PENUMBRIA 49

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Libros Quidec Pacheco México Hay bestias que ladran y arañan, terribles habitantes del vaho helado. Mis bestias callan y ven, desde orillas mohosas oliendo a popurrí, bajo papeles notables en un cajón lodoso y altivos, desde montañas de madera. Cobardes, resguardados por débiles sirvientes y desobligados. Libros. Malditos y largos. Hirientes. Mátenlos con plata, con sol. Quémenlos en la estaca y sáquenles el corazón. Páginas de mentiras para bañar mi filo. Hoy mueren libros. Una nube congelada me moja el bigote de luna, brillando a los ojos de Dios, que conoce la noche. Avanzo, sintiendo el piso encharcado, la puerta centenaria, el calendario de 1886. Desvío la mirada: leer es un acto divino que no merezco. Pero aún no es tiempo de vaciar mis ojos con este cuchillo. Primero, al horror plano. Un monje de largos hábitos escudriña por vela y anteojo un cuaderno de papeles cebosos, amarillos. Bien: libros podridos por sus propias palabras. Soy un aire, un ruido de la noche que lleva al hombre a la ventana. Aprovecho: tomo el más gordo, ofensivo y degradante volumen por su lomo y lo parto en dos. Un grito ahogado y las sombras grises lamen sus ojos. Entro de puntillas, sudoroso. Los hombres santos merecen muertes viejas, pero este ha protegido las páginas del idioma, la cuna de confusión, y por eso muere con sus páginas. Libros. De mi chaleco obtengo una pequeña bolsa que se mueve. La abro y la estrello contra una esquina: decenas de insectos amarillos salen a esconderse por los interminables pasillos de la biblioteca. Tomo la vela que el monje tenía encendida y la acerco a varios


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