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UN HOMBRE Y SU PERRO Tarzán, tú eras muy pequeño cuando te encontré. Recuerdo que desde Sabiote habíamos bajado a bañar los mulos de mi madre al caz del viejo molino de la Orden, así como que estabas atrapado entre la maleza y las aguas del río “colorao”, muy cerca del rescoldo, aún humeante, de una hoguera que encendieron unos gitanos que acamparon en aquel lugar. Por aquellos tiempos eras un perrillo juguetón y alegre, pero hoy eres un perro viejo, taciturno y melancólico. También yo soy ahora distinto. Entonces tenía muchos años menos y algún ánimo más, pero actualmente me considero un pobre vagabundo perseguido por los recuerdos, cuyo único deleite, si es que tengo alguno, es corretear contigo caminos polvorientos y recibir de cuando en cuando un poco de sol. Pero vamos a ver Tarzán, ¿por qué me has traído aquí? Estos últimos días has sido tú quien ha dirigido la marcha y, como ves, no hemos hecho más que dar vueltas y vueltas alrededor de este pueblo manchego en el que ya hemos estado en ocasiones anteriores, pero cuya estancia ahora no sé qué beneficios nos puede reportar. En fin, aunque se dice que “con perro sabio no menés el labio”, no debes olvidar que no comemos como Dios manda desde hace tiempo, y que si esto sigue así poco vamos a durar. Si Tarzán, no te pongas serio, esa es la verdad, porque poco necesitamos, pero no tan poco. Yo, ya ves, apenas puedo moverme, las piernas no me responden, los pies se me hinchan y... tú no estás mejor que yo. En estas condiciones difícilmente podremos pedir ayuda, ya que a las ruinas de esta vieja ermita apenas viene gente. Veo que nos vamos a morir, y lo siento por ti, porque si yo voy por delante luego a ti te van a tratar como a un perro y nadie te va a dar sepultura; prefiero por eso que me precedas, ya que así podrás tener una muerte decorosa. Respecto a mí, que más da, nada poseo ni nada quiero, pues sólo tengo la noche, el día y un largo camino por recorrer, si es que no se interpone antes la de la pícara guadaña, como parece que va a ocurrir. Ahora, mil recuerdos afluyen a mi mente, casi siempre torturándome, porque para mí esta última parte de mi vida sólo ha sido eso, una pura tortura. Si ella hubiera sido buena todo sería distinto. La quería más que a mi propia vida, me dio una hija y viví un tiempo feliz, pero me traicionó yéndose con otro que se decía amigo mío, con un canalla que también se llevó a mi hija, a la que luego abandonó e hizo desaparecer de mi vista. Por eso lo maté y por eso fui a presidio. Pero… ¡te estás durmiendo Tarzán! Yo hablo y hablo y tú duermes y duermes. Debo tener fiebre, tal vez deliro, quiero verla y no quiero verla, será ya una mozuela, pero no podría presentarme a ella, si es que apareciera, porque nada tengo que darle ni nada puedo ofrecerle, aunque eso si, aunque nada vale esta poca vida que me queda, la daría mil veces por poder mirarla aunque ella no me viera a mi. Siendo pequeños ella te quería y tú la querías, y cuando jugabais mi niña te repintaba los lunares, e igualmente os gustaba ir a Sabiote a la casa de mi madre, sin duda por aquello de que “el perro y el niño donde ven cariño”. Recorríais entonces el zumacar, los arrabales, el paseo, la plaza de la iglesia… y pasabais bajo los viejos arcos de la muralla camino del castillo y del Albaicín. Era pequeña, si, pero yendo contigo nunca pasé miedo porque tú la protegías y velabas por ella, pero luego en nuestra casa del pantano te la quitaron a ti como me la quitaron a mí. Debí matarlo antes, si, debí hacerlo cuando oí el run run sin esperar a más y así también habría evitado que se llevaran a mi hija. También tú debiste impedirlo; si, debiste hacer algo, no fue suficiente que dieras esas vueltas y revueltas que yo no supe comprender hasta que todo ocurrió. Luego, la gran tristeza que te mantuvo días sin comer cuando desapareció la nena, y, más tarde, perdido una larga temporada, buscándola sin duda. Y menos mal que nos fuimos a la casa de mi madre, porque realmente fue ella quien te salvó


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la vida con su continua asistencia. &&&&&& ¿Por dónde andas Tarzán? Si fueras más joven pensaría que tras alguna novia, aunque ahora ni tú ni yo estamos para esos trotes. Antes sí, antes eras un perro realmente obsesionado por el sexo y, además, fuerte y poderoso. Precisamente gracias a tu fortaleza estoy ahora aquí. ¿Recuerdas cuando me salvaste la vida? Acababa de dejar cuanto tenía y tú y yo vivíamos y comíamos donde nos daban las doce. Fue aquella la primera de las grandes riadas que hubo aquel año y estábamos cobijados bajo el puente de la Cerrada. Era de noche cuando, casi por ensalmo, surgió la tormenta, y tras los truenos y rayos sobrevino la riada que nos cogió desprevenidos. Tú pudiste escapar escalando el ladero, pero a mí me cogió el agua de lleno y fui arrastrado, ¿recuerdas? En un recodo del río pude asirme a algo, mas como el agua me rodeaba completamente y la noche era tan oscura como la boca de un lobo, la salida era casi imposible. Entonces surgiste tú. Cuando mordieron tus dientes mi ropa, las manos ya no resistían el empuje de las aguas y se me habían soltado de las ramas que tenía asidas, pero tú me apartaste de la tromba, me retuviste y supiste llevarme fuera de su alcance, si bien a un lugar del que tampoco hubiera salido a no ser porque tus ladridos me guiaron y me condujeron a un sitio seguro logrando así escapar de una muerte cierta. Te lo agradezco amigo mío. No creas que por desear ahora la muerte olvido lo que entonces hiciste. Pero no presumas, que cada vez que surge lo de la riada te pones como un pavo real. Bueno Tarzán, no paras de ladrar y no sé la razón. Sólo puedo decirte aquello de “perro ladrador poco mordedor”, pero ¿quién crees que puede venir por aquí? Ya te he dicho que éste no es lugar de encuentro para nadie y mucho menos si sigues con tus ladridos. Algo te pasa o algo intuyes. ¿Esperas a alguien? Por mi parte puedo asegurarte que nadie me espera ni a nadie espero. Estoy solo, triste y abandonado. Te tengo a ti y a nadie más, pero tú vas y vienes, entras y sales y aquí me dejas con mis recuerdos; mas ahora te voy a pedir que me escuches, así es que échate y óyeme: Resulta (y no es que yo quiera presumir con esto), que como había aprovechado bien los años de la escuela, ya que tuve un buen maestro y después siempre me relacioné con estudiantes y gente preparada, me destaqué entre los compañeros y amigos, máxime cuando tras leer muchas novelas y cuentos comencé a interesarme por temas de ambiente local, es decir, relacionados sobre todo con la historia, arte, costumbres y tradiciones de nuestro pueblo. Así fue como me puse en contacto con el cronista oficial de la villa, que era un hombre solitario, triste y enigmático, pero culto, educado y sensible, que hablaba bajo, vivía solo y, cuando salía a pasear, siempre lo hacía a la misma hora y siguiendo el mismo recorrido. Del cronista aprendí a ser serio y reflexivo, pero también fui más introvertido de lo que ya era. Mis amigos me llamaban el poeta filósofo, y la verdad es que buscando la razón de las cosas trataba luego de expresar poéticamente lo que deducía. Fue así como hice la semblanza de mi maestro, pues cuando lo veía pasar vestido de negro de la cabeza a los pies, con gabán y traje raídos, cuello duro, botines abrochados a un lado y bastón con empuñadura dorada, siempre a la vera de las murallas y siempre a las cinco de la tarde, me hacía pensar si el tiempo era algo estático por el que este hombre pasaba lentamente, o lo estático era su figura por la que el tiempo discurría raudo. Y sobre él hice estos versos que nunca llegó a conocer: El señor del traje negro y del bigote, tan serio, es don Blas; don Blas Pérez del Pulgar. Sabioteño distinguido


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que en sus diarios paseos hace el mismo recorrido. Desde su casa a la plaza, desde la plaza a la iglesia, un paseo por las murallas y otro día la misma vuelta. ¡Qué vida la de don Blas con su paseo, siempre igual! Una duda me tortura al verlo así caminar: ¿pasa don Blas por el tiempo o es el tiempo por don Blas? &&&&&& ¡Ay Tarzán!, te he visto venir con algo en la boca y es un trozo de pan. Eres como el perro del hortelano, pero ¿a dónde vas?, ¿es que me lo traes a mí? No, si te lo decía en broma; ¡este perro!..., anda, cómetelo tú, ¿no lo quieres?, bueno, a medias, tu una parte y yo otra, pero ¿de dónde lo has sacado?; ya sabes, no me gusta que robes (¡y mira que me hace falta!), sin duda lo has quitado de algún sitio porque ni está duro ni empezado. Mira, mira con qué gana me lo como. ¿Y cómo no voy a tener gana si hace días que no pruebo bocado? Bueno, ya está bien, esta mitad es tuya. O, ¿es que has comido? No, tus ojos me dicen que no, lo que quieres es que me lo coma yo, pero comprende que no estaría bien que lo haga y tú me veas. ¿Te vas otra vez? Si, te vas para que yo coma tranquilo, pero no puedo ni debo hacerlo. ¡Ay Tarzán, Tarzán!, mi deseo es que te apañes por ahí, pero es que con tanta hambre no tengo más remedio que hacerte caso y... comerme el pan. ¿Vuelves ya? Espero que hayas tenido la misma suerte que tú me has proporcionado dejándome el pan. Pero atiende, que quiero contarte lo que estaba recordando: y es que cuando cumplí los dieciocho años pensé en emigrar, que era lo que hacían entonces los de mi edad, pero mi madre me convenció para que esperara unos meses, pues como ya había metido la mano en quintas no merecía la pena irme para volver al poco tiempo. Como siempre, mi madre llevaba razón, pues poco después nos llamaron y por primera vez viajé lejos de mi pueblo. En un camión nos llevaron a los quintos a la zona militar de Úbeda, y en el tranvía de la Loma a la estación de Baeza en donde tomamos el tren a Sevilla, ciudad ésta en la que pasé la mayor parte del tiempo que estuve en filas, aunque al final mandaron mi regimiento a Ceuta y allí estuve un par de meses hasta que me licencié. De la mili ni guardo buen recuerdo ni malo. Pasé penalidades durante el periodo de instrucción y en África, pero hice buenos amigos y tuve suerte en el destino, pues estuve de “machacante” con el capellán castrense quien, además de tratarme con cariño, me decía siempre: “muchacho, mientras estés conmigo ya sabes que después de salir de la capilla no tienes más cosas que hacer que comer, beber y pasearte”. Y así lo hice, si bien parte de las actividades que me aconsejó el cura las ejercí en la medida en que aguantaba el poco dinero de que disponía, pero las intercalé con largas visitas a una biblioteca pública en donde, ayudado por una bibliotecaria joven y guapa con la que hice buena amistad, seleccioné y leí obras de gran interés, como la picaresca española, muchas de las novelas de Baroja, los Episodios Nacionales y la poesía de Lorca, Machado y Alberti, entonces medio proscrita pero que la bibliotecaria me facilitaba como favor especial. Cuando una vez licenciado y ya con la absoluta en el bolsillo volví a mi pueblo, encontré como novedades dignas de mención algunos fallecimientos, la salida de personas e incluso de familias en busca de trabajo, así como la llegada de una nueva maestra con la que vivía una sobrina muy atractiva llamada Eva. Lo de la sobrina me lo había anunciado por


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carta mi madre, añadiendo que estaba de buen ver, pero que no acababa de gustarle. Luego, cuando ya en Sabiote la vi un día a la salida de misa mayor, a mí si que me gustó; tanto, que ya no dejé de pensar en ella. Tras mi relación con el capellán me había hecho bastante religioso. Frecuentaba la iglesia, cumplía con los principales deberes, pensaba sinceramente que había un más allá y un Dios que todo lo dirigía, así como que ese convencimiento debía estar acompañado por una forma de comportarse en consonancia con las normas dictadas por la religión cuya fe profesaba. Y con ocasión de estas prácticas religiosas la conocí. Nunca se me olvidará; fue así: Su tía la maestra, que estaba muy metida en Acción Católica, con ocasión de la reorganización del coro parroquial buscaba voces y se fijó en mí sin saber si yo tenía buena o mala voz. Después resultó que la tenia regular y que valía, pero la verdad es que esto me dio motivo para hablar con la niña. Luego supe que estudiaba, pero que no se examinaba; que fue al coro, pero que no cantaba; que salía a la calle, pero que no iba a ningún sitio concreto. Sin embargo me gustó, me enamoré después y, cuando pasado algún tiempo se lo dije, ella se reía y no me decía que sí ni que no. A partir de entonces empezamos a salir juntos y paseábamos por los alrededores del pueblo, incluso por la carretera de abajo, lugar al que sólo iban los novios formalmente comprometidos. Yo le hablaba de la mili, de África, de mis lecturas, de don Blas (que por cierto murió por entonces), pero, especialmente, de la historia y tradiciones de Sabiote, de las que yo sabía bastante y que a ella parecían interesarles. Como su tía la maestra respecto a las costumbres era de ideas más liberales que las que por aquella época se observaban, nos dejaba entrar y salir libremente, por lo que yo pasé unos días inolvidables, pues hay que reconocer que cuando Eva se lo proponía cautivaba al más pintado. Después, como en el pueblo no había forma de trabajar, decidí emigrar a Avilés, punto al que entonces iban la mayoría de mis paisanos. Y con el disgusto de mi madre y el de Eva, tres amigos y yo salimos de nuestras casas una mañana con dirección a Asturias. Como decía un compañero que se dejaba mujer y dos hijos, cuando tan cerca teníamos el pan íbamos a buscarlo al otro extremo de España. En Avilés entramos los cuatro a trabajar en la Electromecánica, complejo industrial que acogía a la mayor parte de los que llegábamos y en donde la labor era dura, aunque no mal remunerada, si bien yo tuve cierta suerte, pues como me hicieron listero de la obra civil empecé a ganar algo más; y al ser poco el gasto diario, ya que vivíamos en barracones y la comida la hacíamos los paisanos en comunidad con gastos a escote, logré tener algunos ahorros, pues todo lo que ganaba era para mi ya que mi madre no quería nada. De esta forma, no pasó mucho tiempo sin que viera en mi cartilla un saldo con el que no había podido soñar poco antes. Pero la distancia no había conseguido enfriar mi amor por Eva; por el contrario, la soledad y mi espíritu soñador lo aumentaron hasta límites obsesivos. Por carta habíamos formalizado nuestras relaciones, y por carta, principalmente, mantuvimos una constante comunicación, si bien, a veces, le ponía un aviso de conferencia y hablábamos, aunque sin poder entendernos en la mayoría de los casos por la distancia y otros problemas técnicos. Lo cierto es que en los casi dos años que estuve en Avilés solo vi a mi novia una vez, o sea, cuando en los días finales de agosto fui a pasar con mi madre y con ella las ferias y fiestas de San Ginés de la Jara. No llevaría medio años como listero, cuando un amigo con el que milité en Sevilla y que tenía un paisano que era ingeniero de la empresa, me posibilitó el ingreso en los talleres, lugar que me permitió, a través del trabajo y de cursillos de capacitación, obtener unos conocimientos y una experiencia que iban a ser determinantes para lograr mi futura independencia profesional. Y así ocurrió transcurrido un tiempo, pues con el dinerillo de que disponía, una cierta habilidad que había adquirido en el trabajo, algo de osadía y la gran ilusión que tenía por casarme, volví a Sabiote en donde, como siempre, me esperaba mi madre


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con los brazos abiertos; y yo le llevé de regalo un chal negro y un bejuquillo de oro para el cuello. Y allí me esperaba también Eva, tan guapa y tan enigmática, y a la que asimismo le di los regalos que le compré, que eran una gargantilla hecha con sartas de cuentas de coral y unos zarcilllos de oro con perlas engarzadas. Y enamorados recorríamos de nuevo la vieja villa sabioteña y nos adentrábamos en las calles tortuosas del Albaicín y, cuando nadie nos veía, la cogía del brazo o por el talle, la besaba y le hablaba muy quedo de mi cariño mientras paseábamos junto a la muralla o por los alrededores del castillo. Después todo sucedió rápidamente, tan deprisa que los hechos se me juntan y las imágenes se superponen como en una vieja máquina de cine. Busqué trabajo porque quería casarme y lo encontré pronto. Una empresa de instalaciones de turbinas y montajes eléctricos que tenía una contrata en el pantano de El Tranco me admitió tras una prueba, por lo que, a los pocos días, me encontraba trabajando en la sala de la presa, y antes de los seis meses estaba casado y viviendo en una casa de planta baja frente a las aguas embalsadas del río Guadalquivir, en donde en casas similares vivían otros técnicos con sus familias. Siete años viví con ella con distinta suerte, bien al principio, mal al final, pero la hija que tuvimos al año y medio de casados y a la que pusimos de nombre Ana María, como mi madre, me hizo feliz; y como además yo seguía enamorado, pasé por alto lo que creía que eran nubecillas de verano. Entre los vecinos los había de toda clase y condición. La mayoría eran jóvenes como nosotros, hombres que salieron de sus casas en busca de trabajo, técnicos que, como yo, teníamos una cierta estabilidad económica y profesional, lo que nos permitió alquilar la casa y que a mi esposa, cuando nació la niña, le ayudara en las tareas domésticas la mujer de un hombre de mala catadura a quien llamaban el Atravesao, ambos procedentes de un pueblecillo de la Mancha, cerca de Despeñaperros. &&&&&& Tú, Tarzán, que siempre estuviste en casa de mi madre en tanto estuve fuera, vivías con nosotros a raíz de la boda, ya que yo no quería que Eva se quedara sola en la casa mientras estaba en el trabajo. Por eso has sido testigo de ese drama que no quise o no supe ver hasta que las nubecillas se convirtieron en verdaderos nubarrones que hicieron estallar la tormenta. Aquel bellaco que presumía de ser mi amigo se la llevó, y cuando después de un viaje de trabajo llegué rendido a casa, sólo estabas tú mirándome con ojos tristes y enrojecidos, como si haciéndote cargo de todo lloraras por lo ocurrido y por lo que iba a suceder. Cinco años y siete meses tenía mi hija cuando desapareció con su madre. Nueve años y casi nueve meses hace ahora que no la veo. A las dos las busqué como un loco, pero nunca logré ver a ninguna. Supe entonces quienes eran mis amigos y los que no lo eran, pero los de mi familia, sobre todo, se volcaron ayudándome y confortándome, aunque mi hija no apareció ni a mi mujer la volví a ver viva ni muerta. Sólo llegué a tiempo de ver su ataúd poco antes de que los sepultureros lo bajaran al fondo de la fosa mientras que yo, entre dos guardias civiles, tomé un puñado de tierra y llorando lo eché a la sepultura. Porque la había querido, porque fue la madre de mi hija, porque la muerte lo borra todo. Todo, sí, menos el recuerdo. Tras su entierro volví a la cárcel, ya que el permiso no daba para más. Sí, estaba en la cárcel porque lo busqué, lo encontré y lo maté. Quise antes remediar lo irremediable, le pedí explicaciones, le rogué y le supliqué por Dios que me dijera el paradero de mi hija, pero me contestó con chulerías y me dijo que como mi mujer no le servía ya para nada que podía disponer de ella, pero que me olvidara de mi hija porque nunca la volvería a ver. Lo desafié entonces y lo hice sin ira, pero convencido de que lo mataría porque tenía a mi favor la fuerza de la razón. Él era más fuerte que yo y más acostumbrado al uso de herramientas de muerte, porque era un chulo, pero yo no tenía miedo. Estábamos solos en un descampado, cada uno con una navaja en la mano. Le pedí de nuevo que me dijera el paradero de mi hija mientras


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tenía la guardia bajada y él se aprovechó, se tiró sobre mí a traición y me hirió en el costado, pero tuve la suerte de acabar con él antes de que él acabara conmigo. Y ya en el suelo le pregunté por la niña y entonces sí, intentó decirme algo. Con voz entrecortada le oí decir “se la llevaron...”, pero expiró y yo perdí el conocimiento. Poco tiempo estuve en presidio, pero menos tenía que haber estado porque míos eran el derecho, la razón y la justicia. Y durante ese tiempo falleció Eva sola, triste, enferma, arrepentida y sin enterarse del fin del que fue su amante y la abandonó, e incluso, según me dijeron, del paradero de nuestra hija. A la cárcel fue a verme mi madre poco antes de morir. Tenía el convencimiento de que a su nieta la había quitado de en medio el fulano para tener libertad de acción, y que cuando quiso la madre recuperarla ya no pudo; pero insistió en que tarde o temprano aparecería. Ella fue siempre una persona perspicaz y lista, además de buena y abnegada. Naturalmente su muerte supuso para mí un golpe superior a muchos de los que la vida me iba deparando. Pero sigamos la historia, Tarzán, cojamos el hilo de nuestras vidas y continuemos con un trozo muy importante de la misma en el que, junto con la incertidumbre que me atenazó y me atenaza, hubo también momentos de esperanza y satisfacción. &&&&&& Cuando defraudado del comportamiento humano quise alejarme de cuanto conocía, cosa que hice, recorrimos las sierras cercanas y me aislé contigo entre peñascos y roquedos alimentándome de lo poco que cogíamos en el campo y de lo que cazábamos por medios bastante rudimentarios, en los que, naturalmente, eras tú quien resolvía la situación. En Sierra Mágina estuvimos hasta que el frío nos echó, pero luego, durante la época de recogida de la aceituna y de la corta de olivos vivimos algún tiempo en Bedmar, Garciez y Jimena, hasta que más tarde fuimos a la Sierra de Cazorla. A continuación, desde Huesa hasta Siles recorrimos también las Sierras de Segura y las Villas, así como las cuencas de los ríos Guadalquivir y Segura, en donde vimos la garza, la oropéndola, el martín pescador y el mirlo acuático, y huyendo al principio de los guardas, y después al conocerlos en franca camaradería con ellos, pescamos truchas y nutrias en los ríos Madera, Aguamula y Zumeta, viviendo en sus cercanías al aire libre entre pinos, encinas y quejigos: y cuando los inviernos llegaban trabajaba cogiendo aceituna o en las serrerías. Así, en contacto directo con la naturaleza, esa amiga que nunca defrauda, desde las alturas de los picos de las Empanadas, del Almorchón o del Yelmo, contemplé de cerca las águilas reales, los buitres leonados y los halcones peregrinos; y vi por cerros, peñascos, roquedos, llanos y barrancos, correr, trepar y bajar los ciervos, gamos y jabalíes, mientras sobre nuestras cabezas volaban azores, águilas calzadas y culebreras, picapinos y palomas torcaces. En la primavera empecé a estudiar las plantas en general y las curativas en particular, y cogía y regalaba a mis clientas y amigas, las mujeres de los pueblos, poblados y cortijos de aquellas sierras y campos, lirios, nardos, tulipanes, jacintos y violetas, a la vez que les ofrecía salud a cambio de la voluntad. Aprendí a distinguir las plantas por el olor: el del espliego, la manzanilla, la alhucema, la albahaca, la melisa, el romero y el orégano; a distinguir las buenas setas de las venenosas, a cocinar las comestibles y los níscalos, a preparar para comer plantas silvestres, como los cardillos, el alcahucil, las collejas y los espárragos, así como a coger, seleccionar y vender plantas medicinales, especialidad a la que me dediqué durante tiempo y de la que hice un sustancioso medio de vida. Ello ocurrió así: En las alturas conocí a Simón, un hombre viejo ya y con el que llegué a tener una buena amistad. Vivía solo como yo, aunque sin perro, y durante el buen tiempo el cielo era su cobijo, mas, cuando el invierno se aproximaba, se retiraba a una pequeña casa de planta baja que tenía en Belerda, de la que prácticamente no salía hasta la primavera. Fue Simón quien me enseñó los secretos de estos parajes: sotos que nadie conocía, picachos apenas pisados por


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el ser humano, grutas y cuevas no exploradas, lugares para pescar sin ser vistos y medios para cazar sin armas, así como la identificación de las voces de la sierra: el trino, el gorjeo, el arrullo, el piar y el graznido de las aves¸ el gruñido, el aullido, el mugido, el bramido, el balido, el gamitar y el rebudiar de los animales; pero, sobre todo, aprendí de él a conocer y saber usar las plantas medicinales, a sacar de sus tallos, raíces y hojas las sustancias que proporcionan alivio y remedio a distintas enfermedades, a preparar infusiones, cocimientos, mejunjes, pomadas, lociones y unturas, así como a conocer sus aplicaciones. Así, el beleño, la zanahoria y el endrino contra los sofocos; el cornezuelo de centeno para provocar el parto; la cataplasma de malvavisco y el aceite del eneldo para la venida de la leche; la salvia para el destete; el te de zarzaparrilla para las enfermedades vergonzantes; la artemisa y la hierba pajarera para el nervio; el hinojo y el compañón para estimular a los flojos; la hoja de la higuera y el fruto del ricino como purgante; el te de zarza para las correncias; la acedera como calmante; la ortiga, el perejil y el hinojo para estimular la orina; el enebro y la mostaza contra el reuma, y el orégano, que es el que más aplicaciones tiene, para el estómago, los intestinos, la vesícula, la tos, el asma, la bronquitis, las flatulencias y los ruidos inoportunos, los de arriba y los de abajo. Simón ni era comerciante ni hombre que necesitara mucho para vivir, así es que nunca hizo negocio con las plantas, pero yo vi enseguida un medio de vida en todo ello, por lo que pronto me establecí y fui conocido en los contornos, pues de cerca y de lejos llegaron pacientes solicitando mis medicinas y mis servicios para sus dolencias. De esta forma, primero me vi convertido en un herborista ambulante, y después en un curandero con un reconocido prestigio en los pueblos de aquellas serranías, por lo cual me establecí y viví en casa propia que compré en La Iruela, junto a Cazorla. Durante aquel tiempo conocí a María, la mujer de mi vida después de las desgracias anteriores, pero a la que no he cogido ni una mano pese a que la quiero y que me quiere. María tiene un puesto de pan cerca de mi casa, es guapetona, entrada en años, aunque menor que yo, y soltera. Empecé a tratarla en mis primeras actuaciones con las plantas, y desde entonces no he dejado de verla hasta que circunstancias posteriores me han llevado hasta el estado en que me encuentro. Para ella, hoy por hoy soy como un hermano al que quiere, pero no pasa de ahí, ya que, como dice, “estoy vivo por fuera y muerto por dentro”, por lo que a su juicio debo resolver mi problema antes de comprometerse y comprometerme. Me ha confesado lo doloroso que le es decirme esto, pero considera que yo no tengo más remedio que dar solución al mismo para vivir tranquilo. Y es verdad, siempre he creído que María tiene razón, pues mientras no sepa el paradero de mi hija yo nunca seré yo, ni, en consecuencia, nadie puede unirse a quien tiene su cuerpo en una parte y su alma en otra. Mi felicidad, pues, depende de algo que parece no tener solución, pero que me proporcionaría una dicha total si es que se resolviera. Así son las cosas Tarzán, vivíamos bien en la sierra, aunque yo con mi eterna espina; sin embargo tú estabas tranquilo en aquel pueblo y feliz en nuestra casa, porque mis clientes te querían y mis amigos eran tus amigos. Pero tenemos una obligación que cumplir y aquí estamos, aunque sin éxito, porque hemos vuelto a recorrer el camino que ya anduvimos con el mismo resultado negativo. Ahora nos encontramos en este lugar porque tú lo has querido, aunque yo suponía que tampoco íbamos a conseguir nada positivo. Lo que sí te digo es que ahora que estoy viejo sin ser viejo, que la vista disminuye, las piernas flaquean y la gazuza aumenta, lo veo todo con más claridad y me doy cuenta de que cuando estaba más joven era más ciego que ahora. Ya te dije que mi madre tenía el presentimiento de que a la chiquilla se la quitó de en medio el fulano para tener más libertad. Así pudo ser y así lo creo. Matarla no pudo porque estaba la madre, pero sí darla, entregarla; si Tarzán, eso fue lo que hizo. Pero ¿a quién y cuándo? Al abandonarme ella, lejos no pudieron irse ya que él volvió pronto a su trabajo en el pantano, mas Eva, encandilada, cegada, se dejó llevar por el amante y entregaron a alguien la niña, y ese alguien no la devolvió ni antes ni después de la muerte de la madre.


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¿Recuerdas cómo la buscamos? Creímos encontrar una buena pista en el circo y por poco te quedas en él. Entonces fui yo quien te salvó la vida. Cinco días hacia que no aparecías cuando tuve la corazonada. En el circo había dos leones y los leones necesitaban comer. Y allí fui yo y allí estabas tú. Pero, ¿quién le entrega a un pobre vagabundo un perro cuando el mismo sirve para alimentar a leones hambrientos? Pese a mi insistencia me fue negado el paso por la mujer pantera, un gigante bigotudo y un enano; mas oí tus oportunos aullidos y me lancé dentro. Cuando entré cayó primero de un certero garrotazo el gigantón de los bigotes, luego huyó la mujer cuando abrí la navaja cabritera, y mira por donde el que creía menos peligroso, que era el enano, fue quien peor me lo puso, pues el muy pendón tuvo la mala ocurrencia de abrir la puerta de la jaula de los leones, con lo cual prácticamente me cerró el paso hacia donde te hallabas. Pero allí se demostró que los animales son mejores que los humanos en muchas ocasiones, ya que ninguno se movió cuando entré a sacarte ni cuando salimos. Llegué muy a tiempo, sí, porque en la “sala de espera” ya solamente quedabas tú y un par de gatos, a los que también solté. Anda Tarzán, duerme si quieres y yo me dormiré también. Aunque por lo que veo te interesan mis razonamientos, ya que mueves el rabo cuando especulo sobre la desaparición y lugar que puede encontrarse nuestra niña. Tú sin duda tendrás tus propias teorías, pero pensemos y recapacitemos juntos. Aunque, ¿qué traes? Siempre andas por ahí cogiendo cosas de Dios sabe dónde. Ahora es un cinturón, tal vez de una mocita a juzgar por la medida y el aspecto. Pero sigamos. La guardia civil dijo que no creían que la hubieran sacado de la península, y, respecto a su desaparición, que debió producirse de forma pacífica. Pero ¿qué ocurrió?, ¿quién la tiene? Lo hicieron sin duda personas que ella conocía y que le inspiraban confianza. ¿Quiénes? Recordarás que en nuestra búsqueda inicial recorrimos los pueblos y lugares por donde pensamos que podrían haber pasado. Conocimos amigos y parientes del fulano, así como el ambiente en que todos ellos se desenvolvían. Mala gente. Pero cosas que entonces parecían intrascendentes hoy pueden resultar de interés. Cuando él cayó herido de muerte y le pregunté por el paradero de mi hija solo pudo contestar “se la han llevado...”. Y no dijo más. Pero observa, habló en plural, o sea, que no fue uno; y que fueran muchos es improbable; acaso un matrimonio; si, sin duda fue un matrimonio que estaba interesado, bien por querer a la nena, por no tener hijos o por ambas cosas a la vez; y mi hija los seguiría sin protestar por tener confianza en ellos; y ellos seguramente la engañaron y eso hizo que se marchara tranquila. Si Tarzán, lo veo claro, ahora lo veo todo muy claro. Fueron ellos, los “Atravesaos”, tú lo sabes y por eso mueves el rabo cuando antes estabas triste y cabizbajo. Tú también lo has descubierto y por eso me has traído aquí, ya que eran de esta parte de la Mancha. Ellos desaparecieron del pantano, posiblemente emigraron lejos, pero tendrán que volver o tendremos que buscarlos en donde estén. ¿Se acordará la niña de tí? ¿Y de mí? Posiblemente, ya que tenía edad para ello cuando se la llevaron. Pero no ladres, que “perro en barbecho ladra sin provecho”. Mi madre dijo que aparecería, ¿pero cuándo Dios mío? Quiero vivir, quiero verla, si, la quiero conmigo, es mi hija... Sudo, tengo fiebre, la cabeza me estalla, me rechinan los dientes, pero no te vayas Tarzán, que debemos estar unidos hasta la muerte. Mas no veo, no oigo, los sentidos me dejan... &&&&&& O me he dormido o perdí el conocimiento. Qué más da. Tarzán se marchó, no sé si fue hace un minuto o una eternidad. Pero oigo ruido, es él que vuelve; si, eres tú Tarzán, mas algo te ocurre, algo te pasa, no ladres, no saltes tanto, ¿adónde vas? ¡Estás loco! ¿Es de alegría?


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¿Qué te sucede? Alguien viene contigo, oigo una voz, dice pa..., ¡dice padre! ¡Es mi hija! Tú me la has traido Tarzán, ¡hija!, ¡¡hija mía!!

UN HOMBRE Y SU PERRO  

CUENTO. UN HOMBRE Y SU PERRO

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