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59 Mentiras Jonรกs Sรกnchez Pedrero

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Para Ikilla. Eres mi soy.

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59 Mentiras Jonás Sánchez Pedrero

PRÓLOGO: Querido Jonás: Ya te dije que deseaba participar en este libro, no venal, que te edita el humanista Perico, tu padre: pintor, escultor y escritor que parece haber escapado del cantar de los cantares, de tan exquisita y desmesurada fuerza. Te edita libros para bibliófilos y los ilustra dejando hablar la sangre. Este tu libro es de poderío. Y llegas hasta ese límite en que el lector completa y tantas veces mejora la obra ajena escribiendo sobre ella. Acudo a mi carpetón de proverbios y elijo unos cuantos a través de los que entiendo que tu obra, tu trabajo y tu vida son un trasunto: Número 1: A Jonás no le gustaban ni el fútbol ni los toros y su padre no le avisó a tiempo de que se estaba quedando sin patria, pero le regaló un poemario. Número 2: Jonás ordena la memoria del mundo en las estanterías. Ficha, fecha y se propone que los libros necesarios tenga también su recreo. Número 3: Jonás le dice al lector: si no te interrogas, si te aburres, si tus ojos no estrenan pupilas en cada libro que te doy, tu carcoma está servida.

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Número 4: Aquel salvaje bibliotecario regalaba felicidad al precio de leer y decía que los sentidos, no leídos, carecían de memoria. Número 5: Jonás instruye al lector para que distinga el cisne naranja del flamenco blanco, lo caliente de lo candente, el frío del hielo. Número 6: Vive en una casa con la dignidad de una biblioteca leal en todas las mudanzas. Las estanterías con memoria sin agujero. Su puerta siempre abierta disuasoriamente. Antes de acostarse siempre deja sobre la mesa un cachito de verso más que Mónica sueña. Número 7: Es poeta necesario que se ha dolido y se deslee. Sus palabras como puñales de ironía, desde que amistó con Kafka. A su linaje literario ha incorporado muchas obras completas. Le dices a tu padre, como buen escultor, que tiene permiso a quitarle a esto lo que sobre. Dos abrazos fraternales. Víctor Chamorro.

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LA MENTIRA (Teoría de una justificación) “Defender y difundir la cultura es una misma cosa: aumentar en el mundo el tesoro de conciencia vigilante” Antonio Machado.

Para qué leer. Para qué pensar. Para qué tanta soledad. Para qué sucumbir al pensamiento que conduce a la pregunta infinita de las mañanas -ese silenciocorolando las fraguas de la derrota. Salivar por comisuras sonámbulas de final televisivo o darle a “este espacio de risa entre dos silencios” una consciencia. Entonces el libro (despensa dichosa de palabras) se hace imprescindible. Si elegimos la lectura frente a otras formas de perder el tiempo –la vida es esodebemos ser exigentes. Pedir a la literatura para no devaluarla, no convertirla en un pasatiempo sin más trascendencia que contar las horas que avanzamos al reloj. El analfabetismo mutó a “funcional” por “desuso”. Palabras rotas para pensamientos rotos. Palabras de uniforme para el pensamiento único. La lectura es otro mito. Hay ávidos lectores ignorantes. La ignorancia no es falta de conocimiento si no de inquietud. Se puede leer duro mientras el pensamiento permanece anclado en la fe castradora de la educación. A leer se aprende escribiendo y viceversa como caras de un mismo labio. Leer es un acto de soledad. Escucharse escuchando. Desbaratarse de la masa, volverse individuo, conciencia responsable que “en la calle son actos”. Y cuando llegue 5


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la contradicción afrontarla. Pensar es pensar hasta el final porque lo demás es retórica. No hay escala que mida la lectura. Es un olfato que se agudiza por madejas infinitas que vienen del temblor para desembocar al poema y sus misterios. Las buenas lecturas son luminosas. “Las lecturas necesarias” ayudan a crear ese “tesoro de conciencia vigilante”, despertando inquietudes, placeres líricos rayanos a la intuición que llamamos poesía. Las buenas lecturas crean mundos razonados, reales por ficticios. Aumentan la ignorancia porque aumentan el conocimiento. Las buenas lecturas nos conmueven -“nos muerden la cabeza”- nos perturban. Acucian la blancura caudal del folio, justifican la razón frente a lo íntimo y lo llamamos poema. Complicaciones que irán ensanchándose en narrativas. Crece el individuo, cambia hacia nuevas ideas. Las nuevas ideas suelen ser viejas, del siglo XIX, lo otro es novedad o navidad. Leer creativamente. Leer bien es leer mucho como para escribir bien hay que escribir muy bien. Constancia. Una actitud que conduce a la aptitud. Palabras para pensar, para completar razonamientos, a sabiendas del opaco peregrinaje. El pensamiento conduce a la contradicción, al desasosiego de la duda, al filo de la conducta honesta, a lo que de valor tiene la vida humana, al cara a cara de los ojos. Esta es la mentira. También la mentira es falsa. 6


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NOTA: Las referencias bibliográficas y cinematográficas están fechadas junto al título. He mantenido la fecha de publicación o exhibición de la obra en su país original y sólo la fecha española cuando ésta ha sido producto de una editorial o distribuidora de nuestro país. Así mismo he mantenido la fecha de la edición cuando la divagación versa sobre ese ejemplar en concreto. Es el caso de la poesía de Bergamín o Quevedo. Algunos de los siguientes textos fueron publicados en los periódicos regionales La Aldaba y La Crónica del Ambroz, así como en el blog de “Zéfiro Cuadernos” y mi bitácora personal “Blog Clausurado”.

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JULIO CARO BAROJA. Disquisiciones antropológicas (1985). “Con la lectura puede uno cansarse, fatigarse, ¿pero enloquecer? Lo dudo. Por muchos folletines o por muchos libros de caballerías o historietas que lea uno, loco no llega a volverse. Pienso, por el contrario, que de no leer, muchos se han hecho tontos”.

Con este libro se te caen los demás. Se da uno cuenta de lo flojito que ha estado en lecturas porque cuando terminas parece como si lo que hubieras leído antes se hubiera esfumado. Es un libro certero que sólo se lee si te lo recomienda un padre (a veces pasa). Es un libro rápido, escrito a bis con Emilio Temprano como una larga conversación, lo que antes era una interviú (nada más lejos de la actual revista pornoide) y en la que uno de los grandes sabios que ha dado este país reflexiona en profundidad sintética de los más diversos temas. Don Julio conduce sus cavilaciones hasta llegar a verdaderas moralejas llenas de escepticismo. Julio Caro Baroja heredó una familia y una biblioteca que para mi es lo mismo. Su padre le metió la imprenta por los ojos de la edición y el resto fue viajar, racionalizar y hacer bueno aquel dicho de que lo mejor de una estirpe aparece en la segunda generación. Luego la luz se apaga o se queda en la reserva que en literatura se llama derechos de autor. Así, don Julio es un gangoso, un disléxico que es como son los intelectuales y los buenos cantantes. En la entrevista “A fondo” de Joaquín Soler Serrano 9


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roza la angustia en el habla y la soberbia de la falsa modestia en el discurso. Es lo que se conoce como sabio. Es uno de los grandes del siglo XX, y de todos los tiempos en España y por tanto un olvidado. Es muy castizo esto de olvidar al que nos pasa por la izquierda, al que nos saca una cabeza porque lo que de verdad nos gusta es mirar por encima del hombro. Hoy se hace lo mismo (con perdón) a Antonio Escohotado, liberalón y psiconauta. Es el manto de silencio con que el sistema arropa la disidencia ideológica que es la coherencia metodológica. Don Julio entronca con Menéndez Pidal, con Navarro Tomás, con el siglo XIX, con Darwin y con Livingstone. Es uno de los grandes antropólogos y folcloristas de la historia universal y se nota. En esta larga entrevista habla de los más diversos temas con un conocimiento atroz de religión, historia, sociología, poesía, música, arquitectura, urbanismo, filosofía, pintura, folclore, política y un etcétera multidisciplinar. La actualidad de algunos temas, al ser un libro editado en 1985, se caen por su propia fecha, pero sus reflexiones son válidas para cualquier tiempo y conflicto. Es un libro importante, desmitificador, ligero por su tono de conversación. Incluye cronología y bio-bibliografía del autor que nos hacen una pequeña idea de la inmensidad de su obra. Es un libro que alienta al pensamiento aunque “pensar por propia cuenta es siempre difícil” nos advierte.

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CHARLES BUKOWSKI. El cartero (1976). “¡Once años! No tenía una perra más en el bolsillo que cuando entré por vez primera. Once años. Aunque las noches habían sido largas, los días habían pasado velozmente. Quizás era el trabajo nocturno, o hacer las mismas cosas una y otra vez, siempre igual. […] Once años pasaron por mi cabeza. Había visto al trabajo devorar a hombres hechos y derechos. Parecían derretirse”.

En el mes de junio comienza el mundial, la vacación y la cebolleta. Junio es un mes adolescente, son los dieciséis años de diciembre, el melocotón verde de las noches. Por eso junio para leer a Bukowski, ahora que mayo nos ha traído otra vez la ilusión de las asambleas y la mayoría azul marina de las serpientes. Con Bukowski surge la pregunta. Qué pasa aquí. El estudiante viene del siglo de oro, del examen catódico y el profesor pelma, sabiendo que los libros pueden tener algo que no sea insuficiente, junio o septiembre y alguien les habla de Bukowski que les engancha por soez y por borracho. Hay lectores babeando consonantes que no saben como digerir el abanico. El aire sirve el oxígeno, por eso el avezado lo agita, entonces corre el viento de la lectura lleno de preguntas antiguas. Con Bukowski pasan cosas. No sabemos qué pasa pero pasa. Nos surge la duda de si nos embelesa su actitud, su palabrota dulce o su tristeza escondida. Donde hay duda hay esperanza, por eso, CB ya tiene algo que no tiene el resto.

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Bukowski gusta por todo lo contrario. No sabe escribir pero es un gran escritor. Florecen interrogantes sucios como el semen de sus gatos. Bukowski transmite, crea atmósferas con escasos recursos estilísticos. Tiene verdad. Habla del olor de sus sobacos porque no hace otra cosa y ese olor desagradable gusta porque es verdaderamente asqueroso, tan lejano de las fragancias madeinfrance, con pergdón. Bukowski viene de Miró y de fumar en el water de Extremoduro. Viene de un padre fascistón como eran los padres USA de principios del XX. Terrence Malick lo retrata en su película “El árbol de la vida” (2011) en la figura de Brad Pitt, y hace una poética de la imagen con la que Hank estaría de acuerdo pero se limpiaría el culo sin más boato. CB Está en la cuerda de Henry Miller, lo que Umbral (tan de Bukowski como Panero) llamaba escritores fálicos. Burroughs, Ginsberg, Kerouac, Thompson, Cassidy, Cummings, y otros Latidos no van con él. En Beat lo más parecido es Gregory Corso, quien escribió que “la luz es el hueso de los ojos”. Pero él era más de Boris Vian, más de escupir sobre la tumba de lo lisérgico porque él era de Fante (que fue su maestro y su discípulo editorial). Era alcohólico, un gualtrapa, un cabrón que zarandeó a alguna de sus mujeres, incluso a periodistas (ejemplos tiene Youtube). La paridad –que viene de “parida”- y el feminismo de Ministerio no toleran estas cosas y le aplican los modales del silencio. Bukowski transmitía el lado oscuro de los moteles del American way of life y los pelos negros de Los Ángeles. El éxito le alcanzó 12


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cuando la tragedia estaba consumada, con casi cincuenta años y el miembro morcillón. El documental “Born into this” (2003) de John Dullaghan es una buena muestra de su derrota. Anagrama encontró un filón en Bukowski. Jorge Berlanga le tradujo casi toda la obra en la colección Contraseñas donde también publicaron a otro manco de la erótica negra que se llamaba Road Dahl. Bukowski crea a Chinaski como alter ego a quien culpar de sus excesos y sus demandas. En "El cartero" se cuentan sus experiencias en el oficio a la manera de Josep Pla con los guisantes. Es un ejemplo más de que no importa lo que se cuente mientras se cuente bien. Bukowski va un paso más allá porque encima lo cuenta mal pero resulta. El gusto humano por lo intolerable, por los sótanos de las alfombras, han hecho que su vida y obra se lleven al cine. "Ordinaria locura" (1981), "El borracho" (1987) o "Factoum" (2005) con Matt Dillon como protagonista son algunas de las adaptaciones que con mayor o menor fortuna se han hecho sobre su figura. Sean Penn también hizo algo allá por los ochenta. Pero quien de verdad le pone imagen al paisaje de Bukowski es Jim Jarmusch que es el mejor Wim Wenders. Road movies de costra, polvo y whisky barato con encrucijadas de autopistas a ninguna parte. Desasosiego en panorámicas de extrarradio. Ginebra, tabaco, eyaculaciones, carreras de caballos, peleas, desengaños, hasta conformar una vida que se bebió sin mucho miramiento. Neeli Cherkovski 13


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escribió una de sus biografías, pero su verdadera vida está en su literatura. "Shakespeare nunca lo hizo" (2004) es lo más autobiográfico que tenemos suyo. Como era alemán y los yanquis no le dieron coba pues se vino a beber a Europa dejando al Nobel Grass para cambiar los cascos de sus cervezas. Bukowski ya era un borracho entrañable y grotesco como un abuelo de Goya que exasperó a Bernard Pivot en el Apostrophes. Arrabal y su “milenarismo” parecen su caricatura posmoderna. Una complejidad humana y una literatura simple que es como suele ser lo verdadero. Un buen escritor que no sabía escribir, una víctima más del siglo XX, pionero en supurar las puses del sistema capitalista. Sabiendo que Bret Easton Ellis es “Menos que cero” (1987) y suicidado Foster Wallace por “La broma infinita” (1996) del Nardil, lo más parecido es Chuck Palahniuk (el de “El club de la lucha”, 1996) que es guarro, ensayista y comedido porque hoy todo pasa por la mentalidad femenina del cajero que piensa que su hijo no se toca la pilila. “Snuff” (2008) es un ejemplo. "El cartero" es de las pocas novelas de Hank. “Pulp” (1994) es la última, y en ella demuestra oficio, prisa y ganas de cobrar el cheque. Él era más poeta, más cuentista, por vagancia y porque sí. La fuerza de Bukowski es aforística (“de desnuda que está brilla la estrella”, decía Darío), y su mejor libro es "Fragmentos de un cuadernos manchado en vino" (2009). Aquí nos damos cuenta de la catadura filosófica de Hank (como le solían llamar), y sus descripciones modernistas, y su metáfora desgarrada, y todas sus virtudes y defectos. 14


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AUGUSTO MONTERROSO. Cuentos, fábulas y lo demás es silencio (1996). “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Monterroso, como los escritores de Centroamérica, no tiene el ruido de los grandes países, pero ocupa su sitio pequeñito y firme de las seguras geografías. En el mapa de la literatura todos saben situar el dinosaurio de don Augusto, como una especie de greguería colorida y húmeda acentuada en el ahorita. Honduras está a medio camino entre Asturias y El Salvador, por eso Comala queda lejos como si Roque Dalton fuera americano de la CIA y no un desaparecido más de los que cantaba Benedetti. Así las cosas a Augusto Monterroso le sobra ser príncipe de Asturias de las Letras (que le dieron en el 2000) porque él ya lo era pero de título Miguel Ángel. El boom hispanoamericano lo inicia Valle Inclán con “Tirano Banderas” (1926). Carlos Barral lo contrata y le da el esplendor de la venta con Gabo, Vargas Llosa, Onetti, Cortázar y un rebufo Donoso en Carpentier, Benedetti y así. En realidad todos querían ser Árguedas, y por eso le��an a Rulfo. Este libro tiene el eclecticismo de lo incorrecto. Posee la sutil ironía y el sarcasmo de la nada, cuando se le niega la tranquilidad que le da nombre. Monterroso te gana porque no quiere vencerte, te ignora y por eso te interesa. Te deja su prosa en el camino que Josep Pla afiló por cuenta de Baroja. 15


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Augusto Monterroso es hilarante cuando pasa la cinta ganadora de lo sublime. Es un poco Tom Sharpe y un poco Gelman. En realidad es simplemente Un Poco. Cuando se escribe poco se ha de escribir bien. Y para escribir bien hay que escribir muy bien hasta conformar el refrán de lo breve si es bueno es que es muy bueno. En “Cómo me deshice de quinientos libros” uno se convence de que la biblioteca es ya un caparazón que nos acompañará en el lento caminar de esta vida sin poder deshacernos de ella ni falta que nos hace. Augusto Monterroso está en el difícil camino de lo breve. En la difusa frontera del aforismo, la poesía, el relato y el artículo. De todos participa a ninguno obedece. Es un gran escritor que ayuda a convencerse del aforismo de Pla que decía que la novela es la literatura infantil de los adultos.

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NORMAN MAILER. Los desnudos y los muertos (1948). “Los hombres avanzan lentamente ahora, inclinándose como si caminaran contra el viento. Cummings está fascinado por la lentitud de todo, por la especie de letargo en el que avanzan y caen. Parece que no hubiera ningún orden en el ataque ni voluntad en los hombres: avanzan en cualquier dirección, como hojas flotantes en un estanque alterado por el impacto de una piedra y sin embargo, en conjunto, el movimiento es de avance. A la postre, las hormigas siempre van en la misma dirección”.

Uno llega a Mailer como llega a la poesía, por disfrute. Uno no tiene por qué meterse quinientas páginas de segunda guerra mundial con todo lo que nos han dado los americanos ya sea en forma de película o de leche en polvo. Ya sabemos que una imagen vale más que mil palabras, sólo si es de Baudelaire. Norman Mailer parte del mosquito para llegar al bombardeo, se inicia en el sudor para desembocar en la lluvia, nace en el orgasmo y termina en la fiebre. Es un helado caliente de dos sabores que no nos gusta porque está chupado y por mucho que damos la vuelta al polo no hay quien nos quite el lametón de la cabeza. Y sin embargo nos gusta. No es que nos guste es que nos convence. Nos va revelando la fluorescencia tropical del abismo sobre la mente. Al final la guerra parece sólo una excusa para enseñarnos las paredes oscuras del entrecejo. Esta novela tiene atmósfera de sobaco. Uno huele la piel de la soldadesca como un rancho vomitivo del que no podemos deshacernos porque el oxígeno ya te ha entrado en el pechamen. Las páginas se te pegan en los dedos como

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una revista porno acartonada. Con esta novela descubrimos el goce de lo bien escrito a pesar de los muertos que se desnudan delante de nuestras palabras. Lo descriptivo se convierte en personaje, los personajes en descripciones sicosociales y así sucesivamente hasta darnos cuenta que el desnudo y el muerto es la misma cosa y que están vivos en cualquiera de nosotros. NM escribe con un derroche de medios, al estilo Nabokov. Cuando se pone sicológico te das cuenta que al final todos le deben a Dostoievsky que era el hermano ruso de Sancho Panza.

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ALFRED JARRY. Ubú rey (1896). “PADRE UBÚ: […] Como nunca me cansaré de enriquecerme, los haré ejecutar a todos y me quedaré con los bienes vacantes. Venga, todos los nobles a la trampa. (Apilan a los nobles junto a la trampa y los van arrojando a ella). ¡Más aprisa, más aprisa! Tengo ganas de legislar”.

A Alfred Jarry no se llega porque te lo diga la vecina, ni El corte Inglés, ni las listas de los más vendidos ni los más olvidados ni los aniversarios de la prima de Kafka. A Jarry se llega después de saber que Els Joglars hicieron “Ubú president” (1995), o después de ver a Picasso, o a Miró con sus escenografías teatrales de “Mori el merma” (1978), de la compañía “La Claca”1. En Málaga, mientras los guiris pillaban sitio en La Malagueta me fui a verle el Picasso a la ciudad y me encontré a un Miró grande al lado de don Pablo. Y me interesé por Jarry cuando los más ilustres le utilizan –en el argot “le deben”- y nadie hablaba de él admirándole abiertamente. Entonces, hay que hacer el homenaje de la lectura que cuando se trata de escritores es lo que toca. Leer es un poralgoserá pero en Alfred J. es verdad (también la mentira es falsa). Uno cree que “Ubú rey” (1896 [sic]) es una bofetada a la vida, a la condición humana, al mundo, a esta historia del vivir. Yo creo que es uno de los grandes hitos de la literatura por tres razones: porque sí, por qué no y porque yo que sé.

1 Algo de esto se puede ver en el vídeo de la BBC que Robin Lough le grabó en Mallorca, 1978.

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Son razonamientos muy en su línea que es la línea del surrealismo anterior a cualquier vanguardia y cosa. “Ubú rey” se ríe de las estructuras, de los ejércitos, de los reyes, de los vasallos, de la vida, de la muerte y del propio lenguaje. Sublima el léxico jugando con la fonética y la propia construcción gramatical. Es la irreverencia absoluta de la nada, del todo y el algo sin tampoco. Hace un clásico a lo Sófocles, riéndose en las barbas trágicas de Shakespeare y hasta de la misma risa se mofa, llorando sin más sentido que la transgresión certera que es la transgresión acertada. Y sin afectación. Como quien no encuentra otra forma –¡y es que no la hay!de hacerlo mejor, óptimo, total. Pocas veces se encuentra uno en la creación con talento semejante. Eclecticismos aparte, las obras maestras son humorísticas porque el humor es la tragedia sublimada, refinada, razonada (perdón por la terna adjetival). “La vida de Brian” (1979) es al cine lo que Jarry a la literatura. Lo que engrandece al francés frente a los británicos es su integridad, su honestidad que devino en consecuencia. Jarry brilla con estilo propio. Tener estilo propio es una perogrullada como decir lo mío que me compré. Bernard Shaw decía que el estilo se nota cuando se tiene algo que decir, y Alfred J. lo tiene y lo dice, y hasta se responde a carcajadas. AJ se escojona de sí mismo como forma de reírse del mundo. Se desclasó a golpe de fracasos sociales y éxitos literarios. Al final todos queremos ser don Quijote por muy sanchopanzas que nos lo vendan.

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La crítica, que no perdona la genialidad que no le pague la columna, vino a reducirle al teatro del absurdo –el verdadero género del absurdo es la crítica, ¡ay, la docencia!- y no le perdonaron la integridad del consecuente. Se bebió toda la absenta de su herencia, su salud y de vez en cuando vomitaba en sus acreedores. Un figura vamos. Murió de despreocupación progresiva que los médicos llamaron meningitis tuberculosa. Antes de palmar, al preguntarle sus amigos cual era su último deseo pidió un mondadientes. Nada. Ni un “paluego”.

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LUIS BUÑUEL. Mi último suspiro (1982). “Nuestra memoria, es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento”.

Este encargo editorial lo escribió Jean Claude Carriere porque Buñuel era de imagen que es la forma de llamar a la acción en el cine. Carriere –que ha publicado recientemente “Nadie acabará con los Libros” (2010)-, coguionista de muchas de sus películas, amigo y discípulo del director, era consciente del peso del aragonés en la historia de la cultura del siglo XX, por eso no le importó escribirle estas memorias fruto de su amistad, tiempo y conversaciones. Cuando se leen estas memorias, a uno se le aparece “Autobiografía” (1964) de Chaplin como contrapunto. Buñuel que no dejaba de ser un burgués desclasado por la Residencia de Estudiantes aparece como un escéptico por la vía de la cultura, la personalidad y el alcoholismo. Chaplin, -mencionado en varias ocasiones en estas memorias- ni le cita en la suya. La memoria es selectiva como la vanidad. Buñuel era un arrebato. Chaplin viene de la miseria que Buñuel conocía mejor que nadie porque venía de lo contrario. Para ver se necesita distancia por eso Buñuel hace “Viridiana” (1961) y Chaplin “La quimera del oro” (1925). Ambos libros quedan cortos ante “Pensar entre imágenes” (2010) de Jean Luc Godard que bajo el subtítulo de “conversaciones, entrevistas, presentaciones y

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otros fragmentos” publicó la editorial catalana Intermedio. De Godard interesa todo, hasta lo que no interesa como pueden ser estos libros. Su excepcionalidad fílmica reside en una dialéctica –voy a escribir diálisispoética. Un universo de sueños cimentado por un discurso “socialista” –“Socialism” (2010), es su última película- tan marxista y antagónica a la socialdemocracia. Dejó sin foto a los Óscar de la Academia y con un palmo de narices a la SGAE: “el autor no tiene derechos, tiene deberes”. Buñuel, venía de la España del charco, de la prehistoria con agua caliente que decía Josep Pla. Su lectura completa la visión del 27, su relación con el cine – leer “Proyector de luna” (1999) de Román Gubern- y las artes plásticas. Buñuel trata con el artisteo de París que entonces eran los surrealistas de Breton, Ernst, Eluard, Aragon y por ahí. Es el momento en que el cine encuentra su mercado que era la propaganda industrial de Hollywood, donde van a parar casi todos los creadores. Pintores, escritores, músicos, acuden al toque de flauta del dinero del tío Sam. En estas memorias desfilan Lorca y Dalí, Chaplin y Man Ray, Las Hurdes y Beverly Hills. Una vida de pasión, de borracheras en Toledo y orgías [sic] con Charlot. De tensiones políticas fruto del compromiso casi forzado y de escepticismos casi obligados. Un maremágnum de cotilleo cultural escrito con la facilidad de un guión que casi no se nota que es como son los buenos guiones (o eso decía Azcona).

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Anécdotas que recrean momentos históricos, y el comentario personal sobre un buen puñado de películas que son parte de la filmografía universal. Buñuel se desmitifica a si mismo. Reconoce su falta de recursos, su cine de urgencia, lo que lejos de restarle valor le suma valentía. Hay escenas en “La edad de oro” (1930) que vistas hoy uno se pregunta que han estado haciendo toda esta caterva de progres durante siglo y pico. Creo que Buñuel sólo pudo desgranar aquella bomba en otras películas, para tratar los temas con mayor análisis y amplitud, pero lo gordo ya lo había rodado con exceso que es la medida justa de su carácter. Finaliza el libro con un tono de melancolía que da sentido al título del libro. Es un canto a los placeres –casi siempre creativos- que tiene la vida. El análisis de su légamo honesto y personal como forma de compromiso con el tiempo que le tocó morir.

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JOSÉ BERGAMÍN. Poesías completas I (2008). “Matáis las voces y los ecos; y las sombras y los fantasmas. Matáis en la oscura noche el día que la traspasa. Matáis las soledades y sus músicas calladas. Matáis los pensamientos y matáis las palabras. Matáis el sueño y la vida. Matáis el cuerpo y al alma. Matáis, matáis, matáis... Y a vosotros nadie os mata”.

En esta paradoja del tiempo y el clima, en esta claridad desierta [sic], está bien que leamos a José Bergamín “Claro y difícil” (2008) que le tituló Trapiello y que yo arreglaría en “claro por difícil” o “claro” que es “difícil”. Bergamín es claro, luminoso -como dice mi padre de las pinturas negras de Goya-, Trapiello juega a la contradicción, a la paradoja que es la forma democrática de la demagogia. En “Las armas y las letras” (1994 y sucesivos) – su obra “cumbre”- juega a la cal y la arena de la especulación como un constructor cualquiera. Convierte suposiciones en verdades por la vía de la repetición goebbeliana. La versión hispanoamericana es Jorge Volpi –mismo discurso y mismo ojo/gafa- que se marca “La guerra y las palabras” (2004) de casi mismo título para ensuciarle el pasamontañas al subcomandante. Marcos pasa una montaña de jorgito y le ignora con su calidad literaria de dinamitas Nobel. 25


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Bergamín es todo lo contrario. Don José es un intelectual, un hombre que sacude cultura como forma de poner en su sitio a quien peque de revisionista – él dirá “buscar las raíces es otra forma de andarse por las ramas”- por eso, es llamativo que sus valedores sean al tiempo sus detractores. Lo más peligroso de un peligroso es su inocencia. En España, últimamente quien más ha hecho por José Bergamín es Niggel Dennis, responsable de esta poesía completa. Acontece que quienes más y mejor conocen lo de cerca suelen ser foráneos, los que vienen de lejos, lo que en los pueblos se sigue llamando forasteros. Para ver –como decía Machadohace falta distancia. Esa distancia que arregla la miopía intelectual tan propia del español. En Francia, país que JB frecuentó -conoció a Florence Delay, la académica francesa que hace elogió de la ceniza en Demipage- vive Iván López Cabello que desde París mantiene un blog con casi todo lo que aparece sobre don José. Se puede comenzar a leer por sus certeros aforismos, que Juan Ramón elogió por su brillantez y publicó en la revista “Índice”. Después de “El cohete y la estrella” (1923) se puede seguir con su poesía, su teatro o sus innumerables ensayos sobre casi todo tipo de temas. Se puede leer su extraordinaria biografía inencontrable “Tras las huellas de un fantasma” (1985) de Gonzalo Penalva.

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Su compromiso social y político, su honestidad, su calidad literaria y su silencio le hacen una figura imprescindible para entender la cultura en el siglo XX español. Uno, que es especialista en pocas cosas –Bergamín es una de ellas- podría estar escribiendo sobre el bueno de don José páginas y libros (y pienso hacerlo) pero aquí lo único que quiero es incentivar a su lectura poética a través de este grato esfuerzo que ha hecho Pre-textos y la mala conciencia de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales. Don Antonio Machado –casi nadie- ya elogió sus primeros sonetos de “Cristo crucificado ante el mar” (1938). Después, su prudencia y algunos desacertados -por envidiosos- consejos de Pedro Salinas, le hicieron macerar su lírica casi cuarenta años. El resultado es revivir lo mejor del siglo de oro (del que era un especialista) pasados por el cedazo de sus lecturas y vanguardias. Es un maestro de la sencillez, de darle a cada verso, a cada sentencia, un aire renovado (¿qué es esa moda paradójica del “reinventar”?). Así, sentencia “Lo cortés no quita lo cuautémoc”, “Mi mundo no es de este reino” y por el estilo porque para él, el aforismo, el verso brillante, antes que cierto debía ser certero. Su epitafio significativo: “Amigo que no me lee / amigo que no es mi amigo: / porque yo no estoy en mi / más que en aquello que aquello que escribo”. Pues eso.

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CARMEN LAFORET. Nada (1944). “¡Cuántos días inútiles! Días llenos de historias, demasiadas historias turbias. Historias incompletas, apenas iniciadas e hinchadas ya como una vieja madera a la intemperie. Historias demasiado oscuras para mí”.

Esta novela –de título certero- es el claro ejemplo del panorama literario de la posguerra. La generación de plata de las letras castellanas estaba en el exilio, en la cárcel o en las cunetas del Paseo. Hubo otros que pasaron un poco por todo y acabaron siendo reabsorbidos por el sistema en forma de best seller como Ángel Mª de Lera, Del Arco o Sender. Autores que compartieron mesa y plantel con Martín Vigil, Van der Meersh o Pearl S. Buck. Laforet era de las primeras escritoras que publicaban en la reciente dictadura, que comenzaba a levantar sus cimientos (también literarios) y promovía unos premios mediáticos que habrían de inaugurar la forma de hacer literatura del siglo XX, dando por desfasados los folclóricos juegos florales del XIX. Carmen Laforet tenía 23 años cuando le concedieron el Nadal por “Nada” en 1944. Se nota que es una novela de juventud en las formas, en su contenido, en su todo. Tiene la frescura de las cosas recientes, lo sabroso de lo sin cuajar. El título nos habla del mundo interior de una adolescente que amanece a un mundo –su mundo- vacío. Ella, generosa y literaria lo taima con un “Nada”.

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Es novela de desahogo. Me recuerda a “El santo y el demonio” (1963) de Víctor Chamorro, finalista del Planeta también con veintitrés años y defendida en el jurado, precisamente, por Carmen Laforet. España estaba saliendo del agujero a base de olfato. Cela había publicado “La familia de Pascual Duarte” (1942) en Buenos Aires y el franquismo necesitaba vender el producto de casa. Comenzaron con Delibes “La sombra del ciprés es alargada” (1947), Gironella “Los cipreses creen en Dios” (1953) y otras novelas de ciprés -ese olor a cementerio- que era la forma de hacer seminario en la Edad Media del franquismo. El ambiente lo recreó acertadamente Víctor Erice en sus películas “El espíritu de la colmena” (1973) y “El sur” (1983). Ahora Erice consume silencio y reputación al lado de Godard y Kiarostami. Así es la cosa en España. “Nada” buen título para iniciar un periodo de la literatura nacional que cerraría “Tiempo de silencio” (1962) también de título esclarecedor. Luego Carmen Laforet siguió escribiendo novelas con una caída considerable en la calidad y la repercusión. Su vida pasó a la anodina candidez de los fogones del franquismo. Su obra lo notó. Cuando quiso salir de aquella nada bulliciosa era 1970 y su separación le trajo, además, una inseguridad económica de la que no pudo recuperarse emocionalmente. “Nada” toma el título de un poema de Juan Ramón que andaba por el exilio de Puerto Rico madurando, redondeando su inabarcable obra inacabante. “Nada” es un alegato progresista -la censura agudiza el barroquismo- contra la 29


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Dictadura. Lo que después Berlanga sublimará en “Bienvenido Míster Marshall” (1953) y por ahí. Nada tiene en “Nada” aire panfletario, entre otras cosas porque Laforet viene del lado de la mermelada, pero el instinto suele mirar debajo de la alfombra aunque no sepamos qué es y nos subamos encima en plan Aladino. “Nada” importa por todo. Principalmente por airear el cuarto oscuro del panorama literario a través de la gatera personal de la universitaria bien. Ramón J. Sender mantuvo con ella una relación epistolar (“Puedo contar contigo”, 2003) donde se evidencia una espiritualidad lastrada por la fe y de la que ambos no pudieron desprenderse. El sentimiento de culpa y la finitud les persiguieron hasta el final de sus días. Algo muy característico del S.XX –¡Ay España del todavía!-, más acentuado si cabe en la pandereta franquismo. Póstumamente, a modo de estudio biobibliográfico, su hija Cristina Cerezales publicó “Música blanca” (2009), donde hace un repaso intimista y afectivo de la obra de su madre. “Nada” evoca el poema del último José Hierro “Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada”. Así es la cosa.

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ROBERTO INIESTA. El viaje íntimo de la locura (2009). “La rutina ha vuelto a instalarse en casa de don Severino”.

Me parece a mí que el título es un camelo. Es la máscara que se pone el creador para ir de frente. El Robe hace uno de sus pocos "viajes" desde casa y lo publica en lucidez. Vendió libros como churros porque sus seguidores tienen la discografía descargada de Internet o grabada en casette de mercadillo y una vez al año no hace hábito. Los que escuchamos Extremoduro desde que éramos poesía, hemos mamado los versos del Iniesta hasta llegar al canuto de la tinta. Luego la sinapsis y la lectura han ido trazando el surco de la metáfora y a unos les salió un poema y a otros nada por falta de riego. Y es que uno se hace músico cuando le da la gana, como el Krahe, pero el escritor cuando las letras quieren. Es ahora cuando al Robe le ha venido la cosa. Robe tiene apellido de futbolista modosito que se lleva el mundial como si nada y se ha marcado uno de las obras maestras del Rock universal con "La ley innata" (2008), pero nadie se ha querido dar cuenta porque andamos registrando a los muertos como chabolistas de la Hueva -del Umbral 650- en el cementerio de Michael Jackson, Whitney Houston y así. Ya sabemos que el pillaje es algo patrio y nosotros andamos dándole la vuelta al Galán de don Gabriel ignorando a Extremoduro y a su mujer.

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Andamos tan metidos en la Marca de la cursi subvencionada que las avestruces nos nacen sin cabeza, porque si es por la venta el Robe vende, si es por calidad le sobra, pero no hay que pasarse en la palabra Refinería porque entonces los rugidos se suben por las paredes. Así la cosa "El viaje íntimo de la locura" mira con desgana al Milenio que viene, porque él mira por el váter. El viaje íntimo de la locura tiene mucho de Salgari y Julio Verne, pero pasado por el tamiz de Saramago. Aunque el Robe tiene tripi de sobra y lo pasa todo por el colon onírico de sus lombrices. Le ha salido un detritus maravilloso de floración rápida. El Robe sabe que no es escritor, lo dice, se le nota. Otros dicen lo contrario sin rubor. A RI le sale una infancia que pide a gritos que le devuelvan los cascos. Un mundo personal que se agradece entre tanta fórmula 1 de biomasa. Iniesta se da cuenta del jardín en que se ha metido cuando nos tiene en el bolsillo interior de sus pulmones. Entonces nos regurgita rápido y nos echa agua para que andemos, solos y con frío a comprar el Marca, otra vez y siempre -ah- con gol de Messi.

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ALDOUS HUXLEY. Un mundo feliz (1932). “Yo tengo la sensación de que podría hacer algo mucho más importante. Sí, y más intenso, más violento. Pero ¿qué? ¿Qué se puede decir que sea más importante? ¿Y cómo se puede ser violento tratando las cosas que esperan que uno escriba? Las palabras pueden ser como los rayos X si se emplean adecuadamente: pasan a través de todo”.

Esta es su gran novela, perogrullada que sabe todo el mundo, seas feliz o no, esto se sabe. “Un mundo feliz” forma parte de la terna de novelas que a mi me parecen fundamentales en el XX: “Fahrenheit 451” (1953) de Ray Bradbury y “1984” (1948) de George Orwell. Al género se le llamó Ciencia Ficción, pero en novela –como en toda creación- sólo hay dos géneros: el bueno y el malo (el feo queda dentro del malo). Luego está la belleza maloliente de lo malo que entra dentro de las buenas novelas como sabe todo el mundo que haya leído a Bukowski. La ficción de Huxley era en realidad La Realidad. A Aldous Huxley, no le hacía falta ver porque llevaba el mundo dentro como esos caracoles con gafas que sacan al sol los cuernos de sus lecturas. Huxley en realidad era un pensador, le gustaba recrearse en el razonamiento, explicarse las cosas por escrito. Lo de intelectual tiene un prurito burgués, un absurdo, que no me gusta pero Huxley lo era. Los ojos, le fallaron la vista es otra cosa- desde joven, pero el ya veía con el olfato y tuvo temple para no dejarse llevar por la jauría del S. XX.

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La Independencia cuaja en Referencia. Al final uno tiene que claudicar ante la arrogancia del linchado por resistente y por competente. Lo peor de las víctimas es que suelen tener razón. Unamuno decía “venceréis pero no convenceréis”, pues eso. La gente nace con su esquema, con su voto debajo del brazo, con su tontería pero Huxley quema sus cuadrículas y se enmullona con tal de darle alas a la cosa. El pero de AH fue la religión. Es el gran pero de la historia. El hombre se fecunda con hostias, con espermatozoides y tuberculosis, confesando el atropello de la vida a convalecientes libros. A Huxley lo que le honra es haber buscado otras parroquias. “Un mundo feliz” viene de “El talón de hierro” (1908) de Jack London y “Nosotros” (1921) de Zamiatin y de su enorme biblioteca que ardería por Los Ángeles para más INRI. "Un mundo feliz" es el retrato caricaturesco del capitalismo globalizado de hoy, sólo que según pasan los años los Alfa se multiplican y los Épsilon se reducen, agigantándose las diferencias. Luego está el Soma, esa droga que puede ser la Tele, el vino o la farmacia, según. Huxley sabía mucho de lo que nos podrían aportar las drogas (remedio y enfermedad) bien tomadas. Para ello escribió “Las puertas de la percepción” (1954) que es uno de sus libros más interesantes, y de los menos traducidos y conocidos. Sus tesis se las apropió Escohotado y las difundió en el ya clásico "Historia general de las drogas" (3 tomos en Alianza de bolsillo o el grueso volumen de Espasa). En Internet podemos encontrar entrevistas al autor que nos acercan a sus planteamientos, algunos en vigor como la superpoblación (y las consecuencias 34


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sociopolíticas que eso conlleva), la manipulación informativa y la vileza de la industria farmacéutica. Huxley se adelantó a su tiempo. Sólo se rezagó en la mentira generada por el lenguaje, y le reconoció a Orwell el logro de su “1984”. Por lo demás, tiene ensayos breves y exquisitos sobre todo tipo de temas: música, pintura, literatura, religión, sociología… Huxley era un hombre leído, viajado y trabajado. Una experiencia en sí mismo. Lo que se acerca al estereotipo de sabio. Edhasa ha ido reeditando parte de su obra. En “Si mi biblioteca ardiera esta noche” (2009) nos cuenta como cantidad no hace calidad, si no todo lo contrario. Pone por ejemplo la literatura pero a mi se me ocurre el cine, la música y la televisión. La cantidad diluye la calidad y lo que es más preocupante pervierte la exigencia porque dispersa los referentes. Una biblioteca, al modo de las que hacía Juan Vicens en las Misiones Pedagógicas, de 300 a 500 ejemplares, (leer “España viva: el pueblo a la conquista de la cultura” (2002) publicada por la revista recién extinguida “Educación y biblioteca”) tendría una exquisita validez frente a los miles de volúmenes que hoy se amontonan en los anaqueles. Bukowski decía que al entrar en las bibliotecas le ocurría lo mismo que al visitar un museo: pensaba que la gran mayoría del contenido era superfluo, material de consumo. Así la cosa, en la era de Internet donde la dispersión y el entretenimiento se multiplica de manera exponencial, la calidad, en materia de contenidos, se convierte en la aguja del pajar solo que el pajar es una inmensa

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era sin desgranar. Además, no sabemos qué es una era, ni que es un grano ni qué aguja buscamos en esta enorme paja (virtual para más inri).

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JACK LONDON. Martin Eden (1908). “Y si la vida representaba para él más que para otros, entonces debiera exigir de la vida más que los otros. Pero no podía exigirlo de personas como las que le acompañaban en aquel instante. Los ojos negros y osados no tenían nada que ofrecer; conocía los pensamientos que ocultaban: un vaso de café era el supremo ideal”.

Este es el London que interesa. Todo el mundo tiene un perro y le gusta ver como menea el rabo. Antes se podía escribir una novela, ahora se es más ligero, subimos la foto al facebook, cosa que aparte de una horterada queda casi cruel con los tiempos que corren. Lo digo porque “Colmillo blanco” (1906) y cosas así, están bien escritas y dan para mucho Disney pero nada más. Ya sabemos que el mercado lo absorbe todo. Se apropiaron de la figura de London para aplicarle la liposucción del topicazo. Adelgazar su enorme altura literaria para hacer películas famélicas de entretenimiento navideño. Recuerdo haber visto “Colmillo blanco” (1991) en fechas de nieve hace veinte años cuando todavía tenía abuela y familianías. Pensé quién podía haber escrito aquella historia y me leí al London de “El lobo de mar” (1904) y “La llamada de la naturaleza” (1903), a menudo en traducciones infames. Pero London era algo más que un Salgari o un Verne. Jack era anarquista. Escribía sobre sus viajes como marinero, sobre sus experiencias como buscador de oro, sobre sus cosas. Él lo había aprendido de Poe, de Dostoievsky, sus maestros. Él en realidad quería ser poeta a lo Browning, que

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tanto gustaba a Juan Ramón, pero le faltaba metáfora y le sobraba vitalidad. Y acertó. Contó su vida en tres novelas autobiográficas aunque todas lo sean un algo. La primera es “The road” (1903), “Martin Eden” (1908) y la tercera “John Barleycorn” (1913). Jack London se crea su alter ego Martin Eden para poder ampliar su mundo ya de por sí inmenso. Esta es una buena novela para aquellos que quieren escribir. Aquí London muestra los conflictos personales del escritor. Siempre solitario -como la lectura- que debe encarar las muchas presiones que la masa impone. Las principales el amor y el dinero. En esto indaga más y mejor, como casi siempre, George Orwell en su novela “La aspidistra” (1936) y que Destino tradujo en un clarificador “¡Venciste Rosemary!” (1976), siempre el comercio cargándose la lírica en pos de la venta. Martin Eden es una obra catárquica. El autor pone en orden su propia historia para no llevar a equívocos. Todos necesitamos justificarnos y London más que nadie porque sabía que le intentarían clasificar como cuentista/aventurero pero él era mucho más. Utilizó el periodismo para crearse un nombre como escritor. Eso se nota en el tono y en el estilo. Su libro “El pueblo del abismo” (1903) es una buena muestra de esto. Su mejor novela es “El talón de hierro” (1908) que la editorial Hiru de Alfonso Sastre -otro olvidado- editó en castellano en 2003. Antecede a lo mejor de Orwell que le reconocerá su maestría en diversas entrevistas.

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Aquí London es London. En otros libros es un escritor adocenado por la necesidad de publicar. Su vida es la obra. Este es el interés, el predicar con el ejemplo, y London lo hizo siguiendo la estela de otros, como otros seguirán la estela de Jack, de Martin Eden, de John Barleycorn. Podríamos citar a Orwell, a Bukowski o Chris McCandless, que continuaron la ruta salvaje hacia el alma humana.

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El pueblo del abismo (1913). “Su felicidad es, en el mejor de los casos, monónotona, casi animal; esa felicidad simple que da tener el buche lleno [...] Lo peor en cualquier caso, es que eso no es todo. El atontamiento feliz en el que se ven inmersos no es otra cosa que una inercia mortífera, un vivir en el adocenamiento que precede a su extinción. No progresan.[...] Sus vidas son una iniciación en ese deslizarse hacia el abismo, que concluirán sus hijos y sus nietos”.

Jack London es un modelo, medidas 20-21-19. Su cronología es siglo XX, anticipando el XXI con estilo del XIX. Digo que es modelo porque su obra es paradigmática de lo que el mercado, el capitalismo, puede hacer con la obra de los creadores. Jack London se salió del tiesto y lo mejor que se puede hacer con el rojo es mezclarlo con el amarillo hasta que salga el naranja de su “Colmillo blanco” (1906), que no estuvo mal, pero no se trata de eso. Se trata de que Jack London escribe “El pueblo del abismo” en 1903 y más de un siglo después su análisis todavía sirve. El capitalismo sigue apretando sus tuercas y parece que se está pasando de rosca. London escribe más tarde “El talón de hierro” (1908) que sólo la editorial Hiru de Alfonso Sastre, otro que tal, se ha atrevido a publicar. “El talón de hierro” está en la línea de Ciencia Ficción de “Nosotros” (1921) del ruso Zamiatin que derivará con el paso del siglo XX a el “1984” (1949) de George Orwell que se agota el género, pasando por encima de “Fahrenheit 451” (1953) de Bradbury y “Un mundo feliz” (1932) de Huxley.

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“El pueblo del abismo” es anterior a casi todo, un clásico, o sea. Es uno de los maestros de Orwell que después a imitación suya y de su propia conciencia escribirá “Sin blanca en París y Londres” (1933) y “Subir a por aire” (1939), ambos retratos sociológicos y políticos de la situación del lumpen a principios del siglo XX en las sociedades industriales. London y Orwell son a la urbe lo que Sender y Trigo al campo, Anglosajonia e Hispania inclusive. Con este título se antecede a la novela periodística norteamericana que luego venderán como propia Capote, Wolf y compañía pero la cosa, como se ha dicho, ya estaba inventada. “Lo que no es tradición es plagio” que dijo el D ´ors. Así las cosas, leer esta novela-ensayo-biografía, es una buena forma de recordarse que la crisis viene de lejos y siempre la sufren los mismos. Buena manera de entender que el sistema crea estereotipos y aplica su silencio donde quiere y saca lustre a los colmillos si son blancos y no muerden aunque se llamen Jack London.

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BILL BRYSON. Una breve historia de casi todo (2003). “El hecho es que no sabemos. No tenemos la menor idea”.

A veces pasa. Resulta que un best seller acaba siendo un buen libro. Bill Bryson se dio a conocer al mundo con esta obra. Él ya era un viajero impenitente y escribía -con el humor distante de los ingleses- sus percepciones sobre el asunto. Léase "En las antípodas" (2010). En España Bryson se escribe Punset. Que después de “Cara a cara con la vida, la mente y el universo” (2006) ha publicado una rehala de libros a medio camino entre la ciencia y la autoayuda. Mitad Arsuaga mitad Coelho. Ahora, hay un repentino interés por la ciencia como forma de llegar a la fe. Un camino hacia la oscuridad del pensamiento cuya salvación está en creer en los reyes magos. Los caminos de El Sistema son inescrutables. Bryson es muy inglés. Tiene el tono de los que no son escritores y además no escriben en español. Esto hace la lectura mucho más fluida y entendible y bastante menos sabrosa desde el punto de vista literario. Bryson escribe con la ironía británica de Mr. Bean que en novela se escribe Tom Sharpe. De él bebe Bill y otros como el "alpujarreño" Chris Stewart con su loro y su limonero. Esta breve historia que no es ni breve ni es histórica es un intento de querer desmitificarlo todo sin decir apenas nada. Y lo consigue. Lo bueno de este

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libro es su efectividad. Trata casi todos los grandes temas para desmitificarlos desde un punto de vista elocuente e irónico. Es un libro para tener más que para leer. Es un libro para hablar. Para subrayar y conversar sus contenidos. Tiene un enorme apéndice bibliográfico y un índice onomástico lo que facilita su carácter de herramienta. Es un libro que no entra en un e-reader porque no hay forma de meter una flor a través de la pantalla -¡Oh Alice Carroll!-. A Bryson le salió un gran libro porque no sabía donde se metía. Entre otras cosas porque es un libro inconcebible. Son libros que se terminan solos cuando se le acaban las pilas al folio o se le seca la tinta al boli. Bill se dio cuenta de la cosa y le puso un título desganado para que no le tachasen de chapuza y consiguió el efecto contrario. El libro salió en castellano en 2004, le han sucedido varias ediciones de bolsillo hasta hoy. Sus editores aprovecharon el gracejo del título para sacar “Una breve historia de la vida privada” en 2011. La secuela no cuela.

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CATHERINE MILLET. La vida sexual de Catherine Millet (2001). “Una polla descapullada salta a la vista inmediatamente, despierta la excitación con su apariencia de monolito liso, mientras que un prepucio que sube y baja, que descubre el glande como una pompa gruesa que se forma en la superficie de un agua jabonosa, suscita una sensualidad más fina, su flexibilidad se propaga en ondas hasta el orificio del cuerpo compañero”.

Con este libro, la moral progre de Francia se echó las manos a la cabeza, luego al bolsillo para comprarlo y luego a otros sitios para disfrutarlo. Resulta que Catalina era una prestigiosa directora de una revista de ARTE y lo que hacía era desnudarse literalmente en portada y cuadernillos. Catherine habla sin tapujos de su vida sexual con descripciones minuciosas muy ligadas a la percepción femenina. Sensaciones, perfumes, lubricidades, además de morbosidades varias. El libro tiene sus concomitancias con el “Diario” (1983) de Anäis Nin que yo creo intenta imitar, en estructura y excentricidades. La autora de sí misma conoce bien a la Nin, pero no escribe igual claro. Además de que la Nin se marca ocho volúmenes de diarios (publicados en la extinta Bruguera de bolsillo) y hace el erotismo inteligente de la mujer en su libro de cuentos “Delta de Venus” (2008) que Alianza ha reeditado en versión todos los públicos. La Nin sigue influyendo hasta hoy por su masculinidad femenina, es el caso de “Posar desnuda en La Habana” (2011) de Wendy Guerra. Catherine M. hace un libro que se ha imitado en ventas y erotismo pero nada. Valerie Tasso, muy francesa venida a España, ha escrito cosas de 44


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exprostituismo, Nelly Arcan también pero no hay forma. Marce Blau con “Entre sus manos” (2005) vendió lo suyo porque el erotismo siempre vende en esta sociedad lastrada por la culpa judeocristiana del celibato. Sin embargo, este libro engarza con la tradición erótica de Sade, Bataille y esta gente pero con estilo del XXI, que ella es progre y directora. Un éxito semejante sólo lo ha superado “Zonas húmedas” (2009) de la alemana Roche porque los alemanes son mucho de superar. En España, Alemania y Francia están en Cataluña y allí Anagrama publica todo lo que suene a muslamen en la colección Panorama de Narrativas para luego reeditarlo en el bolsillo de Compactos. Es la editorial de Bukowski, Miller y compañía. De Mailer, de Dahl y otros del género adulto. Septiembre es el mes del viaje que como dijo Umbral siempre guarda un polvo en la llegada. Por eso, este libro, valiente, entregado, sincero es buena lectura para estos meses picantones que traen la prisa del erotismo que se llevo el mes de Agosto con tanta fiesta y tanta piscina. Para los que apuran las espinas de la sexualidad hay una segunda entrega más simplona, más de encargo, más forzada que es “Celos” (2010) misma autora, misma editorial. En ella se nos desnuda sentimentalmente y eso siempre queda cursi si no eres poeta.

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GEORGE ORWELL. 1984 (1949). “-Hay tres etapas en tu reintegración -dijo O´Brien-; primero aprender, luego comprender y, por último, aceptar”.

Si hay una novela actual, esa es 1984. Orwell es un provocador, hurga en los tuétanos del lector hasta que encuentra la arcada visceral del reproche. Para analizar la novela habría que conocer mejor la vida de Orwell. Bajo ese seudónimo se esconde la persona de Eric Arthur Blair, hijo de la clase media del principio del S.XX. Pronto comienza a notar las vejaciones que sufren los jóvenes que no son de su misma posición. Ingresa en la policía imperial británica y es destinado a Birmania. Allí conocerá los excesos del imperialismo colonial, lo que le hará ir tomando compromisos personales que reflejará en su obra. De aquella experiencia le nació “Los días de Birmania” (1934). Abandona su plaza de policía y acude a guerrear con las brigadas marxistas del POUM durante la guerra civil española, más tarde escribirá todas las experiencias de esos años en su libro “Homenaje a Cataluña” (1938), libro esencial para conocer el clima que se respiraba en la Barcelona de los años de conflicto. Orwell hace autocrítica honesta sobre los diferentes intereses de la guerra. Libro silenciado durante años hasta que la editorial vasca Virus lo rescató hace apenas una década.

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Uno de los especialistas en Orwell es el británico Christopher Hitchens que escribió “La victoria de Orwell” (2003) y que además publicó unas memorias “Hitch-22” (2011) donde repasa el siglo XX desde el punto de vista del desclasado socialista inglés que luego resulta ser un progre estadista. Esa forma de mirar el siglo la escribe en España Jorge Semprún con la “Autobiografía de Federico Sánchez” (1977), con la pompa y la pasta del Planeta para redondear la paradoja. Dejó del Ministerio de Cultura con “Federico Sánchez se despide de ustedes” (1993) donde apunta muchos de los males del socialismo felipista y hasta hoy. En lo literario hay memorias catalanas, que son los que salvan la edición en la posguerra: Carlos Barral (“Memorias”, 2001) y el Castellet de “Los escenarios de la memoria” (1988) y “Seductores, ilustrados y visionarios” (2010), donde se habla de todos los anteriores y las miserias de Líster -¡ay Machado!. Del compromiso de Orwell con los desharrapados le salen “Sin blanca en París y Londres” (1933), “Subir a por aire” (1939), ambos publicados en la colección Áncora y Delfín de la editorial Destino, hoy descatalogados. El primero de ellos narra sus vivencias como mendigo durante tres años en esas ciudades. “Subir a por aire” recuerda a “El pueblo del abismo” de London, y narra las deplorables condiciones de vida de los mineros de la Britania de principios del XX. Pero Orwell tiene una abundante obra de la que apenas se habla y que es tan destacable o más que sus conocidas “Rebelión en la granja” (1945) y “1984” (1949).

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En “La hija del reverendo” (1935), publicado en El libro de bolsillo de Alianza y hoy descatalogada también, se ocupa del tema de la educación y la enseñanza. En “¡Venciste Rosemary!” (1936) -caprichosa traducción del original “Las hojas de la aspidistra”-, desarrolla un alegato contra la sociedad de consumo personalizada en la figura de un joven librero y aspirante a escritor que termina cediendo a los dictados sociales, sentimentales y monetarios (a menudo misma cosa) por no convertirse en carne de soga. En “1984”, Orwell ataca a un sistema que conoce bien por haber estado en ambos lados de la barrera del dinero. La figura del gran hermano, tan arraigada en nuestra sociedad y en la que apenas recabamos, es invención suya. Su influencia está presente en gran parte de la literatura del S. XX, sobre todo en los libros de Ciencia Ficción que es el género que más se desarrolla en el siglo. Bradbury le debe parte de su “Farenheit 451” (1953). Kesey su enfermera en “Alguien voló sobre el nido del cuco” (1962). Tiene Orwell, además, una enorme producción periodística como crítico literario, de sucesos y de analista político en diferentes conflictos bélicos que los editores catalanes –siempre la pionera Catalunya- han ido recogiendo en cuidadas ediciones como las de Global Rythm. Como casi todos los grandes pensadores de este siglo, Orwell, se ha visto relegado al ostracismo. “Lo que no se puede negar se ningunea” -escribió Bergamín- y los planteamientos de Eric Arthur Blair son innegables. Literariamente es vulgar, contenido, nada poético ni extravagante. Su 48


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sobriedad, sin embargo, penetra en los vericuetos de la psicología social y humana, en el comportamiento sociológico de las gentes. Desmonta los engranajes del sistema y pone nombre a todas sus piezas hasta que finalmente el lector se reconoce en alguna de ellas. Orwell hurga en nuestro subconsciente hasta que nos humilla la consciencia. Es un Bukowski sobrio. “1984” disecciona el control del sistema sobre el individuo a través de los medios de comunicación, de las relaciones laborales, sociales, de la manipulación del lenguaje, de como el sistema nos afecta hasta el punto de inmiscuirse en nuestros propios deseos y afectividades. Su crudeza es lacerante, hiriente, obscena. Necesaria para abrir los ojos frente a unos hechos que Orwell intuía hace 70 años y que cada día está más presente en nuestras vidas.

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DANIEL PENNAC. Como una novela (1992). “El verbo leer no soporta el imperativo”.[...] “El tiempo para leer es siempre tiempo robado”.

Daniel Pennac nace en el Tánger francés de Casablanca. Hijo de militares de principios del siglo XX sufre la angustia existencial de los rosarios castrenses. Profesor de origen literario con toda la facilidad de lo acomodaticio resultó ser torpe en la escuela y se redimió en el profesorado y en la novela oscura que en Francia, sobre todo, él llamó Benjamin Malaussene. Aquí la novela gusta si es negra o rosa pero los grises traen mal recuerdo y apenas venden, por eso esperamos a que nos digan algo sobre el silencio que es la lectura. "Como una novela" fue su lanzamiento a nivel internacional y su desembarco en España. Anagrama le publicó en la serie Argumentos que es donde publican los ensayos. En España no tenemos colecciones para publicar los libros sin género franceses que comenzó Montaigne. Esos prosistas que no escriben novelas como el señor Pla, son calzados en series cuadriculadas y ellos tan redondos, pues desentonan. "Como una novela" no es una novela. Lo que parece evidente es que en este libro lo que interesa es otra cosa. Lo que Pennacchioni quiere es auscultarse las preguntas y las certezas. No profundiza ni lo pretende. Simplemente nos muestra, como una novela, las verdades de perogrullo de la lectura. Entra en

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contradicciones sin resolverlas y nos da cal y arena para que todos leamos contentos. Son temas que no molestan y esto ayuda a los libreros. La venta trae de la mano el mito del consumo y Pennac dejó la docencia para enseñarse en público y a más. Hace poco publicó en Mondadori "Mal de escuela" (2008) libro con que ganó el premio Renaudot en Francia y que le han dado un puesto perenne en las tertulias de instituto. Francia cuida más sus cosas. La educación viene de París como los niños, las cigüeñas y la poesía. La cosa se concreta en una literatura y un cine que sigue inquiriendo las cuestiones sociales donde la educación -no olvidemos la cultura- sigue teniendo su sitio."Hoy empieza todo" (1999) de Tabernier, "Ser y tener" (2001) de Nicolas Philibert o la más reciente "La clase" (2008) de Lauren Cantet, son ejemplos del cine francés, sin parangón en España. Quizá la cuestión más importante del libro sea esta: la relación necesaria de las artes, de la creación, de la educación y el individuo en un entorno de debate y revisión constante. Francia tiene a otros educadores, sociólogos y pedagogos importantes. Citaremos a Pierre Bourdieau o Henry Giroux por ejemplo, más incisivos, más complejos, menos vendibles aunque también y eso lo sabe Anagrama. Daniel Pennac escribe un decálogo sobre la lectura al final del libro con aroma a seminario. Las cuestiones hay que plantearlas y las conclusiones que las 51


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saque otro. “Alinear” la lectura como si fuese un equipo de futbolistas o una ensalada queda progre. Pennac no consigue romper el mito de la lectura porque ahí vive muy bien. Lo apunta, lo señala pero no se atreve con él porque en realidad no le importa. "El tiempo para leer siempre es tiempo robado", escribe Pennac pero yo diría tiempo perdido ("vivir es perder el tiempo", J. Bergamín), pero todas estas premisas aforísticas se funden en el vacío del aire en el que están escritas. Inasibles, volátiles en cuanto bajan al pupitre de la sociología. Al final “todo es economía” decía Unamuno, que es otra forma de llamar al marxismo histórico de la lucha de clases. Algunas palabras confieren capacidad crítica, entusiasmo y depresión. Formas complejas con que llamar al placer. A mi ombligo le parece que al final todo es hedonismo u onanismo disfrazados de solidaridad como pose de progreso."Vivimos una prehistoria con calefacción y agua caliente", decía Pla para tirar el mito. Como vemos, la cosa viene de lejos aunque parece que se va a quedar cerca, vía agotamiento.

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CHARLES BAUDELAIRE. Las flores del mal (1857). "Una imagen vale más que mil palabras, sólo si es de Baudelaire". Francisco Umbral

Encabezo con esa cita de don Paco porque él era muy Baudeleriano. Él había llegado hasta el francés de la mano de la biografía que le hizo en 1931 González Ruano. El otro empujoncito se lo dio Larra, al que Umbral ensayó en "Anatomía de un dandy" (1965). Baudelaire es el primer poeta moderno que no modernista aunque también. Esto de la modernidad es una etiqueta que se le pone al regalo para envolver la mercancía y que todos sepan que has estado en Mallorca pero lo importante es la ensaimada que Baudelaire perfuma de marihuana, opio o geranios de la risa (que más da) hasta acabar llamando a su poemario "Las flores del mal". Lo suyo es leerlo en francés. Traducciones hay tantas como editoriales lo han publicado. Yo me quedo con la de Cátedra: colección Letras Universales, 149; por bilingüe por esmerada y por hacer honor a su nombre. Baudelaire rescata y pone en su sitio a Edgar Allan Poe a quien se parece física e intelectualmente. Es juzgado y procesado al estilo cutre de Madame Bovary pero todo esto no es corteza o cotilleo si no la parte folletinesca y rosalinda de una obra que rezuma vitalidad, potencia.

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CB, dedica el libro a Teofile Gautier, romántico en las postrimerías del dandismo al que trató en su momento Alejandro Sawa durante sus malvivencias de París. Sawa es el primer bohemio de la castellana, su obra es su autobiografía en forma de diario póstumo llamado “Iluminaciones en la sombra” (1910). Valle Inclán lo sabía y le saca de Max Estrella en "Luces de bohemia" (1920) para que conste en el acta de lo cierto en que se convierte la obra esperpéntica de Ramón María. Todos ellos eran pequeños burgueses desclasados en anarcoindividualistas pero ellos no lo sabían. Lo del perro y el punky viene de entonces. Luego vendrán Verlaine y Rimbaud con su balaseras y lubricidades pero ya Mallarmé había puesto la piedra del sótano que Baudelaire culmina emparedando a Poe y hasta el mismísimo Larra. Luego anda por ahí Rubén Darío haciendo la horquilla de entre siglos pero quien de verdad inicia y culmina el lenguaje es Valle Inclán, a quien se lee mal y se cita peor. Para completar a Charles se pueden leer "Los paraísos artificiales" (1860) también en Cátedra bilingüe, que entronca con Thomas de Quincey y su inglés comedor de opio y "Del asesinato entendido como una de las bellas artes" (1827). De todo este hampa parisino escribe Escohotado en su faraónica "Historia general de las drogas" (1983), que ha diferencia de "Caos y orden" (1999) y "Los enemigos del comercio" (2008) no flojea en sus análisis socioeconómicos.

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En "Las flores del mal" se huele a hierba [sic], se ve a Whitman, al Lorca de "Poeta en Nueva York" (1930), a Manrique y hasta a Quevedo. Es un canto potente, una flor que rezuma y cuece pétalos hervidos de carmín. La podredumbre humana hecha palabra. Es todo esto y mucho más claro. Críticos tiene la Iglesia. Los grandes libros es mejor apuntarlos y no decir nada. Como cuando se ve dormir a un niño.

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ERNEST HEMINGWAY. El viejo y el mar (1952). “¿Y qué es lo que te ha derrotado, viejo?, pensó. -Nada -dijo en voz alta-. Me alejé demasiado”.

“El viejo y el mar” es el resumen bravucón del “Moby Dick” (1851) de Melville. Hemingway era más actor que novelista y más suicida que otra cosa. Su vida fue la búsqueda del momento de pegarse un tiro porque lo de pegárselo a alguien no le iba. Era más de safari que de guerrilla. Su pose era una botella. Bebía -como decía Dostoievsky- para llorar mejor. A Hemingway la literatura le importaba muy poco. Escribía mal en el amplio sentido del asunto. Lo que pasa es que para ser un buen escritor no hace falta saber escribir, como para ser un buen cantante no hace falta saber cantar (aunque todo ayude, claro) lo que importa es transmitir, emocionar. Una página deformada de Bukowski llega más que muchas novelas escritas sin tasa. Le dieron el Nobel porque se da todos los años, y sus amantes pasaban por allí. De otra manera, “El viejo y el mar” sería como “Bartleby, el escribiente” (1856), pequeñas novelas cortas de amplio espectro que esperan a los culturetas para hacer la reverencia. Claro que Bartleby es mejor novela porque está escrita por Kafka por mucho que la gente piense que es de Melville. Esta novela la habría escrito Delibes de haber nacido en Cartagena. El viejo es el abuelo del que hablaba don Miguel, al que habíamos cambiado por un 56


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televisor. Manuel es Daniel el Mochuelo o cualquier otro niño delibeano. Porque esto es la historia de una catarsis, la aventura del último cartucho, del quien tuvo retuvo y trabajito me ha costado. Es el canto sirenaico del empeño. La grandeza de hacer una obra vitalicia que decía Aleixandre. En cualquier caso esta novela tiene una estructura espinosa y cuando parece que el tiburón está cazado, hervido y tragado, se nos clava la raspa en la garganta y hay que comerse un trozo de pan para que pase y sin darnos cuenta pues ya hemos cenado. A “El viejo y el mar” le pasa lo que a “Platero y yo” (1917), que se lee en la docencia porque se lee mal, y se confunde el objeto con el concepto, lo aparente con lo subyacente. Esto pasa porque ya nadie lee a Machado que nos explica que el ojo no es ojo porque lo veamos, es ojo porque nos ve. Y así.

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. Platero y yo (1914). “A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas, se elevaban al cielo. Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apolillada de las muñecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una polvorienta tristeza... Por la cuadra en silencio, encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores...”.

Con este libro los bibliotecarios empezamos a dudar de la doctrina ritual de las clasificaciones. Dónde le ponemos la etiqueta. Poética prosa que a modo de diario autobiográfico yo estudiaba en Teatro como forma de marcar bien las pautas léxicas, gráficas u omisiones suspensivas. Rota la clasificación fluye la atmósfera. Es como quien descubre la bandeja de los pasteles. Pequeñas dosis de sabor poético que lo mismo leen los niños que los mayores porque a nadie le amarga un dulce. Pero claro, aquí también hay sociología, hay química inorgánica y otras matracas que Juanra te cuela sin que te des cuenta como si tal cosa. Umbral le habría hecho una biografía a lo Valle, a lo Lorca o a lo Larra si no estuviera rebuscando en el más allá de su prosa. Platero y yo tiene la ternura de la tristeza, esa melancolía del ocaso marzilento. Esa lírica que Delibes convierte en prosa en “El camino” (1950), pero que Juan Ramón hace para todos los públicos y para todos los géneros que es como son las obras maestras. Lo que tienen los locos es su lucidez insoportable, su limpieza esperpéntica en el verbo. Su incómoda sensatez

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irreprochable. Platero es Sancho Panza, el Tip de Coll, el teléfono de Gila. La excusa de JRJ para poner a la rudeza de la vida a dar paseos por la lírica, ese sabor dulzón del vino bien digerido. Para conocer a Juan Ramón hay que leer los “Diarios” (2006) de Zenobia. Me refiero al JRJ de letras para dentro. Leer diarios es cotilleo literario, pero nos hablan de las croquetas, los pantalones, los peinados y otros folclores del momento, como cuando vamos al cine y la película no nos interesa. En este caso Juan Ramón muestra su neurosis literaria de una manera evidente. Zenobia le lleva al Nobel en volandas porque él era escritor y el Nobel a los escritores les importa poco. El Nobel es más para sus esposas y lectores que en literatura casi nunca coinciden. El Nobel es consecuencia de esta vida que no es más que una dictadura vaginal. Otro libro fundamental para conocer a JRJ -iniciales más famosas y menos bélicas que JFK- es “Juan Ramón de viva voz” (1998) que Pre-Textos reeditó y completó a la publicada por Ínsula en 1961. Aquí se encuentran las conversaciones trascritas por el “cónsul general de la poesía” que le llamó Lorca y que a efectos penales era Juan Guerrero Ruiz. Luego está “Conversaciones con Juan Ramón Jiménez” (1958) de Ricardo Gullón y la definitiva biografía de Gabriela Palau de Nemes “Vida y obra de Juan Ramón Jiménez” (1957). En esta joya JRJ habla con su burro, claro. Hay que ser muy burro para no darse cuenta de la metáfora. Juan Ramón era muy educado y evitaba la 59


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vulgaridad de lo tosco por eso en vez de hacer una novela de resentimiento blasfémico al uso del exilio 27, pues hace "Platero y yo" y tan a gusto. Los retratos conversacionales de esa España son artículos que nadie escribe en los periódicos. Son composiciones cubistas que dan el sentido -si te hace faltacon el título. Juan Ramón fue maestro de poetas, y cuando vino “La Culona” le saquearon la casa los de siempre por lo de siempre. Tiene un abanico de poesía que antecede al mejor Neruda, al que ya no entendería. Su libro "Guerra en España" (2009), cuya versión completa ha salido en la editorial sevillana "Point de Lunettes", interesa hasta las tapas. Así lo creo, "y en razón lo fundo", que decía Lope.

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FELIPE TRIGO. El médico rural (1912). “Madrid..., Sevilla..., Londres..., ¡igual que Castellar! Por todas partes el burgués y honradísimo concepto del amor, que habría de servir para tener hijos y guardar encantadamente prisionera a la mujer en una gran despensa, y por todas partes el mismo concepto del trabajo, sin otro fin que la ambición, que la codicia”.

A mi "El médico rural" me recuerda a “Madame Bovary” (1857). Son novelas casi completas, profundas, anchas, llenas. Ésta de Felipe Trigo es algo más quebrada en su estructura. Es más irregular. Esto se debe a que Trigo era un suicida y no sabía cuando le iba a venir la cosa del disparo y esto le impedía corregirse. La cama sin hacer le da un toque de desastre que ayuda al lametazo de sabor de la memoria. En la edición de Turner, el prólogo lo hace Bergamín al que la novela le parece un género simple al que sólo hay que dedicar tiempo. Él era más de divertirse que de entretenerse y por eso era ensayista, poeta y dramaturgo, amén de editor, profesor y activista. Cuando tú empiezas a leer a Bergamín, él ya está en otra cosa, que puede ser un artículo, un cuadro, o un prólogo para Felipe Trigo. Yo creo que lo hizo porque se lo debía a los de Turner por publicarle toda su poesía, y porque le conoció y porque él mismo era un suicida caducado. En "El médico rural" se cuenta la vida de Felipe Trigo literaturizada. Es el viejo truco de cambiar los nombres y decir que cualquier parecido es pura coincidencia. El símil con la realidad extremeña es evidente. Lógicamente la

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cosa ha ido cambiando pero uno reconoce todavía el ambiente opresivo de la sociedad rural, la cerrazón de las mentes, la explosión de la sexualidad como vía de escape y el medro como forma de autoafirmación. Leer a Joaquín Costa “Oligarquía y caciquismo” (1901) es como ver el telediario en el bar del pueblo. Esta es novela de sudores, de asfixia, donde el comportamiento gira como las personas hacia situaciones inesperadas, por eso se publicó en la colección de Novela Social Española. Obvia decir que toda novela es social, lo de española, extremeña, o cuellarana es un adjetivo que utilizan los políticos para dar el premio, la calle o la subvención pero que a la literatura no le dice nada. Macondo existe en Extremadura, Bélgica y Katmandú, por eso llega. Trigo maneja bien el diálogo porque crea personajes enterizos, no solo con psicología si no con lenguaje. Su discípulo Víctor Chamorro lo mejora y lo aumenta en las novelas "El pasmo" (1987) y "Guía de bastardos" (2007). Al final la mejor novela de denuncia es la novela costumbrista porque no hay mejor panfleto que el comunicado que se omite en la rutina diaria. Es denuncia por omisión. Y ese tono tiene Trigo en "El médico rural", luego hará "Jarrapellejos" (1914) sin más concesiones ya que el paso de las hojas, y hasta en eso, uno piensa que puede llegar a cortarse.

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GUSTAVE FLAUBERT. Madame Bovary (1857). “Un horizonte de caprichos realizables se abrió entonces ante Emma”.

“Madame Bovary” es la segunda parte de “El Quijote” (1605). Se nota que Flaubert había salido de la cárcel y había aprendido a escribir con la mano que le quedaba que debía ser la izquierda. Luego, si en vez de ser español eres francés, si en vez de siglo XVII eres XIX y en vez de ser Cervantes -apellido de cuaderno escolar- tienes nombre de postre al caramelo, pues se sabe bien a la fuerza. Mario Vargas Llosa es el segundo premio Nobel francés en poco tiempo. Le Clezio era más italiano. Vargas Llosa le debe su aquel a este postre de tinta hervida. “Madame Bovary” es una novela con todo lo que de una novela se puede esperar si exceptuamos la chispa de la metáfora poética que es lo que le falta a la mayoría de los grandes escritores. Si tienes eso, entonces pasas del capítulo para centrarte en el versículo, y eso ni vende ni prestigia ni se entiende. Además, si convenimos que la genialidad no tiene mérito, lo meritorio es marcarse La Novela y hacerlo como lo hace Gustavo. Tiene la fórmula de la narrativa moderna. Acción, amor, engaño, psicología, escena, retrato social, descripción, matizando las dosis, muy trabajado, bien escrito. Lo que en España hará más visceralmente Felipe Trigo en su autobiografía rural como médico. 63


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Maneja magistralmente el diálogo porque es el resultado eficaz de unos personajes complicados por sí mismos. Siempre es más fácil posar que sonreír. Así que Flaubert se inventa a Pirandello y sus personajes acaban siendo de un patetismo otoñal que en francés original tiene que ser hasta poético. Digo esto porque GF dijo que “Madame Bovary” era él. Bueno. Cosas más raras se han visto. Lo que está claro es que Flaubert era un burgués a lo Baudelaire pero menos maldito y menos fumeta. “Los paraísos artificiales” existen y cada uno se crea el suyo. Luego Flaubert tiene otros libros que se han quedado en la sombra alargada de la Madame: “Salambó” (1862) y “La educación sentimental” (1869), básicamente. Y una correspondencia con George Sand, Colet y otros muchos, que no tiene desperdicio. Flaubert conoció a Víctor Hugo, otro manco de las letras francesas, que cinco años después de que GF sacase “Madame Bovary” se marcó “Los miserables” (1862). Llegaron incluso a hacer algún viaje juntos. La verdad es que la Francia del XIX está llena de escritores, sobre todo novelistas, que han quedado para los restos de la historia de la literatura: Zola, Maupassant, Stendhal, Balzac, Chautebriand, Los Dumas, y ya entrando en el XX un tal Proust. A rebufo de esta nomina, se entra en París como quien entra en la cátedra de literatura. Luego vendrá el siglo XX con sus rusos, sus vanguardias, y los americanos del periódico. Pero hasta entonces, lo que se pretendía bueno en la 64


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literatura castellana, pasaba por París para hacerse padre y traerse el hijo debajo del libro con forma de modernismo, veintisiete y otras cosas de manual. Así hasta llegar al Boom Latinoamericano que empezó el Tirano de Valle Inclán aunque se formase en París y contractúe en Barcelona. “Madame Bovary” es una grandísima novela. Algunos rankings la ponen justo debajo de “El Quijote”. Pues vale. Las listas son para los que hacen la compra y no quieren que se les olvide la berza. Si está buena ponme una y si no pues acelgas. Esto es así, quien lo probó lo sabe.

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FRANCISCO UMBRAL. Las ninfas (1975). “La desesperación empieza cuando comprobamos que no hay ideal, que no hay zócalos de luz”.

Umbral era reconocido ya como uno de los grandes del castellano cuando ganó el premio Nadal en 1975 con este libro. “Al Nadal le han dado el Umbral”, recogía la prensa. Francisco Umbral es un autor básico, importante. Crea castellano. Se pude mencionar al lado de Valle Inclán o Juan Ramón y no decir barbaridades. Umbral tiene verbo propio, quiero decir, que tiene tanto estilo que es un género en sí mismo. Las gafas de culo de botella son producto de sus infinitas lecturas. A estas alturas todo el mundo sabe que la gafa es un termómetro de la calidad literaria. Torrente Ballester, Gimferrer, Valle, Onetti..., son grandes genios de la gafa. Umbral, que también le daba a la garrafa, ya le daba lo mismo la gafa que la garrafa porque lo tenía todo leído y pensaba que los quevedos (otro que tal) era cosa ya de los que debían acabar, más temprano que tarde, leyéndole a él. Umbral le debe a Julio Camba, a Baroja, a Gómez de la Serna y a González Ruano. Lo que pasa es que Umbral tenía más gafa/garrafa que ellos y los supera. Uno le debe a Umbral mucho de lo poco bueno que escribe. Mi gafa es todavía pequeña y astigmática con tendencias miópico-porrunas. A Umbral la lentilla 66


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le parecía una cursilería. Cosas de un dandismo siglo XXI. Dandy, cursi, siglo tal, son palabras que Umbral utiliza constantemente hasta registrarlas en propiedad. Hay adjetivos umbralescos como los hay esperpénticos en Valle Inclán. Son reconocibles. Esto Umbral lo sabía y no dudaba en afirmar que hay mucha gente que me copia aunque no se dé cuenta. La negrita y el acrónimo nominal también tienen su patente. La novela soy yo, decía Umbral, con ese toque de improperio a lo Cela que era tan amigo suyo. A Umbral se le caía el lenguaje en forma de artículo o de novela que lo mismo le daba. Umbral era como Proust pero sin el aburrimiento snob del francés. Leyendo a FU nunca se busca el tiempo perdido porque Umbral es todo ganancia. Sus metáforas germinan en sí mismas unas encima de otras como un vuelo superpuesto de lírica perfumada. En Umbral el olor es muy importante porque es el que completa la atmósfera. El olfato es lo más cercano al instinto, al convencimiento total de la poesía. Por eso FU describe los perfumes de las instantáneas para convencerte de que es real, “PACO WAS HERE” y te umbralices sin remedio. “Las ninfas” es una mezcla entre el “Ulises” (1922) de Joyce y “Por el camino de Swann” (1913) de Proust pero mucho más divertido, más poético y escrito en castellano. Es un disfrute para los tiempos de vacación, maleta llena y viaje innecesario. “Las Ninfas” es un conglomerado de columnas, de clasicismo erótico adolescente pasado por la gafa/garrafa de don Paco. Es una maravilla.

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Mortal y rosa (1975). “Estoy oyendo crecer a mi hijo”.

Es una pena que para el mundo Umbral haya quedado en un personaje de parodia fácil viniendo a hablar de su libro (lo mismo le pasó a Fernán Gómez y le pasará a uno de los mejores dramaturgos de este país: Arrabal). Para el mundo literario sin embargo, Francisco Umbral es el autor de “Mortal y rosa”. Los bibliotecarios nos volvemos locos a la hora de clasificar una ¿novela? de por sí inclasificable. MyR es una obra maestra. Empieza y acaba el género en sí misma. F.U. era muy dado a fundirlos. Poseía el don de la palabra poética y lo derrochaba a sabiendas. El libro es un ensayo poético. Las metáforas se superponen en una orgía de emoción que desemboca en pausa reflexiva. Tras la muerte de su hijo escribe sus temblores donde la desgracia sin ser explícita está presente en todo momento. Es un libro dramático, lírico, desgarrador. Umbral juega y se recrea en la palabra. Desborda el neologismo para crear magia poética. F.U, como los grandes genios del castellano, crea lenguaje. Podemos decir, sin caer en fanatismo, que iguala a su apreciado Valle Inclán (leer la biografía magistral que hace sobre él en “Valle Inclán: Los botines blancos de piqué”, 1968) o el vanguardista de don Ramón (Gómez de la Serna). “Estoy oyendo crecer a mi hijo”, comienza y cierra capítulo. Sus bravuconadas públicas ocultaban una personalidad literaria. Pasará a los libros de texto, renueva la prosa de la segunda mitad del siglo XX. Umbral le debe a 68


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Pla, a Baroja, a Valle, a Unamuno, a don Ramón, a González-Ruano, pero los supera con su estilo y los deja en paralelo. Por “Las ninfas” le dieron el Nadal en 1975 -“al Nadal le habían dado el Umbral”- y con “Lorca, poeta maldito” (1968), cierra el candado de la genialidad. Reinventa el género biográfico. ¡Qué distinta de la biografía de Gibson! Podríamos recomendar cualquiera de sus abundantes ¿novelas? (“Un ser de lejanías”, 2001 o “Los helechos arborescentes”, 1980), como se recomienda ver a Goya o a Picasso. Pero “El guernica” de Umbral es “Mortal y rosa”. “Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mi mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud”. Con este botón, tendríamos suficiente para hacer cien trajes, pero aún te quedan doscientas páginas de disfrute de los de boca abierta.

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RAMÓN J. SENDER. La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964). “¡Las horas con la tripa roja de sangre!¡Qué locura! Parecía Lope con la mirada perdida en alguna absorbente confusión interior que sólo él podía ver”.

Esta es una novela épica de época. Sender se marca una obra maestra desentrañando al ser humano en toda su amplitud utilizando al genocida español Lope de Aguirre. Esta novela te suda en las manos, te asfixia, te lleva al insomnio, a la fiebre somnolienta de los mosquitos, a la música africana de los esclavos negros. Te salpica de agua y de sangre, de batalla, de paz violenta y así. Es un poco el Mailer de “Los desnudos” y el Nabokov de “Ada o el ardor” (1969). Sender hace la novela que quiere porque domina el tema. Se centra en el mito español del conquistador para marcarse una crítica total al español medrante tan reconocible en nuestra España llena de esperpénticas rapiñas. La edición de Bruguera, dentro de la colección de “El libro amigo” pertenece a la época dorada de la edición española, esos finales de los setenta y los ochenta donde las grandes editoriales apostaron por la edición de títulos de calidad en ediciones dignas y asequibles. Alianza y su colección de “El libro de bolsillo” es hasta ahora la que ha mantenido y reeditado gran parte de los títulos de este tipo de libro, heredero de los que en su momento editara Calleja. Es, la dignidad del bolsillismo.

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Sender escribía las novelas en unos meses, demostrando oficio y maestría poco corrientes. Esa fluidez se la dio el periodismo y la disciplina que este conlleva. Que el periodismo da oficio lo demuestran Delibes, Leguineche y Umbral por decirlo castellanamente. Pero la novela es algo más que oficio. Se le podría haber exigido más a el autor de “Réquiem por un campesino español” (1968), pues seguramente, pero entonces no sería Sender sería otro, sería Bergamín o algún exilio así y no habría escrito novela ni habría ganado el Planeta ni recibido como el hijo pródigo. Esta, desde luego, es una “novelona”. Quizá excesivamente rápida, pese a sus cuatrocientas páginas. Esta novela pide doscientas más. Para darle mayor riqueza léxica, más confort y más atmósfera. Pero es que Sender, era así, trabajaba con la soltura del estudiante que comenzó en la prensa con apenas catorce años. Hay un libro de la editorial Magisterio [sic] donde Marcelino C. Peñuelas conversa con Sender sobre vida y obra. Le perdonaremos ese libro extraño, de mancha sospechosa, que es “La Tesis de Nancy” (1962). Su “Crónica del alba” (1942/1966), es junto a “La forja de un rebelde” (1941/1944) de Arturo Barea y los seis campos de “El laberinto mágico” (1943/1968) de Max Aub, son el retrato fundamental para conocer la España guerracivilesca. Ahí dejo el perogrullo.

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RAY BRADBURY. Fahrenheit 451(1953). “La mayoría no se mueve. Y así unos pocos, un puñado, toman las riendas y se mueven por ellos”.

Ahora que la novela va de seudoalquimia cristiana tiznada de historia, es más recomendable que nunca la ciencia ficción. La CF es el género del siglo XX cuando la ciencia era demasiado para los jíbaros cerebros del posfranquismo, lo que en Europa se llamó posguerramundialismo. La ONU, la OTAN, la guerra fría y su consonántica CIA, trajeron una literatura que fantaseaba con experimentos, viajes, hecatombes y tales pascuales. Pero todo esto ya había empezado mucho antes y en los libros de texto pone Julio Verne. El género se fue perfeccionando buscando la metáfora, ya que la poesía se quedó huérfana de tanta guerra, exilio y alcoholemia. Huxley, Orwell y Bradbury (“Un mundo feliz”, “1984” y “Fahrenheit 451”) se convierten en Trilogía sin saberlo ni quererlo que me río yo de “Millenium” (2008/2009). Pero hay más: “El talón de hierro” de Jack London, “Nosotros” de Zamiatin, “Barra siniestra” (1947) de Nabokov, “Mercaderes del espacio” (1953) de Pohl/Kornbluth o “Kallocaina” (1940) de Karin Boye; llevan a la ciencia ficción a la metáfora filosófica que desemboca inevitablemente en la alcohólica y exiliada poesía. El siglo XX se centra en esta terna: Orwell, Huxley, Bradbury. Orwell es un adelantado a su época y a todas las épocas porque es un hombre crítico, sensible, audaz y además sabe escribirlo. Todas las características para ser un 72


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marginal por mucho que le demos la vuelta al libro de Historia. Huxley fue más farmacológico y universitario pero con “Un mundo feliz” nos basta porque luego se puso experimental. Lo más flagrante de Ray Bradbury no es que “Fahrenheit 451” ya sea un clásico de la literatura si no que haya estado vivo desde 1920 y lo hayan olvidado los editores, los periodistas y los propietarios de megáfonos. Francois Truffaut hizo de “Fahrenheit 451” (1966) una sórdida película brillante. Una claustrofóbica película que al contar con las limitaciones técnicas del momento le confirió una apariencia más teatral lo que le daba un cariz todavía más siniestro. Una buena película de un buen libro. Michael Moore se quedó con su apocalíptico título y llamó “Fahrenheit 9/11” (2004) a su película sobre Bush y las torres gemelas. Le dieron la palma de oro en Cannes y silencio cuando se puso molestón con “Sicko” (2007) y los peligros de la sanidad privatizada. “Fahrenheit 451” es la reivindicación del libro, es la metáfora de la cultura. Esa destrucción bibliográfica que llevamos desarrollando ininterrumpidamente desde que el libro es libro como escribe Fernando Báez en su “Historia universal de la destrucción de libros” (2004). El libro y la lectura tienen su historia en el libro de Alberto Manguel “Una historia de la lectura” (1998). “Metamorfosis de la lectura” (2010) de Román Gubern es el ensayo breve y bueno de la cosa y la entrevista a tres voces Umberto Eco en “Nadie acabará con los libros” (2010) que ha publicado Lumen con la publicidad que le confieren los e-books. 73


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A lo que voy, es que “Fahrenheit” es un libro onanista para los que pensamos que hay algo de bueno en la palabra escrita. Bradbury, que además era buen lector, encabeza con la siguiente cita de Juan Ramón Jiménez: “Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”. Pues eso.

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HENRY MILLER. Trópico de Cáncer (1934). “Entonces, ¿esto? Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro, en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del arte, una patada en el culo a Dios, al hombre, al destino, al tiempo, a la belleza... a lo que os parezca. Voy a cantar para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero voy a cantar. Cantaré mientras la diñáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver...”.

“Trópico de Cáncer” es a la novela lo que el orinal de Duschamps a la escultura. Eran los tiempos de cualquier cambio llegado será mejor. Miller es un provocador que no sabe escribir y se nota. Nadie ha sabido no escribir tan bien como él. Ese no saber lo hace como nadie y es lo que le confiere su estilo. Además en “Trópico de Cáncer” tiene la violencia de la juventud, de quererse comer las palabras por los pies y eso también se nota y sobre todo se agradece. Miller pertenece a los autores fálicos que decía Umbral. Comparte apellido y dramaturgia con Arthur. HM escribe teatro porque sus personajes tienen drama para unos cuantos actos, lo que pasa es que HM sabía que lo que vende es la novela y él quería su gloria porque no le iba lo de echarse el telón. “Trópico de Cáncer” es una bofetada. Que las segundas partes nunca fueron buenas ya lo desmintió Cervantes con “El Quijote” y Miller se apunta a esto con “Trópico de Capricornio” (1938). Luego se marcó una trilogía (“Sexus”, 1949; “Plexus”, 1953 y “Nexus”, 1960) que es más de lo mismo. Lo que pasa es que Miller escribía muy mal y entonces te da igual cuánto escriba porque está bien escrito. Miller se pasa el género por el sobaco y te lo hace oler con

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sus palabras. Hace un ejercicio de introspección al estilo del “Ulises” (1922) de Joyce pero en las antípodas de lo pelma del irlandés. Esta primera obra tiene tropezones de prosa mala, rápida, inacabada. Esa gracia sin revisar que tan bien escribía Baroja, Camba y Ruano. Esos escritores del charco, de la posguerra y la crónica costumbrista, que era la forma de hacer posibilismo en la prensa de merendero. Josep Pla es el maestro de esta prosa de aluvión, fresca e irregular. Lo que llamo prosa de oficio, esa prosa atropellada por la palabra de a tanto la línea. En España el último caso es Umbral. Los demás escriben peor y guardan las formas y los fondos en su progresía de columna semanal con vino tinto. Lo peor del desclasado es su patético sibaritismo. Henry Miller era un mujeriego en el buen sentido de la palabra. De esto se daba cuenta cualquiera que le quisiera. Así Anäis Nin escribió más de 15.000 páginas en su diario donde Henry es la columna vertebral. Henry se lo fumaba todo, se lo bebía todo, tenía todo lo venéreo. Por eso sus escenas parecen cuadros de Freud. Sicológicamente de Sigmund y plásticamente de Lucien. La edición bolsillesca de Letras Universales está bien porque tiene su estudio introductorio como todo lo que hace Cátedra ya sea en Letras Hispánicas o en las Universales. Lo introductorio en los libros es como el postre de los niños: se enseña al principio para que te comas el filete de la novela aunque se lea al final. Pero eso es otra historia, y te la contaría Miller.

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SAMUEL BECKETT. Esperando a Godot (1952). “ESTRAGÓN (renunciando de nuevo): No hay nada que hacer”.

Beckett fue un suicida no practicante. Tenía, como todo dublinés, muchas horas de cuarto empañado. A los irlandeses les sobraba hasta la tuberculosis para volverse escritores. Lo que pasa es que al libro al final le falta el aire y 20 grados para su correcta conservación. Irlanda está lleno de iglesias lluviosas por eso Joyce, Bernard Shaw, Wilde y esta gente, se fueron con las letras a otra parte donde la campana fuera un pantalón y poco más. Beckett dijo aquello de “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”, máxima de Víctor Chamorro. Y es que la clase de filosofía debe conllevar a la acción. Por eso Samuel hizo teatro que es el arte literario de la asamblea. Beckett escribió “Esperando a Godot” como la metáfora de todas las esperanzas estáticas como paso previo a las dignidades que se dice ahora. SB construye personajes esperpénticos, porque Valle es mucho Valle y Beckett no era tonto. Es una obra que habría que leer en su idioma para sacarle todo el jugo pero, en tiempos de reciclaje, nos conformamos con el brick. Acostumbrados a la lectura lineal y noveloide, cuesta meterse en el teatro cuando la butaca es incómoda. Beckett es hombre de escenario, un grande, un

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referente. Un Pirandello, un Lorca, un Ibsen. Una obra que hay que leer aunque sólo sea por decírselo a tú padre. Samuel Beckett suena a grapa, a tilde. A punto final.

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FIODOR DOSTOIEVSKY. El jugador (1866). “¡Pues ahí tienes tus cincuenta mil francos! -levantó la mano y me los tiró. El fajo de billetes me dio un fuerte golpe en la cara y se dispersó por el suelo. Después de esto, Polina salió corriendo de la habitación”.

Cuando se tiene la técnica se ha hecho la mitad del asunto. Luego hay que darle un mensaje a la prosa para que el lector se identifique y compre las obras completas. La lectura ya vendrá porque el invierno es largo, los domingos aburridos y la televisión una basura. Dostoievsky es un autor que escribe bien porque escribe sabiendo lo que dice. Si has estado deportado y lo cuentas pues transmites verdad porque es verdad. Haces atmósferas y aunque estés sentado al calor de un café y de un brasero en la tarde invernal de un domingo cualquiera pues se te congelan los pelos del bigote. Eso es así. Dostoievsky había estado deportado en Siberia porque había escrito “Pobres gentes” (1846), “Noches blancas” (1849). Se hizo las vacaciones del pobre y lo tuvo que contar para sobrevivirse en “Memorias del subsuelo” (1864). Luego murió su mujer y su hermano para completar el cuadro de frenopático. Juega para curar deudas como un idiota y lo escribe: “El jugador” (1866) y “El idiota” (1867). Mientras estaba a lo suyo remató la faena con una obra maestra de la literatura que es “Los hermanos Karamazov” (1879). “Crimen y castigo” (1866) es el moco del pavo que se comería cualquiera que vive juntando letras en la editorial Neptuno. Quiero decir que estos rusos revolucionan la novela porque 79


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se meten en su cerebro. Los críticos le van a llamar novela psicológica. Pues vale. Esta gente se da cuenta que la novela es la forma de evitarse el psiquiatra que entonces llamaban vodka Mihail o parecido. Otro día nos metemos con Tolstoi, Turguenev, Chejov, Pushkin, Gorki, Gogol, Grigorievich, Herzen, hasta llegar al “Archipiélago Gulag” (1973) de Solzhenitsyn. Estos rusos son como los irlandeses -que decíamos ayer- pero a lo grande. Son autores que sacan las historias de las neuronas más escondidas. Meten la cuchara en las oscuridades de la emoción, en el río oscuro del comportamiento. Luego la ropa se tiende del cuello del protagonista o se quema en la hoguera de una realidad onírica. Lo bueno de “El jugador” es que es breve. Doscientas páginas que te dejan tomar cañas, tomar el sol y dar paseos. Ahora que la primavera viene con ganas a limpiar los cristales mojados del invierno, con lecturas como esta la alergia no huele y el reuma parece un mal gesto.

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MIGUEL DELIBES. El camino (1950). “La gente del valle era obstinadamente individualista. Don Ramón, el alcalde, no mentía cuando afirmaba que cada individuo del pueblo preferiría morirse antes que mover un dedo en beneficio de los demás. La gente vivía aislada y sólo se preocupaba de sí misma. Y a decir verdad, el individualismo feroz del valle sólo se quebraba las tardes de los domingos al caer el sol. Entonces los jóvenes se emparejaban y escapaban a los prados o a los bosques y los viejos se metían en las tascas a fumar y a beber. Esto era lo malo. Que la gente sólo perdiese su individualismo para satisfacer sus instintos más bajos”.

Cuando se han escrito unas cuantas decenas de libros se tiene donde elegir. Yo me fijo en “El camino” por aquello de Machado. Lo mismo valdría “Cinco horas con Mario” (1966), “La hoja roja” (1959) o “El hereje” (1998). Son muchas obras escritas durante toda una vida. Con Delibes se muere parte del siglo XX. El siglo XX es una barbaridad que languidece en lo que llevamos de XXI. Delibes ha sabido narrar esa transición mejor que nadie, sobre todo cuando uno se da cuenta de que El mochuelo todavía vive en Extremadura. Delibes es uno de los mejores escritores extremeños junto a Felipe Trigo. “Los santos inocentes” (1981) es la versión cortijera de “El camino”. La novela muestra la vida maravillosa y triste de los pueblos. Esa soledad que deriva en lo mezquino, las cadenas invisibles del paisaje, la locura trasparente del tiempo. Miguel le disputaba los votos al señor Cayo como si fueran ratas. Tenía un ojo clínico, crítico y descriptivo. Con ello conseguía atmósferas como dice Víctor Chamorro con quien se carteó de manera admirativa y recíproca. Miguel 81


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Delibes se ha muerto para la venta (del periódico, del telediario, del editor sediento) que es como se muere en un mundo agotado. La muerte se vende porque es el último beneficio, el último consumo. Por eso las bibliotecas son lugares de consulta, préstamo y vida aunque sus estantes estén llenos de obituarios. Delibes siempre fue el centro del extrarradio. En la poesía ese puesto lo ocupó Machado que todavía tuvo más camino porque le sumó mudanza y exilio. Delibes se encontró la literatura envuelta en Nadal, como premio de una posguerra obsoleta y llena de sotanas. La España de los charcos la retrató como nadie porque sus personajes eran Nadies personificados en nombres propios que son los sujetos comunes. Tuvo un hijo que le salió biólogo y escribieron “La tierra herida” (2006) que publicó Destino. Es lo último que salió suyo, creo. Da igual porque él ya había escrito su obra, su camino.

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GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Memoria de mis putas tristes (2004). “Me acostumbré a despertar cada día con un dolor distinto que iba cambiando de lugar y forma a medida que pasaban los años. A veces parecía ser un zarpazo de la muerte y al día siguiente se esfumaba. Por esa época oí decir que el primer síntoma de la vejez es que uno empieza a parecerse a su padre”.

Muy mal se tiene que dar para que después de estar cien años solo no salga una novela. Aquí Gabo se pone abuelo cebolleta. Se recoge en palabras calientes de café con leche para destilar el caramelo de un amor Lolita. Nabokov escribía siempre con la excusa de la teta quinceañera, todas las notas del xilófono literario. El tema siempre es el mismo (como ocurre siempre) pero él se dio cuenta y se la machacaba de diferentes formas pasando de la armónica a la txalaparta con la alegría de un grillo. Gabo es un Nabokov caribeño. Lo mismo le da la quinceañera acachetada que la abuela sin dientes de Chamacona. García Márquez son apellidos para árbitro de fútbol, pero en Colombia eso está muy mal visto -amén de peligroso- y se vino con el apellidamen al Sena que por París la parentela se valora más. Esta obra suena a cuento de buenas noches, a cuando salgas cierra la puerta y pasa tú que a mi me da la risa. Es una tontería increíble que es como son las cosas increíbles. Las palabras están escritas con en una hoja (pero de árbol)

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que se mueven al compás de una respiración tibia y oxigenada de cuarto viciado. Es una novela soñolienta de llama interior que no se apaga y ahí radica su misterio tonto. La memoria triste de Gabriel se va de putas pero solo encuentra el buzón de sugerencias. Se pone melosón con la música de las polillas y guarda la vida en una pecera de ocres con piedras en el fondo. Es un poco viejo sin el mar de Hemingway que era más trabuco. Es el último cartucho que entre los que aman la vida suele sonar a muerte. Esta es una novela musical, llena de melodías, llena de ecos. Llena de silencio. Una novela para leerla en el MP3 de las noches tristes y apagar la ceniza de los cigarros. Anagrama ha reeditado “Los nuestros” (1964) donde Luis Harss le hizo el trabajo Boom a la Balcells que es quien inventó la contabilidad literaria [sic]. Buen libro para poner la cesura entre los hemistiquios financieros de la PRISA.

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MIGUEL DE CERVANTES. Don Quijote de la Mancha (1605). “¡Ah pecador de mi -respondió don Quijote-, y qué mal parece en los gobernadores el no saber leer ni escribir!”.

Puestos a recomendar pues “El Quijote”. Cervantes se marca una novela que es La Novela. Aquí están todas, luego los demás han ido tirando del vértice a capricho por aquello de la historia, el diploma y la venta, pero nada. Está gente se carga el arte porque son insuperables. Luego uno se huele las axilas y se da cuenta que huelen a Sancho Panza y se deprime como el llanto de los críos sin chupete. La edición de la Real Academia está bien, como casi todas las cosas que se hacen con dinero, esfuerzo y dedicación. Buenos estudios críticos, buenas notas y aclaraciones, buen formato y buen papel. Manejable. Lo que antes se llamaba una buena edición. Con buena picha bien se jode, dice mi padre. Bueno, pues la edición de la RAE con motivo del cuarto centenario es la de Rocco Sifreddi. Hay genios de novela psicológica (que saben a filete ruso), hay genios proustianos del tiempo, novelas de cuarto oscuro dublinés, novelas poéticas mortales y rosas pero Cervantes ya había llegado a la meta. Así que los del talento se metieron a poetas por no caer KO en la primera ronda. Machado, Lorca y esta gente se lo montaron con la lírica por no dejarse en evidencia pero don Quijote les sacaba ya trescientos años –y molinos- de ventaja.

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Las comparaciones son odiosas, claro. Ser Cervantes no tiene mérito. Es como si heredas un cáncer. Uno cuando lee “El Quijote” le da por hacer calceta, comer jeringos y mirar la tele. Cervantes es un poco Goya y un poco Altamira. Hablar de Cervantes es una tontería. Uno puede hablar de Jesulín o de Pérez Reverte pero a este hay que leerle. Puedes empezar con cualquiera de sus novelas ejemplares (cómo lo vería) o con “La galatea” (1585) o “El persiles” (1616), sus “Entremeses” (1615) u otras menudencias pero “El Quijote” acaba hasta con el mito de que las segundas partes nunca fueron buenas. Uno, que hace llorar a las cebollas, escapó unas lágrimas cuando cerró la última página del Quijote. Esto no quiere decir nada, excepto que me emocionó a mi y a las paredes de mi cuarto. A Cervantes no lo lee ya nadie porque ha pasado al subconsciente colectivo como el gol de Señor contra Malta aunque nadie se acuerde del partido entero. Cervantes era manco porque escribía con una sola mano y le sobraban tres dedos. Yo con todo mi ordenador a cuestas tengo que darle a las dos manos para no decir nunca nada. Y ya me callo.

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LEOPOLDO ALAS "CLARÍN". La Regenta (1884). “La heroica ciudad dormía la siesta”.

Me acuerdo que iba a cumplir los dieciséis cuando me chupé la Regenta, me acercaba a los clásicos con el ansia del neófito y la intención de hacer colchón con que dormir mejor a la literatura por venir. Sin bautizo ni más sacristía que mi nombre, acabé sumergido en una lectura brillante por correcta. Aquí hay oficio, hay novela, hay escritor. Sorprende, cuando uno lee las cartas de Clarín a Galdós, la devoción que le profesaba y la poca o nula confianza que tenía para lo propio. Llama la atención que un encargo editorial cuajara de tal forma. Pero lo que realmente impacta en el lector es la humildad con que Leopoldo Alas afronta el oficio, lo convierte en obra de arte y aún así pone en cuarentena, hasta el punto de decir: "dudo, dudo mucho que haya en mí la madera de un novelista [...] Repito lo dicho, dudo si sirvo [...] yo no soy un novelista ni nada; mas que un padre de familia que no conoce otra industria que la de gacetillero trascendental". Y Reverte bravucón. Esto es un drama que se ríe del culebrón venezolano. La historia de amor imposible entre don Fermín de Pas (eclesiástico ramplón) y doña Ana Ozores (mujer castiza) en una ciudad de provincias que resulta ser Oviedo. Las cumbres borrascosas de esta novela hacen que la Brönte parezca neurótica y Ana Karenina un tanto lejana, porque aquí el conflicto es mucho más cercano y hasta palpable. 87


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Las autoridades literarias dicen que es una obra cumbre del naturalismo y realismo progresista. Me alegro. Yo la encuadro dentro de las bien escritas. Dentro de lo que se dice buena literatura. Descripciones minuciosas, personajes perfilados en la complejidad, trama hilada en grana y oro, diálogos increíbles -por reales-, recreación cuajada. Leopoldo se escribe una introducción de dos páginas que nos parecen pocas por ser sublimes. Nos sumerge en el la atmósfera de la acción como si fuésemos el Pepito Grillo de todas las escenas, como si fuéramos espectadores literarios. En la edición de Castalia (la de los clásicos), Gonzalo Sobejano parece que le ha cogido cariño y se marca un estudio de autor y obra que añade valía al tema como si le hiciera falta. “La Regenta”, el título ya tiene hormigón armado para soportarlo todo, un título galdosiano muy diecinueve. Es una obra para meterse en el café con leche de los braseros y las noches de lluvia. Es una novela grande y también voluminosa, escrita de manera formidable que quita las ganas de publicar y mete ganas de leer, se te pasa la parada del metro y llega pronto la hora de cenar. Una obra ascendente que se va quedando en el filtro literario del estante. En el cedazo decadente de los raros. La Regenta. Ahí queda eso.

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HENRIK IBSEN. Un enemigo del pueblo (1882). “DOCTOR STOCKMANN. — No; la mayoría no tiene razón nunca. Esa es la mayor mentira social que se ha dicho. Todo ciudadano libre debe protestar contra ella. ¿Quiénes suponen la mayoría en el sufragio? ¿Los estúpidos o los inteligentes? Espero que ustedes me concederán que los estúpidos están en todas partes, formando una mayoría aplastante. Y creo que eso no es motivo suficiente para que manden los estúpidos sobre los demás. (Escándalo, gritos.) ¡Ahogad mis palabras con vuestro vocerío! No sabéis contestarme de otra manera. Oíd: la: mayoría tiene la fuerza, pero no tiene la razón. Tenemos la razón yo y algunas otros. La minoría siempre tiene razón. (Tumulto)”.

Ibsen es un Beckett, un Strindberg, un Brecht, un Pirandello, un Buero Vallejo. Ibsen es un clásico en la dramaturgia europea. Un buen conocedor de la conducta humana y su complejidad. Para ser buen autor dramático hay que conocer el drama de los hombres para poder reflejarlo en cualquier situación. A Ibsen se le calentaba la Noruega cuando escribía. Se le salían las venas que es otra forma de llamar a la cara sureña y caliente del mosqueo. Ibsen es un correcto en las formas y un incorrecto en el fondo. Su lenguaje teatral es clásico con planteamiento, nudo y desenlace por mucho que estructure la obra en cinco actos. Ibsen no es Valle Inclán -¡por dios!-, no es Arrabal ni el Lorca de “El público” (1956) y es que en España estamos bien dotados de dramaturgos olvidados. Léase: Alfonso Sastre y José Bergamín. Ibsen es un enemigo del pueblo y por eso escribe su obra. Es un doctor Stockmann. Todos hemos sido alguna vez el doctor Stockmann lo que pasa es

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que no hemos leído a Ibsen -no leemos nada- porque estamos siempre en el psicólogo o en el gimnasio que es el diván del cuerpo. La obra cuenta como un doctor reputado empieza a ser cuestionado y puesto en la picota de la habladuría cuando denuncia el mal estado de las aguas del balneario que sustenta la economía del pueblo en que vive. Sus vecinos ven peligrar sus ingresos y esto genera el conflicto. Uno que vive en un pueblo con sanatorio y conserva algo de conciencia pues la cosa le resulta familiar. Es bueno leer teatro para después leer mejor la novela (con más percepción literaria). La literatura es algo más que la novela gracias a obras de teatro como esta. La poesía, el ensayo, la biografía también existen por mucho que se empeñe Planeta. Tres años han hecho falta para que esta obra repose en mi biblioteca. Distribuidores y librerías rizan el rizo del oprobio extremeño que daría para un hermoso debate. Está bien que existan editoriales como Losada que se acuerden de gente cono Ibsen, Pinter, Brook, Sartre y otros desconocidos que no tienen cabida en el panorama editorial español. Leer teatro es importante. Hacer teatro lo es más. Ganar dinero es cosa de precios, que diría Machado.

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FRANCISCO DE QUEVEDO. Poesía varia (1981). “Soy un fue, y un será, y un es cansado”.

Todos sabemos que poderoso caballero es don Dinero pero Quevedo, además de saberlo antes que nadie, lo escribió sin parangón posible. Desde hace cuatro siglos el dinero, aparte de un codiciado metal es un poderoso caballero para todo aquel que hable castellano. A Quevedo se le reconoce hasta por el culo (como decía el chiste), pues es en la escatología, en el descomer y el desbeber, amén de otras aguas corporales donde Francisco de, es más reconocible. El siglo de oro es como si fuera la prehistoria del 27. Góngora era un Quevedo descafeinado pero con dos de azúcar y una pluma de la misma Oca y me la tiro porque me toca le respondía Paco. Quevedo es a la literatura lo que Goya a la pintura, es decir un genio revolucionario. Luego si te aburres y te entra el cotilleo pues además te enamoras de su vida fea y contrahecha con giros de irreverencia. Lo que tienen los genios es que todo lo hacen bien y Quevedo te deja boquiabierto siempre porque para él la palabra es un juguete y el lector su patito de goma, aunque entonces no existiera la goma y los patitos se hacían a la naranja si había suerte. Quevedo es una especie de anillo de la abuela que todo el mundo conoce, lo valora pero nadie se pone por anticuado. FdQ es un canalla ladeado en el que Umbral se reencarnó durante setenta años y ahora andamos con la huerfanía y el luto de negro mate matón. 91


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Por muy mala que sea la antología, Quevedo siempre te la cuela. Por muy torpe que seas Francisco siempre te espabila. Dicen los de la estadística que se editan 70.000 títulos anuales. Polvo serán, más tendrá sentido? (El garfio es mío).

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JUAN RULFO. El llano en llamas (1953). “Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye ladrar el ladrar de los perros.” Nos han dado la tierra.

Qué forma de maravillarse, qué manera de decirlo todo sin decir apenas nada. Rulfo desentraña el misterio de las palabras encontrando la poesía. Saca brillo a la apariencia para mostrar el agujero fétido de las sombras. Rulfo es fantasmagoría. "El llano en llamas" viene a ser unos caprichos literarios que podría firmar Goya. Breves relatos que es como son las grandes novelas. Desentraña el alma humana de una forma cándida, pausada, mejicana. Es el barroquismo de la austeridad, la tensa calma que rodó Kubrick, la violencia macabra de la historia y el paisaje. Rulfo se llama Juan porque el hijo ya te lo ha escrito. Este es un libro que se ríe de los profesores desde la última fila, que pone los pies encima de la mesa de la vanguardia y manda al psicólogo del dogmatismo a darse una vuelta por Juan Ramón Jiménez. A mi me parece uno de los grandes genios de la literatura universal. Un ser despreciable, un anarquista que quema los regalos de cumpleaños y se orina, educadamente, en la profesión de los escritores. La mandíbula prognata le da un aire de hipopótamo que ratifica en una gestualidad tortugosa [sic]. Internet nos acerca la entrevista que le hizo

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Joaquín Soler Serrano, haya por los setenta, cuando la literatura importaba algo más y se entrevistaba "A fondo". Wikipedia nos trae un archivo sonoro donde Rulfo lee su relato "¡Diles que no me maten!", quitándole una página hasta convertirlo en una delicia sonámbula. A Rulfo le gustaba la fotografía, y sus lectores, tan dados al mito y a la ruta dominguera y liberal querían saber dónde se encontraban sus lugares, querían un Colliure, su Víznar donde llevar la tortilla de patata pero Juan (oh, seudónimos) ya ardía envuelto en sus propios páramos. Bonzo en el llano literal de sus cosas que son las cosas de todos.

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Pedro Páramo (1955). “Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndonos en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma?”.

Yo no entiendo de dónde sale gente así. Cómo se concibe una novela como ésta si es que es novela, poesía, filosofía religiosa o qué. Es un libro, vale, y está muy bien escrito. Excepcionalmente. Es un mal libro si te gusta leer, si te gusta escribir, si quieres vivir de la literatura, si eres librero, editor o por el estilo. Es un mal libro porque después las demás lecturas serán un poco chismosas, domingueras, como de sobremesa en agosto. Es un mal libro porque si te gusta escribir pensarás que por mucho que te esmeres lo tuyo es el tenis o la filatelia. Es un mal libro porque su autor apenas tiene un llano en llamas con el que hizo carrera. Llegó tarde y a destiempo que es la forma con que llegan los aguafiestas. Es un mal libro para los libreros, editores y así porque el clásico no vende y en las navidades hay que regar el escaparate. Este hombre es un indecente y su novela una catástrofe. Pedro Páramo tiene flecos para que los críticos (que no han podido ser escritores, libreros ni editores) se ganen la vida haciendo retórica. Rulfo recoge la angustia existencial de la que hablaba Neruda aglutinando el léxico del mejicano rural de una forma suave y ahorita. Está lleno de imágenes poéticas, de modernismo futurista que es como son las metáforas clásicas. Tiene violencia a borbotones, tiene erotismo, sensualidad. Tiene poesía. 95


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Rulfo deja un poco al aire las vergüenzas del sudaca. Borges además de ciego es cojo y algo manco a su lado. A Onetti le salva la borrachera pero todos son un poco pose y un poco revista al lado de la dentadura postiza que se le descuelga a Juanito. El escepticismo del yopasabaporaquí emana de la entrevista “A fondo” que le endilga Soler Serrano. Rulfo tiene una arcada en la mirada que no disimula porque no le importa ya nada como a sus muertos que son los vivos de su Páramo en llamas o como se diga. Yo creo que Umbral omite a Rulfo cuando su “Madrid 650” (1995). Ya nadie lee a Rulfo porque la honestidad la metemos en el agujero de avestruz de nuestro ombligo. Queremos comer tortilla al sol del domingo. Verbena en san Laostia y la tarjeta, la tarjeta, que no es mala cosa pero no es toda la cosa. Y allí está Rulfo, cuando se acaba el pasodoble. Rulfo son las escurriajas. Juan Rulfo es otro muerto que pena su vida en sueños como todos los calderones del mundo que despiertan antes de morir, y piden que apaguen la luz y bajen la tele. Qué manera de escribir bien y sin notarlo. Qué alegría de literatura. Qué bien y qué pena haberlo leído.

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EDUARDO PUNSET. Cara a cara con la vida, la mente y el universo (2004). “Somos el resultado de dos inmensas loterías en las que no tenemos ninguna influencia”. “Como ha dicho Noam Chomsky tantas veces, no podemos utilizar el lenguaje si desconocemos la gramática, porque es muy diferente decir “yo te mato” que “tu me matas”.

A los que tuvimos la suerte de no madrugar por los comienzos del siglo, nos fue entrando el gusanillo de ver televisión en el buen sentido de la palabra. “Cultura con ñ”, “A ciencia cierta” o estas “Redes” que tejía Punset que nos amigaban con el Gran Orwelliano. Apenas una cámara, un Punset y un experto versado en el tema. Así de sencillo se hace un buen programa de divulgación científica. Bajo presupuesto y grandes resultados, aunque el dinero tenga sus números y sus estadistas, el valor (ya lo sabemos) es otra cosa. Vino Punset con su modorra lingüística y catalana a espabilarnos la célula nerviosa. Y como el tema funcionaba y para eso no hace falta que la audiencia lo asienta, Lara hijo-que es más listo que todos los Planetas juntos- lo cristalizó en un libro. “Cara a cara con la vida...” nos habla del caos ordinario, del gen egoísta, de la evolución de la física, los orígenes de la vida y de todo el meollo universal. Es un libro que despeja horizontes, abre los ojos y cierra seminarios. Sin embargo, la ciencia acaba dejando un cierto tufillo a religión con el rosario posmoderno de las teorías. Es la intuición bendita que campea por las probetas. 97


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En cualquier caso es un buen libro porque cuestiona, plantea y aporta conocimiento. Tuvo el tirón del prestigio “Redes” que arrastró a la venta. Muchos hogares decoran sus bibliotecas con este libro, ya sabemos que comprar y leer suelen ser antagónicos. Las secuelas fueron viajes a la felicidad y al amor, “El alma está en el cerebro” (2012) y “Por qué somos como somos” (2008). Vale, pero no debemos dejar de mirar de reojo a todo lo que venga como axioma “sine qua non” porque luego se nos queda cara de tontos.

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IAN GIBSON. Ligero de equipaje: la vida de Antonio Machado (2006). “La vida para Machado es un eterno caminar del cual sólo la plenitud del amor nos podría salvar brevemente si tuviéramos la suerte de hallarla”.

Hombre, lo de "ya está todo dicho" es una verdad a medias, que es como son las verdades, dígalo Agamenón o su porquero. La vida, la literatura (el occidente), es una revisión constante de autores y títulos desde época griega. Antonio Machado es el que actualiza la materia en el siglo XX y todavía andamos con él aunque muchos no lo sepan. Su familia es doscientos años de cultura silenciosa porque lo otro es ruido. En este país hubo un siglo de las luces y desde entonces se apagó la cosa. De vez en cuando viene el guiri a recordarnos que la paella está buena, el vino bien y la juerga que no falte. Richard Ford, George Borrow, Brenan y así. Con la generación de la república (como la llamó Bergamín) hubo más de lo mismo. Irlanda es un fraude lleno de brumas y vacío de lo demás, por eso los escritores salen rebotados al resto del mundo. Wilde, Beckett, Shaw, Joyce y esta gente. Ian Gibson es otro ejemplo. Se vino para España sabiendo que allí lo único bueno es el desayuno pero no sólo de pan vive el hombre que dijo el otro. Aquí se vino a saber más de Federico y como resultado se convirtió en especialista de un veintisiete que interesa más fuera que dentro. Gibson ha escrito la vida de Lorca en biografías minuciosas, demostrando que la biografía es otro arte literario. En España pensamos que la vida no se escribe, 99


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se comenta que es el eufemismo del verbo cotilleo. Pensamos que lo único destacable es el entierro y por eso sólo reparamos en la necrológica y la esquela, en la tasca de la mesa de camilla. Gibson se ha empapado bien de Lorca y esto se traduce en Dalí, Machado, Darío y más. De todos ellos ha escrito excelentes biografías. La vida de Machado es la vida del hombre bueno, de la honestidad llevada a rajatabla sin aspavientos, de la humildad y el compromiso hasta la muerte. Su vida conmueve porque es un trasunto de la literatura. Su literatura un compendio de sabiduría fonética. Don Antonio nos mira de reojo cuando nos hacemos fotos. Fue un bucólico enamoradizo que leía filosofía como gesto con los demás, porque él luego lo traducía en proverbios y cantares de la forma más popular posible. Viene del folclore, viene del pueblo y escribe para él. Dirá “Escribir para el pueblo, qué más quisiera yo. Escribir para el pueblo es ser Tolstoi en Rusia, Shakespeare en Inglaterra, Cervantes en España…” o Machado, diremos nosotros. Su vida es la vida de la honestidad, el ser humano íntegro. Por mucho que revisionistas al estilo Trapiello intenten Pisonearle con lo de la circunstancia republicana. Gibson también es humilde y por eso no para de señalar con el dedo la fosa de Lorca por mucho que sus familiares, subvencionados y oficiales, miren hacia el lado del Ayuntamiento. Este Ian mola. Yo sólo espero que escriba la biografía de Bergamín (mejorando la presente de Penalva) para que se complete el triángulo. Don José es un desconocido que solo recibe la atención de Niggel Dennis que ha publicado el primer volumen de sus Poesías 100


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Completas en Pre-Textos. Al final, España con sus cosas, no es más que una tesis doctoral “made in guiri”.

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JOHN KRAKAUER. Hacia rutas salvajes (2008). “Para entonces, ya hacía mucho que Chris se había ido. Cinco semanas antes había cargado todas sus pertenencias en su pequeño coche y partido hacia el Oeste sin un itinerario establecido. […] Por fin se había liberado de las ataduras, emancipado del mundo opresivo formado por sus padres y los que eran iguales que ellos, un mundo hecho en que sentía como una dolorosa amputación la ausencia del latir puro y salvaje de la existencia.”

La eterna pregunta de si hay vida después de la muerte se mira en el espejo y se ve otra parecida pero distinta: ¿hay vida antes de la muerte? Podemos mirar en derredor y confirmar nuestras más yermas sospechas. Las sociedades democráticas trajeron el consenso y el silencio, el contrato basura y la vida hipotecada al consumo. Chris McCandless no quería eso. Su cuerpo fue encontrado en un autobús abandonado en un paraje remoto de las tierras de Alaska. John Krakauer escribió un reportaje sobre el asunto en una revista que colapsó la redacción con mensajes de odio, admiración y otras palabrotas. El astuto reportero pensó escribir un libro sobre la vida del chico y reconstruye su vida en un libro diferente. Los mejores pasajes literariamente pertenecen a los encabezamientos de capítulos que corresponden a los libros que Chris McCandless tenía subrayados junto a su cadáver en dicho autobús. Sus autores son también anarcoindividualistas que le antecedieron en lo de caminar hacia otro lado. Tolstoi, Thoreau, London..., son algunos de los autores que le marcaron en su corta vida. 102


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Sobra decir que McCandless era un chico modelo, de buena familia, de buena reputación y esas cosas americanas. Sobra decir que detrás de la apariencia siempre hay sitio para la profundidad en un ser humano. El autor utiliza la historia del chico para hacer un repaso histórico de otros solitarios anarquizoides. Este es uno de los aciertos del libro, pero aprovechando que el Pisuerga pasa por Manhattan, JK cede a la tentación vanidosa de contar su aventura e inmortalizarse al lado de la nómina anterior y este es su gran fallo. Sean Penn, que quizá sea el McCandless de Hollywood, se hizo con la historia y rodó una película de igual título. Buena fotografía, buena interpretación y buena adaptación del libro. Sobran cuarenta minutos que se le disculpan por la belleza del paisaje que muestra. Hollywood, que lo absorbe todo en su agujero negro del mercado, le regaló un Oscar por no sé qué. El libro se lee rápido e interesa más el hecho en sí que la vida y el lamentable final. De esta forma habrá quien se acerque (creer es gratis) a la figura de otros grandes como Tolstoi, Thoreau o el London de “El talón de hierro”, “El pueblo del abismo” o “Martin Eden”. Es un libro primaveral porque pone el dedo en la llaga de los viajeros de interrail y asume la parte de violencia que el sistema le tiene preparado al que no paga el billete.

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JOSEPH CONRAD. El corazón de las tinieblas (1899). “Al encontrarse sola en la selva había mirado dentro de sí misma y ¡santo cielo!, os lo aseguro, se había vuelto loca”.

Joseph Conrad escribe la novela de El otro y te puedes quedar en el estrato que quieras porque las buenas novelas es lo que tienen. Te puedes prender de su lenguaje descarnado, disfrutar de la novela de viaje, aprender a estructurar la prosa, racionalizar el lenguaje, dosificar el misterio. J.C. escribe una gran novela que ha influido en muchísimos escritores. Dicen (a los que les gusta la mochila) que es su autor de cabecera porque ellos se han quedado en lo del viaje. Coppola se fue de travesía al misterio para encontrarse con el Otro y así le nació una genialidad yanqui como es “Apocalipse now” (1979). Amenábar escoge el tema y crea “Los otros” (2001) y Richard Kapuscinski, que sabía más de África que el propio Conrad, escribe “Encuentro con el otro” (2007) donde analiza su yo externo y qué es para los demás, otra forma de tratarlo. Joseph Conrad es Otro de los grandes novelistas del siglo XIX. Los de antes fueron prehistoria escrita muy mal generalmente, aunque de todo hay. Ahora vivimos en la imagen y semejanza sin fe y sin rostro y nadie tiene rúbrica. Somos la sublimación de una niebla. Conrad escribe a buril y eso se nota. Tiene otras cosas como “Lord Jim” (1900), “Nostromo” (1904), pero con “El corazón de las tinieblas” acierta.

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Escribir esta novela en 1899 es ser un contribuyente sólido. Hombre, Cervantes siempre puede reírse en la cara del más gracioso pero bromas aparte, la obra tiene su gracia. Cuando a la Vanguardia le quitas el papel de regalo ya nadie quiere el juguete y acaba con la fregona en el cuarto trastero de la lejía. Joseph Conrad sabe que para que le tomen en serio no se puede ser polaco y seudonomiza su apellido porque en Polonia todo suena a cuervo. Conrad, es un buen novelista al que no se le lee como se debe, no se le traduce, no se le publica ni nada. Yo tengo libros de la editorial madrileña Nostromo. Se conoce que algún catalán con dinero se quedó prendado de su obra y decidió rendirle tributo poniendo el título a la empresa porque hasta el más leído tiene su credo por muy catalán que sea uno. Ignacio Vidal-Folch tomó este título para llevar un digno programa de literatura en la 2. Duró unos meses, como casi todo lo digno. Conrad supera en concreción lingüística, metafórica y sentimental a otros grandes como Proust, Stendhal o Balzac. Los rusos siempre tienen el punto frío que les hace diferentes. La escarcha conserva y eso se nota. “El corazón de las tinieblas” es buen título que nos pone la dentadura del revés, sabiendo que está bien hecho.

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HENRY A. GIROUX. La inocencia robada: juventud, multinacionales y política cultural (2003). “cuando la educación pública se convierte en un medio para alcanzar un beneficio, distribuir un producto o formar a unos sujetos consumidores, la educación reniega de sus responsabilidades de crear una democracia de ciudadanos, mudando su centro de atención a la producción de una democracia de consumidores”.

Leer no te da más porque lo diga el Ministerio sino porque afortunadamente existen libros como éste. Para pasar el rato, que es el eufemismo de matar el tiempo, están bien la calceta, la planta y el pilates, otra cosa es cuando queremos invertir (ahora que el capital se apodera del lenguaje) la hora en conocimiento. Para eso nada mejor que el ensayo lirondo, en esas se empeña Giroux a sabiendas que la privatización siempre se sale con la suya. El título es significativo. Se adelanta al contenido que es para lo que sirven los títulos porque si no todo sería perro andaluz. En este libro Henry Giroux nos adelanta el porvenir porque el tío Sam no deja de ser un padre que viene con los reyes veinte años tarde. "... Travis Licate aprendió recientemente a diseñar un restaurante McDonald, cómo funciona un Mc Donald y cómo solicitar un puesto de trabajo y realizar la entrevista al efecto en McDonald gracias a la clase de siete semanas, patrocinada por la compañía, que pretendía enseñar a los niños aspectos del mundo laboral". Las asignaturas son patrocinadas por las multinacionales como Nike, Gatorade, Sony, Nestlé, Burger King y así sucesivamente, "muchos sistemas escolares no sólo aceptan los currícula patrocinados por empresas, sino que

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también alquilan espacio en sus instalaciones, en sus autobuses e incluso en las cubiertas de sus libros". Este es el panorama y Giroux gasta 167 páginas en completar la radiografía. En “La (des)educación” (2007) de Noam Chomsky y Donald Macedo nos advertían de cómo la educación (el tiempo efectivo de convivencia entre padres e hijos) se podía llevar a cero trastocando el mercado laboral con la fórmula: más horario, más hipoteca y menos sueldo. De esta forma la educación de los niños quedaba en manos de la televisión que Bordieau disecciona en su ensayo de igual título, publicado en Anagrama. Ya Ivan Illich, contemporáneo de Paulo Freire, nos avisó de que para educar en igualdad había que empezar por acabar con el sistema educativo actual basado en el currículum escolar, siendo la escuela el pilar básico a derribar. “La sociedad desescolarizada” (1971), originalmente publicado en Taurus, ha sido rescatado por el prestigioso sello de Fondo de Cultura Económica de España (también en pdf por Internet) y en libros como éste de Giroux se demuestran sus teorías más vigentes que nunca. Dentro de la pedagogía más trasnochada encontramos en este educativo ensayo los nombres de Gramsci, Hirsch o Stuart Hall, los nadies de la pedagogía que todos ignoramos. Ediciones Morata traduce este ensayo que muestra en primer plano las miserias más miserables de nuestro sistema, donde se asienta nuestro mañana y nuestros menores: el sistema educativo.

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Es una buena forma para abrir los ojos ante el bostezo general del quélevamosahacer y quesealoquediosquiera. Un libro inoportuno, molesto, lejos de la tranquilidad de la tertulia televisiva porque es su opuesto, lo fuera de cámara. Bolonia es el primer paso para educarnos ciudadanamente, un porvenir que traerá más “abre la boca y cierra los ojos”. Y así.

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JULIA UCEDA. En el viento hacia el mar: 1959-2002 (2003). “¿Cómo sacarte de las sombras hacia este lado de la luz; cómo dejar palabras debajo del sol frío y del duro silencio que te haces?” Diálogo de los muertos.

Julia Uceda es una voz poética. Tiene voz porque ha roto con los ecos de donde viene. Es la primera mujer que recibió el premio Nacional de poesía desde que la monarquía parlamentaria nos gobierna. En 2003 dejaba en la cuneta a nuestro vecino bejarano Luis Felipe Comendador pendiente de Lauren Bacall. Uceda viene de José Luis Hidalgo de quien hizo su estudio doctoral, pero también de Pepe Hierro con quien compartió jurados cantábricos del Esquío, de Pedro Salinas y de una poesía inglesa y húmeda que conoce bien y leyó en su idioma. Uceda se hartó de la lluvia de sus letras y se fue a buscar el sol de Irlanda y se llenó de algas, cristales y objetos de un universo de café. El haber salido de España y no haber tenido compromisos editoriales le ha permitido conformar una obra poética densa, trabajada, original y autónoma. Una vez leída te das cuenta de las pequeñeces de los clichés teóricos y esas cosas de los críticos. Qué hacemos con esta poetisa que no tiene generación, ni contactos, tan ausente que los premios la encuentran dándole al verso.

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Uceda tiene gustos orientales que corrobora Chantal Maillard a quien concedió el Nacional de poesía en 2004, pero también hay mucha Francia con su rimbaudes, verlaines y baudelaires. Un universo de imágenes repetidas habita su costa de los sueños. Lo cotidiano evoca lo universal como una especie de Proust poético que no requiere de té ni de Swann porque a ella lo que le importa es la lluvia y su primavera de algas. Uceda es una mujer octogenaria que ya no le duele decir mierda, porque sabe que la llevamos dentro y huele como la muerte. Sabe que la poesía es el arte de temblar -como decía Bergamín- y ella tiene acordes propios y vibratios made in Julia. Recuerdo como una caricia de dolor dentado su poema (publicado en Babelia) en homenaje a los muertos del 11-M y recogido en su poemario posterior “Zona desconocida” (2006). En ocasiones la poesía reúne la emoción y te dice pon la mano que te sirvo. En época de crisis, donde impera el self-service, no nos queda otra que meter mano al montón de las metáforas sin esperar a que digan adelante porque ya solo se dice espera, esperanza y ya veremos.

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FERNANDO LÁZARO CARRETER. El dardo en la palabra (1997). “Mal asunto si el malestar docente se interpreta sólo en términos económicos y se considera resuelto cuando el conflicto cese. Mala exégesis si no se entiende como una aspiración de los profesores a conquistar no privilegios, sino dignidad”.

Este es un libro completo, lleno, que escribiría Pla. “El dardo en la palabra” es un título acertado en plena diana léxica. No podía ser de otra manera para un hombre que ha enseñado Lengua y Literatura a varias generaciones de españoles, el que escribe entre ellos. Sus libros de texto eran rigurosos. Con la fuerza implacable de quien posee la autoridad del conocimiento. Fernando Lázaro Carreter es parte de la lengua castellana, dirigió la Real Academia de la Lengua, a la que modernizó (en la medida en que se puede modernizar lo marchito) liberándola de duques y marquesados, dentro de los límites del aburguesamiento. Este libro es un compendio de artículos publicados en distintos diarios durante veinte años, a los que añade un práctico índice de términos para que el placer de la lectura lineal pueda alternarse con la relectura aclaratoria de la palabra dudosa. Carreter maneja el idioma con una ironía cervantina que deja al lenguaje en cueros para comenzar a tomarle medidas. Reivindica la corrección, el término exacto, desterrando los fantasmas de la duda. Es implacable frente a los

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periodistas deportivos y cargos políticos porque ellos son los que gozan de mayor auditorio y por ello han de ser paradigma del buen uso del lenguaje. Umbral achacaba un goce similar a la lectura del Quijote en este ensayo lingüístico porque no había que seguir una lectura plana del mismo como puede hacerse con la obra de Cervantes. El placer de la lectura parcial es su finalidad última y primera. Lázaro Carreter llega a ser tan minucioso y tan rotundo que desconcierta. Llega a producir inseguridad pero también inquietud por un lenguaje que nos delimita la razón y el pensamiento como dijera Chomsky. Es un libro para rebajar los humos de erudición que tan en gala tienen muchos y poder pasar un buen rato aprendiendo, conociendo, disfrutando del idioma.

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WADE DAVIS. El Río (2004). “La escogencia de las palabras. Lo que quieren decir. Hay una tribu en el Uruguay, del grupo guaraní, cuya palabra para el alma era “el sol que está dentro”. Al amigo le decían “mi otro corazón”.

“El río” es un buen título para este libro. Jorge Manrique ya nos dijo lo que le sugería la muerte de su padre. En este libro/río navegamos por las aguas del siglo XX, donde Wade Davis es un etnobotánico de Harvard que reconstruye de forma ágil y acertada las vivencias personales de su viaje junto con Tim Plowman por los recovecos de la selva amazónica, en ocasiones, siguiendo los pasos de su profesor Richard Evans Schultes. Las 639 páginas del libro (no me atrevería a llamarlo novela porque podría clasificarse como ensayo, biografía, libro de historia... y probablemente no acertaríamos -bendita profesión bibliotecaria-) no son un inconveniente si no todo lo contrario. Es un aliciente para disfrutar durante algunos días de esta aventura. Wade Davis parte de una anécdota simple para armar un razonamiento antropológico/ farmacológico. Es un libro lleno de reversos, donde nada es lo que parece, de ahí que algunos lo hayan comparado con “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad. Sin embargo, Wade Davis va más allá de lo estrictamente literario y se interna en la selva de lo político, lo económico e incluso lo militar.

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Dentro de esos reversos tenebrosos están los leoninos intereses de las naciones que a través de sus universidades y laboratorios subvencionan las expediciones de estos ingenuos investigadores. Tras la frágil figura de un etnobotánico perdido junto a los indios amazónicos consumiendo ayahuasca, encontramos la magnitud de un hombre que va a influir en la economía -es decir La Historia- del siglo XX. En sus investigaciones sobre el caucho, Wade Davis arma un recorrido sobre el siglo pasado. Las influencias que el líquido tuvo en la fabricación de neumáticos, éstos sobre la industria automovilística y ésta sobre los designios de la guerra mundial. Lo mismo ocurre con las averiguaciones sobre la hoja de coca y el uso farmacéutico que se establece así como otros de corte lúdico como la manida coca-cola. De igual importancia son los constantes ejemplos de antropología indígena, las recreaciones del paisaje tropical que nos transportan a un mundo de febril ensoñación. “El río” es un buen título porque fluye, una buena edición (a las que acostumbra Pre-textos) y una buena fotografía de cubierta escogida por Trapiello, culmina un libro ejemplar, muy propio para estas fechas de calor y crisis. Evasión de aglomeración y playa.

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TOM SHARPE. Reunión tumultuosa (1971). “-Todo el mundo sabe que son marxistas -dijo Verkramp. -Yo no -dijo el Kommandant-. Y me gustaría saber por qué lo sabe usted. -Bueno, por una parte el sobrino de la señorita Hazelstone está en la universidad. -Pero por eso no se es rojo. -Cree en la evolución. -Mmmmm -dijo el Kommandant, dubitativo.”

El sentido del humor es imprescindible para torear las embestidas del diario. La vida es

cruda con frecuencia y la creatividad nace del desgarro que

produce. Unos cuantos privilegiados tienen el don de transformar la tragedia en comedia hasta formar lo que Fernando de Rojas -un señalado- denominó Tragicomedia. La de Calixto y Melibea es un ejemplo. Cervantes que es el padre de todos los géneros hace y deshace a su antojo con la facilidad del genio. “El Quijote” es una gran comedia trágica, que no es lo mismo que lo de “La Celestina”. Los ingleses son gente atípica. Al lado de la realeza con sus lores y sus sires, con sus casas decimonónicas y extensas praderas de césped, tienen a grandes cómicos entre su nómina de British, debe ser por aquello de la contraposición y los polos opuestos. El caso es que Tom Sharpe no es un rara avis dentro de las letras inglesas. David Lodge, Gerald Durrell, Evelyn Waugh, P.G. Wodehouse o los “Monty Python” corroboran el particular y excéntrico humor inglés que viene a dar en Mr. Bean.

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“Reunión tumultuosa” narra las aventuras de una familia británica en la Sudáfrica del apartheid. En ese marco se mueve una amalgama de personajes histriónicos que siempre rizan el rizo. Anagrama tiene publicada en su serie Compactos la obra de Sharpe sobre su personaje Wilt. Sharpe tiene la capacidad del humor. El resorte que salta inevitable ante la más cruda realidad. Toda su literatura la pasa por el tamiz de lo hilarante. Su particularidad es que aprieta el tornillo de la risa hasta pasarlo de rosca llevando las situaciones al paroxismo imprevisible. Sharpe hace un favor a la literatura. Cuando vivimos en una sociedad reglada por la seriedad, se echa en falta el compromiso del humor, no solo en la literatura sino en el resto de las artes. El humor como decía Gila no tiene gracia, es la realidad llevada al extremo hasta que nos arranca una sonrisa. El humor ágil, inteligente, irónico está restringido a unos pocos. El dramatismo esta valorado en exceso quizá por un lastre de moral cristiana que nos conlleva al arrepentimiento constante de la culpa. Tip y Coll, Faemino y Cansado, Berlanga o el citado Gila son ejemplos de por aquí. La pareja de Miguel era su teléfono, Berlanga era el dúo artístico de Azcona. El gran Wyoming -otro figura- tiene publicada en Compactos de Anagrama “Te quiero personalmente” (1993), otra novela de locura desatada en un marco social urbano, reconocible por cualquier usuario de metro. En dicha colección se pueden encontrar grandes títulos del macabrismo como algunos de Roald Dahl.

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Leer a Tom Sharpe es buena terapia contra el estrés, buena manera de llenar de risa la paella y la vacación. Una forma de saber que la carcajada puede ser crítica, lírica, creativa y debe serlo para no quitarle gracia al sentido -ay- del humor.

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JOSE LUIS SAMPEDRO. Escribir es vivir (2005). “ me mueve a escribir: descubrirme a mí mismo para descubrir a otros y para encontrarnos todos, para vivir más. […] Hacer y hacerse. Vida y obra.” “El tiempo no es oro, el tiempo es vida”.

Este libro es un soplo de aire fresco. Es una palmada en la espalda del que se antoja en escribir para ahorrar en psicólogos. El título es conciso, explica muy bien el contenido. José Luis Sampedro es un hombre excepcional y un escritor de primera. Se convirtió en escritor de primera queriendo ser de segunda. Cosas del empeño. Su vida y su obra son lo mismo que es lo que sucede a los que dedican la una a la otra y viceversa. Cuando se cumplen los noventa se suele tener la vida llena de bolsillos donde guardar momentos. En el asilo de la memoria, José Luis Sampedro, guarda títulos de novelas que compuso un día. “Octubre, octubre” (1981), “La sonrisa etrusca” (1985), “Congreso en Estocolmo” (1952), “La vieja sirena” (1990), son buenas novelas, o sea buena literatura. En el bolsillo de atrás -próximo al corazón del alma- guarda Sampedro otras virtudes que llenó de prosa. JLS, desnuda el rincón de la sexualidad con novelas que para si quisieran los adolescentes románticos de las letras. Con 83 años publicó “El amante lesbiano” (2000), pero mucho antes había ganado un segundo premio de literatura erótica PLAYBOY con el relato “Divino diván” (1993). Sublime.

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Lo que le pasa a este abuelo nonagenario, es que en su vida ha hecho de todo (literariamente se entiende). Fue Premio Nacional de teatro con “La paloma de cartón” (1948), ha visto en las pantallas de cine su novela “El río que nos lleva” (1961), ha sido catedrático de estructura económica por la Universidad Complutense de Madrid, senador por designación real y miembro de la Real Academia de la Lengua. Sus años ligados a la economía le han hecho conocedor del mundo financiero y sus impresiones las ha dejado reflejadas en ensayos rotundos como “El mercado y la globalización” (2002) o “Los mongoles en Bagdad” (2003). Pero Don José Luis tiene más, mucho más pero sí mejor. “Mientras la tierra gira” (1993) es un compendio de relatos cortos donde demuestra su capacidad, su singularidad, su humana escritura. Borges fue quien dijo que en el relato se ha de ganar por K.O, mientras que en la novela se gana por puntos. El K.O. de Sampedro es de muchos puntos hilados con seda y aguja fina. En “Monte Sinaí” (1997) narra su experiencia cercana a la muerte en el hospital americano del mismo nombre. Emociona en su sincera descripción de la enfermedad. “La senda del drago” (2006), “Real sitio” (1993) o su obra más reciente “La ciencia y la vida” (2008) a cuatro manos con Valentín Fuster, van completando una bibliografía extensa, dilatada y hermosa. En 2011 le han dado el Premio Nacional de las Letras. Y anda agitando el cotarro de la ideología en libros al estilo Stephan Hessel. Vale.

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En “Escribir es vivir” utiliza la excusa de una conferencia en la Universidad Internacional “Menéndez Pelayo” de Santander de 2003 para escribir el retrato abocetado de su propia vida, escrita por su pareja Olga Lucas, cerrando el círculo de la emoción con su vivencia personal. Sampedro logra un libro ágil, cuyas páginas son plumas que llevan a la sonrisa de una cosquilla de optimismo. Estamos hablando de uno de los grandes novelistas vivos de la lengua castellana. Un hombre que sublimó su intervención en Versión Española (durante la proyección de “El río que nos lleva” de Antonio del Real) a la crítica feroz de la II Guerra de Iraq. Gesto que le merece, cuando menos, el respeto de la denuncia.

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ELFRIED JELINEK. Los excluidos (2006). “La vida de la madre es una larga cadena de años absurdos, como también son absurdas las cadenas humanas formadas por gente de clase baja, de las que nunca nadie sobresale. Se quedan atrapados en lo vulgar”.

“Los excluidos” de Jelinek es una novela de peso. No es una novela de lectura al estilo sudoku. Su escritura es picajosa, áspera como la lengua de una lija. Jelinek narra con las palabras que no queremos oír, ambienta la cotidianidad que no queremos ver. “Los excluidos” es un título caprichoso, no sabemos hasta qué punto comercial, porque bien pudiera titularse “Los cotidianos”. Elfried Jelinek es la voz que nadie quiere escuchar. Su autora es incómoda como lo son sus novelas. E.J. narra con crudeza la sociedad del bienestar austríaco, resultante de las políticas de amnesia colectiva impuestas por la socialdemocracia televisiva. Hombres sexagenarios llenos de traumas y represiones, mujeres reprimidas (represaliadas por sus maridos) y adolescentes perdidos en la marabunta del consumo. Las escasas críticas que se hicieron en el momento del lanzamiento de la novela en España, explicaban la peculiaridad del lenguaje de Jelinek, trabajado, personal y dentro de una de las minorías dialectales austríacas. Esto es plausible en el libro aunque sea por las limitaciones a las que el traductor se ve sometido por el léxico original de Elfried.

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“Los excluidos” fue el título siguiente publicado en España después de “El deseo” (2004) en el que narra la sexualidad femenina de una forma totalmente descarnada e histriónica, pero con un lenguaje personal y que la hace poseedora de un estilo propio. Su prosa se acerca a la pesadilla de Panero, a la denuncia de cobre de Coetzee. Pero es algo más, nada sobra, no cansa. Es certera. Estructuralmente responde al capítulo corto que es el de reflexión más intensa, el más cercano a la poesía, donde la pausa ayuda el asimile. La colección Literatura Mondadori le da un papel de calidad y una tipografía apta para todos los ojos. Jelinek es un Premio Nobel olvidado, como lo son aquellos que mantienen posturas críticas con sus gobiernos (ver el discurso de recepción del Nobel de Harold Pinter y entender su ausencia en librerías y Bibliotecas es todo uno). Jelinek criticó abiertamente al gobierno y las políticas austriacas, especialmente a los sectores pronazis. El efecto fue claro. Esta austriacona escribió “La pianista” (1983) historia descarnada donde el sexo sacude el mundo cuadriculado por pentagramas de moral de una profesora de piano, apasionada por un alumno. Michael Haneke, en 2001, remató el cuento con una película brutal. Vaya dos. Al verano siguiente de su Nobel pude constatar del privilegio que gozan los afortunados del premio. Malviajando por el Tirol (Insbruck) y tras preguntar 122


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por la autora a un librero, malhumorado de gestos me indicó que acudiera a la balda de los autores de apellido J. Una tímida edición de bolsillo de una de sus obras se escondía tras la propaganda editorial de “Las putas tristes” de Gabo. El experimento se prolongó en otras librerías donde el nada fue la respuesta. “Los excluidos” es una novela que se debe leer por su autenticidad, su personalidad. Es un libro sólido que abre caminos a la literatura, tan estancada por el hartazgo de lo manido. Es una muestra de la calidad literaria de una autora que debe rescatarse de los olvidados, de los excluidos, de los ninguneados. Demasiadas palabras para decir silencio.

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EDUARDO GALEANO. Las venas abiertas de América Latina (1971). “Es América Latina, la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha trasmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder”.

Eduardo Galeano nació en Uruguay en el año 1940. Llegó a la literatura de la mano del periodismo. Trabajó para el semanario “El sol”, “Marcha” y fue director del diario “Época”, sustantivos neutrales que el comenzaría a poetizar críticamente. Cuando a su país le tocó la dictadura pidió exilio a Argentina donde funda y dirige la revista “Crisis”, claro. “Las venas abiertas de América Latina” es un libro para tomar conciencia que es el inicio del conocimiento. Eduardo Galeano disecciona la historia de la América hispanoparlante extrapolable a toda la América del sur. Lo bueno de este libro es que está escrito por Eduardo Galeano. El uruguayo tiene el don de la poesía, habla de masacres como quien ve una mariposa, no oculta el drama pero la lectura se hace más literaria, menos cruda, más real. El lenguaje poético de Galeano rezuma ternura. Lo humano hay que escribirlo humanamente para no convertirlo en la estadística de la cifra: lenguaje matemático del dinero. Galeano hace un amplio repaso del expolio capitalista sobre los americanos -indígenas- y sus tierras. Al lector le conmueve y le pone en perspectiva para darse cuenta de las atrocidades por venir y que se siguen cometiendo en América y en todo el mundo. 124


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Fue sonado el encuentro de Chávez con Obama, cuando el venezolano regaló un ejemplar de “Las venas abiertas de América Latina” al presidente de EE.UU en la V Cumbre de Las Américas de 2009. El presidente venezolano suele tener estos ademanes literarios en los lugares más inoportunos, así que le dio por recomendar el libro “Hegemonía o supervivencia” de Noam Chomsky en la Asamblea General de las Naciones Unidas de Nueva York (año 2006), en el mismo discurso en que llamó diablo a Bush Jr. Si después de leer este libro leyéramos “La otra historia de los Estados Unidos” (1980) de Howard Zinn, editado por Hiru, la historia del continente quedaría completa. Galeano es uruguayo y resulta un Benedetti de la historia política sureña. Galeano tiene otros libros importantes como “Patas arriba: escuela del mundo al revés” (1998), pero conceptualmente más limitado pese a que es más generoso en poesía. Chomsky también aporta lo suyo (que son decenas de títulos) porque es el científico de la política y de la lingüística. Hay otros libros que completan la toma de conciencia como aquel que le escribió Elisabeth Burgos –primera esposa del cheguevarista Regis Debray- a la premio Nobel de la paz, titulado “Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia” (1982), hoy disponible en la agotada colección Librerías de Viejo.

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Espejos (2008). “El caballero de la triste figura llevaba más de tres siglos y medio de malandanzas por los caminos del mundo, cuando el Che Guevara escribió la última carta a sus padres. Para decir adiós, no eligió una cita de Marx. Escribió: otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante. Vuelvo al camino con mi adarga al brazo”. Don quijote.

“Espejos” se debe leer a picotazos. Son fragmentos de Historia y mala leche tamizados con el tacto uruguayo de don Eduardo: esa lírica afilada por la injusticia del capital para la que Galeano tiene buena vista. A Galeano le ha ocurrido lo que a Chomsky y últimamente le han publicado cualquier cosa que llevara su nombre porque al progrerío le gusta el regalo y la pancarta como al cristiano la navidad y la procesión. Las sangre de Galeano está escrita en sus “venas abiertas” que ya he rajado. Para indagar un poco más en su bibliograferia destacaré “El libro de los abrazos” (1989), “Las caras y las máscaras” (1984), la antología de artículos “Ser como ellos” (1992) reeditado en 2006, así como numerosas colaboraciones publicadas en prensa escrita y en revistas digitales de diferentes colectivos como “Rebelión” o “Le haine”. “Espejos”, ya lo había escrito don Eduardo en un poema llamado “Los nadies”: “los dueños de nada, que cuestan menos que la bala que los mata”. Con este libro Eduardo Galeano proyecta luz sobre los sin rostro, que decía el subcomandante Marcos en sus excelentes crónicas ideológico/poéticas. En este libro que no es libro, es un todos, un abrazo y un aliento. En él se muestra 126


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“Danza de los nadie” (1999) que cantaron los vallecanos “Hechos contra el decoro”. El título: “Espejos” está bien puesto. Pues eso.

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ANTONIO MACHADO. Juan de Mairena (1936). “La cultura, vista desde fuera, como la ven quienes nunca contribuyeron a crearla, puede aparecer como un caudal en numerario o mercancías, el cual, repartido entre muchos, entre los más, no es suficiente para enriquecer a nadie. La difusión de la cultura sería, para los que así piensan, un despilfarro o dilapidación de la cultura, realmente lamentable. Esto es muy lógico. Pero es extraño que sean, a veces, los antimarxistas, que combaten la interpretación materialista de la historia, quienes expongan una concepción tan espesamente materialista de la difusión cultural”.

De entre las grandes personalidades del siglo XX destaca por su honestidad Antonio Machado. Una vez pasado el tamiz del tiempo, don Antonio va robusteciendo su figura con una obra y una vida que fundió bajo una de las poesías más profundas del castellano. Para conocer su vida, nada mejor que la biografía de Ian Gibson “Ligero de equipaje” (2006), definitiva. Para conocer su obra -si hay quien se permite el lujo de no conocerla- cualquier libro es bueno. Machado era lector de filosofía, escritor junto a su hermano de un teatro ramplón para su valía. Como poeta, sus “Proverbios y cantares” (1912), calan en los huesos de lo humano. Su prosa, tan brillante o más que su poesía, es menos conocida. Es inaudito que haya maestros, profesores, catedráticos, que no hayan leído “Juan de Mairena”. Para para otro día dejaremos, “La sociedad desescolarizada” (1971) de Ivan Illich. La dialéctica que nos muestra AM es la esencia de toda pedagogía. Plantea interrogantes, siembras dudas. Sembrar la duda es el primer paso para el pensamiento crítico, tan desahuciado de las aulas por lo automático del test. Juan de Mairena es un libro de lectura sencilla y reflexión profunda. De sosiego y relectura. En estos tiempos de autoayuda, 128


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televisión y rutina, Machado es un oasis de hondura reflexiva: “todo necio confunde valor y precio”, “hoy es siempre todavía”. La poesía y el lenguaje se funden en metáforas de lo humano. Una cura de humildad necesaria ante la vorágine que nos envuelve.

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RAMÓN SAMPEDRO. Cartas desde el infierno (1996). “Si es racional, hay derecho”.

Es este un libro de esos que no son recomendables sino necesarios. De obligada lectura. Es un libro sobre el que se ha pasado por alto porque el cine ha usurpado su protagonismo. Hablamos de la película realizada por Alejandro Amenábar sobre la vida de su autor: Ramón Sampedro, interpretado magistralmente por Javier Bardem. Su título: “Mar Adentro” (2004). El libro había pasado inadvertido hasta que A.A. lo retomó. Una historia que había quedado en el cajón olvidado de los sucesos. Su lectura conmueve, emociona hasta la lágrima, enaniza a gran parte de los que se ganan la vida escribiendo lugares comunes en este país. “Esto es ser hombre / horror a manos llenas”, escribiría Blas de Otero. Sampedro derrocha horror en forma de verdad y “la verdad -Yupanqui dixit- es la realidad de las cosas”. Ramón S. nunca habría sido noticia de no haber tenido la capacidad de cambiar. Nunca fue a la universidad, ni tuvo amigos escritores, no ganó nunca un premio literario. Como el mejor Machado, su acierto nace del ser humano, del camino que hacen treinta años de reflexiones desde su cama, que era su infierno. Sus planteamientos los querrían para sí muchos de los que pasan por filósofos, sus poemas podrían recogerse en las mejores antologías. Esto si es

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poesía de la experiencia. “La palomita enjaulada” (p. 40/41) conmueve hasta la lágrima. Sin embargo no es este un libro triste. Al revés. Es un canto a la vida, a la reflexión, al gozo. R.S. escribe (y escribe muy bien) sobre religión, derecho, política, amor, vida, muerte, deseos, realidades; desde la autoridad moral que le confiere la experiencia. Es un libro completo: reflexión, emoción y lenguaje, se condensan magistralmente. Lo incluiría sin dudar, entre los diez mejores títulos editados en este decepcionante siglo XXI. Un libro de los que quedan pocos. Es un libro silencioso (Bergamín diría lo que no se puede negar se silencia), por eso yo lo leo interiormente a voz en grito.

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DARIO FO. Muerte accidental de un anarquista (1970). “Loco: […] ¿El pueblo pide una verdadera justicia? Pues hacemos que se conforme con una un poco menos injusta. ¿los trabajadores gritan basta ya de explotación? Pues procuraremos que sean un poco menos explotados, pero sobre todo, que no se avergüencen de serlo... ¿Quieren que desaparezcan las clases? Pues haremos que no haya tanta diferencia, o mejor, que no se note tanto. ¿Quieren la revolución? Pues les daremos reformas, los ahogaremos en reformas... mejor aún, en promesas de reformas que jamás les daremos”.

Darío Fo es uno de los grandes nombres del teatro universal. Perogrullos aparte, toca el símil: Fo es a Italia, lo que Fernán Gómez era a España. Son hombres de teatro a lo ancho. Lo mismo les da escribirla, que dirigirla o interpretarla y si la cosa se pone tonta pues la producen, la decoran y le dan sombra al botijo. Lo que pasa es que FFG, con el tiempo, se puso académico y empezó con aquello de que no le gustaba que le mirasen mientras trabajaba e hizo más cine, que además es más higiénico, más rentable y menos dramático. Fo nace en la Lombardía en 1926 y se curte en el teatro haciéndolo. A la escuela fue a estudiar Arquitectura, y lo dejó, ¡claro!. En España le publicaron "El mundo según Fo" (2006), libro de rápida lectura, en clave de entrevista que nos acerca la obra y sobre todo la vida de este dramaturgo italiano, que tiene mucho que contar a aquellos que quieran "vivir -palabras de Fo- y no sobrevivir". "Muerte accidental de un anarquista", es su obra más conocida, entre otras cosas porque es casi la única transcrita al castellano. La traducción es de Carla Matteini, especialista en Fo, y la publicación de la editorial Hiru de Alfonso 132


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Sastre y su mujer Genoveva Forest, ya fallecida, un gran tándem igual de válido al formado por Dario Fo y su compañera Franca Rame, pero sin tanto premio Nobel porque al italiano le dio por la comedia y al de "Escuadra hacia la muerte" (1953) por la ideología y eso no se compra bien si se vende mal, que es la forma de no venderse. Esta obra es el esperpento valleinclanesco a la italiana, lo que Billy Wilder hizo a lo yanqui en su excelente película "Primera Plana" (1974), donde no falta su anarquista ni su muerte accidental. Uno reconoce ciertas influencias del Austrohúngaro en la obra de Fo. El final de "Muerte accidental de un anarquista" es quizá una reproducción a escala del final de "Irma la dulce" (1963). Quizá todos le deban un poco a Wilder. El irreemplazable Berlanga, metía con fórceps la palabra “Austrohúngaro” en sus películas, quizá como un homenaje inconsciente al Dios de Fernando Trueba. Sin embargo, las obras de Fo están más cerca de Moliere, Lope y Shakespeare que de sus contemporáneos, porque el Teatro viene de Grecia y su capital es el siglo de oro. Iancarlo Cobelli, Aldo Trionfo, Luca Ronconi o Luca de Filippo son nombres importantes del teatro italiano como Rafael Álvarez "El Brujo", Nuria Espert o Francisco Nieva lo son para España, aparte del citado Sastre que es de los pocos que se acuerdan del teatro y lo publica, y lo escribe, y lo edita. Así, cuando le dieron el Nobel a Harold Pinter (más Sastre que Fo, pero en británico) la vergonzosa industria editorial española no tenía un sitio para su teatro de no ser por Hiru. Lo mismo pasa con Howard Zinn o Peter Handke.

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Todo Fo es irreverente. Su teatro, como toda obra de creación que sobrepase el entretenimiento, ironiza sobre las tragedias humanas que convergen en las costuras sociales de un sistema que se autodevora a sí mismo como un Saturno narcisista. Tiene sarcasmo para la religión, la progresía y el político en "Misterio bufo" (1998), "Pareja abierta" (1989) y "El anómalo bicéfalo" (2003). Sucumbiendo a la vanidad de la masa se presentó a las elecciones por la capitalidad de Milán como le pasara al Vargas Llosa del Perú. Ambos salieron, por fortuna, derrotados, porque el poder engendra monstruos y nada peor para el

creador

que

acabar

siendo

personaje

inconscientemente para ambos. Tener poder es abusar de él.

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de

sus

propias

obras,


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JAIME GIL DE BIEDMA. Las personas del verbo (1982). “A qué vienes ahora juventud, encanto descarado de la vida? Qué te trae a la playa? Estábamos tranquilos los mayores y tu vienes a herirnos, reviviendo los más temibles sueños imposibles, tú vienes para hurgarnos las imaginaciones”.

Que Biedma iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde. Al comienzo todo es Ángel González, Goytisolo y canciones de Paco Ibáñez. Algunos sólo conocíamos a Jaime Gil como el tío progre de Esperanza Aguirre y los versos en la estación de metro de Ciudad Universitaria en Madrid. Luego, la lectura dice que el 50 es un número poético. Caballero Bonald es lo que queda del grupo y se dedica al oenegenismo de apadrinar poetas, premios, y fundaciones. Ya ves. Jaime Gil fue un poeta tardío, escaso, visceral. Era pudiente, instruido y catalán. Era sinónimo de Carlos Barral, amigo de José Agustín Goytisolo y otros, que conformaron la llamada Escuela de Barcelona. Se les aplica el cliché de la ironía, la urbanidad, el erotismo, la nostalgia, el tono prosaico. Cosas para escribir con claridad. Esto no quiere decir nada si no se les lee con la oscuridad poética del niño, con la tranquilidad reposada de las tardes, con la perseverancia necesitada del amante.

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“Yo sólo me siento absolutamente satisfecho de dos o tres poemas míos: “no volveré a ser joven” y “contra Jaime Gil de Biedma”, decía en una de sus últimas entrevistas de prensa. Biedma tuvo la honradez poética de publicar lo necesario que es publicar por necesidad. Su poesía completa no supera las doscientas páginas. Esto es rasgo común a su generación. Son poetas fecundos y poco productivos. Así suele ser esto de la poesía. “Se tienen pocas buenas ideas”, se sinceraba humilde. Gil de Biedma fue un hombre de cultura con rémora en Derecho como un capricho familiar sin vocación. Mejor fue su relación con Barral, un verdadero amigo, compañero de juergas y viajes. Parte de ellas las cuenta el editor catalán en los tres volúmenes de sus memorias publicadas en la colección andanzas de la editorial Tusquets. Jaime Gil vivió una temporada en Oxford lo que le acercó a la poesía anglosajona, mostrando predilección por Auden y Eliot de los que se convierte en especialista y traductor. Sus lecturas le llevaron a Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé de los que se impregna irremediablemente como se evidencia en una ligera lectura de sus poemas. El erotismo en Gil de Biedma es un tema nostálgico, es una forma de añoranza más, lejos de la oscuridad lírica de Lorca. Claro que Federico tenía un lenguaje propio, intuitivo, más cercano al temblor del silencio porque venía de la represión sexual de lo timorato y una familia avergonzada de su mariconismo, incluso hoy. Biedma es mucho más prosaico, casi ingenuo, 136


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aunque sus últimos poemas fueran aproximándose inevitablemente a la emoción críptica que es como es esto de la emoción. Diremos que la editorial Cátedra tiene una antología llamada “Volver” con estudio previo de Dionisio Cañas, con su buena bibliografía y sus notas al pie que la hacen tolerable para todos los públicos; así suelen ser los títulos de la colección Letras Hispánicas y Letras Universales de esta editorial. Sus obras fundamentales son: “Compañeros de viaje” (1959) -título polémico por su comparación con la frase homónima de Lenin-, “Moralidades” (1966) y “Poemas póstumos” (1968). En 1974 se publicó el “Diario del artista seriamente enfermo”, a modo de memorias. La vigencia de la poesía de Jaime Gil de Biedma se va confirmando según pasan los años y la poesía de la experiencia va cuajando en poetas veraniegos que de la mano de García Montero y “La otra sentimentalidad” (2003) han ido copando el panorama poético nacional. “El cónsul de Sodoma” (2010) es la reciente adaptación al cine que de su vida ha hecho el director Sigfried Monleón, interpretada por Jordi Mollá, y polémica de Juan Marsé. La actualidad editorial del poeta se concreta en la publicación de su correspondencia bajo el título de “El argumento de la obra” (2011) en la editorial Lumen. “Poesía y prosa” (2010), son 1400 páginas con casi toda su producción que la editorial Galaxia Gutemberg ha sacado al cuidado del especialista Nicanor Vélez. Y ya.

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RYSZARD KAPUSCINSKI Ébano (2000). “Ha caído la noche, estamos sentados bajo un árbol enorme y una muchacha me ofrece un vaso de té. Oigo hablar a gentes cuyos rostros, fuertes y brillantes, como esculpidos en ébano, se funden con la inmóvil oscuridad. […] Al hablar se sienten responsables de la Historia de su pueblo. Tienen que preservarla y desarrollarla. Nadie puede decir: leedla en los libros, pues nadie los ha escrito; no existen”.

Ryszard Kapuscinski (Pinsk, 1932-Varsovia, 2007) es uno de los autores más importantes de las letras polacas de todos los tiempos sólo ensombrecido por la figura de Joseph Conrad. Kapuscinski, destacó como periodista en los años 60 como corresponsal en distintos conflictos bélicos. En su periplo como cronista por diferentes países de África es donde nace “Ébano”. Un libro en el que sin olvidar sus raíces como periodista -quedando patente en el tono de su prosa-, se adentra un paso más allá de los límites de la prensa dejando su impresión de los sucesos, implicándose desde un punto de vista humano e ideológico. No podía ser de otra manera para un hombre que había militado en el Partido Unido de los Trabajadores (denominación que tenía en Polonia el Partido Comunista) entre 1954 y 1981. Kapuscinski era, parafraseando a Blas de Otero “fieramente humano”, y en esa humanidad se debaten sus crónicas de tan fácil y sosegada lectura en lo formal. RK, no era un literato, era un periodista que escribía con el oficio que confiere la constancia.

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Gran parte de su obra está siendo traducida por Agata Orzeszek en la colección Crónicas de Anagrama una vez que Kapuscinski recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003. “Ébano” es uno de sus títulos más reconocidos por crítica y público. En “Encuentro con el otro” (2007), el autor reflexiona desde un punto de vista cercano a la filosofía sobre lo individual y lo colectivo. El yo, el nosotros y sobre cómo nos identificamos reflejándonos positiva o negativamente en los demás. Su enorme cultura le permite analizar desde un punto de vista antropológico estos conceptos sin descuidar su tono prosaico, periodístico. Otros títulos de su bibliografía son “El imperio” (2006), “Viajes con Herodoto”, “El mundo de hoy”, “El sha o la desmesura del poder”, todos ellos publicados en España en 2007 aunque su redacción y edición en polaco sea anterior. “Los cínicos no sirven para este oficio” (2002), reeditado en la colección Compactos de Anagrama, es un ensayo sobre ética periodística de recomendable lectura para todo aquel que se dedique a la comunicación. Así mismo existe un interesante libro para conocer mejor a la persona Kapuscinski, obra de textos cortos acompañados por una entrevista de Iñaki Gabilondo llamado “Kapuscinski, la voz del otro” (2007), editado por Blanquema. Desconozco sin embargo el tono de sus poesías que recoge completas la editorial Bartleby en edición bilingüe. Otro libro importante de su bibliografía es “Cristo con un fusil al hombro” (2010), donde reflexiona acerca de la figura emblemática del Ché Guevara, su época y su épica.

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Otro título, cuando menos inquietante, es “La guerra del fútbol” (1992) que ha editado la editorial de bolsillo Quinteto en el año 2009 y reeditado varias veces. Estamos, ante un escritor que no esconde la asepsia del titular, haciendo suya la aforística de Bergamín de: “no se puede ser objetivo porque no somos objetos, somos subjetivos porque somos sujetos”. La subjetividad de Ryszard Kapuscinski se cimienta en el discurso solidario. En la denuncia de las miserias humanas agravadas por las situaciones de conflicto armado que vivió tan de cerca, sobre todo y como siempre, en el Sur. Sur es el eufemismo que utilizamos para eludir la palabra África, la palabra dolor, la palabra pobreza. En “Ébano” se recoge todo esto.

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JOSÉ SARAMAGO. Ensayo sobre la ceguera (1995). “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven”.

Esta es una novela que tiene muchas lecturas, un título inquietante, enganche rápido y desarrollo vertical. Todo esto la hace grande, engrandeciéndose. “Ensayo sobre la ceguera” es un truco para bibliotecarios, una novela que hace adeptos, que mete el gusanillo, que hace afición. Esta novela es un MadridBarça con gol de Messi. Saramago es un poco Pessoa que es como son los portugueses, con mucha gafa y poco decibelio. La ministra de cultura le cambió de sexo y disciplina antes de ser ministra de Madrid y dijo que era una gran pintora esta Sara Mago. Don José, que ya tenía el Nobel de literatura usado, tuvo paciencia y se marcó el “Ensayo sobre la lucidez” (2004) porque él tiene el verbo taimado. La ceguera es algo que nos lleva a orinar fuera, golpearnos la cabeza y andar a tientas, por eso Saramago pone luz sobre nuestras palabras, nos señala con los ojos en blanco el camino de la miopía intelectual que es la ceguera solidaria. Esta no es una novela de verbo, es una novela de ritmo. Es la actualización del Gran Orwelliano pero en su versión rockera acta para todos los públicos. Escenas de frenopático con heces resbalando por ráfagas de miedo consiguen un hedor de atmósferas irascibles, que te aumente el ritmo cardíaco y te quites la gafa para relajar los ojos. 141


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En esta novela está el Saramago bueno, que es el Saramago de las últimas cien páginas de “Las intermitencias de la muerte” (2006). El Saramago malo es el de las doscientas primeras, “La caverna” (2001) y en ese plan. Esas noveluchas que están por encima del noventa por ciento de lo legible. Don José andaba mirándole de reojo a la parca desde hacía unos años, por eso editó los diarios, los blogs y todo lo que se le pasaba por la imprenta como forma de marcarse las obras completas sin necesidad de estar muerto. Saramago es un escritor inteligente. Sabe exprimirse a sí mismo sin zumosol ni primo ni nada. Se conoce el potencial que en su caso es convertir en historia la anécdota proustiana pero quitándole la magdalena. Saramago te mete en su pensamiento y lo hace tuyo. Nos habla de una ceguera social, de la ceguera de los abrazos, de no ver nada mientras el sistema lo ve todo. Es la actualización del mito. Sus novelas siempre andan por ahí quitándole el polvo a las mitologías. La ceguera de Saramago no tiene que ver con Borges que andaba ciego mucho antes de estarlo. No tiene que ver nada con la ONCE ni con los cupones del Caprabo. En realidad su ceguera es una lucidez invertida, proyectada hacia un horizonte de urnas y serpientes. Luego sacaron la película “A ciegas” (2008) dirigida por Fernando Meirelles que es otra cosa, dando gracias, porque los lenguajes distintos nunca son lo mismo, son complementarios.

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Una vez muerto el muerto, es el tiempo de los libros de historia, habrá que ver que hueco le depara el manual. Supongo que uno bien grande mientras lo edite Santillana. Saramago sabía donde hacía Caminho en España. El portugués era la versión socialdemócrata de Sampedro. Algo más light, más joven. Ahora José Luis nos grita a la indignación desde dentro, con la tranquilidad de las habitaciones cerradas. Ésta es la novela por hacer. Nadie quiere romper las ventanas, ahora que el premio Nobel de la paz justifica el asesinato, una” b” o una “s” son caprichos fonéticos para poetas trasnochados. Saramago sabe lo que pasa, lo escribe y lo hace bien. Habría que estar ciego para no leerle. Ya veremos que pasa con las ventanas. “Ensayo sobre la lucidez” (2004) es la segunda parte autónoma de la ceguera. Más ingenua pero también inquietante. Lectura poselectoral donde las haya.

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA. El libro mudo (1910). “Hace frío en las manos. El dedo meñique, hace agudo y chillón al frío. Y parece que lo que más frío tiene es la uña”.

Nadie se acuerda de “El libro mudo” porque es un libro escrito en el silencio, en el viento opaco de las vigilias de un muerto. Lo escribe Ramón y así se autopombiza. Qué hacemos con este libro –se preguntan los funcionarios-, qué le decimos a la mujer. Detrás de los buenos libros hay un qué convertido en cómo, en cuándo y en la pregunta definitiva sin respuesta que el silencio resuelto. Ramón escribe un enorme corchete de trescientas páginas para que sepamos que está muerto. Los muertos suelen tener sesenta años de escritura para acabarse pero Ramón nos lo quiere dejar claro, él ya estaba muerto cuando se empezó. Escribe su testamento para anunciarnos que ahora va a vivir para que no le asesine nadie, para que no le matemos con nuestras cotidianías. Ramón hace lo que quiere que es lo que quieren los poetas (que son los grandes escritores) y nos lo pasa por debajo de la puerta del idioma. Qué maneras. El libro lo publica en 1910. Tiene 22 años que es la edad de los genios. Él lo sabía y por eso nos dicta su Larricidio. Sabe que ha de volverse convencional y en esa transición (eufemismo de transigir) es cuando escribe las greguerías.

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Las greguerías era la forma de llamarnos lelos, de decir os lo voy a decir más clarito para que me entendáis. Entender es lo contrario de disfrutar, claro. Por este silencio se oyen los ecos de la mujer y las mujeres (esa diferencia entre lo personal y su colectivo que tan bien y también interpretó Umbral con sus poemas), la vida y la naturaleza, el humo y sus pipas, la vanidad y su egoísmo, la tarde y los ciegos. Un rumor alquitranado en luces donde la trama suena a ruido. Cualquier obra de Gómez de la Serna (forma científica de su nombre) es otra cosa. “El piso bajo” (1961), es un libro sin género de un Madrid atmosférico. “El caballero del hongo gris” (1928) una complejidad de apetitos. Los escritores afectadamente barrocos le copian sin citarle. De esto se dio cuenta Umbral cuando Juan Manuel de Prada escribió “Coños” (1994) que era la versión vulgar y posteriori del “Senos” (1917) de Ramón. Ramón vuelve al mundo como si nada que es el todo de los grandes. Alex de la Iglesia le rinde tributo en “Muertos de risa” con aquellas grandes manos con que se sacuden Wyoming y Segura y que él mismo reconoció en la Versión Española de la Cuervo. Ramón era su literatura, literaturizó su muerte y su enfermedad. Ahí quedan “Automoribundia” y “Diario póstumo”. Su casa era un poema. Uno está harto de ver escritorios como oficinas, libros como expedientes. Hasta existe un diario de escritorios que Jesús Ortega llama proyecto. La casa de Ramón era 145


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también parte de su lírica. Ramón era su don Quijote. Lo más parecido a aquello es la casa de Víctor Chamorro. Nuestra enhorabuena es toparnos con su obra y saber que tiene de sobra para machacarnos los domingos. Ramón como Baroja, como Josep Pla, como Juan Ramón (Umbral lo más reciente) pertenece a esa noción de escritor prolífico donde calidad y cantidad son la misma cosa. Umbral le debe mucho a Ramón, como le debe a Proust, a Baroja y al “Baudelaire” (1931) de González Ruano, pero Umbral lo decía y los superaba. En una entrevista que anda por youtube habla Paco de la presentación que se hizo del mudismo en el Reina Sofía, llama bruja a la Chacel y dice umbralerías muy en su tono porque Umbral era su libro y si no se marchaba. Hay Ramón en Girondo. Oliverio y Ramón tienen la misma masmédula. Ramón siempre está por ahí.

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JOSEP PLA. Notas (2008). “El asunto no consiste en leer mucho, sino en leer bien”.

Si queremos escribir debemos leer. Lo de Pla es una necesidad. Aquí hablamos de sus “Notas”, que recientemente ha publicado Backlist pero que se pueden encontrar en Destino, en Alianza, en Espasa, bajo otros nombres quizá: Dietarios I y II, “Notas para Silvia”, “Notas del crepúsculo”, donde se suele incluir el archinombrado y noleído “Cuaderno gris” (1919). Pla le dijo a Soler Serrano que fumaba para empujar el adjetivo. Los adjetivos de Pla tienen empuje, adjetiva humanamente a las cosas, las llena de humanidad, las vuelve entrañables. Pla tiene el gracejo cascarrabias del paisanote. Es una boina que escribe. Le da lo mismo ponerse con los guisantes que con los culos de las señoras o del acero de los barcos. Lo hace de forma particular que suele ser sinónimo de magistral porque Pla es sobre todo un maestro. Maestro sin pedagogía ni aula ni nada. Es un maestro sin alumnos porque a él lo que le interesa es la materia en sí que es el adjetivo de humo empujado. Aquello que sale de la boca como un aire negro sin importancia impregnándolo todo y una vez que llegas a casa todo el mundo sabe que vienes de leer a Pla porque hueles a su empuje. Este señor de boina fue corresponsal por media Europa y parte del extranjero en la época de Julio Camba. Luego vendría González Ruano a cobrar sus 147


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quinientas pesetas. A sus crónicas de Alemania y el ascenso de Hitler al poder, le siguió la gran marcha de Mussolini sobre Milán y otras por el estilo. A Pla se le achaca -ojo al quienes- su falta de compromiso político en los años de la cosa. Pla se mojaba pero no se enteraba nadie. Pla convierte la política en refranero que es mucho más sutil y más abuelo. Escribía a la francesa -no se cansó de hablar de Montaigne-, pero sus páginas están llenas de referencias a libros, autores y anécdotas de toda ralea que le convierten en único (escribir a la francesa es escribir sin género, es escribir a lo bruto). Hay quien le ha contrapuesto a Cunqueiro pero ya quisiera el galego. Pla viene de Stendhal, de los Dumas y un poco de Baroja que también era francés. Pla no hizo novelas (la literatura infantil de los adultos, decía), él se dedicaba a escribir que lo de los géneros se lo deja a los académicos que suena a robótica. La suerte que tuvo Pla es que fue catalán que es como son las mejores cosas de España. Tuvo la suerte de Josep Vergés -su mejor Destino- que editó sus obras completas en 47 volúmenes y más de 30.000 páginas [sic]. Unas de estás últimas hablan del infarto que casi le cuesta la vida. Escribe con el cachondeo del acojone algunas páginas antológicas. Escribe sobre sus viajes y sobre algunos de sus conocidos con títulos grandiosos como “Vida de Manolo” (1928) donde se cuenta la vida de Manolo. Pla para ponerse profundo decía que todo en la vida era superficial. Y se pone a raspar las cosas, las palabras, lo actos hasta sacarle brillo a una escritura 148


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como de conversación consigo mismo que resultas ser tú. Él se consideraba un gran conversador. En España se han muerto las conversaciones porque se han muerto los conversadores claro. Para la buena conversación es necesaria la boina de Pla, ese sentido común del hombre de campo pasado por la prensa de la prensa. En su género fueron buenos Fernán Gómez y Umbral. Del primero queda una película de Trueba (David) “La silla de Fernando” (2006), del segundo cualquiera de las muchas que andan por youtube. Pla era un boino, un mejillón con cara de rana. Un paleto que viajaba (los verdaderos paletos viajan mucho) un analfabeto en el sentido bergaminesco de la cosa. Pla acabó volviendo al Ampurdán porque no aguantaba el ruralismo de las ciudades -ese desclasamiento sin retorno de los trajes recién planchados. De Pla tenemos de todo porque él lo hacía todo a lo bestia, a lo sin importancia. Con Soler Serrano (en vídeo o por escrito) tenemos de sobra. A Josep Pla lo que le gustaba era hablar, pararse a confabular los paisanajes y darle a la sin hueso. Para hablar de Pla hay que leerle que en su caso viene a ser lo mismo. Pla es un paleto de los que ya no quedan porque ahora hasta en los surcos crecen los “wasapes”.

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DINO BUZZATI. El desierto de los tártaros (1940). “Entre tanto el tiempo corría, su latido silencioso cada vez más precipitado la vida, no podemos parar ni un instante, ni siquiera para una ojeada hacia atrás. “¡Párate! ¡Párate!”, quisiéramos gritar, pero comprendemos que es inútil. Todo huye, los hombres, las estaciones, las nubes; y de nada sirve agarrarse a las piedras, resistir en lo alto de un escollo; los dedos cansados se abren, los brazos se aflojan inertes, nos arrastra de nuevo el río, que parece lento pero jamás se para”.

Esta novela la escribió Buzzati después de leerse a Kafka de cabo a todo. El italiano venía del periodismo, la crónica y el cuento que tantas veces suele ser lo mismo. DB tenía 34 años cuando escribió el desierto. Tenía viaje y recorrido suficientes para darse cuenta de que aquella milonga de la vida y los nosequés eran nosecomos. Bergamín lo llamó la claridad desierta, Buzatti lo aumentó por omisión y lo dejó en desierto que tantas veces es deslumbrante. Dino B. elabora un personaje, una atmósfera, un paisaje muy cuartelario, porque era el siglo XX y las guerras, además, no pasan de moda. En este ambiente de tensa calma preventiva se desarrolla el estallido metamórfico del personaje. “El desierto de los tártaros” es la evolución sutil de “La metamorfosis” (1915) de Kafka, como un hermano pequeño, más preparado, menos lírico, con la genética refinada y menos mérito porque la madre sabía ya de dónde venían los niños. Estos tártaros vienen de Praga y caminan hacia el París existencialista de Sartre, ya embarazado. Por eso La Fortaleza que construye Buzzati es la metáfora de la vida, es una novela de colectivo, pasado por el tamiz de lo individual. El resultado es el desasosiego. La frustración que produce la 150


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verdad de la mentira. Saber que hacienda somos todos pero Botín anda por Suiza. Es una novela impecable. Con una estructura cuidada, un paisaje elaborado, diálogos trabajados. Todo lo que se le puede pedir a una mancha. Obra breve, obra buena, sin mérito. Uno se da cuenta que estas novelas se escriben de memoria porque llevan en el rumio de la cabeza mucho tiempo. Lo que más me llama la atención es su fonética. Es una novela de sonido. Giovanni Drago suena completo, añade tragedia. Las descripciones del paisaje parecen melodías de media tarde, tienen ocres y amarillos en su relente. Creo que Buzzati parece una perfumería. En Italia es el que hace la novela sinestésica, la que ya venía haciendo en España Gómez de la Serna y luego hará Umbral mejor que nadie. DB consigue una obra rotunda con la fuerza absoluta de lo efímero. Lo difícil es conseguir casi todo con casi nada. Basta lo suficiente que decía Juan Ramón. Aquí se logra. Le entran a uno ganas de suicidarse. De no leer más, como cuando se visita a Juan Rulfo (con perdón), es un novelón. Buzzati escribió bastantes cosas más, sobre todo cuentos, pero él ya era novelista. Le pasó lo contrario que a Cortázar.

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VÍCTOR CHAMORRO. Calostros (2010). “Yo cuando busco lo que se esconde detrás de su mirada no pienso en el dinero”. El banquero Hams.

Pasarse la vida sacando filo a la lucidez a veces corta. Es normal, tú lo sabes. Por eso andas a caballo del sueño y las palabras en un limbo de horas sin réplica porque a nadie le gusta ser como un Narciso en cuyo reflejo aparece Saturno devorando a sus hijos. Esta es la cosa Víctor. Ya nadie quiere contemplar nada porque todo es fastfood, tele-rosa y contratos basura. La podredumbre rápida del mercado que no tolera las añadas de calidad de tus libros. Víctor Chamorro, Monroy, mil novecientos etcétera, tiene más de cincuenta años de literatura a sus espaldas. Eso pesa. El lastre se ha ido soltando a base de libros que es la forma de volar que tienen los poetas. Víctor es un poeta que escribe novelas. También hay novelistas que escriben poesía como casi toda la lírica de la experiencia pero eso no debe decirse porque los poetas poetas son y compran las alfombras por metros. A Víctor le nació la conciencia durante la dictadura franquista leyendo Ruedo Ibérico. Por eso lleva tantos años haciendo su Historia de Extremadura que empezó con ocho volúmenes y ahora cuaja en "Calostros". "Guía de bastardos" (2007) conecta con "El pasmo" (1987) que es la vuelta de tuerca de su novelística. "El seguro" (1968), rareza bibliográfica, antecede el estilo de

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"La hora del barquero" (2002). "Reunión patriótica" (1994) merece una reedición crítica que desencripte todo su barroquismo. Su cosa está en "El pequeño Werther" (1997). "Yo vengo de muy lejos", le dijo a un periodista cuando le dieron el Café Gijón 2002. Víctor viene de Felipe Trigo, que es decir que viene de Clarín y este de Flaubert. Al final todos somos Madame Bovary. En castellano Flaubert se dice Cervantes, con perdón. Y aquí don Quijote, que nunca pisó Extremadura, se llama Fray Alonso. "Los alumbrados" (2009), sin ambages, es "El Quijote" de Extremadura. Víctor, tu llevas la vida entera desclasándote. Desclasarse no es vender el coche, es quemar el concesionario. A ti lo que pasa es que se te quedan cosas dentro y te gustaría guardar la matrícula de recuerdo. Y en esas andas. Lo que tienes claro es que mejor conduzca otro. A veces cuando menos te lo esperas se te quema la pernera como el chiste del pirómano y regresas a tu piedad, a tu infancia, a la nana de los temores. Chamorro tiende a la circunvalación, rehuye los centros. Por eso estira el tiempo perdido y vive en Hervás, ya para siempre Gervasia. No quiere darse cuenta de que a veces, para ver pintura hay que ir a Madrid -tú que eres tan de Goya- y para poder acertar, hay que sacar el hacha. A mi me dice que mejor la podadera. Yo no tengo la culpa de leer a Ciorán a los catorce y adolescentarme con Umbral y rosa a los dieciséis. Cada uno tiene su trauma.

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En mi exilio madrileño fui a dar contigo. Huir de uno mismo es ir a dar con el otro que resulta que también es un poco yo. Y en esta indeterminación de pronombres, jugar a la bella confusión del idioma. En eso andamos desde hace cinco años, cuajando un libro que ya veremos. Por eso cuando yo apostillo una "e" tu me cuentas el misterio de la "w". Al final conformamos un "we" castizo de ocho a diez everyday. "Calostros", decía, es la última novela de Víctor Chamorro. El último volumen de su Historia de Extremadura. Aquí Gervasia es un Macondo, un Comala. Un lugar mágico por su realismo. Diferentes cuentos unidos entre sí a lo Sherwood Anderson. El último relato "El banquero Hams", reúne todas sus virtudes: concisión y sarcasmo pasados por el tamiz de su prosa cervantina. Una excelente narrativa que sublima la edición de Planteamiento a joya literaria.

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Quiero dedicar este libro a la Reme, a mis brodels Saúl y Abraham. A mis “amigos” Frankewinnie, Manolo “El principito”, Mamen y por el estilo. A mi hermano Abel, a Julián, a “Pequeño Alfrel”, a Carlos Chinchilla, a Pablo Gadea “El Técnico”, a Chuso Ramos, a Andrea de Paoli, A Fernando “Nostop” y otros duodenales. A mi padre que me regaló un poema y me jodió la vida. A mi maestro Víctor Chamorro.

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ÍNDICE PRÓLOGO de Víctor Chamorro........................................................................3 LA MENTIRA (Teoría de una justificación).....................................................5 NOTA.................................................................................................................7 59 MENTIRAS...................................................................................................8 JULIO CARO BAROJA. -Disquisiciones antropológicas (1985)...............................................................9 CHARLES BUKOWSKI. -El cartero (1976).............................................................................................11 AUGUSTO MONTERROSO. -Cuentos, fábulas y lo demás es silencio (1996)..............................................15 NORMAN MAILER. -Los desnudos y los muertos (1948).................................................................17 ALFRED JARRY. -Ubú rey (1896)................................................................................................19 LUIS BUÑUEL. -Mi último suspiro (1982)................................................................................22 JOSÉ BERGAMÍN. -Poesías completas I (2008).............................................................................25 CARMEN LAFORET. -Nada (1944).....................................................................................................28 ROBERTO INIESTA. -El viaje íntimo de la locura (2009)..................................................................31 ALDOUS HUXLEY. -Un mundo feliz (1932)....................................................................................33 156


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JACK LONDON. -Martin Eden (1908).........................................................................................37 -El pueblo del abismo (1913)...........................................................................40 BILL BRYSON. -Una breve historia de casi todo (2003)...........................................................42 CATHERINE MILLET. -La vida sexual de Catherine Millet (2001)......................................................44 GEORGE ORWELL. -1984 (1949).....................................................................................................46 DANIEL PENNAC. -Como una novela (1992).................................................................................50 CHARLES BAUDELAIRE. -Las flores del mal (1857)................................................................................53 ERNEST HEMINGWAY. -El viejo y el mar (1952)..................................................................................56 JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. -Platero y yo (1914)..........................................................................................58 FELIPE TRIGO. -El médico rural (1912)....................................................................................61 GUSTAVE FLAUBERT. -Madame Bovary (1857)..................................................................................63 FRANCISCO UMBRAL. -Las ninfas (1975)............................................................................................66 -Mortal y rosa (1975).......................................................................................68 RAMÓN J. SENDER. 157


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-La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964)......................................70 RAY BRADBURY. -Fahrenheit 451(1953)......................................................................................72 HENRY MILLER. -Trópico de Cáncer (1934)...............................................................................75 SAMUEL BECKETT. -Esperando a Godot (1952)..............................................................................77 FIODOR DOSTOIEVSKY. -El jugador (1866)............................................................................................79 MIGUEL DELIBES. -El camino (1950).............................................................................................81 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. -Memoria de mis putas tristes (2004)...............................................................83 MIGUEL DE CERVANTES. -Don Quijote de la Mancha (1605)...................................................................85 LEOPOLDO ALAS "CLARÍN". -La Regenta (1884)...........................................................................................87 HENRIK IBSEN. -Un enemigo del pueblo (1882)........................................................................89 FRANCISCO DE QUEVEDO. -Poesía varia (1981)..........................................................................................91 JUAN RULFO. -El llano en llamas (1953)................................................................................93 -Pedro Páramo (1955)......................................................................................95 EDUARDO PUNSET. 158


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-Cara a cara con la vida, la mente y el universo (2004)...................................97 IAN GIBSON. -Ligero de equipaje: la vida de Antonio Machado (2006)...............................99 JOHN KRAKAUER. -Hacia rutas salvajes (2008)...........................................................................102 JOSEPH CONRAD. -El corazón de las tinieblas (1899).................................................................104 HENRY A. GIROUX. -La inocencia robada: juventud, multinacionales y política cultural (2003)................................................................................106 JULIA UCEDA. -En el viento hacia el mar: 1959-2002 (2003)................................................109 FERNANDO LÁZARO CARRETER. -El dardo en la palabra (1997)........................................................................111 WADE DAVIS. -El Río (2004).................................................................................................113 TOM SHARPE. -Reunión tumultuosa (1971)...........................................................................115 JOSE LUIS SAMPEDRO. -Escribir es vivir (2005).................................................................................118 ELFRIED JELINEK. -Los excluidos (2006).....................................................................................121 EDUARDO GALEANO. -Las venas abiertas de América Latina (1971)...............................................124 -Espejos (2008)...............................................................................................126 159


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ANTONIO MACHADO. -Juan de Mairena (1936). ...............................................................................128 RAMÓN SAMPEDRO. -Cartas desde el infierno (1996).....................................................................130 DARIO FO. -Muerte accidental de un anarquista (1970)...................................................132 JAIME GIL DE BIEDMA. -Las personas del verbo (1982)......................................................................135 RYSZARD KAPUSCINSKI -Ébano (2000).................................................................................................138 JOSÉ SARAMAGO. -Ensayo sobre la ceguera (1995)....................................................................141 RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA. -El libro mudo (1910).....................................................................................144 JOSEP PLA. -Notas (2008)..................................................................................................147 DINO BUZZATI. -El desierto de los tártaros (1940)..................................................................150 VÍCTOR CHAMORRO. -Calostros (2010)............................................................................................152 DEDICATORIA.............................................................................................155 ÍNDICE ONOMÁSTICO ..............................................................................156

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