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Panza de burra (acercamiento)

Pablo Gadea del Olmo pรกg. 1


PANZA DE BURRA (acercamiento)

Las Palmas de Gran Canaria, año 2013. Texto e ilustraciones: Pablo Gadea del Olmo pág. 2


CITAS

<<El

Gaspar se estiró, se encogió, volvió a mover la cabeza de un lado a otro para moler la acusación del suelo, atado de sueño y muerte por la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos que le martajaba los huesos hasta convertirlo en una masa de frijol negro; goteaba noche de profundidades. >> Miguel Ángel Asturias (Hombres de Maíz, 1949).

<<Seguros

de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco, para descubrir los agujeros.>> Julio Cortázar (El Perseguidor, 1959). pág. 3


<<Sólo

quiero sentir en mí este cuajarón de existencia, esa ráfaga de animalidad que le ha robado al hombre retazos de lenguaje, este amago de humanidad que todavía se asoma a las cuevas húmedas de las otras especies y conversa con ellas>> Francisco Umbral (Mortal y Rosa, 1975) <<Duerme

el ser, duerme el hombre / Y sólo la desdicha no duerme / sólo el mal está despierto / Ojos de serpiente, sin párpados, tiene la vida / Y rubio es el dolor / Azul el desastre / Verde el desamparo / Soy el cazador de cabelleras de la desdicha / Soy el que duerme despierto en el acabamiento / Y roja la infinita pesadumbre / Como el delirio de un borracho / Como los labios húmedos del desastre / Sobre la página húmeda y sin perdón / Soy el que camina rubio sobre el fin / Soy el hacedor de desastres y el alma de la lluvia / Soy un perro bendecido por el granizo / Que camina rubio hacia su fin. >> Leopoldo María Panero (Esphera, 2005) pág. 4


A mis hermanos

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……...………Panza de burra……….……… Ese amor en campos negros repletos de plásticos y casas sin alma, que llamaban paz como llamaban puta, era el poco aire que entra en una arcada. El hombre que no quería un arma quería un chute, para escupir los sueños como cáscaras de almohada, y comer las carnes sin sangre ni disfrute. El chaval no respiraba sino rezaba por ese amor a veinte euros que ya nadie discutía: la paz, una mamada. El Saro estaba en su camastro, y le quedaba poco tiempo. Le sobrevolaban los insectos de metal sobre fondo blanco, y despidió a la memoria fallecida. Recuperaba los recuerdos en duermevela, cuando las certezas caían de trampillas abiertas en el techo, y se agolpaban en su frente, sin tiempo para el registro numérico de importancias. Se ahogaba rodeado de dentistas desde aquel día, en que despertó acosado por lluvia horizontal, y secó el paraguas de los ojos pág. 6


tragando los charcos de las sábanas. Su mujer se había llevado de calle los mosquitos del cementerio, y él buscaba en esa morgue sus motivos. Necesitaba unos manguitos hinchables. Una mano fiel que no fuera su zurda. Necesitaba un cambio de piel y lengua para dar un solo paso y levantarse. ¿Qué trapecista por amor podría? Él no lo era. Él lo sabía. Paseaba algunos días en zapatos ajenos robando identidades para poder hacer, hacer, hacer... y después, roto el jarrón, buscaba como un niño el camino de regreso a sus pies. Le tiraba del pelo su sentir hacia atrás y ese vivir en un libro abierto y sucio de pajas como cañas de bambú.

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Así, el Sarito pasaba los septiembres durmiendo en un Seat Ibiza, aparcado en ninguna parte, cuando el primer rayo de sol era un cuchillo jamonero en aquella tierra, sangrante, sudada y desliza. Y de regreso a su ciudad, escrita con tachones, fundida de espantos, en huelga de servicios, untada de cremas solares, y habitada por culos sin estrenar, lloraba sapos y tragaba ceniza, por aquel siglo imposible. Por aquel entonces caían los hombres entre cláxones, flashes y luces de neón, entre dietas frías y llagas industriales, desacompasados del ritmo de los días, muerta la metalurgia, amontonados unos con otros mientras alguien les soñaba vivos al otro lado de su espejo. Los hombres, los hombres... Hombres que hipnotizaban el tiempo con dinero y hombres, hombres que pateaban otros hombres como forma de vida y jadeaban como perros de caza observando las pantallas publicitarias. Hombres con los ojos adentro y el gesto retando. El tiempo en que las mujeres ya no usaban combinación en los preámbulos del otoño, con su feminidad corpórea suspendida en el espacio tras años de émbolo, saqueo y cosmética. Cuando la

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panza de burra mezclaba las nubes con yeso, y por la noche la calle era un pez limón que había muerto varado en la tierra del siglo XXI. Mientras al dinero le crecía pelo en la tripa, el ombligo del mundo encerraba culpa donde debiera haber tenido viento. Algunos podían moverse. Extender una mano traicionera, dar un paso en falso, respirar con normalidad, o contarle las horas a aquella bomba de tiempo que era el mundo y su propia vida.

Los culpables del vacío inventariaban los desarmes químicos. Decían que si tratados y países, que si semillas y derechos, que si todos o ninguno. Pero era muy tarde ya para las poblaciones flotantes. pág. 9


Así las llamaban, flotantes, según la demografía de aquellos años, pues no interesaba saber que se habían hundido, muchos años antes, sin posibilidad de huida o cambio. Que nunca habían flotado. Y así pasaba la noche de los tiempos, si las estrellas hubieran sido, no lo sabemos, y allí seguían los hombres y las mujeres en las grandes avenidas, pisando aceras, como plantas o minutos, como un verano detenido a las cuatro de la tarde. El Saro transitaba sin éxito por la ciudad dormida: endeudado con el ayer, sin trabajo, preñando una luna negra en noches sin alcohol ni fútbol. En los soportales gente durmiendo. En los coches de choque sólo un niño con su madre. Y él pensaba: para qué aquel domingo entre guerras normalizadas, si las olas seguían a lo suyo. Desayunando gaviotas. Creía que sus ojos salvarían los corales, pero se habían secado, los ojos, de tanto escamoteo en otros ojos, o del apagón de una luciérnaga al ser tocada. Por imaginar cuadros que no pintaba o esculturas que no cabían. Por esa casita en el campo para otra vida en otro tiempo, con su familia, con su gente, por ese refugio al aire libre.

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Por coleccionar ratos de segunda mano que no cerraban ni abrían, que sólo retenían una soledad compartida y a retales. Frustración, violencia, ruptura: luego remordimiento, normalidad, apretar los dientes. Tabaco en el paladar, vómito en la acera, mierda en la playa. Algo había pasado, y ahora las barbas agraviaban la modernidad, con canal plus como bandera del petróleo que quedaba. Desde su cama, El Saro fijó la atención en las líneas fosforitas del párpado por dentro, y dibujó con ellas en tres dimensiones, tejiendo con los hilos de luz otros rostros y paisajes. Entornó los ojos para ver entre paréntesis la luz recién nacida, pero para ver no bastaba con abrir los ojos. Injerto en el hueco que dejan las nubes, encontró el azul tras las cortinas. De las cortinas colgaba un mono y de su mano un cuervo en coma. Así comerciaba consigo, pagando la cuenta con alveolos pulmonares, tumbado en la cama, sin gasto alguno, pintando murales de ojos adentro. Y se levantó, con el dónde estaba, como siempre, con el farsante. Hoy qué hacía. Sirvió el café en el vaso del desconcierto y metió el pasaporte en el pág. 11


microondas. Hacer. Servir el azúcar con los dedos y moverlo con ahínco, volatilizando el semen de siempre. Hacer o no hacer, esa había sido su cuestión, pero se acababa el tiempo. La quietud no alimentaba porque el acomodo era imposible en esta humanidad enferma de virus como el suyo. Deberes pendientes, viajes erráticos y el planeta giraba gratuitamente, o sin dinero que no es lo mismo. Otro café otro cigarro.

Comer sería otro crimen, sí, porque la noche de los tiempos no llevaba relojes, la hora de comer era la hora de matar, y seguía durmiendo el viento en el sofá, que era toda su casa, llena de sueños

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demenciales, a cuyo abrigo ardía una selva de metales y dolían los oídos. Por la ventana entraba el aire fresco impregnado del olor a lonja de otro día. Olía a Mbour. Las olas desayunaban gaviotas y éstas desayunaban los muertos del telediario. El Saro respiró el aliento de la cueva, que ya no importaba porque para eso estaban las justas medidas, la gente con cabeza, los avances tecnológicos, el más valer, el más saber a golpe de anecdotarios, de turismo, de museos. Los dragones de los que hablaba ya no habitaban el mundo. Cada atardecer debía atraparle en la puta calle, para convocar a los dragones, mirar al cielo o al asfalto, y enviarle al futuro una hoja de árbol con la que romper la panza de burra. Pasaba en aquel entonces la noche de los tiempos respirando flores en las calles de Mérida, Haifa, Larache y Trípoli, y mientras tanto reventaban las encías, estallaban los dientes. Una monja follaba en el centro del universo y él clamó su redención por hermosura. Luego cosquillas en la frente, estómago vacío, y se

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escondió un sol bajo su polla oscura, hasta dejarle los dedos amarillos. El Saro amaneció con naranja y niño muerto. Un búho escapó del planeta sacudiendo de su pecho la ceniza, y en la basura un cable al cielo esperaba que anocheciera de nuevo. Eran personas sin hogar ni dinero ni gente. Él sólo buscaba calderilla para una lata de estanque y a brindar con lo inmediato aunque viniera vestido de rutina. Miseria rimaba con mechero, y miedo con mierda, y así había paseado sus nervios y tendones por el mundo, tiritando esquinas y perdiendo gente. Despertaría a su hermano, prepararía la comida y le querría como si nada de esto hubiera pasado. Dejaría el quizás y el sin embargo para equívocos posteriores, ahora que escondió bajo su cama un crimen y dormía el animal que tanto quería.

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No sabía si podría hacerlo, ni por cuánto más, y mientras tanto se le acababa el tiempo. Ese día iba a ser el último. Se asomó a la calle. Estaba oyendo el avance del sol raspando el horizonte. Eran las siete de la mañana, y la panza de burra seguía dominando el cielo, nublando el aire. _Un besito, cuando salga te mando un mensajito_, le había dicho ella. El Saro apagó las luces de las uñas, imprimió un currículum y se fue a buscar trabajo a los andamios. Unos ángeles forraban el cielo con pladur. Le estaban esperando. ***

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Las Palmas de Gran Canaria, año 2013. Texto e ilustraciones: Pablo Gadea del Olmo

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Panza de burra  

Pablo Gadea del Olmo

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