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El espíritu de la Navidad (I) Autor: Ángela María Alzate Manjarrés ¡Ha llegado diciembre! ¡Qué alegría! Toda la ciudad se ha inundado de luz, cada familia ha decorado sus hogares con cintas de muchos colores y bombillos incandescentes, y los pesebres, con sus casitas y animales, esperan con anhelo un nuevo nacimiento del Niño Jesús, para actualizar el milagro de la salvación. El espíritu de la Navidad lo colma todo… Diciembre es el momento para mirar al pasado con gratitud y observar el futuro con esperanza, para abrir el corazón a posibilidades maravillosas como el perdón y la reconciliación y esperar, con un abrazo lleno de afecto a quienes vienen desde lejos a compartir la nochebuena. Para que diciembre sea una experiencia inolvidable y enriquecedora, es importante recordar cuáles son los valores que integran el espíritu de la Navidad, para cultivarlos en nuestra propia vida y permitir que sean ellos los que nos conduzcan a la felicidad y la armonía, en la finalización de un año más y el comienzo de uno nuevo. La Navidad es gozo. Todo se viste de entusiasmo y novedad. No se puede permanecer en la tristeza, cuando nuestro entorno luce bañado de felicidad. Diciembre es el momento para darle la bienvenida a la alegría, difuminar las sombras de la congoja y permitir que la dicha habite en nosotros. Este mes, de manera especial, debemos dibujar cada día en nuestro rostro una sonrisa, la mejor de todas, una de regocijo, satisfacción y júbilo, pues el solo hecho de estar vivos es ya un motivo para celebrar, mucho más si esta vida está acompañada de tantas cosas maravillosas: El amor de la familia, la compañía de los amigos, el don del alimento, el calor del hogar, el aire que respiramos, tantos regalos que Dios nos entrega cada día… La Navidad es paz. Es tranquilidad y concordia. Esto implica dos cosas. La primera es cultivar la serenidad interior, superar las angustias, temores y ansiedades, para permitir que dentro de nosotros reinen el silencio y la calma. Dejar atrás los dolores y frustraciones del año que llega a su final y abrirse a las esperanzas e ilusiones de un nuevo espacio en nuestras vidas. La segunda, es procurar la reconciliación con aquellos que nos han ofendido o a quienes hemos lastimado. La paz comienza por mantener buenas relaciones con todos los que nos rodean, en especial con los que viven con nosotros y merecen que nos esmeremos por entregarles lo mejor que tenemos para compartir. La Navidad es encuentro. Es el momento para recibir a los familiares, acoger a los vecinos y buscar a los amigos. Realiza esa llamada que hace tanto deseas hacer, pronuncia esa palabra que alguien quiere escuchar de ti y que no has dicho todavía, entrega ese abrazo que tienes guardado en el alma, esperando por alguien a quien amas y también extrañas… Esta es la ocasión para dejar atrás viejos y caducos rencores, abandonar el resentimiento y el olvido y darle paso a los más nobles sentimientos.


La Navidad es gozo ¡disfrútala! La Navidad es paz ¡cultívala! La Navidad es encuentro ¡abre tu interior al amor que puedes recibir de los demás y entrega el tuyo con generosidad y alegría! Que esta sea una fructífera, reconfortante y magnífica Navidad… Artículo tomado de la Crónica del Quindío, lunes 06 diciembre 2010

El Espíritu de la Navidad  

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