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Hazme de la noche un cuento Jorge Mรกrquez

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PRIMERA PARTE

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Primera escena Allí mismo se quedó (dudosa la puerta), frente a la oscuridad del vientre de una madrugada ya vieja. Allí presintió la eternidad de los muebles y de las cosas de la sala. Gusanearon sus dedos melancólicos por algún lugar de la pared, empapelada de antiguos colores, y desperezándose alumbró la lámpara —escasa, rendida—, la anémica luz que se esforzaba en salpicar toda la habitación: techo de piel escamosa, pacientes sillones de larga asentada, raído tapiz, piano vertical —amante carcomido de afinador infiel—, estufa de gas, cocina de cuatro fuegos con ojos de herrumbre sobre esmalte grasiento, camilla engalanada de hule —y temblona, por cierto; a poco de rendir sus patas al débito del abuso y de los años—; un abuelo (tantos siglos enmarcado y pendiente de un clavo) decidió por el otoño, y ya para siempre, convertirse en retrato virado al sepia. Hendían los tiempos el oro batido de la cornucopia, espejo de azogue picado, traiciones de la mucha edad. Un cuco ciego regaló dos de las tres horas que aquel día llevaba andadas. El frío había devuelto, como siempre cada invierno, la añoranza de edredones sobre la cama; o, mejor aún, de un cuerpo amante que calentara las noches. En la pensión, ella y los otros tres dormían con los pies de hielo, acurrucados al cansancio, a la humedad de la almohada y a los sueños desbaratados. Si acaso, la dueña se alcayataba en el cuerpo de su torpe amante. Si acaso, clandestina, luego de Avemaría y Padrenuestro. Raquel dejó que la puerta se cerrara tras el girar achacoso de los goznes. Se descalzó de afilados tacones, caminó vacía, adivinando los pasos, y se clavó frente al espejo. Soltó el bolso y desnudó sus manos. Se despojó del abrigo y lo dejó deshacerse en el suelo. Oyó cantar a lo lejos la canción de sus horas de amor. Se miró, acarició sus ojos, el brillo muerto del rímel, las arrugas de su cara, el abultado espesor del maquillaje, y se compadeció de su dolor. Desprendió los pendientes de los lóbulos deshinchados y corrió con una mano (torpe de rabia) el 3. -


carmín de sus labios. Encendió nerviosa un cigarro torcido. Acariciadas por la música, las piernas le cedieron. Así que tiró de la peluca y confió a los muebles el secreto de su calva y pequeña cabeza de hombre. Y se rompió sobre la silla, se dejó verter en la vieja cómoda castellana.

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Segunda escena Don Anselmo, que poco y mal dormía (poco y mal desde siempre, decía él), oyó las lágrimas de su garganta. Se levantó, se echó por los hombros (y la sintió bendita) la bata de gruesa felpa, y entró en el salón con su paso medido y su andar escatimoso. Se acercó a Raquel (nunca supo si debía llamarle Raquel o Celso) y sin preguntar trató de consolarla. Perdida su voz entre la canción de amor que el dolor de ella evocaba, don Anselmo le palmeaba cariñoso la espalda, se notaba torpe, quería acariciarle el pelo y se notaba torpe, quería estrechar sus hombros y se notaba torpe. La tomó suavemente de los brazos y la llevó hasta el tresillo. Daba una y otra vuelta (la bata empezaba a agobiarle), buscaba la postura, se agachaba, se levantaba, intentaba encontrar qué parte del cuerpo de Raquel debía acariciar para confortarla… y se notaba torpe. «Si hubiera sido hombre —pensaba—, hombre, hombre, quiero decir, con darle unas recias palmadas en la espalda, o en la nuca, o por encima de la rodilla...; pero así...» Raquel sintió de pronto una urgencia de cariño y necesitó acabar con tanta mesura mojigata de don Anselmo. Sentados los dos en el sofá, se volvió hacia él, se abrazó a su cuello y lloró sobre su pecho. Después de asustarse, él no supo qué hacer, ni cómo responder, ni dónde acariciarle; y volvió a reconocerse torpe. Hasta que, al paso que camina el caracol, sus manos se fueron acercando al cuerpo de ella; y su rostro, a la cabeza de ella, y terminó por abrazarla de verdad, compadecido de su dolor. Solo esa sinceridad desnuda, que tanto le había costado conseguir, fue calmando a Raquel. Les dormía el abrazo. Raquel, enmadejada, fatigada por el dolor y las lágrimas, recostada la cabeza en el pecho de don Anselmo, dormía con el pulgar entre sus dientes. Él, más que

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dormir, cabeceaba, se refregaba los pies (fríos) contra las piernas del pantalón del pijama, se arrellanaba incómodo. En sueños, volvía Raquel a la cercana realidad de sus angustias, y se inquietaba; se agitaba más y más mientras más y más crecían en su cabeza los fantasmas vivos del dolor. Hasta que, saliendo de sus pesadillas, gritó llorosa y aterrada. Entonces don Anselmo gritó también. En un segundo estaban los dos en pie, frente a frente, con los ojos muy abiertos y la expresión de pánico. En el segundo siguiente, Raquel volvía a llorar asustada como una niña y don Anselmo jadeaba, intentaba calmarse, se llevaba la mano al corazón y sentía que le derrengaban el sueño y la fatiga. El tercer segundo los abrazó de nuevo: Raquel buscó, más asustada que antes, el refugio en su amigo, y don Anselmo caía en el sofá empujado a sentarse por el llanto escandaloso de ella. Luego, otra vez la abrazó y la consoló como pudo. ANSELMO — Vamos, Celso. Valor, hombre, valor. RAQUEL — (Entrecortada, hipando.) No puedo… no puedo. (Sigue llorando.) ANSELMO — ¡Pero hombre! (Le palmea. Se detiene.) A ver, espere. Voy a darle algo... (se levanta con trabajo; entonces Raquel cae sobre el asiento del sofá) que quizá le ayude a pasar el mal rato. (Pensando en alto.) Creo que Dorotea lo guardaba por aquí. A ver... (Trastea entre los utensilios de un aparador.) ¡Ah! ¡Aquí está, sí señor! (Saca una botella.) Aquí está. Si la doña se enterara de que le socorro el aguardiente de pepinillos..., ¡madre!; (risitas) ella, que lo tiene, dice, consagrado por el obispo, para confortarse después de las lauretanas. ¡Con lo sentida que es! (Sirve dos copas.) ¡Bah, repulgos! Tanto rezar y tanto cura de la puñeta... Si quiere ganarse la gloria, suponiendo, que me perdone las cuatro mensualidades que le debo. ¡Eso hace una cristiana de verdad!, ¿no le parece? (Se sienta sin darse cuenta de que Raquel está debajo. Un segundo antes, casualmente, ella ha decidido llorar sobre el brazo derecho del sofá, así que se ha levantado.) En fin... Cuarenta y siete años instruyendo a tanto mocoso en las cuentas, y cuando me jubilo es a mí a quien no le salen. Claro que con este retiro mío, (grave) y sobre todo,... con esta hija mía, qué cuentas puede uno echar... Hasta que un día se harte doña Dorotea y me ponga de patitas en la calle. Entonces..., entonces 6.-


no quiero pensar qué va a ser de mí. (Suspira.) Ya ve, querido amigo, que por muy grande que tenga uno la pena, a todo hay quien gane. ¡Bueno, qué le voy a contar a usted de mis desgracias que no le haya confesado ya! Ande, beba; beba, que le hará bien. (Le ofrece la copa.) RAQUEL — (Desesperada, de un manotazo, estrella la copa contra el suelo.) No quiero. No quiero. (Abrazándose como antes a don Anselmo y haciendo que éste, antes de haberse repuesto de la sorpresa, se derrame sobre sí la otra copa.) Yo lo que quiero es morirme. ANSELMO — (Resignado. Se pasa un dedo por el licor derramado y lo chupa.) Bueno, hombre, bueno; no será tanto. (Sigue chupándose los dedos.) Vamos, venga; desahóguese con este buen amigo, que para eso estamos; para eso y poco más, la verdad. RAQUEL — Quiero morirme, morirme. ANSELMO — Pero ¿por qué, hombre? RAQUEL — (Bajito.) Quiero morirme. Como él. ANSELMO — (Perplejo.) ¿Como él? ¿Como quién? RAQUEL — Como él, como él. ANSELMO — (Se da cuenta de pronto. No reacciona.) ¿Su...? ¿Quiere decir su...? (Ella afirma. Silencio. Muy afectado.) ¿Y cuándo, dios mío? RAQUEL — Quiero morirme igual que él se ha muerto; en su cama, esperando nuestra noche, perfumado de jazmines y con un clavel reventón en la solapa de su traje rayado. (Silencio largo en el que don Anselmo, conteniendo difícilmente su emoción, acaricia con ternura la mejilla de Raquel.) ¡Qué tragedia, don Anselmo; qué tragedia! ANSELMO — ¡No llore, por favor! ¡Se lo ruego! ¡No soporto ver llorar a un hombre! (Silencio.) ¡Miserable vida esta! (Otra vez moja los dedos en el licor derramado, ahora inconscientemente, y se los chupa. Mueve la cabeza con la mirada perdida.) ¡Quién lo iba a decir! Y cómo pasa el tiempo, ¿eh? Porque... él... (Algo morboso, indiferente en apariencia) ¿Qué edad tenía él? RAQUEL — (Ida.) Sesenta y siete. ANSELMO — (Pensando.) Sesenta y siete. (Casi un silbido.) ¡De mi quinta...! (Reacciona después de unos segundos.) Lo siento; de verdad que lo siento mucho. (Piensa. Silencio largo.) ¡Bah! (Apura con rabia la copa vacía.) Así

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es la vida. Hoy, él; mañana, quién sabe; cualquiera de nosotros. Recuerdo que cuando mi mujer murió... RAQUEL — (Le interrumpe.) Mañana, yo. Mañana quiero ser yo. ANSELMO — No, hombre; no diga eso. Usted tiene aún mucha vida por delante. RAQUEL — No. A mí ya no me queda vida; me la han quitado toda esta noche, de golpe. ANSELMO — No diga eso. Yo también, cuando la muerte de Victoria... RAQUEL — (Le interrumpe.) Si viera, don Anselmo… (se deshace) la cara de la portera cuando entré. Le dije, digo: “Buenas noches, Carmen”, como siempre; pero ella no me contestó, me miró a los ojos con carita de pena y puso su brazo entre mi cuerpo y la puerta del ascensor. Y me dijo, dice: “Pase, pase, Raquel; no se quede ahí”. “¿Pasar? ¿Adónde?”, dije yo. “Conmigo”, me dijo ella, “venga conmigo adentro.” Y entonces me contó que él, que Andrés... (No puede continuar.) ANSELMO — (Compadecido.) Venga, criatura; resignación. RAQUEL — Ni siquiera he podido verle por última vez, don Anselmo; ni siquiera eso. La portera quiso avisarme, pero no sabía adónde, así que, después de la autopsia, llamó a los del seguro, y ella misma lo amortajó con su traje rayado, y le puso un clavel en la solapa, y le veló toda la noche. Y esta tarde me lo han enterrado, antes de que yo pudiera verle por última vez. (Silencio.) Si hubiera consentido en vivir con él, como tantas veces me pidió... ANSELMO — ¿Y por qué no lo hizo, hombre de dios? RAQUEL — No sé. Porque... estaba convencida de que si nos teníamos siempre al lado el uno al otro, nuestro amor terminaría desgastándose, que se moriría de aburrimiento. (Sonríe agria.) ¿Lo comprende? Me preocupaba por la muerte de nuestro amor, de nuestro amor; pero nunca pensé en nuestra propia muerte; me comporté como si tuviéramos veinte años, convencida de que siempre viviríamos. ¡Qué estúpida he sido! ANSELMO — No se martirice. RAQUEL — No merezco otra cosa que este martirio: pensar cómo habría sido de otra forma. Si yo hubiera estado junto a él, podría haber avisado a un médico; quizá no habría muerto. ANSELMO — Vamos, vamos, hombre; ánimo. 8. -


RAQUEL — Cuando Carmen, la portera, me lo dijo, lo primero que pensé es que tenía que ver su tumba, saber dónde estaba y llevarle flores, pero era tan tarde ya... (Una pausa.) Animo... No lo entiende, don Anselmo; un rato antes iba ilusionada, pensando en meterme con él en su cama, en disfrutar de su cuerpo cálido..., y de pronto buscaba unas flores para ponerlas en su tumba... Me puse a caminar durante horas y horas intentando comprender lo que había ocurrido, pero no pude; no puedo comprender nada, y usted me pide que tenga ánimos. Sí, para morirme, don Anselmo; para morirme es para lo único que tengo ánimos. ANSELMO — Cálmese, usted es muy joven aún. RAQUEL — No; ya, no, don Anselmo; ya, no... Con él... todavía; pero ya... Andrés me sacó de la calle, ¿sabe?; era tan cariñoso... No comprendo por qué se ha muerto. ¡Es una putada de la vida, de dios o de quien sea! ¡Una putada! ANSELMO — Algunas cosas, Celso, no están hechas para comprenderlas. No quiera comprenderlas, acéptelas... y siga viviendo; todavía hay mucha vida por delante en su camino. Sin embargo, Victoria sólo tenía cuaren... RAQUEL — (Le interrumpe.) Usted no me ha visto bien, don Anselmo. Yo ya no sirvo para nada. ANSELMO — No. No diga eso. RAQUEL — ¿Y qué quiere usted que diga? ANSELMO — (Convincente.) Diga usted la verdad; diga que todavía tiene mucho que vivir; que tiene mucho que ofrecernos a todos: (se encoge de hombros) ¡la verdad! RAQUEL — No, no... No quiero. ANSELMO — ¡Sí! RAQUEL — Quiero morirme. ANSELMO — No, Celso. Usted tiene que pensar en nosotros. RAQUEL — ¿Y en mí quién piensa? ANSELMO — Nosotros, claro. RAQUEL — Yo ya no sirvo para nada. Yo ya no puedo ayudarles a nada.

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ANSELMO — ¡Cómo que no! Usted tiene que seguir regalándonos su alegría. Aún quedamos muchos como él, esperando que usted nos enseñe a vivir cada minuto, igual que siempre lo ha hecho. RAQUEL — (Un silencio. Turbada.) No. No... Lo dice usted para que se me pase... ANSELMO — Le doy mi palabra de honor de que no miento. RAQUEL — Don Anselmo; no me engañe con su piedad, por lo que más quiera; no lo soportaría. ANSELMO — Celso, yo nunca juego con los sentimientos de una persona. RAQUEL — (Temerosa e ilusionada.) ¿Lo dice de verdad? ANSELMO — (Subrayándolo con dignidad.) Le he dado mi palabra de maestro nacional honorario. Y viudo, por cierto, desde hace cuatro años, que... RAQUEL — (Le interrumpe mimosa.) Abráceme, don Anselmo. ANSELMO — (Lo hace después de carraspear. Le faltan naturalidad y convencimiento.) Qué, ¿se va sintiendo ya mejor? RAQUEL — (Ausente.) Sí. (Una pausa.) Don Anselmo, ¿no se ríe de mí cuando dice que aún soy joven? ANSELMO — ¡Cómo puede! RAQUEL — (Sonríe levemente.) Entonces... abráceme más fuerte. (Lo hace él incómodo. Silencio.) ¿Seguro que no lo dice por consolarme de mi dolor, eh? ¿Eh? ¿Seguro que no?, ¿seguro que no? ANSELMO — No, hombre. Lo digo de verdad. No llore más. Usted todavía encontrará otro amor. RAQUEL — (Emocionada.) Don Anselmo. (Le mira, así que sitúa su rostro muy cerca del suyo.) Anselmo... (Se dedica a recorrer con la mirada cada una de sus facciones. Él está completamente perdido.) ¡Demuéstremelo! ANSELMO — (Afloja el abrazo involuntariamente. Traga saliva. Mira a la cornucopia, al aparador, al piano. Carraspea.) ¿Qué? RAQUEL — (Angustiada.) Demuéstreme que aún somos jóvenes, a pesar de que todo el mundo nos lo niega desde su arrogante juventud. Demuéstreme que aún no estamos muertos, como mi pobre Andrés... 10. -


ANSELMO — Pero..., pero..., pero..., yo no..., yo no... (Casi grita.) ¡No sé! (Silencio largo. Raquel mira fijamente a los labios de don Anselmo. De pronto le besa fugazmente en la boca. Los dos se sienten extraordinariamente turbados. Ella se separa. Él se levanta, saca un pañuelo de un bolsillo de la bata y se limpia los labios con delicadeza.) RAQUEL — (Después de un silencio largo, apocada.) Lo siento. He perdido la cabeza. ANSELMO — (Igual.) Yo también lo siento. (Silencio largo.) RAQUEL — (Tajante.) ¡Pues yo no! ¡Mentira! ¡Yo no lo siento! ANSELMO — (Asustado.) ¡Celso! RAQUEL — ¡Don Anselmo! (Rebelde.) ¡No me llame Celso, don Anselmo! ¡Por favor, no me llame Celso esta noche! ¡Anselmo! (Muy angustiada, desesperada, le acosa; él huye como puede, perplejo, alrededor del sofá.) Acarícieme, querido amigo; afuera hace tanto frío... Estamos los dos tan solos en este mundo... Anselmo, acaricie mi rostro y mis brazos; acaricie mis pechos y mi..., mi sexo... ANSELMO — (Asustado.) ¡Celso, por dios! RAQUEL — (Ardiente.) Acaricie mis piernas y béseme en los labios; béseme como si fuéramos a morirnos ahora mismo. Y luego, viejo amigo, (se hunde, ahogadas sus palabras en súplica desconsolada) luego jódame, por favor; por lo que más quiera en el mundo, don Anselmo..., jódame esta noche. Lo necesito tanto precisamente esta noche... ANSELMO — Yo... (A punto de llorar.) Yo no entiendo nada. Yo... Yo... A... además no le oigo, no sé qué ha dicho. (Se apresura.) ¡Bueno, lo del principio, sí! P... pero yo... yo no... yo no... Yo lo siento; lo siento mucho, Celso. RAQUEL — (Grita airada.) ¡Raquel! ¡Llámeme Raquel, por favor! ¡No me acaricie si le doy asco; no me toque siquiera; ni me mire si tan repugnante le resulto! ¡Pero llámeme Raquel! ¡No pierda la dignidad! ANSELMO — Raquel. RAQUEL — Raquel, sí, señor; Raquel. ANSELMO — (Nervioso, enfático.) Raquel. RAQUEL — (Un silencio breve. Contenida y digna.) Muchas gracias, don Anselmo. ¡Es usted como todos ellos!

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ANSELMO — Yo, Raquel..., lo siento mucho, Raquel. De veras que lo siento, Raquel. Yo no... RAQUEL — (Se abate.) Más lo siento yo, don Anselmo, que acabo de perder a la única persona que me quería. ANSELMO — No diga eso. Yo..., nosotros... también... RAQUEL — (Injustamente agresiva.) ¡Usted! ¡Ustedes! ANSELMO — ¡Raquel! RAQUEL — (Tierna.) Andrés me amaba; me amaba tanto que podía engañarme la noche de cada miércoles haciéndome creer que por nosotros no pasaban los años. O a lo mejor sí que pasaban; pero él me enseñó a encogerme de hombros. Tanto o más teníamos que los jóvenes más gallardos y fuertes. (Silencio.) Ahora se acabó. ¡Y cómo, dios mío; cómo se acabó! ANSELMO — Raquel... RAQUEL — ¡Usted me ha mentido! ANSELMO — ¿Yo? RAQUEL — Bueno, no; al contrario. Usted me ha dicho la verdad. Igual que esa podrida cornucopia. Igual que esos cabrones. (Una pausa.) ¡Oiga! ¿Dónde ha puesto el aceite de pepinillos? ANSELMO — ¿El aguardiente? RAQUEL — Sí, tráigalo y tómese otra copa conmigo, (subrayándolo) si no le doy asco. Hay que festejarlo. ANSELMO — No sea bruto... RAQUEL — ¡Bruta! ANSELMO — (Paciente.) Está bien, bruta. Lo que quiero decir es que usted no me da asco. RAQUEL — ¡Ja! ¡Eso lo dirá usted! ANSELMO — Lo que pasa es que yo no... Yo... (Chasca la lengua.) ¡Oh! RAQUEL — ¡Ya! ¡Usted, no! ANSELMO — ¿Y qué tiene que festejar? RAQUEL — ¡Que soy viuda! ANSELMO — Raquel..., no se atormente.

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RAQUEL — Es usted como todos. ¡Como todos! ¡Si no quiere que me atormente, haga algo para que no me sienta atormentada! ¡Hágalo, pero no lo diga! ANSELMO — ¿Y qué puedo hacer? RAQUEL — (Una expresiva mirada llena de intención. Silencio.) ¡La copa, por favor! (Don Anselmo coge la botella. Le dedica alguna triste palabra que otra.) ¿Qué murmura usted? ANSELMO — Nada, mujer, nada; mis cosas. (Sirve.) Tome. RAQUEL — (La recoge.) Gracias. (Un silencio.) Deseo brindar; ¿puedo? ANSELMO — Como quiera. (Levanta la copa.) RAQUEL — (Igual.) Por la memoria perdida de todos los mariquitas muertos, como él, o moribundos, como yo. ANSELMO — Raquel... RAQUEL — (Firme.) ¡Por la memoria de todos los mariquitas muertos o moribundos, como una servidora! ANSELMO — (Resignado.) Por ellos. (Beben. Gestos de ambos: el aguardiente es muy fuerte. Silencio.) RAQUEL — (Con la voz quebrada.) Otro. ANSELMO — (Igual.) ¿Otro? RAQUEL — (Autoritaria.) Llene, por favor. (Don Anselmo vuelve a llenar. Levantan las copas.) Por las felices vaginas de las amantes y jóvenes esposas de todos esos cabrones. ANSELMO — ¿Qué? RAQUEL — (Recupera su tono.) ¡Por las felices...! ANSELMO — (La interrumpe.) Ya, ya, ya... Ya le he oído. (Coge aire. Bufa. Brinda.) Por ellas. (Beben.) RAQUEL — (La voz más quebrada aún.) ¿No quiere usted saber a qué cabrones me refiero? ANSELMO — (Igual. Se le saltan las lágrimas.) Me muero de ganas. RAQUEL — Escuche. (Traga. Triste.) Después de caminar perdida durante horas, al torcer una esquina, de pronto, un viento frío y extraño me golpeó la cara; entonces comprendí que él me había dejado para siempre y 13. -


sentí la soledad más horrible que nadie pueda sufrir jamás. El miedo me hizo correr en busca de ellos; corrí llorando por la muerte de mi novio, corrí a suplicarles, a pedirles que me devolvieran mi juventud... ¿Sabe qué hicieron? Se rieron de mí, me despreciaron y me llamaron vieja maricona. (Rabiosa.) ¡Los hijos de puta prefieren niños de diecisiete! ANSELMO — Pero... es lo natural, Raquel. (Riendo, cruel consigo mismo.) Tampoco yo soy ya el sueño de ninguna jovencita, (para sí) suponiendo que algún día alguien hubiera llegado a desearme... (Se miran. Añade intencionadamente:) eh... alguien joven, quiero decir. Bueno, sí; ella, que era veinte años más joven que yo... RAQUEL — (Le interrumpe. Se sienta.) ¡Jóvenes, jóvenes! Parece como si nunca fueran a hacerse viejos. Y mi maldita pena es que no viviré para verlos arrugarse sobre sus huesos curvados. ANSELMO — Algunos no llegan a hacerse viejos. RAQUEL — ¿Qué? ANSELMO — No..., nada; digo que también es lo natural que ahora, con esas edades suyas, no piensen en la vejez. Usted tampoco lo hizo entonces. RAQUEL — ¿Y es justo que a ellos no les preocupe la vejez mientras nosotros nos tropezamos con su fantasma de día y de noche, cada vez que nos desnudamos y cada vez que nos vestimos, delante de todos los espejos y en la expresión amablemente compasiva de todos los amables jóvenes? ¿Es justo? ANSELMO — (Encogiéndose de hombros.) Hombre, es lo natural, mujer. RAQUEL — (Silencio. Levanta la copa.) Otro. ANSELMO — (Entre sorprendido y desesperado.) ¿Otro? RAQUEL — Otro. (Vuelve a llenar él. Levantan las copas.) Por la crueldad de lo que es natural cuando se ha pasado de los sesenta. (Beben.) ANSELMO — (La voz...) Deberíamos irnos ya a la cama, ¿no cree? RAQUEL — (Entre pícara y escéptica.) ¿Sí? ANSELMO — A... A... dormir, digo. Ca... Cada un... cada uno a la suya, quiero decir.

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RAQUEL — (Lo mira con desprecio. Bebe digna. La voz...) No hace falta que precise. Yo no me iría a la cama con usted... salvo que insistiera... un poco por lo menos. ¡Dios mío! ¡Qué vergüenza! ¡Qué pensará usted de mí! ANSELMO — No pienso nada, nada del otro mundo. (Silencio.) Bueno, sí. ¿Sabe qué pienso? RAQUEL — No. ANSELMO — (Se acerca y le sujeta cariñoso los hombros. Ella le observa el gesto con una inefable mirada.) Pienso que es usted la persona más desgraciada del mundo esta noche. Y la más sola. RAQUEL — (Afirma.) Y la más necesitada. ANSELMO — (La mira fijamente. Se ilusiona ella. Intenso silencio. Él se acerca despacio y le besa en la frente. Luego sonríe. Cariñoso.) Y la más necesitada, sí; pero con la mala fortuna de no tener a su alcance lo que necesita. Yo, Raquel, soy ya muy viejo para cambiar. RAQUEL — Y yo, ¿no le parece? ANSELMO — Sí, claro. Los dos somos demasiado viejos. RAQUEL — Muchas gracias. Confiaba en que tuviera usted la gentileza de desmentirme, pero ya está visto que la gentileza no es su fuerte. (Una pausa.) ANSELMO — Lo siento; estoy perdiendo la costumbre. Como hace más de cuatro años que... RAQUEL — (Le interrumpe.) ¿Y ahora qué hacemos? ANSELMO — ¿Ahora? Mirar adelante, Raquel, antes de que nos entren las ganas de volver atrás como sea y terminemos por volvernos locos. RAQUEL — (Con lástima.) ¿Mirar adelante? ¿Adónde? ANSELMO — (Gesto de resignación.) Adelante, Raquel; adelante, dondequiera que eso esté. RAQUEL — Adelante, sí. ¿Y mañana? No quiero volver a las esquinas como cualquier pajillera de viejos desdentados. No quiero ser el consuelo barato de esas sombras siniestras que andan manchando de blanco las madrugadas. ANSELMO — (Se encoge de hombros.) Usted, al menos, tiene algún dinero; suficiente quizá para ir tirando sin tener que volver a la calle. 15. -


RAQUEL — Yo no quiero ir tirando, don Anselmo. Lo que yo quiero es vivir. ANSELMO — Pues eso, Raquel; a nuestra edad, ir tirando... y gracias; gracias que yo... no sé siquiera si podré dar. (Silencio largo. Los dos se abstraen.) ¡Ande, vámonos! RAQUEL — Sí, vámonos. (Silencio. Se levantan.) Don Anselmo. ANSELMO — Qué, Raquel. RAQUEL — ¿No te parece que, después de tanto tiempo, tendríamos que pensar en empezar a tutearnos? ANSELMO — Como tú digas, Raquel. RAQUEL — ¡Bueno, vámonos! (Avanzan. Se detiene.) Oye, tengo muy mala pinta así, con el carmín corrido, y el rímel, y sin peluca, ¿verdad? (Se peina sus pocos pelos.) ANSELMO — (La mira; se detiene especialmente en la calva.) Tú estás guapa de cualquier manera. ¡Si te pareces mismamente a mi propia hija! (Melancólico.) ¡Mi hija de mi alma! RAQUEL — (Muy complacida.) Eso es muy bonito, canalla... (Se ríe.) Pero es mentira. Bueno, da igual. Además, como ya me voy a la cama, ¿verdad? ANSELMO — Claro. RAQUEL — Claro. ¿A la mía? ANSELMO — (Sonriendo amable.) A la tuya. RAQUEL — ¿Sola? ANSELMO — Sola. RAQUEL — Ya. ANSELMO — (Casi a punto de salir, se detiene.) Espera. RAQUEL — (Ilusionada, con lágrimas en los ojos.) Qué. ANSELMO — (Vuelve hasta la camilla y recoge la botella de aguardiente. Se la ofrece.) Toma, llévatelo contigo. No es el compañero que te abrace y te dé el amor que necesitas, pero quizá sí pueda darte un poco de calor en tu cama y ayudarte a dormir en una noche tan fría, tan... RAQUEL — (Destruida.) Tan noche, Anselmo; una noche tan noche.

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ANSELMO — Sí, tan noche. RAQUEL — (Por la botella.) ¿Y la doña? ANSELMO — Le diremos que se lo ha bebido San Albergato, que bajó del cielo en busca de él porque andaba de correncia. Rieron cansados y amargos. Habían encarado la puerta de sus habitaciones apoyados el uno en el otro, sosteniéndose porque la madrugada no les venciera del todo. Se detuvieron junto a los dormitorios. Allí hubo aún un segundo de esperanza en los ojos de Raquel; luego miró fijamente a Anselmo y, suave, dulce, le acarició la cara, se la acercó a los labios y le besó... en una de sus mejillas. Anselmo sonrió cansado y entró en su habitación cerrando la puerta tras de sí. Raquel se sintió, por primera vez en muchos años, sola, dolorosamente sola, y por dolor y por soledad imaginó salir de su cuarto a la bella y delicada muchacha que ella misma nunca pudo ser. La vio de hermosos cabellos rubios, de rostro robado a una virgen, de piel inmaculada y vestida con encajes de seda blanca. Aquella criatura frágil y eterna arrastraba, tras el vuelo lento de sus ropas, una luz rara que empañaba la habitación del color de la magia y de un coro de voces blancas, extrañas, perdidas entre los rincones del tiempo. Raquel la vio caminar pisando delicadamente la melancolía de la música infantil, y la vio recrear su belleza delante del espejo: el gracioso descuido de sus rizos, el perfil difuso de sus labios, la perfecta suavidad de sus pechos blancos...; y sin quererlo buscó su cuerpo en el de ella, así que encontró el odio, la tristeza y el dolor en su cabeza sin pelos, en la grosería de sus labios agrietados y en el abultamiento de sus pechos de plástico. Una lágrima de rabia y perdida felicidad la encerró en su habitación; y aunque ya no la veía, continuó presintiéndola afuera, delante del espejo, envuelta en las voces añoradas de un coro de niños, graciosa, bella, insultantemente bella y joven. Y luego, aunque ya no la veía, Raquel supo también que la muchacha de blanco se había sentado al viejo piano con su aire de infinita fragilidad.

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Tercera escena Todavía se remansaba entre los muebles el perfume de Raquel cuando entró doña Dorotea. Entonces el canto de los niños se perdió entre sus cabellos despeinados y el arrastrar de sus pantuflas. El reloj anunció las ocho de un día que aún no era. La dueña venía encogida de frío, envuelta en su bata rosada y bostezándole al tedio. Entró en el baño y orinó; vació la cisterna, se lavó las manos y salió. Era delgada de nervios y andaba de poco tiempo acá obstinada en conjurar la vejez y el abultamiento de los párpados; de modo que, apenas los ojos abiertos, se miró en la cornucopia y casi se mata atropellándose los pies con el abrigo de Raquel. Maldijo (más por susto que por disgusto), lo recogió canturreando, recogió la peluca con un gesto de paciencia contenida y lo ordenó todo encima de una silla, donde no estorbara. Arrimó un cerillo a la estufa, se encaminó a la cocina y encendió el fuego; tomó un cazo de la espetera, lo llenó de agua y lo puso a hervir; sobre otro fuego colocó un asador abollado, y encima de él, dos rebanadas de pan que había cortado con mecánica sabiduría. Cogió de una alacena el azucarero, un colador, un tarro de café molido y una pastilla de margarina, y los dejó en la mesa. Con una mirada entre perdida y melancólica, la muchacha de blanco esbozaba en el piano un arpegio de cinco notas huérfanas, sin movimiento, sin compás. DOROTEA — (Mientras, canturreando.) Por las calles de Sevilla / toque el alba, quedo, quedo, / se pasea el cebollinero. / Vendiendo sus cebollinos / para ganarse el dinero, / toque el alba quedo, quedo, / para ganarse el dinero. / Llegó en ca una casadita / toque el alba quedo, quedo, /casada de poco tiempo. / casada, ¿me das posada / por Dios o por el dinero?...

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Cuarta escena Entró en esto el torpe Ramón avasallando la puerta, y, aún en el umbral, bostezó y se desperezó con grosero estruendo. Era un mogrollo treintañal, despeinado, siempre sucio y hediondo del aliento y de los repliegues del cuerpo. Se quedó mirando al suelo con la vista en sabe quién qué parte de sus pensamientos. DOROTEA — Buenos días nos dé dios, se dice como poco; ¿o no? RAMÓN — (Sin reacción de su mirada perdida.) Se dirá si apetece, digo yo; y si no, se calla uno y en paz. DOROTEA — Buen humor traes hoy de mañana, hombre. RAMÓN — No lo traigo malo, no te creas. DOROTEA — ¿No? ¿Has dormido bien? RAMÓN — (Bosteza.) Más o menos. DOROTEA — Pues moverte sí que te has movido en la cama. RAMÓN — ¿A última hora? DOROTEA — Justamente. Poco antes de levantarme yo. RAMÓN — Eso es que andaba nervioso. DOROTEA — ¿Nervioso tú? Pocas cosas conozco yo de este mundo que a ti te pongan nervioso. Y del otro, ni palabra digo. RAMÓN — (Le tienta las nalgas.) Pero algunas... sí que conoces. DOROTEA — ¿Ahora vienes con esas? ¡Vamos, Ramón, que ya no tienes edad! RAMÓN — ¿Que no tengo edad para qué? DOROTEA — Para andarte soñando, como los chiquillos a medio hacer. RAMÓN — ¿Y qué sabes tú con quién me soñaba yo? DOROTEA — Conmigo, no; podría jurarlo. RAMÓN — Puede que no, puede que sí. DOROTEA — ¡San Leandro bendito! Y que llegas a ser mentiroso, Ramón. 19. -


RAMÓN — Bueno, ¿y qué si no era contigo? Ahora es a ti a quien tengo a mano; a mano... (se pega a ella por detrás.) y a esto, Dori, que no es poca cosa. DOROTEA — Estate, Ramón, que pareces un crío. RAMÓN — ¿Que no te apetece? DOROTEA — ¡Claro que no! RAMÓN — A mí, sí; conque ya está todo dicho. (Le levanta por detrás las ropas.) DOROTEA — (Revolviéndose y colocándose los vestidos.) ¡Pues te apañas por tu cuenta! (Se va airada al baño, a lavarse las manos.) RAMÓN — (Después de un silencio, grave, amenazador.) Dori..., cuando a mí se me pone, se me pone; y tú te estás a lo que yo necesite, ¿estamos? (Va tras ella al baño.) DOROTEA — (Desde dentro.) No seas bestia, Ramón. RAMÓN — (Apoyado en el quicio.) Bestia o no, yo soy así; y si no te gusto, hoy mismo tomo el portante y me largo; ¿me has oído? ¡Me largo y te quedas más sola que la misma una! Conque más te vale consentirme, Dorotea. (Entra y vuelve a acariciarle las nalgas.) DOROTEA — (Se oye correr el agua del lavabo.) Por dios; déjame, Ramón; no tengo ganas. RAMÓN — Nadie te pregunta. (Otra vez le levanta las ropas. Ahora ella se deja hacer.) DOROTEA — A ver si entra el maestro... RAMÓN — Si entra, que mire y aprenda, que por muy maestro que sea, de esto soy yo mejor maestro que él. DOROTEA — No seas bruto, Ramón. RAMÓN — ¿Y lo que te gusta a ti que yo sea bruto, eh? DOROTEA — No quiero, Ramón. RAMÓN — Cállate y atiende a tu hombre. DOROTEA — Me vas a hacer daño. RAMÓN — ¿Pero qué te pasa a ti? Ni que hubieras tenido hombres a tus pies desde que te hiciste (la penetra de un fuerte empujón) hembra. 20. -


DOROTEA — ¡Ay! (Llora de dolor y de rabia, silenciosa y contenidamente.) RAMÓN — (Copulando.) ¿O es que se te olvida que te acabo de estrenar, como quien dice, con los cincuenta bien pasados? Vamos, que si no es por mí, todavía andas sin saber lo que es un gusto. (Las tostadas empiezan a echar humo.) DOROTEA — (La voz entrecortada.) Las tostadas; vamos a salir ardiendo, Ramón. RAMÓN — ¿Tú? Me extraña. DOROTEA — Déjame que aparte las tostadas. RAMÓN — (Con una rutinaria excitación.) Espérate, que ya acabo. DOROTEA — (Agacha la cabeza.) Dios mío. RAMÓN — ¡Ya acabo..., mujer, ya acabo...! ¡Ya acabo! La muchacha de blanco había continuado tocando su arpegio de notas desafinadas. En aquel momento, con mimo, dibujando una delicada sonrisa, pulsó una tecla alta del piano, una tecla que sonó como el final de una caja de música. En ese momento Ramón eyaculó sórdidamente, igual que si hubiera vaciado de heces sus tripas, y respiró jadeante. Luego infló el pecho y la dejó en paz. Salió. La muchacha de blanco se levantó del piano y se fue frente al espejo; allí cerró uno a uno los botones de su pechera, hasta llegar al último, ya debajo del mentón. Dorotea cerró el grifo del lavabo y salió abotonándose la bata y colocándose el pelo; se limpió las lágrimas y la nariz con el dorso de la mano, se arregló las ropas y se dispuso a atender las tostadas y el café, igual que si nada hubiera pasado. La muchacha de blanco la miró compadecida y desapareció, se desvaneció en la extraña luz de la habitación. Dorotea se quemó al apartar las tostadas, manoteó para diluir el humo espeso, raspó lo quemado del pan con el filo de un cuchillo y tamizó el agua hirviendo en el colador lleno de café molido.

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DOROTEA — (Mientras tanto, amarga, continuando con la letra de su canción, ahora dolida y reprendedora.) Ni que quiso ni que no, / él plantó sus cebollinos / en lo más hondo del huerto, / toque el alba quedo, quedo, / ni que quiso ni que no, / en lo más hondo del huerto. RAMÓN — ¿Qué cantas, mujer? ¿Tanta alegría te ha dado el puntazo? DOROTEA — (Fría, sin apartarse de sus quehaceres.) A san Judas le tengo pedido que me despabile este bilongo que me ha entrado contigo, Ramón; y el día que san Judas me quiera escuchar, te largo, ¿me oyes?; te pongo en la calle con la misma roña que tenías cuando te recogí. RAMÓN — Sordo me parece a mí ese santo tuyo. (Socarrón.) O será que no les vence en la pelea a las muchas ganas de tus bajos... Además, ¿qué dices de echarte yo habas? Yo sólo te echo polvos, y encima mal que me los agradeces. (Sonríe.) ¡Jodidas mujeres! DOROTEA — Que no me entienda el cielo, Ramón, que no me entienda. RAMÓN — (Silencio. Sentándose.) Huelen bien esas tostadas. ¿Queda mucho para desayunar? (Respondiendo agresivo al silencio de Dorotea.) Te he preguntado, Dorotea, si queda mucho para desayunar. Tengo hambre. DOROTEA — (Musitado.) Ya casi está. RAMÓN — (Gritando.) ¿Qué? DOROTEA — Que ya está. RAMÓN — (Después de un silencio.) ¿Qué hora es? DOROTEA — Y media. RAMÓN — ¿Y medía qué? DOROTEA — Las ocho. RAMÓN — (Mirando por la ventana.) ¿Y qué pasa, que aquí nunca amanece? DOROTEA — Todavía es pronto. (Silencio.) ¿Vas a salir? RAMÓN — ¿Salir? ¿Y adónde quieres que vaya? DOROTEA — No sé. A ver si encuentras algo. RAMÓN — Si hay algo, ya me llamarán. DOROTEA — (Angustiada.) Andamos cortos, Ramón.

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RAMÓN — (Un brote de ira.) ¿Y qué culpa tengo yo? DOROTEA — Ninguna, Ramón, ninguna. RAMÓN — Está bien, está bien. Luego saldré a mirar por ahí. (Silencio.) ¿Ha pagado el maestro? DOROTEA — Todavía, no. RAMÓN — Pues le echas, ¿me oyes? DOROTEA — No tengo corazón. Está viejo, y no tendría adónde ir. Además, ya sabes que le anda la cabeza a medio trámite. Si le echo, igual se muere. RAMÓN — (Intentando ser amable.) No podemos mantener a nadie. O tiramos nosotros dos como podamos o nos morimos los tres, así es la vida. Si tú no tienes corazón, yo sí tengo tripas, conque o lo arreglas tú o lo arreglo yo; tú verás. DOROTEA — No, no. Ya lo haré yo. (Le sirve.) Tómate el café; está caliente. RAMÓN — (De otro humor.) Gracias. (Sorbe.) DOROTEA — (Le pone delante una tostada con margarina.) ¿Vas a querer más? RAMÓN — (Con la boca llena, señalando con los dedos.) Sí, dos. (Se vacía la boca. Intentando ser dulce.) Oye, Dori, ¿no estarás enfadada conmigo, verdad? DOROTEA — ¿Enfadada?, ¿por qué? RAMÓN — Por lo de antes, mujer. Es que no me he podido aguantar. Como te quiero tanto... DOROTEA — Ya lo sé, Ramón; ya sé que me quieres mucho. RAMÓN — (Aburrido, mientras sigue mirando por la ventana.) Por eso, Dori; por eso lo digo. (Silencio largo. De pronto interesado y divertido.) Oye, Dori, ¿qué santo es hoy? DOROTEA — ¿Hoy es diecinueve? RAMÓN — No sé. DOROTEA — Entonces san Canuto rey. ¿Por qué?

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RAMÓN — (Riendo.) No, por nada. Me hace gracia que te sepas el santo de cada día. DOROTEA — (Sonríe por primera vez.) ¡Qué tonto eres! RAMÓN — (Igual.) ¡Te lo digo de verdad! Me hace mucha gracia. ¿Y ayer, qué santo fue ayer? DOROTEA — (Divertida.) Ayer fue santa Prisca. Y mañana, san Fructuoso obispo. RAMÓN — ¿Lo ves? DOROTEA — Te ríes de mí, bobo. RAMÓN — (Limpiándose las manos y los labios.) Ven, anda; dame un beso. (Ella se resiste a acercarse.) ¡Anda, mujer! (Lo hace. Es un leve roce en los labios. Cariñoso él ahora.) Dori... DOROTEA — Qué. RAMÓN — ¿No te habrás enfadado por haber celebrado el santo del día tan temprano, eh? Se conoce que como es San Canuto rey, (se mira entre las piernas) pues yo... (Ríen los dos; comedida ella, escandaloso él. Después, cediendo.) Ay, Dori, Dori... (La coge por el mentón con energía, la besa violentamente en la boca y luego la aparta.) ¡Jodidas mujeres! Volvieron a separarse casi hasta la ignorancia. Más tarde ella le sirvió otras dos tostadas que él agradeció con una sonrisa aburrida.

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Quinta escena Don Anselmo surgió del suave chirriar de los goznes de la puerta; apareció temeroso, como si pudiera molestar a los espíritus del alba, que andan escarceando, según se dice, entre el aroma de las sábanas cálidas, del café y de las tostadas recién hechas. DOROTEA — (Da la sensación de que, más que verle, le hubiera presentido: ni siquiera le mira.) Buenos días, don Anselmo. (Ramón levanta la vista del café, en el que anda haciendo sopa con las tostadas.) ANSELMO — (Severo.) Buen día, familia, para el que pueda disfrutarlo. DOROTEA — ¿Y eso? ANSELMO — Eso, Dorotea, es que mal empieza la mañana que mal acostó a la noche. (Una pausa breve.) El novio de Raquel... (Silencio. Se sienta.) DOROTEA — (Sobrecogida.) ¡Ha muerto! (Asiente Anselmo.) ¡Dios mío! ¿Y de qué? ANSELMO — De corazón, por lo que suena. Ayer le dieron sepultura. DOROTEA — ¿Y Celso? ANSELMO — Llegó de madrugada; venía hundida. DOROTEA — (Se santigua.) Dios mío, pobre hombre. RAMÓN — Sí que es un golpe, sí. ANSELMO — Ni tiempo tuvo de verlo antes de que lo enterraran; qué crueldad del destino. DOROTEA — (Entre rezos.) ¿Cómo se lo ha tomado él? ANSELMO — Se lo puede imaginar. DOROTEA — El señor lo tenga en su gloria. RAMÓN — ¿Y qué piensa hacer ahora? ANSELMO — ¿Hacer?, ¿de qué? RAMÓN — No sé... ¿No tiene a nadie?

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DOROTEA — (Se santigua.) ¿Un café calentito, don Anselmo? ANSELMO — Gracias. (A Ramón.) Por lo que yo sé, no; estaban los dos solos en el mundo. Como el que más y el que menos. RAMÓN — Ah, bueno; entonces no se irá. ANSELMO — ¿Adónde? RAMÓN — De aquí, digo. ANSELMO — ¿De la pensión? No me ha dicho nada, pero ¿adónde podría ir esa pobre criatura? RAMÓN — Por eso, por eso. Es buen cliente, (con intención) y mejor pagador. DOROTEA — (Recriminándole.) Ramón... ¿Una tostada, don Anselmo? ANSELMO — No, gracias; últimamente ando desganado. DOROTEA — Vamos, don Anselmo, coma, coma... Yo sé que usted me pagará en cuanto pueda. (Le sirve.) ANSELMO — No me avergüence usted, Dori; demás sabe que sí. RAMÓN — ¿Y, por cierto, no tiene una idea de cuándo podrá? DOROTEA — ¡Ramón! ANSELMO — Pues... la verdad es que no me parece momento para hablar de ciertas cosas. RAMÓN — ¿Y cuándo está alta la burra? DOROTEA — Desayune, don Anselmo, desayune. No le haga caso; ya sabe cómo es. ANSELMO — Gracias. RAMÓN — No, todavía no sabe cómo soy. DOROTEA — Ramón, quedamos en lo que quedamos. (Silencio.) Don Anselmo, (se sienta) aunque no le falta razón en lo del momento, lo cierto es que, ya sabe, como bien dice el refrán, el muerto al hoyo... Usted sabe que yo le aguardo a usted lo que haga falta, pero, don Anselmo, andamos con lo justo, el dinero no llega, y... son cuatro bocas. Yo..., la cama no me importa, don Anselmo, ni siquiera el lavado, ni la plancha; pero la comida... no llega, don Anselmo, no llega; por más que me rompo la cabeza...

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ANSELMO — No se angustie, mujer. Esta misma mañana le dejo libre la habitación. DOROTEA — No, don Anselmo, no... Yo... lo que quiero decir es que... quizá no haga falta. ANSELMO — No. Tiene usted razón; no puedo estar más tiempo aquí sin pagar. DOROTEA — ¿Y está usted seguro de que no hay manera, don Anselmo? ANSELMO — Dorotea, ¿cómo puede pensar que seguiría aquí, de moroso, si tuviera dinero? DOROTEA — Ya, ya... Y lo sé, don Anselmo; Y sé que si lo tuviera no se iría usted a la calle, a pasar sabe dios qué calamidades. ANSELMO — Justamente. DOROTEA — Pero..., (cariñosa) don Anselmo, ¿está usted seguro de que no se equivocan en el banco?; ¿no será que le dan menos paga de la que tendrían que darle? ANSELMO — (Incómodo.) ¿Qué quiere usted decir? DOROTEA — Don Anselmo, usted es maestro retirado, y el retiro de maestro, yo no sé, pero digo yo que para vivir bien una persona sí que dará, ¿no? ANSELMO — Pues ya ve que no. DOROTEA — Don Anselmo, don Anselmo,... que serán lo menos quince mil duros, y sé que me quedo corta. El embarazo no permitía al viejo Anselmo respuesta alguna, ni siquiera la dignidad de una mirada alta y limpia (el hule sabría de los secretos de sus ojos). Mientras, espesaba el silencio. Dorotea, tanto o más incómoda, se levantó de la silla. RAMÓN — A no ser que haya que repartirlo. DOROTEA — ¿Qué? RAMÓN — Que vas de lila, Dorotea, que vas de lila. ANSELMO — (Digno.) ¿De qué está usted hablando?

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RAMÓN — Hablo... de repartir la paga, de atender gastos de otra persona; ¿se me entiende o no? (Anselmo vuelve a agachar la mirada sin responder.) DOROTEA — Don Anselmo... ¿qué dice Ramón? ANSELMO — Lo que Ramón diga, Ramón lo sabrá, Dorotea. DOROTEA — Ramón. RAMÓN — Lo que Ramón dice, lo sabe Ramón y lo sabe don Anselmo mejor que Ramón; ¿miento o no, señor maestro? DOROTEA — ¿Qué significa esto, don Anselmo? RAMÓN — Significa, Dorotea, que desde hace mucho se le ve al señor maestro paseando y tomando café con una muchachita que no cumple los veinte. Y eso es caro, ¿verdad, don Anselmo? (Anselmo calla.) Por cierto que últimamente, pongamos... desde la primavera, parece que se esconden. DOROTEA — ¿Qué dices, Ramón? RAMÓN — Eso, que el maestro anda de faldas. DOROTEA — Don Anselmo. (Silencio.) Don Anselmo, ¿qué dice este insensato? ANSELMO — Este insensato, a su manera, dice la verdad. RAMÓN — Lo que yo te cuente. DOROTEA — ¡Pero no puede ser! ¡Qué locura es esa! ANSELMO — Eso que usted dice: una locura. ¿Y qué? ¿Es que los viejos no tenemos derecho ya ni siquiera a la locura? RAMÓN — ¿Qué más necesitas saber, lila? DOROTEA — ¡Cállate, Ramón! RAMÓN — Me callo, si señora. Me callo y además me voy. (Se levanta.) DOROTEA — ¿Adónde vas? RAMÓN — A lo dicho, mujer; a ver si me dan trabajo y puedo traer por un lado lo que otros se chulean por otro. Me voy por eso y por hacértelo fácil, para que después digas que uno no tiene entrañas; pero estoy de vuelta dentro de un par de horas. Y escúchame bien: si cuando vuelva, este hombre sigue aquí y no nos ha pagado todo lo que debe, tal como entre me doy media vuelta, enfilo el pasillo y no vuelves a verme el pelo en tu vida, Dori. Con28. -


que ya sabes. (Silencio. Da unas palmaditas en el hombro a Anselmo.) Maestro, encoñarse cuesta un dinero, y hay que ser joven para ganarlo. (Con el tirador en la mano.) Dos horas, Dorotea; tú verás lo que te haces. (Sale.)

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Sexta escena DOROTEA — (Conteniendo la rabia.) ¡Cómo ha podido hacerme esto! Más que el dinero, con toda la falta que me hace, me duele el engaño en la confianza que yo le tenía. ANSELMO — Usted no tiene nada que ver con ese desalmado, aunque le haya dado la debilidad por él. Y ahora que no está, tiene que saber que yo no soy ningún canalla, Dorotea. DOROTEA — ¿Que no? ANSELMO — Que no. DOROTEA — ¿Entonces lo de la niñita? ANSELMO — Sí, es verdad. Hay una niña que me trastorna los sesos. (Triste.) Pero ¿qué sabe usted de ella?, ¿qué sabe usted de mi vida? DOROTEA — ¿Y qué he de saber de ella y de su vida? ANSELMO — Nada. DOROTEA — ¡Pues vaya un descargo! ANSELMO — Bueno, sí. (Coge aire. Silencio.) Que la amo como nunca antes he amado a nadie. DOROTEA — Pero ¿de dónde se saca usted ahora un amorío, hombre, a sus años? ANSELMO — Del rincón de las vergüenzas, Dorita. DOROTEA — Ea, pues ya está. ¿Y por qué no razona usted? ANSELMO — ¿Qué amor conoce usted que se pueda razonar? DOROTEA — Pero, a su edad... ANSELMO — Este amor mío, señora, más se entiende a mi edad que a ninguna otra; algún día quizá sabrá por qué. Usted misma, y yo no se lo censuro, siendo tan distinto su cariño de éste, por él aguanta las miradas de los vecinos y, entre santos y santas, sufre resignada los baqueteos de la conciencia. Me temo que ninguno de los dos podemos elegir. DOROTEA — (Suspira.) Bueno está. El diablo sabrá si tiene usted razón o no. (Silencio.) Yo, don Anselmo..., compréndalo...

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ANSELMO — No, no se preocupe; lo entiendo. Ya me marcho. Le mandaré lo debido en cuanto pueda disponer del dinero. DOROTEA — Espere. No... no hace falta que se vaya ahora. Tómese el día para buscar casa. Mire: yo salgo ahora al mercado y al centro, a poner un anuncio en el periódico. Conque me tenga libre la habitación mañana a primera hora, por si acaso, todavía podrá pasar la noche aquí. ANSELMO — ¿No le causo trastorno? DOROTEA — Ya le digo. ANSELMO — Entonces... saldré a buscar casa. DOROTEA — Y recapacite, don Anselmo; recapacite mientras pasea, entre pensión y pensión, a ver si el aire fresco le hace entender. Si usted se lo piensa de otra forma y promete pagarme la deuda, aunque sea el mes próximo, (haciendo un esfuerzo) ¡aunque fuera al siguiente, mire usted!, yo le guardo la habitación, le espero. ANSELMO — Gracias, Dorita; es usted muy amable. DOROTEA — Bueno... Salgo. (Cariñosa.) Prométame que lo pensará, don Anselmo. Sólo eso. ANSELMO — (Sonríe.) Como si fuera poco lo que llevo pensado. DOROTEA — Prométamelo. ANSELMO — Se lo prometo, mujer; se lo prometo. Ande, vaya tranquila. Salió Dorotea preocupada y maldiciente del encargo que la necesidad le hacía. Anselmo quedó sonriéndole a un futuro que ya muchas veces le había amenazado desde el temor y que, por fin, se le encaraba.

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Séptima escena ANSELMO — (Para sí, mirando el día anochecido a través de la ventana.) ¡Y que nunca amanece! (Un silencio muy largo, incómodo, en el que nada ocurre. Anselmo permanece profundamente ensimismado. Suena un golpe de la puerta de la calle, que se cierra cuando Dorotea sale. Anselmo vuelve de su abstracción y mira a todos lados, hasta que de nuevo se encueva en sus pensamientos. Otra vez suena el golpe de la puerta.) ¿Dorotea? (Silencio.) Dorotea, están llamando. (Otro silencio y otro sonido: ahora, una música lejana, suave, llena de voces infantiles: un coro arrítmico y un tanto lúgubre. Anselmo se asusta; luego se levanta y abre la puerta del salón. La música se pierde. El viejo maestro queda petrificado. La luz se reduce en intensidad. Le habla a nadie.) ¿Qué haces aquí? ¿Te has vuelto loca? (La sigue con la mirada. Deja caer la puerta. Silencio.) Ni aunque fuera un segundo. ¿Cómo te has atrevido a venir hasta aquí, hasta mi propia pensión? (Silencio.) Pero no aquí. (Está desnortado, como hipnotizado, así que frecuentemente tropieza con algunos muebles de la habitación. Con angustia.) ¿No comprendes que me comprometes? (Silencio.) No, por dios, no; no me avergüenzo de ti; ¿cómo puedes pensar eso? (Silencio. Triste.) Ya, ya lo sé; pero a mí no me da igual. Eres lo que más amo en este mundo; lo único que de verdad amo; lo único que tengo. (Silencio. Abatido.) ¿Tan urgente esta vez, Paula? (Silencio. Se desespera.) Dios mío. Cuándo terminará este cruel infierno. (Hundido.) ¡Qué dolor! (Para sí.) ¡Qué dolor! (Silencio. Piensa. Intentando parecer resuelto.) No puedo ayudarte más, Paula. (Silencio.) No, no puedo. No me queda más dinero. No tengo nada. (Silencio. Angustiado, se arrodilla a los pies de la silla en la que cree sentada a Paula.) ¡No, Paula; no llores, por favor; no llores! Sabes que no soporto verte llorar. (Acaricia al aire que envuelve el rostro de ella.) No llores así, mi niña. ¡Vamos, vamos! (Se busca urgente un pañuelo en los bolsillos de su bata. Cuando lo encuentra, se lo ofrece completamente arrugado. Le limpia él mismo.) Hija mía..., hijita... (Silencio. Sobrecogido.) ¡Por los santos del cielo, Paula! ¿Cómo puedes llamarme mezquino y cruel? ¿Cómo puedes decir que no me importas, después de estos tres años largos? (Silencio.) No, claro que no. Toda mi vida te ayudaría; es sólo que no me queda más dinero. Sabes que tuve que vender la casa; y ya ves dónde vivo... hasta hoy; hace un momento la dueña acaba de echarme porque no puedo pagarle la habitación. ¿Entiendes? ¡Ni siquiera puedo pagar esa miserable habitación! (Silencio breve.) No sé qué haré. No sé adónde puedo ir. (Silencio.) También yo tengo que

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conseguirlo como sea. Es sólo que yo lo necesito para dormir, para comer: para vivir;... y tú lo necesitas para matarte. (Silencio.) Sí, otra vez la misma historia, Paula; hace años que tu padre no tiene otra historia en la cabeza. Me quedo dormido pensando en ti. Me despierto en mitad de la noche y pienso en ti. Amanece y pienso en ti. ¿Dónde estará? ¿Por dónde arrastrará ese enfermizo aspecto suyo, esa cara pálida y delgada? (Silencio. Amargo.) Paula, me muero contigo, me muero a pedazos cuando oigo tu respiración fatigada, cuando te veo esas profundas ojeras negras. (Angustiado.) ¿Seguro que no te las pintas, hija? ¿Eh? Dime que sí; dime que sí que te las pintas para hacerme sufrir un poco... (Silencio.) Necesitas dinero, ya lo sé. Dios mío, ¿qué he hecho mal?, ¿en qué te he fallado?, ¿en qué me he equivocado? (Súbito.) Fue tu madre, ¿verdad?, (vehemente) ¿verdad? (Reflexionando.) Sí, claro; fue tu madre. Nunca debió morirse y dejarnos tan solos. Primero me encarga estar pendiente de ti, de cada movimiento de tus dedos y de tus pestañas; luego estrella toda su alegría y sus ganas de vivir contra un árbol, al final de una curva asesina. (Silencio.) Ya nunca volví a dormir, pensando en qué podrías necesitar, qué podrías echar de menos de tu madre que yo no pudiera darte. ¡La amabas tanto!, ¿verdad, Paula? ¿Verdad que sí? (Lentamente se abre la puerta del salón. Aparece Raquel con la cara pintarrajeada por las lágrimas y el refregar del maquillaje contra las sábanas. Lleva entre sus brazos, como el más preciado tesoro, la botella vacía de aguardiente de pepinillos. Escucha a Anselmo y se queda prendida del dolor del viejo, de sus palabras para nadie. Colérico, conteniendo las lágrimas.) Y si la amabas tanto, ¿por qué maldita razón te buscaste otra madre al poco tiempo? (Grita rabioso.) Sí, otra madre. ¿Y por qué aquélla que en vez de darte nos quitaba, Paula? ¿Por qué esa madre de plástico, más delgada que este dedo mío (el meñique) y venenosa como una víbora de un solo diente? (Llora hundido. Una nube de sueño y de dolor lleva a Raquel a acercarse a él. Silencio largo. Anselmo levanta la cabeza y ve a Raquel. Ambos se dirigen una larga mirada. Al fin, Raquel, mitad por respeto, mitad turbada, se da la vuelta para irse. Alucinado, Anselmo confunde a Raquel con su hija. Angustiado.) ¡No, espera! No te vayas. ¿Adónde vas? (La sujeta por un brazo; Raquel se presta. Silencio.) Van a hacerte daño, Paula. No te vayas. Estás delgada, enferma. ¡Mírate, vida mía! (La coge por los hombros.) ¿Por qué no te quedas conmigo? Déjame que te ayude. (Silencio.) Es cierto, no tengo dinero; pero eso no quiere decir que no pueda ayudarte. Lo intentaremos juntos. Buscaremos ayuda. (Silencio.) No te vayas, por favor. Estás muy cansada. Déjame que te abrace. (Se abraza a ella con un suave balanceo de su cuerpo.) Paula, Paula... Te quiero tanto, 33. -


(musitando con los ojos cerrados) tanto, tanto... Saldremos los dos a buscar casa, un piso baratito, un apartamento, no necesitamos más para nosotros. Ya verás, mi niña, como yo te ayudo; ya verás como encontrarás paz otra vez. (La lleva hasta el sofá y se sienta acurrucándola entre sus brazos.) ¡Si sólo tienes diecinueve años! ¡Adónde vas tú! Ya verás, mi niña. Volveremos a dormir igual que cuando eras pequeña. Yo te cantaba, y cantando espantaba los monstruos horribles que te daban tanto miedo. (Silencio breve.) Volverás a dormirte en mis brazos, lejos de esos monstruos que te rodean en la calle, lejos de las víboras de un solo diente. Volveré a acurrucarte y te arroparé con mis mejores mantas, (la besa repetida y suavemente; Raquel no puede evitar, aunque quisiera, sentirse embriagada por los besos de Anselmo) te calentaré un poco de leche, y tú te quedarás dormida, dormida, dormida... (Amargo, ido, comienza a tararear una nana muy triste.) La voz trémula de Anselmo empezó a arroparse con el canto celestial de un niño, de un coro de voces blancas que brotaban de la imaginación de Raquel entonando esa misma canción. CORO — A la nana de noche / duerme viejito, / que en tus sueños no quepan / los mares chicos; / que se guarde la tierra, / su seno frío, / donde duermen los muertos / que nadie quiso. La nana se hizo entonces una extraña melodía empapada de un hálito de muerte y de locura. Luego fue la luz, el aire, la memoria... Y Raquel presintió bajo sus pies la negrura donde los sueños confunden la realidad; miró los ojos llorosos de Anselmo, su boca vieja, y se asustó como una niña, y gimió como una niña horrorizada, y se abrazó a Anselmo buscando el refugio infinito de la infancia, la negación del dolor, la obstinada negación de una realidad demasiado cruel.

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SEGUNDA PARTE

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Primera escena Raquel dormía en el sofá, abrazada a la botella. Cierto en que atrapaba por primera vez el sueño, don Anselmo la había cubierto con su propia bata de felpa y luego se había evaporado en la tristeza turbia de sus locuras. Pasado el tiempo, entró Dorotea con dos bolsas repletas de compra, las puso en un rincón, dejó encima de la mesa un sobre y empujó la estufa junto a Raquel. Se quedó mucho tiempo mirándola, tratando de adivinar (escondido entre sus párpados y en el surco de sus arrugas) las huellas del nuevo y cruel dolor al que ahora, dormida, tan ajena se encontraba. Compadecida, posó sus labios en la frente de ella. No le despertó sin embargo el beso, pero igual que si la hubiera remusgado en los laberintos del sueño, Raquel abrió los ojos y la vio mirándola; de pronto angustiada, buscó a su alrededor las huellas de su pesadilla, buscó a su novio, buscó a Anselmo y se buscó a sí misma. Luego se calmó, suspiró y sonrió triste a Dorotea. DOROTEA — (Susurrándolo en medio de una dulce sonrisa.) Buenos días, Celso. (Cierra él los ojos y, en respuesta, asiente.) ¿Cómo se encuentra? (Niega Raquel y se encoge de hombros.) ¿Ha dormido? RAQUEL — (Se incorpora.) No, Dori. Me he quedado aquí, un rato... (Se abraza a la bata de don Anselmo.) ¡Tengo frío! DOROTEA — Le he acercado la estufa. (Sonríe Raquel.) Ya sé; le prepararé un café calentito, ¿eh? Así entrará en calor. RAQUEL — Gracias; no se moleste... DOROTEA — Sólo hay que calentarlo. RAQUEL — Bueno, gracias. DOROTEA — (Mientras se afana, después de un largo silencio.) Celso..., don Anselmo nos contó lo de Andrés... (Silencio.) Lo siento mucho, mucho. RAQUEL — Gracias. (Sonríe nerviosa.) Parece que no sé decir otra cosa esta mañana. (De pronto se hunde en llantos.)

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DOROTEA — Oh, dios mío, dios mío; no llore, por favor, Celso. (Se acerca a ella, se sienta a su lado y le toma la mano.) No llore, no llore. RAQUEL — (Apoya la cabeza en el hombro de ella.) ¡Qué sola estoy, Dorotea; qué sola me ha dejado! ¡Qué solos estamos todos! DOROTEA — (Le acaricia.) Celso... Yo... no sé... Por favor, no llore así. (Silencio.) Ya está..., ya está... (Silencio. Raquel intenta calmarse.) Venga, déjeme que le traiga ese café; ya verá cómo se siente mejor. RAQUEL — Dorotea, usted tiene la suerte de no haber pasado nunca por esto. DOROTEA — A dios gracias. (Se santigua.) RAQUEL — Le juro que es volverse loca, Dorotea; una necesita creer que es mentira, que es... la broma más cruel que se puede sufrir... DOROTEA — Don Celso... RAQUEL — La broma más cruel. DOROTEA — Sí, don Celso. Yo no sé lo que está usted sufriendo; intento hacerme una idea, pero... (Se levanta y llena una taza de café.) Lo que sí sé es que tiene usted que tirar adelante; porque delante hay vida, Celso, y a la vida no se le puede plantar otra cara que la del coraje. RAQUEL — (Cansada.) Eso no son más que palabras, palabras huecas de quien no sufre dolor. Es fácil decir cosas cuando no hay lágrimas que sujeten la lengua. A usted le espera su Ramón, vivo y sano; pero a mí... DOROTEA — (Avergonzada.) Lo siento. RAQUEL — No, dios mío, no; yo lo siento. Soy muy injusta con usted, Dorotea. Perdóneme; no sé lo que digo. Es como si me arañara las entrañas una profunda envidia por usted y por todas las mujeres que tienen a sus hombres vivos. (Ella le sirve el café. Raquel lo recoge.) Perdóneme. No sé lo que digo; ando como en una nube. DOROTEA — (Le acaricia la calva.) Me gustaría que... Ya sé que no puede ser, pero me gustaría que no se sintiera sola, que... entre todos nosotros... ¡Dios mío, qué desastre soy para estas cosas! RAQUEL — No se preocupe, Dorotea; yo sé lo que quiere usted decirme. DOROTEA — Pero se lo digo de corazón, créame. RAQUEL — Lo sé, Dorotea, lo sé. Gracias. 37 . -


DOROTEA — No piense que lo digo por decir... RAQUEL — Dorotea..., sé que después de... lo de anoche, no me queda nadie en el mundo más que usted y don Anselmo; bueno, y un poco Ramón, claro. Y sé también que al abrigo de los tres no sentiré tanto el frío de la soledad. (Silencio.) Lo que no sé es qué va a ser de mí a partir de ahora. DOROTEA — Bueno, hombre...; ya verá qué verdad es que el tiempo es remedio del peor mal. RAQUEL — Sí, claro; pero ¿quién espera al tiempo? DOROTEA — (Silencio breve.) En eso de don Anselmo que dice usted... Bueno, el caso es que... que..., a lo que parece, don Anselmo no va a poder quedarse con nosotros mucho. RAQUEL — (Se endereza.) ¿Qué? DOROTEA — Que... nos deja. RAQUEL — (Muy alarmada.) ¿Que nos deja? DOROTEA — Sí... Verá... Como usted ya sabe, don Anselmo lleva algunos meses de rezago en el pago del alquiler. Yo... he intentado resistir para evitar que el momento llegara. Pero esta misma mañana, apremiada por Ramón..., ¡ese maldito muchacho...! Bueno, con Ramón o sin él, lo cierto es que el dinero ya no me llega, don Celso; no me llega ni siquiera para la comida. Eso que traigo ahí, ya ve, acaba de fiármelo Joaquinito, y no quiero decirle la cara que me ha puesto, porque la cuenta ya... RAQUEL — (Impotente.) Lo comprendo. DOROTEA — (Otro tono.) Pero, don Celso, yo hubiera aguantado lo que fuera menester por don Anselmo, ¿me entiende?; lo que tiene es que... ¡Ay!, se me llevan los diablos. Yo, ¿sabe usted?, ya me hacía mis cábalas, porque el retiro de maestro para vivir uno sí que da, ¿no? RAQUEL — (Afirmando paciente.) Pero no para dos. DOROTEA — Eso digo yo. (Sorprendida.) ¿Cómo lo sabe? RAQUEL — Porque hace ya algún tiempo que don Anselmo me lo confesó. DOROTEA — ¡Pues eso, no, don Celso; eso no! RAQUEL — ¿Y será usted capaz de echarle por eso, mujer?

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DOROTEA — No puedo hacer otra cosa, don Celso. ¿Qué salida me queda? RAQUEL — ¿Seguro que no la hay, Dorotea? Mire bien, que es un viejito tan solo y tan necesitado... DOROTEA — ¿Necesitado, don Celso...? Si fuera asunto de necesidad, ya haríamos por aviarnos; pero un capricho así... RAQUEL — ¿Un capricho? ¿Cómo que un capricho? ¿De qué está usted hablando? DOROTEA — Pues de la jovencita. (Ante la expresión escéptica de Raquel.) ¡La amante! RAQUEL — Oh, dios mío; me parece que don Anselmo no le ha contado la verdad. DOROTEA — ¡Cómo que no! Así, ¿no tiene una amante de poco menos de veinte años? RAQUEL — No, no... Es cierto que ama a una mujer de poco menos de veinte años; y mucho. DOROTEA — Pues eso. RAQUEL — Eso sí. Sólo que estamos hablando de su hija. DOROTEA — ¿Qué? RAQUEL — Su única hija. DOROTEA — ¡Su hija! (Sin reacción.) Pero ¿por qué no me lo ha dicho? RAQUEL — Porque se avergüenza de ello. DOROTEA — ¿De qué, de tener una hija? RAQUEL — No, Dorotea, no; se avergüenza de tener una hija que se le lleva la vida. DOROTEA — No le entiendo a usted, don Celso. RAQUEL — Doce mil duros cada mes, desde hace tres años. DOROTEA — ¡Dios mío! RAQUEL — Si es que no ha ido a más últimamente... DOROTEA — Pero ¿por qué? RAQUEL — Porque lo necesita. 3 9. -


DOROTEA — ¿Que lo necesita? RAQUEL — Sí, querida, sí. Hay... costumbres muy caras; muy caras... y aún más peligrosas. DOROTEA — (Se santigua.) ¡Santa madre de dios! RAQUEL — Y antes se veían; ella le buscaba para pedirle el dinero; pero, desde hace un año, ya ni siquiera se ven: él tiene ahora el número de una cuenta compartida en la que cada mes sigue ingresando la misma cantidad. DOROTEA — ¡Pobre hombre! RAQUEL — Ya ve qué cierto es aquello de que el verdadero huérfano lo es de madre. DOROTEA — (Se sienta.) ¿Pero por qué no me lo dijo? ¿Y por qué no fui yo misma capaz de imaginármelo? ¡Qué torpe soy! ¡Y pensar que he tenido el valor de echarle! RAQUEL — No se habrá ido aún... DOROTEA — Espero que no. Le dije que saliera a buscar pensión. Tenía de plazo hasta mañana. (Súbitamente.) ¡Dios mío, el anuncio! ¡Acabo de poner un anuncio en el periódico ofreciendo la habitación! RAQUEL — No se preocupe por eso; no tiene importancia ahora. Lo de más es saber dónde anda este hombre. DOROTEA — Ay, Dios mío; y que las desgracias nunca vienen solas...

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Segunda escena Como secretamente invocado por la preocupación de Raquel, don Anselmo asomó, vestido y abrigado, a la puerta del Salón. ANSELMO — (Triste.) Ya tengo nueva pensión, doña Dorotea. Buenos días, Raquel. DOROTEA — ¡Don Anselmo! (Le recoge el abrigo.) RAQUEL — Anselmo. ANSELMO — ¿Cómo has dormido? (Se acerca.) RAQUEL — ¿Quién ha dormido? ANSELMO — No estás mejor, ¿verdad? RAQUEL — Ni siquiera me siento. ANSELMO — Por mí mismo sé que no hay nada que decir; así que prefiero no decir nada. RAQUEL — Ni falta que hace, Anselmo; lo que necesito ahora es que te quedes aquí, conmigo. ¿Qué es eso de que te vas? ANSELMO — Nada, Raquel. (Mirando a Dorotea.) Yo... DOROTEA — (Cariñosa.) Pero ¿dónde se me ha metido usted, hombre? ANSELMO — Pues ya le digo. (Se refiere a la calle.) DOROTEA — Ande, ande; arrímese a la estufa, que le pongo un café caliente. ANSELMO — Le advierto, Dori, que sigo sin tener dinero. DOROTEA — ¿Quién habla de dinero? ANSELMO — Usted... DOROTEA — Hablé, don Anselmo, hablé, que no es lo mismo que decir hablo. ¡Parece mentira que siendo usted maestro le confundan las palabras! RAQUEL — Dorotea... DOROTEA — Usted se toma un café calentito... y aquí no se dice ni media palabra más.

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ANSELMO — Pero... RAQUEL — (Paciente.) Dorotea..., creo que debería usted explicarle a don Anselmo... DOROTEA — (Se detiene.) ¿Y qué hay que explicar? Don Anselmo... (Cariñosa.) Don Anselmo..., yo no pude ser madre; pero hasta a una perra de la calle entiendo yo cuando lame a sus cachorros. (Silencio breve.) Y más si andan enfermos. (Mirada de Anselmo a Raquel.) RAQUEL — No tuve elección, Anselmo; ni quise tenerla. (Raquel y Anselmo se miran fija y largamente.) DOROTEA — No se lo censure. Él lo ha hecho porque vio que se quedaba usted sin casa. RAQUEL — Y yo, sin él. ANSELMO — (Cediendo a la intensa mirada de ella.) Aun así, Raquel... DOROTEA — Vamos, señor maestro... En lo que yo pueda buenamente ayudarle, de qué. ANSELMO — (Vuelve a mirar a Dorotea.) Yo... no sé qué decir. DOROTEA — Nada, ¿qué ha de decir? ANSELMO — Estoy aturdido, aturdido y avergonzado. DOROTEA — (Seria.) No diga usted otra vez eso delante de mí, don Anselmo; hay que ser muy tonto, con perdón sea dicho, para avergonzarse de las propias desgracias. RAQUEL — Y muy generoso para avergonzarse de las ajenas. ANSELMO — (Silencio.) Lo siento, Dorotea. DOROTEA — ¡Yo sí que siento haberle tratado así antes! (Le sirve el café.) ¡En el alma! ANSELMO — Gracias; vengo helado. DOROTEA — Pues tómeselo. Y para empezar a hablar, de irse de aquí, nada. ANSELMO — No, no... Yo no puedo vivir de su caridad. Como usted dijo, el dinero no llega. DOROTEA — Usted no vive de mi caridad. Vive... de prestado hasta que pueda devolvérmelo, que ya podrá; en cuanto arreglemos lo de su hija. Y 4 2. -


tengo yo un conocimiento en un ministerio, que va a saberme a mí decir por dónde habrá que mover el asunto. ANSELMO — Gracias, Dorotea. Es usted muy buena. DOROTEA — Hombre, ya le digo..., una santa en vida. Ande, calle, calle. (Un breve silencio.) Por cierto, esta carta es para usted. ANSELMO — (Ilusionado.) ¿Para mí? (La ojea. Desanimado.) Bah, del banco. (La deja otra vez sobre la mesa.) RAQUEL — Pero ábrela, hombre. ANSELMO — ¿Abrirla? ¿Para qué? Ya sé lo que dice. DOROTEA — A ver si ha heredado... y nos saca usted de apuros. ANSELMO — Del infierno la muerte es lo único que puedo yo heredar. DOROTEA — Bueno está, hombre. (Le hace señas por Raquel.) ANSELMO — Perdona, Raquel, perdona. Teniendo tú lo que tienes, que ande yo quejándome... (Raquel agacha la cabeza. Silencio.) DOROTEA — (Súbitamente.) ¡Acabo de tener una ocurrencia! (Un segundo de suspense.) Ahora mismo nos ponemos los tres a tono de ánimo con una copita de aguardiente de pepinillos que tengo yo... (Va por el licor.) RAQUEL — (Saltando.) ¡No, no se moleste! (Gestos.) ANSELMO — ¡De ninguna de las maneras! DOROTEA — ¡Cómo que no, si yo tengo ese gusto! ANSELMO — No, no; yo se lo agradezco; pero es que... el aguardiente de pepinillos, mezclado con la achicoria, me suelta el vientre. DOROTEA — Pero si el aguardiente de pepinillos es mano de santo precisamente para los cólicos... ¡Ande, no me sea aprensivo, hombre! ¡Un día es un día! (Va.) RAQUEL — Estese, Dorotea, mujer. ¿No oye que no le sientan las mezclas? ANSELMO — Justamente. Sólo de pensar que va usted por el aguardiente de pepinillos, se me afloja el vientre. Si no me hubiera tomado el café... DOROTEA — Bueno está, no le insisto. Entonces, díganme, qué les apetece a ustedes hoy para comer, ¿eh? 4 3. -


RAQUEL — (Triste.) Yo no tengo apetito. ANSELMO — Yo, apenas. Lo que tuviera usted pensado, mujer. DOROTEA — No, señor. Hoy se come aquí al gusto de ustedes, que para eso me fía a mí Joaquinito, (como para sí) digo yo que no le importará un día más. ANSELMO — Por mí, no se moleste. Yo, con unas verduras hervidas... DOROTEA — ¡Qué dice de verduras, si se le está poniendo cara de mastuerzo! RAQUEL — Mujer... DOROTEA — De berro mastuerzo, me refiero... Y con mis respetos lo digo, don Anselmo; con mis respetos para usted y para el berro, que bien bueno es y bien que sirve para limpiar la sangre. Conque... para cuando la tengamos sucia. (Ceremoniosa.) Hoy vamos de carne; y ahora mismo salgo a comprarles medio de ternera. (Se dispone diligente. Aminora. Piensa. Resuelta.) Bueno,... un cuarto de cerdo también les sentará bien, ¿no? ¡Pues ya está! RAQUEL — Mujer, no sea loca. DOROTEA — Mire usted por dónde que a mí me apetece hoy hacer alguna que otra locura. (Va a salir.)

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Tercera escena RAMÓN — (En la puerta cuando Dorotea la abre, de modo que provoca el sobresalto de ésta.) Pues anda con cuidado, no te excedas. DOROTEA — Ramón, me has asustado. RAMÓN — (Pasa y se desprende de zamarra.) Será que no serenas. DOROTEA — Será. RAMÓN — Eso me pareció, verte así como nerviosa. (A los otros dos.) Muy buenas, señores, que no he saludado. RAQUEL — Buenos días, Ramón. ANSELMO — Buenas. (Se levanta.) Yo... ya me iba. DOROTEA — (Encarada a Ramón.) Se ha confundido usted, don Anselmo. Usted no se iba; ¿no se acuerda? ANSELMO — ¿No? RAQUEL — No. ANSELMO — Me lo habré figurado. (Se sienta.) DOROTEA — Eso habrán sido: figuraciones. RAMÓN — ¿Y por qué se iba usted a ir, hombre? ANSELMO — No sé, como... RAMÓN — ¿Y dónde va a estar usted mejor que aquí, que es como si anduviera por su casa y entre amigos? ANSELMO — En eso tiene usted razón. RAMÓN — Además, ya que ha pagado lo que debía, como si tal. DOROTEA — En eso no tiene usted razón. RAMÓN — Ah, ¿no? DOROTEA — No. RAMÓN — Pero lo paga, ¿a que sí? ANSELMO — (Va a levantarse.) Yo... DOROTEA — ¡A que no! (Se sienta Anselmo.)

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RAMÓN — Dorita..., me estás poniendo nervioso. DOROTEA — Será que se contagia. ANSELMO — Por mí, no... (Va a levantarse.) DOROTEA — Usted se sienta, don Anselmo, y se toma su taza de café como si nadie más hubiera. ANSELMO — Sí, señora. (Vuelve a sentarse y bebe café.) RAMÓN — Dori, que me estás sacando las cosas de quicio. DOROTEA — ¿Y eso, hombre? RAMÓN — ¿Qué hay de lo dicho? DOROTEA — Mal ando de memoria. ¿Era...? RAMÓN — Que o paga o se va. RAQUEL — ¿Cómo? RAMÓN — Me parece que nadie hablaba con usted, (retintín) don Celso. RAQUEL — (Sorprendida.) Pero Ramón... DOROTEA — Nada, don Celso, que aquí Ramón se cree que ha heredado. ANSELMO — Yo no quiero molestar. (Se levanta.) DOROTEA — Usted no molesta más que de pie, don Anselmo. (Se sienta don Anselmo.) RAMÓN — (Gritando.) Usted dejará de molestar en cuanto pague. RAQUEL — Ramón, por favor. RAMÓN — Dori, ya que a mí no me oye, le dices tú al don Celso que no va con él; y al señor maestro, que también parece duro de oído, que o paga o se va. ¡Pero ya! DOROTEA — Pues mira qué cosas; el señor maestro ni se va ni paga. RAMÓN — ¿Y eso cómo se entiende? DOROTEA — Se entiende porque yo soy la dueña de la pensión, y hago lo que me creo yo que está mejor hecho. RAMÓN — Dorotea... DOROTEA — ¡Qué!

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RAQUEL — Tranquilícense, por favor. No tengo ánimo para estas cosas. RAMÓN — Ya la oyen; sensibilita ella, como buena maricona vieja. ANSELMO — ¡Oiga, joven! No le consiento que falte... RAQUEL — Déjalo, Anselmo... A su manera, tiene razón. ANSELMO — (Se levanta.) Es usted un grosero, y le exijo que ahora mismo se disculpe con la señora... ¡digo con el señor! RAMÓN — Usted no tiene que exigir nada, maestro; usted lo que tiene que hacer es pagar. Además, ya oye a la señorita; que tengo razón, dice; y cuando ella lo dice... RAQUEL — Mira, Ramón... ANSELMO — Sus modales resultan absolutamente intolerables. RAMÓN — Con los modales no se come, señor maestro, pero con su dinero, sí; conque si paga... igual nos llega para la comida. DOROTEA — Ya lo creo... Y hasta para la bebida; mayormente para la tuya. RAMÓN — Yo aquí soy el que se acuesta contigo, o sea con la dueña, o sea que es como si fuera el dueño, y tengo un derecho, ¿se me entiende? DOROTEA — Ramón, vienes otra vez cargado de aguardiente. ¿Por qué no te vas a darte un paseo? RAMÓN — Dori..., a mí no me manda a paseo ni tú ni nadie. ANSELMO — Está usted ebrio, muchacho; ¡qué vergüenza! RAMÓN — Ebrio o no ebrio, todavía razono mejor que usted, señor maestro, que ya le anda de chochera el capitel. RAQUEL — ¡Ya está bien, Ramón! RAMÓN — Y de vergüenza no me puede usted dar lecciones, por muy maestro que sea. (A Raquel.) ¡Ni usted, por muy señorita! ANSELMO — ¡Oiga! RAQUEL — Déjalo, Anselmo, ¿no ves que no está en sus luces? DOROTEA — Don Anselmo, por favor, no le haga caso. ANSELMO — No consiento que se me insulte de esa forma. Soy un miembro del honorable cuerpo de maestros nacionales jubilados.

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RAMÓN — ¿Y no aprendió usted que hay que pagar lo que uno se come, se bebe y se duerme? ANSELMO — ¡Lenguaraz! RAMÓN — (A Dorotea.) ¿Qué ha dicho? DOROTEA — Por cierto, que tú tampoco andas muy allá del encéfalo. RAMÓN — ¿Cómo? DOROTEA — Sí, hombre, sí. Verás. El trato era que si a tu vuelta el maestro seguía aquí y no había pagado, entonces tú..., a ver si recuerdo, enfilabas el pasillo, cogías la puerta, y yo no te volvía a ver el pelo. ¿Era eso? RAMÓN — Pues... ¿no que andabas floja de memoria? DOROTEA — Y andaba; pero, mira por dónde, de pronto me ha venido el recuerdo por intercesión de santa Inés y santa Anastasia, que son las santas de pasado mañana. (Sonríe forzada.) RAMÓN — ¿Y qué? DOROTEA — ¿Y qué? Que has vuelto, que el maestro sigue aquí y que no ha pagado, conque... ya sabes lo te que queda. RAMÓN — (Carraspea.) Estoy pensando... que..., puesto a ser generoso, igual me importa a mí día más, día menos, así que le puedo consentir otro plazo al maestro, y si acaso no... DOROTEA — El asunto es que tú no eres quién para emplazar a nadie aquí; y que ya no hay deuda, conque sobran plazos. Así que estamos en el “si acaso no”. RAMÓN — Dorotea, mírate bien lo que te haces antes de lanzarte, no sea que luego quieras desandar lo andado. DOROTEA — Está todo dicho, Ramón. San Judas me ha querido escuchar, y ya te advertí que te era peligroso que el santo sordo ganara oído. RAMÓN — Dorotea, a mí no se me echa así como así. Si salgo por esa puerta... DOROTEA — (Interrumpiéndole enfática.) Sí, sales por esa puerta; (una pausa breve, de afirmación) sí. Y espero no volver a verte nunca más. Airéate, Ramón, que me ahogo a tu lado. RAMÓN — Calibra lo que pierdes, Dorotea, mientras tenga remedio.

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DOROTEA — Demás me lo tengo sabido: un niño que confunde la ternura con la monta; poca cosa, ya ves. Anda... y que san Canuto te ilumine mientras le queden velas. RAMÓN — De ésta, te tragas el desplante y las chulerías. Ya me vendrás a rastras pidiéndome que vuelva. DOROTEA — Es posible, Ramón; es posible. RAMÓN — Y para entonces te espero. (Mira a todos.) ¡Ahí te pudras, Dorotea, entre viejos y mariconas! (Recoge la zamarra de un tirón.) ¡Ahí te pudras con la mano entre las piernas! Dando un fuerte portazo, Ramón se revolvió en su ira y se fue para no volver nunca más.

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Cuarta escena DOROTEA — (Después de un silencio breve, contenida, a punto de llorar.) Y que el cielo me ayude a olvidarte, (rabiosa, deshecha, sin fuerzas.) ¡Hijo de puta! (Se deja caer sobre una silla y llora.) El golpe de aire les acarició el rostro tan suavemente, como las dolorosas lágrimas de Dorotea; así que en la cruda música de aquel llanto y del silencio, Anselmo recordó a la hija, y Raquel, al amor muerto. El día levantaba su mísera magia sobre aquellas tres cabezas hundidas. Solos como estaban, robados del ser que tanto andaban necesitando, la amargura fundó entre ellos un reino que tal vez ya nunca más fuera destruido. Transcurrió un tiempo inacabable. Por fin, Dorotea, sacando fuerzas de la humillación y de los sollozos, se levantó y se dispuso a limpiar la mesa de los restos del desayuno. Entonces el coro de voces blancas se extinguió. DOROTEA — (Luego de haber recogido varios cacharros en anteriores viajes. Con un trapo en la mano.) Voy a limpiar la mesa, don Anselmo. ANSELMO — (Distraído.) ¿Eh? DOROTEA — La carta; ¿va a abrirla usted o qué? ANSELMO — No, no; tírela. DOROTEA — ¿Entera? No, hombre, no. Ande; ábrala usted y deme, que tire el sobre. Nunca se sabe. ANSELMO — (Lo hace. Después, sin ningún interés, rasga el sobre, saca lo que sin duda es un extracto de cuenta y lo mira.) ¿Lo ve? Se equivocan; siempre se equivocan. Un mes tras otro; ¡inútiles! (Lo arruga despectivo y lo deja sobre la mesa.) RAQUEL — (Extrañada.) ¿Quién se equivoca, Anselmo? ANSELMO — Los del banco; esa gente idiota. DOROTEA — (Cogiendo la carta arrugada.) ¿La va a querer o la tiro?

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ANSELMO — No, no, tírela, por favor... DOROTEA — (Movida por su propio interés, curiosea el extracto mientras se lo lleva. Se queda pensativa. Extrañada.) Don Anselmo..., perdone; esto que aquí dice... ANSELMO — ¿El qué? DOROTEA — Este dinero... ANSELMO — Ya le digo que se equivocan. No hay nada. No hay nada. DOROTEA — Pero... es mucha cantidad para tratarse de una coladura, don Anselmo. RAQUEL — ¿Qué cantidad? DOROTEA — (Un poco asustada.) Más de seiscientas. RAQUEL — ¿Tanto? DOROTEA — Mire. (Se lo entrega.) RAQUEL — (Con una intencionada ambigüedad.) Quizá se confundan de persona. (Lo recoge.) ANSELMO — No, no se confunden de persona; se confunden de números, de dinero. Ésa es... la cuenta compartida con mi hija. Por eso estoy seguro de que no hay nada. DOROTEA — (Después de un silencio y tras cruzar una mirada con Raquel.) Don Anselmo..., sé que lo mismo digo una bobería; pero ¿y si su hija ya no saca dinero de la cuenta? RAQUEL — Sí, pudiera ser que ya no lo necesite. DOROTEA — (Ilusionada.) Puede que esté curada, don Anselmo. ANSELMO — (Ceñudo.) No, no es posible. RAQUEL — ¿Por qué no? ANSELMO — Pues porque... yo lo sabría; me lo habría dicho. RAQUEL — Tal vez no pueda. Si está internada en algún lugar... ANSELMO — No, no; ella me lo habría dicho. Me habría mandado recado con alguien. DOROTEA — ¿Usted sabe dónde para ella, don Anselmo? ANSELMO — Sí; en una de esas... residencias de estudiantes. 51. -


RAQUEL — ¿Cómo se llama? ANSELMO — ¿La residencia? No lo sé. Tengo... un teléfono al que llamo; pero ella nunca puede ponerse. Una voz de mujer, muy cariñosa, por cierto, me dice siempre que no está. DOROTEA — ¿Qué teléfono es? ANSELMO — Pues... lo tengo... (Busca en su cartera de bolsillo.) Aquí. (Y extrae un papel minúsculo y muy arrugado.) Éste, éste que pone centralita. (Se lo extiende.) DOROTEA — (Recogiéndolo.) ¿No le importa a usted que yo pruebe? ANSELMO — No, no; inténtelo si quiere; pero ya verá como le dicen que no está. Yo llamo hasta tres veces todos los días, y siempre me dicen que no está... (Dorotea se dirige al teléfono, cambia la clavija y entra en su habitación.)

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Quinta escena RAQUEL — (Sigue intentando enfrentar a Anselmo con su realidad, que ella sospecha.) Anselmo, tal vez tu hija esté curada; o quizá..., quizá lo esté intentando. ANSELMO — No lo creo. RAQUEL — ¿Por qué no? (Pausa.) A ver, ¿cuánto hace que no ves a tu hija? ANSELMO — ¿A mi hija? (Azarado.) No recuerdo... RAQUEL — Entonces... hará mucho. ANSELMO — Bueno..., tampoco demasiado; un mes o... veinte días. RAQUEL — Y ¿cómo estaba? ANSELMO — Bien... (Silencio.) RAQUEL — ¿Bien? ANSELMO — (Incómodo.) Sí..., bien... RAQUEL — (Se levanta y se acerca a él, junto a la mesa. Cariñosa.) Anselmo, a mí no puedes mentirme. ANSELMO — (Después de un silencio, chasca la lengua.) Tienes razón, Raquel; a ti no puedo mentirte. (Silencio.) Ella ha estado aquí... esta misma mañana. RAQUEL — ¿Esta mañana? ANSELMO — Sí. RAQUEL — ¿Cuándo? ANSELMO — Hace poco rato; vino a verme aquí; estuvimos hablando en este mismo salón. Le dije que me comprometía, que no volviera a hacerlo; entonces ella me preguntó si es que yo me avergonzaba de... RAQUEL — (Interrumpiéndole.) ¿Aquí? ANSELMO — Aquí, sí. (Triste.) Vino a pedirme más dinero; por eso sé que los del banco se equivocan. No hay nada en esa cuenta, ni un céntimo. RAQUEL — Anselmo... (Se le acerca.) Anselmo..., nadie ha venido hoy aquí, cariño.

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ANSELMO — Sí, Raquel; Paula ha venido; mientras tú dormías. RAQUEL — ¿Después de tanto tiempo? ANSELMO — Tanto tiempo, no, Raquel; hace tres días también vino a verme, de madrugada, a mi habitación. RAQUEL — (Le acaricia el rostro.) No, Anselmo; hoy no ha venido nadie. ANSELMO — Paula, sí, Raquel. Paula ha venido. RAQUEL — No, Anselmo. ANSELMO — Mi hija Paula. RAQUEL — No, no... ¡No! (Se lleva la cabeza de Anselmo contra su pecho. Silencio. Rebelde.) ¿Cuántas cosas más nos tienen que pasar, dios mío? ¿Cuántas? ANSELMO — (Niño.) ¿Por qué te enfadas conmigo, Raquel? RAQUEL — (Le acaricia.) No es contigo, mi vida. Me enfado porque... porque no amanece. ANSELMO — Mujer..., quizá es temprano todavía. RAQUEL — Sí, quizá.

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Sexta escena Entró Dorotea con la sombra de la muerte en la expresión, temblándole los papeles entre los dedos. Raquel y Anselmo la miraron. ANSELMO — No está, ¿verdad? DOROTEA — (Mira a Raquel, como una aparición.) No, no está. ANSELMO — ¿Ve como se lo dije? ¿Lo ves, Raquel? Puede que ni siquiera le haya dado tiempo a volver desde que salió de aquí. RAQUEL — (Después de un silencio, a Dorotea.) ¿Dónde está? DOROTEA — Don Anselmo..., he llamado al banco. Han comprobado el saldo de su cuenta. Ellos no están equivocados. Ése es el dinero que hay: seiscientas mil. Así que... (mira a Raquel e intenta sonreírle a Anselmo, pero no puede) ya no tiene usted problemas de dinero, ¿eh? ANSELMO — No puede ser. DOROTEA — Sí, don Anselmo. Ahí están los doce mil duros que usted ingresa cada mes. ANSELMO — ¿Y mi hija? DOROTEA — Su hija... no saca dinero desde hace diez meses, (apesadumbrada, mira a Raquel) desde marzo del año pasado. ANSELMO — ¿Qué quiere decir? ¿Se ha curado? (Silencio.) No, no; me lo habría dicho. (Volviéndose, suplicante.) ¡Raquel, estoy seguro de que me lo habría dicho! Sería el primero en saberlo. RAQUEL — (Le acaricia con infinita ternura.) Claro, Anselmo, claro; pero quizá se le olvidó avisarte. ANSELMO — Me lo habría dicho esta mañana. (Se separa de Raquel.) ¡Maldita sea! Si se hubiera curado, no habría venido hace sólo un momento a pedirme más dinero. DOROTEA — Dios mío, ¿qué dice?

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RAQUEL — (Le hace un gesto a Dorotea para que calle.) Anselmo, Paula no ha venido hoy aquí. (Le coge la cara suavemente.) Piénsalo. Quizá haya sido en otro momento... hace mucho tiempo. ANSELMO — (Pensando, sin energías.) Ha sido hoy. Estoy seguro. Hace apenas una hora. DOROTEA — ¡Corazón de Jesús, ayúdanos! RAQUEL — Anselmo... ANSELMO — Qué. RAQUEL — (Después de un silencio, mirándole fijamente a los ojos, muy despacio.) Anselmo, vida mía; Paula... está muerta. ANSELMO — (Arrastra su cuerpo hasta el sofá y se sienta. Una mueca floja de inocente sonrisa.) No. RAQUEL — (Se sienta junto a él. Nerviosa, Dorotea se dedica a trastear, sin ningún orden ni atención, deteniéndose para escuchar a veces.) Anselmo... Escúchame bien: Paula murió hace casi un año. Tú estuviste en su funeral. Por eso está ese dinero ahí; porque Paula ya no puede recogerlo. Haz memoria, Anselmo; estuviste en su funeral. ANSELMO — (Tranquilo, con la misma media sonrisa.) No. (Silencio breve. Como si quisiera sacarla del más estúpido error.) No, Raquel. RAQUEL — Reconociste su cuerpo, cariño. ANSELMO — Está enferma. Y me engaña, ¿sabes?; se pinta las ojeras para convencerme de que le dé más dinero. RAQUEL — (Tensa, casi gritando.) No está enferma, Anselmo. Está muerta; muerta, como lo está mi Andrés; muerta como él. (Le zarandea.) ¿Me oyes, Anselmo?, ¿me oyes? Los dos están muertos. Tu amor y el mío. (Le acaricia.) Y tú y yo, Anselmo, igual de solos. (Anselmo se desploma; Raquel le abraza.) Ángel mío... (Profundamente herida.) Ángel mío... ¿Qué haces tú en este mundo cabrón, preñado de vanidosos cuervos, y de zorros, y de lobos poderosos? (Le acuna. Silencio largo. Más calmada.) ¿Y yo? ¿Qué hago yo sola entre jóvenes con ojos de infinita ilusión; jóvenes en cuyas ingles la luna suda complacida cada noche? DOROTEA — (Después de un silencio.) ¿Y yo, don Celso? RAQUEL — Dorotea... (Le tiende una mano.)

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DOROTEA — (Llevada por la mano de ella, se acerca.) Digo, don Celso, que qué hago yo aquí. Sé que nadie me ama y que ya nadie me amará jamás. Porque ése, don Celso, venía por lo que venía. ANSELMO — ¿Habrá llegado ya Paula? Tengo que llamarla. DOROTEA — Por mi dinero. Decía que le volvían loco mis pechos y mis nalgas; (boba, ilusionada, con añoranza) si será sucio... RAQUEL — Anselmo... ANSELMO — ¿Qué, Raquel? RAQUEL — ¿Quieres que vayamos los dos a ver a Paula? ANSELMO — (Ilusionado.) Sí. RAQUEL — ¿Quieres que nos quedemos a su lado ya para siempre? ANSELMO — (Alucinado.) Sí... RAQUEL — Iremos, Anselmo. DOROTEA — Y yo, don Celso; yo, con ustedes. RAQUEL — Dori... ANSELMO — ¿Habrá llegado ya Paula? DOROTEA — Yo tampoco tengo nada. Ni tengo a nadie. Cojo la escoba y barro con muchas ganas, como si a la casa le hiciera falta, que no se la hace, ya lo ven ustedes; voy de aquí para allá deprisa, corriendo, igual que si tuviera mil cosas por hacer: fregar, lavar los platos, tender la ropa, guisar...; (Sale Raquel) pero no necesito más de dos horas para todo eso que tan vacía me deja; eso que nadie hace si no es para alguien, para que alguien llegue y te diga: “Dori, qué limpio está el suelo”, o “Qué bien cocinas, Dori”, o “¡Coño, Dori, un pelo en las acelgas!” ANSELMO — ¿Habrá llegado ya mi hija? DOROTEA — Pero él viene siempre..., bueno, venía..., oliendo a aguardiente y gruñendo: (Entra Raquel, escucha un segundo, sonríe compasiva, deja el traje —un traje blanco, idéntico al de la muchacha de blanco— y la peluca rubia y se sienta a desmaquillarse frente a la cornucopia.) “Tengo hambre, Dorotea.” o “Vámonos a la cama, Dorotea.”, y le daba igual si la cama tenía una colcha con festón nuevo o si aún estaba por hacer. (Silencio.) Alguna vez hasta llegué a arrancarme un pelo y echarlo yo misma en la sartén de las acelgas, para poder decirme luego eso de “Dori, ten más cuidado, mujer, que 57 . -


hay un pelo en la verdura”. Y así siempre; sola, eternamente sola. (Raquel ha terminado de desmaquillarse por completo. Silencio.) No sería la primera vez que me digo: “Dorotea, ¿qué haces aquí todavía? Vamos, mujer, abre la llave del gas, y que el que venga detrás que arree”. RAQUEL — (Va hacia Dorotea.) Dori..., Dori... Ven, acércate a Anselmo. DOROTEA — Sí, don Celso. RAQUEL — (Por Anselmo.) Cógelo en tus brazos y acúnalo. Con cuidado, con mucha suavidad. (Se lo entrega a Dorotea.) Acarícialo. (Lo hace.) Así..., así... (Pausa.) Y ahora, cántale, Dorotea; cántale. (Recita.) A la nana de noche / duerme viejito, / que en tus sueños no quepan / los mares chicos; / que se guarde la tierra, / su seno frío, / donde duermen los muertos / que nadie quiso. Con Anselmo entre sus brazos, Dorotea fue cantando, verso a verso, la nana que Raquel le recitaba. Luego, de lo más profundo del cielo estrellado surgió la voz blanca y el coro de niños que completó, hermosa, esperanzada y triste, aquella canción de cuna. CORO — A la nanita, nana / de los benditos, / que no te busque Nadie, / que estás conmigo. / Yo te haré de la noche / un cuentecito / con el cielo de espuma / y el suelo ungido / del calor de cien soles, / del olor vivo / de las niñas que juegan / por los caminos. / A la nana celeste / de los viejitos; / yo te haré de la noche / un cuento chico. Raquel acabó de maquillarse frente a la cornucopia; se vistió con el vestido blanco, se calzó los zapatos de tacón alto y se colocó la peluca. Dorotea terminó su canción. El cuco dio las tres. Raquel se acercó a la ventana y miró a través de ella. RAQUEL — Dios mío, las tres de la tarde y el cielo continúa frío y negro; las tres de la tarde y las estrellas siguen allí, en lo alto, ajenas a lo que nos pasa, como los mil ojos con que el universo entero mira indiferente nuestras soledades. (Después de un silencio, se vuelve.) Dorotea. DOROTEA — Sí, don Celso.

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RAQUEL — No, no; ya nunca más don Celso. Ahora llámame Raquel, por favor. Quiero morir sin disfraces, y que ellos me encuentren muerta como no me soportaron viva: mujer de los pies a la cabeza. DOROTEA — Sí, Raquel. RAQUEL — ¿Estoy guapa? DOROTEA — Sí, Raquel; mucho. RAQUEL — Gracias, Dori, mentirosa. Ahora puedes cumplir lo que tantas veces te has dicho a ti misma que deberías hacer. DOROTEA — ¿El qué? RAQUEL — Abrir la llave del gas de la cocina, y la de la estufa. DOROTEA — (Impresionada.) ¿Ya? RAQUEL — ¿A qué esperar? DOROTEA — ¡A qué, sí! (Lo hace.) RAQUEL — (Toma a Anselmo y lo lleva suavemente hasta el suelo.) Ven, Anselmo; tiéndete en el suelo, conmigo. Vámonos lejos de aquí, a donde nos quieran hacer un hueco. ANSELMO — Espera, Raquel. (Silencio breve.) Nos vamos a morir, ¿verdad? (Como respuesta, Raquel lo mira durante unos segundos, al cabo de los cuales le besa suave y largamente en los labios. Anselmo se deja besar sin responder.) RAQUEL — Si no fuera porque eres ya muy viejo para cambiar... (Después Anselmo asiente con la cabeza y se tumba. Raquel lo hace junto a él, de costado.) Dori... DOROTEA — Ya estoy, Raquel. (Se tumba asimismo en el suelo.) Un silencio largo y profundo acogía a la serpiente que empezaba a deslizarse entre sus cuerpos. ANSELMO — (Después de mucho tiempo, levanta la cabeza y olfatea.) Huele a gas. RAQUEL — (Acariciándole.) No, Anselmo; no huele a gas. Huele al aire puro que viene para llevarnos muy lejos, mucho más allá de toda esta miseria. (Silencio breve.) Anda, recuéstate.

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ANSELMO — (Se recuesta. Silencio.) Pues parece gas. Un nuevo largo silencio comenzaba a teñirse de extrañas inquietudes. DOROTEA — (De pronto se arrodilla, une las manos y reza muy veloz.) Oh glorioso apóstol san Judas Tadeo, siervo fiel y amigo de Jesús; el nombre del traidor ha sido la causa de que fueses olvidado de muchos; (Raquel levanta la cabeza y la mira) pero la iglesia te honra y te invoca como patrón especial de las cosas difíciles y desesperadas. Ruega por mí para que reciba yo los consuelos y el socorro del cielo en todas mis necesidades y sufrimientos; particularmente, aquí pídase lo que se desea, y para que pueda gozar yo en el cielo en tu compañía y con los demás elegidos en la eternidad. (Coge aire. Se santigua muy deprisa.) Yo prometo, apóstol bienaventurado, acordarme siempre de este favor; (Anselmo levanta también la cabeza y la mira) jamás dejaré de honrarte y de hacer todo lo posible por propagar tu devoción. (Coge aire y se santigua muy deprisa.) RAQUEL — Amén. DOROTEA — (Le indica con la mano que espere, y sigue.) San Judas Tadeo, ruega por mí y por todos los que piden tu protección. Se repite tres veces y se rezan tres padres nuestros, avemaría y gloriapatri. (Se santigua muy deprisa.) San Judas Tadeo, apóstol glorioso, haz que mis penas se vuelvan en gozo. (Se santigua muy deprisa.) Visitar al apóstol todos los días veintiocho. Amén. (Se santigua y va a tumbarse. Recuerda algo.) Con licencia eclesiástica. (Se santigua muy deprisa.) Amén. (Se tumba. Los otros dos se quedan mirándola, esperando que siga. No lo hace. Raquel y Anselmo recuestan la cabeza.) Silencio largo. DOROTEA — (Otra vez levanta la cabeza y mira a su alrededor.) ¡Como una patena lo tengo todo! Desde luego, no podrán largar las malas lenguas, no, cuando asomen por aquí las vecinas a curiosear para vernos difuntos. (Recuesta la cabeza.)

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Transcurría de nuevo el largo silencio, temeroso de verse cada vez menos largo y menos silencio. Y esto pensaba cuando Anselmo estornudó. DOROTEA — (Levanta la cabeza y mira a Anselmo.) Se van ustedes a resfriar, que este suelo es un carámbano. Esperen, esperen; verán qué pronto... (Se levanta. Coge la bata de Anselmo y lo echa por encima de ambos.) A que así está mejor, ¿eh? RAQUEL — Sí, Dori, gracias. Ahora tiéndete. DOROTEA — Enseguida, Raquel. (Se acurruca como si fuera a dormir, más que a suicidarse.) ANSELMO — (Levanta la cabeza y olfatea.) Huele a gas. DOROTEA — (Levanta la cabeza.) Vamos, don Anselmo; échese usted, que si no no vamos a terminar nunca esto, hombre. ANSELMO — Pero usted huele también a gas, ¿no? DOROTEA — Pues... sí. RAQUEL — (Tierna.) ¿Y a qué queréis que huela, a lavanda? (Vuelven a echarse los tres.) Silencio largo. ANSELMO — Dorotea. DOROTEA — (Levanta la cabeza.) Mande usted, don Anselmo. ANSELMO — (Levanta la cabeza. Raquel está en medio.) Dorotea, yo no puedo morirme tranquilo sin confesarle a usted una cosa. DOROTEA — Pues usted dirá, que la hora es propicia para confesiones. ANSELMO — Es que... Raquel y yo, pero más Raquel, nos hemos bebido su aguardiente de pepinillos. DOROTEA — ¡Ea ya, don Anselmo! ¿Y eso es preocupación? ¡Pues a buenas horas viene usted con nuevas! ANSELMO — ¿Cómo? RAQUEL — ¿Lo ves? Ya lo sabía.

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DOROTEA — Pues claro, hombre; desde temprano. ¿No ve que ando ligera de vientre? A media madrugada, me entró de pronto un retortijón de tripas, que me tuve que levantar por el aguardiente de pepinillos. RAQUEL — ¿Y qué hizo cuando no lo encontró? DOROTEA — Sí que lo encontré, sí que lo encontré; no la botella que se habían bebido ustedes, claro; pero sí que lo encontré. Conque no se haga mala sangre por eso, don Anselmo, y muérase usted tranquilo. ANSELMO — Gracias, Dorotea. (Se recuesta.) DOROTEA — Ya se lo dije, don Anselmo; en lo que a mí me sobre, de qué. (Se recuesta.) Silencio largo... DOROTEA — (Después de mucho tiempo, levanta la cabeza y escucha.) ¿No oyen ustedes? RAQUEL — (Igual.) ¿El qué? DOROTEA — La estufa. Parece como si tosiera. RAQUEL — ¿Cómo? DOROTEA — (Se levanta, se acerca a la estufa, escucha.) ¡Vaya por dios bendito, hombre! ANSELMO — ¿Qué ocurre? DOROTEA — Que se le ha terminado el gas a la estufa. RAQUEL — (Se sienta. Sonríe.) No puede ser. ANSELMO — (También se sienta.) ¡Es una vergüenza! DOROTEA — Y el caso es que no hay recambio. RAQUEL — ¿Y qué hacemos? DOROTEA — ¡Ah!, si se avían ustedes con el gas de la cocina... RAQUEL — ¡Qué remedio! ANSELMO — Pero digo yo que convendría acercarnos más para que... para..., en fin, para morirnos... más..., mejor...

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Fastidiados y aburridos se tumban los tres más cerca de la cocina. Silencio largo y desesperado por el sonido del teléfono que, desde la habitación de Dorotea, lo interrumpe. DOROTEA — (Levanta la cabeza.) Bueno está. Mira que... también será oportunidad... (A Raquel.) ¿Qué hago, contesto? RAQUEL — Dios mío. (Suspira.) Anda, contesta, mujer, y aligera al que sea. Dorotea se levanta, cambia la clavija del teléfono (el timbre se oye ahora en el salón) y descuelga. DOROTEA — ¿Dígame? (Silencio.) Sí, éste es. ¿Por quién pregunta? (Silencio.) Soy yo. ¿Quién es? (Silencio.) ¿Quién? (Silencio.) Pues, ahora mismo... (Silencio.) ¡Ah, Quica! ¡Hola, mujer! Es que por Francisca no te reconocía... (Silencio.) Sí. No, y que como hace tanto tiempo que no nos hablamos... (Silencio.) No me digas. ¿Y cuánto esta vez? (Silencio.) Sí. (Silencio.) Vaya por dios. (Silencio.) Claro. Bueno, ¿y ahora qué tal te encuentras? (Silencio.) Sí. (Silencio.) Sí. (Silencio.) Bueno, me alegro, mujer; me alegro de que la cosa vaya a mejor. (Silencio.) ¿Yo?, pues imagínate, tirando y poco más. (Silencio.) Pues porque ando como desaborida de ánimo, y con los problemas de la pensión y eso..., ya sabes lo que te quiero decir. (Silencio.) Sí que son, sí; no creas. (Silencio.) No, y que cada uno soporta su cruz; ya me entiendes: más sabe el tonto en su casa... (Silencio.) ¡Ay, Quica; no me mientes ese nombre, por lo que más quieras! (Silencio.) ¿Mal? Acabo de echarlo de casa, conque puedes hacerte una idea. (Lloriquea como una cría.) ANSELMO — (Levanta la cabeza.) Me estoy mareando. RAQUEL — Es el gas. ANSELMO — Pues yo creo que es la doña. DOROTEA — Puede que tengas razón; puede que no me conviniera; pero los amoríos, Quica, son los amoríos, y qué sabe la cabeza de lo que el corazón necesita. (Silencio.) No, no creas que es tan fácil. (Silencio.) No sé si seré capaz. (Silencio.) ¿Cómo que tan mal? Peor todavía. (Llora.) Con decirte que justo cuando has llamado me estaba suicidando... (Silencio. Eleva la voz. Se limpia las lágrimas y se suena con pañuelo pequeño.) Suicidándome; con gas de la cocina. (Silencio.) Pues sí, no digo yo que no; pero ¿quién no está

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loco hoy en este mundo cabrón..., (recuerda para emular la frase de Raquel) lleno de lobos listos y de perros orgullosos y de burros? Y, además, ¿sabes qué te digo, Quica?, que qué pinto yo aquí, con la luna... sudando entre las nalgas de los muchachos... (Raquel y Anselmo levantan la cabeza y se miran entre sí. Raquel se muerde el labio y vuelven a recostar la cabeza. Silencio.) Sí. (Silencio.) No, no te preocupes; ya se me pasará. (Silencio.) No, lo de suicidarme, sí; más que nada porque ya es un compromiso. (Silencio.) Pues con unos amigos de aquí, de la pensión. (Silencio.) ¿Qué? (Silencio.) Sí, bueno, lo que pasa es que nos vamos a suicidar juntos; como todos andamos con tantas desgracias, y como ya nos tenemos confianza...; ¡hasta cariño, nos tenemos! En fin..., que... nada, Quica, que si lees mi esquela mañana en el periódico, que no te asustes, que soy yo. Hala, un beso, guapa. (Silencio.) Da recuerdos. Adiós, adiós. (Cuelga.) ANSELMO — (Levanta la cabeza.) ¿Quién era? DOROTEA — (Vuelve al suelo.) Quica, una amiga de largo. La pobre me da una lástima... Hace más de dos años que anda en tratamiento. ANSELMO — ¿De qué? DOROTEA — De unas chaladuras que le entran. (Va a tumbarse.) ANSELMO — Pobre mujer. Desde luego, hay cada caso por esos mundos... (Recuestan la cabeza.) Silencio largo. Después, llaman a la puerta: dos veces suena el timbre. RAQUEL — ¡Será posible! (Se levanta.) DOROTEA — (Un silencio embarazoso; todos se miran. A Raquel.) A... Abro, ¿no? RAQUEL — (Paciente.) Abre, mujer; ¿qué otra cosa puedes hacer, si no? DOROTEA — (Contrariada mientras va a abrir.) ¡Y que ya no respetan ni el parecer de unos pobres moribundos! (Sale.) RAQUEL — No, ni siquiera el parecer de unos pobres moribundos. (Con rabia.) ¡Nada! ¡No respetan nada!, ¡nada! (Al cielo.) ¡Siguen ahí, poderosas, crueles, burlándose de todos nosotros! (Una lágrima de rabia.)

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Silencio. Anselmo se incorporan tratando de escuchar; pero sólo se oye la ira de Raquel. DOROTEA — (Nerviosa, gritando desde fuera.) Sí, enseguida; espere un momentito; sólo un momentito, ¿eh? (Entra en volandas.) Raquel, don Anselmo... RAQUEL — (Agria y sarcástica.) Y ahora qué, Dorotea. DOROTEA — (Tierna y algo atemorizada.) Tenemos visita... ANSELMO — (Ilusionado.) ¿Visita? (Se levanta nervioso y feliz, como un niño.) ¿Visita? DOROTEA — Sí, Raquel; un hombre... RAQUEL — (Intentando parecer indiferente, mira por la ventana; su tono va, sin quererlo, dulcificándose.) ¿Un hombre? ¿Y... qué quiere? DOROTEA — (Grita afuera.) ¡Un segundito! (En voz baja.) Dice que viene por lo del anuncio del periódico. Y como yo le he dicho: “Pues si viene por lo del anuncio del periódico, espérese a mañana, a que salga el anuncio, hombre de dios”. Pero es que no me había fijado bien, Raquel. ¡Qué hombre! ¡Un regalo del cielo! ¡Alto, joven, guapo y bien vestido! ¡Hasta la cintura se me descolgó la mandíbula! Y es que, por lo visto, se lo ha comentado el Joaquinito, el tendero; se conoce que me habrá oído decirlo... ¡Si parece gente de dinero, Raquel! ANSELMO — Si fuera de dinero, no vendría a esta pensión. DOROTEA — Parece he dicho, don Anselmo. (Cómplice.) Raquel... ¡Qué hombre, Raquel, qué hombre! RAQUEL — (Turbada, mirando al cielo con desconfianza.) Mujer... ¿Tan... guapo es ese joven? DOROTEA — ¿Guapo? ¡Ya lo creo! Y bien plantado. (Grita afuera.) No tardo ni medio segundo, joven. RAQUEL — (Aparentando indiferencia mientras se arregla disimuladamente.) ¿Y... va a... pasar? DOROTEA — ¿No le digo? En cuanto que esté todo presentable. (Apaga el gas, abre la ventana.) Tengo que enseñarle la habitación; seguro que le gusta, ya verán...

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RAQUEL — Pero ¿qué habitación?; ya no tenemos ninguna habitación libre. DOROTEA — (Cómplice.) Pero sí cama. RAQUEL — ¿La... la tuya? DOROTEA — (Sonríe.) Mi cama ya no está libre nada más que para mí. No; una plegable que hay en el trastero. RAQUEL — ¿Y dónde la pondríamos? DOROTEA — ¿La cama? En su habitación de usted. Seguro que a él no le importará compartir habitación con... (se encoge de hombros con toda la intención, le guiña un ojo) otro hombre. (Sonríe y sale.) Silencio. Raquel flota. Anselmo también; pero es claro que en distintos universos. RAQUEL — Dios mío, otro hombre. ANSELMO — (Parece recordar algo importante.) Raquel, ¿tú crees que habrá llegado ya Paula? RAQUEL — (Ida.) ¿Qué? (Dulce ahora, cambiándose de ropa.) No, Anselmo; todavía no; pero seguro que está a punto de llegar. Y no te preocupes por ella, mi vida; estoy convencida de que no corre ningún peligro. (Se aísla otra vez. Silencio.) ANSELMO — Debería llamarla. RAQUEL — (De pronto.) ¡Ha dicho compartir la habitación con otro hombre! ¡Lo ha dicho! (Atropelladamente, mientras comienza a sonar la canción de sus horas de amor, se quita la peluca y se pone la bata de felpa de don Anselmo. Luego se dirige a la cornucopia, se limpia el maquillaje y se peina los cuatro pelos de su calva. Por último, un poco fantoche, planta su figura ante la puerta y ensaya varias posturas para intentar parecer naturalmente masculino en el momento de recibir al joven: el gesto grave, las manos atrás, sonriente, indiferente...) Pase, pase por aquí, joven, que le enseño la habitación. DOROTEA — (Entra y recoge la ropa de Raquel, esparcida por el suelo.) Ya verá cómo le gusta. ANSELMO — (Ido.) Sí, ya verás cómo te gusta la habitación, Paula.

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El techo descamado de aquella vieja sala comenzaba a abrirse al cielo negro de la tarde; la extraña luz de la habitación se perdía entre los mil ojos de la madrugada eterna y grave. RAQUEL — Pase, pase... Entonces empezó a sonar en la cabeza de Raquel un himno de rabia y esperanza, una música que cortejaba su último reto hacia la noche, hacia la vida. Ella se escuchaba soñadora, y apretaba la abertura de su bata intentando ocultar sus pechos. Anselmo, colgado (con su traje de maestro honorario) de un pico de la luna, marcaba en el teléfono el número de su pequeña Paula. Nadie había entrado aún mientras, desde arriba, les contemplaba la oscura bóveda (sembrada de estrellas) de las cuatro de una tarde cualquiera; en el horizonte una línea violeta rayaba el dibujo incipiente de un extraño y lejano amanecer. Con una sonrisa esbozada de la soberbia y de la rabia, Raquel buscaba en el cenit el final perdido de su esperanza, los motivos de una soledad infinita, tan cruel, tan irredenta, que ni siquiera a la muerte agradaba. RAQUEL — (Con esperanza y amargura.) Pase. Y yo sé que jamás los encontró.

TELÓN

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Hazme de la noche un cuento