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matical. Es la irreverencia absoluta de la nada, del todo y el algo sin tampoco. Hace un clásico a lo Sófocles, riéndose en las barbas trágicas de Shakespeare y hasta de la misma risa se mofa, llorando sin más sentido que la transgresión certera que es la transgresión acertada.

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Y sin afectación. Como quien no encuentra otra forma –¡y es que no la hay!- de hacerlo mejor, óptimo, total. Pocas veces se encuentra uno en la creación con talento semejante. Eclecticismos aparte, las obras maestras son humorísticas porque el humor es la tragedia sublimada, refinada, razonada (perdón por la terna adjetival). “La vida de Brian” (1979) es al cine lo que Jarry a la literatura. Lo que engrandece al francés frente a los británicos es su integridad, su honestidad que devino en consecuencia.

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Jarry brilla con estilo propio. Tener estilo propio es una perogrullada como decir lo mío que me compré. Bernard Shaw decía que el estilo se nota cuando se tiene algo que decir, y Alfred J. lo tiene y lo dice, y hasta se responde a carcajadas. AJ se escojona de sí mismo como forma de reírse del mundo. Se desclasó a golpe de fracasos sociales y éxitos literarios. Al final todos queremos ser don Quijote por muy sanchopanzas que nos lo vendan. 31


La crítica, que no perdona la genialidad que no le pague la columna, vino a reducirle al teatro del absurdo –el verdadero género del absurdo es la crítica, ¡ay, la docencia!- y no le perdonaron la integridad del consecuente. Se bebió toda la absenta de su herencia, su salud y de vez en cuando vomitaba en sus acreedores. Un figura vamos.

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Murió de despreocupación progresiva que los médicos llamaron meningitis tuberculosa. Antes de palmar, al preguntarle sus amigos cual era su último deseo pidió un mondadientes. Nada. Ni un “paluego”.

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LUIS BUÑUEL. Mi último suspiro (1982).

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“Nuestra memoria, es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento”.

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Este encargo editorial lo escribió Jean Claude Carriere porque Buñuel era de imagen que es la forma de llamar a la acción en el cine. Carriere –que ha publicado recientemente “Nadie acabará con los Libros” (2010)-, coguionista de muchas de sus películas, amigo y discípulo del director, era consciente del peso del aragonés en la historia de la cultura del siglo XX, por eso no le importó escribirle estas memorias fruto de su amistad, tiempo y conversaciones.

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Cuando se leen estas memorias, a uno se le aparece “Autobiografía”

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(1964) de Chaplin como contrapunto. Buñuel que no dejaba de ser un burgués desclasado por la Residencia de Estudiantes aparece como un escéptico por la vía de la cultura, la personalidad y el alcoholismo. Chaplin, -mencionado en varias ocasiones en estas memorias- ni le cita en la suya. La memoria es selectiva como la vanidad. Buñuel era un arrebato. Chaplin viene de la miseria que Buñuel conocía mejor que nadie porque venía de lo contrario. Para ver se necesita distancia por eso Buñuel hace “Viridiana” (1961) y Chaplin “La quimera del oro” (1925).

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Ambos libros quedan cortos ante “Pensar entre imágenes” (2010) de Jean Luc Godard que bajo el subtítulo de “conversaciones, entrevistas, presentaciones y otros fragmentos” publicó la editorial catalana Intermedio. De Godard interesa todo, hasta lo que no interesa como pueden ser estos libros. Su excepcionalidad fílmica reside en una dialéctica –voy a escribir diálisis- poética. Un universo de sueños cimentado por un discurso “socialista” –“Socialism” (2010), 34


es su última película- tan marxista y antagónica a la socialdemocracia. Dejó sin foto a los Óscar de la Academia y con un palmo de narices a la SGAE: “el autor no tiene derechos, tiene deberes”.

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Buñuel, venía de la España del charco, de la prehistoria con agua caliente que decía Josep Pla. Su lectura completa la visión del 27, su relación con el cine –leer “Proyector de luna” (1999) de Román Gubern- y las artes plásticas. Buñuel trata con el artisteo de París que entonces eran los surrealistas de Breton, Ernst, Eluard, Aragon y por ahí. Es el momento en que el cine encuentra su mercado que era la propaganda industrial de Hollywood, donde van a parar casi todos los creadores. Pintores, escritores, músicos, acuden al toque de flauta del dinero del tío Sam.

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En estas memorias desfilan Lorca y Dalí, Chaplin y Man Ray, Las Hurdes y Beverly Hills. Una vida de pasión, de borracheras en Toledo y orgías [sic] con Charlot. De tensiones políticas fruto del compromiso casi forzado y de escepticismos casi obligados. Un maremágnum de cotilleo cultural escrito con la facilidad de un guión que casi no se nota que es como son los buenos guiones (o eso decía Azcona). 35


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Anécdotas que recrean momentos históricos, y el comentario personal sobre un buen puñado de películas que son parte de la filmografía universal. Buñuel se desmitifica a si mismo. Reconoce su falta de recursos, su cine de urgencia, lo que lejos de restarle valor le suma valentía. Hay escenas en “La edad de oro” (1930) que vistas hoy uno se pregunta que han estado haciendo toda esta caterva de progres durante siglo y pico. Creo que Buñuel sólo pudo desgranar aquella bomba en otras películas, para tratar los temas con mayor análisis y amplitud, pero lo gordo ya lo había rodado con exceso que es la medida justa de su carácter.

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Finaliza el libro con un tono de melancolía que da sentido al título del libro. Es un canto a los placeres –casi siempre creativos- que tiene la vida. El análisis de su légamo honesto y personal como forma de compromiso con el tiempo que le tocó morir.

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“Matáis las voces y los ecos; y las sombras y los fantasmas. Matáis en la oscura noche el día que la traspasa.

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JOSÉ BERGAMÍN. Poesías completas I (2008).

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Matáis las soledades y sus músicas calladas. Matáis los pensamientos y matáis las palabras.

Matáis el sueño y la vida. Matáis el cuerpo y al alma. Matáis, matáis, matáis... Y a vosotros nadie os mata”.

En esta paradoja del tiempo y el clima, en esta claridad desierta [sic],

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está bien que leamos a José Bergamín “Claro y difícil” (2008) que le tituló Trapiello y que yo arreglaría en “claro por difícil” o “claro” que es “difícil”.

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Bergamín es claro, luminoso -como dice mi padre de las pinturas negras de Goya-, Trapiello juega a la contradicción, a la paradoja que es la forma democrática de la demagogia. En “Las armas y las letras” (1994 y sucesivos) –su obra “cumbre”- juega a la cal y la arena de la especulación como un constructor cualquiera. Convierte suposiciones en verdades por la vía de la repetición goebbeliana. La versión hispanoamericana es Jorge Volpi –mismo discurso y mismo ojo/gafa- que se marca “La guerra y las palabras” (2004) de casi mismo título para ensuciarle el pasamontañas al subcomandante. Marcos pasa una montaña de jorgito y le ignora con su calidad literaria de dinamitas Nobel.

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Bergamín es todo lo contrario. Don José es un intelectual, un hombre que sacude cultura como forma de poner en su sitio a quien peque de revisionista –él dirá “buscar las raíces es otra forma de andarse por las ramas”- por eso, es llamativo que sus valedores sean al tiempo sus detractores. Lo más peligroso de un culpable es su inocencia. 38


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En España, últimamente quien más ha hecho por José Bergamín es Niggel Dennis, responsable de esta poesía completa. Acontece que quienes más y mejor conocen lo de cerca suelen ser foráneos, los que vienen de lejos, lo que en los pueblos se sigue llamando forasteros. Para ver –como decía Machado- hace falta distancia. Esa distancia que arregla la miopía intelectual tan propia del español. En Francia, país que JB frecuentó -conoció a Florence Delay, la académica francesa que hace elogió de la ceniza en Demipage- vive Iván López Cabello que desde París mantiene un blog con casi todo lo que aparece sobre don José.

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Se puede comenzar a leer por sus certeros aforismos, que Juan Ramón elogió por su brillantez y publicó en la revista “Índice”. Después de “El cohete y la estrella” (1923) se puede seguir con su poesía, su teatro o sus innumerables ensayos sobre casi todo tipo de temas. Se puede leer su extraordinaria biografía inencontrable “Tras las huellas de un fantasma” (1985) de Gonzalo Penalva.

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Su compromiso social y político, su honestidad, su calidad literaria y su silencio le hacen una figura imprescindible para entender la cultura en el siglo XX español. Uno, que es especialista en pocas cosas –Bergamín es una de ellas39


podría estar escribiendo sobre el bueno de don José páginas y libros (y pienso hacerlo) pero aquí lo único que quiero es incentivar a su lectura poética a través de este grato esfuerzo que ha hecho Pre-textos y la mala conciencia de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales.

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Don Antonio Machado –casi nadie- ya elogió sus primeros sonetos de “Cristo crucificado ante el mar” (1938). Después, su prudencia y algunos desacertados -por envidiosos- consejos de Pedro Salinas, le hicieron macerar su lírica casi cuarenta años. El resultado es revivir lo mejor del siglo de oro (del que era un especialista) pasados por el cedazo de sus lecturas y vanguardias.

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Es un maestro de la sencillez, de darle a cada verso, a cada sentencia, un aire renovado (¿qué es esa moda paradójica del “reinventar”?). Así, sentencia “Lo cortés no quita lo cuautémoc”, “Mi mundo no es de este reino” y por el estilo porque para él, el aforismo, el verso brillante, antes que cierto debía ser certero. Su epitafio significativo: “Amigo que no me lee / amigo que no es mi amigo: / porque yo no estoy en mi / más que en aquello que aquello que escribo”. Pues eso. 40


CARMEN LAFORET. Nada (1944). “¡Cuántos días inútiles! Días llenos de historias, demasiadas historias turbias. Historias incompletas, apenas iniciadas e hinchadas ya como una vieja madera a la intemperie. Historias de-

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masiado oscuras para mí”.

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Esta novela –de título certero- es el claro ejemplo del panorama literario de la posguerra. La generación de plata de las letras castellanas estaba en el exilio, en la cárcel o en las cunetas del Paseo. Hubo otros que pasaron un poco por todo y acabaron siendo reabsorbidos por el sistema en forma de best seller como Ángel Mª de Lera, Del Arco o Sender. Autores que compartieron mesa y plantel con Martín Vigil, Van der Meersh o Pearl S. Buck.

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Laforet era de las primeras escritoras que publicaban en la reciente dic

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adura, que comenzaba a levantar sus cimientos (también literarios) y promovía unos premios mediáticos que habrían de inaugurar la forma de hacer literatura del siglo XX, dando por desfasados los folclóricos juegos florales del XIX.

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Carmen Laforet tenía 23 años cuando le concedieron el Nadal por “Nada” en 1944. Se nota que es una novela de juventud en las formas, en su contenido, en su todo. Tiene la frescura de las cosas recientes, lo sabroso de lo sin cuajar. El título nos habla del mundo interior de una adolescente que amanece a un mundo –su mundo- vacío. Ella, generosa y literaria lo taima con un “Nada”. 42


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Es novela de desahogo. Me recuerda a “El santo y el demonio” (1963) de Víctor Chamorro, finalista del Planeta también con veintitrés años y defendida en el jurado, precisamente, por Carmen Laforet. España estaba saliendo del agujero a base de olfato. Cela había publicado “La familia de Pascual Duarte” (1942) en Buenos Aires y el franquismo necesitaba vender el producto de casa. Comenzaron con Delibes “La sombra del ciprés es alargada” (1947), Gironella “Los cipreses creen en Dios” (1953) y otras novelas de ciprés -ese olor a cementerio- que era la forma de hacer seminario en la Edad Media del franquismo.

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El ambiente lo recreó acertadamente Víctor Erice en sus películas “El espíritu de la colmena” (1973) y “El sur” (1983). Ahora Erice consume silencio y reputación al lado de Godard y Kiarostami. Así es la cosa en España. “Nada” buen título para iniciar un periodo de la literatura nacional que cerraría “Tiempo de silencio” (1962) también de título esclarecedor.

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Luego Carmen Laforet siguió escribiendo novelas con una caída considerable en la calidad y la repercusión. Su vida pasó a la anodina candidez de 43


los fogones del franquismo. Su obra lo notó. Cuando quiso salir de aquella nada bulliciosa era 1970 y su separación le trajo, además, una inseguridad económica de la que no pudo recuperarse emocionalmente.

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“Nada” toma el título de un poema de Juan Ramón que andaba por el exilio de Puerto Rico madurando, redondeando su inabarcable obra inacabante. “Nada” es un alegato progresista -la censura agudiza el barroquismocontra la Dictadura. Lo que después Berlanga sublimará en “Bienvenido Míster Marshall” (1953) y por ahí. Nada tiene en “Nada” aire panfletario, entre otras cosas porque Laforet viene del lado de la mermelada, pero el instinto suele mirar debajo de la alfombra aunque no sepamos qué es y nos subamos encima en plan Aladino.

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“Nada” importa por todo. Principalmente por airear el cuarto oscuro del panorama literario a través de la gatera personal de la universitaria bien.

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Ramón J. Sender mantuvo con ella una relación epistolar (“Puedo contar contigo”, 2003) donde se evidencia una espiritualidad lastrada por la fe y 44


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de la que ambos no pudieron desprenderse. El sentimiento de culpa y la finitud les persiguieron hasta el final de sus días. Algo muy característico del S.XX – ¡Ay España del todavía!-, más acentuado si cabe en la pandereta franquismo.

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Póstumamente, a modo de estudio biobibliográfico, su hija Cristina Cerezales publicó “Música blanca” (2009), donde hace un repaso intimista y afectivo de la obra de su madre. “Nada” evoca el poema del último José Hierro “Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada”. Así es la cosa.

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59 mentiras 2/11  

59 Mentiras escrito por Jonás Sánchez Pedrero, ilustrado por Pedro Sánchez y prólogo de Víctor Chamorro

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