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fรกbula inefable de la flauta y el fusil jorge mรกrquez

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personajes ISRAEL EL TENIENTE BENJAMÍN BLANCA EL COMANDANTE LA ESPOSA DEL COMANDANTE EL SARGENTO EL CORONEL LA ESPOSA DEL CORONEL UNA PAREJA QUE DANZA SOLDADOUNO SOLDADODÓS OFICIALUNO SOLDADOCAMARERO OFICIALES Y SUS ESPOSAS SOLDADOS

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escenas I: LOS SOLDADOS, UNA PAREJA QUE DANZA. II: EL SARGENTO, EL TENIENTE, SOLDADOUNO, BENJAMÍN, SOLDADOS, ISRAEL. III: EL COMANDANTE, EL CORONEL, LAS ESPOSAS DE LOS MILITARES, LA ESPOSA DEL COMANDANTE, BLANCA, LA ESPOSA DEL CORONEL, EL TENIENTE, SOLDADOCAMARERO, OFICIALUNO. IV: BENJAMÍN, ISRAEL, EL TENIENTE, OFICIALUNO, BLANCA, EL SARGENTO. V: BENJAMÍN, ISRAEL, SOLDADOS. VI: BLANCA, EL COMANDANTE, SOLDADOS. VII: LA ESPOSA DEL COMANDANTE, EL COMANDANTE, SOLDADOS. VIII: EL TENIENTE, LA ESPOSA DEL COMANDANTE, EL COMANDANTE, BLANCA, SOLDADOS. IX: SOLDADOS, ISRAEL, EL TENIENTE. X: ISRAEL, BENJAMÍN, EL TENIENTE, EL SARGENTO, EL CORONEL, SOLDADOS. XI: ISRAEL, EL TENIENTE, LA ESPOSA DEL COMANDANTE, EL SARGENTO. XII: LA ESPOSA DEL COMANDANTE, UN SOLDADO, EL COMANDANTE, LA HIJA DEL COMANDANTE. XIII: LA HIJA DEL COMANDANTE, SOLDADOS, EL TENIENTE. XIV: SOLDADOS, ISRAEL, UNA BAILARINA.

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Siempre he amado a la música; más que al viejo y querido templo de mis recuerdos lejanos y más que a la piel tibia de un cuerpo hermoso vertido sobre seda; más que a todos los olores que cierran mis ojos y más, sin duda, que al hombre por quien quizá alguien pierda una lágrima en mi funeral. Amo a la música con la fidelidad de los ingenuos, con el dolor de las viudas recientes, con la fe de los ciegos moribundos y con la pasión dolorosa del soldado que se inventa la libertad y aprende a olvidar sobre el vientre de las prostitutas delgadas. Amo a la música tanto como a esa misma libertad, hija sin padre de la rebeldía. Nunca supe apartarme de ella; ni en la paz de la madrugada ni en la agonía del amanecer. Y hoy que tantas cosas de aquel tiempo negro la memoria dañada me niega por piedad, hoy que no consigo arrancarle al olvido muchos de aquellos nombres y lugares (ni aun apenas el rostro sagrado de mi Querido Muerto), todavía recuerdo, intensas, limpias, cada una de las notas que me guiaron a través del llanto, de la risa, de la rabia y de la locura. Ella es la única verdad que conservo de aquel teatro estéril en el que aprendí, entre mil enseñanzas huecas, que el dolor jamás conmoverá a un corazón mientras remuevan las entrañas la necedad y la soberbia.

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I Herido esta noche, amante doloroso y aturdido de la música y de la soledad, me confieso incapaz de leer desde la distancia si este primer recuerdo está escrito en el tiempo, o si es que todo el recuerdo es el tiempo mismo apretado, amontonado una y otra vez en la memoria, el tiempo inabarcable de cada hora perdida en una cárcel de fuel, acero y ginebra. Sé que primero era la oscuridad; y que a oscuras el cornetín de órdenes reclamaba dignidad y hombría; las costillas se hinchaban de aire fatuo y se levantaban los mentones en busca de la mirada ausente. Luego, poco a poco, habitaba el patio un dorado amanecer que recortaba la silueta de los soldados en formación: un millar de peleles, espantapájaros desmadejados por dentro, erguidos y marciales por fuera. Había un silencio yermo a nuestro alrededor; a lo lejos, de pronto, sonaban cañonazos, y una bandada de palomas dormidas levantaba el vuelo y se perdía en el horizonte. Los suboficiales gritaban (no recuerdo qué, nadie lo recuerda ya), gritaban desmedidamente, como si la estupidez vertiginosa del poder de los insectos les rugiera en las entrañas y en las venas del cuello: la arenga eternamente vacía vomitaba sus fracasos en una burda liturgia de insultos. Sus voces se confundían con el ruido de trompetas y tambores y de una sección que marchaba, a paso ligero, hacia ningún lugar. Otra garganta voceaba; las cajas cesaban, la tropa también, y la corneta, tedio infinito y solemne, empezaba a cortejar el izado de la sagrada bandera. Era entonces cuando yo, sin querer y sin querer evitarlo, me perdía, me ocultaba en cualquier rincón de mis ojos y allí la esperaba. Ella venía hasta mí de la mano del ruido que sólo sirve para subir banderas; igual que si un mar caprichoso utilizara el arroyo más fétido y agonizante para mostrar su esplendor, así mi querida amante cínica se servía del metal más ridículo para aparecer ante mí. Por el hilo escaso del burdo cornetín militar se abría paso el torrente inmenso de las trompas, los clarinetes y los fagots; y luego, las cuerdas y los trombones. Así fue cómo la deslumbrante belleza de la Obertura de Tannhäuser me asaltó aquel amanecer; Wagner silencioso acallaba el estúpido griterío de un suboficial enloquecido por el odio, la soberbia y la rutina. Entonces ya nada dependía de mi deseo, sino del voluptuoso capricho de la música. Atraído, como el propio Tannhäuser al interior de la Venusberg, me refugié

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en la diosa del amor; la luz se oscureció y todos mis compañeros, un coro de peregrinos que caminaban en busca de la tristeza de dios, se desvanecieron en las tinieblas. Los vi tan claramente como si los tuviera delante de mí sobre el escenario de un teatro magnífico; y aún hoy, después de tantos años, cada vez que cierro los ojos y escucho la obertura de Tannhäuser, puedo ver a aquellos dos amantes bailarines contándome, con Wagner y con su danza, el poema que tanto colmaba entonces mis obsesiones: Se amaron, y tuvieron que separarse porque la resignación pudo más que la rebeldía; lo hicieron en medio del dolor y del temor; y pasó el tiempo sobre sus distancias; sobre sus tristezas pasó el tiempo. La melancolía crió miedos y fantasmas en el corazón de él y soledades en el corazón de ella. Una noche, cercado por la locura, el error lo arrancó de la esperanza y lo entregó a los dientes agudos de la muerte. Ella aceptó serena, prevenida por los signos, el final de su felicidad, y sobre el cadáver de su amado vertió lágrimas dulces como un sol de noviembre. Cuando los metales de aquel coro de peregrinos fueron abrazando la paz y el silencio fúnebres, Tannhäuser se asfixió entre las cornetas, las voces autoritarias y el ruido de campaña: la grosería militar regresaba para enseñorearse de sus dominios. Yo volvía a estar solo, la luz del día se había endurecido y el sofocante calor del verano arreciaba. Cantaba la chicharra, eterna impertinente.

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II Como siempre, mis vísceras presintieron su llegada; todavía era apenas una mancha cóncava que se acercaba por el borde de mi ojo derecho; pero aquella forma de andar, perdonando al suelo, sólo podía ser suya. El teniente era un hombre poco mayor que yo; en todo caso, un niño con un cuerpo bien proporcionado y cuidado por el ejercicio, y de una singular belleza, algo femenina, que estremecía no sé qué indefinida parte del cuerpo de las insípidas oficialitas núbiles. Aquel hombre, vestido para la ocasión de impecable gala, sería mi más cruel enemigo durante todo el tiempo que la gloriosa patria me obligó a permanecer allí; de aquellos grandes ojos azules vería salir las miradas más llenas de odio que nunca nadie me haya dedicado; y cuando se dirigía a mí, cuando se situaba muy cerca de mí, yo jamás conseguía verlo como a un ser normal: entonces era siempre un hombre gigantesco, de tres metros de altura, como alzado en un pedestal o subido en unos zancos, que me miraba desde arriba no con ira, ni siquiera con autoridad, sino con una fuerza aún más humillante: la de la seguridad que nace de unir belleza y poder. EL SARGENTO — (Enano pálido, polichinela de rostro enharinado. Voz de castrato y, sin embargo o por eso mismo, siempre un aire en exceso enérgico y viril. La obediencia le tira de los hilos: se yergue, se hincha, golpea con el tacón y saluda.) A sus órdenes, mi teniente; sin novedad en la formación. (Y otra vez se derrumba desmadejado.) EL TENIENTE — (Voz profunda, varón seductor e indiferente, vagamente corresponde al saludo del sargento.) Descanse. (El sargento, desprevenido, vuelve a erguirse. Luego el teniente pasa frente a los soldados examinando con detenimiento cada detalle de sus vestimentas. El suboficial le sigue.) Esas botas están sucias, soldado; ¿por qué no las has limpiado? SOLDADOUNO — Las he limpiado, mi teniente. EL TENIENTE — (Sarcástico.) ¿Sí? EL SARGENTO — (Loro.) ¿Sí? SOLDADOUNO — (Ridículamente enérgico.) ¡Sí, mi teniente!

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EL TENIENTE — ¿Durante cuánto tiempo, soldado, las has limpiado? SOLDADOUNO — No lo sé, mi teniente. EL TENIENTE — ¡Cuánto! EL SARGENTO — ¡Cuánto, soldado! SOLDADOUNO — No lo sé, mi teniente; un rato. EL TENIENTE — ¿Cuánto rato? EL SARGENTO — ¡Cuánto exactamente, soldado, te pregunta tu teniente! SOLDADOUNO — (Un grito de pánico.) ¡Diez minutos, mi teniente! EL TENIENTE — Las botas de un buen soldado... (Silabea explicativo, como si dictara a todos, engolando la voz.) Las botas de un buen soldado... nunca pueden quedar bien limpias... con sólo diez minutos, (al soldadouno) soldado. SOLDADOUNO — ¿No, mi teniente? EL TENIENTE — (Sacerdotal, amable.) ¿Sabes cuánto tiempo hace falta para limpiar bien un par de botas, soldado, hijo? SOLDADOUNO — No, mi teniente. EL TENIENTE — ¿Qué menos que todo un día? (Igualmente amable.) Sargento. EL SARGENTO — (Valiente.) A sus órdenes, mi teniente. EL TENIENTE — (Indiferencia.) Arreste a este soldado un día en pabellón y que se dedique a limpiar sus botas... EL SARGENTO — A sus órdenes, mi teniente. EL TENIENTE — Y las de todos sus compañeros. EL SARGENTO — A sus órdenes, mi teniente.

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EL TENIENTE — Enséñame los dientes, soldado. EL SARGENTO — (Fuera del diálogo.) A sus órdenes, mi teniente. SOLDADOUNO — ¿Los dientes, mi teniente? EL SARGENTO — ¡Soldado! SOLDADOUNO — ¡A sus órdenes, mi teniente! (Abre la boca.) ¿Así, mi teniente? EL TENIENTE — Ya veo, ya. Quiero que las botas queden más limpias que tu boca, soldado. Eh... bastante más. SOLDADOUNO — A sus órdenes, mi teniente. EL TENIENTE — Tampoco te costará mucho trabajo conseguirlo. EL SARGENTO — (Va tras el teniente. Quiere reír socarrón, pero le sale un relincho.) Jejejejeje. EL TENIENTE — (Continúa pasando revista con detenimiento y se dirige a BENJAMÍN.) Tienes el pelo muy largo, soldadito; ¿es que le gusta así a tu novia, soldadito? BENJAMÍN — No, mi teniente. EL TENIENTE — ¿Que no le gusta, soldadito? BENJAMÍN — Que no tengo novia, mi teniente. EL TENIENTE — Ya lo suponía, soldadito. (Mira cómplice al sargento.) EL SARGENTO — (Sonríe baboso y agradador.) A sus órdenes, mi teniente. EL TENIENTE — (Apretando los dientes.) Mañana a primera hora te presentas a mí con el pelo cortado como un hombre, soldadito. (Poseso, de pronto.) ¡Como un hombre!, ¿me oyes? ¡Como un hombre! BENJAMÍN — (Grita descontrolado por el miedo.) ¡A sus órdenes, mi teniente!

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EL SARGENTO — (Igual que el teniente; más que el teniente.) ¡Como un hombre, soldado! ¡Como un hombre de verdad! BENJAMÍN — (Grita más aún.) ¡A sus órdenes, mi teniente! EL TENIENTE — ¡Firmes! EL SARGENTO — (La locura.) ¡Maricones de mierda! ¡Maricones! ¡Maricones! BENJAMÍN — ¡A sus órdenes, mi teniente! EL TENIENTE — (Después de un silencio, los tres jadean exhaustos.) Bien, bien... (Calmándose y calmando a los otros.) Bien. Sabes... cómo lo tienen los hombres, ¿verdad, soldadito? BENJAMÍN — Sí, mi teniente. EL TENIENTE — Así que sabes cómo lo tienen los hombres. (Otra vez mira al sargento; éste le corresponde.) También lo suponía, soldadito. (Ríe falso.) EL SARGENTO — (Y él también; él también ríe falso.) ¡Y yo también! ¡Yo también lo suponía! EL TENIENTE — (Calla de pronto y continúa y llega frente a Israel. El sargento sigue riendo.) ¡Soldadito Israel, qué sorpresa! EL SARGENTO — (Hace esfuerzos por seguir riendo.) Soldadito Israel... (Es un muñeco que ríe.) EL TENIENTE — ¿Qué haces tú por aquí en un día tan señalado como hoy? Pensé que estarías recogido en la capilla, componiendo a dúo con el espíritu santo un himno de gloria en honor de nuestra patrona. (Silencio en todo el cuartel. Irritado.) ¿Eh? ¿Qué te pasa, estás afónico, soldadito; estás afónico? EL SARGENTO — (También irritado, como un eco.) ...ónico? ISRAEL — No, mi teniente.

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EL TENIENTE — (Triste.) Pero estás triste; ¿a que sí, soldadito Israel, a que estás triste? ¿Verdad que sí que está triste el soldadito Israel, sargento? EL SARGENTO — (Tono de pesadumbre, confirmando.) A sus órdenes, mi teniente. ISRAEL — No, mi teniente. EL TENIENTE — (No comprende.) ¿No? (Grita.) ¿No? (Un silencio, mira a la tropa. A voces para que todos lo oigan.) Entonces ¿por qué has llorado, soldadito Israel? (Ríe con estrépito. Ríe también el sargento con su voz de contralto.) ISRAEL — Yo no he llorado, mi teniente. EL TENIENTE — Tienes los ojos irritados y llorosos; ¿verdad, sargento? ¿Verdad? EL SARGENTO — (Explotando.) ¡Sí, mi tenienteeeee! (Suena una carraca: se deshace: se le rompe la cuerda y se dobla sobre sus piernas.) ISRAEL — Pero... creo que es alergia, mi teniente. EL TENIENTE — (Marica.) ¿Sí? ¿Eres alérgico a los pobres mortales o a los lirios del jardín? (Ríe otra vez.) ISRAEL — No, mi teniente; me parece que me ha sentado mal el desayuno. EL TENIENTE — Ah, entonces eres alérgico al marisco y al champán. (Ríe el sargento, como un mecanismo extraño y descompuesto, durante un rato demasiado largo en el que el teniente le mira complacido, pero no entusiasmado. Ahora se enoja y grita.) ¿Eh, soldadito, eh?, ¡maldita sea! ISRAEL — No, mi teniente; he tomado fruta. EL TENIENTE — (Calmado.) Ya. Fruta, fruta. La fruta es buena para no engordar, soldadito Israel, y contribuye notablemente a mantener el cutis suave. (Se va sonriente.) Muy suave. ISRAEL — Un caqui, señor. (El teniente se detiene. Silencio.)

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EL SARGENTO — (Se desdobla un poco.) ¿Cómo has dicho, soldado? ISRAEL — Es el caqui el que me ha sentado mal; creo que soy alérgico al caqui, mi teniente. (Incontenido murmullo de risas entre la tropa.) EL TENIENTE — (Silencio: no sabe qué responder. Volviéndose y mirando amenazador al soldado.) Pues cuídate mucho, soldadito Israel; esas alergias aquí suelen terminar siendo muy peligrosas para quien las padece; ¡muy peligrosas! ISRAEL — Sí, mi... EL TENIENTE — ¡Mucho! (Silencio.) ISRAEL — Sí, mi teniente. EL SARGENTO — (Grita.) ¡Mucho, soldado! Aún se quedó unos segundos más mirándome fijamente a los ojos, desde lo alto, en silencio, con las mandíbulas apretadas y esperando descubrir en cualquier rincón de mi cara un asomo de burla. Luego tomó aire profunda y ruidosamente por la nariz y continuó su revista. EL TENIENTE — Esos guantes están sucios, soldadito. (Sarcástico.) ¿Dónde has estado metiendo las manos? (A todos, infantil.) ¿Dónde ha estado metiendo las manos el soldadito guarro y vicioso, eh? EL SARGENTO — (Ríe con la i, como una bruja.) Soldadito, soldadito... SOLDADODÓS — En ningún sitio, mi teniente. EL TENIENTE — (Incrédulo, asqueado.) ¿En ningún sitio...? SOLDADODÓS — (Avergonzado.) No, señor. EL TENIENTE — En cuanto termine la revista del coronel, los lavas. SOLDADODÓS — A sus órdenes, mi teniente. EL TENIENTE — Después los tiendes al sol y te quedas tres días en la prevención esperando a que se sequen, soldadito.

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SOLDADODÓS — A sus órdenes, mi teniente. EL SARGENTO — Soldadito, soldadito... (Ríe con la o, como un ogro.) EL TENIENTE — (Al sargento.) Que descansen. (Pero el sargento se distrae con la o de su risa, y no se entera de las órdenes.) ¡Sargento! EL SARGENTO — (Sobresalto y compostura.) A sus órdenes, mi teniente. (El teniente vuelve sobre sus pasos hacia la cabeza de la formación. El sargento da dos voces —marciales, claro; la tropa descansa— y se va tras el teniente.) Luego volvió a sonar el cornetín de órdenes. Formaron el sargento y el teniente (alejado de mí ahora, hombre común por fin). Llegaron el coronel y el comandante junto con otros oficiales. El teniente dio las novedades al comandante y éste se las dio al coronel. El cornetín ordenó presentar armas. El coronel pasó por delante de nosotros con aire paternal e indiferente: su leve sonrisa extemporánea y el aire ausente de sus ojos miopes delataban lo aburrido que le resultaba todo aquello; era un viejecillo al que los años parecían haber regalado un aire de simpático escepticismo hacia las grandes causas militares. Tras él iba el comandante, y más retrasado el corneta. Creo que era así, pero no estoy del todo seguro; ya no recuerdo casi nada de aquel ritual. Al fin, la suprema autoridad del coronel, con voz de corneta, nos concedió permiso primero para descansar y después para romper filas. Todos nos deshicimos en un hormiguero confuso. El teniente se reunió con los oficiales y el coronel. Me quedé mirándoles sin saber por qué razón. Benjamín se acercó hasta mí y me cogió del brazo intentando alejarme. Salí por un segundo de la distracción y miré a los alrededores de mis pies: algunas gallinas de Guinea picoteaban muy cerca de nosotros. Subí la mirada por las botas de Benjamín y no pude dejar de pensar en lo pequeño que era mi Querido Muerto; vi sus ojos detrás de las gafas, demasiado gruesas para estar allí (nunca entendí por qué le habían declarado útil), y el rubor permanente de sus carrillos. Me hizo un gesto para que me fuera con él; yo seguí mirando y le retuve con un ademán que pretendía a la vez tranquilizarle y hacerle creer (cuando yo mismo no lo creía) que no pasaba nada. Me quedé mirando al teniente y sentí una especial excitación cuando él se dio cuenta de mi insolencia y contestó retándome con su mirada; pero no la aparté. Pasamos mucho tiempo en aquella situación extraña. Luego decidió

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acercarse a mí encarándome, aunque, apenas hizo amago de ponerse en camino hacia donde estábamos, no quise resistirme a un nuevo tirón que Benjamín daba de mi brazo. BENJAMÍN — Venga, vámonos. ISRAEL — (Aparentando indolencia.) ¿Adónde? BENJAMÍN — (Tirando de él.) ¡Y yo qué sé. Vámonos! Agaché la cabeza y nos fuimos los dos. Sé que él sonrió ligeramente; no lo vi, pero lo sé; y supuse que volvería a su grupo satisfecho y ganador. Nos fuimos; las gallinas guineanas siguieron allí, picando el suelo, rebuscando entre el polvo; los oficiales entraron en su bar.

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III No llegué a conocer el bar de oficiales; nunca tuve ocasión de pisar aquel escenario para dioses de plástico, y menos aún podía tenerla en la tarde de su fiesta. Pero muchas veces me he entretenido, por pura pasión febril, en imaginar cómo sería el hogar de los poderosos y cómo se comportarían allí. Durante años he alimentado esa fantasía deforme y visceral, añadiendo y corrigiendo detalles con paciencia obsesiva de artesano. Y hoy, por fin, ahora que la noche se duerme y parece que me haya tocado en suerte velarla, quiero sacar a la luz de la memoria los recuerdos de mi turbulenta imaginación. Los oficiales entraron en su bar. En el aire de aquel establecimiento había un olor antiguo, espeso y blanquecino, que parecía sudado por las paredes a lo largo de los años; era como si un fino polvo de huesos molidos se hubiera ido posando mansamente en cada objeto, en cada baldosa, en cada ventana, y aún, inagotable, flotara eterno en el ambiente difuminándolo todo. De algunas partes del techo colgaban ventiladores de perezosas y enormes aspas que se movían con una lentitud insólita; y del centro, sujetos por las patas en una macabra exposición, cinco corderos degollados goteaban sangre que se estrellaba contra la tiza del suelo. Una música militar, solemne, festiva y metálica, podía escucharse al fondo, saliendo quizá de un viejo tocadiscos. Los oficiales entraron en su bar. Venían luciendo todas las galas apropiadas para la ocasión. Los más jóvenes (aquellos aguerridos hombres de cuerpo agraciado por la naturaleza y modelado por el tesón y el duro ejercicio) traían desnudo el torso para mostrarse así a las jóvenes tan pronto como llegaran: dorados, perfectos, dibujados sus músculos por las ninfas de la guerra, igual que troyanos designados por los dioses para la gloriosa tarea de defender a la patria. Se movían con gestos seguros, viriles, dominadores; sonreían ampliamente y se saludaban entre sí con recias palmadas sobre las espaldas desnudas y sudorosas; algunos, como mi querido teniente, con una descuidada elegancia habían corrido el cinturón hasta hacer que el sable viniera a balancearse entre sus piernas, suavemente escorado a la derecha. Los mayores (el comandante, el coronel...) andaban encorvados por el peso de un sinfín de condecoraciones anormalmente grandes; la mayoría eran canos, más o menos canos, y muchos lucían un fino bigote, también grisáceo, de lado a lado del labio. Unos y otros conversaban animados, tomando cerveza y vino, levantando

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un murmullo del que, a veces, despuntaba una áspera carcajada. El polvo que removían del suelo al caminar, el humo del tabaco, el calor, las risas y el alcohol arrancaban a los viejos frecuentes ataques de tos. Entre ellos se advertían, sin mucho aspaviento, de la sangre que goteaba de los corderos degollados, evitando que pudiera manchar sus blancos uniformes de gala o sus cuerpos desnudos. Unos pocos camareros, soldados como yo mismo, deambulaban torpes entre los mandos ofreciendo bebidas y canapés en bandejas de metal con servilletas de papel ribeteado. EL COMANDANTE — (Lleva en el rostro arrugas de tedio y amargura. Pero se presenta ante el coronel haciendo un esfuerzo por sonreír.) A sus órdenes, mi querido coronel; siempre es un placer saludarle. EL CORONEL — (Caricatura graciosa de un héroe que no fue. Le tiende la mano y le sonríe a través de sus gafas pequeñas y gruesas. Alegremente sorprendido.) ¡Hombre..., Narciso! ¡Cuánto tiempo, hombre! ¿Cómo estás, hombre, Narciso, ¡cuánto tiempo! ¿Eh? EL COMANDANTE — (Sonríe azarado.) Pues... EL CORONEL — (Cómplice pícaro.) Oye, oye... Y tu mujer ¿qué?, Narciso, hombre; ¿cómo sigue?, tan guapa como siempre, ¿no? EL COMANDANTE — (Le aparta suavemente de debajo de los corderos.) Tenga cuidado, mi coronel... EL CORONEL — (Solemne.) ¡Chss! (El índice al cielo.) Oye una cosa, Narciso, hombre. ¿Tu mujer? La más guapa, ¿eh? La oficiala más guapa que conozco; una mujer bellísima. (Se entusiasma.) ¡...llísima! ¡Y una señora! (Le da palmaditas en las espalda.) Has tenido suerte, Raimundo, ¿eh? ¿Qué te parece lo que te digo?, ¿eh? EL COMANDANTE — Bueno, mi coronel; yo se lo agradezco mucho... EL CORONEL — Raimundo, hombre. La verdad, ¡la verdad! Un lema en la vida: ¡la verdad! ¡Y una meta: la patria! Y nada más, Raimundo, tú ya me conoces. EL COMANDANTE — Sí, mi coronel.

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EL CORONEL — A propósito, tendremos el placer de verla hoy, ¿no? EL COMANDANTE — Pero, mi coronel, yo no soy Raimundo. EL CORONEL — Ah, ¿no? EL COMANDANTE — Ni Narciso, mi coronel. EL CORONEL — Ah, ¿no? EL COMANDANTE — (Se cuadra.) ¡Comandante Zacarías a sus órdenes, mi coronel! EL CORONEL — ¡Ay! (Se lleva la mano al cuello.) EL COMANDANTE — (Alarmado.) ¿Qué le ocurre, mi coronel? EL CORONEL — (Mira al techo y le cae en las gafas otra gota de sangre de los corderos.) Pero ¿qué es eso? EL COMANDANTE — Los corderos, mi coronel; ya intenté advertirle... EL CORONEL — ¿Los corderos? ¿Y a quién se le ha ocurrido poner los corderos este año en medio del bar? EL COMANDANTE — No lo sé, mi coronel; algo de ámbito nacional, quizás. EL CORONEL — ¡Caray, no sé adónde vamos a llegar con tanto cambio!, ¿no te parece, Narciso? EL COMANDANTE — Permítame, mi coronel, sus gafas. EL CORONEL — Ah. (Se las quita.) EL COMANDANTE — (Chista displicente a un camarero y le chasca los dedos alzando la mano. El soldado llega y se cuadra. Ordena con una mirada. El soldado se va rápido con las gafas.) En seguida tendrá usted sus gafas limpias, mi coronel.

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EL CORONEL — Te advierto que ahora mismo no las necesito. (Cómplice) Mientras no lleguen las mujeres..., ¿eh, Raimundo?; tú ya me entiendes, ¿no? (Ríe pícaro.) EL COMANDANTE — (También.) Claro, mi coronel. EL CORONEL — Pero perdona, muchacho, me he empeñado en llamarte Raimundo, y tú no eres Raimundo, ¿no? EL COMANDANTE — (Respirando.) Es igual, mi coronel. EL CORONEL — No, hombre, no; ¿cómo va a ser igual llamarte Raimundo que Narciso, hombre? Por cierto, Narciso, qué mujer la tuya; si yo tuviera diez años menos, Narciso... EL COMANDANTE — (Amable.) ¡Mi coronel! EL CORONEL — ¡Hombre!, que te destinaba al frente, Narciso; pero sin dudarlo un segundo. EL COMANDANTE — Pero si no hay guerra, mi coronel. EL CORONEL — Pero soy capaz de inventármela; tú no sabes lo que yo soy capaz de inventarme por una mujer como la tuya, Narciso, hombre; con tu permiso, se entiende. EL COMANDANTE — Pero si yo no soy Narciso, mi coronel. EL CORONEL — ¿Ah, no? (Perplejo.) Perdona, hijo. ¿Entonces tú quién eres? EL COMANDANTE — (Se cuadra.) ¡Comandante Zacarías a sus órdenes, mi coronel! EL CORONEL — ¡Hombre, Zacarías! Tienes que perdonarme, hombre; ¡qué despiste el mío! EL COMANDANTE — Es igual, mi coronel. EL CORONEL — ¡Y qué mujer la tuya!, ¿eh, Zacarías? EL COMANDANTE — ¿Le gusta, mi coronel?

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EL CORONEL — (El índice.) ¡...llísima! EL COMANDANTE — (Ancho, emocionado.) Gracias, señor. EL CORONEL — ¡Ah, Zacarías, una cosa! EL COMANDANTE — Dígame, mi coronel. EL CORONEL — De lo dicho, ni una palabra a Narciso, ¿eh? EL COMANDANTE — ¡Por favor, mi coronel!; estamos entre caballeros. ¡Somos caballeros! EL CORONEL — Lo somos, lo somos. EL COMANDANTE — (Llega el soldado con las gafas limpias y se las entrega.) Sus gafas, mi coronel. EL CORONEL — ¡Ah, sí! Desde luego, qué extraña idea la de poner los corderos este año en medio del bar, ¿no te parece, Raimundo? (Mira arriba y vuelve a caerle una gota de sangre sobre las gafas.) ¡Ay! (Por otro motivo, murmullo general.) EL COMANDANTE — (Alarmado.) ¿Qué le ocurre, mi coronel? Y con el murmullo, suaves y firmes aplausos a golpes de un metrónomo de sabiduría social: atacan los metales y las cuerdas largas el grave acompañamiento de la obertura de La Traviata. Todos los hombres (galanes, galantes, garantes de la felicidad de ellas) aplauden el sedoso y exquisito tropel de belleza que en tal punto lentamente hace su entrada en el bar de oficiales. Una delicada nube de polvo blanco mezclado con sudor de hombres se agita bajo sus pies. Blancos, blancos, blancos en los cuerpos de las doncellas hijas de la gloria y del honor (las miradas bajas); y delicados cremas y rosas en los largos trajes de fiesta de sus madres (erguidas, sobrias, elegantes, serenas). Todas, un coro estremecido por las cuerdas de Verdi: las niñas aparecen retraídas, encendiendo con sus tímidas sonrisas al suelo la hombría incontestable de los jóvenes oficiales: hay un brillo amarillo de lujuria en las miradas masculinas, que cabalgan, por cierto, entre pecho desnudo y desnudo pecho de las ninfas (rotunda traición de una candidez fingida; y en los pezones, un anzuelo para conjurar las zozobras de la eterna soltería o del mal casamiento).

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Todas menos ella, la única hija del comandante Zacarías, hermosa, ajena, inhibida, un cuerpo cubierto de suaves ropas y un alma cubierta de dulce desdén (rebelde a los rezos porfiados de su madre). Cesan los aplausos unánimes, extraños. Los labios militares se posan decididos sobre manos de esmalte perla. Virilidad y feminidad: latidos acelerados, hormigueo de intestinos, sonrisas, roces, miradas... Sensualidades. EL COMANDANTE — (Al coronel, ridículamente emocionado.) Discúlpeme, por favor. EL CORONEL — Vaya, hombre, vaya. EL COMANDANTE — (Toma las manos de su hija, la mira enternecido y orgulloso y besa una de sus mejillas; luego, a su mujer.) Querida mía... (La toma de un dedo y la adelanta hasta el coronel.) Mi coronel... EL CORONEL — (Urgente.) ¡Las gafas, Narciso, las gafas! (Y se las da al comandante, manchadas como están, para que vuelva a limpiarlas.) EL COMANDANTE — (Solícito.) Enseguida, mi coronel. (Llama a otro soldado: la misma escena tono a tono, gesto a gesto.) EL CORONEL — (Toma la mano de la esposa del comandante. Serio, seductor.) Señora... Mi querida señora... (Y se acerca tratando de eludir su miopía y con la mirada le recorre de cerca el rostro y, por ser tan bajo, el cuello, el pecho...) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Coronel... No pasan los años por usted. EL CORONEL — Eso mismo estaba pensando yo, señora; que no pasan los años por usted, (rijoso) y que, por mí, en ocasiones como ésta, parece como si no hubieran pasado. EL COMANDANTE — (Henchido de gozo.) Mi coronel, permítame que le presente a mi querida hija. EL CORONEL — (Monigote, suelta la mano de una y coge la de la otra. Lo mismo con la hija.) Caramba, caramba. Da gusto ver cómo se perpetúa la pureza de la raza. (Se distancia de la mano femenina, a punto de vals, y grita, trova-

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dor de políticas.) Esta raza de espigados tallos, no por ello frágiles, sino recios, mas femeninos; flores purísimas que en su entraña sin mácula brindan a la patria fértiles semillas de nuevos soldados, guerreros que con su sangre la defiendan, quiera dios que no fuera necesario; mas si lo fuera, de hombres precisamos, y no de mujeres, pues a ellos, nobles, egregios, erectos, para guardar los pendones no han de faltar arrestos, ni honor, ni sangre, ni ardores. (Un eructo contenido) Perdón. (Breves aplausos de todos los presentes, acallados por la modestia del coronel.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Ilusa devoción mariana.) Mi coronel, yo... siento en el alma que la chica nos haya salido hembra. Le juro que nada hubiera satisfecho más el patriotismo de mis entrañas que un varón, un soldado, ¡un general! (se percata del desaire, pero más se percata el coronel) Ooooo... un coronel: ¡un hombre, al fin! En cambio, señor, sólo puedo ofrecer a la patria la belleza y la virtud de mi única hija, pero, eso sí, para que un soldado, y sólo un soldado, la huelle y la fecunde. EL CORONEL — (Encendido.) Por tal causa, señora, y por ser el suyo un deseo tan noble, incluso yo mismo la hollaría, fíjese. En lo de fecundarla, ya... EL COMANDANTE — (Nervioso.) Sus gafas, coronel. (Se las pone él mismo, con lo que logra apartar a su hija del coronel. Luego la abraza suavemente, protector.) EL CORONEL — Ah, sí. (Carraspea, se estira la chaqueta, se aparta. A la madre.) Lo que... lo que sí tiene la niña es que no habla mucho, ¿no? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Mártir.) Ay, señor; si el cielo quisiera escucharme... EL CORONEL — (Confesor interesado.) Le escucho yo, señora; le escucho yo. (Lo intenta ahora con la madre.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Ay, coronel... Esta hija mía... Si san Ignacio, que era tan santo y tan militar... Porque no es mala, ¿sabe?; pero se me atontolina en los momentos más inoportunos, como ahora. Con la de educación y la de instrucción que le hemos pagado... EL COMANDANTE — ¡Carmen! No creo que sea el momento ni el lugar...

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LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Una tremenda llamada a la resignación.) ¡Sí, Zaca, sí! EL CORONEL — No se preocupe, Zaca; yo la entiendo, la entiendo. (Extasiado.) Señora mía... Yo me entiendo con usted. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Ahora le ha dado por decir que se aburre en estas fiestas, mire por dónde. EL CORONEL — Pecados de juventud. (Recorriéndola.) Pecados... de... (La mirada en el seno.) Pecados. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ...Y que no le mueve lo militar, que no le emociona. EL CORONEL — (Saliendo.) ¡Niña! ¿Cómo se te ocurren esas cosas, niña? (Muy rápido, lección de papagayo.) ¿Conoces por ventura algo sobre la faz de la tierra que erice más el vello emocionado de un bien nacido que la tropa guerrera, sudorosa, desfilando al ritmo de una marcha militaaaar? (Coge aire.) ¿Eeeeeeh? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Menopáusica.) ¡Ay! (La niña mira al cielo pensativa; la niña mira al cielo en busca de tormenta presentida.) EL CORONEL — ¿No comprendes que haces sufrir inútilmente a tu madre? Y a tu padre. Y a mí. Y a la sagrada Patria. (Reprende cariñosamente a la niña pellizcándole en una de las mejillas.) Ayyy, ayayayayay. (Le ha hecho daño con toda la intención. La niña bufa paciente y se acaricia la mejilla dolorida.) EL COMANDANTE — Perdónela, mi coronel; aún es una cría y está confusa. EL CORONEL — Zaca, muchacho: no olvides que se puede estar confuso; pero lo que no se puede, lo que no se puede, Zaca, es estar equivocado. (Filósofo.) La duda... bueno está; el error, nunca. EL COMANDANTE — Sí, mi coronel. Yo... Nosotros... EL CORONEL — (Volviendo al arrobamiento, ignora e interrumpe al comandante.) ¿Verdad, señora mía? (Le toma la mano.)

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LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Diga usted que sí, coronel; mire que se lo repito una y otra vez a mi marido: «Zaca, mano dura; ¡mano dura, Zaca!». Pero como es hija única, y él la quiere tanto, dice... Maleducándola está, maleducándola con tanto arrumaco y tanto consentido sin sentido. EL CORONEL — Claro, claro... Claro. (Lo recuerda de pronto.) Oye, hija, ¿y tú conoces a la mujer de Narciso? LA ESPOSA DEL CORONEL — (Su voz de entre la masa. Se adivina una mole algo mostrenca, algo bruja, algo dominadora, todo martirio de su frágil esposo.) ¡Carmelo! EL CORONEL — (Se revuelve y grita como si ordenara abrir fuego contra las baterías enemigas.) ¡Sí! (Y mira a todas partes intentando localizarla.) LA ESPOSA DEL CORONEL — (Repite y eleva el tono del vocativo, casi imprecación: una escena familiar en escenario equivocado, que no confuso.) ¡Carmelo! EL CORONEL — (Histeria de desconcierto o pesadilla; sudores del calor y del acaloramiento.) ¡¡¡Sí!!! (Vuelta a dar vueltas; y como él es el coronel, todos con él.) LA ESPOSA DEL CORONEL — (Que al fin emerge sucumbiendo al peso de un collar enorme de enormes perlas, y junto a la nariz, una verruga gorda como otra perla negra, mate y peluda. La coronela, vista la situación, dulce ahora en apariencia.) Carmelo, cariño, no te hallaba. (Mientras se acerca, sin mirar, sin detenerse, extiende la mano, repleta de joyas sobre guante, al comandante.) EL COMANDANTE — (El doblez natural de una seda en su caída.) Señora, es un inmenso placer para mí... (Se queda con la palabra en la boca y sin la mano en la boca.) EL CORONEL — Cornelia, mi vida, estaba aquí, con Raimundo y la familia. LA ESPOSA DEL CORONEL — (Miel, de puro dulce; tonta miel.) Buenas tardes. (Se coge del brazo de su marido. Aprieta una sonrisa entre los dientes.)

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Carmelo, cariño; el teniente coronel Narciso y su mujer están deseando saludarte. EL CORONEL — (Extrañado.) ¿Narciso? ¿Narciso? Me suena Narciso. LA ESPOSA DEL CORONEL — (A la madre, palabras con pinchos.) No te importa que te lo robe, ¿verdad, querida? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Señora, siempre es un placer para nosotros disfrutar de la compañía del cor... (y se lo lleva la coronela sin esperar el finiquito de la respuesta) ...nudo de tu marido, carro de combate. (Mira a todos lados.) EL COMANDANTE — (Apretando los dientes y mirando también a todas partes.) ¡Carmen, por favor; vas a buscarme la ruina! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Ya que tú no te buscas el porvenir... Ahí lo tienes, ni siquiera se sabe tu nombre. ¡Con lo fácil que es aprenderse el nombre de un don nadie! EL COMANDANTE — No empecemos, Carmen; y por dios, no me pongas más en evidencia. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Agria.) ¡Y tú, a ver si alegras esa carita de una vez, niña! BLANCA — No puedo, mamá; me agobio aquí dentro. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Con una sonrisa de hielo.) Pues si te agobias, sudas, como todos; y si no, hubieras venido más ligerita de ropa, como todas las muchachas. EL TENIENTE — (Se acerca por detrás sin que la madre se percate.) ¡A sus órdenes, mi comandante! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Ah! EL TENIENTE — ¿Le ocurre algo, señora? ¿La he asustado?

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LA ESPOSA DEL COMANDANTE — No, no... (Le tiende la mano.) Es que no te he oído llegar. (Agita una cabeza recriminadora. Ríe imbécil.) Algo malo estaría yo haciendo. EL TENIENTE — (No ríe, pero es imbécil.) Ello no es posible, señora; (cumple con la mano comandanta) no, tratándose de usted. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Gracias, Marcial; eres muy gentil. EL TENIENTE — No lo suficiente para atenderle como usted se merece, señora mía. (Y vuelve a inclinarse. La madre se embelesa, pero el tenientito parece tener prisa por cambiar de tema.) Buenas tardes, Blanca. (El comandante mira al soslayo y frunce el ceño, y se acerca, disimulando se acerca a su hija.) BLANCA — (Indiferente, tan indiferente que ni siquiera se le nota la indiferencia.) Hola, Marcial. (El comandante se pega, disimulando es ya mucho decir, a la hija.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Sargenta.) ¡Ven aquí, Zaca! (Mira asombrado el teniente. Ella rectifica: sonríe falsa al joven.) Cuando puedas, mi vida. Lo antes posible. (Un segundo: el gesto de un mono.) Je. (El muchacho corresponde y se vuelve otra vez hacia Blanca. El comandante mira a su esposa.) ¡Ar! (Y se acerca a ella con la cabeza baja y las orejas rojas. Cuando lo tiene a mano, le tira del pantalón. Los dos se sitúan a una prudente distancia, haciendo como que hablan, pero observando, en realidad, a la joven pareja.) EL TENIENTE — Hace mucho tiempo que no sé de ti. BLANCA — ¿Sí? EL TENIENTE — (Grave.) Exactamente desde las veintiuna y veintitrés del veinticinco de diciembre pasado próximo. (Ella le mira extrañada.) En aquel momento, cuando traspasabas el dintel de esa misma puerta, mis pupilas pudieron contemplar por última vez el postrer mechón de tu cabello sin par. BLANCA — (Sinceramente y ambiguamente extrañada.) ¿Sí? (Los padres de la niña, en su estúpido fingimiento, quieren los dos situarse en buena posición para ver a los jóvenes, así que no hacen más que dar enojosas vueltas.)

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EL TENIENTE — (Trágico.) Con la emoción temblándome en la garganta musité: «Feliz Navidad, Blanca». Pero no me respondiste. BLANCA — Tal vez si me hubieras dicho «Feliz Blanca Navidad»... (Sonríe burlona.) EL TENIENTE — Blanca, no te burles ni me desprecies, por dios; sabes que te amo con la profundidad de las inhóspitas trincheras, con el ardor de una batería en primera línea, con el... BLANCA — ¿Me disculpas? EL TENIENTE — ¡No! ¿Adónde vas? BLANCA — (Continúa.) No lo sé, a mirar por ahí. Y así, mientras, tú vas a limpiarte: te estás manchando con la sangre de esos corderos. (Mira al techo.) EL TENIENTE — ¿Sangre? ¿Dónde? (Ella señala, como una colegiala, las manchas de sangre sobre el hombro y el pecho del teniente. Y responde él en tremendo tono melodramático.) ¡Ah, sí, la sangre! ¡Mas qué me importa la sangre! BLANCA — ...Si no es tuya. EL TENIENTE — (Ruega.) Blanca, Blanquita, al menos dame alguna esperanza, por dios. BLANCA — (Mira a todos lados y se acerca, confidente, azuzando la curiosidad del teniente.) No me llames Blanquita: suena a oveja. (El se aparta sorprendido y la interroga con la mirada. Ella afirma cerrando los ojos como sólo el pleno convencimiento sabe cerrarlos.) EL TENIENTE — Está bien, Blanca; pero dime, al menos, que bailarás conmigo luego. A esto no puedes negarte, Blanca. BLANCA — (Piensa. Parece conceder.) Sí. EL TENIENTE — (Esperanzado.) ¿Después del almuerzo? BLANCA — Sí puedo negarme. No bailaré contigo.

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EL TENIENTE — Blanca, mírame a los ojos y respóndeme: ¿amas a otro hombre? BLANCA — (Le busca la mirada, se clava en ella como hipnotizada y responde luego de un silencio.) Sí. EL TENIENTE — (Se muere, pero se muere con una rodilla clavada en tierra y la cerviz oferente.) ¡Oh, Blanca, Blanca! ¡Tienes delante de ti a un hombre destrozado! ¡Tienes delante de ti a un hombre que ya no es hombre! (Piensa.) Bueno..., sí; pero hombre muerto. Porque me destrozas y no mides el alcance de tus crueles palabras, Blanca; porque yo soy un caballero, y un caballero no soporta esta afrenta vergonzosa y deshonradora... me suicidaré; me pegaré, Blanca, un tiro en la sien. BLANCA — (Persiste en mirarle fijamente; un asomo de escéptica sonrisa.) No. EL TENIENTE — Dime quién es; le retaré, le mataré, le pincharé las córneas con la punta de mi sable, para que ya nunca jamás pueda contemplar la belleza de quien sólo a mí me pertenece. BLANCA — (Con la paciencia de las viejas beatas.) Le amaré más mientras más daño le hagas. Y además no puedes retarle: (irónica) él no es un caballero como tú; él sólo es un soldado. (Y se va a confundirse con el resto.) EL TENIENTE — (Se levanta y se subleva: es la ira.) ¿Un soldado? ¿Quieres decir un soldado raso de mierda? (Ella, sin volverse, afirma con la cabeza de sus postreros mechones.) No, Blanca, no; no puedes hacerme tal. ¡No puedes hacerme tal, Blanca! (Ella, sin volverse, afirma con la cabeza de sus postre... eeeeh... afirma otra vez. Y él desiste ahogado por la congoja y la vergüenza, que son mucho ahogo.) ¡Oh! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¿Ves? ¿Ves cómo es tu hija? ¡Ya ha vuelto a hacer llorar al muchacho! (El comandante se guarda la satisfacción detrás del ceño compungido. La niña se pierde y sus padres van tras ella. Tiembla la tiza bajo las pisadas de la comandanta.) EL TENIENTE — (Hunde la pena entre sus hombros, la estrella contra el suelo y se ahoga de un solo trago con el contenido de su copa. Después maldice

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para sus adentros y la rabia le da fuerzas.) ¡Animo, Marcial! ¡Una batalla no hace una guerra, Marcial! OFICIALUNO — (Se ha acercado sonriendo al teniente. Una palmada en la espalda.) Bueno, Marcial; parece que la muchacha no está por ti, ¿eh? EL TENIENTE — (Serio.) ¿Quién ha dicho eso? No sólo está por mí, sino que además está ¡loca! por mí. OFICIALUNO — (Burlón.) No me digas. EL TENIENTE — Lo que ocurre es que conoce muy bien las reglas de este juego: una hembra que se precie, la futura esposa de un oficial, tiene que resistirse al acoso de su hombre aunque esté deseando echarse en sus brazos, como lo está ella. La partida de ajedrez no ha hecho más que comenzar, y todos sabéis que en el ajedrez y en el amor soy un maestro. (A un camarero que pasa.) ¡Soldado! EL SOLDADO CAMARERO — ¿Mi teniente? EL TENIENTE — (Coge otra copa de la bandeja.) ¡Limpia esa bandeja, inútil; has vertido toda la bebida! EL SOLDADO CAMARERO — A sus órdenes, mi teniente. (Se va.) OFICIALUNO — Marcial, debes tomártelo con más calma; hay muchas oficialitas que estarían dispuestas... EL TENIENTE — (Interrumpe.) ¡Y a mí qué me importan las demás! ¡Quiero a ésa! ¡A ésa! ¡Y la querré más mientras más se me resista! No pienso rendir mis armas hasta que me diga que sí. (Vuelve a beber toda la copa de un trago.) OFICIALUNO — ¿Y si nunca acepta casarse contigo? EL TENIENTE — Si se casa será conmigo, y si se empeña en decirme que no, no pienso consentir que ningún soldadito roñoso se me adelante. (Natural, enojado.) A esa rosa me la troncho yo; ¡lo juro por mi honor de oficial! (Cacarea un gallo a lo lejos.)

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EL CORONEL — (Voz en grito.) ¡Señoras y caballeros! (Todos se apartan y forman círculo a su alrededor. Hay un silencio.) ¡Ha llegado el momento de brindar! (Murmullos. Los concelebrantes se proveen de copas llenas. Luego, otra vez silencio, expectación y gravedad. El coronel Levanta la copa y va a hablar. Pero no: silencio y perplejidad. Después, resignado, saca un papel del bolsillo y lee: la copa en la derecha, la nota en la izquierda.) Brindemos por dios y por la patria. Brindemos por nuestra santa patrona, para que nos guíe hacia la gloria, y por nuestras mujeres, esposas fieles y madres atentas, como lo fue nuestra santa patrona de su esposo y de su hijo Jesucristo; por ellas, madres amadas, esposas, amantes, (se da cuenta de la inoportuna coma, mira a la suya al soslayo y corrige con énfasis) esposas amantes (un gesto para culpar del error al papel) y... tiernas hijas; por ellas, que nos animan y ayudan, que son el reposo del guerrero y que nos a... (no entiende lo escrito) nos a... co... nos aco... ¡aconsejan! nos aconsejan en nuestras duras decisiones. Alcemos también nuestras copas por el honor y el valor de nuestros mandos y oficiales. Y sobre todo, damas y caballeros, brindemos... (grita solemne, ridículo, y le sale un gallo) ¡Por la paz! (¡Bravo, coronel! Y levanta la copa.) TODOS — ¡Por la paz! (El coronel va a beber y se da cuenta de que en su copa hay una mancha de sangre, mira a los corderos y vuelve a caerle otra gota en las gafas.) Bebieron y la bebida les puso en pie la euforia. Al borde de aquella paz religiosamente invocada, los músicos comenzaron a tocar (y provocó un murmullo de entusiasmo) la Annen-Polka de Strauss. Todos bailaron. Si fuera verdad, sé que estaría recordando el baile más ridículo jamás inventado: grotescos movimientos de gallos y gallinas en celo: valor, ardor, reto y amor; un ceremonial de piernas encogidas y brazos que se agitan como alas de corral: pavos, palomas... Nueva seducción de hembras nuevas, con sus pechos al aire (la belleza de antes bota ahora, grosera, al compás de la polca), machos con el torso desnudo (¡calor, calor!), y viejos intentos vagos (recuerdos) de insinuación, como si el alcohol hiciera posible el fugaz espejismo de una aventura adúltera que acaricie el triángulo del vientre (¡después de tantos años!). Turbia la cabeza, turbios los principios, turbia la recta moral y turbio algún recto secretamente inmoral. El coronel, que aunque no lo parezca es quien menos piensa en la carne pecadora, se dedica a propinar pellizcos a nalgas diestras y siniestras, riendo como un niño que amenaza con beber vino.

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La tiza se ha levantado del suelo como una plaza sublevada, y se pega al sudor de los cuerpos calientes. El calor gotea de cada frente igual que una gozosa maldición ebria. Al fin, algunas niñas (las más atrevidas, quizá las más necesitadas) juegan a dejar, como quien no lo quiere, que la sangre de los corderos caiga en sus pechos, y algún oficialito desvergonzado, a espaldas de los mayores, pretende lamer la sangre derramada, pero no; no, al menos, todavía. La tarde es larga. Y yo estoy cansado, profundamente cansado de navegar entre mis recuerdos y mis imaginaciones. Quiero poder huir. Tomaré algo que me hunda en el sueño, algún pequeño amante que me haga doblegarme más intensamente que el de todas las noches. Quizá mañana siga escribiendo esta crónica inútil. Ahora todo duerme, todo se abraza a la madrugada, menos mi agitación y mi ansiedad, que no cesan.

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IV Hacia la mitad de aquella tarde espesa, Benjamín y yo nos refugiábamos del calor sentados en el suelo y recostados sobre un muro umbroso de nuestro barracón. Habíamos vencido hacia adelante la gorra para que la visera nos guardara los ojos del fulgor del sol en las paredes encaladas, y hablábamos dormitando, con las piernas recogidas y los brazos sobre las rodillas. Aún sonaba la chicharra. Levanté la cabeza y vi un hermoso pavo real que paseaba prudente por delante de nosotros; recuerdo que llevaba el pico entreabierto a causa del insoportable bochorno. Era hermoso y arrogante, y sin embargo había recelo en sus ojos y en la brusquedad de los movimientos de su cabeza. No entendí que un animal tan bello pudiera, bien mirado, resultar ridículo. Benjamín me avisó con el codo. BENJAMÍN — (Incorporándose.) Eh, ahí vienen esos. ISRAEL — (Se levanta sorprendido.) ¿Qué? Respondió arqueando las cejas y moviendo la cabeza a la izquierda. Sentí en el estómago aquel nerviosismo que tan bien conocía. Oí risas, carcajadas que me parecieron intempestivas, y adiviné, en un grupo de varios hombres y mujeres, la voz escandalosa de mi teniente. Eran oficiales que salían de su fiesta acompañados de las niñas que yo había imaginado medio desnudas. No lo estaban, claro, ni tampoco ellos; sus trajes eran elegantes, multicolores, y los oficiales lucían el uniforme de gala. Pero había una muchacha vestida de largo blanco, como la mejor criatura de una novela romántica: alguien conservaba entre sus ropas el ambiente que mi imaginación había creado para el bar de los oficiales. Es posible que por aquella época mi cabeza ya hubiera empezado a confundir la realidad con la ilusión; es posible. EL TENIENTE — (Borracho pero contenido: borracho que no se reconoce borracho. Abre los brazos y se arquea hacia atrás.) ¡Oooooh! ¡Soldadito Israel! ISRAEL — A sus órdenes mi teniente. EL TENIENTE — (A los suyos.) ¡Eh, venid; venid conmigo! (Sonrisas de todos. Una oficialita no sólo se acerca, sino que se pega al teniente, se cuelga,

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amorosa y dispuesta, de su hombro.) Eh, vosotros: venid aquí, más cerca. (Solemne.) Damas y caballeros: les presento a un soldado... que no es una mierda, como todos los soldados; no, no señor, no. El soldadito Israel es... (suave, remedo de exquisitez) músico. (Ríen.) Shhhhhh. No, no; no os riáis. Músico. ¿Verdad que sí, soldadito Israel? (Israel mueve la cabeza incómodo. El teniente acera el tono.) ¿Verdad que sí, soldadito Israel? (Más silencio.) OFICIALUNO — (Casi al oído, conciliador.) Marcial... EL TENIENTE — (Le hace un gesto mitad para que se tranquilice, mitad para que no se meta donde no le han llamado. El pavo real despliega su enorme y hermosa cola.) ¿Verdad? ISRAEL — (Le cuesta, pero empieza a hablar.) Mi teniente, yo... (...Para ser interrumpido por el teniente.) EL TENIENTE — ¿Lo veis? El soldadito Israel es (tono de circo) un gran músico. (Tombolero.) Es sinfonista y concertista. Toca los platillos y la zambomba. ¡Todo un artista! Pero a los artistas, ya se sabe, les molesta el ruido de las bombas. (Risas de todos, y sobre todos, la oficiliata. Serio.) Ese es el inconveniente que tiene: (sarcástico) el soldadito Israel es alérgico al caqui. (Se frota los dedos y encoge los labios como un maître francés.) Miserias de la sensibilidad y la exquisitez. (Silencio. El teniente mira a todos lados.) ¿Eh? Pero yo le entiendo. (Finge un ridículo estornudo.) Porque yo también soy alérgico. (Otra vez.) Yo... soy alérgico a los soldaditos. (Otra vez. Sonríe sarcástico.) ¿Eh? (La oficialita, borrachita, parece divertirse mucho.) BLANCA — Por favor, vámonos. OFICIALUNO — Sí, vámonos, Marcial... EL TENIENTE — (Obsesionado.) O sea... que el soldadito Israel nos mira por encima del hombro. Pero, como el chico es prudente, (subraya) que es otra manera de llamar a la cobardía, se lo calla, se hace el sumiso, incluso se hace demasiado el sumiso, para demostrar que es tan superior que no le importa someterse a nosotros, y luego, cuando está a solas, pues toca la zambomba, que para eso es él muy artista. ISRAEL — Mi teniente...

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EL TENIENTE — (Interrumpe tajante.) ¡Tenías que nacer cuarenta veces más, soldadito, antes de poder dirigirte a mí sin mi permiso! ¡Cuarenta veces más tú y cuarenta soldaditos como tú! (Un silencio.) Y ya que me pides un consejo, voy a dártelo: más te vale cuidarte esas manos, porque como sigas tocando tanto la zambomba, no te van a servir para cuando quieras aprender a tocar el piano. (Sonríe solo y sin convencimiento.) BLANCA — (Enfurecida.) ¡Basta ya! (Un breve silencio de asombro.) La muchacha de otro siglo se acercó en ese momento a mí, me cogió las manos y las besó repetidamente con la suavidad del amor. Era prodigioso sentir, cuando más daño me hacía la humillación, aquellos labios cálidos lamiendo las heridas de mi dignidad. EL TENIENTE — ¡Pero qué haces! (A los demás.) ¿Qué hace? ¿Es que se ha vuelto loca? BLANCA — (Se vuelve y le mira serena.) Ya te dije que él no era un caballero. Y que mientras más daño le hicieras... (un último beso en las manos de Israel) más le amaría. (Sonríe agria. Se va.) EL TENIENTE — (Roja la cara enfrentada a Israel, la sangre le escupe gritos infernales.) ¿Tú? ¿Tú? (La oficialita se aparta asustada.) EL SARGENTO — (Que nadie sabe dónde estaba, entra girando arlequín de cuerda, los dos pies arrastrados, y también grita, eco del teniente, con su voz de contralto.) ¡Tú! ¡Tú, soldado! ¡Tú! OFICIALUNO — Vámonos, Marcial. EL TENIENTE — (Al oficialuno.) ¡A la mierda! (A Israel.) ¡Es la hija del comandante! ¿Me oyes? EL SARGENTO — ¡Tú! ¡Tú, soldado! ¡Tú! EL TENIENTE — ¡Quién te has creído que eres! EL SARGENTO — ¡Quién! ¡Quién!

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EL TENIENTE — ¡Se te va a caer el cuartel encima, soldado! ¡Vas a desear no haber nacido! ¿Me oyes? (Desencajado.) ¿Me oyes? ¡Contéstame: a sus órdenes, mi teniente! ¡A sus órdenes mi teniente! EL SARGENTO — ¡A sus órdenes, mi teniente! ISRAEL — ¡A sus órdenes, mi teniente! EL TENIENTE — (Perdido el control, golpea a Israel en el rostro con sus guantes.) ¡Maricón! (Ahora, un eco real, infinito, una o que se pierde en lo más alto de las montañas, y se deforma, se deforma...) EL SARGENTO — ¡Maricones de mierda! ¡Maricones! ¡Maricones! (Y se acaba el extraño eco.) ISRAEL — (Aparentemente tranquilo, después de un silencio.) Más tarde o más temprano, yo escaparé de sus garras. EL TENIENTE — (Ríe entre dientes, desencajado. También el sargento.) ¡Eso es! ¡Eso es! ISRAEL — Pero usted nunca conseguirá escapar de su propia frustración. EL TENIENTE — ¡Muy bien, soldadito Israel! (Grita histérico.) ¡Sargento! EL SARGENTO — ¡A sus órdenes, mi teniente! EL TENIENTE — ¡Arreste a este soldado un mes en calabozo... EL SARGENTO — ¡A sus órdenes, mi teniente! EL TENIENTE — Por el momento! EL SARGENTO — (Mimo triste.) A sus órdenes, mi teniente. (Se lo lleva.) EL TENIENTE — (Después de que se ha recreado en ver cómo se llevan a Israel, se vuelve hacia los demás oficiales y lo masculla.) ¡Maricón! OFICIALUNO — Anda, vámonos.

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EL TENIENTE — Ahora, sí. (Abraza a la oficialita, más que besarla, le insulta los labios con la boca, le amasa una nalga y sonríe triunfal y amargado.) ¡Adonde queráis! Mi Pequeño Muerto se dejó caer sobre la pared, más pálido que la cal por la que resbalaba, hasta llegar a sentarse en el suelo. Empezó a llorar. Oí un gregoriano cantado por niñas muertas. El pavo real se fue, y Blanca llegó y le acarició el pelo. Y luego también se fue.

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V La noche en el barracón era honda y ácida. Espesaba el calor confundido con vapor de sudores. La noche en el barracón era azul de luna odiosa. Todos querían huir de aquella cárcel. Algunos, en busca de la inconsciencia del sueño; otros, hacia una cama distinta de una noche distinta, anhelando el último paraíso vivido, perdiéndose entre las páginas de una novela barata, o en la embriaguez del hachís, o riendo, arrastrados por la locura de diluir en la humillación de los más débiles la hiel de la propia humillación. Oí un gregoriano cantado por niñas muertas. Y un novato era forzado a copular con una moneda, contra el suelo, entre las risas de los veteranos. Un novato giraba agachado en lo alto de las taquillas, con la cabeza cubierta por una bolsa de plástico negro, igual que una gallina ciega, mientras los veteranos le obligaban a saltar. Un novato, entre risas y amenazas de los veteranos, parodiaba la jura de la bandera besando en lugar del sacro trapo un calcetín hediondo y sudado. Un novato encerrado en una taquilla cantaba canciones infantiles para que los veteranos rieran, y ellos le echaban monedas, como a una vieja máquina de discos. Benjamín limpiaba sus gruesas gafas y se hundía entre las líneas del libro que había empezado ya mil veces. Así caminaba la noche, una noche más, cuando regresé, cargado con mi manta y mi amargura, después de un mes de soledad en el calabozo. BENJAMÍN — ¡Israel! (Suelta el libro y baja de su litera.) ISRAEL — Hola, Benjamín. BENJAMÍN — ¡Te han soltado! ISRAEL — (Mira a su alrededor.) ¿Tú crees? (Sonríe y le alborota el pelo. Luego hace el camastro.) BENJAMÍN — ¿Cómo estás?

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ISRAEL — Bien, bien. Es fantástico hablar con las paredes, ver anochecer a través de un agujero y joder con las cucarachas. (Sonríen los dos.) BENJAMÍN — Yo... te he echado mucho de menos. ISRAEL — Yo, también. BENJAMÍN — Creí que no te iban a soltar nunca. ISRAEL — Yo, también. BENJAMÍN — Sobre todo, antes de irme. ISRAEL — ¿Irte? BENJAMÍN — Tengo quince días. ISRAEL — ¡Ah, sí? ¿Y adónde piensas ir? BENJAMÍN — A casa, adónde quieres que vaya. ISRAEL — (Se desnuda.) Pues ten cuidado, hombre, no vayas a contagiarnos el entusiasmo a todos. BENJAMÍN — (Sonríe.) Sí... ISRAEL — (Se detiene. Le mira.) ¿Qué te pasa, Benjamín? BENJAMÍN — Nada, nada... ISRAEL — (Le acaricia el pelo.) Como quieras. (Un silencio.) Mañana hablamos, ¿te parece?; tengo mucho sueño atrasado. (Se mete en su cama medio hecha y le da la espalda al pequeño.) BENJAMÍN — (Sin saber qué hacer, contrariado.) Hasta mañana, Israel. (Y luego sube al catre y vuelve a bucear en su lectura. Unos segundos más tarde, se asoma al camastro de su amigo.) Israel. ISRAEL — (Sin moverse.) Qué. BENJAMÍN — Que descanses.

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ISRAEL — Tú también. Cerré con fuerza los ojos, y aunque se oían las carcajadas de los veteranos y la canción infantil, ya histérica, del recluta convertido en máquina de discos, yo no lograba escuchar nada más que el machacante silencio de mi calabozo, como un yunque absurdamente callado, como una fábrica de máquinas infernales y sin embargo incomprensiblemente muda. Los sonidos del barracón y aquel canto de niños se deformaban, parecían proceder del vientre oscuro y frío de una enorme catedral gótica. Esta maldita ansiedad mía comenzó a arañarme dentro del pecho. Temí perder la noción de la realidad, y me obsesionaba la urgente necesidad de escuchar el verdadero ruido del barracón, tan cerca y tan lejos. Quise tragar saliva varias veces, pero no pude. Creí galopar hasta el límite entre la vida y la muerte. Y cuando no pude más, me rompí. Me levanté de la cama con la serenidad más extraña del mundo. Fui hasta un muro cercano. Pegué las manos y clavé la mirada en la cal mil veces repintada. Golpeé la cabeza contra la pared. Pasó el tiempo. Lo hice de nuevo. Pasó el tiempo. Lo hice de nuevo. Pasó el tiempo. Y calló el gregoriano. BENJAMÍN — (Lo ha visto desde el primer momento, pero no ha reaccionado hasta ahora.) ¡Israel! (Baja alarmado.) ¡Israel, qué te pasa! (Le zarandea angustiado.) ¡Venga, Israel, venga! ISRAEL — (Le da un fuerte empujón y lo tira. Y sigue golpeándose contra la pared, y llorando.) Hijos de puta, hijos de puta... (BENJAMÍN se lanza con todas sus fuerzas contra él y lo derriba. Después de forcejear consigue inmovilizarlo a duras penas: sentándose sobre su estómago y sujetándole las muñecas contra el suelo.) Son unos hijos de puta, Benjamín. (Se rinde.) BENJAMÍN — Sí, sí. ISRAEL — Son unos hijos de puta. BENJAMÍN — Sí. (Le abraza, recostando la cabeza sobre el pecho del amigo. Israel llora desesperadamente. El pequeño contiene mal la emoción.) ¡Israel, no me hagas esto! No me hagas esto, cabrón. (Le acaricia.) ISRAEL — (Poco a poco se calma.) Tengo que salir de aquí.

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BENJAMÍN — (Le acuna.) Venga, hombre. ISRAEL — Si no salgo, me mato; te juro que si mañana no estoy fuera de aquí me vuelo la cabeza. (Se golpea la cabeza con el puño, con fuerza, con una extraña lucidez en medio del laberinto de su histeria.) ¡Me vuelo la cabeza! (Benjamín intenta pararle los golpes. A gritos.) ¡Hijos de puta! ¡Vais a recoger mis sesos con la lengua! (Llora.) BENJAMÍN — ¡Israel! (Le acaricia hasta conseguir que su ira se convierta en mansa derrota.) Estás cansado. Tienes que dormir mucho, mucho... ISRAEL — (Pacífico.) No quiero dormir; quiero irme. BENJAMÍN — De acuerdo, te irás; pero antes tienes que dormir. ISRAEL — Sí, tengo que descansar. Y mañana me voy, y tú te vienes conmigo. Mañana nos vamos a ver a tu padre, ¿eh? BENJAMÍN — (Le suelta las manos y se aparta.) Sí... ISRAEL — Tenemos que ir con tu padre antes de que se muera de viejo y de solo. (Benjamín se recuesta otra vez sobre su pecho. Murmurándolo.) Mañana... Mañana... La corneta ordenó silencio. El barracón era apenas un murmullo de vida apretada en el puño de sus cuatro paredes. Profundas respiraciones removían el quejido de los catres. Eurídice muerta resucitaba en las manos secretas de algunos soldados. Mientras, de lo más hondo de su ausencia, brotaba el canto del Orfeo, Possente spirto, que Monteverdi dibujó para una tarde infinita y ritual de domingo. Próximos, relinchaban los caballos en celo, enteros, sementales, nerviosos. BENJAMÍN — (Se incorpora.) Israel: yo no quiero irme. ISRAEL — ¿Qué? BENJAMÍN — No quiero ir con mi padre. No quiero usar el permiso. ISRAEL — (Se incorpora.) ¿Te has vuelto loco? ¿Por qué?

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BENJAMÍN — No tengo nada que hacer allí; no sé qué hacer. Mi padre es un anciano solitario que no necesita a nadie; se pasa las horas esperando pacientemente a morirse. Se queda mirando a la ventana y me dice: «El día menos pensado me voy en busca de tu madre». Y yo no sé consolarle, ni distraerle. No le sirvo. No tengo nada que hacer allí. ISRAEL — ¿Y aquí, qué? ¿Qué haces aquí? BENJAMÍN — Lo que me mandan; hasta al último cabo se le ocurren mil órdenes para mí. No tengo que preocuparme de nada más; ya está. ISRAEL — Pero ¿y perder de vista a estos cabrones, hacer lo que quieres? ¡La libertad! BENJAMÍN — Me ahoga la libertad. ISRAEL — (Piensa. Sonríe y mueve la cabeza.) No puede ser, no puede ser. BENJAMÍN — Escúchame: acabas de decir que vas a pegarte un tiro si no consigues salir de aquí mañana mismo; quiero que sepas que yo me lo pegaré si me obligan a salir. ISRAEL — No puede ser. ¿Ves cómo no puede ser? BENJAMÍN — No quiero que esto acabe. No quiero salir de aquí ni quiero que tú te vayas. Yo te ayudaré, Israel. Aquí soy útil. Fuera, no. ISRAEL — Pero, Benjamín... BENJAMÍN — (Se enfurece, aunque contiene sus gritos.) ¿Qué más necesitas que te diga? No quiero salir. Quiero estar aquí. (Le mira cariñoso.) Nos quedan dos meses y a mí nada ni nadie me espera fuera. Buscó a su alrededor con la mirada ansiosa. Luego me señaló a aquellos soldados que dibujaban sobre la pared sombras de sexo de papel. Los caballos seguían relinchando nerviosos. BENJAMÍN — Mira. Nunca has visto tanta soledad junta. ¿Sabes por qué? Porque nunca has visto los ojos de mi padre después de que mi madre murió.

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ISRAEL — Tienes que ir. BENJAMÍN — (Tímido.) Quiero quedarme contigo. Tú me necesitas; y yo a ti, también. ISRAEL — Benjamín. Algún día saldremos de aquí, y al despedirnos, lloraremos. Nos escribiremos todas las semanas. Luego, todos los meses. Y cuando pase el tiempo, en la barra de un bar, gordo y cansado, me acordaré de ti sólo un momento. Sonreiré, me preguntaré qué habrá sido de ti, y echaré el brazo por el hombro de mi mujer, gorda y cansada; y me iré a casa, donde siempre olerá a tarde de domingo y donde no habrá otro padre viejo y solitario más que yo. (Silencio.) Tienes que ir con tu padre, Benjamín. BENJAMÍN — (Después de un silencio, temeroso.) Me dices eso porque la hija del comandante te quiere. ¿Tú a ella también? ISRAEL — (Sonríe.) No. Mi Pequeño Muerto se quedó en silencio, con la cabeza baja. Luego me miró intensamente, recorriendo mis facciones con su pensamiento, preguntándome. Con una infinita delicadeza le abracé, y él se abrazó a mí con una infinita necesidad. El nervio oscureció el azul de la luna odiosa. Orfeo evocaba en su canto la belleza del paraíso. Dormimos.

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VI Aquella noche soñé que desde la penumbra, desde la belleza del Possente spirto, la puerta enorme del barracón se abría igual que el útero de una madre, y que una luz azul de luna limpia bañaba generosa la entraña fétida del dormitorio. Entonces hubo un silencio vivo. Descalza, preciosamente desvestida con un camisón tenue, con el cabello suelto y la piel cérea al brillo de la noche, Blanca avanzaba temerosa y extraña por el barracón. Llevaba entre la caricia de sus brazos un perro pequeño, noble, reciente y blanco como un ovillo de lana cálida. La vi mirar a los soldados y preguntarse por qué estaba ella allí, en medio de una madrugada tan sucia, tan densa; y la vi buscar con la mirada, entre los rincones más altos del establo, una razón que justificara aquella miseria humana. Soñé que algunos soldados se incorporaban avisados por un olor deseable. Eran todos ciegos, ciegos de ojos blancos. Eran mendigos de la misericordia a los que se niega incluso la nobleza de vagar limpiamente desnudos. Al amparo hipócrita de un calzoncillo sucio y descolgado, empezaron a caminar olfateando el aire, buscándola con brazos ansiosos y torpes. Eran cuatro o cinco. Y todos recorrían, guiados por la nariz y el sexo, los mismos pasos que ella desandaba miedosa. Aún oía relinchos y sentía arreciar el calor de los sementales también en la otra cuadra; las pezuñas golpeaban el empedrado. Soñé que sonaba otra vez aquel gregoriano de niñas muertas. La rodearon. Ella gemía. La acosaban. Ella corrió hacia la puerta sin desprenderse de su cachorro. Ellos corrieron también y volvieron a cercarla contra la pared. Lloraba. Babeaban. Confundí gemidos con gemidos en mi ansiosa alucinación.

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Rogó, llorando dulcemente, que la dejaran, y consintió sus caricias esperando que les bastara con eso. Cuando vio que el instinto les nublaba cada vez más la piedad, corrió hacia la salida, pero la puerta enorme se cerró cruel sólo un segundo antes de que ella pudiera alcanzarla. Los soldados fueron tras la muchacha sin prisas, gozando su pánico como un estímulo añadido. Cuando volvieron a rodearla, miró los ojos vacíos y las estúpidas sonrisas que la acosaban. Justo entonces comprendió que no podía hacer nada, nada más que esperar a despertar de aquella pesadilla. Soñé que el comandante estaba clavado en el suelo. Era un dominguillo vestido de pijama, con gorra de plato y los brazos en aspa. Luchaba por salir corriendo a proteger a su hija y por mantenerse erguido y digno. EL COMANDANTE — (La voz del sargento contralto. Grita como loco intentando disuadir a los soldados ciegos.) ¡Atención, compañía! ¡El comandante! ¡Vamos, cuartelero! ¿Es que no me ves? ¡Te voy a fusilar! ¡Os voy a fusilar a todos, malditos hijos de puta! ¡Asquerosa morralla! (Llora y se hunde.) Asquerosa morralla. (Se lamenta como un bebé trágico.) ¡Blancaaaaaaa! ¡Hijita míaaaaaaa! ¡Mi niiiiiiñaaaa! (Y vuelve a su tono aterrador.) ¡Dejadla, cabrones! ¡Todavía no sabe nada! (Ahora, otra vez infantil.) ¡Es una niña inocente! ¡Es sólo una niñitaaaaaaa! (Llora escandaloso.) Oí un grito de desgarro, largo, hondo, ronco, como si la garganta de Blanca hubiera perdido en ese momento y para siempre su timbre de niña. El comandante miró hacia la puerta con los ojos muy abiertos y puso su propio grito por encima del de la hija. Luego sus brazos en aspa giraron sin sentido, alzó una mirada mártir al cielo y cayó desmadejado. Y oyó la voz de su esposa.

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VII LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Voz adormilada.) Zacarías... (La respiración agitada de él.) Zacarías. (Enciende la luz de la lámpara de la mesilla.) EL COMANDANTE — (Asustado, se incorpora.) ¿Qué? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Acostumbrada.) Estabas soñando. EL COMANDANTE — (Carraspea. Suda. Entra un perro enorme y bondadoso en la alcoba del matrimonio; se acerca a su amo y busca la caricia.) Qué noche. No corre ni una gota de aire. (Acaricia al perro, que después se tiende junto a la cama.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Está todo abierto. (Se levanta y se asoma a la ventana situada al fondo. El comandante enciende un cigarrillo.) ¿Qué soñabas? EL COMANDANTE — (Abstraído y evasivo.) ¿Eh? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Otra vez el cuento de la niña y los soldados, ¿no? (Asiente él después de una honda aspiración de tabaco, mientras acaricia al perro con la mano caída.) Tienes que hablar con un médico, Zacarías; de esta semana no pasa. Estás obsesionado. (Entra en el baño contiguo.) EL COMANDANTE — ¿Y por qué no iba a estar obsesionado? Es mi hija. Me preocupa que caiga en manos de cualquier maniático. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Desde dentro.) Pero es que tú estás obsesionado con las cosas del sexo, Zacarías, y esas manías son las peores: no te dejan ocuparte en asuntos más importantes. EL COMANDANTE — (Triste.) ¿Por qué dices que estoy obsesionado con el sexo, Carmen? Yo no te molesto ni te falto al respeto. Es verdad que te solicito, como cualquier esposo amante, pero no insisto cuando me rechazas, cosa que, por cierto, haces casi siempre. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Esta semana he leído en una revis... eh... he leído en un libro sobre trastornos de la cabeza que las personas así necesitan

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desahogarse mucho. Y tú llevas unos años que necesitas desahogarte mucho, Zacarías. EL COMANDANTE — ¿Por qué dices que estoy obsesionado con el sexo, Carmen? Yo no te molesto ni te falto al respeto. Es verdad que te solicito, como cualquier esposo amante, pero no insisto cuando me rechazas, cosa que, por cierto, haces casi siempre. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Sale y se dirige al ropero. Comienza a vestirse.) Esta semana me has abordado ya cuatro veces, Zacarías. EL COMANDANTE — ¿Por qué dices que estoy obsesionado con el sexo, Carmen? Yo no te molesto ni te falto al resp... (Reacciona.) ¡Cuatro veces en una semana entra dentro de lo normal! Lo dicen todas las estadísticas, las casuísticas y las logísticas. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Cuatro veces, en lo que va de semana, Zacarías. Y hoy es lunes. EL COMANDANTE — Me duelen tus cuentas, Carmen; la escrupulosa exactitud de tus números me recuerda a los avaros. Tú eres en esto un poco avara, Carmen: concedes escasamente y luego lo cobras a precio de oro. (Satisfecho con su hallazgo.) Usurera del amor se llama a lo que tú eres. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¿Qué quieres decir? EL COMANDANTE — (Se acerca a su esposa, a medio vestir.) Me acusas de amarte, y eso me hiere la entraña. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — No te acuso de amarme, Zacarías. Lo único que pretendo es que te comportes normalmente. EL COMANDANTE — ¿Normalmente? No soy una persona normal; soy un hombre frustrado, sin aspiraciones, un don nadie, como tú dices; un acabado al que nada le importa su carrera militar y que sólo busca un poco de comprensión en la mujer a la que ama. (Melodramático.) ¡Eso soy yo!; y tú aún me exiges que me comporte como una persona normal. ¡Oh! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Zacarías..., no empieces con la pena, que te conozco.

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EL COMANDANTE — (Se acerca más, con evidente intención solapada.) Yo no usaría jamás la autocompasión para conseguir tus favores. Esa es una bajeza a la que todavía no he cedido, (acosa, acaricia) aunque quién sabe; quién sabe si algún día, Carmen, por conseguir tu amor, Carmen, yo hiciera tal o cual locura. Carmen... LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Apartándose.) Zacarías... EL COMANDANTE — ¡Que eres mi esposa, Carmen! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — De hoy no pasa que hables con un médico. Y si tú no se lo cuentas, se lo contaré yo. EL COMANDANTE — ¿El qué? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Todo, Zaca; y sobre todo, lo de tentarme en la iglesia, en mitad de la misa de la Patrona. (Se santigua.) ¡Vamos, Zacarías! Si eso no es estar obsesionado... EL COMANDANTE — Pero... ¿quieres decir tentarte de tentación o tentarte de... (gestos de tocamiento) tentarte? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Quiero decir que me sentí soez y lujuriosamente manoseada en el lugar menos indicado. EL COMANDANTE — (Con toda naturalidad, se encoge de hombros.) ¿Una nalga? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Me refiero a la casa de dios! EL COMANDANTE — ¡Ah, ya! Pues ¿sabes una cosa, querida? Que fue la casa de dios, precisamente la que me incitó y por la que me excité. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Se persigna escandalizada.) ¡Dios mío! EL COMANDANTE — Sí, Carmen, la casa de dios. Aquel altar, el templo en el que nos casamos, la tarde, la ceremonia, el banquete y al fin... ¡la noche de bodas! El pensamiento va muy deprisa, Carmen, muy deprisa. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¿Ves cómo estás enfermo?

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EL COMANDANTE — (Intentando otra estrategia.) Carmen, Carmencita... Quererte es mi enfermedad, quererte y que tú no me quieras. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Con desprecio.) No seas ridículo. Yo sí te quiero. Pero hay cosas más importantes que ésas que tú tienes metidas en la cabeza. Tu carrera, por ejemplo. Me paso la vida haciendo el idiota con tus superiores, intentando ser amable, y mira, mira... Debo soportar que el coronel me llene la mano de babas, y tú no estás a lo que debieras, porque estás pensando en meterte conmigo en la cama. Otros comandantes son más astutos: son amables con quienes les conviene, buscan las oportunidades, se preocupan de su carrera... Y, ¿sabes que te digo?, estoy segura de que eso predispone en su favor a sus mujeres, tú ya me entiendes. EL COMANDANTE — (Hace algunos ejercicios de gimnasia.) Está bien. ¿Vendrás conmigo al médico? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Esta misma semana. EL COMANDANTE — Le hablaremos de mi obsesión. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Cambio de guardia. Se acerca...) Celebro que te avengas a razones. (Y le besa... en la frente.) ¿Ves cómo sí te quiero, tonto? (Se aparta satisfecha.) EL COMANDANTE — Y también le hablaremos de tu frigidez. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¿Qué? EL COMANDANTE — Sí, Carmen; tal vez yo sea un obseso, tal vez; pero tú, querida, eres frígida, y eso no es un «tal vez...», ni un «es posible...». ¡Ah! (Va al baño.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Arruga la cara y grita.) ¿Yo? ¿Frígida yo? (El perro se levanta y sale con las orejas agachadas.) EL COMANDANTE — (Desde dentro.) Pregúntale al calendario. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Yo, que sólo vivo para ti, yo que me sacrifico día y noche, que no duermo pensando en ti y en la niña... Y ahora resulta que soy frígida yo.

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EL COMANDANTE — Puede que seas una frígida preocupada por su familia; no son cosas incompatibles. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Iluminada de pronto.) ¡Eso es! Tú me odias porque te di una niña, porque no pude darte un varón. EL COMANDANTE — (Con el fondo de la ducha.) ¡No empecemos otra vez con esa tontería, Carmen! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Sí, es eso, es eso. Y qué culpa tengo yo, cruel. Rezaba; me pasé el embarazo entero haciendo novenas para que fuera varón, pero dios no quiso concederme esa gracia. Y luego tampoco quiso que volviera a quedarme embarazada. EL COMANDANTE — Ni aunque hubiera querido. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡No blasfemes, descreído! Y por si fuera poco, la niña se rebela contra mí, ¡contra mí!, que soy su madre, la única que de verdad la quiere. (Llora.) ¡Oh, qué desgraciada me siento! (Llaman a la puerta. Deja de llorar y grita un poco más, si cabe.) ¡Adelante! (Entran algunos soldados con aspecto de servidores, y cambian los muebles de la alcoba por otros de salón. Se prepara una lujosa mesa. El matrimonio, claro, ignora la presencia del servicio.) Es la criatura más hermosa de toda la colonia, la más elegante, la más educada; (se suena escandalosa) arrastra los corazones de todos los oficiales casaderos; pero, mi hija, la hija de su padre, va y se enamora del último soldado. Pues bien: ¡maldita sea! EL COMANDANTE — (Sale secándose.) ¡Carmen! (Empieza a vestirse.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Maldita y mil veces maldita! Si hubiera sido fea, enana o tonta, tendría que conformarse con el último recluta. BLANCA — (Entra con el mismo camisón y la misma belleza con que la soñó su padre en la reciente pesadilla. Los soldados del servicio intentan, inútilmente, no distraerse mirándola.) Buenos días, papá. (Le besa.) EL COMANDANTE — Buenos días, hija. BLANCA — Buenos días, mamá.

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LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Destruida, amarga.) Buenos días, hija. (Y se queda mirándola.) Si al menos hubiera sido fea o enana... ¡Pero, mírala, mírala! ¡Eres la muchacha más hermosa de toda la colonia! Y te enamoras de un soldado que dice ser músico. ¡Un bohemio! BLANCA — (Como si lo hubiera repetido mil veces.) Un artista. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Con asco.) ¡Un imbécil! EL COMANDANTE — ¡Carmen! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Un imbécil, sí, y tú, otro, por consentirlo! Pero os juro, por el mismo dios que no quiso atenderme cuando le rogué un varón, os juro a los dos que haré todo lo que pueda, ¡todo!, por que ese ridículo amor no llegue a buen puerto. Y esta vez dios me ayudará. (A Blanca, que ha cogido ropa cómoda.) Suelta esa ropa, niña, y coge el vestido más elegante que tengas, y tú, Zacarías, ponte de gala. El teniente Marcial almuerza hoy con nosotros. BLANCA — (Se traga su hiel ante la noticia, devuelve la ropa al armario y saca ahora un precioso vestido.) ¿Te parece bien este, mamá? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Cansada y amarga soñadora, arrastra las palabras.) Sí, claro. Es maravilloso. Maravilloso. (Todos se visten. Blanca se quita el camisón; uno de los reclutas la mira y queda convertido en estatua de sal, y, rígido como un palo, es retirado por su compañeros, que lo hacen, procurando no mirar, como si se tratara de algo frecuente en aquella casa. Otro soldado entra y abre la puerta al paso del teniente Marcial.)

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VIII El servicio había dispuesto una mesa barroca, cargada de exquisitos manjares y adornos. Bajo la atenta mirada muerta de una cuerna de gamo macho (enmarañada, simétrica y poderosa), que colgaba de la pared principal, el altar navegaba quieto con sus cuatro velas largas, muy largas y de fúnebre memoria, mástiles incandescentes de un cristal (lujo y bisel) rebosante de comida en recipientes plateados; flores de tallo enorme, porcelana dibujada con trazos finos de turquesa, botellas de rocío, faisán con airón, especias de todos los orientes, piñas con peluca, trucha, salmón, almíbar, codorniz, naranjas de la China, ajiaceite y mantequilla; cambures y espumosos; pisto (y flores de eucalipto); mariscos del mar Muerto, piojos de mar (también Muerto) con salsa de Jerez, dulce de chilacayote, hocico de elefante con maní, borra y boruga; lengua, lenguado y (de postre) helado de soldado. EL TENIENTE — (Guapo y exquisito, cabello húmedo, brillante y peinado hacia atrás.) Buenos días. (Por la ese final y lo místico de su mirada, se diría que le patina la lengua sobre miel.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Se le aproxima con la diestra tendida y la siniestra sujetándose el vestido sobre el pecho, pues anda medio desnuda; y al enfrentarse al teniente, me da la espalda a mí, así que veo fajas, carnes arrugadas, grasas, alguna verruga y las nalgas que el comandante tentaba en la misa de la patrona. Su acento es extático, francés, como todos los acentos de la gente exquisita en exquisitas ocasiones.) ¡Marcial! ¿Cómo estás, hijo? EL TENIENTE — Señora... (Se dobla, le besa la mano, un cuco sale de su nido de madera y canta la una. Se incorpora el teniente, se dobla otra vez y otra vez le besa la mano y el cuco da la segunda, que es la última.) EL COMANDANTE — (Consulta su reloj.) Las dos, sí señor. EL TENIENTE — A sus órdenes, mi comandante. EL COMANDANTE — (Entre paternal y resignado.) Muchacho... EL TENIENTE — (Sus ojos son el brillo radiante de la nácar, por así estúpidamente decir, cuando se dirige a la amada; pero más aún le brilla el ansia de

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adivinar hasta dónde su rencor por el castigo a Israel.) Buenos días, Blanca; ¿cómo estás? BLANCA — (Que se entuba el vestido como si tal.) Hola, Marcial. (Y un silencio sepulcral.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Por aliviar la emoción del chico, que tanto a ella misma le emociona.) ¡Una copita de Oporto! ¿Te apetece? EL TENIENTE — ¿Cómo negarme, señora?, no tanto por el vino, que apetece, sino por tratarse de quien me lo ofrece. (Que es un soldado del servicio, por cierto, con una bandejita en la palma. El oficial coge la copa, acaricia con la mirada el cuerpo de Blanca, olfatea y moja los labios. Cualquiera adivinaría que imagina estar bebiendo otra clase de zumo.) Exquisito, delicioso. (Blanca se abotona. A la esposa.) Gracias, señora. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Matriarca.) Pero siéntate, siéntate. Toma asiento y toma algo. (Le indica su sitio. El se sitúa sin sentarse.) Sentémonos todos, felices, (coge a Blanca por un brazo y la sienta a la derecha del teniente) alrededor de esta mesa humilde... (ella ocupa su propio sitio, al otro lado del oficial) que... (mirada inquisidora, índice inquisidor) tú, Zacarías, vas a bendecir ahora mismo. (Y señala el lugar que le corresponde: frente al enamorado.) EL COMANDANTE — Sí, querida. ¡Cómo no! (Eleva las palmas hacia arriba. Todos en pie, rituales, ceremoniosos.) Bendice, señor, los alimentos que vamos a recibir de tus manos. No permitas que nunca nos falte un trozo de pan con el que saciar el hambre. Y haz que nuestros deseos y necesidades se vean satisfechos también... (mira, con la cabeza baja, a su esposa, y su esposa, con la cabeza baja, le ve y le reprende; el teniente mira, con la cabeza baja, a Blanca, y Blanca, con la cabeza baja, le ve y piensa en Israel) ...según tu voluntad. (Le ha quitado el «tu» a dios y se lo ha lanzado a la boca a su mujer. Ella le ha sacado la punta de la lengua.) EL TENIENTE — (Toda la segunda intención.) Amén. (Pero antes de que haya podido sentenciarlo, con una celeridad que les hace invisibles, Blanca y su padre se han intercambiado los sitios, y se sientan y sonríen: Blanca, a su contrariada madre, y el comandante, al perplejo oficial.)

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EL COMANDANTE — (Con la botella en la mano.) ¿Vino, Blanca? BLANCA — (Con la sonrisa en los labios.) Tinto, papá; por favor. EL COMANDANTE — (Le sirve.) ¿Querida? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Gracias, querido; beberé champán. (Coqueta, al teniente.) Me gusta el champán; es tan excitante... (Suspira.) Lo malo es que luego me produce un terrible dolor de cabeza que me tiene postrada en cama durante días, (agria, a su esposo) durante semanas, diría yo, (cruel subrayado) sin poder hacer absolutamente nada. EL TENIENTE — ¡Cuánto lo siento, señora! (El comandante sirve al teniente y luego se sirve él.) Gracias, señor. Pronto comenzó el tintineo de cubiertos y el desplegar de servilletas. Los soldados se acercaron para servir. Pero cuando los comensales intentaban hablar entre ellos, se lo impedía la exuberancia de adornos y manjares de la mesa: una flor se interpone entre las miradas, un faisán, una vela, una verdasca... y cada uno tiene la triste sensación de que nadie le escucha, de estar hablando solo, mientras el otro se debate por acertar con los ojos buscados entre el ramaje, el follaje y la floresta. Y por si tanto ornamento no fuera bastante, en poco tiempo andarían todos borrachos; el comandante, borracho de vino; el teniente, borracho de soberbia; la esposa del comandante, borracha de estrategias, y Blanca, borracha del deseo de venganza. Por ahora, cómplices desvergonzados al cobijo de la preñada mesa, Blanca y su padre remedaban gestos y entonaciones de los otros dos comensales. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¿Es cierto, Marcial, que pronto ascenderás a capitán? EL TENIENTE — Cierto, señora, si las cosas no se tuercen. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¿Y por qué habrían de torcerse? (Tono intencionado.) Cuando uno anda atento al timón, el rumbo no varía. Tú eres buen timonel; serás mejor capitán.

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EL TENIENTE — Gracias, señora; espero no defraudarle. No le oculto que me siento orgulloso de poder ascender un peldaño más en esta gloriosa carrera, porque, desde puestos de mayor responsabilidad y con el gobierno y consejo de tan excelentes mandos como mi comandante (gesto al que responde el comandante, casi sorprendido en su infantil actividad, con sonrisa claramente falsa), podré mejor servir a dios y a mi querida patria. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¿Oyes, Zacarías? (Presta oído, ya que no puede verle, por si hubiera respuesta, que no.) ¿Zacarías? EL COMANDANTE — ¿Sí, querida? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¿Me escuchas? EL COMANDANTE — Claro que sí, querida; ¡cómo no! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Al teniente, orgullosa, cogiéndole la mano.) ¡Así habla un verdadero soldado, hijo! ¡Y un cristiano de fe! EL TENIENTE — Gracias, señora. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Y con tales perspectivas de mejora personal, y... (guiño) económica, que todo hay que decirlo, no irá a ocultarnos nuestro querido teniente que haya pensado ya en fundar una familia. EL TENIENTE — Naturalmente que sí, señora. (Con todo descaro intenta divisar a Blanca entre los adornos de la mesa.) Ahora, por fin, creo estar en inmejorables condiciones de ofrecer una vida digna, económicamente estable y confortable a la mujer que amo, si ella quisiera corresponder a mi amor. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Blanca, querida; ¿has oído al futuro capitán Marcial? ¿Quién de tus amigas, querida, será la elegida? ¿Eh? (Espera.) Blanca, ¿me escuchas? BLANCA — (Desde su trinchera de adornos.) Cualquiera. (Silencio.) EL TENIENTE — ¿Cómo? BLANCA — (Desgranando las sílabas.) Cualquiera (Se levanta.) Deseo retirarme. (Se levanta caballero el teniente.)

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LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Cariño, ¿qué dices? ¿Estás enferma? BLANCA — Todavía no, pero si sigo aquí un minuto más, enfermaré, seguro. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Blanca, siéntate, ¡qué modales son esos! EL TENIENTE — Si me disculpan, seré yo quien se retire. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Siéntate, Marcial, por favor. (Se resiste, ya que Blanca permanece en pie.) BLANCA — Papá. EL COMANDANTE — (Borracho, serio pero amable.) ¿No oyes a tu madre, Blanca? Es mejor que te sientes. BLANCA — Papá. EL COMANDANTE — Siéntate, Blanca; tu madre lo quiere, y has de hacer lo que tu madre quiere, porque ella es una mujer dedicada, (cruel) en cuerpo y alma, a su familia, y todo lo que hace lo hace pensando en nosotros. (Eleva la voz.) Así que siéntate, Blanca. (lo hace Blanca y lo hace el teniente.) Y si tu madre dice que te cases con el teniente Marcial, te casas y punto; tu madre lo quiere así, porque es la felicidad de tu madre, y la felicidad de tu madre es mi propia felicidad. BLANCA — ¡Ni muerta! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Blanca! BLANCA — ¡Ni muerta! Compartiré mi vida con quien yo quiera el tiempo que quiera durar, y para algo tan simple no necesito ni estabilidad económica, ni prestigio social ni lujo. EL TENIENTE — (Sonríe despectivo.) ¡Criatura! (Silencio. La madre lloriquea. Luego, una carcajada cada vez más extensa del comandante.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Cállate, Zacarías! EL TENIENTE — (Se levanta indignado.) Les ruego me disculpen.

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EL COMANDANTE — (Serio.) Siéntate, muchacho. EL TENIENTE — Señor... EL COMANDANTE — ¡Siéntate! EL TENIENTE — (Intencionadamente.) A sus órdenes, mi comandante. EL COMANDANTE — No seas infantil, hijo; ahora soy sólo el padre de Blanca, la muchacha que te interesa... (cruel) y que dice odiarte. Aunque no sería el primer matrimonio que empieza así; el fermento más agrio hace los mejores quesos. EL TENIENTE — Señor: si me lo permite, preferiría discutir mis asuntos personales con las personas a quienes directamente afecte, y desde luego, en mejores circunstancias. EL COMANDANTE — Bien; dejemos los temas personales entonces, y hablemos entre oficiales. ¿Qué ocurrió para que castigaras a aquel soldado con un mes de calabozo? EL TENIENTE — Me insultó, señor. BLANCA — ¡Tú le insultaste a él! EL SARGENTO — (Su voz de contralto.) ¡Tú, teniente, tú! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Blanca, por favor! EL COMANDANTE — Blanca... BLANCA — ¡Le insultó, sí! EL SARGENTO — ¡Tú, teniente, tú! BLANCA — Levantó el vuelo, se posó en el tejado del pabellón de oficiales y desde allí arriba se dedicó a humillarle mientras una gallinita le aplaudía tanto valor. ¡Buitre de vivos! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Dios mío, qué escándalo, qué vergüenza!

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EL TENIENTE — Señor, le ruego encarecidamente que me permita abandonar la mesa; estoy siendo insultado. BLANCA — Me moriré y seguiré besándole las manos después de muerta. EL TENIENTE — ¡Lo veremos! BLANCA — Tú, no, tenientito; tú no lo verás. EL COMANDANTE — (Contundente.) ¡Silencio! (Silencio, en efecto, y largo.) Demos por terminada esta estúpida discusión y este almuerzo estúpido en el que tu madre se empeñó. (La madre llora. Silencio. Se tambalea ligeramente al levantarse. Blanca y el teniente van a irse.) Pero antes quiero brindar. (Se detienen y se sientan los dos de mala gana.) Una comida feliz ha de ser coronada con el ferviente deseo de renovar esa felicidad. (Sonriente, se sirve una copa hasta rebosarla, la bebe de un solo trago y se sirve de nuevo, pero esta vez sigue echando vino intencionadamente a pesar de que la copa está llena, así que lo derrama en el mantel y sobre el lujoso vestido de su esposa, a la altura del regazo y las ingles.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Que se incorpora con brusquedad mientras su marido ríe amargo ante su propia estupidez.) ¡Marcial, me estás empapando! EL COMANDANTE — (Un silencio lleno de su mirada, entre lujuriosa y complacida, a las indiscretas manchas malvas del vestido de su esposa, irritada por el rubor de sus propias mejillas. Luego:) He dicho que quiero brindar. (Los jóvenes se levantan. El sonríe amable.) Por ti, Blanca, querida, por que seas feliz; si es necesario, incluso a pesar de todos nosotros. Y por ti, querida esposa, por tu dedicación, tu amor y tu entrega a tu familia; sobre todo, a una parte de tu familia: a ti misma. Y por ti, joven y caprichoso teniente, para que consigas algún día el grado que yo no nunca conseguiré, y por que encuentres a una hermosa mujer que conspire contigo por tu ambición sin límites, aunque ni te ame ni te respete. (Amargo.) Y por mí, por mi pasado, mi presente y mi futuro; las tres cosas más inútiles que conozco. (Sólo bebe él. Silencio.) ¡A la mierda! (Deja caer la copa al suelo.) Blanca, llévame a la cama; estoy borracho. BLANCA — Sí, papá. (Le abraza por la cintura.)

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EL COMANDANTE — Y tú, Carmen, atiende a nuestro invitado como se merece; (sarcástico) es un futuro capitán. (Se van.) EL TENIENTE — Señor... LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Con el pañuelo en la boca, quisiera que se la tragara la tierra.) Yo... Yo... Perdón. (Rompe a llorar otra vez y va tras el resto de la familia.) EL TENIENTE — Por favor, señora... (Se deja caer en la silla.) ...No se preocupe por mí.

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IX UN SOLDADO — (Se cuadra.) Con su permiso, mi teniente. El oficial contestó con un escaso movimiento de cabeza, sin levantar la mirada, y encendió un cigarrillo. Diligentes, los soldados volvieron a cambiar los muebles del salón; dejaron apenas una mesa a la derecha, una silla (además de aquélla que entonces ocupaba el teniente) y un sillón de despacho: el sillón y la mesa de su despacho, que yo no conocí hasta aquella misma tarde. Al terminar, los soldados se fueron y él permaneció solo, en silencio, fumándose los pensamientos, hasta que su ayudante abrió la puerta. EL AYUDANTE — (Se cuadra.) Con su permiso, mi teniente. EL TENIENTE — ¿Sí? EL AYUDANTE — Señor, hay aquí un soldado que... EL TENIENTE — Ya. Dile que estoy ocupado, y dentro un minuto le haces pasar. EL AYUDANTE — A sus órdenes. (Cierra la puerta.) Se levantó. Era, de pronto, un viejo casi encorvado, de trabajoso andar y de voz cansada y aburrida. Tosió enfermizamente, apagó el cigarro, recompuso como pudo su maltrecha dignidad y se sentó en su sillón, a la mesa, simulando estar atareado. Así esperó nervioso y trémulo a que transcurriera el minuto previsto. El ayudante me abrió la puerta, entré y volvió a cerrarla. Un sol de oro se filtraba entre las tablillas de la celosía que tapaba la ventana situada al fondo. El humo espesaba en barras blanquecinas. No me presenté; ni siquiera saludé, como tendría que haber hecho. Me quedé clavado en el suelo, mirando al frente, más militar que nunca. Y sentí que él permanecía durante unos segundos con la atención en los papeles de su mesa, como si no se hubiera enterado de que yo estaba allí. A pesar de mi nerviosismo, no dije nada. Sólo se oía su ahogada respiración.

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EL TENIENTE — (Algún tiempo después, con voz anciana.) Acércate. (Israel avanza hasta situarse frente a la mesa. Nuevo silencio.) Siéntate, por favor. ISRAEL — Prefiero permanecer de pie, señor, si no le importa. EL TENIENTE — (Se levanta pesadamente.) Yo, sin embargo, preferiría que ésta no fuera una conversación formal entre un soldado y su teniente. (Se sienta en el borde anterior de su mesa, enfrente y muy cerca de Israel, y espera una respuesta que no se produce. El soldado sigue firme, sin permitirse la licencia de pestañear.) Creo que sería más fácil si pudiéramos... hablar evitando las formalidades. (Una nueva e infructuosa espera. Le tiende el paquete de cigarrillos.) ¿Te apetece fumar? ISRAEL — No, señor; gracias. EL TENIENTE — (Enciende él mismo otro cigarrillo.) Siéntate, al menos. (Silencio. Ahora es una orden.) Siéntate. ISRAEL — A sus órdenes. (Lo hace.) EL TENIENTE — (Resopla. Se levanta y pasea por el despacho.) Me gustaría que habláramos abiertamente, con franqueza, como... bueno, si no como amigos, que supongo que sería pedir imposibles, sí como dos hombres que, por casualidades, han coincidido en un momento y en un lugar, y que... tienen intereses comunes, y por tanto negociables, ¿entiendes? ISRAEL — Me temo que no, mi teniente. EL TENIENTE — Creo que sería mucho más inteligente y más provechoso, (enfatiza) para los dos, que intentáramos llegar a un acuerdo razonable. Yo no deseo que pases en el calabozo el resto del tiempo que tienes que estar aquí, sino todo lo contrario. (Silencio.) Quiero ser generoso contigo: te ofrezco permanecer durante todo ese tiempo al margen de lo militar, viviendo tu propia vida, haciendo lo que desees. (Por primera vez, la mirada de Israel se aparta del vacío y se dirige abierta y extrañada hacia la del teniente.) Nadie te preguntará, nadie te ordenará. No volverás a ver a un militar salvo lo imprescindible. ISRAEL — ¿Y a cambio?

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EL TENIENTE — (Coge aire.) A cambio, tú hablarás con la hija del comandante, y le dirás que estás enamorado de... otra persona, y que le conviene olvidarse de ti. (Un silencio.) Tienes que conseguir que... incluso que te desprecie. Como sea, como sea. Si fuera necesario, llegarás a decirle que las mujeres no están entre tus... preferencias sexuales. ISRAEL — (Un silencio más largo.) De acuerdo. EL TENIENTE — Y algo más. Le dirás que todos los castigos que yo te he impuesto eran merecidos por tu desobediencia y por tu rebeldía. (Un ataque de tos.) ¿Qué dices? ISRAEL — Que no. EL TENIENTE — (Silencio, sin alterarse.) ¿Por qué? ISRAEL — Creo que el precio que tengo que pagar por esa mala copia de la libertad que usted me ofrece es demasiado caro: renunciar a la mujer a la que amo profundamente. EL TENIENTE — ¿Que tú amas...? ISRAEL — No, pero sólo lo sabemos usted y yo. Y ella está deseando oírme decir que sí; no me costaría trabajo convencerla. EL TENIENTE — ¿Qué es lo que quieres? ISRAEL — (Respira hondo.) Jugar. EL TENIENTE — ¿Qué? ISRAEL — Quiero jugármela y que se la lleve el que gane. Si usted es el afortunado, yo haré todo lo que me ha pedido. Haré más: le diré que he utilizado sus sentimientos por cobardía, para huir de la disciplina militar, que todo mi mundo es un espejismo deslumbrante pero vacío, lleno de inestabilidad y de amargura. Y añadiré que sólo junto a usted, en una vida acomodada y prestigiosa, puede hallar la verdadera felicidad. Y le aseguro que me creerá; puede jurarlo. Le gusta, ¿verdad? EL TENIENTE — ¿Y si pierdo?

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ISRAEL — Tendré lo que me ha ofrecido. Además, me pedirá perdón en presencia de toda la compañía. (El teniente ríe sinceramente. Israel espera, sin impacientarse, a que termine.) Confesará que sus comportamientos hacia mí eran injustos y que obedecían a su envidia por saber que la hija del comandante, a quien usted ama, me prefiere a mí. EL TENIENTE — (Amable, al final de su cansada risa.) Estás loco. ISRAEL — Además renunciará a casarse con ella. EL TENIENTE — (Silencio. Suspira.) ¿Y el juego? ISRAEL — (Señala el cigarrillo que el teniente fuma.) ¿Me da uno ahora? (Se lo da. Se lo pone en los labios y le pregunta, con un gesto, si puede darle fuego. Lo hace el teniente.) Gracias. (Aspira hondamente y comienza a toser como era de esperar en alguien que jamás antes había fumado. El teniente ríe y la risa le remueve sus viejos bronquios, así que empieza también a toser condenadamente. Los dos se mueren por los pulmones durante unos largos segundos: enrojecen, se doblan, patalean...) Ajedrez. (Pero no se le ha entendido.) EL TENIENTE — (Con la voz quebrada por las toses.) ¿Qué? ISRAEL — (Igual.) Ajedrez. EL TENIENTE — (Igual.) ¿Cómo? ISRAEL — (Hace gestos al teniente para que espere hasta que se les pase. El viejo oficial asiente. Al fin se tranquilizan. Israel, ceremonioso, hincha el pecho.) Una partida de ajedrez. (Y tose aún, claro.) EL TENIENTE — (Fatigado por el acceso.) ¿Ajedrez? (Se estira complacido, pero intenta mostrarse indiferente.) De acuerdo. ISRAEL — Ya sé que es usted un buen jugador; un jugador extraordinario; mejor que yo, sin duda. EL TENIENTE — Bueno, no creas todo lo que se dice por ahí. ISRAEL — Pero tiene un defecto: necesita silencio.

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EL TENIENTE — ¿Y? ISRAEL — Jugaremos toda la partida con música. EL TENIENTE — (Piensa.) ¿Qué clase de música? ISRAEL — La que yo elija. Y al volumen que yo elija. (Piensa.) Tómese tiempo, teniente; no es una decisión tan fácil. La música engrandece, emociona y estimula la creatividad, pero aturde a las mentes incapaces de volar. EL TENIENTE — De acuerdo. ¿Cuándo? ISRAEL — Piense una fecha y propóngala. Usted tiene muchas ocupaciones; yo aquí no tengo nada que hacer. De pronto sentí que había anochecido. La luz de la luna entraba a través de la ventana. El teniente encendió la lámpara de su mesa de trabajo, se sentó y se recostó en el respaldo del sillón con aire seguro. EL TENIENTE — Te la diré mañana. ISRAEL — (Se levanta, apaga el cigarro y se va.) Muy bien. EL TENIENTE — Soldado. ISRAEL — ¿Sí? EL TENIENTE — Esta es una cuestión que sólo nos afecta a ti y a mí. ISRAEL — Y a ella, ¿no le parece? (Se cuadra irónico y sale.)

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X A lo lejos se oía una lechuza. La soledad y el calor martirizaban la noche, aquella noche, la más larga y la más triste de aquel tiempo. Incluso después de haber salido del despacho, yo no dejaba de ver al teniente estirado en su asiento, exhausto, con los codos apoyados en los brazos del sillón, el mentón sobre los puños cerrados y el gesto desabrido. Su luz, el ojo de luz de su lámpara, era la luz única del principio de la noche. Benjamín estaba esperándome a la salida. Me estremecí al verlo adormilado en un peldaño, en una postura muy parecida a la del teniente, y con su fusil al hombro, y su macuto, y su casco y su cantimplora y su linterna... Se iba a la guerra; no sé a qué guerra, pero se iba lejos, a algún lugar peligroso, por más que él mismo lo ignorara. Yo lo supe por su atuendo y porque había un presagio fúnebre en su mirada y en su voz, una especie de sabor sin sustancia, un agüilla de muerte que le impregnaba todo el ánimo. Estaba allí, sentado; le había sobrado tiempo para preocuparse y para olvidarse, pero seguía allí, esperando porque tenía que decirme algo muy importante. Cuando levantó la mirada y me vio, corrió hacia mí. Venía alegre, y el estruendo de tanto cacharro entrechocando en su carrera le jaleaba la alegría; pero enseguida se desvaneció bajo la tristeza turbia de su noticia. BENJAMÍN — ¡Israel! ¡Israel! ISRAEL — ¡Benjamín! (Se abrazan. Se hubieran abrazado más abiertamente si no se hubieran tenido tan cerca.) BENJAMÍN — ¡Hola! ISRAEL — ¿Adónde vas así, con tanto cacharro? BENJAMÍN — (Sombrío.) Mañana me voy a casa, Israel. ISRAEL — (Un segundo contrariado, luego intentando animarlo.) ¡Bueno! ¡Quién pudiera irse contigo! BENJAMÍN — Vente conmigo.

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ISRAEL — (Sonriendo.) ¡He dicho quién pudiera! ¿A qué hora te vas? BENJAMÍN — A media mañana. Tengo una guardia esta noche. Pero no quiero irme. ISRAEL — ¡Venga! ¿Otra vez? BENJAMÍN — (En el silencio acompasado por la lechuza.) No quiero irme, ya te lo dije; quiero quedarme contigo. ISRAEL — Benjamín... BENJAMÍN — (Golpeando contra el suelo su infantil obstinación.) ¡Quiero quedarme para siempre contigo! ¡Estúpido! ISRAEL — ¡Pero yo no! (Y se arrepintió al segundo siguiente.) Benjamín: me gustaría que lo entendieras. Benjamín... BENJAMÍN — (Otra vez silencio. Sólo habla el pensamiento del pequeño, leído en la punta de sus botas.) Tengo que irme ya. ISRAEL — Benjamín, por favor... BENJAMÍN — No me gustaría llegar tarde y estropear mi permiso con un arresto de última hora. ISRAEL — ¿Sabes qué vamos a hacer? Mañana, antes de que te vayas, te haré una fiesta de despedida. (Sonríe malicioso. Le da con el codo.) ¡Con mujeres! (Y ríe con un estrépito que pretende rellenar su falta de convencimiento. Benjamín levanta la cabeza y le mira serio, penetrante. Israel no puede cortar su risa tan de golpe como hubiera querido, y eso le hace sentirse aún más ridículo. Le acaricia el hombro, paternal.) Vete, Benjamín. Vete y espérame. BENJAMÍN — (Asiente. Silencio.) Quiero abrazarte. (Israel sonríe y le abraza débilmente. Benjamín intenta medir la fuerza delatora de su abrazo.) Echó a correr con todo el barullo de sus cacharros de guerra. Yo me quedé mirándole. Y miré al teniente, cabizbajo, a mi derecha, acurrucado en la luz de la lámpara. Luego volví la vista otra vez hacia Benjamín. Pensé que era la última vez que le veía vivo; pero también pensé que conocía mis histéricos

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miedos, y que muchas otras veces, en parecidas situaciones, los había sufrido, hasta que a la mañana siguiente el tiempo desmentía mis temores y confirmaba mi locura. Benjamín era un niño que jugaba a la soledad. Le quise entonces, en aquel momento justo. Y deseé con todas mis fuerzas que se volviera para mirarme. Pero cuando lo hizo (se dio la vuelta y se plantó ante mí en la distancia, jadeante, con un brillo de pena en los ojos), supe en el estómago que, más allá de mis locuras, él quería morir aquella noche. Empezó a sonar en mi cabeza la Herzlich tut mich verlangen, de Bach, y un olor dulce de incienso inundó el cuartel. Le grité con lágrimas en la garganta. ISRAEL — ¡Benjamín! Y él me contestó con lágrimas en la garganta. BENJAMÍN — Qué. ISRAEL — ¡No olvides que mañana hay una fiesta para ti! BENJAMÍN — Sí. ISRAEL — ¡Una fiesta sólo para ti y para mí! Asintió con la cabeza, se dio la vuelta y se perdió en la oscuridad con sus hierros de guerrero. Iba corriendo, sujetándose con una mano el fusil y con la otra aquel casco tan grande. Había un canto de lechuza y una letanía de salmos allí, donde Bach enterraba a mi Querido Muerto. Los soldados pasaban por delante de su féretro, pero juro que no lo vi, juro que tantas veces como he recordado su funeral, no he visto nunca ni su cuerpo ni su féretro, ni el templo ni a nadie más que a los oficiales y a los soldados que desfilaban por delante de él. Los soldados llevaban un cirio en las manos. Unos iban asustados, otros lloraban, otros pasaban dignos, marciales, como si ellos, héroes vivos, saludaran por última vez al héroe muerto. Algunos se cuadraban con lágrimas en los ojos. Otros apenas podían caminar, iban despeinados, casi desnudos, con aquel calzoncillo colgón, arropados por una manta y sosteniendo a duras penas la vela entre los dedos. Otros iban muy limpios, con el pelo mojado y re-

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peinado, como si asistieran, de la mano de la madre, a la misa de un domingo de quince años atrás. Y algunos miraban curiosos, y algunos parecían preguntar si aquello les iba a pasar a ellos también, y algunos buscaban la respuesta en los ojos agachados del teniente, infinitamente perdido en su sillón de despacho, bajo la luz minúscula de la lámpara. El teniente estaba a la vez allí, joven, sobre sus zancos enormes, consolando a los reclutas con palmaditas de padre entero. El sargento era un payaso triste que despedía en sus movimientos de péndulo a mi Querido Muerto. El coronel, despistado y sonriente, imponía medallas a los soldados desnudos. Y un giro eterno de la locura en mi cabeza confundía dolor y mentira, me temo que ya para siempre. Aquella noche aprendí a vivir de golpe y de golpe comencé a morir. Nada más recuerdo apenas, ni quiero, de una hora que nunca debió llegar. Y nadie sabrá jamás cuánto dolor inmenso me ha costado escribir cada una de las letras de este trozo amargo de la memoria.

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XI Amaneció teñido de un malva extraño. El teniente, otra vez joven, apagó la luz de su mesa y se levantó; todavía pude sorprenderle en la última intimidad de la noche (se acomodaba los genitales en el calzoncillo y flexionaba las piernas) cuando entré dando un portazo y me encaré a él. ISRAEL — (El rostro marcado por el llanto, un dolor y una rabia infinitos.) ¡Asesinos! El ayudante, al que había conseguido burlar, se abalanzó sobre mí, me retuvo y me obligaba a salir. Pero el teniente medió con el gesto de piedad y comprensión más soberbio que jamás he sufrido; era casi un reproche hacia el ayudante por su dureza; era un generoso ademán de su capacidad para entender y hasta compartir mi sufrimiento. El soldado se marchó después de dudar si su jefe sabía con certeza lo que estaba haciendo. Entonces fue la primera vez que reparé en un enorme crucifijo mortuorio situado en la pared, detrás del teniente. Y recuerdo haber perdido todo interés por lo que ocurría y haberme sentido atraído por la decoración del despacho; recuerdo haberlo observado todo detenidamente. En aquel momento aún no sabía que estaba loco. EL TENIENTE — Pasa y siéntate. ISRAEL — ¿Qué? EL TENIENTE — (Le señala un sillón.) Por favor. ISRAEL — (Después de un silencio.) ¿Cuándo estuve aquí por última vez? EL TENIENTE — ¿Cómo? ISRAEL — (Hace memoria.) Sí... Ayer. EL TENIENTE — ¿Te encuentras bien? ISRAEL — Sí.

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EL TENIENTE — Siéntate, por favor. (Se sienta. Carraspea el teniente.) Es muy penoso para todos haber sufrido un golpe tan duro como el de la muerte del valiente soldado... (Mira encima de su mesa, buscando algún sitio donde había anotado el nombre de Benjamín.) Eh... (Remueve papeles nervioso.) Eh... ISRAEL — Se llamaba Benjamín. EL TENIENTE — Claro; nuestro querido soldado Benjamín. ISRAEL — Se llamaba Benjamín, y no era su querido soldado, ni es cierto que hayan sufrido ningún duro golpe. La mayoría de ustedes todavía duermen tranquilamente, acurrucados en el calor de su cama, mientras mi muerto se enfría. A usted le ha tocado quedarse, y ahora está a disgusto e incómodo porque no ha podido dormir. EL TENIENTE — Israel... ISRAEL — Y tampoco es cierto que fuera un valiente soldado. Los valientes soldados sirven a su patria y dan por ella la vida mientras sonríen. El tenía miedo de la libertad. Era una personita miedosa, que no quería sufrir; era un loco; sólo los locos y los cobardes se suicidan. Y ahora se ha convertido en una vergüenza y en un mal ejemplo para este glorioso ejército. EL TENIENTE — Israel: no tiene sentido atormentarse. ISRAEL — (En la dulzura del abatimiento, lo piensa en alto.) Asesinos. EL TENIENTE — (Silencio. Respira hondo.) La... vida continúa su marcha, y es preciso seguir con ella. Hay que ser fuertes, adultos, y aceptar la adversidad. ISRAEL — (Después de un silencio, muy tranquilo, levanta la mirada hacia el oficial.) Váyase a la mierda, teniente. EL TENIENTE — (Empezando a perder la paciencia.) Israel... ISRAEL — Váyase a la mierda con su hombría, con su fuerza, con su alto sentido de la entrega y del deber, con su patria, con su bandera y con su religión. EL TENIENTE — Será mejor que te tranquilices.

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ISRAEL — Váyase a la mierda con su tranquilidad. Y váyase a la mierda con la hija del comandante, con su trato y con su ajedrez. Yo me quedo con la música, escondido en cualquier rincón. EL TENIENTE — Soldado... entiendo tu dolor, pero creo que ni siquiera esta penosa circunstancia te autoriza a insultar a la patria y a la bandera, y tampoco a un superior. Olvidaré lo que has dicho porque estoy seguro de que no lo piensas. Lamento profundamente la muerte de tu amigo; es todo lo que puedo compartir contigo. En cuanto a lo demás, será más prudente esperar a un mejor momento para hablar de ello. ISRAEL — No habrá ningún mejor momento para mí. No quiero tratos con usted. Mi guerra se ha acabado anoche; me rindo. Ya sólo aspiro a salir de esta cárcel. Vegetaré hasta que llegue ese día, en el calabozo o donde sea. (Se pone en pie como puede e intenta cuadrarse con la mayor dignidad y sinceridad posibles.) A sus órdenes, mi teniente. (Se da media vuelta y va a salir.) EL TENIENTE — Israel: siéntate, por favor. ISRAEL — (Automático, ido, da media vuelta.) A sus órdenes. (Se sienta de nuevo.) EL TENIENTE — Israel... Yo no quería hablar de esto ahora, pero me obligas con tu actitud. Hicimos un trato, ¿recuerdas? ISRAEL — Sí, pero ya no quiero jugar con usted. EL TENIENTE — De acuerdo, lo acepto; renuncias a tu oferta. ISRAEL — Sí. EL TENIENTE — ¿Y qué pasa con la mía? Ahora quieres perderte, vegetar hasta que llegue la hora de desaparecer de aquí. Bien; yo te puedo dar lo que quieres; es lo que te ofrecí desde el primer momento. ISRAEL — Sí. EL TENIENTE — ¿Lo aceptas? ISRAEL — Sí.

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EL TENIENTE — ¿Te das cuenta de que eso te obliga a cumplir tu parte del pacto? ISRAEL — Sí. EL TENIENTE — Tienes que hablar con la hija del comandante, y decirle... decirle todo lo que acordamos. ISRAEL — Sí. (Saca una carta de su bolsillo.) He preferido escribirlo; resultará menos enojoso. Pero está todo aquí. EL TENIENTE — ¿Todo? ISRAEL — Todo; le doy mi palabra de hombre y de militar. EL TENIENTE — También lo que se refiere a mí... ISRAEL — También, todo lo que se refiere a usted. EL TENIENTE — Bien. No... No voy a leerla (trabajo le cuesta sólo decirlo); quiero que sepas que confío en ti. (Entra su ayudante, que es ahora la esposa del comandante, empeñada en armar a su gusto el futuro de su hija. No es, claro, soldado, sino señora elegante, y aún más que eso, madre celosa y amante.) Que lleven esta carta a la hija del comandante. ¡Enseguida! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — A sus órdenes, mi teniente. (Pausada se dirige hacia la puerta mientras rompe el sobre. Ante ella se detiene y lee la carta, y el rostro se le va empañando de una sonrisa triste y conformada.) EL TENIENTE — Yo me encargaré de que no vuelvas a tener el más pequeño problema durante... ISRAEL — No lo creo. EL TENIENTE — ¿Qué? ISRAEL — No lo creo. Le he dicho que he escrito todo en esa carta, todo. Pero todo también es nuestro trato, y todo es también que usted iba a jugarse al ajedrez a la hija del comandante.

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EL TENIENTE — ¿Qué? ISRAEL — Y todo es lo que aceptaba hacer si perdía. Todo, como ve; absolutamente todo. EL TENIENTE — (Perplejo y derrotado, se deja caer en el sillón.) ¿Todo? ISRAEL — (Se encoge de hombros.) Lo que usted me pidió. EL TENIENTE — (Un grito atroz.) ¡Levántate! EL SARGENTO — (Su voz de guiñol contralto.) ¡Tú, tú; soldado, tú! EL TENIENTE — (Israel se levanta y se clava firme en el suelo, con la mirada indefinida y una increíble dignidad militar en la expresión.) No quiero volver a verte nunca más, ¿me oyes? EL SARGENTO — ¡Tú, soldado, tú! EL TENIENTE — Si te enteras de que voy a pasar por un sitio, da la vuelta a la manzana, da la vuelta al mundo, pero que yo no te encuentre. EL SARGENTO — ¡Me oyes, soldado! EL TENIENTE — ¡Da gracias a dios de que aún me quede serenidad suficiente! ¡Serenidad y lucidez para no caer en la trampa de matarte y arruinar mi vida y mi carrera por ti, maricón de mierda! EL SARGENTO — ¡Maricones, hijos de puta! EL TENIENTE — (Atroz.) ¿Por qué no te has suicidado con tu amiga? ¿Eh? (Se enreda en los bolsillos.) ¿Por qué no os abrazasteis y luego os pegasteis un tiro, para que todos supieran qué clase de compañeras tenían? (Saca unas monedas y se las tira a la cara.) ¡Toma: para compresas y para pañuelos! ¡Puta del culo! Hubo un profundo silencio. Apenas se oía otra cosa que la respiración alterada del teniente, las monedas girando en el suelo y unos esporádicos cañones lejanos. Cayó sobre el asiento y hundió la mirada.

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EL TENIENTE — (Grave y cansado.) Vete de aquí. No quiero volver a verte nunca más. Por el bien de los dos, soldado. Vete ahora mismo. Saludé con un sonoro taconazo, di media vuelta y me fui. Me transportaba el amargo sabor de la venganza: la felicidad más estéril del mundo, una leve presión en mis ojos que no podía disminuir ni un ápice del inmenso dolor que sentía por la muerte de Benjamín. Ya no veía vencedores ni perdedores, sino sólo un corral de animales demasiado feroces y vulnerables, demasiado capaces de herirse mortalmente los unos a los otros. El teniente, abstraído, perdido en su amargura, aplastó con la yema del índice un mosquito que se movía por la mesa. Se oyó un timbre.

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XII Sonaba el timbre en la casa del comandante. El primer impulso de la madre fue abrir, pero se asustó y buscó nerviosa dónde ocultar aquella carta hasta que decidiera más tarde qué hacer con ella. El timbre apremiaba. Rápidamente tomó de la librería la cubierta vacía de un paquete de libros simulados, introdujo dentro la carta y fue a dejarlo todo como estaba; pero los nervios le tiraron al suelo los falsos libros y un adorno de cobre que rebotó con gran estrépito. Oyó el ruido de una llave que giraba en la cerradura. Afortunadamente para ella, quienquiera que estuviera intentando abrir desde fuera, no lo conseguía. Al fin lo ordenó todo, y jadeante, decidió ir a abrir, pero cuando estaba a punto de hacerlo, la cerradura se rindió. Y apareció su marido borracho, despeinado, con la guerrera y la gorra en la mano, la corbata desanudada y la camisa abierta. EL COMANDANTE — (Alegre, se le quiebra la voz con frecuencia.) ¡Hola, mujercita! (Cierra los ojos y adelanta los labios para besarla.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Apártate; estás borracho. (Le hace pasar y, antes de cerrar la puerta, mira disimuladamente para comprobar quién ha podido ver a su marido en tan lamentable estado.) EL COMANDANTE — ¿Estoy borracho? ¿Yo? ¿Desde cuándo? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¿No te da vergüenza arruinar así tu vida y la mía, y la vida de nuestra hija, a la que tanto dices querer, ahogándote en vino, como un vulgar albañil? EL COMANDANTE — Escocés, para que no te avergüences de tu maridito. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Qué pena, Zacarías! EL COMANDANTE — (La remeda burlándose.) ¡Qué pena, Zacarías! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Qué pena de mí! (Llora.) EL COMANDANTE — (Lo mismo.) ¡Qué pena de mí! (Agrio.) ¿Y de mí?, ¿quién se apena de mí, maldita sea? ¿Tú, quizás? No. Ni siquiera por pena te acercas a mí.

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LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Qué te he hecho yo para que te comportes tan miserablemente conmigo, di! ¿Por qué eres tan canalla? EL COMANDANTE — (Vuelve a remedarla.) ¿Por qué eres tan canalla? (Se sirve un vaso de vino. Grave otra vez.) No te alargues mucho, Carmen, que luego te será más difícil dar marcha atrás. (Va a beber.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (De un manotazo, le quita el vaso de los labios y lo estrella contra el suelo.) ¡No bebas más! (El comandante la sujeta con violencia y la besa en los labios contra su voluntad.) ¡Déjame, Zacarías! ¡Estás borracho! EL COMANDANTE — Eso ya lo has dicho. (Le acaricia brusco los pechos, las nalgas.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Se resiste y forcejea hasta que consigue liberarse. Jadea fatigada. El comandante se sienta y bebe.) ¡Muérete! EL COMANDANTE — Ahora ésa sería una buena solución para tu economía: tendrías una pensión considerable. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¿Qué dices? EL COMANDANTE — Que deberías tratar con más respeto a un teniente coronel. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Enmudece. Tiembla.) ¿Qué? EL COMANDANTE — (Saca un sobre y lo arroja sobre la mesa.) Deberías tratar con más respeto a un teniente coronel, aunque sea el don nadie de tu marido. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Zacarías! EL COMANDANTE — (Vuelve a remedarla.) ¡Zacarías! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Se lanza sobre el sobre y devora la carta con los ojos.) ¡Zacarías! EL COMANDANTE — (Igual.) ¡Zacarías!

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LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Llora emocionada.) ¡Dios mío, Zacarías! (Se abraza a él.) EL COMANDANTE — ¿Ya no huelo a vino de albañil, eh? (La acaricia lascivamente, le desabrocha la blusa y hunde el rostro entre sus pechos. Ella concede, abstraída en leer una y otra vez la carta.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Zacarías! EL COMANDANTE — (Hastiado de la indiferencia de su mujer, desiste. Le remeda el tono, pero ahora cambia la palabra.) ¡Cacatúa! (Como un loro.) ¡Cacatúa! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Se sorprende de que su marido desista.) ¿No quieres... terminar? Anda, termina; (se desabrocha un botón más) te servirá de desahogo a tanta tensión, Zacarías. EL COMANDANTE — (Igual.) ¡Cacatúa! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Yo... (Recompone sus vestidos.) Perdóname si alguna vez te he fallado. Tú sabes que en el fondo siempre he confiado en ti, que... EL COMANDANTE — (Grave otra vez.) ¡Cállate, Carmen! Ahora la que das pena eres tú. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Quiero que sepas que... EL COMANDANTE — (Le interrumpe.) Me lo tengo todo sabido ya. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Oh! Tenemos muchas cosas que hacer juntos, Zacarías, muchas. (Se acerca, cariñosa y le besa.) Zacarías... Tenemos tanto futuro por delante... EL COMANDANTE — (Tranquilo.) ¿Sí? Yo me cago en mi futuro por delante y por detrás. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Zacarías!

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EL COMANDANTE — Mira, Carmen: ya has conseguido aquello por lo que tanto suspirabas; lo que no sé, y quizá no sepamos nunca, es cuánto hemos pagado. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¿Por qué dices eso, Zacarías? EL COMANDANTE — Yo me entiendo. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Perpleja.) Zacarías... EL COMANDANTE — Antes de quince días tenemos que quedar instalados en otra casa y en otra ciudad. Prepáralo todo, Carmen. Y que el cambio de aires nos sea favorable. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Recupera su alegría.) Claro que sí, cariño. (Grita.) ¡Blanca! BLANCA — (Desde dentro.) ¿Qué? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Ven, querida; hay noticias. EL COMANDANTE — Carmen, ponme otra copa. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Agradadora.) ¿No te sentará mal, Zaca? EL COMANDANTE — (Remedándola.) No, mi vida mía, no; anda. BLANCA — (Aparece.) Hola, papá. EL COMANDANTE — Hola, hija. BLANCA — (Se acerca, le besa y comprueba por el olor el estado de su padre.) Vaya, ¿eh? EL COMANDANTE — (Un gesto elocuente.) ¡Se hace lo que se puede, hija! LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Anda, dale otro beso a tu padre, nena. BLANCA — ¿Por qué?

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EL COMANDANTE — ¿Es que tiene que haber alguna razón para que le des dos besos a tu padre, niña? (Blanca sonríe y va a besarle.) LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Pero la hay, la hay. BLANCA — (Divertida.) ¿Qué pasa? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Pasa que desde hoy eres la hija de un teniente coronel. BLANCA — ¿Sí? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Sí. BLANCA — (Alegre.) ¡Papá! EL COMANDANTE — No lo festejes tanto, hija; me temo que para ti no hay motivo de alegría. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Y ésta es la segunda sorpresa, querida: nos vamos. BLANCA — ¿Adónde? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — ¡Nos vamos! ¡De la ciudad! BLANCA — (Aterrada.) ¿De la ciudad? (Mira a su padre. El padre asiente cabizbajo.) ¿Cuándo? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Antes de quince días. BLANCA — Papá: ¿es imprescindible que yo vaya? LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Cariñosa.) Pues claro, hija; somos una familia como dios manda. ¿Quién te va a mantener, si no? EL COMANDANTE — Me temo que ni tú ni yo podemos elegir, Blanca. (Se sirve más vino.) BLANCA — (Piensa nerviosa.) Perdonadme. (Va a salir.)

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LA ESPOSA DEL COMANDANTE — Blanca. BLANCA — (Aturdida.) Qué. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — (Se acerca a ella y la acaricia por primera vez dulce. Le entrega la carta de Israel.) Toma, hija. Es de... ese soldadito con quien malgastas la ilusión. (Blanca la coge con ansiedad, lee el remite y sale casi corriendo.) Blanca... BLANCA — Qué. LA ESPOSA DEL COMANDANTE — A veces me gustaría equivocarme; pero he vivido demasiado ya como para andar confiando en la gente. Ese soldado no merece ni una lágrima tuya, hija; no le llores. (Blanca sale precipitada. El comandante, sin despegar los labios, coge su botella de vino y también sale, arrastrando los pies y la amargura.) Satisfecha, dolorosamente segura de estar guiando con divina inspiración el timón de una nave quebrada, se dedicó a recoger algunos objetos de la decoración de la casa, a comenzar cuanto antes la enorme tarea de empaquetar todas las cosas para trasladarlas hacia un nuevo y más prometedor horizonte.

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XIII Anochecía. Cantaban los grillos en la distancia. La esposa del comandante andaba aún recogiendo sus delicados objetos de adorno. Entró Blanca llorosa, agotada, con la carta de Israel deshecha en la mano, y se desplomó derrotada en el sofá. Las dos estaban solas en una misma habitación; no existía la madre para la hija ni la hija para la madre. Blanca lloraba; su madre canturreaba alegre. Hasta que al fin se fue con los brazos repletos de figuras de porcelana. Pasó el tiempo sobre el silencio pespunteado con los suaves gemidos de Blanca. Otra vez la luna sucia manchaba de azul la entraña de la casa. Sonaba la espera. En la infinita lejanía se adivinaban las carcajadas y las voces de un grupo de soldados que regresaban borrachos del paseo. Al poco, el griterío arreciaba. Blanca lo oyó y se incorporó. Pensaba. Se levantó muerta y muerta se desnudó y se puso el camisón, se peinó despacio, se pintó los labios groseramente y desabrochó algunos botones del pecho. Luego cogió a su pequeño cachorro blanco, lo acarició, lo besó y abrió la puerta, y salió sin cerrarla. Un mar de hojas de otoño movidas por el viento inundó la casa del comandante. Sonaban las carcajadas de los soldados, el frotar de los grillos y un cuco. Sonaba la espera. Los soldados dejaron de reír. Los grillos dejaron de oírse. Cantaba el cuco. Sonaba la espera. Al fin se oyó un grito de dolor de Blanca; el mismo grito que tantas veces atormentó al comandante en sus pesadillas. Todo quedó en silencio. Sonaba la espera. Y de pronto una bandada de cuervos graznó enloquecida. Y de pronto la casa pareció habitada desde hacía meses por el fantasma del abandono: los muebles estaban cubiertos con sábanas cubiertas de polvo, las

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paredes mostraban el sudor de los cuadros ausentes; el mundo encerrado en aquella habitación era silencio, oscuridad, hojas muertas y telarañas. Los cuervos reían y graznaban. Las tripas del teniente estallaban en una manantial de carcajadas fétidas. Entró en la casa borracho y subido en sus zancos (la pierna izquierda, enorme dignidad y hombría satisfecha; la derecha, el abismo de la locura). Apenas podía vérsele. Gritaba con un fondo de eco interminable y absurdo: el de los cuervos que se alejaban. EL TENIENTE — ¡Yo soy un oficial! Soy un oficial, y un oficial sólo tiene una palabra: la primera. ¡Yo soy un oficial, y un oficial siempre está dispuesto a dar hasta la última gota de sangre por su patria! (Bebe.) ¡Y hasta la última gota de semen por las mujeres de su patria! (Levanta la botella.) Sonríe, querida, sonríe; la sangre y el dolor de tu entraña más íntima honran la casta tradición de las mujeres de tu patria. ¡Ahora eres una hembra digna, porque mi semilla de caballero te ha elegido para coronarte de dignidad! ¡Deja que las demás hembras te envidien! (Grita.) ¡Que envidien tu sublime orgullo! (Pierde el equilibrio...) ¡Oooooooooohhh! (Y cae con gran estrépito desde lo alto de los zancos. Silencio. Vuela la cortina de la ventana, bailada por la suave brisa otoñal. Se duerme.) Feliz blanca Navidad, mi blanquita oveja de rizados cabellos dorados. (Rompe a llorar desconsoladamente. Una triste y suave canción de cuna le acompaña. Más tarde, a lo lejos, rebuzna un asno.)

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XIV Un enorme griterío alegre y coral terminó con la nana y con los llantos del oficialito. Alborotando entre bromas, entraron todos como un río de soldados (y yo mismo con ellos) en el viejo barracón. El teniente se había convertido en un guiñol de trapo que yacía dislocado con sus zancos sobre el suelo. Algunos soldados jugaron sin odio con aquel pelele mientras se cambiaban. Se desnudaron de su ropa militar por última vez, arrojaron lejos el caqui y el guiñol, se golpearon unos a otros con ellos, los pisotearon cómicamente furiosos. El camastro vacío de Benjamín me devolvía un aire infinitamente perdido y triste. Recorrí con la mirada cada rincón de su cama y cada rincón de aquella habitación gris. Poco a poco los soldados iban saliendo en grupos, ruidosos, ajenos a cualquier melancolía. Y al fin, sin proponérmelo, me quedé solo. En la distancia sonaban los cañones, una formación que marchaba, las voces huecas de los suboficiales. Empecé a escuchar mi adorado Tannhäuser. Sentí toda la agria crudeza de la soledad: el tiempo de la torva soledad agolpado segundo a segundo en mis miedos, resonando entre las paredes del barracón. Con más fuerza que nunca antes, tuve la certeza de que era horriblemente injusto que debiera salir de allí solo; debía haberlo hecho conducido por el hombro de mi Querido Muerto, aquél que cuando se quitaba las gafas no podía distinguir ni su propio ombligo. Pero él no estaba; y yo no quería volver allí nunca más, ni siquiera en busca de su último olor. Lentamente encaminé mis pasos hacia la salida. Pensé que necesitaba que me estallara en la cabeza la obertura de Tannhäuser antes de que fuera mi propia cabeza (agobiada por una danza estéril de libertades y esclavitudes, amores y crueldades, vidas y muertes) la que terminara por estallar. Pensé, como ahora lo pienso, que cuando las bocas tienen que callarse la rabia y el dolor de las entrañas, la razón se vuelve odio, y el odio, razón de una vida, y que no merece la pena. Pensé, como ahora lo pienso, que sólo que-ría

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vivir en paz el tiempo que la debilidad y la locura quisieran retenerme entre sus brazos, y luego, si fuera posible, morir también en paz. Creo que recuerdo que, cuando iba a atravesar la puerta del barracón, tuve que cedérsela a alguien que entraba: mi bailarina, la danzante viuda de mi primera historia de amor. Venía vestida con su traje de danza; pero era negro, negro desde las zapatillas hasta la cinta del pelo. Me quedé mirándola un segundo y salí de allí definitivamente. Ella llegó hasta el centro del escenario, miró al público rígida, solemne, y de golpe se dobló hasta abrazarse las piernas en un saludo ceremonial. Entonces, sólo entonces, estalló maravillosa la obertura. Y la luz estalló para siempre.

FIN

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Fábula inefable de la flauta y el fusil  

1993. Teatro. No estrenado.

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