío se quedó sin aliento, como cualquiera. PERICO EL MARIDO — No hace falta que grites. Al chico no le importa nuestra vida. PERICO EL NARRADOR — El chico era yo, claro.

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PERICO LA ESPOSA — Me da igual, que se enteren todos: me tienes como a una cualquiera, para tus necesidades, sólo porque tu mujer es una frígida. PERICO EL NARRADOR — Eso me dolió porque se notaba que era cierto. PERICO EL MARIDO — Por favor, cállate; eso que dices no es cierto. Yo te amo, pero no puedo abandonar a mi madre. Si quieres, pido el divorcio mañana mismo, pero dejar a mi madre, no, que una madre es una madre. PERICO EL NARRADOR — Yo no podía esperar más en lo alto de la escalera; primero, porque estaba impaciente por ver de cerca aquel muslo maravilloso, y segundo, porque me era imposible coger más modelos de una sola vez. Así que fui bajando (lo hace). PERICO LA ESPOSA — Pues entonces, despídete de mí. Antes viviría con tu esposa que con tu madre, fíjate lo que te digo. Al menos, tu esposa no me humilla como lo hace tu madre; cada vez que te llama a la oficina es amable conmigo, pero tu madre, querido, subrayando siempre que no soy más que la secretaria enamorada… Alguien que tiene un cuerpo como el mío, señora, no puedo ser “sólo la secretaria”. PERICO EL ESPOSO — María del Mar, por favor. PERICO LA NOVIA — Ni María de la Tierra. O mañana mismo te divorcias y mandas a tu madre a un asilo, o no vuelves a verme el pelo, ningún pelo. Eso es lo que hay. PERICO EL MARIDO — ¿Esas tenemos? PERICO LA ESPOSA — Esas tenemos. PERICO EL DEPENDIENTE — Esto es lo que tenemos en piel de serpiente. PERICO EL MARIDO — (Sonrisa forzada.) Muy bien, muy bien… PERICO EL NARRADOR — Me senté a medio metro de aquella pierna, de aquella ropa deliciosa que enmarcaba el muslo más exquisito que he visto jamás. Casi me desmayo al cogerle el pie, no acertaba a ponerle los zapatos… Creí que se darían cuenta de mi nerviosismo; afortunadamente no fue así; estaban demasiado ocupados en sus discusiones. PERICO LA ESPOSA — ¿Qué quiere decir “muy bien, muy bien”? PERICO EL MARIDO — (Entre dientes.) Le decía al chico, querida. PERICO LA ESPOSA — Pues háblame a mí, querido. Te he hecho una última oferta. PERICO EL MARIDO — ¿Por qué no esperamos a llegar a casa para hablarlo?

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PERICO LA ESPOSA — No espero ni un segundo más, Rogelio. Decide ahora. Y piénsalo bien… no vayas a arrepentirte luego. PERICO EL NARRADOR — Entonces hizo algo magnífico, una jugada que sólo una mujer haría: ¡Se subió la falda hasta casi las ingles y levantó una pierna! ¡Qué movimiento! Era un jaque perfecto: forzaba la decisión del amante, le ponía celoso usándome a mí, que además era la presa más fácil del mundo, y, por si fuera poco, se miraba el zapato que acababa de probarle; todo de una tacada, en menos de un segundo. Yo, claro, me moría; pero el amante no respondió como ella esperaba. PERICO EL MARIDO — Lo siento, querida; lo siento y mucho, porque te amo de verdad, a pesar de lo que tú creas; pero no puedo abandonar a mi madre en un asilo. Eso sería un crimen, y yo no soy un criminal. Sabes dónde me tienes; si reconsideras tu postura, llámame, te estaré esperando. PERICO EL NARRADOR — Y se fue. Se fue antes de que a ella le diera tiempo siquiera a bajar la pierna. Por mi parte, no puedo decir que lamentara la marcha del marido, y menos aún viendo su expresión. Ni te la imaginas, papá. Triste, seria, estaba aún más hermosa. De golpe, se puso a llorar. Creí que me moría de compasión y de deseo. PERICO EL DEPENDIENTE — Por favor, señora; no llore. PERICO LA ESPOSA — Es un canalla. PERICO EL NARRADOR — Ya sé que debería haber sido más prudente; y lo habría sido, en circunstancias normales; pero ni lo pensé. PERICO EL DEPENDIENTE — Cualquiera que le haga llorar a usted es un canalla. PERICO LA ESPOSA — Gracias. PERICO EL NARRADOR — Se lo había tomado como un cumplido, como una galantería distante. ¡Qué desastre! ¡Tenía que deshacer el malentendido enseguida! PERICO EL DEPENDIENTE — Es usted la mujer más hermosa que he tenido la suerte de ver jamás. El padre, al oírlo, vuelve la cara hacia el juez, a quien mira con expresión incrédula. PERICO EL NARRADOR — Ella soltó el pañuelo y se me quedó mirando. PERICO LA ESPOSA — Gracias.

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PERICO EL NARRADOR — Esta vez su agradecimiento sonó mucho más sincero, pero no era suficiente. PERICO EL DEPENDIENTE — No quiero que me lo agradezca; soy yo quien le da las gracias por este momento maravilloso que me está brindando. PERICO LA ESPOSA — ¿Cómo? Ella lo pregunta por boca de Perico; el padre lo pregunta con sus ojos increíblemente abiertos y su boca descolgada. PERICO EL DEPENDIENTE — Hoy huele a primavera; el azahar emborracha; la tarde es tibia, inmensa, y hace rato que llevo dentro de mi cabeza la música más maravillosa que he oído jamás. A pesar de todo, me sentía triste. Pero hace un minuto has entrado en mi humilde zapatería con la potestad de una antigua reina virgen: ceremoniosa igual que el séquito del príncipe de los ciempiés, y te has multiplicado en las infinitas caras de tu belleza. Ahora, me gustaría que nada ni nadie me apartara jamás de este rincón del mundo, porque desde aquí te veo llorar dulcemente, y me cobijo en tu vestido, y, abrazado a tus pies, sin saber quién eres lloro contigo tu misma tristeza, la belleza purísima de tu soledad. El padre no ha querido perderse comprobar que es, en efecto, su hijo quien habla de ese modo, así que muy despacio ha girado la silla para verle. PERICO EL NARRADOR — ¿Sabes qué hizo? Gritó. Sí. Lanzó un grito desmayado, un suspiro mortal (lo hace) y se arrojó sobre mí como si le ardiera la sangre (lo hace; se revuelva con el maniquí por el suelo en una lucha de amor suicida). Me besó, (jadea, la besa…) me besó, me besó, hundió mi carne en la suya… PERICO LA ESPOSA — (Histérica de deseo.) Dime eso otra vez, dime eso otra vez, zapatero, y no sales vivo de aquí. PERICO EL DEPENDIENTE — Te deseo. PERICO LA ESPOSA — (Entre besos y mordiscos asfixiantes.) No, eso no; dime lo de que me multiplico en las infinitas caras de mi belleza. Venga. PERICO EL DEPENDIENTE — Espera; espera un segundo. (Se levanta.) PERICO LA ESPOSA — ¿Adónde vas ahora? PERICO EL DEPENDIENTE — Un segundo. (Perico se viene hasta el padre, pudoroso él, y gira la silla de ruedas hasta evitar, por si acaso, que presencie la escena. Y

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vuelve al coso del amor. Y vuelve el padre a retomar su lugar de privilegiado espectador.) Ya estoy aquí. PERICO LA ESPOSA — Vamos, dímelo. PERICO EL DEPENDIENTE — Has entrado en mi humilde zapatería con la potestad de una reina virgen. PERICO LA ESPOSA — ¡No! ¡No, por favor! ¡Cállate! Se alborota la trastienda en la evocación de Perico. El padre no sale de su admiración y, discreto, gira la silla un mínimo capaz de convencerle de lo que sus oídos le cuentan. Hasta el cuco se asoma para no privarse del insólito espectáculo, aunque ni la emoción le desvía de sus obligaciones. Canta una vez y toda la escena de Pedro se deshace en el aire. Un segundo de silencio. Canta otra vez y Perico se aparta del maniquí, que se ha convertido en un ovillo. Canta otra vez, y otra, y otra, y otra. Las seis. El cuco se ha tragado la ilusión de Pedro. Todo es mentira. El padre recompone su expresión muerta. PERICO — ¿Por qué tengo que despertar siempre en lo mejor del sueño?

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LAS SIETE PERICO — (Al padre.) Y así, papá, van pasando los días, los meses, tal vez los años… y la soledad me derrota cada noche en mi cama, se burla de mí cuando viene hasta mi almohada a recordarme que todo es sólo un sueño, un deseo inalcanzable. ¿Te das cuenta? Necesitaba tantas cosas de ti… pero tú no te has preocupado nada más que de vivir tu vida, buscar tu propio madero al que agarrarte y dejar que yo me ahogara entre soledades y regalos. Cuántas veces me repetías lo mucho que te sacrificabas por mí, lo mucho que me amabas; pero nunca te vi cogerme de la mano y llevarme contigo a enseñarme el mundo. Me has amado como se ama a los peces de colores, detrás de un cristal. Te he visto llorar, reír, hacerme gestos para que yo riera contigo, pero no recuerdo el calor de tu aliento, ni el tacto de tus caricias. (Un pequeño silencio.) Mira, te sale de los ojos una de esas gotas de agua que yo confundo con lágrimas. (Se la limpia con el dedo.) Aunque ahora no te da la luz en los ojos. ¿Es que estás llorando, papá? EL PADRE — ¡Coño, hijo; como para no llorar, con las cosas que me dices! PERICO — (Se cae de espaldas.) ¡Papá! EL PADRE — No grites. No grites. PERICO — (Sale corriendo como un loco.) ¡Milagro! ¡Milagro! EL PADRE — ¡Cállate, Perico, que te pareces a tu madre! Milagro, milagro… Si hubiera misericordia en el cielo, yo no estaría aquí, soportando a tu madre. PERICO — ¡Pero, papá! EL PADRE — No grites y déjame que te explique el milagro. Estoy consciente; siempre lo he estado; me entero muy bien de todo. No me pasa nada. Bueno, no me pasa nada en la cabeza, y tampoco en los brazos, ¿ves? (los mueve); las piernas sí las tengo inmóviles. PERICO — Pero, ¿entonces? EL PADRE — Mientras me reponía en el hospital, de pronto lo vi muy claro. No tenía piernas; no podría correr; toda una vida de martirio al lado de tu madre. ¿Te imaginas ni siquiera poder salir corriendo cuando empezara a darme la lata? Tuve pesadillas, Perico; veía a tu madre hablándome, gritándome sin parar; yo intentaba correr, pero estaba clavado en el asfalto hasta la cintura. Estuve a punto de suicidarme, pero no tenía nada útil a mano. Entonces se me ocurrió: me convertiría en tonto; fingiría que el golpe me había descerebrado. Cualquier cosa, Perico, con tal de no aguantar a tu madre, compréndelo. PERICO — Pero ¿y yo?

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EL PADRE — Pensaba decírtelo, lo que ocurre es que no veía el momento. Ahora te has puesto como te has puesto, y ya no me quedaba más remedio. PERICO — Y ¿te has enterado de todo lo que he dicho? EL PADRE — De lo de… (codazo cómplice) ¿eh? Anda… Lástima que fuera mentira. PERICO — Hay una cosa que es verdad. Después de haberla conocido y de haber soñado con ella, sé que no dormiré tranquilo hasta que lo haga al lado de una mujer así. EL PADRE — Por eso además me he descubierto, porque pienso ayudarte a conquistar a una mujer. Ya que yo no puedo… Tienes que dejar de pensar que nunca he hecho nada por ti, Perico. Me he equivocado en muchas cosas; en muchas. He sido un irresponsable a la hora de mis decisiones más importantes; también es verdad que era demasiado joven; pero ahora me encuentro vencido y enfermo. Perico, ponme una música triste, que voy a decir cosas bonitas. PERICO — Sí, papá. (En la vieja gramola pone Perico un disco de música suave, amarga.) ¿Está bien ésta? EL PADRE — Yo creo que sí; vamos a ver si me luzco. (Carraspea. Gesto grave.) Lo que no consiguió el accidente lo está consiguiendo esta maldita silla de ruedas. Me muero de tristeza. Tengo demasiado tiempo para pensar: las ideas me arden dentro, me consumen; he de estar inmóvil, yo, precisamente yo, que siempre he vivido sin parar ni un segundo. Y además debo fingir, seguir mintiendo, que es lo único que he hecho durante toda mi vida. Porque toda mi vida ha sido una mentira enorme y callada, oculta en el silencio, en la última esquina, en mi propia negación… sólo por sobrevivir, como haría un animal. He querido ser un padre fuerte, incansable, infalible, pero me ha salido un hombre débil, cansado de equivocarme, vencido por las pasiones, sí; y la más fuerte de todas, amarte, a ti, lo más importante de toda mi vida. PERICO — ¡Qué bonito, papá! EL PADRE — ¿Te ha gustado? PERICO — Mucho. EL PADRE — Pues nada, aquí estamos. Yo, hijo mío, no pretendo justificarme; pero es cierto que tuve un gran inconveniente: ser guapo; es muy difícil ser virtuoso cuando se es tan guapo como yo. PERICO — Claro. EL PADRE — Perdona, Perico; no me he dado cuenta. PERICO — No importa; estoy acostumbrado. ¿Y de todo esto a mamá?

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EL PADRE — (Amenazante.) Perico… Ni una palabra a tu madre. Como tu madre se entere, me pongo en lo alto de la escalera y suelto los frenos de la silla. Bromas, no, Perico; bromas, no. Y ahora, coge un papel y un lápiz, que vamos a escribir una carta de amor. Porque tú de palabra… PERICO — Sólo a los maniquíes. ¿Una carta de amor para quién? EL PADRE — ¿Para quién? Vamos a ver. ¿Cuánto de lo de la mujer de ayer es verdad y cuánto es mentira? PERICO — Todo es verdad, menos lo de la pelea con el marido. EL PADRE — ¿No era el amante? PERICO — No, eso es inventado. Era el marido y se les veía muy felices. EL PADRE — O sea que no hay muchas posibilidades. PERICO — Me temo que ninguna. EL PADRE — ¿Y la vecina? PERICO — ¿La vecina? EL PADRE — ¿No la ha abandonado el novio con su barriga? PERICO — Sí… EL PADRE — Eso es lo que yo tenía que haber hecho con tu madre, ¿no ves? PERICO — Papá… EL PADRE — Lo siento. Ha sido un pronto. ¿Y a ti te importa que la vecina tenga barriga? PERICO — Hombre… EL PADRE — Da igual, Perico; no tienes donde elegir. Coge un lápiz, escríbele a la vecina en ese papel la mitad de las cosas que te inventaste para la otra, y cásate con ella. PERICO — ¿Y el niño? EL PADRE — El niño es como si ya fuera tuyo; ve haciéndote a la idea. PERICO — ¿Y mamá? EL PADRE — ¿Qué pasa con mamá? PERICO — Se morirá del disgusto. EL PADRE — Escúchame, Perico, y abre muy bien los oídos: o tu madre o tú. Ella ya ha vivido su vida y me ha destrozado la mía. No dejes que haga lo mismo contigo. ¿Me entiendes? PERICO — Sí…

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EL PADRE — “Sí, pero”, ¿verdad? Muy bien, hijo; ya te he advertido; tú sabrás lo que haces. La vida va pasando y este libro no tiene segunda lectura, te lo digo yo. El cuco da las siete. El padre sujeta a Perico por el brazo y le clava en los ojos la mirada. Perico ofrece su nuca al techo.

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LAS OCHO La puerta anuncia la llegada de la madre. EL PADRE — (Como si se le hubiera disparado un muelle.) ¡Tu madre! (Y deja caer la cabeza hacia un lado con una maestría que sólo la mentira cotidiana puede proporcionar.) LA MADRE — (Llega con una bandeja de comida en la mano.) ¿Otra vez hablando solo, Perico? Cuando yo digo que te vas a trastornar… (Al padre.) Mariano, mira, mira lo que te traigo… comidita… Venga, Mariano. (Chasca los dedos y le silba como a un perro.) Vamos. PERICO — ¿Quieres que se lo dé yo, mamá? LA MADRE — No, hijo, que te manchas. Tú ábrele la boca. PERICO — ¿Eso es carne? LA MADRE — ¿No lo ves? Auténtica carne de buey. PERICO — ¿En trozos? No puede masticarlos; se atragantará. LA MADRE — Sí que puede, lo que pasa es que es muy mimoso. PERICO — Pero, mamá… LA MADRE — ¿Le vas a abrir la boca? Qué poco confías en la naturaleza. Le conviene ejercitar los músculos. PERICO — Déjame que yo se lo dé. LA MADRE — ¿Lo vas a masticar tú por él? Ábrele, anda. (Perico lo hace.) A ver… (Le introduce un trozo de carne.) Venga, Mariano, mueve la mandíbula. Muévesela tú, hijo. (Se la mueve el hijo.) De pronto, el padre empieza a ahogarse, a emitir un gemido agónico y a enrojecer. PERICO — Mamá… LA MADRE — ¿Por qué se pone así? PERICO — (Golpea al padre en la espalda.) ¿No ves que se ha atragantado? LA MADRE — Tampoco es para tanto. Más he tragado yo de él y nunca me puse a morir; o si me puse, a él le dio igual. PERICO — Llama al médico, mamá. Corre.

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LA MADRE — Como para correr estoy yo. PERICO — (Con una infinita angustia entre los estertores de su padre.) ¡Mamá; llama al médico! ¡Un médico, por favor; un médico! ¡Mi padre se muere! ¡Por favor! LA MADRE — ¡Perico, hijo, que te va a dar algo! Una música dramática in crescendo subraya la trágica escena. Pedro corre de un lado a otro con el pensamiento atenazado por los nervios, incapaz de reaccionar, perdido. De pronto, la música desemboca en una brillante explosión de la orquesta; estalla la luz en todo el escenario y, más que en ningún otro sitio, en la puerta que da a la zapatería, donde aparece un hombre joven (quizá de la edad de Perico), guapo, musculoso, impecablemente vestido, un hombre cuyos ojos intensamente verdes irradian poder y dominio; un hombre cuyo rostro sereno, medido entre la seguridad y la simpatía, es el rostro del triunfo, del todo triunfador por el que suspiran las mujeres y se desgarran las anatomías. Perico se detiene en su angustia. La madre se deshace en su pasmo lujurioso. La música cesa y el hombre frunce el ceño y agacha la cabeza sin dejar de mirar. EL MÉDICO — Ya estoy aquí; por favor, no pierdan la calma. Soy bálsamo de los cuerpos y consuelo de las almas. (La madre aplaude; el padre agoniza por la boca.) ¿Quién es el enfermo? (El padre emite un gemido, el hilo de un gemido.) LA MADRE — (Embobada.) Yo. PERICO — Mi padre; se ha atragantado. EL MÉDICO — Ése es un arriesgado diagnóstico, amigo mío. ¿En qué lo fundamenta? ¿Es usted médico, quizás? PERICO — No, señor; soy zapatero. EL MÉDICO — Ah, doctor en zapatos. Me temo que su título no puede resultar de mucha ayuda a su padre en estos momentos. PERICO — Si no se da prisa, me temo que el suyo tampoco. EL MÉDICO — Por favor; no intente marcarme el ritmo de mi trabajo. Aunque no me fatigo fácilmente, prefiero ser yo quien determine mis propias pautas de conducta profesional. Antes que nada he de hacer una historia clínica del paciente; voy a necesitar datos que me permitan establecer un diagnóstico apropiado.

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PERICO — Muy bien, vaya usted haciendo lo que le parezca. (Se dirige al padre y le hace la respiración boca a boca.) EL MÉDICO — ¿Enfermedades más comunes? LA MADRE — Gonorrea, blenorragia, herpes genital, sífilis… EL MÉDICO — ¿Casado? LA MADRE — No. (Coqueta.) Ni mucho menos. EL MÉDICO — (Que ha enderezado las orejas al captar el tono singular de la madre, se le acerca matón.) ¿Algo más? LA MADRE — (Levanta la barbilla como las novias derretidas.) Un accidente que le dejó inútil hace ya… muchos… pero muchos, muchos meses. (Se le entrega.) ¡Demasiados! EL MÉDICO — ¿Sin remedio? LA MADRE — Como no lo remedie usted… EL MÉDICO — (A Perico, aunque sin apartar su lujuriosa mirada de la madre.) ¿Mejora su padre, joven? PERICO — No; creo que está muy mal. EL MÉDICO — Eso déjeme decidirlo a mí, ¿le parece? (Al padre, a voces.) ¿Cómo se encuentra, buen hombre? LA MADRE — No se moleste en gritar. Es tetrapléjico, y además no oye, ni habla, ni ve. Es una planta. EL MÉDICO — (Sin abandonar el desafío sexual que mantiene con la madre.) Entonces está mal, sí. Pero no hay por qué preocuparse; llamamos a un ambulancia y lo ingresamos en un pasillo del hospital. La misma sirena de antes, la misma ambulancia; es decir, el mismo enfermero, que trae bajo el brazo una camilla plegada, y apenas ha entrado, se planta y señala con el dedo al padre. EL ENFERMERO — (Masticando chicle.) Eso es un infarto. EL MÉDICO — Oiga, camillero; ¿puede decirme en qué título basa esa desvariada afirmación, por otro lado, carente de cualquier fundamento clínico? EL ENFERMERO — ¿En qué título? Pues estuve quince años haciendo el pasillo que va desde urgencias a la unidad coronaria, y ahora llevo diez haciendo el que va desde la unidad coronaria al depósito de cadáveres. Acabo de trasladar un fiambre con mejor cara que aquí el señor. Como no le ponga deprisa la nitro…

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EL MÉDICO — (Hipnotizado por la madre e intentando hipnotizarla.) ¿La qué? EL ENFERMERO — ¿Son ustedes familia? PERICO — Sí. LA MADRE — No. EL ENFERMERO — Hágame caso y póngale esto (le tiende una jeringuilla a Perico y le aplica al padre una mascarilla de oxigeno). PERICO — ¿Y qué hago yo con esto? EL ENFERMERO — Inyéctesela en la vena muy despacio. Si mejora, enhorabuena; si no, ya nos veremos. Pone en marcha la sirena y sale. PERICO — (Con la inyección en la mano, al médico.) ¿Se la va a poner usted? EL MÉDICO — (Con su cara a dos centímetros de la de la madre.) Es lo más probable. PERICO — Y yo a lo mejor le espero. (Inyecta a su padre, que empieza a relajarse.) EL MÉDICO — (Después de quitarle las gruesas gafas, y aunque ella ofrece una mirada miope y perdida.) Podría escribir un tratado con todo lo que leo en sus ojos, señora, y ni aun así habría expresado con precisión la fantasía inconfesable que me sugieren. La madre, en un gemido, exhala un golpe de aliento que abrasa, como el de un dragón, y se desmaya, se desmadeja sobre sus piernas. EL MÉDICO — (A Perico, por la madre.) Joven: su madre ha sufrido una lipotimia; cuando vuelva en sí, dígale que no he sido un sueño y que volveré para demostrárselo. Su padre ha sufrido un infarto en tronco principal anteroposterior; cuando vuelva en sí, dígale que me debe la vida y que volveré para continuar el tratamiento. Adiós, buenos días. El cuco responde amable al saludo cantando siete veces, siete veces cansado. PERICO — ¿Cómo estás, papá? EL PADRE — (Adormilado y cubierto por la mascarilla, murmura un lamento patético, una frase deslavazada e ininteligible.)

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PERICO — (Le separa algo la mascarilla y pega la oreja.) ¿Qué dices? EL PADRE — Me muero, Perico; me estoy muriendo. PERICO — No digas eso; ya verás cómo mejoras. EL PADRE — Sí, con la ayuda de ese médico. PERICO — Llamaremos a otro; buscaremos al mejor. EL PADRE — Sí, con la ayuda de tu madre. No te angusties, Perico; no pasa nada. PERICO — No, nada, sólo que te mueres. EL PADRE — Pues eso, Perico; nada. Perico le besa en la frente con devoción; el padre le acaricia las manos. Lloran juntos, en silencio, mientras un cuco cada vez más fatigado da las ocho. Oscuro.

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LAS NUEVE Desde fuera, las risas lúbricas de los amantes profanan las lágrimas sagradas que comparten hijo y padre. Despacio se apartan. El padre vuelve a ponerse la mascarilla de oxigeno y ladea la cabeza; el hijo, triste, se va por la puerta que da a la zapatería. Por la que da al resto de la casa, aparecen la madre y el médico. Un espectáculo patético, hiriente, risible: la madre viene sin gafas (parece que su médico le ha puesto lentillas), enfundada en un jersey ceñido que le resalta el sostén relleno de algodones, vestida de joven moderna (a juego con el aspecto ejecutivo del ilustre doctor) y subida en unos (para ella) peligrosos tacones. Además usa una peluca rubia, lleva los labios pintados de escandaloso rojo y se mueve admiradora del arte con una sensible delectación (burda imitación del hijo que sólo al médico engaña), lanzando la mano al contraluz del haz que atraviesa el ventanuco. LA MADRE — ¿Has visto alguna vez concentrarse entre tus dedos el milagro de la naturaleza? La luz… el color… EL MÉDICO — (Ni caso.) Qué va. (Por el marido, que les da la espalda.) ¿Cómo sigue este hombre? LA MADRE — (Mística, su mano aún cabalística.) Se consume, se evapora día a día. La ira de Dios no quedó cumplida con el accidente; por eso ahora lo mata. Y no se detendrá hasta que lo vea quemarse en el profundo abismo. EL MÉDICO — ¿Qué título te respalda en ese diagnóstico, Marcela? LA MADRE — El de bruja, Claudio. (Abandona el conjuro.) Pero ven; no hablemos más de él. La madre coge al médico y le abraza y le besa en los labios. Mientras, a sus espaldas, gira disimuladamente la silla del marido, enfrentándolo sin remedio a la patética escena de amor. EL MÉDICO — (Ah, pillín.) ¿Quieres… que juguemos a los médicos? LA MADRE — (Niña.) ¡Venga! EL MÉDICO — (Niño.) Tú venías a mi consulta, y yo te tenía que reconocer por si padecías una espondilartritis seborreica colateral, ¿eh? LA MADRE — No, que lo que quieres es aprovecharte de mí.

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EL MÉDICO — No, porque yo era un profesional, y no te miraba como mujer, sino como problema médico. LA MADRE — Y ¿por qué me tengo que fiar de ti? EL MÉDICO — Porque yo, señora, soy doctor en medicina y cirugía, y sé lo que le conviene; para eso me he preparado concienzudamente durante años, y por eso usted debe tener confianza en mí, y abandonarse… abandonarse (se calienta) a las prácticas que yo considere oportuno hacerle; a las que sea, como sea. (Acosa.) LA MADRE — Doctor, por favor, mi amor. (También acosa, sólo que dejándose acosar. Se besan apasionadamente.) EL MÉDICO — (Al finalizar el beso, saca de su bolsillo un pañuelo pulcramente doblado, lo desdobla pulcramente, se limpia los labios con pulcritud y lo vuelve a doblar y se lo guarda. Además, se recompone el flequillo.) Marcela: pienso que deberías adoptar una postura de decúbito supino a fin de que yo pueda proceder a penetrarte sin tener que realizar un especial esfuerzo ni castigar mis rodillas con una fatigosa genuflexión incompleta. LA MADRE — Ven aquí, comodón. La madre atrae a su amante hasta el borde de la camilla; contra ella apoya las nalgas y entreabre las piernas para recibir el nuevo abrazo ilustrado. Descansa su mentón en el hombro masculino y, acariciando la recia espalda, desafía, insulta con la mirada, humilla con su artificial procacidad la paciencia del marido, que ella sospecha más viva de lo que siempre creyó, aunque nunca tanto como en realidad está. En aquella esquina de la zapatería, que un día Perico creyó el único lugar feliz del mundo, la madre y el médico se empeñan en avivar una sexualidad tuerta, dormida, producto del odio y de la venganza. Rosario de jadeos, lamentos y manoseos grises mientras la madre mantiene su mirada sonriente en la mirada muerta del padre y así cree redimirse un poco más de su vida fracasada. EL PADRE — (De pronto, se aparta la mascarilla.) No se moleste, joven; es completamente frígida. LA MADRE — Tú dirás que son figuraciones mías, pero se me hace que mi marido acaba de decir algo. EL MÉDICO — ¿Cómo que si acaba de decir algo? Acaba de decir que eres frígida! ¿No me estarás fingiendo, verdad Marcela?

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LA MADRE — (Con una voz que no le sale del cuerpo.) ¿Entonces es verdad que ha hablado? EL MÉDICO — Marcela, haz el favor de responderme a lo que te pregunto. EL PADRE — ¿Quiere que se lo responda yo? Hace años que conozco la respuesta. LA MADRE — (Por los sonidos que emite, parece que ahora fuera ella la que se ahoga.) Está hablando; está hablando. EL MÉDICO — ¡Fingiendo! Nunca nadie se había burlado de mí de esa forma. ¡Con los sentimientos no se juega, Marcela! LA MADRE — (Por fin le estalla la garganta.) ¡Milagro! ¡Es un milagro! (Se pone a correr como loca por toda la trastienda.) EL PADRE — (Al médico.) Es una histérica. EL MÉDICO — ¿En qué titulo respalda esa aseveración? EL PADRE — Marcela: o te calmas o me levanto de la silla. (La madre cubre con sus manos su propia boca y se impone quedarse en silencio; lo consigue a duras penas.) Así está mejor. Y escúchame (jadea con gran dificultad): nunca he estado enfermo; he simulado no enterarme de nada por no aguantarte; ahora estoy a punto de morir, pero no me voy a meter en el ataúd sin ponerte otra vez en ridículo. Pasarás las noches en blanco recordando las cosas que has hecho delante de mí creyendo que yo no te observaba: eres mucho más patética de lo que tú misma piensas. Eres la persona más estúpida, más vacía y más gris que he conocido jamás. Y entérate: no se puede vivir a cualquier precio; sobre todo si el precio son los demás, ni se puede retener a alguien con el chantaje vil del dolor y de la pena. Hay que tener dignidad para tragarse las lágrimas, darse la vuelta y buscarse la vida. Todos estos años me he callado lo que te estoy diciendo; ahora me voy a morir; ya todo me da igual. LA MADRE — (Serena, agria.) Que Dios te maldiga, Mariano. Púdrete en el infierno. EL MÉDICO — Quizá prefieran quedarse a solas. (Se marcha.) EL PADRE — ¿En qué se basa para hacer ese diagnóstico, doctor? No se vaya, hombre, y llame a una ambulancia: algo va mal, muy mal, aquí dentro. EL MÉDICO — ¿Quiere que llame a un sacerdote? EL PADRE — ¿Por qué no me llama mejor a una puta? Las putas siempre han sido mi religión, y no creo que ahora me diera tiempo a acostumbrarme al cambio. Llame a una ambulancia, por favor.

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EL ENFERMERO — (Que entra ululando, corriendo y masticando chicle, claro.) Se preguntarán por qué he tardado tan poco. Me he instalado en el zaguán. (Al padre.) ¿Cómo va eso? EL PADRE — (Ahogado.) Mal. EL ENFERMERO — Bueno, hombre, bueno; no se angustie. ¿A ver? (Le coge el pulso.) Bueno, venga, tranquilícese. Esto ya está aquí. EL PADRE — ¿Qué es lo que está aquí? EL ENFERMERO — Calma, calma. No podemos hacer nada; ha llegado el momento. Así que relájese, coja mi mano y échese hacia atrás. Cuando usted quiera, me suelta la mano y respira tranquilito; no intente luchar y será un tránsito dulce; en un segundo hemos terminado. EL PADRE — Sobre todo, yo. ¿Qué es? EL ENFERMERO — Un edema pulmonar, así que se va a sentir muy cansado y con muchas ganas de dormir. Esté tranquilo. EL PADRE — Marcela. LA MADRE — (De espaldas.) Déjame, Mariano. EL PADRE — Marcela, por favor. EL ENFERMERO — Marcela… ayúdele. LA MADRE — ¿Qué quieres, Mariano? EL PADRE — Mírame, Marcela. La madre se gira emocionada, dudando entre la rabia y la piedad; el padre intenta, casi sin conseguirlo, un último gesto: a duras penas le tiende la mano, que luego recoge para llevársela a la boca y expeler una pedorreta agonizante, mortal. En efecto, el aire de la burla es el último aliento de sus pulmones; la cabeza le cae sobre el pecho ya para siempre. EL ENFERMERO — Ha sido muy bonito, señora, si me lo permite; enhorabuena. LA MADRE — Lléveselo. EL MÉDICO — (Llorando.) Es la primera vez que veo a morir a un hombre. Con qué dignidad se ha inclinado ante la muerte. LA MADRE — Si tú no hubieras creído lo que te decía acerca de mi frigidez, se habría inclinado ante el peso de sus propios cuernos; pero era muy listo; mucho más listo que tú.

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EL MÉDICO — Tienes razón; si no fuera por el respeto que merece el momento y por la emoción, ahora mismo te pedía perdón en decúbito prono. Otra vez será. LA MADRE — Otra vez será, sí. Anda, vete ahora. (Se quita la peluca rubia.) Debe de haber muchas viudas que te necesiten más que yo. Aquí ya no tienes paciente al que atender, ni a mí me queda paciencia para atenderte. EL MÉDICO — ¿Es una despedida, Marcela? LA MADRE — Puede que no, y yo no me he enterado. Adiós, Claudio. (Al enfermero.) ¿Les importa dejarme a solas con él un minuto? Gracias. Salen los dos comentando calladamente las excelencias del fallecimiento. La madre se acerca al cadáver del marido. LA MADRE — Si tan sólo me hubieras dejado amarte. (De un violento golpe de rabia, tira por el suelo la silla y, con ella, el cuerpo del padre.) El cuco, ya casi anciano, deja caer lentamente nueve horas. Ella sale. Oscuro.

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LAS DIEZ Al regreso de la luz, la trastienda, como siempre, está un poco más vacía, un poco más azul, un mucho más desangelada e inhóspita. En el lugar del caballo de cartón hay ahora una bicicleta estática. PERICO — (Al juez.) Un mal día, la luz del amanecer no pudo tragarse, como otros, mis miedos de la noche. Aquella vez no fue sólo una pesadilla. Qué traidor me pareció el movimiento de la gente en la calle, el sol, la vida. No pude despertar porque ya estaba despierto. Aún espero inútilmente a que amanezca. LA MADRE — (Que entra deprisa, seria, con su aspecto de siempre.) Tu padre ha muerto, Perico. Y sigue haciendo sus cosas. Es un ama, una abuela seca que ya no distingue la risa del llanto, porque ni una ni otra cosa siente, sólo amargura, infructuosa amargura. Pedro no responde; como si no hubiera oído a la madre, monta en la bicicleta estática y comienza a pedalear cada vez más fuerte, cada vez más rabioso, cambiando las lágrimas por los resoplidos de furia que oculta en la respiración fatigada por el ejercicio. Pero los pedales van demasiado rápidos; el aparato se tambalea bajo los bruscos movimientos de Perico y caen los dos. Él se levanta y, para recuperar el resuello, se dobla, apoya los antebrazos en la camilla, con la cabeza sobre las manos cogidas y las piernas separadas. Bufa y llora; escupe sudor, saliva y lágrimas. Hasta que la ira le lleva a estrellar los puños contra la camilla, que cede, se desmantela igual que una res descabellada y cae en un estrépito infernal. La madre le abraza por la espalda. Pedro mira a la mesa rota por el suelo, derrotada, y luego eleva la mirada a cada rincón de aquella trastienda querida, empapada de los mejores recuerdos de su niñez. PERICO — ¡Qué frío hace! LA MADRE — Abrázate a mí. PERICO — Dónde están mis juguetes, mis días de sol, mis ganas de jugar y de correr detrás de las niñas; dónde están mis rincones felices, que me resguardaban del frío y de los monstruos. Dónde está el olor de los lápices y de las go-

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mas de borrar, el sudor sin olor de los niños, el sueño profundo, la ilusión de la noche de Reyes; dónde está el calor de las mantas en los grises atardeceres de noviembre, la mirada suplicante de las ranas en mis dedos curiosos. Dónde está la vida, madre, que se me ha escapado entre los zapatos pasados de moda y el polvo de las estanterías. No he conseguido nada; sólo fracasar, y ni siquiera puedo compartir mi fracaso con alguien. LA MADRE — (Se aparta.) Tu padre parecía haberlo conseguido todo; tenía a todas las mujeres, pero no tenía a ninguna; él sí que ha fracasado. PERICO — Tengo que irme, mamá. LA MADRE — ¿A buscar una mujer? PERICO — También. LA MADRE — ¿Así? (Le enseña una carta.) PERICO — ¿Qué es eso? LA MADRE — La carta que le escribiste a la vecina. “Hombre soltero, aún joven, de buena presencia, acomodado, sensible, honesto y amante de las artes, busca mujer para formar un hogar. No importa que tenga un niño de diez años. Interesada, preguntar por mí en la zapatería de al lado de tu casa”. Es lo m{s ridículo, lo más patético que he leído jamás. ¿Qué quieres? No conoces el mundo; la vida no es más que lujo, dinero, posición, belleza; eso es lo que le interesa a una mujer, y tú no tienes nada de eso. Eso es lo que compra sus caricias; eso es lo que las abre de piernas. Y tú no tienes nada de eso. PERICO — Yo tengo ternura y cariño. Yo soy sensible mamá. Podría disfrutar de la delicadeza del amor como muy pocos seres humanos pueden hacerlo. LA MADRE — Eres sensible, muy bien; te darán compasión, pero nunca amor. ¿Es eso lo que quieres? Sólo yo puedo darte amor a cambio de nada. PERICO — ¿Amor?, ¿qué amor? LA MADRE — Mi vida ha sido un estercolero, pero mientras yo viva te juro que la tuya no será así. PERICO — Déjame que yo decida mi propia vida. LA MADRE — Yo te amo. PERICO — La libertad es más importante que el amor, mamá; la libertad lo es todo. LA MADRE — Y ¿para qué quieres la libertad? Yo puedo darte lo mismo que cualquiera de ésas. ¿Qué necesitas tú que yo no te pueda dar? ¿Qué pueden darte ellas que yo no pueda darte?

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PERICO — Sexo. Tú no puedes darme sexo, madre. LA MADRE — (Un silencio muy significativo, lleno de gestos.) ¿Sexo? ¿Tanta importancia tiene el sexo? PERICO — Yo también quiero huir, volver a meterme en el útero, no nacer, huir de la miseria por la única puerta digna, esa maldita puerta de la vida, del cielo y del infierno que las mujeres tenéis entre las piernas; esa mariposa a través de la cual uno cometió el error de salir a este basurero. LA MADRE — Eres un estúpido romántico, o un lunático. (Rompe la carta en mil pedazos.) El sexo es sólo un segundo fugaz lleno de sudor y semen; nada más. ¡Y la puerta por donde tú saliste al mundo es la mía, no lo olvides! Crees que lo estás inventando todo, pero es una maldita repetición; las posturas, el amor, el miedo, la muerte, el odio… todo está inventado hace miles de años, hace miles de hombres, Perico; una mujer que pare, un sexo que sangra, el dolor infinito de la muerte próxima: todo es muy antiguo, aunque tú te creas que eres el primero que lo vive. ¿Dónde está la novedad? PERICO — En que soy yo quien lo vive. LA MADRE — Déjame acariciar tus pies, Perico, por favor. PERICO — No, mamá. Nunca más caricias en los pies; nunca más. Ya no quiero comer en tu mano; sólo quiero amar y que me amen. LA MADRE — (Amarga.) Ah, ya; quieres decir joder y que te jodan. Pues, nada, hombre; ¡que te jodan! PERICO — Muy bien, mamá. LA MADRE — (Se le abraza otra vez.) ¡Perico! ¡Perico! Qué sola estoy; qué sola y qué vieja; no me dejes nunca. No quiero morirme sola. PERICO — (Responde a sus caricias.) No te preocupes, mamá; no morirás sola; yo estaré a tu lado. El cuco les da diez horas muertas. Y se apaga.

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LAS ONCE La música de la espineta es, en esta hora, tétrica, atormentada. El escenario está casi desnudo, la luz que entra por el ventanuco es aún más luz de anochecer y el azul continúa devorando los tonos dorados, así que hay en el ambiente de la trastienda una extraña mezcla de vacío, de frialdad y misterio. Perico, solo, es casi la imagen lúgubre del principio; su silla, su ropa… PERICO — Así, señoría, han pasado los días, los meses, los años… Apenas queda ya nada de mí en la trastienda, señoría. Sólo quizá malos recuerdos, un amargo sabor de fracaso, y, pululando por aquí, como una pequeña cucaracha nerviosa, aquélla a quien creí, y todavía hoy creo, culpable de ese fracaso mío: mi madre. Un viento de niebla atraviesa la habitación arrastrando tras de sí una sombra espectral. SOMBRA — Oh, Pedro, terrena criatura. PERICO — Oh, ¿quién me llama? SOMBRA — Oh, soy yo, Pedro. PERICO — Y ¿quién eres tú, oh sombra? SOMBRA — (Le hace un gesto para que le siga.) No hablaré contigo en este lugar. Sígueme, oh. PERICO — (Lo hace. Dan vueltas por la trastienda.) ¿Adónde me llevas, sombra? ¡Habla! ¡No voy más lejos! SOMBRA — ¡Escúchame! PERICO — ¡Te escucho! SOMBRA — Pronto habré de volver al sulfuroso fuego de la tortura. PERICO — Pero yo creía que no existía la vida eterna, ni Dios, ni el cielo, ni el purgatorio ni el infierno. SOMBRA — Eso creía yo también, oh, y mira por dónde. Hombre, la verdad es que en este estado de la materia las noticias son todavía muy confusas: que

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sí, que no… El caso es que aquí me tienes, tragando azufre como un perro maldito. PERICO — Pobre de ti, oh. SOMBRA — No me compadezcas; sólo presta mucha atención a lo que te revelo. PERICO — Estoy obligado a escucharte. SOMBRA — Y lo estarás a vengarme, cuando sepas… PERICO — ¿Qué? SOMBRA — (Se acerca, se abraza a él y llora escandalosamente.) ¡Hijo! ¡Hijo de mi vida! ¡Nunca sabrás cuánto te quiero! ¡Nunca sabrás cuánto he sufrido por ti! (Y le asaetea a besos histéricos.) PERICO — ¡Papá! SOMBRA — Yo mismo, hijo mío. Escúchame. Soy el alma de tu padre, condenada a andar errante hasta purgar y extinguir los torpes crímenes que en vida cometí, conque… no te quiero contar lo que me queda de alma en pena. Qué se le va a hacer. En fin, Perico: si alguna vez tuviste amor a tu padre, véngale de su infame y monstruoso asesinato. PERICO — ¡Asesinato! Pero ¿no fue un infarto? SOMBRA — Sí, pero el trozo de carne que tu madre me metió en la boca, tenía toda la intención, no dirás que no. Y no te quiero contar lo que he tenido que aguantarle desde el accidente. Además mi lecho ha sido mancillado. PERICO — ¡Claudio, el médico! SOMBRA — Oh, horrible; oh, horrible; oh, demasiado horrible. PERICO — ¿Y qué hago? SOMBRA — Pues matarlos. PERICO — ¿Al médico también? SOMBRA — Claro. PERICO — Pero el médico se fue hace tiempo. SOMBRA — ¿Cómo que se fue? ¿Quieres decir que ya no está abarraganado con tu madre? PERICO — No. SOMBRA — ¡Qué despiste el mío! ¿Ves cómo las noticias aquí son confusas? PERICO — Entonces, ¿qué? ¿Mato a la madre?

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SOMBRA — Yo creo que sí, ¿no? PERICO — No sé; tú sabrás, que eres el que anda errante. SOMBRA — Hombre, a los dos hubiera sido lo apropiado, pero puesto que él se ha ido, habría que matarla a ella. Yo debo ser vengado, Perico, y ella ha sido muy mala conmigo, tú lo sabes. PERICO — Sí, lo sé. El cuco, lento, siniestro, comienza a dar las once. SOMBRA — Pues, venga, que está amaneciendo y no me conviene que me vean vagando por ahí. PERICO — Adiós, padre; hasta que volvamos a encontrarnos. SOMBRA — Aquí, no creo yo que… PERICO — Bueno, pues donde sea. SOMBRA — Eso sí. ¡Adiós, Perico! ¡Adiós, adiós, adiós! ¡Acuérdate de mí! PERICO — Igualmente, papá; que no sufras mucho. Y ten cuidado con el azufre, que es tóxico, no te vayas a envenenar. La sombra se desvanece. PERICO — (Mientras prepara un vaso de leche caliente.) Ya imagino, señoría, que este capítulo del sumario va a resultar conflictivo, pero es la verdad, por más que vengan los peritos forenses, descreídos como son, diciendo que ando escurrido de sentido común. Si es cierto lo que cuento, cualquiera entenderá que matara a mi madre; luego no se me tome por criminal, sino por vengador y justiciero. Si no lo es, no se tenga en cuenta las acciones que mi mente perturbada me ha dictado. (Vertiendo en la leche una gran cantidad de barbitúricos, con uno entre los dedos.) Ésta es, entre todas las barcas de Caronte, la más pequeña; mas no hagáis desprecio de lo pequeño, pues poca cosa es la semilla del hombre y trae la vida; poca cosa es la raíz de la cicuta y se la lleva. (Un tono familiar.) Esto, señoría, perdonando la inmodestia, merecería constar en el sumario, me parece a mí.

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LAS DOCE Por última vez, la puerta que se abre anuncia la llegada de la madre. Viene, como toda la vida vino, metida dentro de sí, confundiendo los recuerdos entre la compra del mercado. LA MADRE — ¿Perico? Mira lo que te traigo. Llevo desde la madrugada en la puerta de la farmacia, esperando a que abrieran para traerte esto. He pasado miedo, ¿sabes? Un camionero del mercado me confundió con una prostituta PERICO — ¿Qué es lo que me traes? LA MADRE — Mira; pastillas para calmar la tensión sexual. PERICO — Ven, mamá, ven; siéntate aquí. (Lo hace ella y él le quita los zapatos y le acaricia los pies.) LA MADRE — Llevo mucho tiempo en la puerta de la farmacia. PERICO — No quiero pastillas para adormecer mis deseos; no quiero adormecer nada, ni quiero adormecerme yo y que la vida me pase por encima como una apisonadora. Eres tú, mamá, la que necesita dormir, no yo. LA MADRE — Pero he pasado mucho tiempo en la puerta de la farmacia, esperando a que abrieran sólo para comprarte esas pastillas. PERICO — Toda la vida, mamá; toda tu vida. Ahora descansa; toma (le ofrece el vaso de leche), bébete esto; está caliente. LA MADRE — (Lo coge.) ¿Por qué quieres que tome leche caliente? (Él la mira con ternura, pero no responde.) Ella está en la zapatería, esperándote, ¿verdad? (Él afirma con un gesto.) Saber esperar tiene sus recompensas, y la vecina no tenía nada que hacer más que esperarte. ¿Trae a su hijo? (Perico asiente.) Y su pasado; te trae toda su miseria; lo peor. Nunca pasarás de ser el remiendo de un fracaso, Perico. A ella le convienes; yo te quiero. Ella te pagará abriéndose de piernas; yo me cobraré cerrando los ojos. Pero no quiero llorar; no volveré a llorar por ti. Dame ese vaso de leche. Coge en sus manos el vaso como si recibiera un regalo caro, con delicadeza y amor. Antes de beber, mira tiernamente a su hijo durante mucho tiempo. Perico no se avergüenza de aquella mirada, al contrario, responde a ella con la misma emoción. LA MADRE — Es por tu padre, ¿verdad?

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LA VOZ DE LA SOMBRA — Sí; es por mí, es por mí. (Se ríe como un fantasma.) LA MADRE — Cállate, Mariano, que das pena. (La risa se corta de golpe.) Y espera que llegue; te vas a enterar. (La sombra emite un gemido similar al de su agonía.) PERICO — No, mamá; es por mí. LA MADRE — Bien. (Sin apartar los ojos el uno de la otra, ella se bebe muy despacio la leche, hasta la última gota.) Ya está. (Saca un pañuelo muy bien doblado y se limpia.) Es lo único que conservo de mi aventura con el médico. (Perico la besa y ella se deja besar tiernamente. Sonríen.) Perico. PERICO — ¿Qué, mamá? LA MADRE — Quiero pedirte que hagas dos cosas por mí. PERICO — Pídeme lo que quieras. LA MADRE — En ese mueble hay un disco; cógelo. PERICO — (Lo hace.) ¿Éste? LA MADRE — Sí. Ponlo en la gramola. Es un disco que hicimos grabar tu padre yo con tu voz cuando sólo tenías unos meses. Trátalo con cuidado; nos salió muy caro porque hubo que esperar mucho tiempo hasta que te decidieras a soltar un gorgorito, y cuando por fin te decidías, tu padre, que estaba borracho, claro, se ponía a aplaudir y lo estropeaba. Perico pone el disco. La bocina llena la trastienda de las risas y gracias de un niño recién nacido. La madre llora emocionada. Perico se contiene. Poco a poco, el motor de la gramola va perdiendo revoluciones, y las risas se convierten en un lamento horrible, en un quejido agónico de tonos graves. El azul profundo, frío, de la trastienda ya deshabitada, multiplica el terrible sonido entre los nichos en que ha terminado convirtiéndose la perfecta geometría de aquellos amables anaqueles. Allí donde un día descansaron las ilusiones de la familia, hoy se desliza un viento de tumbas en bloque. PERICO — Vaya; parece que la gramola se ha estropeado. LA MADRE — Da igual; ya da igual. Quiero pedirte una segunda cosa. PERICO — ¿Qué es, mamá? LA MADRE — (Empieza a costarle abrir los ojos.) Quiero volver a entrar por esa puerta y que tú me esperes escondido en el trastero.

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PERICO — Ven. (La ayuda a levantarse y la acompaña hasta la puerta de la zapatería.) Espera cinco segundos y entra cuando quieras. (Corre a esconderse en el trastero.) LA MADRE — (Luego de un momento.) ¿Perico? ¿Perico? PERICO — (Niño.) No me encuentras. LA MADRE — Perico, ¿dónde estás? ¿Te has escondido en los armarios? PERICO — Búscame, mamá. LA MADRE — (Llorando ya sin intentar ocultarlo.) Perico, hijo; no me asustes. Ya eres muy mayor para jugar a esconderte. ¿Es que quieres volver a la infancia, hijo? Perico. (Llora desconsoladamente.) Dime que sí. Dime que sí. (Perico abre la puerta del trastero y se asoma.) Dime que quieres volver a la infancia, mi niño. Dímelo, por favor. (Se desmorona en el suelo.) Perico la socorre, la toma en sus brazos y la ayuda a sentarse en la mecedora. PERICO — No llores, mamá. LA MADRE — (Dormida.) Cuando me ponga buena, venderemos la zapatería y nos iremos los dos juntos a recorrer mundo. Por ahí, lejos, muy lejos. Los dos solos. Mientras el cuco dio las doce tan fatigadamente que parecía que nunca fuera a terminar, él la meció entre sus brazos hasta dormirla. Después de cantar la última hora, el cuco ya no tuvo fuerzas para regresar a su casa de madera y tictac. Entonces Perico besó a la madre y la abandonó en su mecedora, con la cara enfrentada al rayo de luz que entraba por el ventanuco; la luz más fría y mortal que nunca haya existido.

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ESCENA AZUL Sobre un escenario profundamente azul, desnudo, arrasado, Perico aparece sentado en su silla de siempre. PERICO — No crea su señoría que me siento mal. Nadie me espera. El último aliento de mi madre me inspiró la intuición de que acertaba cuando hablaba de mi vecina, así que al fin no me reuní con ella. Por si acaso me hubiera cabido alguna duda, los gritos infernales de su niño, que jugaba arrojando zapatos desde lo alto de los anaqueles, me hicieron desistir. Recordé a mi padre: yo no tendría la oportunidad de hacerme el tonto, ¿me comprende, señoría? (Se levanta un poco y adelanta el cuerpo escudriñando el hueco negro del patio.) ¿Señoría? Responde la voz interrogante de una cotorra, y, tras ella, una algarabía de pájaros. Perico se vuelve a sentar y mira a uno y otro lado. Se levanta las solapas de su chaqueta y cruza los brazos y las piernas: tiene frío. Parece que estuviera en mitad de una calle. PERICO — (Pensando en voz alta.) Esto es lo que pienso contarle al juez, sí señor. Palabra por palabra. (Un silencio.) Suponiendo que me cojan, claro. (Ríe a carcajadas.) Por un lateral aparece un perro callejero, sucio y enfermizo; se acerca a Perico, le huele las piernas, levanta una pata y se le mea en los pantalones. Luego sigue su camino sin inmutarse, hasta desaparecer por el lateral contrario. Perico se le queda mirando, incapaz de reaccionar. Oscuro.

TELÓN

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Jorge Mรกrquez

La tuerta suerte de

Perico Galรกpago Versiรณn del estreno de UROC Teatro

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La tuerta suerte de Perico Galápago (Premio S.G.A.E. 1994) se estrenó el día 25 de septiembre de 1995 en el Festival Internacional de Teatro de La Habana, con el siguiente reparto: PERICO LA MADRE EL PADRE EL MÉDICO EL ENFERMERO

Producción Dirección

José Pedro Carrión Lita Claver, «La maña» Mario Vedoya José Luis Serrano, «Jaro» Rodrigo Durán

Uroc Teatro, S. L. Juan Margallo

El texto de esta versión es el modificado para el montaje de Uroc Teatro

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ESCENA NEGRA Al principio todo está oscuro, profundamente oscuro. Después, un fuste de luz cruda y fina empieza a rasgar la negrura del escenario e ilumina a un hombre sentado, frente al público, en una silla sombría de bruñido negro. Permanece muy quieto, soportando el desperezo de la luz que se le derrama sobre la calva y le chorrea por todo el cuerpo (por sus gafas antiguas de espesas lentes, por su traje estrecho de paño gris y escasos pantalones, por sus manos, religiosamente convocadas, igual que un tejado al revés, al abrigo de las piernas juntas) hasta los zapatos, hasta la sombra misma de sus zapatones. Una vez que la luz ha ganado todo su cuerpo y lo aprisiona, el hombre es lo único que el escenario muestra, su figura triste, casi lúgubre, casi demasiado ingenua. Sólo el espeso negro infinito y él, que, con gesto apocado, consciente de la autoridad que le observa y del respeto que merece, tímidamente duda cuándo empezar. PERICO — Yo, señoría, soy un humilde vendedor de zapatos, un hombre gris. No tengo amigos, no tengo hermanos, mi padre murió hace unos meses, y mi madre, como su señoría sabe, ayer; así que estoy solo. No conozco la nieve ni el mar, jamás desayuno, apenas ceno y almuerzo siempre sopa, fiambre y yogur; los domingos, además, tomo un pedazo de queso fresco, medio cacillo de vino tinto y una pieza de fruta del tiempo. Nunca he mantenido relaciones con una mujer; no conozco a ninguna salvo a las que entran a comprar en, mi tienda y a una vecina, muy hermosa, que tiene su habitación junto a la mía y a la que deseo desde que éramos adolescentes. Amo la música, los libros antiguos, la pintura, la luz, el color, los olores… Nadie como yo sabe del sufrimiento de ser un creador mediocre y tener sin embargo sensibilidad para apreciar la obra verdaderamente grande. Por si fuera poco, soy un hombre feo. «Muy feo», estará pensando quizá su señoría, y tiene razón, salta a la vista. No he triunfado en nada ni he hecho jamás nada fuera de lo común, salvo, quizá, matar a mi madre. No soy un hombre de este tiempo, no debería haber nacido ahora. Tal vez no debería haber nacido nunca, o no haber crecido nunca. Pero mi madre se encargó de que lo hiciera; dejé de ser niño un día que recuerdo muy bien; no ocurrió nada especial, aunque hubo algo distinto en el aire, en la expresión de mi madre, o tal vez en la luz.

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Ha sonado una puerta que se abre y se cierra, pero no se ve nada más. LA MADRE — ¿Qué haces en ese rincón, Perico? PERICO — Declarando ante el juez por tu asesinato, mamá. Se extiende la luz avara hacia los fondos y esboza un escenario de formas de plomo, opacas, pesadas. Muebles macizos arrancados de lo más grisáceo de la oscuridad, muebles que nadie reconocería, abultamientos de las sombras. Negro, negro, profundo negro metálico, mate, muerto. Por su edad, la madre nunca podría ser la madre de aquel hombre (así es el capricho de los recuerdos), pero, viéndola, nadie dudaría de que lo es: las mismas gafas de infinitos círculos, muy parecidas formas en el rostro, en las ropas, en el pelo, casi en la calva. LA MADRE — Tú siempre a oscuras y hablando solo. Te vas a trastornar. ¿Le has dado ya agua a tu padre? PERICO — No. LA MADRE — ¿Dónde lo has puesto? ¿Pero es que no lo has sacado? PERICO — No quiere salir, mamá. LA MADRE — ¿Ah, sí? ¿Y tú cómo lo sabes, listo? ¿Te lo ha dicho él? De un habitáculo oscuro y más pequeño que el hueco de un ascensor, ella saca una silla de ruedas que enseña la espalda. Apenas un mal gesto de hastío, un manotazo de la madre en uno de los manillares, y la silla gira vuelta y media, igual que una peonza agotada, hasta plantarse con su muerto vivo en el lugar de siempre: la cara de cera enfrentada al hilo de luz que traga ávido un ventanuco alto. PERICO — Es que cuando lo saco, se mustia y termina llorando. LA MADRE — Tu padre no puede llorar, Perico. Te lo he dicho mil veces. Quizá se le irrite el lagrimal y le salga una gota de agua de vez en cuando, pero no llora.

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PERICO — Sí, mamá. LA MADRE — Además, el médico dice que conviene que le dé la luz en los ojos. No seamos nosotros más listos que el médico. (Le grita al vegetal.) ¡Mariano, mira a la ventana, que te entre la luz en los ojos! PERICO — Déjalo, mamá. No quiere que le dé luz en los ojos. Le apetece dormir. LA MADRE — ¡Tiene que querer! Si no le da luz, le saldrá ictericia. Lo ha dicho el médico, entérate de una vez. PERICO — El médico es un imbécil. LA MADRE — Tú sí que eres un imbécil. Hay que estimular el nervio. Además, si no sacas a tu padre, el día menos pensado se te asfixia, ¿me oyes?, y tú tendrás la culpa. PERICO — Y ¿qué si se asfixia? Estoy seguro de que es lo que él quiere. LA MADRE — Ya. Ahora quiere morirse y antes no nos dejaba vivir a los demás. El caso es molestar. Toda la vida lo mismo. PERICO — Mamá… LA MADRE — Tú ahora no entiendes lo que digo, pero ya te enterarás algún día. Todavía eres muy joven. PERICO — ¿Tú crees? LA MADRE — (Tierna.) Siempre. Para mí siempre serás demasiado joven. PERICO — Pues para mí, no, mamá. LA MADRE — Ay, déjame, Perico. Vengo harta de trabajar y no quiero discutir contigo. Ya peleo bastante con la fregona en el hospital como para tener que seguir peleando en casa. (Se va, y con ella la luz, que regresa a su miseria.) PERICO — Claro, mamá. Lo que tú digas. (Al juez.) Aquel día comprendí que mi madre odiaba a mi padre. Aquel día se acabó de pronto mi infancia. Hasta entonces, había sido feliz en nuestra casa, la trastienda de la vieja zapatería. Pero esa felicidad ingenua, que ni siquiera se había roto meses atrás con el brutal accidente de mi padre, se hizo mil pedazos aquel día por un gesto mínimo de mi madre: el de sus manos encarando a la luz la silla de ruedas.

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LA UNA Del vientre negro del escenario surge otra vez el relieve de los muebles, pero ahora se bañan en un color de miel, un ámbar dulce y suave de oro transparente. Poco a poco la luz embelesa cada rincón de la trastienda. Es un lugar plácido, sereno, cargado de pequeños objetos, cada una de ellos más acogedor que los demás. Es un lugar antiguo, acariciado por la música y la purpurina. La geometría amable de los anaqueles, pintados de laca ahuesada y repletos de cajas de zapatos en perfecto orden, proporciona un noble equilibrio a la estancia. Una pequeña mesa camilla, un maniquí femenino, un caballito de cartón que se balancea solo con lentitud imposible, un mapamundi de mil colores, un muñeco de madera que siempre sonríe, una mecedora, libros preciosos, una gramola antigua de bocina roja, litografías, juguetes… Felicidad y armonía de la niñez a cobijo de canallas. El aire dulce y tibio de un pueblo artesano de cuento de hadas, justo allí donde las hadas no existen ni hay quien pregunte por ellas; o, si las hay, vuelan, sin ser vistas, desde la puerta que da a los dormitorios hasta la que se abre a la zapatería. Pero las horas pasarán, pasarán los meses y los años. Con ellos, un frío azul de soledad y de muerte irá devorando la luz de caramelo, y esos maravillosos objetos desaparecerán. Algunos dejarán su lugar al hueco de su ausencia. Otros, a cosas metálicas, frías, de las que sólo habitan en el mundo de los mayores. Por ahora, suena al fondo una espineta a veces viva, a veces serena, siempre melancólica. Perico se emboba frente a aquel rincón de su memoria, se acerca, acaricia con los dedos cada arista y deja que el pasado le empape de felicidad y de dolor. Toma un muñeco de trapo (su vieja rana de trapo verde, su primer compañero) y se abraza el hombro con el cuerpo desarmado del pelele. Un soplo de luz mística atraviesa el ventanuco y juguetea con el tamo sobre su rostro atontado. Un libro abierto le susurra en las manos y le derrota, se lo lleva hasta el suelo, donde Perico se posa como una pluma domada por el sueño. El libro, los juguetes, la

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música… la luz, la luz poderosa que transparenta los huesos de su mano derecha, levantada contra el rayo lento, y hace rosa líquido las membranas que unen sus dedos. Vuelo de placer infinito, nostalgia rota por la puerta que, como tantas veces, se abre. LA MADRE — ¿Perico? Y luego se cierra. Pedro corre a esconderse en el trastero, la exigua habitación que algún día, aún lejano, acogerá el cadáver viviente de su padre, puesto a sentar en una silla de ruedas. Misterio y silencio. Un moscardón no respeta el pacto entre generales. Llega la madre, su misma sombra gris, su descarado parecido con el hijo único. Viene cargada con cosas de todos los días y, también, con un bolso enorme que tiene forma de pera y es rojo, rojo de carne oscura enramada de cordones azules; algunos, casi negros. LA MADRE — ¿Pedro? (Deja las cosas sobre la mesilla y se quita el abrigo.) PERICO — ¿Mamá? LA MADRE — ¿Otra vez, Perico? PERICO — ¡Mamá, a que no me encuentras! LA MADRE — Como si tuvieras muchos sitios donde esconderte. Sal de ahí, anda, que te vas a asfixiar. (Se abre lenta, desilusionada, la puerta del trastero y Perico asoma la nariz.) ¿Ha venido ya tu padre? PERICO — No. (Se va a jugar con sus cosas, que siempre están de humor.) LA MADRE — Ni siquiera sé para qué pregunto. Vengo harta de trabajar, de fregar suelos y limpiar culos, y tu padre, por ahí, emborrachándose y no sé cuántas cosas más. Bueno, sí sé, qué no voy a saber; de sobras. ¿Me has dado un beso, Perico? Y encima, como no trabaja, hay que pagar a un dependiente que atienda la zapatería; ni pensar en que lo haga yo, porque entonces me enteraría de cuánto gana, y eso no, claro; no le conviene. ¿Me has dado un beso, Perico? Igual se piensa que le voy a robar. (El niño viene hasta la mejilla de la madre y apenas la roza —por las prisas, no por nada más— con sus labios húmedos. Luego se vuelve al juego. La madre sonríe el instante con los ojos cerrados.) ¿No quieres saber si te he traído algo? PERICO — ¡Sí!

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LA MADRE — Pues tienes que darme tres besos y un abrazo grande. (Que aprovecha la madre para apretujarle su pena.) Mi niño, mi niño chico. PERICO — (Arquea la espalda, intenta apartarse.) ¡Ya! LA MADRE — (Un beso más sonoro y agobiante que los demás.) Mira, mira lo que tengo… (Saca del bolso un reloj de cuco y se lo enseña.) ¿Te gusta? PERICO — Sí. ¿Qué es? LA MADRE — Es un reloj de cuco, tu primer reloj. ¿Quieres ver cómo funciona? Verás. Lo colgamos de la pared… aquí; (elige el centro mismo del escenario, delante de los anaqueles) lo ponemos en hora… y le damos cuerda. Ven, ayúdame a darle cuerda (lo hacen). Ya está. Cada hora saldrá por esa puertecita un cuco, que es un pájaro así de pequeño, y cantará. ¿Te gusta? PERICO — Sí. (Probablemente. Por ahora no es posible saber si está encantado con el regalo o simplemente confiado en que sea sólo el prólogo de algo mejor.) LA MADRE — Tienes que cuidarlo mucho para que te dure toda la vida. Así podrás saber a qué hora viene tu padre cada noche. Si es que para cuando él vuelva el cuco está aún despierto, claro. PERICO — Sí. (Y otra vez a jugar.) Un gesto largo de cansancio y la madre frunce su hastío entre las cejas y una caricia en la nuca, en el cuello, en el escote. Los pies se le desbordan de los zapatos, que caen boquiabiertos, y el ruido leve se multiplica en la tienda formando un eco exagerado de tropiezos. LA MADRE — Ya está ahí tu padre. (Más ruido.) Y hoy viene fino. El torbellino de trastazos culmina en el crujido de la puerta que se abre. Al fin silencio. El padre pincha su anatomía bajo el dintel como mejor lo cree. EL PADRE — Hola. (Dice a la madre muy serio —porque él lo es— y como restándole importancia a la vida. Después, con pasos de elefante herido, avanza hacia su hijo, y, al alcanzarlo al fin, se arrodilla, lo mira dramático, esboza un puchero cómico, lo abraza grandilocuente y se pone a llorar escandaloso.) ¡Hijo! ¡Hijo de mi vida! ¡Nunca sabrás cuánto te quiero! ¡Nunca sabrás cuánto me sacrifico por ti!

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PERICO — (Que no se sorprende por la escena, le señala el reloj de cuco.) ¡Mira lo que me ha comprado mamá! EL PADRE — (Se aparta empapado en lágrimas, gime, se rebusca nervioso en los bolsillos y termina quitándose su propio reloj de pulsera.) ¡Toma, hijo mío! ¡Mira lo que te ha comprado papá! Tiene diecisiete rubíes. Ya puedes presumir de reloj. (Mirando a la madre, que aún no ha conseguido reaccionar.) ¡Ahora puedes presumir de reloj, hijo mío! Le clava siete besos, a cada cual más estrepitoso, recupera el sosiego con la misma facilidad con que lo perdió, se levanta, se ajusta el traje haciendo desastrosa gala de una dignidad tuerta y se dirige a la puerta que lleva al resto de la casa. Al alinearse con la madre, se detiene, y, como si ella no estuviera, se saca el pañuelo, lo sacude, se limpia la nariz ruidosamente y luego exhala un «ah» de hiriente satisfacción. Todo un circunloquio ritual, una especie de bofetada retórica intachable, de ovación… si no hubiera equivocado en más de un metro la situación de la puerta al intentar cruzarla. La casa entera retumba con el golpe y se tambalea la dignidad del padre. EL PADRE — (Para sí.) ¡Lástima, porque iba bien! Perico sigue jugando, la madre sigue atónita. De pronto, el cuco (fina burla de colofón) sale, echa una mirada a la escena, da la una, y, antes de que alguien quiera darse por enterado, se vuelve a casa. Perico salta de alegría y señala con el índice la puerta del nido del cuco. PERICO — ¡Mamá! Pero la madre, no. La madre intenta digerirlo. Los dos siguen aún embobados cuando se los traga la oscuridad. LA VOZ DE PERICO — (Desde lo negro.) Y así pasábamos los días, los meses… tal vez los años.

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LAS DOS Quizá Perico no llegara a notarlo, quizá no lo notara nadie en su familia, pero el tiempo había transcurrido. Para él, la única diferencia estaba en que su rana de trapo se había convertido, sin salir de su mano izquierda, sin él advertirlo, en la réplica de un agresivo tiranosaurio enano. Todo lo demás sigue allí. Incluso la espineta se mece de nuevo sobre la luz de bronce, que recorta la silueta de su mano. Parece que volviera a comenzar la escena anterior, o es que la vida se empeña en ensayar continuamente una misma secuencia. Así que suena la puerta que se abre. LA MADRE — (Su voz, ahora mucho más cansada.) ¿Perico? (Se cierra la puerta. Perico se oculta en el trastero y entra la madre, un poco más caricatura de sí misma, mucho más vencida. Carga, como siempre, la compra diaria, que vacía, como siempre, sobre la mesa camilla.) Vamos, sal de ahí, Perico, que te vas a asfixiar. (Sale Perico tras el chirriar de los goznes.) ¿Ha venido ya tu padre? PERICO — No. ¿Qué me has comprado, mamá? LA MADRE — Nada, hijo. No hay dinero para regalos. PERICO — ¿Por qué? LA MADRE — Pregúntaselo a tu padre. (Esta vez, la madre lo piensa todo, pero no dice nada. Le responde al vacío con su gesto profundamente amargo y calla mientras manipula las cosas de la compra, poniéndolas aquí y allá.) ¿Le has dado cuerda al cuco, Perico? PERICO — No. LA MADRE — Si no vas a ocuparte de él, será mejor tirarlo a la basura. PERICO — (Como un resorte.) ¡No! (Corre a darle cuerda.) Ya está, ya no se puede más. (Silencio.) No lo tirarás, ¿verdad, mamá? LA MADRE — El día que lo encuentre parado lo tiro, así que procura no descuidarte. La madre habla sin levantar los ojos, pero tampoco inclina la cara. Ahora, cuando se oye fuera otra vez el estrépito del borracho, sí se le dispara la mirada, seca, hacia la tienda, aunque se arrepiente enseguida y recupera su indiferencia. El padre repite, centímetro a centímetro, los

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pasos de cada día: la puerta, el patético intento de componer la figura al aparecer… EL PADRE — (Su) Hola (tan serio como de costumbre, y todo su aparato de padre doliente del hijo: besos, abrazos, gemidos, lamentos…) ¡Hijo! ¡Hijo de mi vida! ¡Nunca sabrás cuánto te quiero! ¡Nunca sabrás cuánto me sacrifico por ti! PERICO — ¿Qué me has comprado, papá? EL PADRE — (Tremendo.) ¡Hijo! ¡Hijo mío! ¿Qué más quisiera yo que no fallarte? PERICO — Mamá, ¿qué dice papá? LA MADRE — Nada, Perico; que no te puede traer ningún regalo porque no tenemos dinero. Se lo gasta todo en vino y en putas. Es igual. De todas formas, el padre le clava sus besos al niño, se levanta y se detiene otra vez junto a la madre, sólo que ahora el gesto despectivo del pañuelo ha perdido mucha de su ambigüedad y ha ganado en evidencia fanfarrona, tabernaria. A punto del golpe contra las sólidas estructuras de la casa toda, la madre detiene al cónyuge con un grito que hace temblar los cimientos con más propiedad incluso que el topetazo paterno. LA MADRE — ¡Mariano! Cierto: Mariano se queda pegado al suelo como si le hubiera llovido un cubo de amoniaco. Luego, en un esfuerzo supremo por recuperar las posiciones perdidas, se vuelve con un pasmoso dominio de la situación. EL PADRE — ¿Es a mí? (Bueno, casi, porque aún se le abate el rumbo a babor.) LA MADRE — ¡Mariano Galápago: esto se acabó! EL PADRE — (Con el susto en el gaznate.) ¿A qué te refieres, Marcela Galápago? LA MADRE — ¿Que a qué me refiero? Me refiero a… (Ya que tiene la boca abierta, aprovecha, coge aire y cambia el tercio, aunque sólo por el momento.) Perico, hijo mío, vete a tu cuarto, anda, que tu padre y yo tenemos que hablar.

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Perico mira a su padre pidiendo conformidad con la orden, pero los ojos del padre están idos, mitad por el vino, mitad por pensar lo más rápidamente posible una estrategia que le permita eludir el amargo trance. PERICO — No peleéis. LA MADRE — He dicho que te vayas a tu cuarto, Perico. EL PADRE — Deja al niño, si quiere quedarse. LA MADRE — ¡Perico! PERICO — (Agacha la cabeza.) Sí, mamá. EL PADRE — Voy a ayudarle a acostarse. LA MADRE — ¡Mariano! EL PADRE — Anda, Perico, acuéstate tú solo, que ya eres mayorcito, hijo. Así que a Perico no le queda más remedio que privarse de la suculenta escena. LA MADRE — (Como un torbellino de ira.) ¡Mariano, eres un canalla! PERICO — Como su señoría verá enseguida, mi padre siempre tuvo mucha mano izquierda para las situaciones difíciles. EL PADRE — ¿Por qué lo dices? LA MADRE — ¿Que por qué lo digo? (Se arremanga amenazadora.) ¿Que por qué lo digo, Mariano? (Y se va hacia él.) EL PADRE — (Inicia una muy elaborada estrategia defensiva: huir de su mujer alrededor de la mesa camilla.) Marcela, que yo aguanto mucho hasta que ya no aguanto más. LA MADRE — (Como el perro que persigue a un gato.) ¡No me hables de aguantar precisamente a mí, que llevo toda la vida aguantando tus desprecios y tus humillaciones! EL PADRE — (Como el gato.) Algo habrás hecho. PERICO — Era un diplomático. LA MADRE — No me provoques, cínico! ¿Qué he hecho yo, eh? ¿Qué he hecho, aparte de trabajar igual que una burra toda mi vida para atenderos a ti y a mi hijo? Conque algo habré hecho, ¿eh? (Lo ha trincado. Lo siento, pero lo ha trincado y lo vapulea. La sangre llama a la sangre, así que, mientras más le zurra, más ganas le dan de zurrarle: un desastre.) ¡Ahora sí que voy a hacer

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algo, canalla, desgraciado! ¡Te voy a matar! ¡Mira lo que hago! ¡Mira! (De pronto se interrumpe y le habla al juez.) Un momento, señoría. Esto no es así. Así es como lo contó él siempre porque le convenía justificarse, pero le juro por mi hijo que no fue así. PERICO — ¡Vaya, hombre! EL PADRE — (Se despega del suelo sudoroso y maltrecho.) ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí fue así, señoría! ¡Me pegó! ¡Me pegó mucho! ¡Me hizo sangre en el labio! Aquí, ¿ve? Yo también se lo juro por mi hijo, señoría. ¡Pero si me dio la del pulpo, hombre! PERICO — (Aburrido.) ¿Se da cuenta, señoría? Discuten sobre la forma en que discutieron. LA MADRE — ¿Quiere que yo le diga cómo fue, señoría? (Al padre.) Ponte ahí, anda. (Lo lleva hasta el momento en que se va a dormir, junto a la puerta. Tono de novicia.) Mariano. EL PADRE — (Se vuelve y grita como un ogro.) ¿Qué pasa? LA MADRE — (Respingo, congoja y lágrima que resbala.) Mariano, yo… no puedo seguir así, compréndelo. EL PADRE — ¿Qué? (Se acerca amenazador.) ¿Qué has dicho, Marcela? LA MADRE — (Atemorizada.) Mariano, por favor; no vayas a pegarme otra vez, que acabo de lavarme la sangre de la paliza de antes. PERICO — No sé, mamá, no sé… LA MADRE — (Se sale de la interpretación.) Todavía no he terminado. EL PADRE — Si es que mientes que es un escándalo. LA MADRE — ¡He dicho que no he terminado! A que te… (Amenaza brazo en alto, lo cual encoge el epigastrio del marido.) EL PADRE — Bueno, bueno… Sigue. LA MADRE — (Perfecto camaleón, vuelve a su tono meloso.) No me pegues, Mariano, por nuestro hijo, que es lo más sagrado del mundo. (Tono que, poco a poco, la traiciona.) Si me pegas, puede que se me retire la leche (no se da cuenta, pero casi grita), y a ver qué come el niño si a mí se me retira la leche, Mariano. PERICO — ¿Cómo que la leche? EL PADRE — ¡Vamos, venga, Marcela! Que al niño le están saliendo ya las primeras espinillas.

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LA MADRE — (Perdidos los papeles.) ¡Porque me pegas y me das disgustos! ¡Por eso se me estropea la leche! ¡Y por eso le salen granos al niño! ¡Porque mi leche no es buena! EL PADRE — Al niño le salen granos por otra leche que no tiene nada que ver con la tuya, Marcela, que no te enteras. ¡Señoría, esto es una chapuza! PERICO — Mamá… LA MADRE — Bueno, quizá he exagerado un poquito, ¡pero me pegaba! EL PADRE — ¡Venga ya! PERICO — ¿Por qué no les preguntamos a los vecinos? EL PADRE Y LA MADRE — (A un unísono vehemente.) ¡No! EL PADRE — A los vecinos, no. Mira, Marcela; vamos a dejarlo en un término medio. Verás. Ven aquí. (Recompone el comienzo de la escena.) Ahora dime: «Mariano». Y a ver con qué tono me lo dices, ¿eh? Nada de cargar las tintas. LA MADRE — (Un tono medio, seco, amargo.) Mariano. EL PADRE — (Se da la vuelta sin ninguna prisa y sin intentar disimular su magnífica borrachera.) ¿Me has llamado? LA MADRE — Esto no puede seguir así. EL PADRE — Ah, ¿no? Pues a mí me parece que va bien. LA MADRE — Tienes un hijo, Mariano. EL PADRE — Sí, señora. Y nada más. LA MADRE — Quiero que dejes esa vida, Mariano, que asumas tus responsabilidades y que te comportes como un marido honesto. EL PADRE — Para ser un marido honesto, hay que tener al lado a una mujer respetable, Marcela. LA MADRE — Tienes un hijo respetable, con todo el derecho del mundo a ser feliz. EL PADRE — Mi dolor me cuesta. LA MADRE — Quiero que dejes de beber. EL PADRE — ¿Marcela? LA MADRE — (Cae en la trampa del tono de su marido: levanta la cara, si no con ilusión, sí con expectación.) ¿Qué? El padre se tambalea al ritmo de su propia sonrisa despectiva, mostrando impúdico su borrachera, y le dedica

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una pedorreta retorcida hasta el borde de la muerte por asfixia. LA MADRE — Eres un pobre imbécil, Mariano. (Si se hubiera irritado más, no habría sido más contundente.) EL PADRE — (Sobrio ahora.) ¿Está bien así? LA MADRE — (Al juez.) Yo creo que sí, señoría. Más o menos. EL PADRE — Entonces me voy a acostar. Estoy muy cansado. LA MADRE — Será de trabajar. EL PADRE — Será, Marcela, será. No todo el mundo resiste tanto como tú. Sobre todo, si se trata de discutir. LA MADRE — No tengo ninguna prisa en continuar hablando de nuestras discusiones. No se puede intentar resumir en cinco minutos una pelea que duró toda una vida. EL PADRE — Dos vidas, dos. (El cuco asoma y da las dos.) Anda, vámonos a la cama. ¿Dormimos juntos hoy, Marcela? LA MADRE — (Que sí, que no.) ¿Hoy? ¿Por qué? EL PADRE — Yo qué sé. Por si todavía me acuerdo. LA MADRE — (Está deseando.) No, no. ¿Qué dirán los vecinos? EL PADRE — Pero, mujer, por una noche, ¿quién se va a enterar? LA MADRE — Bueno, pues sí, venga. Y de paso sacamos el cuerpo de penas. EL PADRE — Hala, verás qué bien. LA MADRE — ¿No te quedarás dormido, no? Con la que llevas encima… EL PADRE — ¡Marcela, la duda ofende! Más que irse, desfilan camino del dormitorio los dos mamarrachos. La puerta les cobija. PERICO — (Resignado.) Y así, señoría, pasábamos los días, los meses… tal vez los años. Oscuro.

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LAS TRES Vuelve la luz como al presente el pensamiento de Perico. La trastienda se ha vaciado un poco más, ha perdido un poco más de su encanto. El muñeco sonriente de madera se ha convertido en un feto que flota en un frasco de formol. PERICO — Era cierto, señoría: me habían empezado a salir granos en la cara. Rondaría los dieciséis años por aquel entonces y todo mi cuerpo y mi espíritu se agitaban como los remolinos de un río joven. ¿Cómo no iba a tener granos en la cara? ¡Y en el alma! Podía oler a una mujer en la otra punta del mundo. Y desearla, claro, era lo natural. Pero mi madre… LA MADRE — (Entra barriendo.) ¿Qué pasa con tu madre? PERICO — (Ignorándola.) Mi madre, por proteger a su querido hijo, estaba dispuesta a hacerle frente incluso a la mismísima naturaleza. LA MADRE — Instinto maternal. PERICO — Pero yo no necesitaba protección, mamá. Se supone que en aquellos años era el mundo el que tenía que protegerse de mí. LA MADRE — Claro, claro. ¿Cuánto tiempo hace que no te miras al espejo, Perico? ¿Has visto tu cara? Pues imagínatela con pelusa y llena de granos. PERICO — Muchas gracias, mamaíta. LA MADRE — (Se acerca cariñosa.) Ven, anda, ven. (Lo sienta en la mecedora, se arrodilla, le quita los zapatos y le acaricia y le da masajes en los pies.) Para mí tú eres el hombre más guapo del mundo. (Le besa los pies.) PERICO — ¡Mamá! (Aparta los pies.) LA MADRE — ¡Déjame que te bese! ¿Qué hay de malo en que yo te bese los pies? ¿Es que te crees que es la primera vez que lo hago? PERICO — Desde que tengo pelos en las piernas, sí. LA MADRE — Eres mi hijo, y no voy a permitir que ninguna quinceañera presumida se burle de ti. PERICO — Pero, mamá, algún día tendré que conocer a una mujer, acariciarla, besarla…

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LA MADRE — (Le interrumpe.) Algún día, algún día. Acabas de cumplir los diecisiete. ¿Por qué tanta prisa? (Sigue acariciándole los pies, las piernas.) ¿No te gusta el masaje que te doy? PERICO — Sí, mamá. LA MADRE—Nadie te acariciará jamás con tanto cariño como lo hago yo. PERICO — Sí, mamá. LA MADRE — Ya ves a tu padre, Perico. Parece que no lo tuviéramos. Si algún día me dejas, ¿qué va a ser de mí? PERICO — No te dejaré nunca, mamá. LA MADRE — Claro que te irás. Algún día, como tú dices, una mujer te buscará las vueltas. No se enamorará de ti, no. Se enamorará de esta zapatería, que es tener la vida resuelta. Cuando eso pase, me darás la espalda, me convertiré en un estorbo. PERICO — Yo nunca consentiré que eso ocurra, mamá. LA MADRE — El día menos pensado, Perico, el día menos pensado. Acuérdate de lo que te dice tu madre. PERICO — (Un silencio.) Mamá, ¿tú conoces a la hija de la vecina? LA MADRE — (Empieza a reír con ganas.) ¡Dónde has ido a poner los ojos! ¿Te gusta? PERICO — No. LA MADRE — Sí, te gusta. PERICO — No. LA MADRE — Te gusta. PERICO — (Avergonzado.) Sí. LA MADRE — Y es una preciosidad, pero se te han adelantado: está embarazada del novio. Se casa. Supongo que lo habrá hecho a propósito, claro. Perico se levanta contrariado, irritado y confuso. En ese momento quizá no haya ningún otro sitio en el mundo donde se pudiera sentir tan molesto como allí, sentado, con los pies desnudos en el regazo de la madre, que no deja de burlarse de sus sentimientos. PERICO — (Al juez.) Ella es la vecina de la que le hablaba al principio, señoría. Nunca antes me había sentido tan mal como cuando recibí aquella noticia:

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alguien, algún hombre grosero, vulgar, sin ninguna sensibilidad para apreciar la belleza, había podido disfrutar de una criatura puesta en el mundo por los dioses sólo para mí. Pero había algo aún más doloroso que aquel pensamiento: que ella, tan delicada, tan virginal, se hubiera entregado complacida a un cualquiera nada más que porque era guapo. Odiaba aquella situación, me odiaba a mí mismo. LA MADRE — (Sin dejar de barrer.) No te martirices, mi niño. PERICO — Y desde luego odiaba a mi madre, que me había parido como era, que se burlaba de mí y que me asfixiaba con su abrazo. LA MADRE — ¡Muy bonito! PERICO — Y a mi padre, por fecundar a mi madre. Y al mundo, por acogerme. Y al sol, por calentar el mundo. (Continúa su letanía de mandíbulas apretadas y meneos de cabeza, hasta terminar llorando con un llanto indefinido, a caballo entre los mohínes de un niño y la contención de un hombre.) LA MADRE — Nunca crecerás. (El cuco está dando las tres.) Por más que pase el tiempo, nunca crecerás.

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LAS CUATRO EL PADRE — (Aparece recién aseado, trajeado, compuesto, convertido, en fin, en la mejor imagen posible —que es mucha— de sí mismo. Se queda junto a la madre, observando al hijo.) ¿Qué le pasa a éste ahora? LA MADRE — Que está creciendo. EL PADRE — ¿Y por eso llora? Entonces yo… LA MADRE — No. Llora porque la vecina se ha quedado embarazada. EL PADRE — (Incrédulo.) ¿De él? LA MADRE — ¡Mariano, no digas burradas! EL PADRE — Ya me extrañaba a mí. Y con el rumbo que lleva, como no embarace al caballito de cartón… LA MADRE — ¡Mariano! EL PADRE — O a la mano, también puede embarazar a su mano derecha. LA MADRE — No tienes ninguna gracia. EL PADRE — Bueno, vamos a no discutir quién tiene y quién no tiene gracia en esta familia, ¿eh, Marcela? ¿Qué pasa con el niño y la vecinita preñada, si se puede saber? LA MADRE — No pasa nada. Que se acaba de enterar de que se casa y está enamorado de ella. Vamos, que se lo cree él, porque, como tú comprenderás, todavía no tiene edad para saber lo que quiere. EL PADRE — ¿Se casa con el novio? LA MADRE — Sí. EL PADRE — Bueno, ¿y qué? Ni es la primera ni será la última que se hace embarazar para pescar a un hombre. LA MADRE — ¿Qué quieres decir? EL PADRE — ¿Yo? Nada, nada. PERICO — Acaban de meter los pies en barro, señoría. LA MADRE — Si lo que pretendes insinuar es que yo me quedé embarazada con la intención de casarme contigo… EL PADRE — ¿Yo? No, no.

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LA MADRE — Eres un ser despreciable. EL PADRE — Entonces no te lo parecí tanto. LA MADRE — Ojalá me lo hubieras parecido cuando me pediste que nos casáramos. Hoy yo estaría sola con mi hijo, y no soportando este infierno de humillaciones al que tú me sometes. EL PADRE — Te dije que abortaras. PERICO — ¡Papá! EL PADRE — Lo siento, hijo. Aún no te conocía, no podía imaginar que fueras a resultar tan majo. LA MADRE — Sí. Entérate de quién es tu padre, con todo lo que llora y lo mucho que dice sacrificarse por ti. ¡Preferiría que estuvieras muerto! EL PADRE — No es verdad. Propuse que te tuviéramos más tarde, en otro momento en que te pudiéramos atender mejor. LA MADRE — Sí, vamos, que nuestro hijo se iba esperar dentro de mi barriga hasta que a ti te viniera bien. PERICO — Por favor, no gritéis. EL PADRE — Mira lo que haces. Le levantas dolor de cabeza a tu hijo. LA MADRE — Tú no le levantas dolor de cabeza. Tú querías cortársela antes de que naciera. EL PADRE — Sí, para ahorrarle el doloroso espectáculo de su madre. Era un acto de humanidad, una eutanasia, ¿te enteras? Y el día menos pensado, me la corto yo, que no te aguanto. LA MADRE — ¡Eso, córtatela! ¡Verás la de putas que mandas al paro! PERICO — ¿Tenía sentido venir a un mundo así, señoría? ¿Por qué se empeñaron? EL PADRE — Se empeñó tu madre. LA MADRE — ¡No digas eso, hijo mío! EL PADRE — Di que sí, Perico, es la verdad. Y si tu madre no abortó no fue porque te quisiera, sino porque es una hipócrita beata puritana. Pero, entérate, estuvo en conversaciones con el propietario de un ultramarinos y su mujer, que no tenían hijos, para que te adoptaran. ¡Te quería vender a un propietario de ultramarinos, Perico, como si fueras un melón de cuelga! Es preferible no nacer a que tu madre te repudie y te encaje a una gorda dueña de una tienda de comestibles. Me parece a mí, vamos.

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PERICO — Es preferible no nacer antes que convertirse en el hijo único de una familia como vosotros. EL PADRE — Pues ya está. Eso es lo que yo decía. LA MADRE — ¿Ves lo que has hecho? Yo te quería, hijo mío, te quise siempre, desde que te sentí pequeñito dentro de mi barriga. EL PADRE — ¡Cuántas veces no te confundiría con un flato, hijo mío! Eso es casi peor que lo del melón, ¿eh? PERICO — Si yo hubiera podido opinar no habría nacido. Pero, si me miro, ¿cómo no reprocharte, mamá, que fueras católica? LA MADRE — ¡Perico! ¡Eras mi hijo! ¡Dios te enviaba para mí! EL PADRE — ¿Dios? Dios es sólo una ecuación, querida, y tú su mayor incógnita. LA MADRE — ¿Qué? PERICO — (Al juez.) El caso es que no tuve oportunidad de opinar, señoría. Me tuvieron. EL PADRE — ¡Un niño! ¡Ha sido un niño! ¡Muy feo, como su madre, pero varón, como su padre! PERICO — Me tuvieron. ¿Por qué me tendrían? LA MADRE — Porque yo quería tenerte. Lo deseaba con todas mis fuerzas. EL PADRE — Mentira, Perico. Al que deseaba tener con todas sus fuerzas era a mí. LA MADRE — Pero ¿quién te crees que eres? EL PADRE — ¡Si no estabas embarazada cuando te casaste! LA MADRE — ¿Qué dices? EL PADRE — ¿Sí? Entonces ¿por qué tuviste al niño a los once meses de la boda? LA MADRE — Fue a los seis. EL PADRE. —A los seis aún estaba yo pidiéndote explicaciones de tu poca barriga. Y tú… LA MADRE — (Con cara de tonta.) No sé. EL PADRE — Eso mismo, pero con cara de tonta. LA MADRE — ¡Ya he puesto cara de tonta, no abuses! EL PADRE — ¡Fue una trampa, señoría! ¡Un engaño, como todo nuestro matrimonio, un maldito engaño!

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El padre inicia de nuevo el rito del pañuelo insultante, pero ahora ya ha degenerado en una burda caricatura de la primera vez. La madre, sin embargo, igual que siempre, sucumbe al efecto hipnotizador del desprecio: se queda perpleja. EL PADRE — (Una vez que ha terminado.) ¡Perico! ¡Hijo mío! (Se abraza a él, le suelta sus besos histéricos y lloriquea.) ¡Hijo, hijo de mis entrañas; nunca sabrás cuánto sufro por ti! ¡Hijo! ¡Nunca me pagarás del todo este martirio que peno! (Se recompone, se alisa el traje, se peina con la mano y, muy serio, se dirige a la puerta que da a la zapatería mientras lanza al aire un seco saludo.) Adiós. LA MADRE — (En la luna.) Mariano, ¿adónde vas? EL PADRE — A un congreso de zapateros. Volveré tarde, no me esperéis levantados. LA MADRE — Pero si son las cuatro de la madrugada. EL PADRE — (Ya con el cuerpo en la zapatería, se vuelve, se agarra al pomo de la puerta y consulta su reloj y el cuco.) Todavía no, querida, todavía no. (El cuco da las cuatro en ese momento y se le nota un poco más cansado, más lento, como si la cuerda empezara a fallar.) Ahora, sí. (Y sale dando un portazo.) La oscuridad sorprende otra vez a la madre con la boca abierta.

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LAS CINCO Luz de nuevo, luz más azul, menos cálida. El mapamundi de vivos colores ha desaparecido; en su lugar, deslucen los colores empalidecidos de un gráfico de empresas. PERICO — Y así pasábamos los días, los meses… Mi madre, cada vez más seca y huraña; mi padre, cada día más húmedo y vividor; y yo, cada día más impaciente y nervioso, sin saber qué hacer. (Paseando por su memoria.) «Corren malos tiempos, Perico». «Para mí siempre son malos, mamá. Mejor morir de una vez que agonizar siempre». Aunque ya no necesito tanto a una mujer cualquiera. Ahora lo que más necesito es amar y que me amen, encontrar a una compañera con la que compartir mi vida. (Cierra los ojos.) Fuera y dentro, como en una pesadilla que crece en los sueños de Perico, el motor de un coche se acelera más y más, hasta que un chirrido infernal de frenos desemboca en el estruendo de un choque mortal. Perico despierta asustado y corre hacia la puerta de la zapatería. Después se calma. PERICO — ¡Papá! (Resopla. Le habla al juez.) Pero yo me asustaba con razón, señoría. Aquél fue el día del accidente de mi padre. Iba borracho, como siempre, y acompañado de una mujer, como siempre. Aunque esta vez fue la última. ¿Quiere ver su señoría cómo quedó aquel monumento al hedonismo llamado Mariano Galápago? Quejido de los goznes de la puerta que abre a la zapatería. Aparece el padre: vendado, la ropa destrozada, el volante al cuello, lleno de sangre, los ojos amoratados, con cara de no entender lo que ha ocurrido y acompañado de una mujer joven de similar aspecto. LA MADRE — (Su sombra en los recuerdos de Perico) ¿Quién es esa mujer, Mariano? EL PADRE — Una puta. LA MADRE — ¿Una puta? EL PADRE — Una puta. No tengo ni puta idea de dónde ha salido. (La puta se desploma y él matiza.) Bueno, el cadáver de una puta.

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LA MADRE — Y ¿qué haces tú con el cadáver de una puta, Mariano? EL PADRE — ¿Yo? Necrofilia. (Y se desploma también.) PERICO — Cuando mi padre volvió del hospital… (Grito de horror de la madre.) Ah, sí, perdón. «…Gritó ella horrorizada al ver desplomarse a su marido». Una sirena, una ambulancia, un enfermero —quizá todo uno mismo— que se lleva a la pilingui, arrastra una silla de ruedas, sienta en ella al padre —ya vegetal—, le limpia la sangre, le pone ropa nueva manejándolo como lo que ahora es: un muñeco… EL ENFERMERO — (Mascando chicle.) ¿Dónde ponemos esto, señora? LA MADRE — Por ahí. EL ENFERMERO — Muy bien. (Le da dos o tres vueltas a la silla y se va con el mismo ulular de urgencias que traía.) LA MADRE — Perico, hoy mismo largas al dependiente y te haces cargo de la zapatería. PERICO — Sí, mamá. LA MADRE — Se acabó pasar estrecheces. PERICO — Cuando mi padre volvió del hospital, decía, mi madre no se negó a acogerlo en casa, aunque quizá tenía motivos para haberlo hecho. LA MADRE — ¿Cómo que quizá? ¿Te parece a ti que no los tenía? (Al juez.) ¿Le parece a usted, señoría? Pero no lo iba a poner en la calle como estaba, desvalido, inútil. Yo no tengo mal corazón, señoría… PERICO — Mamá… LA MADRE — ¡Bueno, pues sí, con él lo tengo. Ha sido un mal bicho conmigo, y por lo que a mí respecta, se hubiera podrido en la calle. (Al padre.) ¿Me oyes? ¿Me oyes? PERICO — No. LA MADRE — Bueno, pues por si acaso. Pero ¡qué dices! Echarte ahora a la calle y que todo el mundo pensara que la mala era yo. ¡Ja, qué gracia! Ni lo sueñes. Aquí no hay más mártir que servidora, que he tenido que aguantar tus perrerías toda la vida, y cuando Dios te ha castigado como te mereces, porque te lo mereces… ¡Y di ahora que Dios es sólo una ecuación, anda, dilo, blasfemo, idólatra, ególatra, mamarracho! (Se ha perdido.) ¿Qué estaba yo diciendo, Periquito, hijo?

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PERICO — «Cuando Dios te ha castigado como te mereces…» LA MADRE — Ah, sí. ¡Cuando Dios te ha castigado como te mereces, encima yo te he recogido y te he cuidado, y te he mimado, y me he deshecho en atenciones hacia ti (lloriquea), que estoy que no duermo, mala persona! PERICO — Mamá… LA MADRE — ¡Bueno, para los demás es así! Ellos no tienen por qué saber si luego, de puertas adentro, soy tan cariñosa o un poco menos. (Escupe las palabras a la cara muerta del marido, que ni pestañea.) Mírate, muñeco de trapo. ¿Por qué no llamas a alguna de tus putitas para que te cuide ahora, eh? Ya no te mueves tanto como te movías con ellas en la cama, ¿verdad? Anda, muévete, Mariano. Venga, muévete. ¡Eh, Mariano! ¡Vamos! ¡Salta, Galápago! ¡Ale hop! PERICO — Mamá… LA MADRE — ¿Qué hago yo con esto ahora? Ahí lo tiene, señoría. El golpe le dañó un nervio y quedó inmóvil, inútil de algunas partes de su cuerpo. (Se queda en silencio mientras sonríe fijamente al juez. Luego asiente cómplice con él.) Sí, partes que hasta entonces había utilizado mucho. Por ejemplo, se quedó sordo, ¿verdad, cabrón? ¿Se da cuenta, señoría? Y también mudo, aunque entiende algo por los labios, me parece, (apretando los dientes) ¿verdad, cabrón? Ver sí que ve un poco, pero no puede mover los brazos ni las piernas… En general no puede mover ningún miembro. Y se lo hace todo encima, igual que un perro torpe y chiquito, sólo que con la piel de una iguana y el culo lleno de verrugas, ¿verdad, Mariano? Mariano… ¡Marrano! ¡A cada cerdo le llega su san Martín! PERICO — ¡Ya es suficiente, mamá! LA MADRE — Nunca. Para mí, nunca será suficiente. No he hecho más que empezar. Dios no se come nada de nadie. Es bueno y justo, y lo más justo ahora es mi venganza. ¡Mi venganza! PERICO — (Al juez.) Que sería terrible, en efecto. Pobre mamá, qué vida de amargura. LA MADRE — ¡Vas a pagar por todo lo que me has hecho, Mariano! (Hace pucheros.) ¡Por todo! (Gime.) El cuco sale cinco veces. Desde la primera vez, la madre se sobrecoge, se asusta y, de frente como está al juez, ni siquiera se atreve a moverse. Se le ha congelado el llanto en los labios. Sólo se permite gemir, con los ojos muy abiertos, acobardada por un mal que no debería temer del reloj. Cuando el cuco termina, ella quiere darse la vuelta. Entonces la luz se apaga.

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LAS SEIS El padre parece un santo postrado por el martirio. Tiene la cabeza tronchada sobre el hombro izquierdo y la expresión interrumpida, llena de una hueca melancolía que el rayo le inspira desde el cielo con su divina maldición. Toda una muerte esperando de aquella lengua de fuego un aliento de vida. Por el momento, la belleza es sólo su rostro iluminado sobre la penumbra de un cuerpo inútil y un hilo de música triste que le redime de tanta miseria. Pedro Perico está detrás del padre, como una sombra tranquila entre las sombras, una sombra dolorida, vacía de necesidades. Al fondo, la bolsa de agua caliente que colgaba de la pared se ha convertido en la bolsa de orines de una sonda uretral. PERICO — (Sin esperanza.) ¿Papá? (Se acerca lentamente por detrás, observa su inmovilidad perfecta, trágica, y le acaricia el pelo y le besa y le susurra.) Papá… (Se agacha frente a él.) ¿Por qué no me dices algo? No puedes quedarte callado ya para siempre. Tienes que ayudarme a vivir. Necesito que me enseñes muchas cosas, y que me aconsejes, y que me ayudes. Sobre todo, en materia de mujeres, que ando… Ayer, por cierto, entró una mujer… qué mujer, papá. ¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando la vi entrar en la zapatería? Pensé: «Ésta es para mi padre», y quise salir corriendo a avisarte. ¿Te das cuenta? Cualquier hombre de mi edad habría pensado: «Ésta es para mí», cualquiera menos yo. Venía con un hombre que me pidió unos zapatos para ella. Mientras, ella sonreía, sonreía y miraba a todos lados discretamente. Se pone en pie e imita el gesto mayestático, sereno, sonriente de la mujer. Luego, los del marido, los suyos… Disfruta volviendo a inventar cada detalle de aquella tarde. Ahora, sonrisas, modos… después, incluso subir a los anaqueles a recoger zapatos y sentarse delante de ella para probárselos. PERICO EL MARIDO — Por favor, chico. ¿Tendrías zapatos de piel de serpiente para mi mujer? PERICO EL DEPENDIENTE — Sí, señor. ¿Qué número? PERICO EL MARIDO — El siete, naturalmente.

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PERICO EL NARRADOR — (Lo ridiculiza.) El siete, naturalmente. ¿Naturalmente por qué? Aquel tío era tonto. Pero no me importaba, no le prestaba atención. Yo sólo esperaba el momento de decirle a ella… PERICO EL DEPENDIENTE — ¿Quiere sentarse, por favor? PERICO EL NARRADOR — Y sentarme yo mismo a sus pies. Me miró por primera vez, me sonrió y fue hacia la silla. Era la mirada más dulce que he visto en toda mi vida (claro, que tampoco he visto muchas). Y lo mejor… lo mejor fue cuando se sentó. (Coge el maniquí y lo sienta en una banqueta intentando recomponer la postura de la mujer.) Su falda se deslizó suavemente hacia arriba, cruzó una pierna y dejó el aire buena parte de la piel blanca de su muslo. El corazón se me salía por la boca. Temía no ser capaz de mantener la calma. Subí a las estanterías a traer cinco o seis modelos (lo hace). Mientras, ellos hablaban. PERICO EL MARIDO — (Artificial.) ¿Se te ha pasado ya, querida? PERICO LA ESPOSA — No. Ni lo esperes. PERICO EL MARIDO — Pero, querida, es la cuarta tienda en la que entramos en lo que va de tarde. Te he comprado vestidos, joyas, ropa interior… Y ahora, zapatos. Ya no sé qué más hacer para demostrarte mi amor. PERICO LA ESPOSA — Yo sí. Deja a tu esposa, a tu madre y a esos niños repelentes que tienes por hijos y cásate conmigo. PERICO EL NARRADOR — Casi me caigo de lo alto de la escalera. ¡No era su esposa! ¡Qué capullo! El tío se quedó sin aliento, como cualquiera. PERICO EL MARIDO — No hace falta que grites. Al chico no le importa nuestra vida. PERICO LA ESPOSA — Me da igual, que se enteren todos: me tienes como a una cualquiera, para tus necesidades, sólo porque tu mujer es una frígida. PERICO EL NARRADOR — Eso me dolió porque se notaba que era cierto. PERICO EL MARIDO — Por favor, cállate. Eso que dices no es cierto. Yo te amo, pero no puedo abandonar a mi madre. Si quieres, pido el divorcio mañana mismo, pero dejar a mi madre, no, que una madre es una madre. PERICO EL NARRADOR — Yo no podía esperar más en lo alto de la escalera. Primero, porque estaba impaciente por ver de cerca aquel muslo maravilloso, y segundo, porque me era imposible coger más modelos de una sola vez. Así que fui bajando (lo hace). PERICO LA ESPOSA — Pues entonces, despídete de mí. Antes viviría con tu esposa que con tu madre, fíjate lo que te digo. PERICO EL MARIDO — María del Mar, por favor.

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PERICO LA ESPOSA — Ni María del Mar ni María de la Tierra. O mañana mismo te divorcias y mandas a tu madre a un asilo, o no vuelves a verme el pelo, ningún pelo. Esto es lo que hay. PERICO EL MARIDO — ¿Ésas tenemos? PERICO LA ESPOSA — Ésas tenemos. PERICO EL DEPENDIENTE — Esto es lo que tenemos en piel de serpiente. PERICO EL MARIDO — (Sonrisa forzada.) Muy bien, muy bien… PERICO EL NARRADOR — Me senté a medio metro de aquella pierna, de aquella ropa deliciosa que enmarcaba el muslo más exquisito que he visto jamás. Entonces hizo algo magnífico, una jugada que sólo una mujer haría. ¡Se subió la falda hasta casi las ingles y levantó una pierna! ¡Qué movimiento! Era un jaque perfecto: forzaba la decisión del amante, le ponía celoso usándome a mí y, por si fuera poco, se miraba el zapato que acababa de probarle. Todo de una tacada, en menos de un segundo. Yo, claro, me moría. Pero el amante no respondió como ella esperaba. PERICO EL MARIDO — Lo siento, querida. Lo siento y mucho, porque te amo de verdad, a pesar de lo que tú creas. Pero no puedo abandonar a mi madre en un asilo. Eso sería un crimen y yo no soy un criminal. Sabes dónde me tienes. Si reconsideras tu postura, llámame. Te estaré esperando. PERICO EL NARRADOR — Y se fue. Se fue antes de que a ella le diera tiempo siquiera a bajar la pierna. Por mi parte, no puedo decir que lamentara la marcha del amante, y menos aún viendo su expresión. Ni te la imaginas, papá. Triste, seria, estaba aún más hermosa. De golpe se puso a llorar. Creí que me moría de compasión y de deseo. PERICO EL DEPENDIENTE — Por favor, señora, no llore. PERICO LA ESPOSA — Es un canalla. PERICO EL DEPENDIENTE — Cualquiera que le haga llorar a usted es un canalla. PERICO LA ESPOSA — Gracias. PERICO EL DEPENDIENTE — No quiero que me lo agradezca. Soy yo quien le da las gracias por este momento único que me está brindando, María del Mar. PERICO LA ESPOSA — ¿Cómo? PERICO EL DEPENDIENTE — Hoy huele a primavera, el azahar emborracha, la tarde es tibia, inmensa, y hace rato que llevo dentro de mi cabeza la música más maravillosa que he oído jamás. A pesar de todo, me sentía triste. Pero hace un minuto has entrado en mi humilde zapatería con la potestad de

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una antigua reina virgen: ceremoniosa igual que el séquito del príncipe de los ciempiés, y te has multiplicado en las infinitas caras de tu belleza. Ahora, me gustaría que nada ni nadie me apartara jamás de este rincón del mundo, porque desde aquí te veo llorar dulcemente, y me cobijo en tu vestido, y, abrazado a tus pies, sin saber quién eres, lloro contigo tu misma tristeza, la belleza purísima de tu soledad. Silencio en su rostro soñador. PERICO EL NARRADOR — ¿Sabes qué hizo? Gritó. Sí. Lanzó un grito desmayado, un suspiro mortal (lo hace) y se arrojó sobre mí como si le ardiera la sangre (lo hace, se revuelca con el maniquí por el suelo en una lucha de amor suicida). Me besó (jadea, la besa…), me besó, me besó, hundió mi carne en la suya… PERICO LA ESPOSA — (Histérica de deseo.) Dime eso otra vez, dime eso otra vez, zapatero, y no sales vivo de aquí. PERICO EL DEPENDIENTE — Te deseo. PERICO LA ESPOSA — (Entre besos y mordiscos asfixiantes.) No, eso no. Dime lo de que me multiplico en las infinitas caras de mi belleza. Vamos, dímelo, venga. PERICO EL DEPENDIENTE — Has entrado en mi humilde zapatería con la potestad de una reina virgen. PERICO LA ESPOSA — ¡No! ¡No, por favor! ¡Cállate! Se alborota la trastienda en la evocación de Perico. Hasta el cuco se asoma para no privarse del insólito espectáculo. Aunque ni la emoción le desvía de sus obligaciones. Canta una vez y toda la escena de Pedro se deshace en el aire. Un segundo de silencio. Canta otra vez y Perico se aparta del maniquí, que se ha convertido en un ovillo. Canta otra vez, y otra, y otra y otra. Las seis. El cuco se ha tragado toda la ilusión de Pedro. PERICO — ¿Por qué tengo que despertar siempre en lo mejor del sueño?

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LAS SIETE PERICO — (Al padre.) Y así, papá, van pasando los días, los meses, tal vez los años… Y la soledad me derrota cada noche en mi cama, se burla de mí cuando viene hasta mi almohada a recordarme que todo es sólo un sueño, un deseo inalcanzable. ¿Te das cuenta? Necesitaba tantas cosas de ti… Pero tú no te has preocupado nada más que de vivir tu vida, buscar tu propio madero al que agarrarte y dejar que yo me ahogara entre soledades y regalos. Cuántas veces me repetías lo mucho que te sacrificabas por mí, lo mucho que me amabas. Pero nunca te vi cogerme de la mano y llevarme contigo a enseñarme el mundo. Me has amado como se ama a los peces de colores, detrás de un cristal. Te he visto llorar, reír, hacerme gestos para que yo riera contigo, pero no recuerdo el calor de tu aliento, ni el tacto de tus caricias. (Un pequeño silencio.) Mira, te sale de los ojos una de esas gotas de agua que yo confundo con lágrimas. (Se la limpia con el dedo.) Aunque ahora no te da la luz en los ojos. ¿Es que estás llorando, papá? EL PADRE — ¡Coño, hijo, como para no llorar, con las cosas que me dices! PERICO — (Se cae de culo.) ¡Papá! EL PADRE — No grites, no grites. PERICO — (Sale corriendo como un loco.) ¡Milagro! ¡Milagro! EL PADRE — ¡Cállate, Perico, que te pareces a tu madre! Milagro, milagro… Si hubiera misericordia en el cielo, yo no estaría aquí, soportando a tu madre. PERICO — ¡Pero papá! EL PADRE — No grites y déjame que te explique el milagro. Estoy consciente, siempre lo he estado, me entero muy bien de todo. No me pasa nada. Bueno, no me pasa nada en la cabeza, y tampoco en los brazos, ¿ves? (los mueve). Las piernas sí las tengo inmóviles. PERICO — Pero ¿entonces? EL PADRE — Mientras me reponía en el hospital, de pronto lo vi muy claro. No tenía piernas, no podría correr. Toda una vida de martirio al lado de tu madre. ¿Te imaginas, ni siquiera poder salir corriendo cuando empezara a darme la lata? Tuve pesadillas, Perico. Veía a tu madre hablándome, gritándome sin parar. Yo intentaba correr, aunque estaba clavado en el asfalto hasta la cintura. Entonces se me ocurrió: me convertiría en tonto, fingiría que el golpe me había descerebrado. Cualquier cosa, Perico, con tal de no aguantar a tu madre, compréndelo. PERICO — Pero ¿y yo?

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EL PADRE — Pensaba decírtelo, lo que ocurre es que no veía el momento. Ahora te has puesto como te has puesto y… ya no me quedaba más remedio. PERICO — Y ¿te has enterado de todo lo que he dicho? EL PADRE — De lo de… (codazo cómplice) Anda, ¿eh…? (Contrariado.) Lástima que fuera mentira. PERICO — Hay una cosa que es verdad. Después de haberla conocido y de haber soñado con ella, sé que no dormiré tranquilo hasta que lo haga al lado de una mujer así. EL PADRE — Por eso además me he descubierto, porque pienso ayudarte a conquistar a una mujer. Ya que yo no puedo… Tienes que dejar de pensar que nunca he hecho nada por ti, Perico. Me he equivocado en muchas cosas. PERICO. —No. EL PADRE — ¡En muchas! PERICO. —No. EL PADRE — He sido un irresponsable a la hora de mis decisiones más importantes. PERICO — Eh… Sí. EL PADRE — También es verdad que era demasiado joven. Pero ahora me encuentro vencido y enfermo. Perico, ponme una música triste, que voy a decir cosas bonitas. PERICO — Sí, papá. (En la vieja gramola pone Perico un disco de música suave, amarga.) ¿Está bien ésta? EL PADRE — Yo creo que sí. Vamos a ver si me luzco. (Carraspea. Gesto grave.) Lo que no consiguió el accidente lo está consiguiendo esta maldita silla de ruedas. Me muero de tristeza, Perico. Tengo demasiado tiempo para pensar. Las ideas me arden dentro, me consumen. He de estar inmóvil, yo, precisamente yo, que siempre he vivido sin parar ni un segundo. Y además debo fingir, seguir mintiendo, que es lo único que he hecho durante toda mi vida. Porque toda mi vida ha sido una mentira enorme y callada, oculta en el silencio, en la última esquina, en mi propia negación… sólo por sobrevivir, como haría un animal. He querido ser un padre fuerte, incansable, infalible, pero me ha salido un hombre débil, cansado de equivocarme, vencido por las pasiones, sí. Y la más fuerte de todas, amarte, a ti, lo más importante de toda mi vida. PERICO — ¡Qué bonito, papá! EL PADRE — ¿Te ha gustado, hijo? PERICO — Mucho.

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EL PADRE — Pues nada, aquí estamos. Yo, hijo mío, no pretendo justificarme, pero es cierto que tuve un gran inconveniente: ser guapo. Es muy difícil ser virtuoso cuando se es tan guapo como yo. PERICO — Claro, claro. EL PADRE — Perdona, Perico. Se me olvidaba que tú… PERICO — No importa, ya estoy acostumbrado. ¿Y de todo esto a mamá…? EL PADRE — (Amenazador.) ¡Perico! Ni una palabra a tu madre. Como tu madre se entere, me pongo en lo alto de la escalera y suelto los frenos de la silla. Bromas, no, Perico; bromas, no. Y ahora, coge un papel y un lápiz, que vamos a escribir una carta de amor. Porque tú de palabra… PERICO — Sólo a los maniquíes. ¿Una carta de amor para quién? EL PADRE — ¿Para quién? Vamos a ver. ¿Cuánto de lo de la mujer de ayer es verdad y cuánto es mentira? PERICO — Todo es verdad. Menos lo de la pelea con el marido. EL PADRE — ¿No era el amante? PERICO — No, eso es inventado. Era el marido. Y… se les veía muy felices. EL PADRE — O sea que no hay muchas posibilidades. PERICO — Me temo que ninguna. EL PADRE — ¿Y la vecina? PERICO — ¿La vecina? EL PADRE — ¿No la ha abandonado el novio con su barriga? PERICO — Sí… EL PADRE — Eso es lo que yo tenía que haber hecho con tu madre, ¿no ves? PERICO — Papá… EL PADRE — Lo siento, hijo, ha sido un pronto. ¿Y a ti te importa que la vecina tenga barriga? PERICO — Hombre… EL PADRE — Da igual, Perico, no tienes donde elegir. Coge un lápiz, escríbele a la vecina la mitad de las cosas que te inventaste para la otra y cásate con ella. PERICO — ¿Y el niño? EL PADRE — El niño es como si ya fuera tuyo, ve haciéndote a la idea. PERICO — ¿Y mamá?

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EL PADRE — ¿Qué pasa con mamá? PERICO — Se morirá del disgusto. EL PADRE — Escúchame, Perico, y abre muy bien los oídos. O tu madre o tú. Ella ya ha vivido su vida y me ha destrozado la mía. No dejes que haga lo mismo contigo. ¿Me entiendes? PERICO — Sí… EL PADRE — Sí, pero, ¿verdad? Muy bien, hijo. Yo ya te he advertido, tú sabrás lo que haces. La vida va pasando y este libro no tiene segunda lectura, te lo dice tu padre. El cuco da las siete. El padre sujeta a Perico por el brazo y le clava en los ojos la mirada. Perico ofrece su nuca al techo.

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LAS OCHO La puerta anuncia la llegada de la madre. EL PADRE — (Como si se le hubiera disparado un muelle.) ¡Tu madre! (Y deja caer la cabeza hacia un lado con una maestría que sólo la mentira cotidiana puede proporcionar.) LA MADRE — (Llega con una bandeja de comida en la mano.) ¿Otra vez hablando solo, Perico? Cuando yo digo que te vas a trastornar… (Al padre.) Mariano, mira, mira lo que te traigo… comidita… Venga, Mariano. (Chasca los dedos y le silba como a un perro.) Vamos. PERICO — ¿Quieres que se lo dé yo, mamá? LA MADRE — No, hijo, que te manchas. Tú ábrele la boca. PERICO — ¿Eso es carne? LA MADRE — ¿No lo ves? Carne de buey auténtica. PERICO — ¿En trozos? No puede masticarlos. Se atragantará. LA MADRE — Sí que puede, lo que pasa es que es muy mimoso. PERICO — Pero, mamá… LA MADRE — ¿Le vas a abrir la boca? Qué poco confías en la naturaleza. Le conviene ejercitar los músculos. PERICO — Déjame que yo se lo dé. LA MADRE — ¿Lo vas a masticar tú por él? Ábrele, anda. (Perico lo hace.) A ver… (Le introduce un trozo de carne.) Venga, Mariano, mueve la mandíbula. Muévesela tú, hijo. Se la mueve Perico. De pronto, el padre empieza a ahogarse, a emitir un gemido agónico y a enrojecer. PERICO — Mamá… LA MADRE — ¿Por qué se pone así? PERICO — (Golpea al padre en la espalda.) ¿No ves que se ha atragantado? LA MADRE — Tampoco es para tanto. Más se me ha atragantado él a mí y nunca me puse a morirme. Y si me puse, a él le dio igual. PERICO — Llama al médico, mamá. Corre.

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LA MADRE — Como para correr estoy yo. PERICO — (Con una infinita angustia entre los estertores de su padre.) ¡Mamá, llama al médico! ¡Un médico, por favor, un médico! ¡Mi padre se muere! ¡Por favor! LA MADRE — ¡Perico, hijo, que te va a dar algo! Una música dramática creciente subraya la trágica escena. Pedro corre de un lado a otro con el pensamiento atenazado por los nervios, incapaz de reaccionar, perdido. De pronto, la música desemboca en una brillante explosión de la orquesta, estalla la luz en todo el escenario y, más que en ningún otro sitio, en la puerta que da a la zapatería, donde aparece un hombre joven (quizá de la edad de Perico), guapo, musculoso, impecablemente vestido, un hombre cuyos ojos intensamente verdes irradian poder y dominio; un hombre cuyo rostro sereno, medido entre la seguridad y la simpatía, es el rostro del triunfo, del todo triunfador por el que suspiran las mujeres y se desgarran las anatomías. Perico se detiene en su angustia. La madre se deshace en su pasmo lujurioso. La música cesa y el hombre frunce el ceño y agacha la cabeza sin dejar de mirar. EL MÉDICO — Ya estoy aquí. Por favor, no pierdan la calma. Soy bálsamo de los cuerpos y consuelo de las almas. (La madre aplaude; el padre agoniza por la boca.) ¿Quién es el enfermo? (El padre emite un gemido, el hilo de un gemido.) LA MADRE — (Embobada.) Yo. PERICO — Mi padre. Se ha atragantado. EL MÉDICO — Ése es un arriesgado diagnóstico, amigo mío. ¿En qué lo fundamenta? ¿Es usted médico, quizás? PERICO — No, señor. Soy zapatero. EL MÉDICO — Ah, doctor en zapatos. Me temo que su título no puede resultar de mucha ayuda a su padre en estos momentos. PERICO — Si no se da prisa, me temo que el suyo tampoco. EL MÉDICO — Por favor, no intente marcarme el ritmo de mi trabajo. Aunque no me fatigo fácilmente, prefiero ser yo quien determine mis propias pautas de conducta profesional. Antes que nada he de hacer una historia clínica del pa-

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ciente. Voy a necesitar datos que me permitan establecer un diagnóstico apropiado. PERICO — Muy bien, vaya usted haciendo lo que le parezca. (Se dirige al padre y le hace la respiración boca a boca.) EL MÉDICO — ¿Enfermedades más comunes? LA MADRE — Gonorrea, blenorragia, herpes genital, sífilis… EL MÉDICO — ¿Casado? LA MADRE — No. (Coqueta.) Ni mucho menos. EL MÉDICO — (Que ha enderezado las orejas al captar el tono singular de la madre, matón.) ¿Algo más? LA MADRE — (Levanta la barbilla como las novias derretidas.) Un accidente que le dejó inútil hace ya… muchos… pero muchos, muchos meses. (Se le entrega.) ¡Demasiados! EL MÉDICO — ¿Sin remedio? LA MADRE — Como no lo remedie usted… EL MÉDICO — (A Perico, aunque sin apartar su lujuriosa mirada de la madre.) ¿Mejora su padre, joven? PERICO — No. Creo que está muy mal. EL MÉDICO — Eso déjeme decidirlo a mí, ¿le parece? (Al padre, a voces.) ¿Cómo se encuentra, buen hombre? LA MADRE — No se moleste en gritar. Es tetrapléjico y además no oye ni habla. Una planta, ya le digo. EL MÉDICO — (Sin abandonar el desafío sexual que mantiene con la madre.) Entonces está mal, sí. Pero no hay por qué preocuparse. Llamamos a una ambulancia y lo ingresamos en un pasillo del hospital. La misma sirena de antes, la misma ambulancia; es decir, el mismo enfermero que, apenas ha entrado, se planta y señala con el dedo al padre. EL ENFERMERO — (Mascando chicle.) Eso es un infarto. EL MÉDICO — Oiga, camillero. ¿Puede decirme en qué título basa esa desvariada afirmación, por otro lado, carente de cualquier fundamento clínico? EL ENFERMERO — ¿En qué título? Pues… estuve quince años haciendo el pasillo que va desde urgencias a la unidad coronaria, y ahora llevo diez haciendo

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el que va desde la unidad coronaria al depósito de cadáveres. Acabo de trasladar un fiambre con mejor cara que aquí el señor. Como no le ponga deprisa la nitro… EL MÉDICO — (Hipnotizado por la madre, a la que tiene hipnotizada.) ¿La qué? EL ENFERMERO — ¿Son ustedes familia? LA MADRE — (Ida.) No. PERICO — ¡Sí! EL ENFERMERO — Hágame caso y que se tome esto (una pastilla), se ponga esto debajo de la lengua (otra pastilla) y se inyecte esto (le tiende una jeringuilla a Perico). PERICO — ¿Y qué hago yo con esto? EL ENFERMERO — Inyéctesela en la vena muy despacio. Si mejora, enhorabuena. Si no, ya nos veremos. Pone en marcha la sirena y sale. PERICO — (Con la inyección en la mano, al médico.) ¿Se la va a pinchar usted? EL MÉDICO — (Con su cara a dos centímetros de la de la madre.) Es lo más probable. PERICO — Y yo a lo mejor le espero. (Inyecta a su padre, que empieza a relajarse.) EL MÉDICO — (Después de quitarle las gruesas gafas, y aunque ella ofrece una mirada miope y perdida.) Podría escribir un tratado con todo lo que leo en sus ojos, señora, y ni aun así habría expresado con precisión la fantasía inconfesable que me sugieren. La madre, en un gemido, exhala un golpe de aliento que abrasa, como el de un dragón, y luego se desmaya, se desmadeja sobre sus piernas. EL MÉDICO — Joven, su madre ha sufrido una lipotimia. Cuando vuelva en sí, dígale que no he sido un sueño y que regresaré para demostrárselo. Su padre ha sufrido un infarto anterior extenso. Cuando vuelva en sí, dígale que me debe la vida y que regresaré para continuar el tratamiento. Adiós, buenos días.

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El cuco responde amable al saludo cantando ocho veces, ocho veces cansado. PERICO — ¿Cómo estás, papá? (El padre, adormilado, murmura un lamento patético, una frase deslavazada e ininteligible. Perico pega la oreja.) ¿Qué dices? EL PADRE — Me muero, Perico. Me estoy muriendo. PERICO — No digas eso. Ya verás cómo mejoras. EL PADRE — Sí, con la ayuda de ese médico. PERICO — Llamaremos a otro, buscaremos al mejor. EL PADRE — Sí, con la ayuda de tu madre. No te angusties, Perico. No pasa nada. PERICO — No, nada, sólo que te mueres. EL PADRE — Pues eso, Perico. Nada. Perico le besa en la frente con devoción. El padre le acaricia las manos. Lloran juntos en silencio. Oscuro.

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LAS NUEVE Desde fuera, las risas lúbricas de los amantes profanan las lágrimas sagradas que comparten hijo y padre. Despacio se apartan. El padre ladea la cabeza. El hijo, triste, se va por la puerta que da a la zapatería. Por la que da al resto de la casa, aparecen la madre y el médico. Un espectáculo patético, hiriente, risible: la madre viene sin gafas (parece que su médico le ha puesto lentillas), enfundada en un jersey ceñido que le resalta el sostén relleno de algodones, vestida de joven moderna (a juego con el aspecto ejecutivo del ilustre doctor) y subida en unos (para ella) peligrosos tacones. Además usa una peluca rubia, lleva los labios pintados de escandaloso rojo y se mueve admiradora del arte con una sensible delectación (burda imitación del hijo que sólo al médico engaña), lanzando la mano al contraluz del haz que atraviesa el ventanuco. LA MADRE — ¿Has visto alguna vez concentrarse entre tus dedos el milagro de la naturaleza? La luz, el color… EL MÉDICO — (Ni caso.) Qué va. (Ah, pillín.) ¿Quieres… que juguemos a los médicos? LA MADRE — (Niña.) ¡Venga! EL MÉDICO — (Niño.) Tú venías a mi consulta, y yo te tenía que reconocer por si padecías una espondilartritis anquilopoyética, ¿eh? LA MADRE — No, que lo que quieres es aprovecharte de mí. EL MÉDICO — No, porque yo era un profesional, y no te miraba como mujer, sino como problema médico. LA MADRE — Y ¿por qué me tengo que fiar de ti? EL MÉDICO — (Grave de pronto.) Porque yo, señora, soy doctor en medicina y cirugía y sé lo que le conviene. Para eso me he preparado concienzudamente durante años, y por eso usted debe tener confianza en mí, y abandonarse… abandonarse (se calienta) a las prácticas que yo considere oportuno hacerle. A las que sea, como sea. (La acosa.) LA MADRE — (También acosa, sólo que dejándose acosar.) Doctor, por favor, mi amor. (Se besan apasionadamente.)

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EL MÉDICO — (Al finalizar el beso, saca de su bolsillo un pañuelo pulcramente doblado, lo desdobla pulcramente, se limpia los labios con pulcritud y lo vuelve a doblar y se lo guarda. Además, se recompone el flequillo.) Marcela, pienso que deberías adoptar una postura de decúbito supino a fin de que yo pueda proceder a penetrarte sin tener que realizar un especial esfuerzo ni castigar mis rodillas con una fatigosa genuflexión incompleta. LA MADRE — Ven aquí, comodón. La madre atrae a su amante hasta el borde de la camilla. Contra ella apoya las nalgas y entreabre las piernas para recibir el nuevo abrazo ilustrado. Descansa su mentón en el hombro masculino y, acariciando la recia espalda, desafía, insulta con la mirada, humilla con su artificial procacidad la paciencia del marido, que ella sospecha más viva de lo que siempre pensó, aunque nunca tanto como en realidad lo está. En aquella esquina de la zapatería que un día Perico creyó el único lugar feliz del mundo, la madre y el médico se empeñan en avivar una sexualidad tuerta, dormida, producto del odio y de la venganza. Rosario de jadeos, lamentos y manoseos grises mientras la madre mantiene su mirada sonriente en la mirada muerta del padre y así cree redimirse un poco más de su vida fracasada. EL PADRE — No se moleste, joven. Es completamente frígida. LA MADRE — Tú dirás que son figuraciones mías, pero se me hace que mi marido acaba de decir algo. EL MÉDICO — ¿Cómo que si acaba de decir algo? ¡Acaba de decir que eres frígida! ¿No me estarás fingiendo, verdad Marcela? LA MADRE — (Con una voz que no le sale del cuerpo.) ¿Entonces es verdad que ha hablado? EL MÉDICO — Marcela, haz el favor de responderme a lo que te pregunto. EL PADRE — ¿Quiere que se lo responda yo? Hace años que conozco la respuesta. LA MADRE — (Por los sonidos que emite, se diría que ahora es ella la que se ahoga.) ¡Está hablando, está hablando! EL MÉDICO — ¡Fingiendo! Nunca nadie se había burlado de mí de esa forma. ¡Con los sentimientos no se juega, Marcela!

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LA MADRE — (Por fin le estalla la garganta.) ¡Milagro! ¡Es un milagro! (Se pone a correr como loca por toda la trastienda.) EL MÉDICO — ¡Marcela! ¿En qué te basas para emitir ese diagnóstico? LA MADRE — ¡Es un milagro! EL PADRE — Es una histérica. EL MÉDICO — (Al juez.) Es un osado. (Al padre.) ¿En qué titulo respalda esa aseveración? EL PADRE — Marcela, o te callas o me levanto de la silla. (La madre cubre con sus manos su propia boca y se impone silencio. Lo consigue a duras penas.) Así está mejor. Y escúchame (respira con gran dificultad). Nunca he estado enfermo, he simulado no enterarme de nada por no aguantarte. Ahora estoy a punto de morir, pero no me voy a meter en el ataúd sin ponerte otra vez en ridículo. Pasarás las noches en blanco recordando las cosas que has hecho delante de mí cuando creías que no te observaba. Eres mucho más patética de lo que tú misma piensas. Eres la persona más estúpida, más vacía y más gris que he conocido jamás. Todos estos años me he callado lo que te estoy diciendo. Ahora me voy a morir. Ya todo me da igual. LA MADRE — (Serena, agria.) Que Dios te maldiga, Mariano. Púdrete en el infierno. EL MÉDICO — Quizá prefieran quedarse a solas. (Se marcha.) EL PADRE — ¿En qué se basa para hacer ese diagnóstico, doctor? No se vaya, hombre, y llame a una ambulancia: algo va mal, muy mal, aquí dentro (su pecho). EL MÉDICO — ¿Quiere que llame también a un sacerdote? EL PADRE — (Irónico.) ¿Por qué no me llama mejor a una puta? Las putas siempre han sido mi religión, y no creo que ahora me diera tiempo a acostumbrarme al cambio. (Grave.) Llame a una ambulancia, por favor. EL ENFERMERO — (Que entra, corriendo, con una toalla al cuello, a medio vestir y afeitar y, claro, mascando chicle.) Se preguntarán por qué he tardado tan poco. Me he instalado en el zaguán. (Al padre.) ¿Cómo va eso? EL PADRE — (Ahogado.) Mal. EL ENFERMERO — Bueno, hombre, bueno. No se angustie. ¿A ver? (Le coge el pulso.) Venga, tranquilícese. Esto ya está aquí. EL PADRE — ¿Qué es lo que está aquí? EL ENFERMERO — Calma, calma. No podemos hacer nada, ha llegado el momento, así que relájese, coja mi mano y échese hacia atrás. Cuando usted

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quiera, respira tranquilito y me suelta la mano. Hágame caso, no intente luchar y será un tránsito dulce. En un segundo hemos terminado. EL PADRE — Sobre todo, yo. ¿Qué es? EL ENFERMERO — Un edema pulmonar, así que se va a sentir muy cansado y con muchas ganas de dormir. Esté tranquilo. EL PADRE — Marcela. LA MADRE — (De espaldas.) Déjame, Mariano. EL PADRE — Marcela, por favor. EL ENFERMERO — Marcela, mujer… ayúdele. LA MADRE — ¿Qué quieres, Mariano? EL PADRE — Mírame, Marcela. La madre se gira emocionada, dudando entre la rabia y la piedad. El padre intenta, casi sin lograrlo, un último gesto: a duras penas le tiende la mano, que luego recoge para llevársela a la boca y expeler una pedorreta agonizante, mortal. En efecto, el aire de la burla es el último aliento de sus pulmones. La cabeza le cae sobre el pecho ya para siempre. EL ENFERMERO — Ha sido muy emocionante, señora, si me lo permite. Enhorabuena. LA MADRE — Lléveselo. EL MÉDICO — (Llorando.) Es la primera vez que veo a morir a un hombre. Con qué dignidad se ha inclinado ante la muerte. LA MADRE — Claudio, aquí ya no tienes paciente al que atender, ni a mí me queda paciencia para atenderte. EL MÉDICO — ¿Es una despedida, Marcela? LA MADRE — Adiós, Claudio. (Al enfermero.) ¿Les importaría dejarme a solas con él? Gracias. Salen los dos comentando calladamente las excelencias del fallecimiento. La madre se acerca al cadáver del marido.

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LA MADRE — (Después de un silencio que al fin revienta, repleto de amor frustrado.) Si tan sólo me hubieras dejado amarte… (Con un violento golpe de rabia, tira por el suelo la silla. Cae el cuerpo del padre.) El cuco, ya casi anciano, deja escapar lentamente nueve horas. Un cortejo fúnebre de cirio y sombrero al pecho transporta a Mariano Galápago hasta lo más hondo del infierno. El caballito de cartón es su ataúd y su carruaje. Le entierra una pachanga solemne y amén.

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LAS DIEZ Al regreso de la luz, la trastienda, como siempre, está un poco más vacía, un poco más azul, un mucho más desangelada e inhóspita. En el lugar del caballo de cartón hay ahora una bicicleta estática. LA MADRE — (Que entra deprisa, seria, con su aspecto de siempre.) Tu padre ha muerto, Perico. Todos los zapatos de las estanterías se desploman de golpe. La madre sigue haciendo sus cosas. Es un ama, una abuela seca que ya no distingue la risa del llanto, porque ni una ni otra cosa siente, sólo amargura, infructuosa amargura. PERICO — ¡Qué frío hace! LA MADRE — Abrázate a mí. PERICO — Dónde están mis juguetes, mis días de sol, mis ganas de jugar y de correr detrás de las niñas. Dónde están mis rincones felices, que me resguardaban del frío y de los monstruos. Dónde está el olor de los lápices y de las gomas de borrar, el sudor sin olor de los niños, el sueño profundo, la ilusión de la noche de Reyes. Dónde está el calor de las mantas en los grises atardeceres de noviembre, la mirada suplicante de las ranas en mis dedos curiosos. Dónde está la vida, madre, que se me ha escapado entre los zapatos pasados de moda y el polvo de las estanterías. No he conseguido nada, sólo fracasar, y ni siquiera puedo compartir mi fracaso con alguien. LA MADRE — Tu padre parecía haberlo conseguido todo. Tenía a todas las mujeres, pero no tenía a ninguna. Él sí que ha fracasado. PERICO — Tengo que irme, mamá. (Monta en la bicicleta estática y comienza a pedalear.) LA MADRE — ¿A buscar una mujer? PERICO — También. LA MADRE — ¿Así? (Le enseña una carta.) PERICO — ¿Qué es eso? LA MADRE — La carta que le escribiste a la vecina: «Hombre soltero, aún joven, de buena presencia, acomodado, sensible, honesto y amante de las artes,

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busca mujer para formar un hogar. No importa que tenga un niño de diez años. Interesada, preguntar por mí en la zapatería de al lado de tu casa». Es lo más ridículo, lo más patético que he leído jamás. ¿Qué quieres? No conoces el mundo. La vida no es más que lujo, dinero, posición, belleza. Eso es lo que le interesa a una mujer. Eso es lo que las abre de piernas. Y tú no tienes nada de eso. PERICO — Yo tengo ternura y cariño. Yo soy sensible, mamá. Podría disfrutar de la delicadeza del amor como muy pocos seres humanos pueden hacerlo. LA MADRE — Eres sensible, muy bien. Te darán compasión, pero nunca amor. ¿Es eso lo que quieres? Sólo yo puedo darte amor a cambio de nada. PERICO — ¿Amor?, ¿qué amor? LA MADRE — Mi vida ha sido un estercolero, pero mientras yo viva te juro que la tuya no será así. PERICO — Déjame que yo decida mi propia vida. LA MADRE — Yo te amo. PERICO — La libertad es más importante que el amor, mamá. La libertad lo es todo. LA MADRE — ¿Y para qué quieres la libertad? Yo puedo darte lo mismo que cualquiera de ésas. ¿Qué necesitas tú que yo no te pueda dar? ¿Qué pueden darte ellas que yo no pueda darte? PERICO — Sexo. LA MADRE — (Un silencio muy significativo, lleno de gestos.) ¿Sexo? ¿Tanta importancia tiene el sexo? PERICO — Yo también quiero huir, volver a meterme en el útero, no nacer, huir de la miseria por la única puerta digna, esa maldita puerta de la vida, del cielo y del infierno que las mujeres tenéis entre las piernas, esa mariposa a través de la cual uno cometió el error de salir a este basurero. LA MADRE — Eres un estúpido romántico, un lunático. (Rompe la carta en mil pedazos.) El sexo es sólo un segundo fugaz lleno de sudor y semen, nada más. ¡Y la puerta por donde tú saliste al mundo es la mía, no lo olvides! Crees que lo estás inventando todo, pero es una maldita repetición. Las posturas, el amor, el miedo, la muerte, el odio… todo está inventado hace miles de años. ¿Dónde está la novedad? PERICO — En que soy yo quien lo vive. LA MADRE — Déjame acariciar tus pies, Perico, por favor. PERICO — No, mamá. Nunca más caricias en los pies. Nunca más. Ya no quiero comer en tu mano. Sólo quiero amar y que me amen.

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LA MADRE — (Amarga.) Ah, ya. Quieres decir joder y que te jodan. Pues, nada, hijo. ¡Que te jodan! PERICO — Muy bien, mamá. LA MADRE — (Se le abraza otra vez.) ¡Perico! ¡Perico! Qué sola estoy, qué sola y qué vieja. No me dejes nunca. No quiero morirme sola. PERICO — (Responde a sus caricias, pero hay una sombra insalvable en su mirada.) No te preocupes, mamá. No morirás sola. Yo estaré a tu lado. El cuco les da diez horas muertas. Y se apaga.

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LAS ONCE La música de la espineta es, en esta hora, tétrica, atormentada. El escenario está casi desnudo, la luz que entra por el ventanuco es aún más luz de anochecer y el azul continúa devorando los tonos dorados, así que hay en el ambiente de la trastienda una extraña mezcla de vacío, de frialdad y de misterio. Perico, solo, es casi la imagen lúgubre del principio. Su silla, su ropa… PERICO — Así, señoría, han pasado los días, los meses, los años… Apenas queda ya nada de mí en la trastienda. Sólo quizá malos recuerdos, un amargo sabor de fracaso y, pululando por aquí, como una pequeña cucaracha nerviosa, aquella a quien creí, y todavía hoy creo, culpable de este fracaso mío: mi madre. Un viento de niebla atraviesa la habitación arrastrando tras de sí una sombra espectral. SOMBRA — Oh, Pedro, terrena criatura. PERICO — Oh, ¿quién me llama? SOMBRA — Oh, soy yo, Pedro. PERICO. — Y ¿quién eres tú, oh sombra? SOMBRA — (Se acerca, se abraza a él y llora escandalosamente.) ¡Hijo! ¡Hijo de mi vida! ¡Nunca sabrás cuánto te quiero! ¡Nunca sabrás cuánto he sufrido por ti! (Y le asaetea a besos histéricos.) PERICO — ¡Papá! SOMBRA — Yo mismo, hijo mío. Si alguna vez tuviste amor a tu padre, véngale de su infame y monstruoso asesinato. PERICO — ¿Asesinato? Pero ¿no fue un infarto? SOMBRA — Sí, pero el trozo de carne que tu madre me metió en la boca tenía toda la intención, no dirás que no. (El cuco, lento, siniestro, comienza a desgranar las once.) Y venga, que está amaneciendo y no me conviene que me vean vagando por ahí. ¡Adiós, Perico! ¡Adiós, adiós, adiós! ¡Acuérdate de mí! PERICO — Igualmente, papá, que no sufras mucho. Y ten cuidado con el azufre, que es tóxico; no te vayas a envenenar.

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La sombra se desvanece. PERICO — (Mientras prepara un vaso de leche caliente.) Ya imagino, señoría, que este capítulo del sumario va a resultar algo confuso, pero es la verdad, por más que vengan los peritos forenses, descreídos como son, diciendo que ando escurrido de sentido común. Si es cierto lo que cuento, cualquiera entenderá que matara a mi madre, luego no se me tome por criminal, sino por vengador y justiciero. Si no lo es, no se tengan en cuenta las acciones que mi mente perturbada me ha dictado. (Vertiendo en la leche una gran cantidad de barbitúricos, con uno entre los dedos.) Ésta es, entre todas las barcas de Caronte, la más pequeña. Mas no hagáis desprecio de lo pequeño, pues poca cosa es la semilla del hombre y trae la vida. Poca cosa es la raíz de la cicuta, y se la lleva. (Un tono familiar.) Esto, señoría, perdonando la inmodestia, merecería constar en el sumario, me parece a mí.

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LAS DOCE Por última vez, la puerta que se abre anuncia la llegada de la madre. Viene, como toda la vida vino, metida dentro de sí, confundiendo los recuerdos entre la compra del mercado. LA MADRE — ¿Perico? Mira lo que te traigo. Llevo desde la madrugada en la puerta de la farmacia, esperando a que abrieran para traerte esto. He pasado miedo, ¿sabes? Un camionero del mercado me confundió con una prostituta. PERICO — ¿Qué es lo que me traes? LA MADRE — Mira, pastillas para dormir. (Se las da.) PERICO — Mamá… Esto son pastillas para calmar la tensión sexual. LA MADRE — ¡Ah, sí? ¡Huy, qué tonta! PERICO — Ven, mamá, ven. Siéntate aquí. (Lo hace ella y él le quita los zapatos y le acaricia los pies.) LA MADRE — ¿Sabes? Llevo mucho tiempo en la puerta de la farmacia. PERICO — Sí, mamá, has pasado mucho tiempo en la puerta de la farmacia. Toda la vida, mamá, toda tu vida. Ahora descansa. Toma (le ofrece el vaso de leche), bébete esto. Está calentito. LA MADRE — (Lo coge.) ¿Por qué quieres que tome leche caliente? (Perico la mira con ternura, pero no responde.) Ya. Ella está en la zapatería, esperándote, ¿verdad? (Perico afirma con un gesto.) ¿Trae a su hijo? (Perico asiente.) Y su pasado. Te trae toda su miseria, lo peor. Nunca pasarás de ser el remiendo de un fracaso, Perico. A ella le convienes, yo te quiero. Ella te pagará abriéndose de piernas, yo me cobraré cerrando los ojos. Pero no quiero llorar. No volveré a llorar por ti. Dame ese vaso de leche. Coge en sus manos el vaso como si recibiera un regalo caro, con delicadeza y amor. Antes de beber, mira tiernamente a su hijo durante mucho tiempo. Perico no se avergüenza de aquella mirada. Al contrario, responde a ella con la misma emoción. LA MADRE — Es por tu padre, ¿verdad? LA VOZ DE LA SOMBRA — Sí, es por mí, es por mí. (Se ríe como un fantasma de toda la vida.)

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LA MADRE — ¡Cállate, Mariano, que das pena! (La risa se corta de golpe.) Y espera a que llegue, te vas a enterar. (La sombra emite un gemido similar al de su agonía.) PERICO — No, mamá. Es por mí. Sin apartar los ojos el uno de la otra, ella se bebe muy despacio la leche, hasta la última gota. LA MADRE — Ya está. (Saca un pañuelo muy bien doblado y se limpia.) Es lo único que conservo de mi aventura con el médico. (Perico la besa y ella se deja besar tiernamente. Sonríen.) Perico. PERICO — ¿Qué, mamá? LA MADRE — Quiero pedirte que hagas dos cosas por mí. PERICO — Pídeme lo que quieras. LA MADRE — En ese mueble hay un disco. Cógelo. PERICO — (Lo hace.) ¿Éste? LA MADRE — Ponlo en la gramola. Es un disco que hicimos grabar tu padre y yo con tu voz cuando sólo tenías unos meses. Perico pone el disco. La bocina llena la trastienda de las risas y gracias de un niño recién nacido. La madre se emociona. Perico se contiene. Poco a poco, el motor de la gramola va perdiendo revoluciones y las risas se convierten en un lamento horrible, en un quejido agónico de tonos graves. El azul profundo, frío, de la trastienda ya deshabitada, multiplica el terrible sonido entre los nichos en que ha terminado convirtiéndose la perfecta geometría de aquellos amables anaqueles. Allí donde un día descansaron las ilusiones de la familia, hoy se desliza un viento de tumbas en bloque. PERICO — Vaya, parece que la gramola se ha estropeado. LA MADRE — Da igual, ya da igual. Quiero pedirte una segunda cosa. PERICO — ¿Qué es, mamá? LA MADRE — (Empieza a costarle abrir los ojos.) Quiero volver a entrar por esa puerta y que tú me esperes escondido en el trastero.

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PERICO — Ven. (La ayuda a levantarse y la acompaña hasta la puerta de la zapatería.) Espera cinco segundos y entra cuando quieras. (Corre a esconderse en el trastero.) LA MADRE — (Entra luego de un momento.) ¿Perico? ¿Perico? PERICO — (Niño.) ¡Mamá, a que no me encuentras! LA MADRE — Perico, ¿dónde estás? ¿Te has escondido en los armarios? PERICO — Búscame, mamá. LA MADRE — (Llorando ya sin intentar ocultarlo.) Perico, hijo, no me asustes. Ya eres muy mayor para jugar a esconderte. ¿Es que quieres volver a la infancia, hijo? Perico. (Llora desconsoladamente.) Dime que sí. Dime que sí. (Perico abre la puerta del trastero y se asoma.) Dime que quieres volver a la infancia, mi niño. Dímelo, por favor. (Se desmorona en el suelo.) PERICO — (La socorre, la toma en sus brazos y la ayuda a sentarse en la mecedora.) No llores, mamá. LA MADRE — (Dormida.) Cuando me ponga buena, venderemos la zapatería y nos iremos los dos juntos a recorrer mundo. Por ahí, lejos, muy lejos. Los dos solos. Mientras el cuco daba las doce tan fatigadamente que parecía que nunca fuera a terminar, él la meció entre sus brazos hasta dormirla. Después de cantar la última hora, el cuco ya no tuvo fuerzas para regresar a su casa de madera y tictac. Entonces el hijo besó a la madre y la abandonó en su mecedora, con la cara enfrentada al rayo de luz que entraba por el ventanuco, la luz más fría y mortal que nunca haya existido.

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ESCENA AZUL Sobre un escenario profundamente azul, desnudo, arrasado, Perico aparece sentado en su silla de siempre. PERICO — No crea su señoría que me siento mal. Nadie me espera. El último aliento de mi madre me inspiró la intuición de que acertaba cuando hablaba de mi vecina, así que al fin no me reuní con ella. Por si acaso me hubiera cabido alguna duda, los gritos infernales de su niño, que jugaba arrojando zapatos desde lo alto de los anaqueles, me hicieron desistir. Recordé a mi padre: yo no tendría la oportunidad de hacerme el tonto, ¿me comprende, señoría? (Se levanta un poco y adelanta el cuerpo escudriñando el hueco negro del patio de butacas.) ¿Señoría? (Responde la voz interrogante de una cotorra, y, tras ella, una algarabía de pájaros. Perico se vuelve a sentar y mira a uno y otro lado. Se levanta las solapas de su chaqueta y cruza los brazos y las piernas: tiene frío. Parece que estuviera en mitad de una calle solitaria. Un pensamiento se le escapa por los labios, un pensamiento bobo, de juego infantil.) Esto es lo que yo, Perico Galápago, pienso contarle al juez. Sí, señor. Palabra por palabra. (Breve silencio.) Suponiendo que me cojan, claro. (Ríe a carcajadas.) Oscuro.

TELÓN

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La tuerta suerte de Perico Galápago  

1994. Premio SGAE

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