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Autor:

Pedro SĂĄnchez MartĂ­nez 1


Dedicado a mi hermano Pablo

EL HOMBRE PÁJARO 1 Israel Ni siquiera podía tenerse en pie. No podía coger el coche en ese estado, así que decidió caminar por la ciudad hasta las diez. En realidad no decidió nada. En realidad llevaba treinta años sin tomar una sola decisión. Ni siquiera podía tomar una decisión, pensó. Acción pura. Pura estupidez. Torció una esquina, caminó en círculo, cerró los ojos, torció otra esquina... se empeñó en perderse y lo había conseguido. No había tardado ni diez minutos. Eran las seis y media de la tarde. Encontró un jardín, localizó un banco vacío y a salvo de niños, madres, maníacos y balones y se tumbó. Localizó el paquete de tabaco. No era su marca y aún quedaban la mayor parte de los cigarrillos. Cosa rara. Si alguien no sabe cuidar sus cigarrillos, ¿cómo iba a cuidar cualquier otra cosa?. La primera calada le sentó bien. La necesitaba. Las siguientes le quemaron la lengua y la garganta. 2 Extrañamente, también le sentaron bien.


Comenzó a preguntarse si no sería él uno de esos tíos que se excitan vistiendo un tanga de cuero y suplicando que una mujer le pisase los huevos con un tacón de aguja rojo. No, definitivamente, no. Ni siquiera le gustaban los tacones de aguja. Ni siquiera le gustaba el color rojo. Ni siquiera le gustaban las mujeres, ni los hombres. Ni nada que se le pareciera. Estaba cansado de las personas, de sus manías, de sus historias, de sus familias, de sus mascotas, de sus casas, sus grandes y pequeños comercios, sus buenos días y malas noches, de cuando no dormían por alguna extraña razón y tomaban un café extra a deshora para mantenerse en pie, de sus trabajos agotadores y estresantes, de toda su magia y de toda su mierda, en definitiva. Así de claro. Eran las siete de la tarde de un viernes del mes de septiembre. A las diez tenía una cita con una mujer que nunca había visto. El le advirtió que tenía antecedentes penales y un halcón tatuado en la espalda. Ella no pareció darle ninguna importancia al tema. Él había mentido, ella seguramente también. 3


2 Marcos Llenó la bañera de agua como hacía cuando era niño. Se desnudó. El agua caliente le reconfortó. Encendió un cigarrillo como había visto hacer en alguna película pero sus dedos mojados ahogaron la primera calada. Se sintió ridículo en la bañera con un cigarro mojado. Con la cabeza bajo el agua escuchó su respiración, de la nariz periscópica recogía el aire húmedo que devolvía caliente y sonoro, como pobre orquesta que afinara eternamente sus instrumentos de viento esperando el momento del concierto, recordándole de nuevo que aquel sería su último paquete de tabaco. También escuchó su corazón, todavía estaba ahí. Se acarició el cuerpo con los ojos cerrados, se detuvo en una incipiente barriga que cada vez más le costaba disimular, se tocó sus genitales, hasta en pensamientos le constaba trabajo llamarlos de otra forma que no fuera con cierta asepsia lingüística. Bukowski se hubiera reído de él. Pensó en si sería capaz de reconocer por el tacto su rostro si por un momento dejara de formar parte del todo al que pertenecía y tuviera que reconocerlo de entre otros. Sí. Se marcó como referencia la leve prominencia de un hueso de la sien derecha. Se quedó más tranquilo. Aquello que sus manos tocaban también era él, sus mismas manos le pertenecían, como el más íntimo de sus4pensamientos, como la más inspirada ocurrencia, las miró por primera vez.


La bañera pequeña, dónde para que el torso se le cubriera de agua tenía que subir las piernas por encima de la séptima fila de azulejos, era uno de los lujos urbanos que podían permitirse, vivir con el sueldo de administrativo, no daba para mucho más. Entró en la cafetería. La mañana era muy fría. - Lo de siempre. - ¿Qué es lo de siempre? - Levantó la cabeza, no había visto nunca a ese camarero. - ¿Qué le pasa a Antonio? - Gripe. - Vaya. Un solo. Movió la cucharilla con lentitud, absorto por el sonido de las tazas de café al ponerlas sobre los platos. -¿Qué hay? - Bernardo se puso a su lado, un saludo, una pregunta. Como los pasos dados mecánicamente. Si pensáramos cado uno de ellos tropezaríamos a los dos o tres. 5


-Aquí estamos- Palabras para avanzar. Después el silencio. Encendió un cigarrillo. -Sabes que pronto estará prohibido fumar en la cafetería. Tenemos que dar ejemplo, dicen. Ya sabes, ministerio de sanidad, en fin toda la fanfarria política. -No me importa, quiero dejar de fumar. -Ya. Se sentó frente a su ordenador. Abrió su correo electrónico. “Hola Marcos, soy tu hermana, ¿recuerdas? He tratado de localizarte de todas las maneras, teléfonos, telegrama.¿dónde estas? De casualidad he conseguido tu correo electrónico. No importa. Papá esta muy mal. Está hospitalizado. Ha preguntado por ti...” El correo seguía. Terminó de leerlo. Lo cerró y comenzó con la rutina diaria. La montaña de impresos que tenía a su izquierda debía de desaparecer aquella mañana y el fuego no se admitía como alternativa al trabajo con el ordenador. Se puso manos al teclado.

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¿En qué piensas cuando no piensas? ¿Dónde estás cuando no estás aquí? ¿Será verdad eso de que dependiendo de la forma en la que las personas hayan sido paridos el destino quedará marcado de forma casi irreversible? Incluso, yendo más allá, en los meses inmediatamente anteriores, añorada ensoñación acuática, ¿estaremos determinados por nuestra estancia en el oscuro vientre materno? Nuestro lugar en el mundo, la sensación de tener un lugar en el mundo... ¿Y el padre? ¿Qué pinta en todo esto?

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3 El padre

El padre abrió la puerta del dormitorio de una fuerte patada. Cierto era que tenía las manos ocupadas en sujetar las maletas, pero podía haber ahorrado esa escena a sus dos hijos, que estaban sentados en una manta en el suelo, petrificados y mirándose el uno al otro, decidiendo con su leve corazón de niños si era algo por lo que mereciera la pena llorar o no. El hijo mayor era el más cercano a la puerta del dormitorio, y entre las piernas de ese gran temible cíclope que era su padre, podía ver a su madre sentada en la cama, con las manos en las rodillas, con la espalda recta, dignamente apuntando hacia el techo, formando un ángulo perfecto de noventa grados con la cama. Tenía la mirada fija en la ventana. Parecía una estatua, inmóvil y deshecha.

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Pero no lloraba. El padre dejó la maleta marrón en el suelo y sacó una fotografía de su bolsillo. La dejó encima de la televisión, apoyada sobre unos libros que habían pertenecido siempre a esa casa, pero que nadie había leído nunca. Era su propio rostro imponente, gris y amenazante, con los ojos pequeños y el pelo rizado y blanco y la barba rizada y blanca. Un gigantesco cíclope con una mirada aterradora. Unos ojos que te paralizaban. Que te aplastaban... - Vuestro padre tiene que marcharse por un tiempo, y no sabe cuando va a volver – dijo – pero quiero que sepáis que siempre estaré aquí. Cada vez que veáis esta foto, quiero que entendáis que estoy aquí y que tenéis que hacer caso a vuestra madre. ¿Lo habéis entendido? Los niños asienten con la cabeza. - Simón, déjalos – dice la madre desde la cama – Déjanos a todos en paz! – grita esta vez. El hijo mayor, que sólo tiene seis años, mira hacia el dormitorio. Su madre se está mordiendo el puño, mientras golpea la cama con la palma de la otra mano. ¿Qué significa todo esto?

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Después el padre atraviesa el pasillo tranquilamente, como si fuera algo que hiciera todos los días. Tiene tiempo de sobra para el taxi, el tren, el avión... Cuando cierra la puerta, la madre se levanta de la cama, se seca las lágrimas y besa a cada uno de sus hijos en la frente. Entretanto, los hijos no han apartado la mirada de la fotografía de esa monstruosa presencia, esa poderosa fuerza de la naturaleza que inmoviliza como el veneno de una serpiente. La madre coge la fotografía y la esconde en alguna parte del dormitorio. Cruza el pasillo y entra en la cocina. El fuego se enciende. Una olla metálica, un grifo, el agua que corre, tres tenedores, tres cuchillos, una mesa, cuatro sillas... Es la hora de comer. Tocan macarrones.

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4 Israel tumbado en un banco A las ocho de la tarde volvió a abrir los ojos. Lo primero que vieron fueron el rostro oblicuo de una niña rubia que le miraba directamente a los ojos. Lo segundo dos pájaros en el cielo. - ¿No tendrás una aspirina, verdad? – preguntó Israel, por decir algo para romper el hielo. La niña salió corriendo. Dos niños le esperaban detrás de un árbol. - No está muerto!, el hombre no está muerto! – gritaba la niña. Se alejaron los tres, como flechas hacia el tobogán. Había dos pájaros en el cielo. Se dio el tiempo de un último cigarrillo para incorporarse al menos. No podía quedarse ahí todo el día. Había dos pájaros en el cielo. Dos pájaros danzando en las últimas luces de septiembre. Una hermosa danza que no había empezado ni terminaría nunca. Apenas se rozaban, volaban uno detrás de otro, describiendo una figura sencilla. Una y otra vez. Siempre la misma, pero siempre distinta. Primero uno huía y otro le seguía. Después intercambiaban los papeles. Si tenía algún sentido todo aquello, Israel no lo conocía. Pero era hermoso, lo más cercano a tener algo de paz que había estado en años. Lo más cercano al entendimiento del misterio de su vida que había estado nunca. Eso seguro. Cerró los ojos y siguió viendo la 11 párpados. danza de esos dos pájaros impresa en la oscuridad de sus


5 Una mirada de la madre

- Tú no puedes entenderlo. - Por puesto que no puedo entenderlo mamá. Por que es un disparate. - ¿Ves como te pones? No se puede hablar contigo de estas cosas... - No lo llames estas cosas... esto no son cosas, no son objetos, no son historias... - No, claro cariño, claro que no son cosas, tampoco son historias... es MI historia, por eso TÚ no puedes entenderlo. - Pero, ¿por qué te crees que tú eres mejor que yo, o que cualquiera? ¿por qué te crees que eres más fuerte que nosotros? - No es cuestión de ser mejor o más fuerte que nadie... estas cosas son... perdón, mi relación con tu padre es como es... no puedo explicarla. - ¿Todavía le quieres? - Vaya una pregunta..., esas cosas no se preguntan... no se comentan... se saben o no se saben. No vuelvas a hacerme esa pregunta, por favor. 12


- Pues claro que te hago esa pregunta... claro que te la estoy haciendo, necesito saber de qué va todo esto... necesito una explicación lógica... ojala pudiera entrar en esa cabeza tuya y cogerla directamente, pero no puedo. -Aunque pudieras entrar en la cabeza de esta vieja, no sacarías nada en claro. Eres muy joven... tu padre es el único hombre al que he querido. No se olvida lo que uno siente de un día para otro... - Mamá, he estado casada. Sé lo que es el amor... y caben muchos días para otros en más de treinta años... tu problema es que nunca has intentado conocer a otra persona, o terminar los estudios... sólo te estoy aconsejando lo que tú me aconsejaste a mí... - No es lo mismo - ¿Y puede saberse por qué? - Tú aún eras muy joven y tenías toda la vida por delante... como la tienes ahora... tú has estado con otros hombres... tú has PODIDO hacerlo... yo no he podido... tú padre es el único hombre que me ha hecho sentir algo... eso no se olvida, no puede olvidarse... - Pues si se trata de sentir, podrías meter los dedos en un enchufe... tal vez te enamorases de la electricidad... - Joder, hablando de enchufes... he dejado alguna luz encendida... estoy segura... 13


- Bueno, no importa... volvemos en dos días, no creo que pase nada. - Hija mía, yo no pienso volver hasta que tu padre se encuentre bien... - ¡¿Y has esperado hasta ahora para decírmelo?! - No quería que te enfadases... ya te dije que no lo ibas a entender... -Joder, por supuesto que no lo entiendo... no lo entiendo porque no tiene ni pies ni cabeza... ni siquiera sabes si habrá alguien... - No hay nadie, lo sé... - Además de idiota ¿ahora eres adivina también? - Él me lo ha dicho - ¿Qué te LO ha dicho? ¿Cuándo? - Hablamos por teléfono... hace años que lo venimos haciendo... - ¡¿Y has esperado hasta ahora para decírmelo?! ¡¿Por qué?! - Mira como te pones... si te lo hubiera dicho, creo que no me habrías acompañado... - Claro que no te habría acompañado... si me he subido a este avión contigo ha sido para que pudieras afrontar todo esto... no voy a ver a mi padre. Por mí como si revienta... - No hables así de tu padre, Elena... vuestro padre pregunta continuamente por vosotros... quiere veros, NECESITA veros... 14


- Pues hace mucho tiempo que no necesita una mierda de nadie... ¿y para qué hablar de cuándo él nos ha hecho falta a nosotros? Joder, mamá! que estuve vistiendo ropa de chico hasta los quince años! – Elena soltó una carcajada. Hasta ahora habían estado hablando entre susurros. El resto de pasajeros del vuelo fingieron no haberse percatado de nada. La mayoría hojeaban el folleto de actuación en caso de emergencias. - ¿Hubieras preferido ser animadora que jugadora del equipo de fútbol? - Pues no, pero si hubiera tenido algún vestido, por lo menos podría haberlo decidido yo... - ¿Te acuerdas de aquel novio que tenías? ¿Cómo se llamaba? - He tenido muchos, sé un poco más concreta. - Sí, aquel chico de la escuela... el que tenía el pelo largo hasta los hombros... no se sabía quién era el chico y quién la chica... - Su madre era imbécil, de eso sí que me acuerdo.. ¿sabías que vivían a unos kilómetros de la escuela, y la muy puta venía a recogerlo en un todo terreno?. El crío ni siquiera podía subir por su propio pie. Su madre tenía que auparlo... nunca quiso traerme a casa, y les pillaba de paso... ¿sabes?, siempre pensé que era porque nosotros éramos pobres y ellos ricos... 15


- ¿Sabes que murió de cáncer el año pasado? - Quién, ¿él o ella? - El marido. - De quién, ¿de él o de ella? – Elena volvió a soltar una carcajada, más sonora y seca esta vez. Si la anilla principal se rompe, tire de la auxiliar... y en caso de que esta a su vez no funcione... - Mira – dijo la madre – señalando la ventanilla. Ambas miraron al vacío. Era el océano desde cuatro mil metros de altura. Una diminuta inmensidad llena de pequeñas olas que cargaban y cargaban contra una tierra inamovible. - Vuestro padre está dispuesto a pagaros todo lo que os debe – dijo, dirigiéndose al océano. Como si fuera una presencia divina que tuviera voz y voto en toda aquella situación. - Lo único que pretende es no morirse solo. Nada más que eso. - ¿Y tú eres capaz de negarle eso a un viejo?

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La madre volvió la cabeza y clavó la mirada en el rostro de su hija. Si Elena tenía alguna duda de qué iba todo eso del viaje y la enfermedad y las deudas de sangre de su padre y esa especie de sentimentalismo absurdo en que se convierte el amor cuando se transforma en una fruta podrida sujeta al árbol del que hace años que debió caer, esa mirada bastaba para aclararlo todo. - Convence a tu hermano Marcos para que venga – dijo la madre, de nuevo hacia el océano. - Haré lo que pueda – contestó Elena, tomando uno de esos folletos. En caso incendio en la cabina, no pierda la calma, camine despacio hacia el fuego y pase sin llamar...

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6 Marcos sentado en un banco Cuando Marcos llegó, su madre le estaba retirando el orinal de debajo a su exmarido. - Espera hijo, no entres todavía – le dijo. El padre levantó la mano derecha, saludando a su hijo. Sonrió. Le indicó con la mano que se marchara un momento. Marcos asintió con la cabeza y cerró la puerta de la habitación. Odiaba el hedor a enfermedad de los hospitales. De camino al ascensor, oyó el sonido del retrete. Aligeró el paso. Necesitaba salir de allí. No estaba preparado para todo aquello. Era demasiado extraño. Bajó a la cafetería y pidió un café solo para llevar. Encontró un banco cerca de la puerta de urgencias y encendió un cigarrillo. Se lo había tomado como unas vacaciones. Alejarse del trabajo, aeropuertos, estaciones de tren. Le vendría bien un poco de sol y de tiempo para respirar. Le vendría bien un tiempo fuera del matrimonio, fuera de la familia, de llantos pueriles, colegios y maleteros cargados de bolsas de la compra. Llevaba dos días de turista en la isla. Había montado en barco. Había ido a pescar. Había tomado un par de copas en el bar del hotel, había visto a su hermana después de sabe dios cuánto tiempo y habían hablado de la infancia y del matrimonio y de cómo iba todo por sus vidas. Habían prometido verse más a menudo. Habían hablado de su madre y de su padre 18 y de su alocado plan de envejecer juntos en una casa orillas del mar.


Todo se resolvería pronto y todos nos veríamos más a menudo. Tal vez en navidad... sí, en navidad estaría bien. Ella tenía que marcharse de vuelta, él cuidaría de mamá. No había nada por lo que preocuparse. Él se encargaría de todo. La llamaría en cuanto supiera algo. Apagó el cigarrillo en el poco café que quedaba en el vaso. Las vacaciones habían acabado. Saludaría, sería amable, le desearía una pronta mejora y fuera. No le llevaría más de cinco minutos. Se levantó y mientras se dirigía a la puerta de entrada, algo parecido a un rayo, luminoso y eléctrico, le cruzó por el cerebro. Se quedó paralizado, totalmente en blanco. No podía volver allí arriba. Punto. Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el parking, primero despacio, después más y más rápido, como si algo estuviera a un paso de atraparlo y arrastrarlo a una oscura guarida en lo más profundo de la tierra. Alcanzó el coche. Metió la llave en el contacto y arrancó. Ya estaba a salvo. Esa isla le estaba poniendo enfermo. ¿Por qué la había elegido su padre para instalarse? Ahora lo sabía, no era su padre, no era su vida ni la de nadie. 19


No era algo humano. Era esa isla cargada de electricidad, demasiado luminosa de día y demasiado oscura de noche. No había matices. Las montañas tenían ojos, no descansaban nunca. Esa tierra negra siempre estaba tramando algo, conspirando. Lo notó el primer día que llegó. A esa tierra no le gustaba que él estuviera allí, ni a él le gustaba esa tierra. Negra, oscura, peligrosa y despiadada. No era un lugar para un hombre común sin aspiraciones. Y eso es exactamente lo que él era.

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7 Israel desnudo

Se despertó con el sonido de las olas. El viento, el frío, el salitre flotando en el aire. Eso era el mar, seguro. Se incorporó y lo comprobó. Exacto. Estaba tumbado en la arena de la playa. Frente a él estaba esa chica. Olga, creía. De pie, con un vestido rojo hasta los tobillos que el viento levantaba hasta los muslos. Con un pelo negro que parecía querer escapar de esa cabeza llena de pájaros. Olga se giró hacia él: - ¿has probado alguna vez a hacer esto? – con las piernas estiradas flexionó el tronco hasta meter la cabeza entre las rodillas. Estaba mirando el mar del revés. Las estrellas quedaban abajo y el mar arriba. - No estoy preparado todavía para el Apocalipsis – dijo, palpando la arena a oscura buscando su paquete de cigarrillos. - Ven, inténtalo... dime que ves... 21


Se levantó e intentó coger la postura. La cabeza le zumbaba como una ciudad llena de abejas. Se mareó. Pero mantuvo el tipo. Lo que había imaginado, estrellas abajo, olas arriba. El Apocalipsis visto a través de un caleidoscopio. - ¿Eh? dime, ¿qué ves? - Veo dos idiotas haciendo el idiota. Cuando se incorporó, era hora punta en la ciudad de las abejas cabreadas. Volvió a sentarse. Pegó la cabeza en la arena, para ver si podía distinguir el perfil cristalino de su paquete de cigarrillos. - bueno, estoy esperando – dijo Olga. Estaba fresca y reluciente, como una flor recién cortada a primera hora de la mañana más fresca y reluciente del mundo. No tenía mal tipo, incluso era guapa. Pero no creía en el sexo en la primera cita. Eso restaba belleza a una mujer con la que sólo has quedado para echar un polvo.

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- oye, ¿has visto mi tabaco por alguna parte? - me has prometido que te bañarías por mí. - ¿te he prometido eso? oye Olga, en serio, necesito un cigarrillo... - eres un mentiroso, ¿lo sabías? y un cobarde... - desde luego que soy todo eso y más cosas que no sabes. - ¿más cosas? ¿qué puede haber peor que un mentiroso que a la vez es un cobarde? Israel se puso en pie. Olga retrocedió un paso. Empezó a estar asustada. Tal vez se hubiera pasado, no hay que olvidar que era la primera vez que salía con él. Y desde luego la última. Pero eso lo sabían los dos. No había nada que perder. - puedes ser un borracho... – se desabrochó la correa. - puedes ser un fracaso... – se quitó los zapatos. - puedes ser un ladrón... – se quitó los calcetines. - puedes ser alguien capaz de hacer daño a otras personas... – se quitó la camiseta. - puedes ser alguien capaz de abandonar a otras personas... – se quitó los pantalones. - puedes ser alguien incapaz de sentir piedad por otras personas... – se quitó los calzoncillos. 23


Olga estaba inmóvil. Ya no era divertido todo aquello. Hacía frío, pero de todo lo que se había dicho, lo único que Israel no era es cobarde y mentiroso. Entró en el agua lentamente. Caminaba directo hacia la negrura que le cubría más y más. Alguien sollozaba en la orilla. Ahora toda esa negrura les cubría por completo. A los dos.

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8 La carta

Hola Marcos, soy tu hermana, ¿recuerdas? He tratado de localizarte de todas las maneras, teléfonos, telegrama, ¿dónde estas? De casualidad he conseguido tu correo electrónico. No importa. Papá esta muy mal . Está hospitalizado. Ha preguntado por ti No deja de repetir que tiene que hablar contigo de algo muy importante, pero no quiere decirnos de que se trata. No tiene buena pinta todo esto. El médico nos ha comentado que la diabetes es controlable, a partir de ahora, pero que lo de las piernas no va a tener solución. Tienen que operarlo. La cosa está jodida. De primeras, van a tener que amputárselas, las dos… supongo que el muy cabrón se lleva mereciendo algo así toda su vida, pero, si te digo la verdad, llevo rezando para que le suceda algo así toda la mía. De alguna manera me 25 siento culpable.


Cuando el médico se lo dijo a mamá, ella ni siquiera torció la boca, ni el gesto. Se quedó ahí de pie, escuchando los riesgos, los detalles médicos, y asintiendo con la cabeza. Le dijo al médico que no se preocupara! Creo que está contenta de que le corten las dos piernas. Pero, claro, tú no lo sabes. ¿Estás sentado? Me ha dicho esta mañana que no piensa volver hasta que él se encuentre bien. Tal vez espere que le crezcan unas piernas nuevas. De locos, ¿verdad? Me ha dicho que…, bueno, creo que todo esto es mejor que te lo cuente en persona. Yo sólo v oy a quedarme un par de días más, hasta que v ea que mamá está instalada y todo eso. Le he estado dando v ueltas a toda esta situación y quiero comentarte lo que he planeado. 26


He pensado que lo mejor es que papá (hay que joderse, a nuestra edad y teniendo que volver esa palabra de las narices) se quede ingresado en una residencia de ancianos en cuanto puedan darle el alta (si no la palma antes, Dios lo guarde en su gloria). Ya te contaré, pero no me ha costado mucho convencer a dos o tres personas del partido para que revisen un expediente que no existe. De todos modos es mejor que no lo sepas. En un principio pensé que podíamos pagar a alguien para que lo cuidara, pero mamá no lo va a permitir . Te lo dev olv eré en un par de semanas. Es sencillo. Sólo tienes que estar el martes, a las siete de la mañana en el aeropuerto y decir tu nombre en un mostrador. Imagino que todav ía seas capaz de hacer algo así. Le estrechas la mano al tullido, escuchas la monserga y te v uelv es a tu agujero. Tu madre está preocupada por ti. No te portes como un cabrón esta v ez. Coge el av ión y haz lo que tienes que hacer, aunque sólo sea por una 27 puta v ez en tu v ida.


En cuanto a ti, lo tengo todo organizado. He cambiado el billete de mamá por uno para ti. Sólo tienes que identificarte en el embarque del aeropuerto. Cuando llegues habrá alguien esperándote. Sé que no andas sobrado de dinero, así que he logrado arreglarlo para que nada te cueste un duro, siempre que puedas conseguir una factura. Tú adelanta los pagos y yo lo pasaré todo como gastos de protocolo. Por cierto, ya sé que tú no v otas ni te interesa todo esto de la política, pero este año puede ser un gran año para mi. Hay rumores, Marcos, Parlamento, Senado… ¿te suena todo eso? Sólo tengo que domar un poco esta lengua de serpiente que algunos dicen que tengo. Me estoy dejando los cuernos en ello, te lo aseguro. Ayúdame un poco con esto. Atentamente, tu hermana Elena, que tanto te quiere. P.D.: no me jodas y coge el av ión. 28


Un abrazo. Lo repasó todo de nuev o y lo env ió. No confiaba en que sirv iera de mucho, pero no podía hacer más. Habían sido unos días frenéticos. Unos meses de locos. Unos años demenciales. Iba en la cabeza de la locomotora directa hacia la meta. Nadie podía seguirle ese ritmo. Todo lo que podía hacer el mundo que la rodeaba era apartarse. Eso incluía maridos, hermanos, padres y madres. Llenó la gigantesca bañera del hotel con agua caliente. Le gustaba el agua muy caliente, casi a punto de herv ir. Le gustaba la espuma y las burbujas y el champán y Nuev a York y Nápoles y Venecia y tener un teléfono móv il a trav és del cual podía conseguir que un periódico parase las rotativ as de madrugada por que ciertas fotos que ex istían tenían que dejar de ex istir. Mientras se llenaba la caldera, abrió una botellita de champán del mueble – bar. Se desnudó. Apenas se notaban las cicatrices bajo los pechos. Aún tenía un cuerpo tenso y moreno. 29


Algo de ojeras, tal v ez, nada que no pudiera solucionar una crema de ochenta euros el dedal. Todav ía podía entrar en un bar con una falda por encima de las rodillas y hacerse notar. Todav ía podía escoger a quien llev arse a la cama. La edad aún no escapaba a su control. Satisfecha con esta idea se acomodó en la caldera. Dio un largo trago de la pequeña botella y v olcó el resto sobre el agua. Hundió la cabeza en el agua caliente. Se hundió en el corazón de la caldera, ruidosa, claustrofóbica e hirv iente. Todo estaba bajo control. Todo iba a salir bien.

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9 Laspiernasdel padre

Podía ser primav era o v erano, quién sabe. Marcos v olv ía de la escuela y ahí estaba su padre. Había que besar al padre. Era lo único de lo que estaba seguro. Después, era todo un misterio. Podía ocurrir cualquier cosa. Av eces le preguntaba que tal día había tenido en el colegio, o por el significado de la palabra “ sincronización” , o si sabía quién era Charles Chaplin o Said Aouita. Marcos no contestaba, se quedaba petrificado cada v ez que ese ser ex traño y grotesco v olv ía a hacer acto de presencia. La madre salía del baño, tal v ez recién duchada y enseñando algo de muslo, o v estida con una falda color berenjena y ajustándose unos pendientes dorados. Marcos sabía que esta escena se av ecinaba con v arios días de antelación, porque su madre sacaba la fotografía de alguna parte de su habitación (que era un santuario de señales de amor celosamente esparcidas en cajones y armarios) y la colocaba dónde su padre pudiera v erla claramente nada más atrav esar la puerta. 31


Entonces, por puro instinto, Marcos tomaba de la mano a su hermana y se la llev aba al parque, dónde aquella lagartija morena y raquítica tomaría el control de todos los juegos al mismo tiempo o robaría la pelota a un chico que pudiera doblarle en estatura, pero no en carácter. Marcos se quedaba por ahí sentado, con un enjambre de contradicciones zumbándole en el estómago. Se sentía incómodo, apartado de todo y de todos. Su padre era un faro, que en v ez de iluminar el camino, lo hacía más oscuro. Le cegaba, le taponaba los oídos, le entumecía las manos. Ymientras su hermana Elena cazaba un saltamontes con el que amenazaba al pobre idiota que pretendía recuperar su pelota, Marcos hacía esfuerzos por no llorar. Así que no, su padre no había tenido la decencia de abandonar una familia que se las apañaba bastante bien sin él. Iba y v enía a su antojo por la v ida de aquellos personajes, prorrogando sueños irrealizables en unos, y aplastando todo lo que crecía en otros. Este último era el caso de M 32arcos.


Yluego estaba el barrio, aquel pequeño barrio con ojos y dientes que no dejaba de chismorrear a escondidas. Ahí, en el parque, era palpable. Mirad, son los pobres desamparados. Apenas tienen que v estir, tan delgados, tan abandonados. Ahora está con ella, ahí arriba, y ellos aquí, a merced del mismísimo diablo. ¿Habrán merendado? Toma, v e a la tienda por una mona, algo de pan y mantequilla. Toma, para un helado, para tu hermana algo de leche, está tan delgada... Marcos renegaba al principio, pero siempre cedía, sobre todo para dejar que lav aran sus conciencias inmediatas y simples. Lo hacía por ellas, por aquellas mujeres hundidas en sus propias v idas, pero despiertas para una limosna en la v ida de los demás. En cuanto desaparecían de su v ista, Marcos tiraba todo lo que hubiera comprado a la basura. Elena, por supuesto, no tenía ese pequeño detalle de esperar a que se perdieran en la selv a de sus rutinarias e imbéciles ex istencias. 33


Cuando anochecía, Marcos tomaba a Elena de la mano y v olv ía a casa. La escena era, por lo común la siguiente: su padre solía estar dormido, recostado en un sillón o en el sofá, generalmente en calzoncillos. Su madre iba y v enía por la casa, nerv iosa, deseando poder hacer algo más de lo que en realidad podía. Era un silencioso bullir de activ idad. Algo parecido a tratar de derribar una pared a empujones con una mordaza en la boca. Su madre se agachaba y se ponía a la altura de los niños. Trataba de decir algo, pero lo único que hacía era tocarles el pelo y contener las lágrimas. Iba a la cocina y comenzaba a preparar algo de cena fría (el ruido de una sartén podría despertar al coloso, y aún no estaba preparada para v er como fumaba un cigarrillo con la cabeza entre las manos y miraba a su alrededor, con esos ojos apagados y pequeños que decían < < en cualquier lugar menos aquí> > ). Elena iba tras ella y Marcos entraba de puntillas en el comedor, dónde su padre dormía y le observ aba, tratando de memorizarlo. 34


Su pelo blanco, su barba blanca, sus hombros grandes y blancos llenos de manchas de color ámbar. Sus brazos fuertes, su barriga redonda que crecía y decrecía al ritmo de sus ronquidos, su ropa interior que olía tan profundamente que arañaba la garganta, sus hermosas y poderosas piernas, que en cuanto pusieran los pies en el suelo, caminarían hacia la salida y cerrarían la puerta tras sus pasos. Después, era como despertar de un sueño. Volv ía el ruido de su v erdadera realidad, los sollozos de su madre, los botes de la pelota robada de Elena, un grifo abierto, la ducha, la telev isión, la puerta de la habitación cerrada de un portazo y el enjambre de contradicciones de Marcos, que hacía tanto ruido que era imposible que nadie ex cepto él lo escuchara. Todo esto era lo que iba y v enía por la cabeza de Marcos, sentado en la barra del bar del hotel con una copa de ginebra hasta el borde, con un hielo y cargada a la factura de la habitación 103, como todas las anteriores. 35


Por eso, cuando su madre apareció por la puerta del bar, una hora y media después, despeinada y trayendo el odioso olor a enfermedad de los hospitales con ella, Marcos sólo pudo decir: - Debes de estar contenta. Por lo menos ahora, el tullido no podrá salir corriendo. Ella ni siquiera había tenido tiempo para sentarse, mucho menos para una ex plicación o un sermón. Marcos no había tenido v alor para mirarla a la cara. Ni falta que hacía: ojos apagados como lunas nuev as, labios apretados, sollozos, pasos apresurados hasta una puerta que se cerraba… ¿Qué había cambiado en realidad? Nada.

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10 A veces está tan oscuro que no importa si tieneslo ojosabiertoso cerrados

Aguantó la respiración todo lo que pudo bajo el agua. Estaba tan oscuro que no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados. Ahí, rodeado de oscuridad y silencio empezó a hilar las circunstancias de aquel día. Salió del agua lentamente, tratando de seguir los pasos que le habían llev ado hasta allí. Tuv o suerte. Tropezó con un zapato y cayó de rodillas. El resto de su ropa estaba esparcida por la arena. Le costó seguirle el rastro, pero pudo dar con todo con cierta facilidad. Sacudió la ropa como pudo y se v istió con ella. Se sentía pegajoso y culpable, como si en v ez de sangre le corriera aceite por las arterias. Olga se había marchado. No la culpaba. ¿En qué coño estaba pensando? Ypara colmo todo ese mar, siempre arriba y abajo, rodeándolo todo. El mar sólo inspira a los turistas y a los imbéciles, pensó. 37


Palpó la arena a su alrededor hasta encontrar una piedra y la lanzó tan lejos como pudo. Estaba oscuro. No ocurrió gran cosa. Un sonido hueco y acuático. Para Israel no era suficiente. Necesitaba más, algo más espectacular. Pero no se le ocurría que otra cosa podía hacer, tal v ez buscar una piedra más grande. Por supuesto que todo esto lo hacía para no pensar demasiado en sí mismo y en las consecuencias de sus actos, pero las piedras habían de ser cada v ez más y más grandes, cada v ez más y más pesadas... buscando una de esas grandes y pesadas piedras encontró su paquete de tabaco, o lo que quedaba de él. Estaba aplastado, pero dentro había un mechero y dos cigarrillos en bastante buen estado. Encendió uno de ellos mientras se sentaba de nuev o. - ¿y tú qué coño miras?, hijo de la grandísima puta... – dijo. Al mar, al mundo, al creador, a Olga, a las piedras, a su ropa mojada, al hombre que había dentro de la ropa mojada... 38


Algo intentaba salir, desde dentro, desde algún lugar más que profundo de su v ida, pero Israel lo retuv o. Lo mantuv o a raya, durante un momento, hasta que v olv ió a meterse en ese lugar oscuro y frío que habita en el corazón de todos y cada uno de los hombres. No quería saber qué era aquello y punto. Fuera lo que fuera, estaba bien ahí dentro, junto con todo lo demás. Entonces v inieron en su ayuda los pájaros que había v isto en el cielo, hacía unas horas o v arios días, no lo tenía muy claro. Yen esa oscuridad, con los ojos abiertos o cerrados, brillaban como luciérnagas. Tenía suerte de no haberlos olv idado, aún. Sus amigos los pájaros idiotas del cielo. Se lev antó y se encaminó al coche. Su turno empezaba en unas dos horas. Si pisaba el acelerador podía dormir al menos una hora. No era una isla tan grande, al fin y al cabo.

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11 el nuevo hogar

Marcos golpeó la puerta al menos seis v eces. Allí no había nadie. Ni rastro de su madre. Cuando v olv ió preguntó al tipo de la recepción si sabía qué había pasado con la ocupante de la habitación 104. - Lo normal, pagó y se marchó – dijo el chico jov en y sonriente y guapo y seguro de sí mismo. - ¿Se marchó? ¿dónde? – respondió Marcos, menos jov en, menos sonriente, menos guapo y seguro de nada en ese momento. - Por lo que parece, a su nuev o hogar, al menos eso me ha dicho. Según parece sólo estaba aquí temporalmente, hasta que arreglase unos cuantos asuntos en la capital ¿la conocía usted? - ¿Nuev o hogar? ¿cómo que nuev o hogar? ¿no ha dejado una nota o algo parecido? - No, ni una nota ni nada parecido, señor. - ¿Hace mucho que se ha marchado? 40


- No, no hace mucho, tal v ez unos v einte minutos, pero perdone que insista, ¿la conocía usted? - ¿Qué si la conocía? buena pregunta... hasta hace media hora creía que sí. Era mi madre, ¿satisfecha su curiosidad? - Perdone, pero debía preguntarle antes de decirle nada más. - Vale, pues ya puede decirme todo lo que sepa. - No sé ex actamente dónde se ha marchado, pero un señor ha v enido preguntando por su madre esta mañana. La he av isado y ha bajado a recepción con la maleta hecha. Ha pagado y me ha dicho eso que le he comentado antes, que se mudaba a su nuev o hogar. El señor que la había av isado le ha entregado unas llav es y ella las ha guardado en el bolso. Después ha ocurrido algo ex traño. Ha entrado en el bar y ha salido rápidamente, y haciendo ese tipo de esfuerzos que hacen las mujeres por no llorar, ya me entiende... después ha dicho, v ámonos, y se han marchado juntos. Ella parecía muy afectada. - ¿Qué aspecto tenía ese hombre? 41


- Pues no sabría que decirle, a decir v erdad, no le he prestado demasiada atención. - ¿Ese hombre tenía piernas? - Sí - De acuerdo... gracias por la información. No había que perder la calma. ¿Qué haría Elena en su lugar? Fue lo primera cosa que se le v ino a la cabeza. Tal v ez ella supiera algo, tal v ez la llamara para tantearla. El caso es que si ella tampoco sabía nada, estaba jodido. Cuando v ino a darse cuenta, estaba en el camino hacia el bar, de nuev o. Tal v ez llamara después, para dar la dirección. Tal v ez fuera la última v ez que v iera a su madre. Tal v ez se fueran todos a tomar por el mismísimo culo. Tal v ez. -Ah, una cosa más – gritó el tipo de recepción, tan guapo, tan listo, tan nuev o, tan lleno de curiosidad, tan despierto... - ¿Qué cosa más? – respondió Marcos, desandando los pasos hasta el mostrador. - Por si le sirv e de algo, me ha resultado muy ex traño que alguien 42 usara esa palabra, ‘ hogar’ , ¿no le parece?


- Ami me parece más ex traño aún lo de ‘ nuev o’ - ¿Algo más? -Me temo que no. Ya que sus pasos habían tomado la decisión de tomar otra copa, allá se fue. Le había costado que el camarero se aprendiera de memoria cuál era su bebida para ese día. Definitiv amente esperaría en la barra a que sucediera algo. Era mejor que llamar puerta por puerta hasta que su madre apareciese. Cuando se acomodó, en el mismo asiento en el que estaba antes de empezar el capítulo de la huida de su madre, el tipo de recepción, tan guapo, tan nuev o, tan amable, tan preocupado, tan ágil y desgarbado, entró en el bar y le hizo una seña. Parecía que había ocurrido algo, por su sonrisa y la prisa con que le decía con la mano, ‘ v enga señor, v enga aquí, todo está resuelto’ . Aún así le dio tiempo a decirle al camarero, tan guapo y despierto como su amigo recepcionista – ponte otra de lo mismo. 43


- Es ella, está al teléfono – le susurró, mientras tapaba con la mano el auricular. Discretamente se puso a ordenar folletos para turistas del mostrador. Estaba claro que se sentía parte importante de toda esta trama. - ¿Mamá? - Mamá está en el baño. Ahora nos v amos al parque y a v er a tita Julia y es el cumpleaños de Dav id y mamá ha comprado bollos de chocolate y me ha llev ado a una tienda... no me gustan los zapatos, me hacen daño... ¿dónde estás? - Cariño, en una isla en la que todos los habitantes se v uelv en locos de un día para otro... - ¿Cuándo v as v enir? - Pronto, cariño, pronto... - ¿Cuánto de pronto? - Tan pronto encuentre a tu abuelita - ¿Estáis jugando al escondite? - Sí, cariño, algo parecido. 44 - Mamá dice que cuelgue el teléfono


- Ypapá quiere que le hagas caso a mamá. - ¿Has v isto al abuelito? - Todav ía no, pero pronto lo v eré - ¿Él también juega al escondite? - Es el mejor jugador del mundo - ¿Yo puedo conocer también al abuelito? - Cuando lo encuentre a él te lo presentaré - Alo mejor se han escondido juntos. - Alo mejor, cariño. Te quiero un montón, ¿lo sabías? - Pues claro -Dale un beso a mamá, adiós cariño... Clic. - Lo siento, era una v oz de mujer y supuse... – dijo el recepcionista, mientras guardaba el teléfono bajo el 45 mostrador.


- No importa. Si alguien v uelv e a llamar toma el recado, ¿te importa? estaré en mi despacho, ya me entiendes... - Descuide, encontraremos a su madre – parecía realmente afectado por todo aquello. Su bebida le esperaba frente a su asiento. ¿Alo mejor se habían escondido juntos? Era una idea. Era cosa de niños, pero no era ninguna tontería. Era el momento de interrogar al tullido. Primero la copa, después el tullido. Ese era el plan.

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12 primer aviso

- Bueno, qué... ¿no tienes nada que contarme? – preguntó Marta. Los ojos v erdes abiertos como globos parecían flotar sobre la perspectiv a del océano. Desde la escalera de incendios del hospital pareciera que no hubiera otra cosa además de agua en el mundo. - Sí, cariño. Que tengo una resaca de las buenas, y algo de fiebre – contestó Israel, que había dormido ex actamente 55 minutos esa noche. Marta puso la mano izquierda sobre la frente del enfermero. La mantuv o unos segundos. Dio una calada al cigarrillo y dijo: - 38 con 4 ¿Nos apostamos algo? – dijo con sarcasmo. - Un polv o salv aje en la ambulancia – contestó Israel, sentándose sobre uno de los escalones empapados de escarcha. 47


- ¿Sabes lo que creo? - Puede - Creo que no sabrías que hacer si te dijera que sí – entonces se sentó a su lado. El cielo se estaba cargando de nubes densas y grises, y hacía frío a esa hora de la mañana, pero era el único sitio en el que aún se podía fumar sin que le dieran el coñazo a uno con tópicos relativ os al gobierno, al frío y a la adicción a la nicotina. - ¿Qué quieres saber de lo de anoche? - Pues si te la cepillaste... ¿qué v oy a querer saber? - No me la cepillé - Te dije que no era de ese tipo de mujeres. Deberías haberla v isto hace unos años, en la facultad de medicina trajo a un buen puñado de hombres de cabeza... 48


- No me dijiste que acababa de salir de una relación larga - ¿Te lo contó? Nunca habla de eso con nadie, ni siquiera conmigo - No me lo contó - ¿Ycómo lo has sabido? - Como se saben este tipo de cosas, diciendo lo primero que se te pasa por la cabeza. Willi el menudo golpeó la puerta de la salida de incendios. El apodo se lo puso él mismo, de lejos parecía un garbanzo con piernas. Se lev antaron y bajaron por las escaleras. Solían hacerlo así. Willi ya estaba encendiendo el motor cuando llegaron. No se ex plicaba como con unas piernas tan cortas pudiera caminar tan rápido. - Willi – dijo Israel – tengo una resaca de cojones, no hace falta que pongas música esta mañana. 49


- Por mi no hay problema, pero la jefa insiste – señaló con la cabeza al asiento del copiloto. Marta ya estaba sentada y tocando el clax on. - Bueno, yo sólo digo que hagas lo que puedas, ¿qué es? - Un tío se ha tirado desde el balcón de su casa - Empezamos bien... v olv iendo a la música, dile a Marta que estaré atrás, y si cambia de idea respecto a la apuesta, la estaré esperando. Israel abrió la puerta trasera y se tumbó en la camilla. La ambulancia echó a andar. Se escucharon unos golpes en la chapa metálica que separaba la cabina de la parte trasera. Era Marta: - Nada de ox ígeno y ponte el termómetro! – gritó.

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Israel se colocó la mascarilla en la cara y abrió la manilla. Era lo mejor para la resaca. Sacó un termómetro de un cajón de plástico rojo y se lo colocó en el sobaco. Entonces empezó la música. Concierto de sirena para tráfico denso. En Sol menor. Lo que ocurrió cuando llegaron a la dirección del primer av iso fue de lo más curioso. Allí no había nadie, ni espachurrado en el suelo ni sentado doliéndose del brazo. Ni sangre ni cuerpo. Parecía una broma de mal gusto. Cuando estaban a punto de v olv er por dónde había v enido, una v oz los alertó desde una v entana del primer piso. Era uno de esos edificios de fachada sucia de cemento en una calle poco acostumbrada al tráfico, con v istas a una rambla en la que los frigoríficos ox idados y los somieres v iejos arrojados al v acío hacían más bulto que las pitas y las chumberas. La mujer que los av isaba era una chica ecuatoriana que no tendría más de 25 años. 51


Según parecía, el enfermo estaba arriba. Marta era partidaria de esperar a la policía. Willi no creía que hubiera peligro. AIsrael le daba igual, así que subieron. La puerta estaba abierta. Frankie, que así se llamaba el enfermo, estaba sentado en el pasillo, aullando de dolor, apestando a cerv eza y con un tobillo roto. Por lo que parece, el bueno de Frankie había subido a rastras desde la calle, una v ez que consumó su gran salto. Marta le palpó el tobillo y confirmó que se había partido. Willi colocó la camilla de pala junto a Frankie e Israel le encasquetó una v ía para el dolor y le entablilló la fractura. Mientras tanto, las seis personas que rondaban por la casa todos ellos en calzoncillos, incluidos dos niños, discutían qué hacer con el bueno de Frankie. Uno de ellos, el hermano de la chica que los había av isado desde la v entana, era partidario de v olv erlo a lanzar, pero esta v ez de cabeza 52


. Dos de ellos, por lo que parecía, hermanos del enfermo, eran partidarios de dejarlo marchar. Los niños contemplaban boquiabiertos la escena, y la chica lloraba en la cama, con ese teatro que tienen algunos sudamericanos para las cosas del corazón. Eso fue lo que alertó a Israel. Marta informó al caldeado grupo que debían llev arse al amigo Frankie al hospital y se largaron de allí. El hermano de la chica informó a Willi que Frankie era un desgraciado y un hijo de mala madre, y que lo mejor era que se muriese de una condenada v ez. Los dos hermanos, sin embargo, eran de la opinión de que un hombre es un hombre, y a v eces hace lo que hace, y que dios era el encargado de juzgarnos a todos una v ez que fuéramos al cielo. Cuando al fin salieron de allí, sólo la mujer de Frankie los acompañó a la puerta de la ambulancia. En salto de cama, por cierto. 53


Cinco minutos después, Marta estaba sentada junto a Frankie, mucho más calmado, redactando el informe. Israel estaba sentado a su lado, observ ando al enfermo, que se tapaba la cara con la mano, marrón e irregular, como la ceniza. Fue Israel quien habló: - Frankie, lo sé todo. Se lo que tienes. Sé lo que v as a tardar en dejar de tenerlo y todo lo que v a a ocurrir de aquí hasta ese momento. Pero hay algo que no sé y que quiero que me aclares. Frankie, ¿Por qué lo has hecho? - Por amor, señor, sólo lo hice por amor.

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Israel se recostó sobre su asiento. Marta no consideró que fuera relev ante para la historia de Frankie. Willi el menudo conducía feliz pensando en el almuerzo. Frankie había hecho lo que había hecho, y dios lo tendría en cuenta, en su momento. Afuera las nubes densas y grises se apretujaron tanto que no les quedó más remedio que derramarse. Las primeras gotas empezaron a botar contra el parabrisas.

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13 benearo

El teléfono de la habitación despertó a Marcos. Ni siquiera sabía dónde estaba. Llov ía a cántaros. Empezó a recordar. La mancha en la camisa, subir a la habitación, el aturdimiento, su madre, su padre, el dolor de cabeza, tenderse en la cama, cerrar los ojos, descansar, dormir, desaparecer... El teléfono dejó de sonar, un minuto o dos. Después v olv ió a la carga. Descolgó: - ¿Sí? - ¿Se encuentra bien? Estaba preocupado... – Era la v oz del recepcionista. - Sí, estoy bien, no se preocupe. - Le v i subir tan afectado... 56


- Querrá decir borracho - No quise decir eso - Pues ya se lo digo yo..., espere – buscó el paquete de cigarrillos. Estaba en el suelo. - Hay alguien aquí que pregunta por usted, me ha pedido por fav or si puede usted v erle. - ¿Tiene piernas? - Me temo que sí, este también las tiene, espere – hizo una pausa – me comunica que le llev ará con su madre, según dice, le está esperando. - De acuerdo, dígale que espere ahí abajo. - Espere, me comenta también si ha traído usted ropa cómoda, un chubasquero y calzado deportiv o. - Dígale que no, que no he traído nada de eso.

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Después de unos quince minutos, Marcos estaba estrechando la mano rugosa de Benearo. Era un tipo corpulento, con unos ojos pequeños, oscuros y profundos. Tenía esa clase de mirada confiada y aguda de quién no necesita hacerte muchas preguntas para saber quién eres. Aún así, había algo en ese hombre que desprendía bondad. Honradez, por decirlo de algún modo. Tenía la cara bronceada y limpia, a pesar de las grietas. Aparentaba rondar los cincuenta años, pero tal v ez tuv iera más. Quién sabe... lo que la isla hacía con la edad de sus gentes . - No puede negar usted que es hijo de su padre – dijo Benearo. - ¿Acaso alguien puede? – contestó Marcos. - Es usted muy inteligente. Muy hábil con las palabras... ojala yo fuera tan inteligente como usted. 58


- Sí, supongo que sí... ¿dónde está mi madre? - Acompáñeme, se lo contaré por el camino, ¿no ha traído algo más cómodo para el v iaje? - Voy lo suficientemente cómodo, gracias. -Un hombre muy inteligente... no puede negarlo, es la v iv a imagen de su padre. Andando! No v olv ieron a hablar hasta que estuv ieron en camino. Llov ía a cántaros. Acántaros grandes. - Debemos darnos prisa, no deseo que la noche pille a su madre en el campo. Es peligroso para alguien que no está acostumbrado a este terreno. Su madre es una mujer muy fuerte, ¿lo sabía? 59


- ¿Qué quiere decir con que mi madre está en el campo? – Empezaba a no ex trañarse por nada de lo que oía. Casí lo dijo con desdén. No es que no le importara, es que empezaba a pensar que seguía soñando. - ¿Acaso no lo sabe? ¿Sus padres no se lo han dicho? ¿Nadie se lo ha contado? - Ami nadie me cuenta nada. - O tal v ez usted no preste la suficiente atención a lo que se le dice. La carretera parecía una herida en una montaña que flotara sobre el mar. La v egetación crecía por todas partes. Parecía increíble que en esa tierra oscura y cenicienta, la v ida pudiera abrirse paso con ese esplendor. Con todo ese orgullo y exuberancia. Al pie de la ancha carretera, casi podían tocarse hojas gigantes y brillantes por las que circulaba el agua como en jarras rotas. Era realmente enigmático, nada puede poner puertas al instinto de la naturaleza por sobrev iv ir, en cualquier parte, y en la forma adecuada. 60


- ¿Aqué se dedica? – preguntó Benearo. Parecía una de esas preguntas para romper el hielo, pero no lo era. - Hago cosas necesarias, supongo. Llegan unas papeles por la mañana, y yo he de comprobar que esté todo en orden. Si lo está, los env ío a otro sitio. Si no lo está, los mando de v uelta por dónde han v enido. - ¿Le gusta lo que hace? - Ya ni siquiera pienso en eso, simplemente lo hago. Punto. Eso es la felicidad, supongo. - Yo trabajé en una fábrica de madera toda mi v ida. Nunca me planteé nada, ¿sabe? Mi mujer crió cinco hijos, que se marcharon hace tiempo. Después mi mujer se murió, y yo me moriré también algún día. No es mucho para un hombre. Tal v ez sí para un burro, pero no para un hombre, no sé si me entiende... Ayúdeme a ex plicarme, es bueno con las palabras, ¿podría hacerlo? 61


- Podría hacerlo, pero no le ayudaría en nada. Usted cree haber v iv ido dignamente como un burro, pero cuando no le queda nada que hacer, simplemente no sabe en qué pensar. - Ve! No puede negarlo, ser hijo de quién es... su padre es un buen hombre. Todas las gentes de aquí lo aprecian y lo respetan. - Ni siquiera sé a qué se ha dedicado en la v ida – interrumpió Marcos. Todo aquello le intrigaba tanto como el paisaje. Y cada v ez se hacía más y más oscuro. - ¿Yusted cree que eso importa mucho? Todo el mundo hace algo, y todos los trabajos son dignos si uno los hace decentemente. - Parece usted conocer muy bien a mi padre. -Todo el mundo lo conoce por aquí, y todo el mundo lo quiere. Estamos muy apenados por su enfermedad. Pero con su madre aquí, parece haber recobrado la ilusión. Hubo una pausa, pero no fue incómoda.

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- ¿Sueña usted por las noches? – preguntó Marcos, siguiendo con el dedo una gota de lluv ia que se deslizaba por la v entanilla. - Ni siquiera puedo dormir por las noches, ¿por qué me lo pregunta? - Yo sí que sueño. ¿Quiere que le cuente lo que he soñado esta tarde, antes de que v iniera? - No espere que lo entienda, pero me encantaría saberlo. - En el sueño soy un niño sin padres, quiero decir, sé que soy adoptado, un abandonado, mi madre es una anciana, y yo soy gordo, más gordo que ahora, demasiado gordo... y mi padre es también una especie de anciano... y había muerto... mi madre estaba muy enamorada de él... y mi padre tenía los ojos INMENSAMENTE GRANDES... que siempre me miraban... mi madre tenía una figura a escala de mi padre... yo tenía un padre de cartón... blanco... entonces estoy sentado junto a él, que está en el centro del sofá... y en v ez de ojos esta v ez, tiene dos grandes bombillas... 63


y cables que salen de su cuello y se pierden en un agujero de la pared... ¿para que sirv en?, me pregunto... no lo sé... yo estoy sentado a su lado y sé que debo tirar de esos cables, pero tengo miedo... tengo miedo porque se encenderán las alarmas... yo no temo las alarmas... pero sé que el silencio estallará en ruido, mucho ruido... y no debo asustar a mi madre... reprimo mi impulso de tirar de todos esos cables hacia abajo... me conv ierto en una estatua de cartón... todo está en silencio... cierro los ojos y se hace la oscuridad,... las más intensa oscuridad... oigo pasos cerca de mí, se acercan, se acercan... es un intruso, es peligroso, no debería estar aquí... cada v ez más cerca... tan cerca que está dentro... entonces siento el calor más intenso que he sentido nunca... estallo... los oídos me zumban... dejo de tener un cuerpo... dejo de tener miedo... entonces me despierto... 64


- Es curioso, muy curioso... ni siquiera se imagina cuánto. Esta noche tendrá la ocasión de tirar de todos los cables que quiera. Ya v erá... mire, es por aquí. Tomaron una salida, después otra y otra. Acada salida la carretera se hacía cada v ez más estrecha. Hasta que dejó de haber carretera. Empezaron a manejarse por caminos de barro, empinados y retorcidos. Benearo parecía conocer ese terreno. El camino de barro terminaba en una v erja metálica, tras la cual se adiv inaban las luces de una pequeña casucha de ladrillo, rodeada de parrales y lagartos. Avisada por las luces, la señora de la casa, corrió bajo la lluv ia con una agilidad que Marcos no había v isto nunca. Parecía una niña jugando a la comba. Sólo que en lugar de cuerda, había lluv ia, parrales y lagartos. 65


I ntrodujo la llave en el candado que anudaba las dos hojas de la verja, la empujó hincando los pies diminutos en el barro y se abrazó a su hijo. - Ven, Marcostelo , enseñaré todo– le dijo, emocionada como una monja en El Vaticano. Lo cogió de la mano y lo arrastró hasta la casa. Hogar dulce hogar .

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14 el traslado - ¿Nunca has tenido el presentimiento de que v a a ocurrir algo? me siento incómodo. ¿dónde llev amos a este? – preguntó Israel – No sé a qué v iene todo este misterio. - Deja de preocuparte. Lo dejamos dónde debemos y nos v amos. Toma, bebe de esto, a v er si entras un poco en calor y te calmas – Willi el menudo metió la mano derecha bajo el asiento de la ambulancia y sacó una botella de plástico rellena con un líquido anaranjado. - ¿Qué cojones es esto? - Es v ino casero. Lo he hecho yo mismo, no muy lejos de aquí. Si la cosa sale mal podrás dormir en el cuarto de las herramientas. - Déjate de misterios, no me encuentro bien. No debería estar aquí. Yeste tipo de atrás, me está poniendo nerv ioso. No me siento cómodo. ¿Has v isto como me miraba? 67


- Es que eres muy guapo, a lo mejor le has gustado. - Alo mejor te arranco a ti también esas patas de gusano que tienes para que v ayáis a juego los dos – dio un trago tímido a la botellita. - Esto sabe a mierda, Willi. - Es que lo hago con mierda – respondió Willi. Cogió la botella con la mano derecha y se v ació media botella en la garganta – si supieras todo el trabajo que llev a hacer esto, no dirías que sabe a mierda. La lluv ia estaba apretando. No solían alejarse tanto de la ciudad con la ambulancia. AIsrael no le gustaba esa zona de la isla, de todas formas. Siempre estaba llov iendo, siempre hacía frío. 68


Siempre esa bruma húmeda empañándolo todo. Conforme av anzaban y ascendían, las luces de la ciudad le parecían más misteriosas de lo que realmente eran. Gente común y corriente consumiendo electricidad. Ya no tenía claro si realmente no era él más parecido a ellos que lo que pretendía. - Oye, Israel, ¿puedo hacerte una pregunta personal? - Eso depende de la respuesta. - Te la v oy a hacer de todos modos. ¿Qué harías si te encontraras con tu padre? Ahora mismo, esta noche, por ejemplo. Israel se v ació en la garganta la mitad que quedaba en la botella. Quizás no supiera tanto a mierda una v ez que te acostumbrabas a masticar hollejos y restos de dios sabe qué más.

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- Le pedirĂ­a un trago de un v ino que no supiera a mierda de conejo. Torcieron a la izquierda, subieron lentamente un camino oscuro de barro y toparon con una v erja metĂĄlica de doble hoja. La puerta estaba abierta.

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15 todo lo que sucedió en esa noche lluviosa Recuerdo que a final del v erano, v isitábamos al abuelo, allá en su isla. Recuerdo como gritaba desde el porche de la casa. Nunca eran gritos, en realidad. Más bien actuaba como si animara las almas de todo aquel que pasaba a v endimiar en la v iña. Recuerdo que allá todo parecía ser mágico, incluso la forma en la que hablaban. Decían palabras que no suelen oírse más que allí: sarmiento, malv asía, desbalaque, tintilla... Recuerdo que el abuelo nunca estaba solo, había v ecinos, otros tipos que traían las manos siempre manchadas del jugo v ioláceo de la uv a recién estrujada, y como olían. Qué olores aquellos! No hay nada más honesto que el olor del v ino. Recuerdo que el abuelo solía decir que, en realidad, era muy jov en, que sus hijos eran mayores que él, y que temía que perdieran la costumbre del amor por la tierra. El amor por todo lo que crecía. 71


Siempre estaba hablando de v ino y de bodegas. Benearo nunca llegaba antes de la cena. De hecho, era quién se encargaba de la cena, la mayoría de las v eces. Entonces, Benearo hablaba de las hazañas del abuelo. Sentía dev oción por él. Av eces, creo que piedad. Cenábamos al aire libre, cordero, por lo general, y tomábamos v ino, incluso yo, que era un niño, por aquel entonces. No solía haber menos de diez personas, cada v ez. Todos ellos v iejos y atentos. Todos ellos trayendo algo y llev ándose algo, cada v ez. Todos ellos contando historias de los buenos y v iejos tiempos. De cuando todo se hacía a mano, y la v ida de la uv a era la v ida de las personas. Conforme bebían más y más, las historias se hacían cada v ez más íntimas, las confesiones cada v ez más inconfesables... y los secretos florecían, como la primav era, siempre nuev os, a pesar de ser siempre los mismos. 72


Una de las v iejas historias hacía referencia al tiempo en que todo esta tierra estaba abandonada, y el abuelo aún no había nacido, como solía decir. Del tiempo en que la abuela aún v iv ía. Fue ella quién compró este terreno, después de v ender todo lo que tenía y coger el av ión que la trajo hasta aquí. Solían hablar de todo aquello que sucedió en esa noche lluv iosa como si se tratara de un parto. Por lo que parece, un tipo al que llamaban Willi el menudo, era el encargado de trasladar al abuelo desde al hospital hasta la residencia de ancianos dónde Tía Elena había reserv ado un nicho para v iv os. Willi el menudo, qué tipo aquel! Benearo conocía a Willi, y la amistad que le unía con el abuelo. La tarde del traslado, Willi y Tío Israel subieron en la ambulancia al abuelo y, puede decirse, que tomaron las salidas equiv ocadas. Después, nada queda muy claro. Benearo dice que Willi siempre supo lo de Tío Israel, aunque era algo que Benearo nunca había comentado con nadie, a ex cepción del abuelo. 73


Tampoco hubiera hecho falta saber demasiado. Cuando entraron en la casa, todav ía recuerdan el silencio que prov ocó la presencia de aquel enfermero robusto, medio calv o y enfermo (ex actamente 38,4 de fiebre). Dicen que la abuela gritó: < < ¿Qué le habéis hecho a mi hija?> > Mi padre sacó una fotografía de Tía Elena que guardaba en la cartera y se la dio a Tío Israel. Por lo que parece, Tío Israel no sabía que el abuelo era su padre, y tampoco le importó demasiado. Mi padre todav ía se ríe con aquello. Cuando la historia llega a este punto, el abuelo siempre zanja la conv ersación de lo que sucedió aquella noche lluv iosa de la misma forma: - Imaginaos la escena, en pleno septiembre y con la que estaba cayendo. Había que hacer algo. La uv a se iba a echar a perder! 74


El caso es que todos los años, en pleno septiembre, v olv emos a este lugar, como pájaros que emigran a un lugar que conocen, sin saber ex actamente por qué, describiendo los mismos círculos en el cielo, buscándonos, interrogándonos y huyendo. Siempre la misma historia, pero siempre distinta. Cuando llega la noche, cerramos los ojos y seguimos v iéndonos impresos en la oscuridad de la noche, hasta que v olv emos a quedarnos dormidos.

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16 epílogo. la carta de marcos Av eces anhelamos tanto el brillo que olv idamos lo que significa v iv ir la v ida de forma decente. ¿Quieres que te cuente una cosa? Ayer por la tarde hablé con mi hijo por teléfono. No sentí nada. Mi hijo me dijo que me quería y respondí mecánicamente, como si fuera algo de lo más lógico y triv ial. Me av ergüenzo de ello. He v iv ido av ergonzado toda mi v ida pensando que era algo contra lo que debía luchar, pero anoche me dí cuenta que el problema era que no asumía en toda su dimensión lo que soy y lo que no soy. Deberías probarlo, mirarte en el espejo de esta forma en que lo hago yo ahora. Es curativ o. El tullido y nuestra madre han comprado una v iña, y piensan v iv ir lo que les quede aquí. trabajando la tierra. Mamá no ha cuidado ni de una maceta en toda su v ida, pero deberías v er lo que el amor hace con las personas. 76


Las cambia, las empuja, las hace crecer, como el sol con las flores. Hace que den lo mejor. ¿Tú puedes interponerte a eso? Yo no puedo. ¿Recuerdas la casa en la que nos criamos? Mamá la ha v endido. Tienen dinero de sobra, así que no te preocupes por las facturas. Han pensado en todo. No tengo ni idea de si les v a a ir bien o mal. Hoy por hoy soy optimista, pero no te puedo asegurar que el tullido no acabe enterrando a nuestra madre. Si te digo la v erdad, es algo que no me preocupa. Sólo quiero llegar a casa y abrazar a mi hijo y a mi mujer. Ati también te abrazaría, pero cuando v eas la relación de gastos es posible que no estés por la labor. P.D.: tienes un hermano, se llama Israel y es clav adito a ti. Pensé que te gustaría saber que no estás sola en el mundo. Ami me consuela saber que no. Cuídate mucho. Tu hermano, que te quiere, 77 Marcos .


El Hombre Pajaro