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El CUADRO

1 FĂŠlix Tundidor Diaus


Había almacenado demasiada carne de pollo en el congelador; ahora que Leo había desaparecido, su consumo sería más lento y su falta sería difícil de asimilar, Lara ya no dormía debajo de la gran mesa de cocina, desde que Leo nos había dejado. Sabía que no lo iba a encontrar; quince años viviendo juntos, toda una vida animal no la olvidaría durante las noches y cuando le preguntaba. -Bueno Lara, ¿qué te hago hoy para cenar?. Lara se le quedaba mirando con ojos tristes y bajando la cabeza se acostaba a los pies de José. Había perdido el apetito y las ganas de vivir. Él, le hablaba como siempre, le consolaba -Éramos tres, Lara; es ley de vida, mañana te llevaré como cada día, de paseo y verás dónde reposa tu querido compañero y te prometo que cuando Dios quiera que dejes este mundo, yo te llevaré con él, pero mientras tanto has de salir del agujero y has de ayudarme a salir también a mí de él. -A ver, ¿ qué te parece a ti? ¿ que yo no he sentido el que nos haya ido? -Imagina por un momento que hubiese sido yo .¿Quién 2 os hubiese cuidado como yo lo hago? Y además ¿ no lo hubieras sentido tanto o más como te ha sucedido?


-Vamos Lara alegra esa carita que hoy te vas a comer un trozo de pollo pasado por la sartén y una rodaja de jamón York,¿ de acuerdo?. El animal se quedaba con la cabeza ladeada tratando de comprender. Está claro que aceptaba la charla como ayuda de su amo en este doloroso paso y de vez en cuando ante las caricias de José, ella correspondía dándole unos lametazos. Aquella noche, a pesar de la reprimenda, sólo comió la loncha de jamón. Sus dientes eran casi inexistentes José le preparaba comidas y alimentos nutritivos, pero de acuerdo con sus deficiencias. Quedó Lara acostada sobre la alfombra que ahora le servía de nuevo lecho y José salió por el ancho pasillo de la casona que era la vivienda y almacén de toda la obra pictórica almacenada. Era la parte baja de la casa, réplica casi exacta de la parte superior, pero peor distribuida. En el salón, correspondiente a la zona Este, grandes ventanales daban a un jardín en sus tiempos muy cuidado; ahora la hierba difícilmente controlada al igual de los arbustos y los rosales. De vez en cuando, José acudía a los servicios 3 de unos jardineros para un mínimo mantenimiento.


Dos grandes árboles, uno de ellos un hermoso almendro que año tras año se teñía de un blanco inmaculado en los meses de marzo y abril y al final de la temporada, recogía el fruto . Este árbol era el único que José cuidaba con mimo. Le recordaba a su padre en el campo y a él, ayudándole desde muy niño a podarlos y a recoger las ramas consecuencia de ésta, que haciendo fardos, luego de secas servirían de buena leña en la chimenea. El otro árbol que se veía desde las ventanas del salón era un hermoso tilo que llenaba de fragancia en sus meses de floración los alrededores. Él recordaba lo que su padre, el tío Abarcas le decía “Un árbol podado es un árbol ganado” Abarcas, era el mote asignado a la familia del padre de José y así sería hasta el final de sus días. Lástima que no fuesen todos los recuerdos que rememoraban a su padre como éstos. Algo mucho más triste y pesado como una losa, les acompañó siempre a la familia y a su querida madre, la señora Pabla. El vino hacía estragos en su cuerpo, en su hacienda y en su familia. La barca como decía su madre, estaba yendo a pique desde hacía mucho tiempo y al final naufragaría. 4


José desde los siete años, recordaba el haber ayudado a su padre cuando no estaba ebrio. Muy mal debieron de ir las cosas cuando la señora Pabla en un arranque de agresividad,. tomó la determinación de vender la malparada hacienda y con el dinero que recogieron, tomaron una fonda en la capital, cercana a la estación, amén de empeñarse en una deuda de la que tardarían muchos años en poder zanjarla. La mujer, le leyó la cartilla al señor José padre diciéndole que si estaba dispuesto a cooperar y evitar a su peor enemigo, podía ir con ellos, pero si no, tendría que optar por quedarse en el pueblo a trabajar y quedarse en la casa de la abuela, pequeña pero aún habitable. Allí, no le faltaría el trabajo de peón. Hacían falta muchos brazos para mantener en activo las tierras y para conservar una hacienda propia, además de brazos y muchas horas, era necesario cuidarla, mimarla y no dejarse llevar por el desinterés. En el caso de ellos, las pérdidas y fracasos iban a mayores. Nunca se explicó cómo se había solucionado ese espinoso problema, sólo que en esas primeras fechas de duro trabajo de toda la familia, tuvieron que ir al pueblo rápidamente. 5


El señor José había fallecido. Algo tuvo que influir todo el vino trasegado para que su hígado se negase a resistir por más tiempo. Una cirrosis albergada en potencia dejó hacerse ver en toda su crudeza. Nunca le preguntó José a su madre desde ese momento qué había sucedido. La señora Pabla se dedicó desde entonces a capitanear la barca, sin galones pero con su fuerte y espléndido cuerpo, vestida de oscuro y siempre con un inmaculado delantal blanco . Sólo cambiaba el color del pañuelo de la cabeza cuando salía a la calle. Era muy exquisita en esto; le gustaban los colores claros. Decía que los colores claros alejaban el calor.¿ Quién iba a decirme que ese criterio tan simple, lo haya tenido siempre en mente. ¡Los colores eran mi vida!. De pequeño, todo lo que veía y me gustaba, trataba de copiarlo, siempre que tuviese algo con qué poder pintar. Desde trozos de carbón vegetal afilados, hasta polvos de azulete mezclados con harina para hacer los azules que le apasionaban, cuando no tenía otra opción de obtenerlos. Todos cooperaban, pero José al ser el chico más pequeño, entró a trabajar en el horno cercano . La madre fue taxativa. ¡A trabajar, a levantar la casa! y todos a una. La comida y el cuarto cerca de la cocina que compartían los chicos eran dignos y el6 trabajo continuado junto a los estirados y esforzados ahorros, hicieron el resto.


Cuando José cumplió los diez años, un cliente que acostumbraba a pasar un par de días al mes en la posada, vio un día los apuntes y dibujos del chico y le dijo a su madre. ¡Querida señora!. El muchacho apunta alto, tiene dotes innatas y sólo necesita maestro. Yo conozco en la ciudad a un buen pintor y marchante que además tiene un estudio abierto. Le hablaré para que pueda tomar al pequeño. -Tenga en cuenta señor Agudo que no podemos sustraer el jornal que el chico gana en el horno; además cada día le dan un par de barras de pan. -No se preocupe Pabla. Mi trabajo me obliga a relacionarme con mucha gente y entre ella, siempre hay alguien bueno, otros menos tratables, algunos impresentables y pocos, - pero los hay- personas benditas que siempre están dispuestos a ayudar y el pequeño, lo merece. Obtenido el permiso de la señora Pabla lo demás, vino casi de corrido. José a partir del siguiente lunes asistiría a las primeras clases de dibujo en el estudio del señor Latre, un pintor de talla más que7 singular y que abarcaba varias facetas.


Sus obras estaban expuestas en muchas salas de Europa y su trabajo en la capital .Era la de retratista de la alta burguesía y mediante contactos, retratos de gente muy cercana a la monarquía. El muchacho se aplicó desde el primer día; no podía imaginar poder utilizar papel auténtico, y material pictórico y aunque todavía no era el momento, el maestro le dijo. Algún material podrás utilizar del estudio, pero piensa que los lienzos y el material imprescindible, tendrás que proporcionártelo tú. No obstante, dependerá de tu aprovechamiento e interés el que yo pueda ir ayudándote más o menos. Piensa que como tú puede haber otros muchachos que desearían este apoyo y poder estar aprendiendo, lo que quiere decir que si la ayuda es merecida la tendrás, pero en caso contrario será para alguna otra persona que esté en tu situación y la desee aprovechar. El aviso no pudo ser ni más explícito ni más franco, José se mordió los labios para evitar decir que no tendría ninguna mala impresión de su conducta y en cuanto a su afición, si realmente tenía alguna condición en el arte de la pintura lo demostraría con creces. Calló bajó la cabeza y solamente acertó a decirle. -Espero no defraudarle y mi interés caso de que tenga alguna cualidad, será total. Gracias de todas formas por todo lo que está haciendo don Javier. 8


-Te enseñaré a montar tus propios lienzos en bastidores por muy poco dinero; tú solamente tendrás que comprar la tela de lino por metros y una tablas que aquí podrás cortar a la medida y fabricarás los que serán tus futuros cuadros, por un precio realmente irrisorio. -Ni qué decir tiene que no has de faltar un solo día al estudio, a no ser por una causa muy justificada y cuando lo crea oportuno si eres aplicado, podrás optar a una beca donde todo, te podría salir completamente gratis; pero para eso, has de trabajar duro, muy duro. Aquello, José no lo podía creer; su madre sin querer, había dado en la diana. Había sacado a la casa de la inminente ruina, sus hermanos trabajaban, cooperando todos y su madre llevaba con mano firme el timón de la fonda. Había notado que comían mejor y que sus hermanas vestían muy adecuadamente cuando salían a la calle. Sin embargo la señora Pabla, atendía sola la gran casa y posada, hacía números, listas facturas y siempre con su cara risueña y su moño recogido, dejando al aire esa extraordinaria mirada entre cariñosa e intrépida que recogía los restos de una mujer todavía con vestigios de una belleza añorada a pesar de que ya alcanzaba casi los cincuenta. 9


Lara esa mañana ya estaba a la puerta del dormitorio de José esperando como de costumbre. -¿Ya estás levantada?,- anoche casi no cenaste. -Voy a cambiarte el agua, ya se que el agua fresca te vuelve loca Sólo con nombrar la palabra, el animal empezó a mover la cola, José se la puso y ella empezó a lamerle las manos.

-Voy a ir al centro del barrio a por pan y leche; cuando vuelva nos iremos de paseo. Lara era una perra fuerte, paciente e inteligente de la raza denominada Labrador del Canadá habiendo sido desde muy temprano educada y considerada un miembro más de la corta familia de la que José formaba parte cuando los dos cachorros entraron en la casa. Dejó a Lara y se adentró en la gran pieza del piso superior, que hacía de sala de exposición de un sinfín de cuadros discretamente colocados en las paredes. Sobre el suelo, en un extremo de la pieza, almacenaba un gran número de ellos cuidadosamente puestos de pie y apoyados uno junto a otro. En tiempos anteriores, esta sala hizo las funciones en la casa de las fiestas importantes, reuniones 10 de familia, efemérides y aspectos singulares.


Era un gran caserón que los padres de don Serafín, había comprado entonces en las afueras de la ciudad a principios del siglo XX. Era su familia, una muy rica dedicada a la exportación e importación en aquellos tiempos precedentes de la gran Guerra ,don Serafín, hizo una gran fortuna. La casa había servido tanto para mantener reuniones de negocios como para hacer las mercedes de los matrimonios o parejas más exquisitas. Tenía en la planta superior cinco espléndidos dormitorios todos ellos con baño independiente, dos salones de gran superficie y en el centro geométrico del edificio una torre cúpula de tipo hexagonal con seis cristaleras laterales por las que iluminaba a la escalera de dos tramos que acababan en las dos alas del edificio en que estaba dividido. En la zona norte, estaban los dormitorios y en la opuesta , los salones el despacho, la biblioteca y una sala de juegos en la que lucía una lujosa mesa de billar y en el extremo opuesto un piano que alguien en la época de plena efervescencia de la familia tocaba. En el piso inferior, con parecida disposición, estando en una de sus alas las cocinas las habitaciones del servicio y en el otro extremo, un magnífico comedor amueblado con piezas de un abigarrado estilo, grandes espejos a ambos lados de él y naturalmente cuadros, 11 muchos cuadros .


En la parte más alejada de la parte baja, una calle empedrada daba a una gran cochera que antaño podía albergar hasta cuatro calesas; actualmente convertida en taller y garaje para otros tantos coches. En la parte opuesta a la entrada de la casa, había una salida al jardín, por la que también se podía acceder al patio de coches. En el jardín todavía espejo de lo que debió de ser, con su huerta en su extremo , se mantenía una fuente circular por la que manaba un surtidor que llenaba el vaso superior dejando que su llenado actuase como pequeña cortina circular. La piedra y la figura de mármol no estaban muy lustrosas, pero se adivinaba que habían sido de un color rosado, ahora amalgamado con el blanco amarillento. Adosada a la cochera había unas cuadras que habían sido convertidas a mediados del siglo pasado en vivienda para el jardinero y familia. Tenía don Serafín una estricta idea de los negocios y un fino olfato para ellos. Nunca permitió que el servicio viviese en la gran casa a partir de empezar a tener familia. Solamente los jardineros (que a la vez la esposa era la cocinera y sirvienta), vivía en esa casa construida al lado de la cochera . 12


El mecánico, venía a trabajar todas las tardes y si era preciso por algún problema urgente, alargaba su jornada; pero acabada ésta, abandonaba la casa a las ocho de la tarde. Era uno de tantos que estaban en la nómina de don Serafín. Había casado con la hija de una rica familia bilbaína enriquecida desde antaño con el famoso hierro que la tierra escupía casi a flor de ella; habían tenido un hijo, Juan y dos hijas, María y Aránzazu. Juan había seguido las andanzas mercantiles de su padre que aún siguió acrecentando durante los años de la segunda Guerra Mundial. Aquellas fechas, fueron definitivas para Juan. En uno de los viajes de los padres a Londres en el año 1942 tuvieron la mala fortuna de estar en el momento menos oportuno y en el sitio menos adecuado. Un bombardeo alemán acabó con las seis personas que estaban dirigiéndose a los sótanos del Hotel Hilton. Aquello fue para el joven Juan un golpe definitivo.

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Tan crucial, que abandonó los negocios y empezó a interesarse por lo que siempre le había entusiasmado, la pintura, pero como su carrera había sido muy distinta, se limitaba a ver exposiciones, comprar algún cuadro que le satisficiese disfrutando de la parte de la fortuna que le había correspondido en suerte. Las hermanas habían casado ambas con extranjeros y vivían en Francia y Holanda. Juan quedó en España y quedó poca relación de familia; al principio en verano algún viaje, otras veces en algunas navidades y finalmente menudearon hasta el extremo de desaparecer . Juan había optado por la soltería y dedicarse al solaz e inversiones en Bolsa asesorado por buenos profesionales . Su vida estaba repartida entre el parqué, los viajes de placer, las obras de arte y la buena mesa; así como el gusto a ser servido. José, en la gran sala quedó mirando los cuadroscomo muchos días hacía- era una especie de recordatorio de su vida. Él reconocía suyos la mayoría; también había alguno de Gauguín, de De Gas y otros y en el frente el cuadro a tamaño natural que hacía años él había hecho a don Juan. 14


Alto, moreno, luciendo una cuidada barba y con traje oscuro, había posado con la prenda muy querida por él, la capa de color azul marino con el forro rojo, haciendo un vivo contraste los escorzos de los pliegues con los negros del traje y los zapatos de hebilla. José había sabido plasmar el carácter, tanto en la figura como en la mirada penetrante y segura que don Juan poseía. Un carácter que veía claro cuál era su posición en esta sociedad que le había tocado vivir. Quizás algo frustrado, pero nunca lo dejó decir; sólo podía adivinarse y eso, conociéndolo muy bien. Don Juan hacía gala del buen gusto, era generoso cuando lo deseaba, pero tacaño en la medida al relacionar su posición con la de los que estaban por debajo de él. José recordaba todos los avatares pasados, todos los cientos de cuadros ,- los primeros fueron retratos-para poder ir comiendo. Recordaba su presentación en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando por su padrino el pintor señor Latre y en la labor que éste hizo durante los cinco años que estuvo en su estudio. A él, le debía todo lo que era en la actualidad. Sin su ayuda, no hubiese podido presentarse y conseguir la beca, sin sus clases, no hubiese hacer brotar aquella connatural cualidad que poseía pero en 15 ciernes. Era como un mineral al que había que extraer la ganga.


Todavía rememoraba el día que aprobó el acceso con nota de sobresaliente y por lo tanto con posibilidad de una beca, Pero a sus 17 años le partía el futuro el cumplimiento del servicio militar que en aquellos tiempos era de dos años. Se había enterado que en el caso de hacerla como voluntario, sólo serían doce meses y podía quedarse en la capital. No lo dudó y con la intrepidez que le caracterizaba, fue a pedir la documentación y como menor de edad, le obligaban a tener la autorización de los padres o tutores. Sabía que su madre no iba a acceder a desprenderse del apoyo de José, por lo que decidió suplantar la firma. Sus cualidades pictóricas y de dibujo, quedaron plenamente demostradas. Los papeles fueron entregados y él, fue llamado a filas. El disgusto y el par de bofetones que la señora Pabla le propinó, no los había olvidado , pero él sin decir nada, bajó la cabeza y sólo cuando se despidió para incorporarse le dijo. -Mamá no os dejaré así como así, pero he de hacer el servicio militar y voy a intentar que sea de la forma menos gravosa posible. No dijo nada más. Aprovechaba parte del día para hacer algún trabajo y se iniciaba en el difícil arte de la pintura como medio de vida, pero esto, le permitió no estar desconectado de ella y sacar algún dinero. Cuando el tiempo se lo 16 permitía ayudaba en la fonda.


El siguiente cuadro que estaba en la pared era un desnudo de una artista de un teatro de variedades de Madrid que había pintado en unos quince días y que ya en aquel entonces pudo pagar a duras penas las doce sesiones a la señorita.¡ Qué tiempos pensaba José!. Sin quererlo, pasó revista a 14 o 15 cuadros que había colgados en la pieza y que a veces, intercambiaba con los que tenía sin colgar, olvidados. No podía calcular la cantidad, ni la que él había pintado en su vida y aún continuaba a sus 70 años; tampoco recordaba los que había adquirido. En esa querida estancia de la gran casa, ahora que él era el único habitante -además de Lara-, era como una gran catedral donde sobresalía su existencia, sus cuitas y todo su peregrinar por la vida. Allí había obra pictórica de todas sus épocas, buenas, difíciles, menos buenas y la definitiva, la del encuentro con don Juan, que una vez conocido, se aprestó a no dejarlo, lo hizo su pupilo, una 17 especie de hijo o sucesor, apadrinando al que creía que se adaptaba a su carácter.


Era servicial, afable. El buen José había pasado por todas las vicisitudes imaginables hasta que terminó la carrera de Bellas Artes con premio extraordinario y su sueño como el de cualquier pintor, era poder viajar a Italia, trabajar allí con los maestros de la pintura una buena temporada. Él, pensaba que eso, siempre sería una quimera y con sus 25 años, su carrera acabada y sin trabajo, se dedicó a viajar por el norte de España dejándose caer por las ciudades más bellas y que también tenían más dinero, plantando sus reales durante tres años . Pintó mucho, y todo lo vendía pero era para ir pasando. Era pintura válida, hasta de cierta calidad y que con el tiempo, se revalorizaría , pero el sueño de desplazarse a Italia, quedaba como lo que era. En uno de esos lugares de San Sebastián, en un lujoso hotel cercano a la playa de la Concha, estaba José pintando como acostumbraba y se le acercó un señor de unos 40 o 45 años Quedó mirando la obra; su mano imprimía al pincel unos trazos precisos, cortos e impactantes Era su forma de pintar , casi a la prima. Solamente el conjunto de esas pinceladas aparentemente amorfas al principio, en poco tiempo era una ordenación casi perfecta del espacio encerrado en la tela. 18


La perspectiva, el fondo y la sensación de vida quedaban impresas en ella. Don Juan le preguntó adivinando que no era un aprendiz. -¿Dónde has estudiado muchacho? -En la escuela de Bellas Artes de San Fernando señor. -Supongo que no tendrás un trabajo fijo, ¿ no es así? -Pues Vd. lo ha adivinado, lo tengo delante de mí. Este cuadro, será posiblemente para el pago de la pensión del mes; pero tengo encargados un par de ellos más y después, Dios dirá. -Eres atrevido,¿ cómo te llamas? -Mi nombre es José Vidal y diciendo esto, se levantó del sillete, puso el pincel en la mano izquierda y le extendió la mano. Esta franqueza le agradó a don Juan que quitándose el sombrero, con la mano izquierda, le alargó la suya . -Mi nombre es Juan Octavio de Toledo -¿Te agradaría tener en Madrid un estudio, pintar cuanto quisieras a cambio de ser mi secretario?. - Eso siempre y cuando estuvieses dispuesto a sacrificar tres o cuatro horas diarias de tu19 trabajo.


-Tendrías un salario digno y los materiales necesarios para pintar. Bien entendido que estarías unos tres meses a prueba del trabajo y si fuera satisfactorio para ambos, podría ser tu posible futuro. -Lo que me ofrece es todo lo que yo no tengo, pero Vd no me conoce y puedo defraudarle. -Eso José va en el paquete. Naturalmente que puede ser un fracaso, pero por la misma razón puede no serlo y en definitiva, sólo queda el probarlo. Yo soy un admirador de la pintura y del arte. -Creo entender un poco sobre ello, pero no tengo la habilidad para expresarlo; me quedé en el camino. Obtuve otras cosas, al revés me figuro que tú y en este momento, en este bonito lugar del país, nos hemos encontrado. Podemos intentarlo. Hizo ademán de echarse la mano al bolsillo interior de su chaleco y sacó una tarjeta. -Toma José es mi teléfono; estaré aquí toda la semana. Llámame si te interesa y si piensas que no es así, déjame que te compre el cuadro que estás pintando, por el doble que te pagan por él, o si lo prefieres, te ofrezco 10.000 pesetas. Toma la oferta más apetecible. 20


-Si no te vienes a trabajar conmigo, me quedaré el cuadro, ya que al cliente, siempre se lo podrás pintar más adelante. Si esperar más, don Juan con el sombrero en la mano se despidió con un apretón de manos de nuevo. Esa visión, era clara y diáfana y don Juan desde su privilegiada posición de la pared principal de la sala parecía decirle: José gran amigo, hiciste bien en aceptar el ofrecimiento. El paseo no había sido muy largo, Lara no demostraba mucha alegría y cuando avistó la pinada y el lago no pudo resistir la tentación de ir hasta la orilla, olisquear el agua y dar unas vueltas alrededor de sí misma en señal de alegría. No podía disimular que el agua era su debilidad. ¡De raza le venía.! Sin embargo cuando José hizo ademán de levantarse , Lara inmediatamente enfiló en dirección a casa lo que demostraba que a pesar de todo deseaba volver. De vuelta a casa Lara fue a sus aposentos en la parte superior del edificio y él quedó en el estudio, situado en la parte baja de la casa. Había empezado un cuadro de grandes dimensiones; en él , quería plasmar lo grandioso de una ciudad, la soledad que muchas veces encierra y los problemas y misterios que a su vez esconde. 21


Quería, sin palabras poder decir todo aquello, él creía en la fuerza de la plasticidad. Los cielos claros u oscuros, los edificios altos, fríos o gráciles atemperados en color y con hermosas flores podían delatar distintas escenas de vida, abiertas y llenas de energía o apagadas y repletas de decepción. Una perspectiva cuya línea de fuga coincidiese con la línea aurea y en el cruce de ésta con la perpendicular, la esbeltez de unos edificios no muy delineados sino signados de manchas firmes pero indefinidas. El color, y las alturas finales de ellos habrían de coincidir en atonía con los grises de los cielos.

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Completaría la visión, esa calle casi sin fin gracias a la expresión angulada y terminada en forma de flecha . En el tercio inferir del cuadro, las sombras alargadas originadas por la posición de las luces de las farolas, resaltaría la figura de un hermoso can de pelaje claro, pero con la vista perdida de cara al espectador. Esos ojos y el color del animal, rompería la monotonía, resaltaría con los colores oscuros y haría confluir la vista indefectiblemente hacia ellos. Al lado del animal, todavía no lo tenía decidido qué representar, mejor dicho, lo intuía, pero le daba miedo el pensarlo. De momento sólo una gran equis muy angulada señalada por dos trazos negros ocupaba el lugar. El cuadro, estaba totalmente definido y manchado en toda su extensión , ningún blanco del lienzo era visible, había ya desaparecido. Era una constante en la escuela que José había seguido la de ocultar cuanto antes de la vista la visión de los blancos del lienzo, a no ser que éstos fuesen necesarios para la propia acción del cuadro. Sin darse cuenta, se había hecho la hora de comer, le ocurría muchas veces cuando se abstraía con la pintura; podía pasar horas sin otra preocupación. Ahora se daba cuenta que tampoco había desayunado. 23


El estudio en otros tiempos además de ser un taller boyante de trabajo en el que siempre había dos o más cuadros en ejecución, había un área dedicada a los discípulos que José tuvo durante muchos años. Todo el ala izquierda de la parte inferior de la casa estaba dedicada a estudio, con grandes ventanales orientados al sur. José en la época que modeló su pintura con características líneas onduladas, había pintado todos los cristales de los ventanales con figuras basadas en curvas, con diferentes colores de una forma tan ajustada en el conjunto que viendo los cristales desde lejos y ligados, componían una original visión de las Meninas de Velázquez. Se paró ante un desnudo que en la juventud tardía José se había hecho frente a un espejo; la singularidad del estudio, estribaba en verle pintando con la mano izquierda. Así quiso él expresar la extraña figura que aparecía en el escorzo que el espejo devolvía. El estudio anatómico era muy encomiable, con trazos firmes, cortos, haciendo una fritura de colores de difícil definición pero el conjunto era armonioso, bello y el colorido cálido con el entorno. Sin saber porqué, siempre habían estado este cuadro y el desnudo de la bailarina colgados uno junto a otro . 24


Eran dos obras que le traían recuerdos muy especiales a José, uno de su difícil situación económica pero de brillantez en el trabajo y la otra de gran capacidad de creación pero ya no estaba impelido por ninguna necesidad. Para entonces había ya conocido el abandono de las estrecheces ; hasta el extremo de dedicarse al solo oficio de la pintura por el placer de pintar. Había desatendido el foro de los pintores, no tuvo interés en entrar dentro del ruedo de las exposiciones, donde poder de alguna forma medirse con la pintura de sus contemporáneos. Y lo que es más importante, la obra si se considera interesante había de ser exhibida, ser patrimonio de todas las personas amantes del arte e inducir a las demás desde las escuelas a la afición por ellas . Eso era lo que ahora José pensaba en cuanto a toda la ingente obra que había realizado, acumulado y que solamente había servido de solaz para su propio regocijo y el de don Juan Creía que había oscurecido su personalidad y a veces, pensaba que había sido anulada . Con la entrada a trabajar con el que llegaría a ser su mecenas, protector , amigo y al final , depositario de buena parte de su fortuna, había descolocado su estadio en la sociedad. 25


A su familia no tuvo necesidad de ayudarla, su madre, había sido además de buena progenitora una gran administradora , basada en el trabajo y el ahorro constante. Al final, la señora Pabla fue feliz viendo a todos sus hijos disfrutando de una vida sencilla, feliz y sin carencias. Rodeada de cinco nietos y viviendo sus últimos años con sus hijas dejó un hondo recuerdo en todos ellos. A José los viajes, los dos años en Italia completando estudios y el acompañamiento como secretario, amigo, hombre de confianza o una mezcla de todo ello, le había absorbido todo ápice de tiempo libre al que dedicar a su querida madre. Ahora se arrepentía. Guardaba con gran regocijo el recuerdo de uno de los regalos que más le impactaron a la señora Pabla y era el retrato que le hizo como homenaje de ser abuela por tercera vez. El retrato era de una viveza y expresión total, aquí José se había vertido a fondo dando todo lo que su fina sensibilidad de pintor le había dado. Fue el cuadro estrella de una de las pocas exposiciones a las que José decidió acudir. La crítica fue de lo más positiva que imaginar se pueda . De este cuadro, mandó hacer José reproducciones y el día de Año Nuevo después de la exposición, fue empleada como motivo de felicitación de toda la familia. Al final, ese cuadro 26 colgaría de una pared de la sala de la casona


La alegría de la abuela no tuvo límites y José quedó de alguna forma complacido. El ladrido de Lara hizo entrar en la realidad a José, entró en la cocina y preparó algo de merienda-cena, Lara no entendía de añoranzas y aunque no tenía grandes apetencias,, instintivamente el animal asimilaba que el amo tampoco comía.

La llamó cariñosamente y le empezó a preparar sus trozos de pollo con sus lonchas de jamón él, se preparó unos huevos fritos. Después de la cena y después de reñir cariñosamente a Lara por el poco aprecio que le había hecho a la cena, ya que sólo había comido la mitad, José se despidió de Lara y decidió seguir trabajando en el cuadro. Al entrar en el estudio, lo primero que vio al levantar la vista fue el su desnudo que estaba frente al de la bailarina . Instintivamente, los tomó a ambos y los subió a la sala que hacía de exposición permanente y en la que de la pared preferente pendía el 27 impresionante retrato de don Juan.


Sin pensarlo dos veces, descolgó con cuidado y precisión el abultado cuadro y en su hueco fue posicionando los tres que de alguna forma habían marcado su vida y sus momentos críticos, el de su madre, el de la bailarina y el desnudo del pintor zurdo. Las únicas mujeres a las que había tenido acceso con alguna profundidad, habían sido esas dos, además de las de sus hermanas que le arroparon en esos tiempos difíciles de pervivencia y lucha y que por ser el pequeño, se vio favorecido. El amor profundo de su vida, había sido la pintura. En ella se volcó y encontró José la satisfacción máxima de creación que elevaba su reafirmación a las cotas más altas . Él con su genuina timidez y ausencia de experiencia sobre las mujeres, había vertido su carácter y expresión a través de los pinceles. Sus respuestas se veían en ellas, eran fuertes, contundentes y la bailarina era su máximo exponente respecto al sentimiento pasional. El otro, el fraternal, lo llevó a cabo por medio del retrato de la madre; ambos eran los puntales de su vida, acotada entre la pasión por la pintura y las carencias en el transcurrir de su existencia 28


En medio estaba don Juan, dominando todo el horizonte de su vida, planificando, reestructurando una vida fértil en lo pictórico, pero humilde y gentil en su versión humana. La pantalla colorista, satisfactoria y fácil fue capaz de abonar el camino de una vida dedicada y supeditada en todos los aspectos a don Juan. Ahora veía claro; un precio demasiado caro, entreviendo la ausencia de muchas experiencias. No le había abandonado el amor puro y desbordado por los colores y pinceles, ni los hondos sentimientos de calor humano que se escapaban por sus poros hacia Lara y hacia aquella bailarina que tan honda huella le había ocasionado. Aún recordaba el cuerpo original, bien modelado y la tersura de esa piel joven que él posicionaba al principio de cada sesión.

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La mirada que plasmó de la bailarina era de una entrega tan apasionada que cuando Lilí - que así se llamaba- lo vio terminado, depositó dos besos en las mejillas de José, mientras dos gruesas lágrimas le resbalaban por sus hermosos ojos, acabando en los blancos y enhiestos pechos. Después, cubriéndose coquetamente con la sábana de posar, fue a vestirse, recibió el dinero y no volvieron a verse. No fue capaz de reaccionar. Ahora, desde un punto de vista más bajo don Juan no parecía lo que desde arriba estimaba impresionar. La vista de José ahora estaba a la misma altura que la de su difunto protector. Hacía ya doce años que éste había desaparecido. Desde entonces se había refugiado durante unos cuantos años en la compañía de la enseñanza; era una forma de realizarse como maestro y como depositario de unas cualidades que él se creía obligado a esparcir. No había olvidado el apoyo del maestro y primer protector señor Latre, tampoco olvidaba los alegres días de sus estancias en el norte del país pintando con presión y muchas veces para poder seguir comiendo y las amistades que la constante relación con el pueblo, le había proporcionado. 30


Le satisfizo la colocación de los tres cuadros y se criticó el no haberlo realizado antes, cuando muy a menudo intercambiaba los colgados por otros; pero éste, no lo había cambiado nunca . Lo tomó con cuidado y pensando en el tamaño se repitió. Le buscaremos un lugar. Acto seguido, bajó al estudio y se puso delante del cuadro en ejecución, le tenía absorto la solución de la figura que habría de estar en la gran equis que ahora impregnaba el espacio. Desechando de momento cuál podría ser la salida , continuó pintando con profusión. Se acercaba el final del otoño, eran fechas que a José no le gustaban ; la caída de las hojas de los árboles el vacío de los parques, el acortamiento de los días y el frío de las noches hacía que los paseos fuesen más menguados. Del otoño, lo que siempre le gustó a José era la sinfonía de colores de los bosques y parques. El cuadro ya estaba totalmente acabado y la equis expandida continuaba en su sitio. No había sido capaz de dar solución a un problema que la pintura le había planteado, cuando la verdad era que nunca le había sucedido esto. 31


Tal fue, que decidió dejar que el propio discurrir de la existencia decidiese la resolución del problema: la equis continuó. Una noche de invierno entrado y cuando los dos estaban en el estudio, José se encontró sentado frente al cuadro de la ciudad desnuda y con su mano izquierda, acariciando a Lara. No quería pensar en el momento que Lara decidiese dejarle . Hasta ahora la fiel compañía le hacía conllevar la apática y cotidiana existencia en que se había convertido su vida .Lara como presintiendo lo que José estaba pensando, le gratificó con unos lametones en la mano. Fueron unos instantes de una claridad meridiana lo que hizo en José ver la solución del problema del cuadro todavía sin resolver. Se levantó y con fruición de dedicó a un cambio en el cuadro; deshizo la posición de la equis, la borró con la misma mezcla de colores del entorno y en la parte más alta de uno de los edificios del cuadro con la maestría que le caracterizaba, sutil y con tonos difuminados,

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colgó el signo de forma que quedase balanceándose. Acarició a Lara y poniéndose una prenda de abrigo salió, cruzándose antes la mirada los dos dueños hasta entonces de la gran casona. -Me voy de viaje y a este trayecto no deseo llevarte, sé buena con los que te cuiden. El animal, apoyado sobre sus patas delanteras y con la cabeza alzada, enseñaba sus fauces acompañando esta muestra de desagrado con broncos ladridos. Por un momento José dudó y tomando la cabeza del animal la besó siendo contestado por largos y tiernos lametones. -Lo siento Lara pero te voy a dejar. Lara se puso de patas sobre él y dejándolo por un momento, fue a coger con su boca el collar como cada día hacía al intuir que iban al paseo cotidiano.

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José dejó al animal que le acompañase sin molestarse en atarla. El invierno entrado se hacía sentir, las luces de la noche hacía horas que se habían adueñado de la ciudad y ellos habían tomado distinto camino al habitual del parque . Al cabo de un rato sin hablarle a Lara, se paró y mirándola fijamente a los ojos le dijo. -Hoy no vamos al parque hermosa mía, pero el trayecto será más corto. No te cansaré; el río está cercano. Depositó un beso en la cara del animal y siguieron el camino en silencio

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El Cuadro  

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