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R I N C Ó N C U LT U R A L

Marcos Mayorga Noval

B o l e t í n Tr i c a n t i n o

Número 192 - Febrero 2011

APUNTES PARA LA HISTORIA DEL SAHARA OCCIDENTAL Y DEL PUEBLO SAHARAUI CAPITULO XII. Los esclavos negros del Sahara español.

A partir del año 1930, a través del desierto del Sahara Español y de forma relativamente freLicenciado en cuente, de Geografía e Historia aeroplanos pertenecientes a compañías de diversas naciones, entre ellas la nuestra, sobrevolaban sus desolados parajes y, con la misma frecuencia se veían obligados a realizar aterrizajes de emergencia en las arenas del desierto, cosa que hacían sin muchas dificultades. Estos incidentes, dieron lugar a que tribus saharauis incontroladas aprovecharan estas circunstancias de indefensión, por parte de los tripulantes de los aparatos, para hacer prisioneros y pedir rescate por su liberación. Los pilotos corrían muchos riesgos, pues en estos tiempos los aparatos carecían de radio y caso de verse obligados a una toma de tierra, debían procurar solventar ellos mismos los problemas en el menor tiempo posible, si no querían caer en manos de sus raptores. No lo consiguieron ni Burguete ni Nuñez, pues, a pesar de que el aparto de Núñez, quien había tomado tierra para auxiliar a su compañero, tomaba ya carrera para remontar el vuelo llevando a bordo a las dos tripulaciones, en el último momento tropezó el aparato con unas chumberas, fracasando en su intento. Fueron liberados en mayo de este año de 1930 y en esta ocasión, según sus propios testimonios, fueron tratados durante su cautiverio con toda clase de consideraciones. Otras compañías, en caso de accidentes, optaban sus tripulantes a no esperar junto a sus aparatos, para esperar la llegada de ayuda o de las piezas de recambio, por lo que abandonaban sus aviones averiados en pleno desierto; tal era el caso de las compañías francesas. El último mes de este año, fue de nuevo testigo de la desaparición de los capitanes Quintana y Elviro junto al mecánico Manuel Ramos, cuando se dirigían a Villa Cisneros desde Cabo Juby, saliendo en su busca tropas de la policía del Sahara. Los restos del aparato fueron localizados cerca de la plaza Morro del Caret, al sur de cabo Bojador, sin embargo la tripulación ya estaba en manos de los que reclamaban su rescate. A estas alturas los beduinos del desierto, veían estos aparatos sobrevolar sobre sus cabezas sin el temor que les producían a sus

La colonia de Cabo Juby en 1931

más cercanos ascendientes, se consideraban los verdaderos dueños del desierto, que con la propiedad de su raima y bajo su vela de pelo de camello, se movían con plena libertad cambiando de lugar sobre las olas de arena, con unos cueros de agua, una gumía de plata repujada, la fusila, un caldero, tres cuencos de madera, mujer y prole, dos camellos, unas cabras y un esclavo. Si, efectivamente, esclavos negros que junto a los camellos les aseguraban la manutención. El hijo del desierto con dos cuencas de leche agria y un poco de te verde se consideraba satisfecho, como si se tratase de un festín. De esta forma saciados junto a su mujer e hijos, su última preocupación eran sus esclavos a los que trataban con indiferencia hasta tal punto, y esto cuesta creerlo aunque así consta por los cronistas de la época, cuando se morían solían comérselos al igual que hacían con los camellos. A estos les abrían las entrañas con sus gumías en caso de necesidad, cuando encontraban los pozos secos o los cueros con la provisión del camino o pendían flácidos de las jorobas de ellos, para aliviar la sed con el agua hedionda que el animal guardaba en sus bolsas. Los esclavos negros se compraban y vendían como cualquiera otra mercancía, no valían mas de cien duros. Se compraba para uso y disfrute, con derecho a su propiedad y a la de su descendencia si la tuviese con alguna compañera de esclavitud. El producto de su trabajo enriquecía al amo. De ahí que alguno de ellos colocasen a alguno de sus esclavos al servicio en Cabo Juby o Río de Oro, mientras ellos recorrían el desierto, en la certeza que a su vuelta que solía

durar dos o tres meses, encontrarían intacto el producto de los jornales devengados por aquellos. El señor del desierto sometía a sus negros de ambos sexos, a eventuales uniones que nada tenía que ver con inquietudes sentimentales. Así durante un periodo de siete días hacía descansar al novio de sus trabajos, si la novia que había conseguido era virgen; si era viuda o divorciada solo podía dejar de hacerlo durante tres días, y podían vivir juntos cuando el amo lo consideraba conveniente También podía venderlos lo mismo que a sus hijos, a los nietos y a toda su descendencia. Raramente se rebelaban contra sus amos, tan solo en aquellos que habían tenido algún contacto con los españoles o europeos, después de convivir y ser tratados a la manera occidental. se les atisbaba algún signo de contrariedad contra aquella sumisión. Maluk fue uno de estos esclavos que en Cabo Juby estaba encargado de cuidar el aeropuerto francés. No dudó en recriminar a una mujer por el hecho de hurtar maderas para hacer fuego en la raima de su marido. Esta lo expuso a su esposo que fue en busca del esclavo logrando éste en la disputa cogerle la gumía y herirlo de muerte. Maluk se había sentenciado. Voces histéricas de las mujeres clamaron venganza, y los saharauis enfurecidos vociferaban. Fue sometido a un tiroteo mientras corría en dirección a la playa, hasta caer malherido entre el griterío de las mujeres y los vítores de los ejecutores de aquella extraña y salvaje justicia. Sus restos fueron enterrados por oficiales de la aviación española, destacados en aquella colonia. (continuará)

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Boletín Tricantino Nº 192  

Nº 192 del Boletín Tricantino, febrero de 2011

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