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¿Cómo transmitimos los valores de nuestro patrimonio cultural?: apuntes para una mesa redonda1 Pedro Ángeles Jiménez

La ligereza con la que uno suele aceptar una invitación es inversamente proporcional al problema que se tiene cuando hay que sentarse frente a la página en blanco, con un tema por demás seductor y la cabeza surcada no sólo por diversas ocupaciones, sino además, por otro tanto de preocupaciones, a las que inevitablemente se tiene que recurrir para salvar el transe y como podrá darse cuenta el amable público, aquí estoy, tratando hilvanar algunas ideas sobre el amplio tema que se configura a partir de reflexionar la manera como transmitimos los valores de nuestro patrimonio cultural. Soy gente de archivo, lugar donde nuestro patrimonio adquiere forma gracias a las tareas de clasificación; por ello podrá suponerse que el archivo es un lugar donde el impera orden, aunque a decir verdad, el entorno del trabajo cotidiano obliga

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El presente texto se publican al amparo de la licencia Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 2.5 de Creative Commons, México, que puede consultarse en el siguiente link: http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/deed.es. El documento se presentó en la mesa redonda “Cómo transmitimos los valores de nuestro patrimonio cultural”, celebrada en el marco de la XXV Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, organizada por Idalia García del Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas de la UNAM, el 20 de febrero de 2004.


acostumbrarse a estar a gusto en medio del imperio del caos, como en la vida. El archivo sin embargo es una de esas primeras líneas de batalla donde es indispensable bordar ideas sobre los conceptos que entretienen esta charla: patrimonio cultural, transmisión de valores, nuestro… El núcleo de la frase para mi se halla en las palabras patrimonio cultural, y para concebir el profundo significado que ellas adquieren, me resulta necesario acudir a metáforas, figuras del lenguaje que nos permiten transmutar el agua en vino. Tengo por cierto que patrimonio cultural es todo cuanto envuelve el entorno de una sociedad: sus maneras y comportamientos, que son intangibles, o sus documentos y monumentos, que son tangibles… al menos por un lapso de la historia. Es patrimonio cultural lo que reside en el idioma; del caló del barrio, hasta los conceptos y categorías de la ciencia o de la poesía… como los dichos de la abuela: cuánta fue mi sorpresa cuando con el paso de los años, llegó a mí noticia de que durante el siglo XVI, uno de los grandes hombres de aquel siglo, Erasmo de Rótterdam, concibió la idea de hacer un compendio de adagios, pues consideraba que en ellos se encerraba una sabiduría milenaria, transmitida de generación a generación, y como “no hay bien que por mal no venga”, me detendré un poco en este asunto para proponer a la mesa y a ustedes tela de donde cortar. En el año de 1545 el noble don Pedro Luis Sanz publicó en la ciudad de Valencia cierta obra que de algún modo comulgaba con los citados empeños erasmistas, a la que su autor tituló Trescientos proverbios...2 Había sin embargo marcadas diferencias, primero, el sabio español escribió su obra en castellano, y no en latín, que como sabrán, era la lengua franca de la intelectualidad de aquellos tiempos. Por otra parte, si Erasmo recopilaba adagios, el noble valenciano se atrevió a decir que los trescientos proverbios que publicaba fueron compuestos por él, estructurándolos en tercetos rimados, como los siguientes, que pongo a su consideración:

Averiguado es y cierto Que quien no sabe callar No puede saber hablar. Lo que a tu amigo dieres No lo temas ya perder,

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Trescientos proverbios... compuestos por el noble don Pedro Luis Sanz, Valencia, 1545.


Que tuyo siempre ha de ser Ser lazo la humildad Donde cae el soberbio, Es muy antiguo proverbio. Y finalmente No hallo mayor alquimia Más segura ni probada Que la lengua refrenada.

Si en verdad hiciere caso, aquí debería parar, pero movido por el argumento que apenas se va dando, excuso a su interés para seguir, como aquí sigo. Para el año de 1545 escribir proverbios no era nada nuevo, y para comprobarlo, baste recordar que entre las flores de sabiduría de todos los tiempos, destaca el libro de los proverbios del rey Salomón, de modo que si la forma puede singularizar una idea y por ello hasta dar la impresión de que uno es su autor, su creador, lo cierto es que sin el entorno social que posibilita la permanencia de las ideas, cada vez que quisiéramos hacer algo irremediablemente estaríamos condenados a descubrir nuevamente el hilo negro. Tal es uno de los valores del patrimonio, uno que me hace admirar en la forma de una olla de barro, la sabiduría milenaria que permitió su forma funcional y perfecta, o en el maíz cacahuazintle de temporada, la meticulosa selección del grano que permitió a una planta diminuta crecer hasta adquirir granos grandes, blancos y carnosos. El patrimonio cultural tiene pues, una especie de cuarta dimensión: su profundidad en el tiempo, un hito que al lado del genoma, une a la humanidad en su isla planetaria y con una historia compartida. Con tales rasgos de universalidad, paradójicamente el concepto de patrimonio cultural nació en el entorno de los singulares esfuerzos que construyeron a los estados nación. Por ello, al hablar de patrimonio cultural, el concepto se tamiza y une a nociones como las de herencia y territorio. Para la nación mexicana, la cultura mexica, la maya o la olmeca, definen parte de su historia y como herencia, modelan también su identidad, una singular y distinta a la inca, a la mogul o a la persa, pero tan brillante como cualquiera de las grandes civilizaciones de la antigüedad. Para Gerardo Murillo, el doctor Atl, las cúpulas de las iglesias definen la fisonomía de los pueblos de México. Lo mismo podría decirse de otras iglesias en


diversas partes de Hispanoamérica o aún de Europa, solo que para Murillo, las cúpulas de México manifiestan un singular y alegre colorido, uno característico, que se logra a partir de los azulejos con que se las adornan. Otro ejemplo sería el muralismo de la escuela mexicana de pintura, y que como producto posrevolucionario, que se originó en el cause mismo de nuestras guerras. Como se ve, gracias a esa cuarta dimensión del tiempo, el patrimonio cultural puede iniciar aquí, en la publicación del libro más reciente y hundirse hasta las entrañas milenarias de la revolución neolítica o de la prehistoria. Ahora bien, dediquemos algunas palabras a las formas de transmitir los valores del patrimonio cultural, con la obvia presunción de que este público, según la potestad de sus bolsillos, hace de esta feria del libro justo una manera de transmitir los valores del patrimonio… casi por osmosis. El asunto, sin embargo, no resulta del todo sencillo, y como la definición del concepto de patrimonio cultural, veo cardos y aristas a la hora de ensayar una explicación posible, y para ello vuelvo a mi ya citado libro de trescientos proverbios. Cualquiera pensaría que el afán culterano me es característico, y que amoroso a los fondos antiguos, fui a un venerable repositorio con credenciales de investigador para hacer uso del empastado en becerro en su edición prima. Si bien así pudo pasar, la verdad es que el libro del noble don Pedro Luis Sanz lo consulté en internet3. Espero que esta confesión no les haga dudar del empeño académico del implicado, quien al contrario, se afanará en argumentarles cómo la red de redes hoy mismo juega un papel crucial en otra forma de comprender el patrimonio y las maneras de su transmisión. Seguro habrá entre quienes aquí se encuentran, que pensará a la velocidad de la luz que no es lo mismo leer poesía, o vamos, leer, en la pantalla de una computadora. Las desventajas de cuanta información pasa por un procesador, teclas y ratones, salta a la vista si se hacen comparaciones, por ejemplo, con un libro, que no necesita de energía eléctrica mas que cuando es de noche, y aún así, una candela es suficiente para leerlo. Además el libro nos es táctil y como cualquier objeto, al ganar tiempo, gana vida.

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http://www.parnaseo.uv.es/Lemir/Textos/Proverbios/Index.htm


Pero mi intento no es dar preferencia a un medio o al otro. Cada uno tiene sus especificidades y si a historias vamos, la revolución de Gutenberg hace que una moderna supercomputadora pueda concebirse como bebe recién nacido, y justamente aquí planto mis reales para advertir otra paradoja: el patrimonio cultural tiende a la estabilidad de los grandes lapsos de tiempo… porque los valores patrimoniales se conservan. Aquí vuelvo a la carga haciendo un símil con los adagios y proverbios, pues no deja de sorprenderme que a cientos de años de distancia, hablemos del escasamente conocido valenciano don Pedro Luis Sanz, de la poesía de Nezahualcóyotl o de los proverbios de Salomón, del código de Hammurabi o de la filosofía de Sócrates y Platón. Así pues, junto con el concepto de patrimonio, que en tanto nuestro es nuestra herencia, nació también la idea de conservarlo, idea por cierto que por ir junta, no va pegada, y para muestra están las terribles historias que nos hablan de la destrucción que sufre el patrimonio por incuria o por olvido, o lo que es peor, por justificar la supremacía de una época, raza o sociedad por encima de otra. Aún así, reitero, la idea de patrimonio que se conserva, se fundamenta en la idea de permanencia y duración, y justamente por ello se transmite, como la solidez monumental del soberbio edificio de Manuel Tolsá nos da cobijo. En cambio… muchos de ustedes ya saben que la tecnología de los ceros y los unos, en el espectro del tiempo y de nuestra historia, es bastante joven y tiene mucho que ver con lo efímero y lo transitorio. Me explico: quienes tenemos un tiempo, digamos quince años, familiarizados con las computadoras, creo que perdimos la cuenta de las versiones de sistemas operativos que llevamos, por no hablar de procesadores, tamaños de disquetes, baudios en la conexión a la red y claro, la obsolescencia va unida a una mercadotecnia que ha hecho que los negocios más grandes del planeta ya no estén en la extracción de petróleo y diamantes, en la construcción de barcos y automóviles, sino en el monopolio de los procesadores y de los sistemas operativos. Los norteamericanos, expertos administradores, diseñaron una ley de la obsolescencia, llamada ley de Moors, entre cuyas variables se dice que la velocidad de procesamiento de las computadoras se duplica cada diez y ocho meses, por lo que su valor se reduce a la mitad cada nueve meses. Como consecuencia, el ciclo de alta


productividad de una computadora apenas llega a los seis meses y el de un medio de almacenamiento convencional, apenas llega de doce a veinticuatro meses. Si bien es cierto que en su momento la nanotecnología pondrá barreras a esta ley, modificándose los tiempos de obsolescencia, tal problemática no puede soslayarse y debe poner en alerta a quienes ingenuamente consideran, que la tecnología es la solución de todos problemas, cuando por la manera como se rige nuestro mercado, veo en su utilización una suerte de pacto con el diablo. Cada vez procesadores más rápidos, monitores con mayor definición, discos duros con más capacidad de almacenamiento, del disquete de 51/4 al DVD de 4x… ¿y qué sigue?¿acaso todo es un engaño? Y sin embargo, un alto porcentaje de la información escrita en los últimos años, se confió y está confinada a un medio tan frágil: es en medios tecnológicos, que las bases de datos de nuestro patrimonio se están haciendo y ahí se digitaliza desde la música, el cine, las imágenes y los documentos, hasta la voz y el video, así, pareciera que nos empeñamos en guardar lo trascendente en lo intrascendente, que queremos salvar lo eterno en lo transitorio. Por esta razón, muchos especialistas ya analizan la relación que aunque no se crea, existe entre el bite y el tiempo, una que en sus términos más radicales se expreso en las pasadas líneas y que nos aguarda a la vuelta de la esquina, cuando el destino nos alcance. Algún día escuché y todavía lo festejo, que un lápiz es verdadera tecnología de punta; sin embargo, también considero que el ámbito digital abre una extraordinaria gama de posibilidades y entre ellas, sin duda la que me parece más atractiva, es la conformación de una sociedad de la información. Los enterados señalan que la red de redes constituye hoy la mayor colección de manuscritos y obras jamás reunida en la historia de la humanidad. Su valor patrimonial, por tanto, bien se manifiesta en la posibilidad de consultar libros tan raros como mis multicitados trescientos proverbios. Justo esa posibilidad es la que me admira y anima a confiar en que las paradojas seran resueltas, y que desde el frente en el que cada uno se halla, mucho deberá trabajarse para hacer posible el que la sociedad de la información no sólo dependa de la tecnología, aunque tenga en ella una de sus mejores herramientas, y que de sociedad de la información transitemos a la sociedad del conocimiento, que es tan deseable, que tanto soñamos, de suerte que la transmisión de los valores de nuestro


patrimonio, aparte de requerir una enorme inversión de trabajo, también habrá de forjarse concibiendo utopías. Muchas gracias.


¿Cómo transmitimos los valores de nuestro patrimonio cultural?